Entrevista con Riki Rivera

Ten deseos y provocarás casualidades. No te preocupes que, si veo que me pierdo, me guiaré por la curva de tu espalda. Hay personas que se arreglan demasiado para salir y usan maquillaje hasta en las promesas. No se unieron bien y acabaron echándole la culpa a la distancia. Se cortó las venas y lo manchó todo de cafés a escondidas, hoteles sin nombre y sexo sentido (microsuceso). ¡Necesito las gafas de verte venir! El jardinero le dijo al poeta: “No pongas dos flores distintas en una misma maceta.” Cocino mis pensamientos a fuego lento para que la casa huela a locura con fundamento.

Estas son algunos de los mensajes publicados por Riki Rivera en su página de Facebook. Leyéndolas, uno se da cuenta de que las canciones de este guitarrista, compositor y productor musical no se van a quedar solo en la forma. Uno se da cuenta de que sus melodías, de las más sencillas a las más complejas, van a tener cierta carga de profundidad vital. Uno se da cuenta de que cada uno de sus temas ha sido, como él bien explica, cocinado a fuego lento. La Academia del Cine ya se dio cuenta de su talento cuando, en 2015, le concedió una estatuilla de los Goya gracias a Niño sin miedo, la canción original de la película El niño, premio que recibió en compañía de sus compañeros de creación India Martínez y David Santisteban.

Riki Rivera nació en Cádiz y vive en Valdemoro desde 2012. Le gusta vivir aquí. Valdemoro tiene, para él, mucha luz, es una ciudad abierta, con el carácter, la sencillez y la tranquilidad de los pueblos antiguos y, a la vez, la cercanía a Madrid.

¿Cómo empieza tu afición por la música? ¿Es clave el lugar donde naces para que tú te dediques a la música?

En mi caso es fundamental. El lugar donde nací y la familia en la que crecí se convirtieron en un círculo musical que es como la banda sonora de mi infancia. Hay música en las calles, hay música en los vecindarios, hay música en la familia. Me acuerdo de algo muy curioso que me gusta contar. Mis abuelos eran muy aficionados a la música. No sabían ni tocar las palmas y, sin embargo, les encantaba la música. Podíamos estar comiendo y estaba la tele puesta. Era una familia muy televisiva. Cuando llegaban los anuncios, recuerdo que había un anuncio de electrodomésticos, por ejemplo, que tenía el Bolero de Ravel. Y entonces mi abuela decía “¡Chissst, callad!” y nos obligaba a escuchar esos 30 segundos de música. Y movía la mano, como llevando el compás, como ilustrándonos. Y mi abuelo hacía lo mismo. Era un aficionado a las canciones de la época. Las cantaba. Y era un gran aficionado de las letras. Se aprendía las letras de memoria. Les daba mucha importancia. Nos cantaba canciones de Nino Bravo, de Raphael… y eso se te queda. Eso se imprime en tu memoria.

La segunda etapa de mi formación musical como niño empieza con 6 o 7 años. Mi hermana cantaba copla. Mi hermana tiene 4 años más que yo y empezó cantando copla. Cantaba muy bien y mi madre la llevaba a los concursos. Y así empieza en mi casa la época copla. Tú estás jugando pero, sin darte cuenta, está Madrina, está Cinco farolas, está Capote de grana y oro… En bucle. Una y otra vez. Cantábamos esas canciones en casa como si fuera una cosa normal (Riki sonríe). Y yo me di cuenta de que también se me quedaban los arreglos de esas canciones. A mí me gustaba oír los arreglos. Me apasionaba. En casa dábamos tanta importancia a los textos como a la música. Y la copla para eso es muy grande. Inmensa. La copla es un universo poético, profundo, de amor, de traición, de puñalada, de campo, de la España de esa época.  Triste. También jovial, también de fiesta. Yo recuerdo una copla, Madrina, todavía la pongo de vez en cuando, cuya letra dice (recita de memoria): “Andaba por mi dehesa y un día me hablaste llegando a tu altura. Su buen corazón, condesa, hará que en el toro yo sea figura. Y ordené a mis mayorales, conmovida por tu voz, apartarle dos erales, que a este lo apadrino yo. Subiste a los carteles en un momento (Juanita Reina decía subite, apunta Riki), los brillos de tus caireles son mi tormento. Madrina, por fuera jardín de rosas, por dentro zarza de espina. Madrina, mi pena es de dolorosa que nadie me lo adivina. No sabes de mi amargura pues tu locura solo es el toro, y a solas me bebo mi llanto de tanto y tanto como te adoro. Madrina, sin un lucero, madrina, sin un te quiero. La gente no se imagina que el hombre de mi corazón me llame solo madrina.” La historia de una mujer que tiene dinero, que apadrina a un torero joven, que se enamora de él pero él solo la ve como su madrina. Qué historión. Qué dramón traído a una gran melodía con unos arreglos fantásticos. Y, como esa, mil. Las coplas de Antonio Molina. La hija de Juan Simón. Es una historia espectacular. Es la historia de un enterrador que tiene que ser quien entierre a su propia hija. Esto ya es un extremo ultramegadramático. Yo valoro mucho a la persona que se ha sentado a escribir esa historia.

Me habría gustado nacer un poco antes para disfrutar más de la época de la copla, pero, gracias a mi familia, pude vivirla al completo. Me empapé de la copla.

Pero, en un momento dado, llega el flamenco a tu vida.

Yo entro en el flamenco con 11 o 12 años. Y encuentro en el flamenco una música más dura. Más tosca. Yo estaba acostumbrado a la copla, donde todo me parecía un jardín. Un jardín conocido. Pero claro, pronto me doy cuenta de que el flamenco tiene unos caminos y unos matices con más carácter. Todo más tallado. Más labrado. Eso a mí me atrapa automáticamente. Y luego la guitarra flamenca moderna. La que se hace en los discos de los ochenta y los noventa. Paco de Lucía. Gerardo Núñez. Manolo Sanlúcar. Tauromagia, de repente, es un zapatazo en la cabeza (ríe). Yo descubro a Paco de Lucía en Siroco, que es del 88, creo, aunque yo lo escuché por primera vez en el 91. En ese momento, yo ya estoy perdío. Mi vida ya no tiene marcha atrás. Si mi madre hubiera querido que yo fuera arquitecto, en ese momento, después de descubrir a Paco de Lucía, ya era imposible.

Yo, con 12 años, ya sabía que quería ser guitarrista y todo lo demás pasó a un segundo plano. La escuela se me daba bien pero ya ni me enteraba de lo que hacíamos en la escuela. Aprobaba por contentar a mi madre. Pero, conforme van llegando los compromisos, voy dejándolo todo y me dedico solo a la música. Comienzo a trabajar a los 14-15 años y ya no puedo sacar todo para adelante. Comienzo el instituto pero pronto lo dejo. Ya mi madre no quiere luchar. Porque es una lucha. Es una lucha tierna, no es una lucha encarnizada, pero mi madre ya no podía más. Así que, un día, se sentó conmigo y me dijo: “Mira, si no quieres ir al instituto, no vayas más. Pero tienes que tener claro que debes ser alguien en la música. Porque, si no, sin estudios, vas a acabar trabajando en un tipo de trabajo que no te va a reconfortar. Que no te va a hacer feliz.” A mí eso me marcó. Hizo un trabajo psicológico, llevó a cabo una estrategia psicológica que a mí me caló… que ni un correccional, vamos. Consiguió que me comprometiera con ella y hasta el día de hoy. Creo que todo lo que he hecho ha sido para contentar a mi madre. Ese primer año no fui ni a la playa. Vivíamos en Cádiz y me pasé todo el tiempo tocando la guitarra. Tomaba clases de guitarra todo el verano. El profesor me decía que como yo quisiera, pero que íbamos a estar solos. Que en verano nadie más quería tomar clases de guitarra. Ese tipo era un crack. Andrés Martínez, que ahora es guitarrista de la compañía de Sara Baras, pero que entonces tendría él poco más de 20 años. Ahí aprendí mucho porque fueron unos años de tenerlo claro y formarme.

¿Empezaste pronto a componer canciones?

