La fiesta del tubérculo

Para aquellos que buscan formar parte del mundo laboral, haber nacido entre finales de la década de 1980 y comienzos de la década de 1990 es como llevar grilletes, esposas y cadenas alrededor de todo el cuerpo. Si los encadenados, además, optaron por estudiar la carrera de Historia, es como si se hubieran sumergido en un tanque de cristal lleno de agua para hacer las pocas entrevistas de trabajo a las que pudieran ser llamados. Si, una vez dentro del tanque de agua, encima, quisieran dedicarse a la profesión de periodismo en plena crisis de este sector, es como si enriqueciéramos la escena con una docena de pirañas hambrientas. Dicen que el Gran Houdini salió, con vida, de una situación así en 1914 en poco más de un minuto y veinte segundos. Cien años más tarde, Juanma Fernández repitió la hazaña con tiempos similares pero, mientras se zafaba de las cadenas, le dio tiempo a escribir un libro, “La fiesta del tubérculo” (Anorak Ediciones, 2014), para salir del tanque con un ejemplar en la mano.

El libro recopila las columnas que, en su gran mayoría, el autor ha ido publicando en Heraldo de Aragón entre 2011 y 2013. Soy consciente de que leer las columnas de opinión de un periódico es como optar por comerte un pincho de tortilla con un café con leche, cuando te ofrecen un menú del día completo por casi el mismo precio, pero reconozco mi debilidad por las columnas de opinión. Es ahí donde el periodista se muestra casi sin ropa. Claro está, cuando vi que el libro consistía en poner juntas 59 columnas de opinión, imaginé si en algún momento dado se me habían apetecido 59 pinchos de tortilla seguidos. Abordé el libro como el cineasta americano que se propuso hacer un largometraje comiendo sólo hamburguesas durante un mes. Me los devoré de una sentada sin atisbos de empacho alguno. Conforme los iba leyendo, cada uno de los textos del libro se fueron convirtiendo en estrellas brillantes que, en conjunto, configuran el firmamento de la segunda década del siglo XXI (estoy seguro de que Sergio Navarro, el editor, estuvo ensayando la maquetación del libro ordenando los artículos con pegatinas fosforescentes en el techo negro de su habitación).

Una vez leídos todos los textos, uno entiende mejor la galaxia en la que vivimos. Sin estridencias. Sin efectismos. Sin cacaculopedopises en los textos. Al contrario, sus metáforas son frescas y llenas de referencias a imágenes de nuestros días. Cada texto va formando paisajes hermosos de conceptos intelectuales que se apoyan, seguros, en escenas cotidianas. Juanma Fernández nos enseña a ser moderados, pero firmes. Defiende la democracia, con todos sus defectos, a capa y espada. Defiende al ciudadano de a pie. A pesar de su juventud, es consciente de su responsabilidad y su tarea como periodista (“El guión se ha roto y la improvisación manda mientras las oposiciones a escritor exigen una nueva voz, valiente, feroz, insolente.”). A uno le pone feliz saber que Juanma puede ser esa voz. Una voz que viene respaldada por una generación (según Fernández, de kamikazes) de Harry Houdinis, dispuestos a salir adelante a pesar de las cadenas. A pesar del tanque de agua. Y a pesar de las pirañas.

Juanma eligió “La fiesta del tubérculo” en honor al menú ofrecido en la fiesta de cumpleaños de una amiga, en el que todos los platos estaban basados en la patata: patatas fritas, patatas asadas y tortilla de patata. Así de versátiles son los textos que se ofrecen en este libro: ideales para reflexionar sobre el mundo en el que vivimos; atractivos para un aula de estudiantes que tienen que pasar la selectividad; perfectos para cuando vamos con prisas y no nos da tiempo a comer un primer plato, un segundo y un postre.

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