Espectador en serie

Twin Peaks – La imparable parada de los monstruos

Twin Peaks – La imparable parada de los monstruos (De la colección Espectador en serie)

¿Quién mató a Laura Palmer? Tele 5 nos bombardeó con esa pregunta durante varias semanas para promocionar la teleserie. En los anuncios, podíamos ver a una joven con la cara blanca, casi azul, envuelta en un plástico. Y tras ser emitido el primer episodio, la pregunta empezó a repetirse de boca en boca. Sí, el asesinato de Laura Palmer en la serie Twin Peaks fue un pequeño fenómeno social. Y, es cierto, no se trataba tan sólo de un globo publicitario. La serie venía respaldada por el saber hacer cinematográfico de David Lynch y por su colección completa de monstruos personales.

Cuando era pequeño, David Lynch tuvo que vivir en una casa con un sótano muy oscuro al que se accedía por una escalera muy larga. Así o de una forma similar tuvieron que nacerle en la cabeza una serie de monstruos que pone a desfilar en cada una de sus producciones. Es posible que esos monstruos sean también los responsables de la fuerza creadora de David Lynch, pero, en mi humilde opinión, cuando menos los enseña al público, cuando solamente hace que se asomen sin ser vistos, mejor le salen las cosas a David Lynch. Por eso su mejor película sigue siendo El hombre elefante. Por eso fue tan aclamada Una historia verdadera. Porque, en esas películas, Lynch no enseña a sus monstruos aunque todos podamos intuirlos.

Twin Peaks marca un momento importante en la carrera de Lynch. Acababa de ganar la Palma de Oro en Cannes por su Corazón salvaje, después de una serie de películas de gran calidad que apuntaban hacia una de las filmografías más brillantes de la historia. Y a partir del asesinato de una joven de 17 años, Laura Palmer, empieza a describir la vida en un pueblecito tranquilo cercano a la frontera con Canadá. Comienza a describir a cada uno de sus habitantes. En apariencia, son gente apacible, ciudadanos americanos honrados. Pero, poco a poco, nos va enseñando el lado oscuro de cada uno de ellos y su atracción por el mal.

La joven e inocente Laura Palmer es Caperucita Roja muerta en manos de un lobo maligno. Laura Palmer muere porque su atracción por el mal la acercó demasiado a éste. Pero, de repente, los monstruos de David Lynch se apoderaron de la serie. Todos los personajes estaban implicados, de una forma u otra, en la muerte de la inocencia. Y Lynch no dio los suficientes poderes al inspector Cooper (el cazador o el leñador, según las versiones) para que resolviera el enigma. ¿Quién mató a Laura Palmer? De eso no hay duda. Fue David Lynch para crear su teleserie. ¿Quién mató a la serie Twin Peaks? En este caso, sólo puedo aventurar mis conclusiones: fueron sus monstruos.

Twin Peaks apareció muerta después de dos temporadas. Los últimos episodios ya fueron un delirio con muy poco sentido (posteriormente, Lynch confesó que había descuidado los últimos episodios de la serie). Y entonces, sí que se intentó aprovechar el original éxito de la serie para publicar el diario de Laura Palmer[1] y para rodar la prescindible película con el mismo título que la serie.

La calidad de la serie la tenemos que buscar en los planteamientos, en la presentación de los personajes y en la factura de los primeros episodios. Esa calidad sigue siendo una importante influencia y referencia para los creadores de series posteriores. Mujeres desesperadas, es un claro ejemplo. Los personajes son presentados de la misma forma y de todos se va descubriendo, poco a poco, un lado oscuro. El planteamiento de Mujeres desesperadas recuerda en gran medida al de Twin Peaks: la serie inicia a partir de la muerte de una mujer. Las similitudes son tantas que, en cuanto vi el episodio piloto de Mujeres desesperadas, pensé que habría sido un buen homenaje a Twin Peaks el que la actriz que interpretaba a la muerta fuera la misma. Todo coincidía. Laura Palmer tenía 17 años cuando fue asesinada en Twin Peaks. Catorce años más tarde, Mary Alice Young, un ama de casa desesperada se suicida con poco más de 30 años. Utilizar a Sheryl Lee habría sido el perfecto homenaje para Twin Peaks y para los amantes de las teleseries.

Pocos meses después de haber visto el episodio piloto de Mujeres desesperadas y llevando a cabo parte de las investigaciones necesarias para la escritura de Espectador en serie, descubrí que mi intuición no había sido tan disparatada. Sheryl Lee había sido la actriz elegida para interpretar a Mary Alice Young. No sólo eso, ella había sido Mary Alice Young en el primer episodio piloto que se rodó de Mujeres desesperadas. Fue descartada a posteriori y reemplazada por Brenda Strong porque, a pesar de que Mary Alice muere en la primera escena del piloto, su voz es la narradora a lo largo de toda serie. Y la voz de Sheryl Lee no conseguía el tono de ironía que querían imprimir los productores. Sheryl Lee no sabía leer un texto con ironía.

