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Entrevista con Miguel Rollón

Miguel Rollón: Abogado y funcionario de la administración local de Valdemoro. Poeta, actor de teatro, autor, compositor y letrista de canciones pop y rock en bandas españolas y alemanas. Ha participado en diversos festivales internacionales de poesía en España, Argentina, Paraguay, Colombia y México. Este año, terminará la gira del libro en Venezuela y Estados Unidos. Dirige la Tribu de Poetas en Madrid.

Somos individuos magníficos. Ejemplares únicos y hermosos. Singularidades irrepetibles. Y tenemos una oportunidad (mientras no se demuestre lo contrario), tenemos tan solo una vida para demostrar (a los que nos rodean y a nosotros mismos) que nuestra unicidad merece la pena. Consideren esa única vida que se les ha otorgado como si fuera una pistola cargada con una sola bala en los momentos finales de una película de Hollywood. Y, sí, desafortunadamente, es probable que, a veces, el hombre sea un lobo para el hombre (Homo hominis lupus), pero estoy seguro de que hasta la oveja es, a veces, un lobo para la oveja (Pecus pecoris lupus). Por eso, yo me quedo con los millones de veces que el hombre elige ser amigo para el hombre (Homo hominis amicum), cuando el hombre se convierte en refugio para el hombre (Mulier hominis portus) o cuando el hombre se presenta como una alegre melodía para el hombre (Homo mulieris amoena melodia).

El individuo magnífico con el que me encuentro para la entrevista de este mes se llama Miguel Rollón. Valdemoreño de toda la vida aunque nació, por motivos familiares, en Navatalgordo, provincia de Ávila. Inició la educación primaria en Valdemoro y, a los ocho años, marchó con su familia a Colonia, en el oeste de Alemania (Miguel Rollón: «Lo más alucinante fue pasar de una localidad como Valdemoro, que, entonces, tendría unos cinco mil habitantes, a una ciudad de más de un millón. Fui a un colegio hispano-alemán. Así, pasé de una escuela en la que todos éramos del mismo pueblo a otra en la que cada uno éramos de una región o país hispanohablante distinto. Desde niño, conviví con todas las razas y nacionalidades. Era un mosaico de culturas. Mis amigos eran turcos, árabes, alemanes, venezolanos, mexicanos…»). En la escuela alemana, les enseñaban, tanto a los chicos como a las chicas, a cocinar y a coser.

¿La importancia de la cultura y la educación?

La cultura supone una idea del tiempo que se niega a definir al individuo como consumidor, como sujeto vacío, y que se niega a tratar el presente con la urgencia de lo que no está destinado a permanecer. La educación y la cultura suponen un modo especial de saber hablar o saber callarse a tiempo, lejos del ocio cutre que nos venden en esta época acelerada de consumo de usar y tirar. Los poemas y las novelas se niegan a la miserable mercantilización del tiempo.

¿Qué aconsejas a alguien al que no le guste la poesía o la literatura?

Que se atrevan a experimentar o a descubrir una nueva pasión. Porque de la poesía nos expulsaron los profesores del instituto, al obligarnos a leer poemas o libros que nos aburrían y no entendíamos. Para que algo nos guste hace falta pasión, así que, si un poeta no te gusta, prueba con otro. Para mí, la literatura es una forma de pasión y de resistencia contra el mundo del egoísmo, del individualismo que deja vacío de significado el instante en esta sociedad de consumo.

En Alemania estuvo hasta los trece años (Miguel Rollón: «Cuando regresé a Valdemoro, añoré mucho Alemania. Me pasó las dos veces que volví de Alemania. En Valdemoro me sentía fuera de lugar. Aquí estaban mi familia, mis amigos…todo. Sin embargo, me sentía fuera de lugar…»).

Valdemoro

Valdemoro es el lugar del mundo donde mi historia puede atacarme en cada esquina. Aquí nada me resulta indiferente. Es mi pueblo. Es el lugar donde el anciano al que le cedo el asiento me dice: «Ah, yo era amigo de tu madre, de tu abuela». Aquí están mis muertos, aquí di mi primer beso, estas son mis raíces.

Valdemoro se ha llenado de calles iguales y vacías entre bloques de hormigón, porque nos hemos hipotecado la vida a los bancos por más de treinta años. Aun así, Valdemoro es la ciudad que se resiste a dejar de ser un pueblo. Aquí, hay identidad, sentido de pertenencia, vínculos, donde nos importa lo que le sucede a la vecina del segundo izquierda.

Soy melancólico del pueblo que conocí en mi infancia y adolescencia en el que todo el mundo se conocía; de la vida en la calle, de las tardes cuando la calle Grande se cortaba al tráfico y los vecinos nos dedicábamos toda la tarde a pasear. Y, aunque acepto los cambios históricos, mantengo una ilusión precavida y renuncio a afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor y a la falsedad de un edén perdido. Amo Valdemoro.

Tras estudiar FP en la ECAM, en Valdemoro, a los diecisiete años, volvió a Alemania para estudiar una especie de formación profesional: restauración de antigüedades. Solo que allí, una cuarta parte de los estudios eran formación en clase y las otras tres cuartas partes consistían en trabajar en el gremio de la restauración (Miguel Rollón: «De todos los trabajos que he tenido, la restauración de antigüedades ha sido el que más satisfacciones me ha dado en la vida. En España, intenté dedicarme a ello, pero aquí no se valoraba como trabajo…»).

Cuando volvió a los veintiún años, no entendía por qué todos sus amigos comenzaron a casarse. El objetivo que tenían era casarse y comprarse un piso después de hacer la mili (Miguel Rollón: «A mí, eso no me entraba en la cabeza. Fue en ese momento cuando empezaron a llamarme raro. En Alemania, esa cultura no existía. Los alemanes se independizaban de sus padres. Se iban a vivir con sus novios, sus novias o con amigos, pero no tenían que casarse para vivir juntos. Eso me ocasionó muchas rupturas de pareja…»).

Antes de marcharse a Alemania por segunda vez, Miguel ya formó su primer grupo de música en Valdemoro (Miguel Rollón: «Nos fuimos a Herencia a la vendimia para poder comprar los instrumentos…»). Cuando regresó a España con veintiún años, retomó la música y formó parte de la orquesta Bus, que, entre 1984 y 1989 tocó en todas las fiestas patronales de Valdemoro (Miguel Rollón: «Yo tocaba el bajo. Y también, con el tema de la música, traía yo otro tipo de inquietudes: yo venía con la influencia de la música europea y lo que aquí gustaba estaba un poco desfasado. Así que encontré mi refugio cultural en Madrid. Pude conocer a Olé Olé, a Mecano, a Tino Casal, con el que tuve mucho trato… Muchos de esos grupos iban a Alemania a comprar instrumentos musicales y, estando yo allí, les había servido como intermediario. Se habían quedado a dormir en mi casa…»).

A los veinticinco años, se dio cuenta de que era muy difícil vivir de la música. Así que comenzó a estudiar para sacarse unas oposiciones. Estuvo dos años preparando oposiciones para el Ministerio de Justicia y acabó aprobando para trabajar en el Ayuntamiento de Valdemoro. Sin embargo, el derecho no dejaba de ser, también, una pasión para Miguel Rollón y, tras aprobar las oposiciones, decidió estudiar en la universidad para convertirse en abogado (Miguel Rollón: «Salía de trabajar a las tres y las clases comenzaban a las cuatro. Comía un bocadillo y me iba para la Autónoma. Así estuve cuatro años, hasta que me saqué la carrera…»). Miguel ejerció de abogado durante diez años.

De todo lo que esta vida nos ofrece, Miguel se queda con los instantes y con los recuerdos. Para él, la felicidad consiste en crear y en descubrir. Las tres cosas que más le gustan son viajar, leer y escribir. Cuando viaja y cuando lee, descubre. Cuando escribe, crea. Leer es especialmente importante para él porque, como dice, «cuando lees, te haces dueño de tu tiempo». Lleva escribiendo y leyendo poesía desde la adolescencia (Miguel Rollón: «Comencé a escribir de adolescente para ligar. Ahora escribo para salvarme. La verdadera poesía nos cura y nos une incluso (sobre todo) en los peores momentos. A mí me salvo de la depresión la poesía de Luis García Montero, Benjamín Prado, Gil de Biedma y Mario Benedetti. Un sofá ante una pérdida no te consuela, un poema te acompaña en el dolor. Descubrir la lectura y escribir es encender hogueras en la oscuridad, tener conciencia de que, por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre»).

Ha escrito poesía durante toda su vida, en su despacho tiene poemas para llenar decenas de libros y, sin embargo, no publicó su primer libro (Los días que no queremos, Valparaíso Ediciones, 2018) hasta el año pasado. Dice que no publicaba sus poemas por pudor. O por vanidad. O, tal vez, por una combinación de ambos. Al final, publicó porque le insistieron los amigos. Publicó su primer libro para ir a recitar poemas en festivales y, así, poder estar con sus amigos (Miguel Rollón: «En este libro la suerte me vino a buscar. Se ha publicado en varios países, incluida su versión en inglés en Estados Unidos. Y lo más bonito es que me está permitiendo conocer muchos países y otras culturas»).

¿Qué es para ti escribir un poema?

Escribir poemas no es casi nunca buscar consuelos. No es un desahogo sentimental, para hacerlo público. Escribir nos obliga a descubrir lo que hay de los demás en nosotros mismos. Aprender que el yo biográfico es distinto del personaje literario. Un poema solo funciona cuando es habitado por el otro; cuando escribo un poema de amor el lector debe pensar en su propio amor, en el ser con el que siente.

¿Cómo te ayuda la poesía para la vida?

A no mentirme, ni creerme en posesión de la verdad. A sentirme libre, una libertad que no consiste en poder decir lo que pienso, sino en poder pensar lo que digo. A responsabilizarme de mi propia mirada. A apostar por la experiencia humana y a alejarme de los anuncios publicitarios que pueblan las calles, porque quien se separa mucho de la realidad acaba estrellándose contra ella. Me gusta soñar con los ojos abiertos y con los pies en la tierra.

