Espectador en serie

Luz de luna – La cuarta pared

Luz de luna – La cuarta pared (De la colección Espectador en serie)

Antes de dirigir El código Da Vinci, Una mente maravillosa o Edtv y se convirtiera en uno de los directores más cotizados de Hollywood, Ron Howard saltó a la fama como protagonista de la serie Happy Days, una de las más populares de los años setenta en Estados Unidos. A pesar de que la serie dejó de producirse en 1984, veinte años más tarde, en 2005, decidieron hacer un programa especial en el que juntaron a gran parte del equipo y celebraron el hecho de que Happy Days había sido parte importante de las familias americanas durante diez temporadas (1974-1984). En ese programa especial, el equipo de la serie se jactó de que la palabra nerd se había popularizado y había adquirido el significado que tiene hoy en día gracias a Happy Days (no creo que los nerds de Estados Unidos les estén muy agradecidos) y que la expresión Jump the shark (saltar el tiburón) nació también gracias a la serie.

En 1985, John Hein y Sean J. Connolly, dos universitarios que  compartían habitación se pusieron a discutir sobre Happy Days. Connolly opinaba que la serie había perdido interés y había empezado su declive en el corazón de los americanos a partir del episodio en el que uno de los protagonistas había tenido que saltar por encima de un tiburón mientras hacía esquí acuático. Connolly pasó a desarrollar una teoría en la que quería demostrar que toda teleserie tiene un punto de inflexión en el que pierde su gancho original y deja de atraer al público de la misma manera. Ese momento se refleja normalmente en la serie a través de una idea de guión verdaderamente disparatada como lo puede ser el hacer saltar a uno de los protagonistas por encima de un tiburón. A John Hein no se le fue la teoría de la cabeza y en 1997 publicó en internet una página web con el mismo nombre y un montón de ejemplos en los que se mostraba cuando las series de televisión más populares habían saltado el tiburón[1]. Parece que la expresión cuajó a partir de esta página y también el negocio: John Hein vendió su empresa Jumptheshark Inc. por más de un millón de dólares el 20 de junio del 2006.

Según la página web creada por Hein, la serie Luz de luna tiene un momento muy preciso en el cual salta el tiburón: al final de la tercera temporada, cuando los dos protagonistas acaban liándose bajo las sábanas.  Ahí se acabó todo. Allí perdió todo su atractivo. Se acabó la tensión sexual entre los dos detectives y, a pesar de los esfuerzos de los guionistas durante las dos temporadas siguientes, no se volvió a recuperar. A partir de ese instante, todo fue cuesta abajo para la serie. No sé qué decir al respecto. A lo mejor es cierto. A lo mejor los antropólogos deberían empeñar todos sus libros de filosofía para poner sus cinco sentidos en la zoología. A lo mejor el espectador que todos llevamos dentro es un don Juan que flirtea con todas las series y que pierde el interés en cuanto se acuestan los protagonistas.

No me cabe la menor duda de que la tensión sexual entre los personajes que interpretaban Bruce Willis y Cybill Shepherd contribuyó al éxito de la serie y que su pérdida ayudó al declive de ésta. Sin embargo, creo que hubo un factor mucho más determinante que colocó la serie en la cima pero que, a la vez, su abuso hizo que la serie tuviera una fecha de caducidad temprana. Un factor que permitía que los guionistas saltaran al tiburón una y otra vez en cada episodio. Estamos hablando de la cuarta pared.

Una radio se distingue de un televisor en que la radio no nos deja ver nada de lo que está ocurriendo dentro. Tenemos que imaginarlo todo a partir de las voces que salen por los altavoces. En ese sentido, la televisión es mucho más generosa. Se desprende de una de sus paredes para dejarnos ver todo lo que ocurre. Esto hace que todo programa de televisión tenga tres paredes, las dos laterales y la del fondo. Los programas necesitan dejar la pared de delante abierta para que el espectador pueda verlos desde su televisión. Como hace la policía a través del falso espejo de la sala de interrogatorios.

En Luz de luna, todo comenzó de forma accidental cuando la cadena ABC se disponía a emitir el primer episodio de la segunda temporada. La duración no era la correcta. Faltaban unos minutos para ajustarse a lo establecido con la productora. Los guionistas tuvieron que improvisar. Pusieron a los protagonistas delante de las cámaras y rodaron una escena introductoria en la que venían a decir que estaban ahí, David Addison y Madelyn Hayes, los protagonistas de Luz de luna, para presentar al público la nueva temporada de la serie. Durante la presentación, comenzaban una de sus discusiones y acababan confesando la verdad. Estaban ahí porque el episodio había salido demasiado corto y tenían que rellenarlo con unos minutos de presentación.

La idea tuvo gracia y los productores alargaron todos los episodios de la segunda temporada que se quedaban cortos con una introducción llevada a cabo por los protagonistas. En una de ellas, los dos personajes iban un poco más allá. Se dedicaban a leer algunas de las cartas de los fans en los que éstos pedían que se besaran de una vez por todas. La serie había atravesado definitivamente la cuarta pared y se había vuelto interactiva. Los retrasos en la escritura de los guiones obligaban a veces a filmar las últimas escenas de un episodio pocas horas antes de que fuera emitido por primera vez. Pero estos retrasos facilitaban, al mismo tiempo, el que los guionistas acudieran cada vez más a la cuarta pared.

Ya no se trataba tan sólo de las presentaciones para el episodio (una de ellas fue llevada a cabo por Orson Wells pocos días antes de su muerte) sino que los diálogos se llenaban de comentarios en los que, especialmente Bruce Willis, los protagonistas se dirigían al público. Al final del episodio de Navidad, todos los empleados de la agencia de detectives salían del plató donde estaba la oficina para unirse a sus familiares y terminar el episodio con un villancico. En el último episodio de la segunda temporada, la persecución final se hacía por todos los estudios de televisión y los protagonistas se iban tropezando con actores de otras series y programas; el desenlace de este episodio no queda claro pero Bruce Willis se lo explica al resto de los actores. Al final, los dos protagonistas se quedan a solas. Son conscientes de que se acaba la segunda temporada. Se miran a los ojos. Ambos amagan un comentario pero los dos se lo piensan y lo dejan para después de las vacaciones. Se despiden hasta la próxima temporada y cada uno desaparece, saliendo con su coche del aparcamiento de los estudios.

