Entrevista con Carmelo Rebullida

Carmelo Ramos Rebullida tiene uno de los nombres más sonoros que conozco. Tres erres que rugen bien distribuidas. Dos emes dispuestas estratégicamente. Y una ele y una elle que llevan a la lengua a acariciar nuestra zona alveolar. Para aterrizar de lleno en el planeta Carmelo Rebullida, en Montañana (Zaragoza), hay que atravesar su casa, entrando por la puerta principal y saliendo por la que da a su huerto/jardín. Hay que dejar a la izquierda las higueras y las tomateras, para encontrarnos, al fondo y a la izquierda también, con el pequeño edificio que conforma su estudio. Ya dentro, en un espacio mucho más amplio de lo que uno podía imaginar, Rebullida te muestra, generoso, sus últimas obras. Cuadros bastante grandes que levanta ligeramente para sacarlos a la luz y mostrártelos en mejores condiciones. Evita hacer comentarios. Es consciente del derroche visual y deja que su espectador hable. Su obra es toda su vida y, sin embargo, no habla mucho de sus cuadros. Prefiere mostrarlos. Dejar que el color y las formas fluyan hacia nosotros.

Carmelo habla con modestia. Con mucha prudencia. Tiene interiorizado el respeto que muestra hacia los gustos estéticos de los demás. Escucha atento nuestros comentarios sobre sus cuadros. Es el momento de empezar nuestra entrevista.

¿En qué momento supiste que ibas a dedicar tu vida a las artes plásticas?

Comencé a pintar por puro azar. Mi tío Manolo era perito mercantil y, cuando tenía tiempo, se relajaba haciendo copias de pinturas muy sencillas. Le recuerdo pintando, sobre todo, gatos. Al hombre le faltaba un brazo y, cuando tenía que abrir lo tubos, sufría lo indecible con algunos de ellos, sobre todo con los que no usaba de manera usual. De manera que tenía que llamar a mi tía para que se los abriese. Imagino que así, día tras día, resultaba la cosa muy tediosa y un día, viendo que yo sentía mucho interés, me regaló su maravillosa caja de pinturas americanas. Y así fue como comencé a pintar.

Mi primer cuadro fue una copia de un paisaje de una revista. Me resultó sencillo y fue un éxito. A todo el mundo le gustó, de manera que seguí pintando. Me producía una enorme satisfacción y encima se me daba bastante bien. Más tarde quise estudiar Bellas Artes pero no pude porque, entonces, los que habíamos estudiado Formación Profesional no teníamos acceso a la Universidad. De manera que tuve que aprender a base de ver muchas exposiciones, de visitar muchos museos y gracias a mi enorme curiosidad.

Al principio no pensé que un día pudiera dedicarme a esto, pero, cuando llevaba como doce años pintando, empecé a presentarme a concursos y gané dos muy importantes: el primer premio del concurso Ciudad de Ponferrada y el primer premio del concurso Ciudad de Ejea de los Caballeros. Estos premios me permitieron dejar mi trabajo en la oficina técnica donde trabajaba después de terminar Ingeniería Técnica Industrial.

Es justamente en ese momento cuando me planteo seriamente dedicarme todo el tiempo a pintar. Eran tiempos muy difíciles, pero nuestra fe y nuestras ganas eran inquebrantables. Eran los ochenta, había una bohemia maravillosa y un grupo bastante numeroso de artistas de todo pelaje acudía por la plaza Santa Cruz a enseñar sus cuadros: Laborda, Cásedas, Aransay, Iris Lázaro, Burges, Mariano Viejo, Pacheco Ruiz Monserrat, Cesar Sánchez, el Grupo Forma y muchos más. Toda esta aventura está recogida en el libro Zaragoza. La ciudad sumergida, de Eduardo Laborda.

En el 1978 realicé mi primera exposición en la Galería Traza, ya desaparecida, y recibí muy buenas críticas. Años más tarde me quedaría finalista del Premio Blanco y Negro, el premio más importante de pintura joven de aquellos tiempos en España.

En un momento de tu vida aparece la enfermedad. Un linfoma intestinal que, como me has contado alguna vez, marca un antes y un después en tu biografía.

En 1992 estuve en la Exposición Universal de Sevilla. Me gustó muchísimo, pero mi mayor recuerdo de la visita fue la de un cansancio enorme que, naturalmente, achaqué al calor. Era verano y había unas temperaturas altísimas, lo cual parecía estar justificado. Pero, tras regresar a casa, y viendo que el cansancio iba en aumento, me hicieron unos análisis y salió que tenía una anemia ferropénica galopante. Me hicieron varias pruebas, ya que tenía dolores fortísimos en mi vientre y no veían nada. Así que, en Enero de 1993, fui ingresado de urgencias y descubrieron que un tumor había perforado mi intestino. Tras su análisis, se descubrió que era un linfoma no Hodgking.

Fue una experiencia muy dura, tanto a nivel físico como emocional. Me dieron de alta en el hospital dos meses después con un peso inferior a cincuenta kilogramos. Mi imagen me recordaba a la de los prisioneros en los campos de exterminio nazi y, más aún, cuando me ponía mi pijama de rayas. Recuerdo que quise hacerme unas fotos en blanco y negro con la cámara de fotos y mi madre no me lo permitió bajo ningún concepto.

Tardé dos años en recuperarme, para lo cual me marché a vivir a Sevilla. El diagnóstico era muy severo y mi futuro muy incierto. Yo me encontraba muy incomodo en Zaragoza y sabía que Sevilla, con un clima más benigno en invierno y sus gentes siempre tan extrovertidas, me iría bien. Y para allá partí.

Me instalé en Sevilla en un apartamento en la calle San Vicente, muy cerca del Museo de Bellas Artes, en pleno casco viejo y, enseguida, pasé a formar parte del paisaje. Me dediqué a pintar, a conocer la ciudad y a integrarme con la gente. Enseguida hice amigos (incluso me enamoré), así que tuvo un efecto terapéutico extraordinario. La gente en el sur tiene una filosofía de la vida extraordinaria. Saben disfrutar con cualquier cosa, saben reírse de sí mismos y eso es muy difícil (al menos en el norte). A cualquier cosa le ponen una buena dosis de humor y así la vida se hace más liviana y los problemas son más llevaderos.

Mi experiencia sevillana duró dos años y he regresado muchas veces para ver de nuevo la ciudad y ver exposiciones de amigos o algún acontecimiento importante. Durante mi estancia hice una exposición con los cuadros que había pintado allí. Regresé renovado, simplifiqué mi vida y di más importancia a las pequeñas cosas de la vida. El hecho de vivir solo me dio una enorme confianza en mí mismo y me abrí más a la gente, dejando que mi vida fluyera sin más.

Llevas unos cuantos años pintando y, en tu búsqueda artística y de expresión, te has acercado a muchos estilos pictóricos. Háblanos de algunas de tus etapas artísticas más importantes, por qué te aventuraste en su exploración, qué aprendiste de cada una de ellas.

Mis comienzos no distan mucho de los de cualquier pintor. Mis primeras obras son paisajes figurativos de corte impresionista que me sirvieron para adquirir una técnica que luego desarrollaría. Pronto siento la necesidad de crear algo más personal, teniendo como referencias a Ortega Muñoz y Vaquero Palacios, que me interesan por la síntesis que hacen del paisaje.

Más tarde, e influido por Enrique Gran y por pintores como Martínez Tendero y Eduardo Laborda, comienzo a pintar cuadros entre la abstracción y la figuración. Estas obras de tipo organicista están llenas de sugerencias, donde planos y bultos se mezclan en originales composiciones. El cuadro Espacial 2, de esa época, fue finalista del Premio Blanco y Negro en 1978. Este premio era el más importante de la época para pintores jóvenes.

Poco después, y como consecuencia de un viaje a Basilea y Zúrich, conozco la obra al natural de Paul Klee, que me emociona y atrapa, como ningún otro, por sus cuadros de texturas y su magia. Comienzo a incorporar texturas muy sutiles y llenas de sugerencias a mis cuadros y A. F. Molina escribe: «Rebullida goza de un componente poético inestimable, es la pintura del pálpito, fe de vida del hombre simbólico resumen de sus angustias y desvalimientos; también de sus instantes de exaltación y de gozo. El artista está soplado por la inspiración, el buen espíritu le susurra a la oreja y sus lúdicas invenciones siempre nos atraen, como las ilustraciones de un libro infantil que nos fascinara».

En 1987 realizo una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes en Santander, con una marcada inspiración étnica influida por el arte primitivo africano. Empiezo también a trabajar el papel artesanal, que me fabrico yo mismo, donde realizo obras muy libres, de carácter abstracto algunas y otras con una figuración muy próxima a la abstracción, muy en la línea del expresionismo alemán del grupo Cobra. Algunos de ellos se vieron en la muestra colectiva realizada en la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual IberCaja) en la exposición Cuatro presencias del arte, con Vicente Badenes, Pepe Cerdá, Margarita M y Carmelo Rebullida. Ana Rioja, hablando de mis pinturas sobre papel, dice: «Su pintura atrapa con fuerza y vigor al espectador. Sus colores son singulares y refinados, y su proceso creador empieza en el comienzo de fabricación del propio soporte».

