Entrevista con María Curros Ferro y Rodolfo Gutiérrez Simón

Necesitamos doctoras y enfermeros. Pilotas y asistentes de vuelo. Arquitectas e ingenieros. Zapateras y carpinteros. Necesitamos transportistas, maestros y profesoras. Necesitamos albañiles, jueces y abogadas. Necesitamos mecánicas, técnicos informáticos e investigadoras científicas. No necesitamos ni delincuentes ni criminales, ni políticos corruptos, pero sí necesitamos policías. Necesitamos bomberas y guardabosques. Necesitamos señores de la limpieza y amos de casa. Necesitamos electricistas, fontaneras y agricultores. A partir de aquí, ya no sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero, en mi opinión, necesitamos también artistas, músicos y humoristas. El mundo vertiginoso del siglo xxi necesita de todas estas profesiones y reclama que nos movamos todos a gran velocidad por nuestras vidas. Arriba, en la montaña, queda el Coyote, sentado, pensando, esperando, junto a su último artilugio ACME, a que pase el Correcaminos. Lejos queda el tiempo en el que se paseaba, en túnica blanca, junto a sus alumnos, alrededor de un estanque en Atenas, y todos se dirigían a él como maestro.

Junto a mí tengo a Rodolfo Gutiérrez y a María Curros, valdemoreños – él de toda la vida, ella de reciente adquisición-. Ambos han elegido dedicar sus vidas a la filosofía, a ser coyotes, a pararse a pensar en medio de nuestras ajetreadas vidas. ¿Necesitamos filósofos en los albores del siglo xxi? Yo estoy convencido de que sí.

¿Por qué decidisteis estudiar la carrera de Filosofía?

Rodolfo: Como en muchas cosas importantes de la vida, la casualidad fue un motivo principal. Empecé la carrera de Filología Inglesa en la Complutense (UCM), pero no me motivaba demasiado – con una excepción, la asignatura «Literatura inglesa del siglo xx», que era impresionante-. La casualidad entra en juego porque, en la UCM, la Facultad de Filología comparte edificio con la de Filosofía y, oyendo conversaciones en los pasillos, la cafetería, etc., pensé que quizá mi sitio estaba más en ese lado de la Facultad.

Aunque la literatura me interesaba – y me interesa, porque es prima hermana de la Filosofía-, empecé a verme como alguien más preocupado por comprender cómo funciona el mundo a todos los niveles (político, social, físico, estético), incluso qué puede hacerse para cambiarlo, y no tanto como un investigador de historia de la lengua ni como un profesor de inglés. Y en ello sigo.

María: En realidad yo no soy filósofa. Llegué a la Facultad de Filosofía por casualidad. Estudié Filología Hispánica y Filología Gallega en la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad en la que nací. Después de haber trabajado en diferentes empresas, siempre precariamente – estuve en una editorial haciendo labores de traducción y corrección de libros de texto, di clases particulares en academias privadas…-, me empezó a rondar la idea de venirme a Madrid –esto fue a finales de 2012–.

Una amiga mía vivía en Madrid y me animó diciendo que, en esta comunidad, había más trabajo que en Galicia. Hice las maletas y llegué a Madrid a comienzos de 2013 con la idea de buscar un trabajo y, aprovechando que aquí hay universidades tan punteras, barajé la posibilidad de continuar formándome. Lo hablé con mis padres y en febrero de aquel año me preinscribí en varios másteres. Finalmente, en septiembre de 2013, me decidí a cursar el Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano en la Universidad Complutense de Madrid. Me animó el hecho de que se trataba de un máster interdisciplinar que combinaba asignaturas sobre literatura (española e hispanoamericana), filosofía e historia. Así llegué a la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en donde, tras finalizar este máster, comencé estudios de Doctorado en Filosofía, que estoy realizando en la actualidad.

¿Os gustaría dedicar vuestra carrera profesional a la filosofía? ¿Cómo? ¿Qué posibilidades laborales tiene un licenciado o un doctorado en estos estudios?

María: Me encanta la enseñanza, pero no me veo dando clase de Filosofía, fundamentalmente porque me falta formación sobre el tema. Me apasionan las humanidades; creo que sin una buena base de historia y de filosofía no podemos comprender el mundo. Además, ambas disciplinas nos hacen pensar, ayudándonos a ser más críticos con los acontecimientos sociales que estamos viviendo en la actualidad. Pero, a pesar de lo necesarias que son las letras, en España ni se valora esta rama de estudios ni se invierte lo necesario en su investigación –a diferencia de países como Estados Unidos –. Si has cursado Filosofía, las salidas profesionales más habituales son la docencia, tanto en centros de enseñanza secundaria y bachillerato, como en la universidad.

Rodolfo: Mi intención es seguir trabajando en este ámbito. Actualmente tengo un contrato predoctoral en la universidad – imparto algunas asignaturas y pertenezco a un grupo de investigación mientras realizo mi tesis doctoral-, y mi intención es seguir luego la carrera docente universitaria. Esto supone unos cuantos pasos, pero muy resumidamente consiste en acreditarse y lograr una plaza. «Acreditarse» significa que, una vez obtenido el doctorado, un organismo llamado ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) examina tu currículum y determina a qué categoría puedes presentarte: catedrático, titular, contratado doctor, ayudante contratado doctor… Es un proceso burocrático muy farragoso, pero por el que hay que pasar. En esa evaluación, se tiene en cuenta si has tenido o no un contrato predoctoral, si has logrado becas posdoctorales, si has hecho estancias en otras universidades nacionales o extranjeras, si has publicado artículos en revistas de investigación o libros, las conferencias que has dado, la docencia que has impartido… Cuando consigues acreditarte en cualquier categoría, puedes presentarte ante la convocatoria de una plaza y competir con los demás candidatos. Aunque la docencia universitaria es lo que a mí me gusta y en lo que intentaré quedarme, hay muchas otras salidas laborales para los que estudian o se doctoran en Filosofía – en contra de lo que se suele decir-. Además de la docencia en Educación Secundaria o la investigación -el CSIC tiene un potente centro de estudios históricos y filosóficos-, hay filósofos encargados de trabajar en comités de bioética – por ejemplo, cuando hay que decidir a quién se da prioridad en una lista de trasplantes- , en recursos humanos por la formación crítica que se nos da, en el mundo de la política organizando ideológicamente partidos o trabajando sobre cuestiones de Filosofía del Derecho o, en los últimos tiempos, en cuestiones relacionadas con la informática y la programación. Aquellas tablas lógicas que nos enseñaban en el instituto muy a nuestro pesar («si p implica q, y p es verdadera, q es verdadera» y cosas así) no dejan de ser la manera en que los ordenadores «hablan» y el medio empleado para desarrollar la inteligencia artificial que hay tras cualquier videojuego o cualquier herramienta de cálculo de un laboratorio. Incluso hay filósofos que se han dedicado a la crítica de arte o a la literatura, aunque para eso hace falta talento además de formación.

Habladme brevemente de la tesis doctoral en la que estáis trabajando.

Rodolfo: Mi tesis consiste en investigar hasta qué punto la filosofía de Ortega y Gasset se puede relacionar con la de autores ingleses y norteamericanos de los siglos xix y xx (J. S. Mill, W. James, J. Dewey, R. Rorty…). Lo interesante es que los temas en los que unos y otros se parecen nos afectan a nosotros en el siglo xxi. De lo que me encargo es de ver hasta qué punto nuestro pensamiento individual está afectado por el colectivo (la sociedad) y por la época a la que pertenecemos. La mejor manera de verlo es pensar en tres ejemplos. El primero tiene que ver con la belleza: ¿hasta qué punto los rasgos que nos parecen atractivos en un hombre o en una mujer vienen condicionados por el medio? El segundo ejemplo, el del arte, va en la misma línea: para una persona corriente del siglo xix el arte consistía en representar la realidad tan bien como fuera posible e, incluso, un poco perfeccionada; frente a eso, las vanguardias de comienzos del siglo xx suponen una ruptura difícil de explicar, pero que hoy consideramos arte – aunque sea un arte «diferente» porque nos hace pensar más que sentir; piensa, por ejemplo, en el cubismo-. El tercer ejemplo es el más complicado: la verdad, la ciencia y la política funcionan exactamente igual que los ejemplos anteriores. Hace mil años era verdad que los objetos caían hacia abajo porque estaba en su «esencia» hacerlo mientras buscaban su lugar natural (por debajo del aire, más ligero), y no porque hubiera unas «fuerzas de atracción», invisibles y difíciles de comprender, que es como hoy nos explicamos las cosas. Y subrayo lo de que era verdad, y no que lo pareciera, porque la gente vivía como si fuese así… y fueron capaces de crear barcos que llegaron a América y tantas otras cosas increíbles. La ciencia y la verdad, por lo tanto, modifican aquello que consideran parte de su ámbito de aplicación dependiendo de lo que la época considera «científico». El primer médico que se lavó las manos antes de operar lo hizo quizá por casualidad, y pasó mucho tiempo hasta que alguien reparó en la importancia «científica» de eso para evitar muertes y se consideró la higiene como parte crucial de los cuidados médicos.

En el caso político es quizá en el que más nos centramos hoy. Hace trescientos años, las mujeres y los hombres eran físicamente igual que ahora, tenían las mismas capacidades intelectuales, etc.; sin embargo, era «indiscutible» que el lugar de las mujeres estaba por debajo del de los hombres. Al igual que ocurre con las leyes de gravitación, los derechos – no solo los de las mujeres, sino los de todos- son algo invisible que se descubre solo si cambiamos la forma de mirar al mundo y hacemos importante lo que no lo era: pasamos a incorporar a personas que eran «otros» al grupo al que denominamos «nosotros», que siempre es al que consideramos con más derechos. Cómo se producen esos cambios es lo que yo estudio, pero centrándome en los autores que he dicho antes.

María: Yo estoy realizando una biografía intelectual sobre la educadora y pensadora vasca María de Maeztu Whitney. Esta mujer, una desconocida en la actualidad, luchó y defendió los intereses de la mujer a principios del siglo xx, involucrándose en la mejora de la educación femenina. Recordemos que, en el año 1900, la tasa de analfabetismo femenino era de un 71%. Aunque María de Maeztu perteneció a una familia con posibles, cosmopolita y moderna – sus padres nunca llegaron a casarse-, siempre fue consciente de la lamentable situación de sus congéneres. Su padre, Manuel de Maeztu, era un indiano de origen navarro que murió en 1894 arruinado, muy joven por tanto, en la isla de Cuba; con lo cual María experimentó la pérdida de poder adquisitivo en la familia siendo una adolescente. Su madre, Jane Whitney, era francesa, pero de familia inglesa por lo que era políglota; hablaba inglés y francés además de español. Gracias a esta situación, pudo crear una escuela anglo-francesa en Bilbao, que le permitió sacar adelante a sus cinco hijos. En su escuela estudiaron, entre otros, el poeta Blas de Otero, el pintor Ángel Larroque o los hijos del político socialista Indalecio Prieto. María de Maeztu Whitney había nacido en la localidad vasca de Vitoria en 1881, en donde estudió Magisterio; mientras ejercía de maestra en un colegio de Bilbao, comenzó, a distancia, estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, titulación que finalizó en 1915 en la Universidad Central de Madrid (entonces se denominaba así a la actual Universidad Complutense). A la capital del estado se había trasladado en 1909, pues quería cursar estudios en la recién inaugurada Escuela Superior del Magisterio, lo que hoy sería el grado en Pedagogía. Se la considera la primera pedagoga española. Siempre interesada en mejorar la educación de las mujeres y de los niños, salió al extranjero – a diversas ciudades y países-, a veces incluso representando al gobierno español, en busca de nuevas teorías educativas y modernos métodos de enseñanza para actualizar y renovar las escuelas españolas. Estuvo al frente de la Residencia de Señoritas – el equivalente femenino de la Residencia de Estudiantes- y de la sección primaria del Instituto-Escuela, donde puso en práctica buena parte de los conocimientos adquiridos en sus viajes. Hasta 1936, cuando empezó la Guerra Civil, vivió en Madrid; luego se exilió a Argentina, donde murió en enero de 1948. Hoy nadie recuerda su inmensa labor social y educativa de la que podríamos hablar durante horas.

Habéis elegido a dos personajes coetáneos. Prácticamente nacieron y murieron en las mismas fechas. Me da la sensación de que pertenecen a la última generación de pensadores que intentaron ofrecer una orientación de pensamiento y de comportamiento. Tras la Segunda Guerra Mundial vino el nihilismo y, tras esto, la economía de mercado. Europa está llena de ciudadanos descreídos, de escépticos. ¿Creéis que la filosofía, que los filósofos de comienzos del siglo xxi, tienen soluciones que ofrecernos? ¿Creéis que hay mentes lúcidas ahí fuera que nos puedan ayudar a entender el mundo en el que vivimos? ¿Hay algo más allá de los libros de autoayuda?

María: Sí, tal como indicas tanto María de Maeztu Whitney como José Ortega y Gasset pertenecieron a la misma época, a la llamada generación del 14, la de los intelectuales que lucharon por europeizar España. Ella, de hecho, fue su amiga y también su alumna – a pesar de que era dos años mayor que él- en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio. Ya en el año 1938 María de Maeztu abordó en uno de sus libros, El problema de la ética. La enseñanza de la moral, la crisis del mundo y la crisis espiritual del hombre, y eso que todavía no había empezado la Segunda Guerra Mundial. Sinceramente, buena parte de las dificultades que atraviesa el mundo son cuestiones que vienen del pasado y que nunca se llegaron a resolver por falta de firmeza; además, la mayoría se podrían solucionar con una mejora en la educación. Esta es también la opinión de María de Maeztu y de buena parte de los pensadores y educadores de su época como María Sánchez Arbós o de Luis de Zulueta, entre otros muchos. Estas son, para mí, las mentes lúcidas que me ayudan a entender el mundo.

 Creo verdaderamente que habría que volver a ellos, a su pensamiento y a su obra porque, conscientes de la situación de crisis que atravesaba su tiempo, explicaron cuál era la solución; pero, por causa de la guerra civil española, no pudieron terminar el proyecto que habían comenzado. Abordaron la pérdida de valores, la inmadurez y la falta de disciplina del ciudadano; cuestiones todas ellas que han empeorado. Fijémonos en que cada vez hay más fracaso escolar, hay más padres hastiados de sus hijos y, por consiguiente, más niños maleducados, perezosos y rebeldes. El ser humano se encuentra más perdido que nunca, y, como consecuencia, lee libros de autoayuda buscando así sanar su alma.

Rodolfo: Mentes lúcidas hoy en día, desde luego, las hay; el problema es que puedan acceder al altavoz oportuno para tratar de orientar la acción pública, identificando problemas y ofreciendo soluciones que habrá que probar. Sin embargo, la tarea del filósofo o la filósofa del siglo xxi se enfrenta a los problemas de siempre y a algunos nuevos: por primera vez estamos en un mundo claramente secularizado – al margen de que algunos o muchos individuos tengan creencias religiosas-, en el que se ha perdido todo apoyo trascendente: nos hemos quedado solos en el mundo y nos las tenemos que arreglar sin que valga apelar a Dios, etc. Asimismo, el pensamiento crítico se ha ido disolviendo –para empezar, con la minimización en los institutos de disciplinas críticas: filosofía, pero también relacionadas con la cultura clásica, con el arte, la música…‒, y ahora se hace pasar por pensamiento riguroso lo que antiguamente hubiera quedado claramente separado de la filosofía. La alusión a los libros de autoayuda, por su parte, merece un comentario. En general, parece que desde la universidad se ven como un hermano pequeño y engañado, y no me parece justo: hay gente a la que le viene bien para superar sus problemas. Lo importante, sin embargo, es no confundir la autoayuda con la filosofía, porque son cosas muy diferentes. La autoayuda pretende ofrecer consuelo y soluciones individuales para salir de una situación complicada; la filosofía, en cambio, supone una reflexión sobre la realidad, la verdad o la belleza, de la que pueden extraerse enseñanzas individuales y colectivas para la vida cotidiana, como que, a veces, las cosas salen mal. Y creo que ese es uno de los aspectos más reivindicables de lo que nosotros hacemos: el reconocimiento de que la realidad no responde siempre a nuestros deseos – y querer que cambie no basta, mal que pese a Paulo Coelho: al universo le da igual lo que yo quiera; lo que hay que hacer es desarrollar herramientas transformadoras que aumenten la justicia, la igualdad, etc.-. Esto nos humaniza al enfrentarnos con situaciones tan auténticamente humanas como la frustración, el dolor, la pena; pero también con el valor, el esfuerzo, la perseverancia. Permíteme otro ejemplo: según el planteamiento de cierta autoayuda, si verdaderamente deseo formar parte de la selección nacional de gimnasia rítmica, el universo entero conspirará para que así sea; pero tengo la sensación de que si levanto mi pierna hasta la altura de mi cabeza puede ser lo último que haga. Sin embargo, si me empeño en pensar cómo mejorar el mundo, es posible que acabe teniendo una buena idea al respecto y logre arreglar algo. La autoayuda colabora para que la vida de algunas personas mejore; la filosofía intenta explicar la realidad y transformarla, lo que no va en beneficio de algunos, sino de todos. Por ejemplo, un libro de autoayuda no puede hablar de problemas colectivos como la discriminación de la mujer, la adecuada manera de elegir a los gobernantes, la ordenación de la educación, el funcionamiento de la ciencia…

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En septiembre de este año, Rodolfo y María se irán a estudiar a la Universidad de Padua, en Italia, como parte de su programa de estudios para conseguir el doctorado internacional. Mientras tanto, compaginando sus estudios, María hace sus pinitos como actriz en un grupo de teatro local y planea cómo publicar su tesis para poder divulgar la vida y obra de María de Maeztu. Rodolfo da clases en la facultad, es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Hispanismo Filosófico y procura mantenerse activo tanto en la comunidad académica como en nuestra localidad de Valdemoro.

