Whiplash

Michel de Ghelderode nació en Bruselas en 1898. Pronto se convirtió en una de las personalidades más importantes dentro del teatro de vanguardia en francés del siglo XX. Los temas constantes en su obra son el diablo, la lujuria, la locura, la avaricia, la vejez, la gula, el mal y la presencia del demonio. En 1926, además de ser nombrado dramaturgo del Teatro popular flamenco, publicó La muerte del doctor Fausto en la que revisaba el mito de este personaje.

Fausto acaba vendiendo su alma al diablo. ¿Cuál es el precio que debe pagar un artista para ser el mejor? ¿Cuál es el precio de la genialidad en el siglo XXI? Esa es la pregunta que se hace la película Whiplash, a través de los dos protagonistas principales, un estudiante de 19 años que quiere ser el mejor baterista de la historia y un profesor de música que lleva su crueldad a límites insospechados para empujar a sus estudiantes a la genialidad artística.

Whiplash, protagonizada por un fantástico J. K. Simmons tiene un presupuesto de 3 millones de dólares (American Sniper: 60 millones; Birdman: 18 millones; Boyhood: 4 millones; The Grand Budapest Hotel: 23 millones; The Imitation Game: 14 millones; Selma: 20 millones; La Teoría del todo: 20 millones) es la película que menos ha costado. Ganó el gran premio del jurado del festival de Sundance 2014 como mejor película dramática y ha sido nominada, nada más y nada menos, al Oscar a la mejor película, al mejor actor secundario (J. K. Simmons), al de mejor edición cinematográfica, al de mejor montaje de sonido y al de mejor guión adaptado.

Whiplash (latigazo en español) toma su título de uno de los temas musicales centrales de la película, la canción Whiplash. La canción apareció dentro del disco Soaring, de 1973, del músico estadounidense de jazz, Don Ellis.

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El cine francés

Después de ver una película tan difícil de ver como es Camille Claudel 1915 (2013), me dio por reflexionar sobre el cine francés y sobre qué entendemos cuando hablamos sobre el cine francés, o el cine español, o el cine de cualquier otro país, en contraposición con el cine de Hollywood.

Detrás de cada uno de los cines nacionales no deja de haber una industria cinematográfica cuya primera misión es hacer dinero. Una industria cinematográfica cuyo primer mercado es el de su propia nación, a la cual invoca con asiduidad para que consuma su cine nacional. Esa industria cinematográfica producirá más o menos películas al año dependiendo de sus ingresos y cuantas más películas produzca y cuanto más caras sean esas películas de producir, más bocas nacionales estarán alimentando.

Después de la Segunda Guerra Mundial, llegó André Malraux, novelista, aventurero y político francés, y ayudó a establecer el Fondo de Apoyo a la Creación. Este fondo, que hoy en día se alimenta principalmente de la cuota anual que deben aportar las televisiones francesas además del 11,5% del precio de cada una de las entradas de cine que se venden en Francia, permite que el cine francés sea uno de los más saludables del mundo y es muy posible que ese fondo permita que la cuota de pantalla que tienen las películas francesas en su país sea superior al 45%.

Ese fondo subvenciona el proceso de producción de muchas películas en Francia (entre 200 y 300 anuales) y permite la producción de películas de presupuestos altos que prevén desde el inicio una buena taquilla (como puede ser cualquiera de las películas de la saga de Astérix) pero permite, también, la producción de películas que, desde el primer momento, saben que van destinadas a una minoría de espectadores, como puede ser la película de Camille Claudel.1915.

A priori, la existencia de una industria cinematográfica nacional fuerte es algo bueno para muchos. Sin embargo, sí que es verdad que se puede caer en la tentación de producir excesivos largometrajes que, desde su inicio, están concebidos para satisfacer el ego creativo de algunos autores favorecidos por amiguismos dentro del propio sistema. No hay que olvidar que Hitchcock ya decía en su definición del cine que el cine son doscientas butacas que hay que llenar con espectadores. Así que, si el dinero de la industria cinematográfica de un país pertenece a esa nación, hay que intentar producir películas que sean del gusto de muchos de sus ciudadanos, tratando siempre de mantener un equilibrio con la calidad artística de las mismas.

