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Entrevista con Silvia Espigado

Hija de emigrantes españoles, Silvia Espigado nació en Berna, Suiza. Cuando tenía 9 años, su familia se fue a vivir a Estepona (Málaga), que entonces era un pueblecito pesquero, que todavía vivía de la pesca y la agricultura. Allí pasó parte de su infancia y de su adolescencia hasta que se mudó a Madrid, donde enseguida encontró trabajo como bailarina en la compañía teatral de Lina Morgan. También como bailarina, consiguió trabajar en las últimas etapas del Un, dos, tres… responda otra vez. Decidió, entonces, continuar su carrera en el mundo de la interpretación. Ha trabajado en el teatro, en el cine y en varias series de televisión. En una de estas series, Cuéntame cómo pasó, de TVE, ha conseguido su mayor popularidad interpretando al personaje de Clara Jiménez y es, en esta serie, donde lleva trabajando desde 2001. Se vino a vivir a Valdemoro hace unos diez años, en busca de calidad de vida, después de vivir en el centro de Madrid durante más de veinte años.

¿Cuándo empezaron tus inquietudes artísticas?

Cuando vivía en Suiza, a la edad de seis años, ya empecé con el ballet clásico. Pero  cuando nos vinimos a vivir a España, en el pueblecito de Estepona, eso del ballet clásico no existía todavía. Aun así, a mí el gusanillo del baile no se me quitó. Pasados los años ya empezaron a abrir academias de baile y, en aquella época en la que series como Fama eran el boom de la televisión, retomé mis clases de baile con una bailarina y coreógrafa  americana, Dolores la Negra, que trajo al pueblo el más puro jazz americano y que nos revolucionó a  más de uno. Cuando vine a vivir a Madrid, continué mis clases de baile aquí.

¿Viniste a Madrid para trabajar como bailarina?

En realidad, no. Yo vine a estudiar maquillaje y caracterización, pero, como seguía bailando, estaba al tanto de todas las audiciones de baile que se hacían. Me presenté a una audición para el ballet de la compañía de Lina Morgan y me cogieron. Ahí empezó todo. Fue la primera vez que me subí al escenario. En la compañía de Lina estuve cuatro años. Sus comedias musicales tenían mucho éxito. En esa época, la revista musical funcionaba muy bien. Y sus obras se representaban en el teatro de La Latina durante tres años llenando dos funciones  diarias. Hasta que la emitían por televisión, normalmente en nochevieja.

 Con ella aprendí mucho. Aprendí lo que es el escenario y a actuar delante del público. Se me metió el veneno en el cuerpo, como yo digo, que no es otra cosa que ese amor y esa pasión que tengo por el escenario. Gracias a todo esto, me salieron algunas oportunidades. Estaba en el cuerpo de baile y me dieron un papel pequeño como actriz. Aunque en aquel entonces yo no era muy consciente de que no lo hacía del todo bien, sí supe que, si quería dedicar mi vida a esta profesión, tendría que prepararme; así que empecé a estudiar interpretación. Y comencé a estudiar arte dramático en el laboratorio de William Layton.

Pasaste antes por el Un, dos, tres.

Parece increíble. El otro día salía el Un, dos, tres en uno de los episodios de la serie de Cuéntame. Es uno de los programas míticos de la historia televisiva de este país. Yo lo comparo con el Cuéntame de ahora. Yo era pequeña cuando nos juntábamos toda la familia para ver el programa los viernes por la noche. Aquello era el acontecimiento de la semana. A mí me encantaba. Quién me iba a mi a decir entonces que, de mayor, yo trabajaría en el Un, dos, tres. Y, cuando ahora hay gente que me dice que sus hijos se han criado con Cuéntame, me siento muy orgullosa.

¿Cómo conseguiste formar parte del equipo de Cuéntame cómo pasó?

