Amigos·Entrevistas

Entrevista con María Curros Ferro y Rodolfo Gutiérrez Simón

Necesitamos doctoras y enfermeros. Pilotas y asistentes de vuelo. Arquitectas e ingenieros. Zapateras y carpinteros. Necesitamos transportistas, maestros y profesoras. Necesitamos albañiles, jueces y abogadas. Necesitamos mecánicas, técnicos informáticos e investigadoras científicas. No necesitamos ni delincuentes ni criminales, ni políticos corruptos, pero sí necesitamos policías. Necesitamos bomberas y guardabosques. Necesitamos señores de la limpieza y amos de casa. Necesitamos electricistas, fontaneras y agricultores. A partir de aquí, ya no sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero, en mi opinión, necesitamos también artistas, músicos y humoristas. El mundo vertiginoso del siglo xxi necesita de todas estas profesiones y reclama que nos movamos todos a gran velocidad por nuestras vidas. Arriba, en la montaña, queda el Coyote, sentado, pensando, esperando, junto a su último artilugio ACME, a que pase el Correcaminos. Lejos queda el tiempo en el que se paseaba, en túnica blanca, junto a sus alumnos, alrededor de un estanque en Atenas, y todos se dirigían a él como maestro.

Junto a mí tengo a Rodolfo Gutiérrez y a María Curros, valdemoreños – él de toda la vida, ella de reciente adquisición-. Ambos han elegido dedicar sus vidas a la filosofía, a ser coyotes, a pararse a pensar en medio de nuestras ajetreadas vidas. ¿Necesitamos filósofos en los albores del siglo xxi? Yo estoy convencido de que sí.

¿Por qué decidisteis estudiar la carrera de Filosofía?

Rodolfo: Como en muchas cosas importantes de la vida, la casualidad fue un motivo principal. Empecé la carrera de Filología Inglesa en la Complutense (UCM), pero no me motivaba demasiado – con una excepción, la asignatura «Literatura inglesa del siglo xx», que era impresionante-. La casualidad entra en juego porque, en la UCM, la Facultad de Filología comparte edificio con la de Filosofía y, oyendo conversaciones en los pasillos, la cafetería, etc., pensé que quizá mi sitio estaba más en ese lado de la Facultad.

Aunque la literatura me interesaba – y me interesa, porque es prima hermana de la Filosofía-, empecé a verme como alguien más preocupado por comprender cómo funciona el mundo a todos los niveles (político, social, físico, estético), incluso qué puede hacerse para cambiarlo, y no tanto como un investigador de historia de la lengua ni como un profesor de inglés. Y en ello sigo.

María: En realidad yo no soy filósofa. Llegué a la Facultad de Filosofía por casualidad. Estudié Filología Hispánica y Filología Gallega en la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad en la que nací. Después de haber trabajado en diferentes empresas, siempre precariamente – estuve en una editorial haciendo labores de traducción y corrección de libros de texto, di clases particulares en academias privadas…-, me empezó a rondar la idea de venirme a Madrid –esto fue a finales de 2012–.

Una amiga mía vivía en Madrid y me animó diciendo que, en esta comunidad, había más trabajo que en Galicia. Hice las maletas y llegué a Madrid a comienzos de 2013 con la idea de buscar un trabajo y, aprovechando que aquí hay universidades tan punteras, barajé la posibilidad de continuar formándome. Lo hablé con mis padres y en febrero de aquel año me preinscribí en varios másteres. Finalmente, en septiembre de 2013, me decidí a cursar el Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano en la Universidad Complutense de Madrid. Me animó el hecho de que se trataba de un máster interdisciplinar que combinaba asignaturas sobre literatura (española e hispanoamericana), filosofía e historia. Así llegué a la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en donde, tras finalizar este máster, comencé estudios de Doctorado en Filosofía, que estoy realizando en la actualidad.

¿Os gustaría dedicar vuestra carrera profesional a la filosofía? ¿Cómo? ¿Qué posibilidades laborales tiene un licenciado o un doctorado en estos estudios?

