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Mujeres desesperadas – El episodio piloto: la calle de la Histeria

Mujeres desesperadas – El episodio piloto: la calle de la Histeria (De la colección Espectador en serie)

Los tiempos, para bien y para mal, están cambiando de forma vertiginosa. En el caso del ser humano, uno de los conceptos que más ha cambiado es “El resto de su vida”. Una persona se comprometía a vivir con otra para el resto de su vida, una vez que había conseguido un trabajo para el resto de su vida y se habían comprado, juntos, un piso para el resto de sus vidas. El resto de su vida era una condena a la vez que suponía una garantía del vivieron felices y comieron perdices. Algo extraordinario tenía que suceder para perder el trabajo, separarse de su cónyuge o para cambiar de vecinos.

Pero los tiempos están cambiando y los seres humanos con ellos. Hasta tal punto que ahora lo extraordinario es todo lo contrario. La gente cambia de pareja con más frecuencia, cambia de trabajo en repetidas ocasiones y, a consecuencia de uno de los dos factores anteriores, cambia de vecinos varias veces a lo largo de su vida[1]. Digamos que los nuevos tiempos están potenciando el que cada día comience, una vez más, el resto de nuestras vidas.

Si en los tiempos anteriores había cambios (ya hemos dicho que la sociedad era casi inmovilista), estos ocurrían como consecuencia del comportamiento del sujeto durante años, a veces décadas. En la sociedad actual, los cambios son tan numerosos y tan frecuentes que la mayoría de ellos dependen de una breve entrevista personal. En el trabajo, de una entrevista de trabajo. En las relaciones sentimentales, de una primera cita. Y en cada una de estas entrevistas personales nos lo jugamos absolutamente todo. Es un todo o nada[2]. Y por eso, en cada una de ellas tenemos que echar toda la carne en el asador. Si estamos verdaderamente interesados, acudimos a la entrevista de trabajo, o a la primera cita, con nuestras mejores galas, con nuestra mejor sonrisa, con nuestro sentido común más común.

El episodio piloto de una teleserie es una entrevista de trabajo y una primera cita a la vez. Es como una entrevista de trabajo pero a lo grande.  De ésta dependen los empleos de varios centenares de personas. Si el episodio piloto pasa la prueba, todos los miembros del equipo, desde los guionistas hasta los encargados de preparar la portada del DVD, podrán comer de la serie durante unas cuantas temporadas. Es, también, como una primera cita con un público al que se pretende enamorar desde el primer fotograma. Pues la fortuna de ese episodio piloto depende del número de personas que consiga enganchar en su primera emisión, de las opiniones de esas personas y, en última instancia, de los responsables de esa productora o de ese canal de televisión.

Por eso, en el episodio piloto hay que echar toda la carne en el asador. Absolutamente todo. Al episodio piloto, la serie acude con sus mejores galas y con su mejor sonrisa. Y ya no se trata, como cuando se empezó con la idea de los episodios piloto, de echar el anzuelo. El espectador se ha vuelto mucho más exigente y el mando a distancia le invita a ser infiel ante el menor titubeo.  Ahora la pesca se hace con redes múltiples. Una buena escena tiene que ir seguida de otra buena escena. Y cada una de ellas debe enganchar al telespectador a la vez de prometerle que lo que viene después es tan bueno o mejor que lo que está viendo en ese momento.

Los canales de televisión necesitan fórmulas como las de la telebasura. El telespectador escanea la programación a golpe de mando a distancia y dedica unos segundos a cada canal. Cada canal compite por quedarse con ese espectador, con hacerlo fiel a su programa. Y, en ese sentido, ha vencido la telebasura. Los reality shows nos bombardean[3] con un escándalo detrás de otro para impedir que cambiemos de canal. Las teleseries tienen que obedecer, de alguna forma, a estas fórmulas si quieren salir adelante. Mujeres desesperadas es un buen ejemplo de estas nuevas teleseries que combinan todos los elementos necesarios, tanto formales como de contenidos, para entrar en nuestras casas todos los días.


[1] Las relaciones entre vecinos también han cambiado mucho y, en la mayoría de los casos ha desaparecido por completo. En una sociedad que se mueve por el interés, las relaciones con los vecinos desaparecen porque, a priori, de un vecino, poco provecho podemos sacar. Los saludos en la escalera no son tan frecuentes y los silencios del ascensor son ya naturales.

[2] Sólo que ni el todo es tan todo, ni el nada es tan nada como antes.