Y catorce o dieciséis años más tarde, descubrimos otro acierto de David Lynch. Supo tener a Laura Palmer callada, y bien callada, durante toda la serie[2].


[1] El diario venía firmado por la hija de David Lynch, Jennifer Chambers Lynch, que, poco después, dirigió la interesante Boxing Helena.

[2] Tuvo callada a Laura Palmer, que no a Sheryl Lee a la que le asignó otro papel en la serie, como prima (casi gemela) de Laura Palmer.

Anuncios
Espectador en serie

Luz de luna – Los pájaros carpinteros

Luz de luna – Los pájaros carpinteros (De la colección Espectador en serie)

Resulta que los pájaros carpinteros no tienen dolores de cabeza. Ni por estrellar el pico continuamente contra el árbol, ni por el ruido que esta acción pueda ocasionar. Con un artículo sobre este tema, ganaron el premio Ig Nobel de la ciencia 2006 los profesores Ivan R. Schwab y Philip R.A. May. Los premios Ig Nóbel son una ceremonia alternativa a los Nóbel y buscan acercar la ciencia al ciudadano de a pie a través de pequeños descubrimientos divertidos que pueden facilitar mejoras en nuestras vidas. En el caso del estudio de los pájaros carpinteros, se han dado pasos de gigante a la hora de mejorar los cascos de motorista. Otro estudio ganador de este año demostraba que los escarabajos que se alimentan de las heces de mamíferos son en realidad animales bastante tiquismiquis con lo que comen. Que hacen ascos a algunas comidas, vamos. Otra investigación ganadora hacía ver que cuanto más difícil de leer es la fuente elegida para un trabajo universitario, menos inteligente es el estudiante que la entrega…

Estoy seguro que un buen estudio sobre el éxito y la calidad de una obra de arte podría ganar un Ig Nóbel. Una obra de arte puede gustar a más o menos gente. Un artista puede ganar más o menos dinero. Una trayectoria artística puede tener mayor o menor reconocimiento de la crítica. Podemos medir con relativa facilidad todas esas cuestiones. Lo que es más difícil de medir es el éxito y la calidad artística de una obra de arte. Los parámetros exactos del éxito y de la calidad artística son difíciles de definir. No es, por lo tanto, extraño que todos los partidos políticos anuncien su éxito tras unas elecciones. No es extraño que una obra de arte tenga gran repercusión artística y sea calificada de gran calidad en el momento de su publicación pero luego pase a la historia como una mera anécdota. O viceversa.

El primer episodio de Luz de luna es el peor episodio piloto que he visto en mi vida. Hace falta un esfuerzo sobrehumano para ver los seis episodios de la primera temporada de la serie. Los cuarenta y tres minutos de media que dura cada episodio se hacen eternos y tienes que poner el DVD en pausa y cambiar a un canal que esté con la publicidad en esos momentos para reunir fuerzas y continuar con la serie. Los guiones no tienen sentido. Los diálogos y las discusiones no tienen gracia. Los decorados están poco trabajados y los exteriores están localizados en los lugares menos atractivos de la ciudad de Los Ángeles. La realización es deficiente, Bruce Willis aún no sabe caminar enfadado y todos los primeros planos de interior con Cybill Shepherd tienen la misma iluminación y filtros que un anuncio de champú.

La cadena ABC creó una productora independiente, puso al frente a Glenn Gordon Caron y le dio tres oportunidades para crear una teleserie de éxito. El episodio piloto de Luz de luna era su tercera oportunidad. Si Luz de luna no salía adelante, la productora desaparecía. La cadena ABC había desestimado los pilotos de las dos ideas anteriores. No puedo imaginar cómo serían las otras dos propuestas.  O tal vez me equivoque. Tal vez las otras dos ideas eran mejores. O tal vez tuvieran más calidad. O a mí me habrían gustado más. ¿Quién sabe? Pero los responsables de ABC vieron posibilidades en Luz de luna. Y esta fue la serie que salió adelante, la que, después de todo, fue producida durante cinco temporadas.