Para entrevistar a alguien, para llegar a conocer un poco el contenido de su interior, hay que atravesar varias capas que, como círculos concéntricos, rodean a los seres humanos. En el caso de Miguel Rollón, una de esas capas es su piso en Valdemoro. Miguel me invitó a su casa para llevar a cabo esta entrevista y, desde el recibidor hasta el cuarto de baño para invitados, me percaté de que el parque Warner no era el único parque temático de la Comunidad de Madrid (tan cerca el uno del otro). En el caso del piso de mi entrevistado (el parque Miguel Rollón), se trata de un parque temático para poetas,  lleno de montañas rusas de palabras escritas por las paredes de la casa (en el cuarto de baño, hay una frase escrita a la altura de los ojos del hombre que está orinando de pie y otra frase escrita, en la pared de enfrente, a la altura de la persona que está sentada en la taza), con una inmensa colección de fotografías de músicos y poetas famosos (posando junto a Miguel) y una pared dedicada a los retratos en blanco y negro de su familiares más cercanos. Hay paredes empapeladas con entradas de conciertos míticos, sombreros de varias clases que cuelgan por todos lados, carátulas de vídeo de películas estupendas forrando una pared y casetes originales de sus grupos favoritos cubriendo parte de otra. Hay guitarras, siempre afinadas, dispuestas para ser tocadas por sus huéspedes. En la cama de la habitación de invitados ha dormido un buen número de poetas nacionales e internacionales (nunca todos a la vez). En la nevera, cerveza fresca y extracto natural de jengibre para los gin-tonics. En el mueble bar del salón, tequila del bueno. Solamente tequila del bueno.

¿Tu experiencia como lector?

Al hacerme lector, me sumergí en un mundo mágico en el que las cosas eran algo más de lo que parecían ser. La literatura conforma una memoria de la experiencia humana, un saber de siglos. Alegrías y sufrimientos que nos convierten en seres con memoria y que nos comprometen con el futuro. Leer es una forma de estar sentados en el balcón mirando el discurrir de la vida cotidiana, las rutinas de la gente que pasa, se encuentra, se besa y se despide. Nada es más hospitalario que un libro que nos recibe ordenado para hablarnos de nuestra vida.

Miguel Rollón ha organizado recitales poéticos en España y Argentina (procura ir a Buenos Aires un par de veces al año). Presume de conocer a un buen número de poetas de todo el mundo.

¿Cómo ves el panorama de la poesía en España?

Las redes sociales son hoy la más grande residencia de ancianos. Nos desconecta de la realidad y de nuestra propia experiencia. La tecnología ofrece herramientas que son buenas o malas según se utilicen. Es el videojuego quien controla y decide nuestros gestos, y el buscador de Google da una información distinta a cada usuario según su personalidad ¿Este es un modo de hacernos más libres o de programar nuevas formas de dominio? Sin embargo, en las redes hay poetas muy jóvenes que reúnen numerosos admiradores entre las personas de su generación y que alcanzan ventas inusuales cuando publican libros. Necesitamos compartir los sentimientos. La ética de la poesía es incompatible con la obediencia efímera del «me gusta».

El libro de poesía Los días que no queremos de Miguel Rollón ha sido distribuido en España, Argentina, México, Colombia, Centroamérica y, recientemente, ha visto su versión traducida al inglés en Estados Unidos (con el título Detroit Doesn’t Love Us Anymore).

¿Qué nuevo proyecto tienes entre manos?

Después de ver a un mendigo pidiendo limosna sobre un cartón donde podía leerse un aviso fuerte, «Muy frágil», decidí escribir sobre el amor. La conciencia de que necesitamos vivir juntos por pura dependencia, de cuidar y ser cuidados. Nos une la debilidad. La verdad del amor no tiene que ver con la fidelidad, sino con la lealtad. Un libro para los soñadores que cada noche brindan por la luz rota de las estrellas.

Somos individuos fantásticos. Magníficos ejemplares únicos y hermosos. Singularidades irrepetibles. Y tenemos una oportunidad (mientras no se demuestre lo contrario), tenemos tan solo una vida para demostrar (a los que nos rodean y a nosotros mismos) que nuestra unicidad merece la pena. Miguel Rollón encuentra la felicidad descubriendo y creando. Para Miguel, la vida tiene sentido cuando viaja, cuando lee, cuando escribe. Y viaja, y lee, y escribe tanto como puede. Porque somos individuos magníficos, pero no debemos olvidar que, después de poco más de cien años, nuestros huesos, ordenados y silenciosos, pueden aspirar únicamente a conformar un hermoso ejemplar de esqueleto humano. Y eso, hoy en día, como están de mal acostumbrados con la comida gourmet para mascotas de los supermercados, no les importa ni a los perros.

Entrevistas·Presentación

Entrevista con Montse Damas

Ante las quejas sobre la larga duración de la ceremonia de entrega de los Óscar, alguien en la cadena televisiva estadounidense ABC tuvo la feliz idea de hacer entrega de cuatro de las estatuillas (mejor fotografía, mejor montaje, mejor corto de ficción y mejor maquillaje y peluquería) durante los anuncios. En menos de veinticuatro horas, 650 personalidades de Hollywood (entre ellos, tres de mis directores favoritos: Quentin Tarantino, Spike Lee y Spike Jonze) firmaron un escrito de protesta que obligó a los organizadores a echar marcha atrás. La industria cinematográfica demostró así que se preocupa por los suyos. El mensaje era claro: entienden que el glamur y la brevedad venden, pero entienden, también, que el cine es mucho más que unas caras bonitas. Una buena película necesita una buena interpretación, una buena dirección, un buen guion, una buena fotografía, un buen montaje y un buen equipo de maquillaje y peluquería entre otras cosas.

También es cierto, sin embargo, que una maquilladora que haya ganado tres Goyas (el primero en 2001, por Juana la loca; el segundo en 2012, por Blancanieves; y el tercero, en 2019, por El hombre que mató a don Quijote), una maquilladora que lleve en la profesión casi treinta años y que haya trabajado en películas como El reino de los cielosAlatriste, Camino, Un día perfecto o Palmeras en la nieve pueda pasearse por Valdemoro, donde nació y ha vivido toda su vida, con la tranquilidad de saber que solo sus amigos y los que la vieron crecer podrán reconocerla. Es el caso de Montse Damas, la valdemoreña que tengo enfrente y que ha tenido la amabilidad de concederme esta entrevista.

Pere Vall, redactor jefe de la revista Fotogramas e importante crítico de cine español, escribió esto cuando puso su cara en manos de Montse Damas para hacer de figurante en la película Blancanieves:

«…Para tener esta larga y cuidada barba de caballero acomodado no se optó por la barba postiza pegada a la cara, entera, ni por la barbota enganchada a una goma elástica. ¡Pelo a pelo!

Y de esto se encargó una maga de la caracterización, Montse Damas, en cuyo currículum hay títulos como Lope, También la lluvia, Las 13 Rosas… Una mujer enamorada de su trabajo, una artista a la que no le van las prisas. La llaman La del rigor histórico, porque le gusta documentarse al máximo para cada film, y no cagarla en detalles que quizá el público (o el director) no nota, pero ella sí. Y le duele. La del rigor histórico no está para errores, si puede evitarlos, y pasé con ella un buen y agradable rato, entre anécdotas y mientras me pegaba la barba mechón a mechón: una mezcla de pelos castaños (naturales, comprados a un mayorista) y canosos».

¿Cómo acabaste dedicando tu vida al maquillaje en el cine?

Siempre me ha gustado el mundo del espectáculo. Desde muy joven tuve inquietudes por ser actriz y me metí en un grupo de teatro de Parla. Pero, desde muy pronto, también, me di cuenta de que me daba mucho miedo salir a escena. Tenía una vergüenza terrible. Así que, enseguida, decidí que mi trabajo debía estar detrás de las cámaras y no delante. A esto se añadió el hecho de que tenía un familiar, la hermana de una tía mía, que era peluquera para cine y series de televisión. Un día fui a un rodaje con ella y me encantó. Estaba decidido. Hice un curso de maquillaje y, acto seguido, empecé a hacer meritoriaje. Es decir, empecé desde el nivel más bajo del escalafón, de meritorio, luego pasé a ser auxiliar y, finalmente, ayudante de maquillaje. Así empecé y, desde entonces, no he parado. Llevo ya  veintiocho años en el oficio.

Tienes una extensa filmografía. Has participado en varias series de televisión y en muchas películas.

Empecé con series. Empecé trabajando en una serie que se llamaba Qué loca peluquería y, luego, pasé al cine. A partir de ahí, he trabajado más en el cine y he participado en unas poquitas series. Trabajo mucho para producciones extranjeras que vienen a filmar a España. El verano pasado estuve trabajando para la última entrega de Terminator (Terminator: Dark Fate); en abril estaré todo el mes en Tarifa, trabajando para una serie de Sky TV, una plataforma digital británica, que se llama Little Birds. Y, de mayo a octubre, voy a trabajar para una serie de Netflix que se va a filmar entre Madrid y Mallorca y que se titula White Line.

¿En qué consiste tu trabajo? Me consta que eres la responsable de la mayoría de las heridas que se producen durante el rodaje…

Sí. El maquillaje incluye los efectos de las heridas entre otras cosas – [Sonríe]. Hay que entender que el maquillaje en el cine es muy diferente del maquillaje en el mundo de la moda. En una serie o en una película lo que buscas es crear un personaje. No todo el mundo tiene que salir guapo. En cuanto nos leemos el guion, comenzamos a crear al personaje. Hay personajes que no tienen por qué ir maquillados, ni arreglados. En el mundo de la moda, se emplea lo último en maquillaje.

¿Trabajáis en equipo?

Normalmente está la jefa de maquillaje, el ayudante de maquillaje, que es el trabajo que yo suelo desempeñar, y una peluquera. Dependiendo de las proporciones del proyecto, podemos llegar a estar tres de maquillaje, tres de peluquería… En un proyecto como Exodus (Ridley Scott, 2014), la productora americana traía al equipo de maquillaje para los actores principales (Christian Bale vino con su propio equipo) y nosotros teníamos otro equipo para ocuparnos de todos los figurantes. Imagínate tener a quinientos extras esperando a ser maquillados. Para esa película, podíamos estar cincuenta personas trabajando en el equipo de maquillaje. Pero hay veces que la productora viene con los actores extranjeros y el equipo de maquillaje es todo español. Ese va a ser el caso con la serie White Line, que vamos a empezar en mayo. Nuestro equipo de maquillaje se ocupará de toda la primera temporada. Yo evito ser jefa. Para empezar, tengo muchísimo más trabajo como ayudante de maquillaje. Además, para mí, tiene muchos más alicientes trabajar con diferentes maquilladores que ser jefa. Con mi experiencia, me suelen dejar mucha libertad a la hora de trabajar y de crear a los personajes que me corresponden.

