Se amaba tanto a sí mismo

         Se amaba tanto a sí mismo… Aunque pronto descubrió que era un amor no correspondido.

         He loved himself so much. However, he soon found out it was a strange case of unrequited love

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El barrio de las Hormigas

         A la guerra[1] le sigue la posguerra, y a la posguerra, la post-posguerra. Luego viene el olvido y, tradicionalmente de su mano, la preguerra. En España, mi generación pertenece al periodo de la post-posguerra que, por fortuna, es lo que más se parece a una época de paz. Gracias a la generación que nos precede, la de mis padres, pude conocer, de segunda mano, partes de la posguerra. Una serie de situaciones que, en mayor o menor medida, compartía con los amigos con los que crecí. Nuestros padres y madres venían de pueblos pequeños. Ellos habían venido a Zaragoza a hacer la mili y allí encontraron trabajo en cuanto la terminaron. Ellas habían llegado con sus familias y, con su saber hacer, lideraron un revolución que llevó a cabo la mayor conversión de familias de clase obrera a la burguesía de toda la historia.

       El barrio de las Hormigas (Yagruma Ediciones, 2017), de Antonio Pérez Martín-Tereso, es un libro delicioso, un retrato detallado de un barrio a las afueras de Madrid, cerca del pueblo de Hortaleza, en la época de la posguerra española. Dividido en pequeños cuentos cortos, el autor nos va contando sus recuerdos: cuenta cómo su padres y sus tíos compraron dos lotes vecinos  en unos terrenos que resultaron no tener permisos de edificación; cuenta cómo su padre encontró agua cavando un pozo en su parcela; relata el día en el que los vecinos decidieron cocer los ladrillos con los que cada uno construiría su propia casa…

       En un barrio tan humilde no faltaban los personajes pintorescos y a algunos de esos personajes van dedicados gran parte de los cuentos de la segunda mitad del libro. Para todos ellos, tiene el autor palabras de cariño, haciéndonos ver que cada uno de ellos forma parte del bestiario de su infancia y su adolescencia.

        La arquitectura de cada uno de los relatos es sencilla. De hecho, uno de los mayores atractivos del libro es su sencillez. Porque, cuando una historia es buena, cuando una historia es verdaderamente buena, no necesita ni fuegos de artificio ni traca final.

        De alguna manera, el barrio de las Hormigas no está tan lejos de los poblados del valle del Río Puerco a los que me referí en mi entrada de blog anterior (El oeste americano del valle del Río Puerco). Tampoco se aleja mucho de los pueblos españoles que fueron abandonados en la posguerra. Porque, aunque el barrio de las Hormigas todavía siga en pie, no es el mismo barrio del que habla el libro. El libro habla de un lugar del pasado, un lugar que ya no existe porque corresponde al estado en el que se encontraba cuando el autor era niño. Este hecho llena cada una de las páginas de un lirismo subterráneo al que se llega cavando hasta cierta profundidad, como cuando el padre del autor cavaba el pozo para obtener agua. Pero, en el último cuento, ese lirismo brota a borbotones y, es ahí, donde el autor destapa todos sus sentimientos.

        El barrio de las Hormigas es un libro sobre un lugar en un momento determinado de nuestra historia reciente. Pero, sobre todo, es un libro sobre las personas que hicieron de ese lugar una referencia vital para Antonio Pérez Martín-Tereso.

[1] No hay nada de «bello» en una guerra. Por eso, la mayoría de las lenguas romance prefirieron adoptar la palabra procedente del germánico werra, más agresiva, más onomatopéyica, más violenta que la palabra latina bellum, tan cercana formalmente de bellus que evolucionó en «bello».

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El oeste americano del valle del Río Puerco

      Muchos de nosotros tuvimos la suerte de crecer con las películas del Oeste americano, un territorio mitológico que, de niños, muy pocos habrían sabido señalar con precisión en los mapas y que, de más creciditos, tendríamos que encontrar siguiendo las referencias geográficas que vinieran a nuestra memoria. Las dos razones por las que no es tan fácil situar ese Oeste americano con facilidad están ciertamente conectadas: por un lado, el Oeste americano estuvo ligado con frecuencia al concepto de frontera y, por lo tanto, fue o es un territorio portátil muy amplio que empezó estando a unas millas al oeste de Jamestowne, en el estado de Virginia, y que fue trasladándose hacia el noroeste, hacia el oeste y hacia el suroeste de forma progresiva; por otro lado, el Oeste americano, más que un territorio, sería un concepto, un mundo mitológico, como hemos mencionado, que dio paso a la creación del imperio mundial que, de alguna forma, gobierna el mundo en el que hoy vivimos. Una teoría plausible señalaría la costa de California como el final de ese Oeste americano; otra, no menos acertada, extendería ese oeste hacia Alaska, Hawaii, la Polinesia entera, Tierra de Fuego, Japón, casi toda Asia, para llegar a Europa y alcanzar, de nuevo a nuestro entrañable pueblecito de Jamestowne por el Atlántico. Todo para dar la vuelta al mundo en ochenta transacciones bursátiles.

     Todos esos oestes americanos mencionados serían igual de válidos pero, si queremos encontrar la cumbre del Olimpo, necesitamos no sólo unos actores/personajes tipo/dioses a los que podamos identificar en todo momento, sino también unos paisajes a los que nuestra memoria pueda invocar con facilidad y unas circunstancias en las que podamos justificar como hazañas cada uno de nuestros tiroteos. Entonces, sólo entonces, el dedo de un viajero curtido se dirigirá sin dilación al territorio comprendido entre el río Grande y el río Pecos, en el estado de Nuevo México, para señalar su ubicación. Ahí es donde la literatura se ha recreado más a la hora de contarnos el Oeste americano. Muy posiblemente, como rezaba el cartel de introducción de la exposición histórica The Frontier Experience: New Mexico 1598-1900 (La experiencia de la Frontera: Nuevo México 1598-1900),  porque ese territorio haya sido el que durante más tiempo fue (o ha sido) parte de la frontera:

     La ‘frontera’ ha sido considerada durante mucho tiempo como un factor importante para la creación de los ideales y actitudes estadounidenses. Nuevo México es único entre el resto de los estados porque tiene una herencia de la frontera que duró más de 300 años. De hecho, ningún lugar en Norte América experimentó este proceso durante tanto tiempo. La mayoría de los territorios fueron frontera durante sólo los primeros años de sus existencias y entonces la frontera se trasladó más al oeste o más al norte.[1]

    Muy posiblemente, también, porque fue ese territorio sobre el que más artículos escribieron los periódicos de Nueva York a finales del siglo XIX para mantener el creciente interés de unos lectores que tal vez añorasen, desde la comodidad de sus ciudades, un pasado reciente en el que sus territorios habían sido Oeste americano; muy posiblemente, porque, desde muy temprano, Hollywood se encariñó de esos paisajes del suroeste de los Estados Unidos para filmar sus películas.

     En España, en todas esas películas del Oeste americano, todos los personajes hablaban en español. Luego descubrimos que no, que en realidad nosotros los oíamos en español gracias a la magia del doblaje de las películas pero que, en realidad, todos los personajes hablaban en inglés. El Oeste americano que supone el mito del nacimiento de los Estados Unidos se escribió primero en inglés y se filmó, pocos años después, en inglés. Sin embargo, si echamos un vistazo al Censo de Estados Unidos de 1890, observamos: “En Nuevo México casi dos tercios, el 65,11%, y en Arizona casi tres décimas partes, el 28,23%, de la población mayor de 9 años no sabía hablar inglés[2]”. Desafortunadamente, el censo no ofrece datos exactos de las personas de estos dos estados cuya lengua madre era el español pero, teniendo en cuenta la cifra del 65,11%, podemos imaginar que el número de niños menores de 10 años que no hablaban inglés o el número de habitantes mayores de 9 años que hablaba inglés pero cuya primera lengua era el español eran bastante elevados. Así pues, tenemos que pensar que el Oeste americano se escribió en inglés desde la costa este de los Estados Unidos y se filmó en inglés desde la costa oeste. Sin embargo, es más fácil que el Oeste americano se hubiera hablado en español y que los propios habitantes de ese Oeste americano hubieran escrito los sucesos de la zona en sus periódicos en español. No obstante, en 1889, posiblemente el momento más álgido para la prensa en español en Nuevo México, había 65 periódicos publicados en español.[3]

      En España, por lo tanto, estas películas eran dobladas del inglés al español gracias a la deliciosa ironía que suponía el hecho de que los Estados Unidos hubieran elegido como cuna del mito de su nacimiento a un territorio en el que, durante el periodo en el que ese mito se llevaba a cabo, la aplastante mayoría de la población hablaba español. El fenómeno no era nuevo: El griego Eneas, protagonista indiscutible del mito de creación de Roma, habla en latín durante toda la Eneida. Podríamos alargar la ironía un poquito más: cuando Sergio Leone filmaba sus estupendos Spagetthi Westerns en España se llevaba consigo a dos o tres actores angloparlantes a los desiertos de Almería. Leone se hizo popular con unas películas llenas de silencios porque en ellas sólo hablaban tres o cuatro actores. El resto, actores extras españoles, aparecían silenciosos porque no hablaban bien el inglés y se dedicaban a rellenar los ataúdes que luego pagaba el personaje que interpretaba el bueno de Clint Eastwood.

     Tal vez fue mejor así. Tal vez Leone hizo bien en no dejar hablar en español en sus películas. Después de todo, el español que se hablaba entre el mítico río Grande y el río Pecos no era el mismo que se hablaba en Andalucía. El español que se hablaba en Nuevo México se había configurado como una variedad más del español, con su personalidad propia, con sus giros regionales y con unas soluciones adecuadas para defenderse en esos territorios lejanos. El español de Nuevo México (especialmente aquel hablado en los dos tercios norte de Nuevo México y en el valle de San Luis, al sur del estado de Colorado) pronto llamó la atención de lingüistas prestigiosos (Aurelio Macedonio Espinosa, Amado Alonso, Rubén Cobos, Manuel Alvar, Garland Bills, Neddy Vigil, entre otros). Pronto aparecieron también reputados folkloristas como Enrique Lamadrid, John Donald Robb o Jack Loeffler y Kathrine Loeffler.

    Muy cerquita de esa Mesopotamia del suroeste de los Estados Unidos, a unos pocos kilómetros al oeste nos encontramos con otro río, tal vez más discreto pero, no por ello, menos importante para nuestro texto. Estamos hablando del río Puerco, que nace al noroeste del estado, en los picos de San Pedro, en las montañas Nacimiento y, pasa cerca de Cuba (en Nuevo México, claro), deja al este el conspicuo pico de Cabezón y el cerro del Cochino, se le une el Arroyo Chico entre la mesa San Luis y la mesa Chiuato; pasa al oeste de la mesa Prieta para atravesar más tarde la reserva india de Laguna, donde se le une el río San José, y desembocar en el río Grande a unos 32 kilómetros al sur de Belén. Estamos hablando de 370 kilómetros de una cicatriz seca durante una buena parte del año por la que, cuando le toca, se desbocan las aguas de las lluvias y el deshielo.

