Valdemoro en el cine – Grandes producciones

Orgullo y pasión

«Llegaron en numerosos coches negros. Parecían formar parte de una comitiva oficial como la que había atravesado Villar del Río, cuatro años antes, en Bienvenido, Mister Marshall. Pero estos coches no pasaron de largo. Tampoco se trataba de una comitiva oficial. Eran los protagonistas principales y algunos miembros del equipo de producción de Orgullo y pasión, la película de guerra que aspiraba a ser el exitazo de Hollywood en 1957. Llegaron sobre la una de la tarde y los coches fueron parando brevemente al lado de la puerta del Quinito para que los pasajeros descendieran de los vehículos y entraran en el restaurante, donde habían preparado una mesa larga en el piso de arriba.

Valdemoro estaba de fiesta. Muchos de sus habitantes iban a participar en la película como extras. La escena principal iba a filmarse por la noche, en la plaza del Ayuntamiento. Era una de las escenas más importantes de la película: los miembros de la guerrilla española, interpretados por numerosos valdemoreños, reposaban en la noche tras un largo día de caminata escondiéndose de las tropas francesas. Un guitarrista flamenco anima la velada cuando la novia de Miguel, interpretado por Frank Sinatra, decide tomar el centro de la acción y marcarse unos pasos de baile español. Se trata de una bellísima Sophia Loren, que, con 23 años, protagonizaba su primera superproducción fuera de la industria cinematográfica italiana. La escena es importante para la película porque es la primera vez que se insinúa el triángulo amoroso que se desarrolla a lo largo del largometraje. La actriz italiana baila bajo los atentos ojos de Miguel y de Anthony, el capitán inglés interpretado por Cary Grant que ayuda a la guerrilla española, mientras ambos cruzan miradas.

Pero la escena se rodaría en la noche. Ahora tocaba llegar a Valdemoro en numerosos coches negros, crear expectación en el pueblo, bajarse junto a la puerta del Quinito, subir al segundo piso y sentarse a la larga mesa que en el restaurante habían preparado para las estrellas de cine. Stanley Kramer era el director de la cinta y, sin saberlo, comenzaba la segunda mitad de su segundo matrimonio. Orgullo y pasión era también su segunda película como director. Segundo piso. Segunda mitad de su segundo matrimonio. Segunda película como director. El que más problemas le puso para el rodaje de la película fue Frank Sinatra. El italo-americano había aceptado protagonizar la cinta para estar cerca de Ava Gardner, que estaba filmando también en Europa, e intentar reconquistarla. Cuando se dio cuenta de que la reconciliación era imposible, pidió a Kramer que grabaran cuanto antes las escenas en las que él aparecía para poder irse cuanto antes. El divorcio entre Gardner y Sinatra se hizo efectivo ese mismo año. Kramer tuvo que complacer al actor, adelantando la filmación de algunas escenas pero, como venganza, eligió el peor corte de pelo posible para el personaje de Miguel.

La historia de desamor entre Sinatra y Ava Gardner despejaba las dudas sobre el romance que debía surgir durante la filmación de Orgullo y pasión. Tanto Sophia Loren como Cary Grant dejaron correr los rumores porque, fueran absurdos o no, les convenían a los dos. El caso es que Sophia Loren se casó en septiembre de ese año con Carlo Ponti y Grant estuvo feliz en España. A sus 53 años, se alejaba de su mujer durante una temporada y se atrevía a mostrar su torso desnudo, algo inusual en él, en una de las escenas de acción en Orgullo y pasión.

En el segundo piso del Quinito, las estrellas del largometraje eran los únicos clientes. Tuvieron a un camarero y a una camarera, dos valdemoreños de toda la vida, atendiéndoles de forma exclusiva. Grant estuvo especialmente atento con ambos, a pesar de las diferencias lingüísticas, haciendo preguntas al camarero sobre los manjares y los vinos y coqueteando constantemente con la camarera, cuya belleza llegó a comparar con la de Sophia Loren, quién sabe si para ponerla celosa. Llegó a preguntarle, a través del intérprete que les acompañaba, si sabía bailar flamenco y, mientras tomaban café, sugirió al director que la incluyera como extra en la escena que iban a filmar aquella noche. El vino que habían bebido durante la comida hizo que pronto todos se olvidaran de la sugerencia de Grant y el tema de conversación se fuera por otros derroteros. Ayudó la necesidad de Grant de ir al baño.

Cary Grant se levantó y se dirigió al fondo del comedor. Entró en el servicio y se encontró con unos urinarios un tanto sencillos para lo que el artista estaba acostumbrado en Beverly Hills. Cuando hubo acabado, se lavó las manos y se vio sorprendido por el camarero, que abrió la puerta del servicio y se acercó al actor. Grant le sonrió amablemente hasta que el camarero le acercó una navaja abierta al cuello. Era casi tan grande como la navaja que llevaba consigo a todas partes el personaje que interpretaba Frank Sinatra en el largometraje. El camarero no dijo una palabra. Ya le había hecho saber que no sabía inglés. Con la mano que tenía libre, sacó del bolsillo una fotografía y se la mostró al actor. Era una foto de la camarera que servía con él. Grant comprendió y movió la cabeza ligeramente, haciéndole ver que había entendido el mensaje…».

Han pasado exactamente sesenta años desde que Stanley Kramer, Sophia Loren, Frank Sinatra y Cary Grant vinieran a Valdemoro para rodar algunas de las escenas de Orgullo y pasión, la mayor producción cinematográfica filmada en nuestra localidad, y es tentador escribir una historia de ficción sobre lo que pudo suceder durante la comida que tuvo lugar en el Quinito o durante los días que estuvieron rodando, con camerinos improvisados en la plaza de la Constitución y vigilados por la Guardia Civil. Yo tan solo he querido darles un aperitivo para que ustedes le den el final que deseen.

No era la primera vez que se rodaba en Valdemoro. Ya en 1949, Antonio Román eligió Valdemoro para filmar El amor brujo, una adaptación cinematográfica de la obra de Manuel de Falla; en 1954, José María Elorrieta grabó en Valdemoro escenas de El milagro del sacristán; el mismo director volvió a la localidad al año siguiente para filmar El bandido generoso; el mismo año, 1954, Antonio del Amo vino para dirigir escenas de Sierra maldita; y en 1957, José María Elorrieta volvía para llevar al cine Torero por alegrías, un guion que había escrito junto a José Manuel Iglesias.

Pero Orgullo y pasión marcó un antes y un después. Estamos hablando de una de las veinte películas más taquilleras de 1957 en todo el mundo, una película comercial que buscaba agradar al gran público a la vez que quería hacer historia dentro del género bélico. Por desgracia, se convirtió en una película maldita. A pesar de los altos ingresos en taquilla, tuvo pérdidas por los grandes costes de producción. Stanley Kramer aspiraba a conseguir una obra maestra, con grandes actores y más de diez mil extras (al final de la película, agradece la generosidad de todos los extras españoles, entre los que se encontraba Adolfo Suárez), con avanzados efectos especiales para la época (en las escenas finales, destrozan a cañonazos una parte de la muralla de Ávila) y con un guion simpático, lleno de guiños a las imágenes preconcebidas que los extranjeros de la época tenían sobre España. Pero Kramer tuvo la mala suerte de que, ese mismo año, David Lean dirigiera Un puente sobre el río Kwai, que se llevaría las estatuillas más importantes en la ceremonia de los Óscar, y que, ese mismo año también, Stanley Kubrick dirigiera una de mis películas bélicas favoritas de todos los tiempos, Senderos de gloria.

Más allá de las montañas

En los siguientes diez años, varios directores continuaron eligiendo Valdemoro para filmar parte de sus películas: en 1958, Manuel Mur Oti dirigió una comedia hispano-cubana titulada Una chica de Chicago; el mismo año, Antonio del Amo volvía a la localidad para llevar otra comedia a la gran pantalla, Nada menos que un arkángel; en 1959, Ignacio F. Iquino filmó escenas de una coproducción hispano-mexicana titulada El niño de las monjas; en 1962, Joaquín L. Romero Marchent dirigió La venganza del zorro, con guion de Jesús Franco; en 1963, Javier Setó adaptó al cine El escándalo. Valdemoro parecía el lugar propicio, pues la historia estaba basada en el libro homónimo de Pedro Antonio de Alarcón, autor que había vivido en la localidad a finales del siglo XIX. En 1964, Antonio Merino dirigió Un puente sobre el tiempo/Alféreces provisionales; en 1966, Manuel Torres eligió Valdemoro para filmar parte de Huida en la frontera; en 1967, Pedro Mario Herrero dirigió Club de solteros; el mismo año, el director polaco Alexander Ramati eligió Valdemoro para filmar gran parte de su película Más allá de las montañas, una producción hispano-estadounidense, con un grupo de actores internacionales: protagonizaban la cinta el actor vienés Maximilian Schell, la actriz griega Irene Papas, el calabrés Raf Vallone y la despampanante actriz austriaca Maria Perschy. Y no podemos olvidar a un magnífico Fernando Rey luciendo un bigote que cualquiera diría que inspiró a Sacha Baron Cohen en la creación de su personaje Borat.

La película Más allá de las montañas comienza con el siguiente texto:

«En 1939, mientras Alemania invadía Polonia, Rusia entró procedente del este y miles de soldados polacos fueron internados en Siberia.

En 1941, la misma Rusia fue invadida por Alemania. Esta es la historia de dos hermanos polacos, quienes en la confusión de los tiempos de guerra, escaparon de un campo de concentración de Siberia, dirigiéndose hacia el sur, a Kermine, en la República Soviética de Uzbekistán»

Tras el texto, un tren de época llega a la estación de ferrocarril de Valdemoro. Solo que no podemos leer Valdemoro. Podemos ver un cartel escrito en alfabeto cirílico en el que pone Kermine. La película está rodada en los estudios Sevilla de Madrid, pero gran parte del largometraje tiene lugar en los exteriores filmados en Valdemoro (para algunas escenas, también se desplazaron a Beasáin, Aranjuez, Parla y Boca del Asno, en Segovia).

Convertir Valdemoro en una localidad de Uzbekistán, cerca de la frontera con Afganistán, fue un alarde de maestría cinematográfica que iba (como indicaba el título de la película) «más allá de las montañas». La mayoría de las personas del siglo XXI que se acerquen a la película como espectadores se aburrirán bastante. Pero cualquier valdemoreño que se precie de conocer bien su localidad se divertirá descubriendo los rincones de la villa que fueron transformados en parte del paisaje uzbeko. Yo disfruto imaginando las bromas que harían los extras valdemoreños cuando les hicieran llevar esos abultados gorros de cosacos o les pegaran esos bigotes gruesos que, se supone, lucen los varones de la zona.

Al comienzo de la película, podemos ver a unos niños lavando en un riachuelo inventado al lado de la estación de tren, algo que maravilló a los lugareños de la época. Pero el mayor logro audiovisual lo consiguió Alexander Ramati con la larga escena de tormenta de arena del desierto uzbeko que desencadena, además una ambigua escena amorosa tras la cual los dos protagonistas hacen planes para escaparse juntos una vez crucen la frontera.

El turismo es un gran invento

Un año después del estreno de Más allá de las montañas, en 1968, una producción española daba una vuelta de tuerca más y conseguía que Valdemoro se convirtiera en una población mucho más exótica y lejana que una localidad de Uzbekistán. En este caso, Valdemoro se transformaría en un pueblo aragonés de la «España vacía» que, a su vez, y dentro del largometraje, aspiraba a convertirse en un centro de atracción turística para las suecas. Estamos hablando de la disparatada cinta dirigida por Pedro Lazaga, El turismo es un gran invento. En un guiño al nombre de nuestra localidad, el pueblo se llamaba Valdemorillo del Moncayo.

La película comienza con un fascinante riff de jazz, con batería y trompeta, que desemboca en el tema musical principal de la película, compuesto por Antón García Abril. La letra de la canción no tiene desperdicio: «Me gusta hacer turismo, es algo estimulante, es una emocionante manera de aprender. Olvide sus problemas, no piense en los negocios y déjeles a sus socios el deber y el hacer. Relájese en la arena, consígase un flirteo y sienta el cosquilleo del sol sobre su piel. Y luego, por la noche, con un whisky delante, descanse en el sedante sillón de un buen hotel».

Las escenas de playa se filmaron en Marbella y los exteriores de Valdemorillo del Moncayo corresponden a la población madrileña de Torrelaguna. Sin embargo, las escenas más largas y los diálogos más interesantes de la película se desarrollan en el salón de juntas del Ayuntamiento del pueblo. Para estas conversaciones, Pedro Lazaga eligió el Salón de Sesiones del antiguo consistorio de Valdemoro. Allí Paco Martínez Soria convence a sus vecinos de que necesita dinero para ir a Marbella con el objetivo de obtener ideas para el desarrollo turístico del pueblo; allí, sus convecinos y amigos protestan cuando reciben misivas pidiendo más dinero; allí, Paco Martínez Soria renuncia a todo lo que tiene para pagar los gastos ocasionados por sus ideas de desarrollo…

Detrás del tono humorístico de la película, descubrimos la realidad de los pueblos del interior de España. Unos pueblos que se fueron vaciando desde el final de la Guerra Civil y que mandaron a toda su juventud a las grandes ciudades. Para aquellos que quieran profundizar en este tema, nos gustaría recomendar el libro La España vacía, de Sergio del Molino, publicado en 2016. Nuestra localidad sería un lugar interesante para el estudio de este tema porque, debido a su cercanía a Madrid y a la mejora de las comunicaciones en los últimos cincuenta años, Valdemoro ha dejado de ser parte de la «España vacía» para convertirse en parte de la metrópolis capitalina, creando una personalidad propia, gracias a su combinación de pasado rural con su presente urbano.

Paco Martínez Soria había sido alcalde de Valdemoro. Cuando parecía que nada mejor podía pasarle a nuestra localidad, el mismo año, en 1968, Orson Welles filmó partes de Una historia inmortal en Valdemoro; en 1969, Rafael Gil dirigió Sangre en el ruedo; en1970, Pedro Lazaga volvió para grabar Las siete vidas del gato; en 1972, Valdemoro fue escenario de nada menos que tres películas: Marianela, dirigida por Angelino Fons,  La duda, de Rafael Gil, y La cera virgen, de José María Forqué; en 1975, Joaquín Coll Espona dirigió Mi adúltero esposo (“In situ”); en 1993, Josefina Molina vino a rodar La Lola se va a los puertos; y, por último, en 2000, Álvaro Fernández Armero dirigió El arte de morir y Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo vinieron para rodar parte de su Año Mariano.

No tenemos noticias de que se hayan filmado más películas en Valdemoro. Sin embargo, a partir del año 2000, se han grabado varias series de televisión: en 2008, Antena 3 filmó partes de su Cazadores de hombres, la serie protagonizada por Emma Suárez, y El síndrome de Ulises, protagonizado por Miguel Ángel Muñoz; en el 2008 también, Cuatro eligió Valdemoro para algunas partes de Cuenta atrás, la serie protagonizada por Dani Martín; en el mismo año, Telecinco grabó partes de Hermanos y detectives y el último episodio de Yo soy Bea; y también en 2008, TVE filmó escenas de UCO; en 2010, Telecinco grabó partes de su serie La que se avecina; en 2015, Antena 3 escogió Valdemoro para algunas escenas de la serie Apaches y en 2016, partes de la serie Mar de plástico; por último, en 2017, José Mota vino a grabar escenas de El acabose, de TVE.

A lo largo de sus siglos de historia, Valdemoro ha sido visitado por reyes y nobles, por célebres artistas y grandes autores, desde Cervantes a Miguel Hernández. A partir de mediados del siglo XX, y hasta nuestros días, Valdemoro ha recibido también personalidades del mundo de la música, del teatro y, como hemos podido ver en este artículo, de la industria cinematográfica.

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Entrevista con Ismael Alonso

Conozco a Ismael desde diciembre de 2012 y nuestra amistad no ha hecho sino crecer desde entonces. Es cierto, no es una amistad forjada en los futbolines del barrio. Tampoco compartimos juegos y travesuras en la infancia. Ni desmanes en la juventud. La nuestra es una amistad comedida. Limitada por todas y cada una de nuestras responsabilidades. Pero es una amistad que saboreo en cada momento. Cada vez que hablamos por teléfono o compartimos una comida. La voz de Ismael transmite, a la vez, calma y cariño. Por eso, para la entrevista de este mes, a pesar de estar frente a un gran escritor, un estupendo pedagogo y un magnífico conversador, hoy siento que estoy, sobre todo, tomando un café con un buen amigo.

Ismael Alonso nació en Fuente el Olmo de Íscar, en la provincia de Segovia, y vino a vivir a Valdemoro en el año 2006. Vino para trabajar como profesor de Lengua y Literatura y, además, desde hace unos años, es el director del instituto público Villa de Valdemoro.

Has sido periodista. Eres poeta y novelista. Eres profesor de Lengua y Literatura. ¿Recuerdas cuándo decidiste dedicarte al mundo de las letras?

El propio sustantivo «dedicación» puede resultar ambiguo, porque me cuesta abordar la literatura, como lector y aficionado a la escritura que soy, como un trabajo. No considero que me dedique a nada en concreto; simplemente, la lectura y la literatura siempre han formado parte de mi vida, desde que era estudiante, gracias a los estupendos profesores que tuve y que me inculcaron el amor a los libros. La escritura es un destino natural cuando has leído mucho, porque lo normal, parafraseando a Borges, es leer. Por ello, más que por los libros que he escrito, me siento orgulloso por los que he leído. La literatura es una compañera de viaje constante. Ahora mismo, me asombro al hacer un pequeño balance del trayecto recorrido como autor: cinco libros publicados –cuatro novelas, un poemario- y muchos otros en un cajón quizás para siempre. Nunca pensé que iba a publicar un libro y, menos, que a alguien le podía gustar lo que hacía. Para mí, ese es el verdadero premio.

