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Entrevista con Teresa Humanes Hernández

El XXXV Festival de Teatro Villa de Valdemoro se desarrollará durante las tres últimas semanas de mayo, comenzando el día 8 y terminando el 30 de este mes.  Se trata del certamen de teatro aficionado más antiguo de la Comunidad de Madrid y, en esta edición, se pondrán en escena un total de 23 obras.

Cuando reflexiono sobre la supuesta crisis del teatro profesional en los inicios del siglo XXI, me viene a la mente un diálogo de Yo, Claudio, la novela Robert Graves que narraba las aventuras del célebre emperador romano. Uno de los protagonistas dice: «El teatro ya no es lo que era». A lo que su interlocutor responde: «El teatro nunca fue lo que era». En realidad, el teatro, con una naturaleza mestiza que integra varias disciplinas, siempre tuvo que competir para reivindicarse como arte. De hecho, las seis bellas artes clásicas eran la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la declamación y la danza. La declamación incluía la poesía y la música incluía el teatro.

Es posible que los teatros no muevan los presupuestos que se mueven en el cine, que, muy pronto, se convirtió en el séptimo arte. Pero también es cierto que el teatro es inherente a la condición humana, que está dentro de nosotros, que es una de las primeras técnicas pedagógicas (casi siempre inconsciente) que utilizan los padres para enseñar a vivir a sus hijos. Sí. El ser humano aprende gracias a las actuaciones de sus padres. El ser humano aprende, también desde sus primeros días de vida, a actuar. A fingir. A interpretar. A participar en cada una de las ceremonias e interacciones sociales que se nos presentan en nuestro día a día.

Tengo delante a Teresa Humanes Hernández. Como se suele decir en estas situaciones, valdemoreña de toda la vida. Si ahora tuviera 20 años, podría haber sido clasificada como activista social. Incluso como agitadora cultural. Pero ella pertenece, más bien, a la generación de «lo importante es participar». Lleva toda la vida participando de la vida social y cultural de Valdemoro. Veinte años participando con la Casa de Andalucía: adornando casetas en la feria, adornando la sede, participando en romerías. Dice que seguirá haciéndolo mientras pueda. Llegó a pertenecer al grupo de teatro Al-Mudena, de la propia Casa de Andalucía. Fue una de las fundadoras del grupo de teatro aficionado valdemoreño Tuccitania. En la actualidad, dirige el grupo de teatro Dulcinea, de la Casa de Castilla-La Mancha

¿Cuándo nació tu vocación por el teatro?

Desde muy pequeña. Recuerdo que, viviendo en la calle Pozo Chico, las amigas nos juntábamos en las casas, lo que no pasa ahora, cuatro o cinco chicas en un patio, y jugábamos a representar nuestras propias obras de teatro. Yo tendría ocho o nueve años. Una de mis amigas, Fidela, todo el mundo la conoce en Valdemoro, era frutera. Se nos ocurría alguna idea y luego poníamos cajas de fruta en el patio, acomodándolo todo como si fuera un teatro de verdad. Luego recuerdo, ya en el colegio, a mi profesor de inglés, Antonio Pérez. Un día intentó montar un grupo de teatro y me llamó para decirme que contaba conmigo para el grupo. Para mí fue el mayor orgullo posible. Creo que la primera obra que representamos fue de García Lorca. Antonio, por su trabajo, tuvo que dejarlo, pero yo ya no podía parar. Así que formamos nuestro propio grupo, Tuccitania. Recuerdo el día que fuimos a Aranjuez a registrar el grupo con ese nombre. Yo entonces tendría veintiocho años y ya era madre. Íbamos a ensayar al colegio Cristo de la Salud y mi hija se aprendía las obras de memoria porque se venía conmigo a los ensayos. Creo que se llegó a saber de memoria La casa de Bernarda Alba.

Luego hicisteis una obra basada en Calígula, de Albert Camus.

Fue una adaptación del propio Antonio Pérez, con un ambiente de gánsteres en la época de la Ley Seca. Se titulaba Joe Stampanato y la dirigió Mariano Serrano. Con él, aprendí también muchísimo. Yo me iba fijando y aprendiendo con cada obra que llevábamos a escena. Con nuestro propio grupo, nos dedicamos, además, a hacer animaciones para fiestas infantiles. En la Casa de Andalucía nos llamaban muchas veces para hacer fiestas y actividades con los niños. Hemos hecho tantas cosas y con tanta ilusión. El grupo Tuccitania sigue estando ahí, aparcado, guardado en el baúl, esperando que aparezca un proyecto y podamos llevarlo a cabo.

Fuiste Margarita de Austria, la reina consorte de Felipe III, en una de las celebraciones anuales de la Feria Barroca en Valdemoro.

Uno de los años hice de reina. Otro año, de duquesa. Otro año, participé con un papel de monja. Cuando comenzaron a celebrar la Feria Barroca, traían a grupos de actores de fuera. Pronto se dieron cuenta de que tenía sentido que fuéramos los grupos de teatro locales los que lleváramos a cabo las representaciones teatrales de la feria. Desde ese momento, participé varios años. Recuerdo que fue Isabel Mesa la que nos congregó a varios grupos de teatro de Valdemoro para proponernos la participación. Ellos mismos preparaban el guion y repartían los papeles entre todos nosotros. Y nos tirábamos ensayando desde mayo hasta octubre. Me acuerdo de que llegábamos a ensayar en la calle y en la plaza. Disfrutábamos mucho. Recuerdo cuando llegaban y nos daban los trajes que teníamos que ponernos un par de días antes de la feria. Y el primer año que participamos nos pusieron los micrófonos inalámbricos en el balcón del Ayuntamiento. Mientras formaba parte de todo el montaje yo me sentía muy orgullosa de colaborar con la Feria Barroca de mi pueblo. Y eso que fue un momento muy difícil de mi vida. Acababan de morir mis padres y, por un lado, sentía alegría y, por otro, los echaba de menos y deseaba que me hubieran visto allí. Más tarde, como el Ayuntamiento tiene su grupo de teatro con la UPV, es lógico que sean ellos los que se encarguen de la representación. Pero disfruté mucho los tres años en que participé. Me acuerdo cuando nos sentaron en los tronos dentro de la iglesia… Era todo tan emocionante.

Habéis colaborado con el Ayuntamiento cuando estaba dirigido por alcaldes de diversos partidos políticos.

Para nosotros nunca ha sido un problema. Siempre hemos trabajado con Isabel Mesa y nos ha tratado muy bien. El domingo, cuando terminaba la Feria Barroca, nos invitaban a comer y nos juntábamos todos. Era una experiencia muy bonita porque, durante la comida, nos poníamos a recordar todo lo que habíamos hecho durante toda la feria. Por el Ayuntamiento, solo siento agradecimiento. Nunca he tenido ningún problema. Además de la Feria Barroca, nos llamaron para organizar el encierro infantil, con los toros hinchables. Fuimos todo el grupo Tuccitania con los niños, en la plaza. Hicimos juegos en el albero. Es muy bonito hacer actividades con los niños. Es importante hacerles ver que en los juegos nadie gana y nadie pierde. La Asociación Valdemoro Solidario (AVALSO) también nos invitó un par de veces para trabajar con niños. En una de ellas, organizamos diversas actividades en el centro comercial durante todo el día. Hicimos juegos para los chicos, hubo pintacaras… Otra la hicimos en el parque Duque de Ahumada. Me gusta mucho participar con ellos porque es una acción social para un comedor solidario.

También has sido paje real en la cabalgata de los Reyes Magos.

Hemos salido en las cabalgatas de los Reyes Magos de Valdemoro un par de años y, sí, he sido paje real (y, a veces, rey) durante muchos años en la Casa de Andalucía.

¿Cuál es el papel que más te ha gustado interpretar como actriz?

Estoy muy orgullosa de haber interpretado papeles en las obras de Lorca. La casa de Bernarda Alba. Hice de Bernarda Alba. Me encantó. Me metí tanto en el papel. También disfruté mucho con Bodas de sangre. Las obras de Lorca son muy intensas y hay que tomárselas muy en serio.

¿Qué papel te gustaría representar?

Me gusta mucho el drama. Pero mi mayor reto sería hacer reír a la gente. Me encantaría poder interpretar un papel que hiciera que la gente se partiera de risa. Es más difícil hacer reír. Aunque fuera un papel pequeño, me haría muy feliz…

¿Vas al teatro con frecuencia?

No voy todo lo que me gustaría. Vamos a Madrid, y aquí en Valdemoro, siempre que podemos. También me gusta ir a ver las obras de los otros grupos de aficionados de Valdemoro. Cuando voy a ver las obras amateur, sufro con ellos. Desde mi butaca, les mando todas mis energías para que les salga bien la obra y para que, si se equivocan, sepan salir al paso. También me planteo cómo lo habría hecho yo. Mi cabeza no para cuando estoy en el teatro.

¿Cómo te ayuda el teatro para la vida?

Me da muchísimas fuerzas. Ha sido así siempre, pero especialmente en estos momentos de mi vida. Disfruto cada día, pero llega el miércoles, que es el día que tenemos los ensayos, y se me enciende todo el cuerpo. Desde por la mañana me pongo a preparar lo que vamos a hacer, lo que les voy a decir. Me da mucha vitalidad. Es mi diversión. Mi trabajo. Un buen complemento a mi vida. El teatro crea amistades muy sólidas. Te ríes. Disfrutas. Alimenta tus inquietudes culturales. Te hace sentirte orgullosa de lo que haces. El teatro nos mantiene activos. El teatro nos mantiene jóvenes. En el grupo que dirijo actualmente tengo a Julián, con 80 años, y a Petri, con 78. Me hace tan feliz ver cómo disfrutan. No faltan un solo día.

Ahora estás con el grupo de teatro Dulcinea, que pertenece a la Casa de Castilla-La Mancha.

Hay que recordar que somos un grupo de aficionados. Por eso, cada uno de nuestros esfuerzos y de nuestros trabajos son grandes logros para nosotros. Somos unas quince personas y, además de haber hecho representaciones en Valdemoro, hemos estado en Ávila, en Madrid, en Cuenca…

Entiendo que eres autodidacta.

Me ha gustado siempre tanto. Me gusta pensar en el lugar en el que vamos a interpretar la obra y para qué público. Eso determinará si podemos elegir una comedia o un drama. También me gusta adaptar el papel a la persona a la que se lo doy. Al ser teatro aficionado, es más interesante llevar el papel elegido hacia la personalidad del actor que lo va a interpretar. Para que esa persona disfrute más del papel y con la intención de que sea más creíble para el público. Siempre reparto los papeles del guion de acuerdo a la personalidad de los actores de los que dispongo. También analizo mucho los guiones. Tal y como están ahora las cosas, es importante intentar no herir las sensibilidades del público y no causar polémica. Intento siempre adaptar el guion a lo que yo creo que no va a dañar los sentimientos de la gente.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de trabajar con aficionados?