      Poco después de crearse la reserva para los indios navajos, entre los años 1860 y 1870, se fundaron una serie de plazas a las orillas del río Puerco, todas al sur de Cuba, muy cerca del pico de Cabezón. Gente, en su mayoría procedente del valle del río Grande (Albuquerque, Bernalillo, Algodones), pero también de lugares más lejanos, como Antón Chico, Puerto de Luna o Pecos, buscaron mejorar su vida en esa pequeña comarca. Casi todos, con muy pocas excepciones, eran hispanos e hispanohablantes y llevaron consigo toda una riqueza folklórica que se había conservado y desarrollado en Nuevo México durante más de dos siglos. Poblaciones como San Luis, Cabezón, Guadalupe y Casa Salazar conformaron una pequeña comarca de poco más de 700 habitantes que desarrollaron sus vidas a lo largo de casi un siglo hasta que la zona fue abandonada para 1950. Las dos Guerras Mundiales, que reclutaron a los jóvenes de la zona, y la falta de apoyo gubernamental hacia los pequeños rancheros del valle del río Puerco hizo que la comarca fuera perdiendo población progresivamente a partir de 1910 y para 1950 todos su habitantes habían abandonado la zona.

     El valle del río Puerco es el Oeste americano que le tocó vivir a Nasario García y el Oeste americano que él decidió contar al mundo. El recóndito y maravilloso Oeste americano de Nasario García. Los personajes que nos cuentan ese Oeste a través de Nasario habrían vivido durante los mismos años y prácticamente en el mismo territorio que aparecían en los periódicos del este y, sin embargo, los relatos que nos ofrece Nasario están muy lejos de los duelos al sol. Son historias sencillas de familias que trabajaban duro en la tierra y criando animales para salir adelante, para aumentar progresivamente sus lotes de tierra. Son historias de accidentes laborales, de supersticiones, de anécdotas en el campo o en el baile, de fe y de dudas ante lo incierto.

    Nasario García no nació en esta comarca del valle del río Puerco. A su madre la convencieron para que fuera a Bernalillo a casa de su madre, la abuela materna de Nasario, para que naciera en un lugar más “civilizado”[4]. Sin embargo, Nasario se crió en Guadalupe (Ojo del Padre) y, como autor, académico y folklorista, se ha dedicado a recuperar la memoria de la comarca en gran parte de su obra. Si es verdad que el ser humano pasa su vida buscando e intentando recuperar su infancia, Nasario es, no cabe duda, un ser humano ejemplar.

     En 1987, publicó Recuerdos de los viejitos, su primer volumen dedicado al folklore del valle del Río Puerco y, desde entonces, le siguió Abuelitos, Tata, Comadres y Más Antes. Todos estos libros contienen la frase “Valle del río Puerco” en su título y todos  recopilan historias o anécdotas relatadas por los propios protagonistas. Nasario se dedicó a grabar y, después, transcribir casi literalmente todas esas historias contadas por habitantes del valle del río Puerco nacidos entre el 1872 y el 1927. Los dos primeros tienen más similitudes; el tercero se distingue porque son todas historias que le contó su padre; para el cuarto, sólo utilizó las historias que le contaron las mujeres; el quinto recopila dichos, adivinanzas, cuentos, corridos, cartas, entriegas (versos cantados o recitados para los novios en una boda), canciones y alabados.

     Con estos cinco volúmenes, Nasario demuestra que su mayor interés es escuchar antes de ser escuchado. Aún publica dos libros más con carácter recopilatorio, Brujas, Bultos, y Brasas y ¡Chistes! antes de destapar completamente su lado poético con Tiempos lejanos. En el primero de esta lista, Nasario cambió de valle para entrevistar a pobladores del valle del río Pecos y transcribir sus cuentos sobre brujas y magia. Tocará el mismo tema en un libro posterior, Brujerías, en el que amplia, una vez más su ámbito e incluye a todo el suroeste de los Estados Unidos. En el segundo recopiló chistes en español por el norte de Nuevo México y el sur de Colorado (aquí todavía encontramos alguno recogido en el valle del río Puerco). En el 2004 publica su primer poemario con Tiempos lejanos.

   Aún publica dos libros más relacionados con el folklore y la tradición nuevomexicanos: Old Las Vegas, en 2005, y Fe y tragedias, en el 2010. En el primero, la legendaria ciudad de Las Vegas (la ciudad de Nuevo México, no la famosa de Nevada) y el segundo trata el tema de la fe en el mundo rural nuevomexicano.

    En 2009 Nasario publica dos libros de ficción llenos de cuentos para niños y para adultos: El Arco Iris y otros cuentos y Ruido de Cadenas. En estos dos libros, el autor puede encontrar cuentos que Nasario escuchó en su infancia y cuentos inspirados en sus propias experiencias.

     Su último libro (de momento) fue publicado en 2010. Bolitas de Oro es un poemario exquisito, otro maravilloso homenaje a su infancia en Guadalupe, en el valle del río Puerco, un homenaje a las canicas, a las bolitas de oro, como ellos las llamaban. Y es con este libro, y con su vuelta al valle del río Puerco, con el que Nasario se universaliza. La amplitud del territorio cubierto y la progresión venían reflejadas en los títulos de sus libros: valle del río Puerco, Norte de Nuevo México y sur de Colorado, suroeste de los Estados Unidos…cualquier muchacho del mundo que haya jugado a las canicas, que haya llevado pantalones cortos y las rodillas llenas de costras encontrará poemas en este libro con los que sentirse identificado.

      Tres aspectos llaman la atención en los libros de Nasario: el primero es el hecho de que Nasario no renuncie al español en ninguna de sus obras puesto que la mayoría de los textos aparecen en español y en inglés; el segundo es el respeto y la admiración del autor por los mayores, por los viejitos, de su cultura; el tercero es su afán de no idealizar en exceso el mundo que intenta describirnos. En Abuelitos, hace una clara declaración de intenciones al respecto:

      Mientras reflexiono sobre mi infancia en Guadalupe y en el valle del Río Puerco, se mantienen en mi mente numerosos y placenteros recuerdos imborrables, pero, al mismo tiempo, sería injusto regocijarnos en ellos sin admitir que, en muchas ocasiones, la tristeza, la tragedia y la pobreza también convivían con los habitantes de la zona.  Si dejamos de lado a esa realidad corremos el riesgo de dar un toque excesivamente romántico y distorsionar una forma de vida muy real. Desafortunadamente, esta tendencia asoma de vez en cuando por los relatos sobre las comunidades rurales hispanas de Nuevo México, especialmente cuando los autores son forasteros que se quedan cautivados y, tal vez, perplejos ante Nuevo México, la Tierra Encantada. [5]

      Es refrescante descubrir que tras el Oeste americano de celuloide con el que muchos de nosotros nos criamos hubo otros oestes americanos. El oeste americano forjado en español y con folklore hispano tuvo la suerte de ser encontrado, escuchado, recopilado y transcrito por el nuevomexicano Nasario García. Hubo otros oestes americanos que, desde aquí, invitamos al lector a descubrir: aquellos oestes americanos que se vivieron en navajo, en apache, en keres, en tigua, en tehua, en towa y en zuñi.

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[1] La traducción es nuestra y la cita aparece recogida por Thomas Chávez en su libro An Illustrated History of New Mexico. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002 [1992], p. 238, y cuyo texto original es: “The frontier experience has long been considered a major contributor to the development of American ideals and attitudes. New Mexico is unique among states in having a frontier heritage that lasted over 300 years. In fact, no place in North America experienced the process longer. Most areas were frontiers for only the first years of their existence and then the frontier moved further west or north.”

[2] La referencia proviene del informe “Progress of the Nation. Part II,” p. lxiii del Censo de 1890. XI Censo de los Estados Unidos. Su título original fue: Department of the Interior, Census Office. Report on the Population of the United States At the Eleventh Census: 1890, Washington D.C.: Government Printing Office, 1895. El texto original es: “In New Mexico very nearly two-thirds, or 65.11 per cent, and in Arizona very nearly three tenths, or 28.23 per cent, of the population 10 years of age and over could not speak English.”

[3] Para ampliar y contextualizar véase Habermann-López, Mary Jean. “Multilingualism in New Mexico”. Nuevo México. Ed. Roberto Mondragón. Nuevo México: New Mexico Highlands University, 2009, p. 122.

[4] Es el propio Nasario García quien utiliza esta expresión, “so that I would be born in more ‘civilized’ surroundings,” en su obra Abuelitos. Stories of the Río Puerco Valley. (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1992, p.1. Published in cooperation with the Historical Society of New Mexico).

[5] El texto original es: “As I reflect in my childhood in Guadalupe and the Río Puerco Valley, countless pleasant memories remain indelible in my mind, but, at the same time, it would be unfair to dwell on this aspect without acknowledging that sadness, tragedy, and poverty often plagued the inhabitants as well. To ignore this reality is to invite the risk of romanticizing and to distort a very real way of life. This tendency, regrettably, has appeared from time to time in writings about rural Hispano communities in New Mexico, particularly by outsiders who become enthralled and perhaps bemused by the Land of Enchantment.”

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Entrevista con Chema Rodrigo

«El arte figurativo comienza a penetrar en amplios sectores de la sociedad actual, generando un cambio de perspectiva en muchos profesionales del arte que, por fin, empiezan a entender que el arte de nuestro siglo necesita de nuevos planteamientos y nuevas metas, muy desvinculados de cánones y tópicos heredados del siglo anterior.

Un arte que ya no se conforma con la experimentación convertida en un fin en sí misma, ni con el permanente ensayo de formas y colores sin lograr producto definitivo alguno; ni tampoco con el culto al ruido por el ruido, ni con la fabricación de montajes cinematográficos condenados al aburrimiento. Y esa nueva expresión requiere, de nuevo, un arte directo, expreso, rotundo, absoluto, real, inteligible y genial, capaz de generar ilusiones y de despertar admiraciones en amplios sectores de la población que, de esta forma, volverán a hacer las paces con el arte de su tiempo y a soñar con ilusiones hoy por hoy totalmente olvidadas.

El arte ha de ir dirigido al hombre de la calle, no al erudito ni al especialista. El arte ha de hablar el lenguaje del pueblo, no el de los académicos.»

Aquellos que tuvimos la suerte de visitar la exposición Humano de Chema Rodrigo en Valdemoro, del 19 de septiembre al 4 de octubre, recibimos un pequeño y cuidado folleto en el que aparecía este texto, procedente del manifiesto del Museo Europeo de Arte Moderno. Recomendamos leer el manifiesto completo en https://www.meam.es/es/about/.

Alrededor de 1994, Richard Wiseman, un profesor de universidad estadounidense,  decidió comenzar a estudiar la suerte de forma científica. Puso un anuncio en su universidad en el que buscaba a mil personas que consideraran que tenían buena suerte y a mil personas que consideraran que la suerte no les acompañaba. Una vez aparecieron los voluntarios, Wiseman comenzó a aplicar sus métodos de estudio científicos. Llevó a cabo entrevistas, realizó encuestas, analizó los resultados y publicó sus conclusiones en un libro titulado The Luck Factor (2004). El libro llamó mi atención desde el primer momento. Los conceptos de «buena suerte» y «mala suerte» habían formado parte de mis obsesiones desde mi juventud. ¿Podían estudiarse estos fenómenos vitales y encontrar fórmulas para acercarse o alejarse de ellos?