¿Guardas algún buen recuerdo de alguna de las celebridades que has conocido durante el rodaje?

Los directores hablan con las jefas de maquillaje y yo los veo durante el rodaje, pero no trabajo directamente con ellos. Hace años, hice una película que se tituló El puente de San Luis Rey, una producción extranjera que incluía a Robert de Niro, a Geraldine Chaplin, a Gabriel Byrne y a Harvey Keitel en el reparto. De todos ellos, me llamó mucha la atención Kathy Bates. Me pareció una persona tan cercana. Este tipo de actores y actrices van siempre rodeados de un séquito y esto hace que sea muy difícil acercarse a ellos. Sin embargo, Kathy Bates mostró mucha simpatía. Mucha cercanía. Otra celebridad que me llamó la atención fue Liam Neeson durante el rodaje de El reino de los cielos. Justo antes de filmar una escena, se le acercó un figurante y le pidió hacerse una foto juntos. Muy amablemente, Neeson le dijo: «Este no es el momento». Así que Liam Neeson se fue a rodar la escena en cuestión. Cuando terminó, se puso a buscar al extra por toda la zona de rodaje. Y no paró hasta encontrarlo para hacerse la foto con él. Una vez juntos, le dijo: «Ahora es el momento».

¿Cómo viviste cada uno de los tres Goyas que has ganado?

El Goya, evidentemente, lo gana el equipo de maquillaje liderado por la jefa de maquillaje que lo coordina. Los tres han sido muy especiales. El primero fue con Juana la loca. Me pilló un poco como por sorpresa. Disfruté especialmente el Goya que ganamos con Blancanieves. Esa película me encantó. Fue una película muy especial. En esta película tuvimos a uno de los personajes más interesantes que he creado. Se trata de Rintintón, que es un niño perro y que está creado todo con posticería facial, que es una de mis especialidades. Rintintón tiene toda la cara llena de pelo. Ahora, cada vez más, se ponen las barbas pelo a pelo. Aguantan mucho más que si pones toda una barba o un bigote postizos. Facilitan mucho más la gesticulación de los actores. Y, por último, ganar un Goya con El hombre que mató a don Quijote tuvo su mérito. Hay que recordar que es una película que parecía que tuviera una maldición. Se ha intentado rodar dos o tres veces y no ha sido posible nunca. La última vez se hizo un documental, Perdidos en la Mancha, que describía los efectos de esa maldición. Cuando llevábamos dos semanas de filmación de El hombre que mató a don Quijote, salieron con el champán a celebrarlo porque nunca se había llegado tan lejos con la grabación. Además, fue fantástico trabajar con el director Terry Gilliam, que es un señor que tiene una imaginación y una cabeza que está continuamente creando. En el caso de esta película, en el equipo de maquillaje, además de maquillaje y peluquería, estaba también Pablo Perona, responsable de la nariz postiza que lleva el protagonista. Esta nariz forma parte de los efectos especiales de maquillaje.

Y los galardones que has ganado no se quedan en tres Goyas.

Desde el año 2010, la Academia de Cine (Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España) valora, en unos homenajes anuales que han pasado a llamarse Homenaje a los Profesionales, a todos los profesionales que no tienen tanta visibilidad pero sí una larga trayectoria cinematográfica; gente como los ayudantes de dirección, los de script o los ayudantes de maquillaje. Los homenajeados pasan automáticamente a formar parte de la Academia como miembros asociados. En septiembre de 2016, yo fui una de las afortunadas en recibir este homenaje y lo valoro como uno de los premios más importantes de mi carrera.

¿Cómo llevas estar viajando de un lado para otro?

Lo llevo fenomenal. Obviamente, cuando pasas mucho tiempo fuera de casa, echas de menos estar en ella. Acabo de volver de Panamá. Supongo que no es un destino al que yo iría si no fuera por trabajo. He ido y vuelvo encantada. Cuando rodamos The Promise, estuvimos en Malta. También me gustó mucho. Tienes una oportunidad de conocer bien los sitios. Tengo muy buen recuerdo de cuando fuimos a filmar a Bolivia con Icíar Bollaín. Allí dirigió Y también la lluvia. Es una película que me gustó mucho. Icíar es también bastante cercana y muy maja. Fue interesante crear a los indígenas que salen en la película. Había días que empezábamos a maquillarlos a las tres y media de la mañana porque eran muchísimos. Nuestro trabajo es de madrugones. Somos de los primeros que debemos ponernos a trabajar. Este verano pasado, con Terminator, debía levantarme a las tres menos diez de la mañana. Hay días que empezamos prontísimo y podemos estar trabajando hasta doce horas seguidas. Una vez terminas de maquillar, tienes que estar pendiente por si hay que retocar algo durante el rodaje, controlar que todo haya quedado bien… Los actores sudan, los bigotes, las barbas o las pelucas se mueven y hay que estar pendientes para que, en cada toma, todo esté impecable.

Supongo que el maquillaje en el teatro es diferente. ¿Has trabajado maquillando en el teatro?

La verdad es que no. El maquillaje en el teatro no es tan sutil como en el cine. En teatro, si, por ejemplo, tienes que hacer un envejecimiento, puedes hacerlo de forma un poquito menos detallada y más exagerada porque no hay primeros planos. Cuando filmas, ahora con el HD que lo ve todo, se necesita mucho más detalle.

¿Hay algún proyecto cinematográfico en el que te gustaría embarcarte?

Creo que tengo mucha suerte. Últimamente, no paro y son todos proyectos muy interesantes. Me fastidia porque tengo que rechazar algunos trabajos, ya que no me da para más. En todos los trabajos, encuentro retos interesantes. Claro, para nosotros, es siempre más gratificante hacer cosas de época. Lo que voy a hacer ahora en Tarifa se desarrolla, por ejemplo, en los años cincuenta.

Con todo el trabajo que tienes, y estando fuera de casa, ¿cómo puedes planear unas vacaciones?

No puedes. En estos momentos, por ejemplo, como pronto, tendrán que ser a partir de octubre. Y cuando consigo unos cuantos días libres, lo que me apetece es quedarme en casa. Como he dicho, me gusta viajar y llevo muy bien los viajes. Vivir en un hotel, sin embargo, tiene también sus inconvenientes. Por eso, últimamente, si el proyecto es largo, solicitamos que nos alquilen una casa o un apartamento en vez de hospedarnos en un hotel. Tener una cocina se agradece.

La vida en un hotel y el trabajo en una caravana.

Sí. Las productoras americanas y británicas suelen traer una caravana y ahí maquillamos a los actores. Si no hay una caravana de maquillaje, producción siempre encuentra un sitio donde nos ponen unas mesas y unos espejos para que trabajemos. Todo esto ha mejorado mucho desde que empecé. Recuerdo, hace tiempo, filmamos en una granja y colocaron las mesas de maquillaje en los establos. Allí el olor era interesante. Pero siempre intentan encontrar un buen sitio para nosotros porque, de lo contrario, los actores se quejan. Antes los actores se quejaban menos.

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Ha trabajado en dos ocasiones para Ridley Scott. El año pasado trabajó con Terry Gilliam en El hombre que mató a don Quijote y eso le ayudó a conseguir su tercer Goya. El verano pasado colaboró en la creación de la última entrega de Terminator. Acaba de trabajar en una serie de Movistar, En el corredor de la muerte, inspirada en Pablo Ibar, el preso español condenado a muerte en Estados Unidos. Montse Damas se ha ido ganando una gran reputación dentro del cine. Sin embargo, ella se sigue considerando una  chica de pueblo. Recuerda cómo los valdemoreños de toda la vida se referían a ella y a sus hermanas como «las chicas del bar Jaén», pues era el establecimiento que regentaban sus padres. Antes de terminar esta entrevista, me confiesa que disfruta muchísimo los días que puede dormir en Valdemoro. Para ella, bajar a comprar el pan en la panificadora González, quedar con los amigos en el Quinito o comer un buen arroz en La Bodega son algunos de esos pequeños placeres que nos otorga la vida.

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Entrevista con Jaime García

Fotogramas – En 1994, vino al mundo Forrest Gump, un personaje que, a pesar de sus limitaciones intelectuales, se las ingeniaba para estar en el centro de algunos de los acontecimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Condecorado por varios presidentes estadounidenses, consiguió salir de Vietnam como héroe, obtuvo una medalla con el equipo olímpico de ping-pong, avisó a la policía cuando vio desde la ventana de su hotel en Washington que alguien estaba robando en el edificio Watergate y se hizo millonario al apostar por una empresa incipiente que tenía una manzana mordida como logo. En 2013, el protagonista de otra película (esta vez sueca y basada en una novela deliciosa de la misma nacionalidad publicada el año anterior), El abuelo que saltó por la ventana y se largó, superaba a Forrest Gump. Alian Karlsson, así se llamaba el mencionado abuelo, decidía escaparse de su asilo el día de su centésimo cumpleaños y recordaba sus aventuras vitales en la guerra civil española, en la Revolución china, en el desarrollo de la bomba atómica que se lanzó sobre Hiroshima, en la escalada armamentística de la Guerra Fría…

Retrato – Jaime García se sienta enfrente de mí, en una mesa en la Taberna de Sole. Yo tomo un café con leche y él un refresco de cola. La entrevista sale fácil. Pasamos casi dos horas juntos, pero podrían haber sido más. Jaime responde a todo con generosidad. Tiene sonrisa de pícaro. Esa sonrisa que uno se aprende en la calle. Jaime llegó a vivir a Valdemoro hace unos trece años. Jaime García lleva más de veinticinco años trabajando como fotógrafo para el diario ABC. Ha fotografiado a Leopoldo Calvo Sotelo, como expresidente, y a Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez como presidentes de este país. Ha fotografiado a toda la familia real. Ha asistido a muchas de sus bodas reales. Ha cubierto las noticias de política nacional de las últimas décadas, recorriendo los pasillos del Congreso y haciendo guardia en los alrededores de las Cortes. Ha pasado allí tantas horas que los leones de la entrada le sonríen cuando se acerca. Jaime García fotografió las playas del chapapote, el funeral de Miguel Ángel Blanco y los atentados terroristas de la estación de Atocha y sus alrededores; el año pasado, acompañó a la policía en el dispositivo del 1 de octubre en Barcelona… Jaime García lleva más de veinticinco años estando en el centro de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de España.

