Espectador en serie

Los 4400 – ¿Quién sabe dónde?

Los 4400 – ¿Quién sabe dónde? (De la colección Espectador en serie)

Hay gente que desaparece. Hablo de la vida real. Hay gente que desaparece. Ahora tenemos la sensación de que han pasado más de mil años pero, no hace tanto, los programas de televisión de máxima audiencia eran aquellos que se dedicaban a encontrar a gente desaparecida. Gracias a ellos, descubrimos que había gente que se alegraba de que los encontraran. Y descubrimos que otros no. Que otros no querían ser encontrados. Imagínense que un día, de repente, cuatro mil cuatrocientas personas que han ido desapareciendo en los últimos sesenta años reaparecen al lado de un lago, cerca de Seattle, en el noroeste de los Estados Unidos. Así empieza la serie Los 4400.

El fenómeno de las teleseries de ciencia ficción no es nuevo (Star Trek, Galáctica, La fuga de Logan, El planeta de los simios, Starman…) pero Los 4400 tienen un interés especial porque, como teleserie, sigue perfectamente las tendencias actuales que ya empezaron a asomar en Expediente X. Y una de las tendencias actuales más importantes es el eclecticismo, la mezcla entre géneros, el mestizaje. Como en Expediente X, tenemos dos investigadores (mitad policías, mitad científicos), un hombre y una mujer. Como en Perdidos, tenemos un misterio en forma de puzzle, compuesto por un montón de misterios. Porque cada personaje de la serie es un misterio en sí mismo (y aquí empezamos con unos cuatro mil cuatrocientos misterios) que forma parte del gran misterio. Como en los comics de superhéroes, tenemos un grupo de seres humanos que descubren que han adquirido diversos superpoderes y se plantean qué pueden hacer con ellos.

Pero tal vez Los 4400 van demasiado lejos. Parece que en vez de desarrollar algunas de las ideas con las que empiezan, se dedican a arrojar más y más ingredientes en el puchero de la serie: un adolescente en coma, una mujer embarazada al estilo de La semilla del diablo, un asesino en serie, la máquina del tiempo. Y uno de los problemas es que cada una de las nuevas ideas nos recuerda demasiado a su referente. La idea, por ejemplo, de una humanidad del futuro que intenta solucionar sus problemas mandando a gente al pasado para evitar que esos problemas aparezcan, interfiriendo directamente en su historia, es algo que ya explotaron los guionistas de Terminator en tres películas.

La sala de las teorías es la idea más atractiva de Los 4400 y está posiblemente basada en la realidad. La pareja protagonista son dos investigadores que pertenecen a una sección del Departamento de Seguridad Nacional que se dedica a evaluar las posibles amenazas hacia los Estados Unidos[1]. Dentro de esa sección, hay una subdivisión que se llama la “Theory Room” (La sala de las teorías). Los funcionarios que trabajan en esta sala definen perfectamente la ciencia ficción. Son personajes que, a partir de las pistas que recogen los agentes de campo, se dedican a lanzar y a estudiar posibles teorías que solucionen el misterio en cuestión. Son hombres y mujeres de ciencia que se dedican a hacer ficción.

Cuando los actores secundarios desaparecen de una teleserie, luego más adelante, nos los solemos encontrar en otra. Cuando es una serie dramática, conviene caracterizar al secundario de tal forma que no se le reconozca inmediatamente. Uno de los 4400 resulta ser David Eigenberg, que interpreta a Steve, el padre de la hija de Miranda, una de las protagonistas de Sexo en Nueva York. En Los 4400, a David Eigenberg le toca interpretar a un pescadero que, gracias a sus superpoderes, decide limpiar de criminales el parque de su barrio. Kathleen Wilhoite, la actriz que interpreta a la esposa del pescadero es la misma que interpreta a la hermana de Luke, el novio de la protagonista de Las chicas Gilmore.  De repente, todo parece demasiado confuso para seguir con los acontecimientos. El novio de una de las chicas de Sexo en Nueva York abrazando a la hermana del novio de la protagonista de Las chicas Gilmore. Como pasaba en los programas que se dedicaban a encontrar a la gente desaparecida, hay actores secundarios a los que el espectador prefiere no reencontrar. O, por lo menos, no quiere reconocerlos cuando, por azar, se cruza con ellos por las series[2].


