Entrevista con Nauzet Hernández

Cuando Nauzet Hernández tenía diez años, se encerraba en la habitación de sus padres a oscuras, encendía el equipo de música, colocaba en el giradiscos el vinilo de Beethoven que le había traído su padre de uno de sus viajes, lo ponía a todo volumen, se acostaba en la cama de matrimonio y se ponía a disfrutar. A gozar. Escuchaba la música y sentía cómo se estremecía cada una de las partes de su cuerpo. A tan temprana edad, se consideraba un privilegiado porque era consciente de que no todo el mundo podía obtener ese placer cuando escuchaba música. Ahí tumbado, soñaba con que algún día compondría música que en el futuro pudiera estremecer a un niño, o a muchos niños, de la forma que Beethoven lo había estremecido a él.

Unos cuantos años más tarde, Nauzet Hernández dirige una empresa, eFectrix, que crea música para la televisión (Hora punta, El programa de Ana Rosa, Supervivientes…). Se siente afortunado. Es posible que no haya cumplido el sueño del Nauzet de diez años, pero es consciente de que ese sueño era importante entonces, pues le ayudó a ser quien es hoy en día. Ese sueño le permitió mantener una relación de por vida con la música, con todos los placeres y con todos los sinsabores que nos puede aportar una relación, y ese sueño le condujo al momento en el que se encuentra, viviendo de la música que compone, concibiendo, diariamente, nuevos retos artísticos y comerciales.

Nacido en Tenerife, Nauzet llegó a Valdemoro hace diez años. Aquí vive con su esposa desde entonces. Aquí nació su hijo. Aquí ha encontrado un buen lugar donde vivir.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición/gusto/pasión por la música?

Hay que tener en cuenta que el folklore canario sigue muy vivo y hay mucha gente joven interesada en mantenerlo vivo. Recuerdo que, desde niño, mi familia materna y mi familia paterna se juntaban con frecuencia para hacer fiestas y allí nunca faltaba alguien que tocara una guitarra o una bandurria y siempre había música tradicional canaria tocada y cantada en vivo. Supongo que este hecho contribuyó a mi afición temprana por la música. Según cuentan mis padres, desde muy pequeño, cantaba entonando muy bien las canciones de anuncios y demás canciones que veía en la tele. La verdad es que no hay un punto de partida del que yo fuera consciente, pero recuerdo que, a eso de los seis años, ya iba a clases de órgano.

¿Estudiaste órgano durante muchos años? ¿En qué consistió tu formación?

Estudié órgano durante unos años, la verdad es que no recuerdo cuántos. Sé que antes de cumplir los diez ya estaba estudiando en el conservatorio y terminé haciendo saxofón, canto y piano. Cuando cumplí los diecisiete, me entró la curiosidad por la armonía moderna. He pasado por géneros tan conocidos como el pop o el rock y, hoy en día, sigo indagando acerca de la composición de música más enfocada al cine y a la televisión.

La música te ha dado muchas satisfacciones.

Ahora, en algunas ocasiones, maldigo la música. Me da rabia conocer tantos aspectos del mundo de la música. Me fastidia haber escuchado tanta música. Echo de menos el placer que sentía cuando escuchaba música en mi infancia. Entonces… todo era nuevo. Yo estaba aprendiendo y no entendía los procesos, los recursos, las razones de los músicos para componer como componían. En mi aprendizaje, tenía muchísimas preguntas. Ahora tengo demasiadas respuestas, entiendo cómo se hace y por qué se hace así y me divierto menos. Ahora entiendo las razones de Beethoven. Ahora entiendo muchas de las razones de Miles Davis, otro músico que, en su momento, me fascinó también. En cierto sentido, hacerse mayor no es bueno para un músico. Ya no disfrutas las cosas como la primera vez. Ya no tienes las emociones tan nuevas. Le pongo música a mi hijo de cuatro años y cada cosa que le pongo es nueva para él. Pero yo ya no siento igual. Fíjate, no me gustaría que mi hijo se dedicara a la música. He tenido fases de mi vida en las que la música me ha atormentado. Para mí, la música es cultura. Y, sin embargo, la música acaba prostituyéndose. Acaba convirtiéndose en puro entretenimiento y abandona a la cultura. Para mí, eso es triste porque yo me dedico a la música.

Háblanos de algunos de los grupos a los que has pertenecido o con los que has colaborado.

Nombrar colaboraciones, producciones o actuaciones en directo con cada uno de los grupos o proyectos que han pasado por mi carrera sería casi imposible. Incluso sería incapaz de acordarme de todo. Atrás quedan proyectos tan distantes como Lacara, mi primer proyecto de rock cuando llegue a Madrid; o mi colaboración con grupos folklóricos como la agrupación de música popular canaria Los Sabandeños; o mi trabajo con Mad Division, un grupo madrileño que fusionaba rap y reggae.

Ahora trabajas en televisión. ¿En qué consiste tu trabajo?

Nos dedicamos a cubrir todas las necesidades musicales de productoras que hacen programas de televisión. Hacemos sintonías para cabeceras, fondos musicales para ambientar cualquier tipo de situación, ráfagas de sonidos, entrada y salida de invitados, posproducción de audio, reparación de audios de grabaciones en exteriores… un sinfín de cosas de las que, muchas veces, el telespectador no se percata, pero que siempre están ahí y, a la vez, son imprescindibles para la producción de los programas.

¿Te consideras un músico original?

Creo que en España tenemos una asignatura pendiente con el tema del sonido de la música que grabamos. No es una cuestión de que lo hagamos bien o mal, sino que tenemos nuestra propia escuela y nos resulta difícil salir de ahí. A veces pienso que todos los discos que se hacen en España suenan igual. A Italia le pasa algo parecido. Escuchas discos grabados en otros lugares y todos tienen conceptos novedosos de cierto interés. Pero, en España y en Italia, estamos un poco estancados. Y a la gente como yo, que intentamos hacer algo diferente, nos cuesta mucho porque acabamos trabajando con gente de aquí que está acostumbrada a ese tipo de sonido. Aunque aquí usemos los mismos compresores que se utilizan en Estados Unidos, aunque se use el mismo tipo de mesa de mezclas, los mismos micrófonos, el mismo cableado, por mucho que queramos imitar el equipo técnico, al final, el ingeniero español tiende a dejar las cosas muy limpias. Y, sin embargo, el ingeniero de sonido estadounidense, que representa el estándar de la industria, busca mayor sencillez, utiliza técnicas menos rígidas, suena todo más suelto, más natural… y eso es muy difícil de encontrar en una grabación española. Apenas experimentamos. Hay incluso grupos españoles que se van a grabar al extranjero y luego se vienen a mezclar aquí con su ingeniero de toda la vida y todo acaba sonando igual. Esto puede verse también en el tipo de música que yo hago, en la música para televisión: las cabeceras, las entradas de invitados, las salidas… suena todo muy similar. Sin embargo, si ves, por ejemplo, el programa de MasterChef, que debe seguir el formato que viene de Estados Unidos a rajatabla, te das cuenta de las diferencias. En MasterChef, las cámaras deben obedecer a la secuenciación de los planos establecidos por el programa. Aunque el equipo técnico sea español, debe seguir unas pautas. No pueden inventar nada. Gran parte de la música viene de una biblioteca de sonidos preconcebida y creada para el programa. Escuchas esos sonidos de MasterChef y te das cuenta de que están a otro nivel. Yo lo siento diferente. Mi objetivo, cuando hago música, es no parecerme a otro. Quiero conseguir ese efecto, quiero alcanzar esa diferencia. Me gustaría que el director de ese programa se percatara de que está trabajando con un producto diferente. Para mí, es una búsqueda constante de ideas.

¿Has trabajado para el cine? ¿Te gustaría componer bandas sonoras?

He trabajado en algunos cortos. Posiblemente, en estos momentos, lo que más me gustaría es componer música para el cine. Pero es muy complicado. Los directores de cine trabajan siempre con la misma gente. Los entiendo. Si yo fuera director de cine, también jugaría sobre seguro, pediría consejo a colegas del oficio para que me recomendaran a los compositores en los que se puede confiar. Los directores de cine arriesgan con otros aspectos de la película, pero con la música no se la juegan. No sé si es porque no le dan a la música toda la importancia que le deberían dar o porque se la dan y no quieren jugársela. Por eso es muy difícil. Trabajar como compositor de bandas sonoras sería posible si comenzara a componer con alguien que empieza como director. Y, si esa película funcionara, ya podrías continuar como compositor para otros realizadores.

¿Hay algún compositor de bandas sonoras que te guste en especial?

John Williams. Por ejemplo, el tema de ET, la banda sonora es brutal. Ya no queda gente así. Sobre todo, porque no estamos preparados como él. Ese tipo de compositor que se sienta al piano junto al director, este le explica una escena y Williams se pone a tocar para él. Y, luego, me encanta cómo pasa las melodías y las ideas del piano a la orquesta sinfónica. Hoy en día, ya no se sienta el compositor con el director para componer una banda sonora. He visto hace poco la película Del revés, de Pixar, me gustó mucho la película y la banda sonora me pareció especial.

Háblanos de Pianet.

Pianet es un proyecto muy personal. Sé que nunca va a pasar nada, pero lo hago para que quede ahí. Para que mi hijo pueda guardarla y pueda enseñársela a mis nietos. Al principio, no tenía ni nombre. Yo estaba componiendo algo para la tele y, de repente, había una idea, un riff de piano, algo que me pareciera interesante y lo guardaba. Creé una carpeta con todas esas ideas que guardaba en el escritorio del ordenador. Y, el día que estaba más inspirado, me ponía un micrófono delante y comenzaba a cantar melodías sobre lo que tenía grabado. Y, lo típico, llegaba algún colega músico al estudio, se fijaba en la pantalla de mi ordenador y me preguntaba qué tenía en esa carpeta del escritorio. «Nada, chorradas», le decía yo. Lo escuchaban y me decían que les gustaban, que les parecían muy interesantes. Me fueron animando y acabé grabando un disco, un EP, con cinco, seis canciones, en mi estudio y lo colgué en las plataformas digitales. Esto fue en 2015. Luego, un amigo que tiene una productora de vídeo me viene y me dice que grabemos unos vídeos con las canciones. Ensayamos las canciones, fuimos al estudio de un colega que tiene un espacio más grande y grabamos el disco en imágenes. Y esos vídeos se los mandé a mis colegas para que los vieran. A partir de ahí, me llegaron varias propuestas de agencias de management. Una de ellas llegaba de Miguel Corral, de December Management, que son lo que llevaban a los Sunday Drivers. Miguel movió el material y, al final, grabamos un disco con Warner e hicimos una gira por toda España, que incluyó varios festivales. Fue una gira de año y medio. El último concierto lo dimos en diciembre de 2017 en Bilbao. El disco lo publicamos en junio de 2016 y se titula Watercolor. Tiene diez canciones y dos movimientos de piano. Nos grabaron un concierto en Radio 3 que emitieron por televisión. Ahí dejamos el proyecto aparcado por el momento. Sé que seguiré componiendo música como Pianet, pero no tengo tan claro si me gustaría ir de gira.

¿Cómo concibes tus conciertos?

Hace unos años, fuimos a un concierto de Ben Howard en el circo Price. Pagamos unos cuantos euros por cada entrada y nos imaginábamos que la sala iba a estar vacía. En ese momento, Ben Howard no era un músico popular y hacía música muy personal. Me llevé una grata sorpresa cuando nos encontramos con el circo Price de Madrid lleno de gente que había pagado un buen dinero para ver a un músico que a mí me gustaba. Fue un gran concierto y deseé que Pianet fuera algo similar. Que tuviera un público sin tener que hacer concesiones al mismo. Pero, hoy en día, es muy difícil. La industria acaba arrastrándote hacia lo comercial. Además, los festivales han reventado la industria del directo. Hay muchos grupos en España que lo hacen bien, pero no pueden hacer una gira. No pueden vivir de su música. Un festival cuesta el doble de lo que cuesta la entrada para ver un grupo en una sala, pero en el festival puedes ver ese grupo y treinta más. Sin embargo, en un festival, el público no va a verte a ti. Van a ver a todos los grupos. Y esto desvirtúa la música.

¿Cuáles son tus próximas metas?