Bad Teacher (2011)

Duele. La combinación de palabras “mal maestro” resulta dolorosa para una persona que, como yo, cree en la educación. Y parece que, hoy en día, está en boca de todos. Los malos maestros. Cuando uno no deja de oírlo, aún parece que haya más de los que me cuesta admitir. Claro que hay malos profesores, como hay malos fontaneros, malos taxistas y malos cirujanos. Pero no son tantos como nos hacen ver los medios de comunicación. Un documental sobre la educación en Estados Unidos financiado por Bill Gates en 2010 (no mencionaré el título para que nadie caiga en la tentación de ver tan nefasta producción) echaba la culpa de todos los problemas del sistema educativo americano a los maestros. Toda la culpa la tenían ellos. Los malos maestros que plagan e infestan nuestras escuelas. No es para tanto. Si tuviéramos que buscar una cifra, diría yo que el número de malos maestros y el de buenos políticos anda parejo. Y, sin embargo, de lo único que se habla es de los malos maestros. Y eso, a mí, me duele. Y aún con todo, debo confesar que esperaba con impaciencia la última película de Cameron Díaz, Bad Teacher.

Los que me conocen bien saben que tengo debilidad por el subgénero cinematográfico  de institutos, con sus empollones y sus atletas, con sus animadoras y con sus bailes de promoción. Sin embargo, al ser películas dirigidas al público adolescente, los personajes que más se desarrollan y los que más protagonismo toman son los estudiantes y no los maestros. Y cuando los maestros son los protagonistas, no dejan de ser personajes irreales que acaban solucionando todos los problemas de los muchachos de sus clases y los de los muchachos de la clase de al lado. Todos podemos recordar a Sidney Poitiers en To Sir, with Love (Al maestro con cariño, 1967), o a Michelle Pfeiffer en Mentes peligrosas (Dangerous Minds, 1995). Si nos vamos al cine con un poquitín de más calidad, podemos recordar a Edward James Olmos interpretando a Jaime Escalante[1] en Stand and Deliver (Con ganas de triunfar, 1988), el mejor maestro de la historia del cine, en mi humilde opinión.

Otras películas pertenecientes a este subgénero merecen ser mencionadas: la francesa Los chicos del coro (Les choristes, 2004), posiblemente mi favorita; Dead Poets Society (La sociedad de los poetas muertos, 1989), en la que Robin Williams hace un papelón y en la que se analizan con un pelín más de profundidad las relaciones entre el profesor y el alumno pero que, desafortunadamente, pinta, una vez más un mundo maravilloso de luz y de colores; otra francesa, La clase (Entre les murs, 2008), por su toque de documental; Rushmore (Academia Rushmore, 1998), una delicia, y Election (1999) por sus aspectos bizarros; las fabulosas El sustituto (The Substitute, 1996) con un Tom Berenger que no tiene desperdicio y, no se vayan todavía, aún hay más, El sustituto 2 (The Substitute 2: School’s out, 1998) a la que ya ni siquiera Tom Berenger quiso contribuir con lo que tuvieron que encontrar al sustituto del sustituto; la comedia Escuela de Rock (School of Rock, 2003), sin duda un precedente de Bad Teacher, puesto que los protagonistas de ambas películas son personajes mezquinos y egoístas que se mueven sólo por su propio interés; y, por último, dentro del cine nacional, destacar la figura del maestro y su relación con el protagonista y su familia en la película La lengua de las mariposas (1999). Fuera del subgénero cinematográfico que nos atañe, no puedo olvidarme de que Indiana Jones es profesor de Universidad y jamás se me irá de la cabeza la divertidísima escena de los hermanos Jake y Elwood sentados en el pupitre y defendiéndose de la regla de madera de la madre superiora, su maestra cuando eran niños, en Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers, 1980).