María: Me encanta la enseñanza, pero no me veo dando clase de Filosofía, fundamentalmente porque me falta formación sobre el tema. Me apasionan las humanidades; creo que sin una buena base de historia y de filosofía no podemos comprender el mundo. Además, ambas disciplinas nos hacen pensar, ayudándonos a ser más críticos con los acontecimientos sociales que estamos viviendo en la actualidad. Pero, a pesar de lo necesarias que son las letras, en España ni se valora esta rama de estudios ni se invierte lo necesario en su investigación –a diferencia de países como Estados Unidos –. Si has cursado Filosofía, las salidas profesionales más habituales son la docencia, tanto en centros de enseñanza secundaria y bachillerato, como en la universidad.

Rodolfo: Mi intención es seguir trabajando en este ámbito. Actualmente tengo un contrato predoctoral en la universidad – imparto algunas asignaturas y pertenezco a un grupo de investigación mientras realizo mi tesis doctoral-, y mi intención es seguir luego la carrera docente universitaria. Esto supone unos cuantos pasos, pero muy resumidamente consiste en acreditarse y lograr una plaza. «Acreditarse» significa que, una vez obtenido el doctorado, un organismo llamado ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) examina tu currículum y determina a qué categoría puedes presentarte: catedrático, titular, contratado doctor, ayudante contratado doctor… Es un proceso burocrático muy farragoso, pero por el que hay que pasar. En esa evaluación, se tiene en cuenta si has tenido o no un contrato predoctoral, si has logrado becas posdoctorales, si has hecho estancias en otras universidades nacionales o extranjeras, si has publicado artículos en revistas de investigación o libros, las conferencias que has dado, la docencia que has impartido… Cuando consigues acreditarte en cualquier categoría, puedes presentarte ante la convocatoria de una plaza y competir con los demás candidatos. Aunque la docencia universitaria es lo que a mí me gusta y en lo que intentaré quedarme, hay muchas otras salidas laborales para los que estudian o se doctoran en Filosofía – en contra de lo que se suele decir-. Además de la docencia en Educación Secundaria o la investigación -el CSIC tiene un potente centro de estudios históricos y filosóficos-, hay filósofos encargados de trabajar en comités de bioética – por ejemplo, cuando hay que decidir a quién se da prioridad en una lista de trasplantes- , en recursos humanos por la formación crítica que se nos da, en el mundo de la política organizando ideológicamente partidos o trabajando sobre cuestiones de Filosofía del Derecho o, en los últimos tiempos, en cuestiones relacionadas con la informática y la programación. Aquellas tablas lógicas que nos enseñaban en el instituto muy a nuestro pesar («si p implica q, y p es verdadera, q es verdadera» y cosas así) no dejan de ser la manera en que los ordenadores «hablan» y el medio empleado para desarrollar la inteligencia artificial que hay tras cualquier videojuego o cualquier herramienta de cálculo de un laboratorio. Incluso hay filósofos que se han dedicado a la crítica de arte o a la literatura, aunque para eso hace falta talento además de formación.

Habladme brevemente de la tesis doctoral en la que estáis trabajando.

Rodolfo: Mi tesis consiste en investigar hasta qué punto la filosofía de Ortega y Gasset se puede relacionar con la de autores ingleses y norteamericanos de los siglos xix y xx (J. S. Mill, W. James, J. Dewey, R. Rorty…). Lo interesante es que los temas en los que unos y otros se parecen nos afectan a nosotros en el siglo xxi. De lo que me encargo es de ver hasta qué punto nuestro pensamiento individual está afectado por el colectivo (la sociedad) y por la época a la que pertenecemos. La mejor manera de verlo es pensar en tres ejemplos. El primero tiene que ver con la belleza: ¿hasta qué punto los rasgos que nos parecen atractivos en un hombre o en una mujer vienen condicionados por el medio? El segundo ejemplo, el del arte, va en la misma línea: para una persona corriente del siglo xix el arte consistía en representar la realidad tan bien como fuera posible e, incluso, un poco perfeccionada; frente a eso, las vanguardias de comienzos del siglo xx suponen una ruptura difícil de explicar, pero que hoy consideramos arte – aunque sea un arte «diferente» porque nos hace pensar más que sentir; piensa, por ejemplo, en el cubismo-. El tercer ejemplo es el más complicado: la verdad, la ciencia y la política funcionan exactamente igual que los ejemplos anteriores. Hace mil años era verdad que los objetos caían hacia abajo porque estaba en su «esencia» hacerlo mientras buscaban su lugar natural (por debajo del aire, más ligero), y no porque hubiera unas «fuerzas de atracción», invisibles y difíciles de comprender, que es como hoy nos explicamos las cosas. Y subrayo lo de que era verdad, y no que lo pareciera, porque la gente vivía como si fuese así… y fueron capaces de crear barcos que llegaron a América y tantas otras cosas increíbles. La ciencia y la verdad, por lo tanto, modifican aquello que consideran parte de su ámbito de aplicación dependiendo de lo que la época considera «científico». El primer médico que se lavó las manos antes de operar lo hizo quizá por casualidad, y pasó mucho tiempo hasta que alguien reparó en la importancia «científica» de eso para evitar muertes y se consideró la higiene como parte crucial de los cuidados médicos.