No tengo una meta. Yo todos los días me coloco en la casilla de salida. Tengo un trabajo que me da muchas satisfacciones. Tiene una parte comercial que no me gusta, pero que es imprescindible para poder llevar a cabo la parte creativa. Entre la familia y ese trabajo se me va la vida. Pianet es un buen ejemplo. No sé cuándo lo voy a continuar. No sé siquiera si lo voy a continuar… Intento ser feliz en cada momento. Eso es lo que me ha importado siempre. La felicidad me ha llevado por donde voy ahora. No por donde iban mis sueños. Antes sacrificaba mucho tiempo de mi vida social, de pasar tiempo con los amigos, por la música. Porque creía que la música me podía dar más que un amigo y, ahora, pienso todo lo contrario. Creo que mi hijo, que mis padres, que hay gente que me aporta mucha más felicidad que la música. Me siento afortunado por poder dedicarme a lo que me gusta, pero, ahora mismo, mis prioridades son otras. Si ahora pudiera elegir una vida perfecta, tal vez decidiera volverme a Tenerife, cerca de los míos, viviendo al lado del monte para que mi hijo creciera cerca de la naturaleza y de su familia. Allí compondría en mi estudio y mandaría mis composiciones a Madrid por internet. Así tendría una vida más tranquila. Pero, luego, lo pienso y aquí estoy bien. Llevo ya siete años con la empresa, me va bien, mi hijo crece a gusto en Valdemoro, tiene aquí a sus amigos… Tenemos la vida aquí y quién sabe si mi vida perfecta en Tenerife sería tan perfecta como la imagino…

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Merece la pena escuchar las canciones de Pianet y pueden encontrarse fácilmente en internet. Pertenecen a ese tipo de producciones artísticas que tienden a recomendarse más con el boca a boca y menos frecuentemente a través de una radio-fórmula. Son melodías que no pasan inadvertidas. Nauzet y yo salimos de la cafetería donde nos hemos entrevistado y partimos en direcciones opuestas. Durante nuestro desayuno, hemos reflexionado sobre el artista y su creación, sobre la caducidad del artista, sobre la relación, de placer y dolor, entre el creador y su disciplina artística, sobre el derecho, y la obligación, que todo ser humano tiene a buscar su propia felicidad.

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Entrevista con Los Pantoja

Los Pantoja son una nueva, –y fresca-, banda de rock que acaban de presentarse en sociedad con un disco epónimo y dos conciertos, uno en La Sala y otro en las fiestas de mayo de nuestra localidad. Cuatro de sus cinco miembros, Víctor D. Pantoja, Javier Mayor, Daniel Gómez y Agustín Pérez Varo, son valdemoreños de toda la vida. Pronto vieron la necesidad de encontrar otro guitarrista, para liberar un poquito a Víctor, el cantante, y para dar brillo a los ritmos de la guitarra de Agustín, y así se incorporó al grupo Jorge Biurrun. De las canciones del disco, han decidido colgar en YouTube Amor de calavera, a modo de primer sencillo y están sonando en Onda Madrid.

A la entrevista, acuden Agustín y Víctor. Me encanta, parece que no hayan venido a hablar de su disco. Hemos comenzado a hablar de música y se sienten cómodos hablando de algunos de los grandes de la historia del rock español. Salen en la conversación Miguel Ríos, Héroes del Silencio y Bunbury, Platero y Tú y Fito y los Fitipaldis. También apuntan hacia bandas más recientes como Los Zigarros…

Hablar de nuestros grupos favoritos es algo que muchos de nosotros hacemos durante nuestra juventud, pero solo los verdaderos amantes de la música continúan hablando de solistas y bandas, con la misma pasión, toda su vida. Todo esto me lleva a imaginar que, fácilmente, de la fuente de la eterna juventud no saliera agua, sino música.

Entonces, ¿no habéis venido aquí a hablar de vuestro disco?

Víctor: Cuando hablamos de otros músicos, de otros discos, de la música que nos interesa y que nos gusta, en esos momentos, en muchos sentidos, estamos hablando también de nuestro disco.

¿Cuándo nacen Los Pantoja?

Víctor: Los Pantoja nacen con otro nombre aun siendo el mismo proyecto. Agustín y yo estábamos tocando en una banda anteriormente, con Pepe Fernández, un compositor de Pinto muy bueno. La Hormiga Afónica se llamaba la banda. Yo me dedicaba a poner las voces, empecé a componer alguna canción. De hecho, Amor de calavera, la canción que se puede escuchar en YouTube, está compuesta por los dos, por Pepe y por mí, y así está registrada. Yo tenía la necesidad de hacer otras cosas, llevar a cabo un proyecto diferente. Compuse tres o cuatro canciones y pronto vi que esas canciones eran diferentes. Se las enseñé a Agustín primero. Luego me puse en contacto con Javi Mayor, que ya había tocado la batería con Agustín en la época del Sindicato del Crimen. Empecé a buscar músicos. Conocía bandas en Valdemoro y sabía a quién quería tener en la nueva banda.

Agustín: A la hora de formar la banda, Víctor tuvo la suerte de disponer de una cantera de amigos importante; la mayoría de nosotros hacemos música. Para otra gente, puede ser difícil conseguir músicos para tu banda en tan poco tiempo. Todos somos de Valdemoro. Todos tenemos ya un bagaje, todos hemos hecho algo. La banda funcionó desde el primer día.

Víctor: Contacté con los músicos con los que me apetecía tocar, les enseñé un poco el proyecto y se sintieron interesados. Y de ahí salió el grupo Toma 13. Tal vez porque ocurrió en 2013. Empezamos a trabajar, nos pusimos a componer más canciones, pero el nombre no nos llegaba a convencer. Pasó a llamarse Señor Naranja. Como uno de los protagonistas de la película Reservoir Dogs, el señor Naranja. Queríamos llevar una estética Tarantino, muy de negro, y, en ese momento, nos metimos a grabar.

Agustín: El nombre Señor Naranja tampoco nos convencía. Además, nos daba problemas porque había varias bandas con el mismo nombre, una de ellas, Sr. Naranja, en Madrid y, encima, acababan de sacar un disco. Nos encontrábamos con el problema de que íbamos a un evento y nos confundían con la otra banda. Se dio la anécdota de que nos llamaron de una emisora de radio de Uruguay y, cuando nos hicieron la entrevista, pincharon la música del otro Sr. Naranja. Habíamos decidido grabar un disco y era el momento de definir el nombre del grupo.

Y lo decidisteis antes de grabar el disco.

Agustín y Víctor (a la vez): Lo decidió el productor.

Víctor: Lo decidió Candy Caramelo. Además, me acuerdo, fue antes de empezar la preproducción del disco, estábamos empezando a escuchar los temas, y Candy apunta en un papel «Señor Naranja» y dice: « ¿Estáis abiertos a cambiar el nombre? Porque si estáis dispuestos, yo le doy un par de vueltas…» El primer día del trabajo de producción, viene y dice: «Escucha, ¿os gusta Los Pantoja?» Y dijimos todos: «Los Pantoja, tío, ¡vamos a parecer folclóricos!». «Pues a mí me parece muy punki que un grupo de rock se llame Los Pantoja», dijo Candy para acabar de convencernos.

Agustín: Déjame recordarte que, además, el apellido de Víctor es Pantoja. En ese momento, cambiamos el nombre a Los Pantoja, pero el proyecto seguía siendo el mismo. Los cuatro mismos músicos. El cambio de nombre tenía también motivos comerciales, de mercadotecnia.

Víctor: Candy me lo puso muy claro un día: «Mira, si voy a un concierto y me gusta una canción, el título de la canción no lo voy a recordar. El nombre del grupo, si es Señor Naranja, es ambiguo y, si, encima, hay más grupos con ese nombre, va a ser difícil que la encuentre. Ahora, si tú vas a ver un grupo que se llama Los Pantoja, ese es un nombre que no se te va a olvidar fácilmente». Eso sí, por si acaso, cuando firmamos con la promotora del disco, les pedimos que se aseguraran de que la estética no tuviera nada que ver con la familia Pantoja. Y, para ese trabajo, nos hemos juntado con Paco Martín, don Paco Martín, que lo es todo en la promoción de rock en España desde los años ochenta. Y creo que el diseño del disco ha quedado estéticamente contundente, elegante, serio…

Agustín: Incluso a mí me parece atemporal. Es una portada que podría haber salido hace veinte años, pero no se ve antigua. Podría ser también de nuestros tiempos.

¿Qué contáis en vuestro disco?

Víctor: En las letras hablo básicamente de dos cosas. En muchas canciones hablo de un amor romántico canalla, hablo de un amor vivido desde la estética rock.

Agustín: Son letras basadas en experiencias personales.

Víctor: Por ejemplo, en Habitación número 3, en el hotel más cutre, tras pintar un escenario muy tétrico, hay una ruptura y el protagonista no consigue lo que esperaba.

Agustín: Pero es también un disco optimista.

Víctor: Sí, además, además de ese amor canalla, hay canciones de aliento. Hablamos de la fuerza interior, de la posibilidad de sobreponerse ante la dificultad. Así es Trece, la segunda canción del disco. Cómete el mundo va en la misma línea. La canción dice: «Son las huellas de tus pies las que marcan tu destino…» No debemos tener miedo al error. Y, si lo hay, que la equivocación sea nuestra. Porque, cuando tienes un sueño, no te da miedo equivocarte.

Me habéis contado que cada miembro del grupo tiene influencias diferentes.

Agustín: Yo vengo del rock de los ochenta. El rock americano de esa época, Guns N’ Roses, ese rock es lo que más me gusta. Pero es verdad que cuando tocas un instrumento, acaban gustándote muchos tipos de música. Javi tiene influencias más pop, como puede ser The Police,- Sus baterías favoritos son Vinnie Colaiuta y Stewart Copeland.

Víctor: Es un batería muy técnico, contundente, pero muy técnico. Le gusta mucho esa batería estilo americano muy trabajada.

Agustín: Dani es más del rock urbano, el lado más punki de la banda. El más underground.

Víctor: Le gustan mucho los Ramones.

Agustín: Jorge es el que tiene una carrera artística más dilatada, porque ha trabajado con artistas de primer nivel, y toca muy bien el blues y el jazz.

Víctor: En mi caso, la influencia más importante que tengo ahora puede ser Leiva. Es muy completo a nivel musical, por cómo escribe, por cómo cuida su sonido. Claro, si te pones a indagar, descubres que Leiva ha estudiado todo lo que se ha hecho antes, conoce bien la historia del rock. Cuando escuchas a Leiva, escuchas treinta o cuarenta años de música en sus discos. Ha tocado y ha cantado con todo el mundo. Es muy bueno.

Agustín: Cuando Leiva quiere decir algo, lo dice muy bien.

Víctor: Me gusta mucho el rock que pone en el escenario Carlos Tarque con MClan. Yo no escucho mucha música de habla anglosajona porque a mí me gusta entender la letra. Con el inglés te puedes defender, pero entender la profundidad de algunas letras es más complicado. Me gusta mucho la música con base americana: Ray Charles, Chuck Berry, Elvis. Tiendo más a eso que hacia los Beatles, por ejemplo. El grupo español de los noventa que me gusta mucho son Los Ronaldos. Me gusta mucho ese rollo pícaro, juguetón, ese rollo un poco canalla encima del escenario. Tuvimos la suerte de compartir cartel con Coque Malla en las fiestas del Cristo a comienzos de este mayo.

Vuestro disco es puro rock.

Agustín: Desde el primer momento, Candy insistió en que las canciones debían ser dinámicas, contundentes. Todos los tiempos son rápidos, excepto en la canción Hoy. Candy quería que el disco rodara.

Víctor: Si comparamos el tiempo de los primeros temas cuando los llevamos al estudio, la velocidad de las canciones fue aumentando en cada toma. Íbamos subiendo cada vez más. «Porque, si no», decía Candy, «me entran ganas de ir a pedirme una copa».

Agustín: Y yo creo que fue un acierto. Porque, en el momento que estamos, es lo ideal. Y nos ayuda mucho ahora en los directos. Vamos a tocar los temas y eso se nota en la respuesta del público. Las canciones generan mucha energía.

Víctor: Sin hacer ruido, que es lo más importante. Subir los decibelios, aumentar la velocidad y que no se haga ruido. Que se pueda escuchar la voz y se pueda escuchar la letra de la canción, que se pueda escuchar el arpegio de la guitarra, que la música no vaya atropellada. Todo eso es muy importante para mí.

Me consta que habéis disfrutado trabajando con Candy Caramelo en Candyland-Rock Studios

Agustín: Yo lo tenía idealizado. Candy ha trabajado con todos los grandes. Ha contribuido en la creación de muchos de los grandes. Luego ves su profesionalidad, su calidad humana, su humildad y te quedas encantado. Nos ha tratado como si fuéramos estrellas del rock.