Formamos un grupo que se llamaba Levantito. Hacíamos pop. Nos gustaba Ketama. En casa tenía discos de Camarón y Paco, de Manolo Sanlúcar, de Ketama, de Mecano… Yo era un fan de Mecano porque tenía también un punto español, con aire de flamenco. Nacho Cano siempre metía guitarras españolas en las canciones. También descubro a Pedro Guerra, que es mi cantautor. Fue el autor que, en aquella época, dispara mi mente. Yo tengo una mezcla ahí y vivo enamorado de esa mezcla. A toda esa mezcla, se le añaden algunos discos de jazz, a través de Chano Domínguez, a través de Jorge Pardo. Hay veces que, hablando de flamenco, cuando hablas de fusión, a la gente no le gusta. A mí sí.

A lo que iba, formamos este grupo, Levantito, comenzamos a hacer canciones, hacemos arreglos y empezamos a tocar. Y empiezan a pasar cosas. Tocamos en garitos. Empiezan a pasar cosas hasta tal punto que un señor un día nos ve tocar y nos firma un contrato discográfico. A la semana vienen de Madrid dos productores, un manager de una discográfica. Miguel Bosé era el director de esa discográfica. Fue una locura porque teníamos 17 años. Nos aconsejan grabar unas buenas maquetas. Nos vamos a un estudio. Arreglamos bien las canciones. Las maquetas funcionan de maravilla y nos graban un disco. Esto era el año 1998. Se venden 10.000 copias. Nos ayudó mucho el que Miguel Bosé, que entonces tenía el programa de televisión El séptimo de caballería, nos sacara en su programa, nos sentara en unos sillones allí y nos entrevistara como si fuéramos Coldplay. Porque él creía muchísimo en nuestro proyecto. Tocamos en el programa en directo. Salió bien. Era en la Primera, en una época en la que había pocos canales y eso fue un boom. Nos fichan en Canal Sur… En ese momento, pasamos de ver la música como una ilusión, como un juego, para verla como una profesión. Pasa a ser algo real. Ahí cambia todo. Duró solo un par de años pero ahí ves dónde puede llegar todo. Dónde pueden llegar tus ideas, tu música, tu visión. Eso te pega otro zapatazo.

Desafortunadamente, la discográfica desaparece y nosotros nos separamos. Se queda David Palomar, que es un cantaor de Cádiz, mi hermana, que también cantaba, y nos vamos los tres a Sevilla. Y ahí empezamos a trabajar pero ya dentro del mundo del flamenco. Queríamos formarnos en el mundo del flamenco.

Enseguida encuentras trabajo en Sevilla.

Tuve suerte. Nada más llegar, consigo un trabajo en la Compañía Andaluza de Danza. Allí estaba José Antonio Ruiz como director. Toda una eminencia. Y había coreógrafos invitados que venían a montar coreografías de los distintos espectáculos. Vino, por ejemplo, Eva Hierbabuena, Antonio Canales, Isabel Bayón, Alejandro Granados, Javier Latorre… Imagínate. Yo me veo rodeado de un nivel musical y de danza altísimo. A pesar del nivel, encajé bien. Sabía que tenía mucho que aprender pero iba respondiendo a las funciones que me iban asignando. Estuve de gira con la Compañía Andaluza de Danza un año. Entonces Javier Latorre me llama para que trabaje con él. Javier Latorre es un coreógrafo de Córdoba, premio nacional de danza, reconocido en España y en el extranjero. Me recluta para un espectáculo de flamenco que va a montar en 2001. La música era de Juan Carlos Romero. La dirección escénica era de Pepe Quero. A mí me contrató de guitarrista. Fui tomando más responsabilidades en y, así, en el próximo espectáculo que monta Javier Latorre, ya me da la dirección musical y la composición de la música. Eso fue una maravilla. Una oportunidad a mis 23 años y con una confianza plena. Fue también duro porque yo no había ido a una escuela a formarme. No sabía muchas cosas. Sin embargo, yo tenía desparpajo y acepté el reto. Hoy en día, sé más cosas y soy un poco menos atrevido. Ahora pienso “¡qué poca vergüenza tenía!” Pero esa poca vergüenza te lleva a lugares a los que, con miedo, no llegarías.

¿Cuál es el siguiente paso en tu carrera artística?

Con el tema de la danza, la cosa funcionó de maravilla hasta el 2004-05. Muchas giras. En una de ellas di la vuelta al mundo un par de veces. Me marcó mucho. Japón. San Francisco… Pero yo conozco a Montoya, que es manager y tiene una oficina de flamenco, Montoya Musical. Un día viene a mi casa. Me dice que tiene un cantaor, Julián Estrada, que es una figura del cante. Le gustaría que le haga un disco. Eso a mí me encantó. Después de un tiempo, vuelvo a componer. Y vuelvo a componer flamenco. Hago unos fandangos, unas alegrías. El disco queda muy bien y me encarga otro. Y luego otro, con más presupuesto, y yo entro más en la composición y queda muy bien, también. Premio al disco revelación. Poquito antes aparece India Martínez. Su manager me habla que tiene una niña que canta muy bien. India tenía 17 años. Yo le di una cinta con dos canciones. A las dos o tres semanas, me llamó por teléfono y me cantó las dos canciones por teléfono. Perfecto. Se había aprendido todo como yo lo había diseñado. Con todos los giros. Perfecto. Esta niña es un talento, pensé. Maquetamos unos 16 temas y, para la producción posterior, contamos con José María Cortina, que es un teclista y un arreglista maravilloso. Había trabajado con Ketama, el grupo de mi infancia y, de repente, yo estaba colaborando con él. Fue el productor del disco y yo estuve un poco como coproductor asistente.

Así fue cómo empecé a trabajar con India y también con Arcángel, que, a día de hoy, es uno de los cantaores más importantes del flamenco. Voy de gira con Arcángel, comienzo a trabajar con otros artistas y la explosión de canciones empieza ahí. Ahí comienzo a componer de verdad. Sacamos varios discos con India Martínez e India ficha con Sony.

¿Es entonces cuando conoces a David Santisteban?

Esta anécdota es divertida. Cuando David era cantante, giraba con Cadena Dial y coincidí con él en un concierto cuando estaba con Levantito en 1998. En una de las promos en Granada, recuerdo que, al final, estuve charlando con él. Él era muy famoso entonces y tengo muy buen recuerdo de ese encuentro. Pasaron los años y yo le seguía la pista porque yo soy de esos que leen los créditos de los discos. Lo seguía con admiración.

India entonces estaba con Warner pero no sabía cómo iba a continuar el contrato. Yo le compuse 4 canciones, las grabé en una maqueta, hice los arreglos. Lo tenía todo listo. Al mismo tiempo, David DeMaría, pieza fundamental en esta historia, invita a India a colaborar en una de sus canciones, Guía de mi luz, que fue toda una sorpresa. A raíz de ahí, ambos quedan con David Santisteban para grabar una canción. Y nace Luna nueva. Y, cuando esa canción llega a mí, cambia por completo el concepto de canciones que yo tenía para India, porque es más maduro, más directo y más real.

Lo mejor de todo es que, a los dos días, yo ya estaba en casa de David Santisteban y nos pusimos a componer juntos. Ese mismo día hicimos una canción. Al día siguiente otra. Así hicimos tres canciones. Y conectamos genial. Eso fue en el 2010. Y, a día de hoy, seguimos trabajando juntos con las mismas ganas y la misma ilusión. Sigo aprendiendo mucho de él y le tengo gran admiración.

Y, con India Martínez y con David Santisteban, llegó el Goya.

Estábamos en las oficinas de Sony y nos dijeron que Daniel Monzón tenía intención de rodar una película, que necesitaban una canción y que India daba el perfil. David y yo nos fuimos al estudio a componerla. Luego se sumó India. Pero pasaron 6 meses y no nos dijeron nada. A los 6 meses, retoman el proyecto de El niño. Nos piden un retoque aquí. Un arreglo allá. Lo mejor de todo es que era una producción de Tele 5 y utilizaron la canción para promocionar la película. Recuerdo que estaba viendo la final del Mundial de fútbol en Brasil. Alemania – Argentina. Termina la primera parte y el primer anuncio del descanso fue la promoción de la película con nuestra canción. Se me ponen los pelos de punta recordándolo. Ahí me di cuenta de que podía funcionar para los Goya. En enero de 2015 fue nominada y el 7 de febrero de ese año nos dieron la estatuilla. 