Confieso que, aunque me considero una persona muy afortunada, mi obsesión con la suerte ha menguado en los últimos años. Sin embargo, en cuanto conozco a alguien que se retrata como afortunado, esa persona consigue toda mi atención, analizo su comportamiento e indago sus razones para considerarse con buena suerte. Así me sucede con Chema Rodrigo. Nos acabamos de conocer, nos acercamos a la barra para pedir y, mientras esperamos a que nos sirvan, me espeta eso de “yo es que tengo mucha suerte.” En ese momento, mi cabeza se alza de un brinco y miro a Chema a los ojos. No hay en ellos altanería. Lo que encuentro es humildad y agradecimiento hacia esa buena suerte. Soy todo oídos.

Chema Rodrigo es de Valdemoro de toda la vida. De hecho, las últimas cuatro generaciones de su familia nacieron en Valdemoro. Como su padre trabajaba en Madrid, se crió en el barrio de Legazpi, pero pasaban todos los fines de semana y las vacaciones en Valdemoro. Cuando se jubiló su padre, se vinieron a vivir definitivamente a nuestra localidad. Chema, que había comenzado en Madrid, continuó sus estudios de  Delineación en la escuela comarcal (ECAM) de Valdemoro.

Tendrás que empezar contándome por qué crees que tienes buena suerte.

Es una afirmación que puede sonar graciosa, saliendo de una persona que ha tenido varios accidentes de aviación, otros de espeleología… (sonríe), pero sí, me considero afortunado porque sé adaptarme a las circunstancias e intento sacar partido de cualquier situación vital en la que me encuentro. Siempre he tenido buena suerte. A lo mejor es que la he buscado inconscientemente.

Decir que basta que desee algo para que ocurra podría parecer un tanto presuntuoso, pero es verdad que, cuando deseo algo de verdad, siempre aparecen ciertos factores externos que me lo facilitan.

Hace cinco años dejé mi empresa, dejé el trabajo, vendí la casa, el coche y un avión ultraligero (soy piloto e instructor de vuelo), reduje a un mínimo mis posesiones y abandoné todas las redes sociales. Ahora no tengo ni cuenta bancaria. Mi madre tiene noventa y dos años y necesitaba de mi atención y cuidados constantes. Mi novia vive en el País Vasco, así que mi situación no era ideal, pero yo decidí aprovechar al máximo mi momento vital. Muchas personas no habrían sabido qué hacer. Yo comencé a pintar todos los días. Estos cinco años he pintado todos los días. Mi situación personal, que podía considerarse compleja, se ha convertido en mis cinco años de universidad.

¿Cuándo comenzó tu afición por el arte?

Desde pequeño, me ha gustado dibujar. Recuerdo que el bloque principal de los regalos que me traían los reyes magos eran materiales de dibujo: papel, rotuladores, pinturas de colores… Mi padre era aficionado a la pintura y hacía cuadros para casa, pero a mí, sobre todo, me gustaba dibujar. La afición de mi padre le llevaba a comprar libros de arte. En casa teníamos una enciclopedia, en siete tomos, de Historia del Arte. A mí me gustaba mucho esa enciclopedia, mirar sus cuadros y reconocer a los autores. A los diez años, recuerdo que ya podía identificar a muchos pintores. Recuerdo que, ya de pequeño, gané un par de concursos de pintura y, en la Escuela Comarcal Arzobispo Morcillo, siempre me llevaba un premio u otro en los certámenes de arte. A veces acuarela, pero dibujo principalmente.

A mis estudios de Delineación entré con la inconsciencia del adolescente. Yo quería dibujar. A mí, me gustaba dibujar. Mi padre, muy hábil, ni siquiera mencionó Bellas Artes. Me sugirió Delineación, pensando que sería una profesión donde tendría más seguridad laboral. En el primer año, ya me di cuenta de que no era lo que yo había imaginado, pero había que terminar los estudios…

Y, cuando terminaste tus estudios, te dedicaste a otras cosas.

Sí. Yo tenía muchas inquietudes culturales. Estuve involucrado en la creación de la primera estación de radio en la localidad, Onda Valdemoro. Estuve cuatro años dirigiéndola. «Crearla» significa «crearla». Me tocó hasta clavar clavos. Estábamos en un local del Ayuntamiento, en la Torre del Reloj. Todavía está la antena. También me hice monitor de tiempo libre y director de actividades infantiles y juveniles. He estado de campamentos con chavales durante veintiséis años. También trabajé en la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento. Colaboré en la creación del Centro Cultural. Hicimos muchas cosas que no había habido nunca en Valdemoro. Hicimos fanzines, organizamos formalmente los carnavales, organizábamos las fiestas de Valdemoro (entonces, te quedabas hasta el final del concierto para pagar a los músicos)…

Mientras trabajaba para el Ayuntamiento, un interiorista me ofreció trabajar con él, como socios. Él tenía muchos contactos en el sector de la hostelería y me propuso crear una empresa de publicidad. A mí me gustaba también mucho el tema del diseño gráfico. Fueron años muy buenos. Teníamos una oficina cerca de la Plaza Mayor, en Madrid. Luego fuimos moviéndonos por la Comunidad de Madrid. En un momento dado, creé mi propia empresa… llegamos a tener una imprenta, aquí en Valdemoro… luego nos fuimos a Vallecas… Fueron unos años muy buenos. Muy divertidos. Hasta que llegó la crisis y, con ésta, yo ya con otro socio, vimos que había muchos gastos y nos costaba mucho ganar algo de dinero.

¿Es en ese momento cuando te planteaste tu futuro?

Yo decidí hacer un parón. Decidí tomarme dos o tres meses para ver cuáles debían ser mis siguientes pasos. Yo no había estado sin hacer nada durante dos o tres meses seguidos en toda mi vida. No es fácil, cuando uno es tan activo como yo. De esto hará como unos cinco años. Un día, estando con un amigo de la Asociación de pintores de Valdearte, le pregunté qué debía hacer para formar parte de la asociación. «Vente y ponte a pintar con nosotros», me dijo, «es un ambiente muy agradable». Fui, me uní a ellos, y, desde hace cuatro años, decidieron que fuera el presidente de la asociación.

Yo no había pintado nunca hasta ese momento. Llevo cuatro, cuatro años y medio pintando. Mi afición estaba ahí y yo no lo sabía. Había muchos conceptos con los que ya había trabajado por mis anteriores trabajos y por mi afición a la fotografía: color, mezcla de color, iluminación, pose, anatomía, encuadres, composición, armonía…

Mi habilidad manual, como siempre he estado dibujando, mi muñeca funciona bien para hacer lo que mi cerebro quiere. Así que, tengo la suerte de trabajar con cierta rapidez.

Y, tras un tiempo, decides presentarte a algunos concursos.

Un amigo perteneciente a la asociación de artistas, ya desaparecida, Francisco Bayeu me propuso que me presentara al 50 Premio Reina Sofía en 2015, organizado por la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE). El tema era libre, pero yo decidí presentar un retrato de la Reina Sofía. Estaba basado en una fotografía que le habían tomado casi al final de su reinado y aparecía cabizbaja, pensativa, reflejando el estado de ánimo, tal vez, de ese momento de su vida. Algunos criticaron que a un miembro de la realeza no se le debe retratar con ese tipo de poses, menos pomposas que las habituales, con la sonrisa forzada, cortándole la corona y sin joyas. El cuadro no es un contrapicado, pero lo parece. Y la reina tiene arrugas. A mí me daba igual. Yo el cuadro lo veía bien y, tal vez, porque era nuevo en todo esto, lo presenté.

El caso es que la obra fue una de las seleccionadas entre las ochocientas cincuenta presentadas y, obviamente, llamó la atención de la reina cuando acudió a la exposición y pronto reclamó mi presencia pues estaba interesada en conocer al autor. Estuvimos hablando, me presentó al embajador de los Estados Unidos… Me preguntó sobre la técnica que había empleado y también quiso saber el tiempo que había tardado en hacer el retrato. A mí me daba vergüenza decirle la verdad porque, como he dicho, soy un pintor rápido. Había tardado unos dieciocho días en total, incluyendo la construcción del tablero, del bastidor y el marco, que también hice yo. Me daba apuro y le dije que había tardado unos cinco meses, que es lo que calculaba yo que se tenía que tardar en pintar un cuadro de la reina.

Me pareció fascinante la forma en la que la reina mostró interés en el retrato que yo le había hecho. Cuando estaba hablando conmigo, me dijo: «A mí me hacen muchos retratos, pero muy pocos me gustan».

¿Quieres hablar de tu estilo pictórico?

Me gusta incluirme dentro del Neorrealismo contemporáneo, en contraste con el mercado actual del arte que se basa en la propia destrucción del arte, en una corriente que ya tiene cien años y que no tiene objetivo ni horizonte claro. Y existe un gran público con otras demandas que ya no sabe si ir a los museos y a las exposiciones porque se ha vetado todo realismo, sobre todo si es figurativo. Y hay una corriente muy poderosa por toda Europa que defiende un nuevo realismo, un arte que se pueda defender a sí mismo, sin necesidad de ser explicado por los expertos y críticos de arte. Claro, hay mucho dinero en juego porque, si alguien se ha gastado unos cuantos millones en arte abstracto, no le interesa que ahora se devalúe.

Ese Neorrealismo no debe confundirse con el Hiperrealismo. El Hiperrealismo, incluido también dentro de este Neorrealismo, supera a la foto. Aporta unos detalles que la foto no capta. Yo no me considero hiperrealista. Creo que en un momento dado, en el realismo, la abstracción es necesaria para sacar de tus tripas lo que sientes de una forma rápida. Creo que mi realismo viene impregnado de un impresionismo y de un expresionismo. Para mí, eso es más difícil de sacar de dentro, con todos mis respetos hacia los hiperrealistas.

Creo que el público de la calle puede entender este tipo de arte. El público de la calle está cansado del tipo de arte al que se ha llegado en los últimos años. No lo entiende y cree que es una tomadura de pelo. Y, encima, como está «prohibido» convivir, parece que si hay un movimiento abstracto dominante, no se puede desarrollar ni convivir con ningún otro estilo.

Me gustaría que nos contaras un poco de qué va la exposición Humano, que se inauguró en Valdemoro a finales del mes pasado.

Yo quería hacer una exposición pero no sabía muy bien cómo quería hacerla. Reservé la sala, porque hay que hacerlo con un año de antelación, y, como he tenido la suerte de poder trabajar mucho durante este año, he podido ir encontrando una temática para la exposición. Pronto la encontré. Me encanta el arte figurativo y me encanta la gente. Mis pasiones han sido siempre el arte y las personas. Todos mis trabajos y mis aficiones han girado alrededor de la gente. Por eso, creí que una exposición de retratos y figuras podría cerrar el círculo. Con Humano, terminaban mis cinco años de universidad. Mis cinco años de aprendizaje y experimentación. A partir de ahora, quiero dar paso a una nueva etapa, a una nueva figuración neorrealista.