¿Cuándo empezó todo? Como decía Max Aub, uno es de donde hace el bachillerato, que moldea las primeras inquietudes y los numerosos afanes que van a marcar la vida posterior. En mi casa no había ningún libro, más allá de los estrictamente escolares. Me viene a la memoria mi profesor de Literatura, Pedro, cuya estampa cervantina y su particular manera de comentar los libros, más pródigo en silencios y descubrimientos que en verdades firmes, contribuyó a abrirme un campo totalmente desconocido para mí. Bien es cierto que antes tenía por costumbre escribir poemas de rima consonante muy ripiosos e historias de ciencia ficción bastante voluntariosas pero, también, muy pretenciosas. Uno, cuando empieza a escribir, solo busca emular los libros –pocos- que ha leído hasta entonces y le han gustado. Es la búsqueda de un estilo propio la verdadera aventura de todo aspirante a escritor, porque es un oficio que me merece el máximo respeto y, quizás por ello, me cuesta denominarme como tal.

Siempre me recuerdo con un libro entre las manos, una historia propia o ajena, un libro de versos que esté escribiendo o de otros autores especialmente queridos. El concepto «mundo de las letras» me resulta ajeno, porque tiene un componente «social» que, creo, casa mal con la escritura y el concepto de literatura que pueda tener, ni más ni menos respetable que otras visiones al respecto, eso sí: la literatura es una labor solitaria, pero también feliz. Lo normal no es presentar un libro o firmar en una feria, sino escribir. Es en esos momentos cuando la literatura se convierte, gracias a la escritura, en una verdadera fiesta, una «orgía perpetua», como sostenía Vargas Llosa en su ensayo sobre Madame Bovary.

Una orgía perpetua de la que es difícil comer. Son muy pocos los Vargas Llosas que viven de la literatura y somos muchos los que debemos buscar otras fuentes de financiación si queremos pagar la hipoteca. Sin embargo, esos oficios que elegimos, en tu caso el periodismo y la enseñanza, aportan grandes tesoros vivenciales que, más tarde, enriquecen nuestra literatura. ¿Crees que el haber sido periodista y profesor de instituto te han convertido en un escritor mejor?

Siempre me ha interesado estar muy pegado a la realidad. Al fin y al cabo somos seres sociales, que necesitamos del otro para construirnos a nosotros mismos. Mi primera faceta, la de periodista, viene de mi gusto –y necesidad- por escribir, contar la realidad, intentar comprender el entorno. Elegí una profesión que me permitiera un oficio cercano a la escritura. Es cierto que no es lo mismo, en absoluto, escribir una novela y redactar una noticia; más bien, en periodismo, salvo en los géneros de opinión y otros más libres como el reportaje, la literatura sobra. Pero esa decantación, esa eliminación de adjetivos, de lo accesorio, de lo que sobra en la noticia, creo que ha contribuido a crear mi estilo, tanto en poesía como en narrativa.

Durante ocho años, entre 1996 y 2004, ejercí una de las profesiones más hermosas en distintos medios impresos (Diario 16, Cambio 16, Tribuna de Salamanca, Paisajes desde el tren…) No me arrepiento en absoluto de aquella experiencia, ya que aprendí muchísimo y conocí a personas muy valiosas: entrevistas a escritores, políticos, periodistas, gente de la calle… Fue una magnífica escuela de la vida. No obstante, llegó el momento del cambio. Entonces, me di cuenta de que me iba alejando progresivamente de la realidad, más de lo que yo quería, y mi trabajo como periodista había sido sustituido, progresivamente, por una labor funcionarial –ironías del destino, ahora soy funcionario, en concreto, profesor de instituto- que se limitaba a editar textos, a corregirlos, a seleccionar fotografías y anotar pies de foto llamativos. Mi último trabajo fue en una revista de viajes… en la que apenas viajaba, aunque me imaginaba travesías exóticas y trayectos iniciáticos que afinaron, digo yo, mi imaginación. Tenía su encanto, no lo niego. Fruto de ese «desapego» hacia la realidad, me empecé a plantear un cambio de escenario. Siempre recuerdo a mis profesores de instituto, cuando yo era un chaval, lo que hicieron por mí y cómo me marcaron. Si no hubiera sido por ellos, posiblemente mi vida habría continuado el destino agrícola de mi padre, que tampoco hubiera sido una tragedia, después de todo. Pensé que debía proseguir esa «cadena de favores» e intentar dar a los chavales de hoy algo de lo que me habían regalado a mí cuando tenía su edad. Con esa intención y, también, bastante suerte, empecé en 2004 como profesor de Lengua Castellana y Literatura de instituto. Empezar de cero, otra vez. Reconozco que la vocación hacia la enseñanza me ha ido llegando poco a poco, según iba descubriendo los entresijos de la profesión. Y, también, pocas veces me he sentido tan cerca de la realidad, de «tocar la calle» como decíamos en las redacciones, como ahora: los chavales y sus familias, los problemas sociales que se manifiestan en la escuela de manera directa, la complejidad de una sociedad como la actual, con sus luces y sus sombras. La escuela es el ascensor social por antonomasia y debemos velar para que nunca pierda su función primordial: formar ciudadanos que puedan crecer intelectual y socialmente, más allá de su origen o condición.

Respondiendo a tu pregunta, Fernando: no sé si el periodismo o la enseñanza me han hecho un mejor escritor, pero sí han construido la persona que soy hoy. Y eso es fundamental en la escritura, porque partimos de unas vivencias cercanas, uno escribe sobre lo que conoce: gentes, paisajes, vivencias. Me resulta muy difícil salirme de ese camino trillado e idear, por ejemplo, una novela histórica. Ojalá sucediera, pero cuando lo intento me «suena» a falso e impostado. Quizás, por eso, los personajes de mis novelas son antihéroes, seres cercanos que, aunque sean ficción, son reconocibles. Y los poemas que escribo también buscan esa sencillez que, por otra parte, resulta muy difícil de conseguir. Ya decía Picasso que toda su vida intentó pintar como lo hacía un niño.

Has publicado cuatro novelas. Comenzaste con Algún día. Siguió La hija de la lluvia. Después vio la luz Eres tierra y en 2016 publicaste Devuélveme la muerte. Estoy de acuerdo contigo: tus libros están protagonizados por antihéroes con los que el lector conecta inmediatamente y, en todos ellos, demuestras que se pueden describir pensamientos complejos con un lenguaje sencillo pero exquisitamente preciso. Háblanos un poco de cada uno de estos libros.

En todos mis libros ocupa un lugar especial la memoria, la influencia que el pasado tiene en todos los personajes, como una sombra de la que no pueden huir, aunque lo deseen. Siempre he pensado que somos pequeños trozos de tiempo que nos van configurando progresivamente como personas, frente a la imagen tradicional de una fotografía o, ahora, la preeminencia del código visual en las redes sociales, que no deja espacio a los matices. En nuestro periplo vital llevamos una mochila cargada de experiencias, alegrías, sinsabores; pequeños detalles, la mayoría de ellos, que construyen lo que somos. Por eso, mis personajes no suelen mirar demasiado al futuro y sí a su pasado, incapaces de dar un paso adelante si no son capaces de comprender el camino que los ha llevado hasta allí, reconciliarse con él. De eso, precisamente, trata la mayor parte de mis obras. Algún día, por ejemplo, es una novela de corte lírico que aborda la imposibilidad de vivir cuando se ha perdido la memoria, algo que sucede al protagonista de la novela. La hija de la lluvia aborda la historia de una saga familiar, regida por una madre autoritaria y despótica, que supone una invitación a la huida y la aventura. Aunque, en todo caso, ninguno de los personajes puede alejarse de ese hilo invisible que lo ata a su infancia, porque «somos lo que fuimos». Tierra eres retoma un contexto rural muy reconocible para mí; sin ser autobiográfica, es una novela que transita por caminos, territorios y personajes cercanos, minúsculos, seres aparentemente sin historia pero que se sacrificaron en una época muy dura para que nosotros, sus hijos o nietos, pudiéramos salir adelante. El título hace referencia al componente original de todos nosotros: somos del paraíso de la infancia, de la tierra que nos vio nacer. Por último, en cuanto a las novelas que he publicado, Devuélveme la muerte recupera algunos personajes de La hija de la lluvia y de Algún día, esta vez en un molde de novela policíaca: la muerte de la protagonista femenina y las causas y motivaciones del asesinato –o no- de María, investigadas por un experiodista metido a detective que recibe un encargo muy especial.

En todas mis novelas, procuro que los personajes estén muy trabajados y sean profundamente humanos, que casi los podamos tocar. Si cabe, esto me preocupa más que la historia en sí, la trama. Me acuerdo de Frankenstein, de Mary Shelley: sería magnífico poder crear vida de la imaginación, ¿verdad? Todos los que tenemos afanes literarios buscamos algo parecido, de algún modo.

Sin querer quitarle importancia a la poesía, ni a tu poesía, siempre me has contado que escribir una novela es cosa seria, que requiere de un tiempo y de una continuidad que tu trabajo y el resto de tus obligaciones no te permiten tener. Sin embargo, la poesía, un poema individual en todo caso, puede ser más inmediata. Si continuamos con tu comparación con Frankenstein, para darle vida a un poema no hace falta visitar tantos cementerios como cuando escribimos una novela, no es necesario que la tormenta sea tan poderosa, la descarga eléctrica sobre el cerebro de la obra no requiere de tantos vatios. Es por eso que, muchas veces, acudes a la poesía para calmar tu sed de creación literaria. Tienes bastantes poemas en tu blog y en 2015 vio la luz tu poemario De la luz y otras ausencias. Háblanos de tu obra poética.

En mi afición por la escritura, siempre ha tenido un lugar privilegiado la poesía. La pulsión primera siempre ha sido para ella, el género al que guardo un mayor respeto. En mi caso, trazando un símil amoroso, la poesía sería el amante y la prosa, la esposa: en el primer caso, cuentas con la ventaja del fogonazo, del ritmo entrecortado y pleno del verso; en el segundo, se impone la rutina, porque una novela se elabora con la disciplina de un horario, con los decaimientos durante su elaboración y los momentos gozosos, también, como espejo de la vida que es. Procuro que mi poesía sea diáfana, cercana a la vida, aunque subyace una búsqueda constante de la esencia, del absoluto que habita en las cosas pequeñas. Para entenderlo, quizás sirva anotar algunas de mis referencias, a las que regreso como se vuelve a un espacio familiar, con zapatillas de andar por casa: la Generación del 50, con hitos como Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Francisco Brines; Valente; autores a los que estimo mucho y herederos de aquellos, como Felipe Benítez Reyes; o bien otros que han seguido sendas más particulares, como Antonio Colinas, María Victoria Atienza, José Manuel García González (amigo, además) o Eloy Sánchez Rosillo. Un poeta al que me he acercado recientemente con interés es el soriano Fermín Herrero, último Premio Nacional de Poesía. Muchos de ellos son mis santos de cabecera, junto a los clásicos a los que resulta recurrente y obligado citar: Machado y Juan Ramón, Nicanor Parra, Juan Gelman o César Vallejo. Me dejo en el tintero muchos otros que he frecuentado, pero la memoria resulta selectiva. Puedo estar largas temporadas sin escribir prosa; de hecho, es habitual que la creación de una novela se concentre en un periodo corto, de unos pocos meses, para evitar que el «tono» se te escape. En cambio, la escritura de la poesía es una constante; cuando no lo hago y me paso semanas sin escribir, enseguida se me nota en el carácter: más irascible, menos pegado al suelo, más evanescente, como un niño que ve cómo ha dejado escapar el globo que sujetaba con su mano. La poesía me pega a la tierra, echa raíces bajo mis pies, es mi manera de tocar el mundo, de entenderlo, de pertenecer a él. Considero este género como el mayor, el esencial, y el más difícil al mismo tiempo, porque resulta muy tentador ser recurrente e insustancial en el verso. Por ese motivo, más allá de la escritura, lo esencial es la labor de depuración posterior: podar el árbol, el seto, la planta, el poema, como hacemos con nuestro jardín, en busca de una sencillez luminosa. Esa persecución resulta inexplicable, casi religiosa, me atrevería a decir. Por eso, no me resulta ajena la visión de la poesía como un género al margen de la literatura, dotado de una espiritualidad muy especial. Eso sí, creo que esa perspectiva «espiritual» parte de la vida cotidiana, de la temporalidad en la que nos hallamos inmersos.

Trabajas con estudiantes que han nacido en plena era tecnológica. ¿Cuán importante es la literatura para las nuevas generaciones? ¿Crees que la poesía ha perdido espacio dentro de las vidas de las personas? ¿Cuál debería ser la tarea de un profesor de Lengua española y Literatura?

Hay un relato de Azorín, Una ciudad y un balcón, que a veces leo en clase y que a los chicos les gusta. Desde un balcón, un personaje contempla los campos, los alrededores de la ciudad en la que vive. En distintas épocas, ese paisaje cambia a sus ojos, se pasa de la sociedad campesina a la era industrial, con los trenes y caminos de hierro que conquistan el horizonte. A pesar de todo, dice el narrador al final, ese hombre sigue teniendo los mismos afanes, las mismas alegrías, iguales decepciones que cien, doscientos, mil años atrás. Me gusta citar especialmente otra frase, esta vez de Machado, extraída de su Juan de Mairena: por mucho que un hombre quiera ser, no va a ser más que un hombre. La cito de memoria, más o menos. ¿Qué quiere decir esto? Podemos vivir en la era digital, estar todo el día enganchados a dispositivos móviles de cualquier tipo, mandar correos electrónicos en lugar de cartas físicas, las de toda la vida… Sí, eso sucede, pero el hombre sigue siendo el mismo que aquellos prehistóricos que pintaban en las cavernas esperando conjurar la caza u ofrecer una ofrenda a algún Dios. Cambian los dioses, pero el hombre sigue siendo el mismo. Si me apuras, la primera literatura, los clásicos grecolatinos, persas o indios, ya abordaban temas que nos siguen obsesionando hoy: el amor, la vida, la muerte, el honor, la valentía, la honestidad…

Es cierto que la literatura, hoy, compite con muchas otras propuestas de ocio, la mayor parte digitales, pero tengo la certeza de que siempre habrá buenos lectores, como existirán nuevos escritores que crearán historias que renovarán los clásicos anteriores. La literatura es una manera de entender lo que somos, y eso no se consigue si no tenemos unas nociones de la tradición. En ese sentido, la labor de un profesor de Lengua y Literatura, en el siglo XXI, es mediar entre sus alumnos y los textos, acercarles lo que de actuales tienen los clásicos. El lenguaje a veces puede ser un impedimento, pero resulta imposible entender la España del XIX sin Galdós, o la decadencia barroca sin Cervantes, o la Guerra Civil sin Arturo Barea. No hemos cambiado tanto, después de todo. McLuhan, cuando hablaba de los medios, sostenía que  el medio determina el mensaje. Es cierto que en la actualidad la exposición continua a la velocidad de las redes sociales, con todo el componente superficial que ello implica, condiciona un tipo de literatura más fácil, en el que el lector asume un papel pasivo. Soy optimista, sin embargo. Tengo la sensación de que la literatura, la poesía, como el teatro, siempre han estado en crisis, aunque nos sobrevivirán durante muchos siglos. Hablar de literatura es hablar de sentimientos. Esa es la función del profesor de hoy: cultivar la sensibilidad del lector, más que el análisis textual; teniendo en cuenta, eso sí, que las grandes obras son un objetivo a largo plazo, y que antes hay que ir formando, poco a poco, al lector. Hay que ser ambicioso, aunque sin pretender, a las primeras de cambio, que con catorce años mandes leer El Quijote íntegramente, ¡eso es un grandísimo error!

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Podríamos seguir hablando durante horas. La educación, la literatura y el uso de las nuevas tecnologías son algunos de nuestros temas de conversación favoritos. En el número de este mes de La revista de Valdemoro les he querido presentar a Ismael Alonso. Novelista. Poeta. Profesor de Literatura. Colega. Amigo.

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Entrevista con Isaac Palón

Tesis. Antítesis. Síntesis. El rock se hizo popular gracias a un muchacho blanco de origen humilde que aprendió a cantar en las iglesias protestantes afroamericanas. 1953. 1954. 1955. En 1953, Marlon Brando protagoniza Salvaje, una película de moteros en la que los atuendos de los protagonistas marcarían una línea de moda roquera que llega a nuestros días: pantalones vaqueros, chaqueta de cuero negra, camiseta negra… En 1954, Elvis Presley, un muchacho blanco de origen humilde que había aprendido a cantar en las iglesias protestantes afroamericanas, grabó That’s All Right, considerada por muchos la primera canción rock. Se trataba de un blues de la década de los cuarenta con el que Elvis, acelerando su tempo, jugueteó en el local de grabación de la Sun Records. En 1955, James Dean protagoniza Rebelde sin causa, una película un tanto determinista que retrata el malestar que sufren los adolescentes cuando descubren que ya no son niños y aún no pueden formar parte del mundo de los adultos. En 1971, Jeanette resumiría el argumento de la película con los cuatro primeros versos de su canción más famosa: «Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír…».