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Entrevista con Carmelo Rebullida

Carmelo Ramos Rebullida tiene uno de los nombres más sonoros que conozco. Tres erres que rugen bien distribuidas. Dos emes dispuestas estratégicamente. Y una ele y una elle que llevan a la lengua a acariciar nuestra zona alveolar. Para aterrizar de lleno en el planeta Carmelo Rebullida, en Montañana (Zaragoza), hay que atravesar su casa, entrando por la puerta principal y saliendo por la que da a su huerto/jardín. Hay que dejar a la izquierda las higueras y las tomateras, para encontrarnos, al fondo y a la izquierda también, con el pequeño edificio que conforma su estudio. Ya dentro, en un espacio mucho más amplio de lo que uno podía imaginar, Rebullida te muestra, generoso, sus últimas obras. Cuadros bastante grandes que levanta ligeramente para sacarlos a la luz y mostrártelos en mejores condiciones. Evita hacer comentarios. Es consciente del derroche visual y deja que su espectador hable. Su obra es toda su vida y, sin embargo, no habla mucho de sus cuadros. Prefiere mostrarlos. Dejar que el color y las formas fluyan hacia nosotros.

Carmelo habla con modestia. Con mucha prudencia. Tiene interiorizado el respeto que muestra hacia los gustos estéticos de los demás. Escucha atento nuestros comentarios sobre sus cuadros. Es el momento de empezar nuestra entrevista.

¿En qué momento supiste que ibas a dedicar tu vida a las artes plásticas?

Comencé a pintar por puro azar. Mi tío Manolo era perito mercantil y, cuando tenía tiempo, se relajaba haciendo copias de pinturas muy sencillas. Le recuerdo pintando, sobre todo, gatos. Al hombre le faltaba un brazo y, cuando tenía que abrir lo tubos, sufría lo indecible con algunos de ellos, sobre todo con los que no usaba de manera usual. De manera que tenía que llamar a mi tía para que se los abriese. Imagino que así, día tras día, resultaba la cosa muy tediosa y un día, viendo que yo sentía mucho interés, me regaló su maravillosa caja de pinturas americanas. Y así fue como comencé a pintar.

Mi primer cuadro fue una copia de un paisaje de una revista. Me resultó sencillo y fue un éxito. A todo el mundo le gustó, de manera que seguí pintando. Me producía una enorme satisfacción y encima se me daba bastante bien. Más tarde quise estudiar Bellas Artes pero no pude porque, entonces, los que habíamos estudiado Formación Profesional no teníamos acceso a la Universidad. De manera que tuve que aprender a base de ver muchas exposiciones, de visitar muchos museos y gracias a mi enorme curiosidad.

Al principio no pensé que un día pudiera dedicarme a esto, pero, cuando llevaba como doce años pintando, empecé a presentarme a concursos y gané dos muy importantes: el primer premio del concurso Ciudad de Ponferrada y el primer premio del concurso Ciudad de Ejea de los Caballeros. Estos premios me permitieron dejar mi trabajo en la oficina técnica donde trabajaba después de terminar Ingeniería Técnica Industrial.

Es justamente en ese momento cuando me planteo seriamente dedicarme todo el tiempo a pintar. Eran tiempos muy difíciles, pero nuestra fe y nuestras ganas eran inquebrantables. Eran los ochenta, había una bohemia maravillosa y un grupo bastante numeroso de artistas de todo pelaje acudía por la plaza Santa Cruz a enseñar sus cuadros: Laborda, Cásedas, Aransay, Iris Lázaro, Burges, Mariano Viejo, Pacheco Ruiz Monserrat, Cesar Sánchez, el Grupo Forma y muchos más. Toda esta aventura está recogida en el libro Zaragoza. La ciudad sumergida, de Eduardo Laborda.

En el 1978 realicé mi primera exposición en la Galería Traza, ya desaparecida, y recibí muy buenas críticas. Años más tarde me quedaría finalista del Premio Blanco y Negro, el premio más importante de pintura joven de aquellos tiempos en España.

En un momento de tu vida aparece la enfermedad. Un linfoma intestinal que, como me has contado alguna vez, marca un antes y un después en tu biografía.

En 1992 estuve en la Exposición Universal de Sevilla. Me gustó muchísimo, pero mi mayor recuerdo de la visita fue la de un cansancio enorme que, naturalmente, achaqué al calor. Era verano y había unas temperaturas altísimas, lo cual parecía estar justificado. Pero, tras regresar a casa, y viendo que el cansancio iba en aumento, me hicieron unos análisis y salió que tenía una anemia ferropénica galopante. Me hicieron varias pruebas, ya que tenía dolores fortísimos en mi vientre y no veían nada. Así que, en Enero de 1993, fui ingresado de urgencias y descubrieron que un tumor había perforado mi intestino. Tras su análisis, se descubrió que era un linfoma no Hodgking.

Fue una experiencia muy dura, tanto a nivel físico como emocional. Me dieron de alta en el hospital dos meses después con un peso inferior a cincuenta kilogramos. Mi imagen me recordaba a la de los prisioneros en los campos de exterminio nazi y, más aún, cuando me ponía mi pijama de rayas. Recuerdo que quise hacerme unas fotos en blanco y negro con la cámara de fotos y mi madre no me lo permitió bajo ningún concepto.

Tardé dos años en recuperarme, para lo cual me marché a vivir a Sevilla. El diagnóstico era muy severo y mi futuro muy incierto. Yo me encontraba muy incomodo en Zaragoza y sabía que Sevilla, con un clima más benigno en invierno y sus gentes siempre tan extrovertidas, me iría bien. Y para allá partí.

Me instalé en Sevilla en un apartamento en la calle San Vicente, muy cerca del Museo de Bellas Artes, en pleno casco viejo y, enseguida, pasé a formar parte del paisaje. Me dediqué a pintar, a conocer la ciudad y a integrarme con la gente. Enseguida hice amigos (incluso me enamoré), así que tuvo un efecto terapéutico extraordinario. La gente en el sur tiene una filosofía de la vida extraordinaria. Saben disfrutar con cualquier cosa, saben reírse de sí mismos y eso es muy difícil (al menos en el norte). A cualquier cosa le ponen una buena dosis de humor y así la vida se hace más liviana y los problemas son más llevaderos.

Mi experiencia sevillana duró dos años y he regresado muchas veces para ver de nuevo la ciudad y ver exposiciones de amigos o algún acontecimiento importante. Durante mi estancia hice una exposición con los cuadros que había pintado allí. Regresé renovado, simplifiqué mi vida y di más importancia a las pequeñas cosas de la vida. El hecho de vivir solo me dio una enorme confianza en mí mismo y me abrí más a la gente, dejando que mi vida fluyera sin más.

Llevas unos cuantos años pintando y, en tu búsqueda artística y de expresión, te has acercado a muchos estilos pictóricos. Háblanos de algunas de tus etapas artísticas más importantes, por qué te aventuraste en su exploración, qué aprendiste de cada una de ellas.

Mis comienzos no distan mucho de los de cualquier pintor. Mis primeras obras son paisajes figurativos de corte impresionista que me sirvieron para adquirir una técnica que luego desarrollaría. Pronto siento la necesidad de crear algo más personal, teniendo como referencias a Ortega Muñoz y Vaquero Palacios, que me interesan por la síntesis que hacen del paisaje.

Más tarde, e influido por Enrique Gran y por pintores como Martínez Tendero y Eduardo Laborda, comienzo a pintar cuadros entre la abstracción y la figuración. Estas obras de tipo organicista están llenas de sugerencias, donde planos y bultos se mezclan en originales composiciones. El cuadro Espacial 2, de esa época, fue finalista del Premio Blanco y Negro en 1978. Este premio era el más importante de la época para pintores jóvenes.

Poco después, y como consecuencia de un viaje a Basilea y Zúrich, conozco la obra al natural de Paul Klee, que me emociona y atrapa, como ningún otro, por sus cuadros de texturas y su magia. Comienzo a incorporar texturas muy sutiles y llenas de sugerencias a mis cuadros y A. F. Molina escribe: «Rebullida goza de un componente poético inestimable, es la pintura del pálpito, fe de vida del hombre simbólico resumen de sus angustias y desvalimientos; también de sus instantes de exaltación y de gozo. El artista está soplado por la inspiración, el buen espíritu le susurra a la oreja y sus lúdicas invenciones siempre nos atraen, como las ilustraciones de un libro infantil que nos fascinara».

En 1987 realizo una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes en Santander, con una marcada inspiración étnica influida por el arte primitivo africano. Empiezo también a trabajar el papel artesanal, que me fabrico yo mismo, donde realizo obras muy libres, de carácter abstracto algunas y otras con una figuración muy próxima a la abstracción, muy en la línea del expresionismo alemán del grupo Cobra. Algunos de ellos se vieron en la muestra colectiva realizada en la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual IberCaja) en la exposición Cuatro presencias del arte, con Vicente Badenes, Pepe Cerdá, Margarita M y Carmelo Rebullida. Ana Rioja, hablando de mis pinturas sobre papel, dice: «Su pintura atrapa con fuerza y vigor al espectador. Sus colores son singulares y refinados, y su proceso creador empieza en el comienzo de fabricación del propio soporte».

 Catherine Coleman habla de mi siguiente etapa artística: «A comienzos de los 90 empieza a realizar cuadros muy texturados realizados con pasta de papel, polvos de mármol y arenas diversas que crean ricos matices, lo que el teórico Allan Sekula ha denominado Indexicality o la huella real de la mano: La presencia física del artista. Son cuadros hermosos que huyen de la estética de lo feo. Rebullida es heredero del Informalismo Abstracto Español de los años 50 aunque el empleo de la materia y textura, no participa del Angst informalista. La estructura de sus cuadros es una malla de rectángulos con divisiones claras y contornos precisos y participa de la carga emotiva y el caos informalista. El artista ha elegido el fósil como el único motivo recurrente y nos remite al concepto de tiempo, la prehistoria y nuestros antepasados, en fin a nuestros orígenes de la vida».

A finales de los 90 abandono los fósiles y sigo pintando con materia cuadros abstractos con la idea del paisaje como pretexto. En el 2008 empiezo a meter en la superficie del cuadro pequeños espacios reticulados que crean como un mosaico abstracto que culminan en 2010 en una exposición en la Galería Pilar Ginés. Abandono pronto ese camino, en parte porque ya estaba explorado por el Grupo Pórtico (primer grupo abstracto español, incluso antes que El Paso y Dau al Set, nacido en Zaragoza).

A partir de 2010, hasta hoy, pinto con la máxima libertad, no atendiendo demasiado al concepto de estilo porque pienso que ya es algo superado. A veces retomo técnicas del pasado como las texturas y, otras veces, trabajo con pintura muy diluida, dando como resultado abstracciones y, otras, no tanto, en cuadros de gran formato. Me interesa siempre que el resultado sea fresco, placentero y sensitivo. Y siempre cambiante porque la repetición me aburre y con ella no se aprende. Además, ¿qué es la vida, sino un continuo fluir?

Me gustaría que nos hablaras un poco más de la diversidad de materiales que, además de la pintura, utilizas en tu obra. Fabricas tu propio papel y te sientes muy atraído por la textura de los cuadros. Por la piel de tus cuadros.

Siempre me interesé más por el cómo lo pinto que lo que pinto en sí. Es la piel del cuadro lo que verdaderamente me interesa, las sugerencias, atmósferas, el misterio que emana de ellas. Siempre busco la emoción pensando que, si yo me reconozco y me emociono con el cuadro, probablemente habrá espectadores que lo harán también, ya que, en el fondo, no somos tan distintos unos de otros.

Y ahora viene una gran exposición tuya en La Lonja de Zaragoza. Pocos artistas aragoneses vivos pueden contar una experiencia así. ¿En qué va a consistir la exposición? ¿Qué obra has seleccionado para la misma? ¿Qué te gustaría contar a todos los que vayan a verla?

Efectivamente, desde hace dos años estoy trabajando para esta gran exposición en La Lonja, el mejor lugar para hacer una exposición en Zaragoza. Un edificio singular situado en Plaza del Pilar y que es muy visitado por varios miles de personas en cada exposición. Normalmente, se suele hacer una retrospectiva de toda una vida desde los comienzos, pero, en mi caso, he decidido enseñar obra de mis últimos dos años, que ocuparán un 80% del espacio expositivo. Son grandes formatos, generalmente de 150×150 cm y de 200×200 cm, y el otro 20%, que corresponde a obras desde el año 1992,  muy texturadas con apariencias fósiles.

La verdad es que es  todo un reto, pero creo que el resultado será bueno. Son lienzos que envuelven al espectador y creo que en las paredes de la Lonja quedaran muy bien. Tuve que hacer una maqueta a escala, porque el espacio expositivo es complejo, ya que hay como siete espacios diferentes, que hacen muy complicado saber muy bien el número de cuadros que caben y  ha sido bastante laborioso elaborarla ya que también tenía que hacer miniaturas a escala de los propios cuadros, pero, al final, me da una idea muy clara de cómo va a quedar, aunque haga pequeñas variaciones en el montaje final.

Ciertamente es un orgullo exponer en este lugar tan imponente donde he visto artistas de tanto renombre y  que tanto me han enseñado. La lista sería interminable pero citaré a Rodín, Pablo Gargallo, Tapies, Marín Bagües, Santiago Lagunas, por citar a algunos.

Realmente, cuando me llamó Rafaél Ordóñez, Jefe de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, para ofrecerme la posibilidad de exponer en La Lonja, no me lo creía porque era algo que veía muy lejano. Entre otras cosas, porque sinceramente pensaba que no estaba a la altura. Yo generalmente tengo tendencia a valorar más lo ajeno que lo propio y, a pesar de que he obtenido algunos premios importantes, creía que lo disperso de mi obra, por mis continuos cambios, no me iba a hacer merecedor. Pero, mira, me equivoqué. Y ahora ya solo pienso en verla colgada y que la gente disfrute. Sé que algunos lo harán mucho y otros menos porque mi pintura, tan cercana a la abstracción, no es de mayorías, pero eso es algo que tengo asimilado desde hace tiempo. Lo importante es que he puesto toda mi cabeza, mi corazón y un gran esfuerzo físico en esta exposición. Tanto es así que hasta tuve una trombosis en la pierna debido a las muchas horas que permanecí de pie preparando la exposición.

La exposición será en mayo de 2018 y es como un premio a los más de cuarenta años que llevo pintando.

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El tiempo vuela en el estudio de Carmelo Rebullida. Uno sale lleno de imágenes irrepetibles. Fósiles. Paisajes imaginados. Texturas. Con las puertas abiertas a los cinco sentidos. Imposible marcharse con el cerebro vacío.

Entrevista con Wojciech Siudmak

Ponerle fecha y hora precisa al comienzo de la Segunda Guerra Mundial podría originar un acalorado debate entre historiadores. Si nos limitamos a la mera acción militar, un buen número de libros de historia indican que la guerra empezó el 1 de septiembre de 1939. Con puntualidad germana, aunque sin declaración de guerra hecha pública, a las ocho de la mañana, las tropas alemanas cruzaron la frontera de Polonia y comenzaron la invasión. Sin embargo, durante la noche del 1 de septiembre, tuvieron lugar, al menos, dos acontecimientos que debemos destacar. A las 4:45 de la mañana, un viejo acorazado escuela alemán que había partido de Danzig abrió fuego contra la pequeña guarnición polaca que defendía la península de Westerplatte. Parecía una misión sencilla, pero los 210 soldados polacos defendieron la plaza durante una semana y no se rindieron hasta el día 7 de septiembre, cuando su comandante fue informado de que no les quedaba munición.

La hora de comienzo de la batalla de Westerplatte ha sido considerada por muchos, incluso por los libros polacos de historia, como la hora de inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pero, desafortunadamente, cinco minutos antes, a las 4:40 de la mañana, las fuerzas aéreas alemanas, la Luftwaffe, lanzaron un terrible ataque sobre la pequeña ciudad de Wieluń, en el centro de Polonia; un bombardeo que destrozó el 75% de la ciudad y acabó con la vida de cerca de 1200 personas, en su mayoría civiles. Los bombarderos eran versiones mejoradas de los Junkers Ju 52 que atacaron Guernica el 26 de abril de 1937. Se trataba de los famosos Stuka, los Junkers Ju 87, que, según los supervivientes polacos del bombardeo, traían consigo unas sirenas ensordecedoras de las que tardaron en recuperarse.

Wojciech Siudmak nació en la ciudad de Wieluń tres años después del bombardeo, en plena Segunda Guerra Mundial. Uno de sus hermanos mayores, muerto hace unos años, fue uno de los supervivientes a ese bombardeo. No fue el único que, tras el bombardeo y durante toda su vida, sufrió desórdenes nerviosos, además de desarrollar numerosas pústulas por todo su cuerpo. Aunque nada ha sido probado, esto hizo pensar a muchos polacos que los alemanes utilizaron algún prototipo de armamento químico durante el bombardeo.

