Entrevistas

Entrevista con Robertti Gamarra

Cada uno de nosotros lleva una novela dentro. Cada ser humano lleva una historia tatuada en su bajo vientre. Una historia cuya suciedad se acumula en nuestro apéndice hasta que lo inflama y estalla. No hay vida anodina si el narrador sabe contarla. Y aquí es donde el asunto se vuelve borgiano: hay 7 745 933 494 habitantes en el mundo. 7 745 933 495. 7 745 933 496. 7 745 933 497… La población no deja de crecer. En la actualidad, la población mundial aumenta a un ritmo de 225.000 habitantes por día. Lo equivalente a tres Valdemoros. No solo hay 7 745 934 455 novelas en el mundo (7 745 934 456, 7 745 934 457, 7 745 934 458…), sino que, diariamente, aumenta el número de novelas en unas 225.000.

Cada uno de nosotros lleva una novela dentro. Los narradores hábiles saben trocear en cómodos fascículos su propia historia, la que tienen marcada en la piel a hierro y fuego, para que sus lectores puedan digerirla con más facilidad. A cada uno de esos fascículos le ponen un título diferente, pero no dejan de ser parte de la misma novela. Y esa novela que todos llevamos dentro se forja desde nuestro nacimiento con nuestras vivencias, con nuestras heridas, con nuestras cicatrices. Por eso no es lo mismo haber nacido rico que pobre. Alto que bajo. Gordo que flaco. No es lo mismo haber nacido en España que en Vietnam. Todo eso marca la novela que todos llevamos dentro.

Robertti Gamarra nació en Tavai, en Paraguay, cerquita del Parque Nacional Iguazú y, por lo tanto, vecino a la frontera con Argentina y Brasil. Paraguay es el único país de América del Sur que nunca ha tenido mar. Me pregunto si eso enriquece la novela personal de un ser humano. Desde niño, Robertti desarrolló tres estómagos (metafóricamente hablando, claro) para comenzar a rumiar sus historias. Para ordenar sus experiencias, sus lecturas, sus obsesiones. Vivió en Asunción, la capital, estuvo una temporada en Uruguay y, luego, se vino para España hace ya treinta años. Cuando llegó a Madrid, con apenas cincuenta dólares en los bolsillos. Él quería ser escritor y, nada más llegar, lo contrataron para escribir guiones para una línea erótica de teléfono. Recién llegado, conoció a la que ahora es su mujer y madre de sus tres hijos. Lleno de iniciativas, desarrolló varias empresas privadas a menudo alrededor de la cultura y los libros, creando bibliotecas y colaborando con la administración. La crisis económica los trajo a Valdemoro donde viven desde hace nueve años. Robertti reflexiona y se da cuenta de que es la primera vez en muchos años que no tiene su propia empresa. La primera vez en muchos años que trabaja para alguien.

Me recibe amablemente en su casa. Allí, tranquilos, nos entrevistamos.

¿Cuándo nace esa inquietud literaria que te empuja a escribir?

Nosotros somos del campo. Me crié con mi madre. Éramos dos hermanos y dos hermanas. Allí no había una conexión posible con el mundo de la literatura. Sin embargo, a mí me gustó, desde siempre, coleccionar libros y tener mi pequeña biblioteca. Leía lo que podía. Empecé leyendo cómics. Luego pasé a esos libritos pequeños de cowboys. Era lo que había. Comencé a trabajar cuando tenía seis años. Y no trabajaba para cubrir mis necesidades, sino para mantener a los mayores. Yo escribo por la niñez que tuve. Nací en una sociedad en la que el niño no pinta nada. Y esa fue mi suerte. Allí el niño no tenía ni voz ni voto. Eso no impide que uno piense y sienta cosas. Las piensas y las sientes, pero no las puedes compartir. Todo eso me ayudó a crear una red de historias personales en mi interior. En mi opinión, esta habilidad se convirtió en una virtud. Es una habilidad que se va desarrollando desde que eres niño y que mejora con cada año que pasa. Y, a partir de ahí, tengo la necesidad de contar esas historias. En mi caso, me resulta más fácil hacerlo por escrito que de forma oral.

Os mudasteis a Asunción, la capital de tu país, y allí estudiaste en la universidad.

Estudié la carrera de periodismo. Mientras estaba en la universidad, me puse a trabajar en la radio, más tarde en la televisión, me uní a un grupo de teatro callejero… En esos años, leía mucho. Me puse a leer obras clásicas. Leía mucho teatro. Teatro clásico. Siglo de Oro y teatro grecorromano: Calderón de la Barca, Shakespeare, Sófocles, Eurípides…

¿Cómo fue tu experiencia con el teatro?

Estamos hablando de la época de la dictadura. Teníamos un grupo de teatro callejero que se llamaba El Chacal. Éramos muy reivindicativos. Eran siempre obras muy sociales. En contra de la dictadura de Stroessner, que duró hasta 1989, pero que, en esos últimos años, era ya más permisiva. Aun así, ya sabes, éramos teatro callejero y, por lo tanto, nos movíamos con rapidez. Montas la obra acá y la desmontas rápidamente siempre que sea necesario.

Y trabajaste en la radio y la televisión.

Sí, siempre dentro de mi conciencia y activismos sociales. Para nosotros, la radio y la televisión resultaban medios muy revolucionarios. Para la radio, elaboramos materiales didácticos para los campesinos. Se trataba de obras teatrales radiofónicas. Más que de entretenimiento, eran de concienciación. A través de esas obras, les enseñábamos sobre los derechos del campesinado, sobre los derechos de la mujer… Con la televisión, pude trabajar como productor de documentales. Recuerdo, por ejemplo, un programa que realizamos en Brasil sobre los sem terra, los sin tierra, un fenómeno muy frecuente en muchos países de Latinoamérica, pero que es masivo en Brasil con cerca de cinco millones de desplazados. En Paraguay, como en Brasil, hasta hace no tanto tiempo, uno podía adentrarse en la naturaleza, cultivar un terreno y hacerlo suyo al cultivarlo. Tienes que entender que estamos hablando de países grandísimos. Paraguay apenas tiene ocho millones de habitantes y una superficie equivalente a cuatro quintos de la superficie de España. De alguna manera, la gente hacía suya una tierra que no era de nadie. Stroessner, como muchos otros dictadores americanos, se dio cuenta de que eso era una riqueza. Así, se vendieron grandes parcelas de terreno a empresas extranjeras. Tras la venta de esas ingentes cantidades de hectáreas, se mandaba al ejército y se expulsaba a esos colonos que se habían ido a trabajar esas tierras porque, en principio, no pertenecían a nadie. De eso trata el fenómeno de los sin tierra. Y no se les expulsaba de forma pacífica. A menudo, se usaban los fusiles. Se cuentan barbaridades sobre el tema. Dicen que subían a algunos de esos campesinos en un avión y les decían que les iban a dar nuevas tierras. En pleno vuelo, les preguntaban dónde querían los terrenos. «¿Dónde quieres? ¿Ahí?», decían. Y, en ese momento, los empujaban y los tiraban del avión.

¿Por qué viniste a España?

Si me lo llegas a preguntar cuando llegué aquí hace treinta años, te habría respondido que vine a España porque quería ser escritor. Traje en la maleta un montón de libros que había escrito y que, ahora, no tengo ni idea de dónde están. Mi mujer me lo reprocha. Yo tenía obras enteras escritas y ahora no sé dónde están. Desaparecieron porque yo no les di importancia.

Pronto comenzaste tus negocios en España.

Yo tenía pensado no quedarme en España, pero conocí a mi mujer y decidí quedarme. Hay gente que dice que he tenido mucha suerte. Yo no creo en la suerte. A uno no le visita la suerte si no tiene algo que ofrecer. A finales de los noventa, mi mujer y yo teníamos un negocio cerca de Plaza de España, en Madrid. Vendíamos productos artesanales de China, Indonesia, Latinoamérica… Luego comenzamos a trabajar para la Administración, para la Agencia de Cooperación Internacional. Llevamos a cabo la iniciativa de Libros Solidarios, gracias a la cual creamos bibliotecas públicas en Brasil, Paraguay, Colombia, Ecuador, Centroamérica, Guinea Ecuatorial… Luego, uno lo piensa y no sabe si hicimos bien o no, porque inundando toda esa zona con libros gratuitos eliminamos todos los pequeños brotes editoriales que había en la región… Más adelante creamos la empresa Lecturedes, luego otra llamada Madrilonia, que pretendía ser una agenda cultural de la ciudad de Madrid en internet. Con Lecturedes,  participamos en el proyecto de Bibliometro y también creamos un proyecto que se llamaba Telebiblioteca, que era un servicio de préstamo de libros a domicilio para personas mayores.

Y, entre tanto trabajo, a ti te da tiempo de escribir libros. Tu primera novela se titula Las botas del rey.

Mientras trabajaba en todos esos proyectos empresariales, tenía poco tiempo para escribir. Cuando cerramos todas las empresas, me puse a escribir en serio. Las botas del rey es una historia sobre la guerrilla colombiana de las FARC. Transcurre en las montañas de Colombia. Muchas de las historias están basadas en hechos reales y han sido recopiladas por personas que las vivieron de primera mano. Sería el año 2014 cuando estábamos pensando en mudarnos, como familia, a otro país. Un día me llamó un señor de Salamanca por teléfono y me dijo que estaba interesado en publicar mi novela. Se llamaba Ricardo González y era el dueño de Ediciones Novelnobel.

Tu segunda novela se titula El abrevadero de las bestias.

Ese libro lo escribí bien rápido. Gira en torno a los atentados terroristas del 11-M. Escribí y publiqué esta novela mientras esperaba que Ricardo González publicara mi primer libro. El abrevadero de las bestias la publiqué con Libros.com, que es una editorial que se rige por un sistema de preventa, de crowdfunding. La gente te compra el libro antes de que salga. Es un sistema que no es muy popular en España, pero en Estados Unidos se han llegado a producir y filmar películas a través del crowdfunding. Basé este libro en los famosos atentados de Atocha porque mi hijo mediano iba a una guardería que fue arrasada por una de las bombas. Afortunadamente, esto ocurrió media hora antes de que llegaran los niños a la escuela.

Poco después publicas Cruzar la montaña partida.

Esta vez, con la editorial Seleer. No es una historia autobiográfica, pero casi. Sucede en Paraguay, en la época de la dictadura. Son cosas que viví de cerca, que conocí de primera mano. Algunos de mis lectores dicen que es mi mejor obra y es posible que sea la historia más redonda. Y, tras esta novela, apareció Interés productivo, un libro que me debía a mí mismo, tras todos mis años como empresario. Es un ensayo en el que intento explicar que es muy importante aprovechar todo el conocimiento adquirido con los años. Hay que aprovechar todo ese conocimiento. El libro habla del éxito, del fracaso. Es un libro mitad filosófico mitad experiencia personal.

Y recientemente, en 2019, has publicado tu cuarta novela, El destino no tiene puerta de salida.

Esta novela iba a ser publicada por otra editorial, pero la empresa quebró antes de sacar el libro. Así que volví a publicar con Libros.com. Estoy muy contento porque mis libros cada vez atraen a más lectores. Parece que se va corriendo la voz y estoy muy contento con la respuesta que ha recibido el libro. Y los comentarios que recibo del libro son muy buenos. El libro cuenta dos historias paralelas que confluyen al final. Por un lado, está una chica, aquí en Madrid. Su marido la atropella accidentalmente y está en coma durante veinticinco años. La segunda historia sucede en Uganda, Sudán del Sur y en la República Centroafricana. Seguro que has oído hablar de Joseph Kony, el señor de la guerra. Uganda tiene una tradición de personajes deleznables. Joseph Kony secuestra a niños y niñas y los convierte en soldados. Habla de liberar al país, pero el caso es que lleva así muchos años y se calcula que ha secuestrado a más de 250 000 niños para su causa. He viajado muy poco a esos países de África, pero he conocido muchas historias relacionadas con este tema a través de conversaciones con personas que las han vivido de cerca. Comencé a escribir esta historia en 2011-2012, un poco de forma accidental. En esos años, en Estados Unidos, se llevó a cabo una campaña mediática en torno a Joseph Kony. El objetivo era recaudar fondos para dar caza a Joseph Kony. Por entonces, el presidente Obama envió allí al servicio secreto para cazar a Kony. El tema me interesó y empecé a leer sobre todo el asunto. El noventa por ciento de los nombres y de los hechos que aparecen en la novela son reales. Y, como digo, toda esta historia se entremezcla con la chica que despierta de su coma veinticinco años después, descubre que su marido ya no está, su hermana es una impresentable y se entera de que tiene un hijo. Como he dicho antes, no creo en la suerte y no creo en el destino, pero sí creo que hay situaciones que nos pueden atrapar y es difícil salir de ellas.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Me gustaría dedicarme a la literatura un poco más en serio. No sé si podría lograr hacerlo de forma profesional, pero sería estupendo. No he creído lo suficiente en lo que hacía y ahora veo que lo que hago gusta a la gente. En estos momentos, he vuelto a mis inicios. Estoy escribiendo una obra de teatro sobre una francotiradora rusa durante la Segunda Guerra Mundial. Raramente se habla de ellas, pero las francotiradoras soviéticas fueron una clave importantísima para defender a su nación de la invasión alemana. Conozco un grupo de teatro en Madrid que puede estar interesado en representar la obra. De hecho, María Eugenia Oviedo, la persona que vino a presentar mi última novela a Valdemoro, es directora de un grupo de teatro. Y nunca se sabe. En la presentación del libro en Madrid, una lectora me preguntó si me había planteado pasar mi historia al cine. Yo le dije que no conocía a ningún director de cine. Casualmente ella conocía a un productor de Televisión Española y me dijo que le daría a conocer mi novela. Así que nunca se sabe. Tengo otra novela acabada que se titula El huerto de Dios, que será publicada tarde o temprano.

¿De dónde sacas el tiempo para escribir?

