Valdemoro en el cine

Valdemoro en el cine – Grandes producciones

Orgullo y pasión

«Llegaron en numerosos coches negros. Parecían formar parte de una comitiva oficial como la que había atravesado Villar del Río, cuatro años antes, en Bienvenido, Mister Marshall. Pero estos coches no pasaron de largo. Tampoco se trataba de una comitiva oficial. Eran los protagonistas principales y algunos miembros del equipo de producción de Orgullo y pasión, la película de guerra que aspiraba a ser el exitazo de Hollywood en 1957. Llegaron sobre la una de la tarde y los coches fueron parando brevemente al lado de la puerta del Quinito para que los pasajeros descendieran de los vehículos y entraran en el restaurante, donde habían preparado una mesa larga en el piso de arriba.

Valdemoro estaba de fiesta. Muchos de sus habitantes iban a participar en la película como extras. La escena principal iba a filmarse por la noche, en la plaza del Ayuntamiento. Era una de las escenas más importantes de la película: los miembros de la guerrilla española, interpretados por numerosos valdemoreños, reposaban en la noche tras un largo día de caminata escondiéndose de las tropas francesas. Un guitarrista flamenco anima la velada cuando la novia de Miguel, interpretado por Frank Sinatra, decide tomar el centro de la acción y marcarse unos pasos de baile español. Se trata de una bellísima Sophia Loren, que, con 23 años, protagonizaba su primera superproducción fuera de la industria cinematográfica italiana. La escena es importante para la película porque es la primera vez que se insinúa el triángulo amoroso que se desarrolla a lo largo del largometraje. La actriz italiana baila bajo los atentos ojos de Miguel y de Anthony, el capitán inglés interpretado por Cary Grant que ayuda a la guerrilla española, mientras ambos cruzan miradas.

Pero la escena se rodaría en la noche. Ahora tocaba llegar a Valdemoro en numerosos coches negros, crear expectación en el pueblo, bajarse junto a la puerta del Quinito, subir al segundo piso y sentarse a la larga mesa que en el restaurante habían preparado para las estrellas de cine. Stanley Kramer era el director de la cinta y, sin saberlo, comenzaba la segunda mitad de su segundo matrimonio. Orgullo y pasión era también su segunda película como director. Segundo piso. Segunda mitad de su segundo matrimonio. Segunda película como director. El que más problemas le puso para el rodaje de la película fue Frank Sinatra. El italo-americano había aceptado protagonizar la cinta para estar cerca de Ava Gardner, que estaba filmando también en Europa, e intentar reconquistarla. Cuando se dio cuenta de que la reconciliación era imposible, pidió a Kramer que grabaran cuanto antes las escenas en las que él aparecía para poder irse cuanto antes. El divorcio entre Gardner y Sinatra se hizo efectivo ese mismo año. Kramer tuvo que complacer al actor, adelantando la filmación de algunas escenas pero, como venganza, eligió el peor corte de pelo posible para el personaje de Miguel.

La historia de desamor entre Sinatra y Ava Gardner despejaba las dudas sobre el romance que debía surgir durante la filmación de Orgullo y pasión. Tanto Sophia Loren como Cary Grant dejaron correr los rumores porque, fueran absurdos o no, les convenían a los dos. El caso es que Sophia Loren se casó en septiembre de ese año con Carlo Ponti y Grant estuvo feliz en España. A sus 53 años, se alejaba de su mujer durante una temporada y se atrevía a mostrar su torso desnudo, algo inusual en él, en una de las escenas de acción en Orgullo y pasión.

En el segundo piso del Quinito, las estrellas del largometraje eran los únicos clientes. Tuvieron a un camarero y a una camarera, dos valdemoreños de toda la vida, atendiéndoles de forma exclusiva. Grant estuvo especialmente atento con ambos, a pesar de las diferencias lingüísticas, haciendo preguntas al camarero sobre los manjares y los vinos y coqueteando constantemente con la camarera, cuya belleza llegó a comparar con la de Sophia Loren, quién sabe si para ponerla celosa. Llegó a preguntarle, a través del intérprete que les acompañaba, si sabía bailar flamenco y, mientras tomaban café, sugirió al director que la incluyera como extra en la escena que iban a filmar aquella noche. El vino que habían bebido durante la comida hizo que pronto todos se olvidaran de la sugerencia de Grant y el tema de conversación se fuera por otros derroteros. Ayudó la necesidad de Grant de ir al baño.