Blanco y negro – Jaime García nació en Asturias. La familia se trasladó a Murcia y Jaime vivió allí parte de su adolescencia hasta que se fue a Ibiza para hacer la mili. Tras el servicio militar, se quedó en Ibiza trabajando en la hostelería. De allí se trasladó a Málaga… Jaime comenzó a dedicarse al periodismo fotográfico cuando ya había cumplido los veintiocho años, cuando se vino a vivir a Madrid. Empezó como fotógrafo independiente que cobraba cada vez que conseguía publicar una foto en el periódico. Pasaba gran parte de su tiempo en el aeropuerto, esperando la llegada o la partida de las celebridades del momento. Sin embargo, nunca acosó a famosos. Solo recuerda una vez en la que, formando parte de un grupo de fotógrafos esperando en la calle tras la muerte de Antonio Flores, Lolita les increpó que se marcharan, que respetaran la privacidad de su familia.

Panorámica – Cuando Jaime empezó a trabajar para ABC, a comienzos de la última década del segundo milenio, los periódicos todavía eran a blanco y negro. Eran buenos tiempos para la prensa escrita. Los periódicos deportivos podían vender dos millones de ejemplares diarios y los rotativos nacionales punteros podían llegar al millón. Las redacciones podían tener cientos de trabajadores fijos y otros tantos colaboradores externos. Jaime vivió esos últimos años en los que la venta de periódicos y los ingresos por publicidad reportaban grandes beneficios. Desde entonces, los periódicos nacionales tuvieron que enfrentarse a numerosas dificultades. Comenzó la competencia de la prensa gratuita que recibíamos a la entrada de las estaciones y de algunos supermercados. Luego llegó internet y la población mundial se acostumbró a disfrutar de las noticias sin pagar. Por último, llegaron las fake news y la era de la desinformación. Cerraron muchos periódicos. Las redacciones de los rotativos supervivientes se vieron mermadas progresivamente y los colaboradores externos cada vez debían hacer más por menos dinero. Cada reestructuración suponía pérdidas de empleos y de derechos adquiridos a lo largo de los años.

     Tecnológicamente, la fotografía de los diarios también ha cambiado mucho. Alrededor de 1998, la mayoría de los periódicos nacionales incorporaron las fotografías en color. Luego llegó la fotografía digital y, gracias a ella, todo el mundo se creía capaz de hacer fotos. Cuando el ciento uno por ciento de los españoles acabamos agregando a nuestro cuerpo durante las veinticuatro horas del día ese apéndice conocido como teléfono móvil con cámara de fotos y vídeo incorporada, todo pasaba a ser susceptible de ser fotografiado en cualquier momento del día y de la noche. Han sido tiempos difíciles para los fotógrafos de prensa, que han sido sustituidos en muchas ocasiones por transeúntes anónimos.

Fotos movidas – Aunque la mayor parte de su trabajo en los últimos años ha girado en torno a la escena política nacional, que es donde los periódicos como ABC pueden defender su identidad y su existencia, Jaime García ha viajado con el periódico por diversos lugares de la península ibérica y del globo terráqueo. Recientemente se trasladó a Marruecos para ilustrar un reportaje sobre el país norteafricano. Jaime vino conmovido. Fue testigo del sinnúmero de personas sin trabajo que se hacinan para cruzar a Europa. Observó a numerosos grupos de jóvenes, sin futuro, inhalando trapos empapados en disolvente…

     Jaime se trasladó a Galicia durante la crisis del Prestige. Bajó a las playas cada mañana, de madrugada, y respiró la negritud de un petróleo que se extendía por todas las partes. Recuerda la hilera de voluntarios que desfilaba hacia las playas a punto de mañana, todos de blanco y cómo esas hileras volvían desordenadas y sucias al final de la tarde. Jaime recuerda también su viaje a Afganistán, posiblemente el lugar más alejado de España que ha conocido. Alejado en la distancia, pero, sobre todo, alejado en el tiempo. Afganistán sigue en la Edad Media en tantos sentidos. Recuerda cómo acompañaron a la misión de soldados española y recuerda cómo se comportaban los lugareños con los que se iban topando. Recuerda el poco valor que tenían allí las niñas y las mujeres.

Carretes velados – Posiblemente, uno de los días más duros de la vida de Jaime García fue cuando tuvo que cubrir los atentados terroristas de la estación de Atocha. Cuando se dirigía a la estación, vio que en la línea férrea paralela a la Calle de Téllez había habido más explosiones. Llegó allí antes que la policía. Vio cómo los servicios de emergencias prepararon un hospital de campaña en las instalaciones del Polideportivo Daoíz y Velarde, a unos cincuenta metros del lugar de la explosión. Hubo compañeros que dejaron las cámaras y se pusieron a ayudar. Él siguió tomando fotografías. Él siguió haciendo lo que sabe hacer. Alguien debía documentar ese momento y él se puso a hacerlo sin pensar. Sin sopesar las consecuencias de todo lo que estaba ocurriendo. Guardó la compostura mientras estuvo trabajando. Logró sacar adelante el reportaje. Fue al día siguiente, durante los días y semanas siguientes cuando a Jaime le dio el bajón como consecuencia de todo lo que había presenciado. Fue entonces cuando se planteó si debería haber aparcado la cámara a un lado para consolar a las víctimas que habían sido trasladadas temporalmente al polideportivo. Está seguro de que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, le habría quedado la misma desazón.

Instantánea – El 6 de mayo de 1998, Jaime García recibió el premio Mingote de fotografía. A su lado, el escritor Fernando Arrabal recibía el premio Mariano de Cavia y el periodista José Antonio Zarzalejos, el premio Luca de Tena. Había tomado la fotografía por la que ganó el premio en la última manifestación previa al asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Selfie – Jaime recuerda los años cuando viajaba para hacer un reportaje y, cada noche, convertía el baño de su habitación de hotel en un cuarto oscuro de revelado. Recuerda que los carretes de las cámaras analógicas tenían un número limitado de fotos y que cada foto llevaba su proceso antes de tomarla. Hoy en día, con las cámaras digitales, se pueden tomar seis fotos por segundo. Como periodista fotográfico, se autodefine como un francotirador. Apostados en los rincones adecuados, los periodistas del Congreso esperan el momento preciso para hacer la foto adecuada. Esa foto que consiga distinguir a su periódico del resto de rotativos.

     David Simon, experiodista y creador de la serie televisiva Bajo escucha (The Wire) vaticinaba recientemente que la crisis del periodismo y el cierre de tantos periódicos locales iba a suponer un menor control periodístico de las políticas municipales y nacionales y, con ello, mayores posibilidades para la corrupción. Es necesario que los periódicos y la prensa en general sigan teniendo profesionales con un bagaje como Jaime García, personas que conocen la profesión y no se dejan engañar fácilmente. Jaime lo explica con un ejemplo tan gráfico como el de las manifestaciones ciudadanas. El fotógrafo experimentado sabe dónde colocarse. El fotógrafo con experiencia sabe que no debe ponerse a correr detrás del primer escarceo entre la policía y los manifestantes. El fotógrafo profesional sabe que debe esperar para captar la mejor fotografía de ese momento.

    Su experiencia le permite también seleccionar las fotografías que manda de inmediato a redacción. Dice que, si mandas la mejor foto a redacción, allí, la cuelgan enseguida en internet y el resto de los diarios pueden conseguir la misma o una foto similar. Jaime dice que, cuando le piden que mande fotos, él sabe seleccionar unas imágenes para la ocasión. Pero le gusta guardar una serie de fotografías para la tarde, para que, ya en la redacción, puedan seleccionar imágenes frescas, que no hayan sido agotadas por los medios de comunicación durante el día.

GoPro – Jaime se confiesa un viajero incansable. En vacaciones, disfruta yendo a bucear con su mujer a diferentes lugares del mundo y, en su tiempo libre, aprovechan para hacer senderismo, subir a la montaña y caminar en la naturaleza. Ambas aficiones podrían permitirle seguir con su pasión por la fotografía, pero Jaime confiesa que, cuando va a bucear o cuando sale a la montaña, prefiere disfrutar cada fotograma que le brindan sus ojos, cada panorámica que le permite su campo de visión. Es el momento de dejar la cámara en casa.

Polaroid – Me confieso una especie en extinción. Busco siempre las cafeterías que tienen periódico para poder repasar la prensa diaria. La semana pasada, bajé a por comida china al Merry City y, esperando mi pedido sentado en el sofá del establecimiento, me encontré con el ABC del día. Lo habían comprado para leer la noticia sobre la visita de Xi Jinping, presidente de la República Popular de China, a nuestro país. Repaso el periódico de arriba abajo en busca de una foto cuyo autor sea Jaime García. La encuentro en la página 2. Xi Jinping saluda a Pedro Sánchez en la Moncloa. Se chocan las manos mientras la cabeza del intérprete chino aparece, como una marioneta risueña, en el hueco de la foto que queda entre los dos mandatarios. Jaime García me arranca una sonrisa.

Amigos·Entrevistas·Presentación

Entrevista con Nauzet Hernández

Cuando Nauzet Hernández tenía diez años, se encerraba en la habitación de sus padres a oscuras, encendía el equipo de música, colocaba en el giradiscos el vinilo de Beethoven que le había traído su padre de uno de sus viajes, lo ponía a todo volumen, se acostaba en la cama de matrimonio y se ponía a disfrutar. A gozar. Escuchaba la música y sentía cómo se estremecía cada una de las partes de su cuerpo. A tan temprana edad, se consideraba un privilegiado porque era consciente de que no todo el mundo podía obtener ese placer cuando escuchaba música. Ahí tumbado, soñaba con que algún día compondría música que en el futuro pudiera estremecer a un niño, o a muchos niños, de la forma que Beethoven lo había estremecido a él.