Todo esto coincide con el hecho de que he conocido un grupo inversor que ha apostado por mí y ha decidido apoyarme durante tres años para que pinte mi obra, nos metamos en el circuito del mercado de arte e intentemos promocionarlo. Parte de su compromiso consiste en proporcionarme un local donde pueda trabajar y conseguir que mi obra adquiera un valor determinado. Mi compromiso es crear una obra seria. Aunque ya les he dicho (ríe) que ganarían más con una empresa de pladur que conmigo. El arte no deja de ser una lotería.

Trabajar en un local solo me vendrá bien para la escritura de mi obra pictórica. Antes de pintar un cuadro, el artista debe escribir el cuadro, su mensaje, su composición y armonía, debe concebirlo en su mente para luego elaborarlo. Esta escritura mental que va cobrando significado en mi mente es el setenta y cinco por ciento del trabajo para mí.  El cuadro final es un resumen corto, una sinopsis de una página de todo el libro que ha sido escrito en mi cabeza.

La exposición me ha desbordado. Ha tenido una gran aceptación popular. El día de la inauguración vino muchísima gente, han contabilizado miles de visitas y nos han contactado para llevar la exposición a otros lugares.

¿Dónde conoce un artista un grupo inversor de estas características?

El grupo se llama #Versosdarte. Los conocí cuando dos de ellos me compraron varios cuadros de una exposición. Estaban apadrinando vinos de autor, combinándolos con el mundo de la poesía y el arte. Desde que los conocí, se interesaron en mi pintura y creyeron en mi obra. Pronto diseñaron un proyecto que incluía la promoción de mi pintura y, más tarde, la creación de una escuela de arte, posiblemente aquí en Valdemoro. Yo me he comprometido a coordinarla. Me gustaría que fuera una escuela multidisciplinar, con pintura, escultura, fotografía… Me encantaría que se convirtiera en un referente de la zona sur de Madrid.

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La suerte no está echada. En todo caso, en muchas ocasiones, la suerte no está echada sino hecha. Es el caso de Chema Rodrigo, que va haciendo su suerte. La va construyendo, poco a poco, con su deseo y su trabajo; la va modelando, aceptando sus rugosidades, sus curvas y sus pliegues; la va convirtiendo en un retrato más de su obra. Por eso, sabemos que, pase lo que pase, siempre que nos crucemos con Chema, lo encontraremos despierto, con la mente activa, aceptando la dirección del viento y con mil proyectos entre las manos.

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Valdemoro en el cine – Grandes producciones

Orgullo y pasión

«Llegaron en numerosos coches negros. Parecían formar parte de una comitiva oficial como la que había atravesado Villar del Río, cuatro años antes, en Bienvenido, Mister Marshall. Pero estos coches no pasaron de largo. Tampoco se trataba de una comitiva oficial. Eran los protagonistas principales y algunos miembros del equipo de producción de Orgullo y pasión, la película de guerra que aspiraba a ser el exitazo de Hollywood en 1957. Llegaron sobre la una de la tarde y los coches fueron parando brevemente al lado de la puerta del Quinito para que los pasajeros descendieran de los vehículos y entraran en el restaurante, donde habían preparado una mesa larga en el piso de arriba.

Valdemoro estaba de fiesta. Muchos de sus habitantes iban a participar en la película como extras. La escena principal iba a filmarse por la noche, en la plaza del Ayuntamiento. Era una de las escenas más importantes de la película: los miembros de la guerrilla española, interpretados por numerosos valdemoreños, reposaban en la noche tras un largo día de caminata escondiéndose de las tropas francesas. Un guitarrista flamenco anima la velada cuando la novia de Miguel, interpretado por Frank Sinatra, decide tomar el centro de la acción y marcarse unos pasos de baile español. Se trata de una bellísima Sophia Loren, que, con 23 años, protagonizaba su primera superproducción fuera de la industria cinematográfica italiana. La escena es importante para la película porque es la primera vez que se insinúa el triángulo amoroso que se desarrolla a lo largo del largometraje. La actriz italiana baila bajo los atentos ojos de Miguel y de Anthony, el capitán inglés interpretado por Cary Grant que ayuda a la guerrilla española, mientras ambos cruzan miradas.

Pero la escena se rodaría en la noche. Ahora tocaba llegar a Valdemoro en numerosos coches negros, crear expectación en el pueblo, bajarse junto a la puerta del Quinito, subir al segundo piso y sentarse a la larga mesa que en el restaurante habían preparado para las estrellas de cine. Stanley Kramer era el director de la cinta y, sin saberlo, comenzaba la segunda mitad de su segundo matrimonio. Orgullo y pasión era también su segunda película como director. Segundo piso. Segunda mitad de su segundo matrimonio. Segunda película como director. El que más problemas le puso para el rodaje de la película fue Frank Sinatra. El italo-americano había aceptado protagonizar la cinta para estar cerca de Ava Gardner, que estaba filmando también en Europa, e intentar reconquistarla. Cuando se dio cuenta de que la reconciliación era imposible, pidió a Kramer que grabaran cuanto antes las escenas en las que él aparecía para poder irse cuanto antes. El divorcio entre Gardner y Sinatra se hizo efectivo ese mismo año. Kramer tuvo que complacer al actor, adelantando la filmación de algunas escenas pero, como venganza, eligió el peor corte de pelo posible para el personaje de Miguel.

La historia de desamor entre Sinatra y Ava Gardner despejaba las dudas sobre el romance que debía surgir durante la filmación de Orgullo y pasión. Tanto Sophia Loren como Cary Grant dejaron correr los rumores porque, fueran absurdos o no, les convenían a los dos. El caso es que Sophia Loren se casó en septiembre de ese año con Carlo Ponti y Grant estuvo feliz en España. A sus 53 años, se alejaba de su mujer durante una temporada y se atrevía a mostrar su torso desnudo, algo inusual en él, en una de las escenas de acción en Orgullo y pasión.

En el segundo piso del Quinito, las estrellas del largometraje eran los únicos clientes. Tuvieron a un camarero y a una camarera, dos valdemoreños de toda la vida, atendiéndoles de forma exclusiva. Grant estuvo especialmente atento con ambos, a pesar de las diferencias lingüísticas, haciendo preguntas al camarero sobre los manjares y los vinos y coqueteando constantemente con la camarera, cuya belleza llegó a comparar con la de Sophia Loren, quién sabe si para ponerla celosa. Llegó a preguntarle, a través del intérprete que les acompañaba, si sabía bailar flamenco y, mientras tomaban café, sugirió al director que la incluyera como extra en la escena que iban a filmar aquella noche. El vino que habían bebido durante la comida hizo que pronto todos se olvidaran de la sugerencia de Grant y el tema de conversación se fuera por otros derroteros. Ayudó la necesidad de Grant de ir al baño.

Cary Grant se levantó y se dirigió al fondo del comedor. Entró en el servicio y se encontró con unos urinarios un tanto sencillos para lo que el artista estaba acostumbrado en Beverly Hills. Cuando hubo acabado, se lavó las manos y se vio sorprendido por el camarero, que abrió la puerta del servicio y se acercó al actor. Grant le sonrió amablemente hasta que el camarero le acercó una navaja abierta al cuello. Era casi tan grande como la navaja que llevaba consigo a todas partes el personaje que interpretaba Frank Sinatra en el largometraje. El camarero no dijo una palabra. Ya le había hecho saber que no sabía inglés. Con la mano que tenía libre, sacó del bolsillo una fotografía y se la mostró al actor. Era una foto de la camarera que servía con él. Grant comprendió y movió la cabeza ligeramente, haciéndole ver que había entendido el mensaje…».

Han pasado exactamente sesenta años desde que Stanley Kramer, Sophia Loren, Frank Sinatra y Cary Grant vinieran a Valdemoro para rodar algunas de las escenas de Orgullo y pasión, la mayor producción cinematográfica filmada en nuestra localidad, y es tentador escribir una historia de ficción sobre lo que pudo suceder durante la comida que tuvo lugar en el Quinito o durante los días que estuvieron rodando, con camerinos improvisados en la plaza de la Constitución y vigilados por la Guardia Civil. Yo tan solo he querido darles un aperitivo para que ustedes le den el final que deseen.

No era la primera vez que se rodaba en Valdemoro. Ya en 1949, Antonio Román eligió Valdemoro para filmar El amor brujo, una adaptación cinematográfica de la obra de Manuel de Falla; en 1954, José María Elorrieta grabó en Valdemoro escenas de El milagro del sacristán; el mismo director volvió a la localidad al año siguiente para filmar El bandido generoso; el mismo año, 1954, Antonio del Amo vino para dirigir escenas de Sierra maldita; y en 1957, José María Elorrieta volvía para llevar al cine Torero por alegrías, un guion que había escrito junto a José Manuel Iglesias.

Pero Orgullo y pasión marcó un antes y un después. Estamos hablando de una de las veinte películas más taquilleras de 1957 en todo el mundo, una película comercial que buscaba agradar al gran público a la vez que quería hacer historia dentro del género bélico. Por desgracia, se convirtió en una película maldita. A pesar de los altos ingresos en taquilla, tuvo pérdidas por los grandes costes de producción. Stanley Kramer aspiraba a conseguir una obra maestra, con grandes actores y más de diez mil extras (al final de la película, agradece la generosidad de todos los extras españoles, entre los que se encontraba Adolfo Suárez), con avanzados efectos especiales para la época (en las escenas finales, destrozan a cañonazos una parte de la muralla de Ávila) y con un guion simpático, lleno de guiños a las imágenes preconcebidas que los extranjeros de la época tenían sobre España. Pero Kramer tuvo la mala suerte de que, ese mismo año, David Lean dirigiera Un puente sobre el río Kwai, que se llevaría las estatuillas más importantes en la ceremonia de los Óscar, y que, ese mismo año también, Stanley Kubrick dirigiera una de mis películas bélicas favoritas de todos los tiempos, Senderos de gloria.

Más allá de las montañas

En los siguientes diez años, varios directores continuaron eligiendo Valdemoro para filmar parte de sus películas: en 1958, Manuel Mur Oti dirigió una comedia hispano-cubana titulada Una chica de Chicago; el mismo año, Antonio del Amo volvía a la localidad para llevar otra comedia a la gran pantalla, Nada menos que un arkángel; en 1959, Ignacio F. Iquino filmó escenas de una coproducción hispano-mexicana titulada El niño de las monjas; en 1962, Joaquín L. Romero Marchent dirigió La venganza del zorro, con guion de Jesús Franco; en 1963, Javier Setó adaptó al cine El escándalo. Valdemoro parecía el lugar propicio, pues la historia estaba basada en el libro homónimo de Pedro Antonio de Alarcón, autor que había vivido en la localidad a finales del siglo XIX. En 1964, Antonio Merino dirigió Un puente sobre el tiempo/Alféreces provisionales; en 1966, Manuel Torres eligió Valdemoro para filmar parte de Huida en la frontera; en 1967, Pedro Mario Herrero dirigió Club de solteros; el mismo año, el director polaco Alexander Ramati eligió Valdemoro para filmar gran parte de su película Más allá de las montañas, una producción hispano-estadounidense, con un grupo de actores internacionales: protagonizaban la cinta el actor vienés Maximilian Schell, la actriz griega Irene Papas, el calabrés Raf Vallone y la despampanante actriz austriaca Maria Perschy. Y no podemos olvidar a un magnífico Fernando Rey luciendo un bigote que cualquiera diría que inspiró a Sacha Baron Cohen en la creación de su personaje Borat.