Cary Grant se levantó y se dirigió al fondo del comedor. Entró en el servicio y se encontró con unos urinarios un tanto sencillos para lo que el artista estaba acostumbrado en Beverly Hills. Cuando hubo acabado, se lavó las manos y se vio sorprendido por el camarero, que abrió la puerta del servicio y se acercó al actor. Grant le sonrió amablemente hasta que el camarero le acercó una navaja abierta al cuello. Era casi tan grande como la navaja que llevaba consigo a todas partes el personaje que interpretaba Frank Sinatra en el largometraje. El camarero no dijo una palabra. Ya le había hecho saber que no sabía inglés. Con la mano que tenía libre, sacó del bolsillo una fotografía y se la mostró al actor. Era una foto de la camarera que servía con él. Grant comprendió y movió la cabeza ligeramente, haciéndole ver que había entendido el mensaje…».

Han pasado exactamente sesenta años desde que Stanley Kramer, Sophia Loren, Frank Sinatra y Cary Grant vinieran a Valdemoro para rodar algunas de las escenas de Orgullo y pasión, la mayor producción cinematográfica filmada en nuestra localidad, y es tentador escribir una historia de ficción sobre lo que pudo suceder durante la comida que tuvo lugar en el Quinito o durante los días que estuvieron rodando, con camerinos improvisados en la plaza de la Constitución y vigilados por la Guardia Civil. Yo tan solo he querido darles un aperitivo para que ustedes le den el final que deseen.

No era la primera vez que se rodaba en Valdemoro. Ya en 1949, Antonio Román eligió Valdemoro para filmar El amor brujo, una adaptación cinematográfica de la obra de Manuel de Falla; en 1954, José María Elorrieta grabó en Valdemoro escenas de El milagro del sacristán; el mismo director volvió a la localidad al año siguiente para filmar El bandido generoso; el mismo año, 1954, Antonio del Amo vino para dirigir escenas de Sierra maldita; y en 1957, José María Elorrieta volvía para llevar al cine Torero por alegrías, un guion que había escrito junto a José Manuel Iglesias.

Pero Orgullo y pasión marcó un antes y un después. Estamos hablando de una de las veinte películas más taquilleras de 1957 en todo el mundo, una película comercial que buscaba agradar al gran público a la vez que quería hacer historia dentro del género bélico. Por desgracia, se convirtió en una película maldita. A pesar de los altos ingresos en taquilla, tuvo pérdidas por los grandes costes de producción. Stanley Kramer aspiraba a conseguir una obra maestra, con grandes actores y más de diez mil extras (al final de la película, agradece la generosidad de todos los extras españoles, entre los que se encontraba Adolfo Suárez), con avanzados efectos especiales para la época (en las escenas finales, destrozan a cañonazos una parte de la muralla de Ávila) y con un guion simpático, lleno de guiños a las imágenes preconcebidas que los extranjeros de la época tenían sobre España. Pero Kramer tuvo la mala suerte de que, ese mismo año, David Lean dirigiera Un puente sobre el río Kwai, que se llevaría las estatuillas más importantes en la ceremonia de los Óscar, y que, ese mismo año también, Stanley Kubrick dirigiera una de mis películas bélicas favoritas de todos los tiempos, Senderos de gloria.

Más allá de las montañas

En los siguientes diez años, varios directores continuaron eligiendo Valdemoro para filmar parte de sus películas: en 1958, Manuel Mur Oti dirigió una comedia hispano-cubana titulada Una chica de Chicago; el mismo año, Antonio del Amo volvía a la localidad para llevar otra comedia a la gran pantalla, Nada menos que un arkángel; en 1959, Ignacio F. Iquino filmó escenas de una coproducción hispano-mexicana titulada El niño de las monjas; en 1962, Joaquín L. Romero Marchent dirigió La venganza del zorro, con guion de Jesús Franco; en 1963, Javier Setó adaptó al cine El escándalo. Valdemoro parecía el lugar propicio, pues la historia estaba basada en el libro homónimo de Pedro Antonio de Alarcón, autor que había vivido en la localidad a finales del siglo XIX. En 1964, Antonio Merino dirigió Un puente sobre el tiempo/Alféreces provisionales; en 1966, Manuel Torres eligió Valdemoro para filmar parte de Huida en la frontera; en 1967, Pedro Mario Herrero dirigió Club de solteros; el mismo año, el director polaco Alexander Ramati eligió Valdemoro para filmar gran parte de su película Más allá de las montañas, una producción hispano-estadounidense, con un grupo de actores internacionales: protagonizaban la cinta el actor vienés Maximilian Schell, la actriz griega Irene Papas, el calabrés Raf Vallone y la despampanante actriz austriaca Maria Perschy. Y no podemos olvidar a un magnífico Fernando Rey luciendo un bigote que cualquiera diría que inspiró a Sacha Baron Cohen en la creación de su personaje Borat.