[3] De la misma forma que lo hacen las películas de acción. Cada vez necesitan más explosiones para entretener al espectador. Los Simpsons critican este fenómeno en uno de sus episodios al hablar de ciertos dibujos animados japoneses que sólo ofrecen un cúmulo de explosiones de los que los niños no pueden apartar la mirada. Es cierto que nuestro poder de concentración y nuestros niveles de atención han disminuido en los últimos años (se acabaron los largos planos de pradera americana en las películas) pero estudios sobre el tema indican que la concentración y la atención hay que ejercitarlas. Este tipo de programas televisivos tendría el efecto contrario. Nuestros niveles de atención serán cada vez menores.

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Friends – La madurez de un género lleno de inmaduros (2ª parte)

Friends La madurez de un género lleno de inmaduros (2ª parte) (De la colección Espectador en serie)

La fórmula de Friends acaba gustando a casi todos. Cada episodio contiene una trama principal más dos secundarias que, en los capítulos más perfectos, acaban convergiendo. Los chistes van saltando de trama en trama gracias al ingenio de un equipo excelente de guionistas y a la pericia de los intérpretes. El formato debe también agradar al canal de televisión que necesita lugares naturales donde insertar la publicidad. Necesitamos, entonces un chiste antes de la música de sintonía y otro al final de cada episodio.

La serie gustó también en Hollywood. Todos los actores de moda se pegaban por salir en un episodio de Friends. Por la serie desfilaron Brad Pitt, Reese Witherspoon, Bruce Willis, Charlie Sheen, Sean Penn y Tom Selleck entre otros. La idea tampoco era nueva. Vacaciones en el mar lo había hecho con actores famosos olvidados por el público y Frasier había utilizado las voces de gente famosa para llamar por teléfono al programa radiofónico del protagonista.

Las bromas recorren todos los rincones del humor: se acude con frecuencia a la ironía, al sarcasmo, al equívoco renacentista, al juego de palabras, a los gestos exagerados, a pequeñas coreografías, al mal gusto (siempre bajo control), a la repetición, a la exageración, a la música, al silencio, al teléfono, a la televisión, al texto escrito, al vídeo, a la entonación, a los estereotipos… Y los guionistas aprovechan todas las novedades de actualidad para crear una situación Friends. Durante los diez años que funcionó la serie, se generalizó el uso del móvil y de internet. Ambos inventos sirvieron para crear una situación divertida.

En Friends, se siguen todas las pautas de la telecomedia moderna. Una vez más, los protagonistas no celebran la Navidad y el día de Acción de Gracias con su familia. Intentan sustituir a su familia con sus amigos. Una vez más, tenemos un número limitado de escenarios (hay que tener en cuenta que al menos un episodio de cada temporada era filmado delante de una audiencia). Y una vez más tenemos todas las paradojas del mundo. Ninguno tiene un trabajo que le proporcione un gran sueldo pero todos pueden permitirse vivir en Manhattan en apartamentos de ensueño.

Cuando se emitió la primera temporada en España, quisieron titularla Colegas. Los traductores abandonaron la idea en la segunda temporada. Friends tiene tal afán de llegar a todo el mundo que eligió un título que no necesitara traducirse a los demás. Responde esto a una tendencia, que empezó en los años noventa, de buscar títulos para películas, series y canciones que no necesiten traducción o que puedan comercializarse en todo el mundo sin ser traducidos. Lo mismo ocurre con los guiones. Intentan complacer a todo el mundo en ese ambiente integrador, en ese intento de crear cuantos más lazos afectivos posibles con el espectador. Hasta tal punto que toda pandilla de amigos puede identificar a Joey, Ross, Chandler, Rachel, Phoebe y Mónica entre los miembros de su grupo.

Las diez temporadas de la serie acaban siendo una historia de aprendizaje. De la misma manera que el Lazarillo de Tormes empieza niño y acaba siendo un hombre al final de la novela, los protagonistas de Friends (con la excepción de Joey que opta por irse a California y empezar su propia serie) son más maduros, se han casado y empiezan a mudarse a las afueras para empezar sus propias familias. Ahora vivimos muchos más años que en la época del Lazarillo, con lo que los protagonistas de Friends se pueden permitir el lujo de explorar en su infancia durante muchos años más. E invitan al espectador a seguir su ejemplo. No es sólo una cuestión del culto a la juventud. Ahora tenemos la oportunidad de madurar veinte años más tarde que muchos de nuestros antepasados.

