Espectador en serie

Espectador en serie

Teledirigidos – Preámbulo

Primeros planos: Orígenes de la telecomedia moderna – Definición – Ingredientes – Clasificación.

Cita de Diane Chambers.

Un hombre en casa – Palomitas para desayunar.

El show de Benny Hill – El final de la inocencia.

Las chicas Gilmore – ¿Dónde diablos están todos esos yunques?

Sexo en Nueva YorkLa ciudad es para mí

Friends – La madurez de un género lleno de inmaduros

Friends – La madurez de un género lleno de inmaduros (2ª parte)

Tensión: Episodios piloto – Fidelidad – Personajes – Exigencias del guión

Mujeres desesperadasEl episodio piloto: la calle de la Histeria

Mujeres desesperadasEl episodio piloto: la calle de la Histeria (2ª parte)

Cheers – De empollones y de atletas

Frasier – El padrino, segunda parte

Luz de lunaSin llegar a los puños

Aquí no hay quien viva – El hueco del ascensor

Nostalgia: Nostalgia por la nostalgia – Sintonías – El fin del monopolio público – Referencias culturales – infancia

Acertijo

Aquellos maravillosos añosEl Milhouse que todos llevamos dentro

FrasierFrasier ha entrado en tu edificio

El príncipe de Bel-AirFrágil democracia

Dallas – Por sevillanas

Marco – Marco encuentra a su madre

Éxito: El camino hacia la cima – El secreto de los dibujos animados – Políticamente incorrecto – Mujeres y hombres- Distribución y emisión – Medidas desesperadas

Los Simpsons – La edad de Homer Simpson

Matrimonio con hijos – Títeres con cabeza

Los SimpsonsLa edad de Homer Simpson (segunda parte)

Las chicas de oroCorrupción en Miami

SeinfeldTenemos que hablar

South Park – Bricolaje

Luz de lunaLa cuarta pared

Luz de lunaLos pájaros carpinteros

Drama: Fantasmas – Intriga – Ciencia ficción – Distribución y producción – Talento competitivo – Vida y muerte

Punto y seguido

Twin PeaksLa imparable parada de los monstruos

Perdidos – Fragmentos de jabalí

Prison BreakEl Taj Mahal

Los 4400¿Quién sabe dónde?

Los SopranoÓpera por cable

Los SopranoÓpera por cable (segunda parte)

A dos metros bajo tierraLa sonrisa en la cornisa

Extras

Sevillanas de los cuatro detectives

Índice alfabético Series

Índice alfabético Películas

Cómo conocí a vuestra madre – How I Met your Mother

Espectador en serie

Teledirigidos – Preámbulo

Teledirigidos – Preámbulo (De la colección Espectador en serie)

“Robaron un camión de chirimoyas,
aquí el teniente Kojak.”
Pepe Da Rosa 

Mi vida ha venido fuertemente marcada por las teleseries. Tanto, que hay veces que, después de alguno de mis baratos juegos de palabras, me parece oír el estruendo de un estallido de risas enlatadas. Fenómenos como éste no pueden aparecer aislados en la especie humana. Las teleseries son parte importante en la vida de muchos ciudadanos y se han convertido, a lo largo de los años, en las carnes más jugosas de las parrillas de programación. Todos compiten por tener teleseries que enganchen a los espectadores y los hagan fieles a su cadena.

Las teleseries marcan épocas, reflejan nuestros tiempos y ejercen influencias insospechadas que dirigen nuestras vidas. No es casual que una de las primeras veinte palabras que aprendió a pronunciar mi sobrino Alejandro fuera “Simpsons”. No es casual que los padres bauticen a sus hijos con los nombres de sus personajes favoritos de teleserie. En el caso de España, hubo un auge de nombres compuestos gracias a las telenovelas latinoamericanas y en el caso de Estados Unidos, muchas niñas recibieron el inusual nombre de Phoebe, gracias a uno de los personajes de Friends. No es casual que los criminales ya no abandonen los coches robados en un descampado. Gracias a CSI han aprendido que la policía puede encontrar pistas hasta en el tubo de escape, con lo que, ahora, los delincuentes queman los automóviles que roban cuando ya no los necesitan.