Las ventajas son muchas. Disfruto un montón enseñándoles lo poco que yo sé, animándoles a participar. A veces, llevar un grupo de quince personas es muy difícil. Cada uno tiene su personalidad. En el teatro hay que tener muy buen rollo. Si yo estoy enfadada contigo y tengo que salir a escena a interpretar un papel de cordialidad, no lo voy a conseguir. La gente que lo está viendo lo no va a creer. Intento que el grupo se lleve muy bien. Gran parte de mi trabajo es crear un grupo cordial, en el que todos saquen provecho de la experiencia que estamos viviendo. El día del estreno es para todos los miembros del grupo uno de los acontecimientos más importantes de ese año. Les encanta. Se entregan al máximo. Una persona, por el mero hecho de subirse al escenario, merece un respeto. Además, todos están felices con el papel que les corresponde. En teatro, es tan importante la persona que tiene dos frases como la que tiene veinte. Terminamos una obra y ya están preguntando por la siguiente.

Háblanos de tu encuentro con Yolanda Iscar.

Nos conocimos a través de Isabel Mesa, directora del área de cultura. Como escritora local, Yolanda tenía un proyecto teatral y acudió primero al Ayuntamiento para llevarlo a cabo. Quería ponerse en contacto con algún grupo de teatro aficionado. Nos presentó Isabel Mesa y cuando me contó su proyecto, coincidió que yo no tenía nada entre manos, con lo que me pareció interesante. Preparamos el evento. Era algo similar a lo que se hacía en la Feria Barroca. Trabajamos las dos con mucha ilusión y creo que lo estrenamos en Fuenlabrada. Le encantó el resultado. Más tarde lo presentamos en el teatro de Valdemoro. Trabajamos mucho juntas. Ella tenía un buen guion, pero me dio permiso para adaptarlo a la realidad del teatro y a nuestras posibilidades. A partir de ahí, Yolanda nos propuso escribir una obra de teatro para nosotros. La experiencia fue muy gratificante porque ella ya conocía a la gente que iba a participar y escribió una obra en la que adaptó los papeles a cada uno de los actores. Por eso, la obra, Secretos del destino, tuvo tanto éxito. Dio un papel hasta a su hijo, que entonces era un niño. Nos llamaron para actuar en un teatro en Madrid. Luego estuvimos representando la obra en el auditorio de Ávila, que es precioso. Fue muy especial porque, cuando llegamos, nos dijeron que allí había cantado Plácido Domingo. Para mí era un sueño. No me lo creía. Uno de los días más felices de mi vida.

Como directora, te ocupas de todo.

Como puedes imaginar, el presupuesto con el que trabajamos es muy pequeño. Intento buscar soluciones a lo que se nos va presentando, adaptándome a ese presupuesto. Buscamos decorados económicos, pero que, a la vez, puedan transportarse fácilmente y puedan adaptarse a cada uno de nuestros posibles escenarios. Hemos sido capaces de organizarnos en el auditorio de Ávila y en escenarios minúsculos en los que hemos tenido que poner unas sábanas para crear un vestuario improvisado.

¿Qué proyecto tenéis entre manos?

Ahora estamos preparando una obra que me habría gustado representar en el Día de la Mujer. También me habría gustado poderla representar durante el festival de teatro de este año. Se trata de Hay motín, compañeras. La obra se desarrolla en una cárcel. Es un motín de mujeres y cada una de las protagonistas explica las razones de su encarcelamiento. Desafortunadamente, uno de los protagonistas principales ha sido destinado tres meses fuera y tendremos que esperar a que vuelva. Supongo que esas son las desventajas de trabajar con un grupo aficionado. Pero tenemos la obra preparada (solo quedan los últimos retoques) y la retomaremos en cuanto sea posible. Estuve ojeando varias obras y, en el momento que la leí, supe que era la adecuada. Creí que la mujer merece un reconocimiento. Eso sí, tuve que hacer muchos cambios. Hay partes y diálogos que veía muy crueles. Pero, conforme iba leyendo la obra, iba viendo que los papeles les iban bien a mis chicas. Estaba leyendo y me decía: «Este le pegaría a fulanita; este a menganita…». Hay que recordar que es más difícil encontrar hombres para los grupos de teatro aficionado. La mayoría somos mujeres. A los hombres que tenemos en el grupo los cuidamos como oro en paño para que no se vayan.

¿Cómo ves el panorama de teatro aficionado actual en Valdemoro?

Hay rachas. Creo que goza de buena salud. Puede verse este mayo, en el Festival de la Villa de Valdemoro. En la última reunión que tuvimos para los preparativos, me alegró mucho ver que ahora participan muchos colegios de la localidad. Es muy bonito que los niños vayan a desarrollar la cultura en el teatro. Dice muchas cosas buenas de sus maestros.

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Pedro Calderón de la Barca publicó en 1665 El gran teatro del mundo. En este auto sacramental, posiblemente el más famoso del autor, Calderón muestra la vida humana como un gran teatro en el que a cada uno de nosotros nos toca representar un papel. Teresa Humanes Hernández nos demuestra, con su ejemplo, que la vida puede ser un teatro, sí, pero que cada uno de nosotros tenemos no uno, sino múltiples papeles: algunos principales, otros secundarios. Todos importantes. Teresa es feliz como esposa. Como madre. Como abuela. El teatro, además, despierta sus sentidos, la ayuda a desarrollar una creatividad desbordante y le permite enriquecer el tejido social de Valdemoro.

El 20 de mayo, en el teatro Juan Prado, podremos ver una pequeña adaptación-resumen de La casa de Bernarda Alba, interpretada por el grupo de teatro Dulcinea, de la Casa de Castilla-La Mancha y dirigida por Teresa Humanes Hernández.

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Entrevista con Fernando Gracia Gracia

Es fácil adivinar cómo se crearon las distintas disciplinas deportivas que conforman el atletismo olímpico. Como, probablemente, habría ocurrido con anterioridad en China, Mesopotamia, Egipto o Persia, un grupo de jóvenes soldados griegos decidió averiguar quién era el más rápido corriendo, en cortas y largas distancias, quién arrojaba la lanza más lejos y con mayor precisión, quién era más certero con el arco y las flechas. Era cuestión de ver los límites de la excelencia física y psicológica del cuerpo humano. Intentar descubrir quién podía levantar más peso, lo que se convertiría más tarde en la halterofilia, formaría parte de los primeros retos que se les ocurrieron a esos soldados.

Para dar mayor legitimidad a esos deportes, los griegos pronto los trasladaron al mundo mitológico y los relacionaron con los dioses. Dos fueron los personajes mitológicos que pudieron ponerse el mayor peso conocido sobre los hombros. El primero fue por castigo. Se trata del joven titán Atlas, que encabezó la guerra de los titanes contra los dioses del Olimpo. Tras la derrota, Zeus lo condenó a cargar con el universo de por vida. Las estatuas de Atlas que han llegado a nuestros días no hacen justicia a lo que el titán estaba condenado a levantar y sostener. Se trataba no solo de la Tierra, que entonces acababa en el océano Atlántico (allí estaría Atlas levantado y, por eso, da nombre a ese océano), sino de todo el universo. Atlas debía sostener también los cielos y todas las estrellas del firmamento. El segundo personaje que pudo levantar el universo sobre sus hombros demostró ser más astuto que Atlas. Se trata de Hércules. En una de las pruebas que debió superar para erigirse como dios, se vio obligado a robar unas cuantas manzanas de oro del jardín de Hera, algo que nadie había logrado hasta entonces. El jardín estaba cuidado y vigilado por las Hespérides, que, casualmente, eran las hijas de Atlas. Hércules se dirigió a Atlas y le propuso sostener el universo para que fuera él a coger esas manzanas. Siendo sus hijas las Hespérides, le sería más fácil. Así salió todo como se había planeado. Cuando Atlas volvía hacia Hércules con las manzanas, se dio cuenta, por vez primera, de lo ligero que se sentía y, ya delante del héroe griego, decidió no volver a cargar con el universo. Le dijo a Hércules que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo. Hércules se percató enseguida de las intenciones de Atlas y, con astucia, aceptó agradecido. «Pero, antes de irte», le dijo Hércules, «¿podrías, por favor, sujetar el universo un segundo para que me acomode la capa?». Atlas, inocente, se cargó el universo a los hombros y Hércules cogió las manzanas de oro y desapareció del plano que enfocaba a un Atlas desconcertado.

En Valdemoro, tenemos a nuestro propio Hércules, Fernando Gracia, medalla de oro en el Campeonato Mundial de Halterofilia que tuvo lugar en Barcelona en agosto de 2018. Fernando Gracia nació en Zaragoza en 1964 y vino a vivir a Valdemoro en 1994.

¿Cómo comenzó tu afición por la halterofilia?

En muchos casos, no elegimos a qué deporte nos vamos a dedicar, sino que ese deporte nos elige a nosotros. Si te apuntas a un equipo de baloncesto o de fútbol y no encuentras tu lugar en el equipo, si te apuntas a atletismo y no obtienes los resultados deseados, cambias deporte y sigues buscando hasta que encuentras uno que se te da bien. En mi caso, estamos hablando de 1979. En Zaragoza, no había muchas piscinas cubiertas y nosotros teníamos una relativamente cerca. Los chavales del barrio de la Química, en Zaragoza, un barrio obrero, teníamos la ilusión de ir a bañarnos a la piscina en invierno. Así, unos cuantos amigos decidimos apuntarnos a una de las actividades del Centro Natación Helios para poder disfrutar de su piscina cubierta. Y, como estábamos creciendo y queríamos ponernos cachas, nos apuntamos a halterofilia, siguiendo un poco a los líderes de la manada. Hala, todos los amigos a halterofilia. Y, tras un tiempo, de todos los que nos apuntamos, el único que se quedó fui yo. Las razones, ya las he dicho. Se me dio bien. En el primer torneo interprovincial en el que participé, gané un pequeño trofeo. Casi al año de empezar, con catorce, quince años, ya logré levantar cien kilos. En 1981, fui a mi primer campeonato nacional, a Madrid, y quedé tercero. Eso es lo que te va enganchando en el deporte. De lo contrario, como todo en la vida, te desanimas y lo vas dejando.

¿Tenías algún referente?

