Entrevista con Tony Mares

Quedamos en el café Barelas, en Albuquerque, restaurante tradicional nuevomexicano donde, dicen, se han tomado más decisiones políticas que en el Capitolio de Santa Fe. A pesar de que el chile verde y el chile rojo nos tientan desde las mesas vecinas, hoy nos limitamos a unos cafés, mientras charlamos de lo humano y lo divino. Tony vive a unos bloques del lugar y ha llegado con una gorra calada en la que se lee Woody Guthrie, uno de sus héroes y uno de sus músicos favoritos. Tony estuvo recientemente leyendo poesía en el festival anual de música folk que homenajea a Woody Guthrie en Okemah, Oklahoma. Tony no deja de sonreír. Es una sonrisa bilingüe y multicultural. A veces, su sonrisa se parece a la del galán de una película de Hollywood. Bien americana. Otras veces, su sonrisa se asoma picarona, como la que lucen los niños españoles cuando se relamen de una reciente travesura. Por último, se descubre su sonrisa nuevomexicana, la más mestiza de todas, la más gentil. Una de esas sonrisas que se muestran cuando uno abre la puerta de su casa y te da la bienvenida. La cafeína comienza a estimular nuestra conversación.

Fernando Martín Pescador: Titulaste tu primer libro the unicorn poem (el poema del unicornio), todo con minúsculas. Tuviste la suerte de que lo prologara el poeta Ángel González, que definió el poema como “una elegía serena, sin lágrimas, en la que el dolor ante lo perdido está compensado, casi hasta el punto de la ocultación, por un vigoroso aliento épico.” Elegía y épica. Pérdida y búsqueda, siempre heroica. ¿Es ese el destino del hombre?

Tony Mares: Como todo ser humano, no sé el último destino del hombre, ni si se puede hablar de tal cosa.  Al mismo tiempo, desde el momento de nacer hasta la muerte, la vida, como decía Ortega y Gasset, es “un qué hacer.”  Y entre el hacer y el siguiente hacer se va acumulando el pasado con sus tragedias y también sus momentos efímeros de la alegría de hondo sentimiento. Sí, siempre hay pérdida y búsqueda, pero tampoco sé si es heroica o no. Lo que pasa es que el concepto del heroísmo en mi país se vuelve cada vez más chocante, militante, imperialista, de un patriotismo agrio que hace vomitar.

FMP: En los títulos de tus tres libros siguientes (Las Vegas, New Mexico: A Portrait, Padre Martínez: New Perspectives from Taos y I Returned and Saw Under the Sun: Padre Martínez of Taos) aparece explícito uno de los temas más recurrentes de tu obra: tu tierra, Nuevo México, su historia y su gente. ¿Es ahí donde el poeta, dramaturgo e historiador Tony Mares comienza su búsqueda?

TM: Sí. Desde niño, mis padres me hicieron saber que la historia nuevomexicana era mucho más de lo que contaban en la enseñanza oficial. Aquí comenzó la búsqueda.  Pero no acaba aquí. Como se ve en muchos de mis poemas, con todo respeto a mis raíces nuevomejicanas, el mundo es mucho más amplio.

FMP: Efectivamente, te doctoraste en Historia de Europa y me consta que sientes curiosidad por el mundo que te rodea. Otra prueba de ello es que, en la actualidad, estás terminando un libro de poemas que conectan la Guerra Civil española con nuestro presente. Haciendo gala, una vez más, de tu generosidad, has compartido conmigo parte del Tony Mares en plena efervescencia creativa y te he visto gozoso. Ilusionado. ¿Qué supone para ti la creatividad literaria?

TM: Hay muchas maneras de obrar, de trabajar en el mundo.  Una persona puede ser carpintero, herrero, secretaria, escritor, lo que sea. Lo importante, para mí, es hacer algo, algo constructivo que añade a lo menos un poquito de valor a este gran teatro del ser humano. Entonces, para mí la creatividad literaria, como la creatividad del pintor o del músico, ayuda a explicarnos a nosotros mismos. Y eso vale la pena porque estamos muy lejos de entendernos, de hacer de la vida algo que se pudiera compartir entre todos con paz y con respeto para todos. Esto implica un nivel de amor a nuestra especie que todavía se ve allá, más allá del horizonte del mundo contemporáneo. Las cosas, los animales, las personas que conocemos, el verdadero ambiente físico y emotivo en que vivimos vale mucho más que las ideologías gastadas, las abstracciones que matan.

FMP: Ideologías. Me has contado en más de una ocasión que al tema de las ideologías le has dedicado tus buenos ratos de pensamiento. Dicen, aunque yo no estoy completamente de acuerdo con esa afirmación, que la Guerra Civil Española fue la última guerra que se luchó por ideales. Por ideologías enfrentadas. ¿Crees que es esta ha sido una de las razones que te han llevado a escribir este libro? ¿Qué otras razones te han motivado a escribir sobre una guerra? ¿Sobre una guerra civil? ¿Sobre la guerra de España?

TM: Ojalá que fuera la Guerra Civil Española la última guerra ideológica, pero, lástima, no creo que vaya a ser así. Nomás hay que leer los periódicos de cada día para ver que las ideologías predominan en el mundo político y social. Para mí, las ideologías, incluso las más fuertes, que son todas las religiones, corresponden a una dura necesidad humana de estructuras verticales de autoridad moral que tienen fuertes raíces en un pasado remoto, un poco misterioso. Entonces, como lo veo yo, estamos en proceso de una lenta evolución histórica que pudiera durar siglos y siglos hasta que lleguemos, bien cansados del largo camino, a una época sin ideologías. Entonces comenzará la verdadera historia humana y nuestros descendientes se harán la pregunta: ¿Cómo pudimos salir de esos largos tiempos salvajes?

Muchas cosas me han llevado a escribir este libro: el recuerdo de charlas ocasionales sobre la Guerra Civil Española en mi casa; el impacto de las conferencias y novelas de Ramón Sender; la experiencia mía con gente de izquierdas (como yo) en el movimiento de derechos civiles (the Civil Rights Movement) en el que yo fui activista y tengo mucho orgullo de haber participado de una manera bastante activa; las charlas con veteranos de la Brigada Lincoln (perteneciente a las Brigadas Internacionales); hasta las canciones de Woody Guthrie, que tenían muchas veces que ver con la Ruta 66. Pues, desde el patio posterior de la casa de mi abuela, de niño yo podía tirar piedras a la Ruta 66. Jugaba yo muchas veces en la mera Ruta 66 que pasaba muy cerca de la plaza vieja de Albuquerque.

Debiera añadir que al parecer mío los EEUU, como una nación, está bien metida en un vulgar y destructivo imperialismo. Y las actitudes de ciertos americanos (hablo de los adinerados y poderosos en este país) me recuerdan mucho a sus tercos y fatídicos homólogos españoles. Entonces tengo el deseo de decir a mis compatriotas, especialmente a los jóvenes, que ya estamos en rumbo peligrosísimo. Creo que la única manera de evitar un cruel porvenir universal es, a lo menos, empezar a reflexionar en el daño que nos hemos hecho, pensar en el porvenir, y tratar de vivir con más compasión para los que no creen como nosotros. Pero tendrá que ser compasión de todos para todos. Y, aunque estemos muy lejos de eso, con mi libro de poemas quiero hacer algo de arte que pudiera, con suerte, empujarnos a todos un poco más allá hacia la frontera de un mundo mejor, algo que nos recuerde que la Guerra Civil Española, aunque sí que fue una tragedia, sigue siendo tragedia hoy día y espejo terrible de lo que está ocurriendo en el mundo y probablemente seguirá ocurriendo. Mas hay que empezar un cambio. Para mí, este pequeño libro de poesía es un paso, y solo un paso, hacia ese mejor porvenir tan deseado. Como dijo Jesús o Gandhi, si lo hubiera pensado, “todo cambio en el mundo comienza con la persona y el primer paso que da hacia ese cambio.”

FMP: Te iba a preguntar cuántos poemas crees que son necesarios para detener la detonación de una pistola pero creo que, de alguna forma, lo has respondido ya. Cambiaré de derroteros. Has publicado poesía, ensayo, teatro, columna de opinión periodística, relatos breves, publicaste un libro con poemas de Ángel González traducidos al inglés… Aquí van mis mil preguntas en una: ¿qué género escribes con más comodidad? ¿Qué escribes con más placer? ¿Hay alguna razón por la que no hayas publicado una novela?

TM: Bueno, es una lástima, pero parece que no hay poema que pueda detener la bala de una pistola. Al mismo tiempo, la combinación de todas las balas, bombas, granadas y cohetes de tantas guerras, no han podido acabar con la necesidad humana de hacer arte en múltiples formas, incluso la poesía. De esa necesidad, a lo menos para mí, viene la esperanza de que algún día, en un futuro muy lejano, aprenderemos a vivir en paz, gozar de todo lo bueno de la vida, y dejar atrás para siempre esta obsesión de matar al prójimo. No creo (a diferencia de los fieles de religiones autoritarias) que estemos condenados con un pecado original que configura el mundo como una lucha maniquea entre lo bueno y lo malo hasta el fin del mundo. Creo que, de veras, podemos evolucionar, pero claro eso cuesta mucho tiempo, posiblemente demasiado tiempo. Mientras, tenemos la esperanza del arte y, por supuesto, del buen ejemplo de tantas personas buenas en el mundo.

De todos los géneros al alcance del escritor/a, favorezco la poesía.  Es para mí la más natural manera de compartir una visión del mundo con todos. Y además, escribir poemas es un gran placer porque se acerca a la música y a todo el mundo (menos quizás a los tristones) le gusta la música. 

He pensado mucho en la cuestión de la novela. Aprecio mucho a los novelistas, y ya sabes que leo novelas en inglés y en español. Trato de leer las mejores novelas contemporáneas pero no soy un Marcelino Menéndez Pelayo (de quien se dice que leyó todos los libros de la Biblioteca Nacional, aunque no lo creo) y, a veces, leo muy despacio. La novela es un gran cuento, como un tren compuesto de muchos coches, y que contiene muchos cuentos cortos. Para los que quieren compartir un gran cuento de la vida con los demás en una novela, pues eso me parece perfectamente bien y se lo agradezco a los novelistas.

Ya que escribo muchos poemas narrativos, en cierto sentido, hay a lo menos una novela implícita en estos poemas. Pero leer y pensar en la poesía requiere una atención, un poder de concentración formidable que a muchos lectores no les gusta.  Se puede leer fácilmente cien páginas de una novela en una sentada, a veces, pero los poemas se leen como una lucha por la vida, para seguir viviendo, poema tras poema. Para de veras ser poeta, o tener interés en la poesía, hay que ser más o menos un guerrero literario, un guarda, hasta la muerte, de esta forma estética tan intransigente en proclamar verdades hondas en forma de metáforas, símbolos, y varias estructuras verbales y visuales, y de sonidos (a veces sonidos interiores, en la cabeza). Debiera añadir que creo que es verdad lo que Philip Levine atribuye a Yvor Winters, que todo poeta “coqueteaba con la locura y con su propia autodestrucción…” (“According to Winters, all who wrote poetry flirted with madness and self-destruction…” Levine, The Bread of Time, p. 239). Y también quiero añadir que, aunque ya muy viejo y, quizás, ya muy tarde, como Rubén Darío, todavía me acerco a los rosales del jardín (la novela), y aunque no sea probable, quién sabe si hago algo o no con la novela. Quién sabe, ¡pudiera yo resultar un viejo verde de la novela!