Todo se remonta a cuando participé en la serie de Querido maestro, en la que yo interpreté un pequeño personaje, la novia despechada del personaje de Imanol Arias. Parte del equipo de producción y artístico es el mismo que el de Cuéntame. La directora de casting, que ya había contado conmigo para varios proyectos, me llamó para hacer un casting. El personaje era el de una madre, ama de casa, y ella me veía muy bien en ese perfil. Recuerdo que esa prueba no era para Cuéntame. Creo que era para la serie de Manolito Gafotas. Bueno, el caso es que, en esa ocasión, no me cogieron, pero, cuando surgió el proyecto de Cuéntame, ya me llamaron directamente para interpretar el papel de la madre de uno de los niños del barrio.

¿Cómo se creó tu personaje, Clara Jiménez?

   Empecé siendo la mamá de Josete. Recuerdo que en el guion no tenía ni nombre. Era sencillamente «la mamá de Josete». Así, en la primera temporada, mi papel era muy cortito. No tenía mucha relevancia. Pero, después, en la segunda temporada, a mi personaje ya le pusieron un nombre, Clara, y, poco a poco, ya fue teniendo un pasado y una historia. La historia de una madre soltera en una época en la que tener un hijo sin estar casada era un estigma social. En la tercera temporada, Clara fue una de las afectadas por las estafas de construcción en Nueva York. Toda un trama que termina con el capítulo titulado Tocando fondo. Un capítulo que cerró la temporada con uno de los mayores récords de audiencia. Más de siete millones de espectadores vieron esa noche el desenlace de una historia que afectó a los Alcántara y a parte de San Genaro. Clara fue una de las muchas personas que había perdido todo su dinero, al invertir en unos pisos que nunca se construyeron, y acusa a Antonio de ser el culpable de su ruina, sin saber que él también había sido engañado. Le llama ladrón y le arrea un bofetón delante de todo el barrio. Aquel bofetón fue sonadísimo. En el plató, la gente se asomaba por la ventana durante el rodaje de la secuencia, todo el mundo estaba impresionado. Funcionó muy bien y los guionistas decidieron darme una trama  más potente en la siguiente temporada. La idea era liarme con Tony, el hijo mayor de los Alcántara. Querían hacer una historia similar a la de El graduado, de Dustin Hoffman, el jovencito que se enamora de la mujer madura. Pero, claro, eso trasladado a un barrio obrero del Madrid de los años setenta. El resultado fue la historia de un amor imposible que duró toda la temporada. Fue un éxito, mi personaje creció mucho y a mí me aportó mucho como actriz. Aunque yo había intervenido en muchas series de televisión, por fin había llegado ese personaje, que de alguna manera, había calado hondo en el espectador. La gente te puede recordar por algunos trabajos o algún momento concreto de alguna actuación, pero, en el momento en el que sientes el reconocimiento del público, es cuando, de alguna manera, has dejado huella. Desde entonces, Clara ha tenido muchas vivencias. Se casó con Desi. Sufrió por su infidelidad, supo perdonar, enviudó… Ahora, Clara es una mujer que está superando esa pérdida, una mujer emprendedora, que evoluciona con su tiempo y mira la vida con optimismo. Bueno, quince años de historia nada menos.

Tu personaje comenzaba como madre soltera y esa situación había que entenderla en los años en los que transcurre la serie y no ahora.

Hay que entender que la serie comienza en el año 1968, en una España gobernada por una dictadura desde hacía más de treinta años. El papel de la mujer en esa sociedad, y durante muchos años, fue el de la perfecta casada, esposa obediente y madre abnegada. La mujer no se independizaba, pasaba de la tutela del padre a la del marido y, por supuesto, debía  llegar virgen al matrimonio. Una mujer no se podía ir a vivir con su novio, ni tener relaciones prematrimoniales, ni usar anticonceptivos. En 1960, la ley castigaba el uso de anticonceptivos y, evidentemente, el aborto. Los valores morales de la época se basaban en la pureza y la decencia y cualquier mujer que perdiera la honra era una desvergonzada que ya no conseguiría marido y a la que todo el mundo señalaría. Pobres aquellas mujeres que se quedaban embarazadas fuera del matrimonio. La mujer de nuestro siglo, afortunadamente, ha evolucionado mucho y tiene la libertad y la capacidad de decidir sobre su vida. Tiene el derecho a una sexualidad libre y al control de la natalidad. Pero, en aquellos años, la mujer estaba adoctrinada generalmente por unos códigos de conducta sociales, muy distintos a los de ahora, que había que respetar. Las rebeldes eran una minoría y lo pagaban caro.