Sí. Un referente muy cercano. Otro chaval del mismo club, José Daniel Tejero, que con esa edad, había conseguido venir a la residencia Joaquín Blume (perteneciente al Consejo Superior de Deportes del Ministerio de Cultura y Deporte de España, está situada en la Ciudad Universitaria de Madrid). Cada vez que Daniel volvía por Zaragoza, traía el chándal de la selección y nos contaba que había estado compitiendo en un lugar u otro de Europa. Yo veía que mis marcas estaban muy cercanas a las suyas y mi entrenador de aquella época, Ignacio Almau, me animaba a alcanzar los éxitos de Daniel. Y lo conseguí, pero un poco tarde. Tarde, porque el equipo nacional se nutría de chavales jóvenes (17-18 años) y, cuando yo llegué al equipo nacional en 1990, estaba a punto de cumplir los 24.

Tu entrada en el equipo nacional fue, sin embargo, fulgurante.

Para conseguir formar parte del equipo nacional, tuve que ganar dos campeonatos de España absolutos (1988 y 1989) compitiendo con los levantadores que formaban parte de ese mismo equipo nacional. Cuando llegué, me metieron en el plan ADO (de la institución española Asociación de Deportes Olímpicos), un programa que se creó para las Olimpiadas de Barcelona de 1992, cuando España jugaba en la primera división económica del deporte internacional, antes de que vinieran las distintas crisis económicas. Recibí una beca y estuve internado dos años en la Residencia Joaquín Blume. Pude competir en una docena de torneos internacionales: dos campeonatos de Europa, dos campeonatos del mundo, unos Juegos del Mediterráneo, tres torneos de la Comunidad Económica Europea (gané uno de ellos, el del año 1991). También obtuve el récord de España en la modalidad de dos tiempos, levantando 170 kilos. También en el total olímpico (302 y 305 kilos), que es la suma de las dos modalidades de la halterofilia: arrancada y dos tiempos. Las cosas marchaban bien.

Pero no conseguiste participar en las Olimpiadas de Barcelona.

Poco antes de las Olimpiadas tuve una desgraciada lesión en un abductor y no hubo forma de recuperarme a tiempo. De haber podido participar, habría llegado a las Olimpiadas con 28 años y habría sido la guinda a una buena carrera deportiva. Pero no pudo ser. Volví a Zaragoza. Volví a mi gimnasio de referencia. Allí, amablemente, me habían guardado mi puesto después de más de tres años ausente. Sin embargo, ya no me motivaba como antes. Y, como al gimnasio venía mucha gente que se estaba preparando unas oposiciones, comencé a informarme de las distintas posibilidades. Así conseguí mi plaza en la Guardia Civil. Mi mayor esperanza era obtener un puesto en Madrid, donde había dejado a mi novia, Montse, a la que había conocido cuando estaba en la residencia Blume.

Interesante la metamorfosis de atleta olímpico a guardia civil.

Tuve suerte. Cuando ingresé en la Guardia Civil, gracias al Consejo Superior de Deportes, se me ofreció la posibilidad de ir destinado a un centro de enseñanza donde yo pudiera desarrollar una actividad laboral acorde a mi formación. Estuve veintidós años en el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro como instructor y monitor deportivo. En el año 2000, tuve que completar un curso de monitor de Educación Física, para el cual tuve que reciclarme completamente. Gran parte de este curso es correr, correr y correr. Y yo, para correr, nunca he sido muy allá. Pero me puse las pilas, conseguí hacer el curso a los 36 años, ya talludito, y eso me permitió continuar con mi carrera profesional dentro de la Guardia Civil.

Entiendo que dejaste aparcada la halterofilia.

En el año 2010, mi amigo Daniel Tejero me llamó y me contó que iban a comenzar con las competiciones de halterofilia para veteranos. Yo había dejado la halterofilia en 1996. Hacía catorce años. Yo ya estaba en otras historias. Pero Daniel me dijo que la primera competición para veteranos se iba a celebrar en Zaragoza y que yo no podía faltar. Me preparé, fui, competí… gané. Y volví a mis orígenes. Volví a entrenar y he ido participando en varios campeonatos de España de veteranos. Se ha ido apuntando más gente, porque, al principio, éramos unos quince. En el último campeonato de España hemos sido más de cien. Como puedes imaginar, con esto nadie gana dinero. Te tienes que pagar tú todo. Así que, ir a campeonatos del mundo, o acaso de Europa, es difícil. Pagar el avión, los hoteles… ya que vas, te llevas a la familia… El mundial de 2017 fue en Nueva Zelanda. Allí pudo ir muy poca gente. Creo que no fue ningún español.

Pero en 2018, el campeonato mundial se celebró en Barcelona.

Para ir a Barcelona ya no había excusas. Fui a Barcelona y tuve la suerte de ganar el campeonato del mundo. También hay que decir que el año 2018 ha sido un año de transición para la halterofilia mundial. Han sido muy rigurosos con el tema del doping. Hay una serie de países en los que el doping en la halterofilia está organizado a nivel estatal. Esos países han llegado a darnos muy mala fama como deporte. La mayoría son países del este: China, Rusia, Kazajistán, Bielorrusia… Todo eso amenazaba con excluir a la halterofilia del ciclo olímpico. Para evitar que nos excluyan, hemos tenido que hacer ver que vamos a luchar contra el doping de verdad. Lo primero que ha hecho la Federación Internacional es sancionar a nueve países. Coincide que esos nueve países son de los más fuertes en halterofilia. Por eso, debo admitir que yo me he beneficiado de esa sanción para ganar el campeonato del mundo. Para el año 2019, ya están todos los países rehabilitados y, por lo tanto, será algo diferente.

¿Dirías que los halterófilos españoles no acuden al doping?

La Federación Internacional ha intensificado los controles. Normalmente se coge a los tres del pódium y, por sorteo, a unos pocos más. Yo creo que en España y en muchos otros países, en la halterofilia, hay una cultura en la que nadie utiliza las técnicas de dopaje. El Consejo Superior de Deportes, por encima de la federación nacional de halterofilia, es muy estricto y recuerdo que, cuando pasé por el equipo nacional, los controles por sorpresa eran muy frecuentes. Sin embargo, hay países, Corea del Norte es un buen ejemplo, en los que los logros de sus atletas se han vendido como éxito de su modelo de estado y la cultura del dopaje se fomenta desde todas las instituciones de gobierno. De hecho, nuestra referente actual, Lidia Valentín, acaba de recibir medallas de Pekín 2008 porque muestras, que estaban congeladas, se han vuelto a analizar con unos sistemas de detección más eficaces que los que había en esos años. Si antes detectaban la ingesta de doping hasta un mes antes, ahora pueden detectarla hasta tres o cuatro meses antes de la competición. En Londres 2012, Lidia Valentín quedó cuarta. Todo el pódium ha dado positivo tras pasar los nuevos análisis. El próximo 28 de febrero, está previsto que le den el oro de Londres 2012. Pero ya no es lo mismo. Ni los beneficios económicos, ni la gloria de subirte al podio con tu bandera, ni los incentivos estatales… A España no le interesa. Si nos sacan del ciclo olímpico, la halterofilia, que ya de por sí es minoritaria, dejaría de recibir subvenciones del Estado. En España, en los últimos veinte años, ha habido dos casos de doping. Uno dio positivo, pero el otro se desestimó porque se demostró que era un error. En este deporte cantan mucho las marcas.

¿A qué categoría perteneces? ¿En cuál has ganado el oro en 2018?

La halterofilia se organiza por los pesos de los atletas y, para los veteranos, además, por edades. En el último mundial, yo participé en la categoría de menos de 77 kilos, para lo cual tuve que hacer una dieta importante porque mi naturaleza me lleva a pesar normalmente 80-81 kilos. Sin embargo, ahora han cambiado las categorías y ya no existe la de menos de 77 kilos, que ha pasado a ser de menos de 73 kilos. La siguiente categoría sería de menos de 81 kilos, la cual parece que la han diseñado a medida para mí, pues es mi peso natural. También este año cambio de categoría de edad. El año pasado competí en la categoría M4, que era para atletas entre 50 y 54 años, y este año competiré en la categoría M5, que es para atletas de 55 a 59 años. El año pasado jugaba con cierta desventaja, porque era el más viejo de la categoría. Este año, seré de los más jóvenes.

¿Hasta qué edades compiten los halterófilos veteranos?

No hay límite de edad. Yo he visto competir a gente de hasta 82-83 años. Obviamente, conforme va avanzando la edad, hay menos atletas en esa categoría.

¿Dónde es el mundial en 2019?

Este año es en Montreal. Yo me he animado gracias a mi éxito en Barcelona, pero hay que echar cuentas para ver por cuánto sale. Busco patrocinadores [sonríe]. Mi mayor problema, además, son mis rodillas. Llevo haciendo deporte desde los catorce años y mis rodillas no han descansado. Fui operado ya de menisco, con 15 años. Y la halterofilia es un deporte muy exigente. Como cualquier deporte de élite a nivel de alta competición. Exige mucho y, si no estás bien armado… Todo lo que sea hacer un poco el bruto pasa factura. Yo ahora entreno bien un día y debo pasar los dos siguientes entre algodones. Con hielo, con antiinflamatorios… y mi mujer me pregunta que hasta cuándo. Y no solo es cuestión de edad, porque hay atletas de mi edad que no tienen los mismos problemas. Cuando yo salgo a competir, me pongo unas rodilleras y, encima de las rodilleras, me pongo una venda elástica. Debajo de la rodillera, tengo que ponerme un linimento. Tengo que hacer un calentamiento exhaustivo… y luego ves a gente de mi edad que puede salir a competir sin ningún tipo de protección y no les duele nada. No están tan castigados como yo. Claro, cuando estuve en el equipo nacional, eran nueve sesiones de entrenamiento a la semana, tres días con sesión doble. Con intensidades muy altas. Con cargas muy altas. El desarrollo de la fuerza es mover kilos, no es hacer series de cien repeticiones. No. En halterofilia, las series van de una a cuatro repeticiones con cargas que van del ochenta al cien por cien de tu máximo. Eso es muy traumático para nuestros cuerpos.

El deporte es saludable hasta que deja de serlo.

El concepto que tiene la población sobre la salud que aporta el deporte es perfectamente válido mientras se haga con una intensidad moderada. Dependiendo del deporte, podemos irnos hasta una intensidad media. Pero, en cuanto nos vamos a la alta competición, el deporte deja de ser saludable. Salir a caminar, a trotar, hacer unas cuantas abdominales, apuntarte a un gimnasio para ir tres días a la semana y hacer spinning… todo eso es saludable. Subir cien kilos por encima de la cabeza es hacer un poco el bruto.

¿Crees que la práctica de la halterofilia goza de buena salud?