Si las generaciones precedentes se habían criado con teleseries ambientadas en el lejano o cercano oeste americano (Bonanza, Rintintín, Lassie), las series americanas que estaban de moda durante mi infancia eran en su mayoría de género policiaco. Puede parecer una tontería pero, gracias a estas series, formo parte de una generación a la que es difícil sorprender con un final de película. Fuimos todos adiestrados por los mejores detectives (Colombo, Mc Milllan, McCloud, Cannon, Los hombres de Harrelson, Starsky y Hutch…) y adivinamos quién es el malo de una película poco después de los créditos de inicio.

Todas estas series nos enseñaron a fijarnos bien en la sombra que proyecta el asesino o a leer la letra pequeña en la empuñadura del cuchillo del crimen. Estas series nos entrenaron a reparar en cada una de las palabras que dicen los protagonistas a lo largo de la película. Los más sagaces vamos siempre un poco más allá. No queremos dejar ningún margen para la duda. Antes de entrar al cine, repasamos los nombres de todos los actores. Como si fuera la lista de los posibles sospechosos. Allí, arrojamos ya nuestras sospechas sobre aquellos actores que, por lo general, se especializan en el papel del antihéroe.

Estas habilidades detectivescas nos han permitido, también, sobrevivir en un mar de teleseries a lo largo de nuestras vidas. Como no podemos ver todos los episodios cuando los emiten por primera vez, hemos desarrollado técnicas para seguir teleseries viendo pocos episodios de éstas o para situar temporalmente en la serie el episodio que reponen en televisión. Los más hábiles han conseguido adivinar a qué temporada de la serie pertenecía un episodio a partir del peinado de alguno de los protagonistas (creo que es, también, uno de los métodos que utilizan los historiadores para datar una estatua romana).

A pesar de que la telecomedia es mi género favorito, cuando hago memoria de las series españolas de mi infancia, mis primeros recuerdos me remiten a dos series dramáticas protagonizadas por Sancho Gracia: Los camioneros y Curro Jiménez. Ambas series me impactaron. De hecho, la segunda impactó a toda una generación pero la primera era mi favorita porque mi padre era camionero e imaginaba que las aventuras de los protagonistas eran las de mi propio padre.

Deambulo en mi preámbulo. Preambulo en mi deámbulo.

Nick Hornby, que es un señor al que le gusta mucho la música pop, eligió, de entre todas las canciones que ha escuchado en su vida, 31 canciones. Según su introducción, sus criterios fueron puramente personales pero utilizó cada una de esas canciones para compartir, con sus lectores, un pedazo de Nick Hornby: parte de su biografía, sus preocupaciones con su hijo, sus opiniones sobre el arte o el origen de algunas de las ideas para sus novelas. Lo que salió de todo aquello se tituló, evidentemente, 31 canciones[1]. La idea me inspiró. Creo que a mí me gustan las teleseries tanto como a Nick Hornby la música pop. Así nace Espectador en serie.

El resultado es un puñado de ensayos sobre distintas series de televisión que, juntos, configuran un ensayo más grande sobre las teleseries, sobre sus géneros, formatos, temáticas y argumentos, sobre sus problemas de producción y sus vías de difusión, sobre su evolución, sobre los personajes que aparecen en ellas, sobre sus contradicciones, sobre sus secretos para triunfar y sobre sus fracasos o sobre cómo han ido conviviendo paralelamente con nosotros.

El orden y la distribución en bloques de estos ensayos no son, ni mucho menos, casuales. El lector que elija leerlos en la forma tradicional (empezando por el primero y obedeciendo a los números de las páginas para llegar hasta el último) irá percibiendo la lógica establecida. Descubrirá cómo cada uno de los ensayos sigue a su precedente por una razón determinada. Sin embargo, el libro está concebido de la misma forma que una teleserie. Cada capítulo está relacionado con los demás pero su contenido es, en sí mismo, autosuficiente. El lector puede dejarse llevar y leer Espectador en serie siguiendo el orden de lectura que establezca su curiosidad por cada una de las teleseries.