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Friends – La madurez de un género lleno de inmaduros

Friends La madurez de un género lleno de inmaduros (De la colección Espectador en serie)

Friends es la mejor telecomedia que se ha hecho hasta el momento. Espero que mi afirmación gane fuerza si aclaro que Friends no es, ni mucho menos, mi telecomedia favorita. Friends es, sin embargo, el Partenón de la comedia televisiva, la Venus de Milo de la comedia de situación, la serie que, a la vez que respeta todos los cánones del género, ayuda a consolidarlos. Friends marca el momento de esplendor del periodo clásico de la telecomedia: pone en evidencia los residuos rudimentarios de las series anteriores y obliga a las series posteriores a seguir sus directrices o a retorcerse con elementos más barrocos.

No todo el mundo estará de acuerdo con esta afirmación tan tajante. Ha habido incluso quien ha definido Friends como un culebrón disfrazado de comedia de situación. Eso nos obliga a revisar el vocabulario para buscar la precisión. A pesar de que una es más general que la otra, podemos equiparar serie y teleserie. A efectos prácticos, podemos también meter en el mismo saco la telecomedia y la comedia de situación (esta última acepción viene del inglés sitcom). Y, por último, tenemos la telenovela y, su sinónimo popular y despreciativo culebrón.

La serie o teleserie abarca todo tipo de programa televisivo que se crea con la intención de tener más de un episodio. Tenemos series documentales y series de ficción, series con personajes históricos y series de dibujos animados. Los episodios contenidos en una serie están relacionados de alguna forma, bien por su temática, su estructura, sus personajes principales… y todos esos episodios son presentados bajo el nombre que da título a la serie. Así, el espectador sabe que cada vez que vea ese título, va a encontrarse con unos elementos que se repiten con respecto a uno de los episodios anteriores.

Si un espectador comienza a ver unos cuantos episodios de una serie, ya no hay solamente una relación entre cada uno de los episodios de la serie. Hay también una relación afectiva entre ese espectador y la teleserie en cuestión. El canal de televisión que emita esa serie tendrá permiso para meterse en la casa de ese telespectador en cada episodio. El canal de televisión podrá comer, cenar o terminar el día junto a ese espectador y tendrá la oportunidad de sugerirle cómo vivir más feliz, interrumpiendo el episodio con cortes publicitarios o  desperdigando ideas en los decorados o en el guión de la serie. Por eso, cuantos más lazos afectivos se consigan crear entre el espectador y la serie, cuantos más espectadores sean atraídos a la serie y cuanto más fácil sea engancharse a la serie desde cualquiera de los episodios, mejor para ese canal de televisión.

Hay series, las series de caso, cuyos episodios son básicamente independientes con respecto a todos los demás. El protagonista o protagonistas de la serie se dedican a resolver un problema, un caso, un enigma y cada episodio se desarrolla con la estructura de exposición – investigación – solución. Son las típicas series policíacas, de hospitales, de fenómenos paranormales o de carretera (la carretera puede estar en el mar y así podemos incluir Vacaciones en el Mar). Si estas series tienen éxito y superan las dos primeras temporadas, es inevitable que el contenido de los distintos episodios empiece a relacionarse. A veces es a través de un personaje invitado que aparece de nuevo o, sencillamente, la propia serie se convierte en referencia de sí misma.

En el otro extremo del espectro de teleseries, nos encontramos con la telenovela, cuyos episodios siguen un orden cronológico y cuya trama se extiende a lo largo de toda la serie. Aquí es importante seguir la trayectoria de cada personaje, las relaciones de unos personajes con otros y estar al tanto del argumento principal. Las telenovelas, sin embargo, no corren riesgos. Saben que el espectador más fiel puede perderse uno o más episodios. Por eso, la trama es repetitiva, en cada episodio se mencionan varias veces los acontecimientos más importantes de los anteriores y, en muchos momentos, es fácil desengancharse y volverse a enganchar a estas teleseries. La vértebra cartilaginosa del culebrón es una historia de amor que no se resuelve favorablemente hasta el último episodio. El humor, si aparece, juega un papel secundario.

La telecomedia se encuentra a medio camino entre los dos tipos de series descritas. La trama de cada episodio es independiente de todos los demás de la serie pero no es tan repetitiva ni tan estática como la de los episodios de caso. Se trata de explorar a unos personajes, su situación y sus relaciones a través del humor. Cada uno de los episodios independientes de una telecomedia acaban por estar interrelacionados los unos con los otros porque una forma de humor es reírse de uno mismo y otra forma de humor es hacer guiños a los fieles seguidores de la serie. Además, los personajes de las telecomedias necesitan evolucionar para encontrarse con situaciones nuevas de las que poder reírse.

