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Carmelo Rebullida: Fósiles, sílice y piel

Carmelo Rebullida lleva más de cuarenta años pintando. Su obra, extensa, un buen número de cuadros, habla por él. La ciudad de Zaragoza le brinda homenaje con una exposición espléndida en La Lonja, uno de los mejores lugares para exponer en nuestra ciudad. Por eso, las palabras sobran. Las líneas escritas a continuación sobran. Basta con atravesar las puertas del edificio renacentista zaragozano y disfrutar de la obra de Rebullida.

Creo en la existencia de una conciencia colectiva. Una conciencia colectiva que nos conecta a todos. Para empezar, a todos los seres humanos. A los vivos. A nuestros antepasados. A nuestros descendientes. Creo que esa conciencia colectiva ha sido plasmada a lo largo de la historia a través del arte, del pensamiento, de nuestros comportamientos, hasta de nuestras muecas. Hoy en día hemos llegado a externalizar gran parte de esa conciencia colectiva a través de las nuevas tecnologías y del Big data. Ha salido a la superficie y está al acceso de todos. Sin embargo, la expresión de una parte de esa conciencia colectiva corre todavía a cargo de especialistas: pensadores, escritores, historiadores y periodistas, por medio de la palabra; bailarines, artistas, atletas y artesanos, a través de otros lenguajes. Porque esa conciencia colectiva puede ser expresada en todos los idiomas del mundo. En todo tipo de lenguajes y a través de los cinco sentidos. La conciencia colectiva es, tal vez, nuestro sexto sentido.

En busca del fuego

John Anthony Burgess Wilson, Anthony Burgess, nació en Manchester en 1917. Después de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como oficial de educación en Brunéi y Malasia. En 1959, sufrió un desmayo mientras daba una clase en Malasia. Le fue diagnosticado un tumor cerebral y los médicos más optimistas no le dieron más de dos años de vida. Dejó la educación y se convirtió en escritor a tiempo completo. Escribió cinco novelas y media en un año. Pasaron los dos años que los médicos le habían otorgado y Burgess no acababa de morirse. De hecho, no moriría hasta 1993, después de publicar más de cincuenta libros, entre novelas y ensayos. También escribió dos sinfonías y varias sonatas.

Su libro más famoso, La naranja mecánica (1962), fue llevado al cine por el mismísimo Stanley Kubrick en 1971. El amor de Burgess por las lenguas (hablaba malayo, ruso, francés, alemán, español, italiano y japonés, además del inglés, su idioma nativo, y un poco de hebreo, chino, sueco y persa),  le llevó a crear un argot barriobajero extraño, que era el que utilizaban los gamberros protagonistas de La naranja mecánica cuando se comunicaban entre ellos. Al final de la novela, Burgess añadió un glosario con las palabras de ese lenguaje inventado y su traducción al inglés.

Jean-Jacques Annaud utilizó la imaginación y conocimientos lingüísticos de Anthony Burgess para crear el Ulam, un lenguaje gutural prehistórico ficticio, para la película En busca del fuego (1981), que venía acompañado de un lenguaje corporal diseñado y supervisado por Desmond Morris, otro grande de la antropología física y social. Así imaginaron los tres cómo se habrían comunicado los primeros hombres sobre la faz de la tierra.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Anthony Burgess, creando nuevos lenguajes de expresión a través de su pintura, escuchando las voces de nuestros antepasados dentro de la conciencia colectiva humana para reconstruir, tal vez, lenguajes ancestrales. Sus cuadros de fósiles son un claro reflejo de esa simbología primitivista. La pintura de Rebullida va siempre en busca del fuego.

La llegada

Louise Banks (interpretada por Amy Adams) es una lingüista, catedrática de universidad, que va a dar clase a la facultad al día siguiente de una invasión extraterrestre. Para su sorpresa, al aula no acude nadie más. Esa misma noche, el ejército estadounidense se le presenta en la puerta de su casa pidiéndole ayuda. Necesitan que alguien descifre el lenguaje de los extraterrestres recién llegados. Curiosamente, los alienígenas son unos heptápodos que escupen tinta contra un cristal para escribir sus mensajes, unos pictogramas que se conforman alrededor de la figura del círculo.