Víctor: Nuestras expectativas a la hora de trabajar con Candy eran buenas, pero la realidad superó, con creces, esas expectativas. También sabíamos que estábamos apostando sobre seguro porque, si echas un vistazo a la trayectoria de Candy, ha estado trabajando con Tino Casal, Miguel Ríos, Los Rodríguez, con Ariel Roth, Andrés Calamaro, Fito y Fitipaldis… Al final, el sonido que él aporta, la idea del rock que él tiene, su amor por el rockabilly, todo eso es lo que nosotros necesitábamos para que algunas de las canciones que llevábamos, que tenían un toque de pop más comercial, adquirieran ese sabor rock que les queríamos dar.

Agustín: Candy hizo algo más. Cuando llegamos al estudio de grabación con las canciones que pensábamos incluir en el disco, cada una era de un estilo diferente. En cada una de las canciones se podían ver las influencias musicales de los miembros de la banda. Candy supo encauzar todas nuestras mareas creativas para que las canciones del disco tuvieran un sonido homogéneo que nos pudiera representar. Todos los temas parecen pertenecer al mismo álbum y no a otro álbum diferente. Y eso es muy difícil. Y creo que solo lo puede hacer alguien desde fuera. Con un punto de vista objetivo.

Víctor: Los artistas que producen sus propios discos lo dicen. Es muy complicado.

Víctor: No hemos querido hacer un disco que se pareciera a nada. Queríamos un disco que suene a nosotros. Candy nos ha ayudado a adquirir una esencia como banda.

Agustín: Una identidad.

Víctor: Y yo creo que se ha conseguido.

Agustín: Todas nuestras influencias están ahí porque inventar es difícil. Pero hemos hecho algo nuestro.

Víctor: Y no podemos olvidar que, en el resultado final del disco, han contribuido Jackpot producciones, Borja como diseñador del disco y Ricardo Rubio con las fotos. Ricardo mostró una generosidad con su tiempo digna de agradecer.

¿Hay espacio para el rock en nuestros días?

Agustín: Yo me alimento de la música en vivo. Es mi hobby. Me encanta escuchar música en directo. Ir a festivales. Y, en los últimos años, esas bandas de rock que me gusta escuchar tienen espacio en esos festivales.

Víctor: El rock funciona. No ha dejado de sonar nunca. Metallica vino a tocar a España, llenazo. Hay público para el rock.

¿Es Valdemoro un lugar para el rock?

Víctor: Aquí lo difícil es tener una oportunidad. Que te den la oportunidad en Valdemoro. Si vas a tocar a un garito con una guitarra acústica y a los quince minutos te dicen que lo tienes que dejar porque ha llegado la policía ante las quejas por el ruido… En Pinto, el Ayuntamiento está poniendo locales para que la gente pueda ir a ensayar.

Agustín: Hay que potenciar la cultura, no perseguirla. Los grupos valdemoreños tienen que irse a tocar a otros lados. Yo comencé a tocar en 1985-86, teníamos un grupo, Doble Sentido, junto a David Santisteban. Apenas teníamos catorce, quince años. En aquella época, recibimos un poquito más de ayuda institucional, pero ahora…. Hay una cantidad de medios que no se están aprovechando. Vas a ver un concierto en las fiestas de Ciempozuelos, por ejemplo, y la norma es que los teloneros sean de la localidad. Aunque, a lo mejor, hablas con músicos de otros pueblos y te cuentan lo mismo que te estamos contando nosotros sobre sus localidades.

¿Hasta dónde queréis llegar?

Agustín: Nunca te juntas para hacer música con el objetivo de vivir de ello, pero siempre te gustaría optar a disfrutarla de forma profesional.

Víctor: Esto de la música son inquietudes. Llegar lo más lejos posible. Centrarse en lo que tienes y poner un ojo en lo siguiente. La inercia debería ser siempre querer dar un paso más todos los días.

Agustín: Ahora tenemos un disco. Querríamos poder tocarlo en directo, mostrar nuestro proyecto. Disfrutamos tocando en directo. Eso nos alimenta. El ritual de prepararnos para el concierto. Un aspecto clave de la banda. En cuanto terminas un concierto, ya comienzas a plantearte qué debes y qué no debes hacer la próxima vez. Es un valor que a mí me llega muchísimo. La respuesta del público está siendo muy bueno. En La Sala, para la presentación del disco, tuvimos unas 180 personas.  180 personas pagando para vernos. Una banda nueva. En Pinto, también hubo muy buenas sensaciones. Recibimos comentarios muy positivos. Eso nos anima a seguir.

Víctor: La venta de discos tiene ahora muchas limitaciones. La mejor plataforma es un escenario. Y queremos saber hasta dónde podemos llegar. ¿Qué nos falta? ¿Deberíamos hacer algo más acústico para otro tipo de salas? La experiencia de tocar es lo que te permite crecer. Además de los directos, la cabeza ya la tienes en el siguiente disco. Nos encantaría preparar un EP con seis temas. Un anticipo del segundo disco. Y, después de navidades, otros seis temas, que unidos a los primeros, podrían configurar un segundo disco para el verano de 2019.

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Tanto Agustín como Víctor hablan llenos de energía. De pasión por la música. Terminamos la entrevista y volvemos a hablar de discografías, de puestas en escena, de bandas favoritas. Víctor se despide de mí con una pequeña reflexión: «Una vez grabas un disco y tocas en directo, eres consciente de que nunca volverás a disfrutar un concierto como espectador. Ni estando arriba, ni estando abajo. Es la maldición del músico. No son ganas de criticar. Es el músico que llevas dentro, que te hace ser consciente de todo lo que sucede durante la actuación y que observa fallos hasta en un concierto de Metallica».

Carmelo Rebullida: Fósiles, sílice y piel

Carmelo Rebullida lleva más de cuarenta años pintando. Su obra, extensa, un buen número de cuadros, habla por él. La ciudad de Zaragoza le brinda homenaje con una exposición espléndida en La Lonja, uno de los mejores lugares para exponer en nuestra ciudad. Por eso, las palabras sobran. Las líneas escritas a continuación sobran. Basta con atravesar las puertas del edificio renacentista zaragozano y disfrutar de la obra de Rebullida.

Creo en la existencia de una conciencia colectiva. Una conciencia colectiva que nos conecta a todos. Para empezar, a todos los seres humanos. A los vivos. A nuestros antepasados. A nuestros descendientes. Creo que esa conciencia colectiva ha sido plasmada a lo largo de la historia a través del arte, del pensamiento, de nuestros comportamientos, hasta de nuestras muecas. Hoy en día hemos llegado a externalizar gran parte de esa conciencia colectiva a través de las nuevas tecnologías y del Big data. Ha salido a la superficie y está al acceso de todos. Sin embargo, la expresión de una parte de esa conciencia colectiva corre todavía a cargo de especialistas: pensadores, escritores, historiadores y periodistas, por medio de la palabra; bailarines, artistas, atletas y artesanos, a través de otros lenguajes. Porque esa conciencia colectiva puede ser expresada en todos los idiomas del mundo. En todo tipo de lenguajes y a través de los cinco sentidos. La conciencia colectiva es, tal vez, nuestro sexto sentido.

En busca del fuego

John Anthony Burgess Wilson, Anthony Burgess, nació en Manchester en 1917. Después de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como oficial de educación en Brunéi y Malasia. En 1959, sufrió un desmayo mientras daba una clase en Malasia. Le fue diagnosticado un tumor cerebral y los médicos más optimistas no le dieron más de dos años de vida. Dejó la educación y se convirtió en escritor a tiempo completo. Escribió cinco novelas y media en un año. Pasaron los dos años que los médicos le habían otorgado y Burgess no acababa de morirse. De hecho, no moriría hasta 1993, después de publicar más de cincuenta libros, entre novelas y ensayos. También escribió dos sinfonías y varias sonatas.

Su libro más famoso, La naranja mecánica (1962), fue llevado al cine por el mismísimo Stanley Kubrick en 1971. El amor de Burgess por las lenguas (hablaba malayo, ruso, francés, alemán, español, italiano y japonés, además del inglés, su idioma nativo, y un poco de hebreo, chino, sueco y persa),  le llevó a crear un argot barriobajero extraño, que era el que utilizaban los gamberros protagonistas de La naranja mecánica cuando se comunicaban entre ellos. Al final de la novela, Burgess añadió un glosario con las palabras de ese lenguaje inventado y su traducción al inglés.

Jean-Jacques Annaud utilizó la imaginación y conocimientos lingüísticos de Anthony Burgess para crear el Ulam, un lenguaje gutural prehistórico ficticio, para la película En busca del fuego (1981), que venía acompañado de un lenguaje corporal diseñado y supervisado por Desmond Morris, otro grande de la antropología física y social. Así imaginaron los tres cómo se habrían comunicado los primeros hombres sobre la faz de la tierra.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Anthony Burgess, creando nuevos lenguajes de expresión a través de su pintura, escuchando las voces de nuestros antepasados dentro de la conciencia colectiva humana para reconstruir, tal vez, lenguajes ancestrales. Sus cuadros de fósiles son un claro reflejo de esa simbología primitivista. La pintura de Rebullida va siempre en busca del fuego.

La llegada

Louise Banks (interpretada por Amy Adams) es una lingüista, catedrática de universidad, que va a dar clase a la facultad al día siguiente de una invasión extraterrestre. Para su sorpresa, al aula no acude nadie más. Esa misma noche, el ejército estadounidense se le presenta en la puerta de su casa pidiéndole ayuda. Necesitan que alguien descifre el lenguaje de los extraterrestres recién llegados. Curiosamente, los alienígenas son unos heptápodos que escupen tinta contra un cristal para escribir sus mensajes, unos pictogramas que se conforman alrededor de la figura del círculo.

Si el reto al que se enfrentaba la protagonista era de alto nivel, no era menor el que se encontraba el diseñador de producción de la película La llegada (2016), del director Denis Villeneuve. Había que crear un lenguaje gráfico nuevo, un lenguaje que venía del espacio y que, en palabras del equipo de producción, «debía ser estéticamente agradable a la vez que, a primera vista, no debía ser evidente el hecho de que fuera un lenguaje».

Para este trabajo, acudieron a la artista canadiense Martine Bertrand, que diseñó una serie de símbolos estupendos, que luego fueron refinados tras consultar con lingüistas y arqueólogos de reputación. Cada uno de esos símbolos podría ser un cuadro en sí mismo. La caligrafía extraterrestre como expresión artística.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Louise Banks y como Martine Bertrand, dispuesto a imaginar e interpretar el idioma de un recién llegado. El lenguaje del otro. Rebullida se ha estado entrenando toda una vida para escuchar las voces de nuestros descendientes futuros dentro de la conciencia colectiva humana, para construir un retrato robot de nuestra posteridad. En sus cuadros dedicados a paisajes imaginarios, Rebullida ha comenzado a compilar un atlas de planetas imaginarios, imprescindible para futuros viajeros interplanetarios. Carmelo Rebullida conecta, así, pasado, presente y futuro.

Quizás él nunca lo admitiría, pero tengo la impresión de que Rebullida iría a trabajar a su estudio-taller al día siguiente de una invasión extraterrestre. Como si nada.

Encuentros en la tercera fase

En La llegada se respira un ambiente muy similar al conseguido por Steven Spielberg en su largometraje Encuentros en la tercera fase (1977). Richard Dreyfuss, que ya había trabajado con Spielberg anteriormente en la película Tiburón, interpretaba, en este caso, al ingeniero eléctrico Roy Neary. Louise Banks, la lingüista de La llegada, tiene muchas cosas en común con el personaje de Roy Neary. Los extraterrestres se intentan comunicar con la humanidad a través de ambos. Encuentros en la tercera fase tiene una escena que nunca olvidaré. En su estado de desazón, Neary siente la necesidad de ponerse a pintar un paisaje que no ha visto nunca. El salón de su casa se convierte en un estudio de artista improvisado. Febril, Roy Neary pinta, una y otra vez, en diferentes tamaños y con diversos estilos, ese paisaje extraño, propio de otro planeta. No contento con todos los cuadros que pinta del mismo lugar, se ve empujado a moldearlo con arcilla en el mismo suelo del salón de su casa.