  Clara pertenece a ese grupo de mujeres marcadas por la vergüenza de haber quedado   embarazadas y de tener a sus hijos fuera del matrimonio. Ella viene de un pueblo de Extremadura y se ha quedado embarazada de su novio, que se ha desentendido totalmente de ella y de su hijo. Para evitar el escándalo, los padres la echan de casa y ella se tiene que ir del pueblo. Se viene a Madrid a sacar a su hijo adelante. Pero, en Madrid, en el barrio en el que vive, tampoco es aceptada por el hecho de ser madre soltera. Esta mujer no podía tener una relación normal con otro hombre, ni siquiera de amistad, sin que fuese señalada como una  mujer de dudosa reputación. Afortunadamente, tiene la amistad de Mercedes, que siempre la defendió, y de Inés Alcántara, la hija, que tenía una mente mucho más liberal. Pero realmente, cuando el personaje de Clara encuentra el respeto de los demás es en el momento en el que se casa con Desiderio.

¿El hecho de que seas una mujer del siglo XXI interpretando a una mujer del último tercio del siglo XX te ha planteado alguna vez algún problema de conciencia?

 No, no exactamente. Yo no me parezco mucho a Clara pero trato de entenderla y saber cuáles son las razones y las circunstancias que la hacen ser como es. A Clara le ha tocado vivir en una sociedad que la ha discriminado, pero es una buena mujer. Cuando Clara se enamora de Tony, un chico veinte años más joven que ella, esta se siente como una persona que está haciendo algo malo, algo sucio. Se esconde por la vergüenza y el miedo que le da que descubran que se relaciona con un hombre, independientemente de que sea más joven. También se escondía cuando empezó a conocer a Desi por «el qué dirán». Yo, desde mi mentalidad de mujer del siglo XXI, tenía que lograr entender por qué Clara no se comportaba como la mujer libre que era, por qué no luchaba para que ese amor saliera adelante. Pero a mí no me pillan tan lejos esos años en que las mujeres todavía no ejercían su libertad plenamente. Es la generación de mi abuela, que dejó huella en la de mi madre y que todavía salpicó la mía. Y, aunque sí que pertenezco a la generación del cambio y he  defendido ser una mujer libre e independiente, conozco y puedo comprender a mujeres de entonces, como Clara.

Otro ejemplo se dio ya después de casada con Desi. Este engaña a Clara con una prima suya. Y yo peleaba por defender aquello desde la mentalidad de ahora. El director que dirigía ese capítulo me decía que, en esa época, muchas mujeres consentían y callaban. Había que perdonar el desliz. Yo tenía que justificar, desde la mujer que soy ahora, las razones por las que Clara perdonó entonces. No entendía por qué tenía que consentir y perdonar una traición como esa y me peleaba mucho con los guiones. Pero encontré una buena y poderosa razón. Encontré un lugar común entre Clara y yo. El amor. El perdón llegó gracias al amor que sentía por su marido. Para mí y mi conciencia, era más reconciliador que el hecho de que la mujer consintiera por una imposición social.

Cuéntanos tu experiencia en el mundo del cine.