Ahora ya sois un equipo de prestigio. Me consta que no paráis de trabajar. ¿Qué tal si terminamos la entrevista con los proyectos que tienes entre manos?

Este septiembre sale el séptimo disco de India Martínez, el quinto que producimos David y yo. Hemos querido darle una nueva vuelta de tuerca al sonido de India. Además, quiero hacer mi disco en solitario. Instrumental. Aunque puede que tenga un poco de todo. Tal vez, con textos recitados. Lo estoy pensando. El disco es un viaje y tiene paradas. Me gustaría, así, abrir otro canal, otra parcela, otra vertiente. Quiero hacer de todo. Dominic Miller, guitarrista de Sting y responsable en gran parte del sonido del artista, es uno de mis puntos de referencia. Trabaja para otros artistas pero luego él tiene sus proyectos en solitario. Me encantaría, también, hacer radio. No paro de tener ideas. Proyectos. Ilusiones.

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Celebridades de Valdemoro

Valdemoro ha sido cuna de personajes célebres a lo largo de toda su historia y su cercanía con la capital de España ha favorecido el paso de grandes personajes de la historia de España por la localidad. Miguel de Cervantes se casó en Esquivias (a veintitrés kilómetros de Valdemoro) y vivió allí durante tres años, con lo que es muy posible que se pasara por esta villa; Miguel Hernández estuvo en las trincheras de Cubas de la Sagra (a dieciocho kilómetros de Valdemoro) y parece que utilizó la oficina de correos de Valdemoro para enviar parte de su correspondencia. Ramón Sender Barayón, el hijo de Ramón J. Sender, cuenta en su libro Muerte en Zamora que su padre estuvo destacado en Valdemoro durante la Guerra Civil y que fue en esta localidad donde tuvo su famoso altercado con Líster. Parece ser, también, que está documentado el paso de San Juan de la Cruz por la localidad. La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción puede presumir de un Goya, de cuadros de los hermanos Bayeu, pinturas de Claudio Coello y de los frescos de Antonio Van de Pere. En este artículo haremos un pequeño repaso de algunos de los personajes célebres que nacieron o residieron en Valdemoro a lo largo de la historia.

Aunque no se sabe el día exacto de su nacimiento, la primera de esas celebridades es Fray Pedro de Aguado. Sabemos que nació en Valdemoro y que fue bautizado hacia el año 1513. Alrededor del año 1560, parte para el Nuevo Mundo como misionero franciscano. Es considerado el primer historiador de Venezuela. Escribió Testimonio historial, que dedicó a Felipe II y que dividió en dos partes: Conquista y población de Santa Marta y Nuevo Reino de Granada (1581) e Historia de Venezuela (1582).

«No deven ser olbidados por silencio los hechos y obras tan eroicas de nuestros naturales españoles, en especial aquellos que para honrra y gloria de Dios sean hechos, y como quiera que por la mayor parte sean los honbres de flaca y fragil memoria, prouee nuestro Dios, con su grande sabiduría, a mober los coraçones de algunos para que escriviendo las tales obras y haziendo libros e historias, sean por esta manera rreduzidos a la memoria, a lo qual con façilidad son mobidos por el gusto y contento que dello rreciben, por la memoria que dellos queda en los libros que conponen de obras virtuosas y notables hechos pasados: por que como dize Balerio, no ay humildad en el mundo, por grande que sea, que no sea tocada de dulçura y contento, y porque la memoria de los hechos y hazañas pasadas es vn exemplo para consultar las verdaderas.»
 Fray Pedro de Aguado (1918) [1582], Historia de Venezuela, Madrid: Publicaciones de la Real Academia de la Historia.

Pocos años más tarde, en abril de 1571, nació en Valdemoro Diego de Pantoja. Llegó a Macao, la antigua colonia portuguesa en China, el 20 de julio de 1597 como misionero jesuita. Junto a Matteo Ricci consiguió llegar a Pekín y allí consiguió trato de favor por parte del emperador para vivir allí convirtiendo a un buen número de chinos al catolicismo a pesar de que la ley imperial tenía prohibida la entrada a los extranjeros. Fue, junto a Ricci, partidario de introducir la religión católica en China a través de una política de adaptación frente a aquellos que habrían preferido intentar invadir China y convertir a todo el país.

En 1602, Pantoja escribió una carta al obispo de Toledo Luis de Guzmán, en la que ofrecía todo un tratado sobre la geografía, la historia, la cultura y los sistemas de gobierno chinos. La carta se convirtió en un tratado difundido por toda España y traducido al francés, alemán, latín e inglés. Escribió un buen número de obras en chino, descubrió que el Catay del que hablaba Marco Polo correspondía efectivamente con China y comenzó a desarrollar un sistema de transcripción del chino al alfabeto latino que culminaría Nicolás Trigault en 1623. Diego de Pantoja murió en Macao el 9 de julio de 1618.

En la Biblioteca Digital Mundial, se puede acceder a la Crónica de tierras extranjeras (https://www.wdl.org/en/item/227/view/1/1/). A partir de un mapa de China diseñado por Matteo Ricci siguiendo los sistemas europeos de cartografía, el emperador solicitó la elaboración de un texto en chino, que explicara el mapa. Como Ricci murió, comenzó el trabajo Pantoja, que tampoco pudo terminarlo pero que lo dejó muy avanzado para que lo acabara Giulio Aleni.

En 1971, con la presencia de miembros de la Embajada de China en Madrid, se colocó una placa en la pared principal de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción en conmemoración del 400 aniversario del nacimiento de Diego de Pantoja y en reconocimiento de su trabajo a la hora de acercar la lengua y la cultura chinas a Occidente.

Manuel Bretón de los Herreros no nació en Valdemoro pero vivió en la localidad. Dramaturgo, poeta y periodista, nació en Quel, La Rioja, en 1796. Fue también miembro de la Real Academia de la Lengua Española -además de secretario perpetuo- bibliotecario de la Biblioteca Nacional y director de la Imprenta Nacional. Se alistó voluntario en la guerra de la Independencia y fue soldado durante diez años. Se cree que su carrera militar no prosperó debido a sus ideas liberales – llegó a luchar contra los Cien Mil Hijos de San Luis-. En su comedia en un acto Medidas extraordinarias o Los parientes de mi mujer, uno de los personajes de Bretón pide permiso para sentarse porque ha llegado caminando a Madrid desde Valdemoro. Murió en 1873.

En 1828, nace en Málaga una de las figuras políticas más influyentes del siglo XIX español. Estamos hablando de Antonio Cánovas del Castillo. Fue político, historiador, presidente del Consejo de Ministros y fue asesinado en Mondragón por el anarquista italiano Michele Angiolillo. Su nombre sirvió para acuñar una corriente política, el canovismo, que tenía por fondo la implantación de una democracia no revolucionaria y tradicional al modelo británico. Estaba sustentada en la monarquía y creía en el bipartidismo y la alternancia del poder. Antonio Cánovas del Castillo compró una casa de verano en Valdemoro, posiblemente porque su hermano Emilio (diputado a Cortes, consejero de Estado y senador vitalicio) fijó su residencia en Valdemoro desde 1873 hasta 1910.

También vivió en Valdemoro su sobrino, el hijo de su hermano Emilio, Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo (1864-1933), conocido como Dalton Kaulak o simplemente Kaulak. Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo fue un famoso fotógrafo. Sus retratos recogieron imágenes de los más importantes políticos de su época como Antonio Maura, escritores como José de Echegaray, compañeros de la Real Sociedad Fotográfica como Guirao Girada, toreros como Manuel Granero y, por supuesto, la familia real.

«Hastiado de la corte política y literaria de España hace mucho tiempo, decidí levantar mi casa y venir a sentar mis reales y a emplearlos en este rincón pacífico que no envidia por la paz y el silencio a los profundos desiertos del África. Con todo el capital que en 17 años de trabajo incesante logré reunir, lo he empleado en la para mí deliciosa posesión que he construido y la única renta que me proporciona es la tranquilidad con que vivo, la libertad con que trabajo, la quietud egoísta en que vegeto y la salud y alegría de mis hijos.»