En el caso político es quizá en el que más nos centramos hoy. Hace trescientos años, las mujeres y los hombres eran físicamente igual que ahora, tenían las mismas capacidades intelectuales, etc.; sin embargo, era «indiscutible» que el lugar de las mujeres estaba por debajo del de los hombres. Al igual que ocurre con las leyes de gravitación, los derechos – no solo los de las mujeres, sino los de todos- son algo invisible que se descubre solo si cambiamos la forma de mirar al mundo y hacemos importante lo que no lo era: pasamos a incorporar a personas que eran «otros» al grupo al que denominamos «nosotros», que siempre es al que consideramos con más derechos. Cómo se producen esos cambios es lo que yo estudio, pero centrándome en los autores que he dicho antes.

María: Yo estoy realizando una biografía intelectual sobre la educadora y pensadora vasca María de Maeztu Whitney. Esta mujer, una desconocida en la actualidad, luchó y defendió los intereses de la mujer a principios del siglo xx, involucrándose en la mejora de la educación femenina. Recordemos que, en el año 1900, la tasa de analfabetismo femenino era de un 71%. Aunque María de Maeztu perteneció a una familia con posibles, cosmopolita y moderna – sus padres nunca llegaron a casarse-, siempre fue consciente de la lamentable situación de sus congéneres. Su padre, Manuel de Maeztu, era un indiano de origen navarro que murió en 1894 arruinado, muy joven por tanto, en la isla de Cuba; con lo cual María experimentó la pérdida de poder adquisitivo en la familia siendo una adolescente. Su madre, Jane Whitney, era francesa, pero de familia inglesa por lo que era políglota; hablaba inglés y francés además de español. Gracias a esta situación, pudo crear una escuela anglo-francesa en Bilbao, que le permitió sacar adelante a sus cinco hijos. En su escuela estudiaron, entre otros, el poeta Blas de Otero, el pintor Ángel Larroque o los hijos del político socialista Indalecio Prieto. María de Maeztu Whitney había nacido en la localidad vasca de Vitoria en 1881, en donde estudió Magisterio; mientras ejercía de maestra en un colegio de Bilbao, comenzó, a distancia, estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, titulación que finalizó en 1915 en la Universidad Central de Madrid (entonces se denominaba así a la actual Universidad Complutense). A la capital del estado se había trasladado en 1909, pues quería cursar estudios en la recién inaugurada Escuela Superior del Magisterio, lo que hoy sería el grado en Pedagogía. Se la considera la primera pedagoga española. Siempre interesada en mejorar la educación de las mujeres y de los niños, salió al extranjero – a diversas ciudades y países-, a veces incluso representando al gobierno español, en busca de nuevas teorías educativas y modernos métodos de enseñanza para actualizar y renovar las escuelas españolas. Estuvo al frente de la Residencia de Señoritas – el equivalente femenino de la Residencia de Estudiantes- y de la sección primaria del Instituto-Escuela, donde puso en práctica buena parte de los conocimientos adquiridos en sus viajes. Hasta 1936, cuando empezó la Guerra Civil, vivió en Madrid; luego se exilió a Argentina, donde murió en enero de 1948. Hoy nadie recuerda su inmensa labor social y educativa de la que podríamos hablar durante horas.