He trabajado con Miguel Hermoso en Fugitivas, mi primera película, un largometraje muy bonito que está rodado, en gran parte, en toda la costa de Andalucía. También con Miguel Hermoso hice La luz prodigiosa y Lola. Luego tengo pequeñas intervenciones en otras películas. Trabajé en La vida mancha, de Enrique Urbizu, y en Deseo, de Gerardo Vera. También he protagonizado cortometrajes. Uno de ellos, Sájara, una comedia dirigida por Juanan Martínez, ha recibido numerosos premios. Una historia que habla de la comunicación entre padres e hijos con respecto a la sexualidad. En este corto, podemos ver que aún nos cuesta hablar libremente de algunos temas.

Creo que tu carrera como actriz de teatro ha sido mucho más extensa.

El teatro me apasiona. El teatro tiene magia. Es donde se produce el encuentro directo con el actor y el público. Me gusta subirme al escenario, trabajar en equipo, sentir la energía, la emoción y el vínculo que se establece con el espectador y con los compañeros. Y aprender de los grandes autores y los grandes maestros. La última obra que hice fue Montenegro, una adaptación de las Comedias bárbaras de Valle-Inclán, en el Centro Dramático Nacional, dirigida por Ernesto Caballero y con un elenco de veintidós actores. Es la primera vez que me he enfrentado a un Valle-Inclán, haciendo de tres personajes diferentes. Y ha sido una experiencia muy enriquecedora.

Háblanos de tus proyectos presentes y futuros.

Ahora mismo, estamos en pleno rodaje de Cuéntame. Luego pararemos unos meses hasta la siguiente temporada. Estar comprometida con esta serie no me da muchas opciones a tener otros proyectos televisivos pero sí para hacer teatro. En este momento, formo parte de un grupo de teatro. Hemos creado un laboratorio de investigación. Los actores tenemos que estar en activo, estudiar, entrenar y reinventarnos continuamente. No debemos limitarnos a ser creativos en la parte artística, sino que también hay que ser creativos en la parte comercial. Es un momento crítico para el mundo del teatro. La necesidad de trabajar nos está obligando a aprender cómo se lleva una producción, cómo se financia una obra, cómo se distribuye, cómo se hace un montaje. Es una parte muy complicada y tiene grandes riesgos.

Mi ilusión es montar mi propio espectáculo y, para ello, me estoy preparando. Pero es algo complicado. Por eso me rodeo de personas con las mismas inquietudes. Aprendemos y emprendemos juntos. En estos momentos, estamos desarrollando una idea que se llama Runners, que habla del mundo de los corredores, de una forma de vida que se está poniendo muy de moda. Trata de un matrimonio de mediana edad que siente que sus vidas van pasando y que empiezan a envejecer. Quieren buscar nuevos alicientes a través del deporte. Es una crítica a las nuevas tendencias de vida sana, al mundo del fitness y del deporte y al culto al cuerpo, que se ha extendido a muchos sectores de nuestra sociedad. La idea original es de Karina Garantivá y la dirección es de Ernesto Caballero. El trabajo de investigación está dando su fruto y estamos en la fase de preproducción, para empezar a mostrar la obra y buscar el modo de financiarla y producirla. Estamos con mucha ilusión. Esperemos que este proyecto vea pronto la luz. Quién sabe, a lo mejor la representamos algún día en el teatro Juan Prado de Valdemoro. Eso me encantaría.

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Mi conversación con Silvia ha sido un revulsivo de energía. Compruebo que, tras nuestra entrevista, mi batería vital está cargada al cien por ciento. Hemos dejado varias conversaciones inconclusas y me da la sensación de que a los dos nos gustaría continuarlas en un próximo encuentro. Me quedo con un último comentario que Silvia deja sobre la mesa. En un algún momento, le encantaría crear algún tipo de proyecto artístico en Valdemoro. Aún no define su idea pero le encantaría ser partícipe del enriquecimiento cultural de la villa, bien a través de su trabajo como actriz o, tal vez, creando algún tipo de actividad en la que la interpretación sea protagonista. Me voy a casa saboreando esa idea.