Ante el sufrimiento de su hermano, Wojciech Siudmak ha pasado toda una vida pensando qué podía hacer para ayudarlo. Finalmente, pensó que la mejor manera sería convertirse en emisario de la paz. De esta forma, se involucró de lleno en el Universal Peace Project (Proyecto de Paz Universal), una iniciativa que se desarrolla en varios frentes: por un lado, Siudmak elaboró una escultura de unos cuatro metros y medio de altura, titulada Eternal Love, que se ha convertido en uno de los monumentos de la ciudad de Wieluń; por otro, esta escultura ha sido convertida en una pequeña estatuilla a la manera de los óscar de Hollywood, que se entrega como un premio internacional de la paz. El galardón se ha entregado durante los últimos cinco años. La iniciativa trabaja, también, para crear un museo que pueda convertirse en un centro memorial y en una institución para educar en la paz.

Del 29 de enero al 24 de febrero de este año, Wojciech Siudmak ha realizado la exposición de litografías «Don Quijote. Caballero del futuro» en el centro Juan Prado de Valdemoro. El artista se acercó a nuestra localidad para la inauguración y aprovechó, así, para conocer una parte de la Mancha, los paisajes de uno de sus héroes, don Quijote de la Mancha. La versión polaca del Quijote, con dibujos de Siudmak, publicada en 2014 ha sido considerada como una de las más bellas y originales. Wojciech Siudmak tuvo la generosidad de compartir conmigo buena parte de una de las tardes que pasó en Valdemoro. La entrevista fue posible gracias a la intérprete Lucyna López Sáez, que es, además, la presidenta de la Asociación Polaca Ámbar, con sede en Valdemoro, auspiciadora de la exposición del señor Siudmak en nuestra localidad. La exposición llegó a España gracias a la iniciativa de la presidenta de la asociación polaca Àguila Blanca de Alcalá de Henares, doña Małgorzata Kierzkowska.

Naciste en plena Segunda Guerra Mundial, en medio de un genocidio terrible. Y te criaste en una época casi tan terrible, que fue la posguerra europea. ¿Cuándo comenzaste a sentirte interesado por el arte? ¿A qué edad comienzas a dibujar?

Sí. Y no olvides que nos tuvimos que enfrentar a la posguerra dentro de un régimen político comunista. Me recuerdo dibujando desde que era bien pequeño. Nos criamos entre las ruinas de la ciudad. Todo era feo y desolador. Encontrabas restos de armamento y casquillos por toda la ciudad. Era fácil encontrarse partes de uniforme de soldado, cuerdas atadas a vigas donde se había ahorcado a gente. Las calles estaban llenas de inválidos, de gente mutilada por la guerra.

Yo era muy sensible y me dolía ver a tanta gente así. Fuimos una generación de niños que pasamos hambre. El único dulce con el que nos criamos era pan untado en azúcar. Los que sabían hacerlo, caramelizaban el azúcar en el pan. Eso era todo. Los niños mal alimentados siempre van a ser propensos a enfermedades, problemas de huesos, polio, reumatismos tempranos…

Una generación de niños así tuvo que aprender a abstraerse de ese mundo. Tuvo que aprender a buscar la belleza. Recuerdo que me concentraba en el brote de las flores en primavera, en el vuelo de las libélulas cerca del estanque… Veías a una persona con cara bonita y presentías que la belleza existía, a pesar de todo lo que nos rodeaba en nuestro día a día. Tal vez, por eso yo empecé siendo abstraccionista. Me dedicaba a buscar la belleza. Pero no la belleza superficial, sino la que emana de la profundidad de las cosas bellas. Cuando te concentras en estas cosas, te das cuenta de que el mundo, la galaxia, el universo están regidos por una serie de cánones equilibrados. Estoy hablando del número de oro o la divina proporción, que ya Da Vinci decía que podía encontrarse en las medidas del ser humano.

¿Cursaste los estudios de Bellas Artes?

Siempre dibujaba bien y mis padres se preocupaban porque no sabían qué hacer conmigo. Si iba a la secundaria artística y luego a Bellas Artes, ¿cuál iba a ser mi futuro? Luego, después de muchos años, comprendí la preocupación de mis padres. Al final, mi padre entendió que no solo se me daba bien. Comprendió que el arte era también mi pasión. Estudié un bachillerato artístico y, más tarde, estudié la carrera de Bellas Artes en Polonia. En aquellos años, gran parte de los estudios se concentraban en el abstraccionismo. En mi opinión, perdí diez años para estudiar algo que era pasajero, que, cuando yo comencé a trabajar, ya había perdido vigencia. Además, el abstraccionismo es una expresión artística que no es la mía.

Y en 1966 te fuiste a París a seguir estudiando. Te encontraste en medio del Mayo del 68 francés.

Me fui a París porque, en esos momentos, era el centro mundial del arte. Había que estar allí para imbuirte de las nuevas tendencias. Para aprender lo que no había podido aprender en la facultad en Polonia. Comencé a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París. Pero había tal libertad que no aprendíamos nada. No hay que olvidar que yo venía de un sistema más disciplinado. Mis compañeros de facultad, en vez de dibujar y pintar, pasaban la mayor parte de su tiempo aprendiendo a tocar instrumentos para hacer un desfile de fin de curso. Yo no tenía dinero y tenía que empezar a trabajar. Aguanté dos años en esa escuela pero pronto comencé a visitar galerías y editoriales.

En las galerías, nadie mostraba interés. Les enseñaba ejemplos de mi trabajo, pero pronto me di cuenta de que llegaba tarde. Me di cuenta de que mi obra abstracta no ofrecía nada nuevo. Sin embargo, en las redacciones y en las editoriales, tuve mejor suerte. En esos momentos, estaba cobrando auge un nuevo realismo artístico. Eran también los comienzos de la literatura de ciencia ficción. Francia era el país europeo donde más se desarrolló este género. Gran parte de este género literario venía de Estados Unidos, pero fue en Francia donde se canalizó y distribuyó para toda Europa. Y encontré mi camino. Yo siempre había sido surrealista. Empecé a dibujar con el estilo que hoy en día me caracteriza sin conocer a Salvador Dalí ni a Magritte. Por supuesto, les tengo gran aprecio. Pero no considero que los haya imitado. Creo que llegué por mi cuenta a muchos de los lugares a los que ellos habían llegado antes.

¿Entonces comenzaste a trabajar como ilustrador para libros de ciencia ficción?

Nunca me consideré un ilustrador. Yo hacía dibujos que servían de portada para muchos de esos libros. Algunos de esos dibujos eran utilizados también en el interior de los libros, pero yo no los dibujaba como ilustraciones. Durante treinta años estuve trabajando para una gran editorial, Press Pocket, que publicaba libros de ciencia ficción.

En esa época, te propusieron hacer dibujos para la edición polaca de Dune, del autor Frank Herbert.

Sí, fue un trabajo muy laborioso. En polaco, decidieron hacer una edición de lujo, de varios volúmenes que contenían 120 de mis dibujos originales. Dentro de la ciencia ficción, sin embargo, mi autor favorito era Philip K. Dick. Era genial. Representaba a la ciencia ficción surrealista.

Uno de los aspectos que más llaman la atención en tus dibujos es la arquitectura de los edificios que, en muchas ocasiones, sirven de fondo al dibujo.

Disfrutaba mucho creando arquitecturas surrealistas. En mis dibujos hay muchos edificios en los que me dejé llevar por la imaginación. Muchos estudiantes de arquitectura se acercan a mí con admiración. Algunos se atreven a apuntar que las arquitecturas de mis dibujos deberían ser de estudio obligatorio en la carrera. Las encuentran muy inspiradoras. Hoy en día, todo está creado por los ordenadores. Gran parte del trabajo se limita a la función de copia-pega. Cuando hay estudiantes de arquitectura que se acercan a mí es una gran satisfacción. No solo me halaga. Me permite pensar que no es una generación perdida. Que hay esperanza. La creación artística es inesperada. Me gusta pensar que es imposible crear un programa informático capaz de crear artísticamente.

Has venido a Valdemoro para presentar tu exposición «Don Quijote. Caballero del futuro». Gran parte de las litografías que expones fueron incluidas en la versión del Quijote en polaco que fue publicada en 2014. Háblanos de la exposición.

Valdemoro es el cuarto lugar donde presentamos esta exposición. Antes de venir aquí, ha estado en el Ateneo de Madrid, en Alcalá de Henares y en Murcia. Se trata de treinta y seis litografías y una escultura de bronce. Es una figura de don Quijote inusual. Es la visión del Quijote de un hombre del tercer milenio. Surrealista. El surrealismo es poesía. Hemos titulado la exposición así porque los valores que defendía don Quijote son los valores del futuro. Cervantes nunca envejecerá. Es universal.

¿Qué te llevó a formar parte de la edición polaca del Quijote?

En primer lugar, siempre me he sentido muy atraído por la figura de don Quijote. El libro es un tratado filosófico sobre la condición humana. Parece increíble, pero el libro es tan bueno que Cervantes se puede permitir el lujo de hacer morir al protagonista. Es un libro lleno de sutilezas. Un libro que se permite criticar el vicio del poder. El vicio del dinero.

Una de las escenas que más me llaman la atención del libro es la de la quema de los libros. Refleja el miedo del poder al saber. Es una advertencia. En los libros hay algo peligroso. El que lee puede volverse loco. Saber demasiado es peligroso. En uno de mis dibujos, el cura protege la pureza del alma mientras la cocinera quema los libros. En otro, aparece la imagen del diablo jugando al tenis con los libros. Si lees vas al infierno.

Quise hacer unos dibujos que resultaran atractivos para las nuevas generaciones. Pensé que los niños querrían leer el Quijote si les atraían los dibujos. Después de todo, están más acostumbrados a la estética de la ciencia ficción porque se han criado con ella. Forman parte, también, de una generación muy visual.

Querría terminar la entrevista hablando del Proyecto de Paz Universal.

No deja de ser una contradicción que los Premios Nobel de la Paz se financien con el dinero que se consiguió vendiendo explosivos y armas. Nuestro proyecto no tiene su origen en el comercio de armas. Nuestro proyecto nace en una ciudad, Wieluń, en Polonia, que fue destruida por la guerra. Adquiere así más legitimidad. Nuestro proyecto intenta parar esta locura de la guerra que nos rodea en el día a día. Se debe hablar de la paz. Se debe trabajar por la paz. Poco a poco. Siguiendo nuestra intuición. Debemos hablar de la paz en voz alta. Si no hablamos de la paz, la gente hablará de la guerra. Debemos acaparar la atención de la gente a través del arte para hablar de la paz. Es una fuerza que la gente seguirá.

Debemos, también, identificar a las personas más destacadas que trabajan por la paz para que sirvan de ejemplo a los demás. Debemos reconocerles sus esfuerzos. El mensaje es claro. En la búsqueda de la paz está la propia búsqueda de la belleza. La belleza es más profunda. Desafortunadamente, los líderes mundiales no son ni artistas, ni poetas, ni filósofos. Los líderes mundiales son todo lo que no tiene que ver con la paz. Por eso, buscamos personalidades internacionales que trabajan por la paz. Hasta ahora, los galardonados vienen de diferentes entornos: escritores, filósofos, músicos. Son personas que, tal vez, pueden hacer más por la paz que un político. Por ejemplo, para futuros galardones, a mí me gusta el trabajo cinematográfico que han hecho tanto Angelina Jolie como Charlize Theron. Ambas han invertido su propio dinero y muchas horas de trabajo en proyectos cinematográficos a favor de la paz y en contra de la guerra. Las dos serían grandes candidatas al premio anual que otorgamos.

Hasta ahora, hemos otorgado cuatro galardones, en una ceremonia anual. En estos momentos, estamos preparando la quinta gala. Nos gustaría involucrar a diferentes ciudades en este proyecto, y Madrid sería un lugar ideal para una de las galas anuales. Sé que nuestros planes son muy ambiciosos. Pero creo que el proyecto merece la pena.

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Dejaremos que dos genios del cine terminen esta entrevista con las palabras que eligieron para hablar del trabajo de Wojciech Siudmak. George Lucas, creador de La guerra de las galaxias, dijo: «Su maravillosa destreza al dibujar y sus fantásticos juegos de luces y sombras dan a sus visiones una gran profundidad y una amplia gama de colores y texturas. En sus creaciones, hay una fuerza en calma y un espacio infinito donde poder explorar e inventar». El director Federico Fellini no se quedó atrás: «Qué ilimitada fantasía y qué prodigiosa habilidad para hacerla real. Un talento casi increíble, más diestro e infinito que aquel que nos guía, se expresa e inventa nuestros sueños más ricos».

Entrevista con Julián Villar

Puedo distinguir una fuerza creativa a una legua de distancia. La huelo mejor que los lobos huelen el miedo. He seguido las huellas de esos semidioses, de las personas que se dedican a crear, durante muchos años. He leído sus libros, he visto sus cuadros, he escuchado sus canciones, he disfrutado sus películas. Me he dejado seducir por ellos. Me han hecho sentir. Emocionarme. Llorar. Reír. Estar triste.

Los que me conocen saben, también, que me fascina el mundo de la educación. Esa faceta del hombre en la que nos dedicamos a pasar el control y el secreto del fuego a la siguiente generación. Nos diferenciamos del resto de los animales no porque sepamos aprender. Todos los animales aprenden. Nos diferenciamos del resto de los animales porque sabemos enseñar. Traspasar conocimientos y habilidades. Un chimpancé logrará ir en bicicleta para su número de circo, pero nunca sabría enseñar a otro chimpancé a subirse siquiera a un triciclo.

A lo largo de los últimos quince años, me he ido encontrando con mucha gente en Valdemoro que había sido tocada por la sabiduría y la simpatía de un profesor de fotografía. Un tal Julián. Se apuntaban a sus cursos de fotografía y ya no eran los mismos. Que los helenófilos me perdonen el juego de palabras, pero, en Valdemoro, cuando se hablaba de «fotos», Julián era la luz.

Hace tres años, Julián y yo comenzamos a trabajar juntos para La revista de Valdemoro. No era el primer proyecto en el que trabajábamos juntos. Pero era el primer proyecto serio en el que trabajábamos juntos. Durante este tiempo, mientras yo divagaba en la introducción de mis entrevistas para intentar captar la esencia del entrevistado, Julián llegaba con su cámara y hacía un trabajo mucho mejor con dos o tres imágenes del protagonista bien capturadas. No solo nos regalaba con fotografías estupendas para la revista. Además, yo iba descubriendo, con cada una de las entrevistas, que los tentáculos de Julián llegaban mucho más lejos. La mayoría de los entrevistados conocían a Julián porque él mismo o alguno de sus alumnos de fotografía habían hecho, por poner un ejemplo, las fotos para la portada del disco recién publicado.

La cosa empeora: Julián no es solo un pedazo de artista. No solo es un profesor que ha inspirado a muchos valdemoreños. Es un gran compañero. Busca siempre el lado positivo de las cosas y, hasta después de soltar tu idea más insensata, te muestra una sonrisa aprobatoria, como diciéndote: «¿Te sientes bien después de haber dicho tamaña tontería? Pues me alegro por ti».

Durante nuestra entrevista, una llamada en su teléfono interrumpirá nuestra conversación. Habrá algunos que puedan decir: «Ahí lo tienes, Fernando. Julián no es perfecto. No ha apagado el teléfono durante la entrevista y eso es una falta de educación». Nada más lejos. Cuando suena su móvil, descubro que Julián tiene como melodía de llamada Blister in the Sun, la canción que comenzaba el primer disco de mi grupo de música favorito, los Violent Femmes. En estos momentos, Julián es, para mí, una fuerza creativa imparable. Un tren del lejano oeste atravesando el desierto de Nuevo México a toda máquina.

Háblanos de tu infancia.

Nací en Madrid, en la Carretera de la Playa, para aquellos que dicen que en Madrid no hay mar. Yo me acuerdo muy poco, pero, hasta los diez años, fuimos una familia muy nómada. Mis padres tenían un piso que habían alquilado, pero, cuando quisieron mudarse allí, no pudieron hacerlo. No había manera de echar a los inquilinos. Eran una especie de okupas de la época. Bueno, eran, más bien, como una secta. Cuando conseguimos recuperar el piso, tenían todas las ventanas apuntaladas con clavos y habían hecho hogueras en el centro de las habitaciones. Una cosa muy rara. Mientras, mis padres tuvieron que vivir de alquiler por varios lugares de Madrid. Viví en un montón de sitios pero yo era muy pequeño. Sí me acuerdo de que pasaba mucho tiempo con mis abuelos, que vivían muy cerca de El Retiro. Recuerdo muchos paseos con mi abuelo por El Retiro, que, a lo mejor no fueron tantos, pero a mí me parecían muchos. Que luego, cuando hablo con mi madre, me dice que no eran tantas temporadas las que pasé con mis abuelos. Pero la memoria tiene ángulos extraños. A mí, esos paseos me llenaban.

¿Cómo llegasteis a Valdemoro?

Mi padre trabajaba en la Talbot, en Villaverde. En esos momentos, vivíamos en Moratalaz. Y el barrio se estaba volviendo un tanto peligroso. Ya me habían pegado algún perdigonazo y me habían robado un par de veces. Mis padres nos querían cambiar de ambiente. Un día, a mis padres se les antojó ir a comerse unas fresas a Aranjuez. A la vuelta, pasando por Valdemoro, vieron los pisos al lado de la carretera de Andalucía y mi padre pensó que estaban más cerca del trabajo que desde donde vivíamos en Moratalaz. Y les pareció bien Valdemoro. Se bajaron a ver los pisos que se veían desde la carretera y ese mismo día dejaron diez mil pesetas como señal para la compra de dos pisos. Éramos familia numerosa y en uno no cabíamos.

