Espectador en serie

Prison Break – El Taj Mahal

Prison Break – El Taj Mahal (De la colección Espectador en serie)

Porque todos tenemos algo de lo que escapar, el género carcelario siempre tiene su atractivo. Sus aportaciones al cine han sido numerosas a lo largo de la historia y, en muchas ocasiones, de gran calidad. El tema interesa, bien para criticar el sistema judicial o penitenciario, bien para estudiar la psicología del ser humano o bien para hacer un seguimiento de una parte más en la vida de un delincuente[1]. Por eso, no podía tardar en aparecer una teleserie de calidad ambientada en una cárcel de máxima seguridad.

La mayor preocupación de la productora Fox y lo que hizo que, al principio, rechazara el proyecto es el propio título de la serie. Prison Break no deja de ser una fuga de prisión y los productores sabían que la fuga en sí no puede posponerse más allá del final de la primera temporada. Es muy difícil apoyar un proyecto así, cuando se sabe que los verdaderos beneficios de una serie llegan a partir de la quinta temporada. Esto hizo que la idea fuera propuesta para una miniserie por la que estuvieron atraídos Bruce Willis y el mismísimo Spielberg.

El creador Paul Scheuring consiguió, finalmente, el apoyo de Fox para que Prison Break fuera una teleserie con diferentes temporadas de cerca de 20 episodios por temporada. La serie cosechó grandes éxitos de audiencia desde el primer episodio, con una media de casi diez millones de espectadores por episodio en Estados Unidos (la mejor audiencia para una serie estrenada en el segundo semestre del 2005). Como los prisioneros acaban fugándose al final de la primera temporada, la segunda temporada cuenta las aventuras de los fugitivos fuera de prisión. Y cuando preguntan a Scheuring sobre la continuidad de la serie, éste responde que la serie seguirá produciéndose mientras tenga éxito. Luego el título de la serie se mantendrá (como una franquicia) no anunciando hacia dónde se dirigen sus protagonistas sino recordándonos de dónde han salido.

Era natural que la serie escapara de la prisión penitenciaria de River Fox. A pesar de que el género tiene sus seguidores (la dureza de la vida en prisión y la descripción detallada de los grupos humanos que se encuentran tras las rejas) y a pesar de que los guionistas salvaron correctamente todas las dificultades del guión que se presentaban en una cárcel, el ambiente carcelario tiene, en sí mismo, unas limitaciones de las que hay que huir tarde o temprano. La primera tentación que había evitar era el que la serie sólo tuviera hombres como ocurre con muchas de las películas de género carcelario. Para eso, los guionistas pensaron en que la ex novia del condenado a muerte fuera abogada, que la enfermería de la prisión estuviera gobernada por una joven y guapa doctora, que el compañero de celda del protagonista tuviera problemas con una novia que le hace visitas vis a vis un par de miércoles al mes y que la persona que esté detrás de toda la conspiración sea una mujer cuya cara no podamos ver hasta bien transcurrida la primera temporada. Una mujer que es, nada más y nada menos, la vicepresidenta de los Estados Unidos y que resultará ser una de las artífices de una conspiración para eliminar al presidente.

Sin embargo, hay muchos momentos de la serie en los que el guión chirría. Para ser una prisión de alta seguridad en la que la mayoría de los presos están incomunicados 23 horas al día y en la que las visitas están restringidas, las interacciones entre los presos y los visitantes parecen un tanto abundantes y disparatadas (en un momento dado, un mafioso lleva de visita a los hijos pequeños de un preso para amenazarlo). El protagonista se mueve por prisión con una facilidad asombrosa, no sólo por el patio de recreo y por la celda, sino también por la enfermería y por el despacho del alcaide de la prisión. Para justificar sus visitas por la enfermería, el protagonista finge ser diabético. Para explicar sus constantes paseos por la oficina del alcaide, se les ocurrió a los guionistas que nuestro protagonista fuera arquitecto y que nuestro alcaide, que no es mala gente (el malo de verdad es su segundo de a bordo), quisiera construirle a su mujer una maqueta del Taj Mahal hecha con palillos como regalo de aniversario de bodas.

Una de las señas de identidad de la serie es el enorme tatuaje que cubre todo el torso del protagonista. El diseño del tatuaje contiene, ocultos entre el resto de los dibujos, los planos de la penitenciaría y las claves que permitirán al protagonista el llevar a cabo la fuga. Esto no sólo nos recuerda a la película Memento, sino que nos sugiere que la primera prisión de la que tiene que huir el protagonista es de sí mismo. La vida es una fuga. El único problema es que, como le puede ocurrir a la serie, una vez que escapas de tu prisión, ahí fuera no hay nada. Ni nadie. Algunos de los personajes de la serie Perdidos insinúan algo similar. Quieren salir de la isla en la que han naufragado pero tienen el presentimiento de que la isla es lo único que les queda, de que más allá no hay nada. Las ruinas de las estatuas que se van encontrando por las playas (teniendo como claro referente al final de El planeta de los simios) les hacen sospechar que son los supervivientes, no de un accidente aéreo, sino de una civilización venida a menos. O que, sencillamente, la Estatua de la Libertad, la torre Eiffel o el mismo Taj Mahal son meros productos de un sueño colectivo.

A pesar de las dificultades, Prison Break promete. Detrás de las caras guapas de los protagonistas, los guionistas diseñan episodios llenos de tensión y saben mantener el suspense al final de cada episodio. Además, la serie tiene el ingrediente imprescindible para triunfar con una serie carcelaria: el protagonista es inocente.


[1] Es también un popular subgénero del cine pornográfico.

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