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Entrevista con Remedios Nieto Lorca

 

Detalles. Pequeños detalles. Supongo que la poesía está compuesta de un setenta y tres por ciento de detalles. El otro veintisiete por ciento lo pone la vida. Conocí a Remedios a finales de 2012 y, desde entonces, hemos coincidido en un puñado de ocasiones. Sin embargo, en cada uno de nuestros encuentros, he notado detalles. Ciertos detalles que hacían de Remedios una persona y una escritora especial. Por eso tenía unas ganas feroces de entrevistarla para esta revista.

Remedios Nieto Lorca nació en Montefrío, provincia de Granada, pero vive en Valdemoro desde 1978. Es la autora de varios libros de poesía, de un libro de recetas tradicionales en quintillas con pasajes en prosa y de un libro para niños. Remedios es, además, una de las fundadoras del grupo literario De Par en Par de Valdemoro.

P – Siempre me ha fascinado indagar en las razones por las que una persona decide dedicarse a escribir y, de forma especial, a escribir poesía. ¿Qué te mueve a escribir? ¿Qué te mueve a escribir poesía?

R – La necesidad de escribir nace después de un intenso recorrido por el mundo de la lectura y de unas lecturas de todo tipo y género. Mi insaciable curiosidad, mi ansia por conocer e ir mucho más allá de lo que mis ojos podían abarcar a simple vista, hizo de este interés por la lectura una necesidad que sólo podía verse satisfecha, finalmente, con el hecho de escribir.

Y es en la poesía donde me sentí completa, donde comprobé que todo lo que quería o necesitaba transmitir se conjugaba de manera casi absoluta.

P – Empecemos, pues, hablando de tu poesía. Publicaste recientemente El paseo de Alexander y anteriormente Los espacios vacíos. ¿Qué querías transmitir con cada uno de esos dos libros?

R – Los espacios vacíos fue mi primera publicación poética en solitario. Antes había compartido poemario con los compañeros del grupo literario de De Par en Par, y varios miembros de la Asociación “Francisco Bayeu” de pintura, con un total de quince poemas. Una experiencia extraordinaria, basada en el intercambio de trabajos pictóricos de una parte, y creaciones literarias de otra, de los que tuvimos que inspirarnos mutuamente. Esta peculiaridad hizo de todo ello una forma de expresión absolutamente enriquecedora y única. El poemario en cuestión se llama Poemas para una exposición.

Respecto a Los espacios vacíos, fue la consecuencia de un estado de ánimo muy particular, en el que volqué todo el dolor, la añoranza y aceptación de la pérdida de un ser muy querido: mi padre. Es por tanto, toda una elegía dedicada a su memoria, cuyo contenido, aunque en un principio parece que parte de lo particular, así como la perspectiva desde la que se enfoca el tema, abarcan toda una universalidad, como lo es el hecho de perder a alguien tan querido.  

Desde este primer poemario a El paseo de Alexander, mi última publicación, existe un largo recorrido. En él confluyen realidad y ficción, dando como resultado la expresión imaginada de aquellos que, por una u otra causa, se ven obligados al sometimiento del silencio. Es, pues, un recorrido imaginario por la vida de quienes carecen de voz para expresar lo que ven, lo que sienten y lo que les preocupa, contemplándolo todo desde un plano inferior y diferente.

P – Dar voz a los que normalmente no la tienen en nuestra sociedad. Me consta que la idea de este concepto surge de tu situación personal. En la misma línea iba tu libro escrito en prosa poética Has de saber.

R – Así es. Es lo que tiene vivir una circunstancia tan excepcional: que nos suele dejar marcados de por vida. En mi caso, tener un hijo con “capacidades diferentes” me ha dejado la piel al descubierto en este sentido. Por consiguiente, es un tema inevitablemente recurrente. Lo fue de manera absolutamente consciente en Has de saber, y de manera casi inconsciente en El paseo de Alexander. En este, si no se explica, no se advierte.

