Editoriales·Gramática frívola

Cicatriz

          A pesar de que la mayoría de las pronunciaciones americanas la suavizan, en la boca de un español del norte de la península, la palabra “cicatriz” es una de las más poderosas de nuestra lengua. Su equivalente en inglés, “scar” tampoco se queda atrás, con esa “a” de pronunciación alargada y una erre final que rasga cualquier frase en la que se incluya.

        Dice el Diccionario de la Real Academia Española que una cicatriz es una “señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida o llaga,” pero también una “impresión que queda en el ánimo por algún sentimiento pasado.”

       Una cicatriz es, pues, un recuerdo físico o mental que, afincado en nuestro presente, nos recuerda una herida de nuestro pasado. “Soy hermoso como mis cicatrices,” decía el escritor Félix Romeo en uno de sus poemas; Mel Gibson y René Russo, en la tercera entrega de la saga  “Arma Letal,” protagonizan una escena cinematográfica, apasionante y pasional, que comienzan al enseñarse ambos las diferentes cicatrices que acumulan en las distintas partes de su anatomía (podrían haber ganado un O-“scar” por su interpretación); Frankenstein es el monstruo lleno de cicatrices (el doctor que lo trae a la vida era un gran cirujano pero no se habría ganado la vida como costurera) que habitaba en las pesadillas de nuestra infancia.

      Las cicatrices nos recuerdan la fragilidad de nuestro cuerpo pero, a la vez, su capacidad de autocuración. Nuestro cuerpo y nuestra mente son como dos álbumes de fotos y las cicatrices son las instantáneas que nos recuerdan los accidentes de nuestro pasado. Tal vez, como pequeñas lecciones. Tal vez, para recordarnos que debemos disfrutar de lo que es bueno. Tal vez, para ayudarnos a comenzar una historia.

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