Espectador en serie

Un hombre en casa – Palomitas para desayunar

Un hombre en casa Palomitas para desayunar (De la colección Espectador en serie)

El Imperio Británico se vino abajo extraoficialmente con una victoria militar. Me explico. Los británicos vencieron en la guerra de las Malvinas y ahí terminó el Imperio de Su Majestad la reina Isabel II. A partir de entonces, las islas pasarían a ser una provincia más de otro Imperio, el americano. No nos llevemos a engaño: los británicos lo aceptaron, por lo general, de buen grado. Hubo, sí, algunos focos de resistencia en la música pop durante todos los ochenta pero, en líneas generales, el pueblo se acomodó bajo la sombra de Washington y el Imperio Británico cerró sus puertas al público de manera oficial a mediados de los noventa, cuando, en las facultades de filología inglesa de las universidades españolas, los profesores aceptaron, resignados, que sus alumnos no tenían porqué hablar inglés con el acento de la BBC (Los mismos periodistas de la BBC habían dejado de hablar con el acento de la BBC unos años antes).

Me gustaría repasar, sin embargo, no la decadencia de un Imperio, sino su última década de esplendor. En los años setenta, los británicos gozaron de una racha de capacidad creativa tal, que parecía que, en las islas, quien no era músico, era actor de televisión. El Reino Unido copaba todas las listas de superventas musicales y sus productoras de televisión triunfaban en buena parte del mundo gracias a sus telecomedias (Fawlty Towers, Monty Python Flying Circus…). Todos los que vivimos esa década recordamos la cabecera  que precedía a muchas de esas series: unas sencillas notas musicales mientras la palabra THAMES se reflejaba en el río delante de algunos de los edificios más emblemáticos de Londres apelmazados en un rudimentario montaje fotográfico.

Un hombre en casa no era, ni mucho menos, la mejor de esas series. Tampoco era la primera. Sin embargo, en ella aparecían tres ingredientes que se iban a repetir en muchas otras telecomedias posteriores: Un hombre en casa tenía una familia disfuncional, un número limitado de escenarios y una ingente cantidad de paradojas. Tal vez tendríamos que añadir a este combinado las risas enlatadas, que, en la serie, aparecían un máximo de cuatro veces por episodio y, a menudo, a destiempo.

Los tres inquilinos de la serie salían de la revolución del sesenta y ocho. Ellas, profesionales independientes, sin ningún interés por las labores de la casa. Él, con el glamour que aportaba en la época una media melena y una cazadora vaquera. Un hombre compartiendo techo con dos jovencitas. Un ménage a trois que, para desgracia de nuestro hombre en casa, tan sólo se producía en la cabeza calenturienta de su casero, George Roper, un hombre condenado a vivir con su mujer. Y viceversa. Se acabaron las familias felices. Nos enfrentamos sin concesiones a la típica situación de familia disfuncional, en la que cinco personajes con muy pocas cosas en común tienen que demostrar que la familia no es cuestión de sangre.

En el primer episodio, las dos protagonistas buscan a otra chica para compartir piso. Una mañana después de haber celebrado una fiesta en el piso, Robin aparece dormido en la bañera. Es el amigo de un amigo de un amigo de alguien que se había colado en la fiesta. Pronto descubren que es cocinero y que busca un sitio barato donde vivir. Así de sencillo, empiezan a crearse los malos entendidos de cada episodio. Robin se las promete muy felices pero Robin no se come un rosco. Es Robin el que acaba ocupándose de las tareas de la casa. Y todo sucedía en tres escenarios: el apartamento de los protagonistas, el piso de los caseros, Los Roper, y el pub al que acudían para terminar la tarde.

Un hombre en casa gozó de un éxito internacional sin precedentes y marcó muchas de las pautas de la telecomedia moderna. Tal fue su éxito que, no sólo le aparecieron dos secuelas (Los Roper y El Nido de Robin) sino que, además, tanto la serie como sus secuelas tuvieron una adaptación americana[1]. Otra prueba de su popularidad está en que los Roper fueron, en España, los protagonistas de una serie de anuncios publicitarios que reproducían situaciones similares a las de la serie. Un hombre en casa fue también llevada al cine.

Ver Un hombre en casa hoy en día no deja de ser un feliz ejercicio de nostalgia. Los inquilinos pagaban, entre todos, ochenta libras por el alquiler del piso de Londres (unos ciento veinte euros) y, como los cereales del desayuno todavía no se conocían en España, cada vez que aparecían en la serie, los corn flakes eran traducidos al español como palomitas.


[1] Aquí es donde empieza a complicarse el asunto: La adaptación americana de Un Hombre en casa se tituló en español Apartamento para tres (Three’s Company en inglés), la de George and Mildred se tituló en EEUU The Ropers y Robin’s Nest se tituló Three’s a Crowd.

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