Espectador en serie

Luz de luna – Sin llegar a los puños

Luz de luna – Sin llegar a los puños (De la colección Espectador en serie)

¿Durante cuánto tiempo pueden estar discutiendo dos personas sin llegar a los puños? Empezando a tomar tiempos desde el inicio de la discusión. Las dos personas pueden estar tan tranquilas, llevando a cabo una conversación amigable, rutinaria, contrastando dos opiniones diversas, estableciendo dos puntos de vista diferentes, tomando una decisión más o menos importante y, de repente, la sensibilidad del uno puede sentirse herida por el pequeño desplante involuntario del otro, el comentario del uno puede arañar las viejas cicatrices del que inmediatamente se convierte en su contrincante. Se ha removido un nervio enterrado, se ha tocado hueso, se ha tratado un punto en el que uno de los dos interlocutores (que se aprecian, se quieren y hasta puede que se amen) tiene asentadas unas convicciones firmes que necesita defender. Se trata de su ciudadela vital, del último bastión de su reino de principios fundamentales. Pueden seguir sonriendo pero la tensión se apodera de sus caras y sus ojos se cierran y se alargan. En este momento de la discusión, aún se permiten el lujo de la civilización. El uno y el otro pasan a explicar su punto de vista, su opinión, su posición inamovible. Se mantienen los turnos de palabras, las explicaciones y aclaraciones son pausadas y se intentan revocar los argumentos del otro con respeto e, incluso, con simpatía. Cuando llegamos a este punto, parecen haber pasado siglos pero, normalmente, todo transcurre en menos de diez minutos. Dependiendo de la paciencia de cada uno, la siguiente fase de la discusión consiste en repetir los mismos argumentos y posiciones con otras palabras, con otros ejemplos, si es posible. Habrá que definir algunas de las palabras utilizadas para asegurarnos de que estamos hablando de lo mismo e intentaremos adueñarnos de algunos de los conceptos para llevar la discusión hacia nuestra trinchera. A pesar de las múltiples posibilidades, llega un momento en el que nuestro conocimiento del lenguaje empieza a mostrar nuestras limitaciones. Empezamos a repetir muchas palabras y hasta frases enteras cambiando tan sólo la entonación, que se vuelve mucho más agresiva, y perdemos control sobre el volumen de nuestra conversación. Es muy fácil que, si hemos empezado la discusión sentados, ambos nos levantemos. A partir de aquí, el dolor y el orgullo nos adentran en una selva en la que los senderos se difuminan hasta desaparecer antes de que podamos darnos cuenta y decidamos volver sobre nuestros pasos hasta el lugar en el que dejamos enterrado nuestro sentido común. Estamos en un territorio desconocido. Sin mapas. Un territorio en el que nos vamos encontrando multitud de estacas con las cabezas reducidas de aquellas personas que allí se han ido perdiendo a lo largo de la historia. Estamos enfadados con nuestro adversario, que sigue repitiendo lo mismo una y otra vez. Y el enfado nos produce un dolor que nos lleva a defendernos de sus palabras a la vez que nos invita a pasar al ataque. Nuestro orgullo no entiende cómo la otra persona no entra en razón y se convence de que nuestra opinión es la que está en lo cierto, de que nuestra postura es la única posible. Y, al mismo tiempo, nuestro orgullo nos comunica que, de ninguna manera, podemos dejarnos convencer por los argumentos del otro a estas alturas de la discusión. A partir de aquí, sólo nos queda pasar al acoso y derribo de todas y cada una de las palabras de nuestro contrincante. A partir de ahora, todo vale. Acudiremos a la ironía, al sarcasmo, a la repetición de sus palabras, cambiando la entonación o alterando un pequeño matiz para ridiculizarlo. Luego vendrá el reproche y la memoria histórica para hacer ver al enemigo que se contradice, que sus argumentos se levantan sobre el barro. El dolor nos lleva a infligir más dolor al que tenemos enfrente. La venganza se adueña de nuestra ira y buscamos los lugares donde más vulnerable sabemos a nuestro rival. Ahí, mandaremos nuestras tropas de asalto llegando, si es necesario, al insulto y a las palabras malsonantes. El origen de la discusión es ya lo de menos. No hay que dejar supervivientes. Se suceden los gritos y las lágrimas. A ambos interlocutores les pesa el cuerpo y les pesa el alma. Ambos tienen un magnífico dolor de cabeza. Ambos se encuentran de pie, en la compuerta de su avión, dispuestos a lanzarse al vacío de un ataque de nervios, con la mochila del paracaídas llena de piedras.

¿Durante cuánto tiempo pueden estar discutiendo dos personas sin llegar a los puños? Empezando a tomar tiempos desde el inicio de la discusión y parando el cronómetro en el instante en que ambos interlocutores se odian y han perdido hasta las ganas de vivir, aunque sólo sea por unos días. ¿Durante cuánto tiempo? Puedo decir, avergonzado claro está, que tengo los tiempos record en esta disciplina humana y que he conseguido llegar a esos tiempos varias veces en mi vida. El segundo mejor tiempo lo ostentan David Addison y Madelyn Hayes (Bruce Willis y Cybill Shepherd), la pareja protagonista de la serie Luz de luna, que estuvieron discutiendo sin parar durante cinco temporadas seguidas.

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