Acaba resultando que el paisaje imaginado no es imaginario. Se trata de la Torre del Diablo, en Wyoming, un cerro espectacular en medio de la árida estepa norteamericana, donde los gobiernos estadounidense y francés han construido un centro de encuentro con los alienígenas. Podríamos hablar, una vez más, de cómo un artista escucha esa voz de la conciencia colectiva para plasmarla en su obra. Pero, en este caso, nos gustaría explorar una idea diferente. Esa escena de la película es una posible metáfora sobre la libertad del artista, sobre la voz individual del artista, que decide, en última instancia qué va a pintar Rebullida, cómo va a pintarlo y cuándo determinará que la obra está terminada. Finita. Acabada. Porque nada es arbitrario. Porque, aunque la voz de la conciencia colectiva ruge fuerte dentro de nosotros, lo que define al artista, lo que lo hace único y hace única a su obra es su voz individual.

Un jovencísimo Félix Romeo hablaba, en dos folios generosos escritos a máquina, sobre esa voz individual de Carmelo Rebullida en 1987: «…y la culebra muerde el edredón de aliagas y cristales y espejos y acaricia y desnuda y reniega y escupe y láminas cubiertas de nieve y un dios de rebullida surgía de su lanza y ardía y crucificaba esferas y latigaba paredes y bono encendido de alambre…».

Entrevista con María Curros Ferro y Rodolfo Gutiérrez Simón

Necesitamos doctoras y enfermeros. Pilotas y asistentes de vuelo. Arquitectas e ingenieros. Zapateras y carpinteros. Necesitamos transportistas, maestros y profesoras. Necesitamos albañiles, jueces y abogadas. Necesitamos mecánicas, técnicos informáticos e investigadoras científicas. No necesitamos ni delincuentes ni criminales, ni políticos corruptos, pero sí necesitamos policías. Necesitamos bomberas y guardabosques. Necesitamos señores de la limpieza y amos de casa. Necesitamos electricistas, fontaneras y agricultores. A partir de aquí, ya no sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero, en mi opinión, necesitamos también artistas, músicos y humoristas. El mundo vertiginoso del siglo xxi necesita de todas estas profesiones y reclama que nos movamos todos a gran velocidad por nuestras vidas. Arriba, en la montaña, queda el Coyote, sentado, pensando, esperando, junto a su último artilugio ACME, a que pase el Correcaminos. Lejos queda el tiempo en el que se paseaba, en túnica blanca, junto a sus alumnos, alrededor de un estanque en Atenas, y todos se dirigían a él como maestro.

Junto a mí tengo a Rodolfo Gutiérrez y a María Curros, valdemoreños – él de toda la vida, ella de reciente adquisición-. Ambos han elegido dedicar sus vidas a la filosofía, a ser coyotes, a pararse a pensar en medio de nuestras ajetreadas vidas. ¿Necesitamos filósofos en los albores del siglo xxi? Yo estoy convencido de que sí.

¿Por qué decidisteis estudiar la carrera de Filosofía?

Rodolfo: Como en muchas cosas importantes de la vida, la casualidad fue un motivo principal. Empecé la carrera de Filología Inglesa en la Complutense (UCM), pero no me motivaba demasiado – con una excepción, la asignatura «Literatura inglesa del siglo xx», que era impresionante-. La casualidad entra en juego porque, en la UCM, la Facultad de Filología comparte edificio con la de Filosofía y, oyendo conversaciones en los pasillos, la cafetería, etc., pensé que quizá mi sitio estaba más en ese lado de la Facultad.

Aunque la literatura me interesaba – y me interesa, porque es prima hermana de la Filosofía-, empecé a verme como alguien más preocupado por comprender cómo funciona el mundo a todos los niveles (político, social, físico, estético), incluso qué puede hacerse para cambiarlo, y no tanto como un investigador de historia de la lengua ni como un profesor de inglés. Y en ello sigo.

María: En realidad yo no soy filósofa. Llegué a la Facultad de Filosofía por casualidad. Estudié Filología Hispánica y Filología Gallega en la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad en la que nací. Después de haber trabajado en diferentes empresas, siempre precariamente – estuve en una editorial haciendo labores de traducción y corrección de libros de texto, di clases particulares en academias privadas…-, me empezó a rondar la idea de venirme a Madrid –esto fue a finales de 2012–.

Una amiga mía vivía en Madrid y me animó diciendo que, en esta comunidad, había más trabajo que en Galicia. Hice las maletas y llegué a Madrid a comienzos de 2013 con la idea de buscar un trabajo y, aprovechando que aquí hay universidades tan punteras, barajé la posibilidad de continuar formándome. Lo hablé con mis padres y en febrero de aquel año me preinscribí en varios másteres. Finalmente, en septiembre de 2013, me decidí a cursar el Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano en la Universidad Complutense de Madrid. Me animó el hecho de que se trataba de un máster interdisciplinar que combinaba asignaturas sobre literatura (española e hispanoamericana), filosofía e historia. Así llegué a la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en donde, tras finalizar este máster, comencé estudios de Doctorado en Filosofía, que estoy realizando en la actualidad.

¿Os gustaría dedicar vuestra carrera profesional a la filosofía? ¿Cómo? ¿Qué posibilidades laborales tiene un licenciado o un doctorado en estos estudios?

María: Me encanta la enseñanza, pero no me veo dando clase de Filosofía, fundamentalmente porque me falta formación sobre el tema. Me apasionan las humanidades; creo que sin una buena base de historia y de filosofía no podemos comprender el mundo. Además, ambas disciplinas nos hacen pensar, ayudándonos a ser más críticos con los acontecimientos sociales que estamos viviendo en la actualidad. Pero, a pesar de lo necesarias que son las letras, en España ni se valora esta rama de estudios ni se invierte lo necesario en su investigación –a diferencia de países como Estados Unidos –. Si has cursado Filosofía, las salidas profesionales más habituales son la docencia, tanto en centros de enseñanza secundaria y bachillerato, como en la universidad.

Rodolfo: Mi intención es seguir trabajando en este ámbito. Actualmente tengo un contrato predoctoral en la universidad – imparto algunas asignaturas y pertenezco a un grupo de investigación mientras realizo mi tesis doctoral-, y mi intención es seguir luego la carrera docente universitaria. Esto supone unos cuantos pasos, pero muy resumidamente consiste en acreditarse y lograr una plaza. «Acreditarse» significa que, una vez obtenido el doctorado, un organismo llamado ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) examina tu currículum y determina a qué categoría puedes presentarte: catedrático, titular, contratado doctor, ayudante contratado doctor… Es un proceso burocrático muy farragoso, pero por el que hay que pasar. En esa evaluación, se tiene en cuenta si has tenido o no un contrato predoctoral, si has logrado becas posdoctorales, si has hecho estancias en otras universidades nacionales o extranjeras, si has publicado artículos en revistas de investigación o libros, las conferencias que has dado, la docencia que has impartido… Cuando consigues acreditarte en cualquier categoría, puedes presentarte ante la convocatoria de una plaza y competir con los demás candidatos. Aunque la docencia universitaria es lo que a mí me gusta y en lo que intentaré quedarme, hay muchas otras salidas laborales para los que estudian o se doctoran en Filosofía – en contra de lo que se suele decir-. Además de la docencia en Educación Secundaria o la investigación -el CSIC tiene un potente centro de estudios históricos y filosóficos-, hay filósofos encargados de trabajar en comités de bioética – por ejemplo, cuando hay que decidir a quién se da prioridad en una lista de trasplantes- , en recursos humanos por la formación crítica que se nos da, en el mundo de la política organizando ideológicamente partidos o trabajando sobre cuestiones de Filosofía del Derecho o, en los últimos tiempos, en cuestiones relacionadas con la informática y la programación. Aquellas tablas lógicas que nos enseñaban en el instituto muy a nuestro pesar («si p implica q, y p es verdadera, q es verdadera» y cosas así) no dejan de ser la manera en que los ordenadores «hablan» y el medio empleado para desarrollar la inteligencia artificial que hay tras cualquier videojuego o cualquier herramienta de cálculo de un laboratorio. Incluso hay filósofos que se han dedicado a la crítica de arte o a la literatura, aunque para eso hace falta talento además de formación.

Habladme brevemente de la tesis doctoral en la que estáis trabajando.

Rodolfo: Mi tesis consiste en investigar hasta qué punto la filosofía de Ortega y Gasset se puede relacionar con la de autores ingleses y norteamericanos de los siglos xix y xx (J. S. Mill, W. James, J. Dewey, R. Rorty…). Lo interesante es que los temas en los que unos y otros se parecen nos afectan a nosotros en el siglo xxi. De lo que me encargo es de ver hasta qué punto nuestro pensamiento individual está afectado por el colectivo (la sociedad) y por la época a la que pertenecemos. La mejor manera de verlo es pensar en tres ejemplos. El primero tiene que ver con la belleza: ¿hasta qué punto los rasgos que nos parecen atractivos en un hombre o en una mujer vienen condicionados por el medio? El segundo ejemplo, el del arte, va en la misma línea: para una persona corriente del siglo xix el arte consistía en representar la realidad tan bien como fuera posible e, incluso, un poco perfeccionada; frente a eso, las vanguardias de comienzos del siglo xx suponen una ruptura difícil de explicar, pero que hoy consideramos arte – aunque sea un arte «diferente» porque nos hace pensar más que sentir; piensa, por ejemplo, en el cubismo-. El tercer ejemplo es el más complicado: la verdad, la ciencia y la política funcionan exactamente igual que los ejemplos anteriores. Hace mil años era verdad que los objetos caían hacia abajo porque estaba en su «esencia» hacerlo mientras buscaban su lugar natural (por debajo del aire, más ligero), y no porque hubiera unas «fuerzas de atracción», invisibles y difíciles de comprender, que es como hoy nos explicamos las cosas. Y subrayo lo de que era verdad, y no que lo pareciera, porque la gente vivía como si fuese así… y fueron capaces de crear barcos que llegaron a América y tantas otras cosas increíbles. La ciencia y la verdad, por lo tanto, modifican aquello que consideran parte de su ámbito de aplicación dependiendo de lo que la época considera «científico». El primer médico que se lavó las manos antes de operar lo hizo quizá por casualidad, y pasó mucho tiempo hasta que alguien reparó en la importancia «científica» de eso para evitar muertes y se consideró la higiene como parte crucial de los cuidados médicos.

En el caso político es quizá en el que más nos centramos hoy. Hace trescientos años, las mujeres y los hombres eran físicamente igual que ahora, tenían las mismas capacidades intelectuales, etc.; sin embargo, era «indiscutible» que el lugar de las mujeres estaba por debajo del de los hombres. Al igual que ocurre con las leyes de gravitación, los derechos – no solo los de las mujeres, sino los de todos- son algo invisible que se descubre solo si cambiamos la forma de mirar al mundo y hacemos importante lo que no lo era: pasamos a incorporar a personas que eran «otros» al grupo al que denominamos «nosotros», que siempre es al que consideramos con más derechos. Cómo se producen esos cambios es lo que yo estudio, pero centrándome en los autores que he dicho antes.

María: Yo estoy realizando una biografía intelectual sobre la educadora y pensadora vasca María de Maeztu Whitney. Esta mujer, una desconocida en la actualidad, luchó y defendió los intereses de la mujer a principios del siglo xx, involucrándose en la mejora de la educación femenina. Recordemos que, en el año 1900, la tasa de analfabetismo femenino era de un 71%. Aunque María de Maeztu perteneció a una familia con posibles, cosmopolita y moderna – sus padres nunca llegaron a casarse-, siempre fue consciente de la lamentable situación de sus congéneres. Su padre, Manuel de Maeztu, era un indiano de origen navarro que murió en 1894 arruinado, muy joven por tanto, en la isla de Cuba; con lo cual María experimentó la pérdida de poder adquisitivo en la familia siendo una adolescente. Su madre, Jane Whitney, era francesa, pero de familia inglesa por lo que era políglota; hablaba inglés y francés además de español. Gracias a esta situación, pudo crear una escuela anglo-francesa en Bilbao, que le permitió sacar adelante a sus cinco hijos. En su escuela estudiaron, entre otros, el poeta Blas de Otero, el pintor Ángel Larroque o los hijos del político socialista Indalecio Prieto. María de Maeztu Whitney había nacido en la localidad vasca de Vitoria en 1881, en donde estudió Magisterio; mientras ejercía de maestra en un colegio de Bilbao, comenzó, a distancia, estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, titulación que finalizó en 1915 en la Universidad Central de Madrid (entonces se denominaba así a la actual Universidad Complutense). A la capital del estado se había trasladado en 1909, pues quería cursar estudios en la recién inaugurada Escuela Superior del Magisterio, lo que hoy sería el grado en Pedagogía. Se la considera la primera pedagoga española. Siempre interesada en mejorar la educación de las mujeres y de los niños, salió al extranjero – a diversas ciudades y países-, a veces incluso representando al gobierno español, en busca de nuevas teorías educativas y modernos métodos de enseñanza para actualizar y renovar las escuelas españolas. Estuvo al frente de la Residencia de Señoritas – el equivalente femenino de la Residencia de Estudiantes- y de la sección primaria del Instituto-Escuela, donde puso en práctica buena parte de los conocimientos adquiridos en sus viajes. Hasta 1936, cuando empezó la Guerra Civil, vivió en Madrid; luego se exilió a Argentina, donde murió en enero de 1948. Hoy nadie recuerda su inmensa labor social y educativa de la que podríamos hablar durante horas.