  1. 1954. 1955. En tres años conseguimos el uniforme, la música y la actitud del rock. Pero ¿se trataba de una actitud nueva? En muchos sentidos, sí. Si nos da por imaginar la mayoría de escenarios posibles para un joven antes de la década de 1950, la adolescencia duraba casi lo mismo que en el preneolítico: un grupo de niños, supervisado por un par de adultos, salía a cazar por primera vez. Cuando esos niños volvían al poblado cargando lo que habían cazado ya eran hombres. La adolescencia duraba lo que duraba esa partida de caza. A comienzos del siglo XX, un niño se levantaba una mañana y le decían que ya no fuera al colegio, que, a partir de ese día, tenía que ir a ayudar al campo o a la fábrica. En la década de 1950, nos encontramos con una generación de niños a lo largo de todo el primer mundo a los que el sistema les dice que la adolescencia les va a durar más tiempo de lo que dura una partida de caza. Cuatro, cinco e, incluso, seis años más.

Eso no iba a ser todo. A esa generación de rebeldes sin causa y a las generaciones posteriores, el sistema les ha dicho no solo que la adolescencia ha sido prolongada, sino que la juventud debe durar hasta pocos minutos antes de la muerte. Debemos y queremos ser jóvenes para siempre. Y, aquí, el rock, la música pop en sus muchas de sus vertientes también, nos puede venir bien. No importa la edad que tengamos. Seguiremos siendo jóvenes mientras vistamos como jóvenes; seguiremos siendo jóvenes mientras mantengamos la música cerca de nosotros; seguiremos siendo jóvenes mientras no resolvamos completamente esa incertidumbre y ese inconformismo adolescentes que parecen no desaparecer cuando cumplimos treinta años, ni cuarenta, ni, incluso, cincuenta… como parecían desaparecer en un pasado no tan remoto.

Pero el que podamos ser jóvenes y roqueros hasta alcanzar la edad de los Rolling Stones también tiene sus ventajas. Podemos encontrarnos con roqueros que mantienen sus inquietudes artísticas a la vez que muestran actitudes mucho más maduras y serenas ante la vida. Es el caso de Isaac Palón, nacido en Alcañiz (Teruel), de raíces jienenses, y vecino de Valdemoro desde que sus padres se mudaron aquí cuando él tenía ocho años. Isaac tiene una tremenda energía positiva que contagia inmediatamente. Se deja ayudar por una sonrisa que no le abandona a lo largo de toda la entrevista. Isaac Palón es cantante de rock y acaba de publicar su primer disco en solitario, 25/01.

Eres músico por las noches y desarrollador de software por el día.

Ahora mismo estoy trabajando para un banco y estamos desarrollando la aplicación móvil para la gestión bancaria en las tablets y en los teléfonos móviles. En estos momentos, va a ser introducida en Chile y en México, pero el objetivo es que la aplicación se extienda a todos los países donde trabaja ese banco.

Me encanta mi trabajo de informático, pero parece mentira que haya acabado en este gremio. Cuando nos mudamos a Valdemoro, yo tenía ocho años, a mi hermano lo cogieron en el colegio Vicente Aleixandre y a mí me mandaron al colegio de Nuestra Señora del Rosario. Llegamos en enero y no había plaza para los dos en la misma escuela. Mis padres nos apuntaron a Informática en clases extraescolares para que hiciéramos algo. Las clases eran en el Vicente Aleixandre. Nos compraron un cassette de sesenta minutos a cada uno porque, entonces, se utilizaban los cassettes para grabar la información del ordenador y para programar con BASIC. No puedes imaginar cómo odiaba yo la informática. Me enredaba por el camino para llegar tarde a las clases… Me acuerdo que, a final de año, hicimos un examen y yo saqué un 1 sobre 10. El chico que se sentaba a mi lado quería ser programador informático y yo lo miraba pensando que estaba loco. No podía concebir que a un niño le gustara la informática y quisiera ser programador.

Después de ese día, nunca pensé que acabaría desarrollando software. Había acabado el curso y lo único en que pensaba era en pasarle ese cassette de la clase de Informática a Raúl, un compañero del colegio, para que me grabara unas cuantas canciones de heavy metal, aprovechando que su hermano tenía muchos vinilos. Todavía guardo ese cassette con la música que me grabó Raúl (su hermano era David Santisteban y justo estaba promocionando su primer single, Rebelde). Allí tengo a Queen, a Nirvana, a Guns & Roses… Grupos que han marcado toda mi vida.

Después de la escuela, estudié en ECAM (Escuela Comarcal Arzobispo Morcillo), aquí en Valdemoro, e iba para electricista. De hecho, trabajé algunos veranos como electricista. Terminé la FP y pensé en estudiar Industriales, porque era lo que podía hacer después. Pero no me cogieron. Algo tenía que hacer. Así que decidí hacer un módulo de Informática. Ahí me enganché. ¡Pillé un vicio con la informática! Salía por Valdemoro un sábado hasta las seis de la mañana y, cuando volvía a casa, en vez de acostarme, encendía el ordenador y me ponía a hacer las prácticas que tenía que hacer para la clase. Después del módulo acabé estudiando Ingeniería Técnica.

En la actualidad, me gusta desarrollar cosas para mí, aparte de lo que hago para el trabajo. Mis páginas web las hago yo, por ejemplo. Y sí que hay un punto de unión con la música. Me monté un estudio de grabación en casa y la informática me ha ayudado a la hora de instalar y de utilizar el estudio.

¿Cuándo decides dedicarte a la música?

A mí me gustaba cantar. Recuerdo que acababa de sacar Mago de Oz uno de sus discos y yo andaba cantando sus canciones todo el día. Vino un amigo y me dijo: «Tenemos un grupo de música y nos gustaría que te vinieras a cantar con nosotros». Ensayaban en Carabanchel y empecé a ir con ellos todos los domingos de una a tres de la tarde. No comíamos. Nos llevábamos un sándwich. Creo que, en esto de la música, empecé un poco tarde. Yo ya tenía veinte o veintiún años. Hay gente que con veinte años tiene ya una carrera musical labrada tremenda. Después de unos meses, tenía claro que había que apuntarse a clases de canto. Estaba bien, yo me lo pasaba bien, pero, cuando llevas dos horas cantando, no disfrutas igual. Considero que la formación vocal es supernecesaria y hay veces que es uno de los instrumentos a los que menos atención se le presta porque, ya, de forma natural, usamos la voz para hablar, para cantar…

Estuve tres años aprendiendo a cantar con Narciso López-Tercero, el que fuera cantante del grupo Júpiter. Me fue muy bien y, al final, habré estado unos diez años con clases de canto. Justo al apuntarme a clases, mis compañeros dejaron la banda. Les salieron otras cosas. Total que puse un cartel en la academia, me pillaron para otro grupo y, desde entonces, no he parado.

Háblanos de los grupos con los que has cantado.

El primer grupo importante en el que estuve fue en Härem, que es un grupo de rock progresivo. De ese grupo, salió el guitarrista rítmico actual de Mago de Oz. El bajista era Óscar Arias, también vecino de Valdemoro. Tocar con Härem me permitió conocer a más gente relacionada con la música y con otros grupos. Casualmente, con esa banda, solo hice dos conciertos, pero esos dos conciertos los hicimos con otras dos bandas con las que luego he cantado. Una de ellas es Viga. Viga se formó en 1981 y, con ellos, he estado unos ocho o nueve años. Con ellos he grabado tres discos y, gracias a ellos, me he movido por un ambiente que me ha permitido conocer a muchos de mis ídolos. He tocado junto a Topo, con Viga, hemos teloneado a Asfalto, he tocado con Juan Gallardo (Ángeles del Infierno); he podido grabar mis primeros videoclips, estar en festivales, tocar por toda España, ir a Leyendas del Rock, que, hoy por hoy, dentro del heavy metal, es el festival más importante de toda España y el que más repercusión tiene.

Cantar con Viga me ha permitido, por ejemplo, estar de barbacoa con Sherpa, el cantante de Barón Rojo. Tengo una anécdota muy divertida en relación con Sherpa. Con Viga, además de hacer rock urbano y rock and roll, teníamos paralelamente una banda tributo a Barón Rojo. Nos llamábamos V de Barón. Nosotros tenemos muchísima amistad con Sherpa y, en uno de los conciertos, no pude ir a cantar porque me coincidía con otro compromiso. Así que tuvieron que buscar a alguien para que me remplazara ese día. ¿Sabes a quién convencieron para que me sustituyera? Al señor Sherpa, cantante original del grupo al que rendíamos tributo.

Hace dos años, empecé a compaginar Viga con Universa, que es la banda en la que estoy ahora. Universa viene de la disolución de otro grupo, Cuatro Gatos. En Cuatro Gatos cantaba  el cantante de Beethoven R, que ha sido uno de los cantantes que más me ha marcado. Con Universa, he defendido su primer disco, que no grabé yo, y ya tenemos el noventa por ciento de lo que sería el segundo álbum.

Me gustó compaginar mi trabajo con Viga y Universa. Son dos estilos diferentes. Con Viga, dejé de trabajar con ellos en 2015, cantaba con la voz más rota. Y, con Universa, hay otras tesituras para mi voz que me parecen muy interesantes como reto. Quería ver hasta dónde llego como cantante. Desde que he entrado en Universa, he crecido un montón. Exigen mucho y había que aprender, depurar técnica…

Y, además, el 29 de abril de 2017 publicas tu primer álbum en solitario.

Empecé a componerlo cuando estaba en Viga. Quería hacer algo paralelo, algo más mío. Ironías del destino, porque, tal vez, muchas de las canciones habrían funcionado bien dentro de Universa.

El estilo que predomina en el disco es el power metal, una variante del heavy metal que se caracteriza normalmente por sus tesituras de voz más altas, la constante presencia de dobles bombos y estribillos con mucha melodía y energía. Hay influencias de Saratoga y de bandas españolas que salieron en los noventa.

¿Por qué el título 25/01?

Durante todo el proceso de grabación tenía otro título, Se rompió el silencio. Pero el 25 de enero, la fecha que indica el título, nació mi hija, Alba. Ahora tiene cinco meses.

¿Qué quieres contar con este disco?

Es música y textos que he ido escribiendo desde que comencé mi carrera en la música. Cuando comencé a cantar con mis amigos a los veintiún años, ganamos un concurso de composición aquí en Valdemoro, con la Casa de la Juventud. Íbamos a grabar una maqueta con cuatro temas que no llegó a ver la luz. Para empezar, he querido incluir tres de esos temas. Siguen siendo mis amigos y les pedí permiso para incluirlos en el disco.

En cuanto a las letras, son cosas que he querido contar en los últimos diez años. Te puedes encontrar de todo. Nada que perder, por ejemplo, toca un tema de actualidad. Habla de personas mayores de cincuenta años, que se quedan en el paro y tienen que comenzar de nuevo. Todo el mundo les da de lado. La canción habla de una de esas personas. Le han rechazado miles de veces, pero se levanta cada mañana dispuesto a seguir buscando trabajo, a terminar su vida laboral con cierta dignidad. Y mi voz enmudeció trata de un tema tan duro como la pederastia. Una segunda oportunidad habla del tsunami que asoló Japón en 2011, del terremoto de Fukushima, de cómo tu vida parece depender solo de ti, que lo tienes todo controlado. Pero pasa algo de ese tipo, porque la Tierra y el universo pueden ser muy caprichosos, y nuestra vida cambia por completo.

Tan sólo tú es un tema dedicado a mi pareja, Elisabeth. Llevamos veinte años juntos, más de la mitad del tiempo que llevamos sobre la tierra. Hemos compartido lo bueno y lo malo. Yo no podría vivir sin ella. De hecho, en el vídeo de la canción sale ella y sale embarazada de seis meses. Pensé que era un toque tierno. A veces se asocia el rock y el heavy metal con la violencia y es todo lo contrario. Lo que yo conozco del mundo del rock es solidaridad, tolerancia…

El último tema del disco, Constructores del final, es una versión de la banda mexicana IRA. Uno de sus miembros, Adán Moreno, es el manager de Viga. Gracias a él,  fuimos a México a promocionar uno de los discos de Viga. Estando en México, una mañana me acerqué a Tianguis Cultural del Chopo, que es como el rastro de Madrid pero dedicado, sobre todo al rock. Allí me encontré un puesto dedicado a la música argentina y española y vi que vendían el disco de Viga que habíamos ido a promocionar pirateado. Me pareció divertido. Le pedí permiso al del puesto para hacerme una foto junto al disco pirateado y le expliqué que yo era el cantante. Él ni se arrugó ni nada. Me dio permiso y comenzó a repasar mis colaboraciones y mi discografía. Lo sabía todo sobre mí. Me hizo mucha ilusión.

La temática más recurrente del disco es la superación de todos los problemas, enfrentarte al día a día con optimismo. Me han influido, también, para esto bandas como Journey, Pride of Lions, Foreigner, que son grupos con letras muy optimistas.

¿Quién ha colaborado contigo en el disco?

El mayor peso, mi mano derecha, ha recaído sobre Ismael Gutiérrez (guitarrista de Tete Novoa), quien se ha encargado de la mayor parte de las guitarras y baterías y con el que he trabajado bastantes arreglos. El resto ha sido obra de Luisma Hernández (bajista, ex-Santelmo), Miguel Lozano (bajista y contrabajista en el musical El Rey León), Adán e Iván Moreno (bajista y guitarrista-vocalista de la banda mexicana IRA), Edu Ortiz (Universa, Azúcar Moreno), Ramón Gaviño y Jacob (bajista y guitarrista, ambos ex-Guadaña),  José del Pino (bajista en Universa), José Cuesta (guitarrista de Dulce Neus), Javier Canseco (bajista en Bajopresión), Pedro Vela (guitarrista en Universa, ex-Ñu), Chechu Aurrecoechea (guitarrista en Viga), José Antonio García Perelló, Filthó (teclista en Silver Fist, Obús y Chino Banzai) y Elisabeth Vaz-Romero (mi pareja y residente en Valdemoro de toda la vida).

En temas de fotografía se han encargado mis amigos Nacho Almoguera y Enrique Medina, ambos valdemoreños, los cuales ya hicieron un gran trabajo para las fotos del álbum Electrokalambrera de Viga y con los que he contado siempre que he podido. Asimismo, he contado con Eliezer Moreno, otro valdemoreño más, el cual ha trabajado, entre otros, para Antena 3, Azúcar Moreno y Marco Dettoni (de Valdemoro igualmente). Eliezer ha producido, grabado y editado los dos videoclips Tan sólo tú y Al viento. Ya se encargó, en su día, de rodar mi primer videoclip con Viga titulado Corruptor de Almas, en el que hizo un gran trabajo. Finalmente, la mezcla del álbum la he dejado en las buenas manos de Tony Sánchez-Gil de Lausán Estudio, el cual puede ser relacionado con su proyecto Manakel y en el que ha contado con músicos de la talla de Ignacio Prieto o el mismísimo Ronnie Romero.

¿A qué público te gustaría llegar?

Me gustaría llegar a todos aquellos a los que les gusta el rock, especialmente a aquellos que se mueven dentro de los grupos que a mí me gustan, como Saratoga, Iron Maiden, Judas Priest, los clásicos y los modernos. Con mi disco no he querido hacer nada innovador. Quería hacer lo que más me gusta.

También me gustaría llegar a la gente que no está acostumbrada a escuchar rock. Creo que son temas fáciles de escuchar, que te dan mucha energía. Temas que yo me pondría para arrancar el día.

Los dos vídeos que hemos hecho del disco han llamado la atención del grupo Atresmedia y los están emitiendo dentro de sus canales. Se interesaron por ellos en cuanto se los presentamos. Para mí es un orgullo que se le dé cancha al rock, algo no tan frecuente en los medios hoy en día.

Sin embargo, en la actualidad tenemos Rock FM, algo que no existía en las décadas anteriores.

Mi disco ha sonado en Rock FM. Mariskal Romero tiene una hora a la semana dentro de la programación de esta emisora y me pusieron en una sección de su programa. Rock FM está muy bien. Está muy bien para iniciarte en el rock. Son clásicos de toda la vida. Son temazos que están probados y que funcionan siempre. Los promotores de Rock FM son muy listos y han encontrado una radio fórmula estupenda. Y, como son listos, creo que, cada vez más, van a ir introduciendo en la parrilla de su programación secciones más personales como la de Mariskal Romero, programas que van a apostar más por grupos nuevos y canciones más desconocidas. Porque saben que tienen que apoyar a los grupos que tomarán el relevo de lo que podemos escuchar en Rock FM hoy en día. No podemos conformarnos con lo viejo. Mataríamos al rock.

También has cantado en orquesta.

A mí, al principio, me daba un poco de palo. Cantaba con una orquesta durante cinco horas y sabes que las dos primeras horas son pasodobles, bachatas… Después, las dos horas siguientes son más pop y la última hora es el pase de rock. Ahí es cuando yo disfruto, cantando el Final Countdown a las cinco de la mañana.  De la orquesta he sacado cosas muy positivas. No sabes la dificultad que tiene un tema hasta que no lo cantas. Cantar en orquesta me ha permitido aprender a cantar de maneras diferentes. He disfrutado tomando influencias de aquí y de allá. La orquesta te abre la mente también.

La música es una cultura. Como lo puede ser el cine. Como los libros. A ti te gustan las películas de terror, pero no ves solamente películas de terror. No te niegas a ver una comedia o un thriller porque lo que más te gusta son las películas de terror. Con la música es lo mismo. A mí me gusta el drama, un día puedo ver una película de amor, otro día una de acción… Eso no quita el que con lo que más disfrutes sea con un tipo de música u otro. Yo estoy escuchando música todo el día y escucho distintos tipos de música dependiendo del momento del día.