Enciendo la tele y dejo que ponga banda sonora a mi comida. La televisión, vieja compañera, ha estado a mi lado en muchos momentos importantes. Me reconforta saber que no desaparecerá fácilmente de mi vida. De alguna forma sé que, cuando esté en mi lecho de muerte, justo antes de decir mis últimas palabras, alguien allá arriba, hará una pequeña pausa para dar paso a la publicidad. 


[1] 31 Songs, Nick Hornby, Penguin, 2003.

Cine

Bad Teacher (2011)

Duele. La combinación de palabras “mal maestro” resulta dolorosa para una persona que, como yo, cree en la educación. Y parece que, hoy en día, está en boca de todos. Los malos maestros. Cuando uno no deja de oírlo, aún parece que haya más de los que me cuesta admitir. Claro que hay malos profesores, como hay malos fontaneros, malos taxistas y malos cirujanos. Pero no son tantos como nos hacen ver los medios de comunicación. Un documental sobre la educación en Estados Unidos financiado por Bill Gates en 2010 (no mencionaré el título para que nadie caiga en la tentación de ver tan nefasta producción) echaba la culpa de todos los problemas del sistema educativo americano a los maestros. Toda la culpa la tenían ellos. Los malos maestros que plagan e infestan nuestras escuelas. No es para tanto. Si tuviéramos que buscar una cifra, diría yo que el número de malos maestros y el de buenos políticos anda parejo. Y, sin embargo, de lo único que se habla es de los malos maestros. Y eso, a mí, me duele. Y aún con todo, debo confesar que esperaba con impaciencia la última película de Cameron Díaz, Bad Teacher.

Los que me conocen bien saben que tengo debilidad por el subgénero cinematográfico  de institutos, con sus empollones y sus atletas, con sus animadoras y con sus bailes de promoción. Sin embargo, al ser películas dirigidas al público adolescente, los personajes que más se desarrollan y los que más protagonismo toman son los estudiantes y no los maestros. Y cuando los maestros son los protagonistas, no dejan de ser personajes irreales que acaban solucionando todos los problemas de los muchachos de sus clases y los de los muchachos de la clase de al lado. Todos podemos recordar a Sidney Poitiers en To Sir, with Love (Al maestro con cariño, 1967), o a Michelle Pfeiffer en Mentes peligrosas (Dangerous Minds, 1995). Si nos vamos al cine con un poquitín de más calidad, podemos recordar a Edward James Olmos interpretando a Jaime Escalante[1] en Stand and Deliver (Con ganas de triunfar, 1988), el mejor maestro de la historia del cine, en mi humilde opinión.

Otras películas pertenecientes a este subgénero merecen ser mencionadas: la francesa Los chicos del coro (Les choristes, 2004), posiblemente mi favorita; Dead Poets Society (La sociedad de los poetas muertos, 1989), en la que Robin Williams hace un papelón y en la que se analizan con un pelín más de profundidad las relaciones entre el profesor y el alumno pero que, desafortunadamente, pinta, una vez más un mundo maravilloso de luz y de colores; otra francesa, La clase (Entre les murs, 2008), por su toque de documental; Rushmore (Academia Rushmore, 1998), una delicia, y Election (1999) por sus aspectos bizarros; las fabulosas El sustituto (The Substitute, 1996) con un Tom Berenger que no tiene desperdicio y, no se vayan todavía, aún hay más, El sustituto 2 (The Substitute 2: School’s out, 1998) a la que ya ni siquiera Tom Berenger quiso contribuir con lo que tuvieron que encontrar al sustituto del sustituto; la comedia Escuela de Rock (School of Rock, 2003), sin duda un precedente de Bad Teacher, puesto que los protagonistas de ambas películas son personajes mezquinos y egoístas que se mueven sólo por su propio interés; y, por último, dentro del cine nacional, destacar la figura del maestro y su relación con el protagonista y su familia en la película La lengua de las mariposas (1999). Fuera del subgénero cinematográfico que nos atañe, no puedo olvidarme de que Indiana Jones es profesor de Universidad y jamás se me irá de la cabeza la divertidísima escena de los hermanos Jake y Elwood sentados en el pupitre y defendiéndose de la regla de madera de la madre superiora, su maestra cuando eran niños, en Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers, 1980).