Me lo pregunta mucha gente. Y te sorprenderá saber que, además de El huerto de Dios, tengo otra novela medio escrita. Yo soy un recopilador de historias. Mi cabeza va recopilando y ordenando todo lo que se me ocurre. Por eso, cuando me pongo a escribir, la novela ya está prácticamente terminada. Solo debo transcribirla, pasarla de mi mente al papel. Leo mucho, diariamente, y los fines de semana más. Mis lecturas me ayudan a escribir luego mis novelas. También soy un gran observador. Todo eso me permite que la escritura sea más fácil, más fluida. Y, por supuesto, encuentro tiempo para escribir gracias a la comprensión y el apoyo de mi mujer y mis hijos.

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Prestando un poquito de atención, conforme escucho a Robertti, voy descubriendo algunas de las claves de la novela que lleva dentro. Ya apenas viaja a Paraguay, pero habla con su madre, que todavía vive allí, todas las semanas. Tiene siempre presente la muerte de su hermano, dos años mayor que él, al que admiraba muchísimo, del que aprendió muchísimas cosas y que se fue de este mundo demasiado pronto. Robertti recuerda que, de no haber sido por la vida, porque tuvo que trabajar para sacar adelante a la familia, podría haber llegado lejos como jugador de fútbol. Y, si algún día alguno de ustedes se sienta a charlar con Robertti y tiene tiempo, tal vez este les pueda contar cómo acabó jugando para la selección nacional de fútbol sala del Japón en un torneo internacional que se jugó en Encarnación, Paraguay. Como cada uno de los habitantes de este mundo (7 747 660 295 seres humanos; 7 747 660 296, 7 747 660 297…), Robertti lleva una novela dentro. Robertti la ha estado escribiendo siempre. Primero en su cabeza, luego en el papel.

Amigos·Entrevistas

Entrevista con Belén García Herraiz

Todos los meses, gracias a La revista de Valdemoro, tengo la oportunidad de sentarme durante casi dos horas delante de un valdemoreño interesante. Todos los meses, pongo en marcha la grabadora de voz de mi celular, la acerco a mi entrevistado y nos ponemos a hablar. Antes de la entrevista, durante la misma o poco después de esta, la persona entrevistada me ayuda a reflexionar sobre un tema y, todos los meses, comienzo plasmando mis pensamientos sobre ese tema en la introducción de la entrevista. Obviamente, los temas elegidos están relacionados con la vida, el trabajo o la obra de las personas entrevistadas. En el caso de este mes, conocer a Belén García Herraiz y charlar con ella me han llevado a reflexionar no sobre un tema, sino sobre dos: por un lado, lo difícil que es elegir qué quieres ser en la vida; por otro, la importancia de la función pública.

Creo firmemente que cuanto más feliz es uno, más fácilmente puede ayudar a otros a alcanzar cierta felicidad. Y creo firmemente que gran parte de nuestra felicidad depende de lo que hacemos en la vida. Así pues, el momento en el que decidimos qué vamos a hacer en nuestra vida, normalmente a una tierna edad, es ciertamente decisivo. Intuyo que, como sociedad, deberíamos mejorar las instituciones, los mecanismos y las dinámicas que se ocupan de aconsejar a nuestros jóvenes a la hora de elegir su futuro. Solo así podríamos garantizar que el mayor número de personas pudieran elegir el desempeño vital donde pudieran crecer con mayores cotas de satisfacción personal. Belén García Herraiz siempre tuvo éxito en sus estudios y, aun así, nunca lo tuvo claro a la hora de elegir su futuro. Imaginemos ahora lo difícil que lo tienen aquellos que no tienen tanto éxito académico.

Creo tanto en la iniciativa privada como en la función pública. Ambas son necesarias para que nuestra sociedad avance. También, como sociedad, deberíamos educar a nuestros ciudadanos más jóvenes para que estos sean capaces de sacar una iniciativa personal adelante con éxito y deberíamos educarlos para trabajar en la Administración pública con la responsabilidad que esta merece.

Belén García Herraiz nació en Madrid y a los diez años se mudó con sus padres a Valdemoro.  Estudió secundaria en el IES Matías Bravo. Cursó la carrera de Derecho y, tras un largo proceso de pruebas, aprobó, como número uno, las oposiciones para convertirse en técnico de auditoría y control externo del Tribunal de Cuentas. Para tener veinticinco años, Belén se expresa con una lucidez, una claridad y un dominio de la palabra maravillosos. A ella acudo para que nos explique su hazaña.

Tendrás que empezar recordándonos qué es el Tribunal de Cuentas.

El Tribunal de Cuentas es una institución poco conocida para el público en general. Es el supremo órgano fiscalizador de las cuentas y de la gestión económica del Estado y del sector público español. Es un órgano independiente al que se le encomienda constitucionalmente el control externo de la gestión de los fondos o caudales públicos por parte de las distintas instituciones, tanto administraciones territoriales (ayuntamientos, comunidades autónomas, entidades locales…) como de los partidos políticos, que reciben subvenciones… Y el Tribunal de Cuentas tiene una doble función: por un lado, lleva a cabo la fiscalización o auditoría de las cuentas de todos esos organismos y, por otro lado, tiene una función de enjuiciamiento de la responsabilidad contable en que puedan incurrir aquellos que gestionan y que manejan fondos públicos. El Tribunal de Cuentas tiene dos sedes, las dos en Madrid capital. Una en la calle Padre Damián y otra en la calle Fuencarral, al lado de la estación de metro Tribunal, que se llama así por esta institución. Entre las dos sedes habrá unos ochocientos trabajadores repartidos en ocho departamentos de fiscalización y cuatro de enjuiciamiento. Mi departamento se ocupa  de los partidos políticos. Normalmente, los equipos de trabajo se componen de un auditor y dos o tres técnicos. En algunas comunidades autónomas han creado sus propios órganos de control externo que cumplen una función similar a la del Tribunal de Cuentas. Por ejemplo, en Madrid, la Cámara de Cuentas de la Comunidad de Madrid. Aun así, no tienen función jurisdiccional, solamente fiscalizadora.

¿Hay cargos políticos en el Tribunal de Cuentas?

No. El Tribunal de Cuentas tiene tres cuerpos propios de funcionarios: uno de ellos es en el que he entrado yo, que somos los técnicos de auditoría, dos cuerpos superiores del grupo A1, que son el de auditores y el de letrados. Y al frente de la institución, están los consejeros del Tribunal de Cuentas, que son elegidos por las Cortes Generales y están sujetos al mismo estatuto que los jueces en cuanto a su independencia, inamovilidad y régimen de incompatibilidades.

¿Siempre quisiste estudiar abogacía?

Siempre tuve muchas dudas. Cuando estaba en el instituto, me gustaban muchas asignaturas distintas: me gustaba Lengua e Historia, pero también me gustaba Biología… Hice el primero de Bachillerato de Ciencias de la Salud, con Biología, Física y Química, y en segundo de Bachillerato, cambié de itinerario para hacer el de Ciencias Sociales. Creo que fui la única que lo hizo. Las Ciencias de la Salud se me daban bien y me gustaban, pero me di cuenta de que no me atraía ninguna profesión relacionada con ese itinerario. Cuando me cambié en segundo de Bachillerato, ya había decidido que estudiaría Derecho, o Administración y Dirección de Empresas, o Economía… también me gustaba el periodismo. Y, realmente, cuando acabé todavía no lo tenía muy claro, pero me decanté por Derecho porque, aparentemente, tenía más opciones profesionales. Estudié en la Universidad Carlos III de Getafe. Me alegro de haber estudiado la carrera de Derecho aunque, conforme iba pasando cursos, me daba cuenta de que no quería ser abogada. No obstante, me parece una carrera muy útil. Al final, el derecho está en todo. Detrás de todas las relaciones de la sociedad hay una ley y estudiar leyes te ayuda a entender las noticias diarias. Pero yo no me veía como abogada.

¿Cómo te veías, entonces?

Me gusta mucho la moda y tenía mis momentos en los que me habría gustado estudiar moda o algo más creativo que Derecho. Eran como pequeñas crisis. Durante el último año de carrera, me iba dando cuenta de que tenía que seguir estudiando. Si hubiese querido ser abogada, por ejemplo, debía seguir estudiando el máster de Derecho de acceso a la abogacía, ya que es habilitante. Así pues, mis compañeros de facultad que quisieran ser abogados debían seguir estudiando un año más. Ahí es donde yo opté por sacarme una oposición. Tengo una tía que trabaja en el Tribunal de Cuentas y, cuando le comuniqué mi decisión de estudiar oposiciones, me informó de que habían salido bastantes plazas para esta institución. Así que me puse manos a la obra.

¡Qué importante es tener información!

Estoy de acuerdo. Posiblemente, si mi tía no trabajara allí, a mí no se me habría ocurrido opositar para el Tribunal de Cuentas. Es cierto que todo se publica en el BOE (Boletín Oficial del Estado) y que todo el mundo tiene acceso a su publicación y al formato de las pruebas, pero, si nadie te informa, es muy posible que no te llame la atención porque no sabes realmente lo que es. Yo, por ejemplo, tuve dudas iniciales porque la oposición consta de dos ejercicios de derecho, que yo ya había estudiado, pero también consta de otros dos ejercicios de contabilidad, para la que yo no tenía ninguna formación.

¡Y qué importante es tener gente que actúe como mentora cuando eres un adolescente!

Sí, yo me considero muy afortunada porque mis padres son dos personas muy cultas; en mi familia en general, se ha valorado siempre mucho la cultura, les gusta estar informados. Quieras que no, eso te influye, te lo transmiten y crean un ambiente favorable para que tú te desarrolles. Luego, tú debes ser constante y tener la actitud adecuada, pero comienzas con ese entorno favorable.

Háblanos un poco más de tu afición por la moda

Como afición, siempre me ha encantado. No me he formado en la parte de diseño, pero siempre he estado tentada a planteármelo como algo profesional. Sin embargo, por una razón o por otra, siempre me invadían las dudas y me inclinaba por temas aparentemente más seguros. Como se me daba bien estudiar, la moda siempre quedaba relegada a ser un hobby. Lo curioso es que todavía no descarto que en un futuro…

¿Qué no te convencía a la hora de convertirte en abogada?

Una de las razones que me empujó a decantarme por las oposiciones y no por ser abogada es la vida que me esperaba tras mi elección: los horarios, la dedicación, los sueldos iniciales. Lo que te encuentras cuando empiezas en un bufete de abogados o en una empresa privada no es lo mismo que lo que te encuentras cuando trabajas en la función pública. Entiendo que, si tienes vocación para ser abogado, o sencillamente te apasiona, el esfuerzo que todo ello supone te merece la pena. Como yo no tenía esa pasión, vi que no me iba a compensar esa dedicación tan grande. Veo a compañeros que han decidido hacerse abogados o a familiares con negocios propios con unos horarios tan exigentes… Observo, luego, a mi madre y a tres de mis tías, que también son funcionarias, y me doy cuenta de que tienen acceso a una mayor calidad de vida, un mayor equilibrio entre la vida laboral y la vida personal y familiar.

¿Qué opciones tienen los jóvenes españoles a la hora de incorporarse en el mercado laboral?

Las opciones de los jóvenes españoles son complicadas. Creo, además, que, en el ámbito del derecho, concurre otro factor. Cuando uno va a un proceso de selección, entre que somos muchos los licenciados en Derecho y que, ahora mismo, son pocas las opciones profesionales buenas en las que te vayan a pagar un salario acorde a tu formación, hay mucha competencia. Y, en la mayoría de los casos, si quieres entrar en un buen despacho de abogados, o eres el mejor de tu promoción (solo puede haber uno o dos por promoción) o los requisitos son demasiado exigentes. No solo en términos intelectuales, sino también en términos económicos. Me explico: no todo el mundo puede poner en su currículum que ha estudiado un año en Estados Unidos, o que ha hecho un máster en el extranjero, o que sabe tres idiomas. No todo el mundo se puede permitir ese tipo de formación. Por eso, las oposiciones son un lugar donde accedes en mayor igualdad de condiciones.

¿Crees que las oposiciones seleccionan a las personas adecuadas?

Tendría que llevar más tiempo en el trabajo para poder contestarte correctamente a esa pregunta. En estos momentos, aún no llevo el tiempo suficiente para saber si yo misma soy la persona adecuada para el puesto que he conseguido. Pero debemos apuntar que, en el caso de esta oposición en particular, yo diría que es un proceso de selección bastante completo. Lo que no tiene es una entrevista de vertiente más personal. Pero no tengo claro si esa entrevista personal sería necesaria puesto que, en cuanto hay una entrevista personal, hay también mayor grado de subjetividad. La objetividad solo se encuentra, a mi entender, cuando se juzgan únicamente conocimientos. Podríamos pensar que no se está juzgando, por ejemplo, la motivación de los candidatos, pero el hecho de que una persona decida prepararse para un proceso de selección de estas características demuestra ya una motivación. Prepararse para una oposición de este calado supone renunciar a otras facetas de tu vida durante el proceso de selección. Se necesita esa motivación para conseguir la plaza.

¿Cuál fue tu plan de estudio para aprobar las oposiciones?

Cuando terminé la carrera, me tomé el verano libre para reflexionar sobre mi decisión. En octubre de 2017, comencé a prepararme para un proceso que iba a transcurrir durante buena parte de 2018 y los dos primeros meses de 2019. La primera prueba tuvo lugar en junio de 2018, la siguiente en septiembre, la próxima en octubre y el último ejercicio fue en febrero de 2019. Cada prueba era eliminatoria. Tuve que apuntarme a clases para prepararme los dos ejercicios de contabilidad. No hay ninguna academia que se dedique a preparar para esta oposición de forma específica, ya que no hay un suficiente número de personas que estén dispuestas a presentarse. Así que éramos un grupito que nos preparábamos juntos para cada una de las pruebas, pero con distintas personas. Empecé las clases en octubre y comencé a estudiar en serio a partir de enero. Estudiaba unas ocho horas diarias, cuatro por la mañana y cuatro después de comer. Es decir, me lo planteé como un trabajo. Al inicio, libraba el fin de semana entero. Cuando faltaban unos dos meses para cada prueba, solo me tomaba un día libre a la semana. Los quince días antes de cada prueba no libraba ningún día. La intensidad de estudio aumentaba conforme se acercaba la fecha de la prueba. Muchos días estudiaba en la Biblioteca Ana María Matute. Allí he ido a estudiar mucho cuando cursaba Bachillerato y durante toda mi carrera. Otros días, si no me apetecía salir, me quedaba en casa a estudiar. Allí también tengo un cuarto preparado para el estudio.