La película Más allá de las montañas comienza con el siguiente texto:

«En 1939, mientras Alemania invadía Polonia, Rusia entró procedente del este y miles de soldados polacos fueron internados en Siberia.

En 1941, la misma Rusia fue invadida por Alemania. Esta es la historia de dos hermanos polacos, quienes en la confusión de los tiempos de guerra, escaparon de un campo de concentración de Siberia, dirigiéndose hacia el sur, a Kermine, en la República Soviética de Uzbekistán»

Tras el texto, un tren de época llega a la estación de ferrocarril de Valdemoro. Solo que no podemos leer Valdemoro. Podemos ver un cartel escrito en alfabeto cirílico en el que pone Kermine. La película está rodada en los estudios Sevilla de Madrid, pero gran parte del largometraje tiene lugar en los exteriores filmados en Valdemoro (para algunas escenas, también se desplazaron a Beasáin, Aranjuez, Parla y Boca del Asno, en Segovia).

Convertir Valdemoro en una localidad de Uzbekistán, cerca de la frontera con Afganistán, fue un alarde de maestría cinematográfica que iba (como indicaba el título de la película) «más allá de las montañas». La mayoría de las personas del siglo XXI que se acerquen a la película como espectadores se aburrirán bastante. Pero cualquier valdemoreño que se precie de conocer bien su localidad se divertirá descubriendo los rincones de la villa que fueron transformados en parte del paisaje uzbeko. Yo disfruto imaginando las bromas que harían los extras valdemoreños cuando les hicieran llevar esos abultados gorros de cosacos o les pegaran esos bigotes gruesos que, se supone, lucen los varones de la zona.

Al comienzo de la película, podemos ver a unos niños lavando en un riachuelo inventado al lado de la estación de tren, algo que maravilló a los lugareños de la época. Pero el mayor logro audiovisual lo consiguió Alexander Ramati con la larga escena de tormenta de arena del desierto uzbeko que desencadena, además una ambigua escena amorosa tras la cual los dos protagonistas hacen planes para escaparse juntos una vez crucen la frontera.

El turismo es un gran invento

Un año después del estreno de Más allá de las montañas, en 1968, una producción española daba una vuelta de tuerca más y conseguía que Valdemoro se convirtiera en una población mucho más exótica y lejana que una localidad de Uzbekistán. En este caso, Valdemoro se transformaría en un pueblo aragonés de la «España vacía» que, a su vez, y dentro del largometraje, aspiraba a convertirse en un centro de atracción turística para las suecas. Estamos hablando de la disparatada cinta dirigida por Pedro Lazaga, El turismo es un gran invento. En un guiño al nombre de nuestra localidad, el pueblo se llamaba Valdemorillo del Moncayo.

La película comienza con un fascinante riff de jazz, con batería y trompeta, que desemboca en el tema musical principal de la película, compuesto por Antón García Abril. La letra de la canción no tiene desperdicio: «Me gusta hacer turismo, es algo estimulante, es una emocionante manera de aprender. Olvide sus problemas, no piense en los negocios y déjeles a sus socios el deber y el hacer. Relájese en la arena, consígase un flirteo y sienta el cosquilleo del sol sobre su piel. Y luego, por la noche, con un whisky delante, descanse en el sedante sillón de un buen hotel».

Las escenas de playa se filmaron en Marbella y los exteriores de Valdemorillo del Moncayo corresponden a la población madrileña de Torrelaguna. Sin embargo, las escenas más largas y los diálogos más interesantes de la película se desarrollan en el salón de juntas del Ayuntamiento del pueblo. Para estas conversaciones, Pedro Lazaga eligió el Salón de Sesiones del antiguo consistorio de Valdemoro. Allí Paco Martínez Soria convence a sus vecinos de que necesita dinero para ir a Marbella con el objetivo de obtener ideas para el desarrollo turístico del pueblo; allí, sus convecinos y amigos protestan cuando reciben misivas pidiendo más dinero; allí, Paco Martínez Soria renuncia a todo lo que tiene para pagar los gastos ocasionados por sus ideas de desarrollo…

Detrás del tono humorístico de la película, descubrimos la realidad de los pueblos del interior de España. Unos pueblos que se fueron vaciando desde el final de la Guerra Civil y que mandaron a toda su juventud a las grandes ciudades. Para aquellos que quieran profundizar en este tema, nos gustaría recomendar el libro La España vacía, de Sergio del Molino, publicado en 2016. Nuestra localidad sería un lugar interesante para el estudio de este tema porque, debido a su cercanía a Madrid y a la mejora de las comunicaciones en los últimos cincuenta años, Valdemoro ha dejado de ser parte de la «España vacía» para convertirse en parte de la metrópolis capitalina, creando una personalidad propia, gracias a su combinación de pasado rural con su presente urbano.

Paco Martínez Soria había sido alcalde de Valdemoro. Cuando parecía que nada mejor podía pasarle a nuestra localidad, el mismo año, en 1968, Orson Welles filmó partes de Una historia inmortal en Valdemoro; en 1969, Rafael Gil dirigió Sangre en el ruedo; en1970, Pedro Lazaga volvió para grabar Las siete vidas del gato; en 1972, Valdemoro fue escenario de nada menos que tres películas: Marianela, dirigida por Angelino Fons,  La duda, de Rafael Gil, y La cera virgen, de José María Forqué; en 1975, Joaquín Coll Espona dirigió Mi adúltero esposo (“In situ”); en 1993, Josefina Molina vino a rodar La Lola se va a los puertos; y, por último, en 2000, Álvaro Fernández Armero dirigió El arte de morir y Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo vinieron para rodar parte de su Año Mariano.

No tenemos noticias de que se hayan filmado más películas en Valdemoro. Sin embargo, a partir del año 2000, se han grabado varias series de televisión: en 2008, Antena 3 filmó partes de su Cazadores de hombres, la serie protagonizada por Emma Suárez, y El síndrome de Ulises, protagonizado por Miguel Ángel Muñoz; en el 2008 también, Cuatro eligió Valdemoro para algunas partes de Cuenta atrás, la serie protagonizada por Dani Martín; en el mismo año, Telecinco grabó partes de Hermanos y detectives y el último episodio de Yo soy Bea; y también en 2008, TVE filmó escenas de UCO; en 2010, Telecinco grabó partes de su serie La que se avecina; en 2015, Antena 3 escogió Valdemoro para algunas escenas de la serie Apaches y en 2016, partes de la serie Mar de plástico; por último, en 2017, José Mota vino a grabar escenas de El acabose, de TVE.

A lo largo de sus siglos de historia, Valdemoro ha sido visitado por reyes y nobles, por célebres artistas y grandes autores, desde Cervantes a Miguel Hernández. A partir de mediados del siglo XX, y hasta nuestros días, Valdemoro ha recibido también personalidades del mundo de la música, del teatro y, como hemos podido ver en este artículo, de la industria cinematográfica.

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Entrevista con Ismael Alonso

Conozco a Ismael desde diciembre de 2012 y nuestra amistad no ha hecho sino crecer desde entonces. Es cierto, no es una amistad forjada en los futbolines del barrio. Tampoco compartimos juegos y travesuras en la infancia. Ni desmanes en la juventud. La nuestra es una amistad comedida. Limitada por todas y cada una de nuestras responsabilidades. Pero es una amistad que saboreo en cada momento. Cada vez que hablamos por teléfono o compartimos una comida. La voz de Ismael transmite, a la vez, calma y cariño. Por eso, para la entrevista de este mes, a pesar de estar frente a un gran escritor, un estupendo pedagogo y un magnífico conversador, hoy siento que estoy, sobre todo, tomando un café con un buen amigo.

Ismael Alonso nació en Fuente el Olmo de Íscar, en la provincia de Segovia, y vino a vivir a Valdemoro en el año 2006. Vino para trabajar como profesor de Lengua y Literatura y, además, desde hace unos años, es el director del instituto público Villa de Valdemoro.

Has sido periodista. Eres poeta y novelista. Eres profesor de Lengua y Literatura. ¿Recuerdas cuándo decidiste dedicarte al mundo de las letras?

El propio sustantivo «dedicación» puede resultar ambiguo, porque me cuesta abordar la literatura, como lector y aficionado a la escritura que soy, como un trabajo. No considero que me dedique a nada en concreto; simplemente, la lectura y la literatura siempre han formado parte de mi vida, desde que era estudiante, gracias a los estupendos profesores que tuve y que me inculcaron el amor a los libros. La escritura es un destino natural cuando has leído mucho, porque lo normal, parafraseando a Borges, es leer. Por ello, más que por los libros que he escrito, me siento orgulloso por los que he leído. La literatura es una compañera de viaje constante. Ahora mismo, me asombro al hacer un pequeño balance del trayecto recorrido como autor: cinco libros publicados –cuatro novelas, un poemario- y muchos otros en un cajón quizás para siempre. Nunca pensé que iba a publicar un libro y, menos, que a alguien le podía gustar lo que hacía. Para mí, ese es el verdadero premio.

¿Cuándo empezó todo? Como decía Max Aub, uno es de donde hace el bachillerato, que moldea las primeras inquietudes y los numerosos afanes que van a marcar la vida posterior. En mi casa no había ningún libro, más allá de los estrictamente escolares. Me viene a la memoria mi profesor de Literatura, Pedro, cuya estampa cervantina y su particular manera de comentar los libros, más pródigo en silencios y descubrimientos que en verdades firmes, contribuyó a abrirme un campo totalmente desconocido para mí. Bien es cierto que antes tenía por costumbre escribir poemas de rima consonante muy ripiosos e historias de ciencia ficción bastante voluntariosas pero, también, muy pretenciosas. Uno, cuando empieza a escribir, solo busca emular los libros –pocos- que ha leído hasta entonces y le han gustado. Es la búsqueda de un estilo propio la verdadera aventura de todo aspirante a escritor, porque es un oficio que me merece el máximo respeto y, quizás por ello, me cuesta denominarme como tal.

Siempre me recuerdo con un libro entre las manos, una historia propia o ajena, un libro de versos que esté escribiendo o de otros autores especialmente queridos. El concepto «mundo de las letras» me resulta ajeno, porque tiene un componente «social» que, creo, casa mal con la escritura y el concepto de literatura que pueda tener, ni más ni menos respetable que otras visiones al respecto, eso sí: la literatura es una labor solitaria, pero también feliz. Lo normal no es presentar un libro o firmar en una feria, sino escribir. Es en esos momentos cuando la literatura se convierte, gracias a la escritura, en una verdadera fiesta, una «orgía perpetua», como sostenía Vargas Llosa en su ensayo sobre Madame Bovary.

Una orgía perpetua de la que es difícil comer. Son muy pocos los Vargas Llosas que viven de la literatura y somos muchos los que debemos buscar otras fuentes de financiación si queremos pagar la hipoteca. Sin embargo, esos oficios que elegimos, en tu caso el periodismo y la enseñanza, aportan grandes tesoros vivenciales que, más tarde, enriquecen nuestra literatura. ¿Crees que el haber sido periodista y profesor de instituto te han convertido en un escritor mejor?