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Isaac pronuncia cada palabra con una ilusión admirable. Hace lo que le gusta. Disfruta con todo lo que hace. Terminamos nuestro encuentro con uno de sus últimos proyectos, una colaboración con el pinteño Miguel Lozano. Le ha ofrecido trabajar como cantante en un musical sobre el flautista de Hamelín con la música de Ñu. Esto se presentaría en el Conservatorio de Madrid, donde Miguel Lozano está trabajando.

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Entrevista con Ángel Laguna

El inicio de Los Simpson es posiblemente una de las siete maravillas del arte contemporáneo. Unas nubes esponjosas se abren para dar paso a un cielo tan azul como el de las películas de Stanley Kubrik. A partir de ahí, una cámara dron imaginaria comienza a mostrarnos la central nuclear del señor Burns. Al lado, el cementerio de ruedas ardiendo; al fondo el ayuntamiento y, a mitad de camino, dos de los gamberros de la ciudad serrando la cabeza de la estatua del fundador de Springfield. La cabeza de la estatua caerá sobre Ralph, el hijo del jefe de policía, y echará a perder su helado; traviesa, la cámara dron atraviesa entonces una calle principal que nos lleva hasta la escuela primaria; allí, se mete por la ventana de un aula, donde Bart Simpson escribe un castigo en la pizarra; suena la campana y Bart sale disparado de la escuela con su monopatín; ahí se produce un corte para llevarnos al interior de la central nuclear, donde Homer Simpson maneja con descuido un ladrillo de plutonio; otro corte nos lleva al supermercado; allí nos encontramos con Marge y Maggie Simpson; volvemos a la escuela y en la clase de música, la cámara comienza a mostrar a toda la banda de la escuela, de derecha a izquierda, hasta llegar a Lisa Simpson, que toca un saxofón tan grande como ella y que es expulsada de la banda por mostrar, tal vez, mayores aptitudes musicales de las que espera un profesor de primaria en sus alumnos; a partir de ese momento, todos los miembros de la familia Simpson se precipitan a lo largo de la ciudad de Springfield, cruzándose con una miríada de personajes secundarios, hasta llegar al sofá del salón de su casa. Estamos hablando de un frenético minuto y medio de dibujos animados acompañados por la magnífica melodía del programa (por sí sola, otra de las maravillas del arte contemporáneo) compuesta por Danny Elfman.

Todas las mañanas, mi móvil me despierta con la música de Los Simpson. Me levanto, me dirijo a mi ventana y observo el cielo azul. Valdemoro es mi Springfield privado. Una vez al mes, gracias a las entrevistas que hago para La revista de Valdemoro, tengo la suerte de conocer a uno de esos personajes con los que se cruzan los Simpson en su camino hacia el sofá en el inicio de cada episodio. Hoy he dado con un filón. Se llama Ángel Laguna. A pesar de su juventud, este valdemoreño es inteligente, maduro, sensible, concienciado con el mundo que le rodea y consciente de que ha venido a Valdemoro/Sprinfield/Planeta Tierra para aportar. Para aportar belleza. Para aportar equilibrio. Para aportar humanismo. Para aportar humanidad.

Ángel toca el piano y es pianista clásico.

¿Cuándo comenzaste a tocar el piano?

Mi padre es clarinetista. Es músico profesional. Ahora está jubilado, pero ha tocado en la banda de música del Colegio de Guardias Jóvenes toda su vida. Y yo comencé tocando el clarinete a los nueve años. Pero había un piano en mi casa y yo empecé a pasar más tiempo en el piano que en el clarinete, un poco por pura intuición. Mi padre, al verlo, decidió llevarme a clases de piano aquí en Valdemoro. Mi primera profesora fue Loli (María Dolores Martínez), de la Escuela de Música. Ella me inició al piano y me animó, después, para hacer las pruebas en un conservatorio profesional. Fue así como entré en el conservatorio de Getafe. Fue en Getafe, yo tenía apenas doce años, donde un profesor, Carlos Javier Domínguez, me hizo descubrir que merecía la pena dedicarse a esto, me hizo descubrir que me gustaba y me hizo descubrir que era mi camino. Gracias a él, pude ver que podía y que me gustaba. Él me ayudó, también, a descubrir quiénes eran mis compositores, cuál debía ser mi repertorio. Porque eso es también muy importante. Hay músicos en todos los ámbitos, pero yo creo que cada uno tiene que descubrir su camino a través de sí mismo o a través de alguien que se lo facilite, pero que no se lo imponga. Alguien que te haga saber quién eres pero que no decida quién eres. Yo lo descubrí poco a poco. Sigo descubriéndome hoy en día porque creo que nunca nos descubrimos completamente.

Estudiaste bachillerato en el Instituto Villa de Valdemoro.

Estudié toda mi primaria y la ESO en el Colegio San José. En el Instituto Villa de Valdemoro tuve la suerte de poder cursar el bachillerato musical, que por aquel entonces no existía en los institutos. Era un caso completamente aislado y, gracias a ello, estuve más liberado de carga lectiva para poder dedicarme al estudio del piano y para preparar las pruebas que se me venían encima. La verdad es que fue una buena ayuda.

Y de Valdemoro, te vas a estudiar la carrera de Música a Salamanca.

Sí. Pude haberme quedado en Madrid pero elegí Salamanca porque quería estudiar con una profesora en concreto. Al principio, era un poco reacio a abandonar Madrid, a irme de Valdemoro, pero, a los pocos meses de estar en Salamanca, es una decisión de la que no me arrepiento. Primero, por estar imbuido en el ambiente universitario de Salamanca, una ciudad muy rica en estudiantes de todas las carreras, de todas las edades, procedentes de todos los ámbitos. El conservatorio estaba lleno de profesores muy interesantes, de gente del centro de Europa que venía a Salamanca. Fue muy enriquecedor, tanto el ambiente de la ciudad como el del conservatorio. A día de hoy,  muchas de las oportunidades laborales que me siguen surgiendo proceden de las relaciones personales, con profesores y compañeros, que pude forjar allí.

Y tras Salamanca, te marchaste al extranjero.

Tras acabar en Salamanca, estuve unos meses meditando cuáles iban a ser mis siguientes pasos. Hoy en día, da la sensación de que, cuando terminas tus estudios, en cualquier ámbito, si no vas a hacer un máster en Budahelsinki no eres nadie. Pero yo creo que lo que seas o no seas depende de ti. Depende de factores internos más de lo que venga de fuera. En esos meses, a mí, realmente, no me apetecía irme a ninguna parte porque yo tenía muy claro lo que quería hacer. Tenía claro cuáles eran mis compositores, tenía claro que tenía que buscarme conciertos para tocar las obras que yo quería interpretar, que yo amaba. No me hacía falta ir al extranjero. Pero también vi que empezar a viajar y estudiar en el extranjero era una puerta a muchas más oportunidades.

Empecé a viajar a Alemania, a la zona de Colonia y Düsseldorf, y estuve estudiando allí durante un poquito más de un curso académico. Yo tenía claro que no quería vivir allí. Hoy en día, importa poco donde vivas porque los medios nos acercan a todas partes en tiempos irreales. Pero conocí a bastantes personas que me han abierto puertas allí y, gracias a ello, en los últimos tres veranos he vuelto al mismo sitio, dentro de la serie de conciertos que pertenecen al festival de conciertos para jóvenes pianistas International Campus Kleve. Allí he conocido a pianistas de toda Europa e incluso de América. Sigo en contacto con ellos y este verano vuelvo a participar en el festival durante dos semanas. Todos los pianistas que participan residimos en el mismo edificio durante dos semanas. Allí dormimos, comemos, estudiamos y practicamos las obras. Y, casi todas las tardes-noches tenemos concierto. Cada uno en un lugar diferente. Son seis o siete recitales por semana.

También viajaste a Londres.

En Londres nunca he estado mucho tiempo. Pero quería ir para conocer todo sobre lo que me habían hablado mis profesores. Fui allí una semana para conocer a un profesor. Es argentino, pero vive en Londres. Gracias a él, he conseguido tocar en Londres tres veces. Una de ellas, con una pequeña orquesta. Primero toqué en Steinway Hall, que es una pequeña sala con el nombre de la marca de pianos Steinway; luego toqué en St. Martin in the Fields, un lugar también emblemático por la orquesta que tiene; después en St. James Piccadilly, también en la concurrida zona centro. Esta experiencia también ha sido una importante aportación y en octubre-noviembre de este año voy a volver para tocar con una orquesta.

¿Hacia dónde crees que va la música clásica del siglo XXI?

Creo que los fines de los seres humanos no cambian, que las personas de hoy somos muy parecidas a como eran hace cien años y doscientos. Estoy hablando de nuestra naturaleza y de nuestras necesidades. Lo que sí que cambia son los medios. Los medios han cambiado, pero no los fines. Las reuniones como las que tenemos en Alemania todos los veranos antes se daban muchísimo, pero, hoy en día, los nuevos medios de comunicación favorecen muchísimo el contacto constante con todo lo que se está haciendo en el mundo en estos momentos. Esto lo permite internet y las redes sociales. Estamos mucho más cerca los unos de los otros y eso nos enriquece a todos y enriquece muchísimo el panorama de la música clásica. Pero también creo que las reuniones físicas, personales, como las que tengo en esas dos semanas en Alemania son mucho más sustanciales. Hoy en día, aunque nos conozcamos más en todos los ámbitos, en cierto sentido y al mismo tiempo, estamos más lejos los unos de los otros.

Me preguntas sobre la música clásica, clásica entendida como producto atemporal, imperecedero; clásica porque fue compuesta hace cien o doscientos años, pero que seguimos interpretándola porque su naturaleza es atemporal y esa enseñanza que contiene es igual de útil hoy en día que en su momento, como cuando leemos obras como el Quijote o la Celestina. Y me preguntas sobre el futuro de esa música clásica. Y creo que su futuro se pone, en ocasiones, demasiado en duda. Estoy harto de escuchar que la música clásica está en crisis, no solo en España, sino a nivel mundial. No sé si será cierto o si son campañas de desprestigio. Prefiero no hablar de ello porque, cuando lo haces, se alimenta esa corriente. En España hay mucho por hacer, por supuesto, pero, ¿y lo que hay hecho? Hay mucho hecho. Hay cada vez más niños estudiando en las escuelas de música, independientemente de que vayan a continuar o no. Pero ya tienen una sensibilización. Los conservatorios están llenos. Los conciertos tienen un público. Un público que se renueva. Cada vez veo más gente joven. Creo que hay que fijarse en lo que está hecho en vez de centrarnos en lo que hay por hacer. Y yo quiero contribuir con mi trabajo y esa es la razón por la que permanezco en España.

Si tenemos que hablar de la dirección que lleva la música clásica, a mí me gustaría que siguiéramos aprendiendo de la naturaleza. Si observamos la naturaleza, podemos observar su sencillez y su perfección. Es siempre igual y cada día es distinta. Un río siempre va en la misma dirección y no se empeña en ir en dirección contraria. Hay artistas que se empeñan en ir en dirección contraria o en destruir la sencillez y la perfección por el mero hecho de ser diferentes. Podemos hacer lo mismo que se ha hecho siempre desde nuestra individualidad y eso convertirá esa pieza de arte en algo único y completamente nuevo.

Y te has decidido a vivir de la música.

No se debe pensar que esta profesión es una forma de hacerse rico. La música te enriquece en otros sentidos. Si quieres ganar dinero, hay muchas otras profesiones que son más acertadas para eso. Si quieres ser músico es porque te gusta. Es un modo de vida, no es una profesión para ganarse el pan. Hay muchos compañeros míos que son grandes músicos y no reciben su principal fuente de ingresos con la música. Ser músico no es lo más remunerado, pero satisface a otros niveles donde el dinero no llega.

En todo caso, si te lo propones, se puede vivir de la música. Porque no solo hay una vía: están las clases, está el tema de escribir sobre música, está el colaborar con orquestas, con coros. Hay muchísimas vías.

¿Y tú escribes sobre música?

Desde antes de mi traslado a Salamanca tenía mucho interés por leer sobre los compositores a los que interpretaba o por leer textos escritos por músicos que yo admiraba. Así empecé a elaborar mis juicios y mis criterios. Y ya estando en Salamanca escribí artículos para un blog que existía allí, en el conservatorio de Salamanca.

Después tuve que realizar mi tesis sobre la relación de Debussy y los compositores españoles de su época, reivindicando un poco a los autores españoles que, aunque aquí no recibían la atención que merecían, en Francia eran muy valorados. Más tarde, cuando hice el Máster en Interpretación Musical en la Universidad Alfonso X El Sabio, también tuve que escribir un trabajo final, que realicé con mucho gusto.

A partir de ahí, comencé a escribir las notas al programa de los concierto que interpreto. Antes de tocar las piezas, las presento con unos textos que he preparado de antemano. Se trata de una breve información sobre las obras que voy a tocar, pero no de datos que se pueden buscar en internet, sino de lo que yo puedo hablar de esa música a partir de mi experiencia con ella. Al principio de los conciertos, me gusta hablar, tocando, incluso, pequeños ejemplos musicales.

Y, recientemente, una editorial me ha propuesto publicar un libro sobre aquel trabajo que hice para mi tesis. Sobre los compositores españoles de la época de Debussy y de Ravel: Falla, Albéniz, Turina, Granados… Todos estaban en París. Estoy ahora terminando el libro.

Una de las razones por las que me gusta escribir es porque, cuando leo lo que he escrito hace un tiempo, percibo mi evolución. Me doy cuenta de que, en cierto modo, la persona que fui mientras escribía ese texto ya no existe.

¿Cuáles son tus compositores favoritos?

Creo que eso gira mucho en torno a cómo eres. Hay personas más extremas, de emociones más fuertes. Hay personas más equilibradas. Yo soy una persona bastante templada, bastante equilibrada. Por tanto, me van a atraer los compositores con esas características. No son ni los más empalagosos ni los más áridos. Me atraen, por lo tanto, los compositores de la segunda mitad del siglo XVIII y de la primera mitad del siglo XIX, de lo que entonces era el Imperio austro-húngaro. Me gustan mucho Beethoven, Schubert, Haydn y Mozart. Sus composiciones son el eje de mi repertorio. Por supuesto, toco a otros compositores del siglo XIX, como Mendelson, Liszt e incluso a compositores anteriores, como Bach. Toco también compositores más contemporáneos, como Ligeti y Messiaen e incluyo, también, música española, sobre todo, de Albéniz y Falla.

Hay gente que me pregunta por qué no toco jazz. Pero yo toco lo que yo soy. Admiro el jazz, está muy cercano a la música clásica, pero no me identifico con el jazz. Hay roqueros que no tocan pop. Cada uno toca dentro del ámbito musical que se encuentra cómodo. Hay un camino para cada persona.

Vamos a hablar de tus conciertos. ¿Qué concierto te ha marcado más personalmente?

Siempre recuerdo el primer recital que di. Fue en el Ateneo de Madrid. Yo tenía diecinueve años. Yo ya había tocado muchas veces, claro está, pero siempre dentro de ambientes académicos. Cuando uno toca de cara al público, uno descubre que las piezas que toca tienen otras necesidades. Cuando uno sale de la escuela es cuando empieza a aprender. Aquel recital fue el primero y yo tuve que responder a muchas cosas. Aprendí sobre las piezas que tocaba y aprendí sobre mí. En cierto modo, en cada concierto sigue estando la vieja premisa de responder al momento, de no dejarte llevar por las cosas inculcadas y aprendidas que, en ocasiones son complots contra lo que en la realidad ocurre. Aquel concierto fue importante porque fue el primero. A veces, recuerdo el programa que elegí y me parece una barbarie todo lo que hice, porque ahora soy más comedido.

Otra ocasión importante fue cuando toqué en Londres por primera vez. Fue como una experiencia totalmente diferente a todo lo que había hecho anteriormente. En aquel concierto descubrí que la música estaba viva. El lugar estaba absolutamente abarrotado. El público estuvo en silencio de una forma asombrosa. Había tanta gente y tan en silencio, tan concentrada en lo que yo estaba haciendo… Eso me permitió descubrir muchas más cosas sobre esas piezas. Todo eso me permitió sentir que yo era el dueño. Que yo era el dueño de todas esas personas. Cualquier cosa que yo hiciera era un mundo para ellos. Un mundo de absoluta incertidumbre. Esto me ha ocurrido en más ocasiones, pero esa vez fue muy gratificante.

Y no me quiero olvidar de la vez que toqué en la Fundación Botín en Santander. Organizan conciertos para jóvenes. Todo con bastante seriedad. Me hicieron sentir en el lugar adecuado tocando para la gente adecuada.

¿Crees que el artista debe estar al tanto de todas las disciplinas artísticas?

Creo que cualquier persona puede entender y sentir una obra de arte en sí misma, sin necesidad de estar al corriente de todo lo demás. Puede escuchar una pieza o contemplar un cuadro y no necesita saber quién la compuso, ni dónde ni cuándo la compuso, ni qué otros autores contemporáneos hacían algo similar… No es necesario tener conocimiento del resto de los campos artísticos. Me atrevería a decir que ni siquiera de tu propio campo artístico. Esos conocimientos ayudan, pero, en ocasiones, pueden entorpecer. La intuición, el sentido común no deben ponerse en tela de juicio. Son ellos los primeros que nos ayudan a captar.

Con esto no quiero decir que no sea importante conocer a los autores y sus circunstancias. Que no sea importante estar al día de cuantas más disciplinas mejor. Todo eso te ayudará a entender mejor las obras que interpretas. Saber de otras artes te puede ayudar a entender tu propia disciplina. Pero no es esencial. Puedes no saber nada y sentirlo o entenderlo todo.

Vamos a terminar con tu actividad profesional en Valdemoro.