Bad Teacher, la comedia, funciona bien. Los estudiantes de primero de la ESO tienen que sufrir diariamente a unas caricaturas de maestros y a un director de escuela cuya pasión son los delfines. De entre todos los maestros de la escuela, destacan las piernas y los zapatos de tacón de Cameron Díaz, una maestra de literatura que está allí porque dice que no sabe hacer otra cosa y porque su prometido, un multimillonario, la acaba de dejar al darse cuenta de que ella sólo lo quiere por su dinero. Si la Pfeiffer era un ángel vestido en cuero negro en Mentes Peligrosas, la Díaz es el anticristo en minifalda. El proyector de DVDs de la clase de literatura echa humo. Cameron Díaz pone una película tras otra en sus clases desde el primer día de curso (todas dentro del subgénero de escuelas), mientras se parapeta detrás de su pupitre para poder dormir. La Díaz sólo tiene un objetivo: ahorrar lo suficiente para poder hacerse un aumento de tetas. Se entera de que la escuela da un premio de cinco mil setecientos dólares al maestro que consiga que sus estudiantes logren mejores resultados en los exámenes del estado y eso la empuja a esforzarse más y enseñar contenidos propiamente dichos en sus clases. Aquí está una de las pequeñas trampas de la película, la famosa política del Merit Pay que propone el presidente Obama por la que cada maestro cobraría en función a los resultados de sus estudiantes. Terrible. El mundo de la gestión de empresa se lía con el sistema educativo, como cuando los japoneses juntaban a King Kong con Godzilla en la misma película.

Como digo, la comedia en la película funciona. Cameron Díaz lo hace bien. Es su mejor papel junto con el que interpreta en Noche y día, del 2010, lo cual nos hace ver que está en su mejor momento. Hay en la película, por lo menos, siete chistes que tienen gracia, lo cual no está mal para hora y media de metraje. Y algunos de los personajes secundarios tienen su cosa. Muy posiblemente, Bad Teacher sólo pasará a la historia del cine como una de las películas americanas que no traducirá su título al español como Cars, Kill Bill, Toy Story, y Playmate of the Year, porque los distribuidores saben que cualquiera que haya estudiado inglés durante quince días entenderá lo que significa el título. Eso, aunque esas clases de inglés las haya dado el profesor Siesta, uno de mis personajes favoritos de Barrio Sésamo, el único maestro que se quedaba dormido mientras explicaba sus lecciones.

Banda sonora: Cameron Díaz fuma marihuana en su coche mientras escucha Rainbow in the Dark, del primer disco en solitario de Ronnie James Dio. La película acaba con una poderosísima versión del Real Wild Child por parte de Joan Jett and the Blackhearts.

Otras películas  y series del subgénero de escuelas:

El rector (The principal, 1987) con James Belushi como revolucionario director de una escuela.

Escuela de jóvenes rebeldes (Lean on Me, 1989) lo mismo que la anterior pero esta vez no es James Belushi. Es Morgan Freeman.

One Eight Seven (187) (One Eight Seven, 1997), con Samuel L. Jackson haciendo de maestro justiciero.

Entrenador Carter (Coach Carter, 2005), aquí, también Samuel L. Jackson, de entrenador de baloncesto.

Breaking Bad (2008-2013), la serie de televisión en la que un profesor de secundaria de química de Albuquerque, Nuevo México, decide cocinar crack ante su débil situación económica.

Vivir con Mr. Cooper (Hangin’ with Mr. Cooper, 1992-1997), otra serie de televisión. Aquí, el profesor trabaja en Oakland, California.


[1] Jaime Escalante nació en Bolivia y murió en California en 2010 y es uno de mis héroes.