Otras series han intentado atravesar la cuarta pared con más o menos éxito. Sexo en Nueva York lo intentó en la primera temporada a través de entrevistas a gente de la calle pero la idea no cuajó y la abandonaron en las demás temporadas. Luz de luna lo hizo con acierto pero les sucedió lo mismo que a la Pantera Rosa cuando se salía del decorado y lo iba plegando en mitades como si fuera una hoja de papel: al final, la pantalla se quedaba en negro. Luz de luna tuvo que ser cancelada a mitad de la quinta temporada. En el último episodio, los protagonistas vuelven a la oficina y se encuentran que los empleados de los estudios de televisión están desmontando todos los decorados del plató.


Espectador en serie

South Park – Bricolaje

South Park – Bricolaje (De la colección Espectador en serie)

La campaña publicitaria que vendió El mariachi de Robert Rodríguez al mundo entero diciendo que el presupuesto de la película había sido tan sólo de 7.000 dólares costó alrededor de un millón de dólares. Rodríguez demostró que se puede hacer una película con muy poco dinero y la Columbia TriStar demostró que, para vender una película al mundo, hace falta un montón de pasta.

En verdad, parece que toda la carrera artística de Robert Rodríguez haya consistido en demostrar que se puede hacer cine con poco dinero. Rodríguez escribió el guión de El mariachi y conoció al malo de su película (Peter Marquardt) encerrado en unos laboratorios médicos en los que estuvo durante un mes como conejillo de indias. Los laboratorios le pagaron 3.000 dólares y Rodríguez dejó que experimentaran con él una nueva medicina que intentaba reducir el colesterol.

En cuanto se hizo famoso, se dedicó a filmar sus películas en formato digital porque gran parte de los 7.000 dólares de El Mariachi se le habían ido en celuloide. Luego Rodríguez se compró un rancho y allí construyó todo su estudio de postproducción en el garaje de su casa. Eso significa que Robert Rodríguez no gasta ni en gasolina para ir a trabajar. En una buena parte de sus películas, los actores interpretan su papel delante de la pantalla azul como si fueran hombres del tiempo, lo cual abarata enormemente los gastos de localización y desplazamientos a exteriores. Hace él mismo el montaje de sus películas y, él mismo, les mete sencillas bandas sonoras que compone con su teclado. Todo esto convierte a Robert Rodríguez en uno de los directores más baratos y rentables del sistema.

En efecto, parecía que toda la carrera artística de Robert Rodríguez consistía en demostrar que se puede hacer cine con poco dinero hasta que dirigió Sin City. Entonces Robert Rodríguez también demostró que sabe hacer cine de altísima calidad.

Uno de los grandes adelantos del siglo XXI ha sido la generalizada comercialización de películas y teleseries en dvd con contenidos extras. Espectador en serie no habría sido posible sin la ayuda de los contenidos extras de las cajas de teleseries y yo no sabría gran parte de lo que he contado sobre Robert Rodríguez si no hubiera visto los contenidos extras que aparecían en el dvd de su película El Mexicano[1].

También gracias a los contenidos extras de la primera temporada de South Park, me enteré de que el episodio piloto había sido realizado íntegramente por los creadores de la serie, Matt Stone y Trey Parker. Ellos crearon a los personajes, escribieron el guión, hicieron la animación y filmación del episodio siguiendo métodos tradicionales (ahora usan programas informáticos para acelerar y facilitar la animación). Compusieron parte de la música y letras de las canciones de la serie y pusieron voces a cada uno de los personajes del episodio. Así, a primera vista, en lo único que no superan a Robert Rodríguez es en que Matt y Trey sí que tienen el colesterol un pelín alto.

South Park es uno de esos grandes ejemplos de bricolaje. No se necesitan presupuestos millonarios o la presencia de estrellas del sistema para triunfar en el cine o en la televisión. Una vez más, tan sólo se necesita talento. Mucho talento. Y es evidente que Matt y Trey lo tienen. Su secreto está en la parodia y en el sarcasmo. En uno de los primeros episodios, por ejemplo, los habitantes de South Park se quedan atrapados por la nieve en un hotel de alta montaña. Todos sabemos que las situaciones extremas llevan al ser humano a realizar actos extremos. Así, los habitantes de South Park empiezan a comerse los unos a los otros para sobrevivir. Lo divertido es que empiezan a cometer este acto antropófago quince minutos después de quedarse atrapados y antes, siquiera, de comerse las abundantes provisiones que hay en el hotel en cuestión.

El éxito de South Park ha ido también de la mano de la constante provocación, de esa lucha continua entre la defensa de la libertad de expresión y el derecho a una censura que evite que nadie pueda ser ofendido. Su lenguaje obsceno, sus referencias sexuales y su violencia explícita, sus burlas a la religión y a la iglesia  se han librado de la censura gracias a su emisión por cable a altas horas de la noche y a un gran equipo de abogados.

South Park es una serie de dibujos animados para adultos. Pero el fenómeno South Park ha sido imparable y, al final, en el 2005,  Mort Marcus, un antiguo productor ejecutivo de Disney se puso a trabajar con un panel de representantes de todas las estaciones de televisión públicas que querían emitir la serie, con el fin de conseguir que los episodios fueran aceptables para una audiencia más amplia en horarios para todos los públicos[2].

Aquí encontramos nuestra última paradoja. Mort Marcus y su equipo gastan más dinero y tardan más tiempo en adaptar un episodio de 22 minutos (con una media de una palabrota cada ocho segundos) de lo que emplearon Matt Stone y Trey Parker en crearlo.


[1] En una edición de esta película se incluían los siguientes cortometrajes dirigidos por Robert Rodríguez: Ten Minute Film School: Big Movies Made Cheap (2004), Inside Troublemaker Studios (2004), Ten Minute Flick School: Fast, Cheap and in Control (2004).

También aparecía dentro de los contenidos extra el cortometraje de Robert Rodríguez Ten Minute Cooking School: Puerco Pibil (2004), en el que Rodríguez explicaba cómo preparar un plato típico mexicano con el mismo pragmatismo que explica cómo hacer cine de bajo presupuesto.

No es la primera vez que Robert Rodríguez hacía cortometrajes sobre la técnica cinematográfica. Anteriormente, había dirigido otros dos cortometrajes sobre cine: 10 Minute Film School (1998) y 10 More Minutes… Anatomy of a Shootout (1998).