¿Cuánta gente se presentó a la oposición para el Tribunal de Cuentas?¿Cuántas plazas había?

Te sorprenderás con lo que te voy a decir, pero había veintitrés plazas para toda España. Y solo nos presentamos unas treinta personas. Tal vez por desconocimiento, tal vez porque la sede solo está en Madrid, se presentaron pocas personas en comparación con otras oposiciones, que están más masificadas. A diferencia de otras oposiciones, al combinar exámenes de dos disciplinas, se presenta menos gente. Otra razón pudo ser que durante muchos años no ha habido constancia en la convocatoria de plazas. Mucha gente se prepara para oposiciones que ofertan plazas todos los años para que los estudios les sirvan para varias convocatorias. El caso es que nos presentamos solo unas treinta personas. Mi lucha, pues, era con las pruebas y el temario. No debía competir contra los otros opositores. Por otra parte, a mí trabajar en Madrid, me conviene pero hay gente que no está dispuesta a trasladarse a Madrid. Al final, hemos aprobado unas once personas. Se han quedado desiertas doce plazas. La mayoría de las personas que se presentaban tenían el doble grado de Derecho y ADE, o el máster de Economía. En mi caso, he tenido que esforzarme un poco más, pero me he llevado una grata sorpresa al estudiar contabilidad porque me ha gustado mucho.

¿Qué impresión te han dado tus primeros días de trabajo?

Tras aprobar las oposiciones, recibimos un curso de formación de mayo a julio. Me incorporé a mi puesto en septiembre y el acto de posesión de mi plaza tuvo lugar el 25 de octubre. Sé que me llevará un tiempo aprender los entresijos de mi puesto. Hasta ahora, sobre todo, estoy muy contenta con el trato humano de mis compañeros. El primer día que llegué, fui a hablar con mi director técnico. Estuve hablando con él, luego me fue presentando a mis compañeros. Salí con una sensación muy positiva. Me sentí valorada. Creo que eso debería ocurrir en todos los trabajos, pero me consta que no siempre sucede. Como, tras aprobar la oposición, nosotros elegíamos el departamento en función del número de orden en el que habíamos aprobado, el primer día me llegaron a agradecer el que eligiera ese departamento que controla el gasto público de los partidos políticos.

¿En qué consistirá tu trabajo una vez te establezcas definitivamente en él?

Siempre me ha interesado la política y yo elegí el departamento encargado de la fiscalización de los partidos políticos. Nuestro trabajo varía mucho según los departamentos y, dentro del departamento, según el área en que tú trabajes. Una de las razones por las que yo he elegido este departamento es porque se sale bastante de la institución. Por ley, debemos analizar la contabilidad de los partidos políticos anualmente. Así, cuando yo comience a trabajar plenamente en mi departamento, pasaremos unos dos meses en las sedes de los partidos para comenzar con la fiscalización de sus cuentas. Esto puede ser en Madrid o en otros lugares de España.

¿Qué posibilidades de promoción tienes en estos momentos?

Debo esperar, al menos, dos años para poder acceder a la promoción interna. Quiero ver si me gusta mi nueva posición antes de decidir si quiero promocionar. Se puede promocionar. Como técnico, puedes prepararte la promoción interna para el cuerpo superior de letrados o de auditores. Para pasar a ser letrado, hace falta ser graduado en derecho. Para pasar a ser auditor, no hay un grado universitario específico requerido.

¿Cuál es tu opinión sobre la función pública?

Cuando uno decide dedicarse a la función pública, debería haber un mínimo de motivación. Trabajar para la Administración debería significar dedicar tu potencial profesional a la sociedad en la que vives. En una empresa trabajas para tu jefe. Si eres funcionario, trabajas para la sociedad en general. Supongo que no todos los que trabajan para la Administración pública tienen esa vocación. Pero, como en todos los trabajos, al final todo depende de cada uno de nosotros y de cómo abordamos nuestras obligaciones. Todo depende de nuestro sentido de la responsabilidad. Dentro del funcionariado, te encuentras con personas que han ido cambiando su puesto para no dejar de aprender y otras que han preferido no cambiar y que pueden ser igualmente válidas, pues su experiencia les permite abordar ciertas tareas con más conocimiento de causa. Hay funcionarios más válidos y profesionales que otros, de la misma forma que, en la empresa privada, hay trabajadores más válidos que otros.

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Belén es una joven española que se acaba de incorporar al mercado laboral por la puerta grande. Me dice que, cuando tuvo dudas, se dejó aconsejar por las personas que más le quieren en el mundo, que son sus padres. Belén admite que es un momento difícil para los jóvenes, pero añade que, si te mueves, puedes encontrar oportunidades. Las oportunidades nunca irán a buscarte. Belén cree que vienen buenos años para aquellos que quieran trabajar para la Administración. Por un lado, se acerca el momento de un relevo generacional en la función pública. Por otro lado, es cierto que se presentan muchas personas a la mayoría de las oposiciones, pero la mitad (o más de la mitad) de los que opositan, por las razones que sean, no van preparados al cien por cien. Belén cree que debemos buscar algo que verdaderamente nos guste y trabajar para conseguirlo. Nunca es tarde. Nunca.

Entrevistas·Valdemoro en el cine

Entrevista con Alberto Ovejero

Tenemos que escuchar más. Escuchar de verdad. Aguzar los oídos e intentar percibir sonidos que, con las prisas, desdeñamos, reprimimos, discriminamos. Solo así podremos disfrutar de sensaciones acústicas nuevas. Solo así podremos comprender el verdadero sentido de las palabras que emiten las personas que nos están hablando. Solo así podremos entender con mayor precisión el mundo que nos rodea.

Alberto Ovejero comenzó a cerrar los ojos en la intimidad de su casa. Cerraba los ojos y se concentraba en cada uno de los sonidos que acudían a sus oídos. Luego aprendió a llevar a cabo la misma tarea sin cerrar los ojos. Para no llamar la atención. Se sienta en el cercanías y se pone a escuchar los ruidos que le rodean. Camina por Estrella de Elola e intenta distinguir y localizar frenazos, resbalones, susurros, gritos, besos, charcos, silbidos, palmadas en los hombros… Alberto Ovejero intenta recordarlos bien porque su trabajo consiste luego en recrear ambientes audiovisuales a través del sonido.

Alberto nació y creció en la zona de Estrecho, en Madrid, y recuerda sonidos característicos de su barrio de la infancia. En el año 2000 se fue a vivir a Barcelona y estoy seguro de que recuerda con precisión algunos de los ruidos y melodías de la Ciudad Condal. Tres años más tarde volvió a la Comunidad de Madrid y la banda sonora de su barrio había cambiado demasiado. Sus padres y su hermano vivían ya en Valdemoro. Venía a visitarlos con frecuencia, conoció nuestra villa, le encantó su sonido ambiente, y Begoña, su mujer, Rodrigo, su hijo, y Alberto decidieron venirse a vivir en el año 2006.

Lleva treinta años trabajando en el campo del sonido para el cine, pero apenas cinco formando parte de equipos creativos dentro de las producciones cinematográficas españolas. Durante estos últimos cinco años, ha sido nominado para los Premios Sur otorgados por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina en el apartado de sonido por Betibú (2014); también fue nominado, dentro de la misma categoría, para los premios Goya por El autor (2017) y este mismo año fue uno de los nominados por la película Yuli (2018).

¿Cómo acabas trabajando como técnico de sonido para el cine?

Francamente, de casualidad. A los diecisiete años, le dije a mi padre que no quería seguir estudiando. Que quería trabajar de lo que fuera. Nunca se me dieron bien los estudios. Y mi padre decidió que, si no iba a aprovechar el tiempo, que lo mejor sería que me pusiera a currar. Primero comencé en un tallercito pequeño aprendiendo a reparar aparatos electrónicos. Luego me fui a la mili y, cuando volví, había perdido el puesto. Hice una entrevista para un estudio de sonido, Sincronía, en la calle San Enrique. Me contrataron. Comencé de proyeccionista, aprendiendo, desde el escalafón más bajo en el que podías empezar. Y, en cuanto descubrí el mundo del sonido, todo cambió. Decidí que quería aprender sobre el sonido. Vi que era a lo que yo quería dedicarme. Me encantaba destripar el sonido y trabajar sobre él. Me atraían las posibilidades creativas que me ofrecía. Estudié sonido durante dos años en la Escuela CES, en Madrid. También es verdad que tuve suerte. Cuando comencé a estudiar y ya estaba trabajando, un compañero decidió marcharse de la empresa y el equipo de mezcladores se quedó cojo. A pesar de mi juventud, vieron en mí tanto interés que me propusieron reemplazarlo. No fue fácil. Yo tenía solo 24 años y había gente muy veterana. No me arrugué, acepté el puesto y salí adelante. Creo que todas las ganas que yo tenía de trabajar en sonido me ayudaron para que se me diera bien. Metí muchas horas. Creo que también decidió mi carácter. En sonido, tenemos que pasar muchas horas junto al cliente metidos en la cabina. También vieron que sabía manejar bien esas relaciones. Hay días que puedes pasar catorce horas trabajando hombro con hombro con una persona y el aguante y la mano izquierda son fundamentales. La película es de un señor, el director, y es su niño pequeño e intenta mimarlo. Y tú tienes que orientar al director cuando intuyes que algo no funciona del todo. Pero, siempre, como digo, con mucha mano izquierda.

Entiendo que tuviste un mentor que te ayudó cuando comenzaste.

Como he dicho, los comienzos no fueron fáciles, pero un compañero, Alberto Herena, me ayudó desde el primer momento. Fue mi maestro. Él me fue guiando. Me ayudó, me orientó y me enseñó. Recuerdo que, al principio, había técnicos de mezclas que, cuando se ponían a ecualizar, te tapaban la mesa de mezclas con el cuerpo para que no les pudieras copiar el efecto que estaban creando. Un técnico de sonido sabe que su ayudante va a ser su competencia dentro de dos años. Conmigo, Alberto Herena hacía lo contrario. Me pedía que me fijara bien en lo que se disponía a hacer. Quería que aprendiera bien mi oficio. También tuve la suerte de conocer a Pelayo Gutiérrez (tres Goyas y un montón de nominaciones en la categoría de sonido), que confió en mí para trabajar en Tarde para la ira (2016), un punto de inflexión en mi carrera.

Al principio, te dedicaste al doblaje de películas extranjeras.

Puede que las mezclas que debemos llevar a cabo en un trabajo de doblaje no requieran un esfuerzo de creatividad tan alto como cuando formas parte del equipo de una producción original, pero me gusta mucho el doblaje porque te permite aprender un montón. He dedicado gran parte de mi carrera profesional al doblaje de películas extranjeras. Tienes que respetar todos los sonidos originales y luego meter las voces en español. Tienes que tratar las voces de doblaje dependiendo de dónde estén, imitando el tratamiento que recibieron las voces en versión original. Es un trabajo muy minucioso que no se valora. Recientemente, trabajé en el doblaje de dos musicales, Bohemian Rhapsody y Ha nacido una estrella. Son películas en las que el actor está hablando y puede comenzar a cantar dentro de su discurso. Cuando entra la voz del protagonista en original debemos intentar que sea lo más parecida a la que tú tienes en español y que la transición se perciba lo menos posible. Debe haber una continuidad.

¿Recuerdas alguna película cuyo doblaje te exigiera un mayor esfuerzo?

Me acuerdo de una película, Días extraños (1995), cuyo doblaje tuvimos que hacer entre dos técnicos por todas las dificultades que entrañaba. Pero lo disfrutamos un montón… Es una película que se filmó mayoritariamente cámara en mano. Eso implica el que los sonidos y los ruidos vienen de distintos lados y van cambiando constantemente.  E integrar el sonido directo con el del doblaje fue muy complicado. El trabajo de los dobladores entraña, también, muchas sutilezas. El mismo Antonio Banderas se dio cuenta cuando comenzó su carrera en Hollywood. Él mismo se dobló en la película de Fernando Trueba Two Much (1995). En el mismo año, protagonizó el thriller Nunca hables con extraños (1995) con Rebecca De Mornay. En esta película, le dobló al español otro actor. Antonio Banderas escuchó ambos doblajes y le gustó más el segundo. Entendió que había gente especializada que podía hacer mejor ese trabajo. Hay muchas ocasiones en las que los actores deben venir al estudio a volver a grabar un diálogo que no se captó bien cuando se filmaba la película. Creo que sería buena idea que los actores aprendieran a doblarse a sí mismos en estas situaciones.

¿Podrías mencionar alguna película extranjera en la que te haya gustado cómo estaba mezclado el sonido?

Hay muchas. El padrino, un clásico, es buena en todos los sentidos, hasta en el apartado que a mí me compete. Un trabajo más reciente, Alita: Ángel de combate (2019), como película no me pareció tan buena, pero en el apartado de sonido, yo me ocupé del doblaje al español de la película y me pareció fantástica. Tiene una gran cantidad de ambientaciones y de efectos sonoros muy logrados. 

¿En qué consiste exactamente tu trabajo en una producción española?