El primer día que vine a ver el piso con mis padres, vinimos con mi primo. Salimos mi hermano, mi primo y yo a dar un paseo por Valdemoro. En nuestro paseo, nos topamos con dos chavales de aquí. Pronto descubrimos que estaban muy asilvestrados. Nosotros íbamos por una acera. Ellos por otra. Hace cuarenta años, en Valdemoro había muy poca gente, con lo que, en cuanto venía un foráneo, lo provocaban. Entonces nos preguntaron desde la otra acera: «Oye, ¿de dónde sois?». «Somos de Madrid», les dijimos. «¡Ah, de Madrid!», respondieron. Cruzaron la acera y empezaron a darnos de sopapos por todos los lados. Cuando empezó el colegio, me encontré en clase con uno de esos dos chicos y nos hicimos muy buenos amigos. Hoy en día, seguimos siendo buenos amigos. De hecho, es el director y, sobre todo, compañero de esta aventura mediática que se llama La revista de Valdemoro. José Manuel se convirtió en mi primera anécdota, en mi primer conocido y en mi primer amigo de Valdemoro. No fue un caso aislado. En clase, también me zurró otro chico y luego también se convirtió en un gran amigo. Luego, cuando ya estaba asentado en Valdemoro, me pasó a mí. Los que venían de fuera llamaban muchísimo la atención y decíamos: «Este no es de Valdemoro. Vamos a por él». Aquí los chavales eran un poco brutos, pero no eran peligrosos como era el caso del campo de juego que los chicos de Moratalaz compartíamos con los de Vallecas. En Valdemoro, las peleas eran un juego. En Moratalaz había más mala uva.

Ahora lo puedo entender mejor porque, tras unos años en Valdemoro, me hice tan bruto como todos los demás (Julián sonríe). En Madrid me daban bastante libertad, otra me la tomaba yo. Recuerdo que una de las primeras broncas que me cayó de mis padres fue porque me pillaron yendo hasta la Puerta del Sol en bicicleta desde Moratalaz. Y, aún así, nunca había tenido la libertad que tuve en Valdemoro. Aquí, para un niño había toda la libertad del mundo. Ibas, venías, hacías tu vida y tus padres no se preocupaban.

¿Cuándo comenzaste a interesarte por la fotografía?

Yo empecé muy tarde con la fotografía. No terminé bachillerato. Primero me puse a trabajar en el polígono, en Miles Martin, que luego fue comprada por la Bayern. Trabajaba como manipulador. Más tarde, mi padre montó una granja de conejos y aquello me gustó. Y me dediqué a los conejos. Lo que pasa es que vino una enfermedad y se llevó a todos los conejos al otro barrio. Y ahora ¿qué hago?, me dije. Fue en ese momento cuando me apunté a fotografía en la UPV. Entonces no era como ahora. Mirar cosas de fotografía era irte a la biblioteca y buscar allí libros. No había Internet. Costaba un montón. Yo tenía esa motivación. Me gustaba un montón la fotografía y me informaba. Y yo veía que había cosas que no me habían explicado en las clases.

Me fui a Madrid a estudiar fotografía en una academia privada. Allí estuve otros dos años. Me costaba la vida porque trabajaba hasta las nueve o las diez y me iba corriendo a la academia a estudiar en periodo nocturno. Tras año y medio en la academia, tuve la suerte de conocer al que considero mi maestro, Carlos Molyneaux. Él me enseñó todo lo que sé de fotografía. Vino a dar un taller de cómo iluminar metales y cristales. Éramos tres amiguetes que en aquella época nos juntábamos más, estábamos más interesados en la fotografía dentro del grupo de la escuela y, tras el taller que dio, le pedimos que se viniera a tomar una cerveza con nosotros. Lo embaucamos para que nos diera clases particulares. Era un apasionado de la fotografía, con lo cual no era el dinero lo que le movía. Generalmente a los artistas no los mueve el dinero. Los mueven otras cosas. Vio nuestro interés y aceptó darnos esas clases particulares a un precio más que módico. Nos preparó unos cursos en los que incluyó iluminación, cámara de gran formato, flujo del trabajo… Eran unos cursitos muy especializados donde nos explicaba específicamente los trucos de la fotografía. Fueron tres o cuarto cursos con él y ahí es donde aprendí fotografía. Mi amistad con Carlos Molyneaux no se ha interrumpido desde entonces. Así que, siempre lo he tenido como punto de referencia, siempre ha estado ahí para opinar sobre mi obra. Luego, él dejó la fotografía, se compró un molino perdido de la mano de Dios, en Ávila, y allí vive. Creo que él fue el primero que me dijo que el dinero viene y va. Y que lo importante es saber vivir con el dinero que uno tiene. Los que nos conocen a los dos dicen que nos parecemos mucho, que tenemos muchas cosas en común.

Una vez acabo los cursos con Moly me doy cuenta de que es más interesante apuntarme a cursos específicos con fotógrafos reconocidos en lugar de estar en una academia. He hecho cursos con fotógrafos españoles de prestigio como Juan Aldabaldetrecu, Luis Malibrán, Ouka Leele y, gracias a PHotoESPAÑA, con fotógrafos internacionales como Miles Aldridge, Paolo Roversi, Jamie Isaia, Eugenio Recuenco… Me queda pendiente Javier Vallhonrat. Me encantaría acudir a uno de sus talleres, pero aún no he tenido la oportunidad.

¿Cómo comenzaste a trabajar como fotógrafo?

Empecé llamando a muchas puertas. Empecé con una cartera en la mano. Iba a los pueblos, pedía listados de empresas en los ayuntamientos, entonces no había Internet, examinaba esos listados y hacía una selección de empresas que yo creía necesitarían a un fotógrafo. Pronto aprendí que vivir de la fotografía era dificilísimo, pero que ganarte unos dinerillos, un extra, con la fotografía era facilísimo. Tú vas a un polígono, llamas a la puerta de una empresa y sabes seguro que necesitan fotografías. No sabes si ya se las ha hecho alguien. No sabes si te las podrán pagar. Pero estás seguro de que las necesitan.

Cuando comencé, no tenía un sector industrial concreto. Empecé a ir por los pueblos de alrededor: Fuenlabrada, Aranjuez, Leganés, Getafe… Hacía de todo, pero, poco a poco, me fui especializando un poco más en la moda. No es que la moda me interese en especial, pero la moda te da una libertad en la fotografía que no te dan otros sectores. En publicidad, tú estás muy encasillado y dependes de una agencia. En la moda estás un poco más libre. Y me gustaba esa libertad. Otra cosa que tenía clara es que me gustaba estar con gente. He hecho muchos catálogos de productos yo solo en el estudio, pero me encanta estar en contacto con la gente. Y me encanta fotografiar gente. Y, un poco más adelante, me encasillé en ese mundo de la moda. Pero he hecho de todo: herramientas de trabajo, comida de animales, comida mexicana… Es gracioso ir a un supermercado y ver las fotos de algunos productos y saber que son tus fotos. Yo tenía un perro y, cuando iba al veterinario, me encontraba con los pósters de comida de perros que había fotografiado el mes anterior…

En Madrid, empecé a ir a empresas de moda pequeñitas. Llamas a la puerta y te ofreces de fotógrafo. Enseñas tu porfolio. Hay veces que están contentos con el fotógrafo que tienen. Otras veces quieren probar a uno nuevo. Y así conocí al que considero fue, hasta ahora, mi mejor cliente. No por el dinero, que gané dinero, sino por la libertad que me dio. Me encantaba porque estaba tan emocionado con el proyecto como yo. Hasta tal punto que decidió hacer una campaña en el metro. Y eso sí que mola. Ver tu foto de seis por cuatro en el metro al lado de los anuncios de las grandes multinacionales. Eso sí que mola. La empresa se llamaba Artenovia y hacía trajes de novia. Era una empresa de Carabanchel de toda la vida, que ya cerró. El dueño se jubiló y se cerró el negocio. Estuvimos haciendo catálogos durante cuatro años.

Hay que entender que una campaña publicitaria en el metro solo se la pueden permitir las grandes multinacionales. Pero a él se le antojó. Solamente la impresión de la foto costaba mil doscientos euros. Y el metro tiene una política: si se rompe el cartel, lo quitan y ponen otra foto. Pero, si no hay más fotos, pasan a la siguiente campaña. Y pierdes tu dinero. Así que te piden cuatro fotos para que, si se van rompiendo, las puedan ir cambiando. Cuando queda una, te avisan para que lleves más, porque, si no, te quedas sin campaña. Nosotros solo hicimos dos copias de la foto. ¿Y qué hacíamos? Yo iba todos los días al andén donde habían puesto la foto para ver si estaba bien. Si se había despegado un poco, intentaba pegarla de nuevo… Yo estaba encantado. En navidades, venían mis primos de Madrid a cenar y me decían que habían visto algunas de mis fotos por las calles. Me hacía ilusión. Además, a mí me gusta la foto en todos los momentos del proceso. Desde que se toma, hasta que se imprime y, luego, se instala.

¿Cómo conseguiste trabajar para el Ayuntamiento de Valdemoro?

A través de un amigo, me enteré de que en El Semanal habían anunciado que el Ayuntamiento buscaba a alguien para dar las clases de fotografía en la Universidad Popular. Yo pensé que no valía para dar clases. Pero, casualidades de la vida, ese mismo día o al día siguiente, me encontré a Molyneaux. Y me dijo: «Tío, te va a llenar. Te va a llenar muchísimo dar clases. Te va a encantar. Es más, vas a aprender muchísimo porque vas a estar al día. La fotografía, como muchos otros oficios, tiene muchas cosas que, si no las utilizas, se te olvidan. Pero, al estar contándolo en las clases, lo vas a tener siempre ahí». Y le hice caso. Me presenté en el Ayuntamiento y, curiosamente, nada más llegar, me dicen que les dé un currículum. Yo ya llevaba un tiempo trabajando como fotógrafo, pero jamás había hecho un currículum. Claro, el currículum de un fotógrafo es su obra. Resultó ser el primer currículum y el único que he usado en mi vida. Estábamos cuatro o cinco candidatos para el puesto de trabajo y me consta que me ayudó el ser de Valdemoro. Creo que mi currículum era bueno pero, sobre todo, les gustó que fuera de Valdemoro.

Conseguí el trabajo y entré en un aula muy pequeñita donde estaba todo muy desestructurado. Los alumnos me dijeron: «Hasta ahora, nosotros veníamos aquí. Si había luz arriba, subíamos. De lo contrario, nos volvíamos para casa». Yo entré con muchísimas ganas y me puse a dar clases. Tenía muy pocos grupos y muy poca gente. Pero, en muy poco tiempo, me vi desbordado. A los tres años, ya andaba por los cien alumnos y todos los grupos cubiertos. La fotografía es una afición que gusta a mucha gente. Y ahora, con la digital, más.

Llegó la crisis y me dijeron que tenía que reducir grupos. Cada vez tenía más alumnos y me pedían que redujera grupos. Tenía cien alumnos en las clases, otros cien en lista de espera y querían que redujéramos las clases de prácticas y pusiéramos más clases de teoría, porque así cabían más sillas. Para mí, aquello era inviable y, al final, decidí irme por mi cuenta. Todos los alumnos se vinieron conmigo porque aquello lo cerraban. Y así nació la Asociación Ncuadres. Creo que fue lo mejor para todos. Para el Ayuntamiento, para los alumnos y para mí. De hecho, estoy muy agradecido al Ayuntamiento por los diez años que estuve allí. Conocí a mucha gente e hice grandes amigos, que aún conservo. Siempre que necesito alguna cuestión relacionada con el Ayuntamiento a la hora de hacer fotos para La revista de Valdemoro, siempre me tratan muy bien.

¿Qué tal tu experiencia como autónomo? ¿Cómo funcionó la escuela de fotografía que creaste?

Me ha ido muy bien. Estoy contento. Al principio, monté una escuela, tal vez con demasiada ambición. Con muchos espacios. Un local grande. Empezaba a venir gente de fuera de Valdemoro. Venían de Madrid, de Leganés, Fuenlabrada, de la zona de Rivas… Pero ¿qué pasó? Primero, que no soy empresario, ni quiero serlo.  Yo lo que quiero es ser fotógrafo. Eso es lo que me encanta. La gestión podía conmigo. Por eso, decidí venirme a este nuevo local. Es otro concepto. Es un lugar más pequeño. Con menos gastos y más cómodo. Este espacio tiene más luz y me sirve tanto para dar clases como de estudio. Incluso se puede alquilar para rodajes. Casualmente, en este estudio, antes de que yo lo alquilara, se filmó uno de los primeros vídeos de Melendi. Javier Vallhonrat, uno de nuestros fotógrafos más internacionales, también hizo un catálogo en este estudio.

Te has creado una gran reputación como profesor de fotografía.

Me encanta la fotografía y me gusta mucho enseñar. Aprendo yo más de mis alumnos que ellos de mí. Estoy todo el día hablando de fotografía. Cuando trabajaba de fotógrafo, quería compartir con mis amigos o mi familia lo que había conseguido con tal o cual encargo y era consciente de que no podía hablar mucho del tema con ellos. No quería aburrirlos. Me temía que no iban a entender de lo que hablaba. Ahora puedo estar hablando todo el día de fotografía y sé que lo hago con gente que comparte mi pasión y sabe de lo que estoy hablando. Me encanta compartir los entresijos de un trabajo que he podido hacer y saber que los alumnos lo entienden y lo valoran. La fotografía, aunque yo no me considere un artista, es una de las artes peor valoradas. Cualquiera hace una foto. Coges una cámara y haces clic. Pero detrás de un clic, detrás de una foto, hay muchísimo más. Una buena foto puede llevarte más tiempo que pintar un cuadro. Y eso no lo valora la gente.

Cuando enseño fotografía, intento enseñarles a hacer fotos. Pero, sobre todo, lucho para que tengan una cultura visual. Les enseño a valorar una buena fotografía. Se aprende antes a manejar una cámara que a aprender a ver. Aprender a ver te lleva una vida. Yo me sigo sorprendiendo por lo que hace la luz en determinados momentos.

Decías que no te consideras un artista.

Creo que muchos fotógrafos, mucho mejores que yo, son artistas. Pero lo mío ha sido pico y pala. Yo me considero un currante de la fotografía. Un trabajador de la imagen. Ha habido gente, aquí en Valdemoro, que me ha dicho que siempre me había considerado un artista. Pero yo nunca he tenido esa percepción de mí mismo.

Has vivido de lleno la transición de la fotografía analógica a la fotografía digital.

En la otra escuela, tenía colgadas en la pared unas fotos de Kaulak, fotógrafo de aquí de Valdemoro a comienzos del siglo XX, y eran mejores de las que conseguimos ahora. La fotografía ha ido un poco en declive. Hoy en día se hace muchísima cantidad de fotografía, pero la calidad no es tan buena. En la actualidad es más barato porque no tienes que pagar cada vez que compras un carrete de fotos o lo llevas a revelar.

Mi fotografía es más analógica. Las nuevas tecnologías pueden ayudar pero, muchas veces, estropean la foto. Una imagen debe ser buena de por sí. Sin meterle efectos o filtros. Apenas uso el PhotoShop.

Has fotografiado a gente famosa.

Antes era muy complicado. Ahora es mucho más fácil. Gracias a Internet, puedes acceder a páginas web donde fotógrafos, maquilladores y artistas se encuentran para colaborar. Antes, tenías que enterarte dónde había un casting y acudir allí. En la fila, te acercabas a gente con tu porfolio y les proponías colaboraciones. Intercambiabas allí mismo el teléfono. En estas colas, conocí a bastante gente que, luego, se ha hecho famosa.

De todas esas personas, llevé a trabar muy buena amistad con el futbolista Fernando Morientes. Empecé a trabajar primero con su familia. Luego, lo conocí a él y, curiosamente, su contrato con el Real Madrid no incluía derechos de imagen. Así que, les hice muchas fotos a él y a su mujer. Pasábamos tanto tiempo juntos por el tema de las fotos que nos hicimos muy amigos. Ahora viven en Valencia y cuando voy a visitarlos me tratan como si fuera de la familia. Tuvo su gracia porque el primer día que fui a hacerles fotos a su casa en Mirasierra me recibieron con un catering. Ahí estaba yo, que, cuando me pongo a trabajar, me pongo a trabajar. Y ahí estaban los camareros del catering que cada tres minutos se acercaban a mi equipo y a mí con la bandeja para ofrecernos comida. Yo pidiéndoles que no me molestaran y ellos diciendo que tenían que ofrecerme comida porque los habían contratado para ello.

Visitaste la casa de Gran Hermano.

Sí. Aquí en el polígono hay una fábrica de colchones, Polival, y compraron allí los colchones para Gran Hermano. Yo creo que ese año habían pensado incluso vender esos colchones. Tuve que ir allí y hacer las fotos de los colchones dentro de la casa de Gran Hermano. Era impresionante. Allí está todo cubierto con cristales opacos para poder filmar todo lo que ocurre en la casa.

Luego, cuando volví a Valdemoro, fui contando que iba a entrar en la casa de Gran Hermano. Me inventé una película y luego enseñaba alguna de las fotos que había hecho para hacer creer que era verdad.

También has hecho fotos para campañas políticas.

Sí, pero siempre para la política local de Valdemoro. Empecé hace años haciendo fotos para la campaña del PSOE. En las últimas municipales hice la campaña de Ciudadanos y la del Proyecto TUD.   