La película Más allá de las montañas comienza con el siguiente texto:

«En 1939, mientras Alemania invadía Polonia, Rusia entró procedente del este y miles de soldados polacos fueron internados en Siberia.

En 1941, la misma Rusia fue invadida por Alemania. Esta es la historia de dos hermanos polacos, quienes en la confusión de los tiempos de guerra, escaparon de un campo de concentración de Siberia, dirigiéndose hacia el sur, a Kermine, en la República Soviética de Uzbekistán»

Tras el texto, un tren de época llega a la estación de ferrocarril de Valdemoro. Solo que no podemos leer Valdemoro. Podemos ver un cartel escrito en alfabeto cirílico en el que pone Kermine. La película está rodada en los estudios Sevilla de Madrid, pero gran parte del largometraje tiene lugar en los exteriores filmados en Valdemoro (para algunas escenas, también se desplazaron a Beasáin, Aranjuez, Parla y Boca del Asno, en Segovia).

Convertir Valdemoro en una localidad de Uzbekistán, cerca de la frontera con Afganistán, fue un alarde de maestría cinematográfica que iba (como indicaba el título de la película) «más allá de las montañas». La mayoría de las personas del siglo XXI que se acerquen a la película como espectadores se aburrirán bastante. Pero cualquier valdemoreño que se precie de conocer bien su localidad se divertirá descubriendo los rincones de la villa que fueron transformados en parte del paisaje uzbeko. Yo disfruto imaginando las bromas que harían los extras valdemoreños cuando les hicieran llevar esos abultados gorros de cosacos o les pegaran esos bigotes gruesos que, se supone, lucen los varones de la zona.

Al comienzo de la película, podemos ver a unos niños lavando en un riachuelo inventado al lado de la estación de tren, algo que maravilló a los lugareños de la época. Pero el mayor logro audiovisual lo consiguió Alexander Ramati con la larga escena de tormenta de arena del desierto uzbeko que desencadena, además una ambigua escena amorosa tras la cual los dos protagonistas hacen planes para escaparse juntos una vez crucen la frontera.

El turismo es un gran invento

Un año después del estreno de Más allá de las montañas, en 1968, una producción española daba una vuelta de tuerca más y conseguía que Valdemoro se convirtiera en una población mucho más exótica y lejana que una localidad de Uzbekistán. En este caso, Valdemoro se transformaría en un pueblo aragonés de la «España vacía» que, a su vez, y dentro del largometraje, aspiraba a convertirse en un centro de atracción turística para las suecas. Estamos hablando de la disparatada cinta dirigida por Pedro Lazaga, El turismo es un gran invento. En un guiño al nombre de nuestra localidad, el pueblo se llamaba Valdemorillo del Moncayo.

La película comienza con un fascinante riff de jazz, con batería y trompeta, que desemboca en el tema musical principal de la película, compuesto por Antón García Abril. La letra de la canción no tiene desperdicio: «Me gusta hacer turismo, es algo estimulante, es una emocionante manera de aprender. Olvide sus problemas, no piense en los negocios y déjeles a sus socios el deber y el hacer. Relájese en la arena, consígase un flirteo y sienta el cosquilleo del sol sobre su piel. Y luego, por la noche, con un whisky delante, descanse en el sedante sillón de un buen hotel».