Primero está el montaje de todos los audios. El montaje y preparación de los audios puede llevar unas ocho semanas. Al estudio nos llega todo el material de sonido del rodaje: el sonido directo, las grabaciones del sonido ambiente, los pájaros, los coches… Recibimos todo el sonido y hay que abrirlo. Se hace un montaje previo de la película y nosotros debemos montar los diálogos sobre ese primer montaje. Después de los diálogos, debemos preparar todos los sonidos que se nos puedan ocurrir. Todo ese previo lo hacemos nosotros. Luego aparece el director y te explica qué tipo de película tiene en mente. Te dice cómo la quiere. Pueden querer una película muy suavecita, con todo muy bajito, sin estruendos. Hay gente que quiere todo lo contrario. Volúmenes altos. Cuando ya está todo montado, entramos a mezclar. Esta parte del trabajo nos lleva entre dos y tres semanas. Del sonido directo nos valen ciertas cosas, los diálogos hay que sacarlos como sea. Si no es posible, como he dicho antes, se hacen grabaciones en estudio. Cuando el director se mete conmigo en el estudio, yo voy trabajando en la mezcla y él me va diciendo si le gusta la sintonía entre lo que ve y lo que oye. Y me va dando indicaciones.

¿Es el mismo proceso para las series de televisión?

El trabajo es similar, pero la tele es otro mundo. Los presupuestos son más pequeños. Te obligan a recortar tiempos. Si te obligan a recortar tiempos, te ves obligado a recortar en creatividad, en medios técnicos. A veces, faltan pajaritos de fondo. Otras veces, no se oyen los pasos cuando una persona camina. Muchas veces, echo de menos los sonidos que tienen las habitaciones. Últimamente, he estado trabajando en la segunda temporada de La peste. Para seis capítulos, hemos estado trabajando en el sonido durante tres meses.

¿Trabajas tú solo?

En muchas ocasiones tengo un ayudante al lado. Son muchas cosas las que hay que hacer a la vez y viene bien un ayudante. También es verdad que ahora el sistema ha cambiado bastante. Antes, digamos, teníamos que mezclar en directo. Ibas trabajando e ibas grabando a la vez y el producto se convertía en la versión final. Ahora te puedes permitir el lujo de pausar, echar para atrás, repetir, escuchar todo lo que has hecho hasta ese momento… En la actualidad, trabajo con una ayudante, Valeria Arcieri, que tiene delante un futuro profesional tremendo.

Has vivido el paso de lo analógico a lo digital. ¿Cómo ha cambiado tu trabajo con esta transición?

Del mundo analógico puedes echar de menos la calidez del sonido. Puedes conseguir esa calidez, pero debes trabajar mucho más para conseguirla. Pasa algo similar a lo que pasa con el color analógico. Hay gente que echa de menos la textura que se conseguía con el granulado. Por eso, Tarde para la ira está rodada con toda intención en súper 16 y ves el grano. Luego la digitalizaron. Con la tecnología digital, tenemos más realismo. Ahora tienes más recursos. Con una sola máquina y diferentes pluggins, consigues lo que quieres. Es más fácil, sobre todo porque puedes equivocarte y no pasa nada. Echas para atrás y corriges. Antes, como grababas sobre la marcha, si la primera vez te quedaba bien, no te molestabas en intentar que te quedara mejor. Ahora sí. Vamos un poquito más allá. A ver hasta dónde llegamos. Ahora nos exigimos y nos exigen mucho más. Ahora se puede hacer cualquier cosa con el sonido. Te llevará más o menos tiempo, pero puede conseguirse.

Háblanos de las películas en las que has podido desarrollar tu capacidad creativa al máximo.

Una de ellas es Tarde para la ira. Creo que conseguimos grandes cosas en esa película. Consiguió muchos premios importantes, incluidos los Goya a mejor director novel, mejor guion original y mejor película. Me alegré mucho por Beatriz Bodegas porque es una productora muy pequeña y llegó a hipotecar su casa por producir la película. El trabajo de sonido que hicimos fue muy interesante porque hay muchos sonidos que no tienen que ver con la película, pero que encajaron perfectamente cuando los incluimos. Hay también muchos momentos en que con sonidos muy normales conseguimos crear mucha tensión. Conseguimos narrar lo que estaba sucediendo sin que el sonido tuviera que ver con lo que estábamos viendo. Otra película con la que disfruté mucho fue El autor, de Manuel Martín Cuenca. Es la primera película por la que estuve nominado a los Goya. Es una película que merece la pena verse. Es la historia de un escritor frustrado, interpretado por Javier Gutiérrez, que intenta sacar ideas de lo que les pasa a sus vecinos. Así que se dedica a escuchar a través de su patio de vecinos. Ese patio no lo llegamos a ver en la película, pero sí fue recreado acústicamente. La recreación de ese patio fue un trabajo muy divertido y muy gratificante. La tercera película en la que tuve que emplearme a fondo, creativamente hablando, fue El último traje, una película argentina que no hizo mucho ruido, pero que a mí me gustó mucho. El protagonista es un polaco emigrado a Argentina y que, llegado a cierta edad, decide volver a Polonia para reencontrarse con su mejor amigo de juventud. Pudimos darle a la película un montón de sonidos que ayudaron a embellecer la historia. Eran sonidos muy cotidianos, pero intentamos transmitir miles de cosas a través de ellos.

A parte de la personalidad que intentas imprimir en tus trabajos, ¿incluyes algún guiño sonoro en las películas?

Hago mías todas las películas en las que trabajo. Todas forman parte de mí. Dejó mucho de mí, también. Es verdad que, para este trabajo, hace falta tener buen oído, pero también es verdad que el oído se educa. De tanto escuchar te vas dando cuenta de lo que es agradable, de lo que provoca una sensación u otra. Trabajar con el sonido es como pintar un cuadro. Tienes ahí los elementos y debes combinarlos. Cada técnico tiene su estilo y su gusto. Creo que a todos nos define nuestra profesionalidad y nuestro querer hacer las cosas bien. Sí que es verdad que, a veces, nos metemos literalmente en la película que estamos trabajando. Conozco a un técnico que intenta meter un sonido de ballena en muchas de las películas en las que trabaja. Busca el momento y el volumen adecuado para camuflar ese sonido entre todos los demás y siempre queda bien. En mi caso, a veces casualmente otras no, en casi todas las películas he metido mi voz. Normalmente, poniendo la voz a un figurante que pasa delante de la cámara y conviene que diga algo, aunque sea sencillo.

¿Has quedado insatisfecho con alguno de tus trabajos?

Estuve trabajando muy duro en una serie y, como es habitual, tenía curiosidad de ver el resultado en televisión. Aquel día, trabajé hasta las dos de la mañana. Volví a casa y sabía que la habían emitido. Me puse a verla y me llevé un chasco grandísimo. Primero, pensé que podía haber sido culpa mía. Podía ser que yo tuviera la sala desajustada. Pronto descarté esa posibilidad. Creo que se debió a la compresión de archivos a la hora de emitir la serie. Puede que, para emitirla, hayan comprimido excesivamente los datos de imagen y sonido y el resultado fue terrible. Acabó teniendo una pobre definición de imagen y sonido. En el caso del sonido, parecía como antiguo. No había sido mi trabajo porque jamás he trabajado así, no me gusta ese tipo de sonido y jamás lo haría así. Pero me llevé una gran decepción.

¿Cuáles son tus próximos proyectos? ¿En qué te gustaría trabajar?

He trabajado dieciocho años en la misma empresa. Hace tres meses, decidí cambiar de aires. Necesitaba nuevos proyectos. Necesitaba sentirme vivo. Me apasiona mi trabajo. No sé hacer otra cosa. Es pura vocación, porque, de lo contrario, no valdrías para este oficio. Inviertes mucho tiempo en cada proyecto. Trabajas a ochenta y cinco decibelios todo el día. Yo no uso los cascos. Trabajo con altavoz. Estar mucho tiempo bajo esa presión sonora es agotador. Ahora trabajo para Mediapro. Me pidieron arrancar un proyecto muy interesante y el cambio ha sido bestial. A tope. Mediapro acaba de crear Mediapro Studio para producir series, películas y demás. Y nosotros somos parte del grupo. Como la mayor parte de mi carrera me he dedicado al doblaje, llevo poco tiempo trabajando con el cine español de forma continuada. Me encantaría colaborar en una producción de terror. O algo tipo Matrix (1999). Las posibilidades son tantas. Porque, en esa clase de películas, todo es mentira. Todo es fruto de la imaginación. También me gustaría hacer algo similar a los efectos conseguidos en la película 300 (2006). En esa película, me encantaba como hacían pausas de sonido cuando iniciaban una cámara lenta y la terminaban con estruendos ocasionados por los golpes de la batalla. Las nuevas tecnologías nos van a aportar grandes avances sonoros tanto para las salas de cine, con el sonido envolvente (Dolby Atmos), como para la visualización de películas y series en nuestra propia casa (Atmos Home). Trabajar con todos esos avances me permite tener las mismas ganas de trabajar con el sonido que cuando empecé a los veinticuatro años.

Para la entrega de los Óscar 2019, los organizadores propusieron que algunas categorías, como la del sonido, fueran entregadas durante los anuncios.

Me pareció patético. Es un menosprecio total. El mundo del cine somos muchísima gente. Hay más gente detrás de la cámara que delante. El futuro del cine depende de todos los que colaboramos en él. El director y los actores son importantes. Los guionistas son importantes. Pero una obra maestra es el fruto del trabajo y de la ilusión de cientos de personas. Algunas aparecen en los créditos. Otras no. Creo que los niños deberían estudiar cultura audiovisual en las escuelas. Les ayudaría a entender mejor el mundo en el que vivimos. Comprenderían también que trabajar en el cine está al alcance de cualquiera. Que no es solamente para privilegiados. Hoy en día, la industria del cine necesita de gran cantidad de técnicos de sonido, de imagen, cámaras, decoración, maquillaje…

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Alberto Ovejero quiere terminar de convencerme de la importancia del sonido en el cine. Me pone el ejemplo de una cabeza chocando contra una valla. Obviamente el golpe no es real. La cabeza no llega a golpear la valla o la golpea suavemente. Si no pones sonido, te das cuenta enseguida de que la cabeza no llega a golpearse con la valla. En el momento en el que pones el ruido del choque, aunque la cabeza no llegue a tocar la valla, te da la sensación de que el golpe ha sido descomunal. Algunas personas, llegadas a cierta edad, afirman vehementemente que ya lo han visto todo. Es posible. Lo que está claro es que, por muchas cosas que hayamos visto, todavía nos quedan muchas más por escuchar.

Amigos·Entrevistas·Presentación

Entrevista con Miguel Rollón

Miguel Rollón: Abogado y funcionario de la administración local de Valdemoro. Poeta, actor de teatro, autor, compositor y letrista de canciones pop y rock en bandas españolas y alemanas. Ha participado en diversos festivales internacionales de poesía en España, Argentina, Paraguay, Colombia y México. Este año, terminará la gira del libro en Venezuela y Estados Unidos. Dirige la Tribu de Poetas en Madrid.

Somos individuos magníficos. Ejemplares únicos y hermosos. Singularidades irrepetibles. Y tenemos una oportunidad (mientras no se demuestre lo contrario), tenemos tan solo una vida para demostrar (a los que nos rodean y a nosotros mismos) que nuestra unicidad merece la pena. Consideren esa única vida que se les ha otorgado como si fuera una pistola cargada con una sola bala en los momentos finales de una película de Hollywood. Y, sí, desafortunadamente, es probable que, a veces, el hombre sea un lobo para el hombre (Homo hominis lupus), pero estoy seguro de que hasta la oveja es, a veces, un lobo para la oveja (Pecus pecoris lupus). Por eso, yo me quedo con los millones de veces que el hombre elige ser amigo para el hombre (Homo hominis amicum), cuando el hombre se convierte en refugio para el hombre (Mulier hominis portus) o cuando el hombre se presenta como una alegre melodía para el hombre (Homo mulieris amoena melodia).

El individuo magnífico con el que me encuentro para la entrevista de este mes se llama Miguel Rollón. Valdemoreño de toda la vida aunque nació, por motivos familiares, en Navatalgordo, provincia de Ávila. Inició la educación primaria en Valdemoro y, a los ocho años, marchó con su familia a Colonia, en el oeste de Alemania (Miguel Rollón: «Lo más alucinante fue pasar de una localidad como Valdemoro, que, entonces, tendría unos cinco mil habitantes, a una ciudad de más de un millón. Fui a un colegio hispano-alemán. Así, pasé de una escuela en la que todos éramos del mismo pueblo a otra en la que cada uno éramos de una región o país hispanohablante distinto. Desde niño, conviví con todas las razas y nacionalidades. Era un mosaico de culturas. Mis amigos eran turcos, árabes, alemanes, venezolanos, mexicanos…»). En la escuela alemana, les enseñaban, tanto a los chicos como a las chicas, a cocinar y a coser.

¿La importancia de la cultura y la educación?

La cultura supone una idea del tiempo que se niega a definir al individuo como consumidor, como sujeto vacío, y que se niega a tratar el presente con la urgencia de lo que no está destinado a permanecer. La educación y la cultura suponen un modo especial de saber hablar o saber callarse a tiempo, lejos del ocio cutre que nos venden en esta época acelerada de consumo de usar y tirar. Los poemas y las novelas se niegan a la miserable mercantilización del tiempo.

¿Qué aconsejas a alguien al que no le guste la poesía o la literatura?

Que se atrevan a experimentar o a descubrir una nueva pasión. Porque de la poesía nos expulsaron los profesores del instituto, al obligarnos a leer poemas o libros que nos aburrían y no entendíamos. Para que algo nos guste hace falta pasión, así que, si un poeta no te gusta, prueba con otro. Para mí, la literatura es una forma de pasión y de resistencia contra el mundo del egoísmo, del individualismo que deja vacío de significado el instante en esta sociedad de consumo.

En Alemania estuvo hasta los trece años (Miguel Rollón: «Cuando regresé a Valdemoro, añoré mucho Alemania. Me pasó las dos veces que volví de Alemania. En Valdemoro me sentía fuera de lugar. Aquí estaban mi familia, mis amigos…todo. Sin embargo, me sentía fuera de lugar…»).

Valdemoro

Valdemoro es el lugar del mundo donde mi historia puede atacarme en cada esquina. Aquí nada me resulta indiferente. Es mi pueblo. Es el lugar donde el anciano al que le cedo el asiento me dice: «Ah, yo era amigo de tu madre, de tu abuela». Aquí están mis muertos, aquí di mi primer beso, estas son mis raíces.