El mayor riesgo de una telecomedia es convertirse en una telenovela conforme va acumulando temporadas. Friends duró diez temporadas y los guionistas advirtieron ese peligro. Pero Friends, como hemos dicho, no es una telenovela. Es una telecomedia de principio a fin. Las telenovelas son, sin embargo, una de las referencias preferidas de los personajes de Friends. Uno de ellos, Joey, llega a trabajar en una telenovela. Una de las formas de reírse de éstas es parodiar sus elementos y características (bodas, engaños amorosos, hijos ilegítimos, amores no correspondidos…). Es posiblemente una de las paradojas de la serie. Pero el fenómeno no es nuevo. La telecomedia Enredo basaba casi todos sus gags en referencias a las telenovelas.

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Sexo en Nueva York – La ciudad es para mí

Sexo en Nueva York – La ciudad es para mí (De la colección Espectador en serie)

La teleserie es fundamentalmente urbana. En las grandes ciudades se crean cientos de pequeñas comunidades y cada teleserie se ocupa de uno de esos grupos de personas que viven en la gran ciudad. En la mayor parte de los casos, cuando uno es extranjero, el nombre de la ciudad nos dice muy poco, se nos pasan por alto muchos de los guiños que las series hacen a los ciudadanos de ese lugar y, simplemente, el único mensaje que recibimos es que nuestros protagonistas son habitantes de una gran ciudad, con lo que sus relaciones y sus comportamientos son básicamente urbanos.

La elección de la ciudad, sin embargo, no es asunto baladí. Una teleserie puede ser una de las mejores formas de promocionar tu ciudad y existe una verdadera competición por ser sede de una teleserie. Nueva York y Boston[1] se llevan la palma pero tenemos también muchas series ambientadas en Los Ángeles[2], en San Francisco[3] o en Chicago[4]. La elección de la ciudad puede ser motivada por una moda, como en el caso de Frasier, que eligió Seattle para vivir, coincidiendo con el auge económico y cultural que disfrutó la ciudad a comienzos de los noventa. En otros casos, la elección obedece a una cuestión cultural, como en Las Chicas de Oro. Florida es, debido a su clima, el estado con más pensionistas de Estados Unidos, con lo que parecía natural que la serie tuviera lugar en Miami.

El caso de Nueva York es excepcional. Las referencias a Nueva York son tan frecuentes que cualquier espectador extranjero entiende muchos de los comentarios que se hacen sobre la ciudad en la serie. Un recién llegado no tarda mucho en convertirse en neoyorquino si le va bien (o si ve la serie con asiduidad). En Sexo en Nueva York, esta ciudad pasa a ser uno de los protagonistas de la serie. De hecho, el nombre de la ciudad no aparecía en el título original (Sex and the City) y sí en la traducción al español. Nueva York es la ciudad que observa las buenas acciones de las protagonistas y las besa con su brisa. Aunque deberíamos especificar. No es Nueva York. Es Manhattan, que, casualmente para esta serie, tiene forma de falo[5]. Curiosamente, cuando una de las protagonistas tiene que mudarse de barrio, todas se temen que ya no se volverán a reunir con la misma frecuencia y llegan a decir que su amiga se va de la ciudad.

En la serie, hay comparaciones frecuentes entre la vida en la ciudad y la vida en el campo. Y gana, claramente, la ciudad. Las protagonistas apenas pueden cuidar de sí mismas y es la ciudad, con sus restaurantes, sus taxis y sus tiendas, la que cuida de ellas. Son incapaces, siquiera, de tener una mascota o de mantener una maceta con vida (eso lo comparten con Lorelai Gilmore, viviendo ésta como vive en su querido pueblecico). Pero Sexo en Nueva York va mucho más lejos. Se atreve a comparar Nueva York con cualquier otra ciudad del mundo y nos intenta convencer de que no tiene rival. En un par de episodios, las protagonistas van a Los Ángeles, en principio uno de los posibles competidores de la gran manzana. En otro episodio, Carrie se va a vivir a París, la ciudad de sus sueños. Siempre acaban volviendo todas a Nueva York. Como si la ciudad que nunca duerme fuera el único sitio donde pueden conciliar el sueño.

La fórmula del matrimonio con hijos está en crisis; cada vez cuesta más encontrar a tu media naranja y la búsqueda se convierte en una odisea (literalmente, pues las mayores aventuras ocurren durante el viaje); y el resultado son millones de hogares unifamiliares. El uno pasa a ser el número de moda. El nuevo modelo de un habitante por vivienda favorece al capital. Las familias, después de todo, siguen compartiendo frigorífico, microondas y mampara de ducha (hace ya tiempo que los hogares españoles tienen más de un televisor por hogar). Los nuevos hogares necesitan un electrodoméstico de cada clase para cada persona[6]. Y muchas teleseries (Sexo en Nueva York es el mayor exponente) nos dicen que está bien, que nos tranquilicemos, que no hay ningún problema con vivir en solitario, que, pase lo que pase, siempre tendremos a nuestros amigos que nos sacarán de cualquier apuro.