Las escenas de playa se filmaron en Marbella y los exteriores de Valdemorillo del Moncayo corresponden a la población madrileña de Torrelaguna. Sin embargo, las escenas más largas y los diálogos más interesantes de la película se desarrollan en el salón de juntas del Ayuntamiento del pueblo. Para estas conversaciones, Pedro Lazaga eligió el Salón de Sesiones del antiguo consistorio de Valdemoro. Allí Paco Martínez Soria convence a sus vecinos de que necesita dinero para ir a Marbella con el objetivo de obtener ideas para el desarrollo turístico del pueblo; allí, sus convecinos y amigos protestan cuando reciben misivas pidiendo más dinero; allí, Paco Martínez Soria renuncia a todo lo que tiene para pagar los gastos ocasionados por sus ideas de desarrollo…

Detrás del tono humorístico de la película, descubrimos la realidad de los pueblos del interior de España. Unos pueblos que se fueron vaciando desde el final de la Guerra Civil y que mandaron a toda su juventud a las grandes ciudades. Para aquellos que quieran profundizar en este tema, nos gustaría recomendar el libro La España vacía, de Sergio del Molino, publicado en 2016. Nuestra localidad sería un lugar interesante para el estudio de este tema porque, debido a su cercanía a Madrid y a la mejora de las comunicaciones en los últimos cincuenta años, Valdemoro ha dejado de ser parte de la «España vacía» para convertirse en parte de la metrópolis capitalina, creando una personalidad propia, gracias a su combinación de pasado rural con su presente urbano.

Paco Martínez Soria había sido alcalde de Valdemoro. Cuando parecía que nada mejor podía pasarle a nuestra localidad, el mismo año, en 1968, Orson Welles filmó partes de Una historia inmortal en Valdemoro; en 1969, Rafael Gil dirigió Sangre en el ruedo; en1970, Pedro Lazaga volvió para grabar Las siete vidas del gato; en 1972, Valdemoro fue escenario de nada menos que tres películas: Marianela, dirigida por Angelino Fons,  La duda, de Rafael Gil, y La cera virgen, de José María Forqué; en 1975, Joaquín Coll Espona dirigió Mi adúltero esposo (“In situ”); en 1993, Josefina Molina vino a rodar La Lola se va a los puertos; y, por último, en 2000, Álvaro Fernández Armero dirigió El arte de morir y Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo vinieron para rodar parte de su Año Mariano.

No tenemos noticias de que se hayan filmado más películas en Valdemoro. Sin embargo, a partir del año 2000, se han grabado varias series de televisión: en 2008, Antena 3 filmó partes de su Cazadores de hombres, la serie protagonizada por Emma Suárez, y El síndrome de Ulises, protagonizado por Miguel Ángel Muñoz; en el 2008 también, Cuatro eligió Valdemoro para algunas partes de Cuenta atrás, la serie protagonizada por Dani Martín; en el mismo año, Telecinco grabó partes de Hermanos y detectives y el último episodio de Yo soy Bea; y también en 2008, TVE filmó escenas de UCO; en 2010, Telecinco grabó partes de su serie La que se avecina; en 2015, Antena 3 escogió Valdemoro para algunas escenas de la serie Apaches y en 2016, partes de la serie Mar de plástico; por último, en 2017, José Mota vino a grabar escenas de El acabose, de TVE.

A lo largo de sus siglos de historia, Valdemoro ha sido visitado por reyes y nobles, por célebres artistas y grandes autores, desde Cervantes a Miguel Hernández. A partir de mediados del siglo XX, y hasta nuestros días, Valdemoro ha recibido también personalidades del mundo de la música, del teatro y, como hemos podido ver en este artículo, de la industria cinematográfica.

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Amigos·Entrevistas

Entrevista con Ismael Alonso

Conozco a Ismael desde diciembre de 2012 y nuestra amistad no ha hecho sino crecer desde entonces. Es cierto, no es una amistad forjada en los futbolines del barrio. Tampoco compartimos juegos y travesuras en la infancia. Ni desmanes en la juventud. La nuestra es una amistad comedida. Limitada por todas y cada una de nuestras responsabilidades. Pero es una amistad que saboreo en cada momento. Cada vez que hablamos por teléfono o compartimos una comida. La voz de Ismael transmite, a la vez, calma y cariño. Por eso, para la entrevista de este mes, a pesar de estar frente a un gran escritor, un estupendo pedagogo y un magnífico conversador, hoy siento que estoy, sobre todo, tomando un café con un buen amigo.

Ismael Alonso nació en Fuente el Olmo de Íscar, en la provincia de Segovia, y vino a vivir a Valdemoro en el año 2006. Vino para trabajar como profesor de Lengua y Literatura y, además, desde hace unos años, es el director del instituto público Villa de Valdemoro.

