El caballo del malo

Monument Valley

          Enseguida noté que era de ese tipo de personas a los que no les gusta malgastar el tiempo con silencio. Aún no había despegado el avión y ya se había presentado extendiendo su mano y diciendo su nombre mientras apretaba la mía. Bob y algo más. No recuerdo el apellido. Cuando vuelas con frecuencia casi todos acaban llamándose Bob. Era un vuelo de poco menos de dos horas con destino a Salt Lake City con lo que no me importó. Confieso que me gusta conocer a gente a la que sé que no voy a volver a ver en mi vida. Bob estaba acostumbrado a estrechar la mano de la gente, sin brusquedades pero con firmeza. Aunque no vendía nada, pertenecía a esa generación de estadounidenses siempre dispuesta a arrojar algo de negocios en todas sus conversaciones. Ha sido esa generación la que ha comprado y vendido varias veces el planeta en el que vivimos. Bob era inteligente y ofrecía una conversación interesante. Había trabajado para varias compañías del mismo sector a lo largo de su vida. Bob, porque de la forma que hablaba parecía que lo hacía él personalmente, Bob, y las compañías para las que había trabajado, se dedicaban a limpiar los desastres ecológicos que iban sembrando las grandes compañías multinacionales. Había comenzado limpiando los efectos de algunas minas de mercurio, purificando el agua de los ríos vecinos a esas minas, principalmente, pero había acabado especializándose en la limpieza ecológica de los residuos de las minas de uranio. De hecho, en esos mismos momentos, nos encontrábamos sobrevolando una de las zonas más ricas en uranio de los Estados Unidos, que, casualmente, se encontraba en el corazón de la nación de los indios navajos. Bob me explicó con detalle cada una de las medidas de protección personal que tomaban él y sus compañeros cuando se aproximaban a las minas abandonadas de uranio. A finales de los años 40, me contó, cuando se comenzó a extraer uranio en esa zona del país, la gran mayoría de los contratados eran navajos y, básicamente, lo hacían con pico y pala. Una vez conseguido el uranio, los navajos utilizaban muchas de las rocas desechadas para construir sus casas… El uranio no es ninguna broma, me dijo Bob.  Había acabado con muchos navajos debido a la contaminación medioambiental ocasionada por las minas de la región. En 1990, el gobierno de los Estados Unidos aprobó una ley que intentaba compensar económicamente a los damnificados pero, obviamente, para lo único que sirvió, realmente, fue para admitir su culpabilidad. Conforme continuaba hablando, tenía la sensación de que a Bob se le iba iluminando la piel, como si fuera incandescente… tal vez fosforescente… Bob me contó que el mismo Duque, así es como se refería al famoso actor John Wayne, no se había librado de la radiación de la zona. 91 de los 220 miembros del equipo de filmación de la película El conquistador de Mongolia, de 1956, habían enfermado de cáncer y 46 de ellos habían muerto antes de 1980 debido a esta enfermedad.

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