Creo que sí. Por un lado, ya la hemos mencionado antes, los éxitos de Lidia Valentín han dado una visibilidad a la halterofilia española que no teníamos. Ayuda el hecho de que sea mujer, de que sea guapa, de que sea simpática, de que sea muy expresiva (cuando termina un levantamiento, hace un gesto con las manos muy característico en forma de corazón). Por otro lado, gracias al crossfit, la halterofilia ha ganado adeptos. Traído de los Estados Unidos, dicen que el crossfit es la base absoluta del entrenamiento de sus marines. Llegó a España hace unos diez años y está en pleno apogeo. Un tercio del crossfit lo componen ejercicios gimnásticos, en un tercio se utilizan máquinas, remos, unas bicicletas especiales adaptadas y un último tercio lo componen ejercicios de halterofilia, además de carrera y natación. Hasta que llegó el crossfit, había unas mil licencias de halterofilia. El crossfit ha conseguido triplicar ese número de licencias. Y, como la halterofilia es un tercio del mismo, nos ha dado mucha visibilidad. Ellos hacen muchas competiciones. Atletas que empiezan con el crossfit luego pasan a la halterofilia o compaginan las dos actividades. Por ejemplo, en Valdemoro, no hay ningún gimnasio de halterofilia, pero hay, al menos, dos de crossfit. Muchos gimnasios de crossfit están montando un club adicional de halterofilia. Así ocurrió en el gimnasio de crossfit de Rivas-Vaciamadrid (Madrid-Gymnastic) en el que yo entreno. Sin embargo, debemos olvidar que las personas que practican crossfit suelen tener una edad de inicio que no les permite alcanzar la alta competición. La federación lleva unos años mejorando sus números gracias a esos deportistas, pero no hay que olvidar que, si queremos campeones olímpicos hay que empezar con chavales que comiencen a practicar a edades más tempranas y que se acerquen a la halterofilia a partir de los doce años.

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Fernando Gracia Gracia se siente agradecido con su mujer y con su hijo, su familia más cercana. Es consciente de que sus éxitos son posibles gracias a los sacrificios que hace no solo él, sino la unidad familiar. Ellos son los que soportan su mal humor, sobre todo cuando se lesiona o cuando siente esos dolores que no le permiten rendir como a él le gustaría. Son ellos los que, también, acaban adaptándose a sus comidas, a su alimentación. Eso es una batalla diaria que la familia lucha junto al atleta. También se siente agradecido con la unidad de la Guardia Civil en la que está destinado (Escuela de Especialización – Área de Idiomas), porque siempre se lo ha puesto fácil para que pueda acudir a los campeonatos.

Tras la entrevista, me voy caminando a casa con una pequeña reflexión. Fernando Gracia, los halterófilos en general, los hércules de nuestros días, tienen una gran lección para nosotros. En una época en la que todos nos vamos cargando con responsabilidades y obligaciones, a veces innecesarias; en unos tiempos en los que siempre parecemos ocupados en las más nimias actividades, la halterofilia nos enseña que ser capaces de levantar un gran peso es tan importante como saber dejarlo caer al suelo tras conseguir la marca. La halterofilia nos enseña a sacudirnos el universo de los hombros. A quitarnos cualquier peso de encima.

Amigos

Cuento de Navidad 2018

Henry Hastings, James Leigh y Wilbur Williams se conocieron y trabaron una serena amistad durante los ensayos de la versión teatral de la famosa obra de Dickens. A Henry le acababa de dejar su segunda mujer, James había dejado a la suya y a Wilbur no se le recordaba relación íntima alguna. Se reunían, durante los descansos, alrededor de una improvisada mesa de póker. Las partidas se prometían siempre interesantes: todos sabían que, siendo ellos los que interpretaban, respectivamente, al espíritu del pasado, presente y futuro, los tres recibirían una mano conjugada.

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Entrevista con Jaime García

Fotogramas – En 1994, vino al mundo Forrest Gump, un personaje que, a pesar de sus limitaciones intelectuales, se las ingeniaba para estar en el centro de algunos de los acontecimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Condecorado por varios presidentes estadounidenses, consiguió salir de Vietnam como héroe, obtuvo una medalla con el equipo olímpico de ping-pong, avisó a la policía cuando vio desde la ventana de su hotel en Washington que alguien estaba robando en el edificio Watergate y se hizo millonario al apostar por una empresa incipiente que tenía una manzana mordida como logo. En 2013, el protagonista de otra película (esta vez sueca y basada en una novela deliciosa de la misma nacionalidad publicada el año anterior), El abuelo que saltó por la ventana y se largó, superaba a Forrest Gump. Alian Karlsson, así se llamaba el mencionado abuelo, decidía escaparse de su asilo el día de su centésimo cumpleaños y recordaba sus aventuras vitales en la guerra civil española, en la Revolución china, en el desarrollo de la bomba atómica que se lanzó sobre Hiroshima, en la escalada armamentística de la Guerra Fría…

Retrato – Jaime García se sienta enfrente de mí, en una mesa en la Taberna de Sole. Yo tomo un café con leche y él un refresco de cola. La entrevista sale fácil. Pasamos casi dos horas juntos, pero podrían haber sido más. Jaime responde a todo con generosidad. Tiene sonrisa de pícaro. Esa sonrisa que uno se aprende en la calle. Jaime llegó a vivir a Valdemoro hace unos trece años. Jaime García lleva más de veinticinco años trabajando como fotógrafo para el diario ABC. Ha fotografiado a Leopoldo Calvo Sotelo, como expresidente, y a Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez como presidentes de este país. Ha fotografiado a toda la familia real. Ha asistido a muchas de sus bodas reales. Ha cubierto las noticias de política nacional de las últimas décadas, recorriendo los pasillos del Congreso y haciendo guardia en los alrededores de las Cortes. Ha pasado allí tantas horas que los leones de la entrada le sonríen cuando se acerca. Jaime García fotografió las playas del chapapote, el funeral de Miguel Ángel Blanco y los atentados terroristas de la estación de Atocha y sus alrededores; el año pasado, acompañó a la policía en el dispositivo del 1 de octubre en Barcelona… Jaime García lleva más de veinticinco años estando en el centro de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de España.

Blanco y negro – Jaime García nació en Asturias. La familia se trasladó a Murcia y Jaime vivió allí parte de su adolescencia hasta que se fue a Ibiza para hacer la mili. Tras el servicio militar, se quedó en Ibiza trabajando en la hostelería. De allí se trasladó a Málaga… Jaime comenzó a dedicarse al periodismo fotográfico cuando ya había cumplido los veintiocho años, cuando se vino a vivir a Madrid. Empezó como fotógrafo independiente que cobraba cada vez que conseguía publicar una foto en el periódico. Pasaba gran parte de su tiempo en el aeropuerto, esperando la llegada o la partida de las celebridades del momento. Sin embargo, nunca acosó a famosos. Solo recuerda una vez en la que, formando parte de un grupo de fotógrafos esperando en la calle tras la muerte de Antonio Flores, Lolita les increpó que se marcharan, que respetaran la privacidad de su familia.

Panorámica – Cuando Jaime empezó a trabajar para ABC, a comienzos de la última década del segundo milenio, los periódicos todavía eran a blanco y negro. Eran buenos tiempos para la prensa escrita. Los periódicos deportivos podían vender dos millones de ejemplares diarios y los rotativos nacionales punteros podían llegar al millón. Las redacciones podían tener cientos de trabajadores fijos y otros tantos colaboradores externos. Jaime vivió esos últimos años en los que la venta de periódicos y los ingresos por publicidad reportaban grandes beneficios. Desde entonces, los periódicos nacionales tuvieron que enfrentarse a numerosas dificultades. Comenzó la competencia de la prensa gratuita que recibíamos a la entrada de las estaciones y de algunos supermercados. Luego llegó internet y la población mundial se acostumbró a disfrutar de las noticias sin pagar. Por último, llegaron las fake news y la era de la desinformación. Cerraron muchos periódicos. Las redacciones de los rotativos supervivientes se vieron mermadas progresivamente y los colaboradores externos cada vez debían hacer más por menos dinero. Cada reestructuración suponía pérdidas de empleos y de derechos adquiridos a lo largo de los años.

     Tecnológicamente, la fotografía de los diarios también ha cambiado mucho. Alrededor de 1998, la mayoría de los periódicos nacionales incorporaron las fotografías en color. Luego llegó la fotografía digital y, gracias a ella, todo el mundo se creía capaz de hacer fotos. Cuando el ciento uno por ciento de los españoles acabamos agregando a nuestro cuerpo durante las veinticuatro horas del día ese apéndice conocido como teléfono móvil con cámara de fotos y vídeo incorporada, todo pasaba a ser susceptible de ser fotografiado en cualquier momento del día y de la noche. Han sido tiempos difíciles para los fotógrafos de prensa, que han sido sustituidos en muchas ocasiones por transeúntes anónimos.

Fotos movidas – Aunque la mayor parte de su trabajo en los últimos años ha girado en torno a la escena política nacional, que es donde los periódicos como ABC pueden defender su identidad y su existencia, Jaime García ha viajado con el periódico por diversos lugares de la península ibérica y del globo terráqueo. Recientemente se trasladó a Marruecos para ilustrar un reportaje sobre el país norteafricano. Jaime vino conmovido. Fue testigo del sinnúmero de personas sin trabajo que se hacinan para cruzar a Europa. Observó a numerosos grupos de jóvenes, sin futuro, inhalando trapos empapados en disolvente…

     Jaime se trasladó a Galicia durante la crisis del Prestige. Bajó a las playas cada mañana, de madrugada, y respiró la negritud de un petróleo que se extendía por todas las partes. Recuerda la hilera de voluntarios que desfilaba hacia las playas a punto de mañana, todos de blanco y cómo esas hileras volvían desordenadas y sucias al final de la tarde. Jaime recuerda también su viaje a Afganistán, posiblemente el lugar más alejado de España que ha conocido. Alejado en la distancia, pero, sobre todo, alejado en el tiempo. Afganistán sigue en la Edad Media en tantos sentidos. Recuerda cómo acompañaron a la misión de soldados española y recuerda cómo se comportaban los lugareños con los que se iban topando. Recuerda el poco valor que tenían allí las niñas y las mujeres.

Carretes velados – Posiblemente, uno de los días más duros de la vida de Jaime García fue cuando tuvo que cubrir los atentados terroristas de la estación de Atocha. Cuando se dirigía a la estación, vio que en la línea férrea paralela a la Calle de Téllez había habido más explosiones. Llegó allí antes que la policía. Vio cómo los servicios de emergencias prepararon un hospital de campaña en las instalaciones del Polideportivo Daoíz y Velarde, a unos cincuenta metros del lugar de la explosión. Hubo compañeros que dejaron las cámaras y se pusieron a ayudar. Él siguió tomando fotografías. Él siguió haciendo lo que sabe hacer. Alguien debía documentar ese momento y él se puso a hacerlo sin pensar. Sin sopesar las consecuencias de todo lo que estaba ocurriendo. Guardó la compostura mientras estuvo trabajando. Logró sacar adelante el reportaje. Fue al día siguiente, durante los días y semanas siguientes cuando a Jaime le dio el bajón como consecuencia de todo lo que había presenciado. Fue entonces cuando se planteó si debería haber aparcado la cámara a un lado para consolar a las víctimas que habían sido trasladadas temporalmente al polideportivo. Está seguro de que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, le habría quedado la misma desazón.