 Catherine Coleman habla de mi siguiente etapa artística: «A comienzos de los 90 empieza a realizar cuadros muy texturados realizados con pasta de papel, polvos de mármol y arenas diversas que crean ricos matices, lo que el teórico Allan Sekula ha denominado Indexicality o la huella real de la mano: La presencia física del artista. Son cuadros hermosos que huyen de la estética de lo feo. Rebullida es heredero del Informalismo Abstracto Español de los años 50 aunque el empleo de la materia y textura, no participa del Angst informalista. La estructura de sus cuadros es una malla de rectángulos con divisiones claras y contornos precisos y participa de la carga emotiva y el caos informalista. El artista ha elegido el fósil como el único motivo recurrente y nos remite al concepto de tiempo, la prehistoria y nuestros antepasados, en fin a nuestros orígenes de la vida».

A finales de los 90 abandono los fósiles y sigo pintando con materia cuadros abstractos con la idea del paisaje como pretexto. En el 2008 empiezo a meter en la superficie del cuadro pequeños espacios reticulados que crean como un mosaico abstracto que culminan en 2010 en una exposición en la Galería Pilar Ginés. Abandono pronto ese camino, en parte porque ya estaba explorado por el Grupo Pórtico (primer grupo abstracto español, incluso antes que El Paso y Dau al Set, nacido en Zaragoza).

A partir de 2010, hasta hoy, pinto con la máxima libertad, no atendiendo demasiado al concepto de estilo porque pienso que ya es algo superado. A veces retomo técnicas del pasado como las texturas y, otras veces, trabajo con pintura muy diluida, dando como resultado abstracciones y, otras, no tanto, en cuadros de gran formato. Me interesa siempre que el resultado sea fresco, placentero y sensitivo. Y siempre cambiante porque la repetición me aburre y con ella no se aprende. Además, ¿qué es la vida, sino un continuo fluir?

Me gustaría que nos hablaras un poco más de la diversidad de materiales que, además de la pintura, utilizas en tu obra. Fabricas tu propio papel y te sientes muy atraído por la textura de los cuadros. Por la piel de tus cuadros.

Siempre me interesé más por el cómo lo pinto que lo que pinto en sí. Es la piel del cuadro lo que verdaderamente me interesa, las sugerencias, atmósferas, el misterio que emana de ellas. Siempre busco la emoción pensando que, si yo me reconozco y me emociono con el cuadro, probablemente habrá espectadores que lo harán también, ya que, en el fondo, no somos tan distintos unos de otros.

Y ahora viene una gran exposición tuya en La Lonja de Zaragoza. Pocos artistas aragoneses vivos pueden contar una experiencia así. ¿En qué va a consistir la exposición? ¿Qué obra has seleccionado para la misma? ¿Qué te gustaría contar a todos los que vayan a verla?

Efectivamente, desde hace dos años estoy trabajando para esta gran exposición en La Lonja, el mejor lugar para hacer una exposición en Zaragoza. Un edificio singular situado en Plaza del Pilar y que es muy visitado por varios miles de personas en cada exposición. Normalmente, se suele hacer una retrospectiva de toda una vida desde los comienzos, pero, en mi caso, he decidido enseñar obra de mis últimos dos años, que ocuparán un 80% del espacio expositivo. Son grandes formatos, generalmente de 150×150 cm y de 200×200 cm, y el otro 20%, que corresponde a obras desde el año 1992,  muy texturadas con apariencias fósiles.

La verdad es que es  todo un reto, pero creo que el resultado será bueno. Son lienzos que envuelven al espectador y creo que en las paredes de la Lonja quedaran muy bien. Tuve que hacer una maqueta a escala, porque el espacio expositivo es complejo, ya que hay como siete espacios diferentes, que hacen muy complicado saber muy bien el número de cuadros que caben y  ha sido bastante laborioso elaborarla ya que también tenía que hacer miniaturas a escala de los propios cuadros, pero, al final, me da una idea muy clara de cómo va a quedar, aunque haga pequeñas variaciones en el montaje final.

Ciertamente es un orgullo exponer en este lugar tan imponente donde he visto artistas de tanto renombre y  que tanto me han enseñado. La lista sería interminable pero citaré a Rodín, Pablo Gargallo, Tapies, Marín Bagües, Santiago Lagunas, por citar a algunos.

Realmente, cuando me llamó Rafaél Ordóñez, Jefe de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, para ofrecerme la posibilidad de exponer en La Lonja, no me lo creía porque era algo que veía muy lejano. Entre otras cosas, porque sinceramente pensaba que no estaba a la altura. Yo generalmente tengo tendencia a valorar más lo ajeno que lo propio y, a pesar de que he obtenido algunos premios importantes, creía que lo disperso de mi obra, por mis continuos cambios, no me iba a hacer merecedor. Pero, mira, me equivoqué. Y ahora ya solo pienso en verla colgada y que la gente disfrute. Sé que algunos lo harán mucho y otros menos porque mi pintura, tan cercana a la abstracción, no es de mayorías, pero eso es algo que tengo asimilado desde hace tiempo. Lo importante es que he puesto toda mi cabeza, mi corazón y un gran esfuerzo físico en esta exposición. Tanto es así que hasta tuve una trombosis en la pierna debido a las muchas horas que permanecí de pie preparando la exposición.

La exposición será en mayo de 2018 y es como un premio a los más de cuarenta años que llevo pintando.

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El tiempo vuela en el estudio de Carmelo Rebullida. Uno sale lleno de imágenes irrepetibles. Fósiles. Paisajes imaginados. Texturas. Con las puertas abiertas a los cinco sentidos. Imposible marcharse con el cerebro vacío.

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El barrio de las Hormigas

         A la guerra[1] le sigue la posguerra, y a la posguerra, la post-posguerra. Luego viene el olvido y, tradicionalmente de su mano, la preguerra. En España, mi generación pertenece al periodo de la post-posguerra que, por fortuna, es lo que más se parece a una época de paz. Gracias a la generación que nos precede, la de mis padres, pude conocer, de segunda mano, partes de la posguerra. Una serie de situaciones que, en mayor o menor medida, compartía con los amigos con los que crecí. Nuestros padres y madres venían de pueblos pequeños. Ellos habían venido a Zaragoza a hacer la mili y allí encontraron trabajo en cuanto la terminaron. Ellas habían llegado con sus familias y, con su saber hacer, lideraron un revolución que llevó a cabo la mayor conversión de familias de clase obrera a la burguesía de toda la historia.

       El barrio de las Hormigas (Yagruma Ediciones, 2017), de Antonio Pérez Martín-Tereso, es un libro delicioso, un retrato detallado de un barrio a las afueras de Madrid, cerca del pueblo de Hortaleza, en la época de la posguerra española. Dividido en pequeños cuentos cortos, el autor nos va contando sus recuerdos: cuenta cómo su padres y sus tíos compraron dos lotes vecinos  en unos terrenos que resultaron no tener permisos de edificación; cuenta cómo su padre encontró agua cavando un pozo en su parcela; relata el día en el que los vecinos decidieron cocer los ladrillos con los que cada uno construiría su propia casa…

       En un barrio tan humilde no faltaban los personajes pintorescos y a algunos de esos personajes van dedicados gran parte de los cuentos de la segunda mitad del libro. Para todos ellos, tiene el autor palabras de cariño, haciéndonos ver que cada uno de ellos forma parte del bestiario de su infancia y su adolescencia.

        La arquitectura de cada uno de los relatos es sencilla. De hecho, uno de los mayores atractivos del libro es su sencillez. Porque, cuando una historia es buena, cuando una historia es verdaderamente buena, no necesita ni fuegos de artificio ni traca final.

        De alguna manera, el barrio de las Hormigas no está tan lejos de los poblados del valle del Río Puerco a los que me referí en mi entrada de blog anterior (El oeste americano del valle del Río Puerco). Tampoco se aleja mucho de los pueblos españoles que fueron abandonados en la posguerra. Porque, aunque el barrio de las Hormigas todavía siga en pie, no es el mismo barrio del que habla el libro. El libro habla de un lugar del pasado, un lugar que ya no existe porque corresponde al estado en el que se encontraba cuando el autor era niño. Este hecho llena cada una de las páginas de un lirismo subterráneo al que se llega cavando hasta cierta profundidad, como cuando el padre del autor cavaba el pozo para obtener agua. Pero, en el último cuento, ese lirismo brota a borbotones y, es ahí, donde el autor destapa todos sus sentimientos.