Así escribía Luis Mariano de Larra y Wetoret en una carta a un amigo en 1870, cuando decidió venir a vivir a Valdemoro. Lo único que le pesaban era «recorrer las cuatro leguas que de Madrid me separan». Luis Mariano de Larra y Wetoret (1830-1901) fue, que se sepa, el primogénito del famoso Mariano José de Larra y era rara la ocasión en la que no se le presentaba como tal, como hijo del gran Fígaro – incluso el día de su boda-. Tiene su aquel el ser siempre el hijo de alguien. Consiguió gran éxito literario como libretista de zarzuelas, siendo el autor de una de las mejores obras maestras del género (El barberillo de Lavapiés). Fue, además, periodista, dramaturgo y novelista.

Sus dos hijos, Luis de Larra y Ossorio y Mariano de Larra y Ossorio, siguieron la tradición familiar de la escritura y también continuaron su vinculación con Valdemoro. Luis de Larra escribió casi un centenar de obras. A pesar de sus constantes giras, siempre encontraba muchos momentos para disfrutar de sus amigos y parientes en su finca familiar de Valdemoro. Mariano de Larra, además de escritor de obras de teatro, fue un actor muy admirado en España y en Cuba, donde recibió el encargo de dirigir el prestigioso teatro Albisú. Murió en Valdemoro en 1926.

Pedro Antonio de Alarcón -cuyo nombre completo era Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza- nació en Guadix, Granada, en 1833 y murió en 1891 en Valdemoro, donde vivió una buena parte de su vida. Además de una rica vida periodística y literaria, el autor de El sombrero de tres picos, fue consejero de Estado con Alfonso XII en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y en Suecia. Además fue académico de la Real Academia de la Lengua Española desde 1877.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Valdemoro, con unos 3000 habitantes, gozaba de una animada vida cultural. En verano, la población aumentaba notablemente gracias a la llegada de una colonia veraniega anual que estaba compuesta por miembros de la burguesía y la aristocracia madrileñas. El 11 de noviembre de 1914, el periódico La Región publicaba un artículo en el que decía: «Valdemoro, por su proximidad a la capital de España, por los Colegios de la Guardia Civil… porque fue y es albergador de hombres ilustres, por el nombre y los títulos de sus primeros contribuyentes, tanto en lo territorial como en lo urbano, por las personalidades que le visitan constantemente, no es un poblacho. Es un pueblo muy importante, digno de cabeza de más relieve, de más ilustración y mayor posición social.» En esos años, se crearon tertulias, encuentros y veladas, eran numerosas las representaciones teatrales y prosperaron las «sociedades de recreo». En 1892 se fundó el casino El Círculo de la Amistad pero enseguida coincidieron muchos más como El Círculo del Progreso, La Flor, El Recreo y El Círculo de la Unión.

En 1891, el médico y cronista Anastasio de la Calle -al que debemos en Valdemoro ese magnífico cartel pseudopalindrómico «Calle doctor La Calle»- intentaba explicar las razones de la afluencia de tantas celebridades en el verano: «…la situación de esta villa, su aire libre, sus buenos alimentos, urbanización y carácter del vecindario, así como sus aguas, hacen su estancia altamente recomendable.»

De entre las personalidades que vivían o veraneaban en Valdemoro en esos años, encontramos al periodista León Carbonero y Sol, al escritor Manuel Carbonero y Sol y Merás, autor de un libro con un título que promete por lo exhaustivo: Fin funesto de los perseguidores y enemigos de la iglesia desde Herodes el Grande hasta nuestros días (1875); se encuentra en esta lista de personalidades, también, Luis Cortés Suaña, taquígrafo, autor dramático, periodista y director del diario de sesiones del Senado; el prolífico libretista de zarzuelas Manuel Fernández de la Puente; el escritor de obras de tema administrativo Ramón López Borreguero, autor de otro título de vigente actualidad: Ligera indicación sobre la ruina de la Hacienda pública y su remedio (1873). También el arquitecto y filántropo Mariano de Lázaro, el ministro plenipotenciario Fernando Osorio y Elola, marido de Estrella de Elola y Folgueira.

Un personaje muy especial une esa época de los primeros años del siglo XX con nuestros días. Nos estamos refiriendo al maestro Morcillo, Fernando García Morcillo, nacido en 1916 en Valdemoro y fallecido en el año 2002. Miembro de una familia de músicos, fue director de la casa de discos RCA y dirigió numerosos programas musicales en directo para Radio Nacional de España y Radio Madrid. Fernando García Morcillo fue el compositor de numerosos temas del cancionero español contemporáneo, destacando La tuna compostelana y Mi vaca lechera. Sus canciones fueron interpretadas por María Dolores Pradera, Sara Montiel, Frank Sinatra y Carmen Sevilla.

A lo largo de los números anteriores de La revista de Valdemoro, hemos ido conociendo a distintas celebridades nacidas o residentes en Valdemoro. Hemos descubierto que tenemos grandes músicos, escritores, atletas, pintores y estrellas de la televisión viviendo entre nosotros. Continúan tan solo con una tradición que viene desde los orígenes de la fundación de la villa y tengo la certeza de que inspirarán a los jóvenes valdemoreños a brillar en todas las facetas de la vida.

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Sin igualdad

Sin igualdad no hay verano.

Tan solo un largo y frío invierno.

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Entrevista con Guillermo Gross del Río

El 24 de mayo de 2015, el partido emergente de Ciudadanos fue la lista más votada en 69 municipios de los 8125 que tiene en total España. En 49 de ellos, por mayoría absoluta. Aunque no fue el caso de Valdemoro, sí que fueron la fuerza más votada en la localidad convirtiéndose en el municipio de mayor población gobernado por Ciudadanos tras ganar en número de votos (Mijas, en Málaga, con mayor población que Valdemoro, está gobernada por un alcalde de Ciudadanos pero en esta localidad el partido de Albert Rivera no fue el más votado).

Tras un año de gobierno en minoría, el alcalde de Valdemoro, Guillermo Gross nos recibe cordialmente en su despacho. Tiene una voz cálida, con timbre amable. A pesar de su apretadísima agenda, su discurso es ligeramente más pausado de lo cotidiano. Como si, al ralentizar sus palabras, quisiera concentrar toda la atención en lo que está haciendo y diciendo en cada momento. Aunque habla siempre con seriedad, acompaña a esta seriedad con una sonrisa que no parece nunca forzada.

A Guillermo le gusta leer. Últimamente prefiere el ensayo a la novela. Le gusta la filosofía y las lecturas de Ortega y Gasset están muy vinculadas a su reciente inquietud política. Su grupo musical de siempre es Queen aunque en la actualidad apuesta más por la música indie (Supersubmarina, Vetusta Morla…). Le gusta mucho el deporte (sobre todo, los deportes de pelota) aunque ahora tenga muy poco tiempo para practicarlo. Ha jugado mucho al fútbol y al tenis, ha hecho natación desde pequeño y hasta ha jugado al rugby.

Hijo de padres andaluces, Guillermo Gross nació en Madrid el día de la Almudena de 1975. A comienzos de los años ochenta, su padre fue nombrado director de programas en Radio Nacional en Sevilla y la familia se trasladó a la capital andaluza durante cinco años. Guillermo recuerda esa etapa de su vida con cariño. En la universidad, se licenció en Ingeniería Informática a la vez que obtenía sus primeros ingresos dando clases particulares de matemáticas y trabajando como comercial en El Corte Inglés. Su madre era profesora de inglés pero él reconoce que aprendió esta lengua más a través de la práctica.

Supongo que para trabajar, como has trabajado, para una compañía multinacional como Google, habrás necesitado tener un nivel de inglés decente.

Sí. Es verdad que conseguí pasar el examen del First Certificate pero debo reconocer que he aprendido mi inglés gracias al uso que he hecho de él en mi trabajo. Después de mi primer año en la universidad, ese verano me fui a Londres. Fui allí sin contrato de trabajo y me dediqué a recorrer todo el centro de la ciudad, entrando en supermercados, tiendas y restaurantes y preguntando por el manager para pedir trabajo. Tuve mucha suerte porque no sé cómo podían entenderme. A la tercera visita, conseguí un trabajo en una cadena de comida rápida especializada en comida orgánica y en la preparación de sándwiches.