Habéis elegido a dos personajes coetáneos. Prácticamente nacieron y murieron en las mismas fechas. Me da la sensación de que pertenecen a la última generación de pensadores que intentaron ofrecer una orientación de pensamiento y de comportamiento. Tras la Segunda Guerra Mundial vino el nihilismo y, tras esto, la economía de mercado. Europa está llena de ciudadanos descreídos, de escépticos. ¿Creéis que la filosofía, que los filósofos de comienzos del siglo xxi, tienen soluciones que ofrecernos? ¿Creéis que hay mentes lúcidas ahí fuera que nos puedan ayudar a entender el mundo en el que vivimos? ¿Hay algo más allá de los libros de autoayuda?

María: Sí, tal como indicas tanto María de Maeztu Whitney como José Ortega y Gasset pertenecieron a la misma época, a la llamada generación del 14, la de los intelectuales que lucharon por europeizar España. Ella, de hecho, fue su amiga y también su alumna – a pesar de que era dos años mayor que él- en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio. Ya en el año 1938 María de Maeztu abordó en uno de sus libros, El problema de la ética. La enseñanza de la moral, la crisis del mundo y la crisis espiritual del hombre, y eso que todavía no había empezado la Segunda Guerra Mundial. Sinceramente, buena parte de las dificultades que atraviesa el mundo son cuestiones que vienen del pasado y que nunca se llegaron a resolver por falta de firmeza; además, la mayoría se podrían solucionar con una mejora en la educación. Esta es también la opinión de María de Maeztu y de buena parte de los pensadores y educadores de su época como María Sánchez Arbós o de Luis de Zulueta, entre otros muchos. Estas son, para mí, las mentes lúcidas que me ayudan a entender el mundo.

 Creo verdaderamente que habría que volver a ellos, a su pensamiento y a su obra porque, conscientes de la situación de crisis que atravesaba su tiempo, explicaron cuál era la solución; pero, por causa de la guerra civil española, no pudieron terminar el proyecto que habían comenzado. Abordaron la pérdida de valores, la inmadurez y la falta de disciplina del ciudadano; cuestiones todas ellas que han empeorado. Fijémonos en que cada vez hay más fracaso escolar, hay más padres hastiados de sus hijos y, por consiguiente, más niños maleducados, perezosos y rebeldes. El ser humano se encuentra más perdido que nunca, y, como consecuencia, lee libros de autoayuda buscando así sanar su alma.

Rodolfo: Mentes lúcidas hoy en día, desde luego, las hay; el problema es que puedan acceder al altavoz oportuno para tratar de orientar la acción pública, identificando problemas y ofreciendo soluciones que habrá que probar. Sin embargo, la tarea del filósofo o la filósofa del siglo xxi se enfrenta a los problemas de siempre y a algunos nuevos: por primera vez estamos en un mundo claramente secularizado – al margen de que algunos o muchos individuos tengan creencias religiosas-, en el que se ha perdido todo apoyo trascendente: nos hemos quedado solos en el mundo y nos las tenemos que arreglar sin que valga apelar a Dios, etc. Asimismo, el pensamiento crítico se ha ido disolviendo –para empezar, con la minimización en los institutos de disciplinas críticas: filosofía, pero también relacionadas con la cultura clásica, con el arte, la música…‒, y ahora se hace pasar por pensamiento riguroso lo que antiguamente hubiera quedado claramente separado de la filosofía. La alusión a los libros de autoayuda, por su parte, merece un comentario. En general, parece que desde la universidad se ven como un hermano pequeño y engañado, y no me parece justo: hay gente a la que le viene bien para superar sus problemas. Lo importante, sin embargo, es no confundir la autoayuda con la filosofía, porque son cosas muy diferentes. La autoayuda pretende ofrecer consuelo y soluciones individuales para salir de una situación complicada; la filosofía, en cambio, supone una reflexión sobre la realidad, la verdad o la belleza, de la que pueden extraerse enseñanzas individuales y colectivas para la vida cotidiana, como que, a veces, las cosas salen mal. Y creo que ese es uno de los aspectos más reivindicables de lo que nosotros hacemos: el reconocimiento de que la realidad no responde siempre a nuestros deseos – y querer que cambie no basta, mal que pese a Paulo Coelho: al universo le da igual lo que yo quiera; lo que hay que hacer es desarrollar herramientas transformadoras que aumenten la justicia, la igualdad, etc.-. Esto nos humaniza al enfrentarnos con situaciones tan auténticamente humanas como la frustración, el dolor, la pena; pero también con el valor, el esfuerzo, la perseverancia. Permíteme otro ejemplo: según el planteamiento de cierta autoayuda, si verdaderamente deseo formar parte de la selección nacional de gimnasia rítmica, el universo entero conspirará para que así sea; pero tengo la sensación de que si levanto mi pierna hasta la altura de mi cabeza puede ser lo último que haga. Sin embargo, si me empeño en pensar cómo mejorar el mundo, es posible que acabe teniendo una buena idea al respecto y logre arreglar algo. La autoayuda colabora para que la vida de algunas personas mejore; la filosofía intenta explicar la realidad y transformarla, lo que no va en beneficio de algunos, sino de todos. Por ejemplo, un libro de autoayuda no puede hablar de problemas colectivos como la discriminación de la mujer, la adecuada manera de elegir a los gobernantes, la ordenación de la educación, el funcionamiento de la ciencia…

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En septiembre de este año, Rodolfo y María se irán a estudiar a la Universidad de Padua, en Italia, como parte de su programa de estudios para conseguir el doctorado internacional. Mientras tanto, compaginando sus estudios, María hace sus pinitos como actriz en un grupo de teatro local y planea cómo publicar su tesis para poder divulgar la vida y obra de María de Maeztu. Rodolfo da clases en la facultad, es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Hispanismo Filosófico y procura mantenerse activo tanto en la comunidad académica como en nuestra localidad de Valdemoro.

Entrevista con Carmelo Rebullida

Carmelo Ramos Rebullida tiene uno de los nombres más sonoros que conozco. Tres erres que rugen bien distribuidas. Dos emes dispuestas estratégicamente. Y una ele y una elle que llevan a la lengua a acariciar nuestra zona alveolar. Para aterrizar de lleno en el planeta Carmelo Rebullida, en Montañana (Zaragoza), hay que atravesar su casa, entrando por la puerta principal y saliendo por la que da a su huerto/jardín. Hay que dejar a la izquierda las higueras y las tomateras, para encontrarnos, al fondo y a la izquierda también, con el pequeño edificio que conforma su estudio. Ya dentro, en un espacio mucho más amplio de lo que uno podía imaginar, Rebullida te muestra, generoso, sus últimas obras. Cuadros bastante grandes que levanta ligeramente para sacarlos a la luz y mostrártelos en mejores condiciones. Evita hacer comentarios. Es consciente del derroche visual y deja que su espectador hable. Su obra es toda su vida y, sin embargo, no habla mucho de sus cuadros. Prefiere mostrarlos. Dejar que el color y las formas fluyan hacia nosotros.

Carmelo habla con modestia. Con mucha prudencia. Tiene interiorizado el respeto que muestra hacia los gustos estéticos de los demás. Escucha atento nuestros comentarios sobre sus cuadros. Es el momento de empezar nuestra entrevista.

¿En qué momento supiste que ibas a dedicar tu vida a las artes plásticas?

Comencé a pintar por puro azar. Mi tío Manolo era perito mercantil y, cuando tenía tiempo, se relajaba haciendo copias de pinturas muy sencillas. Le recuerdo pintando, sobre todo, gatos. Al hombre le faltaba un brazo y, cuando tenía que abrir lo tubos, sufría lo indecible con algunos de ellos, sobre todo con los que no usaba de manera usual. De manera que tenía que llamar a mi tía para que se los abriese. Imagino que así, día tras día, resultaba la cosa muy tediosa y un día, viendo que yo sentía mucho interés, me regaló su maravillosa caja de pinturas americanas. Y así fue como comencé a pintar.

Mi primer cuadro fue una copia de un paisaje de una revista. Me resultó sencillo y fue un éxito. A todo el mundo le gustó, de manera que seguí pintando. Me producía una enorme satisfacción y encima se me daba bastante bien. Más tarde quise estudiar Bellas Artes pero no pude porque, entonces, los que habíamos estudiado Formación Profesional no teníamos acceso a la Universidad. De manera que tuve que aprender a base de ver muchas exposiciones, de visitar muchos museos y gracias a mi enorme curiosidad.

Al principio no pensé que un día pudiera dedicarme a esto, pero, cuando llevaba como doce años pintando, empecé a presentarme a concursos y gané dos muy importantes: el primer premio del concurso Ciudad de Ponferrada y el primer premio del concurso Ciudad de Ejea de los Caballeros. Estos premios me permitieron dejar mi trabajo en la oficina técnica donde trabajaba después de terminar Ingeniería Técnica Industrial.

Es justamente en ese momento cuando me planteo seriamente dedicarme todo el tiempo a pintar. Eran tiempos muy difíciles, pero nuestra fe y nuestras ganas eran inquebrantables. Eran los ochenta, había una bohemia maravillosa y un grupo bastante numeroso de artistas de todo pelaje acudía por la plaza Santa Cruz a enseñar sus cuadros: Laborda, Cásedas, Aransay, Iris Lázaro, Burges, Mariano Viejo, Pacheco Ruiz Monserrat, Cesar Sánchez, el Grupo Forma y muchos más. Toda esta aventura está recogida en el libro Zaragoza. La ciudad sumergida, de Eduardo Laborda.

En el 1978 realicé mi primera exposición en la Galería Traza, ya desaparecida, y recibí muy buenas críticas. Años más tarde me quedaría finalista del Premio Blanco y Negro, el premio más importante de pintura joven de aquellos tiempos en España.

En un momento de tu vida aparece la enfermedad. Un linfoma intestinal que, como me has contado alguna vez, marca un antes y un después en tu biografía.

En 1992 estuve en la Exposición Universal de Sevilla. Me gustó muchísimo, pero mi mayor recuerdo de la visita fue la de un cansancio enorme que, naturalmente, achaqué al calor. Era verano y había unas temperaturas altísimas, lo cual parecía estar justificado. Pero, tras regresar a casa, y viendo que el cansancio iba en aumento, me hicieron unos análisis y salió que tenía una anemia ferropénica galopante. Me hicieron varias pruebas, ya que tenía dolores fortísimos en mi vientre y no veían nada. Así que, en Enero de 1993, fui ingresado de urgencias y descubrieron que un tumor había perforado mi intestino. Tras su análisis, se descubrió que era un linfoma no Hodgking.

Fue una experiencia muy dura, tanto a nivel físico como emocional. Me dieron de alta en el hospital dos meses después con un peso inferior a cincuenta kilogramos. Mi imagen me recordaba a la de los prisioneros en los campos de exterminio nazi y, más aún, cuando me ponía mi pijama de rayas. Recuerdo que quise hacerme unas fotos en blanco y negro con la cámara de fotos y mi madre no me lo permitió bajo ningún concepto.

Tardé dos años en recuperarme, para lo cual me marché a vivir a Sevilla. El diagnóstico era muy severo y mi futuro muy incierto. Yo me encontraba muy incomodo en Zaragoza y sabía que Sevilla, con un clima más benigno en invierno y sus gentes siempre tan extrovertidas, me iría bien. Y para allá partí.