Tengo algunos alumnos en Valdemoro y siempre es gratificante enseñar en tu localidad. Sin embargo, me gustaría hablar de mi colaboración con la Escolanía Villa de Valdemoro, dirigida por Gema Hidalgo. Disfruto muchísimo de esa colaboración y, además, aprendo un montón y es una actividad un poco diferente a lo que suelo hacer. Les acompaño tocando el piano en las piezas que cantan y son bastante serios en su trabajo.

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La sencillez y, a la vez, profundidad de Ángel me han dejado boquiabierto. Aunque me ha dejado claro que su camino son las composiciones clásicas, lo imagino interpretando para mí el tema de Los Simpson mientras que yo, haciendo de Bart, escribo en la pizarra doscientas veces el último mensaje que manda a nuestros lectores:

Descúbrete. Sé tú mismo. No te empeñes en ser alguien que no eres.

Descúbrete. Sé tú mismo. No te empeñes en ser alguien que no eres.

Descúbrete. Sé tú mismo. No te empeñes en ser alguien que no eres.

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Entrevista con Luis Cruz

Me encanta cuando los actores consagrados deciden dirigir una película. No porque quieran dedicarse a la dirección sino porque necesitan contar algo. Esas películas suelen ser proyectos muy personales, mimadas por esos actores, y ofrecen, con frecuencia, detalles cinematográficos poco convencionales. Sin embargo, en el mundo de la música ese tipo de proyectos individuales aparecen, por lo general, por otros motivos. Son más bien fruto de un desencuentro, de la separación de una banda.

Tengo delante de mí a Luis Cruz. Músico profesional con muchos acordes, arpegios, riffs y punteos en las yemas de sus dedos. Después de más de treinta años de carrera musical, Luis acaba de publicar su primer disco en solitario, Rocker, y, en mi opinión, se asemeja más a una película dirigida por un actor consagrado que a un disco en solitario. Para empezar, no se trata de la ruptura de una banda, sino de todo lo contrario. Este es, posiblemente, el disco en solitario más colectivo que conozco. Para su elaboración, Luis Cruz ha intentado reunir a todos los músicos con los que ha tenido una relación de trabajo y amistad a lo largo de su carrera.

Nacido en Malagón, Ciudad Real, su familia se mudó a Getafe cuando él era un niño. Lleva diez años viviendo en Valdemoro donde, dice, siempre le han tratado muy bien. De hecho, recuerda la primera vez que vino a tocar en nuestra localidad a finales de los años ochenta. Lo hizo como guitarrista de Topo y aquel día actuaron en la plaza de la Piña junto a Medina Azahara. Recuerda que la plaza estaba llena. Recuerda cómo, en aquella época, todas las fiestas de los pueblos incluían en su programa uno o dos conciertos de rock.

A sus cincuenta años, Luis se aleja de todo cinismo. Es consciente de que, en el rock, hay que ser auténtico pero también sabe que es importante librarse de prejuicios que puedan llegar a esclavizar al músico o a su audiencia. Salvando las diferencias lingüísticas (y de esto me he dado cuenta, en mayor medida, mientras escuchaba de nuevo la entrevista grabada durante nuestra conversación), Luis tiene un timbre de voz, unas cadencias discursivas y una risa muy similares a los de Keith Richards.

Las colaboraciones de Luis Cruz en discos de otros artistas son numerosas. Ha sido, también, una pieza fundamental en las giras de, entre otros, Manolo Tena, Los Limones y Sherpa (exbajista de Barón Rojo) a quien ayudó con su guitarra en el álbum El rock me mata.

Me gusta comenzar por el principio. ¿Cuándo empezaste a tocar la guitarra?

Yo tendría ocho años. Estábamos celebrando la Nochevieja y mi padre reía contento en compañía de amigos y familia. Y, de repente, oigo que dice que voz alta: «Niño, te voy a comprar una guitarra». A mí se me quedó eso grabado en la cabeza y pensé: «Ya sé lo que me van a traer los Reyes Magos este año». Llegó el día 6 de enero y allí no había una guitarra. Yo me había ya hecho ilusiones y la lie parda. Me puse de tal forma que mi padre accedió a comprarme la guitarra con la condición de que estudiara. «Debes estudiar lo uno y lo otro», me dijo. La guitarra y el cole. A los tres meses de estar aprendiendo a tocar la guitarra, ya no concebía mi vida sin una guitarra. Ya pasaba de bajar a jugar al fútbol. Me iba al pueblo con mis padres y la guitarra iba conmigo. Me metieron en una escuela de música, me enseñaron a leer solfeo y a tocar la guitarra española, la guitarra clásica. Era una escuela un tanto especial porque nos presentaban a certámenes de niños. Así que, a los once años, ya estaba subiéndome a los escenarios. Para mí, era un juego, una cosa divertida. Y reconozco que me gustaba tocar delante de un público y que me aplaudieran. Cuando tenía unos doce años, nos juntaron a unos cuantos y crearon una orquesta de niños. Recuerdo que nos llevaron un mes de gira a Valencia. Recuerdo que lo disfruté, pero también recuerdo que eché mucho de menos a mis padres.

Estuve en esa escuela hasta los trece o catorce años y entonces comencé a juntarme con los primeros hippies melenudos de Getafe. Tocaban temas de Pink Floyd, temas de Bob Dylan, de Deep Purple. Yo aluciné con aquello. Me dije: «Esta música me gusta. Pero esto tiene otra cosa. Esto es diferente a lo que he aprendido hasta ahora». Pasé a formar parte de un grupo de rock, éramos todos adolescentes, y nos pusimos a hacer versiones de los grupos que nos gustaban. No lo hacíamos muy bien. Por mucho solfeo que yo tuviera, lo que ofrecían los grupos que nos gustaban era una escuela diferente. Era gente que venía de formarse en locales de ensayo. Muchos de ellos no tenían formación musical, pero sí que entendían de lo que era la esencia, de lo que es el feeling, de lo que es el corazón. De lo que es el rock and roll.

Cada vez se me daba un poco mejor, me fui a vivir a Parla y allí pasé a formar parte, primero, de un grupo que se llamaba Tarot, que era también un grupo de chavales, y, luego, de un grupo que ya era un poco más conocido porque habían grabado un single, que se llamaba Estribo. Con este grupo, ya empezamos a hacer cosas más serias y yo me sentía como un profesional. En una de nuestras actuaciones en la plaza de toros de Parla, vino a vernos José Luis Jiménez, bajista de Topo y fundador de Asfalto. Y, a través de Julio Castejón, que era el productor del disco de Estribo, me localizaron con el propósito de que hiciera una prueba para tocar con Topo. Me preguntaron: «¿Tú quieres hacer una prueba con Topo?». Y yo dije: «¡Cómo! Ya mismo».

Fui a su local de ensayo y, yo, alucinado, me decía: «¡José Luis Jiménez! ¡Me va a escuchar José Luis Jiménez! No sé si lo haré bien o mal, pero va escucharme José Luis Jiménez…». Le gustó como tocaba. Yo había estudiado, me lo había currado y era guitarrista. Pero, claro, yo era muy joven, tenía solo 17 años. José Luis me doblaba la edad. Él decía: «Tocar, toca, pero ¡a ver cómo se comporta este tío en una gira!». Y, desde ese día hasta ahora, he colaborado con Topo. Estamos hablando de que yo entré en Topo después de su tercer álbum, Marea negra, y ya formaba parte de la banda cuando publicaron Ciudad de músicos en 1986.

Y sigues con Topo desde entonces. De hecho, me consta que el grupo no ha perdido su vitalidad original.

El grupo sigue muy vivo. Recientemente, en 2015, publicamos El ritmo de la calle. Ahora mismo vamos a sacar un disco que se llama Milenio, que es una recopilación de todos los grandes éxitos de la carrera musical de Topo, más dos temas nuevos. Últimamente, hemos estado tocando en Las Ventas. Para mí, tocar ahí tiene magia. Es un icono. Solamente pensar que ahí ha estado tocando Angus Young, que ha estado en el mismo camerino que yo… Este verano tenemos previstas unas cuantas actuaciones. José Luis tiene una energía y unas ganas de subirse al escenario que alucinas.

Vender discos hoy en día es muy complicado para todo artista.

Es curioso porque grupos como Topo o Asfalto han pasado a ser grupos de culto y la gente que los sigue compra los discos. Hay grupos más populares que sí venden discos, pero que también sufren incluso más descargas ilegales de sus álbumes. Pero lo de Topo es una cosa más romántica. Y la gente compra el disco. Haciéndolo saben que están apoyando a unos músicos.

Topo siempre ha sido una constante en tu vida profesional. Háblanos de otros momentos trascendentales de tu carrera musical.

Uno de los trabajos más interesantes que he tenido fue dentro del musical de Queen, We Will Rock You, que se estrenó en el teatro Calderón. El casting lo hizo el mismísimo Brian May. Cuando me enteré que él iba a estar en las pruebas, no dudé en presentarme. De alguna forma, era algo similar a mi prueba con los Topo. Ya solo con que me oyera, yo me daba con un canto en los dientes.

El día del casting fue un día muy raro. Nos llevaron a un estudio primero, pero no reunía las condiciones necesarias para la prueba. Nos llevaron a otro estudio y tampoco era el adecuado. Así que el manager de Queen se cabrea y dice: «Volved al primer estudio y alquilad todo lo necesario para que se pueda hacer un casting correctamente». Estábamos ya cansados de todo el día yendo de un lado para el otro con el equipo, así que me senté en un rincón, enchufé la guitarra a mi amplificador y me puse a tocar para relajarme. Transcurre un buen rato y me llega un técnico de sonido y me dice: «Brian May lleva diez minutos escuchándote tocar, tío». Y yo me doy la vuelta y ahí estaba él. Yo le podía ver solo la silueta, como si estuviera saliendo de la portada del Bohemian Rhapsody.

Poco después, empieza el casting en cuestión, entra Brian May a la cabina y me dice «You are the best!» (¡Eres el mejor!). Y yo digo: «¿Eso significa que me dan el trabajo?». Y me dice: «Bueno, tengo que escuchar a los demás, pero ¿te importaría tocar con mi equipo?» Al final, efectivamente, me contrataron y estuve trabajando con ellos durante cuatro años. Primero en Madrid y, luego, de gira por toda España.

Cuando terminó el musical, ¿volviste con Topo?

Sí, llamé a Jose y le dije: «Vamos a hacer rock and roll, ¿no?». Y fue entonces cuando coincidí con Lele Laina, el cofundador de Topo, que se había marchado temporalmente cuando yo me había incorporado a la banda por primera vez. Me hizo mucha ilusión tocar con él. Llevamos tocando juntos desde 2008.

Hay veces que a los roqueros les da vergüenza confesar que, en algún momento de su vida, han tocado en orquestas para ganarse la vida.

En el mundo del rock, hay mucho prejuicio con este tema. Si estás en orquesta, estás haciendo versiones. No eres original. Cuando haces baile, cuando tocas en una orquesta, aunque hayas sido un original y luego vuelvas a ser un original, en ese momento, parece que dejes de ser genuino. Yo estuve muy contento trabajando en una orquesta. Acepté el trabajo porque tengo la mala costumbre de querer comer todos los días. Se llamaba Orquesta Santiago y La Central de la Música. Tocábamos en muchos programas de televisión, como Noches de gala o en Ay Lola, Lolita, Lola. Ahí pude conocer a Lola Flores, que me pareció un pedazo de artista descomunal. Ya por entonces estaba enferma, no se encontraba bien. La veías ahí, encogida, con cara de no encontrarse bien físicamente. Pero se encendía la luz roja de grabación de la cámara de vídeo y, como si se le metiera un bicho dentro, ella se crecía, se venía arriba como la artista que era, genio y figura. 

Como comentabas al comienzo. Un artista se siente bien en el escenario. Es como, si por un momento, fuera una persona mejor.

Sí. Es una pequeña fantasía porque dura lo que dura la actuación. Luego hay que volver a la cruda realidad. A que tenemos que pagar las facturas. Pero en ese momento, es como si no fueras tú.

Y, ahora, después de tantos años en el mundo de la música, decides sacar un disco en solitario.

Yo tenía muchos temas compuestos pero no entraban en la onda que tiene Topo. Tenía un buen montón de temas y quería darles salida. Compuse unas cuantas letras. Lo grabamos. Hemos tardado como un año en hacerlo. Lo hemos hecho muy despacito y contando con todos nuestros amigos. En el disco colabora, por lo tanto, Topo. El sello discográfico es Fish Factory, que es el sello que produce los discos de Topo. Colaboran, también, Rafa Vegas, el bajista de Rosendo; colabora Cacho Casal; colaboran Sergio Cisneros y Fernando Ponce de León, teclista y flautista de Mago de Oz respectivamente; colabora Judith Mateo. Hay varios baterías. Está Luis García y Anye Bao, que, cuando lo llamé, vino a grabar directamente después de un concierto. Fue todo un detalle. Y no me quiero olvidar de Ángel Crespo, Javi Sáiz, David Sánchez, Nacho García, Alberto Carrero, Alfredo de la Fuente, Raúl Rico, Javi Burguillo, Héctor López y Miguel Bullido, que han enriquecido el disco con mucha ilusión y su saber hacer.

El disco tiene doce temas, dos de ellos instrumentales. Un guitarrista tiene que tener algún tema instrumental (Luis sonríe). He escrito la letra y la música de todos los temas con la excepción de la letra de la canción Soy animal, que escribió mi gran amigo Daniel Toledano Sanguino. Toco la guitarra y canto. El tema de la voz no lo tenía claro al principio. Yo no he querido cantar nunca porque mi voz no tiene muchos registros. Los cantantes con los que he trabajado tenían muchos más. Podía haber encontrado un cantante para el disco. Pero, al final, cuando uno tiene algo que decir, el que mejor puede hacerlo es uno mismo. Así que, he hecho las melodías basándome en cómo es mi voz.

¿Qué tienes que contar en un disco en solitario después de tantos años en el mundo del rock?

Pues que aún creo en el amor. Que aún creo en el rock and roll. Que agradezco mucho la amistad de la gente. Y que aún me duele la falta de amor, y la falta de amistad, y la falta de empatía hacia los demás. El disco se titula Rocker. Es lo que mejor define el disco. Aunque, aquí en España, la palabra rocker se asoció con tupés, para mí un rocker es sencillamente un roquero. Yo he escuchado a muchos artistas a lo largo de todos estos años. He escuchado a Elvis Presley, a Deep Purple, a Pink Floyd. Para mí, son gente que me produce sensaciones. Yo lo englobo todo bajo la palabra rock. No sé si adecuadamente o no.

¿Dónde te gustaría llegar con Rocker? ¿Estás preparando presentarlo en directo?

Un disco se sabe cómo empieza pero no cómo termina. Estamos preparando el concierto presentación. Queremos sacar el disco ahora, darle un poco de recorrido y hacer la presentación en septiembre. Estamos pensando en presentarlo en una sala de Madrid. Y, por supuesto, me encantaría presentarlo en Valdemoro en las fiestas de septiembre.

El disco lo va a defender en directo Luis Cruz y la Furgo Band. La Furgo Band son Luis Rodrigo, compañero, amigo y productor del disco; Francis García, que es el bajista; y David Sánchez, que es el batería. Parece posible que se junte también Pablo Salinas, que es un Mozart de este siglo. Empezamos en Topo juntos con diecisiete años. Éramos los dos trastos del grupo.

Disco y gira con Topo, disco en solitario y, además, formas parte del proyecto de Sinfonity

Sinfonity es la primera orquesta sinfónica de guitarras eléctricas del mundo. Es una locura maravillosa. Hemos llegado a tener varias formaciones, una de ellas de hasta de treinta guitarristas. También hemos estado solamente nueve guitarras. La formación de treinta músicos es más impresionante, pero, a mí me encanta también cuando somos menos porque puedes escuchar el feeling de cada guitarrista. Hay que dejar claro que no hacemos versiones de las composiciones musicales de los grandes maestros. No. Interpretamos las partituras al pie de la letra. Normalmente hay tres bajos, que harían de contrabajo, y varias guitarras barítono, que harían de violonchelo. Imitamos los diferentes instrumentos de una orquesta, pero sin trucos. Jugando con el volumen y la distorsión nos acercamos a otros instrumentos, como el violín, el oboe…

Con Sinfonity, hemos estado en Holanda, en Portugal, en Cuba… Ahora vamos a ir cinco días a Helsinki. Pronto tenemos también un bolo en la Provenza francesa, una gira por Suecia y varios conciertos en Rusia. Para los que quieran vernos en España, en julio, tocaremos en Segovia. Da un poco de tristeza decirlo, pero este proyecto es más fácil moverlo fuera que aquí en España. En Europa, aparte de que los sueldos son más altos, los espectáculos son muy baratos. En Holanda, por ejemplo, en el último teatro que tocamos, estuvimos viendo la programación y, en un solo teatro, había más programación que en todo Madrid. Y luego, los precios. Ver a Sinfonity costaba diez euros. Aquí ver a Sinfonity cuando estuvimos tocando en el Nuevo Alcalá eran cuarenta euros.

¿De quién ha sido la iniciativa?

De Pablo Salinas, que también fue compañero mío en Topo. Lo llamé para que colaborara en mi disco y me dijo: «Sí, sí, yo colaboro en tu disco, pero tú vas a colaborar en otra locura que estoy haciendo». Yo me uní a ellos hace cinco años, pero el proyecto debe de llevar ya casi ocho. Es un proyecto de corredores de fondo.

No todo el mundo puede vivir de la música como tú lo has hecho hasta ahora.