Valdemoro se ha llenado de calles iguales y vacías entre bloques de hormigón, porque nos hemos hipotecado la vida a los bancos por más de treinta años. Aun así, Valdemoro es la ciudad que se resiste a dejar de ser un pueblo. Aquí, hay identidad, sentido de pertenencia, vínculos, donde nos importa lo que le sucede a la vecina del segundo izquierda.

Soy melancólico del pueblo que conocí en mi infancia y adolescencia en el que todo el mundo se conocía; de la vida en la calle, de las tardes cuando la calle Grande se cortaba al tráfico y los vecinos nos dedicábamos toda la tarde a pasear. Y, aunque acepto los cambios históricos, mantengo una ilusión precavida y renuncio a afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor y a la falsedad de un edén perdido. Amo Valdemoro.

Tras estudiar FP en la ECAM, en Valdemoro, a los diecisiete años, volvió a Alemania para estudiar una especie de formación profesional: restauración de antigüedades. Solo que allí, una cuarta parte de los estudios eran formación en clase y las otras tres cuartas partes consistían en trabajar en el gremio de la restauración (Miguel Rollón: «De todos los trabajos que he tenido, la restauración de antigüedades ha sido el que más satisfacciones me ha dado en la vida. En España, intenté dedicarme a ello, pero aquí no se valoraba como trabajo…»).

Cuando volvió a los veintiún años, no entendía por qué todos sus amigos comenzaron a casarse. El objetivo que tenían era casarse y comprarse un piso después de hacer la mili (Miguel Rollón: «A mí, eso no me entraba en la cabeza. Fue en ese momento cuando empezaron a llamarme raro. En Alemania, esa cultura no existía. Los alemanes se independizaban de sus padres. Se iban a vivir con sus novios, sus novias o con amigos, pero no tenían que casarse para vivir juntos. Eso me ocasionó muchas rupturas de pareja…»).

Antes de marcharse a Alemania por segunda vez, Miguel ya formó su primer grupo de música en Valdemoro (Miguel Rollón: «Nos fuimos a Herencia a la vendimia para poder comprar los instrumentos…»). Cuando regresó a España con veintiún años, retomó la música y formó parte de la orquesta Bus, que, entre 1984 y 1989 tocó en todas las fiestas patronales de Valdemoro (Miguel Rollón: «Yo tocaba el bajo. Y también, con el tema de la música, traía yo otro tipo de inquietudes: yo venía con la influencia de la música europea y lo que aquí gustaba estaba un poco desfasado. Así que encontré mi refugio cultural en Madrid. Pude conocer a Olé Olé, a Mecano, a Tino Casal, con el que tuve mucho trato… Muchos de esos grupos iban a Alemania a comprar instrumentos musicales y, estando yo allí, les había servido como intermediario. Se habían quedado a dormir en mi casa…»).

A los veinticinco años, se dio cuenta de que era muy difícil vivir de la música. Así que comenzó a estudiar para sacarse unas oposiciones. Estuvo dos años preparando oposiciones para el Ministerio de Justicia y acabó aprobando para trabajar en el Ayuntamiento de Valdemoro. Sin embargo, el derecho no dejaba de ser, también, una pasión para Miguel Rollón y, tras aprobar las oposiciones, decidió estudiar en la universidad para convertirse en abogado (Miguel Rollón: «Salía de trabajar a las tres y las clases comenzaban a las cuatro. Comía un bocadillo y me iba para la Autónoma. Así estuve cuatro años, hasta que me saqué la carrera…»). Miguel ejerció de abogado durante diez años.

De todo lo que esta vida nos ofrece, Miguel se queda con los instantes y con los recuerdos. Para él, la felicidad consiste en crear y en descubrir. Las tres cosas que más le gustan son viajar, leer y escribir. Cuando viaja y cuando lee, descubre. Cuando escribe, crea. Leer es especialmente importante para él porque, como dice, «cuando lees, te haces dueño de tu tiempo». Lleva escribiendo y leyendo poesía desde la adolescencia (Miguel Rollón: «Comencé a escribir de adolescente para ligar. Ahora escribo para salvarme. La verdadera poesía nos cura y nos une incluso (sobre todo) en los peores momentos. A mí me salvo de la depresión la poesía de Luis García Montero, Benjamín Prado, Gil de Biedma y Mario Benedetti. Un sofá ante una pérdida no te consuela, un poema te acompaña en el dolor. Descubrir la lectura y escribir es encender hogueras en la oscuridad, tener conciencia de que, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre»).

Ha escrito poesía durante toda su vida, en su despacho tiene poemas para llenar decenas de libros y, sin embargo, no publicó su primer libro (Los días que no queremos, Valparaíso Ediciones, 2018) hasta el año pasado. Dice que no publicaba sus poemas por pudor. O por vanidad. O, tal vez, por una combinación de ambos. Al final, publicó porque le insistieron los amigos. Publicó su primer libro para ir a recitar poemas en festivales y, así, poder estar con sus amigos (Miguel Rollón: «En este libro la suerte me vino a buscar. Se ha publicado en varios países, incluida su versión en inglés en Estados Unidos. Y lo más bonito es que me está permitiendo conocer muchos países y otras culturas»).

¿Qué es para ti escribir un poema?

Escribir poemas no es casi nunca buscar consuelos. No es un desahogo sentimental, para hacerlo público. Escribir nos obliga a descubrir lo que hay de los demás en nosotros mismos. Aprender que el yo biográfico es distinto del personaje literario. Un poema solo funciona cuando es habitado por el otro; cuando escribo un poema de amor el lector debe pensar en su propio amor, en el ser con el que siente.

¿Cómo te ayuda la poesía para la vida?

A no mentirme, ni creerme en posesión de la verdad. A sentirme libre, una libertad que no consiste en poder decir lo que pienso, sino en poder pensar lo que digo. A responsabilizarme de mi propia mirada. A apostar por la experiencia humana y a alejarme de los anuncios publicitarios que pueblan las calles, porque quien se separa mucho de la realidad acaba estrellándose contra ella. Me gusta soñar con los ojos abiertos y con los pies en la tierra.

Para entrevistar a alguien, para llegar a conocer un poco el contenido de su interior, hay que atravesar varias capas que, como círculos concéntricos, rodean a los seres humanos. En el caso de Miguel Rollón, una de esas capas es su piso en Valdemoro. Miguel me invitó a su casa para llevar a cabo esta entrevista y, desde el recibidor hasta el cuarto de baño para invitados, me percaté de que el parque Warner no era el único parque temático de la Comunidad de Madrid (tan cerca el uno del otro). En el caso del piso de mi entrevistado (el parque Miguel Rollón), se trata de un parque temático para poetas,  lleno de montañas rusas de palabras escritas por las paredes de la casa (en el cuarto de baño, hay una frase escrita a la altura de los ojos del hombre que está orinando de pie y otra frase escrita, en la pared de enfrente, a la altura de la persona que está sentada en la taza), con una inmensa colección de fotografías de músicos y poetas famosos (posando junto a Miguel) y una pared dedicada a los retratos en blanco y negro de su familiares más cercanos. Hay paredes empapeladas con entradas de conciertos míticos, sombreros de varias clases que cuelgan por todos lados, carátulas de vídeo de películas estupendas forrando una pared y casetes originales de sus grupos favoritos cubriendo parte de otra. Hay guitarras, siempre afinadas, dispuestas para ser tocadas por sus huéspedes. En la cama de la habitación de invitados ha dormido un buen número de poetas nacionales e internacionales (nunca todos a la vez). En la nevera, cerveza fresca y extracto natural de jengibre para los gin-tonics. En el mueble bar del salón, tequila del bueno. Solamente tequila del bueno.

¿Tu experiencia como lector?

Al hacerme lector, me sumergí en un mundo mágico en el que las cosas eran algo más de lo que parecían ser. La literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro. Leer es una forma de estar sentados en el balcón mirando el discurrir de la vida cotidiana, las rutinas de la gente que pasa, se encuentra, se besa y se despide. Nada es más hospitalario que un libro que nos recibe ordenado para hablarnos de nuestra vida.

Miguel Rollón ha organizado recitales poéticos en España y Argentina (procura ir a Buenos Aires un par de veces al año). Presume de conocer a un buen número de poetas de todo el mundo.

¿Cómo ves el panorama de la poesía en España?

Las redes sociales son hoy la más grande residencia de ancianos. Nos desconecta de la realidad y de nuestra propia experiencia. La tecnología ofrece herramientas que son buenas o malas según se utilicen. Es el videojuego quien controla y decide nuestros gestos, y el buscador de Google da una información distinta a cada usuario según su personalidad ¿Este es un modo de hacernos más libres o de programar nuevas formas de dominio? Sin embargo, en las redes hay poetas muy jóvenes que reúnen numerosos admiradores entre las personas de su generación y que alcanzan ventas inusuales cuando publican libros. Necesitamos compartir los sentimientos. La ética de la poesía es incompatible con la obediencia efímera del «me gusta».

El libro de poesía Los días que no queremos de Miguel Rollón ha sido distribuido en España, Argentina, México, Colombia, Centroamérica y, recientemente, ha visto su versión traducida al inglés en Estados Unidos (con el título Detroit Doesn’t Love Us Anymore).

¿Qué nuevo proyecto tienes entre manos?

Después de ver a un mendigo pidiendo limosna sobre un cartón donde podía leerse un aviso fuerte, «Muy frágil», decidí escribir sobre el amor. La conciencia de que necesitamos vivir juntos por pura dependencia, de cuidar y ser cuidados. Nos une la debilidad. La verdad del amor no tiene que ver con la fidelidad, sino con la lealtad. Un libro para los soñadores que cada noche brindan por la luz rota de las estrellas.

Somos individuos fantásticos. Magníficos ejemplares únicos y hermosos. Singularidades irrepetibles. Y tenemos una oportunidad (mientras no se demuestre lo contrario), tenemos tan solo una vida para demostrar (a los que nos rodean y a nosotros mismos) que nuestra unicidad merece la pena. Miguel Rollón encuentra la felicidad descubriendo y creando. Para Miguel, la vida tiene sentido cuando viaja, cuando lee, cuando escribe. Y viaja, y lee, y escribe tanto como puede. Porque somos individuos magníficos, pero no debemos olvidar que, después de poco más de cien años, nuestros huesos, ordenados y silenciosos, pueden aspirar únicamente a conformar un hermoso ejemplar de esqueleto humano. Y eso, hoy en día, como están de mal acostumbrados con la comida gourmet para mascotas de los supermercados, no les importa ni a los perros.

Entrevistas

Entrevista con Judit Ruiz Lázaro

La palabra latina examen (examen, -inis) significaba ‘enjambre’. También significaba ‘fiel de la balanza’ y, a partir de esta segunda acepción, pasó a significar ‘pesar, medir el peso de algo’ y, por extensión, ‘medir’. Las matemáticas y la física nos permiten medir casi todo lo que nos rodea. Y, no me confundan, algo muy dentro de mí hace que me sienta extremadamente atraído por la constelación formada por todas esas mediciones y las gráficas comparativas que nacen de ellas. Me siento atraído por esas mediciones casi casi tanto como por todas aquellas cosas de la vida que, de momento, no podemos medir: la imaginación, el cariño, la responsabilidad.

Desde que nacemos, no dejamos de adquirir habilidades y no paramos de acumular conocimientos. Todas esas habilidades y todos esos conocimientos nos ayudan a sobrevivir como individuos y a convivir como especie. Entre las habilidades que aprendemos la mayoría de los seres humanos, algunas de las más interesantes son sonreír y hablar; algunas de las más emocionantes son andar, nadar, ir en bici, conducir, mentir…

En mi opinión, sería ideal que hubiera un exquisito equilibrio entre la enseñanza de habilidades y conocimientos. Sin embargo, los sistemas educativos que nos rodean se empecinan en concentrar casi todos sus esfuerzos en la enseñanza de conocimientos. Creo que una de las razones es el hecho de que, aparentemente, es más cómodo evaluar los conocimientos que las habilidades. Un ser humano sabe ir en bici o no sabe ir en bici. Evaluar los matices sería complicado. Sin embargo, cuando evaluamos el conocimiento de las capitales de Europa, todo parece más sencillo: en una clase, tendremos unos seres humanos que saben cuatro capitales correctamente, otros seres humanos saben diez y otros, veinte. Y todo eso podremos saberlo a través de un sencillo examen.

Sin embargo, todos aquellos que tradicionalmente han pensado que poner un examen sobre los conocimientos de sus alumnos era una tarea sencilla, desde hace unos cuantos años se han topado con los grandes avances que ha experimentado la pedagogía. La pedagogía, que, como todos sabemos, estudia la educación, se ocupa, entre otras cosas, de la evaluación de los alumnos. Una de sus tareas es estudiar los exámenes. Para que un examen sea válido, debe tener una serie de características: por ejemplo, un examen de tercero de primaria deberá tener preguntas y esperar respuestas propias de tercero y no de sexto de primaria; un examen deberá tener una duración adecuada para que los estudiantes tengan tiempo de acabarlo; un examen deberá ser lo suficientemente objetivo y justo para todos los estudiantes…

En un momento de su vida, a la protagonista de esta entrevista le llamó la atención el enjambre (sí, enjambre; lo siento, no he podido evitarlo) de estudiantes que, cada año, cuando acaba el bachillerato, se enfrenta al examen de ingreso a la universidad. La nota que saquen en ese examen (en la actualidad se llama EvAU) determinará gran parte del resto de sus vidas. A la protagonista de esta historia, Judit Ruiz Lázaro, le llamó tanto la atención este examen que decidió que estas pruebas selectivas fueran el centro de estudio de su tesis doctoral. Publicó en un artículo parte de sus investigaciones científicas y, el año pasado, ese artículo permitió que Judit fuera galardonada con el VIII premio internacional José Manuel Esteve (Universidad de Málaga), que promueve el reconocimiento de la labor docente e investigadora en el campo de la pedagogía.