[2] Este fenómeno es lo que en inglés se denomina “syndication”. Supongo que las palabras empleadas en español son estreno y reposición. La televisión pública americana está fragmentada en múltiples canales de televisión con numerosas filiales en todo el país. Normalmente, las teleseries se emiten primero en una cadena privada una vez a la semana. Esa cadena privada tiene los derechos para emitir todos los episodios por primera vez. Si los productores no son parte de esa cadena privada, es muy posible que la serie se venda a bajo precio para ser emitida por primera vez (estreno) y alcanzar, así, popularidad. Si consigue el éxito y popularidad esperados, los derechos de emisión se venden para que la reposición de la serie pueda hacerse a través de cada una de las filiales. Entonces esa serie está “syndicated”, es decir, ninguna cadena tiene los derechos exclusivos sobre esos episodios. Cuando esto ocurre, los episodios, que normalmente duran 22 minutos, pasan a ser de 20 minutos para poder incluir más publicidad. Las escenas que se cortan no son necesariamente partes de la serie que merezcan la censura (sexo explícito o palabras malsonantes). Las reposiciones se efectúan, además, con la emisión diaria de uno o dos episodios de la serie. La exportación de una serie a un país extranjero no deja de ser una reposición, aunque sea un estreno para los habitantes de esa nación. 

Espectador en serie

Seinfeld – Tenemos que hablar

Seinfeld – Tenemos que hablar  (De la colección Espectador en serie)

Rechazar dinero es siempre visto como un acto de nobleza. El libro Guinness de los records dice que Jerry Seinfeld es la persona que más dinero ha rechazado en la historia de la humanidad. Le ofrecieron cinco millones de dólares por episodio para continuar la serie Seinfeld y dijo, así, como quien no quiere la cosa, dijo: “no, gracias.” Esto convertiría a Jerry Seinfeld en la persona más noble de la historia de la humanidad si uno no siguiera leyendo un poco más abajo, en el mismo libro Guinness, en la parte que dice que Jerry Seinfeld es el actor de televisión que más dinero ha ganado en un solo año.

Seinfeld, la serie, aparecía en el libro de los records en un apartado más. Los precios que tenían que pagar los patrocinadores para insertar anuncios en medio de un episodio de Seinfeld eran los más caros que se habían visto nunca y este record fue batido solamente en 2004 con el último episodio de la última temporada de Friends. Una medalla más. En el año 2002, la revista TV Guide, la revista de televisión con más tirada en Estados Unidos, hizo una lista con los cincuenta mejores programas de televisión de toda la historia y, sí, Seinfeld fue declarado el mejor programa, el número uno, de todos los tiempos.

Y bien. ¿Qué hace de Seinfeld un programa tan cotizado? ¿De qué va la teleserie en cuestión? Seinfeld, como decía la publicidad del propio programa, es una serie que no va de nada. La mayoría de sus personajes no trabajan, no son familia, no comparten un proyecto de vida, no hay una trama inteligente que entremezcla sus vidas. Nada. No hay absolutamente nada. Y, sin embargo, las estimaciones indican que al último episodio de Seinfeld se apuntaron unos 76 millones de espectadores. Apasionante. Verdaderamente apasionante. Ríete tú de bandas sonoras, de las grandes campañas publicitarias, de los guiones enrevesados que mezclan humor, pasión, intriga, suspense, drama y demás. Ríete de los efectos especiales. El mejor programa de televisión de toda la historia, según la revista americana de televisión con más tirada, es una teleserie sobre “nada”.

Cuidado. Lo más fácil es a veces lo más difícil y viceversa. Seinfeld, la serie, no siempre lo tuvo tan fácil. Cuando a Jerry Seinfeld le propusieron protagonizar una teleserie, él sólo puso una condición: trabajar con el humorista y guionista Larry David. Larry David no tenía muy buena reputación en los estudios de televisión. De hecho, la única condición que le puso la NBC a Jerry Seinfeld para hacer la serie fue que podía trabajar con cualquiera menos con Larry David. Tras un tira y afloja, la NBC cedió a regañadientes y Jerry y Larry se pusieron a trabajar en el episodio piloto.

Cuando los productores les preguntaban de qué iba la serie, Jerry les decía que no iba absolutamente sobre nada. Cuando los productores le preguntaban cómo se llamaba el personaje al que interpretaba Jerry, Jerry les respondía que Jerry. Jerry Seinfeld. Los productores no andaban contentos. La serie parecía predestinada al fracaso. Esperarían a los resultados del episodio piloto y ya está. Ahí se acabaría todo. El episodio piloto se emitió el 5 de julio de 1989. La respuesta del público indicaba que todo había sido un fracaso. No podía haber una serie que no fuera sobre nada. Hubo una persona, sin embargo, Rick Ludwin, director de la programación nocturna de la NBC que quedó fascinada por la idea. Decidió destinar parte del dinero que tenía su departamento para financiar cinco episodios más de la serie. Sólo ponía una condición. Seinfeld debía incluir una mujer en la teleserie.

Jerry y Larry aceptaron y los cinco episodios que conformaban la primera temporada fueron emitidos al año siguiente. Los resultados de audiencia siguieron siendo tibios. Pero muchos más directivos de la NBC estaban ya convencidos de que la serie de la nada tenía un algo. Las aventuras de los únicos cuatro personajes de la teleserie tenían un atractivo inexplicable. Jerry Seinfeld haciendo de Jerry Seinfeld y sus tres amigos se ponían a hablar y se desataba una curiosidad en el espectador que no podían entender.

Les dieron otra oportunidad para filmar trece episodios más. Eso sería la segunda temporada. Trece episodios más. Pocos si lo comparamos con el resto de las temporadas, con más de veinte episodios cada una. Y en la segunda temporada, Seinfeld fue un éxito absoluto. Éxito de audiencia y éxito de crítica. Cada uno de los episodios era un episodio sobre la nada. Los cuatro protagonistas se ponían a hablar y eso era todo. A veces, hasta tentaban a la suerte con episodios que se desarrollaban en los lugares más estrambóticos. En un episodio de la temporada dos, toda la trama ocurre esperando a que los sienten en un restaurante chino. En otro de la temporada tres, todo transcurre en un garaje subterráneo de unos grandes almacenes. Se trata de las conversaciones que mantienen los protagonistas mientras intentan recordar dónde habían aparcado el coche.

Con Seinfeld, la nada triunfa. No es casualidad que una de las líneas más comunes de la serie sea “yada yada yada” que en español se traduce a algo así como “bla, bla, bla.”