La mitad de la entrevista ni la entendí. No sé ni cómo pude hacerla pero el caso es que, esa misma tarde, me llamaron para empezar a trabajar al día siguiente. Tuve mucha suerte, también, porque no era un pub o una tienda con horas intempestivas. Era un trabajo de 8:00 am a 5:00 pm, con lo que no tenía que trabajar por las noches o los fines de semana. Era una cadena nueva que, además, pagaba más que los pubs. Fui muy afortunado. Los primeros quince días lo único que hacía era aprenderme las recetas y preparar sándwiches. Recuerdo el primer día que me tocó atender en caja. Había mucha afluencia de clientes y me dijeron «William, ponte a atender en la caja». Yo no sabía ni manejar la máquina registradora ni nada. Recuerdo anécdotas como la del cliente que me pedía una pajita para la bebida y yo no tenía ni idea de lo que estaba pidiendo. Son experiencias y anécdotas que no se olvidan

¿Qué te motivó a estudiar Ingeniería Informática?

Creo que pertenezco a la primera generación que ha crecido con los ordenadores. Yo empecé muy prontito. Mi madrina me regaló un libro que se titulaba Basic para niños. Yo tendría cinco o seis años. Por entonces, el bombazo fue el ZX Spectrum, que tenía 48 k. Creo que mis padres aprovecharon un viaje que hicimos a Portugal para comprarlo más barato. Si no me equivoco, fueron 15000 pesetas. Me encantaba. Y me gustaba también comprarme una revista que se llamaba My Computer. Era un coleccionable con una calidad excelente. Y de ahí, con un amigo en la escuela que hacía gráficos, comenzamos a diseñar algunos juegos muy básicos. Tardé más en conseguir el PC, el ordenador personal, pero recuerdo que iba a casa de mi tía para pedirle que me dejara usar el suyo. La informática, para mí, es algo muy vocacional. Mi vocación era la robótica aplicada a la medicina. Me encanta ver los avances que ha habido en este campo.

Mi proyecto de fin de carrera fue sobre los censos de población y viviendas. Una de las macrooperaciones más complicadas a nivel informático, que involucra, además, al mundo real con el mundo de gestión e informático, son los censos de población y viviendas que, aquí tradicionalmente en España, han sido muy completos. Es decir, no han sido un muestreo, sino que, cada diez años se va puerta por puerta preguntando una serie de cosas y eso le da una fiabilidad enorme. Hubo un proyecto que desarrollamos con el Instituto Nacional de Estadística para realizar los censos del 2011. Era un proyecto masivo y era un proyecto piloto con el que podríamos estudiar qué soluciones se podían aplicar y eso implica referenciación geográfica, cartografía, gestión de datos, sincronización de los dispositivos móviles, páginas web y, luego, la propia explotación estadística de esos datos.

¿En qué trabajaste antes de llegar a Google?

Mis trabajos dentro del mundo de la informática han sido muy variados. Primero trabajé como desarrollador de aplicaciones bancarias. Era un buen lugar de aprendizaje porque entonces era un campo puntero. Luego trabajé para una gran consultora española, que desarrollaba proyectos europeos y que organizaba flujos de trabajo, lo cual tenía mucha parte académica pero siempre en contacto con la realidad, muy aplicable, por ejemplo, a la administración pública.

Luego me interesé por el mundo de las empresas start up y me fui a una empresa más pequeña. Seríamos unas treinta personas. Y yo buscaba un lugar donde tener más libertad para hacer cosas. Allí diseñamos una plataforma de juegos online para lanzarla en Terra, creamos un sistema de conectividad dentro del mundo de Linux. Fue un periodo muy interesante, como digo, porque tenía la libertad de hacer cosas diferentes.

Después de esto, decidí tomarme un tiempo sabático y hacer un viaje por Centroamérica con un amigo. Estuvimos unos tres meses entrando por Cuba y saliendo por Panamá. Íbamos con la mochila y a sobrevivir con poco dinero. A la vuelta, no sabía lo que hacer y esta empresa de la que me había ido me ofreció volver con muy buenas condiciones. Tenía que gestionar la plataforma de juegos online. Luego, en otra empresa en la que conocía a muchísima gente, volví al mundo de la consultoría y trabajé en un proyecto para las administraciones públicas, con el Ministerio de Economía e Industria. Fue interesante porque conocí cómo funciona el mundo de la administración. El mundo de la consultoría, sin embargo, tiene sus limitaciones y acaba siendo mucha gestión.

En 2009, llega el anuncio de la llegada de nuestros trillizos. Yo me planteé mi futuro y eché currículums en muchos sitios. Algunos de gran envergadura, como Google o Microsoft. Otros más específicos. Empecé temporalmente a trabajar para algo diferente, más material. Se trataba de una empresa de seguridad que trabajaba con llaves inteligentes, pero físicas, para proteger, por poner un ejemplo, antenas en medio del campo. No deja de ser un campo tradicional pero evolucionando dentro del mundo tecnológico. Mientras tanto, Google comenzó a mostrar interés en mi currículum y comencé el largo proceso de entrevistas para poder trabajar con esta multinacional. Es un proceso de selección que lleva su tiempo.

Google es una empresa donde la ingeniería toma las decisiones. Primero se preocupa de crear unos servicios que funcionan para ayudar al cliente y luego se preocupa por conseguir los beneficios necesarios para poder seguir dando esos servicios. Es un nuevo modelo de relaciones laborales, un modelo de negocios diferente, de procesos de mejora continua. Se trata de tener una misión, una misión social si cabe. Google tiene una misión muy clara: la organización de la información del mundo. Es el motivo de su existencia. Si llega un momento en el que Google no es necesario, dejará de existir. En España esa actitud falta. Muchas empresas se crean solo para hacer dinero. No tienen una misión.

Comencé como manager que hacía de intermediario entre los socios de Google y la ingeniería de la empresa y acabé convirtiéndome en el manager regional que llevaba la zona de Europa, Oriente Medio y África. Era un trabajo que me daba mucha flexibilidad horaria y eso me vino muy bien con los trillizos pero es un trabajo en el que, debido a la diferencia de nueve horas con California, hay que estar disponible en todo momento. Podía trabajar mucho desde casa pero el trabajo me obligaba también a viajar mucho

Es en este periodo en el que decidís venir a vivir a Valdemoro.

Todo fue muy rápido y salió todo muy bien. Eva, mi mujer, y yo deseábamos mucho tener hijos y, de repente, nos enteramos de que llegaban tres. Dos niñas y un niño (Elena, Clara y Marcos). Es complicado. Por un lado, la felicidad es enorme. Por otro lado, pensábamos en todo lo que se nos venía encima. Había que tirar para adelante. Cambiarnos de casa, de coche… buscar un nuevo trabajo. Hubo suerte, de nuevo. Encontramos la casa, un poco de casualidad, porque mi cuñada vive en Valdemoro. En una de esas visitas, vimos que el chalet de al lado estaba en venta y creímos que, con los trillizos, sería bueno tener a la familia cerca. Vendimos el piso de Madrid rápidamente y compramos el chalet de Valdemoro.

Nos mudamos el día 3 de julio de 2010. Al día siguiente, nacieron los trillizos (Guillermo bromea diciendo que tiene planeado llevar a toda la familia a Estados Unidos un 4 de julio y, una vez allí, decirles a los trillizos que las celebraciones callejeras se hacen allí en honor a su cumpleaños). El parto fue fenomenal. Obviamente, los trillizos nacieron cortos de peso y tuvieron que estar un tiempo en la incubadora. Pero nacieron sanos. Eva estaba bien. Fue el momento más emocionante de mi vida.

En Google no me pusieron ningún problema. Nacieron prácticamente en el momento de mi incorporación. Les pedí si podíamos retrasarlo a septiembre. Me incorporé cuando ya había pasado el primer mes y medio. Los tres primeros años son muy duros. Dormíamos muy poco, dejábamos todos los biberones preparados. Había que multiplicar todo el trabajo por tres.

¿Qué impresión te dio Valdemoro cuando os vinisteis a vivir aquí?

Yo estaba acostumbrado a vivir en ciudad, con una vida de barrio. A eso sí que me costó adaptarme, al principio, porque vives en un chalet adosado. Con trillizos apenas salíamos de casa. Eso te crea un sentimiento de aislamiento. Salíamos, como mucho, al parque. No participábamos mucho en la vida de Valdemoro. Yo venía de Carabanchel, un barrio con mucha vida. A cambio, ganamos en espacio, en un aire más limpio. Conforme fueron creciendo los trillizos, fueron aumentando nuestras salidas dentro la localidad.