Instantánea – El 6 de mayo de 1998, Jaime García recibió el premio Mingote de fotografía. A su lado, el escritor Fernando Arrabal recibía el premio Mariano de Cavia y el periodista José Antonio Zarzalejos, el premio Luca de Tena. Había tomado la fotografía por la que ganó el premio en la última manifestación previa al asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Selfie – Jaime recuerda los años cuando viajaba para hacer un reportaje y, cada noche, convertía el baño de su habitación de hotel en un cuarto oscuro de revelado. Recuerda que los carretes de las cámaras analógicas tenían un número limitado de fotos y que cada foto llevaba su proceso antes de tomarla. Hoy en día, con las cámaras digitales, se pueden tomar seis fotos por segundo. Como periodista fotográfico, se autodefine como un francotirador. Apostados en los rincones adecuados, los periodistas del Congreso esperan el momento preciso para hacer la foto adecuada. Esa foto que consiga distinguir a su periódico del resto de rotativos.

     David Simon, experiodista y creador de la serie televisiva Bajo escucha (The Wire) vaticinaba recientemente que la crisis del periodismo y el cierre de tantos periódicos locales iba a suponer un menor control periodístico de las políticas municipales y nacionales y, con ello, mayores posibilidades para la corrupción. Es necesario que los periódicos y la prensa en general sigan teniendo profesionales con un bagaje como Jaime García, personas que conocen la profesión y no se dejan engañar fácilmente. Jaime lo explica con un ejemplo tan gráfico como el de las manifestaciones ciudadanas. El fotógrafo experimentado sabe dónde colocarse. El fotógrafo con experiencia sabe que no debe ponerse a correr detrás del primer escarceo entre la policía y los manifestantes. El fotógrafo profesional sabe que debe esperar para captar la mejor fotografía de ese momento.

    Su experiencia le permite también seleccionar las fotografías que manda de inmediato a redacción. Dice que, si mandas la mejor foto a redacción, allí, la cuelgan enseguida en internet y el resto de los diarios pueden conseguir la misma o una foto similar. Jaime dice que, cuando le piden que mande fotos, él sabe seleccionar unas imágenes para la ocasión. Pero le gusta guardar una serie de fotografías para la tarde, para que, ya en la redacción, puedan seleccionar imágenes frescas, que no hayan sido agotadas por los medios de comunicación durante el día.

GoPro – Jaime se confiesa un viajero incansable. En vacaciones, disfruta yendo a bucear con su mujer a diferentes lugares del mundo y, en su tiempo libre, aprovechan para hacer senderismo, subir a la montaña y caminar en la naturaleza. Ambas aficiones podrían permitirle seguir con su pasión por la fotografía, pero Jaime confiesa que, cuando va a bucear o cuando sale a la montaña, prefiere disfrutar cada fotograma que le brindan sus ojos, cada panorámica que le permite su campo de visión. Es el momento de dejar la cámara en casa.

Polaroid – Me confieso una especie en extinción. Busco siempre las cafeterías que tienen periódico para poder repasar la prensa diaria. La semana pasada, bajé a por comida china al Merry City y, esperando mi pedido sentado en el sofá del establecimiento, me encontré con el ABC del día. Lo habían comprado para leer la noticia sobre la visita de Xi Jinping, presidente de la República Popular de China, a nuestro país. Repaso el periódico de arriba abajo en busca de una foto cuyo autor sea Jaime García. La encuentro en la página 2. Xi Jinping saluda a Pedro Sánchez en la Moncloa. Se chocan las manos mientras la cabeza del intérprete chino aparece, como una marioneta risueña, en el hueco de la foto que queda entre los dos mandatarios. Jaime García me arranca una sonrisa.

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Entrevista con Nauzet Hernández

Cuando Nauzet Hernández tenía diez años, se encerraba en la habitación de sus padres a oscuras, encendía el equipo de música, colocaba en el giradiscos el vinilo de Beethoven que le había traído su padre de uno de sus viajes, lo ponía a todo volumen, se acostaba en la cama de matrimonio y se ponía a disfrutar. A gozar. Escuchaba la música y sentía cómo se estremecía cada una de las partes de su cuerpo. A tan temprana edad, se consideraba un privilegiado porque era consciente de que no todo el mundo podía obtener ese placer cuando escuchaba música. Ahí tumbado, soñaba con que algún día compondría música que en el futuro pudiera estremecer a un niño, o a muchos niños, de la forma que Beethoven lo había estremecido a él.

Unos cuantos años más tarde, Nauzet Hernández dirige una empresa, eFectrix, que crea música para la televisión (Hora punta, El programa de Ana Rosa, Supervivientes…). Se siente afortunado. Es posible que no haya cumplido el sueño del Nauzet de diez años, pero es consciente de que ese sueño era importante entonces, pues le ayudó a ser quien es hoy en día. Ese sueño le permitió mantener una relación de por vida con la música, con todos los placeres y con todos los sinsabores que nos puede aportar una relación, y ese sueño le condujo al momento en el que se encuentra, viviendo de la música que compone, concibiendo, diariamente, nuevos retos artísticos y comerciales.

Nacido en Tenerife, Nauzet llegó a Valdemoro hace diez años. Aquí vive con su esposa desde entonces. Aquí nació su hijo. Aquí ha encontrado un buen lugar donde vivir.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición/gusto/pasión por la música?

Hay que tener en cuenta que el folklore canario sigue muy vivo y hay mucha gente joven interesada en mantenerlo vivo. Recuerdo que, desde niño, mi familia materna y mi familia paterna se juntaban con frecuencia para hacer fiestas y allí nunca faltaba alguien que tocara una guitarra o una bandurria y siempre había música tradicional canaria tocada y cantada en vivo. Supongo que este hecho contribuyó a mi afición temprana por la música. Según cuentan mis padres, desde muy pequeño, cantaba entonando muy bien las canciones de anuncios y demás canciones que veía en la tele. La verdad es que no hay un punto de partida del que yo fuera consciente, pero recuerdo que, a eso de los seis años, ya iba a clases de órgano.

¿Estudiaste órgano durante muchos años? ¿En qué consistió tu formación?

Estudié órgano durante unos años, la verdad es que no recuerdo cuántos. Sé que antes de cumplir los diez ya estaba estudiando en el conservatorio y terminé haciendo saxofón, canto y piano. Cuando cumplí los diecisiete, me entró la curiosidad por la armonía moderna. He pasado por géneros tan conocidos como el pop o el rock y, hoy en día, sigo indagando acerca de la composición de música más enfocada al cine y a la televisión.

La música te ha dado muchas satisfacciones.

Ahora, en algunas ocasiones, maldigo la música. Me da rabia conocer tantos aspectos del mundo de la música. Me fastidia haber escuchado tanta música. Echo de menos el placer que sentía cuando escuchaba música en mi infancia. Entonces… todo era nuevo. Yo estaba aprendiendo y no entendía los procesos, los recursos, las razones de los músicos para componer como componían. En mi aprendizaje, tenía muchísimas preguntas. Ahora tengo demasiadas respuestas, entiendo cómo se hace y por qué se hace así y me divierto menos. Ahora entiendo las razones de Beethoven. Ahora entiendo muchas de las razones de Miles Davis, otro músico que, en su momento, me fascinó también. En cierto sentido, hacerse mayor no es bueno para un músico. Ya no disfrutas las cosas como la primera vez. Ya no tienes las emociones tan nuevas. Le pongo música a mi hijo de cuatro años y cada cosa que le pongo es nueva para él. Pero yo ya no siento igual. Fíjate, no me gustaría que mi hijo se dedicara a la música. He tenido fases de mi vida en las que la música me ha atormentado. Para mí, la música es cultura. Y, sin embargo, la música acaba prostituyéndose. Acaba convirtiéndose en puro entretenimiento y abandona a la cultura. Para mí, eso es triste porque yo me dedico a la música.

Háblanos de algunos de los grupos a los que has pertenecido o con los que has colaborado.

Nombrar colaboraciones, producciones o actuaciones en directo con cada uno de los grupos o proyectos que han pasado por mi carrera sería casi imposible. Incluso sería incapaz de acordarme de todo. Atrás quedan proyectos tan distantes como Lacara, mi primer proyecto de rock cuando llegue a Madrid; o mi colaboración con grupos folklóricos como la agrupación de música popular canaria Los Sabandeños; o mi trabajo con Mad Division, un grupo madrileño que fusionaba rap y reggae.

Ahora trabajas en televisión. ¿En qué consiste tu trabajo?

Nos dedicamos a cubrir todas las necesidades musicales de productoras que hacen programas de televisión. Hacemos sintonías para cabeceras, fondos musicales para ambientar cualquier tipo de situación, ráfagas de sonidos, entrada y salida de invitados, posproducción de audio, reparación de audios de grabaciones en exteriores… un sinfín de cosas de las que, muchas veces, el telespectador no se percata, pero que siempre están ahí y, a la vez, son imprescindibles para la producción de los programas.

¿Te consideras un músico original?

Creo que en España tenemos una asignatura pendiente con el tema del sonido de la música que grabamos. No es una cuestión de que lo hagamos bien o mal, sino que tenemos nuestra propia escuela y nos resulta difícil salir de ahí. A veces pienso que todos los discos que se hacen en España suenan igual. A Italia le pasa algo parecido. Escuchas discos grabados en otros lugares y todos tienen conceptos novedosos de cierto interés. Pero, en España y en Italia, estamos un poco estancados. Y a la gente como yo, que intentamos hacer algo diferente, nos cuesta mucho porque acabamos trabajando con gente de aquí que está acostumbrada a ese tipo de sonido. Aunque aquí usemos los mismos compresores que se utilizan en Estados Unidos, aunque se use el mismo tipo de mesa de mezclas, los mismos micrófonos, el mismo cableado, por mucho que queramos imitar el equipo técnico, al final, el ingeniero español tiende a dejar las cosas muy limpias. Y, sin embargo, el ingeniero de sonido estadounidense, que representa el estándar de la industria, busca mayor sencillez, utiliza técnicas menos rígidas, suena todo más suelto, más natural… y eso es muy difícil de encontrar en una grabación española. Apenas experimentamos. Hay incluso grupos españoles que se van a grabar al extranjero y luego se vienen a mezclar aquí con su ingeniero de toda la vida y todo acaba sonando igual. Esto puede verse también en el tipo de música que yo hago, en la música para televisión: las cabeceras, las entradas de invitados, las salidas… suena todo muy similar. Sin embargo, si ves, por ejemplo, el programa de MasterChef, que debe seguir el formato que viene de Estados Unidos a rajatabla, te das cuenta de las diferencias. En MasterChef, las cámaras deben obedecer a la secuenciación de los planos establecidos por el programa. Aunque el equipo técnico sea español, debe seguir unas pautas. No pueden inventar nada. Gran parte de la música viene de una biblioteca de sonidos preconcebida y creada para el programa. Escuchas esos sonidos de MasterChef y te das cuenta de que están a otro nivel. Yo lo siento diferente. Mi objetivo, cuando hago música, es no parecerme a otro. Quiero conseguir ese efecto, quiero alcanzar esa diferencia. Me gustaría que el director de ese programa se percatara de que está trabajando con un producto diferente. Para mí, es una búsqueda constante de ideas.