El éxito y la supervivencia como empresa son los temas centrales de la primera temporada de la serie. Después de todo, el título de la serie en inglés es Moonlighting, que, en argot, significa algo así como hacer chapuzas después de tu trabajo para ganarte un dinero extra. En ninguno de los seis episodios, la agencia de detectives es contratada como tal para realizar unos servicios y cobrar sus honorarios. Maddy no deja de hacer cuentas en su calculadora. Se hacen bromas sobre la inactividad de los empleados de la agencia que trabajan en la oficina. Cuando hacen repaso de lo que ha sido el primer año de la agencia (y de la serie), Maddy dice que ha sido un fracaso y su compañero dice que siguen ahí, que siguen juntos, que han sobrevivido y que eso es el mayor de los éxitos.

La segunda temporada de Luz de luna es ligeramente mejor. Las discusiones entre los dos protagonistas son mucho más ingeniosas, la velocidad en los monólogos de Bruce Willis nos recuerdan a los mejores tiempos de Groucho Marx o de Bugs Bunny, los guionistas acuden con éxito a la técnica de la cuarta pared, hay muchas mejoras y atrevimientos formales, como la idea de filmar gran parte de un episodio en blanco y negro (la cadena ABC les obligó a hacer una pequeña introducción al episodio en el que se avisaba a los espectadores de que sus televisores no estaban estropeados si parte del episodio perdía el color). La serie tuvo bastante éxito. Gustó a muchísimos espectadores, que la siguieron con fervor (me incluyo entre ellos) y lanzó al estrellato a Bruce Willis. Desgraciadamente, no resiste un visionado actual. De cada episodio, puede salvarse una de las discusiones o uno de los monólogos. Poco más. Por esto, recomiendo abstenerse de verla de nuevo a aquellos que tienen un buen recuerdo de la serie.

Escucho a Glenn Gordon Caron en el documental sobre Luz de luna y me da la impresión de que el bueno de Glenn, como muchos otros creadores, era mucho más feliz cuando diseñaba en su imaginación cada una de las teleseries que se le ocurrían[1]. Muchos creadores, cuando repasan su biografía, descubren que encontraron su mayor felicidad antes de tener éxito. Trabajaban, sí, soñando con el éxito y la calidad de su obra y se estrellaban una y otra vez con múltiples fracasos sin que eso les diera dolor de cabeza. Como los pájaros carpinteros. Los dolores de cabeza sólo llegaban con el éxito.


[1] Gordon Caron se proyecta en la serie en multitud de ocasiones. En un episodio de la primera temporada, Bruce Willis comparte con su compañera todas las ideas que se le ocurren para crear diversas teleseries de éxito.

Espectador en serie

Luz de luna – La cuarta pared

Luz de luna – La cuarta pared (De la colección Espectador en serie)

Antes de dirigir El código Da Vinci, Una mente maravillosa o Edtv y se convirtiera en uno de los directores más cotizados de Hollywood, Ron Howard saltó a la fama como protagonista de la serie Happy Days, una de las más populares de los años setenta en Estados Unidos. A pesar de que la serie dejó de producirse en 1984, veinte años más tarde, en 2005, decidieron hacer un programa especial en el que juntaron a gran parte del equipo y celebraron el hecho de que Happy Days había sido parte importante de las familias americanas durante diez temporadas (1974-1984). En ese programa especial, el equipo de la serie se jactó de que la palabra nerd se había popularizado y había adquirido el significado que tiene hoy en día gracias a Happy Days (no creo que los nerds de Estados Unidos les estén muy agradecidos) y que la expresión Jump the shark (saltar el tiburón) nació también gracias a la serie.

En 1985, John Hein y Sean J. Connolly, dos universitarios que  compartían habitación se pusieron a discutir sobre Happy Days. Connolly opinaba que la serie había perdido interés y había empezado su declive en el corazón de los americanos a partir del episodio en el que uno de los protagonistas había tenido que saltar por encima de un tiburón mientras hacía esquí acuático. Connolly pasó a desarrollar una teoría en la que quería demostrar que toda teleserie tiene un punto de inflexión en el que pierde su gancho original y deja de atraer al público de la misma manera. Ese momento se refleja normalmente en la serie a través de una idea de guión verdaderamente disparatada como lo puede ser el hacer saltar a uno de los protagonistas por encima de un tiburón. A John Hein no se le fue la teoría de la cabeza y en 1997 publicó en internet una página web con el mismo nombre y un montón de ejemplos en los que se mostraba cuando las series de televisión más populares habían saltado el tiburón[1]. Parece que la expresión cuajó a partir de esta página y también el negocio: John Hein vendió su empresa Jumptheshark Inc. por más de un millón de dólares el 20 de junio del 2006.