A pesar de que la idea de la guitarra fue suya, mi padre quería que yo fuera médico. Vivir de esto es duro. La música es una vida muy dura. Al principio, yo pensaba: «No sé qué dureza le ven a esta vida. Vas a tocar. Te aplauden todos. Al final cobras… no le veo yo la dureza». Con los años, he aprendido el precio que hay que pagar para ser músico. Para dedicarte a lo que te gusta. Vas a ganar menos dinero que en muchos otros trabajos. Es muy difícil conciliarlo con una vida familiar, aunque yo lo he conseguido. Me han ofrecido giras, pero yo prefiero dormir en casa. De joven hacía más sacrificios. Lo pasábamos bien en las giras, pero yo tenía una sensación de soledad, de desarraigo, de no tener casa, que me incomodaba.

En estos momentos de mi vida, prefiero hacer la música que me gusta, por eso hago mi disco; colaborar con los músicos que me gustan, que suelen ser mis amigos de muchos años; y dormir todos los días con mi mujer.

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            El concepto de roquero nació a comienzos de la segunda mitad del siglo XX y ha ido evolucionando desde entonces. Luis Cruz, un roquero español de arriba abajo, revisa este concepto con su primer disco en solitario y con el tema que da nombre al disco, Rocker: «Canto al amor, aunque me llamen blando; al albañil, que el pobre muere currando; al político que está robando; canto a mi primo que me está escuchando. Soy un rocker, yo soy un rockerman. Canto a las meigas porque haberlas haylas; canto a las brujas y a las “lolailas”. Soy español de la misma España, me va el flamenco, “ojú” qué caña.  Soy un rocker, yo soy un rockerman. Canto a la vida que se vive despacio, porque sin prisa me sabe mejor; canto a los lloros, canto a las risas; canto a la madre que me parió. Soy un rocker. Canto al bosque que lo están quemando; canto a los mares y a los animales; canto a la Luna y a la aceituna; le canto al Sol que nos está achicharrando. Soy un rocker, yo soy un rockerman».

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Entrevista con Miguel de los Santos

Parte 1. Cinema Paradiso

En 1988, el director de cine italiano Giuseppe Tornatore nos regaló la película Cinema Paradiso. El largometraje contaba la historia de Salvatore, un prestigioso director de cine que se había criado en un pueblecito de Sicilia. Allí, había desarrollado su amor por el cine gracias a Alfredo, el proyeccionista de películas del pueblo. Al inicio de la película, el protagonista recibe la noticia de que Alfredo ha muerto y, después de muchos años, decide volver a su pueblo para el funeral. Desde ese momento, toda la vida de Salvatore aparece ante nuestros ojos como en una serie de flashbacks.

En 1987, el mismo año en el que comienza la acción de Cinema Paradiso tras la muerte de Alfredo, el alcalde de Valdemoro José Huete invitó a Miguel de los Santos a leer el pregón de las fiestas patronales. En ese momento, Salvatore y Miguel tendrían más o menos la misma edad y habrían tenido una infancia muy similar: un pueblo pequeño de posguerra con niños llevando los mismos pantalones cortos y persiguiendo un balón de fútbol por las calles. Me pregunto si, al volver a pisar las calles de Valdemoro, Miguel de los Santos vio pasar su infancia ante sus ojos como lo hizo Salvatore al retornar a su pueblo en Sicilia.

Han pasado otras tres décadas. Miguel de los Santos tiene hoy ochenta años. Nació en Valdemoro en 1936. Me recibe en su amplio despacho de Gran Vía, en Madrid. No cabe duda de que es un hombre ocupado pero me dedica su tiempo con generosidad. Viste y habla con una elegancia natural hipnótica. Afable. Sus gestos faciales reflejan una expresividad que me transportan a tiempos que, subconscientemente, asocio con tiempos mejores. A tiempos en los que Victor Mature o el mismísimo Robert Mitchum lo decían todo con tan solo levantar ligeramente una ceja.

Hasta que inauguraron el hospital Infanta Elena en el año 2008, había muy pocos valdemoreños que pudieran decir que habían nacido en Valdemoro.

Nací en plena Guerra Civil. Valdemoro era entonces un pueblecito muy acogedor. Muy íntimo. Tendría alrededor de tres mil habitantes. Era como una gran familia donde nos conocíamos todos y guardo recuerdos muy agradables de mi infancia. Mi padre era de Valdemoro. El padre de mi padre era canario, pero mi abuela paterna, que se quedó viuda muy joven, era también de Valdemoro.

Tengo entendido que a tu padre le gustaba mucho el cine.

A mi padre siempre le gustó mucho el tema del cine. Fue un pionero. Él empezó a organizar proyecciones cuando el cine era todavía mudo. Se asoció con Julián Humanes y pusieron en Valdemoro el primer cine, digamos, sonoro, con dos sesiones los fines de semana, sábado y domingo. Venían a las distribuidoras de Madrid y alquilaban películas en paquetes, en lotes, que decían ellos. Para conseguir una película que acababa de estrenarse, tenías que llevarte otras cinco de dos o tres años de antigüedad. Luego mi padre se independizó y montó por su cuenta el cine Alarcón. Se hizo con un local donde está ahora el centro cultural Juan Prado y montó el primer cine. Al mismo tiempo, mi padre se hizo con algunos cines más por la comarca. Tenía el cine en Dosbarrios, en La Guardia, en Parla, me parece… en tres o cuatro pueblos. Creo que incluso el cine de Ciempozuelos. Pero, con la Guerra Civil, todo se complicó y se quedó solo con el de Valdemoro.

Al mismo tiempo, mi padre, antes de terminar la guerra, había ganado las oposiciones como secretario de administración local en un ayuntamiento de segunda. Los ayuntamientos, entonces, me explicaba mi padre, estaban clasificados en primera, segunda y tercera. Los de primera, eran las capitales de provincia. Los de segunda eran pueblos importantes y los de tercera, pueblos como Valdemoro. Mi padre ganó las oposiciones a un ayuntamiento de segunda y le dieron como destino Pozuelo de Alarcón. Pero, como mi abuela paterna estaba tan arraigada a su madre, se había quedado viuda y tenía dos niños mucho más jóvenes que mi padre, convenció a mi padre, que ya estaba casado y con tres hijos —mi hermana pequeña aún no había nacido—, a solicitar un ayuntamiento de tercera categoría para quedarse en Valdemoro y ayudarle, así, con sus hermanos pequeños.

Eso cambió mucho la vida de mi padre. Por aquel entonces, la familia de los Reyzábal, que tenían el cine de la Prensa, el Windsor, el Roxy A y el Roxy B, le ofreció a mi padre asociarse con ellos para ampliar esa cadena de espectáculos. Desde Pozuelo, esa asociación habría sido posible pero, en esos años, Valdemoro estaba lejísimos de Madrid. Recuerdo que mi tío Pepe tenía un coche particular y, en Valdemoro, posiblemente, entonces habría tres o cuatro coches particulares. La gente iba en bicicleta o, si venía a Madrid, venía en coche de línea.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos de tu infancia en Valdemoro?

Me acuerdo de que vivíamos en la casa de mis abuelos, una casa de campo, de pueblo, con mulas y caballos. Tenía una bodega que no se utilizaba para nada, con unas tinajas gigantescas. Había un patio de piedra con una fuente y con salida a dos calles. A la calle Luis Miralles y la puerta principal daba a donde estaba el convento de las Clarisas. Creo que esa casa facilitó que yo tuviera más amigos. Porque era un buen punto de encuentro para que los críos jugáramos. Recuerdo a algunos de mis amigos: Alfredo Humanes, Juan Rey, Pedro del Olmo, Juan Prado y Quique Macías, que era el hijo del practicante de Valdemoro. Todos venían a mi casa a jugar con frecuencia porque tenía patios, tenía cuadras, un corral gigantesco, una cueva donde se criaban champiñones y había mucho espacio para jugar.

También fuiste al colegio en Valdemoro.

La mayor parte de mi generación aprendimos a leer en el convento de las hermanas de la Caridad. Era una especie de parvulario donde comenzaban sus estudios los críos que nacían en el pueblo. De ahí, los que íbamos a estudiar bachillerato nos poníamos en manos de don Primitivo Moreno para estudiar, normalmente, hasta quinto curso. Comencé el bachillerato a los diez años aproximadamente y estuve allí hasta los catorce o quince. A partir de sexto, era más complicado porque a don Primitivo ya se le iban de las manos determinadas materias y yo me vine a Madrid, a casa de mi abuela Carmen, y allí completé mi bachillerato. Vivía por la calle Sainz de Baranda, al lado del cine Sainz de Baranda. Muy cerquita, en la calle Ibiza, vivía Plácido Domingo y en la calle Narváez, muy cerquita de nosotros, en lo que se llamaba la casa grande, donde estuvo situado muchos años el diario Pueblo, que era el diario de la tarde, vivía José Luis Garci. Había también una academia muy cerca, donde estudiaba mi hermana Conchita, la mayor. Tuvo de compañera a Blanca Álvarez, una pionera de los medios, la primera locutora que tuvo Televisión Española.

En Madrid, empezaste una nueva vida. ¿Mantuviste tus contactos en Valdemoro?

A partir de los quince años me desvinculé parcialmente de Valdemoro. Durante la semana, vivía en Madrid pero todavía bajaba a pasar los fines de semana en Valdemoro con mis padres. Pero, de mi primera etapa, siempre he mantenido algunos vínculos. El último que se nos ha ido es Juan Torrejón, que fue el aparejador oficial del Ayuntamiento de Valdemoro durante muchos años. Juan Torrejón hacía la línea media del equipo de fútbol conmigo. En aquella época, los equipos de fútbol eran tres defensas, dos medios, uno de ataque y uno defensivo, y cinco delanteros. Yo era el medio de ataque. Juan el defensivo. Los números marcaban específicamente la posición en la que jugabas. Yo era el número 4 y él el número 6. Teníamos dos porteros, Quique Macías y Paco Granados.  Paco Granados, el padre de Francisco Granados, era muy sobrio y sabía colocarse muy bien bajo los palos. Quique Macías era más informal, menos convencional, pero, en mi opinión, mejor portero.

También conocía bien a la madre de Francisco Granados, Maisi, que todavía vive, y que, en las obras de teatro de aficionados que representábamos, era normalmente mi pareja. Hacía de pareja con ella o con Encarnita Alguacil. Nos dirigía Encarnación Pimentel, una señora mayor que había sido actriz y que, cada equis tiempo, nos enseñaba obras de teatro, generalmente de los hermanos Quintero, de Manuel Paso y de autores de aquella época.

Cuando me eché novia, la mujer con la que sigo casado, fui con ella algún año a las fiestas patronales de mayo y a las de septiembre. Mi mujer era muy de Madrid, muy de ciudad, no conocía las fiestas de los pueblos y le encantaba ir a ver aquello. Antes de conocerla, íbamos a las fiestas de Valdemoro en pandilla con algunos amigos de Madrid, como José Luis Uribarri, Mariano de la Banda…

Poco después de llegar a Madrid, tuviste un accidente un tanto aparatoso, que te tuvo mucho tiempo en reposo.

Recuerdo que, en aquellos años, creó cierta conmoción entre la gente del pueblo. Los chicos hacíamos mucho deporte. Jugábamos al fútbol. Hacíamos carreras. Mucha bicicleta. Yo recuerdo hacer hasta salto de pértiga. A mí todo eso se me cortó porque estuve nueve meses escayolado en cama. Como digo, causó conmoción en el pueblo pues yo era un chico joven muy deportista.

Estando en Madrid, como a mí me gustaba mucho jugar al fútbol, hice las pruebas para un equipo que había en el barrio de Salamanca. Jugamos una especie de liguilla que había entonces por barrios. Jugamos la final contra el equipo de los muchachos del Calasancio, que tenían fama de ser los mejores. Ganamos la final. La ganamos milagrosamente 3-2. Yo apenas marcaba goles porque jugaba de medio centro pero, aquel día, marqué el gol de la victoria. Salimos eufóricos y nos fuimos a ver un programa doble al cine Alcalá. Ponían Pandora y el holandés errante y, después, Mujercitas. A la salida, tenía que coger un tranvía que bajaba por las calles Torrijos (creo que ahora es Príncipe de Vergara) y Narváez hasta Sainz de Baranda. Eran aquellos tranvías de jardinera que no llevaban puertas. Yo tenía fama de ser muy veloz corriendo. Los tranvías bajaban esa calle a toda velocidad y yo era el único esperando en la parada. Dos amigos, que habían ido hasta allí tan solo para acompañarme, me dijeron: «Espera, no cojas el tranvía». Dejé que arrancara el tranvía y me retaron a que corriera hasta alcanzarlo y me subiera en marcha. «Dos pesetas, si lo pillas», me dijeron. Salí corriendo a toda velocidad, me enganché a las barras, resbalé, me quedé colgando con una mano y el tranvía me llevó arrastrando durante unos cien metros. Según parece, la culpa la tuvieron unas herraduritas metálicas pequeñas que nuestros padres nos ponían por entonces en los zapatos, tanto en la puntera como en el tacón, para que nos duraran más. La gente gritó. Paró el tranvía. Me querían llevar a un hospital porque el accidente había sido, efectivamente, bastante aparatoso. Les dije que estaba bien. Conforme me fui enfriando, aquello empezó a doler y acabó siendo una fractura múltiple del fémur de la pierna derecha. Me escayolaron, me estuvieron poniendo penicilina y nueve meses en cama.

Ese accidente cambió, de alguna forma, tu vida.

Aquello me llevó a pensar en mi futuro. En mi casa, tenían el empeño de que hiciera Arquitectura porque un tío mío, Miguel —me llamo como él porque era mi padrino­— insistía en que yo debía ser arquitecto. Como curiosidad, te diré que mi tío estuvo involucrado en el proyecto del edificio de Telefónica, aquí en Gran Vía. También fue el arquitecto de algunos de los edificios de las facultades del Paraninfo. Sin embargo, yo llegué a la conclusión de que quería ser periodista. Cuando lo comenté en casa, la reacción fue: « ¿Y de qué vas a vivir?» En aquellos años, los estudios de Periodismo eran una carrera secundaria de cuatro años. Se estudiaba en la Escuela Oficial de Periodismo. Me empeñé, me presenté a ingreso y lo aprobé.

Precisamente, el día del examen de ingreso, a la salida, coincidí en el metro con un amigo de Valdemoro, hijo de un teniente de la Guardia Civil. Eduardo Jiménez, se llamaba. Eran dos hermanos, Eduardo y Manolo Jiménez. Era gente muy querida en Valdemoro. Coincidí en el metro con el mayor, que había estudiado conmigo bachillerato. Cuando nos encontramos allí en el metro, me dijo que estaba estudiando Telecomunicaciones. Y yo le conté que acababa de hacer el examen para estudiar periodismo y que ahora me tocaba esperar los resultados. «Hay ahora algo muy interesante», me dijo. Me contó que había unas estaciones-escuela de radio donde uno podía aprender y especializarse en radio, que era el medio que estaba pujando con más fuerza. Yo no sabía nada del tema pero él me mandó la convocatoria que había salido de estas escuelas y me presenté a esas oposiciones para hacer los cursos de radio. Sin comerlo ni beberlo, conseguí pasar y realizar los cursos a la vez que estudiaba Periodismo.

Parte 2. Días de Radio

Volvemos a 1987. También en ese año, el director de cine Woody Allen estrenaba la película Días de radio. La película estaba ambientada en los tiempos de los pioneros de la radio y reflejaba la fama e influencia que estos tenían socialmente. Siempre me gusta recordar la anécdota de Hot Springs, un pueblecito al sur de Nuevo México. Después de la Segunda Guerra Mundial, había un programa radiofónico de entretenimiento muy popular que se llamaba Truth or Consequences (la verdad o las consecuencias). En un momento dado, el programa lanzó una propuesta a las ondas de todo Estados Unidos. Aquella localidad que cambiara su nombre por el del programa sería el lugar de emisión del mismo durante unas temporadas. Lo crean o no, hubo un buen número de aspirantes. Hot Springs, Nuevo México, se llevó el gato al agua y, desde entonces, la población neomexicana se llama Truth or Consequences. Salvando las distancias, Miguel de los Santos vivió esos años dorados de la radio en España.

Háblanos de tus años en la radio.

Como te decía, ingresé en las emisoras del SEU (Sindicato Español Universitario). El SEU tenía una red de emisoras por toda España. Eran estaciones-escuela. Se accedía a ellas, como hice yo, pasando un examen de oposiciones. Una vez pasabas, estabas allí tres años. El primer año era pura teoría. Estudiabas la terminología de la radio, historia de la humanidad, historia de las comunicaciones… El segundo año, un setenta por ciento seguía siendo teoría: lectura, declamación, redacción, confección de guiones… y ya hacías prácticas, al micrófono, con alumnos del tercer año. Eran emisoras como cualquier otra y tenían mucha audiencia entre la gente joven. Como todos los que trabajaban allí eran jóvenes, había una complicidad generacional entre los profesionales de la radio y su audiencia.