¿Has trabajado para el cine? ¿Te gustaría componer bandas sonoras?

He trabajado en algunos cortos. Posiblemente, en estos momentos, lo que más me gustaría es componer música para el cine. Pero es muy complicado. Los directores de cine trabajan siempre con la misma gente. Los entiendo. Si yo fuera director de cine, también jugaría sobre seguro, pediría consejo a colegas del oficio para que me recomendaran a los compositores en los que se puede confiar. Los directores de cine arriesgan con otros aspectos de la película, pero con la música no se la juegan. No sé si es porque no le dan a la música toda la importancia que le deberían dar o porque se la dan y no quieren jugársela. Por eso es muy difícil. Trabajar como compositor de bandas sonoras sería posible si comenzara a componer con alguien que empieza como director. Y, si esa película funcionara, ya podrías continuar como compositor para otros realizadores.

¿Hay algún compositor de bandas sonoras que te guste en especial?

John Williams. Por ejemplo, el tema de ET, la banda sonora es brutal. Ya no queda gente así. Sobre todo, porque no estamos preparados como él. Ese tipo de compositor que se sienta al piano junto al director, este le explica una escena y Williams se pone a tocar para él. Y, luego, me encanta cómo pasa las melodías y las ideas del piano a la orquesta sinfónica. Hoy en día, ya no se sienta el compositor con el director para componer una banda sonora. He visto hace poco la película Del revés, de Pixar, me gustó mucho la película y la banda sonora me pareció especial.

Háblanos de Pianet.

Pianet es un proyecto muy personal. Sé que nunca va a pasar nada, pero lo hago para que quede ahí. Para que mi hijo pueda guardarla y pueda enseñársela a mis nietos. Al principio, no tenía ni nombre. Yo estaba componiendo algo para la tele y, de repente, había una idea, un riff de piano, algo que me pareciera interesante y lo guardaba. Creé una carpeta con todas esas ideas que guardaba en el escritorio del ordenador. Y, el día que estaba más inspirado, me ponía un micrófono delante y comenzaba a cantar melodías sobre lo que tenía grabado. Y, lo típico, llegaba algún colega músico al estudio, se fijaba en la pantalla de mi ordenador y me preguntaba qué tenía en esa carpeta del escritorio. «Nada, chorradas», le decía yo. Lo escuchaban y me decían que les gustaban, que les parecían muy interesantes. Me fueron animando y acabé grabando un disco, un EP, con cinco, seis canciones, en mi estudio y lo colgué en las plataformas digitales. Esto fue en 2015. Luego, un amigo que tiene una productora de vídeo me viene y me dice que grabemos unos vídeos con las canciones. Ensayamos las canciones, fuimos al estudio de un colega que tiene un espacio más grande y grabamos el disco en imágenes. Y esos vídeos se los mandé a mis colegas para que los vieran. A partir de ahí, me llegaron varias propuestas de agencias de management. Una de ellas llegaba de Miguel Corral, de December Management, que son lo que llevaban a los Sunday Drivers. Miguel movió el material y, al final, grabamos un disco con Warner e hicimos una gira por toda España, que incluyó varios festivales. Fue una gira de año y medio. El último concierto lo dimos en diciembre de 2017 en Bilbao. El disco lo publicamos en junio de 2016 y se titula Watercolor. Tiene diez canciones y dos movimientos de piano. Nos grabaron un concierto en Radio 3 que emitieron por televisión. Ahí dejamos el proyecto aparcado por el momento. Sé que seguiré componiendo música como Pianet, pero no tengo tan claro si me gustaría ir de gira.

¿Cómo concibes tus conciertos?

Hace unos años, fuimos a un concierto de Ben Howard en el circo Price. Pagamos unos cuantos euros por cada entrada y nos imaginábamos que la sala iba a estar vacía. En ese momento, Ben Howard no era un músico popular y hacía música muy personal. Me llevé una grata sorpresa cuando nos encontramos con el circo Price de Madrid lleno de gente que había pagado un buen dinero para ver a un músico que a mí me gustaba. Fue un gran concierto y deseé que Pianet fuera algo similar. Que tuviera un público sin tener que hacer concesiones al mismo. Pero, hoy en día, es muy difícil. La industria acaba arrastrándote hacia lo comercial. Además, los festivales han reventado la industria del directo. Hay muchos grupos en España que lo hacen bien, pero no pueden hacer una gira. No pueden vivir de su música. Un festival cuesta el doble de lo que cuesta la entrada para ver un grupo en una sala, pero en el festival puedes ver ese grupo y treinta más. Sin embargo, en un festival, el público no va a verte a ti. Van a ver a todos los grupos. Y esto desvirtúa la música.

¿Cuáles son tus próximas metas?

No tengo una meta. Yo todos los días me coloco en la casilla de salida. Tengo un trabajo que me da muchas satisfacciones. Tiene una parte comercial que no me gusta, pero que es imprescindible para poder llevar a cabo la parte creativa. Entre la familia y ese trabajo se me va la vida. Pianet es un buen ejemplo. No sé cuándo lo voy a continuar. No sé siquiera si lo voy a continuar… Intento ser feliz en cada momento. Eso es lo que me ha importado siempre. La felicidad me ha llevado por donde voy ahora. No por donde iban mis sueños. Antes sacrificaba mucho tiempo de mi vida social, de pasar tiempo con los amigos, por la música. Porque creía que la música me podía dar más que un amigo y, ahora, pienso todo lo contrario. Creo que mi hijo, que mis padres, que hay gente que me aporta mucha más felicidad que la música. Me siento afortunado por poder dedicarme a lo que me gusta, pero, ahora mismo, mis prioridades son otras. Si ahora pudiera elegir una vida perfecta, tal vez decidiera volverme a Tenerife, cerca de los míos, viviendo al lado del monte para que mi hijo creciera cerca de la naturaleza y de su familia. Allí compondría en mi estudio y mandaría mis composiciones a Madrid por internet. Así tendría una vida más tranquila. Pero, luego, lo pienso y aquí estoy bien. Llevo ya siete años con la empresa, me va bien, mi hijo crece a gusto en Valdemoro, tiene aquí a sus amigos… Tenemos la vida aquí y quién sabe si mi vida perfecta en Tenerife sería tan perfecta como la imagino…

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Merece la pena escuchar las canciones de Pianet y pueden encontrarse fácilmente en internet. Pertenecen a ese tipo de producciones artísticas que tienden a recomendarse más con el boca a boca y menos frecuentemente a través de una radio-fórmula. Son melodías que no pasan inadvertidas. Nauzet y yo salimos de la cafetería donde nos hemos entrevistado y partimos en direcciones opuestas. Durante nuestro desayuno, hemos reflexionado sobre el artista y su creación, sobre la caducidad del artista, sobre la relación, de placer y dolor, entre el creador y su disciplina artística, sobre el derecho, y la obligación, que todo ser humano tiene a buscar su propia felicidad.

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Entrevista con Los Pantoja

Los Pantoja son una nueva, –y fresca-, banda de rock que acaban de presentarse en sociedad con un disco epónimo y dos conciertos, uno en La Sala y otro en las fiestas de mayo de nuestra localidad. Cuatro de sus cinco miembros, Víctor D. Pantoja, Javier Mayor, Daniel Gómez y Agustín Pérez Varo, son valdemoreños de toda la vida. Pronto vieron la necesidad de encontrar otro guitarrista, para liberar un poquito a Víctor, el cantante, y para dar brillo a los ritmos de la guitarra de Agustín, y así se incorporó al grupo Jorge Biurrun. De las canciones del disco, han decidido colgar en YouTube Amor de calavera, a modo de primer sencillo y están sonando en Onda Madrid.

A la entrevista, acuden Agustín y Víctor. Me encanta, parece que no hayan venido a hablar de su disco. Hemos comenzado a hablar de música y se sienten cómodos hablando de algunos de los grandes de la historia del rock español. Salen en la conversación Miguel Ríos, Héroes del Silencio y Bunbury, Platero y Tú y Fito y los Fitipaldis. También apuntan hacia bandas más recientes como Los Zigarros…

Hablar de nuestros grupos favoritos es algo que muchos de nosotros hacemos durante nuestra juventud, pero solo los verdaderos amantes de la música continúan hablando de solistas y bandas, con la misma pasión, toda su vida. Todo esto me lleva a imaginar que, fácilmente, de la fuente de la eterna juventud no saliera agua, sino música.

Entonces, ¿no habéis venido aquí a hablar de vuestro disco?

Víctor: Cuando hablamos de otros músicos, de otros discos, de la música que nos interesa y que nos gusta, en esos momentos, en muchos sentidos, estamos hablando también de nuestro disco.

¿Cuándo nacen Los Pantoja?

Víctor: Los Pantoja nacen con otro nombre aun siendo el mismo proyecto. Agustín y yo estábamos tocando en una banda anteriormente, con Pepe Fernández, un compositor de Pinto muy bueno. La Hormiga Afónica se llamaba la banda. Yo me dedicaba a poner las voces, empecé a componer alguna canción. De hecho, Amor de calavera, la canción que se puede escuchar en YouTube, está compuesta por los dos, por Pepe y por mí, y así está registrada. Yo tenía la necesidad de hacer otras cosas, llevar a cabo un proyecto diferente. Compuse tres o cuatro canciones y pronto vi que esas canciones eran diferentes. Se las enseñé a Agustín primero. Luego me puse en contacto con Javi Mayor, que ya había tocado la batería con Agustín en la época del Sindicato del Crimen. Empecé a buscar músicos. Conocía bandas en Valdemoro y sabía a quién quería tener en la nueva banda.