Unos cuantos años más tarde, Nauzet Hernández dirige una empresa, eFectrix, que crea música para la televisión (Hora punta, El programa de Ana Rosa, Supervivientes…). Se siente afortunado. Es posible que no haya cumplido el sueño del Nauzet de diez años, pero es consciente de que ese sueño era importante entonces, pues le ayudó a ser quien es hoy en día. Ese sueño le permitió mantener una relación de por vida con la música, con todos los placeres y con todos los sinsabores que nos puede aportar una relación, y ese sueño le condujo al momento en el que se encuentra, viviendo de la música que compone, concibiendo, diariamente, nuevos retos artísticos y comerciales.

Nacido en Tenerife, Nauzet llegó a Valdemoro hace diez años. Aquí vive con su esposa desde entonces. Aquí nació su hijo. Aquí ha encontrado un buen lugar donde vivir.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición/gusto/pasión por la música?

Hay que tener en cuenta que el folklore canario sigue muy vivo y hay mucha gente joven interesada en mantenerlo vivo. Recuerdo que, desde niño, mi familia materna y mi familia paterna se juntaban con frecuencia para hacer fiestas y allí nunca faltaba alguien que tocara una guitarra o una bandurria y siempre había música tradicional canaria tocada y cantada en vivo. Supongo que este hecho contribuyó a mi afición temprana por la música. Según cuentan mis padres, desde muy pequeño, cantaba entonando muy bien las canciones de anuncios y demás canciones que veía en la tele. La verdad es que no hay un punto de partida del que yo fuera consciente, pero recuerdo que, a eso de los seis años, ya iba a clases de órgano.

¿Estudiaste órgano durante muchos años? ¿En qué consistió tu formación?

Estudié órgano durante unos años, la verdad es que no recuerdo cuántos. Sé que antes de cumplir los diez ya estaba estudiando en el conservatorio y terminé haciendo saxofón, canto y piano. Cuando cumplí los diecisiete, me entró la curiosidad por la armonía moderna. He pasado por géneros tan conocidos como el pop o el rock y, hoy en día, sigo indagando acerca de la composición de música más enfocada al cine y a la televisión.

La música te ha dado muchas satisfacciones.

Ahora, en algunas ocasiones, maldigo la música. Me da rabia conocer tantos aspectos del mundo de la música. Me fastidia haber escuchado tanta música. Echo de menos el placer que sentía cuando escuchaba música en mi infancia. Entonces… todo era nuevo. Yo estaba aprendiendo y no entendía los procesos, los recursos, las razones de los músicos para componer como componían. En mi aprendizaje, tenía muchísimas preguntas. Ahora tengo demasiadas respuestas, entiendo cómo se hace y por qué se hace así y me divierto menos. Ahora entiendo las razones de Beethoven. Ahora entiendo muchas de las razones de Miles Davis, otro músico que, en su momento, me fascinó también. En cierto sentido, hacerse mayor no es bueno para un músico. Ya no disfrutas las cosas como la primera vez. Ya no tienes las emociones tan nuevas. Le pongo música a mi hijo de cuatro años y cada cosa que le pongo es nueva para él. Pero yo ya no siento igual. Fíjate, no me gustaría que mi hijo se dedicara a la música. He tenido fases de mi vida en las que la música me ha atormentado. Para mí, la música es cultura. Y, sin embargo, la música acaba prostituyéndose. Acaba convirtiéndose en puro entretenimiento y abandona a la cultura. Para mí, eso es triste porque yo me dedico a la música.

Háblanos de algunos de los grupos a los que has pertenecido o con los que has colaborado.

Nombrar colaboraciones, producciones o actuaciones en directo con cada uno de los grupos o proyectos que han pasado por mi carrera sería casi imposible. Incluso sería incapaz de acordarme de todo. Atrás quedan proyectos tan distantes como Lacara, mi primer proyecto de rock cuando llegue a Madrid; o mi colaboración con grupos folklóricos como la agrupación de música popular canaria Los Sabandeños; o mi trabajo con Mad Division, un grupo madrileño que fusionaba rap y reggae.

Ahora trabajas en televisión. ¿En qué consiste tu trabajo?

Nos dedicamos a cubrir todas las necesidades musicales de productoras que hacen programas de televisión. Hacemos sintonías para cabeceras, fondos musicales para ambientar cualquier tipo de situación, ráfagas de sonidos, entrada y salida de invitados, posproducción de audio, reparación de audios de grabaciones en exteriores… un sinfín de cosas de las que, muchas veces, el telespectador no se percata, pero que siempre están ahí y, a la vez, son imprescindibles para la producción de los programas.

¿Te consideras un músico original?

Creo que en España tenemos una asignatura pendiente con el tema del sonido de la música que grabamos. No es una cuestión de que lo hagamos bien o mal, sino que tenemos nuestra propia escuela y nos resulta difícil salir de ahí. A veces pienso que todos los discos que se hacen en España suenan igual. A Italia le pasa algo parecido. Escuchas discos grabados en otros lugares y todos tienen conceptos novedosos de cierto interés. Pero, en España y en Italia, estamos un poco estancados. Y a la gente como yo, que intentamos hacer algo diferente, nos cuesta mucho porque acabamos trabajando con gente de aquí que está acostumbrada a ese tipo de sonido. Aunque aquí usemos los mismos compresores que se utilizan en Estados Unidos, aunque se use el mismo tipo de mesa de mezclas, los mismos micrófonos, el mismo cableado, por mucho que queramos imitar el equipo técnico, al final, el ingeniero español tiende a dejar las cosas muy limpias. Y, sin embargo, el ingeniero de sonido estadounidense, que representa el estándar de la industria, busca mayor sencillez, utiliza técnicas menos rígidas, suena todo más suelto, más natural… y eso es muy difícil de encontrar en una grabación española. Apenas experimentamos. Hay incluso grupos españoles que se van a grabar al extranjero y luego se vienen a mezclar aquí con su ingeniero de toda la vida y todo acaba sonando igual. Esto puede verse también en el tipo de música que yo hago, en la música para televisión: las cabeceras, las entradas de invitados, las salidas… suena todo muy similar. Sin embargo, si ves, por ejemplo, el programa de MasterChef, que debe seguir el formato que viene de Estados Unidos a rajatabla, te das cuenta de las diferencias. En MasterChef, las cámaras deben obedecer a la secuenciación de los planos establecidos por el programa. Aunque el equipo técnico sea español, debe seguir unas pautas. No pueden inventar nada. Gran parte de la música viene de una biblioteca de sonidos preconcebida y creada para el programa. Escuchas esos sonidos de MasterChef y te das cuenta de que están a otro nivel. Yo lo siento diferente. Mi objetivo, cuando hago música, es no parecerme a otro. Quiero conseguir ese efecto, quiero alcanzar esa diferencia. Me gustaría que el director de ese programa se percatara de que está trabajando con un producto diferente. Para mí, es una búsqueda constante de ideas.

¿Has trabajado para el cine? ¿Te gustaría componer bandas sonoras?

He trabajado en algunos cortos. Posiblemente, en estos momentos, lo que más me gustaría es componer música para el cine. Pero es muy complicado. Los directores de cine trabajan siempre con la misma gente. Los entiendo. Si yo fuera director de cine, también jugaría sobre seguro, pediría consejo a colegas del oficio para que me recomendaran a los compositores en los que se puede confiar. Los directores de cine arriesgan con otros aspectos de la película, pero con la música no se la juegan. No sé si es porque no le dan a la música toda la importancia que le deberían dar o porque se la dan y no quieren jugársela. Por eso es muy difícil. Trabajar como compositor de bandas sonoras sería posible si comenzara a componer con alguien que empieza como director. Y, si esa película funcionara, ya podrías continuar como compositor para otros realizadores.

¿Hay algún compositor de bandas sonoras que te guste en especial?

John Williams. Por ejemplo, el tema de ET, la banda sonora es brutal. Ya no queda gente así. Sobre todo, porque no estamos preparados como él. Ese tipo de compositor que se sienta al piano junto al director, este le explica una escena y Williams se pone a tocar para él. Y, luego, me encanta cómo pasa las melodías y las ideas del piano a la orquesta sinfónica. Hoy en día, ya no se sienta el compositor con el director para componer una banda sonora. He visto hace poco la película Del revés, de Pixar, me gustó mucho la película y la banda sonora me pareció especial.

Háblanos de Pianet.

Pianet es un proyecto muy personal. Sé que nunca va a pasar nada, pero lo hago para que quede ahí. Para que mi hijo pueda guardarla y pueda enseñársela a mis nietos. Al principio, no tenía ni nombre. Yo estaba componiendo algo para la tele y, de repente, había una idea, un riff de piano, algo que me pareciera interesante y lo guardaba. Creé una carpeta con todas esas ideas que guardaba en el escritorio del ordenador. Y, el día que estaba más inspirado, me ponía un micrófono delante y comenzaba a cantar melodías sobre lo que tenía grabado. Y, lo típico, llegaba algún colega músico al estudio, se fijaba en la pantalla de mi ordenador y me preguntaba qué tenía en esa carpeta del escritorio. «Nada, chorradas», le decía yo. Lo escuchaban y me decían que les gustaban, que les parecían muy interesantes. Me fueron animando y acabé grabando un disco, un EP, con cinco, seis canciones, en mi estudio y lo colgué en las plataformas digitales. Esto fue en 2015. Luego, un amigo que tiene una productora de vídeo me viene y me dice que grabemos unos vídeos con las canciones. Ensayamos las canciones, fuimos al estudio de un colega que tiene un espacio más grande y grabamos el disco en imágenes. Y esos vídeos se los mandé a mis colegas para que los vieran. A partir de ahí, me llegaron varias propuestas de agencias de management. Una de ellas llegaba de Miguel Corral, de December Management, que son lo que llevaban a los Sunday Drivers. Miguel movió el material y, al final, grabamos un disco con Warner e hicimos una gira por toda España, que incluyó varios festivales. Fue una gira de año y medio. El último concierto lo dimos en diciembre de 2017 en Bilbao. El disco lo publicamos en junio de 2016 y se titula Watercolor. Tiene diez canciones y dos movimientos de piano. Nos grabaron un concierto en Radio 3 que emitieron por televisión. Ahí dejamos el proyecto aparcado por el momento. Sé que seguiré componiendo música como Pianet, pero no tengo tan claro si me gustaría ir de gira.

¿Cómo concibes tus conciertos?