[1] Como una de las amenazas más importantes es el terrorismo, nuestros protagonistas pueden detener a sus delincuentes comunes bajo la nueva ley de Bush. Por consiguiente, cuando hacen detenciones, vienen a decir algo así como “lo tienes crudo chaval. No tienes derecho a un abogado y puedo tenerte retenido cuanto tiempo necesite.”

[2] Por alguna razón, uno espera que un actor de cine sea alguien diferente en cada película. Sin embargo, un actor de televisión lo tiene más difícil a la hora de serle infiel a la serie que le hace popular. Algo similar ocurre cuando Dan Lauria, el actor que interpreta al padre del protagonista de Aquellos maravillosos años, hace de villano en un episodio de Luz de luna. Sin embargo, cuando el secundario aparece muy caracterizado y cuesta reconocerlo, el espectador obtiene gran satisfacción al descubrirlo. Un ejemplo lo tenemos con Peter Stormare, al que tal vez la gente recuerde como compañero de Steve Buscemi en Fargo. En la actualidad tiene un papel importante como prisionero mafioso en la serie Prison Break y uno esporádico en Joey como el dueño de la peluquería donde trabaja la hermana de Joey.

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Espectador en serie

Prison Break – El Taj Mahal

Prison Break – El Taj Mahal (De la colección Espectador en serie)

Porque todos tenemos algo de lo que escapar, el género carcelario siempre tiene su atractivo. Sus aportaciones al cine han sido numerosas a lo largo de la historia y, en muchas ocasiones, de gran calidad. El tema interesa, bien para criticar el sistema judicial o penitenciario, bien para estudiar la psicología del ser humano o bien para hacer un seguimiento de una parte más en la vida de un delincuente[1]. Por eso, no podía tardar en aparecer una teleserie de calidad ambientada en una cárcel de máxima seguridad.

La mayor preocupación de la productora Fox y lo que hizo que, al principio, rechazara el proyecto es el propio título de la serie. Prison Break no deja de ser una fuga de prisión y los productores sabían que la fuga en sí no puede posponerse más allá del final de la primera temporada. Es muy difícil apoyar un proyecto así, cuando se sabe que los verdaderos beneficios de una serie llegan a partir de la quinta temporada. Esto hizo que la idea fuera propuesta para una miniserie por la que estuvieron atraídos Bruce Willis y el mismísimo Spielberg.

El creador Paul Scheuring consiguió, finalmente, el apoyo de Fox para que Prison Break fuera una teleserie con diferentes temporadas de cerca de 20 episodios por temporada. La serie cosechó grandes éxitos de audiencia desde el primer episodio, con una media de casi diez millones de espectadores por episodio en Estados Unidos (la mejor audiencia para una serie estrenada en el segundo semestre del 2005). Como los prisioneros acaban fugándose al final de la primera temporada, la segunda temporada cuenta las aventuras de los fugitivos fuera de prisión. Y cuando preguntan a Scheuring sobre la continuidad de la serie, éste responde que la serie seguirá produciéndose mientras tenga éxito. Luego el título de la serie se mantendrá (como una franquicia) no anunciando hacia dónde se dirigen sus protagonistas sino recordándonos de dónde han salido.