Siempre me ha interesado estar muy pegado a la realidad. Al fin y al cabo somos seres sociales, que necesitamos del otro para construirnos a nosotros mismos. Mi primera faceta, la de periodista, viene de mi gusto –y necesidad- por escribir, contar la realidad, intentar comprender el entorno. Elegí una profesión que me permitiera un oficio cercano a la escritura. Es cierto que no es lo mismo, en absoluto, escribir una novela y redactar una noticia; más bien, en periodismo, salvo en los géneros de opinión y otros más libres como el reportaje, la literatura sobra. Pero esa decantación, esa eliminación de adjetivos, de lo accesorio, de lo que sobra en la noticia, creo que ha contribuido a crear mi estilo, tanto en poesía como en narrativa.

Durante ocho años, entre 1996 y 2004, ejercí una de las profesiones más hermosas en distintos medios impresos (Diario 16, Cambio 16, Tribuna de Salamanca, Paisajes desde el tren…) No me arrepiento en absoluto de aquella experiencia, ya que aprendí muchísimo y conocí a personas muy valiosas: entrevistas a escritores, políticos, periodistas, gente de la calle… Fue una magnífica escuela de la vida. No obstante, llegó el momento del cambio. Entonces, me di cuenta de que me iba alejando progresivamente de la realidad, más de lo que yo quería, y mi trabajo como periodista había sido sustituido, progresivamente, por una labor funcionarial –ironías del destino, ahora soy funcionario, en concreto, profesor de instituto- que se limitaba a editar textos, a corregirlos, a seleccionar fotografías y anotar pies de foto llamativos. Mi último trabajo fue en una revista de viajes… en la que apenas viajaba, aunque me imaginaba travesías exóticas y trayectos iniciáticos que afinaron, digo yo, mi imaginación. Tenía su encanto, no lo niego. Fruto de ese «desapego» hacia la realidad, me empecé a plantear un cambio de escenario. Siempre recuerdo a mis profesores de instituto, cuando yo era un chaval, lo que hicieron por mí y cómo me marcaron. Si no hubiera sido por ellos, posiblemente mi vida habría continuado el destino agrícola de mi padre, que tampoco hubiera sido una tragedia, después de todo. Pensé que debía proseguir esa «cadena de favores» e intentar dar a los chavales de hoy algo de lo que me habían regalado a mí cuando tenía su edad. Con esa intención y, también, bastante suerte, empecé en 2004 como profesor de Lengua Castellana y Literatura de instituto. Empezar de cero, otra vez. Reconozco que la vocación hacia la enseñanza me ha ido llegando poco a poco, según iba descubriendo los entresijos de la profesión. Y, también, pocas veces me he sentido tan cerca de la realidad, de «tocar la calle» como decíamos en las redacciones, como ahora: los chavales y sus familias, los problemas sociales que se manifiestan en la escuela de manera directa, la complejidad de una sociedad como la actual, con sus luces y sus sombras. La escuela es el ascensor social por antonomasia y debemos velar para que nunca pierda su función primordial: formar ciudadanos que puedan crecer intelectual y socialmente, más allá de su origen o condición.

Respondiendo a tu pregunta, Fernando: no sé si el periodismo o la enseñanza me han hecho un mejor escritor, pero sí han construido la persona que soy hoy. Y eso es fundamental en la escritura, porque partimos de unas vivencias cercanas, uno escribe sobre lo que conoce: gentes, paisajes, vivencias. Me resulta muy difícil salirme de ese camino trillado e idear, por ejemplo, una novela histórica. Ojalá sucediera, pero cuando lo intento me «suena» a falso e impostado. Quizás, por eso, los personajes de mis novelas son antihéroes, seres cercanos que, aunque sean ficción, son reconocibles. Y los poemas que escribo también buscan esa sencillez que, por otra parte, resulta muy difícil de conseguir. Ya decía Picasso que toda su vida intentó pintar como lo hacía un niño.

Has publicado cuatro novelas. Comenzaste con Algún día. Siguió La hija de la lluvia. Después vio la luz Eres tierra y en 2016 publicaste Devuélveme la muerte. Estoy de acuerdo contigo: tus libros están protagonizados por antihéroes con los que el lector conecta inmediatamente y, en todos ellos, demuestras que se pueden describir pensamientos complejos con un lenguaje sencillo pero exquisitamente preciso. Háblanos un poco de cada uno de estos libros.

En todos mis libros ocupa un lugar especial la memoria, la influencia que el pasado tiene en todos los personajes, como una sombra de la que no pueden huir, aunque lo deseen. Siempre he pensado que somos pequeños trozos de tiempo que nos van configurando progresivamente como personas, frente a la imagen tradicional de una fotografía o, ahora, la preeminencia del código visual en las redes sociales, que no deja espacio a los matices. En nuestro periplo vital llevamos una mochila cargada de experiencias, alegrías, sinsabores; pequeños detalles, la mayoría de ellos, que construyen lo que somos. Por eso, mis personajes no suelen mirar demasiado al futuro y sí a su pasado, incapaces de dar un paso adelante si no son capaces de comprender el camino que los ha llevado hasta allí, reconciliarse con él. De eso, precisamente, trata la mayor parte de mis obras. Algún día, por ejemplo, es una novela de corte lírico que aborda la imposibilidad de vivir cuando se ha perdido la memoria, algo que sucede al protagonista de la novela. La hija de la lluvia aborda la historia de una saga familiar, regida por una madre autoritaria y despótica, que supone una invitación a la huida y la aventura. Aunque, en todo caso, ninguno de los personajes puede alejarse de ese hilo invisible que lo ata a su infancia, porque «somos lo que fuimos». Tierra eres retoma un contexto rural muy reconocible para mí; sin ser autobiográfica, es una novela que transita por caminos, territorios y personajes cercanos, minúsculos, seres aparentemente sin historia pero que se sacrificaron en una época muy dura para que nosotros, sus hijos o nietos, pudiéramos salir adelante. El título hace referencia al componente original de todos nosotros: somos del paraíso de la infancia, de la tierra que nos vio nacer. Por último, en cuanto a las novelas que he publicado, Devuélveme la muerte recupera algunos personajes de La hija de la lluvia y de Algún día, esta vez en un molde de novela policíaca: la muerte de la protagonista femenina y las causas y motivaciones del asesinato –o no- de María, investigadas por un experiodista metido a detective que recibe un encargo muy especial.

En todas mis novelas, procuro que los personajes estén muy trabajados y sean profundamente humanos, que casi los podamos tocar. Si cabe, esto me preocupa más que la historia en sí, la trama. Me acuerdo de Frankenstein, de Mary Shelley: sería magnífico poder crear vida de la imaginación, ¿verdad? Todos los que tenemos afanes literarios buscamos algo parecido, de algún modo.

Sin querer quitarle importancia a la poesía, ni a tu poesía, siempre me has contado que escribir una novela es cosa seria, que requiere de un tiempo y de una continuidad que tu trabajo y el resto de tus obligaciones no te permiten tener. Sin embargo, la poesía, un poema individual en todo caso, puede ser más inmediata. Si continuamos con tu comparación con Frankenstein, para darle vida a un poema no hace falta visitar tantos cementerios como cuando escribimos una novela, no es necesario que la tormenta sea tan poderosa, la descarga eléctrica sobre el cerebro de la obra no requiere de tantos vatios. Es por eso que, muchas veces, acudes a la poesía para calmar tu sed de creación literaria. Tienes bastantes poemas en tu blog y en 2015 vio la luz tu poemario De la luz y otras ausencias. Háblanos de tu obra poética.

En mi afición por la escritura, siempre ha tenido un lugar privilegiado la poesía. La pulsión primera siempre ha sido para ella, el género al que guardo un mayor respeto. En mi caso, trazando un símil amoroso, la poesía sería el amante y la prosa, la esposa: en el primer caso, cuentas con la ventaja del fogonazo, del ritmo entrecortado y pleno del verso; en el segundo, se impone la rutina, porque una novela se elabora con la disciplina de un horario, con los decaimientos durante su elaboración y los momentos gozosos, también, como espejo de la vida que es. Procuro que mi poesía sea diáfana, cercana a la vida, aunque subyace una búsqueda constante de la esencia, del absoluto que habita en las cosas pequeñas. Para entenderlo, quizás sirva anotar algunas de mis referencias, a las que regreso como se vuelve a un espacio familiar, con zapatillas de andar por casa: la Generación del 50, con hitos como Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Francisco Brines; Valente; autores a los que estimo mucho y herederos de aquellos, como Felipe Benítez Reyes; o bien otros que han seguido sendas más particulares, como Antonio Colinas, María Victoria Atienza, José Manuel García González (amigo, además) o Eloy Sánchez Rosillo. Un poeta al que me he acercado recientemente con interés es el soriano Fermín Herrero, último Premio Nacional de Poesía. Muchos de ellos son mis santos de cabecera, junto a los clásicos a los que resulta recurrente y obligado citar: Machado y Juan Ramón, Nicanor Parra, Juan Gelman o César Vallejo. Me dejo en el tintero muchos otros que he frecuentado, pero la memoria resulta selectiva. Puedo estar largas temporadas sin escribir prosa; de hecho, es habitual que la creación de una novela se concentre en un periodo corto, de unos pocos meses, para evitar que el «tono» se te escape. En cambio, la escritura de la poesía es una constante; cuando no lo hago y me paso semanas sin escribir, enseguida se me nota en el carácter: más irascible, menos pegado al suelo, más evanescente, como un niño que ve cómo ha dejado escapar el globo que sujetaba con su mano. La poesía me pega a la tierra, echa raíces bajo mis pies, es mi manera de tocar el mundo, de entenderlo, de pertenecer a él. Considero este género como el mayor, el esencial, y el más difícil al mismo tiempo, porque resulta muy tentador ser recurrente e insustancial en el verso. Por ese motivo, más allá de la escritura, lo esencial es la labor de depuración posterior: podar el árbol, el seto, la planta, el poema, como hacemos con nuestro jardín, en busca de una sencillez luminosa. Esa persecución resulta inexplicable, casi religiosa, me atrevería a decir. Por eso, no me resulta ajena la visión de la poesía como un género al margen de la literatura, dotado de una espiritualidad muy especial. Eso sí, creo que esa perspectiva «espiritual» parte de la vida cotidiana, de la temporalidad en la que nos hallamos inmersos.

Trabajas con estudiantes que han nacido en plena era tecnológica. ¿Cuán importante es la literatura para las nuevas generaciones? ¿Crees que la poesía ha perdido espacio dentro de las vidas de las personas? ¿Cuál debería ser la tarea de un profesor de Lengua española y Literatura?