FMP: No será porque te falte la inspiración. Vives con una novelista formidable, Carolyn Meyer, tu esposa. ¿Cómo convive un matrimonio de escritores? ¿Habláis de literatura en el desayuno? ¿Almorzáis leyendo los manuscritos del otro? ¿Conformáis el parnaso de la Avenida Gold, en Albuquerque? ¿Os habéis apoyado en vuestras carreras literarias a lo largo de todos estos años?

TM: Cómo dices, Fernando, Carolyn Meyer es una novelista formidable. Siempre lo llevamos muy bien. Siempre nos hemos apoyado en nuestras distintas pero relacionadas carreras. Como novelista de obras para adolescentes, y al parecer mío para adultos también, Carolyn es la más disciplinada escritora que he conocido.  Trabaja horas y horas en escribir sus novelas.

Creo que convivimos bien porque respetamos mucho la manera distinta de escribir que tenemos. Ella organiza el horario de una manera regular. Yo, aunque escribo muchas horas, tengo un horario que sigue mis estados interiores y no el reloj.  Es decir, algunas veces, muy raras veces, escribo muy de mañana. Generalmente, escribo después de las diez de la mañana, y por la tarde escribo de vez en cuando.  De noche, estoy a mis anchas como escritor. Me gusta escribir desde más o menos las siete de la tarde hasta medianoche.

En el desayuno y el almuerzo, hablamos de muchas cosas. A veces ella comparte conmigo un problema narrativo que está tratando de resolver. Otras veces, yo le hablo de  ciertas dificultades de la poesía. Ella me escucha con compasión y trata de ayudarme cuando eso es posible. Me ayuda especialmente con ciertas palabras del inglés, que es un idioma con sus propios misterios. También, de vez en cuando, leemos secciones de las obras que venimos escribiendo.

En cuanto al parnaso, pues, los dos hemos viajados juntos al Monte Parnaso en la Grecia y creo que nos quedamos con un impacto fuerte de los dioses, y diosas, literarios que gozan de la vida allí, y que, por buena fortuna, visitan, de vez en cuando,  la Avenida Gold, donde vivimos en Albuquerque, a veces disfrazados de transeúntes y, otras,  de clientes de las cafeterías que hay debajo de nuestra casa. En todo caso, son dioses que aparecen como grandes consumidores de café.

FMP: Estoy de acuerdo contigo: cada idioma tiene sus misterios. A ti, desde pequeño, te enseñaron a desvelar muchos de esos misterios en dos idiomas, el español y el inglés y nunca has renunciado a ninguna de esas dos lenguas. Todo lo contrario, siempre has intentado seguir descifrando los misterios de la vida y de tu literatura en ambos idiomas. ¿Cómo ha sido tu experiencia vital y literaria en los dos idiomas?

TM: Pues, quizás es natural que haya publicado más en inglés, ya que vivo en un país que muchas veces se jacta de su condición fatal de monolingüismo.  Al mismo tiempo, desde joven adolescente, me preocupaba que tantos nuevomejicanos que yo conocía despreciaran a los mexicanos y se creían “puros españoles,” porque tenían la mitología de que eran descendientes de los conquistadores españoles y no sé qué.  Creían y, por supuesto algunos de estos siguen creyendo, que hay una separación radical de sangre entre los mexicanos y los “españoles” de este lado del río Grande.  Es decir, es una forma de racismo que desafortunadamente se practica también al otro lado de la frontera (también mítica, aunque vestida con trapos de un feo nacionalismo a los dos lados de la frontera).  Un ejemplo es cuando los mexicanos se refieren a los hispanoparlantes de este lado del río como “pochos,” y que hablamos un español “pocho.” Como si nosotros tuviéramos la culpa de haber nacido aquí en EEUU y no en México. Pues esa actitud no mejora la comprensión entre estas dos manifestaciones de culturas complejas que no se pueden reducir a categorías banales que los trogloditas de la política a veces quieren imponer.

Debiera añadir, aquí, algo que me ha desilusionado con ciertos aspectos del movimiento chicano. Es el énfasis negativo que muchos chicanos han puesto en la colonización española. Al parecer mío, no se debe confundir lo malo de cualquier colonización con el valor del idioma. ¿Rechazar a Shakespeare o a Cervantes o sus idiomas porque los colonizadores eran muy, muy malos con nosotros? Es una estupidez que da asco. Hacer vivir y ayudar a mantener la vitalidad de los idiomas indígenas, ¡pues eso sí! Expresarse bien al hablar y escribir idiomas, ¡pues eso también sí! Para los hispanoparlantes de EEUU, o los hijos o nietos de hispanoparlantes, si todavía les queda un eco, un recuerdo, del hablar de algunos de sus antepasados, pues creo que pudieran enormemente amplificar su propia cultura y llegar, al mismo tiempo, a un entendimiento más profundo del mundo y del rumbo hacia el porvenir en que todos abrimos camino.

Ya que quizás por la vejez me queda poco tiempo para escribir, quiero hacer más esfuerzos en español porque así, con un poco de suerte, podré, por medio de poemas, ensayos, ficciones, dialogar con el mundo que se forma a nuestro alrededor.  Y ese mundo será multilingüe, multicultural, pese a los torpes nacionalistas que abundan por dondequiera.

Esta es una respuesta un poco larga para decir que mi experiencia vital y literaria sigue adelante a todo vapor.

FMP: Experiencia vital y literaria. Parece que, en tu ser, han ido de la mano a lo largo de toda tu existencia. En la Universidad de Nuevo México, fuiste alumno de Ramón J. Sender; más tarde, colega, amigo y traductor de Ángel González; tu nombre, Tony Mares, coincide con el nombre del protagonista de Bendíceme, Última (Antonio Márez), de Rudolfo Anaya, la novela nuevomexicana por antonomasia (no me olvido de tu primer nombre y algún día te preguntaré sobre la importancia de llamarse Ernesto)…Recuerdo que un día me contaste una anécdota de tu juventud que no se me ha ido de la cabeza. Andabas de estudiante en la Universidad, intentando decidir qué querías hacer con tu futuro, cuando, un día, entraste en la biblioteca central de la Universidad. Miraste hacia todo el mar de libros y a la gente estudiando en silencio. Saliste al jardín del campus inmediatamente y miraste a todas las chicas hermosas que estaban sentadas en la hierba, en grupos o solas, leyendo un libro a la sombra de un árbol. Volviste a entrar en la biblioteca y te preguntaste: “Tony, ¿es esta la vida que quieres llevar?” Me consta que has llevado (y llevas) una vida plena, entre libros pero también llena de experiencias vitales enriquecedoras. Cuéntanos qué experiencias literarias y qué experiencias vitales han influido más e influyen, todavía, en tu literatura y en tu forma de vivir.

TM: Voy a responder a estas preguntas pero, primero, déjeme hablar un poco de mi actitud frente a la educación.  Nada puede igualar el ambiente del hogar si la familia es inteligente y aprecia la educación. Mis padres querían una educación universitaria pero los terribles años de la depresión mundial les cortó esa posibilidad, aunque los dos sí obtuvieron más educación en sus años maduros.  Mi padre era maquinista, mi madre, secretaria en una unión de obreros. Él cumplió casi dos años de estudios universitarios y mi madre hacía varios estudios, leía muchísimo, y resultó ser una de las periodistas para una publicación de obreros. Menciono todo esto porque el ambiente casero era uno de mucho discutir, pensar, debatir, de todo – de la política, de la religión, de las guerras, y un sinfín de cosas. Es decir, sin necesidad de mencionarlo, mis padres demostraron un ambiente culto de leer, reflejar, y considerar opciones de ganar el pan.  Aun antes de salir de la escuela secundaria, mis hermanos y yo trabajábamos, como se dice aquí “con la pica y la pala” en proyectos de construcción. Pronto aprendimos que la educación universitaria nos daría más posibilidades en el futuro. Lo resultado es que mi hermano más menor es un músico sobresaliente, el menor es profesor de biología y dirigió el museo de historia natural en la universidad de Oklahoma, y ha ganado muchos honores.  Entonces resulta que yo, el mayor, aunque educado en varias universidades, aunque con el doctorado en Historia de Europa, nunca me sentí de veras en mi casa en el mundo de la educación organizada. Yo diría esto: para ganar el pan es bueno tener una educación formal, si uno no nace rico.  Pero hay que tener en cuenta que la universidad generalmente existe para mantener el status quo de las instituciones y organizaciones de la educación. Es decir, con raras excepciones, la universidad no existe para promover la creatividad artística.

Por ejemplo, yo de joven estudiante graduado, de veras creía, como ingenuo, casi como simplón, diría yo ahora, que las universidades creían en la educación multidisciplinaria. En la mayoría de los casos es mentira. Si uno quiere estudiar al nivel avanzado, por ejemplo, algún aspecto de la historia de España y la música griega de la misma época, y si uno tiene la gran fortuna de encontrar una universidad donde se puede tomar cursos o asistir a conferencias de crédito académico en esos dos campos, pronto descubrirás que, si estás metido en un departamento, una “disciplina,” como se dice, entonces estudiar en otro departamento quita dinero al primer departamento. En el caso más negativo, la universidad puede ser un batiburrillo de intereses creados. Todo esto viene a decir que si uno tiene una gran curiosidad para entender algo del mundo, para contribuir algo a ese mundo, pues hay que desplegar las velas de tu barco y lanzarte al mar siempre incierto de la creatividad.

Ahora bien, no todos tenemos buen ejemplo de educación en la casa.  Entonces, claro, se necesitan buenos maestros para estimular a los estudiantes a aprender. Mucho más fácil decirlo que hacerlo, lo sé.  Pero quiero decir algo aquí.  Para mí, hay un conflicto horrible en el capitalismo que no se puede resolver.  El sistema capitalista requiere una masa de consumidores de productos. Pues, esa masa necesita a lo menos un nivel mínimo de educación para convertirse en seres consumidores. Si la educación inspira demasiado análisis, hace demasiadas preguntas, pues ese camino pudiera dar a otras maneras de ajustar la logística económica a las necesidades humanas más profundas que el consumo. ¿Pensar? ¿Hacer análisis? ¿Entender y cambiar el mundo? ¡Qué horror!  Al mismo tiempo, cada uno de nosotros, a mí se me hace, con la música, con el arte, con la literatura, con la ciencia, y a todo vapor y con la vela izada en nuestro propio barco, podemos hacer algo, algo, como dice mi amigo Nasario García, para no perder el tiempo para nosotros y para el mundo que nos queda.

Entonces, sí he llevado, y llevo, una vida plena de pensar, reflexionar y escribir.  He trabajado como obrero, como camarero (mala experiencia para los comensales), de camionero, de burócrata en varias agencias de salud y educación, de conservador de museo, de maestro y profesor en varias escuelas y universidades. He aprendido mucho, naturalmente, en estos empleos.

Mas como escritor, como poeta, he aprendido más dando un paseo por la calle, viajando en autobús por España y Portugal, caminando a pie por la ensenada de Cook en Alaska, que en cualquiera clase universitaria, con algunas buenas y raras excepciones, naturalmente.