Era natural que la serie escapara de la prisión penitenciaria de River Fox. A pesar de que el género tiene sus seguidores (la dureza de la vida en prisión y la descripción detallada de los grupos humanos que se encuentran tras las rejas) y a pesar de que los guionistas salvaron correctamente todas las dificultades del guión que se presentaban en una cárcel, el ambiente carcelario tiene, en sí mismo, unas limitaciones de las que hay que huir tarde o temprano. La primera tentación que había evitar era el que la serie sólo tuviera hombres como ocurre con muchas de las películas de género carcelario. Para eso, los guionistas pensaron en que la ex novia del condenado a muerte fuera abogada, que la enfermería de la prisión estuviera gobernada por una joven y guapa doctora, que el compañero de celda del protagonista tuviera problemas con una novia que le hace visitas vis a vis un par de miércoles al mes y que la persona que esté detrás de toda la conspiración sea una mujer cuya cara no podamos ver hasta bien transcurrida la primera temporada. Una mujer que es, nada más y nada menos, la vicepresidenta de los Estados Unidos y que resultará ser una de las artífices de una conspiración para eliminar al presidente.

Sin embargo, hay muchos momentos de la serie en los que el guión chirría. Para ser una prisión de alta seguridad en la que la mayoría de los presos están incomunicados 23 horas al día y en la que las visitas están restringidas, las interacciones entre los presos y los visitantes parecen un tanto abundantes y disparatadas (en un momento dado, un mafioso lleva de visita a los hijos pequeños de un preso para amenazarlo). El protagonista se mueve por prisión con una facilidad asombrosa, no sólo por el patio de recreo y por la celda, sino también por la enfermería y por el despacho del alcaide de la prisión. Para justificar sus visitas por la enfermería, el protagonista finge ser diabético. Para explicar sus constantes paseos por la oficina del alcaide, se les ocurrió a los guionistas que nuestro protagonista fuera arquitecto y que nuestro alcaide, que no es mala gente (el malo de verdad es su segundo de a bordo), quisiera construirle a su mujer una maqueta del Taj Mahal hecha con palillos como regalo de aniversario de bodas.

Una de las señas de identidad de la serie es el enorme tatuaje que cubre todo el torso del protagonista. El diseño del tatuaje contiene, ocultos entre el resto de los dibujos, los planos de la penitenciaría y las claves que permitirán al protagonista el llevar a cabo la fuga. Esto no sólo nos recuerda a la película Memento, sino que nos sugiere que la primera prisión de la que tiene que huir el protagonista es de sí mismo. La vida es una fuga. El único problema es que, como le puede ocurrir a la serie, una vez que escapas de tu prisión, ahí fuera no hay nada. Ni nadie. Algunos de los personajes de la serie Perdidos insinúan algo similar. Quieren salir de la isla en la que han naufragado pero tienen el presentimiento de que la isla es lo único que les queda, de que más allá no hay nada. Las ruinas de las estatuas que se van encontrando por las playas (teniendo como claro referente al final de El planeta de los simios) les hacen sospechar que son los supervivientes, no de un accidente aéreo, sino de una civilización venida a menos. O que, sencillamente, la Estatua de la Libertad, la torre Eiffel o el mismo Taj Mahal son meros productos de un sueño colectivo.

A pesar de las dificultades, Prison Break promete. Detrás de las caras guapas de los protagonistas, los guionistas diseñan episodios llenos de tensión y saben mantener el suspense al final de cada episodio. Además, la serie tiene el ingrediente imprescindible para triunfar con una serie carcelaria: el protagonista es inocente.


[1] Es también un popular subgénero del cine pornográfico.

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Perdidos – Fragmentos de jabalí

Perdidos – Fragmentos de jabalí (De la colección Espectador en serie)

J.J. Abrams lanza un juramento al cielo que cubre las islas Hawai porque alguien ha dado de comer a los jabalíes que tenían que aparecer en las escenas que se iban a rodar a continuación. Se sospecha que han sido los especialistas que tenían que correr delante de los jabalíes, los que han dado algunas zanahorias y manzanas a los animales para congraciarse con ellos. Pero no se sabrá nunca a ciencia cierta porque ahora todo el mundo baja la cabeza y nadie sabe nada. J.J. Abrams es un tipo afable que no lanza juramentos con mucha frecuencia con lo que todos saben que está enfadado. Muy enfadado. Se corre la voz entre el equipo de que los jabalíes sólo colaboran en las filmaciones cuando están hambrientos. Se trata de no darles de comer durante un tiempo. Luego, el actor que tiene que ser perseguido se mete un buen trozo de carne en el bolsillo y los jabalíes lo persiguen por donde haga falta.