Habéis elegido a dos personajes coetáneos. Prácticamente nacieron y murieron en las mismas fechas. Me da la sensación de que pertenecen a la última generación de pensadores que intentaron ofrecer una orientación de pensamiento y de comportamiento. Tras la Segunda Guerra Mundial vino el nihilismo y, tras esto, la economía de mercado. Europa está llena de ciudadanos descreídos, de escépticos. ¿Creéis que la filosofía, que los filósofos de comienzos del siglo xxi, tienen soluciones que ofrecernos? ¿Creéis que hay mentes lúcidas ahí fuera que nos puedan ayudar a entender el mundo en el que vivimos? ¿Hay algo más allá de los libros de autoayuda?

María: Sí, tal como indicas tanto María de Maeztu Whitney como José Ortega y Gasset pertenecieron a la misma época, a la llamada generación del 14, la de los intelectuales que lucharon por europeizar España. Ella, de hecho, fue su amiga y también su alumna – a pesar de que era dos años mayor que él- en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio. Ya en el año 1938 María de Maeztu abordó en uno de sus libros, El problema de la ética. La enseñanza de la moral, la crisis del mundo y la crisis espiritual del hombre, y eso que todavía no había empezado la Segunda Guerra Mundial. Sinceramente, buena parte de las dificultades que atraviesa el mundo son cuestiones que vienen del pasado y que nunca se llegaron a resolver por falta de firmeza; además, la mayoría se podrían solucionar con una mejora en la educación. Esta es también la opinión de María de Maeztu y de buena parte de los pensadores y educadores de su época como María Sánchez Arbós o de Luis de Zulueta, entre otros muchos. Estas son, para mí, las mentes lúcidas que me ayudan a entender el mundo.

 Creo verdaderamente que habría que volver a ellos, a su pensamiento y a su obra porque, conscientes de la situación de crisis que atravesaba su tiempo, explicaron cuál era la solución; pero, por causa de la guerra civil española, no pudieron terminar el proyecto que habían comenzado. Abordaron la pérdida de valores, la inmadurez y la falta de disciplina del ciudadano; cuestiones todas ellas que han empeorado. Fijémonos en que cada vez hay más fracaso escolar, hay más padres hastiados de sus hijos y, por consiguiente, más niños maleducados, perezosos y rebeldes. El ser humano se encuentra más perdido que nunca, y, como consecuencia, lee libros de autoayuda buscando así sanar su alma.

Rodolfo: Mentes lúcidas hoy en día, desde luego, las hay; el problema es que puedan acceder al altavoz oportuno para tratar de orientar la acción pública, identificando problemas y ofreciendo soluciones que habrá que probar. Sin embargo, la tarea del filósofo o la filósofa del siglo xxi se enfrenta a los problemas de siempre y a algunos nuevos: por primera vez estamos en un mundo claramente secularizado – al margen de que algunos o muchos individuos tengan creencias religiosas-, en el que se ha perdido todo apoyo trascendente: nos hemos quedado solos en el mundo y nos las tenemos que arreglar sin que valga apelar a Dios, etc. Asimismo, el pensamiento crítico se ha ido disolviendo –para empezar, con la minimización en los institutos de disciplinas críticas: filosofía, pero también relacionadas con la cultura clásica, con el arte, la música…‒, y ahora se hace pasar por pensamiento riguroso lo que antiguamente hubiera quedado claramente separado de la filosofía. La alusión a los libros de autoayuda, por su parte, merece un comentario. En general, parece que desde la universidad se ven como un hermano pequeño y engañado, y no me parece justo: hay gente a la que le viene bien para superar sus problemas. Lo importante, sin embargo, es no confundir la autoayuda con la filosofía, porque son cosas muy diferentes. La autoayuda pretende ofrecer consuelo y soluciones individuales para salir de una situación complicada; la filosofía, en cambio, supone una reflexión sobre la realidad, la verdad o la belleza, de la que pueden extraerse enseñanzas individuales y colectivas para la vida cotidiana, como que, a veces, las cosas salen mal. Y creo que ese es uno de los aspectos más reivindicables de lo que nosotros hacemos: el reconocimiento de que la realidad no responde siempre a nuestros deseos – y querer que cambie no basta, mal que pese a Paulo Coelho: al universo le da igual lo que yo quiera; lo que hay que hacer es desarrollar herramientas transformadoras que aumenten la justicia, la igualdad, etc.-. Esto nos humaniza al enfrentarnos con situaciones tan auténticamente humanas como la frustración, el dolor, la pena; pero también con el valor, el esfuerzo, la perseverancia. Permíteme otro ejemplo: según el planteamiento de cierta autoayuda, si verdaderamente deseo formar parte de la selección nacional de gimnasia rítmica, el universo entero conspirará para que así sea; pero tengo la sensación de que si levanto mi pierna hasta la altura de mi cabeza puede ser lo último que haga. Sin embargo, si me empeño en pensar cómo mejorar el mundo, es posible que acabe teniendo una buena idea al respecto y logre arreglar algo. La autoayuda colabora para que la vida de algunas personas mejore; la filosofía intenta explicar la realidad y transformarla, lo que no va en beneficio de algunos, sino de todos. Por ejemplo, un libro de autoayuda no puede hablar de problemas colectivos como la discriminación de la mujer, la adecuada manera de elegir a los gobernantes, la ordenación de la educación, el funcionamiento de la ciencia…