Las influencias literarias en mi vida han sido plurales y de muchas fuentes. He leído mucho de la literatura española de todos los siglos. Algunos que especialmente me han influido, por supuesto, los grandes como Cervantes, Lope de Vega, Góngora el poeta, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, y el gran anónimo que escribió una de mis novelas favoritas, Lazarillo de Tormes. Entre los más recientes, los novelistas Benito Pérez Galdós, Valle Inclán, Ramón Sender, y un sinfín de poetas contemporáneos y casi contemporáneos.  Nomás voy a mencionar a Antonio Machado, Neruda, Vallejo, Lorca, León Felipe, Jaime Sabines, Miguel Hernández, José Hierro, Blas de Otero, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Luis Montero, y muchos, muchos más.  Claro, no hace falta mencionar a Ángel González.

Voy a pasar por alto algunos escritores en español que todo el mundo ha leído y también los escritores norteamericanos, de los cuales he leído “un montón,” como decimos aquí, de estos poetas y novelistas.

En el mundo chicano literario, hay tantos buenos escritores, incluso muchos que yo conozco personalmente, que no quiero mencionar algunos y así excluir a otros.  Entonces me limito a mencionar solamente tres de estos escritores. Rudolfo Anaya, que es, como tú lo expresas, el novelista sobresaliente nuevomejicano y de mucha fama y que yo aprecio, como decimos aquí, porque es buena gente. Por pura casualidad, el protagonista de su novela famosa se llama Antonio Marez. Y me gusta el personaje. Otro escritor, poeta que debiera recibir más atención, es mi viejo amigo Leroy Quintana, que vive ahora en California. Finalmente, quiero mencionar un gran pensador y filósofo nuevomejicano a quien también se debiera leer más, Tomás Atencio.

Para el porvenir, que nunca llega, como decía Ángel González, he comenzado una nueva colección de poesía lírica.  Vamos a ver a dónde llega.  Mientras tanto, vivir y vivir, gozar de la vida y dejar que los demás vivan y gocen también.

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Nuestras tazas de café han sido rellenadas varias veces. La camarera, bilingüe como el estado de Nuevo México y como la realidad que rodea el barrio de Barelas, en Albuquerque, se ha dirigido a nosotros en inglés, primero, y en español en cuanto ha escuchado algunas de nuestras palabras. He notado que así actúa al acercarse a cada mesa. Ninguno de los dos teníamos muchas ganas de levantarnos pero, al final, hemos pagado a la entrada y nos hemos despedido con un abrazo. He esperado a que Tony llegara hasta su coche y he disfrutado la última sonrisa que me ha concedido mientras el acelerador de su camioneta nos alejaba espacialmente en la cuadrícula callejera de la ciudad de Burque.

 

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Entrevista con Juan Diego Miguel

A lo largo de mi periplo vital, tres cosas me han salvado la vida en repetidas ocasiones: el desierto, el café y el arte. Supongo que algún día tendré que responder por las dos primeras pero hoy hablaré de la tercera. Durante toda mi vida me he sentido atraído por el arte (pintura, escultura, arquitectura, literatura, teatro, música, cine…). Y, durante toda mi vida, he sentido una gran admiración por el artista, por la persona que, de continuo o esporádicamente, produce una obra de arte. Y no estoy hablando solamente del arte al que se refería recientemente el humorista gráfico El Roto: «El dinero mueve el arte que mueve dinero». Estoy hablando de todos los tipos de arte posibles. Y, a bote pronto, definiré arte como todo aquello que hace que mi feo mundo sea más bello. Y definiré belleza el mismo día que explique cómo el desierto y el café me han salvado la vida en repetidas ocasiones.

Es lunes, pronto por la mañana, y me dirijo al taller de trabajo que Juan Diego Miguel tiene en Valdemoro. Juan Diego Miguel es escultor. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los escultores vivían en la cima del olimpo de las artes. Hoy viven en la periferia. El mismo Juan Diego me confesará durante la entrevista que le voy a hacer dentro de unos minutos que acabó en Valdemoro porque en Madrid no podría haberse permitido tener una vivienda y un estudio como los que tiene en Valdemoro. Hubo un tiempo, no hará siquiera cien años, en que los escultores gozaban de la misma fama que los pintores. Yo mismo me crié en una sección de un barrio de Zaragoza que eligió bautizar sus calles con nombres de escultores. Yo vivía en la calle Escultor Salas. Perpendicular cruzaba la calle Escultor Ramírez. Un poquito más allá estaban las calles Escultor Lobato y Escultor Moreto. Y, sí, estudié cuatro años en el Instituto de Bachillerato Pablo Gargallo, uno de los escultores españoles más importantes del siglo XX. Hoy, cualquier valdemoreño, cualquier madrileño, cualquier español tendría problemas para citar a dos escultores españoles contemporáneos. Mi deseo es que, tras esta entrevista, muchos puedan citar a Juan Diego Miguel.

Es lunes, pronto por la mañana, y me dirijo al taller de trabajo que Juan Diego Miguel tiene en Valdemoro. Me dirijo al taller de un escultor. De un artista. Y ese artista me va a dedicar parte de su mañana para mostrarme su taller, algunas de sus obras y para hablarme de él. Del hombre y del artista. Se me ocurren pocas formas para comenzar mejor una semana. Juan Diego me ha advertido que me abrigue. Que en su taller hace mucho frío. Él mismo sale a recibirme bien abrigado, como si saliera al exterior de una base científica en la Antártida. Es cierto que es uno de los días más fríos de este invierno pero la percepción de la temperatura y la percepción del arte son muy personales. Una vez entramos en el taller, yo me dejo abrigar por la calidez de muchas de las obras que Juan Diego comienza a mostrarme.

Junto a las obras, se apilan grandes cantidades de materiales de desecho esperando a convertirse en obras de arte. Imagino que Juan Diego ha ido recogiendo todos esos materiales para utilizarlos en sus esculturas. Imagino el cuento de La bella y la bestia. Todos esos materiales han sido embrujados, tienen prisionero a Juan Diego en su taller y el artista baila con ellos todas las noches hasta romper el hechizo. Cuando Juan Diego me ve absorto en todos esos pensamientos, me propone tomar un café, que, una vez más, me salva la vida.

 ¿Cómo y cuándo llegaste a Valdemoro?

Nací en 1955. Mi padre era secretario de administración local. Nací en un pueblo que se llama Débanos, en la provincia de Soria, muy cerquita del Moncayo. Allí debí vivir unos dos años. De allí nos mudamos, dentro de la misma provincia, a Yanguas, un pueblo medieval, sobre una colina entre tres valles. Es una belleza de sitio. Poco conocido. Apartado de las carreteras principales. Allí pasé toda mi niñez. Cuando yo estaba allí, tendría doscientos o trescientos habitantes. Es un pueblo medieval, como digo, con sus trazas de muralla, su río, el Cidacos, con sus dos o tres puertas de entrada. Es decir, es un pueblo con mucha historia y unos monumentos antiquísimos.

Dicen que la patria de un hombre es su niñez. Creo que es verdad. Aunque no he vuelto, tengo imágenes que me remiten a esos años. Allí crecí y, después, imagínate el shock, entré interno en Los Escolapios, ya en Soria capital. Estuve allí dos años y yo no me supe adaptar. Pegué un bajón tremendo en estudios y en todo. Luego acabé el bachiller aquí en Madrid. Más tarde, empecé Arquitectura. Realmente no sabía lo que quería hacer. Empecé Arquitectura y, allí, descubrí el dibujo. Creo que muchas veces no sabemos lo que queremos pero, cuando lo encontramos, lo reconocemos. En cuanto me puse a dibujar, supe que eso era lo que quería hacer. Abandoné Arquitectura, tuve que hacer la mili, estuve dieciocho meses en Figueirido, en Pontevedra.

A mi vuelta, me licencié en Bellas Artes en Madrid. La verdad es que no se aprende gran cosa. Una vez que te metes en el oficio, te das cuenta de que tienes que ser tú el que desarrolle tu carrera. Pasas unos años haciendo apuntes del desnudo, del movimiento, te enseñan tres o cuatro técnicas que no te sirven hasta que no las haces tuyas… Acabé, pues, Bellas Artes y comencé con mi carrera artística… Mucha miseria… y hasta ahora (a Juan Diego se le escapa una risa). Llevo en Valdemoro veintiocho o veintinueve años. Expulsado de Madrid por los precios. Yo necesitaba un lugar para trabajar y Valdemoro me ofrecía unas alternativas económicas mucho mejores. Tengo tres hijos. Mi hijo mayor tiene veintiocho años y llegamos a Valdemoro poco antes de que él naciera.

Poco después de llegar a Valdemoro tuviste el privilegio de trabajar con la galería Maeght de Barcelona.

Trabajar con la galería Maeght fue todo un lujo en mi vida. Creo que Aimé Maeght la fundó en la posguerra. Empezaron apostando por Pierre Bonnard pero apostaron por muchos y grandísimos artistas. Eran los marchantes de la obra de Miró y de Giacometti, presentaron obras de Chagall, Braque, Léger… El edificio de la fundación se encuentra cerca de Niza. Crearon un museo, diseñado por Josep Lluís Sert, para sus artistas. Invitaban a los artistas a pasar el verano en el sur de Francia a cambio de sus obras. El hijo de Chillida me contó que él recordaba haber pasado algunos veranos allí con su padre. Le dejaban una casa y él pagaba con obra gráfica. Llegó a ser un emporio impresionante. Gracias a Miró, instalaron una sucursal en Barcelona. Pensaron originalmente en la Pedrera pero, al final, eligieron un palacio gótico que se encuentra puerta con puerta con el Museo Picasso.

¿Cómo conseguiste realizar exposiciones en esta galería?

La primera vez que conseguí exponer en Madrid fue en la galería Egam, en 1990. Allí me compraron una obra para que formara parte de la Colección Testimoni, de la Colección de Arte Contemporáneo de la Caixa. Me invitaron a ir a Barcelona para ver la exposición de las obras compradas por la colección aquel año. Eran tiempos difíciles para que un artista de Madrid colocara obra en Barcelona pero, ya que íbamos, decidí llevar un cartapacio — entonces aún no había páginas web —  y mostrarlo por algunas galerías. «El no ya lo tengo», me dije. Fui con Inmaculada, mi mujer, y llegamos a una galería y nos recibieron muy bien. No se comprometieron a nada pero dijeron que sí estaban interesados. Luego fuimos a otra galería y nos dijeron lo mismo. ¡Qué inocentes que éramos! Eran muy amables pero, en realidad, se nos querían quitar de encima.

Decidimos ir al Museo Picasso de Barcelona y nos encontramos que, al lado, estaba la galería Maeght, con la que habíamos hablado por teléfono. Nos metimos en ese palacio gótico hermosísimo y nos encontramos con que estaban preparando un cóctel. A mí me dio hasta miedo. Le dije a mi mujer que yo me iba al Museo Picasso pero ella se quedó con mi cartapacio para mostrárselo a quien fuera. Preguntó por la directora de exposiciones, pero esta le dijo que estaba ocupada con la preparación del evento. Inmaculada le dijo que nos volvíamos a Madrid esa misma tarde. Que ya habíamos hablado con ella por teléfono. Que siendo quien era, con que hiciera así con el cartapacio, con que lo abriera y le echara un vistazo rápido, ella ya sabría si era interesante o no. Tanto debió insistir mi mujer que la directora abrió el cartapacio y le dijo: «¿Sabes qué? ¿Por qué no retrasáis un poco vuestra vuelta a Madrid y yo puedo mostrar esto a la persona responsable?». Así lo hicimos. Inmaculada fue por la tarde y le dijeron que estaban interesados. Que nos veríamos en Madrid, en ARCO, para concretar las posibilidades.