Recomendaciones

Entrevista con Juan Almagro

Entrevista con Juan Almagro – Fernando Martín Pescador

“Escribo porque tengo miedo: antes cuando tenía miedo me metía debajo de la cama. Escribo para levantarme cuando quiera. Escribo para acostarme cuando quiera. Escribo para imponer mi versión de los hechos. Escribo por envidia. Escribo por fascinación. Escribo para ser feliz. Escribo para ganar dinero. Escribo para saber cómo escribo. Escribo para que se publique lo que escribo. Escribo para seducir. Escribo para ser apreciado. Escribo para existir. Escribo para ser visible.” (Félix Romeo)

Fernando Martín Pescador: Y tú, ¿por qué escribes, Juan?

Juan Almagro: Escribo para que no se me olvide que tengo que decir cosas que esa persona que vive en mi lugar, no yo, nunca dice, y también escribo para vivir en un mundo en el que él nunca vive.

Fernando: Supongo, corrígeme si me equivoco, que llevas mucho tiempo escribiendo. Para la editorial Bartleby, tradujiste a los poetas estadounidenses contemporáneos Sharon Olds (en colaboración con Carlos Jiménez) y Billy Collins. ¿Cómo influyeron en tu poesía estos autores? ¿Cómo influyó en tu poesía el acto de traducir a estos grandes poetas?

Juan: La verdad que son dos poetas con quienes no siento ningún tipo de influencia artística más allá de gustarme algunos versos aquí y allá. De Sharon Olds recuerdo su “I am a student of war” refiriéndose a las relaciones familiares. De Billy Collins me quedo con el hecho de que lo doméstico, un dictum más idiomático y personal, ese dios de las pequeñas cosas, puede darle mucha fuerza y honestidad a la escritura.

Fernando: En la película noruega Elling (2001), el protagonista se dedica a esconder sus poemas entre la envoltura de las tabletas de chocolate en un supermercado para que los que compren ese chocolate se encuentren con un poema al desenvolver el chocolate. ¿Dónde te gustaría que la gente encontrara tus poemas y quién te gustaría que se los encontrara?

Juan: Entre cualquier forma de mercadotecnia simpática y una edición en Cátedra, soñaría con ésta última. Ya en los años de estudiante de secundaria me atraían mucho estos libros de tapa negra y brillos, ese tacto tan suave y compacto que tienen, esa sensación de literatura de verdad. Sólo cabían las grandes palabras, las grandes historias, los grandes sentimientos.

Fernando: Tu primer libro, El hombre bañera, fue publicado por la prestigiosa editorial Bartleby. Tu segundo libro de poemas, Lo que vive en mi lugar, ha sido publicado por la Universidad Complutense por haber ganado el premio de poesía 2012 de esta universidad. ¿No es eso entrar por la puerta grande de la poesía española del siglo XXI? ¿Cuáles son los retos de Juan Almagro a partir de tan alto listón? Supongo que muchos serán literarios. Supongo que otros no.

Juan: Gracias por el símil tauromáquico. A veces tengo la sensación de que todo esto tendría que haber ocurrido hace 15 años. Hablando sobre puertas que abrir, estoy haciendo mis pinitos en la narrativa, en el relato breve en concreto, pero no acabo de identificarme con su pulso lineal. Por otro lado, creo que escribir teatro es el reto entre los retos y habrá que probar…

Fernando: Javier Tomeo comenta que los escritores escriben un solo libro en toda su vida, aunque, por varias razones, lo fragmentan en varias publicaciones a lo largo de su existencia. No cabe la menor duda de que, aunque son dos colecciones de poemas distintas, El hombre bañera y Lo que vive en mi lugar tienen un mismo autor. Un autor que ha buscado, imagino, nuevos contenidos y nuevos aspectos formales. Háblanos de tus dos libros.

Juan: Respecto de la afirmación de Javier Tomeo pienso que encierra cierta verdad porque muchas veces me pregunto si no estaré reescribiendo poemas sin saberlo. Hay cosas que nunca nos cansamos de decir, una tendencia vital a rumiar la identidad propia.