Hace unos años, fuimos a un concierto de Ben Howard en el circo Price. Pagamos unos cuantos euros por cada entrada y nos imaginábamos que la sala iba a estar vacía. En ese momento, Ben Howard no era un músico popular y hacía música muy personal. Me llevé una grata sorpresa cuando nos encontramos con el circo Price de Madrid lleno de gente que había pagado un buen dinero para ver a un músico que a mí me gustaba. Fue un gran concierto y deseé que Pianet fuera algo similar. Que tuviera un público sin tener que hacer concesiones al mismo. Pero, hoy en día, es muy difícil. La industria acaba arrastrándote hacia lo comercial. Además, los festivales han reventado la industria del directo. Hay muchos grupos en España que lo hacen bien, pero no pueden hacer una gira. No pueden vivir de su música. Un festival cuesta el doble de lo que cuesta la entrada para ver un grupo en una sala, pero en el festival puedes ver ese grupo y treinta más. Sin embargo, en un festival, el público no va a verte a ti. Van a ver a todos los grupos. Y esto desvirtúa la música.

¿Cuáles son tus próximas metas?

No tengo una meta. Yo todos los días me coloco en la casilla de salida. Tengo un trabajo que me da muchas satisfacciones. Tiene una parte comercial que no me gusta, pero que es imprescindible para poder llevar a cabo la parte creativa. Entre la familia y ese trabajo se me va la vida. Pianet es un buen ejemplo. No sé cuándo lo voy a continuar. No sé siquiera si lo voy a continuar… Intento ser feliz en cada momento. Eso es lo que me ha importado siempre. La felicidad me ha llevado por donde voy ahora. No por donde iban mis sueños. Antes sacrificaba mucho tiempo de mi vida social, de pasar tiempo con los amigos, por la música. Porque creía que la música me podía dar más que un amigo y, ahora, pienso todo lo contrario. Creo que mi hijo, que mis padres, que hay gente que me aporta mucha más felicidad que la música. Me siento afortunado por poder dedicarme a lo que me gusta, pero, ahora mismo, mis prioridades son otras. Si ahora pudiera elegir una vida perfecta, tal vez decidiera volverme a Tenerife, cerca de los míos, viviendo al lado del monte para que mi hijo creciera cerca de la naturaleza y de su familia. Allí compondría en mi estudio y mandaría mis composiciones a Madrid por internet. Así tendría una vida más tranquila. Pero, luego, lo pienso y aquí estoy bien. Llevo ya siete años con la empresa, me va bien, mi hijo crece a gusto en Valdemoro, tiene aquí a sus amigos… Tenemos la vida aquí y quién sabe si mi vida perfecta en Tenerife sería tan perfecta como la imagino…

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Merece la pena escuchar las canciones de Pianet y pueden encontrarse fácilmente en internet. Pertenecen a ese tipo de producciones artísticas que tienden a recomendarse más con el boca a boca y menos frecuentemente a través de una radio-fórmula. Son melodías que no pasan inadvertidas. Nauzet y yo salimos de la cafetería donde nos hemos entrevistado y partimos en direcciones opuestas. Durante nuestro desayuno, hemos reflexionado sobre el artista y su creación, sobre la caducidad del artista, sobre la relación, de placer y dolor, entre el creador y su disciplina artística, sobre el derecho, y la obligación, que todo ser humano tiene a buscar su propia felicidad.

Entrevistas·Presentación

Entrevista con Manuel Blanca

Esta es la historia de un músico. De un trovador trabajando por un sueño. De un joven cantautor que tocaba por los clubes y teatros de Madrid y que estuvo a punto de publicar su primer disco con Warner. Finalmente, decidieron no firmar el contrato y el protagonista de nuestra historia se vino abajo. Tras un periodo de decepción, se abrazó a lo que tradicionalmente llamamos una vida «normal»: formó una familia, tuvo tres hijos, trabajó en la empresa familiar y, veinte años más tarde, decidió volver a intentarlo. Pero, esta vez, nuestro músico, un guitarrista autodidacta con muchas historias que contar, había redefinido su concepto de éxito. No había en esta redefinición renuncia alguna. El objetivo final era el mismo: tocar el cielo a través de la música. Sin embargo, toda frustración quedaba eliminada porque el recorrido – cada concierto, cada canción, hasta cada acorde- se convertía en parte del éxito buscado. Esta es la historia de un músico. Esta es la historia de Manuel Blanca.

Manuel nació en Madrid y pasó gran parte de su infancia en Parla. En un momento dado, una oportunidad laboral de su padre llevó a toda la familia a pasar un par de años en Argentina. Fue toda una experiencia. Manuel lleva con su «chica» desde los dieciocho años. Cuando ella estaba estudiando la carrera y él intentaba despuntar como artista se fueron a vivir juntos al centro de Madrid. Era el sitio ideal hasta que tuvieron su primer hijo. En 2003, su mujer abrió una escuela infantil en Valdemoro y decidieron mudarse a nuestra localidad.

Supongo que el cambio del centro de Madrid a Valdemoro fue tremendo.

Tenía todo el sentido del mundo. Vinimos aquí con un niño y teníamos claro que queríamos más hijos. Mi mujer montó una escuela infantil en Valdemoro y mudarnos aquí haría nuestra vida mucho más fácil. Nos gustaba Valdemoro. Yo estoy encantado aquí. Es una vida muy tranquila. Nos gustó tanto que, al final, se vino toda mi familia para Valdemoro: mis padres, mis hermanos…

¿Cómo comenzaste en el mundo de la música?

Estás ahí, con quince años. Estás jugando al fútbol, estudiando informática y, de repente, aparece tu padre por casa con una guitarra que le ha tocado en una tómbola. Es el momento de tu vida en el que empiezas a escuchar música, en el que te empiezan a gustar unos grupos u otros. Estamos hablando de los años ochenta y yo me empapaba de toda esa música. Te ponías Los 40 Principales y ahí salían todos los grupos. Empecé a mostrar interés por la guitarra. Mi padrino trabajaba en el cine Carretas y, un día, un señor mayor, un buen guitarrista según parece, le regaló una guitarra. Una guitarra de calidad. Y Miguel, mi padrino, pensó en mí. De tocar con la guitarra de la tómbola a tocar con esa guitarra, cambió todo. Era una maravilla.

En Parla, por donde vivíamos, no había academias para aprender música, pero, un día, en una de las revistas que mi madre tenía por casa, vi un anuncio de un curso de guitarra y le pedí a mi madre que me lo comprara. Empecé con La cucaracha y Cielito lindo. Dejé el fútbol y la informática y convencí a los amigos del barrio de que nuestro futuro estaba en la música. A mí me empezó a gustar escribir. Con los primeros acordes, me surgieron ideas para las primeras canciones. Entre los cuatro amigos que empezamos en el primer grupo dijimos: «A ver, ¿quién va a ser el cantante?». Hicimos pruebas y dijeron: «Venga, pues canta Lolo». Me tocó cantar y así empezó todo.

Luego, lo fueron dejando todos, por una razón o por otra, y me quedé solo, pero seguí tocando. Componía, tocaba la guitarra y cantaba. Vi que podía seguir adelante yo solo. En otra revista, esta más de música, vi un anuncio y, a partir de ese anuncio, empecé a tocar en los teatros. Estudié un poquito de guitarra eléctrica, intenté hacer solfeo, pero casi todo lo que he hecho ha sido bastante autodidacta. Tengo un problema: me pongo a estudiar y, en cuanto descubro un acorde nuevo, mi cabeza comienza a componer una canción en torno a ese nuevo acorde. No tengo paciencia para ponerme a estudiar.

Cuando estaba tocando por los teatros, llegué a grabar una maqueta. Había muy buenas sensaciones. La maqueta llegó a manos de Teo Cardalda, de Cómplices, y Teo estuvo moviendo mi música con Warner. Al final no salió nada. No vieron nada comercial, supongo. Me dio un bajonazo y decidí cambiar de vida.

Te da el bajón y aparcas la música en tu vida.

Sí, hasta hace cuatro años, que volví a ponerme con la música otra vez. Con otra gente, pero, sobre todo, en solitario. Tengo un primo que toca el violín y, un día, durante uno de sus conciertos en la Sala Galileo, me invitó a acompañarle con la guitarra en una de sus canciones. Y me dije: «Aquí es donde quiero estar». Decido ponerme a tocar canciones, a componer y en mi cabeza surge ese disco que tengo pendiente. Y me lanzo de vuelta a mi carrera musical. Hace un año publiqué ese disco. En este momento se titula. Es un disco con ocho canciones. Tampoco tenía dinero para más. Tuve que hacer un crowdfunding, con amigos y conocidos, a los que estaré eternamente agradecido. Entre ellos, Miguel y Cristina, que son los que más han aportado. Todavía tengo pendiente con ellos esa deuda. La gente ha respondido muy bien con el disco. Me lo piden de muchos sitios, lo vendo en los conciertos. Yo estoy muy contento con la respuesta que está teniendo.

En abril de 2017 conocí a las hermanas Ana y Marta Contreras, unas managers de Almería, C & C Group, y firmé con ellas un contrato de representación y, gracias a ellas y a mis contactos, van saliendo cosas. Ahora ellas me ayudan también con las redes sociales.

Cuando comenzaste con la música no existían esas redes sociales. Imagino que habrás notado grandes cambios a la hora de promocionar tu música con respecto a tu primera época.

Ahora tenemos esa suerte. Las redes sociales han revolucionado la promoción de los artistas. Antes te conocía tu grupo de amigos, se podía ampliar un poco el abanico, pero, sin el apoyo de una multinacional, era muy complejo llegar al gran público. Para mí salir en una radio fórmula o en la televisión es muy complicado. El boca a boca es fundamental y saber utilizar las redes es muy importante.

Muchos garitos están aprendiendo a promocionarse a través de los medios sociales también. Hay una parte de tu clientela a la que le gusta escuchar música en directo y, si decides llevar a artistas a tocar, debes promocionarlo. Es una forma de atraer a más clientes, de crear el ambiente adecuado para que la gente que acude a tu bar se convierta en una comunidad. Hay locales que le sacan mucho partido a los conciertos que organizan. Hoy en día, puedes grabar el concierto y, a través de un dispositivo para conectar con Facebook, puedes, incluso, retransmitir el concierto en directo.

