Espectador en serie

Teledirigidos – Preámbulo

Teledirigidos – Preámbulo (De la colección Espectador en serie)

“Robaron un camión de chirimoyas,
aquí el teniente Kojak.”
Pepe Da Rosa 

Mi vida ha venido fuertemente marcada por las teleseries. Tanto, que hay veces que, después de alguno de mis baratos juegos de palabras, me parece oír el estruendo de un estallido de risas enlatadas. Fenómenos como éste no pueden aparecer aislados en la especie humana. Las teleseries son parte importante en la vida de muchos ciudadanos y se han convertido, a lo largo de los años, en las carnes más jugosas de las parrillas de programación. Todos compiten por tener teleseries que enganchen a los espectadores y los hagan fieles a su cadena.

Las teleseries marcan épocas, reflejan nuestros tiempos y ejercen influencias insospechadas que dirigen nuestras vidas. No es casual que una de las primeras veinte palabras que aprendió a pronunciar mi sobrino Alejandro fuera “Simpsons”. No es casual que los padres bauticen a sus hijos con los nombres de sus personajes favoritos de teleserie. En el caso de España, hubo un auge de nombres compuestos gracias a las telenovelas latinoamericanas y en el caso de Estados Unidos, muchas niñas recibieron el inusual nombre de Phoebe, gracias a uno de los personajes de Friends. No es casual que los criminales ya no abandonen los coches robados en un descampado. Gracias a CSI han aprendido que la policía puede encontrar pistas hasta en el tubo de escape, con lo que, ahora, los delincuentes queman los automóviles que roban cuando ya no los necesitan.

Si las generaciones precedentes se habían criado con teleseries ambientadas en el lejano o cercano oeste americano (Bonanza, Rintintín, Lassie), las series americanas que estaban de moda durante mi infancia eran en su mayoría de género policiaco. Puede parecer una tontería pero, gracias a estas series, formo parte de una generación a la que es difícil sorprender con un final de película. Fuimos todos adiestrados por los mejores detectives (Colombo, Mc Milllan, McCloud, Cannon, Los hombres de Harrelson, Starsky y Hutch…) y adivinamos quién es el malo de una película poco después de los créditos de inicio.

Todas estas series nos enseñaron a fijarnos bien en la sombra que proyecta el asesino o a leer la letra pequeña en la empuñadura del cuchillo del crimen. Estas series nos entrenaron a reparar en cada una de las palabras que dicen los protagonistas a lo largo de la película. Los más sagaces vamos siempre un poco más allá. No queremos dejar ningún margen para la duda. Antes de entrar al cine, repasamos los nombres de todos los actores. Como si fuera la lista de los posibles sospechosos. Allí, arrojamos ya nuestras sospechas sobre aquellos actores que, por lo general, se especializan en el papel del antihéroe.

Estas habilidades detectivescas nos han permitido, también, sobrevivir en un mar de teleseries a lo largo de nuestras vidas. Como no podemos ver todos los episodios cuando los emiten por primera vez, hemos desarrollado técnicas para seguir teleseries viendo pocos episodios de éstas o para situar temporalmente en la serie el episodio que reponen en televisión. Los más hábiles han conseguido adivinar a qué temporada de la serie pertenecía un episodio a partir del peinado de alguno de los protagonistas (creo que es, también, uno de los métodos que utilizan los historiadores para datar una estatua romana).

A pesar de que la telecomedia es mi género favorito, cuando hago memoria de las series españolas de mi infancia, mis primeros recuerdos me remiten a dos series dramáticas protagonizadas por Sancho Gracia: Los camioneros y Curro Jiménez. Ambas series me impactaron. De hecho, la segunda impactó a toda una generación pero la primera era mi favorita porque mi padre era camionero e imaginaba que las aventuras de los protagonistas eran las de mi propio padre.

Deambulo en mi preámbulo. Preambulo en mi deámbulo.

Nick Hornby, que es un señor al que le gusta mucho la música pop, eligió, de entre todas las canciones que ha escuchado en su vida, 31 canciones. Según su introducción, sus criterios fueron puramente personales pero utilizó cada una de esas canciones para compartir, con sus lectores, un pedazo de Nick Hornby: parte de su biografía, sus preocupaciones con su hijo, sus opiniones sobre el arte o el origen de algunas de las ideas para sus novelas. Lo que salió de todo aquello se tituló, evidentemente, 31 canciones[1]. La idea me inspiró. Creo que a mí me gustan las teleseries tanto como a Nick Hornby la música pop. Así nace Espectador en serie.

El resultado es un puñado de ensayos sobre distintas series de televisión que, juntos, configuran un ensayo más grande sobre las teleseries, sobre sus géneros, formatos, temáticas y argumentos, sobre sus problemas de producción y sus vías de difusión, sobre su evolución, sobre los personajes que aparecen en ellas, sobre sus contradicciones, sobre sus secretos para triunfar y sobre sus fracasos o sobre cómo han ido conviviendo paralelamente con nosotros.

El orden y la distribución en bloques de estos ensayos no son, ni mucho menos, casuales. El lector que elija leerlos en la forma tradicional (empezando por el primero y obedeciendo a los números de las páginas para llegar hasta el último) irá percibiendo la lógica establecida. Descubrirá cómo cada uno de los ensayos sigue a su precedente por una razón determinada. Sin embargo, el libro está concebido de la misma forma que una teleserie. Cada capítulo está relacionado con los demás pero su contenido es, en sí mismo, autosuficiente. El lector puede dejarse llevar y leer Espectador en serie siguiendo el orden de lectura que establezca su curiosidad por cada una de las teleseries.

Enciendo la tele y dejo que ponga banda sonora a mi comida. La televisión, vieja compañera, ha estado a mi lado en muchos momentos importantes. Me reconforta saber que no desaparecerá fácilmente de mi vida. De alguna forma sé que, cuando esté en mi lecho de muerte, justo antes de decir mis últimas palabras, alguien allá arriba, hará una pequeña pausa para dar paso a la publicidad. 


[1] 31 Songs, Nick Hornby, Penguin, 2003.

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