        El barrio de las Hormigas es un libro sobre un lugar en un momento determinado de nuestra historia reciente. Pero, sobre todo, es un libro sobre las personas que hicieron de ese lugar una referencia vital para Antonio Pérez Martín-Tereso.

[1] No hay nada de «bello» en una guerra. Por eso, la mayoría de las lenguas romance prefirieron adoptar la palabra procedente del germánico werra, más agresiva, más onomatopéyica, más violenta que la palabra latina bellum, tan cercana formalmente de bellus que evolucionó en «bello».

El oeste americano del valle del Río Puerco

      Muchos de nosotros tuvimos la suerte de crecer con las películas del Oeste americano, un territorio mitológico que, de niños, muy pocos habrían sabido señalar con precisión en los mapas y que, de más creciditos, tendríamos que encontrar siguiendo las referencias geográficas que vinieran a nuestra memoria. Las dos razones por las que no es tan fácil situar ese Oeste americano con facilidad están ciertamente conectadas: por un lado, el Oeste americano estuvo ligado con frecuencia al concepto de frontera y, por lo tanto, fue o es un territorio portátil muy amplio que empezó estando a unas millas al oeste de Jamestowne, en el estado de Virginia, y que fue trasladándose hacia el noroeste, hacia el oeste y hacia el suroeste de forma progresiva; por otro lado, el Oeste americano, más que un territorio, sería un concepto, un mundo mitológico, como hemos mencionado, que dio paso a la creación del imperio mundial que, de alguna forma, gobierna el mundo en el que hoy vivimos. Una teoría plausible señalaría la costa de California como el final de ese Oeste americano; otra, no menos acertada, extendería ese oeste hacia Alaska, Hawaii, la Polinesia entera, Tierra de Fuego, Japón, casi toda Asia, para llegar a Europa y alcanzar, de nuevo a nuestro entrañable pueblecito de Jamestowne por el Atlántico. Todo para dar la vuelta al mundo en ochenta transacciones bursátiles.

     Todos esos oestes americanos mencionados serían igual de válidos pero, si queremos encontrar la cumbre del Olimpo, necesitamos no sólo unos actores/personajes tipo/dioses a los que podamos identificar en todo momento, sino también unos paisajes a los que nuestra memoria pueda invocar con facilidad y unas circunstancias en las que podamos justificar como hazañas cada uno de nuestros tiroteos. Entonces, sólo entonces, el dedo de un viajero curtido se dirigirá sin dilación al territorio comprendido entre el río Grande y el río Pecos, en el estado de Nuevo México, para señalar su ubicación. Ahí es donde la literatura se ha recreado más a la hora de contarnos el Oeste americano. Muy posiblemente, como rezaba el cartel de introducción de la exposición histórica The Frontier Experience: New Mexico 1598-1900 (La experiencia de la Frontera: Nuevo México 1598-1900),  porque ese territorio haya sido el que durante más tiempo fue (o ha sido) parte de la frontera:

     La ‘frontera’ ha sido considerada durante mucho tiempo como un factor importante para la creación de los ideales y actitudes estadounidenses. Nuevo México es único entre el resto de los estados porque tiene una herencia de la frontera que duró más de 300 años. De hecho, ningún lugar en Norte América experimentó este proceso durante tanto tiempo. La mayoría de los territorios fueron frontera durante sólo los primeros años de sus existencias y entonces la frontera se trasladó más al oeste o más al norte.[1]

    Muy posiblemente, también, porque fue ese territorio sobre el que más artículos escribieron los periódicos de Nueva York a finales del siglo XIX para mantener el creciente interés de unos lectores que tal vez añorasen, desde la comodidad de sus ciudades, un pasado reciente en el que sus territorios habían sido Oeste americano; muy posiblemente, porque, desde muy temprano, Hollywood se encariñó de esos paisajes del suroeste de los Estados Unidos para filmar sus películas.

     En España, en todas esas películas del Oeste americano, todos los personajes hablaban en español. Luego descubrimos que no, que en realidad nosotros los oíamos en español gracias a la magia del doblaje de las películas pero que, en realidad, todos los personajes hablaban en inglés. El Oeste americano que supone el mito del nacimiento de los Estados Unidos se escribió primero en inglés y se filmó, pocos años después, en inglés. Sin embargo, si echamos un vistazo al Censo de Estados Unidos de 1890, observamos: “En Nuevo México casi dos tercios, el 65,11%, y en Arizona casi tres décimas partes, el 28,23%, de la población mayor de 9 años no sabía hablar inglés[2]”. Desafortunadamente, el censo no ofrece datos exactos de las personas de estos dos estados cuya lengua madre era el español pero, teniendo en cuenta la cifra del 65,11%, podemos imaginar que el número de niños menores de 10 años que no hablaban inglés o el número de habitantes mayores de 9 años que hablaba inglés pero cuya primera lengua era el español eran bastante elevados. Así pues, tenemos que pensar que el Oeste americano se escribió en inglés desde la costa este de los Estados Unidos y se filmó en inglés desde la costa oeste. Sin embargo, es más fácil que el Oeste americano se hubiera hablado en español y que los propios habitantes de ese Oeste americano hubieran escrito los sucesos de la zona en sus periódicos en español. No obstante, en 1889, posiblemente el momento más álgido para la prensa en español en Nuevo México, había 65 periódicos publicados en español.[3]

      En España, por lo tanto, estas películas eran dobladas del inglés al español gracias a la deliciosa ironía que suponía el hecho de que los Estados Unidos hubieran elegido como cuna del mito de su nacimiento a un territorio en el que, durante el periodo en el que ese mito se llevaba a cabo, la aplastante mayoría de la población hablaba español. El fenómeno no era nuevo: El griego Eneas, protagonista indiscutible del mito de creación de Roma, habla en latín durante toda la Eneida. Podríamos alargar la ironía un poquito más: cuando Sergio Leone filmaba sus estupendos Spagetthi Westerns en España se llevaba consigo a dos o tres actores angloparlantes a los desiertos de Almería. Leone se hizo popular con unas películas llenas de silencios porque en ellas sólo hablaban tres o cuatro actores. El resto, actores extras españoles, aparecían silenciosos porque no hablaban bien el inglés y se dedicaban a rellenar los ataúdes que luego pagaba el personaje que interpretaba el bueno de Clint Eastwood.

     Tal vez fue mejor así. Tal vez Leone hizo bien en no dejar hablar en español en sus películas. Después de todo, el español que se hablaba entre el mítico río Grande y el río Pecos no era el mismo que se hablaba en Andalucía. El español que se hablaba en Nuevo México se había configurado como una variedad más del español, con su personalidad propia, con sus giros regionales y con unas soluciones adecuadas para defenderse en esos territorios lejanos. El español de Nuevo México (especialmente aquel hablado en los dos tercios norte de Nuevo México y en el valle de San Luis, al sur del estado de Colorado) pronto llamó la atención de lingüistas prestigiosos (Aurelio Macedonio Espinosa, Amado Alonso, Rubén Cobos, Manuel Alvar, Garland Bills, Neddy Vigil, entre otros). Pronto aparecieron también reputados folkloristas como Enrique Lamadrid, John Donald Robb o Jack Loeffler y Kathrine Loeffler.

    Muy cerquita de esa Mesopotamia del suroeste de los Estados Unidos, a unos pocos kilómetros al oeste nos encontramos con otro río, tal vez más discreto pero, no por ello, menos importante para nuestro texto. Estamos hablando del río Puerco, que nace al noroeste del estado, en los picos de San Pedro, en las montañas Nacimiento y, pasa cerca de Cuba (en Nuevo México, claro), deja al este el conspicuo pico de Cabezón y el cerro del Cochino, se le une el Arroyo Chico entre la mesa San Luis y la mesa Chiuato; pasa al oeste de la mesa Prieta para atravesar más tarde la reserva india de Laguna, donde se le une el río San José, y desembocar en el río Grande a unos 32 kilómetros al sur de Belén. Estamos hablando de 370 kilómetros de una cicatriz seca durante una buena parte del año por la que, cuando le toca, se desbocan las aguas de las lluvias y el deshielo.

      Poco después de crearse la reserva para los indios navajos, entre los años 1860 y 1870, se fundaron una serie de plazas a las orillas del río Puerco, todas al sur de Cuba, muy cerca del pico de Cabezón. Gente, en su mayoría procedente del valle del río Grande (Albuquerque, Bernalillo, Algodones), pero también de lugares más lejanos, como Antón Chico, Puerto de Luna o Pecos, buscaron mejorar su vida en esa pequeña comarca. Casi todos, con muy pocas excepciones, eran hispanos e hispanohablantes y llevaron consigo toda una riqueza folklórica que se había conservado y desarrollado en Nuevo México durante más de dos siglos. Poblaciones como San Luis, Cabezón, Guadalupe y Casa Salazar conformaron una pequeña comarca de poco más de 700 habitantes que desarrollaron sus vidas a lo largo de casi un siglo hasta que la zona fue abandonada para 1950. Las dos Guerras Mundiales, que reclutaron a los jóvenes de la zona, y la falta de apoyo gubernamental hacia los pequeños rancheros del valle del río Puerco hizo que la comarca fuera perdiendo población progresivamente a partir de 1910 y para 1950 todos su habitantes habían abandonado la zona.