Las redes sociales acortan las distancias, pero suponen, también, una pérdida de proximidad.

Es cierto. Nada es perfecto. Yo tengo la suerte de que, durante mis conciertos, hay gente que me graba, que me hace fotos y luego las sube a las redes. Me encanta porque luego puedo colgarlas yo. Me escribe gente desde México, de Argentina, de Colombia, de muchos sitios porque me siguen a través de esos vídeos. Pero hay una parte de mí que dice, no grabéis, disfrutad del concierto… Si grabas muchas canciones, te estás perdiendo el directo. Estás viendo todo a través de una pantalla.

¿Qué cuentas en tu disco En este momento?

Yo soy muy romántico. Hablo mucho de ese amor. En los créditos, pongo que en el disco van a encontrar amor, desamor, imaginación y cerveza. Yo absorbo un poco de todo. Me pongo a hablar con un amigo, me cuenta sus cosas y, de mi imaginación y reflexiones, puede salir una canción. En el disco hay historias que me han contado, que me han pasado a mí. La historia de la canción Un Pinocho sin Geppetto es un poco más triste, más personal; otra canción comienza tomando una cerveza. Habla de algo que echo mucho de menos: la época anterior a los móviles, cuando quedábamos a charlar y no dependíamos del wasap que nos llegara. Ahora, con tantos mensajes, al final no quedamos.

Has sacado ya varios vídeos de algunas canciones del disco.

El primero fue de la canción Una vez más, el primer single del disco. Era la canción que, en ese momento, me gustaba más. Es una canción muy popera, con una guitarra española y un solo un poquito más eléctrico. Yo digo que hago «cantapop». Luego saqué el vídeo de Un Pinocho sin Geppetto, un vídeo que monté yo solo. Se puede ver en mi canal de YouTube. Estamos toda la familia en la playa. Son unas vacaciones que tuvimos en Francia y salen imágenes de los niños cuando eran pequeños. La historia de la canción, que espero que no suceda nunca, contrasta bien con esas imágenes.

Hace un par de meses filmamos el vídeo para la canción No supe amarte. Lorena García Barrena (Lust for Art Producciones), una amiga de Barcelona, se vino con Álex López por Valdemoro un fin de semana para filmar el vídeo. Filmamos en el parque de las Bolitas del Airón, en las escaleras de la Fuente de la Villa y en alguna otra localización de Valdemoro. A la hora de hacer los vídeos siempre cuento con buenos amigos. Los dos primeros fueron un poco más caseros. Para No supe amarte, además de apoyarnos en una productora, contamos con la colaboración de la actriz Déborah Guerrero.

Tengo pendiente otro vídeo para la canción El alma y la piel, que me gustaría filmar en Gran Vía, con muchos amigos y con lenguaje de signos.

Hay muchos artistas de nuestra generación que están decidiendo sacar, como tú, su primer disco a los cuarenta años.

Es la crisis de los cuarenta (Manuel sonríe). Llegamos a los cuarenta y nos preguntamos: «¿Qué quiero hacer en la vida? ¿Qué he hecho en mi vida?» Unos se separan, otros se ponen a viajar, yo quise hacer este disco y, por eso, lo titulé En este momento. Mucha gente se pone a pensar cuando llega a los cuarenta y se dice: «He sido feliz en mi vida, pero ¿qué me falta?» A mí, me faltaba sacar mi disco.

Y, de momento, la publicación de En este momento solo me ha reportado muchas satisfacciones. Me acuerdo cuando José Antonio Abellán presentaba Tocata en los años ochenta. Recuerdo que llevaba allí a mis grupos favoritos: Duncan Dhu, Hombres G, todos los grupos de los ochenta que tanto han influido en mi música. Recientemente, José Antonio Abellán me llamó por teléfono y me entrevistó en su programa de radio. Mi música ha sonado en la radio. Esas son las satisfacciones que meto en mi saco.

Creo que, cuando un artista publica un disco a los cuarenta años, puede aportar muchas cosas que no podía aportar cuando tenía dieciséis o dieciocho años. Las canciones que escribía con dieciséis años no las podría escribir ahora. Las canciones que escribo ahora no las podría haber escrito cuando era un adolescente. Ahora tengo tres hijos, uno de ellos con diecisiete años. Es cierto que ahora no puedo vender cierta imagen, propia de la juventud, que tanto cautiva en la música pop. Ahora puedo ofrecer algo totalmente distinto. Ahora puedo vender madurez.

Continuas, sin embargo, con tu sueño de juventud de triunfar en el mundo de la música.

Me encantaría vivir de mi música, pero no sé si me gustaría perder mi anonimato. Me gusta subir al escenario pero, una vez abajo, quiero seguir siendo la misma persona, cercana a mis amigos. Estoy en un momento en el que me podría dedicar también a componer temas para otras personas. Hago canciones que podrían cantar muchos artistas españoles del momento. Tal vez podría vivir componiendo música para otras personas y eso guardaría mi anonimato. Ya no soy el chaval de veinte años que, cuando Warner le dijo que no estaban interesados, se vino abajo. Entonces tenía sueños de juventud, tocar en las grandes plazas, triunfar en todos los lados. Ahora disfruto llenando esas salas donde toco. Sin mayores pretensiones. Cada éxito llega con el trabajo. Con la tenacidad. Estamos hablando de un mundo muy complicado. Hace falta talento, suerte, constancia.

Durante todo 2017 has presentado tu disco por toda España. ¿Tienes planeado publicar un segundo disco?

Voy estrenando canciones en los conciertos. Las voy mejorando. Desde que publiqué el disco, he escrito muchas canciones y algunas me gustan más que las del disco. Las cuelgo en la red, las canto en directo. Si tienen buena respuesta, veo que son canciones que se pueden llevar a un disco. Sin embargo, esto tiene su inconveniente. Si el público ya conoce esas canciones, cuando son publicadas en un disco, ya no son una sorpresa.

También es verdad que, una vez que te metes a grabar una canción, le das otras vueltas. Aparecen nuevas ideas. Eso sí, mi disco es muy sencillo, tiene muy pocas parafernalias. No me gusta meter muchas cosas para poder defender las canciones yo solo. Meto cosas sencillas: un bajo, un violín, algún solo.

Grabé En este momento en Lasting Noise Studio. Mi intención era grabar con todos los músicos tocando a la vez. El que uno grabe la batería un día, otro el bajo otro día a mí no me gustaba. Quería que grabáramos todos a la vez. Fue una semana intensa, un periodo de creación maravilloso, donde estás viendo cómo se va gestando tu obra. No cabe duda de que me gustaría volver a vivir esa experiencia.

Has comentado que a mucha gente le gusta escuchar música en directo. ¿Qué ofrece Manuel Blanca en sus conciertos en vivo?

A mí me gusta mucho Pedro Guerra. Me gusta cómo logra que la gente colabore en los conciertos. Procuro que mis conciertos sean personales, tengan un toque de cercanía. La gira del disco fue de enero hasta junio 2017. El último concierto fue en junio. Quería despedir la gira de una forma original. A la entrada del concierto, la gente que vino a verme escribía su nombre en un papel y metía el papel en una cajita. Antes de tocar cada canción, sacaba un nombre de la cajita e invitaba a esa persona a subirse al escenario a cantar conmigo esa canción. En un momento dado, salió el nombre de mi madre y cantamos juntos El alma y la piel. Fue muy especial. Hubo también momentos divertidos, cuando la gente no se sabía bien la canción e intentaba seguirme encima del escenario.

Creo recordar que le pedí a mi mujer que se casara conmigo en un concierto (sonríe).

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Podemos escuchar muchas de las canciones de Manuel Blanca en YouTube; el 22 de febrero grabará un especial para el programa TVE es música de Televisión Española. Pero, es posible que, para poder conocer a Manuel Blanca en estado puro, ese tipo estupendo tocando su guitarra, debamos acercarnos a su página web y cerciorarnos de cuándo y dónde es su próximo concierto en directo.

Presentación

Oscars 2017

Acabo de ver Moonlight, la última película nominada que me faltaba. Mi voto sigue siendo para Comanchería, de David Mackenzie. También me encantó Captain Fantastic. Como no está nominada a mejor película pero  Viggo Mortensen sí que lo esta como mejor actor, mi voto va para él.Viola Davis debería ganar el óscar a la mejor actriz secundaria, aunque no entiendo por qué no está nominada al oscar a la mejor actriz principal.

I have just watched Moonlight, the only nominated film I hadn’t watched yet. My vote still goes to Hell or High Water, by David Mackenzie. I also loved Captain Fantastic. Since it is not nominated for Best Film but Viggo Mortensen is for Best actor, my vote goes to Viggo. Viola Davis should get the oscar too. I don’t understand why she has not been nominated for Best Actress in leading role.

 

Amigos·Presentación

Entrevista con Reyes Martínez Hernández

Conocí a Reyes Martínez en la presentación de su último libro juvenil, Diseña a tu familia. Pincha AQUÍ, en la biblioteca Ana María Matute de Valdemoro el pasado diciembre. La sala estaba repleta de gente. Todos con ganas de arropar a la escritora. Había muchos niños acompañados de sus padres. Se notaba que Reyes era querida en la sala. Isabel Mesa, la representante de la Concejalía de Cultura en el evento, presentó a Reyes como a alguien de la casa. Comenzó mostrando una diapositiva en la que Reyes, para su sonrojo, tenía la misma edad que los niños allí presentes. Podía verse el cariño que Isabel tenía por la autora. Y es que Reyes Martínez, a pesar de los años que lleva viviendo en Gijón por motivos laborales, sigue siendo una mujer, una escritora de la casa, resultado del último tercio del siglo XX de la villa de Valdemoro y fruto, en gran medida, del trabajo y la acción cultural valdemoreña de los últimos años del milenio anterior. No obstante, Reyes fue, durante muchos años, la hija de la bibliotecaria de Valdemoro y tengo la sensación de que vivió de cerca muchas de las iniciativas culturales de su madre.

En la actualidad, concilia como un superhéroe de cómic sus labores de madre de tres hijos, su trabajo como técnico de rayos X (eso también da superpoderes, seguro) y su gran afición por la escritura. Reyes Martínez ha publicado, hasta la fecha, cuatro libros infantiles, dos libros juveniles y tres novelas policíacas para adultos.