Me gustaría que nos hablaras de tu trabajo en La revista de Valdemoro.

Como he dicho, José Manuel López el director de la revista, era uno de mis mejores amigos.  Cuando dejamos el colegio, nos veíamos menos. José Manuel tuvo un pub en Valdemoro, pero yo era muy punki y Valdemoro era muy «guardia civil». Entonces yo hacía más vida en Pinto o en Madrid. Igual estuvimos quince o veinte años sin vernos. Nos veíamos muy de tanto en cuanto. Un día nos encontramos por la calle. Y él me dice: «Julián, quiero hablar contigo porque tengo un proyecto». Y yo soy un pisacharcos. A mí me enseñan un charco y yo tengo que pisarlo. Me proponen algo y me lanzo. Me junto con Jose, me cuenta el proyecto y me encanta. Y no pensaba tanto en mí como en mis alumnos. Mis alumnos van a tener la oportunidad de ver todo el trabajo, desde que surge la idea hasta que se ve impresa. Les va a encantar, pensé. Luego, lo que pasa es que es eso: lleva mucho tiempo. Mis alumnos tienen sus trabajos, sus familias, con lo que no tienen todo el tiempo para hacer ese seguimiento. Hay que estar disponible el día y a la hora que te dicen los entrevistados. Y eso mis alumnos no pueden hacerlo con tanta facilidad. Al final, caen sobre mis espaldas casi todos los reportajes. Pero, también, porque me gusta. Le dedico una o dos semanas al mes y lo puedo compaginar.

Cuando José Manuel y yo nos juntamos, me propuso hacer la portada y el reportaje principal. Pero me gustó tanto el proyecto que le dije que me ocuparía de toda la revista. Y me ha dado muchísimas satisfacciones. He conocido a gente muy interesante. Me encanta que haya tanta gente que vive en Valdemoro y hace cosas apasionantes. La línea de la revista es mi línea de fotografía. La revista me da mucha libertad.

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Julián me confiesa que cuando no está haciendo fotos de trabajo, se dedica a hacer fotos para él. Me dice que le encantaría que volviéramos al trueque, que la gente pudiera intercambiar servicios en vez de pensar solamente en el dinero. Me cuenta que sueña en color, pero que tarda mucho en hacerlo cada noche porque, antes de soñar, tiene que preparar bien el lugar donde va a soñar: tiene que colocar los focos, asegurarse de que la  iluminación será la correcta, de que los decorados estarán en su sitio…

Entrevista con Manuel Blanca

Esta es la historia de un músico. De un trovador trabajando por un sueño. De un joven cantautor que tocaba por los clubes y teatros de Madrid y que estuvo a punto de publicar su primer disco con Warner. Finalmente, decidieron no firmar el contrato y el protagonista de nuestra historia se vino abajo. Tras un periodo de decepción, se abrazó a lo que tradicionalmente llamamos una vida «normal»: formó una familia, tuvo tres hijos, trabajó en la empresa familiar y, veinte años más tarde, decidió volver a intentarlo. Pero, esta vez, nuestro músico, un guitarrista autodidacta con muchas historias que contar, había redefinido su concepto de éxito. No había en esta redefinición renuncia alguna. El objetivo final era el mismo: tocar el cielo a través de la música. Sin embargo, toda frustración quedaba eliminada porque el recorrido – cada concierto, cada canción, hasta cada acorde- se convertía en parte del éxito buscado. Esta es la historia de un músico. Esta es la historia de Manuel Blanca.

Manuel nació en Madrid y pasó gran parte de su infancia en Parla. En un momento dado, una oportunidad laboral de su padre llevó a toda la familia a pasar un par de años en Argentina. Fue toda una experiencia. Manuel lleva con su «chica» desde los dieciocho años. Cuando ella estaba estudiando la carrera y él intentaba despuntar como artista se fueron a vivir juntos al centro de Madrid. Era el sitio ideal hasta que tuvieron su primer hijo. En 2003, su mujer abrió una escuela infantil en Valdemoro y decidieron mudarse a nuestra localidad.

Supongo que el cambio del centro de Madrid a Valdemoro fue tremendo.

Tenía todo el sentido del mundo. Vinimos aquí con un niño y teníamos claro que queríamos más hijos. Mi mujer montó una escuela infantil en Valdemoro y mudarnos aquí haría nuestra vida mucho más fácil. Nos gustaba Valdemoro. Yo estoy encantado aquí. Es una vida muy tranquila. Nos gustó tanto que, al final, se vino toda mi familia para Valdemoro: mis padres, mis hermanos…

¿Cómo comenzaste en el mundo de la música?

Estás ahí, con quince años. Estás jugando al fútbol, estudiando informática y, de repente, aparece tu padre por casa con una guitarra que le ha tocado en una tómbola. Es el momento de tu vida en el que empiezas a escuchar música, en el que te empiezan a gustar unos grupos u otros. Estamos hablando de los años ochenta y yo me empapaba de toda esa música. Te ponías Los 40 Principales y ahí salían todos los grupos. Empecé a mostrar interés por la guitarra. Mi padrino trabajaba en el cine Carretas y, un día, un señor mayor, un buen guitarrista según parece, le regaló una guitarra. Una guitarra de calidad. Y Miguel, mi padrino, pensó en mí. De tocar con la guitarra de la tómbola a tocar con esa guitarra, cambió todo. Era una maravilla.

En Parla, por donde vivíamos, no había academias para aprender música, pero, un día, en una de las revistas que mi madre tenía por casa, vi un anuncio de un curso de guitarra y le pedí a mi madre que me lo comprara. Empecé con La cucaracha y Cielito lindo. Dejé el fútbol y la informática y convencí a los amigos del barrio de que nuestro futuro estaba en la música. A mí me empezó a gustar escribir. Con los primeros acordes, me surgieron ideas para las primeras canciones. Entre los cuatro amigos que empezamos en el primer grupo dijimos: «A ver, ¿quién va a ser el cantante?». Hicimos pruebas y dijeron: «Venga, pues canta Lolo». Me tocó cantar y así empezó todo.

Luego, lo fueron dejando todos, por una razón o por otra, y me quedé solo, pero seguí tocando. Componía, tocaba la guitarra y cantaba. Vi que podía seguir adelante yo solo. En otra revista, esta más de música, vi un anuncio y, a partir de ese anuncio, empecé a tocar en los teatros. Estudié un poquito de guitarra eléctrica, intenté hacer solfeo, pero casi todo lo que he hecho ha sido bastante autodidacta. Tengo un problema: me pongo a estudiar y, en cuanto descubro un acorde nuevo, mi cabeza comienza a componer una canción en torno a ese nuevo acorde. No tengo paciencia para ponerme a estudiar.

Cuando estaba tocando por los teatros, llegué a grabar una maqueta. Había muy buenas sensaciones. La maqueta llegó a manos de Teo Cardalda, de Cómplices, y Teo estuvo moviendo mi música con Warner. Al final no salió nada. No vieron nada comercial, supongo. Me dio un bajonazo y decidí cambiar de vida.

Te da el bajón y aparcas la música en tu vida.

Sí, hasta hace cuatro años, que volví a ponerme con la música otra vez. Con otra gente, pero, sobre todo, en solitario. Tengo un primo que toca el violín y, un día, durante uno de sus conciertos en la Sala Galileo, me invitó a acompañarle con la guitarra en una de sus canciones. Y me dije: «Aquí es donde quiero estar». Decido ponerme a tocar canciones, a componer y en mi cabeza surge ese disco que tengo pendiente. Y me lanzo de vuelta a mi carrera musical. Hace un año publiqué ese disco. En este momento se titula. Es un disco con ocho canciones. Tampoco tenía dinero para más. Tuve que hacer un crowdfunding, con amigos y conocidos, a los que estaré eternamente agradecido. Entre ellos, Miguel y Cristina, que son los que más han aportado. Todavía tengo pendiente con ellos esa deuda. La gente ha respondido muy bien con el disco. Me lo piden de muchos sitios, lo vendo en los conciertos. Yo estoy muy contento con la respuesta que está teniendo.

En abril de 2017 conocí a las hermanas Ana y Marta Contreras, unas managers de Almería, C & C Group, y firmé con ellas un contrato de representación y, gracias a ellas y a mis contactos, van saliendo cosas. Ahora ellas me ayudan también con las redes sociales.

Cuando comenzaste con la música no existían esas redes sociales. Imagino que habrás notado grandes cambios a la hora de promocionar tu música con respecto a tu primera época.

Ahora tenemos esa suerte. Las redes sociales han revolucionado la promoción de los artistas. Antes te conocía tu grupo de amigos, se podía ampliar un poco el abanico, pero, sin el apoyo de una multinacional, era muy complejo llegar al gran público. Para mí salir en una radio fórmula o en la televisión es muy complicado. El boca a boca es fundamental y saber utilizar las redes es muy importante.

Muchos garitos están aprendiendo a promocionarse a través de los medios sociales también. Hay una parte de tu clientela a la que le gusta escuchar música en directo y, si decides llevar a artistas a tocar, debes promocionarlo. Es una forma de atraer a más clientes, de crear el ambiente adecuado para que la gente que acude a tu bar se convierta en una comunidad. Hay locales que le sacan mucho partido a los conciertos que organizan. Hoy en día, puedes grabar el concierto y, a través de un dispositivo para conectar con Facebook, puedes, incluso, retransmitir el concierto en directo.

Las redes sociales acortan las distancias, pero suponen, también, una pérdida de proximidad.

Es cierto. Nada es perfecto. Yo tengo la suerte de que, durante mis conciertos, hay gente que me graba, que me hace fotos y luego las sube a las redes. Me encanta porque luego puedo colgarlas yo. Me escribe gente desde México, de Argentina, de Colombia, de muchos sitios porque me siguen a través de esos vídeos. Pero hay una parte de mí que dice, no grabéis, disfrutad del concierto… Si grabas muchas canciones, te estás perdiendo el directo. Estás viendo todo a través de una pantalla.

¿Qué cuentas en tu disco En este momento?

Yo soy muy romántico. Hablo mucho de ese amor. En los créditos, pongo que en el disco van a encontrar amor, desamor, imaginación y cerveza. Yo absorbo un poco de todo. Me pongo a hablar con un amigo, me cuenta sus cosas y, de mi imaginación y reflexiones, puede salir una canción. En el disco hay historias que me han contado, que me han pasado a mí. La historia de la canción Un Pinocho sin Geppetto es un poco más triste, más personal; otra canción comienza tomando una cerveza. Habla de algo que echo mucho de menos: la época anterior a los móviles, cuando quedábamos a charlar y no dependíamos del wasap que nos llegara. Ahora, con tantos mensajes, al final no quedamos.

Has sacado ya varios vídeos de algunas canciones del disco.

El primero fue de la canción Una vez más, el primer single del disco. Era la canción que, en ese momento, me gustaba más. Es una canción muy popera, con una guitarra española y un solo un poquito más eléctrico. Yo digo que hago «cantapop». Luego saqué el vídeo de Un Pinocho sin Geppetto, un vídeo que monté yo solo. Se puede ver en mi canal de YouTube. Estamos toda la familia en la playa. Son unas vacaciones que tuvimos en Francia y salen imágenes de los niños cuando eran pequeños. La historia de la canción, que espero que no suceda nunca, contrasta bien con esas imágenes.

Hace un par de meses filmamos el vídeo para la canción No supe amarte. Lorena García Barrena (Lust for Art Producciones), una amiga de Barcelona, se vino con Álex López por Valdemoro un fin de semana para filmar el vídeo. Filmamos en el parque de las Bolitas del Airón, en las escaleras de la Fuente de la Villa y en alguna otra localización de Valdemoro. A la hora de hacer los vídeos siempre cuento con buenos amigos. Los dos primeros fueron un poco más caseros. Para No supe amarte, además de apoyarnos en una productora, contamos con la colaboración de la actriz Déborah Guerrero.

Tengo pendiente otro vídeo para la canción El alma y la piel, que me gustaría filmar en Gran Vía, con muchos amigos y con lenguaje de signos.

Hay muchos artistas de nuestra generación que están decidiendo sacar, como tú, su primer disco a los cuarenta años.

Es la crisis de los cuarenta (Manuel sonríe). Llegamos a los cuarenta y nos preguntamos: «¿Qué quiero hacer en la vida? ¿Qué he hecho en mi vida?» Unos se separan, otros se ponen a viajar, yo quise hacer este disco y, por eso, lo titulé En este momento. Mucha gente se pone a pensar cuando llega a los cuarenta y se dice: «He sido feliz en mi vida, pero ¿qué me falta?» A mí, me faltaba sacar mi disco.

Y, de momento, la publicación de En este momento solo me ha reportado muchas satisfacciones. Me acuerdo cuando José Antonio Abellán presentaba Tocata en los años ochenta. Recuerdo que llevaba allí a mis grupos favoritos: Duncan Dhu, Hombres G, todos los grupos de los ochenta que tanto han influido en mi música. Recientemente, José Antonio Abellán me llamó por teléfono y me entrevistó en su programa de radio. Mi música ha sonado en la radio. Esas son las satisfacciones que meto en mi saco.

Creo que, cuando un artista publica un disco a los cuarenta años, puede aportar muchas cosas que no podía aportar cuando tenía dieciséis o dieciocho años. Las canciones que escribía con dieciséis años no las podría escribir ahora. Las canciones que escribo ahora no las podría haber escrito cuando era un adolescente. Ahora tengo tres hijos, uno de ellos con diecisiete años. Es cierto que ahora no puedo vender cierta imagen, propia de la juventud, que tanto cautiva en la música pop. Ahora puedo ofrecer algo totalmente distinto. Ahora puedo vender madurez.

Continuas, sin embargo, con tu sueño de juventud de triunfar en el mundo de la música.

Me encantaría vivir de mi música, pero no sé si me gustaría perder mi anonimato. Me gusta subir al escenario pero, una vez abajo, quiero seguir siendo la misma persona, cercana a mis amigos. Estoy en un momento en el que me podría dedicar también a componer temas para otras personas. Hago canciones que podrían cantar muchos artistas españoles del momento. Tal vez podría vivir componiendo música para otras personas y eso guardaría mi anonimato. Ya no soy el chaval de veinte años que, cuando Warner le dijo que no estaban interesados, se vino abajo. Entonces tenía sueños de juventud, tocar en las grandes plazas, triunfar en todos los lados. Ahora disfruto llenando esas salas donde toco. Sin mayores pretensiones. Cada éxito llega con el trabajo. Con la tenacidad. Estamos hablando de un mundo muy complicado. Hace falta talento, suerte, constancia.

Durante todo 2017 has presentado tu disco por toda España. ¿Tienes planeado publicar un segundo disco?

Voy estrenando canciones en los conciertos. Las voy mejorando. Desde que publiqué el disco, he escrito muchas canciones y algunas me gustan más que las del disco. Las cuelgo en la red, las canto en directo. Si tienen buena respuesta, veo que son canciones que se pueden llevar a un disco. Sin embargo, esto tiene su inconveniente. Si el público ya conoce esas canciones, cuando son publicadas en un disco, ya no son una sorpresa.

También es verdad que, una vez que te metes a grabar una canción, le das otras vueltas. Aparecen nuevas ideas. Eso sí, mi disco es muy sencillo, tiene muy pocas parafernalias. No me gusta meter muchas cosas para poder defender las canciones yo solo. Meto cosas sencillas: un bajo, un violín, algún solo.

Grabé En este momento en Lasting Noise Studio. Mi intención era grabar con todos los músicos tocando a la vez. El que uno grabe la batería un día, otro el bajo otro día a mí no me gustaba. Quería que grabáramos todos a la vez. Fue una semana intensa, un periodo de creación maravilloso, donde estás viendo cómo se va gestando tu obra. No cabe duda de que me gustaría volver a vivir esa experiencia.

Has comentado que a mucha gente le gusta escuchar música en directo. ¿Qué ofrece Manuel Blanca en sus conciertos en vivo?

A mí me gusta mucho Pedro Guerra. Me gusta cómo logra que la gente colabore en los conciertos. Procuro que mis conciertos sean personales, tengan un toque de cercanía. La gira del disco fue de enero hasta junio 2017. El último concierto fue en junio. Quería despedir la gira de una forma original. A la entrada del concierto, la gente que vino a verme escribía su nombre en un papel y metía el papel en una cajita. Antes de tocar cada canción, sacaba un nombre de la cajita e invitaba a esa persona a subirse al escenario a cantar conmigo esa canción. En un momento dado, salió el nombre de mi madre y cantamos juntos El alma y la piel. Fue muy especial. Hubo también momentos divertidos, cuando la gente no se sabía bien la canción e intentaba seguirme encima del escenario.

Creo recordar que le pedí a mi mujer que se casara conmigo en un concierto (sonríe).

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Podemos escuchar muchas de las canciones de Manuel Blanca en YouTube; el 22 de febrero grabará un especial para el programa TVE es música de Televisión Española. Pero, es posible que, para poder conocer a Manuel Blanca en estado puro, ese tipo estupendo tocando su guitarra, debamos acercarnos a su página web y cerciorarnos de cuándo y dónde es su próximo concierto en directo.