Según la página web creada por Hein, la serie Luz de luna tiene un momento muy preciso en el cual salta el tiburón: al final de la tercera temporada, cuando los dos protagonistas acaban liándose bajo las sábanas.  Ahí se acabó todo. Allí perdió todo su atractivo. Se acabó la tensión sexual entre los dos detectives y, a pesar de los esfuerzos de los guionistas durante las dos temporadas siguientes, no se volvió a recuperar. A partir de ese instante, todo fue cuesta abajo para la serie. No sé qué decir al respecto. A lo mejor es cierto. A lo mejor los antropólogos deberían empeñar todos sus libros de filosofía para poner sus cinco sentidos en la zoología. A lo mejor el espectador que todos llevamos dentro es un don Juan que flirtea con todas las series y que pierde el interés en cuanto se acuestan los protagonistas.

No me cabe la menor duda de que la tensión sexual entre los personajes que interpretaban Bruce Willis y Cybill Shepherd contribuyó al éxito de la serie y que su pérdida ayudó al declive de ésta. Sin embargo, creo que hubo un factor mucho más determinante que colocó la serie en la cima pero que, a la vez, su abuso hizo que la serie tuviera una fecha de caducidad temprana. Un factor que permitía que los guionistas saltaran al tiburón una y otra vez en cada episodio. Estamos hablando de la cuarta pared.

Una radio se distingue de un televisor en que la radio no nos deja ver nada de lo que está ocurriendo dentro. Tenemos que imaginarlo todo a partir de las voces que salen por los altavoces. En ese sentido, la televisión es mucho más generosa. Se desprende de una de sus paredes para dejarnos ver todo lo que ocurre. Esto hace que todo programa de televisión tenga tres paredes, las dos laterales y la del fondo. Los programas necesitan dejar la pared de delante abierta para que el espectador pueda verlos desde su televisión. Como hace la policía a través del falso espejo de la sala de interrogatorios.

En Luz de luna, todo comenzó de forma accidental cuando la cadena ABC se disponía a emitir el primer episodio de la segunda temporada. La duración no era la correcta. Faltaban unos minutos para ajustarse a lo establecido con la productora. Los guionistas tuvieron que improvisar. Pusieron a los protagonistas delante de las cámaras y rodaron una escena introductoria en la que venían a decir que estaban ahí, David Addison y Madelyn Hayes, los protagonistas de Luz de luna, para presentar al público la nueva temporada de la serie. Durante la presentación, comenzaban una de sus discusiones y acababan confesando la verdad. Estaban ahí porque el episodio había salido demasiado corto y tenían que rellenarlo con unos minutos de presentación.

La idea tuvo gracia y los productores alargaron todos los episodios de la segunda temporada que se quedaban cortos con una introducción llevada a cabo por los protagonistas. En una de ellas, los dos personajes iban un poco más allá. Se dedicaban a leer algunas de las cartas de los fans en los que éstos pedían que se besaran de una vez por todas. La serie había atravesado definitivamente la cuarta pared y se había vuelto interactiva. Los retrasos en la escritura de los guiones obligaban a veces a filmar las últimas escenas de un episodio pocas horas antes de que fuera emitido por primera vez. Pero estos retrasos facilitaban, al mismo tiempo, el que los guionistas acudieran cada vez más a la cuarta pared.

Ya no se trataba tan sólo de las presentaciones para el episodio (una de ellas fue llevada a cabo por Orson Wells pocos días antes de su muerte) sino que los diálogos se llenaban de comentarios en los que, especialmente Bruce Willis, los protagonistas se dirigían al público. Al final del episodio de Navidad, todos los empleados de la agencia de detectives salían del plató donde estaba la oficina para unirse a sus familiares y terminar el episodio con un villancico. En el último episodio de la segunda temporada, la persecución final se hacía por todos los estudios de televisión y los protagonistas se iban tropezando con actores de otras series y programas; el desenlace de este episodio no queda claro pero Bruce Willis se lo explica al resto de los actores. Al final, los dos protagonistas se quedan a solas. Son conscientes de que se acaba la segunda temporada. Se miran a los ojos. Ambos amagan un comentario pero los dos se lo piensan y lo dejan para después de las vacaciones. Se despiden hasta la próxima temporada y cada uno desaparece, saliendo con su coche del aparcamiento de los estudios.

Otras series han intentado atravesar la cuarta pared con más o menos éxito. Sexo en Nueva York lo intentó en la primera temporada a través de entrevistas a gente de la calle pero la idea no cuajó y la abandonaron en las demás temporadas. Luz de luna lo hizo con acierto pero les sucedió lo mismo que a la Pantera Rosa cuando se salía del decorado y lo iba plegando en mitades como si fuera una hoja de papel: al final, la pantalla se quedaba en negro. Luz de luna tuvo que ser cancelada a mitad de la quinta temporada. En el último episodio, los protagonistas vuelven a la oficina y se encuentran que los empleados de los estudios de televisión están desmontando todos los decorados del plató.