     El valle del río Puerco es el Oeste americano que le tocó vivir a Nasario García y el Oeste americano que él decidió contar al mundo. El recóndito y maravilloso Oeste americano de Nasario García. Los personajes que nos cuentan ese Oeste a través de Nasario habrían vivido durante los mismos años y prácticamente en el mismo territorio que aparecían en los periódicos del este y, sin embargo, los relatos que nos ofrece Nasario están muy lejos de los duelos al sol. Son historias sencillas de familias que trabajaban duro en la tierra y criando animales para salir adelante, para aumentar progresivamente sus lotes de tierra. Son historias de accidentes laborales, de supersticiones, de anécdotas en el campo o en el baile, de fe y de dudas ante lo incierto.

    Nasario García no nació en esta comarca del valle del río Puerco. A su madre la convencieron para que fuera a Bernalillo a casa de su madre, la abuela materna de Nasario, para que naciera en un lugar más “civilizado”[4]. Sin embargo, Nasario se crió en Guadalupe (Ojo del Padre) y, como autor, académico y folklorista, se ha dedicado a recuperar la memoria de la comarca en gran parte de su obra. Si es verdad que el ser humano pasa su vida buscando e intentando recuperar su infancia, Nasario es, no cabe duda, un ser humano ejemplar.

     En 1987, publicó Recuerdos de los viejitos, su primer volumen dedicado al folklore del valle del Río Puerco y, desde entonces, le siguió Abuelitos, Tata, Comadres y Más Antes. Todos estos libros contienen la frase “Valle del río Puerco” en su título y todos  recopilan historias o anécdotas relatadas por los propios protagonistas. Nasario se dedicó a grabar y, después, transcribir casi literalmente todas esas historias contadas por habitantes del valle del río Puerco nacidos entre el 1872 y el 1927. Los dos primeros tienen más similitudes; el tercero se distingue porque son todas historias que le contó su padre; para el cuarto, sólo utilizó las historias que le contaron las mujeres; el quinto recopila dichos, adivinanzas, cuentos, corridos, cartas, entriegas (versos cantados o recitados para los novios en una boda), canciones y alabados.

     Con estos cinco volúmenes, Nasario demuestra que su mayor interés es escuchar antes de ser escuchado. Aún publica dos libros más con carácter recopilatorio, Brujas, Bultos, y Brasas y ¡Chistes! antes de destapar completamente su lado poético con Tiempos lejanos. En el primero de esta lista, Nasario cambió de valle para entrevistar a pobladores del valle del río Pecos y transcribir sus cuentos sobre brujas y magia. Tocará el mismo tema en un libro posterior, Brujerías, en el que amplia, una vez más su ámbito e incluye a todo el suroeste de los Estados Unidos. En el segundo recopiló chistes en español por el norte de Nuevo México y el sur de Colorado (aquí todavía encontramos alguno recogido en el valle del río Puerco). En el 2004 publica su primer poemario con Tiempos lejanos.

   Aún publica dos libros más relacionados con el folklore y la tradición nuevomexicanos: Old Las Vegas, en 2005, y Fe y tragedias, en el 2010. En el primero, la legendaria ciudad de Las Vegas (la ciudad de Nuevo México, no la famosa de Nevada) y el segundo trata el tema de la fe en el mundo rural nuevomexicano.

    En 2009 Nasario publica dos libros de ficción llenos de cuentos para niños y para adultos: El Arco Iris y otros cuentos y Ruido de Cadenas. En estos dos libros, el autor puede encontrar cuentos que Nasario escuchó en su infancia y cuentos inspirados en sus propias experiencias.

     Su último libro (de momento) fue publicado en 2010. Bolitas de Oro es un poemario exquisito, otro maravilloso homenaje a su infancia en Guadalupe, en el valle del río Puerco, un homenaje a las canicas, a las bolitas de oro, como ellos las llamaban. Y es con este libro, y con su vuelta al valle del río Puerco, con el que Nasario se universaliza. La amplitud del territorio cubierto y la progresión venían reflejadas en los títulos de sus libros: valle del río Puerco, Norte de Nuevo México y sur de Colorado, suroeste de los Estados Unidos…cualquier muchacho del mundo que haya jugado a las canicas, que haya llevado pantalones cortos y las rodillas llenas de costras encontrará poemas en este libro con los que sentirse identificado.

      Tres aspectos llaman la atención en los libros de Nasario: el primero es el hecho de que Nasario no renuncie al español en ninguna de sus obras puesto que la mayoría de los textos aparecen en español y en inglés; el segundo es el respeto y la admiración del autor por los mayores, por los viejitos, de su cultura; el tercero es su afán de no idealizar en exceso el mundo que intenta describirnos. En Abuelitos, hace una clara declaración de intenciones al respecto:

      Mientras reflexiono sobre mi infancia en Guadalupe y en el valle del Río Puerco, se mantienen en mi mente numerosos y placenteros recuerdos imborrables, pero, al mismo tiempo, sería injusto regocijarnos en ellos sin admitir que, en muchas ocasiones, la tristeza, la tragedia y la pobreza también convivían con los habitantes de la zona.  Si dejamos de lado a esa realidad corremos el riesgo de dar un toque excesivamente romántico y distorsionar una forma de vida muy real. Desafortunadamente, esta tendencia asoma de vez en cuando por los relatos sobre las comunidades rurales hispanas de Nuevo México, especialmente cuando los autores son forasteros que se quedan cautivados y, tal vez, perplejos ante Nuevo México, la Tierra Encantada. [5]

      Es refrescante descubrir que tras el Oeste americano de celuloide con el que muchos de nosotros nos criamos hubo otros oestes americanos. El oeste americano forjado en español y con folklore hispano tuvo la suerte de ser encontrado, escuchado, recopilado y transcrito por el nuevomexicano Nasario García. Hubo otros oestes americanos que, desde aquí, invitamos al lector a descubrir: aquellos oestes americanos que se vivieron en navajo, en apache, en keres, en tigua, en tehua, en towa y en zuñi.

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[1] La traducción es nuestra y la cita aparece recogida por Thomas Chávez en su libro An Illustrated History of New Mexico. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002 [1992], p. 238, y cuyo texto original es: “The frontier experience has long been considered a major contributor to the development of American ideals and attitudes. New Mexico is unique among states in having a frontier heritage that lasted over 300 years. In fact, no place in North America experienced the process longer. Most areas were frontiers for only the first years of their existence and then the frontier moved further west or north.”

[2] La referencia proviene del informe “Progress of the Nation. Part II,” p. lxiii del Censo de 1890. XI Censo de los Estados Unidos. Su título original fue: Department of the Interior, Census Office. Report on the Population of the United States At the Eleventh Census: 1890, Washington D.C.: Government Printing Office, 1895. El texto original es: “In New Mexico very nearly two-thirds, or 65.11 per cent, and in Arizona very nearly three tenths, or 28.23 per cent, of the population 10 years of age and over could not speak English.”

[3] Para ampliar y contextualizar véase Habermann-López, Mary Jean. “Multilingualism in New Mexico”. Nuevo México. Ed. Roberto Mondragón. Nuevo México: New Mexico Highlands University, 2009, p. 122.

[4] Es el propio Nasario García quien utiliza esta expresión, “so that I would be born in more ‘civilized’ surroundings,” en su obra Abuelitos. Stories of the Río Puerco Valley. (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1992, p.1. Published in cooperation with the Historical Society of New Mexico).

[5] El texto original es: “As I reflect in my childhood in Guadalupe and the Río Puerco Valley, countless pleasant memories remain indelible in my mind, but, at the same time, it would be unfair to dwell on this aspect without acknowledging that sadness, tragedy, and poverty often plagued the inhabitants as well. To ignore this reality is to invite the risk of romanticizing and to distort a very real way of life. This tendency, regrettably, has appeared from time to time in writings about rural Hispano communities in New Mexico, particularly by outsiders who become enthralled and perhaps bemused by the Land of Enchantment.”