Hay un relato de Azorín, Una ciudad y un balcón, que a veces leo en clase y que a los chicos les gusta. Desde un balcón, un personaje contempla los campos, los alrededores de la ciudad en la que vive. En distintas épocas, ese paisaje cambia a sus ojos, se pasa de la sociedad campesina a la era industrial, con los trenes y caminos de hierro que conquistan el horizonte. A pesar de todo, dice el narrador al final, ese hombre sigue teniendo los mismos afanes, las mismas alegrías, iguales decepciones que cien, doscientos, mil años atrás. Me gusta citar especialmente otra frase, esta vez de Machado, extraída de su Juan de Mairena: por mucho que un hombre quiera ser, no va a ser más que un hombre. La cito de memoria, más o menos. ¿Qué quiere decir esto? Podemos vivir en la era digital, estar todo el día enganchados a dispositivos móviles de cualquier tipo, mandar correos electrónicos en lugar de cartas físicas, las de toda la vida… Sí, eso sucede, pero el hombre sigue siendo el mismo que aquellos prehistóricos que pintaban en las cavernas esperando conjurar la caza u ofrecer una ofrenda a algún Dios. Cambian los dioses, pero el hombre sigue siendo el mismo. Si me apuras, la primera literatura, los clásicos grecolatinos, persas o indios, ya abordaban temas que nos siguen obsesionando hoy: el amor, la vida, la muerte, el honor, la valentía, la honestidad…

Es cierto que la literatura, hoy, compite con muchas otras propuestas de ocio, la mayor parte digitales, pero tengo la certeza de que siempre habrá buenos lectores, como existirán nuevos escritores que crearán historias que renovarán los clásicos anteriores. La literatura es una manera de entender lo que somos, y eso no se consigue si no tenemos unas nociones de la tradición. En ese sentido, la labor de un profesor de Lengua y Literatura, en el siglo XXI, es mediar entre sus alumnos y los textos, acercarles lo que de actuales tienen los clásicos. El lenguaje a veces puede ser un impedimento, pero resulta imposible entender la España del XIX sin Galdós, o la decadencia barroca sin Cervantes, o la Guerra Civil sin Arturo Barea. No hemos cambiado tanto, después de todo. McLuhan, cuando hablaba de los medios, sostenía que  el medio determina el mensaje. Es cierto que en la actualidad la exposición continua a la velocidad de las redes sociales, con todo el componente superficial que ello implica, condiciona un tipo de literatura más fácil, en el que el lector asume un papel pasivo. Soy optimista, sin embargo. Tengo la sensación de que la literatura, la poesía, como el teatro, siempre han estado en crisis, aunque nos sobrevivirán durante muchos siglos. Hablar de literatura es hablar de sentimientos. Esa es la función del profesor de hoy: cultivar la sensibilidad del lector, más que el análisis textual; teniendo en cuenta, eso sí, que las grandes obras son un objetivo a largo plazo, y que antes hay que ir formando, poco a poco, al lector. Hay que ser ambicioso, aunque sin pretender, a las primeras de cambio, que con catorce años mandes leer El Quijote íntegramente, ¡eso es un grandísimo error!

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Podríamos seguir hablando durante horas. La educación, la literatura y el uso de las nuevas tecnologías son algunos de nuestros temas de conversación favoritos. En el número de este mes de La revista de Valdemoro les he querido presentar a Ismael Alonso. Novelista. Poeta. Profesor de Literatura. Colega. Amigo.

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Entrevista con Isaac Palón

Tesis. Antítesis. Síntesis. El rock se hizo popular gracias a un muchacho blanco de origen humilde que aprendió a cantar en las iglesias protestantes afroamericanas. 1953. 1954. 1955. En 1953, Marlon Brando protagoniza Salvaje, una película de moteros en la que los atuendos de los protagonistas marcarían una línea de moda roquera que llega a nuestros días: pantalones vaqueros, chaqueta de cuero negra, camiseta negra… En 1954, Elvis Presley, un muchacho blanco de origen humilde que había aprendido a cantar en las iglesias protestantes afroamericanas, grabó That’s All Right, considerada por muchos la primera canción rock. Se trataba de un blues de la década de los cuarenta con el que Elvis, acelerando su tempo, jugueteó en el local de grabación de la Sun Records. En 1955, James Dean protagoniza Rebelde sin causa, una película un tanto determinista que retrata el malestar que sufren los adolescentes cuando descubren que ya no son niños y aún no pueden formar parte del mundo de los adultos. En 1971, Jeanette resumiría el argumento de la película con los cuatro primeros versos de su canción más famosa: «Yo soy rebelde porque el mundo me hizo así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír…».

  1. 1954. 1955. En tres años conseguimos el uniforme, la música y la actitud del rock. Pero ¿se trataba de una actitud nueva? En muchos sentidos, sí. Si nos da por imaginar la mayoría de escenarios posibles para un joven antes de la década de 1950, la adolescencia duraba casi lo mismo que en el preneolítico: un grupo de niños, supervisado por un par de adultos, salía a cazar por primera vez. Cuando esos niños volvían al poblado cargando lo que habían cazado ya eran hombres. La adolescencia duraba lo que duraba esa partida de caza. A comienzos del siglo XX, un niño se levantaba una mañana y le decían que ya no fuera al colegio, que, a partir de ese día, tenía que ir a ayudar al campo o a la fábrica. En la década de 1950, nos encontramos con una generación de niños a lo largo de todo el primer mundo a los que el sistema les dice que la adolescencia les va a durar más tiempo de lo que dura una partida de caza. Cuatro, cinco e, incluso, seis años más.

Eso no iba a ser todo. A esa generación de rebeldes sin causa y a las generaciones posteriores, el sistema les ha dicho no solo que la adolescencia ha sido prolongada, sino que la juventud debe durar hasta pocos minutos antes de la muerte. Debemos y queremos ser jóvenes para siempre. Y, aquí, el rock, la música pop en sus muchas de sus vertientes también, nos puede venir bien. No importa la edad que tengamos. Seguiremos siendo jóvenes mientras vistamos como jóvenes; seguiremos siendo jóvenes mientras mantengamos la música cerca de nosotros; seguiremos siendo jóvenes mientras no resolvamos completamente esa incertidumbre y ese inconformismo adolescentes que parecen no desaparecer cuando cumplimos treinta años, ni cuarenta, ni, incluso, cincuenta… como parecían desaparecer en un pasado no tan remoto.

Pero el que podamos ser jóvenes y roqueros hasta alcanzar la edad de los Rolling Stones también tiene sus ventajas. Podemos encontrarnos con roqueros que mantienen sus inquietudes artísticas a la vez que muestran actitudes mucho más maduras y serenas ante la vida. Es el caso de Isaac Palón, nacido en Alcañiz (Teruel), de raíces jienenses, y vecino de Valdemoro desde que sus padres se mudaron aquí cuando él tenía ocho años. Isaac tiene una tremenda energía positiva que contagia inmediatamente. Se deja ayudar por una sonrisa que no le abandona a lo largo de toda la entrevista. Isaac Palón es cantante de rock y acaba de publicar su primer disco en solitario, 25/01.

Eres músico por las noches y desarrollador de software por el día.

Ahora mismo estoy trabajando para un banco y estamos desarrollando la aplicación móvil para la gestión bancaria en las tablets y en los teléfonos móviles. En estos momentos, va a ser introducida en Chile y en México, pero el objetivo es que la aplicación se extienda a todos los países donde trabaja ese banco.

Me encanta mi trabajo de informático, pero parece mentira que haya acabado en este gremio. Cuando nos mudamos a Valdemoro, yo tenía ocho años, a mi hermano lo cogieron en el colegio Vicente Aleixandre y a mí me mandaron al colegio de Nuestra Señora del Rosario. Llegamos en enero y no había plaza para los dos en la misma escuela. Mis padres nos apuntaron a Informática en clases extraescolares para que hiciéramos algo. Las clases eran en el Vicente Aleixandre. Nos compraron un cassette de sesenta minutos a cada uno porque, entonces, se utilizaban los cassettes para grabar la información del ordenador y para programar con BASIC. No puedes imaginar cómo odiaba yo la informática. Me enredaba por el camino para llegar tarde a las clases… Me acuerdo que, a final de año, hicimos un examen y yo saqué un 1 sobre 10. El chico que se sentaba a mi lado quería ser programador informático y yo lo miraba pensando que estaba loco. No podía concebir que a un niño le gustara la informática y quisiera ser programador.

Después de ese día, nunca pensé que acabaría desarrollando software. Había acabado el curso y lo único en que pensaba era en pasarle ese cassette de la clase de Informática a Raúl, un compañero del colegio, para que me grabara unas cuantas canciones de heavy metal, aprovechando que su hermano tenía muchos vinilos. Todavía guardo ese cassette con la música que me grabó Raúl (su hermano era David Santisteban y justo estaba promocionando su primer single, Rebelde). Allí tengo a Queen, a Nirvana, a Guns & Roses… Grupos que han marcado toda mi vida.

Después de la escuela, estudié en ECAM (Escuela Comarcal Arzobispo Morcillo), aquí en Valdemoro, e iba para electricista. De hecho, trabajé algunos veranos como electricista. Terminé la FP y pensé en estudiar Industriales, porque era lo que podía hacer después. Pero no me cogieron. Algo tenía que hacer. Así que decidí hacer un módulo de Informática. Ahí me enganché. ¡Pillé un vicio con la informática! Salía por Valdemoro un sábado hasta las seis de la mañana y, cuando volvía a casa, en vez de acostarme, encendía el ordenador y me ponía a hacer las prácticas que tenía que hacer para la clase. Después del módulo acabé estudiando Ingeniería Técnica.

En la actualidad, me gusta desarrollar cosas para mí, aparte de lo que hago para el trabajo. Mis páginas web las hago yo, por ejemplo. Y sí que hay un punto de unión con la música. Me monté un estudio de grabación en casa y la informática me ha ayudado a la hora de instalar y de utilizar el estudio.

¿Cuándo decides dedicarte a la música?

A mí me gustaba cantar. Recuerdo que acababa de sacar Mago de Oz uno de sus discos y yo andaba cantando sus canciones todo el día. Vino un amigo y me dijo: «Tenemos un grupo de música y nos gustaría que te vinieras a cantar con nosotros». Ensayaban en Carabanchel y empecé a ir con ellos todos los domingos de una a tres de la tarde. No comíamos. Nos llevábamos un sándwich. Creo que, en esto de la música, empecé un poco tarde. Yo ya tenía veinte o veintiún años. Hay gente que con veinte años tiene ya una carrera musical labrada tremenda. Después de unos meses, tenía claro que había que apuntarse a clases de canto. Estaba bien, yo me lo pasaba bien, pero, cuando llevas dos horas cantando, no disfrutas igual. Considero que la formación vocal es supernecesaria y hay veces que es uno de los instrumentos a los que menos atención se le presta porque, ya, de forma natural, usamos la voz para hablar, para cantar…

Estuve tres años aprendiendo a cantar con Narciso López-Tercero, el que fuera cantante del grupo Júpiter. Me fue muy bien y, al final, habré estado unos diez años con clases de canto. Justo al apuntarme a clases, mis compañeros dejaron la banda. Les salieron otras cosas. Total que puse un cartel en la academia, me pillaron para otro grupo y, desde entonces, no he parado.

Háblanos de los grupos con los que has cantado.