Pinteña de nacimiento, se mudó a Valdemoro cuando tenía cuatro años. Estudió primaria en la escuela Pedro López de Lerena de la localidad y, más tarde, secundaria y bachillerato, en el IES Avalón. A punto de defender su tesis doctoral, Judit Ruiz Lázaro propone que, ya que tenemos una prueba de acceso a la universidad, debemos esforzarnos para que esa prueba sea objetiva y, puesto que la nota final servirá para estudiar en cualquier universidad española, las pruebas de todas las comunidades autónomas deberían ser lo suficientemente homogéneas para permitir que todos los estudiantes que se presentan compitieran en igualdad de condiciones.

¿Eras buena estudiante en el colegio?

Era buena estudiante y sacaba buenas notas. Pero en bachillerato me relajé. No saqué tan buenas notas. Nadie nunca me dijo la importancia que tenía sacar buenas notas en primero y segundo de bachillerato. Todos lo sabemos, pero creo que a todos nos vendría bien que alguien hiciera hincapié, que alguien nos dijera que no nos relajemos, que debemos estudiar más que nunca en bachillerato. Yo siempre he querido ser maestra y, como me relajé durante bachillerato, mi nota no me daba para poder estudiar Magisterio en la Comunidad de Madrid. Tenía dos opciones: estudiar otra carrera o irme a otro sitio a estudiarla. Eso significaba salir de la Comunidad de Madrid y alejarme de mi gente y de mi familia. Estuve valorando las diferentes universidades cercanas a la Comunidad de Madrid donde sí me diera la nota y elegí la Universidad de Castilla-La Mancha, en Ciudad Real. Allí estudié durante cuatro años Educación Primaria, con la especialidad de Pedagogía Terapéutica. Tuve la suerte de poder hacer las prácticas de la carrera en Valdemoro, en la escuela primaria en la que yo había estudiado. Tengo una hermana pequeña que acaba de entrar en la universidad y, cuando estaba en cuarto de la ESO, fui yo la que me encargué de repetirle, una y otra vez, lo importante que es no relajarse durante los dos años de bachillerato. Si no, no podrás estudiar lo que quieres. Y ahí estuve, repitiéndoselo un día tras otro. Afortunadamente, me escuchó y mi hermana Rebecca está estudiando lo que quería en la Comunidad de Madrid.

Durante la carrera, te fuiste de Erasmus a Finlandia.

Cuando vi la posibilidad de cursar un Erasmus, me pareció una idea estupenda. Me puse a valorar los sitios donde podíamos ir. Cuando vi Finlandia, pensé que podría matar dos pájaros de un tiro: por un lado, el sistema educativo finlandés tiene la reputación de ser el mejor del mundo; por otro lado, allí podría mejorar el inglés. Me pareció el destino perfecto. Estuve cuatro meses en la University of Eastern Finland, en su sede de Joensuu, en el este del país. Mi trabajo de fin de grado hacía una comparación entre el sistema educativo español y el finlandés, pero no puedo decir que fuera a Finlandia propiamente a investigar. Allí fui a la universidad y cursé algunas asignaturas. La asignatura que más me aportó fue una que consistía en ir a un centro educativo. Una vez entrabas en la escuela de primaria, todo era diferente. Los niños se quitaban los zapatos. En cada clase había un piano. Siempre había dos profesores: el oficial y el ayudante. Los profesores daban cuarenta y cinco minutos de clase y, acto seguido, había siempre diez-quince minutos de descanso. Los niños se ponían los zapatos y la ropa de abrigo y salían a jugar a la nieve. No había que llamarlos. Volvían a su hora y, en cuanto terminaba el descanso, estaban listos y en silencio para la siguiente clase. Creo que todo esto se debe a la cultura. No te puedes llegar a imaginar el respeto que tienen hacia el profesor. En el aula, se fomenta un interés increíble. No es casualidad el que siempre trabajen por proyectos. Si en Ciencias, están viendo los animales vertebrados, en Plástica, tienen que hacer un animal vertebrado con plastilina o con cartulinas. Todo está conectado. Se van a clase de Música y, ese día, aprenden a cantar una canción sobre los animales vertebrados. Las clases de Música merecen mención aparte. Van al aula de Música y no tiene cada uno su flauta, como aquí en España. No. El aula está llena de diferentes instrumentos musicales y cada uno coge el instrumento que le llama la atención. La música allí es fundamental. Desde los siete años, elaboran con herramientas sus propios joyeros, tienen clase de costura y se hacen sus gorros y sus bufandas. Hay una conexión tremenda entre el currículo y el mundo real.

¿Cómo decide alguien dedicarse a la investigación en el campo de la pedagogía?

Terminé el trabajo de fin de grado y tenía un año para prepararme las oposiciones de maestra. Lo primero que hice fue mirar el baremo de puntuaciones para las oposiciones. Allí vi que, si tenía un máster, obtenía un punto extra. Así que decidí cursar un máster a la vez que estudiaba para las oposiciones. Analicé todas las posibilidades y me llamó la atención un máster sobre investigación educativa que ofrecían en la Complutense. La idea era no dedicarle mucho tiempo al máster y concentrarme, sobre todo, en las oposiciones. Empecé a ir a un preparador de oposiciones y duré poco más de un mes. Por alguna razón, así soy yo, no podía conformarme con sacar un 5 en el máster. Así que me empleé a fondo en el máster y, para cuando lo acabé, me quedaba un mes para estudiar para las oposiciones. El examen no me salió mal del todo. No obtuve plaza, pero conseguí entrar en la lista de interinos. Además, había disfrutado tanto mientras realizaba el trabajo de fin de máster que me animé a continuar esa vía comenzando los estudios de doctorado. Durante el primer año, no me llamaron de la bolsa de interinos, así que pude dedicarme de pleno al doctorado.

¿Cómo surgió la idea de trabajar sobre las pruebas de acceso a la universidad?

Yo estaba metida dentro de un grupo de investigación sobre la evaluación. Dio la casualidad de que mi mejor profesor en la Universidad de Ciudad Real era de Lengua. Siempre he tenido contacto con él y, en una de nuestras conversaciones, me propuso la idea de estudiar la parte de Lengua de las pruebas de acceso a la universidad. Él fue el culpable.

El trabajo de fin de máster te sirvió para ganar el premio internacional de pedagogía que organiza la Universidad de Málaga.

Mi directora de tesis, Coral González Barberá, y yo decidimos publicar un artículo con el fruto de nuestras investigaciones en la revista de pedagogía Bordón. Cuando estaba en México, me enteré del premio internacional José Manuel Esteve y el artículo que habíamos publicado cumplía los requisitos para poder participar en la convocatoria. Le pedí a mi padre que imprimiera cinco copias y las enviara a la dirección que ponía en las bases del concurso. En noviembre de 2018, estaba sustituyendo a una compañera en la universidad cuando recibí un correo electrónico que me daba la enhorabuena por el premio. No me lo podía creer. El título del artículo es Análisis de la prueba de Lengua castellana y Literatura que da acceso a la universidad: Comparación entre las comunidades autónomas y puede descargarse libremente en internet. El premio me dio esa motivación extra para seguir investigando y, en verdad, creo que es necesario para que la sociedad tome decisiones importantes sobre este tema. Cada año, cuando llega el momento de la EvAU, se reanima el debate. Dentro de ese pacto que se debería hacer, ya, por la educación, el tema de las pruebas de acceso a la universidad lo tienen que contemplar. Normalmente, todos esos artículos que se van publicando en estas revistas especializadas quedan siempre muy lejos de los centros escolares. Nosotros, durante la carrera, ni siquiera conocíamos la existencia de este tipo de publicaciones. Y hay muchos artículos que informan sobre estudios científicos de pedagogía sobre distintas metodologías de la enseñanza que funcionan mejor que otras y, sin embargo, esa información rara vez llega a los maestros de las escuelas. No debería ser así. A mí me gustaría que mis trabajos, mis investigaciones sirvan para algo. Que lleguen a alguien. Ojalá mi artículo llegara a las personas adecuadas para que se creara un proceso de acceso a la universidad más objetivo y más equilibrado a nivel nacional, para que no genere agravios comparativos entre estudiantes de diferentes comunidades autónomas.

¿Qué tal fue tu estancia en México?

Yo ya estaba haciendo el doctorado. En 2018, estuve tres meses en el Instituto de Investigación y Desarrollo Educativo de la Universidad Autónoma de Baja California, en la ciudad de Ensenada. En México no hay una prueba nacional de acceso a la universidad. Hay instituciones, más o menos subvencionadas, que se encargan de elaborar pruebas para acceder a la universidad. Estos centros establecen vínculos con algunas universidades y, si alguien en México quiere ir a una universidad, debe hacer el examen de acceso con la institución vinculada a la universidad deseada. Fui un poco a enterarme cómo funcionaba su sistema. En el instituto en el que estuve en Ensenada elaboran una de estas pruebas y el año pasado presentaron la patente de la misma. Colaboré en la aplicación de esa prueba con estudiantes de Mexicali, Tijuana y Ensenada. Son exámenes bastante serios, con respuestas cerradas de elección múltiple, siguiendo las pautas que marca la psicometría. Los psicómetras, que son los especialistas en el diseño de las pruebas, forman a los profesores de una materia para que elaboren las preguntas bajo la supervisión de los primeros. La estancia se me hizo muy corta.

Y acabas de volver de Los Ángeles.

Sí. También he estado tres meses. He ido a ver cómo funcionaba allí la prueba de acceso. Me ha sorprendido que allí no se plantean una prueba a nivel estatal o nacional como tenemos en España. Normalmente, los candidatos deben hacer una prueba, SAT (Scholastic Aptitude Test), con frecuencia online. Cada universidad elige a sus candidatos a partir de la solicitud que reciben de los mismos. Analizan los resultados del examen,  su expediente académico y le dan muchísima importancia a otros méritos del currículum del estudiante. No realizan un listado de todos los solicitantes ordenado por notas, como podemos hacer aquí. Allí depende de cada administrativo. Es tan diferente en unos países y en otros. Y como, al final, la cultura también es diferente, no es fácil importar esas ideas.

Hablemos de un futuro cercano. ¿Cómo mejorarías la educación en nuestras escuelas públicas para los niños de la próxima década?

Me interesa mucho todo el tema de la inclusión. El problema del bullying. Creo que cuando eres pequeño no eres consciente de todo el daño que le puedes estar causando a otra persona. Y todo eso se está trabajando mucho en las escuelas. A mí me gustaría que mis hijos ni lo sufrieran ni lo ejercieran. Me gustaría que todos los maestros estuvieran capacitados para abordar todos esos temas. Los maestros de hoy en día no han sido preparados en la universidad para estarlo. En la universidad no nos enseñan a afrontarlo. Nos enseñan los conceptos, pero no a combatir ese tipo de situaciones. Los profesores de universidad, a no ser que sean asociados, generalmente nunca han estado en un centro escolar. No están muy cerca de la realidad. Para mí, eso es un problema. Y tengo la sensación de que nadie me escucha cuando lo digo. Hoy en día, está la figura del profesor universitario asociado. Son maestros que trabajan en un centro de primaria o secundaria y, por las tardes, dan alguna clase en la universidad a lo largo de la semana y traen su experiencia educativa a las aulas. Me gustaría que los maestros y profesores que enseñen a mis hijos tengan una formación cercana a la realidad del aula y de las necesidades de la sociedad. Me gustaría que esos maestros tuvieran imaginación y supieran despertar la imaginación de mis hijos.

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Ah, la imaginación. Todavía no hay un examen válido para medirla. Pero me da la sensación de que, si alguien es capaz de crear una prueba objetiva, válida y universal para medir la imaginación de los aspirantes a maestros, ese alguien será Judit Ruiz Lázaro, la protagonista de esta entrevista.

Amigos·Entrevistas

Entrevista con Teresa Humanes Hernández

El XXXV Festival de Teatro Villa de Valdemoro se desarrollará durante las tres últimas semanas de mayo, comenzando el día 8 y terminando el 30 de este mes.  Se trata del certamen de teatro aficionado más antiguo de la Comunidad de Madrid y, en esta edición, se pondrán en escena un total de 23 obras.

Cuando reflexiono sobre la supuesta crisis del teatro profesional en los inicios del siglo XXI, me viene a la mente un diálogo de Yo, Claudio, la novela Robert Graves que narraba las aventuras del célebre emperador romano. Uno de los protagonistas dice: «El teatro ya no es lo que era». A lo que su interlocutor responde: «El teatro nunca fue lo que era». En realidad, el teatro, con una naturaleza mestiza que integra varias disciplinas, siempre tuvo que competir para reivindicarse como arte. De hecho, las seis bellas artes clásicas eran la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la declamación y la danza. La declamación incluía la poesía y la música incluía el teatro.

Es posible que los teatros no muevan los presupuestos que se mueven en el cine, que, muy pronto, se convirtió en el séptimo arte. Pero también es cierto que el teatro es inherente a la condición humana, que está dentro de nosotros, que es una de las primeras técnicas pedagógicas (casi siempre inconsciente) que utilizan los padres para enseñar a vivir a sus hijos. Sí. El ser humano aprende gracias a las actuaciones de sus padres. El ser humano aprende, también desde sus primeros días de vida, a actuar. A fingir. A interpretar. A participar en cada una de las ceremonias e interacciones sociales que se nos presentan en nuestro día a día.

Tengo delante a Teresa Humanes Hernández. Como se suele decir en estas situaciones, valdemoreña de toda la vida. Si ahora tuviera 20 años, podría haber sido clasificada como activista social. Incluso como agitadora cultural. Pero ella pertenece, más bien, a la generación de «lo importante es participar». Lleva toda la vida participando de la vida social y cultural de Valdemoro. Veinte años participando con la Casa de Andalucía: adornando casetas en la feria, adornando la sede, participando en romerías. Dice que seguirá haciéndolo mientras pueda. Llegó a pertenecer al grupo de teatro Al-Mudena, de la propia Casa de Andalucía. Fue una de las fundadoras del grupo de teatro aficionado valdemoreño Tuccitania. En la actualidad, dirige el grupo de teatro Dulcinea, de la Casa de Castilla-La Mancha

¿Cuándo nació tu vocación por el teatro?