P – Tienes un libro delicioso, Entre rimas y pucheros, que mezcla verso y prosa poética, intimista también, con recetas de cocina tradicionales de tu tierra natal. Cuéntanos cómo se te ocurrió esta aventura literaria.

R – «Intimista». Es la primera vez que alguien observa ese aspecto de Entre rimas y pucheros. O, por lo menos, nadie me ha hecho esa observación. Tal vez, salvo en ti, haya quedado solo esa primera sensación de un libro intrascendente y bastante lúdico, por haber escrito las recetas en quintillas clásicas, y las anécdotas, vivencias y recuerdos de aquellos años en los que se ubica el texto en prosa. Una prosa que raya casi en la poética.

            Y es que es íntima, y muy personal también, la temática de este «casual libro», convertido en un homenaje a mi madre y a mis abuelas, de las que tanto bebí y aprendí, y, por ende, también a mi pueblo, Montefrío, un lugar precioso del poniente granadino, considerado hoy por National Geographic, como uno de los diez pueblos con mejores vistas del mundo.

Y digo «casual», porque fue en respuesta a una especie de reto lanzado por un cuñado mío, muy buen gourmet, conociendo mi afición por la escritura y, al mismo tiempo, por todo lo que tiene que ver con la gastronomía.

            Un proceso bastante largo el de este libro. No fue nada fácil conjugar receta y verso. Así que lo tomé como una especie de divertimento. Como divertimento lo fue también para la ilustradora, Pilar González Bastanchuri, quien tanto se esmeró en esas extraordinarias «aguas»” que dan más vida aún si cabe al texto en sí.

P – Si no me equivoco, también colaboraste con Pilar González Bastanchuri en tu libro para niños Pablo bajó al establo. Háblanos, también, de esta publicación.

R – Bueno, la colaboración fue suya, aunque finalmente, dada la magnitud e importancia del trabajo ilustrativo, se convirtió en una coedición. De modo que se trata de un trabajo compartido, en el que ella aporta la imagen y yo el texto. Un texto que ya estaba escrito y, que cuando Pilar lo leyó, no pudo resistirse a ilustrarlo.

Pablo bajó al establo, como casi todo lo que llevo publicado hasta ahora, nace de la casualidad. No estaba en mis proyectos tocar este tipo de literatura. Siempre me ha parecido un género muy serio, de mucha responsabilidad, pues de ello dependen los futuros lectores.

Este libro, pues, surge de una colaboración que se me pidió en la Biblioteca Ana María Matute, y para la que preferí escribir mi propio cuento en lugar de contar el de otro autor.

Se trata de un cuento escrito en pareados endecasílabos, dirigido a niños de entre cinco y diez años y con unas propuestas de trabajo educativas. Sin embargo, aunque pedagógicamente el cuento esté cualificado para esas edades, realmente sirve para cualquier edad: el ritmo del verso y la expresividad de la imagen hacen de él un medio magnífico para el área cognitiva de cualquier niño, incluido aquel que aún no ha aprendido a leer, incluso ni a hablar.

P – Llevas mucho tiempo en Valdemoro y estoy seguro de que Valdemoro, de alguna manera, forma parte de tu literatura. De hecho, tu activismo literario se refleja en la fundación en Valdemoro del grupo literario De Par en Par, que, si no me equivoco, ha organizado, durante muchos años, el Certamen de Poesía Mística Martín Descalzo. ¿Podrías contarnos un poco sobre el origen de este grupo y sobre su actividad literaria?

R – Efectivamente, Valdemoro ocupa un lugar importantísimo en mi vida, tanto a nivel familiar como literario. Aquí hice nido, tuve el gran privilegio de compartir poesía y tiempo con José Hierro, Premio Cervantes de literatura entre otros muchos premios, y he ido creciendo con mayor o menor fortuna en todos los órdenes de la vida. También literariamente, a raíz de este contacto inicial importante en mi vida y de la creación del grupo De Par en Par, fundado en 1988. Asociación que nace con la sola idea de crear un espacio de encuentro entre amantes de la literatura. Una asociación sin ánimo de lucro que solo persigue fines exclusivamente culturales y que busca, dentro de sus limitaciones, servir de cauce e impulso a la creación literaria, fundamentalmente la de los jóvenes.