Normalmente, la carrera literaria de un escritor no comienza con la publicación de su primer libro. Tú publicaste tu primer cuento infantil en 2011. Háblanos de la escritora Reyes Martínez desde sus comienzos hasta diciembre de 2011, cuando ve la luz tu Candela y el misterio de la puerta entreabierta.

Desde niña me gustó escribir. Cuando en séptimo de E.G.B. se lo dije a Carmen, mi profesora de Lengua, ella me animó muchísimo. Los lunes por la mañana recuerdo que teníamos que entregar una redacción, con una extensión determinada. Y a mí me costaba ajustarme a aquella extensión.

Después me pareció que la de escritora no era una profesión muy segura y me decanté por otras cosas, pero siempre tenía entre manos cartas o cualquier cosa que me permitiese escribir.

Fue en verano de 2010 cuando mi hijo mayor, que entones tenía siete años, me pidió que escribiera un cuento para un amigo suyo que se marchaba a vivir a Vigo. A partir de ahí, era como si hubiera abierto un grifo. Me surgieron tantas ideas que tenía que sacarlas de algún modo y entonces surgió Candela.

Y Candela ha sido la protagonista de cuatro de tus libros infantiles. Háblanos de este personaje.

Candela es una niña curiosa, atrevida, soñadora, fuerte y con gran corazón. El problema es que siempre está metida en líos, tanto si los busca como si no. Le ocurren cosas « extrañas ». Sus amigos ya la conocen y le permiten prácticamente todo.

No siempre se le ocurre la solución a sus problemas y mucho menos a la primera, así que tiene que tirar de su pandilla para conseguirlo. Valora la amistad, casi por encima de todo, y ellos lo saben. Es intrépida, alocada, valiente… Tiene un pequeño punto de rebeldía que provoca la mayor parte de sus problemas. Según mi madre, es igualita que yo de pequeña; no estoy de acuerdo… del todo.

Entiendo que primero te publicaste el primer libro tú misma pero que, luego, una editorial se sintió atraída por los libros de Candela. ¿Cuál ha sido tu experiencia con estas dos modalidades de publicación?

Al principio fue como una aventura. La sensación de tener en tus manos un libro que lleva tu nombre… en fin, es indescriptible. Me decidí por la autoedición porque en aquel momento las editoriales con las que me puse en contacto no querían ningún escritor novel. Lo podía haber intentado con alguna más o esperar un poco, pero me pudo la impaciencia y me decidí por Círculo Rojo, que es una editorial que trabaja con autoediciones y me gustó la seriedad, el trato, el precio y el resultado final.

La editorial Bambú, de Casals editorial, decidió apostar por Candela y el misterio de la puerta entreabierta cuando llevaba agotadas cuatro ediciones y, posteriormente, se interesaron por Candela y el rey de papel – por cierto, fue gracias a uno de sus comerciales de la zona norte de España, José Manuel, al que le llamó la atención el libro y quiso ponerse en contacto conmigo; a veces, la suerte está donde menos te lo esperas…-

En mi opinión, cualquiera de las dos modalidades, siempre que compense, es buena. Con la autoedición tienes la limitación de tener que hacer también de distribuidor, pero la cantidad que se gana por libro es mayor. Si una editorial apuesta por ti, tienes la ventaja de que llega a muchos más rincones, pero la cantidad que se gana es menor. Las dos maneras tienen ventajas e inconvenientes. Depende de la meta que cada uno se proponga. 

Por lo visto, no solo tienes cosas que contar a los más pequeños. En 2014, publicas tu primera novela para adultos. Una novela policíaca titulada El arcano número 13. Y la protagonista es otra mujer, Sara Benítez.

Sí, la novela negra es un «capricho». Yo empecé a escribir por mi hijo mayor, que es un lector insaciable y, después, intenté dar forma a algunas ideas que me surgían sobre el género que a mí me gusta, que es la novela policíaca. Así surgió El arcano número 13. Como bien dices, la protagonista es la inspectora Sara Benítez, que está totalmente complementada por el inspector Leandro Gómez. Ella se muestra escéptica ante cualquier tema que no pueda demostrar y, sin embargo, él es más abierto a lo intangible. Ella es la razón y él, por así decirlo, la fe. Entre los dos forman un equilibrio perfecto. Son dos personajes que dan mucho juego. De hecho, la novela que acabo de publicar es una secuela y tiene a los dos inspectores como protagonistas de nuevo.

Estás hablando de tu tercera novela para adultos, El primer pecado, un libro que está a la venta desde hace tan solo unas semanas. ¿Qué nuevos alicientes nos ofrece este libro?

Sí, es la tercera novela para adultos y que podría considerarse secuela de El arcano número 13. Se trata de un nuevo caso para la inspectora Benítez y el inspector Gómez, aunque en esta ocasión me los traigo a Gijón. En esta novela, quería un ambiente menos agresivo que el que puede ofrecer Madrid, debido a la diferencia de población, entre otras cosas, y quería también homenajear, de alguna manera, a una ciudad que me ha acogido con los brazos abiertos. Me hacía mucha ilusión hablar de la zona donde vivo y donde me muevo: incluso hablo de gente a la que conozco y a la que tengo especial cariño. Además, voy a continuar con estos dos personajes porque, aparte de que dan mucho juego, digamos «que me caen bien» ja, ja, ja.

Supongo que vas siguiendo el crecimiento de tu hijo mayor y es, por eso, por lo que los dos libros anteriores a esta última novela policíaca están clasificados dentro de la literatura juvenil. ¿Qué retos se te presentaron a la hora de escribir Siete formas de perder el pelo (2015) y Diseña a tu familia. Pincha AQUÍ (2016)?

Desde luego, las novelas juveniles fueron las más difíciles de escribir para mí, porque enfrentarse a adolescentes, aunque sea en el papel, es todo un reto. En Siete formas de perder el pelo me encontré con que la editorial con la que publico los libros infantiles me proponía aumentar la edad a algún libro destinado a los alumnos de la ESO. Tras muchos intentos, me di cuenta de que la mejor manera de llegar a ellos era a través de la fantasía o a través del enfrentamiento a los problemas sin que se note que se están enfrentando a ellos. Los dos libros juveniles tratan sobre temas que pueden preocupar a los adolescentes en algún momento, pero trato de llevarlos con mucho humor, dinamismo y, eso sí, con «moraleja». Para mí, un libro que no aporte nada a un niño o a un adolescente es un libro desaprovechado. Creo que cualquier momento es bueno para inculcar en los jóvenes unos valores que puedan poner en práctica en el futuro.

Para terminar el repaso a toda tu bibliografía, nos queda hablar de tu segunda novela para adultos, Me llamo Roberto. ¿Qué proponías a los lectores en este libro?

Tengo que confesarte una cosa. Me llamo Roberto fue la primera novela que escribí tras Candela y el misterio de la puerta entreabierta, pero, cuando se la di a leer a mi familia, mi hermana me dijo literalmente: «Muy bien, pero no tiene ni una sola descripción». Y tenía toda la razón. Me había centrado en la trama, en que no chirriara, en los nombres y fechas y, en mi cabeza, sabía perfectamente cómo eran los personajes y los escenarios, pero al lector no se los proporcionaba en ningún momento. Así que, mientras me ponía a trabajar en ella, escribí El Arcano número 13 fijándome mucho más en esos detalles.

En Me llamo Roberto intento exteriorizar mi repulsa ante la violencia de género, pero siempre dando un poco de esperanza. Los niños sufren tanto como el que recibe el maltrato y, además, se les está dando una lección equivocada sobre lo que es una familia, esté compuesta de la manera que sea. Hay personas que se encargan de que los niños superen este tipo de situaciones y esa será, en la novela, la labor de Clara, una asistente social que, de pronto, se ve metida en varios casos similares al mismo tiempo.

Tu capacidad de trabajo es extraordinaria. ¿Cómo consigues conciliar tu trabajo, tu familia y la literatura?

Conciliar, lo que se dice conciliar… A veces tengo la sensación de dejar todo a medias, de que no llego a ninguna de las cosas que hago. Luego, cuando las termino, la satisfacción es mayor. Siempre digo lo mismo, cuando se quiere hacer algo, se hace. Simplemente se da prioridad a una u otra cosa. Por ejemplo, yo tengo la suerte de dormir poco y eso me deja algunas horas más que ocupar.

Hay dos frases que me molestan y que intento no decir, aunque a veces se me escapan. Una es «no tengo tiempo» porque soy de la opinión de que, cuando dices «no tengo tiempo», en realidad estas diciendo «no tengo tiempo para esto en concreto». Y la otra es «no puedo», porque creo que, de entrada, no debemos limitarnos con la palabra. Hay que mirar siempre hacia delante.  

Estoy totalmente de acuerdo contigo: hay una serie de frases hechas y usadas con bastante frecuencia que nos limitan, en muchísimos sentidos, por el mero hecho de decirlas. Muchas personas son conscientes del poder de las palabras de los otros y olvidan la gran influencia que tienen sobre nosotros mismos las palabras que salen de nuestras bocas de forma casi automática. Me gustaría que mi última pregunta fuera todo lo contrario, que supusiera una declaración de intenciones sobre tus metas a corto y largo plazo. Háblanos de cuáles son tus proyectos literarios más inmediatos y de dónde te gustaría estar literariamente (que no virtualmente) dentro de diez o veinte años.

Proyectos literarios tengo varios. Como escribo para niños, adolescentes y adultos, suelo tener varias ideas que van tomando forma según mi estado de ánimo. Ahora mismo, tengo una novela policíaca que sería continuación -o al menos con los mismos personajes- de El primer pecado, y tengo casi terminada la quinta entrega de la saga de Candela. También ando documentándome sobre el acoso escolar para una novela juvenil. Me parece muy interesante que los chavales sepan a lo que se enfrentan y cómo hacerlo.

Me preguntas dónde me gustaría estar literariamente dentro de unos cuantos años. La verdad, me encantaría estar en todas las librerías del mundo (Reyes se ríe, con ganas, de su propio comentario). Al menos, soñar es gratis y me lo puedo permitir. Simplemente, me gustaría poder vivir de lo que escribo. Sobre todo, por poder dedicarle mucho más tiempo. Ahora mismo, el resto de mis obligaciones no me lo permiten.

Como mínimo, me veo (con toda seguridad) con el boli en la mano y escribiendo y escribiendo…