Si el reto al que se enfrentaba la protagonista era de alto nivel, no era menor el que se encontraba el diseñador de producción de la película La llegada (2016), del director Denis Villeneuve. Había que crear un lenguaje gráfico nuevo, un lenguaje que venía del espacio y que, en palabras del equipo de producción, «debía ser estéticamente agradable a la vez que, a primera vista, no debía ser evidente el hecho de que fuera un lenguaje».

Para este trabajo, acudieron a la artista canadiense Martine Bertrand, que diseñó una serie de símbolos estupendos, que luego fueron refinados tras consultar con lingüistas y arqueólogos de reputación. Cada uno de esos símbolos podría ser un cuadro en sí mismo. La caligrafía extraterrestre como expresión artística.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Louise Banks y como Martine Bertrand, dispuesto a imaginar e interpretar el idioma de un recién llegado. El lenguaje del otro. Rebullida se ha estado entrenando toda una vida para escuchar las voces de nuestros descendientes futuros dentro de la conciencia colectiva humana, para construir un retrato robot de nuestra posteridad. En sus cuadros dedicados a paisajes imaginarios, Rebullida ha comenzado a compilar un atlas de planetas imaginarios, imprescindible para futuros viajeros interplanetarios. Carmelo Rebullida conecta, así, pasado, presente y futuro.

Quizás él nunca lo admitiría, pero tengo la impresión de que Rebullida iría a trabajar a su estudio-taller al día siguiente de una invasión extraterrestre. Como si nada.

Encuentros en la tercera fase

En La llegada se respira un ambiente muy similar al conseguido por Steven Spielberg en su largometraje Encuentros en la tercera fase (1977). Richard Dreyfuss, que ya había trabajado con Spielberg anteriormente en la película Tiburón, interpretaba, en este caso, al ingeniero eléctrico Roy Neary. Louise Banks, la lingüista de La llegada, tiene muchas cosas en común con el personaje de Roy Neary. Los extraterrestres se intentan comunicar con la humanidad a través de ambos. Encuentros en la tercera fase tiene una escena que nunca olvidaré. En su estado de desazón, Neary siente la necesidad de ponerse a pintar un paisaje que no ha visto nunca. El salón de su casa se convierte en un estudio de artista improvisado. Febril, Roy Neary pinta, una y otra vez, en diferentes tamaños y con diversos estilos, ese paisaje extraño, propio de otro planeta. No contento con todos los cuadros que pinta del mismo lugar, se ve empujado a moldearlo con arcilla en el mismo suelo del salón de su casa.

Acaba resultando que el paisaje imaginado no es imaginario. Se trata de la Torre del Diablo, en Wyoming, un cerro espectacular en medio de la árida estepa norteamericana, donde los gobiernos estadounidense y francés han construido un centro de encuentro con los alienígenas. Podríamos hablar, una vez más, de cómo un artista escucha esa voz de la conciencia colectiva para plasmarla en su obra. Pero, en este caso, nos gustaría explorar una idea diferente. Esa escena de la película es una posible metáfora sobre la libertad del artista, sobre la voz individual del artista, que decide, en última instancia qué va a pintar Rebullida, cómo va a pintarlo y cuándo determinará que la obra está terminada. Finita. Acabada. Porque nada es arbitrario. Porque, aunque la voz de la conciencia colectiva ruge fuerte dentro de nosotros, lo que define al artista, lo que lo hace único y hace única a su obra es su voz individual.

Un jovencísimo Félix Romeo hablaba, en dos folios generosos escritos a máquina, sobre esa voz individual de Carmelo Rebullida en 1987: «…y la culebra muerde el edredón de aliagas y cristales y espejos y acaricia y desnuda y reniega y escupe y láminas cubiertas de nieve y un dios de rebullida surgía de su lanza y ardía y crucificaba esferas y latigaba paredes y bono encendido de alambre…».

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