El primer grupo importante en el que estuve fue en Härem, que es un grupo de rock progresivo. De ese grupo, salió el guitarrista rítmico actual de Mago de Oz. El bajista era Óscar Arias, también vecino de Valdemoro. Tocar con Härem me permitió conocer a más gente relacionada con la música y con otros grupos. Casualmente, con esa banda, solo hice dos conciertos, pero esos dos conciertos los hicimos con otras dos bandas con las que luego he cantado. Una de ellas es Viga. Viga se formó en 1981 y, con ellos, he estado unos ocho o nueve años. Con ellos he grabado tres discos y, gracias a ellos, me he movido por un ambiente que me ha permitido conocer a muchos de mis ídolos. He tocado junto a Topo, con Viga, hemos teloneado a Asfalto, he tocado con Juan Gallardo (Ángeles del Infierno); he podido grabar mis primeros videoclips, estar en festivales, tocar por toda España, ir a Leyendas del Rock, que, hoy por hoy, dentro del heavy metal, es el festival más importante de toda España y el que más repercusión tiene.

Cantar con Viga me ha permitido, por ejemplo, estar de barbacoa con Sherpa, el cantante de Barón Rojo. Tengo una anécdota muy divertida en relación con Sherpa. Con Viga, además de hacer rock urbano y rock and roll, teníamos paralelamente una banda tributo a Barón Rojo. Nos llamábamos V de Barón. Nosotros tenemos muchísima amistad con Sherpa y, en uno de los conciertos, no pude ir a cantar porque me coincidía con otro compromiso. Así que tuvieron que buscar a alguien para que me remplazara ese día. ¿Sabes a quién convencieron para que me sustituyera? Al señor Sherpa, cantante original del grupo al que rendíamos tributo.

Hace dos años, empecé a compaginar Viga con Universa, que es la banda en la que estoy ahora. Universa viene de la disolución de otro grupo, Cuatro Gatos. En Cuatro Gatos cantaba  el cantante de Beethoven R, que ha sido uno de los cantantes que más me ha marcado. Con Universa, he defendido su primer disco, que no grabé yo, y ya tenemos el noventa por ciento de lo que sería el segundo álbum.

Me gustó compaginar mi trabajo con Viga y Universa. Son dos estilos diferentes. Con Viga, dejé de trabajar con ellos en 2015, cantaba con la voz más rota. Y, con Universa, hay otras tesituras para mi voz que me parecen muy interesantes como reto. Quería ver hasta dónde llego como cantante. Desde que he entrado en Universa, he crecido un montón. Exigen mucho y había que aprender, depurar técnica…

Y, además, el 29 de abril de 2017 publicas tu primer álbum en solitario.

Empecé a componerlo cuando estaba en Viga. Quería hacer algo paralelo, algo más mío. Ironías del destino, porque, tal vez, muchas de las canciones habrían funcionado bien dentro de Universa.

El estilo que predomina en el disco es el power metal, una variante del heavy metal que se caracteriza normalmente por sus tesituras de voz más altas, la constante presencia de dobles bombos y estribillos con mucha melodía y energía. Hay influencias de Saratoga y de bandas españolas que salieron en los noventa.

¿Por qué el título 25/01?

Durante todo el proceso de grabación tenía otro título, Se rompió el silencio. Pero el 25 de enero, la fecha que indica el título, nació mi hija, Alba. Ahora tiene cinco meses.

¿Qué quieres contar con este disco?

Es música y textos que he ido escribiendo desde que comencé mi carrera en la música. Cuando comencé a cantar con mis amigos a los veintiún años, ganamos un concurso de composición aquí en Valdemoro, con la Casa de la Juventud. Íbamos a grabar una maqueta con cuatro temas que no llegó a ver la luz. Para empezar, he querido incluir tres de esos temas. Siguen siendo mis amigos y les pedí permiso para incluirlos en el disco.

En cuanto a las letras, son cosas que he querido contar en los últimos diez años. Te puedes encontrar de todo. Nada que perder, por ejemplo, toca un tema de actualidad. Habla de personas mayores de cincuenta años, que se quedan en el paro y tienen que comenzar de nuevo. Todo el mundo les da de lado. La canción habla de una de esas personas. Le han rechazado miles de veces, pero se levanta cada mañana dispuesto a seguir buscando trabajo, a terminar su vida laboral con cierta dignidad. Y mi voz enmudeció trata de un tema tan duro como la pederastia. Una segunda oportunidad habla del tsunami que asoló Japón en 2011, del terremoto de Fukushima, de cómo tu vida parece depender solo de ti, que lo tienes todo controlado. Pero pasa algo de ese tipo, porque la Tierra y el universo pueden ser muy caprichosos, y nuestra vida cambia por completo.

Tan sólo tú es un tema dedicado a mi pareja, Elisabeth. Llevamos veinte años juntos, más de la mitad del tiempo que llevamos sobre la tierra. Hemos compartido lo bueno y lo malo. Yo no podría vivir sin ella. De hecho, en el vídeo de la canción sale ella y sale embarazada de seis meses. Pensé que era un toque tierno. A veces se asocia el rock y el heavy metal con la violencia y es todo lo contrario. Lo que yo conozco del mundo del rock es solidaridad, tolerancia…

El último tema del disco, Constructores del final, es una versión de la banda mexicana IRA. Uno de sus miembros, Adán Moreno, es el manager de Viga. Gracias a él,  fuimos a México a promocionar uno de los discos de Viga. Estando en México, una mañana me acerqué a Tianguis Cultural del Chopo, que es como el rastro de Madrid pero dedicado, sobre todo al rock. Allí me encontré un puesto dedicado a la música argentina y española y vi que vendían el disco de Viga que habíamos ido a promocionar pirateado. Me pareció divertido. Le pedí permiso al del puesto para hacerme una foto junto al disco pirateado y le expliqué que yo era el cantante. Él ni se arrugó ni nada. Me dio permiso y comenzó a repasar mis colaboraciones y mi discografía. Lo sabía todo sobre mí. Me hizo mucha ilusión.

La temática más recurrente del disco es la superación de todos los problemas, enfrentarte al día a día con optimismo. Me han influido, también, para esto bandas como Journey, Pride of Lions, Foreigner, que son grupos con letras muy optimistas.

¿Quién ha colaborado contigo en el disco?

El mayor peso, mi mano derecha, ha recaído sobre Ismael Gutiérrez (guitarrista de Tete Novoa), quien se ha encargado de la mayor parte de las guitarras y baterías y con el que he trabajado bastantes arreglos. El resto ha sido obra de Luisma Hernández (bajista, ex-Santelmo), Miguel Lozano (bajista y contrabajista en el musical El Rey León), Adán e Iván Moreno (bajista y guitarrista-vocalista de la banda mexicana IRA), Edu Ortiz (Universa, Azúcar Moreno), Ramón Gaviño y Jacob (bajista y guitarrista, ambos ex-Guadaña),  José del Pino (bajista en Universa), José Cuesta (guitarrista de Dulce Neus), Javier Canseco (bajista en Bajopresión), Pedro Vela (guitarrista en Universa, ex-Ñu), Chechu Aurrecoechea (guitarrista en Viga), José Antonio García Perelló, Filthó (teclista en Silver Fist, Obús y Chino Banzai) y Elisabeth Vaz-Romero (mi pareja y residente en Valdemoro de toda la vida).

En temas de fotografía se han encargado mis amigos Nacho Almoguera y Enrique Medina, ambos valdemoreños, los cuales ya hicieron un gran trabajo para las fotos del álbum Electrokalambrera de Viga y con los que he contado siempre que he podido. Asimismo, he contado con Eliezer Moreno, otro valdemoreño más, el cual ha trabajado, entre otros, para Antena 3, Azúcar Moreno y Marco Dettoni (de Valdemoro igualmente). Eliezer ha producido, grabado y editado los dos videoclips Tan sólo tú y Al viento. Ya se encargó, en su día, de rodar mi primer videoclip con Viga titulado Corruptor de Almas, en el que hizo un gran trabajo. Finalmente, la mezcla del álbum la he dejado en las buenas manos de Tony Sánchez-Gil de Lausán Estudio, el cual puede ser relacionado con su proyecto Manakel y en el que ha contado con músicos de la talla de Ignacio Prieto o el mismísimo Ronnie Romero.

¿A qué público te gustaría llegar?

Me gustaría llegar a todos aquellos a los que les gusta el rock, especialmente a aquellos que se mueven dentro de los grupos que a mí me gustan, como Saratoga, Iron Maiden, Judas Priest, los clásicos y los modernos. Con mi disco no he querido hacer nada innovador. Quería hacer lo que más me gusta.

También me gustaría llegar a la gente que no está acostumbrada a escuchar rock. Creo que son temas fáciles de escuchar, que te dan mucha energía. Temas que yo me pondría para arrancar el día.

Los dos vídeos que hemos hecho del disco han llamado la atención del grupo Atresmedia y los están emitiendo dentro de sus canales. Se interesaron por ellos en cuanto se los presentamos. Para mí es un orgullo que se le dé cancha al rock, algo no tan frecuente en los medios hoy en día.

Sin embargo, en la actualidad tenemos Rock FM, algo que no existía en las décadas anteriores.

Mi disco ha sonado en Rock FM. Mariskal Romero tiene una hora a la semana dentro de la programación de esta emisora y me pusieron en una sección de su programa. Rock FM está muy bien. Está muy bien para iniciarte en el rock. Son clásicos de toda la vida. Son temazos que están probados y que funcionan siempre. Los promotores de Rock FM son muy listos y han encontrado una radio fórmula estupenda. Y, como son listos, creo que, cada vez más, van a ir introduciendo en la parrilla de su programación secciones más personales como la de Mariskal Romero, programas que van a apostar más por grupos nuevos y canciones más desconocidas. Porque saben que tienen que apoyar a los grupos que tomarán el relevo de lo que podemos escuchar en Rock FM hoy en día. No podemos conformarnos con lo viejo. Mataríamos al rock.

También has cantado en orquesta.

A mí, al principio, me daba un poco de palo. Cantaba con una orquesta durante cinco horas y sabes que las dos primeras horas son pasodobles, bachatas… Después, las dos horas siguientes son más pop y la última hora es el pase de rock. Ahí es cuando yo disfruto, cantando el Final Countdown a las cinco de la mañana.  De la orquesta he sacado cosas muy positivas. No sabes la dificultad que tiene un tema hasta que no lo cantas. Cantar en orquesta me ha permitido aprender a cantar de maneras diferentes. He disfrutado tomando influencias de aquí y de allá. La orquesta te abre la mente también.

La música es una cultura. Como lo puede ser el cine. Como los libros. A ti te gustan las películas de terror, pero no ves solamente películas de terror. No te niegas a ver una comedia o un thriller porque lo que más te gusta son las películas de terror. Con la música es lo mismo. A mí me gusta el drama, un día puedo ver una película de amor, otro día una de acción… Eso no quita el que con lo que más disfrutes sea con un tipo de música u otro. Yo estoy escuchando música todo el día y escucho distintos tipos de música dependiendo del momento del día.

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Isaac pronuncia cada palabra con una ilusión admirable. Hace lo que le gusta. Disfruta con todo lo que hace. Terminamos nuestro encuentro con uno de sus últimos proyectos, una colaboración con el pinteño Miguel Lozano. Le ha ofrecido trabajar como cantante en un musical sobre el flautista de Hamelín con la música de Ñu. Esto se presentaría en el Conservatorio de Madrid, donde Miguel Lozano está trabajando.

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