Has sido periodista. Eres poeta y novelista. Eres profesor de Lengua y Literatura. ¿Recuerdas cuándo decidiste dedicarte al mundo de las letras?

El propio sustantivo «dedicación» puede resultar ambiguo, porque me cuesta abordar la literatura, como lector y aficionado a la escritura que soy, como un trabajo. No considero que me dedique a nada en concreto; simplemente, la lectura y la literatura siempre han formado parte de mi vida, desde que era estudiante, gracias a los estupendos profesores que tuve y que me inculcaron el amor a los libros. La escritura es un destino natural cuando has leído mucho, porque lo normal, parafraseando a Borges, es leer. Por ello, más que por los libros que he escrito, me siento orgulloso por los que he leído. La literatura es una compañera de viaje constante. Ahora mismo, me asombro al hacer un pequeño balance del trayecto recorrido como autor: cinco libros publicados –cuatro novelas, un poemario- y muchos otros en un cajón quizás para siempre. Nunca pensé que iba a publicar un libro y, menos, que a alguien le podía gustar lo que hacía. Para mí, ese es el verdadero premio.

¿Cuándo empezó todo? Como decía Max Aub, uno es de donde hace el bachillerato, que moldea las primeras inquietudes y los numerosos afanes que van a marcar la vida posterior. En mi casa no había ningún libro, más allá de los estrictamente escolares. Me viene a la memoria mi profesor de Literatura, Pedro, cuya estampa cervantina y su particular manera de comentar los libros, más pródigo en silencios y descubrimientos que en verdades firmes, contribuyó a abrirme un campo totalmente desconocido para mí. Bien es cierto que antes tenía por costumbre escribir poemas de rima consonante muy ripiosos e historias de ciencia ficción bastante voluntariosas pero, también, muy pretenciosas. Uno, cuando empieza a escribir, solo busca emular los libros –pocos- que ha leído hasta entonces y le han gustado. Es la búsqueda de un estilo propio la verdadera aventura de todo aspirante a escritor, porque es un oficio que me merece el máximo respeto y, quizás por ello, me cuesta denominarme como tal.

Siempre me recuerdo con un libro entre las manos, una historia propia o ajena, un libro de versos que esté escribiendo o de otros autores especialmente queridos. El concepto «mundo de las letras» me resulta ajeno, porque tiene un componente «social» que, creo, casa mal con la escritura y el concepto de literatura que pueda tener, ni más ni menos respetable que otras visiones al respecto, eso sí: la literatura es una labor solitaria, pero también feliz. Lo normal no es presentar un libro o firmar en una feria, sino escribir. Es en esos momentos cuando la literatura se convierte, gracias a la escritura, en una verdadera fiesta, una «orgía perpetua», como sostenía Vargas Llosa en su ensayo sobre Madame Bovary.

Una orgía perpetua de la que es difícil comer. Son muy pocos los Vargas Llosas que viven de la literatura y somos muchos los que debemos buscar otras fuentes de financiación si queremos pagar la hipoteca. Sin embargo, esos oficios que elegimos, en tu caso el periodismo y la enseñanza, aportan grandes tesoros vivenciales que, más tarde, enriquecen nuestra literatura. ¿Crees que el haber sido periodista y profesor de instituto te han convertido en un escritor mejor?

Siempre me ha interesado estar muy pegado a la realidad. Al fin y al cabo somos seres sociales, que necesitamos del otro para construirnos a nosotros mismos. Mi primera faceta, la de periodista, viene de mi gusto –y necesidad- por escribir, contar la realidad, intentar comprender el entorno. Elegí una profesión que me permitiera un oficio cercano a la escritura. Es cierto que no es lo mismo, en absoluto, escribir una novela y redactar una noticia; más bien, en periodismo, salvo en los géneros de opinión y otros más libres como el reportaje, la literatura sobra. Pero esa decantación, esa eliminación de adjetivos, de lo accesorio, de lo que sobra en la noticia, creo que ha contribuido a crear mi estilo, tanto en poesía como en narrativa.