Desde muy pequeña. Recuerdo que, viviendo en la calle Pozo Chico, las amigas nos juntábamos en las casas, lo que no pasa ahora, cuatro o cinco chicas en un patio, y jugábamos a representar nuestras propias obras de teatro. Yo tendría ocho o nueve años. Una de mis amigas, Fidela, todo el mundo la conoce en Valdemoro, era frutera. Se nos ocurría alguna idea y luego poníamos cajas de fruta en el patio, acomodándolo todo como si fuera un teatro de verdad. Luego recuerdo, ya en el colegio, a mi profesor de inglés, Antonio Pérez. Un día intentó montar un grupo de teatro y me llamó para decirme que contaba conmigo para el grupo. Para mí fue el mayor orgullo posible. Creo que la primera obra que representamos fue de García Lorca. Antonio, por su trabajo, tuvo que dejarlo, pero yo ya no podía parar. Así que formamos nuestro propio grupo, Tuccitania. Recuerdo el día que fuimos a Aranjuez a registrar el grupo con ese nombre. Yo entonces tendría veintiocho años y ya era madre. Íbamos a ensayar al colegio Cristo de la Salud y mi hija se aprendía las obras de memoria porque se venía conmigo a los ensayos. Creo que se llegó a saber de memoria La casa de Bernarda Alba.

Luego hicisteis una obra basada en Calígula, de Albert Camus.

Fue una adaptación del propio Antonio Pérez, con un ambiente de gánsteres en la época de la Ley Seca. Se titulaba Joe Stampanato y la dirigió Mariano Serrano. Con él, aprendí también muchísimo. Yo me iba fijando y aprendiendo con cada obra que llevábamos a escena. Con nuestro propio grupo, nos dedicamos, además, a hacer animaciones para fiestas infantiles. En la Casa de Andalucía nos llamaban muchas veces para hacer fiestas y actividades con los niños. Hemos hecho tantas cosas y con tanta ilusión. El grupo Tuccitania sigue estando ahí, aparcado, guardado en el baúl, esperando que aparezca un proyecto y podamos llevarlo a cabo.

Fuiste Margarita de Austria, la reina consorte de Felipe III, en una de las celebraciones anuales de la Feria Barroca en Valdemoro.

Uno de los años hice de reina. Otro año, de duquesa. Otro año, participé con un papel de monja. Cuando comenzaron a celebrar la Feria Barroca, traían a grupos de actores de fuera. Pronto se dieron cuenta de que tenía sentido que fuéramos los grupos de teatro locales los que lleváramos a cabo las representaciones teatrales de la feria. Desde ese momento, participé varios años. Recuerdo que fue Isabel Mesa la que nos congregó a varios grupos de teatro de Valdemoro para proponernos la participación. Ellos mismos preparaban el guion y repartían los papeles entre todos nosotros. Y nos tirábamos ensayando desde mayo hasta octubre. Me acuerdo de que llegábamos a ensayar en la calle y en la plaza. Disfrutábamos mucho. Recuerdo cuando llegaban y nos daban los trajes que teníamos que ponernos un par de días antes de la feria. Y el primer año que participamos nos pusieron los micrófonos inalámbricos en el balcón del Ayuntamiento. Mientras formaba parte de todo el montaje yo me sentía muy orgullosa de colaborar con la Feria Barroca de mi pueblo. Y eso que fue un momento muy difícil de mi vida. Acababan de morir mis padres y, por un lado, sentía alegría y, por otro, los echaba de menos y deseaba que me hubieran visto allí. Más tarde, como el Ayuntamiento tiene su grupo de teatro con la UPV, es lógico que sean ellos los que se encarguen de la representación. Pero disfruté mucho los tres años en que participé. Me acuerdo cuando nos sentaron en los tronos dentro de la iglesia… Era todo tan emocionante.

Habéis colaborado con el Ayuntamiento cuando estaba dirigido por alcaldes de diversos partidos políticos.

Para nosotros nunca ha sido un problema. Siempre hemos trabajado con Isabel Mesa y nos ha tratado muy bien. El domingo, cuando terminaba la Feria Barroca, nos invitaban a comer y nos juntábamos todos. Era una experiencia muy bonita porque, durante la comida, nos poníamos a recordar todo lo que habíamos hecho durante toda la feria. Por el Ayuntamiento, solo siento agradecimiento. Nunca he tenido ningún problema. Además de la Feria Barroca, nos llamaron para organizar el encierro infantil, con los toros hinchables. Fuimos todo el grupo Tuccitania con los niños, en la plaza. Hicimos juegos en el albero. Es muy bonito hacer actividades con los niños. Es importante hacerles ver que en los juegos nadie gana y nadie pierde. La Asociación Valdemoro Solidario (AVALSO) también nos invitó un par de veces para trabajar con niños. En una de ellas, organizamos diversas actividades en el centro comercial durante todo el día. Hicimos juegos para los chicos, hubo pintacaras… Otra la hicimos en el parque Duque de Ahumada. Me gusta mucho participar con ellos porque es una acción social para un comedor solidario.

También has sido paje real en la cabalgata de los Reyes Magos.

Hemos salido en las cabalgatas de los Reyes Magos de Valdemoro un par de años y, sí, he sido paje real (y, a veces, rey) durante muchos años en la Casa de Andalucía.

¿Cuál es el papel que más te ha gustado interpretar como actriz?

Estoy muy orgullosa de haber interpretado papeles en las obras de Lorca. La casa de Bernarda Alba. Hice de Bernarda Alba. Me encantó. Me metí tanto en el papel. También disfruté mucho con Bodas de sangre. Las obras de Lorca son muy intensas y hay que tomárselas muy en serio.

¿Qué papel te gustaría representar?

Me gusta mucho el drama. Pero mi mayor reto sería hacer reír a la gente. Me encantaría poder interpretar un papel que hiciera que la gente se partiera de risa. Es más difícil hacer reír. Aunque fuera un papel pequeño, me haría muy feliz…

¿Vas al teatro con frecuencia?

No voy todo lo que me gustaría. Vamos a Madrid, y aquí en Valdemoro, siempre que podemos. También me gusta ir a ver las obras de los otros grupos de aficionados de Valdemoro. Cuando voy a ver las obras amateur, sufro con ellos. Desde mi butaca, les mando todas mis energías para que les salga bien la obra y para que, si se equivocan, sepan salir al paso. También me planteo cómo lo habría hecho yo. Mi cabeza no para cuando estoy en el teatro.

¿Cómo te ayuda el teatro para la vida?

Me da muchísimas fuerzas. Ha sido así siempre, pero especialmente en estos momentos de mi vida. Disfruto cada día, pero llega el miércoles, que es el día que tenemos los ensayos, y se me enciende todo el cuerpo. Desde por la mañana me pongo a preparar lo que vamos a hacer, lo que les voy a decir. Me da mucha vitalidad. Es mi diversión. Mi trabajo. Un buen complemento a mi vida. El teatro crea amistades muy sólidas. Te ríes. Disfrutas. Alimenta tus inquietudes culturales. Te hace sentirte orgullosa de lo que haces. El teatro nos mantiene activos. El teatro nos mantiene jóvenes. En el grupo que dirijo actualmente tengo a Julián, con 80 años, y a Petri, con 78. Me hace tan feliz ver cómo disfrutan. No faltan un solo día.

Ahora estás con el grupo de teatro Dulcinea, que pertenece a la Casa de Castilla-La Mancha.

Hay que recordar que somos un grupo de aficionados. Por eso, cada uno de nuestros esfuerzos y de nuestros trabajos son grandes logros para nosotros. Somos unas quince personas y, además de haber hecho representaciones en Valdemoro, hemos estado en Ávila, en Madrid, en Cuenca…

Entiendo que eres autodidacta.

Me ha gustado siempre tanto. Me gusta pensar en el lugar en el que vamos a interpretar la obra y para qué público. Eso determinará si podemos elegir una comedia o un drama. También me gusta adaptar el papel a la persona a la que se lo doy. Al ser teatro aficionado, es más interesante llevar el papel elegido hacia la personalidad del actor que lo va a interpretar. Para que esa persona disfrute más del papel y con la intención de que sea más creíble para el público. Siempre reparto los papeles del guion de acuerdo a la personalidad de los actores de los que dispongo. También analizo mucho los guiones. Tal y como están ahora las cosas, es importante intentar no herir las sensibilidades del público y no causar polémica. Intento siempre adaptar el guion a lo que yo creo que no va a dañar los sentimientos de la gente.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de trabajar con aficionados?

Las ventajas son muchas. Disfruto un montón enseñándoles lo poco que yo sé, animándoles a participar. A veces, llevar un grupo de quince personas es muy difícil. Cada uno tiene su personalidad. En el teatro hay que tener muy buen rollo. Si yo estoy enfadada contigo y tengo que salir a escena a interpretar un papel de cordialidad, no lo voy a conseguir. La gente que lo está viendo lo no va a creer. Intento que el grupo se lleve muy bien. Gran parte de mi trabajo es crear un grupo cordial, en el que todos saquen provecho de la experiencia que estamos viviendo. El día del estreno es para todos los miembros del grupo uno de los acontecimientos más importantes de ese año. Les encanta. Se entregan al máximo. Una persona, por el mero hecho de subirse al escenario, merece un respeto. Además, todos están felices con el papel que les corresponde. En teatro, es tan importante la persona que tiene dos frases como la que tiene veinte. Terminamos una obra y ya están preguntando por la siguiente.

Háblanos de tu encuentro con Yolanda Iscar.

Nos conocimos a través de Isabel Mesa, directora del área de cultura. Como escritora local, Yolanda tenía un proyecto teatral y acudió primero al Ayuntamiento para llevarlo a cabo. Quería ponerse en contacto con algún grupo de teatro aficionado. Nos presentó Isabel Mesa y cuando me contó su proyecto, coincidió que yo no tenía nada entre manos, con lo que me pareció interesante. Preparamos el evento. Era algo similar a lo que se hacía en la Feria Barroca. Trabajamos las dos con mucha ilusión y creo que lo estrenamos en Fuenlabrada. Le encantó el resultado. Más tarde lo presentamos en el teatro de Valdemoro. Trabajamos mucho juntas. Ella tenía un buen guion, pero me dio permiso para adaptarlo a la realidad del teatro y a nuestras posibilidades. A partir de ahí, Yolanda nos propuso escribir una obra de teatro para nosotros. La experiencia fue muy gratificante porque ella ya conocía a la gente que iba a participar y escribió una obra en la que adaptó los papeles a cada uno de los actores. Por eso, la obra, Secretos del destino, tuvo tanto éxito. Dio un papel hasta a su hijo, que entonces era un niño. Nos llamaron para actuar en un teatro en Madrid. Luego estuvimos representando la obra en el auditorio de Ávila, que es precioso. Fue muy especial porque, cuando llegamos, nos dijeron que allí había cantado Plácido Domingo. Para mí era un sueño. No me lo creía. Uno de los días más felices de mi vida.

Como directora, te ocupas de todo.

Como puedes imaginar, el presupuesto con el que trabajamos es muy pequeño. Intento buscar soluciones a lo que se nos va presentando, adaptándome a ese presupuesto. Buscamos decorados económicos, pero que, a la vez, puedan transportarse fácilmente y puedan adaptarse a cada uno de nuestros posibles escenarios. Hemos sido capaces de organizarnos en el auditorio de Ávila y en escenarios minúsculos en los que hemos tenido que poner unas sábanas para crear un vestuario improvisado.

¿Qué proyecto tenéis entre manos?

Ahora estamos preparando una obra que me habría gustado representar en el Día de la Mujer. También me habría gustado poderla representar durante el festival de teatro de este año. Se trata de Hay motín, compañeras. La obra se desarrolla en una cárcel. Es un motín de mujeres y cada una de las protagonistas explica las razones de su encarcelamiento. Desafortunadamente, uno de los protagonistas principales ha sido destinado tres meses fuera y tendremos que esperar a que vuelva. Supongo que esas son las desventajas de trabajar con un grupo aficionado. Pero tenemos la obra preparada (solo quedan los últimos retoques) y la retomaremos en cuanto sea posible. Estuve ojeando varias obras y, en el momento que la leí, supe que era la adecuada. Creí que la mujer merece un reconocimiento. Eso sí, tuve que hacer muchos cambios. Hay partes y diálogos que veía muy crueles. Pero, conforme iba leyendo la obra, iba viendo que los papeles les iban bien a mis chicas. Estaba leyendo y me decía: «Este le pegaría a fulanita; este a menganita…». Hay que recordar que es más difícil encontrar hombres para los grupos de teatro aficionado. La mayoría somos mujeres. A los hombres que tenemos en el grupo los cuidamos como oro en paño para que no se vayan.

¿Cómo ves el panorama de teatro aficionado actual en Valdemoro?

Hay rachas. Creo que goza de buena salud. Puede verse este mayo, en el Festival de la Villa de Valdemoro. En la última reunión que tuvimos para los preparativos, me alegró mucho ver que ahora participan muchos colegios de la localidad. Es muy bonito que los niños vayan a desarrollar la cultura en el teatro. Dice muchas cosas buenas de sus maestros.

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Pedro Calderón de la Barca publicó en 1665 El gran teatro del mundo. En este auto sacramental, posiblemente el más famoso del autor, Calderón muestra la vida humana como un gran teatro en el que a cada uno de nosotros nos toca representar un papel. Teresa Humanes Hernández nos demuestra, con su ejemplo, que la vida puede ser un teatro, sí, pero que cada uno de nosotros tenemos no uno, sino múltiples papeles: algunos principales, otros secundarios. Todos importantes. Teresa es feliz como esposa. Como madre. Como abuela. El teatro, además, despierta sus sentidos, la ayuda a desarrollar una creatividad desbordante y le permite enriquecer el tejido social de Valdemoro.

El 20 de mayo, en el teatro Juan Prado, podremos ver una pequeña adaptación-resumen de La casa de Bernarda Alba, interpretada por el grupo de teatro Dulcinea, de la Casa de Castilla-La Mancha y dirigida por Teresa Humanes Hernández.