Espectador en serie

South Park – Bricolaje

South Park – Bricolaje (De la colección Espectador en serie)

La campaña publicitaria que vendió El mariachi de Robert Rodríguez al mundo entero diciendo que el presupuesto de la película había sido tan sólo de 7.000 dólares costó alrededor de un millón de dólares. Rodríguez demostró que se puede hacer una película con muy poco dinero y la Columbia TriStar demostró que, para vender una película al mundo, hace falta un montón de pasta.

En verdad, parece que toda la carrera artística de Robert Rodríguez haya consistido en demostrar que se puede hacer cine con poco dinero. Rodríguez escribió el guión de El mariachi y conoció al malo de su película (Peter Marquardt) encerrado en unos laboratorios médicos en los que estuvo durante un mes como conejillo de indias. Los laboratorios le pagaron 3.000 dólares y Rodríguez dejó que experimentaran con él una nueva medicina que intentaba reducir el colesterol.

En cuanto se hizo famoso, se dedicó a filmar sus películas en formato digital porque gran parte de los 7.000 dólares de El Mariachi se le habían ido en celuloide. Luego Rodríguez se compró un rancho y allí construyó todo su estudio de postproducción en el garaje de su casa. Eso significa que Robert Rodríguez no gasta ni en gasolina para ir a trabajar. En una buena parte de sus películas, los actores interpretan su papel delante de la pantalla azul como si fueran hombres del tiempo, lo cual abarata enormemente los gastos de localización y desplazamientos a exteriores. Hace él mismo el montaje de sus películas y, él mismo, les mete sencillas bandas sonoras que compone con su teclado. Todo esto convierte a Robert Rodríguez en uno de los directores más baratos y rentables del sistema.

En efecto, parecía que toda la carrera artística de Robert Rodríguez consistía en demostrar que se puede hacer cine con poco dinero hasta que dirigió Sin City. Entonces Robert Rodríguez también demostró que sabe hacer cine de altísima calidad.

Uno de los grandes adelantos del siglo XXI ha sido la generalizada comercialización de películas y teleseries en dvd con contenidos extras. Espectador en serie no habría sido posible sin la ayuda de los contenidos extras de las cajas de teleseries y yo no sabría gran parte de lo que he contado sobre Robert Rodríguez si no hubiera visto los contenidos extras que aparecían en el dvd de su película El Mexicano[1].

También gracias a los contenidos extras de la primera temporada de South Park, me enteré de que el episodio piloto había sido realizado íntegramente por los creadores de la serie, Matt Stone y Trey Parker. Ellos crearon a los personajes, escribieron el guión, hicieron la animación y filmación del episodio siguiendo métodos tradicionales (ahora usan programas informáticos para acelerar y facilitar la animación). Compusieron parte de la música y letras de las canciones de la serie y pusieron voces a cada uno de los personajes del episodio. Así, a primera vista, en lo único que no superan a Robert Rodríguez es en que Matt y Trey sí que tienen el colesterol un pelín alto.

South Park es uno de esos grandes ejemplos de bricolaje. No se necesitan presupuestos millonarios o la presencia de estrellas del sistema para triunfar en el cine o en la televisión. Una vez más, tan sólo se necesita talento. Mucho talento. Y es evidente que Matt y Trey lo tienen. Su secreto está en la parodia y en el sarcasmo. En uno de los primeros episodios, por ejemplo, los habitantes de South Park se quedan atrapados por la nieve en un hotel de alta montaña. Todos sabemos que las situaciones extremas llevan al ser humano a realizar actos extremos. Así, los habitantes de South Park empiezan a comerse los unos a los otros para sobrevivir. Lo divertido es que empiezan a cometer este acto antropófago quince minutos después de quedarse atrapados y antes, siquiera, de comerse las abundantes provisiones que hay en el hotel en cuestión.

El éxito de South Park ha ido también de la mano de la constante provocación, de esa lucha continua entre la defensa de la libertad de expresión y el derecho a una censura que evite que nadie pueda ser ofendido. Su lenguaje obsceno, sus referencias sexuales y su violencia explícita, sus burlas a la religión y a la iglesia  se han librado de la censura gracias a su emisión por cable a altas horas de la noche y a un gran equipo de abogados.

South Park es una serie de dibujos animados para adultos. Pero el fenómeno South Park ha sido imparable y, al final, en el 2005,  Mort Marcus, un antiguo productor ejecutivo de Disney se puso a trabajar con un panel de representantes de todas las estaciones de televisión públicas que querían emitir la serie, con el fin de conseguir que los episodios fueran aceptables para una audiencia más amplia en horarios para todos los públicos[2].

