Mi feo mundo

Naufragios

La gran desventaja de un náufrago es que puede decir en voz alta lo primero que se le viene a la cabeza. Se le viene a la cabeza y se le va la cabeza. Mientras tanto, en el otro extremo de la isla, el barco, encallado cerca de la orilla, continúa su particular y minucioso hundimiento y las provisiones suben a flote desperdigándose por el océano. Pacíficas por el océano Pacífico. Intento seguir la línea argumental de la tragedia que nos traemos entre manos mientras mi cabeza no deja de sacar chistes malos de, cómo no, una chistera de mago viejo.

Todo va de lo mismo, por decirlo de algún modo.

La poesía sublima al lenguaje en un acto en el que el gas se vuelve sólido a base de seguir creyendo. Creyendo en que las hadas navegarán a nuestro lado hasta el momento de su desaparición. Creyendo en una vieja suma de dos más dos. Creyendo en la gravedad de las cosas.

Todo cae.

Todo cae.

Todo cae.

Corremos descalzos por el filo de esa cuchilla de afeitar hasta que nos damos cuenta de que no es más que la carretera que todos llevamos dentro.

Vayamos, pues, un lunes a la noche, a la próxima reunión de náufragos anónimos y digamos, delante de todos y en voz alta, me llamo fulanito de tal y soy un náufrago.

Soy un náufrago.

Soy un náufrago.

Soy un náufrago.

Y el último mensaje metido en una botella partió hacia su destino horas antes de mi llegada a la isla.

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