En Sexo en Nueva York no hablamos de amigos. En este caso sólo tenemos amigas. Y las amigas pasan a ser nuestra verdadera familia. La serie no se saca de la manga (como hacen en otros programas) ningún hermano o hermana, las protagonistas parecen no tener padres y sólo aparece la figura de la madre del novio, la tradicional suegra, que siempre interfiere en la relación de la pareja. Las cuatro chicas de la serie tienen el poder. Todas tienen una profesión de alto copete, eligen a los hombres con los que quieren salir y ejercen todo su poder sobre ellos. Tiene que ser otra mujer, la madre de él, la única que compita por esa influencia sobre el hombre.

Sexo en Nueva York es también una serie educativa. Los unos han tomado las riendas de nuestra civilización y ya, nunca más, volverá a crecer la hierba en los jardines de las casas americanas. Los guionistas intentan explicar las reglas del juego de esta nueva sociedad. Las pautas para establecer relaciones sentimentales se explican con detalle. Friends y Ally McBeal también se ocupan del asunto, Seinfeld saca punta a los pormenores, pero Sexo en Nueva York lo reclama como especialidad de la casa. Las teleseries te explican, paso por paso, cómo tienes que comportarte: desde la elección del restaurante para la primera cita hasta el beso de despedida en la puerta del apartamento de ella.

Todo parece perfecto. Sólo que, al final, uno tiene la sensación de que, si no llevas puestos unos Manolos, vas descalzo por la vida y acabas convencido de que Nueva York es el mejor lugar del mundo mientras seamos ricos, inteligentes, jóvenes y guapos. La serie deja a nuestras protagonistas ahí, en la mejor época de sus vidas. Cuando dejen de ser jóvenes y guapas, si han ahorrado lo suficiente, siempre pueden irse a compartir una casa en Miami Beach.


[1] Algunos ejemplos son Cheers, Ally McBeal o Boston Legal.

[2] El Príncipe de Bel-Air (The Fresh prince of Bel-Air), Joey o La Ley de Los Ángeles (LA Law).

[3] Full House (Padres forzosos) o la mítica The Streets of San Francisco (Las Calles de San Francisco).

[4] Hay series ambientadas en Chicago, como ER (Emergencias) o Married with Children (Matrimonio con hijos) pero la ciudad ha encontrado hueco para promocionarse a través de los programas de entrevistas. Oprah y Jerry Springfield hacen sus programas en Chicago.

[5] Si sólo se trataba de esto, los productores podían haber elegido la península de San Francisco, que no sólo tiene forma fálica, sino que además permanece constantemente en erección.

[6] En Estados Unidos, la excepción la encontramos en las lavadoras. En muchos apartamentos de la ciudad está prohibido tener lavadora, con lo que la gente va a las lavanderías que funcionan a monedas o los bloques de pisos tienen un cuarto lleno de lavadoras y secadoras que pertenecen a la comunidad.

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Las chicas Gilmore – ¿Dónde diablos están todos esos yunques?

Las chicas Gilmore – ¿Dónde diablos están todos esos yunques?  (De la colección Espectador en serie)

Lorelai Gilmore está cenando en casa de sus padres. Si eres un seguidor de la serie, sabes que eso significa que es viernes. A la mesa, Lorelai, sus padres y su hija Rory. Lorelai empezó la serie con treinta y dos años. Rory con dieciséis menos. En las cenas de los Gilmore se habla de los éxitos escolares de Rory, del mal gusto de los vecinos a la hora de poner la decoración navideña o de lo mal que está el servicio. A la madre de Lorelai le gusta despedir a los criados. Siempre que se puede, en las cenas de los Gilmore, Lorelai es víctima de una crítica o de un reproche.

Hoy, sin embargo, Lorelai ha tomado las riendas de la conversación y se ha puesto a hablar de yunques. Su hija la admira. Sus padres piensan que el tema no tiene sentido. ¿Dónde diablos están todos esos yunques?, dice Lorelai. Todo el mundo sabe lo que es un yunque y nadie ha visto uno.  Los yunques son tan populares en el conocimiento colectivo que llegaron a ser usados con frecuencia en los dibujos animados como arma arrojadiza. Lo normal es que, si eras un dibujo animado y caías por un precipicio, acabaras aplastado por un yunque. Pregúntale a cualquiera qué es un yunque y todo el mundo lo sabe. Desde los más pequeños. Y nadie ha visto uno. ¿Dónde diablos están todos esos yunques?