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En septiembre de este año, Rodolfo y María se irán a estudiar a la Universidad de Padua, en Italia, como parte de su programa de estudios para conseguir el doctorado internacional. Mientras tanto, compaginando sus estudios, María hace sus pinitos como actriz en un grupo de teatro local y planea cómo publicar su tesis para poder divulgar la vida y obra de María de Maeztu. Rodolfo da clases en la facultad, es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Hispanismo Filosófico y procura mantenerse activo tanto en la comunidad académica como en nuestra localidad de Valdemoro.

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Entrevista con Carmelo Rebullida

Carmelo Ramos Rebullida tiene uno de los nombres más sonoros que conozco. Tres erres que rugen bien distribuidas. Dos emes dispuestas estratégicamente. Y una ele y una elle que llevan a la lengua a acariciar nuestra zona alveolar. Para aterrizar de lleno en el planeta Carmelo Rebullida, en Montañana (Zaragoza), hay que atravesar su casa, entrando por la puerta principal y saliendo por la que da a su huerto/jardín. Hay que dejar a la izquierda las higueras y las tomateras, para encontrarnos, al fondo y a la izquierda también, con el pequeño edificio que conforma su estudio. Ya dentro, en un espacio mucho más amplio de lo que uno podía imaginar, Rebullida te muestra, generoso, sus últimas obras. Cuadros bastante grandes que levanta ligeramente para sacarlos a la luz y mostrártelos en mejores condiciones. Evita hacer comentarios. Es consciente del derroche visual y deja que su espectador hable. Su obra es toda su vida y, sin embargo, no habla mucho de sus cuadros. Prefiere mostrarlos. Dejar que el color y las formas fluyan hacia nosotros.

Carmelo habla con modestia. Con mucha prudencia. Tiene interiorizado el respeto que muestra hacia los gustos estéticos de los demás. Escucha atento nuestros comentarios sobre sus cuadros. Es el momento de empezar nuestra entrevista.

¿En qué momento supiste que ibas a dedicar tu vida a las artes plásticas?

Comencé a pintar por puro azar. Mi tío Manolo era perito mercantil y, cuando tenía tiempo, se relajaba haciendo copias de pinturas muy sencillas. Le recuerdo pintando, sobre todo, gatos. Al hombre le faltaba un brazo y, cuando tenía que abrir lo tubos, sufría lo indecible con algunos de ellos, sobre todo con los que no usaba de manera usual. De manera que tenía que llamar a mi tía para que se los abriese. Imagino que así, día tras día, resultaba la cosa muy tediosa y un día, viendo que yo sentía mucho interés, me regaló su maravillosa caja de pinturas americanas. Y así fue como comencé a pintar.

Mi primer cuadro fue una copia de un paisaje de una revista. Me resultó sencillo y fue un éxito. A todo el mundo le gustó, de manera que seguí pintando. Me producía una enorme satisfacción y encima se me daba bastante bien. Más tarde quise estudiar Bellas Artes pero no pude porque, entonces, los que habíamos estudiado Formación Profesional no teníamos acceso a la Universidad. De manera que tuve que aprender a base de ver muchas exposiciones, de visitar muchos museos y gracias a mi enorme curiosidad.