Agustín: A la hora de formar la banda, Víctor tuvo la suerte de disponer de una cantera de amigos importante; la mayoría de nosotros hacemos música. Para otra gente, puede ser difícil conseguir músicos para tu banda en tan poco tiempo. Todos somos de Valdemoro. Todos tenemos ya un bagaje, todos hemos hecho algo. La banda funcionó desde el primer día.

Víctor: Contacté con los músicos con los que me apetecía tocar, les enseñé un poco el proyecto y se sintieron interesados. Y de ahí salió el grupo Toma 13. Tal vez porque ocurrió en 2013. Empezamos a trabajar, nos pusimos a componer más canciones, pero el nombre no nos llegaba a convencer. Pasó a llamarse Señor Naranja. Como uno de los protagonistas de la película Reservoir Dogs, el señor Naranja. Queríamos llevar una estética Tarantino, muy de negro, y, en ese momento, nos metimos a grabar.

Agustín: El nombre Señor Naranja tampoco nos convencía. Además, nos daba problemas porque había varias bandas con el mismo nombre, una de ellas, Sr. Naranja, en Madrid y, encima, acababan de sacar un disco. Nos encontrábamos con el problema de que íbamos a un evento y nos confundían con la otra banda. Se dio la anécdota de que nos llamaron de una emisora de radio de Uruguay y, cuando nos hicieron la entrevista, pincharon la música del otro Sr. Naranja. Habíamos decidido grabar un disco y era el momento de definir el nombre del grupo.

Y lo decidisteis antes de grabar el disco.

Agustín y Víctor (a la vez): Lo decidió el productor.

Víctor: Lo decidió Candy Caramelo. Además, me acuerdo, fue antes de empezar la preproducción del disco, estábamos empezando a escuchar los temas, y Candy apunta en un papel «Señor Naranja» y dice: « ¿Estáis abiertos a cambiar el nombre? Porque si estáis dispuestos, yo le doy un par de vueltas…» El primer día del trabajo de producción, viene y dice: «Escucha, ¿os gusta Los Pantoja?» Y dijimos todos: «Los Pantoja, tío, ¡vamos a parecer folclóricos!». «Pues a mí me parece muy punki que un grupo de rock se llame Los Pantoja», dijo Candy para acabar de convencernos.

Agustín: Déjame recordarte que, además, el apellido de Víctor es Pantoja. En ese momento, cambiamos el nombre a Los Pantoja, pero el proyecto seguía siendo el mismo. Los cuatro mismos músicos. El cambio de nombre tenía también motivos comerciales, de mercadotecnia.

Víctor: Candy me lo puso muy claro un día: «Mira, si voy a un concierto y me gusta una canción, el título de la canción no lo voy a recordar. El nombre del grupo, si es Señor Naranja, es ambiguo y, si, encima, hay más grupos con ese nombre, va a ser difícil que la encuentre. Ahora, si tú vas a ver un grupo que se llama Los Pantoja, ese es un nombre que no se te va a olvidar fácilmente». Eso sí, por si acaso, cuando firmamos con la promotora del disco, les pedimos que se aseguraran de que la estética no tuviera nada que ver con la familia Pantoja. Y, para ese trabajo, nos hemos juntado con Paco Martín, don Paco Martín, que lo es todo en la promoción de rock en España desde los años ochenta. Y creo que el diseño del disco ha quedado estéticamente contundente, elegante, serio…

Agustín: Incluso a mí me parece atemporal. Es una portada que podría haber salido hace veinte años, pero no se ve antigua. Podría ser también de nuestros tiempos.

¿Qué contáis en vuestro disco?

Víctor: En las letras hablo básicamente de dos cosas. En muchas canciones hablo de un amor romántico canalla, hablo de un amor vivido desde la estética rock.

Agustín: Son letras basadas en experiencias personales.

Víctor: Por ejemplo, en Habitación número 3, en el hotel más cutre, tras pintar un escenario muy tétrico, hay una ruptura y el protagonista no consigue lo que esperaba.

Agustín: Pero es también un disco optimista.

Víctor: Sí, además, además de ese amor canalla, hay canciones de aliento. Hablamos de la fuerza interior, de la posibilidad de sobreponerse ante la dificultad. Así es Trece, la segunda canción del disco. Cómete el mundo va en la misma línea. La canción dice: «Son las huellas de tus pies las que marcan tu destino…» No debemos tener miedo al error. Y, si lo hay, que la equivocación sea nuestra. Porque, cuando tienes un sueño, no te da miedo equivocarte.

Me habéis contado que cada miembro del grupo tiene influencias diferentes.

Agustín: Yo vengo del rock de los ochenta. El rock americano de esa época, Guns N’ Roses, ese rock es lo que más me gusta. Pero es verdad que cuando tocas un instrumento, acaban gustándote muchos tipos de música. Javi tiene influencias más pop, como puede ser The Police,- Sus baterías favoritos son Vinnie Colaiuta y Stewart Copeland.

Víctor: Es un batería muy técnico, contundente, pero muy técnico. Le gusta mucho esa batería estilo americano muy trabajada.

Agustín: Dani es más del rock urbano, el lado más punki de la banda. El más underground.

Víctor: Le gustan mucho los Ramones.

Agustín: Jorge es el que tiene una carrera artística más dilatada, porque ha trabajado con artistas de primer nivel, y toca muy bien el blues y el jazz.

Víctor: En mi caso, la influencia más importante que tengo ahora puede ser Leiva. Es muy completo a nivel musical, por cómo escribe, por cómo cuida su sonido. Claro, si te pones a indagar, descubres que Leiva ha estudiado todo lo que se ha hecho antes, conoce bien la historia del rock. Cuando escuchas a Leiva, escuchas treinta o cuarenta años de música en sus discos. Ha tocado y ha cantado con todo el mundo. Es muy bueno.

Agustín: Cuando Leiva quiere decir algo, lo dice muy bien.

Víctor: Me gusta mucho el rock que pone en el escenario Carlos Tarque con MClan. Yo no escucho mucha música de habla anglosajona porque a mí me gusta entender la letra. Con el inglés te puedes defender, pero entender la profundidad de algunas letras es más complicado. Me gusta mucho la música con base americana: Ray Charles, Chuck Berry, Elvis. Tiendo más a eso que hacia los Beatles, por ejemplo. El grupo español de los noventa que me gusta mucho son Los Ronaldos. Me gusta mucho ese rollo pícaro, juguetón, ese rollo un poco canalla encima del escenario. Tuvimos la suerte de compartir cartel con Coque Malla en las fiestas del Cristo a comienzos de este mayo.

Vuestro disco es puro rock.

Agustín: Desde el primer momento, Candy insistió en que las canciones debían ser dinámicas, contundentes. Todos los tiempos son rápidos, excepto en la canción Hoy. Candy quería que el disco rodara.

Víctor: Si comparamos el tiempo de los primeros temas cuando los llevamos al estudio, la velocidad de las canciones fue aumentando en cada toma. Íbamos subiendo cada vez más. «Porque, si no», decía Candy, «me entran ganas de ir a pedirme una copa».

Agustín: Y yo creo que fue un acierto. Porque, en el momento que estamos, es lo ideal. Y nos ayuda mucho ahora en los directos. Vamos a tocar los temas y eso se nota en la respuesta del público. Las canciones generan mucha energía.

Víctor: Sin hacer ruido, que es lo más importante. Subir los decibelios, aumentar la velocidad y que no se haga ruido. Que se pueda escuchar la voz y se pueda escuchar la letra de la canción, que se pueda escuchar el arpegio de la guitarra, que la música no vaya atropellada. Todo eso es muy importante para mí.

Me consta que habéis disfrutado trabajando con Candy Caramelo en Candyland-Rock Studios

Agustín: Yo lo tenía idealizado. Candy ha trabajado con todos los grandes. Ha contribuido en la creación de muchos de los grandes. Luego ves su profesionalidad, su calidad humana, su humildad y te quedas encantado. Nos ha tratado como si fuéramos estrellas del rock.

Víctor: Nuestras expectativas a la hora de trabajar con Candy eran buenas, pero la realidad superó, con creces, esas expectativas. También sabíamos que estábamos apostando sobre seguro porque, si echas un vistazo a la trayectoria de Candy, ha estado trabajando con Tino Casal, Miguel Ríos, Los Rodríguez, con Ariel Roth, Andrés Calamaro, Fito y Fitipaldis… Al final, el sonido que él aporta, la idea del rock que él tiene, su amor por el rockabilly, todo eso es lo que nosotros necesitábamos para que algunas de las canciones que llevábamos, que tenían un toque de pop más comercial, adquirieran ese sabor rock que les queríamos dar.

Agustín: Candy hizo algo más. Cuando llegamos al estudio de grabación con las canciones que pensábamos incluir en el disco, cada una era de un estilo diferente. En cada una de las canciones se podían ver las influencias musicales de los miembros de la banda. Candy supo encauzar todas nuestras mareas creativas para que las canciones del disco tuvieran un sonido homogéneo que nos pudiera representar. Todos los temas parecen pertenecer al mismo álbum y no a otro álbum diferente. Y eso es muy difícil. Y creo que solo lo puede hacer alguien desde fuera. Con un punto de vista objetivo.

Víctor: Los artistas que producen sus propios discos lo dicen. Es muy complicado.

Víctor: No hemos querido hacer un disco que se pareciera a nada. Queríamos un disco que suene a nosotros. Candy nos ha ayudado a adquirir una esencia como banda.

Agustín: Una identidad.

Víctor: Y yo creo que se ha conseguido.

Agustín: Todas nuestras influencias están ahí porque inventar es difícil. Pero hemos hecho algo nuestro.

Víctor: Y no podemos olvidar que, en el resultado final del disco, han contribuido Jackpot producciones, Borja como diseñador del disco y Ricardo Rubio con las fotos. Ricardo mostró una generosidad con su tiempo digna de agradecer.

¿Hay espacio para el rock en nuestros días?

Agustín: Yo me alimento de la música en vivo. Es mi hobby. Me encanta escuchar música en directo. Ir a festivales. Y, en los últimos años, esas bandas de rock que me gusta escuchar tienen espacio en esos festivales.

Víctor: El rock funciona. No ha dejado de sonar nunca. Metallica vino a tocar a España, llenazo. Hay público para el rock.

¿Es Valdemoro un lugar para el rock?

Víctor: Aquí lo difícil es tener una oportunidad. Que te den la oportunidad en Valdemoro. Si vas a tocar a un garito con una guitarra acústica y a los quince minutos te dicen que lo tienes que dejar porque ha llegado la policía ante las quejas por el ruido… En Pinto, el Ayuntamiento está poniendo locales para que la gente pueda ir a ensayar.