Las chicas Gilmore son tan increíbles y tan divertidas como la conversación de los yunques. En Lorelai Gilmore se juntan tal número de  paradojas que uno no sabe por dónde empezar. Lorelai se escapó de casa de sus padres cuando tenía dieciséis años y estaba embarazada de Rory. El padre de Rory se marchó a California. Lorelai salió adelante como madre soltera limpiando en un hotel y dieciséis años más tarde empieza una teleserie en la que tiene una casa donde vive con su hija y dirige el hotel en el que empezó limpiando. Le da tiempo para hacer un módulo de gestión de hoteles en la universidad popular y para tomar café en el restaurante de Luke a todas las horas del día. Lorelai no hace deporte y tiene un apetito feroz, que sacia sólo con comida basura. Lorelai ha tenido tiempo de verse todas las películas del mundo y se ha mantenido al día en las modas musicales. Y lo mejor de todo es que Lorelai Gilmore tiene los gustos musicales y cinematográficos de un chico a la vez que se las arregla para estar siempre estupenda como chica y tener el comentario más divertido de la fiesta. Es lo que tiene ser protagonista de una serie.

Lorelai vive en un pueblo y se jacta de ello. Se siente orgullosa de la pequeña comunidad en la que vive. Todo el mundo conoce a todo el mundo, todos se llevan bien y todos aguantan las excentricidades de los demás en las reuniones del consejo del pueblo. Pero muchos de los protagonistas de la serie son urbanitas viviendo felizmente en un pueblo pequeño. A Stars Hollow, el pueblo de Connecticut donde vive Lorelai Gilmore, le pasa un poco lo mismo que a sus habitantes. Es increíble cómo una población con un solo semáforo tiene una vida tan apasionante. Porque en Stars Hollow hay una feria o un evento cultural de alto nivel cada fin de semana. Por tener, Stars Hollow tiene cine forum y músico callejero con cara de Elvis Costello.

Posiblemente, una de las mayores paradojas de todas las teleseries es el dinero. Y Las chicas Gilmore no son una excepción. Muchos de los personajes de las teleseries consiguen siempre ser pobres (buscan así la simpatía de los espectadores) y tener dinero para hacer de todo. Cuando Lorelai quiere montar su propio hotel y no tiene dinero, llega su amigo Luke y le presta toda la pasta que necesita. En la primera temporada, Lorelai tiene que tragarse su orgullo y pedir dinero a sus padres ricos para que Rory pueda ir a un instituto privado. Quiere el dinero como préstamo. Ya se lo devolverá poco a poco. Sus padres se lo prestan gustosos a cambio de que madre e hija vayan a cenar con ellos todos los viernes. En las cenas de los Gilmore se habla de los éxitos escolares de Rory, del mal gusto de los vecinos a la hora de poner la decoración navideña o de lo mal que está el servicio. A veces, Lorelai puede tomar las riendas de la conversación y se pone a hablar de yunques.

A las teleseries se lo perdonamos todo a cambio de una sonrisa. Una sonrisa que normalmente nos arrancan haciéndonos ver que el sistema racional en el que apoyamos nuestros días (nuestras vidas) tiene flecos. Las telecomedias tiran de esos flecos sin llegar a cargarse el sistema. Simplemente nos recuerdan que dos pasos más allá está el precipicio y, al final del precipicio, un río seco donde podemos caer de bruces, primero, para ser aplastados, luego, por una roca, un piano y un clavicordio[1].


[1] ¿Y un qué?

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El Show de Benny Hill – El final de la inocencia

El Show de Benny Hill – El final de la inocencia  (De la colección Espectador en serie)

Alfred Hawthorn Hill, más conocido como Benny Hill, fue encontrado muerto en su apartamento de Teddington el 24 de abril de 1992. Algunos vecinos habían avisado, preocupados, a la policía, pues Hill no había dado señales de vida desde el inicio de las vacaciones de Semana Santa. Las fuerzas del orden lo encontraron sentado en su sillón, enfrente del televisor. Posiblemente una trombosis coronaria había acabado con él unos cuatro días antes. Desde comienzos de los noventa, Hill acarreaba problemas de corazón debido a su sobrepeso. Había alcanzado los 108 kilos con su metro ochenta de estatura.