Cada año, a final de curso, hacían exámenes y eran eliminatorios. De manera, que cada año desaparecían de allí compañeros que no pasaban esos exámenes. Creo recordar que, en mi promoción, hubo unos trescientos sesenta candidatos de los que pasamos el examen de ingreso unos sesenta. Y cuando terminé el tercer curso, quedábamos seis. El tercer curso, ya eran todo prácticas. Era como una emisora profesional. Presentabas concursos, entonces había muchos concursos radiofónicos porque la tele no existía, hacías entrevistas, reportajes, magazines, programas de entretenimiento…

Las emisoras profesionales estaban muy pendientes de nuestra emisora, porque, cuando necesitaban a alguien, tiraban de allí. Y estando en ese tercer curso, con apenas veinte años, yo recibí una llamada de Radio Intercontinental. Jesús Álvarez, el padre del Jesús Álvarez que sigue hoy en activo, se iba de allí para trabajar en Televisión Española, que comenzaba a hacer emisiones en pruebas. A mí no me llamaban para cubrir su vacante, claro está. Se corría un puesto en todo el escalafón y a mí me llamaban para cubrir la última plaza que se quedaba vacía. La de correturnos. Era un puesto bastante interesante. Me ocuparía de sustituir a cada locutor en su día libre. Así que, a lo largo de la semana, hacía todos los programas. Y, de esta forma, estuve todo un año. Enseguida me ofrecieron mi propio programa. Mi primera compañera —entonces, los programas tenían una voz masculina y una femenina— fue Mari Carmen Goñi, la que luego fuera la Valentina de los Chiripitifláuticos. Allí estuve siete años. En esa época, entrevisté a Alain Delon, entrevisté a Sofía Loren en el aeropuerto cuando vino a presentar La caída del Imperio romano

En 1963 me casé, el uno de abril del año siguiente nació mi primera hija y, a finales de julio de ese año, recibí una llamada de la Cadena Ser. Tuve que pensarme mucho este paso. Nos fuimos de vacaciones en agosto y estuve dándole vueltas todo el verano. Tuve que negociar las condiciones del contrato. Acabábamos de ser padres. Teníamos una hipoteca que pagar. Afortunadamente, conseguí llegar a un acuerdo y pronto comencé a trabajar para la Ser. Allí estuve durante muchos años, alternando temporadas de radio con las temporadas de programas que realicé para Televisión Española.

Parte 3. Voces de Oro

Miguel de los Santos fue el comentarista para Televisión Española en el festival de Eurovisión entre 1977 y 1982. Fue el encargado de animar a Micky, con su Enséñame a cantar; a José Vélez, con su Bailemos un vals;  a Betty Misiego, que quedó segunda, con Su canción; a Trigo Limpio, con su Quédate esta noche; a Bacchelli, con su Y solo tú; y a Lucía, con su Él. La elección de Miguel de los Santos para este trabajo parecía muy natural, pues llevaba muchos años cubriendo festivales de música internacionales para la radio. La cobertura de uno de esos festivales en Chile le ayudó a descubrir un mundo, el iberoamericano, que marcaría su vida desde entonces.

¿Cómo acabaste retransmitiendo el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar?

En 1964 entro en la Ser y en 1965, el periodista chileno Raúl Matas se acerca a mí, yo estaba buscando música para un reportaje que acababa de terminar, y me dice: «Miguel, ¿a ti te gustaría conocer mi país?» Yo le dije que por supuesto. Me explicó que le habían invitado como miembro del jurado para el Festival de Viña del Mar y él no podía ir. Había pensado que yo podría sustituirle. A partir de entonces, fui al festival en varias ocasiones. En 1968, justo antes de coger el avión para Valparaíso, fui a recoger credenciales y materiales de grabación y me encontré en el estudio a Manolo Martín Ferrand. Hablando como se habla con un amigo, le dije: «¿Quieres que te traiga algo de Chile?». Él ni se lo pensó: «Tráeme una entrevista con Pablo Neruda». Por suerte, cuando fui, Neruda estaba dando un mitin en Valparaíso y allí conseguí una entrevista con él.

Más tarde, en 1975, me ofrecieron trabajar tres años en Latinoamérica con el programa Con otro acento y este programa cambió el sentido de mi vida. Mi concepción de la vida. Descubrí lo avanzados que estamos en Europa con respecto al resto del mundo y lo retrasados que estamos con respecto a Latinoamérica, por todos los valores que hemos perdido. Allí podía disfrutar lo que es no tener que mirar el reloj cuando estás a gusto conversando con alguien. Allí pude contemplar paisajes espectaculares. Allí pude conocer a gente inteligentísima que está allí en una especie de embudo del que no pueden salir. Fueron experiencias únicas. Mi emoción era continuada. Conocí a gente como Mario Benedetti, Fidel Castro, Salvador Allende, Jaime Dávalos…

Parte 4. 300 Millones

El 26 de junio de 1977, se emitió el primer programa de 300 millones. Este año se cumplirán cuarenta años de esa emisión. Aunque a mí me pilló muy joven, recuerdo muchos de los contenidos perfectamente. Pero lo que más marcó mi vida fue el título del programa. Para desengaño de algunos, los trescientos millones no eran dinero, sino gente. El número de habitantes del planeta que, en ese momento, hablaba español (ahora superamos los cuatrocientos millones). Una misma lengua unía a las poblaciones de muchos países distintos repartidos por varios continentes. Miguel de los Santos llegó a presentar alguno de los especiales de 300 millones y muchos de sus contenidos provenían de su trabajo para el programa Con otro acento.

¿Cómo comenzaste a trabajar en la televisión?

Estando en la Intercontinental, yo ya había vivido una experiencia en televisión. Todavía en el Paseo de la Habana, fue una experiencia demencial. Con veintiún años, me llamaron para presentar un programa que se llamaba Dos en uno (1959). Todos los programas eran en directo. Todavía no había vídeo para grabar los programas. Técnicamente fue un desastre. Yo pensé que ese invento no iba a funcionar.

Pero, la tele ya empezaba a tener cuerpo, ya habían inaugurado Prado del Rey, y desembarca en España Valerio Lazarov. Le contrataron para dirigir un especial que titularon El irreal Madrid (1969). Con ese programa, Televisión Española ganó la Ninfa de Oro, el premio más importante que se daba en Europa, compitiendo con la BBC inglesa o la RAI italiana. Hay que entender que entonces España era un país cerrado, con Franco, no había salidas por ninguna parte. Por eso tenía tanta trascendencia el festival de Eurovisión. Eurovisión y el Real Madrid eran las únicas muestras de que España estaba en Europa y en el mundo. Yendo a retransmitir el festival de San Siro o la Rose d’Or en Suiza, recuerdo que todos me preguntaban por Puskas, por Amancio…

En cuanto Valerio ganó el premio, Juan José Rosón, que luego fue ministro con Suárez, le fichó para hacer una serie de programas, bajo el título de Especial Pop (1969). El hermano de Adolfo Suárez, Ricardo, que era entonces el director de programas musicales, pensó en mí para introducir el programa y presentar a los espectadores lo que iban a ver. Por cierto, hubo ciertas suspicacias pero Ricardo Suárez había llegado a director de programas musicales antes de que Adolfo, su hermano, fuera director general de Radiodifusión y Televisión. A partir de ese momento, pasé a ser un buen amigo de Adolfo Suárez y luego le ayudé en su campaña a la presidencia de 1977.

Parte 5. Todos los Hombres del Presidente

En 1976, Alan J. Pakula dirigió a Robert Redford y a Dustin Hoffman en Todos los hombres del presidente. Un año más tarde, en 1977, Miguel de los Santos fue uno de los hombres del presidente Suárez.

¿En qué consistió tu trabajo durante la campaña de Adolfo Suárez en las elecciones de 1977?

Siendo ya presidente del Gobierno por designación real, Adolfo quiso que el pueblo le diera también su confianza en las urnas. Por eso, convocó las famosas elecciones de 1977. En esas fechas, recibí una llamada a mi despacho desde Moncloa. Se trataba de Alberto Recarte. Me dijo que el presidente quería hablar conmigo. Me pasó con él brevemente y, antes de devolverme a Recarte, me dijo que habían pensado en mí para un trabajo. Adolfo Suárez había participado en un primer mitin preelectoral en Vigo y, por lo visto, había sido un desastre. No desde el punto de vista del mitin, sino de la organización. Había sido un caos por el gran número de personas que se habían amontonado allí para escuchar a Adolfo Suárez. Decidieron, pues, que había que buscar lo que los americanos llaman un MC, un maestro de ceremonias, para que le abriera paso en los mítines, para que iniciara el acto. Pensaron en mí para desempeñar esa función. Adolfo había pensado en mí por la confianza y el afecto que nos teníamos. Le presenté los tres mítines más espectaculares, en mi opinión, de esa campaña: Barcelona, Palma de Mallorca y Las Palmas de Gran Canaria.

Yo dejé muy claro desde el principio que, en ningún caso, yo, como periodista, iba a presentar los mítines de la UCD ni de ningún partido. Mi labor consistiría en hacer un retrato de la imagen, de la figura que representaba Adolfo Suárez como persona y como político. Y así fue.

Parte 6. Santos Creativos

Aunque enseguida fue elegido como presentador de programas, tanto en la radio como en la televisión, desde su ingreso a las radios escuela del SEU, Miguel de los Santos mostró siempre un gran interés por los contenidos de los programas. Se sentía más atraído por la escritura de guiones que por la presentación de programas. Por eso, los proyectos radiofónicos y televisivos que ha propuesto a lo largo de su vida se han preocupado de que fueran ricos en contenidos, bien a través de entrevistas o por medio de los documentales. No es casual que su empresa privada, que recientemente ha pasado a llamarse Santos Creativos pero que tiene ya un bagaje de más de treinta años, se especialice en contenidos televisivos y radiofónicos.

¿Cuál es la misión de Santos Creativos?

Esta empresa se ocupa de gestionar campañas publicitarias de radio donde los contenidos de la creatividad se confunden con el mensaje publicitario, se imbrican y forman un todo. Algo muy normal hoy en las redes sociales. Llevamos treinta años realizando campañas para grandes empresas. Y para televisión, ya no por negocio, de vez en cuando y por capricho, hacemos algún documental que coyunturalmente es oportuno. Suelen ser las fundaciones de las grandes empresas las que financian estos programas. Uno de los últimos fue en conmemoración del centenario de El Greco, de siete programas, grabado en 4K. Y ahora estamos rodando un especial sobre Felipe II, donde intentamos lavar la imagen de la leyenda negra de este monarca. Como proyecto próximo, estamos trabajando, poniendo de acuerdo al ente público (RTVE), al ministerio de Cultura y a las universidades, en la realización de un documental conmemorativo sobre el quinto centenario de la primera vuelta al mundo, la expedición Magallanes-El Cano (2019-2022).

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Entrevista con Tony Mares

Quedamos en el café Barelas, en Albuquerque, restaurante tradicional nuevomexicano donde, dicen, se han tomado más decisiones políticas que en el Capitolio de Santa Fe. A pesar de que el chile verde y el chile rojo nos tientan desde las mesas vecinas, hoy nos limitamos a unos cafés, mientras charlamos de lo humano y lo divino. Tony vive a unos bloques del lugar y ha llegado con una gorra calada en la que se lee Woody Guthrie, uno de sus héroes y uno de sus músicos favoritos. Tony estuvo recientemente leyendo poesía en el festival anual de música folk que homenajea a Woody Guthrie en Okemah, Oklahoma. Tony no deja de sonreír. Es una sonrisa bilingüe y multicultural. A veces, su sonrisa se parece a la del galán de una película de Hollywood. Bien americana. Otras veces, su sonrisa se asoma picarona, como la que lucen los niños españoles cuando se relamen de una reciente travesura. Por último, se descubre su sonrisa nuevomexicana, la más mestiza de todas, la más gentil. Una de esas sonrisas que se muestran cuando uno abre la puerta de su casa y te da la bienvenida. La cafeína comienza a estimular nuestra conversación.

Fernando Martín Pescador: Titulaste tu primer libro the unicorn poem (el poema del unicornio), todo con minúsculas. Tuviste la suerte de que lo prologara el poeta Ángel González, que definió el poema como “una elegía serena, sin lágrimas, en la que el dolor ante lo perdido está compensado, casi hasta el punto de la ocultación, por un vigoroso aliento épico.” Elegía y épica. Pérdida y búsqueda, siempre heroica. ¿Es ese el destino del hombre?

Tony Mares: Como todo ser humano, no sé el último destino del hombre, ni si se puede hablar de tal cosa.  Al mismo tiempo, desde el momento de nacer hasta la muerte, la vida, como decía Ortega y Gasset, es “un qué hacer.”  Y entre el hacer y el siguiente hacer se va acumulando el pasado con sus tragedias y también sus momentos efímeros de la alegría de hondo sentimiento. Sí, siempre hay pérdida y búsqueda, pero tampoco sé si es heroica o no. Lo que pasa es que el concepto del heroísmo en mi país se vuelve cada vez más chocante, militante, imperialista, de un patriotismo agrio que hace vomitar.

FMP: En los títulos de tus tres libros siguientes (Las Vegas, New Mexico: A Portrait, Padre Martínez: New Perspectives from Taos y I Returned and Saw Under the Sun: Padre Martínez of Taos) aparece explícito uno de los temas más recurrentes de tu obra: tu tierra, Nuevo México, su historia y su gente. ¿Es ahí donde el poeta, dramaturgo e historiador Tony Mares comienza su búsqueda?

TM: Sí. Desde niño, mis padres me hicieron saber que la historia nuevomexicana era mucho más de lo que contaban en la enseñanza oficial. Aquí comenzó la búsqueda.  Pero no acaba aquí. Como se ve en muchos de mis poemas, con todo respeto a mis raíces nuevomejicanas, el mundo es mucho más amplio.

FMP: Efectivamente, te doctoraste en Historia de Europa y me consta que sientes curiosidad por el mundo que te rodea. Otra prueba de ello es que, en la actualidad, estás terminando un libro de poemas que conectan la Guerra Civil española con nuestro presente. Haciendo gala, una vez más, de tu generosidad, has compartido conmigo parte del Tony Mares en plena efervescencia creativa y te he visto gozoso. Ilusionado. ¿Qué supone para ti la creatividad literaria?

TM: Hay muchas maneras de obrar, de trabajar en el mundo.  Una persona puede ser carpintero, herrero, secretaria, escritor, lo que sea. Lo importante, para mí, es hacer algo, algo constructivo que añade a lo menos un poquito de valor a este gran teatro del ser humano. Entonces, para mí la creatividad literaria, como la creatividad del pintor o del músico, ayuda a explicarnos a nosotros mismos. Y eso vale la pena porque estamos muy lejos de entendernos, de hacer de la vida algo que se pudiera compartir entre todos con paz y con respeto para todos. Esto implica un nivel de amor a nuestra especie que todavía se ve allá, más allá del horizonte del mundo contemporáneo. Las cosas, los animales, las personas que conocemos, el verdadero ambiente físico y emotivo en que vivimos vale mucho más que las ideologías gastadas, las abstracciones que matan.

FMP: Ideologías. Me has contado en más de una ocasión que al tema de las ideologías le has dedicado tus buenos ratos de pensamiento. Dicen, aunque yo no estoy completamente de acuerdo con esa afirmación, que la Guerra Civil Española fue la última guerra que se luchó por ideales. Por ideologías enfrentadas. ¿Crees que es esta ha sido una de las razones que te han llevado a escribir este libro? ¿Qué otras razones te han motivado a escribir sobre una guerra? ¿Sobre una guerra civil? ¿Sobre la guerra de España?

TM: Ojalá que fuera la Guerra Civil Española la última guerra ideológica, pero, lástima, no creo que vaya a ser así. Nomás hay que leer los periódicos de cada día para ver que las ideologías predominan en el mundo político y social. Para mí, las ideologías, incluso las más fuertes, que son todas las religiones, corresponden a una dura necesidad humana de estructuras verticales de autoridad moral que tienen fuertes raíces en un pasado remoto, un poco misterioso. Entonces, como lo veo yo, estamos en proceso de una lenta evolución histórica que pudiera durar siglos y siglos hasta que lleguemos, bien cansados del largo camino, a una época sin ideologías. Entonces comenzará la verdadera historia humana y nuestros descendientes se harán la pregunta: ¿Cómo pudimos salir de esos largos tiempos salvajes?

Muchas cosas me han llevado a escribir este libro: el recuerdo de charlas ocasionales sobre la Guerra Civil Española en mi casa; el impacto de las conferencias y novelas de Ramón Sender; la experiencia mía con gente de izquierdas (como yo) en el movimiento de derechos civiles (the Civil Rights Movement) en el que yo fui activista y tengo mucho orgullo de haber participado de una manera bastante activa; las charlas con veteranos de la Brigada Lincoln (perteneciente a las Brigadas Internacionales); hasta las canciones de Woody Guthrie, que tenían muchas veces que ver con la Ruta 66. Pues, desde el patio posterior de la casa de mi abuela, de niño yo podía tirar piedras a la Ruta 66. Jugaba yo muchas veces en la mera Ruta 66 que pasaba muy cerca de la plaza vieja de Albuquerque.

Debiera añadir que al parecer mío los EEUU, como una nación, está bien metida en un vulgar y destructivo imperialismo. Y las actitudes de ciertos americanos (hablo de los adinerados y poderosos en este país) me recuerdan mucho a sus tercos y fatídicos homólogos españoles. Entonces tengo el deseo de decir a mis compatriotas, especialmente a los jóvenes, que ya estamos en rumbo peligrosísimo. Creo que la única manera de evitar un cruel porvenir universal es, a lo menos, empezar a reflexionar en el daño que nos hemos hecho, pensar en el porvenir, y tratar de vivir con más compasión para los que no creen como nosotros. Pero tendrá que ser compasión de todos para todos. Y, aunque estemos muy lejos de eso, con mi libro de poemas quiero hacer algo de arte que pudiera, con suerte, empujarnos a todos un poco más allá hacia la frontera de un mundo mejor, algo que nos recuerde que la Guerra Civil Española, aunque sí que fue una tragedia, sigue siendo tragedia hoy día y espejo terrible de lo que está ocurriendo en el mundo y probablemente seguirá ocurriendo. Mas hay que empezar un cambio. Para mí, este pequeño libro de poesía es un paso, y solo un paso, hacia ese mejor porvenir tan deseado. Como dijo Jesús o Gandhi, si lo hubiera pensado, “todo cambio en el mundo comienza con la persona y el primer paso que da hacia ese cambio.”