Aquí encontramos nuestra última paradoja. Mort Marcus y su equipo gastan más dinero y tardan más tiempo en adaptar un episodio de 22 minutos (con una media de una palabrota cada ocho segundos) de lo que emplearon Matt Stone y Trey Parker en crearlo.


[1] En una edición de esta película se incluían los siguientes cortometrajes dirigidos por Robert Rodríguez: Ten Minute Film School: Big Movies Made Cheap (2004), Inside Troublemaker Studios (2004), Ten Minute Flick School: Fast, Cheap and in Control (2004).

También aparecía dentro de los contenidos extra el cortometraje de Robert Rodríguez Ten Minute Cooking School: Puerco Pibil (2004), en el que Rodríguez explicaba cómo preparar un plato típico mexicano con el mismo pragmatismo que explica cómo hacer cine de bajo presupuesto.

No es la primera vez que Robert Rodríguez hacía cortometrajes sobre la técnica cinematográfica. Anteriormente, había dirigido otros dos cortometrajes sobre cine: 10 Minute Film School (1998) y 10 More Minutes… Anatomy of a Shootout (1998).

[2] Este fenómeno es lo que en inglés se denomina “syndication”. Supongo que las palabras empleadas en español son estreno y reposición. La televisión pública americana está fragmentada en múltiples canales de televisión con numerosas filiales en todo el país. Normalmente, las teleseries se emiten primero en una cadena privada una vez a la semana. Esa cadena privada tiene los derechos para emitir todos los episodios por primera vez. Si los productores no son parte de esa cadena privada, es muy posible que la serie se venda a bajo precio para ser emitida por primera vez (estreno) y alcanzar, así, popularidad. Si consigue el éxito y popularidad esperados, los derechos de emisión se venden para que la reposición de la serie pueda hacerse a través de cada una de las filiales. Entonces esa serie está “syndicated”, es decir, ninguna cadena tiene los derechos exclusivos sobre esos episodios. Cuando esto ocurre, los episodios, que normalmente duran 22 minutos, pasan a ser de 20 minutos para poder incluir más publicidad. Las escenas que se cortan no son necesariamente partes de la serie que merezcan la censura (sexo explícito o palabras malsonantes). Las reposiciones se efectúan, además, con la emisión diaria de uno o dos episodios de la serie. La exportación de una serie a un país extranjero no deja de ser una reposición, aunque sea un estreno para los habitantes de esa nación. 

Espectador en serie

Seinfeld – Tenemos que hablar

Seinfeld – Tenemos que hablar  (De la colección Espectador en serie)

Rechazar dinero es siempre visto como un acto de nobleza. El libro Guinness de los records dice que Jerry Seinfeld es la persona que más dinero ha rechazado en la historia de la humanidad. Le ofrecieron cinco millones de dólares por episodio para continuar la serie Seinfeld y dijo, así, como quien no quiere la cosa, dijo: “no, gracias.” Esto convertiría a Jerry Seinfeld en la persona más noble de la historia de la humanidad si uno no siguiera leyendo un poco más abajo, en el mismo libro Guinness, en la parte que dice que Jerry Seinfeld es el actor de televisión que más dinero ha ganado en un solo año.

Seinfeld, la serie, aparecía en el libro de los records en un apartado más. Los precios que tenían que pagar los patrocinadores para insertar anuncios en medio de un episodio de Seinfeld eran los más caros que se habían visto nunca y este record fue batido solamente en 2004 con el último episodio de la última temporada de Friends. Una medalla más. En el año 2002, la revista TV Guide, la revista de televisión con más tirada en Estados Unidos, hizo una lista con los cincuenta mejores programas de televisión de toda la historia y, sí, Seinfeld fue declarado el mejor programa, el número uno, de todos los tiempos.

Y bien. ¿Qué hace de Seinfeld un programa tan cotizado? ¿De qué va la teleserie en cuestión? Seinfeld, como decía la publicidad del propio programa, es una serie que no va de nada. La mayoría de sus personajes no trabajan, no son familia, no comparten un proyecto de vida, no hay una trama inteligente que entremezcla sus vidas. Nada. No hay absolutamente nada. Y, sin embargo, las estimaciones indican que al último episodio de Seinfeld se apuntaron unos 76 millones de espectadores. Apasionante. Verdaderamente apasionante. Ríete tú de bandas sonoras, de las grandes campañas publicitarias, de los guiones enrevesados que mezclan humor, pasión, intriga, suspense, drama y demás. Ríete de los efectos especiales. El mejor programa de televisión de toda la historia, según la revista americana de televisión con más tirada, es una teleserie sobre “nada”.