Me resulta difícil hablar de mis dos libros porque han sido procesos de elaboración largos. Además soy de los poetas que no se saben de memoria sus propios poemas ni cuántos son. Lo primero que se me ocurre es que las dos obras hablan mucho del hombre como un ser que necesita metamorfosearse en otras criaturas (humanoides, post-humanas) para poder expresarse. Necesita un espacio mítico para entender su esencia y también es consciente de del espacio real, de la humanidad más tangible, más perecedera, más doméstica. Todo el mundo tenemos un intruso –un hombre- que vive en nuestro lugar, en vez de nosotros.

Otros dos temas recurrentes son la facultad del habla, el idioma, y la mujer.  La palabra como compromiso inequívocamente humano, y la mujer que no acaba de liberarse de su compromiso pre-humano, de su “exceso iluminista” como digo en un poema.

En los dos libros es vital la recuperación y uso de palabras del español que me aporten una resonancia especial y una rotundidad que apuntalen la presencia formal que tiene el poema en prosa.

El caballo del malo

Monument Valley

          Enseguida noté que era de ese tipo de personas a los que no les gusta malgastar el tiempo con silencio. Aún no había despegado el avión y ya se había presentado extendiendo su mano y diciendo su nombre mientras apretaba la mía. Bob y algo más. No recuerdo el apellido. Cuando vuelas con frecuencia casi todos acaban llamándose Bob. Era un vuelo de poco menos de dos horas con destino a Salt Lake City con lo que no me importó. Confieso que me gusta conocer a gente a la que sé que no voy a volver a ver en mi vida. Bob estaba acostumbrado a estrechar la mano de la gente, sin brusquedades pero con firmeza. Aunque no vendía nada, pertenecía a esa generación de estadounidenses siempre dispuesta a arrojar algo de negocios en todas sus conversaciones. Ha sido esa generación la que ha comprado y vendido varias veces el planeta en el que vivimos. Bob era inteligente y ofrecía una conversación interesante. Había trabajado para varias compañías del mismo sector a lo largo de su vida. Bob, porque de la forma que hablaba parecía que lo hacía él personalmente, Bob, y las compañías para las que había trabajado, se dedicaban a limpiar los desastres ecológicos que iban sembrando las grandes compañías multinacionales. Había comenzado limpiando los efectos de algunas minas de mercurio, purificando el agua de los ríos vecinos a esas minas, principalmente, pero había acabado especializándose en la limpieza ecológica de los residuos de las minas de uranio. De hecho, en esos mismos momentos, nos encontrábamos sobrevolando una de las zonas más ricas en uranio de los Estados Unidos, que, casualmente, se encontraba en el corazón de la nación de los indios navajos. Bob me explicó con detalle cada una de las medidas de protección personal que tomaban él y sus compañeros cuando se aproximaban a las minas abandonadas de uranio. A finales de los años 40, me contó, cuando se comenzó a extraer uranio en esa zona del país, la gran mayoría de los contratados eran navajos y, básicamente, lo hacían con pico y pala. Una vez conseguido el uranio, los navajos utilizaban muchas de las rocas desechadas para construir sus casas… El uranio no es ninguna broma, me dijo Bob.  Había acabado con muchos navajos debido a la contaminación medioambiental ocasionada por las minas de la región. En 1990, el gobierno de los Estados Unidos aprobó una ley que intentaba compensar económicamente a los damnificados pero, obviamente, para lo único que sirvió, realmente, fue para admitir su culpabilidad. Conforme continuaba hablando, tenía la sensación de que a Bob se le iba iluminando la piel, como si fuera incandescente… tal vez fosforescente… Bob me contó que el mismo Duque, así es como se refería al famoso actor John Wayne, no se había librado de la radiación de la zona. 91 de los 220 miembros del equipo de filmación de la película El conquistador de Mongolia, de 1956, habían enfermado de cáncer y 46 de ellos habían muerto antes de 1980 debido a esta enfermedad.

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