¿Hasta el momento en el que te embarcas en el proyecto Ciudadanos, cómo había sido tu vida política?

No había tenido una vida política. Mi vida política comenzó con mi afiliación a Ciudadanos. Me afilié en agosto de 2014, justo en el momento en el que la agrupación de Valdemoro estaba creándose. Mi motivación principal fue la situación en la que vive España, un punto de inflexión en el que podemos ir hacia abajo o hacia arriba. En 2014, se ponen en duda todas las instituciones. Hay un deterioro de la confianza. España tiene una asignatura pendiente en la creación de una sociedad civil potente, dinámica, con poder de iniciativa. No dejaban de salir casos de corrupción, la separación de Cataluña estaba encima de la mesa… El propio proyecto de Europa parece que ha perdido la energía en su proyección hacia el futuro.

De ahí, vino la necesidad de comprometerme social y políticamente. Veo en Ciudadanos un proyecto de sociedad civil que piensa en positivo, en unidad, que quiere ir a la raíz de los problemas, que, en mi opinión, apuesta por el sentido común. La enorme mayoría de los afiliados a Ciudadanos no proviene de la política, no ha estado afiliada a ningún otro partido. Me da la sensación de que, en los partidos tradicionales, hay ahora una lucha entre la dinámica de regeneración y la resistencia a lo que ha sido el partido. Los partidos tradicionales se han convertido en el fin de sí mismos y han olvidado el proyecto que les debería dar sentido.

En Valdemoro, pasamos rápidamente de formar una agrupación, a convertirnos en una alternativa política y, no solo eso, terminamos ganando las elecciones. La situación en Valdemoro era muy peculiar. Fue todo muy rápido.

¿No crees que sea una responsabilidad muy grande el haberte convertido en el alcalde del ayuntamiento de mayor población de España en manos de Ciudadanos?

No es particularmente importante. Ni siquiera para el proyecto de Ciudadanos. Es una responsabilidad con respecto a Valdemoro. Es un reto muy grande. Creo que los valdemoreños no son conscientes de la delicada situación económica en la que se encuentra el ayuntamiento. Creo que es muy difícil poder explicar cuán pequeño es el margen de capacidad de decisión que tiene el ayuntamiento. Llegar a explicar eso a los ciudadanos con claridad sin que parezca una maniobra política es uno de los grandes retos a los que nos enfrentamos. La deuda determina en exceso la capacidad de decisión del ayuntamiento en estos momentos. Por eso, debemos pensar en soluciones para poder estar mejor dentro de diez años. Gobierne quien gobierne en ese momento.

Gracias a tu bagaje profesional, tienes ya cierta experiencia en la gestión privada y en la pública. Háblanos de tus impresiones al respecto.

Hay una gran diferencia. La gestión privada muestra una mayor flexibilidad. A los propios procedimientos de contratación y de promoción públicos les falta agilidad y eso los convierte en un maremágnum legal que hace que la administración vaya muy lenta. Es verdad que esa lentitud tiene sus ventajas porque es lenta pero segura. Sin embargo, las decisiones se toman de forma irrevocable. Das un contrato para veinticinco años y revocarlo es casi imposible. Si contratas a alguien y te equivocas en la elección es muy difícil cambiarlo. Si aciertas en la elección y quieres dar más responsabilidades e incentivos a esa persona, es prácticamente imposible.

Me gusta la accountability, un concepto inglés de la empresa privada pero, también, de la gestión pública de muchos países anglosajones y del norte de Europa. Se trata de rendir cuentas, de responder por tus acciones, de vivir como un instrumento para la mejora de la sociedad y no de vivir para perpetuarte. Para poder rendir cuentas adecuadamente, se deben crear una serie de procesos de mediciones continuas que justifiquen una acción. Toda decisión debe tomarse a partir de unos datos y, si esos datos no existen, deben buscarse. Deben crearse sistemas para obtener esos datos. Una vez se tienen esos datos, se deben crear experiencias piloto y, si funcionan, expandirlas. Es todo un proceso de aprendizaje y evita la cultura política de los bandazos. En Sanidad se han hecho cosas interesantes en ese sentido.

Por último, los políticos no deberían darse tanta importancia. Me gustaría pensar que tanto los políticos como los partidos deberían ser una herramienta para un proyecto. Las cosas tienen que funcionar aunque no estemos aquí. Se deben crear unos buenos sistemas de trabajo.

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       Salgo del ayuntamiento pensativo. Un hombre apoyado en la pared tararea una canción popular mientras espera a alguien. Inconscientemente, comienzo a silbar la misma melodía y un chaval joven, con un poquito de guasa, me acompaña silbando cuando nos cruzamos. Es importante tener un buen alcalde, no me cabe la menor duda. Pero es posible que, como dice Guillermo Gross, lo importante es que la democracia sea una melodía contagiosa que, de una forma u otra, podamos cantar, tararear o silbar todos.

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Tic tac

El tiempo se me hacía tan largo cuando estaba contigo que, a tu lado, todos los años eran bisiestos.

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La Escuela Oficial de Idiomas de Valdemoro

Camino desde casa y, cuando salgo de la rotonda para comenzar el descenso de la avenida de Hispanoamérica, me encuentro frente a dos de mis edificios favoritos en Valdemoro. A mi izquierda se encuentra la biblioteca municipal Ana María Matute y a la derecha el centro educativo que alberga la Escuela de Música, la Escuela de Adultos, la UNED y la Escuela Oficial de Idiomas (EOI). Puede que haya personas que den por sentado que esos dos edificios estén ahí, formando parte del paisaje urbano de Valdemoro. Sin embargo, yo no dejo de recordarme que ambos son dos victorias de nuestra democracia. Dos victorias que, estoy seguro, no fueron fáciles. Dos victorias que, estoy seguro, no se consiguieron sin alguna cicatriz en el camino. Dos victorias que saboreo mientras desciendo hacia el edificio en mi camino al trabajo.

La misma institución de las Escuelas de Idiomas representa un gran logro dentro de la historia de la educación en España. Tras la pérdida de las últimas colonias americanas (Cuba y Puerto Rico) y Filipinas, en 1898, el gobierno español debía responder a la crisis intentando preparar a los españoles para que estos pudieran integrarse en el nuevo mundo del siglo XX. En 1907, se creó la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas; en 1910 se inauguró la famosa Residencia de Estudiantes, donde, pocos años más tarde, se conocerían Luis Buñuel, Federico García Lorca y Salvador Dalí; y en 1911, se creó la Escuela Central de Idiomas en Madrid.

Dos objetivos destacaban a la hora de establecer esta institución: el primero, asegurarse de que estuviera abierta a todos, hombres y mujeres (es en 1910 cuando el ministro Julio Burell abre las puertas de la universidad a la mujer), jóvenes y adultos, con independencia de su profesión y su clase social; querían además que los estudiantes pudieran compatibilizar sus estudios de idiomas con otros estudios, con el trabajo o con la universidad; el segundo objetivo era conseguir que la institución se convirtiera en un centro de pedagogía superior donde se pudieran formar los futuros profesores de lenguas vivas en todos los centros oficiales.

La Escuela de Idiomas de Valdemoro se abrió a comienzos de la última década del siglo XX, dentro de la época de mayor expansión de la red nacional de EOIs, que en la actualidad supera las doscientas cincuenta escuelas. Comenzó compartiendo edificio con el instituto Villa de Valdemoro. A los pocos años de su creación, con el traspaso de competencias educativas a los gobiernos autonómicos, pasó a depender de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid (Educamadrid), con lo que la EOI de Valdemoro es una de las cerca de treinta escuelas que hay en la Comunidad de Madrid.