Durante ocho años, entre 1996 y 2004, ejercí una de las profesiones más hermosas en distintos medios impresos (Diario 16, Cambio 16, Tribuna de Salamanca, Paisajes desde el tren…) No me arrepiento en absoluto de aquella experiencia, ya que aprendí muchísimo y conocí a personas muy valiosas: entrevistas a escritores, políticos, periodistas, gente de la calle… Fue una magnífica escuela de la vida. No obstante, llegó el momento del cambio. Entonces, me di cuenta de que me iba alejando progresivamente de la realidad, más de lo que yo quería, y mi trabajo como periodista había sido sustituido, progresivamente, por una labor funcionarial –ironías del destino, ahora soy funcionario, en concreto, profesor de instituto- que se limitaba a editar textos, a corregirlos, a seleccionar fotografías y anotar pies de foto llamativos. Mi último trabajo fue en una revista de viajes… en la que apenas viajaba, aunque me imaginaba travesías exóticas y trayectos iniciáticos que afinaron, digo yo, mi imaginación. Tenía su encanto, no lo niego. Fruto de ese «desapego» hacia la realidad, me empecé a plantear un cambio de escenario. Siempre recuerdo a mis profesores de instituto, cuando yo era un chaval, lo que hicieron por mí y cómo me marcaron. Si no hubiera sido por ellos, posiblemente mi vida habría continuado el destino agrícola de mi padre, que tampoco hubiera sido una tragedia, después de todo. Pensé que debía proseguir esa «cadena de favores» e intentar dar a los chavales de hoy algo de lo que me habían regalado a mí cuando tenía su edad. Con esa intención y, también, bastante suerte, empecé en 2004 como profesor de Lengua Castellana y Literatura de instituto. Empezar de cero, otra vez. Reconozco que la vocación hacia la enseñanza me ha ido llegando poco a poco, según iba descubriendo los entresijos de la profesión. Y, también, pocas veces me he sentido tan cerca de la realidad, de «tocar la calle» como decíamos en las redacciones, como ahora: los chavales y sus familias, los problemas sociales que se manifiestan en la escuela de manera directa, la complejidad de una sociedad como la actual, con sus luces y sus sombras. La escuela es el ascensor social por antonomasia y debemos velar para que nunca pierda su función primordial: formar ciudadanos que puedan crecer intelectual y socialmente, más allá de su origen o condición.

Respondiendo a tu pregunta, Fernando: no sé si el periodismo o la enseñanza me han hecho un mejor escritor, pero sí han construido la persona que soy hoy. Y eso es fundamental en la escritura, porque partimos de unas vivencias cercanas, uno escribe sobre lo que conoce: gentes, paisajes, vivencias. Me resulta muy difícil salirme de ese camino trillado e idear, por ejemplo, una novela histórica. Ojalá sucediera, pero cuando lo intento me «suena» a falso e impostado. Quizás, por eso, los personajes de mis novelas son antihéroes, seres cercanos que, aunque sean ficción, son reconocibles. Y los poemas que escribo también buscan esa sencillez que, por otra parte, resulta muy difícil de conseguir. Ya decía Picasso que toda su vida intentó pintar como lo hacía un niño.

Has publicado cuatro novelas. Comenzaste con Algún día. Siguió La hija de la lluvia. Después vio la luz Eres tierra y en 2016 publicaste Devuélveme la muerte. Estoy de acuerdo contigo: tus libros están protagonizados por antihéroes con los que el lector conecta inmediatamente y, en todos ellos, demuestras que se pueden describir pensamientos complejos con un lenguaje sencillo pero exquisitamente preciso. Háblanos un poco de cada uno de estos libros.

En todos mis libros ocupa un lugar especial la memoria, la influencia que el pasado tiene en todos los personajes, como una sombra de la que no pueden huir, aunque lo deseen. Siempre he pensado que somos pequeños trozos de tiempo que nos van configurando progresivamente como personas, frente a la imagen tradicional de una fotografía o, ahora, la preeminencia del código visual en las redes sociales, que no deja espacio a los matices. En nuestro periplo vital llevamos una mochila cargada de experiencias, alegrías, sinsabores; pequeños detalles, la mayoría de ellos, que construyen lo que somos. Por eso, mis personajes no suelen mirar demasiado al futuro y sí a su pasado, incapaces de dar un paso adelante si no son capaces de comprender el camino que los ha llevado hasta allí, reconciliarse con él. De eso, precisamente, trata la mayor parte de mis obras. Algún día, por ejemplo, es una novela de corte lírico que aborda la imposibilidad de vivir cuando se ha perdido la memoria, algo que sucede al protagonista de la novela. La hija de la lluvia aborda la historia de una saga familiar, regida por una madre autoritaria y despótica, que supone una invitación a la huida y la aventura. Aunque, en todo caso, ninguno de los personajes puede alejarse de ese hilo invisible que lo ata a su infancia, porque «somos lo que fuimos». Tierra eres retoma un contexto rural muy reconocible para mí; sin ser autobiográfica, es una novela que transita por caminos, territorios y personajes cercanos, minúsculos, seres aparentemente sin historia pero que se sacrificaron en una época muy dura para que nosotros, sus hijos o nietos, pudiéramos salir adelante. El título hace referencia al componente original de todos nosotros: somos del paraíso de la infancia, de la tierra que nos vio nacer. Por último, en cuanto a las novelas que he publicado, Devuélveme la muerte recupera algunos personajes de La hija de la lluvia y de Algún día, esta vez en un molde de novela policíaca: la muerte de la protagonista femenina y las causas y motivaciones del asesinato –o no- de María, investigadas por un experiodista metido a detective que recibe un encargo muy especial.