Entrevistas·Presentación

Entrevista con Montse Damas

Ante las quejas sobre la larga duración de la ceremonia de entrega de los Óscar, alguien en la cadena televisiva estadounidense ABC tuvo la feliz idea de hacer entrega de cuatro de las estatuillas (mejor fotografía, mejor montaje, mejor corto de ficción y mejor maquillaje y peluquería) durante los anuncios. En menos de veinticuatro horas, 650 personalidades de Hollywood (entre ellos, tres de mis directores favoritos: Quentin Tarantino, Spike Lee y Spike Jonze) firmaron un escrito de protesta que obligó a los organizadores a echar marcha atrás. La industria cinematográfica demostró así que se preocupa por los suyos. El mensaje era claro: entienden que el glamur y la brevedad venden, pero entienden, también, que el cine es mucho más que unas caras bonitas. Una buena película necesita una buena interpretación, una buena dirección, un buen guion, una buena fotografía, un buen montaje y un buen equipo de maquillaje y peluquería entre otras cosas.

También es cierto, sin embargo, que una maquilladora que haya ganado tres Goyas (el primero en 2001, por Juana la loca; el segundo en 2012, por Blancanieves; y el tercero, en 2019, por El hombre que mató a don Quijote), una maquilladora que lleve en la profesión casi treinta años y que haya trabajado en películas como El reino de los cielosAlatriste, Camino, Un día perfecto o Palmeras en la nieve pueda pasearse por Valdemoro, donde nació y ha vivido toda su vida, con la tranquilidad de saber que solo sus amigos y los que la vieron crecer podrán reconocerla. Es el caso de Montse Damas, la valdemoreña que tengo enfrente y que ha tenido la amabilidad de concederme esta entrevista.

Pere Vall, redactor jefe de la revista Fotogramas e importante crítico de cine español, escribió esto cuando puso su cara en manos de Montse Damas para hacer de figurante en la película Blancanieves:

«…Para tener esta larga y cuidada barba de caballero acomodado no se optó por la barba postiza pegada a la cara, entera, ni por la barbota enganchada a una goma elástica. ¡Pelo a pelo!

Y de esto se encargó una maga de la caracterización, Montse Damas, en cuyo currículum hay títulos como Lope, También la lluvia, Las 13 Rosas… Una mujer enamorada de su trabajo, una artista a la que no le van las prisas. La llaman La del rigor histórico, porque le gusta documentarse al máximo para cada film, y no cagarla en detalles que quizá el público (o el director) no nota, pero ella sí. Y le duele. La del rigor histórico no está para errores, si puede evitarlos, y pasé con ella un buen y agradable rato, entre anécdotas y mientras me pegaba la barba mechón a mechón: una mezcla de pelos castaños (naturales, comprados a un mayorista) y canosos».

¿Cómo acabaste dedicando tu vida al maquillaje en el cine?

Siempre me ha gustado el mundo del espectáculo. Desde muy joven tuve inquietudes por ser actriz y me metí en un grupo de teatro de Parla. Pero, desde muy pronto, también, me di cuenta de que me daba mucho miedo salir a escena. Tenía una vergüenza terrible. Así que, enseguida, decidí que mi trabajo debía estar detrás de las cámaras y no delante. A esto se añadió el hecho de que tenía un familiar, la hermana de una tía mía, que era peluquera para cine y series de televisión. Un día fui a un rodaje con ella y me encantó. Estaba decidido. Hice un curso de maquillaje y, acto seguido, empecé a hacer meritoriaje. Es decir, empecé desde el nivel más bajo del escalafón, de meritorio, luego pasé a ser auxiliar y, finalmente, ayudante de maquillaje. Así empecé y, desde entonces, no he parado. Llevo ya  veintiocho años en el oficio.

Tienes una extensa filmografía. Has participado en varias series de televisión y en muchas películas.

Empecé con series. Empecé trabajando en una serie que se llamaba Qué loca peluquería y, luego, pasé al cine. A partir de ahí, he trabajado más en el cine y he participado en unas poquitas series. Trabajo mucho para producciones extranjeras que vienen a filmar a España. El verano pasado estuve trabajando para la última entrega de Terminator (Terminator: Dark Fate); en abril estaré todo el mes en Tarifa, trabajando para una serie de Sky TV, una plataforma digital británica, que se llama Little Birds. Y, de mayo a octubre, voy a trabajar para una serie de Netflix que se va a filmar entre Madrid y Mallorca y que se titula White Line.

¿En qué consiste tu trabajo? Me consta que eres la responsable de la mayoría de las heridas que se producen durante el rodaje…

Sí. El maquillaje incluye los efectos de las heridas entre otras cosas – [Sonríe]. Hay que entender que el maquillaje en el cine es muy diferente del maquillaje en el mundo de la moda. En una serie o en una película lo que buscas es crear un personaje. No todo el mundo tiene que salir guapo. En cuanto nos leemos el guion, comenzamos a crear al personaje. Hay personajes que no tienen por qué ir maquillados, ni arreglados. En el mundo de la moda, se emplea lo último en maquillaje.

¿Trabajáis en equipo?

Normalmente está la jefa de maquillaje, el ayudante de maquillaje, que es el trabajo que yo suelo desempeñar, y una peluquera. Dependiendo de las proporciones del proyecto, podemos llegar a estar tres de maquillaje, tres de peluquería… En un proyecto como Exodus (Ridley Scott, 2014), la productora americana traía al equipo de maquillaje para los actores principales (Christian Bale vino con su propio equipo) y nosotros teníamos otro equipo para ocuparnos de todos los figurantes. Imagínate tener a quinientos extras esperando a ser maquillados. Para esa película, podíamos estar cincuenta personas trabajando en el equipo de maquillaje. Pero hay veces que la productora viene con los actores extranjeros y el equipo de maquillaje es todo español. Ese va a ser el caso con la serie White Line, que vamos a empezar en mayo. Nuestro equipo de maquillaje se ocupará de toda la primera temporada. Yo evito ser jefa. Para empezar, tengo muchísimo más trabajo como ayudante de maquillaje. Además, para mí, tiene muchos más alicientes trabajar con diferentes maquilladores que ser jefa. Con mi experiencia, me suelen dejar mucha libertad a la hora de trabajar y de crear a los personajes que me corresponden.

¿Guardas algún buen recuerdo de alguna de las celebridades que has conocido durante el rodaje?

Los directores hablan con las jefas de maquillaje y yo los veo durante el rodaje, pero no trabajo directamente con ellos. Hace años, hice una película que se tituló El puente de San Luis Rey, una producción extranjera que incluía a Robert de Niro, a Geraldine Chaplin, a Gabriel Byrne y a Harvey Keitel en el reparto. De todos ellos, me llamó mucha la atención Kathy Bates. Me pareció una persona tan cercana. Este tipo de actores y actrices van siempre rodeados de un séquito y esto hace que sea muy difícil acercarse a ellos. Sin embargo, Kathy Bates mostró mucha simpatía. Mucha cercanía. Otra celebridad que me llamó la atención fue Liam Neeson durante el rodaje de El reino de los cielos. Justo antes de filmar una escena, se le acercó un figurante y le pidió hacerse una foto juntos. Muy amablemente, Neeson le dijo: «Este no es el momento». Así que Liam Neeson se fue a rodar la escena en cuestión. Cuando terminó, se puso a buscar al extra por toda la zona de rodaje. Y no paró hasta encontrarlo para hacerse la foto con él. Una vez juntos, le dijo: «Ahora es el momento».

¿Cómo viviste cada uno de los tres Goyas que has ganado?

El Goya, evidentemente, lo gana el equipo de maquillaje liderado por la jefa de maquillaje que lo coordina. Los tres han sido muy especiales. El primero fue con Juana la loca. Me pilló un poco como por sorpresa. Disfruté especialmente el Goya que ganamos con Blancanieves. Esa película me encantó. Fue una película muy especial. En esta película tuvimos a uno de los personajes más interesantes que he creado. Se trata de Rintintón, que es un niño perro y que está creado todo con posticería facial, que es una de mis especialidades. Rintintón tiene toda la cara llena de pelo. Ahora, cada vez más, se ponen las barbas pelo a pelo. Aguantan mucho más que si pones toda una barba o un bigote postizos. Facilitan mucho más la gesticulación de los actores. Y, por último, ganar un Goya con El hombre que mató a don Quijote tuvo su mérito. Hay que recordar que es una película que parecía que tuviera una maldición. Se ha intentado rodar dos o tres veces y no ha sido posible nunca. La última vez se hizo un documental, Perdidos en la Mancha, que describía los efectos de esa maldición. Cuando llevábamos dos semanas de filmación de El hombre que mató a don Quijote, salieron con el champán a celebrarlo porque nunca se había llegado tan lejos con la grabación. Además, fue fantástico trabajar con el director Terry Gilliam, que es un señor que tiene una imaginación y una cabeza que está continuamente creando. En el caso de esta película, en el equipo de maquillaje, además de maquillaje y peluquería, estaba también Pablo Perona, responsable de la nariz postiza que lleva el protagonista. Esta nariz forma parte de los efectos especiales de maquillaje.

Y los galardones que has ganado no se quedan en tres Goyas.

Desde el año 2010, la Academia de Cine (Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España) valora, en unos homenajes anuales que han pasado a llamarse Homenaje a los Profesionales, a todos los profesionales que no tienen tanta visibilidad pero sí una larga trayectoria cinematográfica; gente como los ayudantes de dirección, los de script o los ayudantes de maquillaje. Los homenajeados pasan automáticamente a formar parte de la Academia como miembros asociados. En septiembre de 2016, yo fui una de las afortunadas en recibir este homenaje y lo valoro como uno de los premios más importantes de mi carrera.

¿Cómo llevas estar viajando de un lado para otro?

Lo llevo fenomenal. Obviamente, cuando pasas mucho tiempo fuera de casa, echas de menos estar en ella. Acabo de volver de Panamá. Supongo que no es un destino al que yo iría si no fuera por trabajo. He ido y vuelvo encantada. Cuando rodamos The Promise, estuvimos en Malta. También me gustó mucho. Tienes una oportunidad de conocer bien los sitios. Tengo muy buen recuerdo de cuando fuimos a filmar a Bolivia con Icíar Bollaín. Allí dirigió Y también la lluvia. Es una película que me gustó mucho. Icíar es también bastante cercana y muy maja. Fue interesante crear a los indígenas que salen en la película. Había días que empezábamos a maquillarlos a las tres y media de la mañana porque eran muchísimos. Nuestro trabajo es de madrugones. Somos de los primeros que debemos ponernos a trabajar. Este verano pasado, con Terminator, debía levantarme a las tres menos diez de la mañana. Hay días que empezamos prontísimo y podemos estar trabajando hasta doce horas seguidas. Una vez terminas de maquillar, tienes que estar pendiente por si hay que retocar algo durante el rodaje, controlar que todo haya quedado bien… Los actores sudan, los bigotes, las barbas o las pelucas se mueven y hay que estar pendientes para que, en cada toma, todo esté impecable.

Supongo que el maquillaje en el teatro es diferente. ¿Has trabajado maquillando en el teatro?

La verdad es que no. El maquillaje en el teatro no es tan sutil como en el cine. En teatro, si, por ejemplo, tienes que hacer un envejecimiento, puedes hacerlo de forma un poquito menos detallada y más exagerada porque no hay primeros planos. Cuando filmas, ahora con el HD que lo ve todo, se necesita mucho más detalle.

¿Hay algún proyecto cinematográfico en el que te gustaría embarcarte?

Creo que tengo mucha suerte. Últimamente, no paro y son todos proyectos muy interesantes. Me fastidia porque tengo que rechazar algunos trabajos, ya que no me da para más. En todos los trabajos, encuentro retos interesantes. Claro, para nosotros, es siempre más gratificante hacer cosas de época. Lo que voy a hacer ahora en Tarifa se desarrolla, por ejemplo, en los años cincuenta.

Con todo el trabajo que tienes, y estando fuera de casa, ¿cómo puedes planear unas vacaciones?

No puedes. En estos momentos, por ejemplo, como pronto, tendrán que ser a partir de octubre. Y cuando consigo unos cuantos días libres, lo que me apetece es quedarme en casa. Como he dicho, me gusta viajar y llevo muy bien los viajes. Vivir en un hotel, sin embargo, tiene también sus inconvenientes. Por eso, últimamente, si el proyecto es largo, solicitamos que nos alquilen una casa o un apartamento en vez de hospedarnos en un hotel. Tener una cocina se agradece.

La vida en un hotel y el trabajo en una caravana.

Sí. Las productoras americanas y británicas suelen traer una caravana y ahí maquillamos a los actores. Si no hay una caravana de maquillaje, producción siempre encuentra un sitio donde nos ponen unas mesas y unos espejos para que trabajemos. Todo esto ha mejorado mucho desde que empecé. Recuerdo, hace tiempo, filmamos en una granja y colocaron las mesas de maquillaje en los establos. Allí el olor era interesante. Pero siempre intentan encontrar un buen sitio para nosotros porque, de lo contrario, los actores se quejan. Antes los actores se quejaban menos.

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Ha trabajado en dos ocasiones para Ridley Scott. El año pasado trabajó con Terry Gilliam en El hombre que mató a don Quijote y eso le ayudó a conseguir su tercer Goya. El verano pasado colaboró en la creación de la última entrega de Terminator. Acaba de trabajar en una serie de Movistar, En el corredor de la muerte, inspirada en Pablo Ibar, el preso español condenado a muerte en Estados Unidos. Montse Damas se ha ido ganando una gran reputación dentro del cine. Sin embargo, ella se sigue considerando una  chica de pueblo. Recuerda cómo los valdemoreños de toda la vida se referían a ella y a sus hermanas como «las chicas del bar Jaén», pues era el establecimiento que regentaban sus padres. Antes de terminar esta entrevista, me confiesa que disfruta muchísimo los días que puede dormir en Valdemoro. Para ella, bajar a comprar el pan en la panificadora González, quedar con los amigos en el Quinito o comer un buen arroz en La Bodega son algunos de esos pequeños placeres que nos otorga la vida.