En su testamento, dejaba toda su fortuna, unos 15 millones de euros, a sus padres, ya fallecidos. Como sus hermanos ya habían muerto también, la herencia fue repartida entre siete sobrinos con los que apenas tenía relación. Fue enterrado dos veces en Southampton. La primera, tras su muerte. La segunda, en octubre del mismo año, después de que alguien saqueara su tumba siguiendo los rumores de que Hill había sido enterrado con numerosas joyas.

Tres años antes, en 1989, El show de Benny Hill había sido cancelado después de 34 años de travesuras. Las razones alegadas por la productora fueron que el programa no alcanzaba la cuota de audiencia esperada, pero, según parece, el show gozaba de una popularidad envidiable. Las verdaderas razones parecían ser otras. El programa se había quedado obsoleto. Benny Hill repetía las mismas bromas una y otra vez y su espectáculo no encajaba en la incipiente sociedad políticamente correcta. Podía ser tachado de machista y su caracterización de las diferentes razas y nacionalidades era propia de los años del imperio británico y no de una sociedad multicultural integrada en Europa.

Lo cierto es que El show de Benny Hill fue y sigue siendo un programa de referencia, un lugar de encuentro entre el sentido del humor de las primeras y las últimas décadas del siglo XX. Eran frecuentes las escenas de cine mudo con música de piano, las largas persecuciones a cámara rápida, los números de revista y vaudeville, los sketches humorísticos con música clásica, las escenas propias de payasos de circo y las bromas propias de tiras cómicas de periódico. También continuaba una vieja tradición de hombres vestidos de mujer, de chistes de suegras, de chistes verdes o de aventuras con muchachos traviesos como el Jaimito de nuestra infancia. Además, Benny Hill fue uno de los inspiradores de nuestros cómicos del destape, siempre acompañado de muchachas en minifalda con unas piernas tan largas como las suecas de Forges. Benny Hill era, también, consciente del importante referente universal que suponía la televisión y, en especial, las teleseries de éxito internacional. En sus programas de los años setenta y ochenta, incluyó parodias de numerosas telenovelas, de series del oeste e imitó a Starsky y Hutch y a Kojak.

Puede que los sketches de Hill se hicieran repetitivos y puede que su humor se hubiera quedado anclado en el pasado pero la fórmula de su programa seguía funcionando. Los sketches se incorporaron a programas de entretenimiento intercalándose con las entrevistas o las interpretaciones musicales y se crearon series que repetían las estructuras del programa de Hill pero adaptándose al humor de los tiempos. Podemos recordar el programa del australiano Paul Hogan (El show de Paul Hogan) o el que hizo en España Emilio Aragón (Ni en vivo ni en directo).

En los últimos años, siguen saliendo programas de sketches, como puede ser Agitación + IVA o el intento fallido de Splunge. Pero son los británicos los que brillan, una vez más con este tipo de programas. La serie Little Britain (Pequeña Gran Bretaña) ha cosechado grandes éxitos gracias a una excelente realización, cuidando al máximo todos los aspectos formales, y un contraataque del humor políticamente incorrecto. En este caso, la mayoría de las escenas las protagonizan un personaje homosexual que se queja y, a la vez, se jacta de ser el único gay en un perdido pueblo de Gales; un falso parapléjico retrasado que abusa del voluntario social que cuida de él; una muchacha de barrio obrero con un vocabulario limitadísimo pero con una velocidad de discurso vertiginosa; un pervertido que no deja de encontrar excusas para visitar a su amigo porque tiene fantasías sexuales con la madre de éste, de setenta años y, por último, un travestí que salta a la vista que es un hombre para todo el mundo menos para sí mismo.

Little Britain es una serie de gran calidad. Pero, viendo los temas a los que acudimos para hacer humor en los primeros años del siglo XXI, nos damos cuenta de la candidez de los boy scouts en pantalones cortos de Benny Hill, de los amantes en el armario, de los ligueros, de la ropa interior de los setenta, de los tirachinas utilizados para mutilar las dos primeras letras el cartel de los baños de mujeres (WOMEN) para que el incauto se metiera en los baños equivocados (MEN) y provocara una persecución por el campo, un tirón de orejas o unas palmaditas en la calva de su compañero de reparto. Nos damos cuenta de que la cancelación de El Show de Benny Hill supuso el final de la inocencia.