Entrevista con Tony Mares

Quedamos en el café Barelas, en Albuquerque, restaurante tradicional nuevomexicano donde, dicen, se han tomado más decisiones políticas que en el Capitolio de Santa Fe. A pesar de que el chile verde y el chile rojo nos tientan desde las mesas vecinas, hoy nos limitamos a unos cafés, mientras charlamos de lo humano y lo divino. Tony vive a unos bloques del lugar y ha llegado con una gorra calada en la que se lee Woody Guthrie, uno de sus héroes y uno de sus músicos favoritos. Tony estuvo recientemente leyendo poesía en el festival anual de música folk que homenajea a Woody Guthrie en Okemah, Oklahoma. Tony no deja de sonreír. Es una sonrisa bilingüe y multicultural. A veces, su sonrisa se parece a la del galán de una película de Hollywood. Bien americana. Otras veces, su sonrisa se asoma picarona, como la que lucen los niños españoles cuando se relamen de una reciente travesura. Por último, se descubre su sonrisa nuevomexicana, la más mestiza de todas, la más gentil. Una de esas sonrisas que se muestran cuando uno abre la puerta de su casa y te da la bienvenida. La cafeína comienza a estimular nuestra conversación.

Fernando Martín Pescador: Titulaste tu primer libro the unicorn poem (el poema del unicornio), todo con minúsculas. Tuviste la suerte de que lo prologara el poeta Ángel González, que definió el poema como “una elegía serena, sin lágrimas, en la que el dolor ante lo perdido está compensado, casi hasta el punto de la ocultación, por un vigoroso aliento épico.” Elegía y épica. Pérdida y búsqueda, siempre heroica. ¿Es ese el destino del hombre?

Tony Mares: Como todo ser humano, no sé el último destino del hombre, ni si se puede hablar de tal cosa.  Al mismo tiempo, desde el momento de nacer hasta la muerte, la vida, como decía Ortega y Gasset, es “un qué hacer.”  Y entre el hacer y el siguiente hacer se va acumulando el pasado con sus tragedias y también sus momentos efímeros de la alegría de hondo sentimiento. Sí, siempre hay pérdida y búsqueda, pero tampoco sé si es heroica o no. Lo que pasa es que el concepto del heroísmo en mi país se vuelve cada vez más chocante, militante, imperialista, de un patriotismo agrio que hace vomitar.

FMP: En los títulos de tus tres libros siguientes (Las Vegas, New Mexico: A Portrait, Padre Martínez: New Perspectives from Taos y I Returned and Saw Under the Sun: Padre Martínez of Taos) aparece explícito uno de los temas más recurrentes de tu obra: tu tierra, Nuevo México, su historia y su gente. ¿Es ahí donde el poeta, dramaturgo e historiador Tony Mares comienza su búsqueda?

TM: Sí. Desde niño, mis padres me hicieron saber que la historia nuevomexicana era mucho más de lo que contaban en la enseñanza oficial. Aquí comenzó la búsqueda.  Pero no acaba aquí. Como se ve en muchos de mis poemas, con todo respeto a mis raíces nuevomejicanas, el mundo es mucho más amplio.

FMP: Efectivamente, te doctoraste en Historia de Europa y me consta que sientes curiosidad por el mundo que te rodea. Otra prueba de ello es que, en la actualidad, estás terminando un libro de poemas que conectan la Guerra Civil española con nuestro presente. Haciendo gala, una vez más, de tu generosidad, has compartido conmigo parte del Tony Mares en plena efervescencia creativa y te he visto gozoso. Ilusionado. ¿Qué supone para ti la creatividad literaria?

TM: Hay muchas maneras de obrar, de trabajar en el mundo.  Una persona puede ser carpintero, herrero, secretaria, escritor, lo que sea. Lo importante, para mí, es hacer algo, algo constructivo que añade a lo menos un poquito de valor a este gran teatro del ser humano. Entonces, para mí la creatividad literaria, como la creatividad del pintor o del músico, ayuda a explicarnos a nosotros mismos. Y eso vale la pena porque estamos muy lejos de entendernos, de hacer de la vida algo que se pudiera compartir entre todos con paz y con respeto para todos. Esto implica un nivel de amor a nuestra especie que todavía se ve allá, más allá del horizonte del mundo contemporáneo. Las cosas, los animales, las personas que conocemos, el verdadero ambiente físico y emotivo en que vivimos vale mucho más que las ideologías gastadas, las abstracciones que matan.

FMP: Ideologías. Me has contado en más de una ocasión que al tema de las ideologías le has dedicado tus buenos ratos de pensamiento. Dicen, aunque yo no estoy completamente de acuerdo con esa afirmación, que la Guerra Civil Española fue la última guerra que se luchó por ideales. Por ideologías enfrentadas. ¿Crees que es esta ha sido una de las razones que te han llevado a escribir este libro? ¿Qué otras razones te han motivado a escribir sobre una guerra? ¿Sobre una guerra civil? ¿Sobre la guerra de España?

TM: Ojalá que fuera la Guerra Civil Española la última guerra ideológica, pero, lástima, no creo que vaya a ser así. Nomás hay que leer los periódicos de cada día para ver que las ideologías predominan en el mundo político y social. Para mí, las ideologías, incluso las más fuertes, que son todas las religiones, corresponden a una dura necesidad humana de estructuras verticales de autoridad moral que tienen fuertes raíces en un pasado remoto, un poco misterioso. Entonces, como lo veo yo, estamos en proceso de una lenta evolución histórica que pudiera durar siglos y siglos hasta que lleguemos, bien cansados del largo camino, a una época sin ideologías. Entonces comenzará la verdadera historia humana y nuestros descendientes se harán la pregunta: ¿Cómo pudimos salir de esos largos tiempos salvajes?

Muchas cosas me han llevado a escribir este libro: el recuerdo de charlas ocasionales sobre la Guerra Civil Española en mi casa; el impacto de las conferencias y novelas de Ramón Sender; la experiencia mía con gente de izquierdas (como yo) en el movimiento de derechos civiles (the Civil Rights Movement) en el que yo fui activista y tengo mucho orgullo de haber participado de una manera bastante activa; las charlas con veteranos de la Brigada Lincoln (perteneciente a las Brigadas Internacionales); hasta las canciones de Woody Guthrie, que tenían muchas veces que ver con la Ruta 66. Pues, desde el patio posterior de la casa de mi abuela, de niño yo podía tirar piedras a la Ruta 66. Jugaba yo muchas veces en la mera Ruta 66 que pasaba muy cerca de la plaza vieja de Albuquerque.

Debiera añadir que al parecer mío los EEUU, como una nación, está bien metida en un vulgar y destructivo imperialismo. Y las actitudes de ciertos americanos (hablo de los adinerados y poderosos en este país) me recuerdan mucho a sus tercos y fatídicos homólogos españoles. Entonces tengo el deseo de decir a mis compatriotas, especialmente a los jóvenes, que ya estamos en rumbo peligrosísimo. Creo que la única manera de evitar un cruel porvenir universal es, a lo menos, empezar a reflexionar en el daño que nos hemos hecho, pensar en el porvenir, y tratar de vivir con más compasión para los que no creen como nosotros. Pero tendrá que ser compasión de todos para todos. Y, aunque estemos muy lejos de eso, con mi libro de poemas quiero hacer algo de arte que pudiera, con suerte, empujarnos a todos un poco más allá hacia la frontera de un mundo mejor, algo que nos recuerde que la Guerra Civil Española, aunque sí que fue una tragedia, sigue siendo tragedia hoy día y espejo terrible de lo que está ocurriendo en el mundo y probablemente seguirá ocurriendo. Mas hay que empezar un cambio. Para mí, este pequeño libro de poesía es un paso, y solo un paso, hacia ese mejor porvenir tan deseado. Como dijo Jesús o Gandhi, si lo hubiera pensado, “todo cambio en el mundo comienza con la persona y el primer paso que da hacia ese cambio.”

FMP: Te iba a preguntar cuántos poemas crees que son necesarios para detener la detonación de una pistola pero creo que, de alguna forma, lo has respondido ya. Cambiaré de derroteros. Has publicado poesía, ensayo, teatro, columna de opinión periodística, relatos breves, publicaste un libro con poemas de Ángel González traducidos al inglés… Aquí van mis mil preguntas en una: ¿qué género escribes con más comodidad? ¿Qué escribes con más placer? ¿Hay alguna razón por la que no hayas publicado una novela?

TM: Bueno, es una lástima, pero parece que no hay poema que pueda detener la bala de una pistola. Al mismo tiempo, la combinación de todas las balas, bombas, granadas y cohetes de tantas guerras, no han podido acabar con la necesidad humana de hacer arte en múltiples formas, incluso la poesía. De esa necesidad, a lo menos para mí, viene la esperanza de que algún día, en un futuro muy lejano, aprenderemos a vivir en paz, gozar de todo lo bueno de la vida, y dejar atrás para siempre esta obsesión de matar al prójimo. No creo (a diferencia de los fieles de religiones autoritarias) que estemos condenados con un pecado original que configura el mundo como una lucha maniquea entre lo bueno y lo malo hasta el fin del mundo. Creo que, de veras, podemos evolucionar, pero claro eso cuesta mucho tiempo, posiblemente demasiado tiempo. Mientras, tenemos la esperanza del arte y, por supuesto, del buen ejemplo de tantas personas buenas en el mundo.