Al principio no pensé que un día pudiera dedicarme a esto, pero, cuando llevaba como doce años pintando, empecé a presentarme a concursos y gané dos muy importantes: el primer premio del concurso Ciudad de Ponferrada y el primer premio del concurso Ciudad de Ejea de los Caballeros. Estos premios me permitieron dejar mi trabajo en la oficina técnica donde trabajaba después de terminar Ingeniería Técnica Industrial.

Es justamente en ese momento cuando me planteo seriamente dedicarme todo el tiempo a pintar. Eran tiempos muy difíciles, pero nuestra fe y nuestras ganas eran inquebrantables. Eran los ochenta, había una bohemia maravillosa y un grupo bastante numeroso de artistas de todo pelaje acudía por la plaza Santa Cruz a enseñar sus cuadros: Laborda, Cásedas, Aransay, Iris Lázaro, Burges, Mariano Viejo, Pacheco Ruiz Monserrat, Cesar Sánchez, el Grupo Forma y muchos más. Toda esta aventura está recogida en el libro Zaragoza. La ciudad sumergida, de Eduardo Laborda.

En el 1978 realicé mi primera exposición en la Galería Traza, ya desaparecida, y recibí muy buenas críticas. Años más tarde me quedaría finalista del Premio Blanco y Negro, el premio más importante de pintura joven de aquellos tiempos en España.

En un momento de tu vida aparece la enfermedad. Un linfoma intestinal que, como me has contado alguna vez, marca un antes y un después en tu biografía.

En 1992 estuve en la Exposición Universal de Sevilla. Me gustó muchísimo, pero mi mayor recuerdo de la visita fue la de un cansancio enorme que, naturalmente, achaqué al calor. Era verano y había unas temperaturas altísimas, lo cual parecía estar justificado. Pero, tras regresar a casa, y viendo que el cansancio iba en aumento, me hicieron unos análisis y salió que tenía una anemia ferropénica galopante. Me hicieron varias pruebas, ya que tenía dolores fortísimos en mi vientre y no veían nada. Así que, en Enero de 1993, fui ingresado de urgencias y descubrieron que un tumor había perforado mi intestino. Tras su análisis, se descubrió que era un linfoma no Hodgking.

Fue una experiencia muy dura, tanto a nivel físico como emocional. Me dieron de alta en el hospital dos meses después con un peso inferior a cincuenta kilogramos. Mi imagen me recordaba a la de los prisioneros en los campos de exterminio nazi y, más aún, cuando me ponía mi pijama de rayas. Recuerdo que quise hacerme unas fotos en blanco y negro con la cámara de fotos y mi madre no me lo permitió bajo ningún concepto.

Tardé dos años en recuperarme, para lo cual me marché a vivir a Sevilla. El diagnóstico era muy severo y mi futuro muy incierto. Yo me encontraba muy incomodo en Zaragoza y sabía que Sevilla, con un clima más benigno en invierno y sus gentes siempre tan extrovertidas, me iría bien. Y para allá partí.

Me instalé en Sevilla en un apartamento en la calle San Vicente, muy cerca del Museo de Bellas Artes, en pleno casco viejo y, enseguida, pasé a formar parte del paisaje. Me dediqué a pintar, a conocer la ciudad y a integrarme con la gente. Enseguida hice amigos (incluso me enamoré), así que tuvo un efecto terapéutico extraordinario. La gente en el sur tiene una filosofía de la vida extraordinaria. Saben disfrutar con cualquier cosa, saben reírse de sí mismos y eso es muy difícil (al menos en el norte). A cualquier cosa le ponen una buena dosis de humor y así la vida se hace más liviana y los problemas son más llevaderos.

Mi experiencia sevillana duró dos años y he regresado muchas veces para ver de nuevo la ciudad y ver exposiciones de amigos o algún acontecimiento importante. Durante mi estancia hice una exposición con los cuadros que había pintado allí. Regresé renovado, simplifiqué mi vida y di más importancia a las pequeñas cosas de la vida. El hecho de vivir solo me dio una enorme confianza en mí mismo y me abrí más a la gente, dejando que mi vida fluyera sin más.