 

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Un hombre en casa – Palomitas para desayunar

Un hombre en casa Palomitas para desayunar (De la colección Espectador en serie)

El Imperio Británico se vino abajo extraoficialmente con una victoria militar. Me explico. Los británicos vencieron en la guerra de las Malvinas y ahí terminó el Imperio de Su Majestad la reina Isabel II. A partir de entonces, las islas pasarían a ser una provincia más de otro Imperio, el americano. No nos llevemos a engaño: los británicos lo aceptaron, por lo general, de buen grado. Hubo, sí, algunos focos de resistencia en la música pop durante todos los ochenta pero, en líneas generales, el pueblo se acomodó bajo la sombra de Washington y el Imperio Británico cerró sus puertas al público de manera oficial a mediados de los noventa, cuando, en las facultades de filología inglesa de las universidades españolas, los profesores aceptaron, resignados, que sus alumnos no tenían porqué hablar inglés con el acento de la BBC (Los mismos periodistas de la BBC habían dejado de hablar con el acento de la BBC unos años antes).

Me gustaría repasar, sin embargo, no la decadencia de un Imperio, sino su última década de esplendor. En los años setenta, los británicos gozaron de una racha de capacidad creativa tal, que parecía que, en las islas, quien no era músico, era actor de televisión. El Reino Unido copaba todas las listas de superventas musicales y sus productoras de televisión triunfaban en buena parte del mundo gracias a sus telecomedias (Fawlty Towers, Monty Python Flying Circus…). Todos los que vivimos esa década recordamos la cabecera  que precedía a muchas de esas series: unas sencillas notas musicales mientras la palabra THAMES se reflejaba en el río delante de algunos de los edificios más emblemáticos de Londres apelmazados en un rudimentario montaje fotográfico.

Un hombre en casa no era, ni mucho menos, la mejor de esas series. Tampoco era la primera. Sin embargo, en ella aparecían tres ingredientes que se iban a repetir en muchas otras telecomedias posteriores: Un hombre en casa tenía una familia disfuncional, un número limitado de escenarios y una ingente cantidad de paradojas. Tal vez tendríamos que añadir a este combinado las risas enlatadas, que, en la serie, aparecían un máximo de cuatro veces por episodio y, a menudo, a destiempo.

Los tres inquilinos de la serie salían de la revolución del sesenta y ocho. Ellas, profesionales independientes, sin ningún interés por las labores de la casa. Él, con el glamour que aportaba en la época una media melena y una cazadora vaquera. Un hombre compartiendo techo con dos jovencitas. Un ménage a trois que, para desgracia de nuestro hombre en casa, tan sólo se producía en la cabeza calenturienta de su casero, George Roper, un hombre condenado a vivir con su mujer. Y viceversa. Se acabaron las familias felices. Nos enfrentamos sin concesiones a la típica situación de familia disfuncional, en la que cinco personajes con muy pocas cosas en común tienen que demostrar que la familia no es cuestión de sangre.

En el primer episodio, las dos protagonistas buscan a otra chica para compartir piso. Una mañana después de haber celebrado una fiesta en el piso, Robin aparece dormido en la bañera. Es el amigo de un amigo de un amigo de alguien que se había colado en la fiesta. Pronto descubren que es cocinero y que busca un sitio barato donde vivir. Así de sencillo, empiezan a crearse los malos entendidos de cada episodio. Robin se las promete muy felices pero Robin no se come un rosco. Es Robin el que acaba ocupándose de las tareas de la casa. Y todo sucedía en tres escenarios: el apartamento de los protagonistas, el piso de los caseros, Los Roper, y el pub al que acudían para terminar la tarde.

Un hombre en casa gozó de un éxito internacional sin precedentes y marcó muchas de las pautas de la telecomedia moderna. Tal fue su éxito que, no sólo le aparecieron dos secuelas (Los Roper y El Nido de Robin) sino que, además, tanto la serie como sus secuelas tuvieron una adaptación americana[1]. Otra prueba de su popularidad está en que los Roper fueron, en España, los protagonistas de una serie de anuncios publicitarios que reproducían situaciones similares a las de la serie. Un hombre en casa fue también llevada al cine.

Ver Un hombre en casa hoy en día no deja de ser un feliz ejercicio de nostalgia. Los inquilinos pagaban, entre todos, ochenta libras por el alquiler del piso de Londres (unos ciento veinte euros) y, como los cereales del desayuno todavía no se conocían en España, cada vez que aparecían en la serie, los corn flakes eran traducidos al español como palomitas.


[1] Aquí es donde empieza a complicarse el asunto: La adaptación americana de Un Hombre en casa se tituló en español Apartamento para tres (Three’s Company en inglés), la de George and Mildred se tituló en EEUU The Ropers y Robin’s Nest se tituló Three’s a Crowd.