Me instalé en Sevilla en un apartamento en la calle San Vicente, muy cerca del Museo de Bellas Artes, en pleno casco viejo y, enseguida, pasé a formar parte del paisaje. Me dediqué a pintar, a conocer la ciudad y a integrarme con la gente. Enseguida hice amigos (incluso me enamoré), así que tuvo un efecto terapéutico extraordinario. La gente en el sur tiene una filosofía de la vida extraordinaria. Saben disfrutar con cualquier cosa, saben reírse de sí mismos y eso es muy difícil (al menos en el norte). A cualquier cosa le ponen una buena dosis de humor y así la vida se hace más liviana y los problemas son más llevaderos.

Mi experiencia sevillana duró dos años y he regresado muchas veces para ver de nuevo la ciudad y ver exposiciones de amigos o algún acontecimiento importante. Durante mi estancia hice una exposición con los cuadros que había pintado allí. Regresé renovado, simplifiqué mi vida y di más importancia a las pequeñas cosas de la vida. El hecho de vivir solo me dio una enorme confianza en mí mismo y me abrí más a la gente, dejando que mi vida fluyera sin más.

Llevas unos cuantos años pintando y, en tu búsqueda artística y de expresión, te has acercado a muchos estilos pictóricos. Háblanos de algunas de tus etapas artísticas más importantes, por qué te aventuraste en su exploración, qué aprendiste de cada una de ellas.

Mis comienzos no distan mucho de los de cualquier pintor. Mis primeras obras son paisajes figurativos de corte impresionista que me sirvieron para adquirir una técnica que luego desarrollaría. Pronto siento la necesidad de crear algo más personal, teniendo como referencias a Ortega Muñoz y Vaquero Palacios, que me interesan por la síntesis que hacen del paisaje.

Más tarde, e influido por Enrique Gran y por pintores como Martínez Tendero y Eduardo Laborda, comienzo a pintar cuadros entre la abstracción y la figuración. Estas obras de tipo organicista están llenas de sugerencias, donde planos y bultos se mezclan en originales composiciones. El cuadro Espacial 2, de esa época, fue finalista del Premio Blanco y Negro en 1978. Este premio era el más importante de la época para pintores jóvenes.

Poco después, y como consecuencia de un viaje a Basilea y Zúrich, conozco la obra al natural de Paul Klee, que me emociona y atrapa, como ningún otro, por sus cuadros de texturas y su magia. Comienzo a incorporar texturas muy sutiles y llenas de sugerencias a mis cuadros y A. F. Molina escribe: «Rebullida goza de un componente poético inestimable, es la pintura del pálpito, fe de vida del hombre simbólico resumen de sus angustias y desvalimientos; también de sus instantes de exaltación y de gozo. El artista está soplado por la inspiración, el buen espíritu le susurra a la oreja y sus lúdicas invenciones siempre nos atraen, como las ilustraciones de un libro infantil que nos fascinara».

En 1987 realizo una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes en Santander, con una marcada inspiración étnica influida por el arte primitivo africano. Empiezo también a trabajar el papel artesanal, que me fabrico yo mismo, donde realizo obras muy libres, de carácter abstracto algunas y otras con una figuración muy próxima a la abstracción, muy en la línea del expresionismo alemán del grupo Cobra. Algunos de ellos se vieron en la muestra colectiva realizada en la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual IberCaja) en la exposición Cuatro presencias del arte, con Vicente Badenes, Pepe Cerdá, Margarita M y Carmelo Rebullida. Ana Rioja, hablando de mis pinturas sobre papel, dice: «Su pintura atrapa con fuerza y vigor al espectador. Sus colores son singulares y refinados, y su proceso creador empieza en el comienzo de fabricación del propio soporte».

 Catherine Coleman habla de mi siguiente etapa artística: «A comienzos de los 90 empieza a realizar cuadros muy texturados realizados con pasta de papel, polvos de mármol y arenas diversas que crean ricos matices, lo que el teórico Allan Sekula ha denominado Indexicality o la huella real de la mano: La presencia física del artista. Son cuadros hermosos que huyen de la estética de lo feo. Rebullida es heredero del Informalismo Abstracto Español de los años 50 aunque el empleo de la materia y textura, no participa del Angst informalista. La estructura de sus cuadros es una malla de rectángulos con divisiones claras y contornos precisos y participa de la carga emotiva y el caos informalista. El artista ha elegido el fósil como el único motivo recurrente y nos remite al concepto de tiempo, la prehistoria y nuestros antepasados, en fin a nuestros orígenes de la vida».

A finales de los 90 abandono los fósiles y sigo pintando con materia cuadros abstractos con la idea del paisaje como pretexto. En el 2008 empiezo a meter en la superficie del cuadro pequeños espacios reticulados que crean como un mosaico abstracto que culminan en 2010 en una exposición en la Galería Pilar Ginés. Abandono pronto ese camino, en parte porque ya estaba explorado por el Grupo Pórtico (primer grupo abstracto español, incluso antes que El Paso y Dau al Set, nacido en Zaragoza).

A partir de 2010, hasta hoy, pinto con la máxima libertad, no atendiendo demasiado al concepto de estilo porque pienso que ya es algo superado. A veces retomo técnicas del pasado como las texturas y, otras veces, trabajo con pintura muy diluida, dando como resultado abstracciones y, otras, no tanto, en cuadros de gran formato. Me interesa siempre que el resultado sea fresco, placentero y sensitivo. Y siempre cambiante porque la repetición me aburre y con ella no se aprende. Además, ¿qué es la vida, sino un continuo fluir?

Me gustaría que nos hablaras un poco más de la diversidad de materiales que, además de la pintura, utilizas en tu obra. Fabricas tu propio papel y te sientes muy atraído por la textura de los cuadros. Por la piel de tus cuadros.

Siempre me interesé más por el cómo lo pinto que lo que pinto en sí. Es la piel del cuadro lo que verdaderamente me interesa, las sugerencias, atmósferas, el misterio que emana de ellas. Siempre busco la emoción pensando que, si yo me reconozco y me emociono con el cuadro, probablemente habrá espectadores que lo harán también, ya que, en el fondo, no somos tan distintos unos de otros.

Y ahora viene una gran exposición tuya en La Lonja de Zaragoza. Pocos artistas aragoneses vivos pueden contar una experiencia así. ¿En qué va a consistir la exposición? ¿Qué obra has seleccionado para la misma? ¿Qué te gustaría contar a todos los que vayan a verla?

Efectivamente, desde hace dos años estoy trabajando para esta gran exposición en La Lonja, el mejor lugar para hacer una exposición en Zaragoza. Un edificio singular situado en Plaza del Pilar y que es muy visitado por varios miles de personas en cada exposición. Normalmente, se suele hacer una retrospectiva de toda una vida desde los comienzos, pero, en mi caso, he decidido enseñar obra de mis últimos dos años, que ocuparán un 80% del espacio expositivo. Son grandes formatos, generalmente de 150×150 cm y de 200×200 cm, y el otro 20%, que corresponde a obras desde el año 1992,  muy texturadas con apariencias fósiles.

La verdad es que es  todo un reto, pero creo que el resultado será bueno. Son lienzos que envuelven al espectador y creo que en las paredes de la Lonja quedaran muy bien. Tuve que hacer una maqueta a escala, porque el espacio expositivo es complejo, ya que hay como siete espacios diferentes, que hacen muy complicado saber muy bien el número de cuadros que caben y  ha sido bastante laborioso elaborarla ya que también tenía que hacer miniaturas a escala de los propios cuadros, pero, al final, me da una idea muy clara de cómo va a quedar, aunque haga pequeñas variaciones en el montaje final.

Ciertamente es un orgullo exponer en este lugar tan imponente donde he visto artistas de tanto renombre y  que tanto me han enseñado. La lista sería interminable pero citaré a Rodín, Pablo Gargallo, Tapies, Marín Bagües, Santiago Lagunas, por citar a algunos.

Realmente, cuando me llamó Rafaél Ordóñez, Jefe de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, para ofrecerme la posibilidad de exponer en La Lonja, no me lo creía porque era algo que veía muy lejano. Entre otras cosas, porque sinceramente pensaba que no estaba a la altura. Yo generalmente tengo tendencia a valorar más lo ajeno que lo propio y, a pesar de que he obtenido algunos premios importantes, creía que lo disperso de mi obra, por mis continuos cambios, no me iba a hacer merecedor. Pero, mira, me equivoqué. Y ahora ya solo pienso en verla colgada y que la gente disfrute. Sé que algunos lo harán mucho y otros menos porque mi pintura, tan cercana a la abstracción, no es de mayorías, pero eso es algo que tengo asimilado desde hace tiempo. Lo importante es que he puesto toda mi cabeza, mi corazón y un gran esfuerzo físico en esta exposición. Tanto es así que hasta tuve una trombosis en la pierna debido a las muchas horas que permanecí de pie preparando la exposición.

La exposición será en mayo de 2018 y es como un premio a los más de cuarenta años que llevo pintando.

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El tiempo vuela en el estudio de Carmelo Rebullida. Uno sale lleno de imágenes irrepetibles. Fósiles. Paisajes imaginados. Texturas. Con las puertas abiertas a los cinco sentidos. Imposible marcharse con el cerebro vacío.

Entrevista con Julián Villar

Puedo distinguir una fuerza creativa a una legua de distancia. La huelo mejor que los lobos huelen el miedo. He seguido las huellas de esos semidioses, de las personas que se dedican a crear, durante muchos años. He leído sus libros, he visto sus cuadros, he escuchado sus canciones, he disfrutado sus películas. Me he dejado seducir por ellos. Me han hecho sentir. Emocionarme. Llorar. Reír. Estar triste.

Los que me conocen saben, también, que me fascina el mundo de la educación. Esa faceta del hombre en la que nos dedicamos a pasar el control y el secreto del fuego a la siguiente generación. Nos diferenciamos del resto de los animales no porque sepamos aprender. Todos los animales aprenden. Nos diferenciamos del resto de los animales porque sabemos enseñar. Traspasar conocimientos y habilidades. Un chimpancé logrará ir en bicicleta para su número de circo, pero nunca sabría enseñar a otro chimpancé a subirse siquiera a un triciclo.

A lo largo de los últimos quince años, me he ido encontrando con mucha gente en Valdemoro que había sido tocada por la sabiduría y la simpatía de un profesor de fotografía. Un tal Julián. Se apuntaban a sus cursos de fotografía y ya no eran los mismos. Que los helenófilos me perdonen el juego de palabras, pero, en Valdemoro, cuando se hablaba de «fotos», Julián era la luz.

Hace tres años, Julián y yo comenzamos a trabajar juntos para La revista de Valdemoro. No era el primer proyecto en el que trabajábamos juntos. Pero era el primer proyecto serio en el que trabajábamos juntos. Durante este tiempo, mientras yo divagaba en la introducción de mis entrevistas para intentar captar la esencia del entrevistado, Julián llegaba con su cámara y hacía un trabajo mucho mejor con dos o tres imágenes del protagonista bien capturadas. No solo nos regalaba con fotografías estupendas para la revista. Además, yo iba descubriendo, con cada una de las entrevistas, que los tentáculos de Julián llegaban mucho más lejos. La mayoría de los entrevistados conocían a Julián porque él mismo o alguno de sus alumnos de fotografía habían hecho, por poner un ejemplo, las fotos para la portada del disco recién publicado.

La cosa empeora: Julián no es solo un pedazo de artista. No solo es un profesor que ha inspirado a muchos valdemoreños. Es un gran compañero. Busca siempre el lado positivo de las cosas y, hasta después de soltar tu idea más insensata, te muestra una sonrisa aprobatoria, como diciéndote: «¿Te sientes bien después de haber dicho tamaña tontería? Pues me alegro por ti».

Durante nuestra entrevista, una llamada en su teléfono interrumpirá nuestra conversación. Habrá algunos que puedan decir: «Ahí lo tienes, Fernando. Julián no es perfecto. No ha apagado el teléfono durante la entrevista y eso es una falta de educación». Nada más lejos. Cuando suena su móvil, descubro que Julián tiene como melodía de llamada Blister in the Sun, la canción que comenzaba el primer disco de mi grupo de música favorito, los Violent Femmes. En estos momentos, Julián es, para mí, una fuerza creativa imparable. Un tren del lejano oeste atravesando el desierto de Nuevo México a toda máquina.

Háblanos de tu infancia.