De todos los géneros al alcance del escritor/a, favorezco la poesía.  Es para mí la más natural manera de compartir una visión del mundo con todos. Y además, escribir poemas es un gran placer porque se acerca a la música y a todo el mundo (menos quizás a los tristones) le gusta la música. 

He pensado mucho en la cuestión de la novela. Aprecio mucho a los novelistas, y ya sabes que leo novelas en inglés y en español. Trato de leer las mejores novelas contemporáneas pero no soy un Marcelino Menéndez Pelayo (de quien se dice que leyó todos los libros de la Biblioteca Nacional, aunque no lo creo) y, a veces, leo muy despacio. La novela es un gran cuento, como un tren compuesto de muchos coches, y que contiene muchos cuentos cortos. Para los que quieren compartir un gran cuento de la vida con los demás en una novela, pues eso me parece perfectamente bien y se lo agradezco a los novelistas.

Ya que escribo muchos poemas narrativos, en cierto sentido, hay a lo menos una novela implícita en estos poemas. Pero leer y pensar en la poesía requiere una atención, un poder de concentración formidable que a muchos lectores no les gusta.  Se puede leer fácilmente cien páginas de una novela en una sentada, a veces, pero los poemas se leen como una lucha por la vida, para seguir viviendo, poema tras poema. Para de veras ser poeta, o tener interés en la poesía, hay que ser más o menos un guerrero literario, un guarda, hasta la muerte, de esta forma estética tan intransigente en proclamar verdades hondas en forma de metáforas, símbolos, y varias estructuras verbales y visuales, y de sonidos (a veces sonidos interiores, en la cabeza). Debiera añadir que creo que es verdad lo que Philip Levine atribuye a Yvor Winters, que todo poeta “coqueteaba con la locura y con su propia autodestrucción…” (“According to Winters, all who wrote poetry flirted with madness and self-destruction…” Levine, The Bread of Time, p. 239). Y también quiero añadir que, aunque ya muy viejo y, quizás, ya muy tarde, como Rubén Darío, todavía me acerco a los rosales del jardín (la novela), y aunque no sea probable, quién sabe si hago algo o no con la novela. Quién sabe, ¡pudiera yo resultar un viejo verde de la novela!

FMP: No será porque te falte la inspiración. Vives con una novelista formidable, Carolyn Meyer, tu esposa. ¿Cómo convive un matrimonio de escritores? ¿Habláis de literatura en el desayuno? ¿Almorzáis leyendo los manuscritos del otro? ¿Conformáis el parnaso de la Avenida Gold, en Albuquerque? ¿Os habéis apoyado en vuestras carreras literarias a lo largo de todos estos años?

TM: Cómo dices, Fernando, Carolyn Meyer es una novelista formidable. Siempre lo llevamos muy bien. Siempre nos hemos apoyado en nuestras distintas pero relacionadas carreras. Como novelista de obras para adolescentes, y al parecer mío para adultos también, Carolyn es la más disciplinada escritora que he conocido.  Trabaja horas y horas en escribir sus novelas.

Creo que convivimos bien porque respetamos mucho la manera distinta de escribir que tenemos. Ella organiza el horario de una manera regular. Yo, aunque escribo muchas horas, tengo un horario que sigue mis estados interiores y no el reloj.  Es decir, algunas veces, muy raras veces, escribo muy de mañana. Generalmente, escribo después de las diez de la mañana, y por la tarde escribo de vez en cuando.  De noche, estoy a mis anchas como escritor. Me gusta escribir desde más o menos las siete de la tarde hasta medianoche.

En el desayuno y el almuerzo, hablamos de muchas cosas. A veces ella comparte conmigo un problema narrativo que está tratando de resolver. Otras veces, yo le hablo de  ciertas dificultades de la poesía. Ella me escucha con compasión y trata de ayudarme cuando eso es posible. Me ayuda especialmente con ciertas palabras del inglés, que es un idioma con sus propios misterios. También, de vez en cuando, leemos secciones de las obras que venimos escribiendo.

En cuanto al parnaso, pues, los dos hemos viajados juntos al Monte Parnaso en la Grecia y creo que nos quedamos con un impacto fuerte de los dioses, y diosas, literarios que gozan de la vida allí, y que, por buena fortuna, visitan, de vez en cuando,  la Avenida Gold, donde vivimos en Albuquerque, a veces disfrazados de transeúntes y, otras,  de clientes de las cafeterías que hay debajo de nuestra casa. En todo caso, son dioses que aparecen como grandes consumidores de café.

FMP: Estoy de acuerdo contigo: cada idioma tiene sus misterios. A ti, desde pequeño, te enseñaron a desvelar muchos de esos misterios en dos idiomas, el español y el inglés y nunca has renunciado a ninguna de esas dos lenguas. Todo lo contrario, siempre has intentado seguir descifrando los misterios de la vida y de tu literatura en ambos idiomas. ¿Cómo ha sido tu experiencia vital y literaria en los dos idiomas?

TM: Pues, quizás es natural que haya publicado más en inglés, ya que vivo en un país que muchas veces se jacta de su condición fatal de monolingüismo.  Al mismo tiempo, desde joven adolescente, me preocupaba que tantos nuevomejicanos que yo conocía despreciaran a los mexicanos y se creían “puros españoles,” porque tenían la mitología de que eran descendientes de los conquistadores españoles y no sé qué.  Creían y, por supuesto algunos de estos siguen creyendo, que hay una separación radical de sangre entre los mexicanos y los “españoles” de este lado del río Grande.  Es decir, es una forma de racismo que desafortunadamente se practica también al otro lado de la frontera (también mítica, aunque vestida con trapos de un feo nacionalismo a los dos lados de la frontera).  Un ejemplo es cuando los mexicanos se refieren a los hispanoparlantes de este lado del río como “pochos,” y que hablamos un español “pocho.” Como si nosotros tuviéramos la culpa de haber nacido aquí en EEUU y no en México. Pues esa actitud no mejora la comprensión entre estas dos manifestaciones de culturas complejas que no se pueden reducir a categorías banales que los trogloditas de la política a veces quieren imponer.

Debiera añadir, aquí, algo que me ha desilusionado con ciertos aspectos del movimiento chicano. Es el énfasis negativo que muchos chicanos han puesto en la colonización española. Al parecer mío, no se debe confundir lo malo de cualquier colonización con el valor del idioma. ¿Rechazar a Shakespeare o a Cervantes o sus idiomas porque los colonizadores eran muy, muy malos con nosotros? Es una estupidez que da asco. Hacer vivir y ayudar a mantener la vitalidad de los idiomas indígenas, ¡pues eso sí! Expresarse bien al hablar y escribir idiomas, ¡pues eso también sí! Para los hispanoparlantes de EEUU, o los hijos o nietos de hispanoparlantes, si todavía les queda un eco, un recuerdo, del hablar de algunos de sus antepasados, pues creo que pudieran enormemente amplificar su propia cultura y llegar, al mismo tiempo, a un entendimiento más profundo del mundo y del rumbo hacia el porvenir en que todos abrimos camino.

Ya que quizás por la vejez me queda poco tiempo para escribir, quiero hacer más esfuerzos en español porque así, con un poco de suerte, podré, por medio de poemas, ensayos, ficciones, dialogar con el mundo que se forma a nuestro alrededor.  Y ese mundo será multilingüe, multicultural, pese a los torpes nacionalistas que abundan por dondequiera.

Esta es una respuesta un poco larga para decir que mi experiencia vital y literaria sigue adelante a todo vapor.

FMP: Experiencia vital y literaria. Parece que, en tu ser, han ido de la mano a lo largo de toda tu existencia. En la Universidad de Nuevo México, fuiste alumno de Ramón J. Sender; más tarde, colega, amigo y traductor de Ángel González; tu nombre, Tony Mares, coincide con el nombre del protagonista de Bendíceme, Última (Antonio Márez), de Rudolfo Anaya, la novela nuevomexicana por antonomasia (no me olvido de tu primer nombre y algún día te preguntaré sobre la importancia de llamarse Ernesto)…Recuerdo que un día me contaste una anécdota de tu juventud que no se me ha ido de la cabeza. Andabas de estudiante en la Universidad, intentando decidir qué querías hacer con tu futuro, cuando, un día, entraste en la biblioteca central de la Universidad. Miraste hacia todo el mar de libros y a la gente estudiando en silencio. Saliste al jardín del campus inmediatamente y miraste a todas las chicas hermosas que estaban sentadas en la hierba, en grupos o solas, leyendo un libro a la sombra de un árbol. Volviste a entrar en la biblioteca y te preguntaste: “Tony, ¿es esta la vida que quieres llevar?” Me consta que has llevado (y llevas) una vida plena, entre libros pero también llena de experiencias vitales enriquecedoras. Cuéntanos qué experiencias literarias y qué experiencias vitales han influido más e influyen, todavía, en tu literatura y en tu forma de vivir.