Entrevista con Serafín Faraldos

Serafín Faraldos Moreno es el octavo alcalde de Valdemoro desde las elecciones democráticas de 1979. Treinta y ocho años de alcaldes democráticos. Es curioso ver que solo hubo dos alcaldes en los primeros veinte años (Antonio Pariente Cuesta, por la UCD, de 1979 a 1983, y José Huete López, por el PSOE, de 1983 a 1999) y en los últimos dieciocho años ha habido seis alcaldes. La brevedad se agudiza en la actualidad: ha habido tres alcaldes en los últimos tres años (David Conde, por el PP, de 2014 a 2015; Guillermo Gross, por Ciudadanos, de 2015 a 2017; y Serafín Faraldos, que comenzó en su puesto a mediados de julio de 2017). Entre los dos primeros y estos tres recientes, quedan, en medio, tres alcaldes del PP: Francisco Granados, de 1999 a 2003; José Miguel Moreno, de 2003 a 2011; y José Carlos Boza, de 2011 a 2014.

Sin entrar en preferencias políticas, algo que, a veces, puede nublarnos la razón, sería interesante reflexionar, durante un rato, sobre cuáles deberían ser los rasgos personales que definen a un buen alcalde. ¿Es importante su edad? ¿Es importante que pertenezca a un partido político mayoritario a nivel nacional? ¿Es mejor que sea de un partido político local? ¿Es importante que haya nacido y vivido en la localidad que gobierna? ¿Es importante que sea un buen gestor económico? ¿Cuáles deberían ser sus prioridades de bienestar social? ¿Es positivo que gobierne en mayoría o, tal vez, conviene que, en minoría, deba comprometerse con otros partidos políticos de la localidad? ¿Es importante que sea una persona consagrada a la política o, tal vez, es mejor que sea un profesional o un empresario?

Serafín Faraldos es un alcalde joven, tiene 35 años. Ha vivido en Valdemoro toda su vida, en el barrio de Río Nilo. Su padre, nacido en Villaverde, electricista, trabajador de AENA en el aeropuerto de Barajas; su madre, con orígenes en Sevilla y Badajoz, dejó su trabajo para criar a sus tres hijos -Serafín es el mayor- y volvió al mismo, como limpiadora en una escuela, cuando los niños crecieron. Serafín ama Valdemoro porque es la ciudad donde se formó como persona y ama Sevilla y su provincia, porque pasó buenas partes de su infancia en la tierra de su madre y sus abuelos. Estudió en el colegio público Vicente Aleixandre y en el instituto Villa de Valdemoro.

Hace veinticinco años, esta localidad era muy diferente. Háblame de tus primeros recuerdos de Valdemoro.

Tengo recuerdos de cuando era bien pequeño. Yo he visto pasar las ovejas por la calle Grande. Recuerdo el recinto ferial que hoy es el parque de las Eras. Recuerdo el depósito de agua que había en el parque del Cristo. Recuerdo que, en mi barrio, había una granja, en lo que hoy es la calle Dalí. La granja de Colás. Y ahí había un descampado donde jugábamos al fútbol. Recuerdo ir a la granja de Colás a por leche, a por huevos… En la calle del Cristo de la Salud terminaba el pueblo. Allí ya no había nada más. Donde hoy está la pista de hielo, allí estaba el campo de fútbol de Valdemoro. Un campo de tierra, con unas porterías oxidadas. De Valdemoro a Pinto, era todo campos sembrados. Íbamos caminando de un lado para otro y, cuando la cebada estaba alta, recuerdo jugar a escondernos en el campo de cebada. Y, luego, nos caía una buena regañina cuando llegábamos a casa con los chándales todo verdes, de habernos restregado entre la cebada. Recuerdo cuando el mercadillo de los viernes se ponía en la plaza. Recuerdo un Valdemoro muy desperdigado: los del puente eran unos, los de Brezo eran otros, los de la Villa eran otros. Te estoy hablando de Valdemoro como un pueblo. En esa época no tendría ni diez mil habitantes. Recuerdo que, donde ahora hay una óptica, estaba el Banco Central. Tengo recuerdos muy bonitos de ese Valdemoro. Y creo que yo crecí, y me desarrollé personalmente, a la par que la ciudad de Valdemoro.

Hay cierta nostalgia por el Valdemoro de entonces. Se hace palpable entre la gente mayor e, incluso, entre la gente de tu generación.

Las ciudades tienen que prosperar. Tienen que crecer. Que ahora seamos muchos conlleva más servicios y más responsabilidades que, desgraciadamente, en gobiernos anteriores no han ido a la par. Es decir, el crecimiento poblacional no ha venido acompasado con el crecimiento de servicios. Pero cada momento tiene su afán. El Valdemoro de mi infancia era un lugar diferente. Y sufrió una transformación tremenda. Se abrió el teatro, la Casa de la Juventud, el centro comercial El Restón, el parque Tierno Galván…, pero Valdemoro sigue conservando parte de ese encanto de mi infancia. Hace unos días, hubo un reencuentro para celebrar el disco bar La Villa. Allí nos encontramos gente que hacía quince años que prácticamente no nos veíamos. La mayoría sigue viviendo por aquí, pero con estas cosas de que la gente trabaja, tiene su vida, no te encuentras tan fácilmente. Sin embargo, a mí me ha gustado seguir saliendo por los sitios típicos de Valdemoro.

Ahora los jóvenes no salen tanto por Valdemoro.

Había más sitios para salir antes que ahora. Tenemos que entender que ir a Madrid antes era más complicado que ahora. Si vivías en Valdemoro, dependías del coche. Ahora el transporte urbano es más frecuente, los fines de semana por la noche hay muchos búhos y puedes volver a Valdemoro durante toda la noche. Ahora con dieciocho años, hay más gente con carné y con coche… pero, es verdad, yo recuerdo con dieciséis y diecisiete años saliendo por Súper 8, La Luna, el Kaos, el Q, del Quinito, La Villa… esos eran los sitios por los que salíamos. A esa edad, también, íbamos a los recreativos Paraíso, que estaban en la calle Alarcón, los recreativos de la Villa…

Todo eso ha cambiado. Ahora los chavales, para muchas cosas, tienen una etapa de maduración más anticipada, se hacen adolescentes antes que nosotros. No hay oferta de ocio para ellos. No hay una oferta de ocio saludable para ellos. Eso puede ser un problema que hay que resolver. A los chavales hay que proporcionarles espacios. Tienen que recuperar los espacios públicos. Si el Ayuntamiento está saneado económicamente, no hay problema. Los Ayuntamientos que no estamos saneados económicamente lo tenemos más difícil. Yo estaría encantado de abrir espacios públicos los fines de semana para potenciar fiestas light, sin alcohol. Creo que no invertir en actividades culturales públicas para los jóvenes, porque no son rentables, puede salirnos más caro a la larga. Yo, si pudiera, -pero no puedo por problemas de personal, por problemas económicos- si pudiera, abriríamos el polideportivo para organizar actividades de todo tipo (música, cultura…). Si a esos chavales de trece a diecisiete años no les proporcionas espacios públicos, ellos se los buscan. Buscan donde hay. Y eso puede generar problemas de convivencia ciudadana, con deterioros de los lugares públicos por el mal uso de los mismos.

Los jóvenes deben sentir que los espacios públicos son suyos. Si las instituciones públicas siguen cerradas a los jóvenes, estos nunca las considerarán suyas. Esto tiene mucho que ver con la democratización de la vida política porque, si no consideran que esas instituciones públicas son suyas, difícilmente vamos a conseguir que participen como ciudadanos, que se involucren, que se impliquen en la vida pública. Desde los trece años, les has enseñado que esto es un castillo cerrado para ellos. Luego no les pidas que voten, que participen, que tengan un pensamiento crítico.

Tú, sin embargo, enseguida te sentiste atraído a participar políticamente en la sociedad.

Tanto por parte de padre como de madre, vengo de una familia con profundas convicciones políticas y sociales. Mayoritariamente socialistas. También es verdad que mis padres nunca fueron activistas. Pero mi abuela paterna fue hija de alcalde socialista en una pedanía de El Burgo de Osma, en Soria -ahora, además de hija, es abuela de alcalde-. Mis abuelos maternos se conocieron en la cárcel. En la familia, hasta cinco tíos abuelos fueron desaparecidos por la Guerra Civil. Eso en la familia materna ha marcado siempre mucho. Sin rencor, pero con mucho dolor. Afortunadamente, no me han inculcado ningún odio a nada ni a nadie. Cada época tiene su momento, y el momento de esa época fue otro, pero en la familia ha estado ese dolor. Así que vengo de una familia con unas convicciones, yo siempre digo, socialistas que no pesoístas. Más de la ideología que del partidismo. Yo siempre diré que soy un socialista dentro del PSOE. Quiero mucho al Partido Socialista y creo que tanto la etapa de Felipe González como la de Zapatero fueron un alarde de avances sociales, que serán recordados durante muchos años.

A los dieciséis años comencé mi carrera política. Participé en las manifestaciones contra la Guerra de Irak, me movilicé con el tema del Prestige, participé en las movilizaciones contra la LOMCE, contra la LOU… todo eso curte. Luchas y trabajas por una serie de causas justas sin ningún aliciente económico. Lo haces porque crees que es justo, porque crees que es tu deber como ciudadano.

Estudiaste Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

Sí, y cometí el error de abandonar la carrera en mi cuarto año. Error que ahora estoy subsanando y espero terminar las tres asignaturas que me faltan del grado en junio de 2018. Leí mi trabajo de fin de grado ocho días antes de mi investidura como alcalde. Creo que es importante tener una carrera. Afortunadamente, mucha gente puede tener una carrera en España. Creo que hacer vida política es tan importante como tener una carrera. Hay mucha gente que tiene una carrera y, luego, no tiene ni idea de lo que es hacer política y de lo que es la administración pública. Veo que a muchas personas que se han apuntado a los nuevos partidos, tanto de derechas como de izquierdas, les falta activismo político. Han entrado en la administración pública, fruto de un enfado comprensible con mi partido y con el PP, pero no vienen del activismo. Desconocen el concepto de servidor público, de atender a la gente.

Antes de ser alcalde, yo he trabajado de cincuenta mil cosas. A mis treinta y cinco años tengo casi quince años de vida laboral. No he dejado de trabajar. En mi casa éramos varios hermanos y mis padres me han enseñado que, si quería tener el carné de conducir o un coche, me lo tenía que conseguir yo. He trabajado de guarda de seguridad en el Bernabéu, en atención telefónica, en la gerencia del hospital de Fuenlabrada, en la función pública. Y todo eso lo he ido acompasando con los estudios. Es verdad que me hubiera gustado acabarlos antes, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Creo que, ahora que soy alcalde, me ayudan mucho mis conocimientos de derecho, mi conocimiento de la administración como vecino y mi conocimiento de la administración como líder de la oposición. Es prácticamente imposible gobernar un pueblo que uno no conoce. Un alcalde que no sufre con el pueblo para el que gobierna anda cojo. Según mi concepto, claro.

¿Se ven las cosas de forma diferente desde el sillón del alcalde?

Se ven las cosas igual. Veo las cosas igual porque soy vecino de Valdemoro. Como líder de la oposición veía muchos problemas sin resolver y como alcalde veo incluso más problemas sin resolver. La perspectiva, eso sí, es diferente. Cuando estaba en la oposición, mi deber era denunciar esos problemas. Ahora, siendo alcalde, mi deber es resolverlos. ¿Que hay problemas difíciles de solucionar? Totalmente de acuerdo. Pero es importante que el gobierno de la ciudad conozca y se interese por esos problemas. Porque un gobierno que se encierra en el castillo y no sale a comprobar los problemas de la localidad más allá de la plaza del ayuntamiento tendrá muy complicado solucionarlos. Ese es mi mayor miedo: incurrir en la teoría de la negación desde el ayuntamiento. Vivir en un mundo feliz. La autocomplacencia. Siempre va a haber problemas. Negarlos no es una solución. El pueblo tiene un problema de tráfico. Lo tiene. Somos casi ochenta mil vecinos y tenemos 43.000 coches censados. ¿Cómo no va a haber un problema de tráfico? Es verdad que la gente debe demandarnos soluciones y nosotros lo que tenemos que hacer es, dentro de los pocos medios que tenemos, buscar las soluciones. Hay un problema de limpieza. Bueno, entre que se privatizaron los servicios y hay cierta cuestión de civismo a la que habría que darle una vuelta, entre que somos muchos viviendo en el municipio… pues claro que hay que solucionar el tema de la limpieza en el municipio.

Cuando un vecino viene a quejarse al Ayuntamiento, me está ayudando a hacer mi trabajo. Tiene todo el derecho a quejarse. Yo nunca me lo tomaré a mal. Al contrario, lo agradezco mucho. Es verdad que puede haber demandas que rocen el esperpento. Pero también merecen ser escuchadas. 

Eres muy joven. Supongo que tu intención es seguir trabajando como alcalde para ser reelegido en las próximas elecciones municipales. ¿Te ves trabajando en la política más allá del nivel local, dentro de una política regional o nacional?

No. Lógicamente, cuando uno se presenta para alcalde, su ciclo político, su programa de gobierno debería proyectarse para ocho, diez años. Si quieres desarrollar tu proyecto de concepto de ciudad, necesitas, al menos, dos legislaturas, dos mandatos para llevar a cabo tus planes. Eso, al menos. Tampoco soy partidario de que un alcalde esté durante más tiempo en su puesto. Para empezar, porque la gente no lo tolera. Pero, además, creo que llega un momento en el que ya no estás al nivel de lo que la gente necesita. La sociedad cambia, también. Tras diez, quince años, la gente va demandando cosas nuevas. ¿Hay excepciones? Claro que las hay, pero también hay que ser honesto. Si te dedicas a la alcaldía full time, a tope, intensamente, no hay cuerpo que lo resista. Además, el ser humano tiende a acomodarse. Por eso, si quieres ofrecer lo mejor, dos legislaturas completas son suficientes.

En cuanto a trabajar en otro cargo político, a mí, en principio, no me atrae. Creo que, en política, estamos los municipalistas, los del pueblo, los de la ciudad, a los que nos gusta la gestión de lo cotidiano, lo cercano, los asuntos que podemos solucionar del vecino. Luego hay otros que, lógicamente, están en los gobiernos regionales o nacionales. A día de hoy, no es mi aspiración. Y tengo mi experiencia. He estado cinco años, casi seis, trabajando en las Cortes Generales. Es otra faceta. Cuando acabe esta etapa de alcalde, cuando los vecinos decidan que lo haga, posiblemente me dedicaré a otra cosa, pero siempre en el ámbito local. Me gusta más ese espacio. Eso sí, nunca se puede decir de este agua no beberás.

Nos has contado que te dedicas a la alcaldía a tiempo completo. ¿Cómo concilias tu trabajo con tu vida personal? ¿Estás casado? ¿Tienes familia?

No hay conciliación. No estoy casado. No tengo hijos a los que atender. Y, sin embargo, no hay conciliación. Hay mucha gente que dice que los alcaldes están muy bien pagados. Pues, según cómo lo mires. Si comparas sus sueldos con los de muchas personas de este país que están bien preparadas y que están encadenando un contrato basura con el siguiente, pues hay que decir que sí. Pero no es que la política esté bien pagada. Es que esas personas bien preparadas están mal pagadas. Y habría que equiparar sueldos. Yo me he bajado el sueldo por ejemplaridad. Nada más entrar, me bajé el sueldo un veinticinco por ciento. Creo que hay gente pasándolo mal y no quería que se pensara que la motivación de la moción de censura fuera por el sueldo. Creo firmemente que hay que dar ejemplo.

Sin embargo, si quieres hacer tu trabajo como alcalde a tiempo completo, faltándote horas para atender a todas las cuestiones a las que quieres llegar, pues no creas que está tan bien pagado. A partir del 14 de julio, he renunciado a mi vida personal, trabajo quince, dieciséis horas al día. Pierdes todo tipo de privacidad y de anonimato. Renuncias a todo eso. Pero, como yo digo, en este caso, esa es la cuchara con la que yo he elegido comer. Y reconozco que lo vivo con mucha pasión. Todo depende de la personalidad de cada uno, pero yo sí soy de los que se lleva los problemas a casa. Esa es mi forma de ser y no la voy a cambiar. Salgo del trabajo y sigo dándole vueltas a las cosas. No soy de los que se conforman con la primera solución que se nos ocurre.

¿Has renunciado, entonces, a tus hobbies?

Ahora tengo pocos, sí. Sigo escuchando música. Me gusta trabajar con música. Necesito la música. Escucho mucha música cuando voy en el coche. Me gusta, en general, la música española. Y me encanta el flamenco. Todas las variantes del flamenco. Y el poquito tiempo que me queda, lo guardo para los amigos. Los amigos del barrio de toda la vida. Somos de tomar cañas por el pueblo. Tal vez, ir de cena. Pero todo en Valdemoro. Ya en plan tranquilo. Antes de ser alcalde, me gustaba leer muchísimo. Soy de novela histórica. Ensayo y novela histórica. He leído mucho a Javier Cercas. En su momento, también algo de Almudena Grandes. En una etapa más joven, me gustaba mucho la saga del capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte. Hoy en día me llevo a casa los informes del Ayuntamiento. En cuanto al cine, me gusta mucho el cine español de los últimos años. En su momento, me gustaba mucho Fernando Trueba. Ahora me encanta Álex de la Iglesia. Me gusta mucho, también, el trabajo de Alberto Rodríguez… No soy mucho del cine americano.

¿Te da tiempo a leer prensa? ¿Atender a las redes sociales?

Eso a primera hora del día. Y, a veces, por la noche. Me gusta leer mucha prensa digital. Me ocupo también de las redes sociales, son una herramienta más para comunicarme con los vecinos, pero procuro que ninguna de las dos cosas condicione mi vida.