En todas mis novelas, procuro que los personajes estén muy trabajados y sean profundamente humanos, que casi los podamos tocar. Si cabe, esto me preocupa más que la historia en sí, la trama. Me acuerdo de Frankenstein, de Mary Shelley: sería magnífico poder crear vida de la imaginación, ¿verdad? Todos los que tenemos afanes literarios buscamos algo parecido, de algún modo.

Sin querer quitarle importancia a la poesía, ni a tu poesía, siempre me has contado que escribir una novela es cosa seria, que requiere de un tiempo y de una continuidad que tu trabajo y el resto de tus obligaciones no te permiten tener. Sin embargo, la poesía, un poema individual en todo caso, puede ser más inmediata. Si continuamos con tu comparación con Frankenstein, para darle vida a un poema no hace falta visitar tantos cementerios como cuando escribimos una novela, no es necesario que la tormenta sea tan poderosa, la descarga eléctrica sobre el cerebro de la obra no requiere de tantos vatios. Es por eso que, muchas veces, acudes a la poesía para calmar tu sed de creación literaria. Tienes bastantes poemas en tu blog y en 2015 vio la luz tu poemario De la luz y otras ausencias. Háblanos de tu obra poética.

En mi afición por la escritura, siempre ha tenido un lugar privilegiado la poesía. La pulsión primera siempre ha sido para ella, el género al que guardo un mayor respeto. En mi caso, trazando un símil amoroso, la poesía sería el amante y la prosa, la esposa: en el primer caso, cuentas con la ventaja del fogonazo, del ritmo entrecortado y pleno del verso; en el segundo, se impone la rutina, porque una novela se elabora con la disciplina de un horario, con los decaimientos durante su elaboración y los momentos gozosos, también, como espejo de la vida que es. Procuro que mi poesía sea diáfana, cercana a la vida, aunque subyace una búsqueda constante de la esencia, del absoluto que habita en las cosas pequeñas. Para entenderlo, quizás sirva anotar algunas de mis referencias, a las que regreso como se vuelve a un espacio familiar, con zapatillas de andar por casa: la Generación del 50, con hitos como Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Francisco Brines; Valente; autores a los que estimo mucho y herederos de aquellos, como Felipe Benítez Reyes; o bien otros que han seguido sendas más particulares, como Antonio Colinas, María Victoria Atienza, José Manuel García González (amigo, además) o Eloy Sánchez Rosillo. Un poeta al que me he acercado recientemente con interés es el soriano Fermín Herrero, último Premio Nacional de Poesía. Muchos de ellos son mis santos de cabecera, junto a los clásicos a los que resulta recurrente y obligado citar: Machado y Juan Ramón, Nicanor Parra, Juan Gelman o César Vallejo. Me dejo en el tintero muchos otros que he frecuentado, pero la memoria resulta selectiva. Puedo estar largas temporadas sin escribir prosa; de hecho, es habitual que la creación de una novela se concentre en un periodo corto, de unos pocos meses, para evitar que el «tono» se te escape. En cambio, la escritura de la poesía es una constante; cuando no lo hago y me paso semanas sin escribir, enseguida se me nota en el carácter: más irascible, menos pegado al suelo, más evanescente, como un niño que ve cómo ha dejado escapar el globo que sujetaba con su mano. La poesía me pega a la tierra, echa raíces bajo mis pies, es mi manera de tocar el mundo, de entenderlo, de pertenecer a él. Considero este género como el mayor, el esencial, y el más difícil al mismo tiempo, porque resulta muy tentador ser recurrente e insustancial en el verso. Por ese motivo, más allá de la escritura, lo esencial es la labor de depuración posterior: podar el árbol, el seto, la planta, el poema, como hacemos con nuestro jardín, en busca de una sencillez luminosa. Esa persecución resulta inexplicable, casi religiosa, me atrevería a decir. Por eso, no me resulta ajena la visión de la poesía como un género al margen de la literatura, dotado de una espiritualidad muy especial. Eso sí, creo que esa perspectiva «espiritual» parte de la vida cotidiana, de la temporalidad en la que nos hallamos inmersos.