Nací en Madrid, en la Carretera de la Playa, para aquellos que dicen que en Madrid no hay mar. Yo me acuerdo muy poco, pero, hasta los diez años, fuimos una familia muy nómada. Mis padres tenían un piso que habían alquilado, pero, cuando quisieron mudarse allí, no pudieron hacerlo. No había manera de echar a los inquilinos. Eran una especie de okupas de la época. Bueno, eran, más bien, como una secta. Cuando conseguimos recuperar el piso, tenían todas las ventanas apuntaladas con clavos y habían hecho hogueras en el centro de las habitaciones. Una cosa muy rara. Mientras, mis padres tuvieron que vivir de alquiler por varios lugares de Madrid. Viví en un montón de sitios pero yo era muy pequeño. Sí me acuerdo de que pasaba mucho tiempo con mis abuelos, que vivían muy cerca de El Retiro. Recuerdo muchos paseos con mi abuelo por El Retiro, que, a lo mejor no fueron tantos, pero a mí me parecían muchos. Que luego, cuando hablo con mi madre, me dice que no eran tantas temporadas las que pasé con mis abuelos. Pero la memoria tiene ángulos extraños. A mí, esos paseos me llenaban.

¿Cómo llegasteis a Valdemoro?

Mi padre trabajaba en la Talbot, en Villaverde. En esos momentos, vivíamos en Moratalaz. Y el barrio se estaba volviendo un tanto peligroso. Ya me habían pegado algún perdigonazo y me habían robado un par de veces. Mis padres nos querían cambiar de ambiente. Un día, a mis padres se les antojó ir a comerse unas fresas a Aranjuez. A la vuelta, pasando por Valdemoro, vieron los pisos al lado de la carretera de Andalucía y mi padre pensó que estaban más cerca del trabajo que desde donde vivíamos en Moratalaz. Y les pareció bien Valdemoro. Se bajaron a ver los pisos que se veían desde la carretera y ese mismo día dejaron diez mil pesetas como señal para la compra de dos pisos. Éramos familia numerosa y en uno no cabíamos.

El primer día que vine a ver el piso con mis padres, vinimos con mi primo. Salimos mi hermano, mi primo y yo a dar un paseo por Valdemoro. En nuestro paseo, nos topamos con dos chavales de aquí. Pronto descubrimos que estaban muy asilvestrados. Nosotros íbamos por una acera. Ellos por otra. Hace cuarenta años, en Valdemoro había muy poca gente, con lo que, en cuanto venía un foráneo, lo provocaban. Entonces nos preguntaron desde la otra acera: «Oye, ¿de dónde sois?». «Somos de Madrid», les dijimos. «¡Ah, de Madrid!», respondieron. Cruzaron la acera y empezaron a darnos de sopapos por todos los lados. Cuando empezó el colegio, me encontré en clase con uno de esos dos chicos y nos hicimos muy buenos amigos. Hoy en día, seguimos siendo buenos amigos. De hecho, es el director y, sobre todo, compañero de esta aventura mediática que se llama La revista de Valdemoro. José Manuel se convirtió en mi primera anécdota, en mi primer conocido y en mi primer amigo de Valdemoro. No fue un caso aislado. En clase, también me zurró otro chico y luego también se convirtió en un gran amigo. Luego, cuando ya estaba asentado en Valdemoro, me pasó a mí. Los que venían de fuera llamaban muchísimo la atención y decíamos: «Este no es de Valdemoro. Vamos a por él». Aquí los chavales eran un poco brutos, pero no eran peligrosos como era el caso del campo de juego que los chicos de Moratalaz compartíamos con los de Vallecas. En Valdemoro, las peleas eran un juego. En Moratalaz había más mala uva.

Ahora lo puedo entender mejor porque, tras unos años en Valdemoro, me hice tan bruto como todos los demás (Julián sonríe). En Madrid me daban bastante libertad, otra me la tomaba yo. Recuerdo que una de las primeras broncas que me cayó de mis padres fue porque me pillaron yendo hasta la Puerta del Sol en bicicleta desde Moratalaz. Y, aún así, nunca había tenido la libertad que tuve en Valdemoro. Aquí, para un niño había toda la libertad del mundo. Ibas, venías, hacías tu vida y tus padres no se preocupaban.

¿Cuándo comenzaste a interesarte por la fotografía?

Yo empecé muy tarde con la fotografía. No terminé bachillerato. Primero me puse a trabajar en el polígono, en Miles Martin, que luego fue comprada por la Bayern. Trabajaba como manipulador. Más tarde, mi padre montó una granja de conejos y aquello me gustó. Y me dediqué a los conejos. Lo que pasa es que vino una enfermedad y se llevó a todos los conejos al otro barrio. Y ahora ¿qué hago?, me dije. Fue en ese momento cuando me apunté a fotografía en la UPV. Entonces no era como ahora. Mirar cosas de fotografía era irte a la biblioteca y buscar allí libros. No había Internet. Costaba un montón. Yo tenía esa motivación. Me gustaba un montón la fotografía y me informaba. Y yo veía que había cosas que no me habían explicado en las clases.

Me fui a Madrid a estudiar fotografía en una academia privada. Allí estuve otros dos años. Me costaba la vida porque trabajaba hasta las nueve o las diez y me iba corriendo a la academia a estudiar en periodo nocturno. Tras año y medio en la academia, tuve la suerte de conocer al que considero mi maestro, Carlos Molyneaux. Él me enseñó todo lo que sé de fotografía. Vino a dar un taller de cómo iluminar metales y cristales. Éramos tres amiguetes que en aquella época nos juntábamos más, estábamos más interesados en la fotografía dentro del grupo de la escuela y, tras el taller que dio, le pedimos que se viniera a tomar una cerveza con nosotros. Lo embaucamos para que nos diera clases particulares. Era un apasionado de la fotografía, con lo cual no era el dinero lo que le movía. Generalmente a los artistas no los mueve el dinero. Los mueven otras cosas. Vio nuestro interés y aceptó darnos esas clases particulares a un precio más que módico. Nos preparó unos cursos en los que incluyó iluminación, cámara de gran formato, flujo del trabajo… Eran unos cursitos muy especializados donde nos explicaba específicamente los trucos de la fotografía. Fueron tres o cuarto cursos con él y ahí es donde aprendí fotografía. Mi amistad con Carlos Molyneaux no se ha interrumpido desde entonces. Así que, siempre lo he tenido como punto de referencia, siempre ha estado ahí para opinar sobre mi obra. Luego, él dejó la fotografía, se compró un molino perdido de la mano de Dios, en Ávila, y allí vive. Creo que él fue el primero que me dijo que el dinero viene y va. Y que lo importante es saber vivir con el dinero que uno tiene. Los que nos conocen a los dos dicen que nos parecemos mucho, que tenemos muchas cosas en común.

Una vez acabo los cursos con Moly me doy cuenta de que es más interesante apuntarme a cursos específicos con fotógrafos reconocidos en lugar de estar en una academia. He hecho cursos con fotógrafos españoles de prestigio como Juan Aldabaldetrecu, Luis Malibrán, Ouka Leele y, gracias a PHotoESPAÑA, con fotógrafos internacionales como Miles Aldridge, Paolo Roversi, Jamie Isaia, Eugenio Recuenco… Me queda pendiente Javier Vallhonrat. Me encantaría acudir a uno de sus talleres, pero aún no he tenido la oportunidad.

¿Cómo comenzaste a trabajar como fotógrafo?

Empecé llamando a muchas puertas. Empecé con una cartera en la mano. Iba a los pueblos, pedía listados de empresas en los ayuntamientos, entonces no había Internet, examinaba esos listados y hacía una selección de empresas que yo creía necesitarían a un fotógrafo. Pronto aprendí que vivir de la fotografía era dificilísimo, pero que ganarte unos dinerillos, un extra, con la fotografía era facilísimo. Tú vas a un polígono, llamas a la puerta de una empresa y sabes seguro que necesitan fotografías. No sabes si ya se las ha hecho alguien. No sabes si te las podrán pagar. Pero estás seguro de que las necesitan.

Cuando comencé, no tenía un sector industrial concreto. Empecé a ir por los pueblos de alrededor: Fuenlabrada, Aranjuez, Leganés, Getafe… Hacía de todo, pero, poco a poco, me fui especializando un poco más en la moda. No es que la moda me interese en especial, pero la moda te da una libertad en la fotografía que no te dan otros sectores. En publicidad, tú estás muy encasillado y dependes de una agencia. En la moda estás un poco más libre. Y me gustaba esa libertad. Otra cosa que tenía clara es que me gustaba estar con gente. He hecho muchos catálogos de productos yo solo en el estudio, pero me encanta estar en contacto con la gente. Y me encanta fotografiar gente. Y, un poco más adelante, me encasillé en ese mundo de la moda. Pero he hecho de todo: herramientas de trabajo, comida de animales, comida mexicana… Es gracioso ir a un supermercado y ver las fotos de algunos productos y saber que son tus fotos. Yo tenía un perro y, cuando iba al veterinario, me encontraba con los pósters de comida de perros que había fotografiado el mes anterior…

En Madrid, empecé a ir a empresas de moda pequeñitas. Llamas a la puerta y te ofreces de fotógrafo. Enseñas tu porfolio. Hay veces que están contentos con el fotógrafo que tienen. Otras veces quieren probar a uno nuevo. Y así conocí al que considero fue, hasta ahora, mi mejor cliente. No por el dinero, que gané dinero, sino por la libertad que me dio. Me encantaba porque estaba tan emocionado con el proyecto como yo. Hasta tal punto que decidió hacer una campaña en el metro. Y eso sí que mola. Ver tu foto de seis por cuatro en el metro al lado de los anuncios de las grandes multinacionales. Eso sí que mola. La empresa se llamaba Artenovia y hacía trajes de novia. Era una empresa de Carabanchel de toda la vida, que ya cerró. El dueño se jubiló y se cerró el negocio. Estuvimos haciendo catálogos durante cuatro años.

Hay que entender que una campaña publicitaria en el metro solo se la pueden permitir las grandes multinacionales. Pero a él se le antojó. Solamente la impresión de la foto costaba mil doscientos euros. Y el metro tiene una política: si se rompe el cartel, lo quitan y ponen otra foto. Pero, si no hay más fotos, pasan a la siguiente campaña. Y pierdes tu dinero. Así que te piden cuatro fotos para que, si se van rompiendo, las puedan ir cambiando. Cuando queda una, te avisan para que lleves más, porque, si no, te quedas sin campaña. Nosotros solo hicimos dos copias de la foto. ¿Y qué hacíamos? Yo iba todos los días al andén donde habían puesto la foto para ver si estaba bien. Si se había despegado un poco, intentaba pegarla de nuevo… Yo estaba encantado. En navidades, venían mis primos de Madrid a cenar y me decían que habían visto algunas de mis fotos por las calles. Me hacía ilusión. Además, a mí me gusta la foto en todos los momentos del proceso. Desde que se toma, hasta que se imprime y, luego, se instala.

¿Cómo conseguiste trabajar para el Ayuntamiento de Valdemoro?

A través de un amigo, me enteré de que en El Semanal habían anunciado que el Ayuntamiento buscaba a alguien para dar las clases de fotografía en la Universidad Popular. Yo pensé que no valía para dar clases. Pero, casualidades de la vida, ese mismo día o al día siguiente, me encontré a Molyneaux. Y me dijo: «Tío, te va a llenar. Te va a llenar muchísimo dar clases. Te va a encantar. Es más, vas a aprender muchísimo porque vas a estar al día. La fotografía, como muchos otros oficios, tiene muchas cosas que, si no las utilizas, se te olvidan. Pero, al estar contándolo en las clases, lo vas a tener siempre ahí». Y le hice caso. Me presenté en el Ayuntamiento y, curiosamente, nada más llegar, me dicen que les dé un currículum. Yo ya llevaba un tiempo trabajando como fotógrafo, pero jamás había hecho un currículum. Claro, el currículum de un fotógrafo es su obra. Resultó ser el primer currículum y el único que he usado en mi vida. Estábamos cuatro o cinco candidatos para el puesto de trabajo y me consta que me ayudó el ser de Valdemoro. Creo que mi currículum era bueno pero, sobre todo, les gustó que fuera de Valdemoro.

Conseguí el trabajo y entré en un aula muy pequeñita donde estaba todo muy desestructurado. Los alumnos me dijeron: «Hasta ahora, nosotros veníamos aquí. Si había luz arriba, subíamos. De lo contrario, nos volvíamos para casa». Yo entré con muchísimas ganas y me puse a dar clases. Tenía muy pocos grupos y muy poca gente. Pero, en muy poco tiempo, me vi desbordado. A los tres años, ya andaba por los cien alumnos y todos los grupos cubiertos. La fotografía es una afición que gusta a mucha gente. Y ahora, con la digital, más.