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Agradezco a Serafín su tiempo y su amabilidad mientras sigo reflexionando sobre las características que deberían definir a un buen alcalde. Supongo que, una vez más, la respuesta está en cada individuo, en cada habitante de una localidad. ¿Qué características definen a un buen ciudadano? El civismo, el respeto al resto de ciudadanos, el respeto y, si es posible, el amor a la ciudad que nos rodea, la participación solidaria en nuestra comunidad, la búsqueda de soluciones con las que todos salgamos ganando un mucho, a veces, y un poco, otras. Cuando todos, como ciudadanos, pongamos nuestro granito de arena, podremos mirar a nuestro alrededor y, con certeza, hallaremos a las personas que más voluntades aúnan en nuestra comunidad.

Entrevista con Juan Carlos Rodríguez Búrdalo

Muchas búsquedas de la vida se originan y comienzan con un encuentro. En el año 2012, después de haber estado viviendo cinco años en Nuevo México y a punto de volverme para España, conocí al profesor universitario Alfredo Rodríguez. Ya jubilado, me recibió en su casa de Albuquerque junto a su esposa, Lita Rodríguez. El motivo de mi visita era entrevistarlo para un artículo sobre el poeta Ángel González. Alfredo y Ángel habían sido grandísimos amigos. Fue un encuentro delicioso. Me enteré de que Alfredo había publicado también varias novelas. Supe que había nacido en Brooklyn, de padres españoles. Me contó que, a lo largo de su vida, había conocido a tres grandes poetas: trabajó junto al poeta aragonés Ildefonso Manuel Gil en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, y llegaron a ser vecinos, comprándose, a la vez, una casa al lado de la otra; fue compañero de departamento del poeta asturiano Ángel González, en la Universidad de Nuevo México, y fueron grandes amigos durante muchísimos años; y, por último, cuando le pregunté por sus propias novelas (una inédita, sobre Ramón J. Sender), Alfredo me dijo que el verdadero escritor en la familia Rodríguez era su primo hermano Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, poeta y guardia civil, residente en Valdemoro. «A ese Rodríguez tienes que entrevistar y no a mí», me soltó Alfredo mientras me despedía de su esposa antes de salir de la casa.

Por eso, hoy, mientras Juan Carlos Rodríguez Búrdalo me regala su tiempo generosamente, mientras disfruto de su articulada conversación, yo me recreo en el final de mi búsqueda, en la búsqueda que comenzó el día que me encontré a Alfredo Rodríguez y me hizo saber de la existencia de su primo hermano. Frente a un café, hablamos de la obra poética y de la carrera profesional de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo.

Durante toda tu vida laboral has compaginado la poesía con tu trabajo como general de la Guardia Civil. ¿Dónde han confluido las dos actividades? ¿Se han enriquecido ambas al encontrarse dentro de la misma persona?

Antes de intentar una respuesta, creo necesaria una precisión. La poesía ha sido, es, siempre compañera de vida, no solo en los últimos años como general de la Guardia Civil; por lo que he procurado, desde muy joven, compaginar lo mejor posible la profesión militar con la pasión por la poesía, tanto a nivel de lector como de escritor -guardo mis primeros versos de adolescente, y mi último libro es de hace dos años-. Así es que, conmigo, profesión y poesía han sido compañeras de piso. He procurado que se lleven bien, aunque la exigencia de dedicación extraordinaria propias del ejercicio de la profesión de guardia civil no le ha permitido a la poesía el tiempo que demandaba. Pese a que cada una de ellas, profesión y poesía, han tenido su propio discurrir, es cierto que ha existido un enriquecimiento mutuo. Y la confluencia más visible me parece que se produce en el libro De un oficio infinito, publicado en 1986, al obtener el Premio Adalid de Literatura Militar.

No es el único premio que ha recibido tu poesía. Muchos de tus libros han sido publicados gracias a ganar prestigiosos galardones en Madrid, en Jaén, en Salamanca, en Castellón, en Dos Hermanas (Sevilla), en Torrevieja (Alicante) y en Alcalá de Henares. Se te ha publicado en italiano y has sido traducido al holandés. Todos estos reconocimientos sitúan tu obra, sin lugar a duda, en un buen lugar dentro de la poesía contemporánea. ¿Qué intentas transmitir con tus poemas? ¿Cuáles son tus temas más recurrentes? ¿A quién van dirigidos?

¿Qué intento transmitir con mis versos? Pues verás, permíteme que preceda a mi respuesta un pensamiento de alto vuelo, escrito por el poeta Adolfo Alonso, al publicar, hace unos años, su libro Poemas del claustro. Dice Alonso: «El Hombre no concibe el universo, pues cuando mira el cielo de las noches, cuando las ve quebradas por luz incontenible en el espejo opaco de los dedos, no sabe qué decir, solo suspira y camina despacio; después cuenta sus cosas, reconoce la tierra que lo labra». La escritura de Adolfo Alonso, que tanto me impresionó, me viene al pelo para decir que entiendo mi poesía como búsqueda para explicar lo inexplicable de este ser transitivo que es el hombre, criatura para pasar, ser temporal que busca en la belleza redención de ese destino inexorable. En el camino, heridos por la luz que deslumbró momentos memorables, el equipaje que nos acompaña durante el viaje: los olvidos perdonados y rescatados en el poema.

Y ¿a través de qué temas? No me parece descubrir nada nuevo si digo que en la obra de todos los poetas suelen aparecer la infancia y juventud o su recuerdo; el amor y el desamor; la soledad; el paso del tiempo; en fin la muerte. Lo que diferencia a los poetas en su escritura es la personalidad de cada uno en la manera de abordar estos temas, en la forma de acercarse a ellos y expresarlos. Por lo que a mí respecta, desde la conciencia del misterio que el hecho poético encierra, solo se me alcanza que determinados estados de ánimo, sensaciones, situaciones, recuerdos… me provocan la necesidad de la escritura poética. En 1999, ya publicados mis primeros siete libros de versos, aparece en la editorial Calambur, de Madrid, En el dócil fulgor de las palabras, una antología de mi obra hasta ese momento. El profesor y crítico literario Lama Hernández, escribe para encabezarla un extenso estudio con este título: «La poesía de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo: Razón de vida», texto con el que no puedo estar más de acuerdo.

Y, si mi poesía es razón de vida, la contemplación sobre el mundo y sus elementos, la infancia y juventud rememoradas, el amor y el desamor y la reflexión sobre el tiempo y la muerte son algunos de los lugares sobre los que mi poesía vuelve una y otra vez en las diferentes muestras poéticas. Hoy, al cabo de veinte libros de versos, quienes tienen la amabilidad de ocuparse y escribir sobre ellos, coinciden en señalarme poeta elegíaco, metido en soledad y con piso de alquiler en la memoria. El profesor Lama Hernández finalizaba el estudio sobre mi poesía con estas palabras: «Pero cualquier recuento de los temas frecuentados por el poeta a lo largo de sus libros acabará en la constatación de la insistencia en uno de ellos, bajo cuyo prisma se observan todos los demás: el tiempo. Poéticamente, podríamos añadir, el tiempo machadiano».

Y ¿a quién van dirigidos mis poemas? Creo poder afirmar que hago poesía a través de mi experiencia, de la memoria de mi experiencia y de la imaginación de lo que pudo ser experiencia. Las razones son casi siempre oscuras respuestas al hermoso accidente que es vivir. Obviamente material y herramienta es la palabra. Con otros coincido en estimar la escritura poética como ejercicio de salvación personal, con uno mismo como destinatario primero, y creación de tránsito y comunicación a los demás.

En poesía, todo lo que no es autobiografía es plagio, nos dejó advertido el clásico. La Editora Regional Extremeña publicó hace pocos años una antología del poeta portugués Fernando Pinto do Amaral con el título Exactamente mi vida; nuestro José Hierro tituló uno de sus libros más importantes Cuanto sé de mí; con el poeta mallorquín José Carlos Llop, debo abundar en el asunto advirtiendo que no entiendo la poesía sin biografía, de manera que mis poemas no son sino fragmentos de vida y mis libros sucesivas entregas autobiográficas. Como él, pretendo con mis poemas decir mi vida y que sea verdad.

La poesía como íntima bitácora del viaje que es la vida. La poesía como última tabla de salvación. Pero, además del obvio intimismo, muchos poetas deciden también compartir y difundir la poesía contemporánea con el resto de la comunidad. Así, a finales del siglo pasado, durante ocho años dirigiste las aulas de poesía «José Luis Sampedro», del Ayuntamiento de Aranjuez, y «Pedro Antonio de Alarcón», del Ayuntamiento de Valdemoro. Me consta que invitaste a poetas de primera línea, que se acercaron a la localidad y los valdemoreños pudieron conocerlos en persona. Háblanos un poco de esa experiencia y cuéntanos tus impresiones al respecto.

Ciertamente, el 16 de noviembre de 1999, ante los entonces alcalde y concejala de Cultura de Valdemoro, echaba a andar el Aula Pedro Antonio de Alarcón, acto y proyecto del que alguna prensa nacional se hizo eco. De las diferentes modalidades para difundir la poesía elegí la de aula porque me pareció la más completa. Precedida de suficiente información sobre la bibliografía del poeta invitado – los colegios de Enseñanza Secundaria entre los destinatarios- cada sesión se desarrollaba a través de tres espacios o secuencias: en el primero, el director del aula presentaba a los asistentes las claves de la obra del poeta visitante, siempre con más de cinco libros publicados y personalidad reconocida en el mundo de las letras. A continuación, el poeta visitante leía una selección de su obra y, finalmente, se abría un coloquio entre poeta y asistentes.

Bajo esta fórmula, leyeron sus versos en Valdemoro, entre otros, poetas como Luis López Anglada, Ángel García López, Rafael Morales, Rafael Guillén… todos ellos galardonados con el Premio Nacional de Poesía. Cito aparte a Leopoldo de Luis, que además de Premio Nacional había sido reconocido con el Premio de Las Letras Españolas. Si miramos cuántas ciudades con la población de Valdemoro contaban / cuentan con un aula de poesía de ámbito nacional, creo que se cuentan con los dedos de una mano; si repasamos la calidad de la nómina de poetas que intervinieron en ella, tal vez nos sorprenda comprobar que Valdemoro es caso singular.

Pero el tiempo no perdona y hoy, de aquellos grandes poetas de la segunda mitad del siglo XX, solo vive Ángel García López. También falleció nuestro gran pintor Juan Prado, asistente incondicional y activo participante en los coloquios de las sesiones del Aula.

Fue aquella una experiencia hermosa dirigida a todos los valdemoreños, muy especialmente a los que aman la literatura; a quienes un rato de lectura supone un regalo para el espíritu; a los jóvenes estudiantes que empiezan a sentir pasión por la escritura, la turbación del verso; a esos maestros y profesores que saben encender en sus alumnos el fuego del arte, la siembra más provechosa para el crecimiento enriquecido de su personalidad.

Escribió el poeta Wordsworth: «Aunque pase la época de gloria y el esplendor en la hierba se marchite, no te aflijas, porque la belleza subsiste en el recuerdo».

¿Crees que la poesía tiene la suficiente presencia en nuestra sociedad? ¿Crees que debería estar más presente? ¿Crees que la poesía puede mejorar la vida de la mayoría de las personas? ¿Crees que la poesía podría mejorar el mundo en el que vivimos?

Se ha dicho y escrito muchas veces que la poesía es un género minoritario, pese a estar muy ligado al sentimiento (de hecho, una corriente de la célebre «poesía de la experiencia» es conocida como «la otra sentimentalidad»), muy valorado en cuanto género literario por excelencia, sublimación de la palabra, etc. etc. pero con pocos lectores si la comparamos con la novela, el ensayo, la narrativa en general, ¿por qué? Quizás por un exceso de hermetismo en la poesía de casi todo el siglo XX (dadaísmo, surrealismo…) Pero a mi juicio, ciertamente hoy su presencia e influencia es escasa en la sociedad lectora. Y sí, pienso que debiera estar más presente. Son muchas las personas que, tras asistir a una lectura de buena poesía, se confiesan complacidas, incluso hablan de descubrimiento y deseos de leer o escuchar poesía. En otro tiempo se escribió que la voz de los poetas movía el mundo, es claro que hoy no. Ojalá se cumpla el pronóstico de Gabriel Celaya acerca de la poesía como arma cargada de futuro. Tal vez hoy, en nuestros modos de vida, Celaya lo diría de otra forma: «La poesía es un magnífico vehículo para llegar al futuro».

Siento curiosidad sobre tu método de trabajo. ¿Cómo escribe sus poemas el poeta Juan Carlos Rodríguez Búrdalo? ¿Cómo nacen las ideas para tus poemas? ¿Con qué frecuencia trabajas sobre ellos? ¿Cuándo decides que un poema está listo para ser publicado?

Como testigo interesado en cuanto me rodea, trato de llevar al poema lo que sucede en mi cercanía y me pide expresión poética, ya sea en el momento ya sea más tarde, recuperado a través de la memoria. Determinados estados de ánimo, una palabra escuchada en el metro que me aviva sensaciones, un recuerdo de infancia o juventud, una lluvia inesperada… Creo poder afirmar que hago poesía a través de mi experiencia, de la memoria de mi experiencia y de la imaginación de lo que pudo ser experiencia.

En ocasiones he pretendido indagar nuevas formas expresivas y estróficas, moverme entre la filosofía y la poesía mediante textos de intensa concentración conceptual: poemas breves en el decir y largos en el meditar. En otras, mi poesía se ha manifestado de manera más hímnica, expresión gozosa o jubilar de algo, gozo de sentir, de experimentar sensaciones de la belleza o el arte.

No soy escritor metódico, más bien intuitivo. No acostumbro a dedicar un tiempo diario a la escritura, aunque debiera. Solo cuando escribo para un libro de unidad temática (De un oficio infinito, por ejemplo) he sido disciplinado en este sentido. En cambio, sí que soy muy exigente con el visto bueno final del poema, mucho más de un libro; leo, releo, corrijo, tacho, rompo… antes de guardar el poema en la carpeta de definitivos. Y, a pesar de ello, cuando he retomado algunos textos luego de unos años, para una antología por ejemplo, vuelvo a corregir puntuaciones sobre todo y, en ocasiones, pocas, algún adjetivo o adverbio. Sí me reconozco perfeccionista.

¿Consideras que estás en un buen momento poético? Háblanos de tus próximos proyectos.

Desde el punto de vista creativo, no es el mejor momento; hace algún tiempo que repaso mis dos libros inéditos, corrijo, pulo versos que me parece que lo requieren, etc. Eso no quita que, si aparece un motivo inspirador, escriba algunos versos que guardo para poemas futuros. Según lo anterior, el proyecto a corto plazo sería la publicación de mis dos libros inéditos, Nieve cautiva (Poemas en Nueva York) y Señales en la luz. Mientras llega, leo bastante; ahora estoy con la Poesía Completa de Antonio Colinas y repaso nuevamente a Claudio Rodríguez.

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Juan Carlos me cuenta que, el año pasado, estuvo una semana en Albuquerque, Nuevo México, visitando a su primo hermano. Debido a su delicada salud, Alfredo lleva cuatro años sin venir a España en el verano. A él y a Lita, su esposa, les gustaba venir a Tabernas, en Almería, todos los años. Esta entrevista, que cierra el círculo, va para ellos.

El barrio de las Hormigas

         A la guerra[1] le sigue la posguerra, y a la posguerra, la post-posguerra. Luego viene el olvido y, tradicionalmente de su mano, la preguerra. En España, mi generación pertenece al periodo de la post-posguerra que, por fortuna, es lo que más se parece a una época de paz. Gracias a la generación que nos precede, la de mis padres, pude conocer, de segunda mano, partes de la posguerra. Una serie de situaciones que, en mayor o menor medida, compartía con los amigos con los que crecí. Nuestros padres y madres venían de pueblos pequeños. Ellos habían venido a Zaragoza a hacer la mili y allí encontraron trabajo en cuanto la terminaron. Ellas habían llegado con sus familias y, con su saber hacer, lideraron un revolución que llevó a cabo la mayor conversión de familias de clase obrera a la burguesía de toda la historia.

       El barrio de las Hormigas (Yagruma Ediciones, 2017), de Antonio Pérez Martín-Tereso, es un libro delicioso, un retrato detallado de un barrio a las afueras de Madrid, cerca del pueblo de Hortaleza, en la época de la posguerra española. Dividido en pequeños cuentos cortos, el autor nos va contando sus recuerdos: cuenta cómo su padres y sus tíos compraron dos lotes vecinos  en unos terrenos que resultaron no tener permisos de edificación; cuenta cómo su padre encontró agua cavando un pozo en su parcela; relata el día en el que los vecinos decidieron cocer los ladrillos con los que cada uno construiría su propia casa…

       En un barrio tan humilde no faltaban los personajes pintorescos y a algunos de esos personajes van dedicados gran parte de los cuentos de la segunda mitad del libro. Para todos ellos, tiene el autor palabras de cariño, haciéndonos ver que cada uno de ellos forma parte del bestiario de su infancia y su adolescencia.

        La arquitectura de cada uno de los relatos es sencilla. De hecho, uno de los mayores atractivos del libro es su sencillez. Porque, cuando una historia es buena, cuando una historia es verdaderamente buena, no necesita ni fuegos de artificio ni traca final.