Llevas unos cuantos años pintando y, en tu búsqueda artística y de expresión, te has acercado a muchos estilos pictóricos. Háblanos de algunas de tus etapas artísticas más importantes, por qué te aventuraste en su exploración, qué aprendiste de cada una de ellas.

Mis comienzos no distan mucho de los de cualquier pintor. Mis primeras obras son paisajes figurativos de corte impresionista que me sirvieron para adquirir una técnica que luego desarrollaría. Pronto siento la necesidad de crear algo más personal, teniendo como referencias a Ortega Muñoz y Vaquero Palacios, que me interesan por la síntesis que hacen del paisaje.

Más tarde, e influido por Enrique Gran y por pintores como Martínez Tendero y Eduardo Laborda, comienzo a pintar cuadros entre la abstracción y la figuración. Estas obras de tipo organicista están llenas de sugerencias, donde planos y bultos se mezclan en originales composiciones. El cuadro Espacial 2, de esa época, fue finalista del Premio Blanco y Negro en 1978. Este premio era el más importante de la época para pintores jóvenes.

Poco después, y como consecuencia de un viaje a Basilea y Zúrich, conozco la obra al natural de Paul Klee, que me emociona y atrapa, como ningún otro, por sus cuadros de texturas y su magia. Comienzo a incorporar texturas muy sutiles y llenas de sugerencias a mis cuadros y A. F. Molina escribe: «Rebullida goza de un componente poético inestimable, es la pintura del pálpito, fe de vida del hombre simbólico resumen de sus angustias y desvalimientos; también de sus instantes de exaltación y de gozo. El artista está soplado por la inspiración, el buen espíritu le susurra a la oreja y sus lúdicas invenciones siempre nos atraen, como las ilustraciones de un libro infantil que nos fascinara».

En 1987 realizo una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes en Santander, con una marcada inspiración étnica influida por el arte primitivo africano. Empiezo también a trabajar el papel artesanal, que me fabrico yo mismo, donde realizo obras muy libres, de carácter abstracto algunas y otras con una figuración muy próxima a la abstracción, muy en la línea del expresionismo alemán del grupo Cobra. Algunos de ellos se vieron en la muestra colectiva realizada en la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual IberCaja) en la exposición Cuatro presencias del arte, con Vicente Badenes, Pepe Cerdá, Margarita M y Carmelo Rebullida. Ana Rioja, hablando de mis pinturas sobre papel, dice: «Su pintura atrapa con fuerza y vigor al espectador. Sus colores son singulares y refinados, y su proceso creador empieza en el comienzo de fabricación del propio soporte».

 Catherine Coleman habla de mi siguiente etapa artística: «A comienzos de los 90 empieza a realizar cuadros muy texturados realizados con pasta de papel, polvos de mármol y arenas diversas que crean ricos matices, lo que el teórico Allan Sekula ha denominado Indexicality o la huella real de la mano: La presencia física del artista. Son cuadros hermosos que huyen de la estética de lo feo. Rebullida es heredero del Informalismo Abstracto Español de los años 50 aunque el empleo de la materia y textura, no participa del Angst informalista. La estructura de sus cuadros es una malla de rectángulos con divisiones claras y contornos precisos y participa de la carga emotiva y el caos informalista. El artista ha elegido el fósil como el único motivo recurrente y nos remite al concepto de tiempo, la prehistoria y nuestros antepasados, en fin a nuestros orígenes de la vida».

A finales de los 90 abandono los fósiles y sigo pintando con materia cuadros abstractos con la idea del paisaje como pretexto. En el 2008 empiezo a meter en la superficie del cuadro pequeños espacios reticulados que crean como un mosaico abstracto que culminan en 2010 en una exposición en la Galería Pilar Ginés. Abandono pronto ese camino, en parte porque ya estaba explorado por el Grupo Pórtico (primer grupo abstracto español, incluso antes que El Paso y Dau al Set, nacido en Zaragoza).