 

 

Espectador en serie

Las chicas de oro – Corrupción en Miami

Las chicas de oro – Corrupción en Miami (De la colección Espectador en serie)

Si hablamos de teleseries, el tiempo se mide en temporadas. El sistema nos viene heredado de las temporadas deportivas, pero se ha extendido al resto de la programación televisiva a través de las teleseries. Ahora ya se habla de que tal presentador o tal otro comienzan una nueva temporada de telediarios. O de reality shows. O de lo que sea. Las temporadas nos permiten imprimir un estilo diferente, cambiar y mejorar algunos matices de la temporada anterior.

Las temporadas comienzan, como el curso escolar, en septiembre. No es por casualidad. Dos de las culturas más populares de nuestros tiempos son la deportiva y la escolar. De ellas se sacan múltiples metáforas o expresiones para explicar otras realidades de la vida diaria. En política, hablamos del “curso político” y los líderes “suspenden” en gestión o popularidad. En las empresas, un trabajador “no ha hecho los deberes” si no se ha preparado correctamente para una reunión o para llevar a cabo una presentación.

Podríamos pensar que las temporadas televisivas vienen también marcadas por la temporada deportiva pero esto es así tan sólo en Europa. En Estados Unidos (donde se producen el mayor número de series), hay tres temporadas deportivas, el fútbol americano, el béisbol y el baloncesto, que se reparten el calendario para no competir por espectadores. La temporada televisiva coincide con la escolar porque en septiembre, de alguna forma, muchos seres humanos comienzan un nuevo año. El verano es la estación que menos invita a ver la televisión y, por lo tanto, muchos espectadores podrían perder el hilo y el interés de muchas teleseries. Tras hacer un largo examen de conciencia y tomar una serie de decisiones importantes sobre nuestras vidas en el periodo estival, en septiembre, todos, queramos admitirlo o no, volvemos de nuestras vacaciones dispuestos a ver la tele.

Una teleserie comenzará una nueva temporada dependiendo del éxito de la temporada anterior. El presupuesto de una temporada es demasiado alto para arriesgar y comprometer futuras temporadas. De hecho, muchas teleseries, hoy en día, dividen sus temporadas en dos partes. Filman y emiten todos los episodios de la primera parte y pueden dar un cambio radical en el guión de la segunda parte según las reacciones del público durante los primeros episodios de la temporada.

Hablemos de otro tipo de temporadas. Muchos jubilados americanos acaban pasando largas temporadas en Miami de la misma forma que muchos jubilados europeos acaban pasándolas en la costa de España. Algunos de ellos hasta deciden mudarse definitivamente al sur para disfrutar del buen tiempo durante todo el año. Se entiende que los jubilados que pueden permitirse una cosa así son ciudadanos de clase media alta. A partir de esta premisa comienzan Las chicas de oro. Y si nos ponemos a recordar, visualizamos a cuatro muchachitas viviendo en una casa bastante decente, cambiándose de modelito en cada escena y dedicándose al refrescante deporte del ocio. Nadie recuerda que Rose trabaja en una clínica de terapia ocupacional, que Dorothy es una profesora sustituta y que Blanche trabaja en un museo. Nadie recuerda que Rose pierde el trabajo en un episodio y que las cosas se le ponen mal económicamente hablando. Nadie recuerda que tienen un televisor viejo y que, entre las cuatro, no pueden permitirse uno nuevo. Son las pequeñas contradicciones de Las chicas de oro.

Con Las chicas de oro se consigue hacer lo que no se podía hacer con las series de familia tradicional. Todas las protagonistas son mujeres, con lo que ya nos podemos burlar de los personajes femeninos sin ningún problema. Las protagonistas tienen sus defectos pero eso, como le pasaba al padre de familia, las hace entrañables.  El único precedente con protagonistas femeninas lo tenemos en una serie de acción, Los ángeles de Charlie, pero es en Las chicas de oro en la primera en la que los personajes muestran sus debilidades, en la que se exploran y evolucionan sus personalidades.

Mientras que Mujeres desesperadas busca más pluralidad en la serie (una de las protagonistas tiene origen latinoamericano y en la segunda temporada toman protagonismo dos personajes negros)[1], el resto de las series con protagonistas femeninos son fundamentalmente blancos (Las chicas Gilmore, Ally McBeal, Sexo en Nueva York). A pesar de que los acentos a la hora de hablar se pierden en la traducción al castellano, Las chicas de oro, a su manera (o siguiendo las maneras de la vieja escuela), buscaban también esa pluralidad, representando cuatro formas diversas de ver la vida y tenía guiños humorísticos para los inmigrantes italianos (Sofía nació en Sicilia), para los ítaloamericanos de Nueva York (Dorothy tiene el sarcasmo de una chica de la gran manzana), para los sureños (Blanche acaba disfrazándose de Escarlata O’Hara en un episodio) y para el mundo rural del Medio Oeste (Rose es de St. Olaf, un pueblecito de Minnesota de origen escandinavo).

En la serie hay grandes dosis de lecciones morales. En cuanto vemos un par de episodios, nos damos cuenta de que las protagonistas no han ido a Florida a pudrirse en una hamaca. Las protagonistas no han emigrado al sur para ver terminar sus días y dejar que sus huesos se corrompan en Miami. Blanche, Rose, Dorothy y Sofía se meten en nuestros televisores para decirnos que aún les queda mucha vida por vivir y que piensan vivirla plenamente. Se meten en nuestros televisores, también, para hacer bromas sobre el ridículo atuendo que luce Sonny Crockett (Don Johnson), el apuesto policía que vigila las calles en Corrupción en Miami. Las calles donde viven nuestras chicas de oro.

Un nuevo visionado de los episodios de la serie, nos hace ver que Las Chicas de oro no han envejecido mal. La mayoría de sus bromas siguen funcionando y nos convencen, una vez más, de que no hay problema humano que no pueda solucionarse alrededor de una tarta de queso cubierta de chocolate.


[1] La tendencia no es nueva pero es ahora cuando se está generalizando. En el cine, tenemos muchos ejemplos en las nuevas películas para adolescentes. En Hora punta, por ejemplo, los protagonistas eran un afroamericano y un asiático, para atraer a mayor número de espectadores. En la serie Perdidos, tenemos a afroamericanos, a coreanos e incluso a un iraquí entre los protagonistas principales.