Bad Teacher, la comedia, funciona bien. Los estudiantes de primero de la ESO tienen que sufrir diariamente a unas caricaturas de maestros y a un director de escuela cuya pasión son los delfines. De entre todos los maestros de la escuela, destacan las piernas y los zapatos de tacón de Cameron Díaz, una maestra de literatura que está allí porque dice que no sabe hacer otra cosa y porque su prometido, un multimillonario, la acaba de dejar al darse cuenta de que ella sólo lo quiere por su dinero. Si la Pfeiffer era un ángel vestido en cuero negro en Mentes Peligrosas, la Díaz es el anticristo en minifalda. El proyector de DVDs de la clase de literatura echa humo. Cameron Díaz pone una película tras otra en sus clases desde el primer día de curso (todas dentro del subgénero de escuelas), mientras se parapeta detrás de su pupitre para poder dormir. La Díaz sólo tiene un objetivo: ahorrar lo suficiente para poder hacerse un aumento de tetas. Se entera de que la escuela da un premio de cinco mil setecientos dólares al maestro que consiga que sus estudiantes logren mejores resultados en los exámenes del estado y eso la empuja a esforzarse más y enseñar contenidos propiamente dichos en sus clases. Aquí está una de las pequeñas trampas de la película, la famosa política del Merit Pay que propone el presidente Obama por la que cada maestro cobraría en función a los resultados de sus estudiantes. Terrible. El mundo de la gestión de empresa se lía con el sistema educativo, como cuando los japoneses juntaban a King Kong con Godzilla en la misma película.

Como digo, la comedia en la película funciona. Cameron Díaz lo hace bien. Es su mejor papel junto con el que interpreta en Noche y día, del 2010, lo cual nos hace ver que está en su mejor momento. Hay en la película, por lo menos, siete chistes que tienen gracia, lo cual no está mal para hora y media de metraje. Y algunos de los personajes secundarios tienen su cosa. Muy posiblemente, Bad Teacher sólo pasará a la historia del cine como una de las películas americanas que no traducirá su título al español como Cars, Kill Bill, Toy Story, y Playmate of the Year, porque los distribuidores saben que cualquiera que haya estudiado inglés durante quince días entenderá lo que significa el título. Eso, aunque esas clases de inglés las haya dado el profesor Siesta, uno de mis personajes favoritos de Barrio Sésamo, el único maestro que se quedaba dormido mientras explicaba sus lecciones.

Banda sonora: Cameron Díaz fuma marihuana en su coche mientras escucha Rainbow in the Dark, del primer disco en solitario de Ronnie James Dio. La película acaba con una poderosísima versión del Real Wild Child por parte de Joan Jett and the Blackhearts.

Otras películas  y series del subgénero de escuelas:

El rector (The principal, 1987) con James Belushi como revolucionario director de una escuela.

Escuela de jóvenes rebeldes (Lean on Me, 1989) lo mismo que la anterior pero esta vez no es James Belushi. Es Morgan Freeman.

One Eight Seven (187) (One Eight Seven, 1997), con Samuel L. Jackson haciendo de maestro justiciero.

Entrenador Carter (Coach Carter, 2005), aquí, también Samuel L. Jackson, de entrenador de baloncesto.

Breaking Bad (2008-2013), la serie de televisión en la que un profesor de secundaria de química de Albuquerque, Nuevo México, decide cocinar crack ante su débil situación económica.

Vivir con Mr. Cooper (Hangin’ with Mr. Cooper, 1992-1997), otra serie de televisión. Aquí, el profesor trabaja en Oakland, California.


[1] Jaime Escalante nació en Bolivia y murió en California en 2010 y es uno de mis héroes.