A partir de 2010, hasta hoy, pinto con la máxima libertad, no atendiendo demasiado al concepto de estilo porque pienso que ya es algo superado. A veces retomo técnicas del pasado como las texturas y, otras veces, trabajo con pintura muy diluida, dando como resultado abstracciones y, otras, no tanto, en cuadros de gran formato. Me interesa siempre que el resultado sea fresco, placentero y sensitivo. Y siempre cambiante porque la repetición me aburre y con ella no se aprende. Además, ¿qué es la vida, sino un continuo fluir?

Me gustaría que nos hablaras un poco más de la diversidad de materiales que, además de la pintura, utilizas en tu obra. Fabricas tu propio papel y te sientes muy atraído por la textura de los cuadros. Por la piel de tus cuadros.

Siempre me interesé más por el cómo lo pinto que lo que pinto en sí. Es la piel del cuadro lo que verdaderamente me interesa, las sugerencias, atmósferas, el misterio que emana de ellas. Siempre busco la emoción pensando que, si yo me reconozco y me emociono con el cuadro, probablemente habrá espectadores que lo harán también, ya que, en el fondo, no somos tan distintos unos de otros.

Y ahora viene una gran exposición tuya en La Lonja de Zaragoza. Pocos artistas aragoneses vivos pueden contar una experiencia así. ¿En qué va a consistir la exposición? ¿Qué obra has seleccionado para la misma? ¿Qué te gustaría contar a todos los que vayan a verla?

Efectivamente, desde hace dos años estoy trabajando para esta gran exposición en La Lonja, el mejor lugar para hacer una exposición en Zaragoza. Un edificio singular situado en Plaza del Pilar y que es muy visitado por varios miles de personas en cada exposición. Normalmente, se suele hacer una retrospectiva de toda una vida desde los comienzos, pero, en mi caso, he decidido enseñar obra de mis últimos dos años, que ocuparán un 80% del espacio expositivo. Son grandes formatos, generalmente de 150×150 cm y de 200×200 cm, y el otro 20%, que corresponde a obras desde el año 1992,  muy texturadas con apariencias fósiles.

La verdad es que es  todo un reto, pero creo que el resultado será bueno. Son lienzos que envuelven al espectador y creo que en las paredes de la Lonja quedaran muy bien. Tuve que hacer una maqueta a escala, porque el espacio expositivo es complejo, ya que hay como siete espacios diferentes, que hacen muy complicado saber muy bien el número de cuadros que caben y  ha sido bastante laborioso elaborarla ya que también tenía que hacer miniaturas a escala de los propios cuadros, pero, al final, me da una idea muy clara de cómo va a quedar, aunque haga pequeñas variaciones en el montaje final.

Ciertamente es un orgullo exponer en este lugar tan imponente donde he visto artistas de tanto renombre y  que tanto me han enseñado. La lista sería interminable pero citaré a Rodín, Pablo Gargallo, Tapies, Marín Bagües, Santiago Lagunas, por citar a algunos.

Realmente, cuando me llamó Rafaél Ordóñez, Jefe de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, para ofrecerme la posibilidad de exponer en La Lonja, no me lo creía porque era algo que veía muy lejano. Entre otras cosas, porque sinceramente pensaba que no estaba a la altura. Yo generalmente tengo tendencia a valorar más lo ajeno que lo propio y, a pesar de que he obtenido algunos premios importantes, creía que lo disperso de mi obra, por mis continuos cambios, no me iba a hacer merecedor. Pero, mira, me equivoqué. Y ahora ya solo pienso en verla colgada y que la gente disfrute. Sé que algunos lo harán mucho y otros menos porque mi pintura, tan cercana a la abstracción, no es de mayorías, pero eso es algo que tengo asimilado desde hace tiempo. Lo importante es que he puesto toda mi cabeza, mi corazón y un gran esfuerzo físico en esta exposición. Tanto es así que hasta tuve una trombosis en la pierna debido a las muchas horas que permanecí de pie preparando la exposición.

La exposición será en mayo de 2018 y es como un premio a los más de cuarenta años que llevo pintando.

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El tiempo vuela en el estudio de Carmelo Rebullida. Uno sale lleno de imágenes irrepetibles. Fósiles. Paisajes imaginados. Texturas. Con las puertas abiertas a los cinco sentidos. Imposible marcharse con el cerebro vacío.