Espectador en serie

Los Simpsons – La edad de Homer Simpson (segunda parte)

Los Simpsons – La edad de Homer Simpson (segunda parte) (De la colección Espectador en serie)

John Lennon se puso bíblico y dijo que antes de Elvis no había nada. Absolutamente nada. Antes de Los Simpsons, las series de dibujos animados para adultos ni siquiera estaban en la   Edad Media. Estaban, de hecho, en la Edad de Piedra. Porque, antes de Los Simpsons, como mucho, como mucho, nos encontramos con Los Picapiedra. Después de Los Simpsons y gracias a Los Simpsons, lo que nos encontramos es una edad de oro de las series animadas para adultos. Unas series animadas en las que, como la madre es intocable y los hijos tienen sus limitaciones, el padre de familia va a ser el amo y señor de la serie. Vivimos en la Edad de Homer Simpson.

El padre de familia puede ser egoísta, descuidado, perezoso, caprichoso, aventurero. Puede ser calvo, gordo y glotón, más bien feo, poco inteligente. No importa. Tiene que ser así. Nos estamos riendo de él, después de todo. Al final siempre nos parecerá entrañable. La madre de familia, que siempre es perfecta en estas teleseries, acabará perdonándole todo. Prácticamente todo. Lo único que no hará el padre de familia es serle infiel. Este es uno de los límites morales que no se transgreden tan fácilmente en una telecomedia.

Estas series eligen al padre de familia como culpable de casi todos los males de la casa. Hacen del padre de familia la diana de todas sus burlas y sus críticas. Pero esto hace de los padres de familia el grupo humano más tolerante de nuestra sociedad. El grupo humano que menos problemas tiene para reírse de sí mismo. Y esto hace que el padre de familia se convierta en el verdadero motor de estas series. Que el padre de familia sea el personaje más complejo, el que sufre una evolución mayor a lo largo de la serie, mientras que la madre de familia permanece siempre más estática. La madre de familia es un personaje más hierático con lo que el padre de familia es el personaje que, a la larga, acaba siendo más querido.

Sucedía con Los Picapiedra, sucede con Los Simpsons y acaba sucediendo con las otras tres series que aparecieron después: Padre de familia, Padre made in USA y King of the Hill. Las tres hijas menores se han abierto paso en nuestras televisiones siendo más agresivas y acercándose un poco más a Matrimonio con hijos. Padre de Familia y Padre made in USA, creadas ambas por Seth MacFarlane, son más gamberras que Los Simpsons y King of the Hill, de Mike Judge (el creador de Beavis and Butt-head), es mucho más corrosiva. Sin embargo, en todas ellas, el personaje de la madre sigue siendo respetado por los guionistas.

Otra serie, nacida bajo el cobijo del éxito de Los Simpsons, presenta unas características un tanto diversas. Estamos hablando de Futurama. Matt Groening, el creador de Los Simpsons, empezó su carrera artística con tiras cómicas en fanzines y revistas de comics. Es un amante de los comics (el vendedor en la tienda de comics de Los Simpsons es un pequeño autorretrato del autor) y no hay que olvidar que la ciencia ficción es uno de los apartados más populares dentro del género del comic. Matt Groening tenía, entonces, una pequeña cuenta pendiente con la ciencia ficción y quiso saldarla con Futurama. Puede que Futurama no haya tenido el éxito que han tenido Los Simpsons, pero no cabe duda de que mantiene la misma calidad. Posiblemente, la temática no es de interés general como lo puede ser la vida de una familia de clase media del siglo XXI.

            Lo que queda claro con la familia disfuncional de Futurama es que Matt Groening nos anuncia que en los albores del siglo XXXI la edad de Homer Simpson habrá pasado a la historia.

Espectador en serie

Matrimonio con hijos – Títeres con cabeza

Matrimonio con hijos – Títeres con cabeza (De la colección Espectador en serie)

No hay tal cosa. No hay humor políticamente correcto. Cualquier chiste puede ser irrespetuoso para alguien si lo cuentas en el momento o en el lugar inadecuado. El movimiento de lo políticamente correcto es un estado de excepción en el que, si vas a hacer una broma, tienes que mirar a tu alrededor primero y bajar la voz después. Ya no puedes contar chistes sobre nacionalidades, oficios, razas o sexos porque puedes “herir sensibilidades.” En Estados Unidos se optó por que los chistes que, aquí contamos con los habitantes de Lepe, allí serían sobre hombres blancos, jóvenes y ricos. ¿Por qué los hombres blancos, jóvenes y ricos llevan una pértiga en el coche? Para saltarse los semáforos.

Los productores y guionistas de las series quieren llegar al mayor número de espectadores posible y eso significa que tienen que tener cuidado con lo que dicen. Y, por supuesto, siempre hay una serie de grupos que tienen más poder que otros. No es lo mismo reírte de los ítaloamericanos que de los búlgaro americanos, por poner un ejemplo. Hay muchas más empresas dirigidas por ítaloamericanos, que pueden retirar la publicidad que patrocina tu programa, que las que puede haber gobernadas por búlgaro americanos. Hay muchos más consumidores de origen ítaloamericano que de origen búlgaro[1].

Utilicemos un ejemplo real. El episodio de Los Simpsons en el que la familia protagonista viaja a Brasil fue prohibido en este país porque consideraron que las bromas sobre los estereotipos brasileños eran de mal gusto. La embajada de este país en Estados Unidos pidió a la Fox que el episodio en cuestión no se volviera a emitir en la televisión norteamericana.

En las series tradicionales, la familia protagonista era, prácticamente, perfecta. Los problemas para cada uno de los episodios venían del exterior o de alguna travesura que cometían los hijos a la hora de crecer[2]. Los padres mantenían el status quo y lograban solucionar los problemas de forma ejemplar, dando ideas aleccionadoras al espectador de la serie. En las familias disfuncionales, la mayoría de los problemas vienen de dentro. De dentro de cada uno de los personajes o de las fricciones entre los miembros de la familia. Tan sólo hay un personaje que mantiene el sentido común en todo momento. La madre de la familia. Por muy canallas que sean las series actuales, la madre es intocable (las hijas, por lo general, suelen ser también más sensatas). Los productores ejercen aquí una buena dosis de discriminación positiva. Lo peor que le puede pasar a una serie en el siglo XXI es que la tachen de machista.

Matrimonio con hijos fue considerada machista y, en ocasiones, homófoba. En la serie, nadie salía bien parado. La figura paterna, la materna y la de los hijos recibían burlas por todos los lados. Los estereotipos eran castigados hasta la saciedad. La masculinidad del hijo era puesta en entredicho. La hombría del padre a la hora de cumplir los deberes conyugales dejaba mucho que desear. La hija era la típica rubia guapa y descabezada. La madre seguía siendo la mujer tradicional que no trabaja fuera pero ya no hacía pasteles de manzana ni galletas con perlas de chocolate en sus ratos libres. Todo lo contrario. Fumaba mientras cocinaba y sólo pensaba en salir de compras.