Agustín: Hay que potenciar la cultura, no perseguirla. Los grupos valdemoreños tienen que irse a tocar a otros lados. Yo comencé a tocar en 1985-86, teníamos un grupo, Doble Sentido, junto a David Santisteban. Apenas teníamos catorce, quince años. En aquella época, recibimos un poquito más de ayuda institucional, pero ahora…. Hay una cantidad de medios que no se están aprovechando. Vas a ver un concierto en las fiestas de Ciempozuelos, por ejemplo, y la norma es que los teloneros sean de la localidad. Aunque, a lo mejor, hablas con músicos de otros pueblos y te cuentan lo mismo que te estamos contando nosotros sobre sus localidades.

¿Hasta dónde queréis llegar?

Agustín: Nunca te juntas para hacer música con el objetivo de vivir de ello, pero siempre te gustaría optar a disfrutarla de forma profesional.

Víctor: Esto de la música son inquietudes. Llegar lo más lejos posible. Centrarse en lo que tienes y poner un ojo en lo siguiente. La inercia debería ser siempre querer dar un paso más todos los días.

Agustín: Ahora tenemos un disco. Querríamos poder tocarlo en directo, mostrar nuestro proyecto. Disfrutamos tocando en directo. Eso nos alimenta. El ritual de prepararnos para el concierto. Un aspecto clave de la banda. En cuanto terminas un concierto, ya comienzas a plantearte qué debes y qué no debes hacer la próxima vez. Es un valor que a mí me llega muchísimo. La respuesta del público está siendo muy bueno. En La Sala, para la presentación del disco, tuvimos unas 180 personas.  180 personas pagando para vernos. Una banda nueva. En Pinto, también hubo muy buenas sensaciones. Recibimos comentarios muy positivos. Eso nos anima a seguir.

Víctor: La venta de discos tiene ahora muchas limitaciones. La mejor plataforma es un escenario. Y queremos saber hasta dónde podemos llegar. ¿Qué nos falta? ¿Deberíamos hacer algo más acústico para otro tipo de salas? La experiencia de tocar es lo que te permite crecer. Además de los directos, la cabeza ya la tienes en el siguiente disco. Nos encantaría preparar un EP con seis temas. Un anticipo del segundo disco. Y, después de navidades, otros seis temas, que unidos a los primeros, podrían configurar un segundo disco para el verano de 2019.

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Tanto Agustín como Víctor hablan llenos de energía. De pasión por la música. Terminamos la entrevista y volvemos a hablar de discografías, de puestas en escena, de bandas favoritas. Víctor se despide de mí con una pequeña reflexión: «Una vez grabas un disco y tocas en directo, eres consciente de que nunca volverás a disfrutar un concierto como espectador. Ni estando arriba, ni estando abajo. Es la maldición del músico. No son ganas de criticar. Es el músico que llevas dentro, que te hace ser consciente de todo lo que sucede durante la actuación y que observa fallos hasta en un concierto de Metallica».

Amigos

Carmelo Rebullida: Fósiles, sílice y piel

Carmelo Rebullida lleva más de cuarenta años pintando. Su obra, extensa, un buen número de cuadros, habla por él. La ciudad de Zaragoza le brinda homenaje con una exposición espléndida en La Lonja, uno de los mejores lugares para exponer en nuestra ciudad. Por eso, las palabras sobran. Las líneas escritas a continuación sobran. Basta con atravesar las puertas del edificio renacentista zaragozano y disfrutar de la obra de Rebullida.

Creo en la existencia de una conciencia colectiva. Una conciencia colectiva que nos conecta a todos. Para empezar, a todos los seres humanos. A los vivos. A nuestros antepasados. A nuestros descendientes. Creo que esa conciencia colectiva ha sido plasmada a lo largo de la historia a través del arte, del pensamiento, de nuestros comportamientos, hasta de nuestras muecas. Hoy en día hemos llegado a externalizar gran parte de esa conciencia colectiva a través de las nuevas tecnologías y del Big data. Ha salido a la superficie y está al acceso de todos. Sin embargo, la expresión de una parte de esa conciencia colectiva corre todavía a cargo de especialistas: pensadores, escritores, historiadores y periodistas, por medio de la palabra; bailarines, artistas, atletas y artesanos, a través de otros lenguajes. Porque esa conciencia colectiva puede ser expresada en todos los idiomas del mundo. En todo tipo de lenguajes y a través de los cinco sentidos. La conciencia colectiva es, tal vez, nuestro sexto sentido.

En busca del fuego

John Anthony Burgess Wilson, Anthony Burgess, nació en Manchester en 1917. Después de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como oficial de educación en Brunéi y Malasia. En 1959, sufrió un desmayo mientras daba una clase en Malasia. Le fue diagnosticado un tumor cerebral y los médicos más optimistas no le dieron más de dos años de vida. Dejó la educación y se convirtió en escritor a tiempo completo. Escribió cinco novelas y media en un año. Pasaron los dos años que los médicos le habían otorgado y Burgess no acababa de morirse. De hecho, no moriría hasta 1993, después de publicar más de cincuenta libros, entre novelas y ensayos. También escribió dos sinfonías y varias sonatas.

Su libro más famoso, La naranja mecánica (1962), fue llevado al cine por el mismísimo Stanley Kubrick en 1971. El amor de Burgess por las lenguas (hablaba malayo, ruso, francés, alemán, español, italiano y japonés, además del inglés, su idioma nativo, y un poco de hebreo, chino, sueco y persa),  le llevó a crear un argot barriobajero extraño, que era el que utilizaban los gamberros protagonistas de La naranja mecánica cuando se comunicaban entre ellos. Al final de la novela, Burgess añadió un glosario con las palabras de ese lenguaje inventado y su traducción al inglés.

Jean-Jacques Annaud utilizó la imaginación y conocimientos lingüísticos de Anthony Burgess para crear el Ulam, un lenguaje gutural prehistórico ficticio, para la película En busca del fuego (1981), que venía acompañado de un lenguaje corporal diseñado y supervisado por Desmond Morris, otro grande de la antropología física y social. Así imaginaron los tres cómo se habrían comunicado los primeros hombres sobre la faz de la tierra.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Anthony Burgess, creando nuevos lenguajes de expresión a través de su pintura, escuchando las voces de nuestros antepasados dentro de la conciencia colectiva humana para reconstruir, tal vez, lenguajes ancestrales. Sus cuadros de fósiles son un claro reflejo de esa simbología primitivista. La pintura de Rebullida va siempre en busca del fuego.

La llegada

Louise Banks (interpretada por Amy Adams) es una lingüista, catedrática de universidad, que va a dar clase a la facultad al día siguiente de una invasión extraterrestre. Para su sorpresa, al aula no acude nadie más. Esa misma noche, el ejército estadounidense se le presenta en la puerta de su casa pidiéndole ayuda. Necesitan que alguien descifre el lenguaje de los extraterrestres recién llegados. Curiosamente, los alienígenas son unos heptápodos que escupen tinta contra un cristal para escribir sus mensajes, unos pictogramas que se conforman alrededor de la figura del círculo.

Si el reto al que se enfrentaba la protagonista era de alto nivel, no era menor el que se encontraba el diseñador de producción de la película La llegada (2016), del director Denis Villeneuve. Había que crear un lenguaje gráfico nuevo, un lenguaje que venía del espacio y que, en palabras del equipo de producción, «debía ser estéticamente agradable a la vez que, a primera vista, no debía ser evidente el hecho de que fuera un lenguaje».

Para este trabajo, acudieron a la artista canadiense Martine Bertrand, que diseñó una serie de símbolos estupendos, que luego fueron refinados tras consultar con lingüistas y arqueólogos de reputación. Cada uno de esos símbolos podría ser un cuadro en sí mismo. La caligrafía extraterrestre como expresión artística.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Louise Banks y como Martine Bertrand, dispuesto a imaginar e interpretar el idioma de un recién llegado. El lenguaje del otro. Rebullida se ha estado entrenando toda una vida para escuchar las voces de nuestros descendientes futuros dentro de la conciencia colectiva humana, para construir un retrato robot de nuestra posteridad. En sus cuadros dedicados a paisajes imaginarios, Rebullida ha comenzado a compilar un atlas de planetas imaginarios, imprescindible para futuros viajeros interplanetarios. Carmelo Rebullida conecta, así, pasado, presente y futuro.

Quizás él nunca lo admitiría, pero tengo la impresión de que Rebullida iría a trabajar a su estudio-taller al día siguiente de una invasión extraterrestre. Como si nada.

Encuentros en la tercera fase

En La llegada se respira un ambiente muy similar al conseguido por Steven Spielberg en su largometraje Encuentros en la tercera fase (1977). Richard Dreyfuss, que ya había trabajado con Spielberg anteriormente en la película Tiburón, interpretaba, en este caso, al ingeniero eléctrico Roy Neary. Louise Banks, la lingüista de La llegada, tiene muchas cosas en común con el personaje de Roy Neary. Los extraterrestres se intentan comunicar con la humanidad a través de ambos. Encuentros en la tercera fase tiene una escena que nunca olvidaré. En su estado de desazón, Neary siente la necesidad de ponerse a pintar un paisaje que no ha visto nunca. El salón de su casa se convierte en un estudio de artista improvisado. Febril, Roy Neary pinta, una y otra vez, en diferentes tamaños y con diversos estilos, ese paisaje extraño, propio de otro planeta. No contento con todos los cuadros que pinta del mismo lugar, se ve empujado a moldearlo con arcilla en el mismo suelo del salón de su casa.

Acaba resultando que el paisaje imaginado no es imaginario. Se trata de la Torre del Diablo, en Wyoming, un cerro espectacular en medio de la árida estepa norteamericana, donde los gobiernos estadounidense y francés han construido un centro de encuentro con los alienígenas. Podríamos hablar, una vez más, de cómo un artista escucha esa voz de la conciencia colectiva para plasmarla en su obra. Pero, en este caso, nos gustaría explorar una idea diferente. Esa escena de la película es una posible metáfora sobre la libertad del artista, sobre la voz individual del artista, que decide, en última instancia qué va a pintar Rebullida, cómo va a pintarlo y cuándo determinará que la obra está terminada. Finita. Acabada. Porque nada es arbitrario. Porque, aunque la voz de la conciencia colectiva ruge fuerte dentro de nosotros, lo que define al artista, lo que lo hace único y hace única a su obra es su voz individual.

Un jovencísimo Félix Romeo hablaba, en dos folios generosos escritos a máquina, sobre esa voz individual de Carmelo Rebullida en 1987: «…y la culebra muerde el edredón de aliagas y cristales y espejos y acaricia y desnuda y reniega y escupe y láminas cubiertas de nieve y un dios de rebullida surgía de su lanza y ardía y crucificaba esferas y latigaba paredes y bono encendido de alambre…».