Todo empezó unos tres meses atrás. Reunieron a un grupo de productores, guionistas y demás en un retiro de la cadena ABC, los pusieron en un círculo y les pidieron que dieran dos ideas cada uno para nuevas series de televisión. A uno de ellos se le ocurre hacer una serie en plan Robison Crusoe. Estamos hablando de que se acaba de estrenar Náufrago de Robert Zemeckis y todos imaginan a Tom Hanks hablando con el balón de balonvolea pinchado en un palo. El corro se queda en silencio por respeto a su compañero. Parece que la idea no cuaja pero el tipo en cuestión se queda pensando que no ha tenido tan mala idea.

Lo más importante para que prospere una idea que, a priori, no gusta al resto de la gente, es que el tipo que tenga esa idea, sea uno de los jefes. Este fue el caso y el tipo en cuestión puso a un par de guionistas de la cadena a trabajar en el asunto. Cuando le entregaron el segundo borrador y estaba leyéndolo, le llamó por teléfono su amigo J.J. Abrams, responsable, entre otras cosas, de la tercera parte de Misión imposible. J.J. Abrams le pregunta qué tal y nuestro amigo le dice que mal, que le acaban de entregar el segundo borrador de una idea que había tenido y que no funciona. Jota Jota, que así le llaman sus amigos, le pregunta de qué se trata y cuando oye la historia le dice que la idea funcionaría si la isla en cuestión cobrara vida propia, si la isla fuera uno de los personajes.

Jota Jota, que es un tipo muy ocupado últimamente, acaba liado con el proyecto y le dan tres meses para filmar el episodio piloto. Le dan tres meses para escribir el guión, encontrar a los actores protagonistas, llevar un avión de pasajeros de un cementerio de aviones en el desierto de Mojave a una playa de Hawai y filmar el episodio piloto. De alguna forma, Jota Jota se las arregla y consigue cumplir plazos hasta que a alguien se le ocurre dar de comer a los jabalíes que tenían que aparecer en las escenas que se iban a rodar a continuación. Es entonces cuando J.J. Abrams lanza un juramento al cielo que cubre las islas Hawai. Uno de esos juramentos que uno no olvida fácilmente y que hace que todos bajen la cabeza y nadie sepa nada.

El problema acaba solucionándose con medios digitales. Los cámaras filman un jabalí desde todas las perspectivas posibles, las grabaciones se mandan a los estudios centrales y allí crean un jabalí digital a partir de todos los fragmentos recibidos.

Los del jabalí no son los únicos fragmentos que encontramos. Perdidos es una serie llena de fragmentos. Cada episodio nos cuenta fragmentos de la vida de uno de los protagonistas. Esos fragmentos nos ayudan a conocerlo mejor y a entender mejor por qué ha acabado en esa isla desierta. Cada episodio está contado además desde la perspectiva de uno de los personajes. En la primera temporada, especialmente, muchos de los episodios empiezan con un ojo que se abre. En cada episodio, el ojo que se abre pertenece al personaje que nos va a guiar por el episodio y por una pequeña parte de su vida.

Parece que la fórmula funciona. Parece que cuando nos dan sólo fragmentos, cuando nos dan pequeños pedazos de una historia desordenada, nos quedamos con las ganas y queremos más. De este modo, al final de cada episodio, nos entra un hambre feroz de saber qué ocurrirá en el próximo. De este modo, bastará con que uno de los personajes se guarde un pequeño fragmento de su historia en el bolsillo para que nosotros, los espectadores, lo sigamos corriendo por donde haga falta.