Nadie se libra en Matrimonio con hijos. Pero la serie no es machista. La serie hace chistes contra las mujeres. La serie no es homófoba. La serie hace chistes sobre homosexuales. La serie no se hizo con la intención de criticar a los vendedores de zapatos. La serie hace chistes con vendedores de zapatos. En pleno apogeo de lo políticamente correcto, nació una de las series más políticamente incorrectas de la historia. Y la muy descarada duró diez temporadas.

A la hora de crear a Los Simpsons, Matrimonio con hijos sirvió de barómetro para saber hasta dónde podía tolerar el espectador (las dos series son de la Fox y Matrimonio con hijos apareció dos años antes) y la productora se inclinó, finalmente, por situar a Los Simpsons un centímetro más cercano a la cordura, un pelín más políticamente correctos. Y todo esto, se ve desde el momento en el que se presentan las dos series. Nos encontramos, en ambos casos, con seres televisivos (además de personajes televisivos). En ambas familias, la televisión ha destrozado la comunicación familiar. Pero mientras los Simpsons siguen viendo la tele en familia, los Bundy compiten por ver su canal favorito o por hacerse dueños del sofá y ver la televisión en soledad.

Recordemos que Matrimonio con hijos comienza con Al Bundy, apoltronado en el sofá, en frente del televisor, con una mano cerca de la entrepierna y la otra sujetando una cerveza. Se nos presenta como un ser miserable. Con cara de disgusto. Lo que no podemos olvidar es que, mientras nosotros podemos verlo en nuestro monitor de televisión, él nos está viendo en el suyo. Guardemos la compostura mientras veamos Matrimonio con hijos. Al Bundy nos está mirando.


[1] En ningún momento se ha querido ofender a ninguna de estas dos nacionalidades. Volvemos a repetir que ambas han sido elegidas al azar para ilustrar la idea que queríamos transmitir.

[2] No es casualidad que una serie que cumplía a rajatabla esas directrices se titulara “Los problemas crecen.” Los problemas, quedaba claro, eran los hijos.

Espectador en serie

Los Simpsons – La edad de Homer Simpson

Los Simpsons – La edad de Homer Simpson (De la colección Espectador en serie)

La mañana se levanta fresca pero soleada. Se avecina, sin embargo, una tormenta de nieve que acabará bloqueando las carreteras y obligando a nuestros protagonistas a quedarse, una noche más, en ese pueblecito impronunciable (Punxsutawney) de Pennsylvania. Así comienza una y otra vez cada día, el mismo día, de Atrapado en el tiempo. De la misma forma, cada episodio de Los Simpsons comienza con un cielo azul y unas nubes que se abren para dejarnos ver Springfield.

Como en Atrapado en el tiempo, no importa lo que haya sucedido en el episodio anterior: da igual que Homer haya recibido el premio Pulitzer, que Bart haya ganado seis millones de dólares en la lotería, que Marge haya hecho una fortuna con una aventura empresarial o que la casa se les haya hecho cenizas. No importa. Borrón y cuenta nueva. Saldrán las nubes, Bart escribirá su castigo en la pizarra y, poco a poco, la familia Simpson irá regresando a la misma casa de siempre para acabar en frente del televisor. Homer seguirá madrugando para ir a la central nuclear y Marge le seguirá recordando que no tienen un centavo en la cartilla de ahorros.

Los Simpsons fueron creados para girar en torno a Bart, el niño punk. Bart se desliza hacia casa en su monopatín de la misma forma que Pedro Picapiedra se deslizaba por el dinosaurio cuando sonaba la sirena. Bart es el único nombre que Matt Groening inventó para la serie. Bart era un anagrama de BRAT que significa algo así como “mocoso maleducado”. A los demás, Groening los llamó como a los miembros de su familia. Y así comenzaron los Simpson. La mayoría de los episodios de la primera y segunda temporada relataban las aventuras y desventuras de Bart Simpson. Las camisetas, las tazas, los lapiceros, en todos los objetos de merchandising, aparecía el pequeño Bart. Pero se le presentaron dos problemas: para empezar, como en Entrevista con el vampiro, Bart estaba atrapado en el cuerpo de un niño; y encima, no podía competir con un niño prodigio, Homer, su mismísimo padre.

Homer Simpson en México es Homero Simpson. Homero, como el ciego que nos contó la guerra de Troya y el viaje de Ulises.  En España, mantuvimos el inglés Homer, el hombre que se queda en casa (home), bebiendo cerveza Duff y comiendo comida grasienta. Porque es la comida, la gula, el único motor capaz de mover el pesado cuerpo de Homer Simpson (en un episodio, llegó a vender su alma al diablo por un donut). Homer Simpson tiene treinta y seis años. Treinta y seis años mal llevados, sin pelo y con una barriga inmensa. Sus únicas inquietudes son pasar la tarde en el bar de Moe e ir a restaurantes de buffet libre.

No esperamos nada de su futuro porque nada nos ofrece su presente y poco podemos encontrar en su pasado: no acabó sus estudios, se casó con Marge de penalti y encontró su puesto de trabajo en la central nuclear de pura casualidad.  Y de repente, Homer se hace astronauta, conductor de monorraíl, quitanieves, policía, concejal de medio ambiente, hombre bala, productor de música country… El secreto de Homer es que tiene treinta y seis años desde hace más de quince temporadas. El secreto de Homer es ser un dibujo animado. El secreto de Homer está en ponerse ciego de donuts. Ciego como el Homero que nos contó la guerra de Troya y el viaje de Ulises.

Cada mañana las mismas nubes y el mismo cielo se abren paso en mi pantalla de Windows XP. Parece que hace fresco pero el sol no deja de brillar. Tengo treinta y seis años.

Espectador en serie

Marco – Marco encuentra a su madre

Marco – Marco encuentra a su madre (De la colección Espectador en serie)

En los setenta, los sábados por la tarde de tres y media a cuatro, la televisión nos pertenecía a los niños[1]. Empezaba puntual porque los telediarios aún no tenían publicidad entre noticia y noticia.  Era nuestra cita con los japoneses. Primero fue Mazinger Z. Luego Heidi. Luego Marco. Les siguieron muchos otros y esa tradición de Anime, de dibujos animados japoneses, llega hasta nuestros días.