Cuidado. Lo más fácil es a veces lo más difícil y viceversa. Seinfeld, la serie, no siempre lo tuvo tan fácil. Cuando a Jerry Seinfeld le propusieron protagonizar una teleserie, él sólo puso una condición: trabajar con el humorista y guionista Larry David. Larry David no tenía muy buena reputación en los estudios de televisión. De hecho, la única condición que le puso la NBC a Jerry Seinfeld para hacer la serie fue que podía trabajar con cualquiera menos con Larry David. Tras un tira y afloja, la NBC cedió a regañadientes y Jerry y Larry se pusieron a trabajar en el episodio piloto.

Cuando los productores les preguntaban de qué iba la serie, Jerry les decía que no iba absolutamente sobre nada. Cuando los productores le preguntaban cómo se llamaba el personaje al que interpretaba Jerry, Jerry les respondía que Jerry. Jerry Seinfeld. Los productores no andaban contentos. La serie parecía predestinada al fracaso. Esperarían a los resultados del episodio piloto y ya está. Ahí se acabaría todo. El episodio piloto se emitió el 5 de julio de 1989. La respuesta del público indicaba que todo había sido un fracaso. No podía haber una serie que no fuera sobre nada. Hubo una persona, sin embargo, Rick Ludwin, director de la programación nocturna de la NBC que quedó fascinada por la idea. Decidió destinar parte del dinero que tenía su departamento para financiar cinco episodios más de la serie. Sólo ponía una condición. Seinfeld debía incluir una mujer en la teleserie.

Jerry y Larry aceptaron y los cinco episodios que conformaban la primera temporada fueron emitidos al año siguiente. Los resultados de audiencia siguieron siendo tibios. Pero muchos más directivos de la NBC estaban ya convencidos de que la serie de la nada tenía un algo. Las aventuras de los únicos cuatro personajes de la teleserie tenían un atractivo inexplicable. Jerry Seinfeld haciendo de Jerry Seinfeld y sus tres amigos se ponían a hablar y se desataba una curiosidad en el espectador que no podían entender.

Les dieron otra oportunidad para filmar trece episodios más. Eso sería la segunda temporada. Trece episodios más. Pocos si lo comparamos con el resto de las temporadas, con más de veinte episodios cada una. Y en la segunda temporada, Seinfeld fue un éxito absoluto. Éxito de audiencia y éxito de crítica. Cada uno de los episodios era un episodio sobre la nada. Los cuatro protagonistas se ponían a hablar y eso era todo. A veces, hasta tentaban a la suerte con episodios que se desarrollaban en los lugares más estrambóticos. En un episodio de la temporada dos, toda la trama ocurre esperando a que los sienten en un restaurante chino. En otro de la temporada tres, todo transcurre en un garaje subterráneo de unos grandes almacenes. Se trata de las conversaciones que mantienen los protagonistas mientras intentan recordar dónde habían aparcado el coche.

Con Seinfeld, la nada triunfa. No es casualidad que una de las líneas más comunes de la serie sea “yada yada yada” que en español se traduce a algo así como “bla, bla, bla.”

 

 

Espectador en serie

Las chicas de oro – Corrupción en Miami

Las chicas de oro – Corrupción en Miami (De la colección Espectador en serie)

Si hablamos de teleseries, el tiempo se mide en temporadas. El sistema nos viene heredado de las temporadas deportivas, pero se ha extendido al resto de la programación televisiva a través de las teleseries. Ahora ya se habla de que tal presentador o tal otro comienzan una nueva temporada de telediarios. O de reality shows. O de lo que sea. Las temporadas nos permiten imprimir un estilo diferente, cambiar y mejorar algunos matices de la temporada anterior.

Las temporadas comienzan, como el curso escolar, en septiembre. No es por casualidad. Dos de las culturas más populares de nuestros tiempos son la deportiva y la escolar. De ellas se sacan múltiples metáforas o expresiones para explicar otras realidades de la vida diaria. En política, hablamos del “curso político” y los líderes “suspenden” en gestión o popularidad. En las empresas, un trabajador “no ha hecho los deberes” si no se ha preparado correctamente para una reunión o para llevar a cabo una presentación.

Podríamos pensar que las temporadas televisivas vienen también marcadas por la temporada deportiva pero esto es así tan sólo en Europa. En Estados Unidos (donde se producen el mayor número de series), hay tres temporadas deportivas, el fútbol americano, el béisbol y el baloncesto, que se reparten el calendario para no competir por espectadores. La temporada televisiva coincide con la escolar porque en septiembre, de alguna forma, muchos seres humanos comienzan un nuevo año. El verano es la estación que menos invita a ver la televisión y, por lo tanto, muchos espectadores podrían perder el hilo y el interés de muchas teleseries. Tras hacer un largo examen de conciencia y tomar una serie de decisiones importantes sobre nuestras vidas en el periodo estival, en septiembre, todos, queramos admitirlo o no, volvemos de nuestras vacaciones dispuestos a ver la tele.

