Amigos

Ernest Anthony (E. A. Tony) Mares (1938-2015)

       Tony Mares nació y creció en la misma Plaza Vieja (Old Downtown) de Albuquerque en un momento de la historia en el que, en Nuevo México, los cowboys todavía eran vaqueros o, como mucho, buckaroos. Su padre conocía, entre otros, a Élfego Baca, posiblemente uno de los pistoleros nuevomexicanos más interesantes de finales del siglo XIX que hasta 1945 tuvo su despacho de abogados y de detectives privados en la calle Gold. Élfego había sobrevivido un tiroteo contra medio centenar de texanos y se había convertido en un símbolo de la resistencia nuevomexicana contra las injusticias que vinieron después del tratado de Guadalupe Hidalgo. Tony Mares recordaba siempre cómo, un día, de pequeño, caminando por el centro de la ciudad, su padre le había señalado la puerta del despacho de Élfego y le había contado su historia.

      A Tony Mares pronto le llamó la atención otro icono de Nuevo México, otro miembro de la resistencia hispana, Antonio José Martínez. El padre Martínez de Taos introdujo la imprenta en Nuevo México en el siglo XIX, publicó un cuaderno de gramática en español para las escuelas del estado y tuvo que enfrentarse al arzobispo Lamy, nacido en Francia y traído al territorio por la iglesia católica del este de los Estados Unidos cuando las parroquias de Nuevo México dejaron de depender de la diócesis de México. Lamy no sabía español y representaba, una vez más, ese esfuerzo estadounidense para que Nuevo México fuera menos Nuevo México y más Estados Unidos. La escritora estadounidense Willa Cather noveló (La muerte llama al arzobispo, 1927) el enfrentamiento entre Lamy y el padre Martínez describiendo al primero como a un reformador modernista necesario y al segundo como a un oscuro sacerdote corrupto. Durante unos cuantos años, Tony Mares decidió meterse en la piel del padre Martínez y recorrió el estado de Nuevo México enfundado en una sotana con una obra de teatro en la que mostraba una visión mucho más completa y menos maniquea del presbítero de Taos. Los estudios históricos que llevó a cabo Mares y su obra de teatro revitalizaron el tamaño de la figura histórica del padre Martínez y fueron publicados en forma de libro en dos volúmenes (Padre Martínez: New Perspectives from Taos, 1988 y I Returned and Saw Under the Sun: Padre Martínez of Taos, 1989).

         Pero su admiración por los defensores del débil no se iba a quedar tan sólo en Nuevo México. Tony Mares demostró su universalidad no sólo eligiendo su carrera universitaria (Historia de Europa) sino mostrando interés por el mundo y buscando héroes que pusieran voz al pueblo llano. De ahí su pasión por el cantautor estadounidense Woody Guthrie y su colaboración con el festival de música folk que Okemah dedica a Guthrie. Tony viajó a Oklahoma en repetidas ocasiones en sus últimos años para participar, leyendo sus poemas, en el apartado literario del festival. Tony era consciente de la responsabilidad del poeta y de su compromiso con el mundo.

         Tony Mares tuvo la suerte de conocer dos voces ejemplares de la literatura española. Primero, fue alumno universitario de Ramón J. Sender en la Universidad de Nuevo México. Más tarde fue colega, amigo y traductor al inglés del poeta Ángel González. Con este último compartía el amor por la poesía y el amor por el disfrute de la vida. Tony siempre recordaba cómo se juntaba con Ángel en diversas cantinas de la ciudad para hablar sobre las traducciones que hacía de sus poemas. La misma página web de Tony se llamaba “La cantina de Tony” porque la literatura no deja de ser un lugar social donde los interlocutores intercambian sus visiones de la vida. Y, según Tony Mares, la mejor forma, el vehículo mejor preparado estética y formalmente para explicar el mundo es la poesía. Y el autor tiene una responsabilidad importantísima, la de explicar su visión del mundo pero también la de preguntar al lector cuál es la suya. Citando a Woody Guthrie, Tony decía que todos estamos conectados en este mundo y todos, y todo, cuentan. La mayor parte de su poesía fue publicada en los últimos años de su vida (The Unicorn Poem and Flowers & Songs of Sorrow, 1992, With the Eyes of a Raptor, 2004 y Astonishing Light. Conversations I Never Had With Patrociño Barela, 2010).

           A pesar de que su medio favorito, el más puro según él, era la poesía, Tony era un gran prosista, tanto en español como en inglés. Hizo sus incursiones como columnista de opinión en un periódico nuevomexicano, colaboró en varios libros sobre historia del estado y escribió un buen número de prólogos para libros de sus amigos historiadores, escritores y poetas. Sería interesante recopilar todos esos prólogos porque Tony condensaba, en pocas palabras, las virtudes de esos libros y de sus autores y conseguía contextualizarlos de manera exquisita. La mayoría de estos prólogos fueron escritos en inglés pero escribió alguno también en español (como el que hizo en 2014 para el libro de Martha E. Heard, Salir del silencio, sobre los movimientos anarquistas colectivistas al norte de Valencia a comienzos del siglo XX).

           En los últimos años, Tony trabajó en un poemario en versión bilingüe español-inglés sobre la Guerra Civil española (Reflexiones tras el espejo convexo del tiempo: recordando la Guerra Civil española) que mostraba, una vez más, el carácter integrador y pedagógico de Tony y que giraba alrededor de la figura del Ángel Caído. Tony trabajaba, sobre todo, por las noches en su apartamento de Albuquerque pero viajó tres veces a España para documentarse bien. Visitó las ruinas de Belchite (una de las poblaciones que más veces cambió de bando durante la guerra), visitó Fuendetodos (la aldea natal de Goya) y peregrinó hasta Collioure junto a Carolyn Meyer, su esposa y compañera, siguiendo los pasos del poeta Antonio Machado y rindiéndole un último homenaje al visitar el cementerio donde está enterrado el poeta de Campos de Castilla.

           Además de los cinco años que compartí con Tony en Nuevo México, tuve la suerte de que me visitara en España durante sus dos últimos viajes. La calidad humana de Tony era excepcional. Su alegría vital, su optimismo, la forma en que afrontaba la vida y cultivaba nuestra amistad se convirtieron, para mí, en un ejemplo a seguir. Nos dimos nuestro último abrazo de despedida en octubre de 2014 en la Puerta del Sol, en Madrid. Él se encontraba muy débil y yo me fui preocupado. Él, sin embargo, ya planeaba en voz alta su próxima visita a España. Su mente siempre activa, imparable. Porque, como bien decía Tony, “cuando el poema se para, sólo nos queda salir disparados a través del parabrisas.”

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