Cuando llegó ARCO, quedamos con el director de la galería, José Muñoz, que era un francés de familia de inmigrantes españoles. Fuimos a recogerlo al Hotel Plaza para que viniera con nosotros a mi estudio en Valdemoro. Desde que nos conocimos y, durante todo el trayecto desde Madrid, José Muñoz, con su acento francés, me recordaba que visitaba muchos estudios todos los días y que, en la mayor parte de los casos, no sucedía nada. Yo le insistía que, para mí, ya era un honor el que viniera a ver mi estudio. Vino y le gustó.

A los pocos meses participé en una exposición colectiva en la galería Maeght de Barcelona y, a lo largo de los años, llegué a hacer tres individuales. Pero desafortunadamente, trabajé con la Fundación Maeght en sus últimos años. El imperio Maeght se vino abajo. Estamos hablando de un verdadero imperio artístico. A finales del milenio pasado, el Museo Reina Sofía hizo una exposición retrospectiva de Giacometti y el ochenta o el noventa por ciento de las obras debían pertenecer a los Maeght. Estamos hablando de una colección de arte de más de seis mil piezas originales y de una obra gráfica que superaba los dos millones de ejemplares.

Pero Maeght se agotó y entonces llegó Werner.

Sé que Werner fue una persona muy importante para ti.

Werner Arnhold. Gracias a él y a su mujer Svetlana, yo he conocido a gente increíble. He expuesto en Bruselas, Berlín, París, Mónaco… y tengo obra en colecciones de todo el mundo, todo gracias a él. Debió nacer en 1925, en Alemania. Era judío, con lo que, en un momento dado, su familia pudo escapar a Brasil, que es donde se crió Werner. Tenía negocios por todo el mundo. Era un hombre de grandes negocios. Aparte de dominar el alemán, el inglés, el francés, el portugués, el italiano, conmigo hablaba en «portuñol», pues mezclaba el portugués con el español con mucha frecuencia. Tenía todas sus casas llenas de obras de arte. Tenía grandes firmas y también artistas desconocidos. Recuerdo que tenía un Matisse y algunas piezas renacentistas estupendas.

¿Cómo y cuándo lo conociste?

La primera vez que salí al extranjero fue en 1988. Fuimos a una feria en Niza que era un camelo. Era en verano y el lugar era un verdadero horno. Allí estábamos los artistas y los galeristas cociéndonos a fuego lento. Allí no venía nadie más. Uno de esos días, a última hora de la tarde, aparecieron dos tipos alemanes. Era Werner con un amigo suyo. Vino directo a por mí. Le gustó lo que hacía. Vine para España y se puso en contacto conmigo. El amigo de Werner me compró unas quince piezas y él me propuso hacer una exposición en su galería de Munich. La galería Svetlana. Hicimos la exposición, pero no hubo continuidad. Pasaron unos años y, en ARCO, en Madrid, me encuentro de nuevo a Werner. Yo ya tenía el taller en un piso de Valdemoro. Vienen a verme. Entre él, Svetlana y su sobrino, que vive en España, se llevaron unas veintitantas piezas. Parece que ahora, sí, iba a haber continuidad. Y, de repente, me llegan noticias de que Werner ha muerto.

Fue entonces cuando comenzaste con Maeght.

Sí, aproximadamente. Y, cuando estábamos a punto de terminar el milenio, me llegan noticias de que un señor alemán se había pasado por la galería Maeght en Barcelona, donde tenía mis obras, y que se había llevado unas piezas mías bastante grandes. Era Werner y seguía vivo. Justo después, se pone en contacto conmigo y me explica que habían sido unos años difíciles para el arte pero parecía que comenzaban a surgir nuevas oportunidades y él conocía a gente en el banco ABN-AMRO en Monte Carlo. Esto fue en torno al año 2000. Cargo material en una furgoneta y nos vamos a Mónaco. Hicimos la exposición en un banco que no estaba preparado para ese tipo de historias. Pusimos las obras por pasillos y oficinas. Las condiciones no eran las idóneas. Pero Werner era un fenómeno. Cada día llamaba a un amigo y le vendía dos o tres piezas importantes. Me hospedé en su casa de Grasse, en Francia. Werner tenía casas por todo el mundo. Por la tarde, cenábamos en su casa y me contaba cómo había ido el día o me llevaba a casas de familiares y amigos. Gente con una cantidad de dinero increíble. Cuando estábamos a punto de terminar la exposición, me invitó a ver el jardín japonés, que está detrás del casino. Me llevó al jardín solamente para proponerme seguir con el negocio. Me vino a decir que él en Alemania y en Francia no tenía muchos amigos. Que donde él tenía muchos amigos era en Brasil. Si en Mónaco había ido tan bien, en Brasil podía ir incluso mejor.

¿Y os fuisteis a Brasil?

La primera vez que fuimos éramos novatos los dos. La exposición iba a tener lugar en el Museo Brasileiro da Scultura, en el MuBE. Luego han ido más europeos a exponer allí, pero, en su momento, fui un pionero. Contraté un contenedor, lo llené de obras, unas setenta y siete obras creo recordar, y lo mandé para Brasil, con dos meses de antelación. Pero el contenedor llegó a Santos, allí había huelgas, no conseguimos los permisos adecuados y no podíamos recoger las piezas. Yo había llegado a Brasil un mes antes de la inauguración. Monté un pequeño taller. Era de un amigo de Werner, que me dejó una casa con un jardín de miles de metros… con un montón de plantas exóticas. Allí empecé mi taller. Fui recogiendo chatarra, materiales, ferro velho que dicen ellos, y empecé a hacer obra allí. En portugués tienen dos palabras que se parecen mucho: lixo, que significa basura, y luxo, que significa lujo. Allí me decían que los artistas trabajábamos entre el lixo y el luxo.

Se acercaba la fecha de la exposición y el contendor seguía en Santos. Y nosotros sin poder rescatar la obra del contenedor. Habíamos hecho los folletos, habíamos hecho un pequeño librito de todo aquello, un catálogo. Para entonces, yo había hecho entre treinta y cuarenta piezas nuevas. No había más y no era suficiente. Y, a las diez de la noche del día anterior, nos llaman del puerto y nos dicen que liberan el contenedor. A la una de la madrugada, teníamos el contenedor en el MuBE. Contratamos a un grupo de cinco personas de allí, empezamos a descargar, empezamos a moverlo todo a unas salas inmensas. Imagínate el espacio necesario para las cien piezas totales de la exposición. Había que colocarlo todo y a la tarde siguiente era la inauguración.

Empezamos a trabajar y, de repente, se me quedan todos de brazos caídos. «Que tenemos hambre», me dicen. Hay un sitio en Sao Paulo, que se llama Casa Dos Pães, la casa de los panes, que abre toda la noche. Los monté a todos en un Fiat Palio, que es el coche que alquilé durante mi estancia allí, y los llevé a comer a Casa Dos Pães. No sé cómo me lancé porque Sao Paulo es una ciudad grande. Se pusieron las botas y, una vez comidos, nos fuimos a montar la exposición. Terminamos apenas cinco minutos antes de la hora de la inauguración. Ya estaban allí las televisiones, la empresa patrocinadora… Yo me tuve que ir a duchar, a descansar un poco y se inauguró, un poco, sin mí (Juan Diego ríe).

Todo iba viento en popa.

Volvimos a hacer otras dos exposiciones en Brasil en los dos años siguientes, pero Werner ya no era el mismo. En verano de 2007, Werner me llamó desde Pekín. Estaban preparándose para las olimpiadas del año siguiente. Me dijo: «Esto es una maravilla. Aquí se necesita talento. Los chinos son muy buenos haciendo copias pero hace falta gente como tú. Acabo de hacer sociedad con un amigo mío, un importador de acero, aquí en China. He pensado que vas a venir aquí, vas a hacer diseños y crearemos un taller donde haremos equis copias controladas por nosotros». Era el verano de 2007, el comienzo de la crisis y el trabajo en China me iba a venir bien.

Me fui a la embajada china a pedir permisos, a arreglar papeles… Werner mandó un cajón de obras mías a Pekín. Pero las noticias de Werner no llegaban. Empecé a preocuparme. Pasaron varios meses sin saber de él. Y, al final de ese verano, me llegan noticias de Sao Paulo. Me cuentan que a Werner se le ha declarado alzhéimer y que la aventura china había terminado. Ahora había que rastrear las obras enviadas y tardaron seis meses en serme devueltas.

Tengo un gran recuerdo de Svetlana y Werner Arnhold. Me trataron como a un príncipe. Mi negocio para ellos era una minucia. Pero ellos lo vivían. Tenían pasión por el arte.

También tienes obra repartida por España. Encargos y concursos públicos

Sí. En Valdemoro tengo la Sopa de letras en la biblioteca Ana María Matute. En Pamplona tengo un guerrero, el Homenaje a Iñigo Arista, de casi catorce metros de alto. En Leganés, el Caminante, otra estatua de once metros. En Tudela, Navarra, una cabeza de siete metros en otra rotonda. Tengo obra por toda España. No solo en lugares públicos, también en hoteles y lugares privados. Se puede visitar mi obra en mi página web: http://juandiegomiguel.com/

Sé que no es fácil hablar de la obra de uno mismo.

Está ya todo inventado. Sentimos, comemos, amamos, lloramos, odiamos igual que los griegos del siglo de Pericles. Dos mil quinientos años. Estamos en ese mismo punto. Ha habido alguna evolución pero tenemos esas mismas raíces animales. A nivel corporal tenemos restos del animal que hemos sido. También seguimos teniendo instintos animales. Forma parte de nosotros. Está instalado en nuestro sistema de funcionamiento. A nivel humano, no hay nada nuevo bajo el sol. Lo único nuevo que hay somos cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros es una combinación única. Irrepetible. Aunque nos hicieran clónicos seríamos desiguales por nuestras experiencias. Y eso es lo único que podemos aportar. Esa irrepetibilidad. Es lo que podemos aportar como algo nuevo. Y eso es lo que ha sido mi búsqueda durante toda la vida. Eso que solamente yo puedo aportar como novedad.

Siempre cuento una historia. Una vez, visitando el Museo Arqueológico de Madrid, había una vitrina con pequeños vasos perfumeros griegos de, aproximadamente, un palmo de altura. Muchos de ellos tenían unos dibujos artesanales sin ninguna trascendencia. Pero había uno, representando a una mujer de cuerpo entero vistiendo una túnica, de una sensibilidad, de una belleza… ¿Qué había puesto el tipo aquel que había decorado ese vaso perfumero? ¿Qué había puesto para que dos mil años después aquello siga tan vivo, tan vibrante, te llegue tanto? Eso es el arte. ¿Qué estoy haciendo yo? Yo estoy haciendo objetos dentro de los cuales intento encerrar un espíritu que, cuando comienzo, desconozco. Ese espíritu casi elige el cuadro. Y mi misión es tener la vista para saber que está. De pronto, estás trabajando y te das cuenta de que ha llegado. Se ha instalado en ese objeto. Y cuando se ha instalado, ya está. Esa es la obra. Has encerrado un espíritu en un objeto que va a estar siempre ahí. Dentro de doscientos años, llegará alguien y podrá verlo. El artista tiene una intuición. Va ubicando las cosas. Ha estudiado, tiene la técnica y, en un momento, ve el camino. Y la pieza acepta unas cosas y no otras.