FMP: Te iba a preguntar cuántos poemas crees que son necesarios para detener la detonación de una pistola pero creo que, de alguna forma, lo has respondido ya. Cambiaré de derroteros. Has publicado poesía, ensayo, teatro, columna de opinión periodística, relatos breves, publicaste un libro con poemas de Ángel González traducidos al inglés… Aquí van mis mil preguntas en una: ¿qué género escribes con más comodidad? ¿Qué escribes con más placer? ¿Hay alguna razón por la que no hayas publicado una novela?

TM: Bueno, es una lástima, pero parece que no hay poema que pueda detener la bala de una pistola. Al mismo tiempo, la combinación de todas las balas, bombas, granadas y cohetes de tantas guerras, no han podido acabar con la necesidad humana de hacer arte en múltiples formas, incluso la poesía. De esa necesidad, a lo menos para mí, viene la esperanza de que algún día, en un futuro muy lejano, aprenderemos a vivir en paz, gozar de todo lo bueno de la vida, y dejar atrás para siempre esta obsesión de matar al prójimo. No creo (a diferencia de los fieles de religiones autoritarias) que estemos condenados con un pecado original que configura el mundo como una lucha maniquea entre lo bueno y lo malo hasta el fin del mundo. Creo que, de veras, podemos evolucionar, pero claro eso cuesta mucho tiempo, posiblemente demasiado tiempo. Mientras, tenemos la esperanza del arte y, por supuesto, del buen ejemplo de tantas personas buenas en el mundo.

De todos los géneros al alcance del escritor/a, favorezco la poesía.  Es para mí la más natural manera de compartir una visión del mundo con todos. Y además, escribir poemas es un gran placer porque se acerca a la música y a todo el mundo (menos quizás a los tristones) le gusta la música. 

He pensado mucho en la cuestión de la novela. Aprecio mucho a los novelistas, y ya sabes que leo novelas en inglés y en español. Trato de leer las mejores novelas contemporáneas pero no soy un Marcelino Menéndez Pelayo (de quien se dice que leyó todos los libros de la Biblioteca Nacional, aunque no lo creo) y, a veces, leo muy despacio. La novela es un gran cuento, como un tren compuesto de muchos coches, y que contiene muchos cuentos cortos. Para los que quieren compartir un gran cuento de la vida con los demás en una novela, pues eso me parece perfectamente bien y se lo agradezco a los novelistas.

Ya que escribo muchos poemas narrativos, en cierto sentido, hay a lo menos una novela implícita en estos poemas. Pero leer y pensar en la poesía requiere una atención, un poder de concentración formidable que a muchos lectores no les gusta.  Se puede leer fácilmente cien páginas de una novela en una sentada, a veces, pero los poemas se leen como una lucha por la vida, para seguir viviendo, poema tras poema. Para de veras ser poeta, o tener interés en la poesía, hay que ser más o menos un guerrero literario, un guarda, hasta la muerte, de esta forma estética tan intransigente en proclamar verdades hondas en forma de metáforas, símbolos, y varias estructuras verbales y visuales, y de sonidos (a veces sonidos interiores, en la cabeza). Debiera añadir que creo que es verdad lo que Philip Levine atribuye a Yvor Winters, que todo poeta “coqueteaba con la locura y con su propia autodestrucción…” (“According to Winters, all who wrote poetry flirted with madness and self-destruction…” Levine, The Bread of Time, p. 239). Y también quiero añadir que, aunque ya muy viejo y, quizás, ya muy tarde, como Rubén Darío, todavía me acerco a los rosales del jardín (la novela), y aunque no sea probable, quién sabe si hago algo o no con la novela. Quién sabe, ¡pudiera yo resultar un viejo verde de la novela!

FMP: No será porque te falte la inspiración. Vives con una novelista formidable, Carolyn Meyer, tu esposa. ¿Cómo convive un matrimonio de escritores? ¿Habláis de literatura en el desayuno? ¿Almorzáis leyendo los manuscritos del otro? ¿Conformáis el parnaso de la Avenida Gold, en Albuquerque? ¿Os habéis apoyado en vuestras carreras literarias a lo largo de todos estos años?

TM: Cómo dices, Fernando, Carolyn Meyer es una novelista formidable. Siempre lo llevamos muy bien. Siempre nos hemos apoyado en nuestras distintas pero relacionadas carreras. Como novelista de obras para adolescentes, y al parecer mío para adultos también, Carolyn es la más disciplinada escritora que he conocido.  Trabaja horas y horas en escribir sus novelas.

Creo que convivimos bien porque respetamos mucho la manera distinta de escribir que tenemos. Ella organiza el horario de una manera regular. Yo, aunque escribo muchas horas, tengo un horario que sigue mis estados interiores y no el reloj.  Es decir, algunas veces, muy raras veces, escribo muy de mañana. Generalmente, escribo después de las diez de la mañana, y por la tarde escribo de vez en cuando.  De noche, estoy a mis anchas como escritor. Me gusta escribir desde más o menos las siete de la tarde hasta medianoche.

En el desayuno y el almuerzo, hablamos de muchas cosas. A veces ella comparte conmigo un problema narrativo que está tratando de resolver. Otras veces, yo le hablo de  ciertas dificultades de la poesía. Ella me escucha con compasión y trata de ayudarme cuando eso es posible. Me ayuda especialmente con ciertas palabras del inglés, que es un idioma con sus propios misterios. También, de vez en cuando, leemos secciones de las obras que venimos escribiendo.

En cuanto al parnaso, pues, los dos hemos viajados juntos al Monte Parnaso en la Grecia y creo que nos quedamos con un impacto fuerte de los dioses, y diosas, literarios que gozan de la vida allí, y que, por buena fortuna, visitan, de vez en cuando,  la Avenida Gold, donde vivimos en Albuquerque, a veces disfrazados de transeúntes y, otras,  de clientes de las cafeterías que hay debajo de nuestra casa. En todo caso, son dioses que aparecen como grandes consumidores de café.

FMP: Estoy de acuerdo contigo: cada idioma tiene sus misterios. A ti, desde pequeño, te enseñaron a desvelar muchos de esos misterios en dos idiomas, el español y el inglés y nunca has renunciado a ninguna de esas dos lenguas. Todo lo contrario, siempre has intentado seguir descifrando los misterios de la vida y de tu literatura en ambos idiomas. ¿Cómo ha sido tu experiencia vital y literaria en los dos idiomas?

TM: Pues, quizás es natural que haya publicado más en inglés, ya que vivo en un país que muchas veces se jacta de su condición fatal de monolingüismo.  Al mismo tiempo, desde joven adolescente, me preocupaba que tantos nuevomejicanos que yo conocía despreciaran a los mexicanos y se creían “puros españoles,” porque tenían la mitología de que eran descendientes de los conquistadores españoles y no sé qué.  Creían y, por supuesto algunos de estos siguen creyendo, que hay una separación radical de sangre entre los mexicanos y los “españoles” de este lado del río Grande.  Es decir, es una forma de racismo que desafortunadamente se practica también al otro lado de la frontera (también mítica, aunque vestida con trapos de un feo nacionalismo a los dos lados de la frontera).  Un ejemplo es cuando los mexicanos se refieren a los hispanoparlantes de este lado del río como “pochos,” y que hablamos un español “pocho.” Como si nosotros tuviéramos la culpa de haber nacido aquí en EEUU y no en México. Pues esa actitud no mejora la comprensión entre estas dos manifestaciones de culturas complejas que no se pueden reducir a categorías banales que los trogloditas de la política a veces quieren imponer.

Debiera añadir, aquí, algo que me ha desilusionado con ciertos aspectos del movimiento chicano. Es el énfasis negativo que muchos chicanos han puesto en la colonización española. Al parecer mío, no se debe confundir lo malo de cualquier colonización con el valor del idioma. ¿Rechazar a Shakespeare o a Cervantes o sus idiomas porque los colonizadores eran muy, muy malos con nosotros? Es una estupidez que da asco. Hacer vivir y ayudar a mantener la vitalidad de los idiomas indígenas, ¡pues eso sí! Expresarse bien al hablar y escribir idiomas, ¡pues eso también sí! Para los hispanoparlantes de EEUU, o los hijos o nietos de hispanoparlantes, si todavía les queda un eco, un recuerdo, del hablar de algunos de sus antepasados, pues creo que pudieran enormemente amplificar su propia cultura y llegar, al mismo tiempo, a un entendimiento más profundo del mundo y del rumbo hacia el porvenir en que todos abrimos camino.

Ya que quizás por la vejez me queda poco tiempo para escribir, quiero hacer más esfuerzos en español porque así, con un poco de suerte, podré, por medio de poemas, ensayos, ficciones, dialogar con el mundo que se forma a nuestro alrededor.  Y ese mundo será multilingüe, multicultural, pese a los torpes nacionalistas que abundan por dondequiera.

Esta es una respuesta un poco larga para decir que mi experiencia vital y literaria sigue adelante a todo vapor.

FMP: Experiencia vital y literaria. Parece que, en tu ser, han ido de la mano a lo largo de toda tu existencia. En la Universidad de Nuevo México, fuiste alumno de Ramón J. Sender; más tarde, colega, amigo y traductor de Ángel González; tu nombre, Tony Mares, coincide con el nombre del protagonista de Bendíceme, Última (Antonio Márez), de Rudolfo Anaya, la novela nuevomexicana por antonomasia (no me olvido de tu primer nombre y algún día te preguntaré sobre la importancia de llamarse Ernesto)…Recuerdo que un día me contaste una anécdota de tu juventud que no se me ha ido de la cabeza. Andabas de estudiante en la Universidad, intentando decidir qué querías hacer con tu futuro, cuando, un día, entraste en la biblioteca central de la Universidad. Miraste hacia todo el mar de libros y a la gente estudiando en silencio. Saliste al jardín del campus inmediatamente y miraste a todas las chicas hermosas que estaban sentadas en la hierba, en grupos o solas, leyendo un libro a la sombra de un árbol. Volviste a entrar en la biblioteca y te preguntaste: “Tony, ¿es esta la vida que quieres llevar?” Me consta que has llevado (y llevas) una vida plena, entre libros pero también llena de experiencias vitales enriquecedoras. Cuéntanos qué experiencias literarias y qué experiencias vitales han influido más e influyen, todavía, en tu literatura y en tu forma de vivir.

TM: Voy a responder a estas preguntas pero, primero, déjeme hablar un poco de mi actitud frente a la educación.  Nada puede igualar el ambiente del hogar si la familia es inteligente y aprecia la educación. Mis padres querían una educación universitaria pero los terribles años de la depresión mundial les cortó esa posibilidad, aunque los dos sí obtuvieron más educación en sus años maduros.  Mi padre era maquinista, mi madre, secretaria en una unión de obreros. Él cumplió casi dos años de estudios universitarios y mi madre hacía varios estudios, leía muchísimo, y resultó ser una de las periodistas para una publicación de obreros. Menciono todo esto porque el ambiente casero era uno de mucho discutir, pensar, debatir, de todo – de la política, de la religión, de las guerras, y un sinfín de cosas. Es decir, sin necesidad de mencionarlo, mis padres demostraron un ambiente culto de leer, reflejar, y considerar opciones de ganar el pan.  Aun antes de salir de la escuela secundaria, mis hermanos y yo trabajábamos, como se dice aquí “con la pica y la pala” en proyectos de construcción. Pronto aprendimos que la educación universitaria nos daría más posibilidades en el futuro. Lo resultado es que mi hermano más menor es un músico sobresaliente, el menor es profesor de biología y dirigió el museo de historia natural en la universidad de Oklahoma, y ha ganado muchos honores.  Entonces resulta que yo, el mayor, aunque educado en varias universidades, aunque con el doctorado en Historia de Europa, nunca me sentí de veras en mi casa en el mundo de la educación organizada. Yo diría esto: para ganar el pan es bueno tener una educación formal, si uno no nace rico.  Pero hay que tener en cuenta que la universidad generalmente existe para mantener el status quo de las instituciones y organizaciones de la educación. Es decir, con raras excepciones, la universidad no existe para promover la creatividad artística.

Por ejemplo, yo de joven estudiante graduado, de veras creía, como ingenuo, casi como simplón, diría yo ahora, que las universidades creían en la educación multidisciplinaria. En la mayoría de los casos es mentira. Si uno quiere estudiar al nivel avanzado, por ejemplo, algún aspecto de la historia de España y la música griega de la misma época, y si uno tiene la gran fortuna de encontrar una universidad donde se puede tomar cursos o asistir a conferencias de crédito académico en esos dos campos, pronto descubrirás que, si estás metido en un departamento, una “disciplina,” como se dice, entonces estudiar en otro departamento quita dinero al primer departamento. En el caso más negativo, la universidad puede ser un batiburrillo de intereses creados. Todo esto viene a decir que si uno tiene una gran curiosidad para entender algo del mundo, para contribuir algo a ese mundo, pues hay que desplegar las velas de tu barco y lanzarte al mar siempre incierto de la creatividad.

Ahora bien, no todos tenemos buen ejemplo de educación en la casa.  Entonces, claro, se necesitan buenos maestros para estimular a los estudiantes a aprender. Mucho más fácil decirlo que hacerlo, lo sé.  Pero quiero decir algo aquí.  Para mí, hay un conflicto horrible en el capitalismo que no se puede resolver.  El sistema capitalista requiere una masa de consumidores de productos. Pues, esa masa necesita a lo menos un nivel mínimo de educación para convertirse en seres consumidores. Si la educación inspira demasiado análisis, hace demasiadas preguntas, pues ese camino pudiera dar a otras maneras de ajustar la logística económica a las necesidades humanas más profundas que el consumo. ¿Pensar? ¿Hacer análisis? ¿Entender y cambiar el mundo? ¡Qué horror!  Al mismo tiempo, cada uno de nosotros, a mí se me hace, con la música, con el arte, con la literatura, con la ciencia, y a todo vapor y con la vela izada en nuestro propio barco, podemos hacer algo, algo, como dice mi amigo Nasario García, para no perder el tiempo para nosotros y para el mundo que nos queda.

Entonces, sí he llevado, y llevo, una vida plena de pensar, reflexionar y escribir.  He trabajado como obrero, como camarero (mala experiencia para los comensales), de camionero, de burócrata en varias agencias de salud y educación, de conservador de museo, de maestro y profesor en varias escuelas y universidades. He aprendido mucho, naturalmente, en estos empleos.

Mas como escritor, como poeta, he aprendido más dando un paseo por la calle, viajando en autobús por España y Portugal, caminando a pie por la ensenada de Cook en Alaska, que en cualquiera clase universitaria, con algunas buenas y raras excepciones, naturalmente.

Las influencias literarias en mi vida han sido plurales y de muchas fuentes. He leído mucho de la literatura española de todos los siglos. Algunos que especialmente me han influido, por supuesto, los grandes como Cervantes, Lope de Vega, Góngora el poeta, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y el gran anónimo que escribió una de mis novelas favoritas, Lazarillo de Tormes. Entre los más recientes, los novelistas Benito Pérez Galdós, Valle Inclán, Ramón Sender, y un sinfín de poetas contemporáneos y casi contemporáneos.  Nomás voy a mencionar a Antonio Machado, Neruda, Vallejo, Lorca, León Felipe, Jaime Sabines, Miguel Hernández, José Hierro, Blas de Otero, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Luis Montero, y muchos, muchos más.  Claro, no hace falta mencionar a Ángel González.

Voy a pasar por alto algunos escritores en español que todo el mundo ha leído y también los escritores norteamericanos, de los cuales he leído “un montón,” como decimos aquí, de estos poetas y novelistas.

En el mundo chicano literario, hay tantos buenos escritores, incluso muchos que yo conozco personalmente, que no quiero mencionar algunos y así excluir a otros.  Entonces me limito a mencionar solamente tres de estos escritores. Rudolfo Anaya, que es, como tú lo expresas, el novelista sobresaliente nuevomejicano y de mucha fama y que yo aprecio, como decimos aquí, porque es buena gente. Por pura casualidad, el protagonista de su novela famosa se llama Antonio Marez. Y me gusta el personaje. Otro escritor, poeta que debiera recibir más atención, es mi viejo amigo Leroy Quintana, que vive ahora en California. Finalmente, quiero mencionar un gran pensador y filósofo nuevomejicano a quien también se debiera leer más, Tomás Atencio.

Para el porvenir, que nunca llega, como decía Ángel González, he comenzado una nueva colección de poesía lírica.  Vamos a ver a dónde llega.  Mientras tanto, vivir y vivir, gozar de la vida y dejar que los demás vivan y gocen también.

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Nuestras tazas de café han sido rellenadas varias veces. La camarera, bilingüe como el estado de Nuevo México y como la realidad que rodea el barrio de Barelas, en Albuquerque, se ha dirigido a nosotros en inglés, primero, y en español en cuanto ha escuchado algunas de nuestras palabras. He notado que así actúa al acercarse a cada mesa. Ninguno de los dos teníamos muchas ganas de levantarnos pero, al final, hemos pagado a la entrada y nos hemos despedido con un abrazo. He esperado a que Tony llegara hasta su coche y he disfrutado la última sonrisa que me ha concedido mientras el acelerador de su camioneta nos alejaba espacialmente en la cuadrícula callejera de la ciudad de Burque.

 

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