TM: Voy a responder a estas preguntas pero, primero, déjeme hablar un poco de mi actitud frente a la educación.  Nada puede igualar el ambiente del hogar si la familia es inteligente y aprecia la educación. Mis padres querían una educación universitaria pero los terribles años de la depresión mundial les cortó esa posibilidad, aunque los dos sí obtuvieron más educación en sus años maduros.  Mi padre era maquinista, mi madre, secretaria en una unión de obreros. Él cumplió casi dos años de estudios universitarios y mi madre hacía varios estudios, leía muchísimo, y resultó ser una de las periodistas para una publicación de obreros. Menciono todo esto porque el ambiente casero era uno de mucho discutir, pensar, debatir, de todo – de la política, de la religión, de las guerras, y un sinfín de cosas. Es decir, sin necesidad de mencionarlo, mis padres demostraron un ambiente culto de leer, reflejar, y considerar opciones de ganar el pan.  Aun antes de salir de la escuela secundaria, mis hermanos y yo trabajábamos, como se dice aquí “con la pica y la pala” en proyectos de construcción. Pronto aprendimos que la educación universitaria nos daría más posibilidades en el futuro. Lo resultado es que mi hermano más menor es un músico sobresaliente, el menor es profesor de biología y dirigió el museo de historia natural en la universidad de Oklahoma, y ha ganado muchos honores.  Entonces resulta que yo, el mayor, aunque educado en varias universidades, aunque con el doctorado en Historia de Europa, nunca me sentí de veras en mi casa en el mundo de la educación organizada. Yo diría esto: para ganar el pan es bueno tener una educación formal, si uno no nace rico.  Pero hay que tener en cuenta que la universidad generalmente existe para mantener el status quo de las instituciones y organizaciones de la educación. Es decir, con raras excepciones, la universidad no existe para promover la creatividad artística.

Por ejemplo, yo de joven estudiante graduado, de veras creía, como ingenuo, casi como simplón, diría yo ahora, que las universidades creían en la educación multidisciplinaria. En la mayoría de los casos es mentira. Si uno quiere estudiar al nivel avanzado, por ejemplo, algún aspecto de la historia de España y la música griega de la misma época, y si uno tiene la gran fortuna de encontrar una universidad donde se puede tomar cursos o asistir a conferencias de crédito académico en esos dos campos, pronto descubrirás que, si estás metido en un departamento, una “disciplina,” como se dice, entonces estudiar en otro departamento quita dinero al primer departamento. En el caso más negativo, la universidad puede ser un batiburrillo de intereses creados. Todo esto viene a decir que si uno tiene una gran curiosidad para entender algo del mundo, para contribuir algo a ese mundo, pues hay que desplegar las velas de tu barco y lanzarte al mar siempre incierto de la creatividad.

Ahora bien, no todos tenemos buen ejemplo de educación en la casa.  Entonces, claro, se necesitan buenos maestros para estimular a los estudiantes a aprender. Mucho más fácil decirlo que hacerlo, lo sé.  Pero quiero decir algo aquí.  Para mí, hay un conflicto horrible en el capitalismo que no se puede resolver.  El sistema capitalista requiere una masa de consumidores de productos. Pues, esa masa necesita a lo menos un nivel mínimo de educación para convertirse en seres consumidores. Si la educación inspira demasiado análisis, hace demasiadas preguntas, pues ese camino pudiera dar a otras maneras de ajustar la logística económica a las necesidades humanas más profundas que el consumo. ¿Pensar? ¿Hacer análisis? ¿Entender y cambiar el mundo? ¡Qué horror!  Al mismo tiempo, cada uno de nosotros, a mí se me hace, con la música, con el arte, con la literatura, con la ciencia, y a todo vapor y con la vela izada en nuestro propio barco, podemos hacer algo, algo, como dice mi amigo Nasario García, para no perder el tiempo para nosotros y para el mundo que nos queda.

Entonces, sí he llevado, y llevo, una vida plena de pensar, reflexionar y escribir.  He trabajado como obrero, como camarero (mala experiencia para los comensales), de camionero, de burócrata en varias agencias de salud y educación, de conservador de museo, de maestro y profesor en varias escuelas y universidades. He aprendido mucho, naturalmente, en estos empleos.

Mas como escritor, como poeta, he aprendido más dando un paseo por la calle, viajando en autobús por España y Portugal, caminando a pie por la ensenada de Cook en Alaska, que en cualquiera clase universitaria, con algunas buenas y raras excepciones, naturalmente.

Las influencias literarias en mi vida han sido plurales y de muchas fuentes. He leído mucho de la literatura española de todos los siglos. Algunos que especialmente me han influido, por supuesto, los grandes como Cervantes, Lope de Vega, Góngora el poeta, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y el gran anónimo que escribió una de mis novelas favoritas, Lazarillo de Tormes. Entre los más recientes, los novelistas Benito Pérez Galdós, Valle Inclán, Ramón Sender, y un sinfín de poetas contemporáneos y casi contemporáneos.  Nomás voy a mencionar a Antonio Machado, Neruda, Vallejo, Lorca, León Felipe, Jaime Sabines, Miguel Hernández, José Hierro, Blas de Otero, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Luis Montero, y muchos, muchos más.  Claro, no hace falta mencionar a Ángel González.

Voy a pasar por alto algunos escritores en español que todo el mundo ha leído y también los escritores norteamericanos, de los cuales he leído “un montón,” como decimos aquí, de estos poetas y novelistas.

En el mundo chicano literario, hay tantos buenos escritores, incluso muchos que yo conozco personalmente, que no quiero mencionar algunos y así excluir a otros.  Entonces me limito a mencionar solamente tres de estos escritores. Rudolfo Anaya, que es, como tú lo expresas, el novelista sobresaliente nuevomejicano y de mucha fama y que yo aprecio, como decimos aquí, porque es buena gente. Por pura casualidad, el protagonista de su novela famosa se llama Antonio Marez. Y me gusta el personaje. Otro escritor, poeta que debiera recibir más atención, es mi viejo amigo Leroy Quintana, que vive ahora en California. Finalmente, quiero mencionar un gran pensador y filósofo nuevomejicano a quien también se debiera leer más, Tomás Atencio.

Para el porvenir, que nunca llega, como decía Ángel González, he comenzado una nueva colección de poesía lírica.  Vamos a ver a dónde llega.  Mientras tanto, vivir y vivir, gozar de la vida y dejar que los demás vivan y gocen también.

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Nuestras tazas de café han sido rellenadas varias veces. La camarera, bilingüe como el estado de Nuevo México y como la realidad que rodea el barrio de Barelas, en Albuquerque, se ha dirigido a nosotros en inglés, primero, y en español en cuanto ha escuchado algunas de nuestras palabras. He notado que así actúa al acercarse a cada mesa. Ninguno de los dos teníamos muchas ganas de levantarnos pero, al final, hemos pagado a la entrada y nos hemos despedido con un abrazo. He esperado a que Tony llegara hasta su coche y he disfrutado la última sonrisa que me ha concedido mientras el acelerador de su camioneta nos alejaba espacialmente en la cuadrícula callejera de la ciudad de Burque.

 

Trainspotting 2

La última vez que estuve en Edimburgo (2014), me alojé en unos apartamentos que estaban al lado del bar donde filmaron la escena del billar en la película Trainspotting. Me costó recordar la escena. La tuve que ver otra vez y me costó reconocer el pub en la película, que parecía desfigurado en miles de formas. Recuerdo que Trainspotting, la película, no me convenció, a pesar de que me encanta todo (casi) que hace Boyle, McGregor y Carlyle. Luego está la conexión con Federico. Federico estudió conmigo la carrera en Zaragoza. Era un pelín mayor que nosotros y sabía cien veces más inglés. A Federico le encantaban los Jam y tocaba la guitarra. También le gustaba compartir cervezas con nosotros en la Gruta y siempre tenía una sonrisa para nuestros disparatados comentarios. Cuando acabamos la carrera, Federico se fue a Glasgow o a Edimburgo. Al volver a España, parecía la persona idónea para traducir Trainspotting al español y así lo entendió Anagrama. Un día, años más tarde, me lo encontré por la calle y le dije, «deberían haberte encargado a ti la traducción de Trainspotting», a lo que él me respondió, «así fue. Me lo encargaron a mí y la traducción es mía». Hoy he visto Trainspotting 2. He ido con pereza pero se ha ofrecido la oportunidad de verla en inglés en los multicines cercanos a casa. Cuando he comprado la entrada me han dicho que íbamos a estar siete personas en la sala. Ha comenzado la película y la han proyectado en español. Me he tenido que levantar y pedirles que la pusieran en inglés, como habían anunciado. Había salido de casa para poder escuchar a los actores con el acento o dialecto denominado Broad Scots, que es, posiblemente, la variedad del inglés que menos se parece al inglés. Trainspotting 2 es un ejercicio de nostalgia. El protagonista tiene 46 años, le da un no sé qué al corazón pero, en el hospital, le meten algo, lo arreglan y le dicen que, con eso, puede vivir otros 30 años más sin problemas. Al tío le hacen polvo porque no tenía previsto vivir tanto y no sabe qué hacer con el resto de su vida. Tengo la sensación de que, antes, cuando alguien llegaba a los 46 años, ya tenía la vida encarrilada y tan solo debía dejarse caer. Muchos de nosotros, con 46 años, no sabemos qué vamos a hacer y nos angustia pensar que aún quedan 30 años más. Supongo que, como no me he pinchado nunca, no entendí la conexión generacional con Trainspotting. Sin embargo, sí que he conectado generacionalmente con la segunda parte, la parte en la que, a los cuarenta y muchos, te dicen que te quedan unos treinta más y a ti se te han acabado las ideas para el guión de tu vida. Pero enseguida me sale la vena optimista. Tal vez, sin guión y sin ideas, lo mejor está por llegar. Sigo esperando a que los productores de los Simpson me contacten a través de mi blog y me digan que quieren que colabore con ellos en la escritura de uno de los episodios de la próxima temporada.

