Espectador en serie

A dos metros bajo tierra – La sonrisa en la cornisa

A dos metros bajo tierra – La sonrisa en la cornisa (De la colección Espectador en serie)

Hacerte mayor es ver morir a los tuyos. Ver morir a tus vecinos, a tu familia, a tus colegas, a tus contemporáneos. Ver morir tus fuerzas, tus posibilidades, la tersura de tu piel. La sabiduría clásica nos ofrece una lección moral. Carpe diem, aprovecha cada uno de tus segundos, disfruta tu momento porque al final todos, absolutamente todos, morimos. La mayoría de las religiones nos ofrecen también una solución más o menos feliz a la muerte. Y bajo esas soluciones nos hemos amparado durante siglos.

La muerte está ahí. Constante. Pero en muchos momentos nos da largas treguas para que nos olvidemos de ella. Y es cuando se nos acerca, cuando nos ponemos a pensar sobre ella y sus consecuencias. Los Fisher, sin embargo, no pueden olvidarse de la muerte. Los Fisher tienen una funeraria en su propia casa y desayunan con la muerte todos los días. Este es el punto de partida de una serie que tiene a la muerte como protagonista. La presencia de la muerte recuerda a los Fisher que la vida humana es tan frágil que se puede desvanecer en cualquier momento. Los Fisher saben que su vida camina por una cornisa y que no se puede permitir un mal paso.

Cada episodio de la serie comienza con una muerte. En esto se parece a muchas series de policías. Pero, mientras en las series policíacas, el espectador presta atención al asesino o a la forma de cometer el crimen, en A dos metros bajo tierra, todos esperamos, con morbo, la muerte de alguien. Alguien tiene morir para abrir paso al episodio. Sin una muerte, no tienen sentido las vidas de nuestros protagonistas. En todos los sentidos. Porque los Fisher comen gracias a la muerte de los demás y porque los Fisher tienen vida en la pequeña pantalla gracias a la muerte de un personaje. Los Fisher han aprendido a aceptar la muerte. A hacerla parte de sus vidas. Y lo hacen sin acudir al carpe diem. Lo hacen sin acudir a ningún tipo de religión. Esto, si lo pensamos bien, no deja de ser una forma de poner a la muerte entre las cuerdas.

La muerte ya aparecía de soslayo en las series de hospitales (Hospital general, Days of our Lives, Hospital central, Emergencias, Anatomía de Grey…) pero rara vez suponía el inicio de la trama. La muerte no es tan frecuente en estas series y, como mucho, se recurría a ella como uno de los últimos desenlaces posibles del episodio. En todo caso, estas series se ocuparían de otra etapa de la vida que es la enfermedad. Pero tampoco es lo más común (es en la serie House donde la enfermedad en sí es la protagonista en cada episodio y se aborda como si fuera un caso policiaco que hay que resolver) sino que, con más o menos frivolidad, se centran más en las vidas de los profesionales de la medicina, en las relaciones de éstos con sus compañeros y con sus pacientes.

Las teleseries, en general, aprovechan muchos momentos para tratar temas de actualidad. Reflexionan sobre los problemas humanos cotidianos y nos hacen ver que todos tenemos cosas que resolver y que, en la mayoría de los casos, son las mismas cosas[1]. A dos metros bajo tierra siempre va un poco más allá. Literal y figuradamente. La serie nos ofrece los conflictos de nuestra sociedad actual y los problemas que nos plantean las relaciones humanas. Pero la mayor preocupación de la serie es tratar temas que afectan en primer lugar al individuo: la soledad, la frustración, el aburrimiento, la tristeza. Por eso, A dos metros bajo tierra es una serie para ver en soledad. Una serie que, en vez de animarnos a compartir nuestros comentarios sobre el episodio con el de al lado, nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos en silencio. A veces hasta con un poco de vergüenza, al vernos reflejados en alguno de los protagonistas. En última instancia, Alan Ball, el creador de la serie, quiere que pensemos en la muerte en sí. Un tema tabú dentro de la asepsia de la sociedad occidental.

Perdidos, Los Soprano y A dos metros bajo tierra no son telecomedias. Ni mucho menos. Son teleseries dramáticas con más o menos tintes de culebrón. Pero las tres tienen algo en común. Así como Mujeres desesperadas acudía a las técnicas del culebrón y mezclaba todo su humor con escenas melodramáticas y de misterio, estas teleseries intercalan bromas, escenas llenas de humor, que relajan la tensión sin perder el dramatismo. La fórmula no es fácil de conseguir pero estas tres series lo consiguen. En el caso de A dos metros bajo tierra tal vez porque se dan cuenta de que hasta el drama, hasta la muerte tiene un fin. Porque, como reza el lema de su quinta temporada, “Todo. Todos. Hasta el infinito. Terminan[2].”


[1] La letra de la canción de Cheers dice: “quiero ir a un lugar donde todos conozcan mi nombre, a un lugar en el que vea que mis problemas son los mismos que los de los demás.”

[2] Traducción bastante libre y atrevida. La frase original es: “Everything. Everyone. Everywhere. Ends.”

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