Intento que mis obras no necesiten una explicación. Ni ahora ni dentro de doscientos años. Se tienen que defender ellas solas. Hoy en día, parece que la mayoría de las piezas de arte necesiten ser explicadas, necesiten un papel al lado defendiéndolas con una teoría artística u otra. Eso lleva a la especulación. ¿Qué va a quedar de todo ese vendaval? Eso lo veremos. Con el tiempo, quedará lo que tenga que quedar.

He visto que utilizas todo tipo de materiales.

A veces, parezco, más bien, un chamarilero. En mi taller hay de todo. Utilizo, sobre todo, materiales de desecho y aquí, en el polígono, se deshacen de muchos materiales. Yo no voy hurgando por ahí. Tengo un rádar que he ido desarrollando con los años y, cuando veo algo, imagino que me va a venir bien para mi obra. Utilizo muchos materiales: caña, platos, maderas, plásticos, ceras, marcos, esmalte sintético, pinturas.

Cualquier material que no sea perecedero es candidato a formar parte de mi obra.

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Trainspotting 2

La última vez que estuve en Edimburgo (2014), me alojé en unos apartamentos que estaban al lado del bar donde filmaron la escena del billar en la película Trainspotting. Me costó recordar la escena. La tuve que ver otra vez y me costó reconocer el pub en la película, que parecía desfigurado en miles de formas. Recuerdo que Trainspotting, la película, no me convenció, a pesar de que me encanta todo (casi) que hace Boyle, McGregor y Carlyle. Luego está la conexión con Federico. Federico estudió conmigo la carrera en Zaragoza. Era un pelín mayor que nosotros y sabía cien veces más inglés. A Federico le encantaban los Jam y tocaba la guitarra. También le gustaba compartir cervezas con nosotros en la Gruta y siempre tenía una sonrisa para nuestros disparatados comentarios. Cuando acabamos la carrera, Federico se fue a Glasgow o a Edimburgo. Al volver a España, parecía la persona idónea para traducir Trainspotting al español y así lo entendió Anagrama. Un día, años más tarde, me lo encontré por la calle y le dije, «deberían haberte encargado a ti la traducción de Trainspotting», a lo que él me respondió, «así fue. Me lo encargaron a mí y la traducción es mía». Hoy he visto Trainspotting 2. He ido con pereza pero se ha ofrecido la oportunidad de verla en inglés en los multicines cercanos a casa. Cuando he comprado la entrada me han dicho que íbamos a estar siete personas en la sala. Ha comenzado la película y la han proyectado en español. Me he tenido que levantar y pedirles que la pusieran en inglés, como habían anunciado. Había salido de casa para poder escuchar a los actores con el acento o dialecto denominado Broad Scots, que es, posiblemente, la variedad del inglés que menos se parece al inglés. Trainspotting 2 es un ejercicio de nostalgia. El protagonista tiene 46 años, le da un no sé qué al corazón pero, en el hospital, le meten algo, lo arreglan y le dicen que, con eso, puede vivir otros 30 años más sin problemas. Al tío le hacen polvo porque no tenía previsto vivir tanto y no sabe qué hacer con el resto de su vida. Tengo la sensación de que, antes, cuando alguien llegaba a los 46 años, ya tenía la vida encarrilada y tan solo debía dejarse caer. Muchos de nosotros, con 46 años, no sabemos qué vamos a hacer y nos angustia pensar que aún quedan 30 años más. Supongo que, como no me he pinchado nunca, no entendí la conexión generacional con Trainspotting. Sin embargo, sí que he conectado generacionalmente con la segunda parte, la parte en la que, a los cuarenta y muchos, te dicen que te quedan unos treinta más y a ti se te han acabado las ideas para el guión de tu vida. Pero enseguida me sale la vena optimista. Tal vez, sin guión y sin ideas, lo mejor está por llegar. Sigo esperando a que los productores de los Simpson me contacten a través de mi blog y me digan que quieren que colabore con ellos en la escritura de uno de los episodios de la próxima temporada.

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Oscars 2017

Acabo de ver Moonlight, la última película nominada que me faltaba. Mi voto sigue siendo para Comanchería, de David Mackenzie. También me encantó Captain Fantastic. Como no está nominada a mejor película pero  Viggo Mortensen sí que lo esta como mejor actor, mi voto va para él.Viola Davis debería ganar el óscar a la mejor actriz secundaria, aunque no entiendo por qué no está nominada al oscar a la mejor actriz principal.

I have just watched Moonlight, the only nominated film I hadn’t watched yet. My vote still goes to Hell or High Water, by David Mackenzie. I also loved Captain Fantastic. Since it is not nominated for Best Film but Viggo Mortensen is for Best actor, my vote goes to Viggo. Viola Davis should get the oscar too. I don’t understand why she has not been nominated for Best Actress in leading role.

 

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Entrevista con Reyes Martínez Hernández

Conocí a Reyes Martínez en la presentación de su último libro juvenil, Diseña a tu familia. Pincha AQUÍ, en la biblioteca Ana María Matute de Valdemoro el pasado diciembre. La sala estaba repleta de gente. Todos con ganas de arropar a la escritora. Había muchos niños acompañados de sus padres. Se notaba que Reyes era querida en la sala. Isabel Mesa, la representante de la Concejalía de Cultura en el evento, presentó a Reyes como a alguien de la casa. Comenzó mostrando una diapositiva en la que Reyes, para su sonrojo, tenía la misma edad que los niños allí presentes. Podía verse el cariño que Isabel tenía por la autora. Y es que Reyes Martínez, a pesar de los años que lleva viviendo en Gijón por motivos laborales, sigue siendo una mujer, una escritora de la casa, resultado del último tercio del siglo XX de la villa de Valdemoro y fruto, en gran medida, del trabajo y la acción cultural valdemoreña de los últimos años del milenio anterior. No obstante, Reyes fue, durante muchos años, la hija de la bibliotecaria de Valdemoro y tengo la sensación de que vivió de cerca muchas de las iniciativas culturales de su madre.

En la actualidad, concilia como un superhéroe de cómic sus labores de madre de tres hijos, su trabajo como técnico de rayos X (eso también da superpoderes, seguro) y su gran afición por la escritura. Reyes Martínez ha publicado, hasta la fecha, cuatro libros infantiles, dos libros juveniles y tres novelas policíacas para adultos.

Normalmente, la carrera literaria de un escritor no comienza con la publicación de su primer libro. Tú publicaste tu primer cuento infantil en 2011. Háblanos de la escritora Reyes Martínez desde sus comienzos hasta diciembre de 2011, cuando ve la luz tu Candela y el misterio de la puerta entreabierta.

Desde niña me gustó escribir. Cuando en séptimo de E.G.B. se lo dije a Carmen, mi profesora de Lengua, ella me animó muchísimo. Los lunes por la mañana recuerdo que teníamos que entregar una redacción, con una extensión determinada. Y a mí me costaba ajustarme a aquella extensión.

Después me pareció que la de escritora no era una profesión muy segura y me decanté por otras cosas, pero siempre tenía entre manos cartas o cualquier cosa que me permitiese escribir.

Fue en verano de 2010 cuando mi hijo mayor, que entones tenía siete años, me pidió que escribiera un cuento para un amigo suyo que se marchaba a vivir a Vigo. A partir de ahí, era como si hubiera abierto un grifo. Me surgieron tantas ideas que tenía que sacarlas de algún modo y entonces surgió Candela.

Y Candela ha sido la protagonista de cuatro de tus libros infantiles. Háblanos de este personaje.

Candela es una niña curiosa, atrevida, soñadora, fuerte y con gran corazón. El problema es que siempre está metida en líos, tanto si los busca como si no. Le ocurren cosas « extrañas ». Sus amigos ya la conocen y le permiten prácticamente todo.

No siempre se le ocurre la solución a sus problemas y mucho menos a la primera, así que tiene que tirar de su pandilla para conseguirlo. Valora la amistad, casi por encima de todo, y ellos lo saben. Es intrépida, alocada, valiente… Tiene un pequeño punto de rebeldía que provoca la mayor parte de sus problemas. Según mi madre, es igualita que yo de pequeña; no estoy de acuerdo… del todo.

Entiendo que primero te publicaste el primer libro tú misma pero que, luego, una editorial se sintió atraída por los libros de Candela. ¿Cuál ha sido tu experiencia con estas dos modalidades de publicación?

Al principio fue como una aventura. La sensación de tener en tus manos un libro que lleva tu nombre… en fin, es indescriptible. Me decidí por la autoedición porque en aquel momento las editoriales con las que me puse en contacto no querían ningún escritor novel. Lo podía haber intentado con alguna más o esperar un poco, pero me pudo la impaciencia y me decidí por Círculo Rojo, que es una editorial que trabaja con autoediciones y me gustó la seriedad, el trato, el precio y el resultado final.

La editorial Bambú, de Casals editorial, decidió apostar por Candela y el misterio de la puerta entreabierta cuando llevaba agotadas cuatro ediciones y, posteriormente, se interesaron por Candela y el rey de papel – por cierto, fue gracias a uno de sus comerciales de la zona norte de España, José Manuel, al que le llamó la atención el libro y quiso ponerse en contacto conmigo; a veces, la suerte está donde menos te lo esperas…-

En mi opinión, cualquiera de las dos modalidades, siempre que compense, es buena. Con la autoedición tienes la limitación de tener que hacer también de distribuidor, pero la cantidad que se gana por libro es mayor. Si una editorial apuesta por ti, tienes la ventaja de que llega a muchos más rincones, pero la cantidad que se gana es menor. Las dos maneras tienen ventajas e inconvenientes. Depende de la meta que cada uno se proponga. 

Por lo visto, no solo tienes cosas que contar a los más pequeños. En 2014, publicas tu primera novela para adultos. Una novela policíaca titulada El arcano número 13. Y la protagonista es otra mujer, Sara Benítez.

Sí, la novela negra es un «capricho». Yo empecé a escribir por mi hijo mayor, que es un lector insaciable y, después, intenté dar forma a algunas ideas que me surgían sobre el género que a mí me gusta, que es la novela policíaca. Así surgió El arcano número 13. Como bien dices, la protagonista es la inspectora Sara Benítez, que está totalmente complementada por el inspector Leandro Gómez. Ella se muestra escéptica ante cualquier tema que no pueda demostrar y, sin embargo, él es más abierto a lo intangible. Ella es la razón y él, por así decirlo, la fe. Entre los dos forman un equilibrio perfecto. Son dos personajes que dan mucho juego. De hecho, la novela que acabo de publicar es una secuela y tiene a los dos inspectores como protagonistas de nuevo.

Estás hablando de tu tercera novela para adultos, El primer pecado, un libro que está a la venta desde hace tan solo unas semanas. ¿Qué nuevos alicientes nos ofrece este libro?

Sí, es la tercera novela para adultos y que podría considerarse secuela de El arcano número 13. Se trata de un nuevo caso para la inspectora Benítez y el inspector Gómez, aunque en esta ocasión me los traigo a Gijón. En esta novela, quería un ambiente menos agresivo que el que puede ofrecer Madrid, debido a la diferencia de población, entre otras cosas, y quería también homenajear, de alguna manera, a una ciudad que me ha acogido con los brazos abiertos. Me hacía mucha ilusión hablar de la zona donde vivo y donde me muevo: incluso hablo de gente a la que conozco y a la que tengo especial cariño. Además, voy a continuar con estos dos personajes porque, aparte de que dan mucho juego, digamos «que me caen bien» ja, ja, ja.

