Espectador en serie

El príncipe de Bel-Air – Frágil democracia

El príncipe de Bel-Air – Frágil democracia (De la colección Espectador en serie)

El curso 1992-93 fue el último año en que mi familia, mis padres, mi hermana y mi hermano, dormimos todos bajo el mismo techo.  Al año siguiente yo me trasladé a Ejea de los Caballeros y, pocos años más tarde, mi hermano se fue a Alcalá de Henares para ser legionario paracaidista. Para entonces, la mayoría de los hogares españoles tenían un solo televisor con lo que fue, también, el último año en que mi familia y yo compartimos a diario la televisión familiar.

A decir verdad, era tan sólo a mediodía, cuando nos juntábamos todos para comer, el único momento del día en el que teníamos que compartir televisión. El tamaño de Zaragoza en esos años y los horarios de la mayoría de los trabajos aún permitían que la gente fuera a casa para comer. De hecho, a mi padre hasta le daba tiempo a echar una cabezada de quince minutos en el sofá antes de volver al trabajo por la tarde.

Hasta 1990, año en el que empezaron a funcionar Antena 3, Tele 5 y Canal Plus, no se habían planteado problemas a la hora de elegir qué ver a mediodía. Por un lado, en mi casa aún había que pedir permiso a mis padres para encender el televisor. Por otro, en caso de discrepancia, en casa se veía lo que decidían los mayores. Pero durante ese curso 92-93, una pequeña revolución democrática en la familia demandaba una votación para elegir la programación a la hora de comer. Cansados del casposo noticiario regional, mis hermanos y yo nos inclinábamos por El Príncipe de Bel-Air.

Una vez más, situémonos en el tiempo. Europa se llenaba de inmigrantes de todas las razas. Pero la particular crisis que vivía España después de las Olimpiadas de Barcelona y de la Expo de Sevilla retrasó, aún más, la inminente entrada de inmigrantes en el país. España seguía siendo demográficamente uniforme. Y ver una serie de televisión en la que sólo aparecían personajes de raza negra no dejaba de tener cierto exotismo cultural.

Los movimientos afroamericanos de finales de los sesenta y comienzos de los setenta ya habían provocado la aparición de largometrajes en los que sólo aparecían actores negros. Pero había que esperar a la década siguiente para encontrarnos con teleseries de estas características. En Estados Unidos, tenían un carácter reivindicativo y de protesta, por un lado, y moralista, por otro: Los afroamericanos protestaban porque el cine y la televisión americana no los representaba suficientemente y, a la vez, con sus teleseries, intentaban crear modelos de comportamiento para sus jóvenes. En las películas y en las series del sistema, los negros siempre eran los criminales. Ahora, podían ser médicos, policías o abogados multimillonarios. En España, sin embargo, esa protesta y esa reivindicación quedaban muy difuminadas.

La primera de estas series en alcanzar popularidad internacional fue El show de Bill Cosby y, más tarde, les llegó el turno a Cosas de casa, y  a El Príncipe de Bel-Air. Las tres, como hemos dicho, tenían el objetivo de demostrar que se puede ser afroamericano y tener éxito social junto a una familia perfecta, con lo que, a pesar de ser telecomedias modernas, mantenían la idea de familia feliz que se llevaba en las teleseries de los años cincuenta y sesenta. Tan sólo El Príncipe de Bel-Air mostraba cierta anomalía familiar, pues Will Smith tenía que alejarse de su madre para ir a vivir con sus tíos.

El Príncipe de Bel-Air no pasaba de ser una serie más en Estados Unidos. La idea original no dejaba de ser otro Paco Martínez Soria yendo a la gran ciudad y arreglando los problemas de su sofisticada familia con las sencillas soluciones de la gente campechana y sincera. Y sí, la serie tenía algo. Tal vez ese colorido pop, o esos arreglos de música rap, o quizá esos finales moralistas tradicionales con giros de cierta ambigüedad (algo que puede verse, con frecuencia también, en Los Simpsons). Tenía un algo pero no era suficiente para convertirse en una serie de primera fila.

Y entonces llegó a España. Y el doblaje fue tan acertado (soy un defensor de los subtítulos) y los chistes locales fueron trasladados con tanto acierto a la situación española, que fue en España donde El Príncipe de Bel-Air se hizo grande. Aparte de las series infantiles[1], es la única telecomedia que ha traducido la letra de su melodía al español. Y los jóvenes españoles pedíamos democracia en nuestras casas para poder ver El Príncipe de Bel-Air a mediodía. Nos tragábamos episodios repetidos y desordenados un día tras otro (parecía que Antena 3 se había propuesto emitirlos sin orden ni concierto) a la hora de comer.

Miro al pasado con nostalgia. Esos años de democracia se han esfumado. Ahora, cuando toda la familia se reúne en casa de mis padres para comer, es Alejandro, mi sobrino de cinco años, el que se hace dueño del mando a distancia e impone, sin consultarlo con nadie, su criterio.


[1] Antes de que Heidi tuviera el éxito que tuvo, hasta podíamos escuchar la canción en japonés.

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