Hay que entender que las Escuelas de Idiomas pertenecen a la enseñanza pública, lo cual permite (bien por precios, bien por el sistema de becas) estudiar idiomas extranjeros a todos los ciudadanos hasta conseguir un alto nivel de competencia en las cuatro destrezas lingüísticas: comprensión lectora y auditiva y expresión oral y escrita. Ningún otro país del mundo ofrece a sus ciudadanos un sistema de enseñanza de las lenguas extranjeras con estos parámetros. En otros países las universidades o centros privados pueden ofrecer un sistema similar pero nunca tan asequible económicamente. Y los Ayuntamientos o los Gobiernos de otros países pueden ofrecer clases de idiomas extranjeros a precios asequibles pero siempre se quedan en niveles de principiantes. Solo en España, las Escuelas de Idiomas ofrecen un sistema asequible con una continuidad hasta los niveles más altos.

En 2001, el Consejo de Europa publicó un informe exhaustivo sobre cómo se aprendían y se enseñaban los idiomas: Marco común europeo de referencia para las lenguas: aprendizaje, enseñanza, evaluación. En él analizaba las necesidades de un estudiante de idiomas, las destrezas que se requieren para aprender bien una lengua y las tareas que una persona que hable, escuche, lea o escriba en una lengua extranjera debe saber llevar a cabo con éxito. A partir de este estudio, se establecían seis niveles de conocimiento de las lenguas extranjeras, empezando por el A1, pasando por el A2, el B1, el B2, el C1 y terminando con el C2, un nivel de maestría para el que se necesita un conocimiento y un dominio de la lengua extranjera propios de académicos universitarios.

Las Escuelas de Idiomas pronto supieron adaptarse a estos niveles establecidos por el Consejo de Europa y prepararon una serie de niveles y de exámenes para que los estudiantes pudieran llegar al nivel B2, que sería el necesario para que una persona pueda moverse con comodidad en su lengua extranjera a la hora de relacionarse personal y laboralmente en el día a día del siglo XXI. Un estudiante que supera el nivel B2 es capaz de desenvolverse con comodidad en una entrevista laboral en el idioma extranjero, a la hora de leer cartas, prensa y literatura contemporánea y a la hora de ver cine y televisión de los países donde se habla esa lengua.

En las Escuelas de Idiomas son conscientes, sin embargo, de que una lengua va siempre más allá, de que el mundo laboral internacional es cada vez más competitivo, de que hay que seguir preparando al profesorado de idiomas extranjeros de nuestros hijos y, por eso, en la Comunidad de Madrid, a partir del curso 2016-2017, se van a ofrecer cursos oficiales del nivel C1. De hecho, en abril de 2016, las Escuelas de Idiomas van a realizar pruebas de examen del nivel C1 para el personal docente de enseñanzas no universitarias de la Comunidad de Madrid con el objetivo de poder certificar oficialmente a aquellos profesores que ya tengan dicho nivel.

Los idiomas más populares son el inglés, el francés y el alemán. Aquellos alumnos que quieran estudiar otros idiomas (incluso español como lengua extranjera) pueden informarse sobre qué Escuelas de Idiomas de la Comunidad de Madrid ofrecen dichas lenguas. En la Escuela de Jesús Maestro en Madrid, donde la oferta de idiomas (hasta veintidós diferentes) y de cursos monográficos es mucho más amplia, se ofrece, por ejemplo, ruso, italiano, griego moderno, chino…

La Escuela de Idiomas de Valdemoro ofrece clases de francés e inglés en horarios de mañana y tarde y clases de alemán en horarios de tarde. Los cursos académicos se desarrollan en estos momentos a razón de dos sesiones de dos horas y media semanales, de octubre a mayo, consiguiendo así, ofrecer a sus estudiantes un número de horas anual superior al que recomienda el Consejo de Europa para poder adquirir el conocimiento y el dominio de todas las destrezas de la lengua. En junio, se llevan a cabo los exámenes finales y en septiembre, se examina, además, a todos aquellos alumnos que quieran obtener los certificados oficiales de las Escuelas de Idiomas de forma no presencial.

Pero, para los más de 700 estudiantes anuales de la EOI de Valdemoro, estudiar una lengua extranjera de forma presencial es mucho más que ir a clase. La EOI organiza actividades culturales que enriquecen la experiencia lingüística a lo largo del curso escolar. En los últimos años se han llevado a cabo viajes a Berlín, a Irlanda y a Gran Bretaña; se ha colaborado con el Ayuntamiento de Valdemoro y con los cines de la localidad para proyectar películas en versión original; se han organizado conciertos, monólogos y conferencias en los diversos idiomas que se estudian en la escuela; se organizan anualmente concursos literarios y artísticos que fomentan no solo la lectura y la observación sino que, además, propician el que los estudiantes desarrollen su creatividad en la lengua extranjera.

Para poder matricularse en la Escuela de Idiomas de Valdemoro, hace falta tener, al menos, catorce años y tener aprobado 2º de la ESO, en el caso de alemán y francés, y dieciséis años, en el caso de inglés. La preinscripción es normalmente en primavera y es, entonces, cuando los alumnos pueden solicitar acceder a un nivel superior a través de una prueba de nivel. Toda la información necesaria sobre fechas de preinscripción y matrícula, así como las programaciones y objetivos anuales de cada curso e idioma y las actividades culturales organizadas por la EOI de Valdemoro a lo largo del año académico, pueden encontrarse en la página web del centro: http://www.eoivaldemoro.es/.

El curso que viene, la Escuela de Idiomas de Valdemoro cumplirá veinticinco años. Será un buen momento para celebrar que nuestra localidad tiene el lujo y el privilegio de gozar de un centro educativo público y de calidad donde poder adquirir una lengua extranjera y donde poder aprender un poco más sobre el mundo que nos rodea. No cabe duda de que nuestra EOI es un edificio con unas vistas maravillosas al mundo del siglo XXI.

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Entrevista con Ángel Utrillas

El próximo 14 de mayo, a las doce de mediodía, en la biblioteca pública Ana María Matute, Ángel Utrillas presentará su última entrega literaria, Y otros cuentos. Si los vientos soplan a favor, estará acompañado por la ilustradora del libro, Sonia Navas.

 El escritor Ángel Utrillas es, sobre todo, un contador de historias. Abres cada uno de sus libros para leer una historia y te ofrece, de regalo, al menos diez más. Sus relatos parten de la realidad para llevarnos a un mundo de imaginación y, si queremos, a un mundo de compromiso personal y social. Ángel es un defensor de la palabra como herramienta de construcción y como arma de defensa. Interesado en agitar la vida cultural de Valdemoro, durante varios años fue uno de los precursores protagonistas de la celebración del Día internacional de la palabra como vínculo de la humanidad, en la que se consiguió reunir a muchos de los autores locales de la villa.

Aunque nació en Teruel -y da fe de que, contra todo pronóstico, la ciudad aragonesa existe- lleva viviendo en Valdemoro desde 1991. Lo conocí hace ya cuatro años. No hemos dejado de vernos desde entonces. A veces en un café. Otras, quedando para caminar por Valdemoro como si fuéramos caballeros del siglo XIX que salen a andar todos los días, cuando «baja la calor», y repasan las noticias destacadas del día. Definitivamente, pasear con Ángel por Valdemoro me hace sentir como un caballero de otros tiempos. Si hubiera sido posible, esta entrevista la habríamos hecho caminando.

En 2007, publicas tu primera novela, Silbando en la oscuridad. Me gustaría que comenzaras esta entrevista hablándonos del Ángel Utrillas escritor antes de este libro.

En realidad antes de este libro el escritor no existía. Dudo, incluso de que hoy exista, pero, entonces, está claro que no. A mí me gustaba la historia, me gustaba leer y escribía relatos cortos, breves cuentos de terror, letras de canciones… escribía por puro placer.

Amaneció un día en el cual decidí contar una serie de situaciones que ocurrían en mi trabajo, en el convento de las Arrecogidas. Por eso, siempre digo, medio en broma medio en serio, que escribo por motivos laborales. Entonces hubo personas que me animaron y me guiaron. El resultado fue Silbando en la oscuridad, mi primera novela, que terminé de escribir en 1999 y se publicó en 2007. En todo ese intervalo de tiempo, me recorrí muchas editoriales y me fui decepcionando porque yo creía que mi novela era muy buena y nadie tenía interés en publicármela. Entre tanto, también escribí mi segunda novela, Tiempo de cerezas, pensando que nunca llegaría a publicar ninguna de ellas.

Una respuesta así me obliga a preguntarte qué significa, para ti, ser escritor.