        De alguna manera, el barrio de las Hormigas no está tan lejos de los poblados del valle del Río Puerco a los que me referí en mi entrada de blog anterior (El oeste americano del valle del Río Puerco). Tampoco se aleja mucho de los pueblos españoles que fueron abandonados en la posguerra. Porque, aunque el barrio de las Hormigas todavía siga en pie, no es el mismo barrio del que habla el libro. El libro habla de un lugar del pasado, un lugar que ya no existe porque corresponde al estado en el que se encontraba cuando el autor era niño. Este hecho llena cada una de las páginas de un lirismo subterráneo al que se llega cavando hasta cierta profundidad, como cuando el padre del autor cavaba el pozo para obtener agua. Pero, en el último cuento, ese lirismo brota a borbotones y, es ahí, donde el autor destapa todos sus sentimientos.

        El barrio de las Hormigas es un libro sobre un lugar en un momento determinado de nuestra historia reciente. Pero, sobre todo, es un libro sobre las personas que hicieron de ese lugar una referencia vital para Antonio Pérez Martín-Tereso.

[1] No hay nada de «bello» en una guerra. Por eso, la mayoría de las lenguas romance prefirieron adoptar la palabra procedente del germánico werra, más agresiva, más onomatopéyica, más violenta que la palabra latina bellum, tan cercana formalmente de bellus que evolucionó en «bello».

El oeste americano del valle del Río Puerco

      Muchos de nosotros tuvimos la suerte de crecer con las películas del Oeste americano, un territorio mitológico que, de niños, muy pocos habrían sabido señalar con precisión en los mapas y que, de más creciditos, tendríamos que encontrar siguiendo las referencias geográficas que vinieran a nuestra memoria. Las dos razones por las que no es tan fácil situar ese Oeste americano con facilidad están ciertamente conectadas: por un lado, el Oeste americano estuvo ligado con frecuencia al concepto de frontera y, por lo tanto, fue o es un territorio portátil muy amplio que empezó estando a unas millas al oeste de Jamestowne, en el estado de Virginia, y que fue trasladándose hacia el noroeste, hacia el oeste y hacia el suroeste de forma progresiva; por otro lado, el Oeste americano, más que un territorio, sería un concepto, un mundo mitológico, como hemos mencionado, que dio paso a la creación del imperio mundial que, de alguna forma, gobierna el mundo en el que hoy vivimos. Una teoría plausible señalaría la costa de California como el final de ese Oeste americano; otra, no menos acertada, extendería ese oeste hacia Alaska, Hawaii, la Polinesia entera, Tierra de Fuego, Japón, casi toda Asia, para llegar a Europa y alcanzar, de nuevo a nuestro entrañable pueblecito de Jamestowne por el Atlántico. Todo para dar la vuelta al mundo en ochenta transacciones bursátiles.

     Todos esos oestes americanos mencionados serían igual de válidos pero, si queremos encontrar la cumbre del Olimpo, necesitamos no sólo unos actores/personajes tipo/dioses a los que podamos identificar en todo momento, sino también unos paisajes a los que nuestra memoria pueda invocar con facilidad y unas circunstancias en las que podamos justificar como hazañas cada uno de nuestros tiroteos. Entonces, sólo entonces, el dedo de un viajero curtido se dirigirá sin dilación al territorio comprendido entre el río Grande y el río Pecos, en el estado de Nuevo México, para señalar su ubicación. Ahí es donde la literatura se ha recreado más a la hora de contarnos el Oeste americano. Muy posiblemente, como rezaba el cartel de introducción de la exposición histórica The Frontier Experience: New Mexico 1598-1900 (La experiencia de la Frontera: Nuevo México 1598-1900),  porque ese territorio haya sido el que durante más tiempo fue (o ha sido) parte de la frontera:

     La ‘frontera’ ha sido considerada durante mucho tiempo como un factor importante para la creación de los ideales y actitudes estadounidenses. Nuevo México es único entre el resto de los estados porque tiene una herencia de la frontera que duró más de 300 años. De hecho, ningún lugar en Norte América experimentó este proceso durante tanto tiempo. La mayoría de los territorios fueron frontera durante sólo los primeros años de sus existencias y entonces la frontera se trasladó más al oeste o más al norte.[1]

    Muy posiblemente, también, porque fue ese territorio sobre el que más artículos escribieron los periódicos de Nueva York a finales del siglo XIX para mantener el creciente interés de unos lectores que tal vez añorasen, desde la comodidad de sus ciudades, un pasado reciente en el que sus territorios habían sido Oeste americano; muy posiblemente, porque, desde muy temprano, Hollywood se encariñó de esos paisajes del suroeste de los Estados Unidos para filmar sus películas.

     En España, en todas esas películas del Oeste americano, todos los personajes hablaban en español. Luego descubrimos que no, que en realidad nosotros los oíamos en español gracias a la magia del doblaje de las películas pero que, en realidad, todos los personajes hablaban en inglés. El Oeste americano que supone el mito del nacimiento de los Estados Unidos se escribió primero en inglés y se filmó, pocos años después, en inglés. Sin embargo, si echamos un vistazo al Censo de Estados Unidos de 1890, observamos: “En Nuevo México casi dos tercios, el 65,11%, y en Arizona casi tres décimas partes, el 28,23%, de la población mayor de 9 años no sabía hablar inglés[2]”. Desafortunadamente, el censo no ofrece datos exactos de las personas de estos dos estados cuya lengua madre era el español pero, teniendo en cuenta la cifra del 65,11%, podemos imaginar que el número de niños menores de 10 años que no hablaban inglés o el número de habitantes mayores de 9 años que hablaba inglés pero cuya primera lengua era el español eran bastante elevados. Así pues, tenemos que pensar que el Oeste americano se escribió en inglés desde la costa este de los Estados Unidos y se filmó en inglés desde la costa oeste. Sin embargo, es más fácil que el Oeste americano se hubiera hablado en español y que los propios habitantes de ese Oeste americano hubieran escrito los sucesos de la zona en sus periódicos en español. No obstante, en 1889, posiblemente el momento más álgido para la prensa en español en Nuevo México, había 65 periódicos publicados en español.[3]

      En España, por lo tanto, estas películas eran dobladas del inglés al español gracias a la deliciosa ironía que suponía el hecho de que los Estados Unidos hubieran elegido como cuna del mito de su nacimiento a un territorio en el que, durante el periodo en el que ese mito se llevaba a cabo, la aplastante mayoría de la población hablaba español. El fenómeno no era nuevo: El griego Eneas, protagonista indiscutible del mito de creación de Roma, habla en latín durante toda la Eneida. Podríamos alargar la ironía un poquito más: cuando Sergio Leone filmaba sus estupendos Spagetthi Westerns en España se llevaba consigo a dos o tres actores angloparlantes a los desiertos de Almería. Leone se hizo popular con unas películas llenas de silencios porque en ellas sólo hablaban tres o cuatro actores. El resto, actores extras españoles, aparecían silenciosos porque no hablaban bien el inglés y se dedicaban a rellenar los ataúdes que luego pagaba el personaje que interpretaba el bueno de Clint Eastwood.

     Tal vez fue mejor así. Tal vez Leone hizo bien en no dejar hablar en español en sus películas. Después de todo, el español que se hablaba entre el mítico río Grande y el río Pecos no era el mismo que se hablaba en Andalucía. El español que se hablaba en Nuevo México se había configurado como una variedad más del español, con su personalidad propia, con sus giros regionales y con unas soluciones adecuadas para defenderse en esos territorios lejanos. El español de Nuevo México (especialmente aquel hablado en los dos tercios norte de Nuevo México y en el valle de San Luis, al sur del estado de Colorado) pronto llamó la atención de lingüistas prestigiosos (Aurelio Macedonio Espinosa, Amado Alonso, Rubén Cobos, Manuel Alvar, Garland Bills, Neddy Vigil, entre otros). Pronto aparecieron también reputados folkloristas como Enrique Lamadrid, John Donald Robb o Jack Loeffler y Kathrine Loeffler.

    Muy cerquita de esa Mesopotamia del suroeste de los Estados Unidos, a unos pocos kilómetros al oeste nos encontramos con otro río, tal vez más discreto pero, no por ello, menos importante para nuestro texto. Estamos hablando del río Puerco, que nace al noroeste del estado, en los picos de San Pedro, en las montañas Nacimiento y, pasa cerca de Cuba (en Nuevo México, claro), deja al este el conspicuo pico de Cabezón y el cerro del Cochino, se le une el Arroyo Chico entre la mesa San Luis y la mesa Chiuato; pasa al oeste de la mesa Prieta para atravesar más tarde la reserva india de Laguna, donde se le une el río San José, y desembocar en el río Grande a unos 32 kilómetros al sur de Belén. Estamos hablando de 370 kilómetros de una cicatriz seca durante una buena parte del año por la que, cuando le toca, se desbocan las aguas de las lluvias y el deshielo.

      Poco después de crearse la reserva para los indios navajos, entre los años 1860 y 1870, se fundaron una serie de plazas a las orillas del río Puerco, todas al sur de Cuba, muy cerca del pico de Cabezón. Gente, en su mayoría procedente del valle del río Grande (Albuquerque, Bernalillo, Algodones), pero también de lugares más lejanos, como Antón Chico, Puerto de Luna o Pecos, buscaron mejorar su vida en esa pequeña comarca. Casi todos, con muy pocas excepciones, eran hispanos e hispanohablantes y llevaron consigo toda una riqueza folklórica que se había conservado y desarrollado en Nuevo México durante más de dos siglos. Poblaciones como San Luis, Cabezón, Guadalupe y Casa Salazar conformaron una pequeña comarca de poco más de 700 habitantes que desarrollaron sus vidas a lo largo de casi un siglo hasta que la zona fue abandonada para 1950. Las dos Guerras Mundiales, que reclutaron a los jóvenes de la zona, y la falta de apoyo gubernamental hacia los pequeños rancheros del valle del río Puerco hizo que la comarca fuera perdiendo población progresivamente a partir de 1910 y para 1950 todos su habitantes habían abandonado la zona.

     El valle del río Puerco es el Oeste americano que le tocó vivir a Nasario García y el Oeste americano que él decidió contar al mundo. El recóndito y maravilloso Oeste americano de Nasario García. Los personajes que nos cuentan ese Oeste a través de Nasario habrían vivido durante los mismos años y prácticamente en el mismo territorio que aparecían en los periódicos del este y, sin embargo, los relatos que nos ofrece Nasario están muy lejos de los duelos al sol. Son historias sencillas de familias que trabajaban duro en la tierra y criando animales para salir adelante, para aumentar progresivamente sus lotes de tierra. Son historias de accidentes laborales, de supersticiones, de anécdotas en el campo o en el baile, de fe y de dudas ante lo incierto.

    Nasario García no nació en esta comarca del valle del río Puerco. A su madre la convencieron para que fuera a Bernalillo a casa de su madre, la abuela materna de Nasario, para que naciera en un lugar más “civilizado”[4]. Sin embargo, Nasario se crió en Guadalupe (Ojo del Padre) y, como autor, académico y folklorista, se ha dedicado a recuperar la memoria de la comarca en gran parte de su obra. Si es verdad que el ser humano pasa su vida buscando e intentando recuperar su infancia, Nasario es, no cabe duda, un ser humano ejemplar.

     En 1987, publicó Recuerdos de los viejitos, su primer volumen dedicado al folklore del valle del Río Puerco y, desde entonces, le siguió Abuelitos, Tata, Comadres y Más Antes. Todos estos libros contienen la frase “Valle del río Puerco” en su título y todos  recopilan historias o anécdotas relatadas por los propios protagonistas. Nasario se dedicó a grabar y, después, transcribir casi literalmente todas esas historias contadas por habitantes del valle del río Puerco nacidos entre el 1872 y el 1927. Los dos primeros tienen más similitudes; el tercero se distingue porque son todas historias que le contó su padre; para el cuarto, sólo utilizó las historias que le contaron las mujeres; el quinto recopila dichos, adivinanzas, cuentos, corridos, cartas, entriegas (versos cantados o recitados para los novios en una boda), canciones y alabados.

     Con estos cinco volúmenes, Nasario demuestra que su mayor interés es escuchar antes de ser escuchado. Aún publica dos libros más con carácter recopilatorio, Brujas, Bultos, y Brasas y ¡Chistes! antes de destapar completamente su lado poético con Tiempos lejanos. En el primero de esta lista, Nasario cambió de valle para entrevistar a pobladores del valle del río Pecos y transcribir sus cuentos sobre brujas y magia. Tocará el mismo tema en un libro posterior, Brujerías, en el que amplia, una vez más su ámbito e incluye a todo el suroeste de los Estados Unidos. En el segundo recopiló chistes en español por el norte de Nuevo México y el sur de Colorado (aquí todavía encontramos alguno recogido en el valle del río Puerco). En el 2004 publica su primer poemario con Tiempos lejanos.

   Aún publica dos libros más relacionados con el folklore y la tradición nuevomexicanos: Old Las Vegas, en 2005, y Fe y tragedias, en el 2010. En el primero, la legendaria ciudad de Las Vegas (la ciudad de Nuevo México, no la famosa de Nevada) y el segundo trata el tema de la fe en el mundo rural nuevomexicano.

    En 2009 Nasario publica dos libros de ficción llenos de cuentos para niños y para adultos: El Arco Iris y otros cuentos y Ruido de Cadenas. En estos dos libros, el autor puede encontrar cuentos que Nasario escuchó en su infancia y cuentos inspirados en sus propias experiencias.

     Su último libro (de momento) fue publicado en 2010. Bolitas de Oro es un poemario exquisito, otro maravilloso homenaje a su infancia en Guadalupe, en el valle del río Puerco, un homenaje a las canicas, a las bolitas de oro, como ellos las llamaban. Y es con este libro, y con su vuelta al valle del río Puerco, con el que Nasario se universaliza. La amplitud del territorio cubierto y la progresión venían reflejadas en los títulos de sus libros: valle del río Puerco, Norte de Nuevo México y sur de Colorado, suroeste de los Estados Unidos…cualquier muchacho del mundo que haya jugado a las canicas, que haya llevado pantalones cortos y las rodillas llenas de costras encontrará poemas en este libro con los que sentirse identificado.

      Tres aspectos llaman la atención en los libros de Nasario: el primero es el hecho de que Nasario no renuncie al español en ninguna de sus obras puesto que la mayoría de los textos aparecen en español y en inglés; el segundo es el respeto y la admiración del autor por los mayores, por los viejitos, de su cultura; el tercero es su afán de no idealizar en exceso el mundo que intenta describirnos. En Abuelitos, hace una clara declaración de intenciones al respecto:

      Mientras reflexiono sobre mi infancia en Guadalupe y en el valle del Río Puerco, se mantienen en mi mente numerosos y placenteros recuerdos imborrables, pero, al mismo tiempo, sería injusto regocijarnos en ellos sin admitir que, en muchas ocasiones, la tristeza, la tragedia y la pobreza también convivían con los habitantes de la zona.  Si dejamos de lado a esa realidad corremos el riesgo de dar un toque excesivamente romántico y distorsionar una forma de vida muy real. Desafortunadamente, esta tendencia asoma de vez en cuando por los relatos sobre las comunidades rurales hispanas de Nuevo México, especialmente cuando los autores son forasteros que se quedan cautivados y, tal vez, perplejos ante Nuevo México, la Tierra Encantada. [5]

      Es refrescante descubrir que tras el Oeste americano de celuloide con el que muchos de nosotros nos criamos hubo otros oestes americanos. El oeste americano forjado en español y con folklore hispano tuvo la suerte de ser encontrado, escuchado, recopilado y transcrito por el nuevomexicano Nasario García. Hubo otros oestes americanos que, desde aquí, invitamos al lector a descubrir: aquellos oestes americanos que se vivieron en navajo, en apache, en keres, en tigua, en tehua, en towa y en zuñi.

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[1] La traducción es nuestra y la cita aparece recogida por Thomas Chávez en su libro An Illustrated History of New Mexico. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002 [1992], p. 238, y cuyo texto original es: “The frontier experience has long been considered a major contributor to the development of American ideals and attitudes. New Mexico is unique among states in having a frontier heritage that lasted over 300 years. In fact, no place in North America experienced the process longer. Most areas were frontiers for only the first years of their existence and then the frontier moved further west or north.”

[2] La referencia proviene del informe “Progress of the Nation. Part II,” p. lxiii del Censo de 1890. XI Censo de los Estados Unidos. Su título original fue: Department of the Interior, Census Office. Report on the Population of the United States At the Eleventh Census: 1890, Washington D.C.: Government Printing Office, 1895. El texto original es: “In New Mexico very nearly two-thirds, or 65.11 per cent, and in Arizona very nearly three tenths, or 28.23 per cent, of the population 10 years of age and over could not speak English.”

[3] Para ampliar y contextualizar véase Habermann-López, Mary Jean. “Multilingualism in New Mexico”. Nuevo México. Ed. Roberto Mondragón. Nuevo México: New Mexico Highlands University, 2009, p. 122.

[4] Es el propio Nasario García quien utiliza esta expresión, “so that I would be born in more ‘civilized’ surroundings,” en su obra Abuelitos. Stories of the Río Puerco Valley. (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1992, p.1. Published in cooperation with the Historical Society of New Mexico).

[5] El texto original es: “As I reflect in my childhood in Guadalupe and the Río Puerco Valley, countless pleasant memories remain indelible in my mind, but, at the same time, it would be unfair to dwell on this aspect without acknowledging that sadness, tragedy, and poverty often plagued the inhabitants as well. To ignore this reality is to invite the risk of romanticizing and to distort a very real way of life. This tendency, regrettably, has appeared from time to time in writings about rural Hispano communities in New Mexico, particularly by outsiders who become enthralled and perhaps bemused by the Land of Enchantment.”