Llegó la crisis y me dijeron que tenía que reducir grupos. Cada vez tenía más alumnos y me pedían que redujera grupos. Tenía cien alumnos en las clases, otros cien en lista de espera y querían que redujéramos las clases de prácticas y pusiéramos más clases de teoría, porque así cabían más sillas. Para mí, aquello era inviable y, al final, decidí irme por mi cuenta. Todos los alumnos se vinieron conmigo porque aquello lo cerraban. Y así nació la Asociación Ncuadres. Creo que fue lo mejor para todos. Para el Ayuntamiento, para los alumnos y para mí. De hecho, estoy muy agradecido al Ayuntamiento por los diez años que estuve allí. Conocí a mucha gente e hice grandes amigos, que aún conservo. Siempre que necesito alguna cuestión relacionada con el Ayuntamiento a la hora de hacer fotos para La revista de Valdemoro, siempre me tratan muy bien.

¿Qué tal tu experiencia como autónomo? ¿Cómo funcionó la escuela de fotografía que creaste?

Me ha ido muy bien. Estoy contento. Al principio, monté una escuela, tal vez con demasiada ambición. Con muchos espacios. Un local grande. Empezaba a venir gente de fuera de Valdemoro. Venían de Madrid, de Leganés, Fuenlabrada, de la zona de Rivas… Pero ¿qué pasó? Primero, que no soy empresario, ni quiero serlo.  Yo lo que quiero es ser fotógrafo. Eso es lo que me encanta. La gestión podía conmigo. Por eso, decidí venirme a este nuevo local. Es otro concepto. Es un lugar más pequeño. Con menos gastos y más cómodo. Este espacio tiene más luz y me sirve tanto para dar clases como de estudio. Incluso se puede alquilar para rodajes. Casualmente, en este estudio, antes de que yo lo alquilara, se filmó uno de los primeros vídeos de Melendi. Javier Vallhonrat, uno de nuestros fotógrafos más internacionales, también hizo un catálogo en este estudio.

Te has creado una gran reputación como profesor de fotografía.

Me encanta la fotografía y me gusta mucho enseñar. Aprendo yo más de mis alumnos que ellos de mí. Estoy todo el día hablando de fotografía. Cuando trabajaba de fotógrafo, quería compartir con mis amigos o mi familia lo que había conseguido con tal o cual encargo y era consciente de que no podía hablar mucho del tema con ellos. No quería aburrirlos. Me temía que no iban a entender de lo que hablaba. Ahora puedo estar hablando todo el día de fotografía y sé que lo hago con gente que comparte mi pasión y sabe de lo que estoy hablando. Me encanta compartir los entresijos de un trabajo que he podido hacer y saber que los alumnos lo entienden y lo valoran. La fotografía, aunque yo no me considere un artista, es una de las artes peor valoradas. Cualquiera hace una foto. Coges una cámara y haces clic. Pero detrás de un clic, detrás de una foto, hay muchísimo más. Una buena foto puede llevarte más tiempo que pintar un cuadro. Y eso no lo valora la gente.

Cuando enseño fotografía, intento enseñarles a hacer fotos. Pero, sobre todo, lucho para que tengan una cultura visual. Les enseño a valorar una buena fotografía. Se aprende antes a manejar una cámara que a aprender a ver. Aprender a ver te lleva una vida. Yo me sigo sorprendiendo por lo que hace la luz en determinados momentos.

Decías que no te consideras un artista.

Creo que muchos fotógrafos, mucho mejores que yo, son artistas. Pero lo mío ha sido pico y pala. Yo me considero un currante de la fotografía. Un trabajador de la imagen. Ha habido gente, aquí en Valdemoro, que me ha dicho que siempre me había considerado un artista. Pero yo nunca he tenido esa percepción de mí mismo.

Has vivido de lleno la transición de la fotografía analógica a la fotografía digital.

En la otra escuela, tenía colgadas en la pared unas fotos de Kaulak, fotógrafo de aquí de Valdemoro a comienzos del siglo XX, y eran mejores de las que conseguimos ahora. La fotografía ha ido un poco en declive. Hoy en día se hace muchísima cantidad de fotografía, pero la calidad no es tan buena. En la actualidad es más barato porque no tienes que pagar cada vez que compras un carrete de fotos o lo llevas a revelar.

Mi fotografía es más analógica. Las nuevas tecnologías pueden ayudar pero, muchas veces, estropean la foto. Una imagen debe ser buena de por sí. Sin meterle efectos o filtros. Apenas uso el PhotoShop.

Has fotografiado a gente famosa.

Antes era muy complicado. Ahora es mucho más fácil. Gracias a Internet, puedes acceder a páginas web donde fotógrafos, maquilladores y artistas se encuentran para colaborar. Antes, tenías que enterarte dónde había un casting y acudir allí. En la fila, te acercabas a gente con tu porfolio y les proponías colaboraciones. Intercambiabas allí mismo el teléfono. En estas colas, conocí a bastante gente que, luego, se ha hecho famosa.

De todas esas personas, llevé a trabar muy buena amistad con el futbolista Fernando Morientes. Empecé a trabajar primero con su familia. Luego, lo conocí a él y, curiosamente, su contrato con el Real Madrid no incluía derechos de imagen. Así que, les hice muchas fotos a él y a su mujer. Pasábamos tanto tiempo juntos por el tema de las fotos que nos hicimos muy amigos. Ahora viven en Valencia y cuando voy a visitarlos me tratan como si fuera de la familia. Tuvo su gracia porque el primer día que fui a hacerles fotos a su casa en Mirasierra me recibieron con un catering. Ahí estaba yo, que, cuando me pongo a trabajar, me pongo a trabajar. Y ahí estaban los camareros del catering que cada tres minutos se acercaban a mi equipo y a mí con la bandeja para ofrecernos comida. Yo pidiéndoles que no me molestaran y ellos diciendo que tenían que ofrecerme comida porque los habían contratado para ello.

Visitaste la casa de Gran Hermano.

Sí. Aquí en el polígono hay una fábrica de colchones, Polival, y compraron allí los colchones para Gran Hermano. Yo creo que ese año habían pensado incluso vender esos colchones. Tuve que ir allí y hacer las fotos de los colchones dentro de la casa de Gran Hermano. Era impresionante. Allí está todo cubierto con cristales opacos para poder filmar todo lo que ocurre en la casa.

Luego, cuando volví a Valdemoro, fui contando que iba a entrar en la casa de Gran Hermano. Me inventé una película y luego enseñaba alguna de las fotos que había hecho para hacer creer que era verdad.

También has hecho fotos para campañas políticas.

Sí, pero siempre para la política local de Valdemoro. Empecé hace años haciendo fotos para la campaña del PSOE. En las últimas municipales hice la campaña de Ciudadanos y la del Proyecto TUD.   

Me gustaría que nos hablaras de tu trabajo en La revista de Valdemoro.

Como he dicho, José Manuel López el director de la revista, era uno de mis mejores amigos.  Cuando dejamos el colegio, nos veíamos menos. José Manuel tuvo un pub en Valdemoro, pero yo era muy punki y Valdemoro era muy «guardia civil». Entonces yo hacía más vida en Pinto o en Madrid. Igual estuvimos quince o veinte años sin vernos. Nos veíamos muy de tanto en cuanto. Un día nos encontramos por la calle. Y él me dice: «Julián, quiero hablar contigo porque tengo un proyecto». Y yo soy un pisacharcos. A mí me enseñan un charco y yo tengo que pisarlo. Me proponen algo y me lanzo. Me junto con Jose, me cuenta el proyecto y me encanta. Y no pensaba tanto en mí como en mis alumnos. Mis alumnos van a tener la oportunidad de ver todo el trabajo, desde que surge la idea hasta que se ve impresa. Les va a encantar, pensé. Luego, lo que pasa es que es eso: lleva mucho tiempo. Mis alumnos tienen sus trabajos, sus familias, con lo que no tienen todo el tiempo para hacer ese seguimiento. Hay que estar disponible el día y a la hora que te dicen los entrevistados. Y eso mis alumnos no pueden hacerlo con tanta facilidad. Al final, caen sobre mis espaldas casi todos los reportajes. Pero, también, porque me gusta. Le dedico una o dos semanas al mes y lo puedo compaginar.

Cuando José Manuel y yo nos juntamos, me propuso hacer la portada y el reportaje principal. Pero me gustó tanto el proyecto que le dije que me ocuparía de toda la revista. Y me ha dado muchísimas satisfacciones. He conocido a gente muy interesante. Me encanta que haya tanta gente que vive en Valdemoro y hace cosas apasionantes. La línea de la revista es mi línea de fotografía. La revista me da mucha libertad.

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Julián me confiesa que cuando no está haciendo fotos de trabajo, se dedica a hacer fotos para él. Me dice que le encantaría que volviéramos al trueque, que la gente pudiera intercambiar servicios en vez de pensar solamente en el dinero. Me cuenta que sueña en color, pero que tarda mucho en hacerlo cada noche porque, antes de soñar, tiene que preparar bien el lugar donde va a soñar: tiene que colocar los focos, asegurarse de que la  iluminación será la correcta, de que los decorados estarán en su sitio…

El barrio de las Hormigas

         A la guerra[1] le sigue la posguerra, y a la posguerra, la post-posguerra. Luego viene el olvido y, tradicionalmente de su mano, la preguerra. En España, mi generación pertenece al periodo de la post-posguerra que, por fortuna, es lo que más se parece a una época de paz. Gracias a la generación que nos precede, la de mis padres, pude conocer, de segunda mano, partes de la posguerra. Una serie de situaciones que, en mayor o menor medida, compartía con los amigos con los que crecí. Nuestros padres y madres venían de pueblos pequeños. Ellos habían venido a Zaragoza a hacer la mili y allí encontraron trabajo en cuanto la terminaron. Ellas habían llegado con sus familias y, con su saber hacer, lideraron un revolución que llevó a cabo la mayor conversión de familias de clase obrera a la burguesía de toda la historia.

       El barrio de las Hormigas (Yagruma Ediciones, 2017), de Antonio Pérez Martín-Tereso, es un libro delicioso, un retrato detallado de un barrio a las afueras de Madrid, cerca del pueblo de Hortaleza, en la época de la posguerra española. Dividido en pequeños cuentos cortos, el autor nos va contando sus recuerdos: cuenta cómo su padres y sus tíos compraron dos lotes vecinos  en unos terrenos que resultaron no tener permisos de edificación; cuenta cómo su padre encontró agua cavando un pozo en su parcela; relata el día en el que los vecinos decidieron cocer los ladrillos con los que cada uno construiría su propia casa…

       En un barrio tan humilde no faltaban los personajes pintorescos y a algunos de esos personajes van dedicados gran parte de los cuentos de la segunda mitad del libro. Para todos ellos, tiene el autor palabras de cariño, haciéndonos ver que cada uno de ellos forma parte del bestiario de su infancia y su adolescencia.

        La arquitectura de cada uno de los relatos es sencilla. De hecho, uno de los mayores atractivos del libro es su sencillez. Porque, cuando una historia es buena, cuando una historia es verdaderamente buena, no necesita ni fuegos de artificio ni traca final.

        De alguna manera, el barrio de las Hormigas no está tan lejos de los poblados del valle del Río Puerco a los que me referí en mi entrada de blog anterior (El oeste americano del valle del Río Puerco). Tampoco se aleja mucho de los pueblos españoles que fueron abandonados en la posguerra. Porque, aunque el barrio de las Hormigas todavía siga en pie, no es el mismo barrio del que habla el libro. El libro habla de un lugar del pasado, un lugar que ya no existe porque corresponde al estado en el que se encontraba cuando el autor era niño. Este hecho llena cada una de las páginas de un lirismo subterráneo al que se llega cavando hasta cierta profundidad, como cuando el padre del autor cavaba el pozo para obtener agua. Pero, en el último cuento, ese lirismo brota a borbotones y, es ahí, donde el autor destapa todos sus sentimientos.

        El barrio de las Hormigas es un libro sobre un lugar en un momento determinado de nuestra historia reciente. Pero, sobre todo, es un libro sobre las personas que hicieron de ese lugar una referencia vital para Antonio Pérez Martín-Tereso.

[1] No hay nada de «bello» en una guerra. Por eso, la mayoría de las lenguas romance prefirieron adoptar la palabra procedente del germánico werra, más agresiva, más onomatopéyica, más violenta que la palabra latina bellum, tan cercana formalmente de bellus que evolucionó en «bello».