Supongo que vas siguiendo el crecimiento de tu hijo mayor y es, por eso, por lo que los dos libros anteriores a esta última novela policíaca están clasificados dentro de la literatura juvenil. ¿Qué retos se te presentaron a la hora de escribir Siete formas de perder el pelo (2015) y Diseña a tu familia. Pincha AQUÍ (2016)?

Desde luego, las novelas juveniles fueron las más difíciles de escribir para mí, porque enfrentarse a adolescentes, aunque sea en el papel, es todo un reto. En Siete formas de perder el pelo me encontré con que la editorial con la que publico los libros infantiles me proponía aumentar la edad a algún libro destinado a los alumnos de la ESO. Tras muchos intentos, me di cuenta de que la mejor manera de llegar a ellos era a través de la fantasía o a través del enfrentamiento a los problemas sin que se note que se están enfrentando a ellos. Los dos libros juveniles tratan sobre temas que pueden preocupar a los adolescentes en algún momento, pero trato de llevarlos con mucho humor, dinamismo y, eso sí, con «moraleja». Para mí, un libro que no aporte nada a un niño o a un adolescente es un libro desaprovechado. Creo que cualquier momento es bueno para inculcar en los jóvenes unos valores que puedan poner en práctica en el futuro.

Para terminar el repaso a toda tu bibliografía, nos queda hablar de tu segunda novela para adultos, Me llamo Roberto. ¿Qué proponías a los lectores en este libro?

Tengo que confesarte una cosa. Me llamo Roberto fue la primera novela que escribí tras Candela y el misterio de la puerta entreabierta, pero, cuando se la di a leer a mi familia, mi hermana me dijo literalmente: «Muy bien, pero no tiene ni una sola descripción». Y tenía toda la razón. Me había centrado en la trama, en que no chirriara, en los nombres y fechas y, en mi cabeza, sabía perfectamente cómo eran los personajes y los escenarios, pero al lector no se los proporcionaba en ningún momento. Así que, mientras me ponía a trabajar en ella, escribí El Arcano número 13 fijándome mucho más en esos detalles.

En Me llamo Roberto intento exteriorizar mi repulsa ante la violencia de género, pero siempre dando un poco de esperanza. Los niños sufren tanto como el que recibe el maltrato y, además, se les está dando una lección equivocada sobre lo que es una familia, esté compuesta de la manera que sea. Hay personas que se encargan de que los niños superen este tipo de situaciones y esa será, en la novela, la labor de Clara, una asistente social que, de pronto, se ve metida en varios casos similares al mismo tiempo.

Tu capacidad de trabajo es extraordinaria. ¿Cómo consigues conciliar tu trabajo, tu familia y la literatura?

Conciliar, lo que se dice conciliar… A veces tengo la sensación de dejar todo a medias, de que no llego a ninguna de las cosas que hago. Luego, cuando las termino, la satisfacción es mayor. Siempre digo lo mismo, cuando se quiere hacer algo, se hace. Simplemente se da prioridad a una u otra cosa. Por ejemplo, yo tengo la suerte de dormir poco y eso me deja algunas horas más que ocupar.

Hay dos frases que me molestan y que intento no decir, aunque a veces se me escapan. Una es «no tengo tiempo» porque soy de la opinión de que, cuando dices «no tengo tiempo», en realidad estas diciendo «no tengo tiempo para esto en concreto». Y la otra es «no puedo», porque creo que, de entrada, no debemos limitarnos con la palabra. Hay que mirar siempre hacia delante.  

Estoy totalmente de acuerdo contigo: hay una serie de frases hechas y usadas con bastante frecuencia que nos limitan, en muchísimos sentidos, por el mero hecho de decirlas. Muchas personas son conscientes del poder de las palabras de los otros y olvidan la gran influencia que tienen sobre nosotros mismos las palabras que salen de nuestras bocas de forma casi automática. Me gustaría que mi última pregunta fuera todo lo contrario, que supusiera una declaración de intenciones sobre tus metas a corto y largo plazo. Háblanos de cuáles son tus proyectos literarios más inmediatos y de dónde te gustaría estar literariamente (que no virtualmente) dentro de diez o veinte años.

Proyectos literarios tengo varios. Como escribo para niños, adolescentes y adultos, suelo tener varias ideas que van tomando forma según mi estado de ánimo. Ahora mismo, tengo una novela policíaca que sería continuación -o al menos con los mismos personajes- de El primer pecado, y tengo casi terminada la quinta entrega de la saga de Candela. También ando documentándome sobre el acoso escolar para una novela juvenil. Me parece muy interesante que los chavales sepan a lo que se enfrentan y cómo hacerlo.

Me preguntas dónde me gustaría estar literariamente dentro de unos cuantos años. La verdad, me encantaría estar en todas las librerías del mundo (Reyes se ríe, con ganas, de su propio comentario). Al menos, soñar es gratis y me lo puedo permitir. Simplemente, me gustaría poder vivir de lo que escribo. Sobre todo, por poder dedicarle mucho más tiempo. Ahora mismo, el resto de mis obligaciones no me lo permiten.

Como mínimo, me veo (con toda seguridad) con el boli en la mano y escribiendo y escribiendo…

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Entrevista con Irene Laguna y Sandra Romero

Cada entrevista va marcando sus hitos correspondientes. La de hoy no es una excepción. Por un lado, estoy sentado enfrente, no de una, sino de dos personas. Por otro lado, se trata de dos de las más jóvenes a las que hemos entrevistado. Sandra Romero e Irene Laguna tienen ambas diecisiete años y fueron campeonas de España de gimnasia rítmica cuando apenas tenían once. Las dos me reciben con una sonrisa. Estas dos valdemoreñas, tan distintas en tantos aspectos, han labrado una bonita amistad de más de diez años gracias a la gimnasia rítmica.

Irene ha terminado la ESO y está haciendo un grado medio. Sandra está estudiando segundo de bachillerato.

¿Cómo y cuándo decidisteis hacer gimnasia rítmica?

Sandra – Yo lo veía en la tele y quería hacer lo que hacían esas niñas. Me ponía a imitarlas. Siempre estaba por ahí dando volteretas. Mi madre me apuntó a ballet, pero a mí no me gustaba. Un día, me puse a llorar y le dije que, hasta que no me apuntara, no dejaría de llorar. No conocía a nadie en Valdemoro que hiciera gimnasia rítmica y ya con cinco años sabía que quería realizar este deporte. Mi madre, al final, me apuntó.

Irene – Yo fui un día al médico y me dijeron que tenía mucha flexibilidad. Me dijeron que valía para la gimnasia. Un día, mi madre me llevó para que lo probara. A mí no me gustaba. Lloraba y le decía a mi madre que no me gustaba. Ella insistió para que, al menos, viera cómo era. Me dijeron que iba a jugar con el aro y con las cintas y así comenzó todo. Tenía seis años.

Enseguida os pusisteis a competir y a ganar competiciones hasta que en 2010 ganasteis nada menos que el Campeonato de España.

Sandra – Irene iba por individual con cuatro aparatos. Yo hacía, además, equipo con ella. Ella quedó primera en individual con la suma de sus cuatro ejercicios. Y, en la suma de mi ejercicio y el suyo, también quedamos primeras por parejas.

Irene – Fue muy bonito. Nuestra entrenadora nos llevó aparte de todas las demás gimnastas y nos dijo que habíamos ganado. Cuando me dijo que era campeona de España, yo no era consciente de lo que eso significaba. A esa edad, yo aún no había cumplido los once años, a mí me daba igual haber quedado campeona o haber quedado la última. No entendía nada.

Sandra – Cuando nos apartó para darnos las buenas noticias, yo pensé que nos iba a regañar porque habíamos hecho algo malo. Antes de que nos dijera nada, Irene y yo nos mirábamos como diciendo: «¡Pero si no hemos hecho nada malo!» Cuando nos dijo que éramos campeonas de España, no entendíamos las dimensiones de esa victoria. Nosotras íbamos a entrenar porque nos gustaba y porque nos lo pasábamos bien entrenando juntas. No era un hobby porque nos lo tomábamos en serio, entrenábamos muchas horas, pero a nosotras lo que nos gustaba era pasarlo bien juntas.

            Ahora, después de unos años es cuando hemos sabido valorar esa victoria en el Campeonato de España. Con once años, no lo sabes valorar.

Irene – Ahora miramos atrás, y decimos: «Jolín, he quedado campeona de España nada menos.» El año anterior, en el campeonato de España de 2009, yo ya había conseguido una medalla de bronce en la final por aparatos de cuerda. En 2011, conseguimos la medalla de bronce por conjuntos. La medalla de oro es algo superdifícil y nosotras lo conseguimos. Ojalá pudiéramos volver a hacerlo.

¿Cómo conciliáis los entrenamientos con vuestra vida escolar y personal?

Irene – Cuando estaba en sexto de primaria, teníamos el viaje de fin de curso y recuerdo que no pude ir porque teníamos el Campeonato de España. En su momento, me habría gustado ir a ese viaje de fin de curso. Ahora no me arrepiento de no haber podido ir. Fue el año que gané el campeonato.

            Conforme te vas haciendo mayor, es más difícil compaginar los entrenamientos con los estudios, pero, si de verdad te gusta, lo llevas bien.

Sandra – Yo ahora entreno en Torrejón de Ardoz y es muy duro porque tardo mucho en ir. Voy en el tren y luego me va a buscar mi padre. En el instituto no hacen excepciones conmigo. Los exámenes son los días que son y hay que aprender a encontrar el tiempo para poder estudiar. Muchas veces me dicen que no es motivo para faltar a clase el que tengas el Campeonato de España. ¡Cuando yo he estado entrenando cuatro horas diarias para estar allí…! Es muy difícil y, a veces, no lo valoran nada.

            Los entrenamientos son unas cuatro horas, cuatro días a la semana. Casi todos los fines de semana hay, además, campeonatos. En Torrejón, en la actualidad, entreno tres horas y media los lunes, martes, miércoles y viernes.

La gimnasia os ha llevado a viajar por toda España.

Irene – La primera vez que monté en avión no lo hice con mis padres. Lo hice con mi entrenadora. Hemos viajado por todo el país y los campeonatos nos han permitido conocer a muchísimas chicas que hacen lo mismo que nosotras y con las que, todavía hoy, mantenemos buenas amistades.

Sandra – Participamos en nuestro primer Campeonato de España en 2007. Teníamos ocho años.  Éramos unas niñas e íbamos solas con nuestra entrenadora. Desde el primer momento, Irene y yo estábamos juntas en la misma clase de gimnasia y, en los viajes, siempre nos ponían juntas. Veía a Irene más que a mi hermano. En el instituto, en los entrenamientos. Irene es, para mí, como una hermana. Llevo con ella toda la vida. Ha estado conmigo en los peores momentos. Se crean unos lazos muy bonitos.

El trabajo y el sacrificio que habéis realizado es extraordinario. ¿Sois conscientes de que sin el apoyo de vuestros padres no habría sido posible?