Trabajas con estudiantes que han nacido en plena era tecnológica. ¿Cuán importante es la literatura para las nuevas generaciones? ¿Crees que la poesía ha perdido espacio dentro de las vidas de las personas? ¿Cuál debería ser la tarea de un profesor de Lengua española y Literatura?

Hay un relato de Azorín, Una ciudad y un balcón, que a veces leo en clase y que a los chicos les gusta. Desde un balcón, un personaje contempla los campos, los alrededores de la ciudad en la que vive. En distintas épocas, ese paisaje cambia a sus ojos, se pasa de la sociedad campesina a la era industrial, con los trenes y caminos de hierro que conquistan el horizonte. A pesar de todo, dice el narrador al final, ese hombre sigue teniendo los mismos afanes, las mismas alegrías, iguales decepciones que cien, doscientos, mil años atrás. Me gusta citar especialmente otra frase, esta vez de Machado, extraída de su Juan de Mairena: por mucho que un hombre quiera ser, no va a ser más que un hombre. La cito de memoria, más o menos. ¿Qué quiere decir esto? Podemos vivir en la era digital, estar todo el día enganchados a dispositivos móviles de cualquier tipo, mandar correos electrónicos en lugar de cartas físicas, las de toda la vida… Sí, eso sucede, pero el hombre sigue siendo el mismo que aquellos prehistóricos que pintaban en las cavernas esperando conjurar la caza u ofrecer una ofrenda a algún Dios. Cambian los dioses, pero el hombre sigue siendo el mismo. Si me apuras, la primera literatura, los clásicos grecolatinos, persas o indios, ya abordaban temas que nos siguen obsesionando hoy: el amor, la vida, la muerte, el honor, la valentía, la honestidad…

Es cierto que la literatura, hoy, compite con muchas otras propuestas de ocio, la mayor parte digitales, pero tengo la certeza de que siempre habrá buenos lectores, como existirán nuevos escritores que crearán historias que renovarán los clásicos anteriores. La literatura es una manera de entender lo que somos, y eso no se consigue si no tenemos unas nociones de la tradición. En ese sentido, la labor de un profesor de Lengua y Literatura, en el siglo XXI, es mediar entre sus alumnos y los textos, acercarles lo que de actuales tienen los clásicos. El lenguaje a veces puede ser un impedimento, pero resulta imposible entender la España del XIX sin Galdós, o la decadencia barroca sin Cervantes, o la Guerra Civil sin Arturo Barea. No hemos cambiado tanto, después de todo. McLuhan, cuando hablaba de los medios, sostenía que  el medio determina el mensaje. Es cierto que en la actualidad la exposición continua a la velocidad de las redes sociales, con todo el componente superficial que ello implica, condiciona un tipo de literatura más fácil, en el que el lector asume un papel pasivo. Soy optimista, sin embargo. Tengo la sensación de que la literatura, la poesía, como el teatro, siempre han estado en crisis, aunque nos sobrevivirán durante muchos siglos. Hablar de literatura es hablar de sentimientos. Esa es la función del profesor de hoy: cultivar la sensibilidad del lector, más que el análisis textual; teniendo en cuenta, eso sí, que las grandes obras son un objetivo a largo plazo, y que antes hay que ir formando, poco a poco, al lector. Hay que ser ambicioso, aunque sin pretender, a las primeras de cambio, que con catorce años mandes leer El Quijote íntegramente, ¡eso es un grandísimo error!

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Podríamos seguir hablando durante horas. La educación, la literatura y el uso de las nuevas tecnologías son algunos de nuestros temas de conversación favoritos. En el número de este mes de La revista de Valdemoro les he querido presentar a Ismael Alonso. Novelista. Poeta. Profesor de Literatura. Colega. Amigo.