Aunque inicialmente se circunscribió solamente al ámbito local, tras los años, ha  sido y es reconocida internacionalmente. Debo decir que a esta fundación se debe la institucionalización en Valdemoro del “Día de la Poesía”, que anualmente, cada catorce de diciembre, conmemora el día de los poetas y homenajea a su patrón, San Juan de la Cruz, otorgando los premios de los certámenes convocados: el Leocadio Blanco, para jóvenes alumnos de centros de enseñanza; Premio De Par en Par, dirigido a personas o grupos de personas como reconocimiento a la contribución desinteresada en favor de la cultura;  y Certamen Nacional e Internacional de Poesía Mística Martín Descalzo, en el que se premiaron nombres como Jorge de Arco, Manuel Terrín Benavides, Gabriel Insausti, Teodoro Rubio, Luis de Blas, Ana Garrido, Miriam Alcázar… Así hasta una veintena de autores de gran relevancia poética, con los que aún seguimos manteniendo relación. Del mismo modo que la tuvimos también, por haber formado parte del jurado, con los poetas Leopoldo de Luis, Rafael Morales, Luis López Anglada (premios nacionales todos ellos y fallecidos hace algún tiempo) y Benito de Lucas, entre otros.

La asociación sigue, aunque ya de una manera menos activa. Lo fue hasta el 2009, en que se nos retiró la subvención de la que dependíamos para las actividades proyectadas, que no solamente se materializaban y concluían en los certámenes, sino también en otras muchas de carácter social y cultural, como fue la de organizar actos para ayudar económicamente a las víctimas de desastres naturales en distintas partes del mundo y para formar parte activa en las celebraciones del cuatrocientos aniversario de la muerte de San Juan de la Cruz, que se organizaron a nivel mundial, y con las que nosotros contribuimos realizando conferencias, representaciones teatrales, actos poéticos y exposiciones de pintura.

P – Es hora de que hablemos de lo que tienes entre manos en estos momentos. ¿En qué proyectos estás trabajando? ¿Cuáles son tus planes literarios para el próximo futuro?

R – Siempre hay algo entre las manos, Fernando. Este es un oficio que comienza, por lo menos en mí,  por puro placer y que, poco a poco, se va convirtiendo en una necesidad. Algo de lo que ya no se puede uno desprender, tanto si es para publicar o para dejarlo en un cajón.

            Aunque los proyectos son varios y en espera de ser organizados y revisados, actualmente estoy trabajando en dos de ellos: Sobre pasos de hojarascas y Almidón sobre la luna. Dos poemarios con registros muy distintos, que espero consigan trasmitir, sorprender y emocionar a los posibles lectores.

            En cuanto a mis planes futuros, es algo que ni yo misma los sé. Nunca miro al horizonte en busca de nada, ni me planteo ningún mañana para algo.  Tal vez sea el de seguir en este empeño por comunicar y hacerlo a mi manera, aunque a nadie importe o nadie escuche. Estar llenos de «futuro» nos impide ver más allá de nuestras propias narices. Estar libres de todo, en cambio, nos puede permitir llenarnos de eso que, a cada paso, vamos hallando en el camino, como digo en esta composición que me ha sugerido Ángel Crespo a través de uno de sus magníficos poemas:

Miradme las manos. Observad hasta

qué extremo están vacías: nunca

nada puso nadie en ellas. No importa:

así ninguna mirada hiela, ninguna

angustia ajena queda inútilmente

presa.

 

Miradme las manos. Observad hasta

qué extremo están vacías.

 

Nada. Nada en las manos:

Mejor la nada para así poder

tener el todo.