Irene – Yo he querido borrarme en muchas ocasiones. Volvía a casa cansada de los entrenamientos. A veces, era muy duro. A veces, era frustrante. Mis padres me decían que eso era normal y yo a veces me enfadaba. Ahora lo entiendo. Ellos sabían que el esfuerzo era necesario. Ahora miro atrás y lo entiendo. Mis padres siempre han estado ahí, apoyándome.

Sandra – Mis padres también. Eso sí, nuestros padres no son los típicos padres superprotectores. Ellos entendían que quien algo quiere algo le cuesta. Que, si algo queríamos, teníamos que trabajar duro. Que nadie nos iba a regalar nada. Y menos, en este deporte. Mis padres siempre me han apoyado hasta en los días de bajón.

¿De qué popularidad goza la gimnasia rítmica en España?

Sandra – En los medios de comunicación, no nos hacen mucho caso. El equipo nacional ha sido subcampeón del mundo, bicampeón anteriormente, y nadie nos ha hecho mucho caso. Nadie sabe nada porque solo vende el fútbol. Pero es un deporte muy popular. Este año, en Guadalajara, se ha celebrado la Copa del Mundo y, a las dos horas de abrir las taquillas, se agotaron todas las entradas. No mueve más porque a los medios no les interesa que mueva. Como solo les gusta a las chicas… Pero también hay chicos y tampoco se les reconoce.

            Además, hay otro campeonato, que se llama Euskalgym, que se celebra en el País Vasco, pero que se celebra a nivel internacional. Vienen las campeonas olímpicas a modo de gala. También hay competición. En ese campeonato, lo mismo: la gente se pega por conseguir entradas. Normalmente tiene lugar en pabellones de quince mil, hasta veinte mil espectadores. Las entradas se agotan siempre. Viene gente de todo el mundo para ver a las mejores del planeta. Esos días son una fiesta para la gimnasia rítmica española. Increíble. Verlo es una gozada. Formar parte de ello, inolvidable.

¿Qué lecciones habéis aprendido para la vida gracias a la gimnasia rítmica?

Irene – A tener tiempo para todo. Para entrenar, para estudiar, para dormir, para disfrutar de la familia y los amigos. Aunque, la vida social se hace con las otras gimnastas que conoces en el equipo y en las competiciones.

Sandra – La gimnasia me ha cambiado para todo. Desde muy pequeña, he aprendido a ser independiente. Yo me hacía las maletas para ir de viaje. Aprendemos compañerismo, deportividad… Es importantísimo acercarte a las ganadoras de una competición y darles la mano y la enhorabuena. Si una compañera del equipo falla, fallamos todas, con lo que hay que animar a tus compañeras constantemente.

            En un Campeonato de España, somos de Valdemoro, pero animamos a todos los equipos de Madrid. Luego, cuando hacemos amigas de otras comunidades autónomas, animamos a otros equipos. No las vemos como nuestras rivales. Las vemos como nuestras compañeras. No puedes desear mal a nadie porque sabes que hacen los mismos esfuerzos que tú.

¿Os ha enseñado la gimnasia rítmica a llevar una dieta equilibrada, a tener el deporte como parte de vuestras vidas, a llevar una vida saludable?

Irene – Nuestra entrenadora nunca nos ha exigido una dieta. Sabe que somos responsables y que no vamos a pasarnos.

Sandra – Aprendes a comer sano. Si no comes bien, es más fácil tener una lesión. Hay que saber comer un poco de todo. Nunca nos han prohibido comer bollos. Durante los campeonatos, nuestra entrenadora nos traía bollos para todas. Hay que saber comer. Nunca hemos tenido problemas con el peso.

Tenéis diecisiete años. ¿Cuándo se acaba vuestra vida en la gimnasia rítmica?

Irene – Yo me retiré tras el Campeonato de España individual de 2015, en Pontevedra. Mi entrenadora pensaba que aún podía seguir, pero yo preferí dejarlo ahí. En 2016, me animaron para que me preparara un ejercicio y lo hice a modo de exhibición. Me acuerdo de que todas mis compañeras, en especial Sandra, me apoyaron muchísimo.

Sandra – Yo me estaba planteando el retirarme este año 2016, tras el Campeonato de España en diciembre. Pero, estoy en muy buena forma para mi edad, y he decidido continuar mientras pueda.

            Empecé en Valdemoro a los cinco años. Éramos un equipo fantástico, pero, poco a poco, de mi edad, he quedado yo nada más. Es por eso que tuve que ir a Torrejón, para formar parte de un equipo. Allí, todo el mundo me ha tratado muy bien. Me han apoyado mucho. He aprendido otra forma de hacer gimnasia. Me lo pensé, porque sabía que los desplazamientos iban a ser largos, pero ha sido la mejor decisión que podía haber tomado. Ahora, me sigo sintiendo muy respaldada por mis entrenadoras y, por eso, quiero seguir otro año e intentar volver al Campeonato de España.

Además, las dos tenéis intención de continuar en la gimnasia rítmica como entrenadoras.

Sandra – De momento, me gustaría seguir participando en los campeonatos como gimnasta. Me gustaría, además, sacarme el título de entrenadora y formar a unas niñas como me han formado a mí. Quiero que otras niñas aprendan todo lo que yo he aprendido. Me encantaría llevar el nombre del club de Valdemoro hasta lo más alto.

Irene – Hemos tenido unas entrenadoras buenísimas, aquí en Valdemoro (Charo Ross, Verónica Faraldos, Beatriz Romero y la profesora de ballet, Marieta Álvarez). Una entrenadora es como una segunda madre. Llevan un montón de tiempo diciéndome que me saque el curso de entrenadora. El verano que viene espero sacarme el curso. Son tres niveles. El primer nivel es el más básico y te vale para dar clases en la escuela. Con ese primer curso, veré cómo se me da antes de seguir con el siguiente porque son cursos muy caros. Si me dejan, sería entrenadora del club de Valdemoro. Si no es posible, intentaría dar clases extraescolares en un colegio. Me encantaría entrenar a niñas junto a Sandra.

Sandra –El primer curso cuesta más de mil euros. Son muy caros. Los cursos los organiza la federación madrileña, pero hay veces que debes hacer los cursos en otros lugares de España. Una gimnasta de aquí de Valdemoro tuvo que hacerlo en Valencia. Intentaremos hacer el primer nivel este verano que viene.

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Irene y Sandra terminan recordando esas noches de hotel en las que participantes de varios equipos se juntaban en la misma habitación y forjaban amistades que llegan hasta hoy en día. Podían meterse hasta veinte niñas en la habitación y jugaban al Party o, cómo no, al Twister…

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Entrevista con Roberto García

 

En 1899 el escritor Joseph Conrad publicó El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness), uno de mis libros favoritos. Cuenta la historia de un marinero que debe embarcarse en una travesía a través de un río tropical africano en busca de un enigmático Kurtz, jefe de una explotación de marfil. Conforme se va acercando a su objetivo, el marinero va descubriendo diversos aspectos de Kurtz, algunos que le hacen grande, otros que señalan las sombras del personaje. Un siglo más tarde, en 1979, Francis Ford Coppola llevaba al cine la historia en su película Apocalypse Now, con un Martin Sheen extraordinario y un Marlon Brando en una de sus mejores intervenciones. Coppola cambió el río de lado. Lo puso en Vietnam, en plena guerra con Estados Unidos. De alguna forma, Orson Wells llevó al cine la misma historia en más de la mitad de sus películas. Deslumbraba siempre ese personaje enigmático del que se iban desgajando las múltiples verdades que conformaban su realidad.

Cada mes me siento delante de mi entrevistado durante poco más de una hora. Cada mes es un viaje a lo desconocido. Cambiamos el río tropical por un café con leche y me decido a descubrir la parte soleada del corazón del personaje del mes. En este número, se trata de Roberto García, culturista y entrenador personal, campeón de culturismo (categoría pesada) en el campeonato IFBB de la Comunidad de Madrid en 2005, segundo clasificado de culturismo (categoría semipesada – hasta 100 kilos) en el campeonato de España IFBB de 2008, segundo clasificado en culturismo Men Body 2 en el campeonato nacional de España AEFF en 2013, séptimo clasificado en Men Body 2 en el campeonato mundial Mister Universo, celebrado en Hamburgo en 2013, segundo clasificado en la categoría de mayores de 40 años en el campeonato nacional de España AEFF en noviembre de 2016 y tercer clasificado en el campeonato mundial Mister Universo (categoría de mayores de 40 años), celebrado en Hamburgo el 27 de noviembre de este año. Gracias a todo esto, Roberto García es el culpable de que mi hijo no piense que su padre es el hombre más fuerte del mundo.

Conozco bien a Roberto y me resulta muy fácil llegar a las partes más soleadas de su corazón. Más allá del culturismo y de su faceta como actor, Roberto tiene como objetivo ser una buena persona y me cuenta que se levanta cada mañana con ese único objetivo. A lo largo de la entrevista nos contará que para llegar donde ha llegado ya le tocó atravesar su particular río en tinieblas.

Roberto nació en Cantabria y llegó a Valdemoro en 1998. Entonces era guardia civil. Ahora trabaja en su gimnasio, Máximo esfuerzo, prepara físicamente a opositores, competidores y todo aquel que quiera un entrenamiento personalizado y hace sus pinitos en el mundo de la interpretación y la publicidad.

¿Cómo decidiste dedicarte al culturismo?

Supongo que muchos empezamos de la misma forma. De pequeño, me llamaban la atención los cuerpos musculados. Recuerdo disfrutar viendo películas como Conan el Bárbaro o la saga de Rocky Balboa. Allí se veían cuerpos que no se ven normalmente por la calle. Conforme vas creciendo, te das cuenta de que esos actores han dedicado muchas horas a cultivar su cuerpo haciendo pesas. Te vas informando más sobre ese mundillo, compras revistas, te apuntas a un gimnasio. Yo empecé tarde. No pude apuntarme a un gimnasio hasta que empecé a trabajar. Y, una vez allí, conocí a gente que lucía físicos muy similares a los de las películas. Ves que esos cuerpos se pueden conseguir. A partir de ahí, comienzas a documentarte, empiezas a entrenar un poco más en serio. Conoces a gente que te da consejos, te sacas las titulaciones de entrenador, de alimentación, y vas viendo que es una carrera de larga distancia. Necesita mucha dedicación, pero te reporta, también, grandes resultados. Los cambios no vienen en un día, ni en unas semanas. Se necesitan años. Pero van llegando poco a poco.

En cuanto te entra el gusanillo, es difícil de parar. Vas viendo esos cambios y te propones otras metas. Una vez que estás metido, es muy difícil estar totalmente contento. Siempre se busca una superación diaria. Siempre quieres un poquito más. La experiencia te ayuda a entrenar y a alimentarte mejor. Antes te apetecía comerte un bocadillo y ahora ya no te apetece porque tienes un tipo de alimentación que te funciona bien y estás cómodo con ella. Es un compendio de entrenamientos, alimentación y buen asesoramiento en el gimnasio.

¿En qué situación se encuentra el mundo del culturismo en España?