Una teleserie comenzará una nueva temporada dependiendo del éxito de la temporada anterior. El presupuesto de una temporada es demasiado alto para arriesgar y comprometer futuras temporadas. De hecho, muchas teleseries, hoy en día, dividen sus temporadas en dos partes. Filman y emiten todos los episodios de la primera parte y pueden dar un cambio radical en el guión de la segunda parte según las reacciones del público durante los primeros episodios de la temporada.

Hablemos de otro tipo de temporadas. Muchos jubilados americanos acaban pasando largas temporadas en Miami de la misma forma que muchos jubilados europeos acaban pasándolas en la costa de España. Algunos de ellos hasta deciden mudarse definitivamente al sur para disfrutar del buen tiempo durante todo el año. Se entiende que los jubilados que pueden permitirse una cosa así son ciudadanos de clase media alta. A partir de esta premisa comienzan Las chicas de oro. Y si nos ponemos a recordar, visualizamos a cuatro muchachitas viviendo en una casa bastante decente, cambiándose de modelito en cada escena y dedicándose al refrescante deporte del ocio. Nadie recuerda que Rose trabaja en una clínica de terapia ocupacional, que Dorothy es una profesora sustituta y que Blanche trabaja en un museo. Nadie recuerda que Rose pierde el trabajo en un episodio y que las cosas se le ponen mal económicamente hablando. Nadie recuerda que tienen un televisor viejo y que, entre las cuatro, no pueden permitirse uno nuevo. Son las pequeñas contradicciones de Las chicas de oro.

Con Las chicas de oro se consigue hacer lo que no se podía hacer con las series de familia tradicional. Todas las protagonistas son mujeres, con lo que ya nos podemos burlar de los personajes femeninos sin ningún problema. Las protagonistas tienen sus defectos pero eso, como le pasaba al padre de familia, las hace entrañables.  El único precedente con protagonistas femeninas lo tenemos en una serie de acción, Los ángeles de Charlie, pero es en Las chicas de oro en la primera en la que los personajes muestran sus debilidades, en la que se exploran y evolucionan sus personalidades.

Mientras que Mujeres desesperadas busca más pluralidad en la serie (una de las protagonistas tiene origen latinoamericano y en la segunda temporada toman protagonismo dos personajes negros)[1], el resto de las series con protagonistas femeninos son fundamentalmente blancos (Las chicas Gilmore, Ally McBeal, Sexo en Nueva York). A pesar de que los acentos a la hora de hablar se pierden en la traducción al castellano, Las chicas de oro, a su manera (o siguiendo las maneras de la vieja escuela), buscaban también esa pluralidad, representando cuatro formas diversas de ver la vida y tenía guiños humorísticos para los inmigrantes italianos (Sofía nació en Sicilia), para los ítaloamericanos de Nueva York (Dorothy tiene el sarcasmo de una chica de la gran manzana), para los sureños (Blanche acaba disfrazándose de Escarlata O’Hara en un episodio) y para el mundo rural del Medio Oeste (Rose es de St. Olaf, un pueblecito de Minnesota de origen escandinavo).

En la serie hay grandes dosis de lecciones morales. En cuanto vemos un par de episodios, nos damos cuenta de que las protagonistas no han ido a Florida a pudrirse en una hamaca. Las protagonistas no han emigrado al sur para ver terminar sus días y dejar que sus huesos se corrompan en Miami. Blanche, Rose, Dorothy y Sofía se meten en nuestros televisores para decirnos que aún les queda mucha vida por vivir y que piensan vivirla plenamente. Se meten en nuestros televisores, también, para hacer bromas sobre el ridículo atuendo que luce Sonny Crockett (Don Johnson), el apuesto policía que vigila las calles en Corrupción en Miami. Las calles donde viven nuestras chicas de oro.

Un nuevo visionado de los episodios de la serie, nos hace ver que Las Chicas de oro no han envejecido mal. La mayoría de sus bromas siguen funcionando y nos convencen, una vez más, de que no hay problema humano que no pueda solucionarse alrededor de una tarta de queso cubierta de chocolate.


[1] La tendencia no es nueva pero es ahora cuando se está generalizando. En el cine, tenemos muchos ejemplos en las nuevas películas para adolescentes. En Hora punta, por ejemplo, los protagonistas eran un afroamericano y un asiático, para atraer a mayor número de espectadores. En la serie Perdidos, tenemos a afroamericanos, a coreanos e incluso a un iraquí entre los protagonistas principales.