En realidad, durante la semana, todas las tardes, un par de horas de televisión también nos pertenecían a los niños y ahí también se infiltraban los japoneses. Recuerdo cómo me iba a merendar a casa de un amigo para ver Vicky el vikingo. En mi casa aún no teníamos televisión en color y en la de mi amigo podía ver que los lobos que cazaba Vicky el vikingo no eran grises. Eran todos de los colores más variopintos. Mis padres compraron la primera televisión en color un par de años más tarde, justo a tiempo para ver a Sandokán acuchillando al tigre de Bengala.

Ahora los sábados a mediodía y las tardes entre semana, la televisión pertenece a algo que han querido llamar con el mismo nombre del órgano que nos bombea la sangre. Ahora, durante esas horas, la televisión pertenece al corazón. Y los padres de los niños tienen que pagar televisión por cable para que sus hijos vean dibujos animados. O tienen que comprarles películas de Disney. O tienen que dejar que los niños creen sus nuevos dibujos animados con la ayuda de una consola de videojuegos.

Con Mazinger Z comenzó una tradición de dibujos animados con monstruos y robots convertibles que sigue en nuestros días con Los caballeros del zodiaco o con Pikachu y sus amigos. Incluyen, siempre, unas buenas dosis de violencia y mezclan, de una forma un tanto extraña, la mitología griega con la oriental. Cuando éramos niños, Mazinger Z nos chiflaba pero, visto desde nuestros días, lo primero que me viene a la cabeza es que el barón Ashler, el famoso esbirro del Doctor Infierno, fuera hermafrodita (todos los niños aprendimos entonces la palabra “hermafrodita”) y que el grito de guerra de Afrodita A fuera “pechos fuera”.

Luego vinieron Heidi y Marco. Pero de forma diferente. Las dos series fueron lo suficientemente largas (constaban ambas de 52 episodios) como para instalarse en el subconsciente colectivo de los españoles. Gracias a ello, tenemos multitud de chistes basados en las dos series. Fueron lo suficientemente largas, también, como para conformar dos periodos distintos de mi infancia. Pero, mientras Heidi y su correr por las montañas se me hicieron cortas, Marco y su en-un-puerto-italiano-al-pie-de-las-montañas se me hicieron larguísimos. Más bien eternos.

Recuerdo que dejábamos la televisión puesta para ver si encontraba a su madre de una vez y, así, teníamos la esperanza de que, a la semana siguiente, empezara una serie nueva. Todo lo contrario. En cada episodio, Marco y su mono Amedio parecían alejarse cada vez más de su destino final. Debo confesar que Marco me cargaba un poquitín. Y, luego, tuve la mala suerte de perderme el episodio en que encontraba finalmente a su madre. De alguna forma, para mí, Marco sigue buscando a su madre por la Argentina.

A pesar de que han tenido muchos seguidores en España y la cultura Manga y Anime están en pleno apogeo, conforme iba creciendo, los japoneses y yo conectábamos cada vez menos. El Comando G no dejaba de ser Koji Kabuto sin su robot Mazinger Z. Candy Candy era definitivamente para chicas. Y las series japonesas dedicadas a los deportes me impactaron incluso menos. Campeones (Oliver y Benji) y Juana y Sergio me aburrían soberanamente. Llegó un momento en el que, cuando emitían una serie de dibujos animados japoneses, yo echaba de menos, y no exagero, la serie del Naranjito.

Hasta que llegó Shin Chan. Todo cambió cuando llegó Shin Chan. Él me ayudó a reconciliarme con los japoneses. Tal vez porque Shin Chan, con sus excentricidades, es más normal que Marco. Shin Chan tiene madre y padre y hasta una hermana pequeña. En una televisión dominada por la cultura americana, Shin Chan nos muestra la vida de una familia japonesa, una casa japonesa por dentro, el humor japonés, las relaciones entre los miembros de la familia, el trato con los ancianos… Todo a través de las aventuras de un chaval travieso al que, como a Bart Simpson, le gusta enseñar el trasero.


[1] Si los sábados a las tres y media pertenecían a los niños, la sobremesa de los domingos perteneció durante mucho tiempo a Michael Landon. Primero con La casa de la pradera y, luego, con Autopista hacia el cielo, en la que encarnaba a un ángel protestante.

Espectador en serie

Dallas – Por sevillanas

Dallas – Por sevillanas  (De la colección Espectador en serie)

En 1998, Andreas Tylden, Håkon Mella, Kenneth Lamond y Petter Snekkestad formaron en Noruega un grupo de hardcore punk rock. Compusieron canciones con títulos que en español vendrían a traducirse como Cabalga en la paranoia, Echando unas risas con cuchillos o Folleteo y champán. Tuvieron bastante éxito en su país y consiguieron hacer unas cuantas giras europeas y una por Estados Unidos. Decidieron disolverse en el otoño del 2006 y, desde entonces, preparan un vídeo de despedida con los conciertos de su última gira.

Andreas, Håkon, Kenneth y Petter, desde Noruega, habían decidido ponerle a su banda hardcore punk rock el nombre de JR Ewing, tomando como referencia al malo de la serie Dallas. Hasta tal punto influyen las teleseries en los habitantes del siglo XXI. Pero ya en el siglo XX, en España, JR Ewing, el protagonista más famoso de la serie Dallas, había servido de inspiración, no para un grupo de música punk, sino para una sevillana.

En los setenta no hacía falta ver la televisión para seguir las teleseries. Jamás vi un episodio de Dallas (aún todavía hoy no me he atrevido, a pesar de que la película basada en la serie está a punto de ser estrenada) y sabía perfectamente que la serie contaba las desventuras de una familia rica, gracias al petróleo. Conocía y recuerdo perfectamente que había dos hermanos, el uno bueno y el otro malo. El bueno se llamaba Bobby y el malo Jota erre. Jota erre llevaba un pedazo de sombrero tejano y estaba casado con Sue Ellen. Ésta tenía problemas con el alcohol porque bebía enormes vasos de güisqui a escondidas. Las telenovelas americanas estaban de moda gracias a Dallas, Falcon Crest o Dinastía, entre otras. La gente incluía las series en sus temas de conversación y los humoristas habían descubierto en ellas un filón como referencia para sus chistes, bromas e imitaciones.