A partir de los años ochenta, hubo en España muy buenos competidores que ayudaron a que se popularizara el mundo del culturismo en nuestro país. Muchos de ellos siguen en activo. Tenían sus gimnasios. Eran gimnasios normalmente pequeños. Para mí, eran como cuevas llenas de hierros por todos los lados donde podías iniciarte en este mundo. Toda esta gente, que ya había competido, que incluso había conseguido títulos europeos, enseñó a sus alumnos lo que sabían y así se ha ido extendiendo el culturismo por toda España. Todo empezó en las grandes ciudades pero ahora está por todas partes. Creo que el culturismo es, ahora, un deporte de moda. Cada año hay más competidores en cada uno de los campeonatos de España.

Todo el mundo quiere un cuerpo bonito. Una forma de conseguirlo es haciendo pesas. No estoy hablando solamente del culturismo. Se trata de crear un cuerpo a la carta a través de endurecer y tonificar, de hacer fitness. Y el culturismo está pasando por un buen momento en España. Hay grandes competidores, tanto hombres como mujeres. La mujer se ha incorporado muy fuerte en este deporte. Hay varias categorías para ellas y ocupan una porción muy importante de estos campeonatos, llegando a ser mayoría en algunas ocasiones.

Imagino que la situación en Estados Unidos será diferente.

En España tenemos culturistas profesionales. Pero no viven del culturismo. En Estados Unidos, hay culturistas profesionales que viven muy bien de este deporte. Son personas que tienen un poder económico muy alto gracias a que sus seminarios, sus charlas sobre nutrición y sus sesiones de fotos están muy bien pagados. No hay que olvidar que están transmitiendo unos conocimientos adquiridos tras muchos años de aprendizaje.

En España, un culturista puede dar un seminario y sacarse el mismo dinero que ganaría si trabajara un fin de semana de vigilante en una discoteca. Son precios ridículos. No valoramos a los culturistas profesionales como lo hacen en otros países. Es cierto que el nivel de los estadounidenses es muy alto y un culturista español no podría competir con ellos por motivos económicos. Pero sí que es verdad que en España estos deportistas son los mejores y deberían poder vivir del culturismo. Tener una posición económica cómoda para seguir mejorando. Debería haber algún tipo de beca deportiva para ellos.

Háblanos un poco más de los campeonatos.

Para que todos nos entiendan, vamos a diferenciar entre culturismo, que se ocupa fundamentalmente de buscar la máxima musculatura, el máximo desarrollo y la máxima definición, y el fitness, que busca marcar el cuerpo sin buscar tanta musculatura. Prepararse para un campeonato de culturismo o de fitness requiere una inversión económica muy alta. Hace falta mucho dinero para participar en un campeonato. Necesitas todo un año de preparación, hay que comer muy bien y mucha cantidad, tienes que suplementarte bien y los suplementos no son baratos, tienes que pagarte los viajes y el hotel… Estás todo el año trabajando. Y, si ganas, obtienes un trofeo. No hay ninguna compensación económica. Sobre todo, es una satisfacción personal. Te miras al espejo y te dices: «He estado un año sufriendo e invirtiendo dinero pero esto es lo que quería». No te llevas ninguna decepción. Si de verdad te gusta, cada penique está bien invertido. Eso sí, es una pena que hay muchos buenos competidores que dejan los campeonatos porque no se lo pueden seguir permitiendo.

Háblanos de los gimnasios.

Ahora vemos que está de moda abrir macrogimnasios, gimnasios low cost, superficies de hasta siete mil metros cuadrados, que te ofrecen una piscina, que te ofrecen veinte actividades diferentes con clases grupales, te ofrecen una sala de pesas y el precio es la mitad o, incluso, menos que un gimnasio pequeñito de doscientos o trescientos metros enfocado al tema del desarrollo muscular. La diferencia está clara. En una gran superficie, uno busca estar en forma, pasar un rato agradable, charlar… Cuando uno se apunta a un gimnasio, uno busca desarrollar su cuerpo, quiere ver cambios, quiere utilizar bien el tiempo que pasa en el gimnasio y quiere una atención más personalizada. En una gran superficie, con esos precios, no puedes esperar tener un monitor pendiente de ti. Tienen muchos socios y un número limitado de monitores. Con suerte, te dan una hoja con un circuito y tú tienes que buscarte un poco la vida. En mi gimnasio, yo atiendo personalmente a todos los clientes, les pongo dietas personalizadas. No le puedes dar la misma dieta a todos los clientes. Cada uno tiene unas necesidades, unos objetivos. El entrenamiento es diferente para cada persona. Uno debe desarrollar más la pierna, otro debe perder más abdomen. Preferimos tener menos gente y atenderlos bien que tener más gente y dejarlos desatendidos. Obviamente, el negocio nos tiene que dar para vivir, pero, a partir de esa premisa, nos concentramos en la calidad y no en la cantidad. Nosotros nunca nos vamos a hacer ricos. Las grandes superficies se hacen ricas, pero sus clientes se dan cuenta de que no reciben la atención que esperaban.

¿Qué imagen crees que transmiten los culturistas a la sociedad?

Para muchos, la primera imagen del culturista es de una persona bruta, agresiva. Nada más lejos de la realidad. El culturista practica un deporte donde busca un desarrollo físico. Los culturistas son gente sensible. Aunque nos parezca lo contrario. Son gente a los que les gusta ayudar a los demás. Han vivido un compañerismo en el gimnasio que luego sacan al resto de su vida. En el gimnasio hay que estar pendientes del compañero, se dan consejos, se intenta ayudar…

Como el físico del culturista no se ve normalmente en las calles, se puede explotar en la publicidad, da mucho juego en sesiones fotográficas y es un recurso muy socorrido para cierto tipo de películas o series de televisión. Actores guapos de ochenta kilos hay muchos. Actores musculados, sin un gramo de grasa no hay tantos y esto puede abrirte las puertas a ese mundo.

Ya has trabajado para varios anuncios e, incluso, para alguna serie de televisión.

El primer anuncio que hice fue para una marca de coches. Luego hice otro para un gran supermercado. Aparecí en otro de una cerveza que aprovechaba el anuncio para denunciar la violencia machista. Me gustó. Recientemente, volé a Sudáfrica para rodar un anuncio para otra marca de cerveza. Estuvo muy bien: me pagaron el vuelo, una suite en un hotel de cinco estrellas, chófer, intérprete… Este anuncio aún está en producción. Además, tuve la suerte de participar en el último episodio de la primera temporada de Olmos y Robles.

Hemos hablado del Roberto que cultiva su cuerpo. También de tu faceta artística. Sin embargo, nos dejaríamos una parte muy importante si no habláramos de que también cultivas tu espíritu.

Trabajé muy duro para ser guardia civil. Estuve dos años trabajando en una cárcel, dos años en un puesto de patrulla en Valencia y dos años formando parte de un grupo antiterrorista en el País Vasco. Vine a Valdemoro cuando conseguí ingresar en un cuerpo de élite de la Guardia Civil. Me había preparado a fondo para pertenecer a esa unidad especial. A partir de los años 2000-2002 comencé a tener serios problemas con la vista. Eso se fue agravando y en 2007 tuve que dejar de trabajar porque mi vista era de un 20-25%. Así no podía trabajar. La baja médica por la vista me llevó a una baja médica psicológica. Caí en una terrible depresión. Tuve que acudir al psiquiatra, a tomar medicaciones y llegué a ser ingresado en varias ocasiones en centros psiquiátricos.

Cuando estás ingresado, estás altamente medicado y no te puedes centrar pero, en cuanto salía del hospital, comencé a preguntarme muchas cosas. ¿Por qué me estaba pasando todo esto? ¿Por qué, después de lo que he luchado, no puedo conseguir lo que quiero? Buscaba respuestas. ¿Cuál era el sentido de la vida? No podía ser que todo se acabe y que sea tan malo. Cuando comienzas a hacer preguntas, aparecen las respuestas. En el momento en el que peor me encontraba, ingresado y medicado, llegó a mis manos un libro que cambió mi vida. Comencé a aplicar lo que decía ese libro, empecé a reducir la medicación y todo dio un giro de ciento ochenta grados. Ya no le daba tanta importancia al trabajo, o a las cosas materiales. Entendí que todo pasa por algo y lo que me estaba sucediendo estaba ahí para que yo aprendiera de ello. Eso me ayudó a superar todos los problemas laborales y psicológicos que había tenido. Llevo un montón de años sin tomar medicación, soy el tío más feliz del mundo, me conformo con lo mínimo. Agradezco cada día en el que me levanto, intento ayudar a otras personas a darse cuenta de que el mundo no se acaba ante un problema.

A partir de ese libro, he seguido leyendo sobre todo este tema y he hecho grandes amigos dentro de este mundo. Luego decidí comenzar a realizar charlas y reuniones para hablar de todo lo que a mí me ayudó a salir de la depresión y creo que he ayudado a bastante gente. Así, hemos formado un grupo de personas que nos vamos reuniendo periódicamente y va apareciendo gente nueva. Otras veces, la gente viene a hablar conmigo y, simplemente, nos tomamos un café y les ayudó a comenzar a cambiar su vida.

No somos solamente cuerpo. Somos un espíritu inmortal que estamos albergando una apariencia física temporal. Ese espíritu se va reencarnando en otros cuerpos. Para mí el que todo acabe no tiene sentido. Con todo esto, no quiero convencer a nadie. Cada uno puede pensar y creer lo que quiera. Yo solo cuento lo que me ha ayudado a mí. Cada vida que vivimos nos enseña algo. Si en una de esas vidas tengo un reto y no lo supero, en la siguiente vida, ese reto aparecerá de forma muy similar. Hasta que pueda superarlo. Y, entonces, en la siguiente vida, aparecerá otra lección diferente. Se te van poniendo pruebas dependiendo de la fase espiritual en la que te encuentres. Así, hasta que llegamos a la máxima perfección, que yo considero que es el amor incondicional.

En la actualidad, hay más egoísmo que amor. Hay guerras, hay hambre, desigualdades, injusticias, es una especie de infierno. Conforme nos vayamos acercando al amor, el mundo será mejor y, cuando logremos alcanzar ese amor, estaremos en el paraíso. Puede que necesitemos más de diez mil vidas, pero estoy convencido de que todos llegaremos a ese punto de perfección. Por eso, cada día que me levanto, intento dar un paso para adelante en este camino. Intento ayudar a la gente, intento ponerme en la piel del otro.

Estoy convencido de que para ponerte a buscar respuestas, te tiene que pasar algo gordo. El que lo tiene todo, no se plantea estas preguntas. Me tuvo que pasar todo lo que me pasó para que yo ahora pueda ser tan feliz. La gente tiene todo el derecho a pensar que se me ha ido la pinza. Dentro de una, dos o veinte vidas estarán como estoy yo ahora.

Después de todo lo que ha cambiado tu vida, tienes que decirnos cómo se titula ese libro que llegó a tus manos.

Se titula “Las leyes espirituales”, de Vicent Guillem. Es un libro que el propio autor ha colgado en archivo PDF gratuito en Internet. Si la gente lo quiere comprar en papel, puede hacerlo, pero el autor no pretende sacar beneficio por su venta. Tiene un segundo libro que se titula “La ley del amor”.

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Cuando le pregunto a Roberto si quiere añadir algo más, me recuerda que las charlas son los domingos en su gimnasio, aproximadamente una vez al mes. Son totalmente gratuitas. Si alguien está interesado, puede pasarse por el gimnasio para recibir más información o para hablar con él. Me recuerda, además, que el gimnasio lleva varios años siendo un centro solidario. Allí recogen ropa, comida, juguetes… y los redistribuyen  a la gente necesitada.

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