Espectador en serie

Mujeres desesperadas – El episodio piloto: la calle de la Histeria

Mujeres desesperadas – El episodio piloto: la calle de la Histeria (De la colección Espectador en serie)

Los tiempos, para bien y para mal, están cambiando de forma vertiginosa. En el caso del ser humano, uno de los conceptos que más ha cambiado es “El resto de su vida”. Una persona se comprometía a vivir con otra para el resto de su vida, una vez que había conseguido un trabajo para el resto de su vida y se habían comprado, juntos, un piso para el resto de sus vidas. El resto de su vida era una condena a la vez que suponía una garantía del vivieron felices y comieron perdices. Algo extraordinario tenía que suceder para perder el trabajo, separarse de su cónyuge o para cambiar de vecinos.

Pero los tiempos están cambiando y los seres humanos con ellos. Hasta tal punto que ahora lo extraordinario es todo lo contrario. La gente cambia de pareja con más frecuencia, cambia de trabajo en repetidas ocasiones y, a consecuencia de uno de los dos factores anteriores, cambia de vecinos varias veces a lo largo de su vida[1]. Digamos que los nuevos tiempos están potenciando el que cada día comience, una vez más, el resto de nuestras vidas.

Si en los tiempos anteriores había cambios (ya hemos dicho que la sociedad era casi inmovilista), estos ocurrían como consecuencia del comportamiento del sujeto durante años, a veces décadas. En la sociedad actual, los cambios son tan numerosos y tan frecuentes que la mayoría de ellos dependen de una breve entrevista personal. En el trabajo, de una entrevista de trabajo. En las relaciones sentimentales, de una primera cita. Y en cada una de estas entrevistas personales nos lo jugamos absolutamente todo. Es un todo o nada[2]. Y por eso, en cada una de ellas tenemos que echar toda la carne en el asador. Si estamos verdaderamente interesados, acudimos a la entrevista de trabajo, o a la primera cita, con nuestras mejores galas, con nuestra mejor sonrisa, con nuestro sentido común más común.

El episodio piloto de una teleserie es una entrevista de trabajo y una primera cita a la vez. Es como una entrevista de trabajo pero a lo grande.  De ésta dependen los empleos de varios centenares de personas. Si el episodio piloto pasa la prueba, todos los miembros del equipo, desde los guionistas hasta los encargados de preparar la portada del DVD, podrán comer de la serie durante unas cuantas temporadas. Es, también, como una primera cita con un público al que se pretende enamorar desde el primer fotograma. Pues la fortuna de ese episodio piloto depende del número de personas que consiga enganchar en su primera emisión, de las opiniones de esas personas y, en última instancia, de los responsables de esa productora o de ese canal de televisión.

Por eso, en el episodio piloto hay que echar toda la carne en el asador. Absolutamente todo. Al episodio piloto, la serie acude con sus mejores galas y con su mejor sonrisa. Y ya no se trata, como cuando se empezó con la idea de los episodios piloto, de echar el anzuelo. El espectador se ha vuelto mucho más exigente y el mando a distancia le invita a ser infiel ante el menor titubeo.  Ahora la pesca se hace con redes múltiples. Una buena escena tiene que ir seguida de otra buena escena. Y cada una de ellas debe enganchar al telespectador a la vez de prometerle que lo que viene después es tan bueno o mejor que lo que está viendo en ese momento.

Los canales de televisión necesitan fórmulas como las de la telebasura. El telespectador escanea la programación a golpe de mando a distancia y dedica unos segundos a cada canal. Cada canal compite por quedarse con ese espectador, con hacerlo fiel a su programa. Y, en ese sentido, ha vencido la telebasura. Los reality shows nos bombardean[3] con un escándalo detrás de otro para impedir que cambiemos de canal. Las teleseries tienen que obedecer, de alguna forma, a estas fórmulas si quieren salir adelante. Mujeres desesperadas es un buen ejemplo de estas nuevas teleseries que combinan todos los elementos necesarios, tanto formales como de contenidos, para entrar en nuestras casas todos los días.


[1] Las relaciones entre vecinos también han cambiado mucho y, en la mayoría de los casos ha desaparecido por completo. En una sociedad que se mueve por el interés, las relaciones con los vecinos desaparecen porque, a priori, de un vecino, poco provecho podemos sacar. Los saludos en la escalera no son tan frecuentes y los silencios del ascensor son ya naturales.

[2] Sólo que ni el todo es tan todo, ni el nada es tan nada como antes.

[3] De la misma forma que lo hacen las películas de acción. Cada vez necesitan más explosiones para entretener al espectador. Los Simpsons critican este fenómeno en uno de sus episodios al hablar de ciertos dibujos animados japoneses que sólo ofrecen un cúmulo de explosiones de los que los niños no pueden apartar la mirada. Es cierto que nuestro poder de concentración y nuestros niveles de atención han disminuido en los últimos años (se acabaron los largos planos de pradera americana en las películas) pero estudios sobre el tema indican que la concentración y la atención hay que ejercitarlas. Este tipo de programas televisivos tendría el efecto contrario. Nuestros niveles de atención serán cada vez menores.

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