Ser escritor es muy importante. Por eso, prefiero ser solo contador de historias, un juglar, un novelista. Ser escritor conlleva una gran responsabilidad. Hay personas que leerán lo que has escrito y serán influidos por tus palabras. Puedes causarles alegría o tristeza. Cuando iba a publicar El castillo del Águila, puse en una red social un fragmento del libro. Era duro, un texto contundente sobre una persona que debe decir a unos padres que su hija ha muerto. Alguien me escribió y me dijo que había estado en esa situación. Me dijo que a ella se lo habían dicho. Por un momento, pensé en no publicar el libro. Podía causar daño a quien hubiera pasado por esa situación y yo no quería hacer daño a nadie. Al final lo cambié, «lo suavicé».

También creo que un escritor debe ser una persona comprometida con los sucesos de su tiempo. No me vale que un poeta escriba lo bonita que es la primavera. Debe añadir lo jodida que la hacen los políticos de este país a algunas personas. Un escritor debe gritar contra las injusticias que contempla, alzar su voz contra el paro, contra el terrorismo, contra la corrupción, contra la violencia; y defender, por encima de todo, como única arma, LA PALABRA. Así, con mayúsculas. LA PALABRA.

Hace unos años, me pidieron que ayudara a una causa. Iban a cerrar la fábrica de Huesitos de Ateca. Les dije que contaran conmigo para lo que modestamente pudiera hacer. Se me ocurrió llevar su camiseta de protesta en la feria del libro de Madrid el día que firmaba libros, regalar Huesitos y recoger firmas contra aquel atropello. Y lo hice. Allí estuve con mi camiseta amarilla (el escritor, diputado y amigo Chesús Yuste la lució en el congreso). El mismo día que yo, firmaban otros tres escritores importantes a los cuales conocía y con los que tenía cierta confianza. Les envié un correo y les pedí que hicieran lo mismo. Solo ponerse la camiseta. No lo hicieron. Dos ni me contestaron. El tercero, un premio Planeta, por cierto, me dijo que, cuando recibió el correo, ya había pasado y que vaya pena. Sí, pensé yo, qué pena. Buena forma de quedar bien sin hacer nada. No he vuelto a comprar un libro de esos «escritores» que ostentan un título que no les pertenece.

Y, por cierto, incluso sin ellos, la fábrica de Huesitos de Ateca se salvó.

A los lectores que hayan llegado hasta aquí no les cabrá ninguna duda de que te importa la realidad. En tu ficción, la realidad también es muy importante. Como dices, tu primer libro fue inspirado por algo que te pasaba a ti personalmente; tu segundo libro, Tiempo de cerezas, también está basado en hechos reales; otro de tus libros, El último secreto del Titanic, está ambientado en un acontecimiento histórico. Sin embargo, al mismo tiempo, no tienes ningún reparo en alterar esa realidad en tus novelas. ¿Vive la realidad de Ángel Utrillas al servicio de su ficción? ¿Vive su ficción al servicio de su realidad?

Yo sueño la ficción y vivo la realidad. Siempre digo que mis novelas no son históricas. Me documento mucho sobre el tema que escribo pero, luego, tergiverso a mi antojo. Siempre pongo como ejemplo que puedo poner a Bisbal cantando en el Titanic. Lo que pretendo con mis novelas es conducir a mis lectores a temas en los que no habían reparado, que les interesen, y que ellos busquen su propia información. Mis novelas tienen dos lecturas: una fácil, que pretende sacar de la realidad a la gente por un momento, que se olviden de las facturas, la situación política, y que se diviertan; y otra lectura más didáctica, que demanda más esfuerzo y que induce a pensar y a crearte opinión. El 95% de mis lectores optan por la primera posibilidad y el otro 5% se aferran a las dos. 

El pasado 20 de abril salió a la luz tu libro, La canción del pirata y su verdugo y otros cuentos. ¿Quieres hablarnos un poco de esta última entrega literaria?

Mi nueva obra son dos libros en uno. El título general es Y otros cuentos. Se trata de un libro de relatos ilustrados con dos portadas porque quiero que sea una obra que no tiene fin. Lo pongas como lo pongas, siempre empieza. No tiene final, solo principio. De un lado, está La canción del pirata y su verdugo, que es un alegato contra la pena de muerte, y otros cuentos, trece relatos en total; del otro lado, pero siempre en el mismo libro, El cuerpo 227, la verdadera historia de J. Dawson, el protagonista de la película Titanic, que está basado en un personaje real, junto a otros cuentos titánicos, cinco en total. Es un libro un poco contradictorio. Al no tener final, quiero comunicar y deseo a mis lectores que la palabra nunca les falte, que nunca nos debe faltar, que debe ser un arma, la única, para conseguir nuestros objetivos. Especialmente erradicar la violencia. Y se contradice porque las palabras dejan espacio a las imágenes, ceden protagonismo tanto a la portada como a las veintidós ilustraciones, que ha hecho mi gran amiga y genial artista Sonia Navas. Solo por ver los dibujos de Sonia merece la pena comprar el libro.

También para mí, la palabra, el uso adecuado de la palabra, es muy importante. Me consta que eres un autor muy prolijo y sé también, lo he podido disfrutar, que eres un buen conversador. ¿Crees, sin embargo, que hay momentos en los que el silencio es más importante que la palabra?

No. A mí el silencio me mata. El silencio solo es bueno para pensar, estudiar, leer o escribir. Para mí, el silencio implica soledad. Incluso para esas situaciones que te he comentado, para escribir, leer y pensar, me pongo música. Puedo aceptar que una imagen sustituya a la palabra o la complemente, pero el silencio nunca. Dicen que el que calla otorga. Yo digo que el que calla es que no tiene nada importante que decir. Dicen que si tus palabras no son más bonitas que el silencio, no lo rompas. Bueno, pues, las palabras siempre son más bonitas que el silencio y el que no lo crea que lea mi último libro.

Empezamos la entrevista hablando de las características del buen escritor. Parece que en el siglo XXI, el escritor tiene que hacer, además, las tareas de editor, distribuidor y vendedor. En un mundo en el que la distribución y venta de libros ha sido revolucionado por internet, ¿crees que todavía hay espacio para el editor? ¿Qué función tendría el editor de nuestros tiempos?

Yo no prescindiría de ningún eslabón de la cadena y, por tanto, creo que hay espacio para todos. Un escritor con un buen libro precisa de un buen editor y de otros muchos profesionales. No nos olvidemos de los correctores. La corrección y maquetación, el diseño de la portada me parecen muy importantes. También lo son una buena distribución y una buena librería que conozca el producto y sepa a quién ofrecerlo y esto sí que se está extinguiendo, la figura del buen librero. ¿No te ha pasado que vas a una librería, preguntas por un título y te dicen: «no lo sé, mira en el escaparate»? Es algo que no puedo soportar. A mí me acusan de que no me sé vender. ¡Pues claro que no! Me gusta escribir, no vender, ni distribuir. Para eso tengo a un editor que se juega su dinero en la inversión y se preocupa de esas circunstancias, aunque yo ayude en todo lo posible.

            La función del editor en esta época es cuidar al escritor y mimar al libro.

Como hemos dicho, acabas de publicar un libro. ¿Qué otros proyectos literarios tienes entre manos?

Tengo varios proyectos pero, en realidad, ninguno merece el título de proyecto. Actualmente estoy escribiendo tres novelas diferentes. Trabajo en una o en otra según me apetece, sin ninguna prisa por terminarlas y sin ningún objetivo que no sea disfrutar de la escritura. Una de ellas es una continuación de mi séptima obra, El castillo del Águila; otra es una historia rara, con trama policiaca en torno a un cuadro de El Greco; y la última, una historia de misterio con tres personajes protagonistas que narran los acontecimientos, cada uno de ellos en primera persona, y que nace de un suceso poco importante que me ocurrió hace poco, pero que, a mí, me llamó mucho la atención. Una historia callejera, se podría decir. En esta tercera aventura literaria es donde más entusiasmo estoy poniendo. Supongo que porque es la última que ha entrado en mi cabeza.

Y tengo un libro terminado, una obra digna de un lunático como yo. No tengo claro ni el título. Podría titularse Morí en buena luna o, quizá, Luna de mazapán, pero no sé cuándo verá la luz, si es que llega a verla. En todo caso, si la ve, será la luz de la luna.

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