Justicia poética

Alcohol de quemar. Miguel Mena. Tropo editores, Zaragoza, 2014. 169 páginas.

           Durante cuatro años estuve trabajando en colaboración con el Ministerio de Educación de Utah, en los Estados Unidos. Allí, auspiciado y organizado por la Universidad Brigham Young, tenían un programa anual gracias al cual un centenar de educadores de la escuela pública de primaria y secundaria tenían un viernes libre al mes para hablar sobre la democracia. Ese viernes, los distritos escolares mandaban a un sustituto y los profesores elegidos cada año se reunían en un hotel para hablar sobre la democracia. Cuatro horas por la mañana y tres por la tarde. Se les invitaba a comer en el mismo salón de reuniones del hotel (un menú del día correcto pero sin excentricidades) y la inercia les invitaba a seguir hablando sobre la democracia durante la comida. Cada año elegían a 100 maestros diferentes con lo que, a lo largo de los años, muchos maestros de Utah (con una población de unos dos millones de habitantes) tenían la oportunidad de participar en el programa.

Si todo lo anterior flota sobre nubes de utopía, lo que vivimos en España en estos tiempos se acerca más a un nubarrón distópico. Parece que, en los últimos años, vamos atravesando la actualidad como si de un riachuelo se tratase. Nos vamos apoyando con rapidez en las rocas que sobresalen (los trending topics), parece que sean las únicas noticias que tienen posibilidades de competir con lo trivial, con el fútbol y con el tiempo que hará durante la semana. Nos dejamos llevar por el ruido banal, por el que grita más alto o por el mensaje que se repite más veces. El medio de comunicación más extraordinario del siglo XXI, Internet, no ayuda mucho. La cantidad de páginas sobre una noticia es tal que es difícil encontrar el tiempo y, a veces, el criterio para hacernos una idea de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Miguel Mena tiene claro que para atravesar el riachuelo de la actualidad hace falta pisar las piedras más pequeñas y sumergidas en el agua,  hace falta mojarse, hace falta reflexionar sobre las noticias que recibimos, hace falta dialogar con las personas que tenemos cerca y hay que actuar. Hay que actuar de forma individual, como Adrián Pérez Bermejo, el protagonista de Alcohol de quemar, o hay que agruparse como la asociación de afectados por accidentes a la cual acude Adrián por iniciativa de su novia.

Alcohol de quemar es una reflexión sobre la justicia y, como aquí no tenemos un programa como el que organiza la Universidad Brigham Young con el Ministerio de Educación de Utah, Miguel Mena nos invita a reflexionar sobre este tema tan importante a través de su novela, a través de un diálogo que el protagonista entabla con el lector de manera unamuniana. En el momento en el que se comete una injusticia, no nos podemos olvidar de las reparaciones (físicas y anímicas) a las víctimas, no podemos descuidar la justa pena para los culpables, tenemos que tener en cuenta que hay una serie de profesionales para los que la justicia se convierte en el día a día de su jornada laboral (jueces y abogados, funcionarios penitenciarios, psicólogos y trabajadores sociales),  y, sobre todo, debemos recordar que la justicia, además de ser un acto social, se lleva a cabo dentro de cada uno de nosotros.

El formato de novela podría llegar a distraernos. Sin embargo, Mena consigue crear la tensión dramática sin florituras, sin caer en el artificio o en el sentimentalismo. De manera metódica y ordenada, el protagonista habla con el lector, le explica cada uno de los puntos de vista posibles sobre un acontecimiento ocurrido en 1991 en la provincia de Zaragoza y lo compara con uno similar ocurrido en California en 1957. Descubre que la justicia ha sido distinta a lo largo de la historia y nos hace ver que la justicia es diferente, también, en cada uno de los puntos del planeta. Algunos de los protagonistas de la novela se preguntan si existe la justicia divina. De lo que Miguel Mena está seguro es de que Alcohol de quemar es su novela y que en ésta no puede faltar la justicia poética.

Felicidad

Yo sé que los buenos lectores no van buscando el libro perfecto. Yo tampoco. Si fuera así, deberíamos empezar por definir qué es la perfección. Y, hoy en día, hasta deberíamos comenzar por definir lo que es un libro. No, los buenos lectores se dedican a leer y a disfrutar de la lectura. Los libros les hacen reír, sonreír, angustiarse, preocuparse. Los libros les dan información, falsa y verdadera, les entretienen y les emocionan. Y  todos esos sentimientos facilitan la felicidad del lector. Aquí debemos recordar que una persona puede ser, a la vez, padre, oficinista, marido, amigo, presidente de la comunidad de vecinos y lector. Y no estamos diciendo que la lectura de libros vaya a hacerle feliz en todas sus facetas vitales. No.

No buscaba, pues, el libro perfecto. Y lo he encontrado. Y lo que me hace feliz no es haberlo encontrado. Después de todo, ahora me siento como Indiana Jones tras recuperar el arca perdida. El  arca acaba embalada en una caja de madera dentro de un enorme almacén lleno de otras cajas de madera. Como no tengo una estantería para libros perfectos, tendré que depositarlo en una estantería junto al resto de mis libros. Como mucho, podré ponerlo al lado de mis libros favoritos, aunque ningún otro sea perfecto.

Haber encontrado el libro perfecto no me hace feliz. Lo que me hace feliz, como lector y como muchas otras cosas que soy, es que el libro perfecto lo haya publicado la editorial Xordica de mi amigo Raúl Usón; lo que me hace feliz es que la edición y la introducción sean de mis amigos Eva Puyó e Ismael Grasa y lo que me hace más feliz es que el libro esté escrito por mi primo Félix Romeo. Ya sé, ya sé. Tras conocer todos estos datos, el lector pensará que no puedo ser objetivo a la hora de definir este libro como un libro perfecto. Piensen lo que quieran. Es como si la hija de Picasso no pudiera decir que su padre pintaba muy bien. Yo lo atribuyo, una vez más, a una casualidad y, sobre todo, a mi buena fortuna. Tengo mucha suerte. Y una de las razones por las que tengo mucha suerte es porque el autor del libro perfecto es mi primo Félix Romeo.

Por qué escribo, de Félix Romeo (Xordica, 2013) es el libro perfecto. Es perfecto porque, como un almanaque, está lleno de millones de pequeños datos de interés. Es perfecto porque, como un libro de autoayuda, nos guía a ser mejores personas del siglo XXI. Es perfecto porque, como un libro interactivo, habla con nosotros y nos escucha. Es perfecto porque, como la Declaración de los derechos humanos, defiende la libertad de cada uno de los siete mil millones y pico de personas que habitamos este planeta. Libertad, igualdad, fraternidad. Es perfecto porque defiende al amor por encima de todas las cosas. Es perfecto porque exalta cada una de las manifestaciones culturales del hombre. Es perfecto porque defiende la comunicación. Es perfecto porque esta colección de artículos de Félix Romeo es la mejor biografía de Félix Romeo que se podría publicar. Porque, si, como dice Félix en el libro, “todas las vidas, por mucho que sepamos de ellas, siempre están sesgadas y llenas de sombras, y eso es lo que las hace atractivas,” siempre será “mejor escuchar a Sophie Calle hablar de sus fotografías que escuchar a alguien que no era Sophie Calle hablando de lo buena que es Sophie Calle.”

Todos brillamos. Todos. Creo que admirar y celebrar a las personas que brillan más nos hace grandes. Félix brillaba. Brillaba mucho. A lo largo de su vida, escribió el libro perfecto. Ismael y Eva lo recopilaron, lo editaron y escribieron una hermosa introducción para él. Raúl publicó el libro. Yo sólo soy un primo. Y hoy soy feliz.