Pepe Da Rosa[1] fue, posiblemente, el artista que tuvo más éxito acudiendo a la parodia de las teleseries. En 1976 compuso unas sevillanas dedicadas a los detectives más famosos de la televisión. La canción tuvo tanto tirón que el humorista aprovechó para grabar una segunda versión con tintes navideños. La segunda versión tenía la misma música, la letra empezaba de la misma forma pero aparecían los polvorones y las panderetas. Sus actuaciones en televisión eran constantes. Se peinaba como Dean Martin y lucía unas chaquetas que no habrían desentonado en una gala de Las Vegas. Era el invitado ideal de las galas de fin de año o para una actuación del Un, dos, tres…

Después de los detectives, se lanzó a hacer una canción sobre Dallas. La figura de Jota erre tenía tanto éxito que Pepe Da Rosa llegó a protagonizar no una, sino dos películas interpretando al personaje en cuestión: Le llamaban JR y JR contraataca. Parecía que con eso no tenía bastante. Aún se atrevió a dedicarle una canción a otra serie con cierto impacto social: V, la serie de ciencia ficción en la que unos extraterrestres con forma de lagarto conquistaban el planeta Tierra.

Desde los años setenta, las parodias de teleseries no han hecho sino crecer. La edad dorada de la teleserie invita a crear series para difundir íntegramente a través de internet o de un teléfono móvil (los movilsodios, episodios cortos de versiones simplificadas de las teleseries más populares). La gente sigue hablando de sus series favoritas a la hora del café. Internet está plagado de páginas y blogs dedicados a las series de actualidad y a recordar las series de antaño. El humor, la música, el cine o la literatura no han dejado de usar las teleseries como referencia.


[1] Algunas de las letras de sus canciones eran lo suficientemente tentadoras como para incluirlas en este libro. Pueden encontrarse después de los índices de series y películas.

Espectador en serie

El príncipe de Bel-Air – Frágil democracia

El príncipe de Bel-Air – Frágil democracia (De la colección Espectador en serie)

El curso 1992-93 fue el último año en que mi familia, mis padres, mi hermana y mi hermano, dormimos todos bajo el mismo techo.  Al año siguiente yo me trasladé a Ejea de los Caballeros y, pocos años más tarde, mi hermano se fue a Alcalá de Henares para ser legionario paracaidista. Para entonces, la mayoría de los hogares españoles tenían un solo televisor con lo que fue, también, el último año en que mi familia y yo compartimos a diario la televisión familiar.

A decir verdad, era tan sólo a mediodía, cuando nos juntábamos todos para comer, el único momento del día en el que teníamos que compartir televisión. El tamaño de Zaragoza en esos años y los horarios de la mayoría de los trabajos aún permitían que la gente fuera a casa para comer. De hecho, a mi padre hasta le daba tiempo a echar una cabezada de quince minutos en el sofá antes de volver al trabajo por la tarde.

Hasta 1990, año en el que empezaron a funcionar Antena 3, Tele 5 y Canal Plus, no se habían planteado problemas a la hora de elegir qué ver a mediodía. Por un lado, en mi casa aún había que pedir permiso a mis padres para encender el televisor. Por otro, en caso de discrepancia, en casa se veía lo que decidían los mayores. Pero durante ese curso 92-93, una pequeña revolución democrática en la familia demandaba una votación para elegir la programación a la hora de comer. Cansados del casposo noticiario regional, mis hermanos y yo nos inclinábamos por El Príncipe de Bel-Air.

Una vez más, situémonos en el tiempo. Europa se llenaba de inmigrantes de todas las razas. Pero la particular crisis que vivía España después de las Olimpiadas de Barcelona y de la Expo de Sevilla retrasó, aún más, la inminente entrada de inmigrantes en el país. España seguía siendo demográficamente uniforme. Y ver una serie de televisión en la que sólo aparecían personajes de raza negra no dejaba de tener cierto exotismo cultural.

Los movimientos afroamericanos de finales de los sesenta y comienzos de los setenta ya habían provocado la aparición de largometrajes en los que sólo aparecían actores negros. Pero había que esperar a la década siguiente para encontrarnos con teleseries de estas características. En Estados Unidos, tenían un carácter reivindicativo y de protesta, por un lado, y moralista, por otro: Los afroamericanos protestaban porque el cine y la televisión americana no los representaba suficientemente y, a la vez, con sus teleseries, intentaban crear modelos de comportamiento para sus jóvenes. En las películas y en las series del sistema, los negros siempre eran los criminales. Ahora, podían ser médicos, policías o abogados multimillonarios. En España, sin embargo, esa protesta y esa reivindicación quedaban muy difuminadas.

La primera de estas series en alcanzar popularidad internacional fue El show de Bill Cosby y, más tarde, les llegó el turno a Cosas de casa, y  a El Príncipe de Bel-Air. Las tres, como hemos dicho, tenían el objetivo de demostrar que se puede ser afroamericano y tener éxito social junto a una familia perfecta, con lo que, a pesar de ser telecomedias modernas, mantenían la idea de familia feliz que se llevaba en las teleseries de los años cincuenta y sesenta. Tan sólo El Príncipe de Bel-Air mostraba cierta anomalía familiar, pues Will Smith tenía que alejarse de su madre para ir a vivir con sus tíos.

El Príncipe de Bel-Air no pasaba de ser una serie más en Estados Unidos. La idea original no dejaba de ser otro Paco Martínez Soria yendo a la gran ciudad y arreglando los problemas de su sofisticada familia con las sencillas soluciones de la gente campechana y sincera. Y sí, la serie tenía algo. Tal vez ese colorido pop, o esos arreglos de música rap, o quizá esos finales moralistas tradicionales con giros de cierta ambigüedad (algo que puede verse, con frecuencia también, en Los Simpsons). Tenía un algo pero no era suficiente para convertirse en una serie de primera fila.

Y entonces llegó a España. Y el doblaje fue tan acertado (soy un defensor de los subtítulos) y los chistes locales fueron trasladados con tanto acierto a la situación española, que fue en España donde El Príncipe de Bel-Air se hizo grande. Aparte de las series infantiles[1], es la única telecomedia que ha traducido la letra de su melodía al español. Y los jóvenes españoles pedíamos democracia en nuestras casas para poder ver El Príncipe de Bel-Air a mediodía. Nos tragábamos episodios repetidos y desordenados un día tras otro (parecía que Antena 3 se había propuesto emitirlos sin orden ni concierto) a la hora de comer.

Miro al pasado con nostalgia. Esos años de democracia se han esfumado. Ahora, cuando toda la familia se reúne en casa de mis padres para comer, es Alejandro, mi sobrino de cinco años, el que se hace dueño del mando a distancia e impone, sin consultarlo con nadie, su criterio.


[1] Antes de que Heidi tuviera el éxito que tuvo, hasta podíamos escuchar la canción en japonés.