Entrevista con Serafín Faraldos

Serafín Faraldos Moreno es el octavo alcalde de Valdemoro desde las elecciones democráticas de 1979. Treinta y ocho años de alcaldes democráticos. Es curioso ver que solo hubo dos alcaldes en los primeros veinte años (Antonio Pariente Cuesta, por la UCD, de 1979 a 1983, y José Huete López, por el PSOE, de 1983 a 1999) y en los últimos dieciocho años ha habido seis alcaldes. La brevedad se agudiza en la actualidad: ha habido tres alcaldes en los últimos tres años (David Conde, por el PP, de 2014 a 2015; Guillermo Gross, por Ciudadanos, de 2015 a 2017; y Serafín Faraldos, que comenzó en su puesto a mediados de julio de 2017). Entre los dos primeros y estos tres recientes, quedan, en medio, tres alcaldes del PP: Francisco Granados, de 1999 a 2003; José Miguel Moreno, de 2003 a 2011; y José Carlos Boza, de 2011 a 2014.

Sin entrar en preferencias políticas, algo que, a veces, puede nublarnos la razón, sería interesante reflexionar, durante un rato, sobre cuáles deberían ser los rasgos personales que definen a un buen alcalde. ¿Es importante su edad? ¿Es importante que pertenezca a un partido político mayoritario a nivel nacional? ¿Es mejor que sea de un partido político local? ¿Es importante que haya nacido y vivido en la localidad que gobierna? ¿Es importante que sea un buen gestor económico? ¿Cuáles deberían ser sus prioridades de bienestar social? ¿Es positivo que gobierne en mayoría o, tal vez, conviene que, en minoría, deba comprometerse con otros partidos políticos de la localidad? ¿Es importante que sea una persona consagrada a la política o, tal vez, es mejor que sea un profesional o un empresario?

Serafín Faraldos es un alcalde joven, tiene 35 años. Ha vivido en Valdemoro toda su vida, en el barrio de Río Nilo. Su padre, nacido en Villaverde, electricista, trabajador de AENA en el aeropuerto de Barajas; su madre, con orígenes en Sevilla y Badajoz, dejó su trabajo para criar a sus tres hijos -Serafín es el mayor- y volvió al mismo, como limpiadora en una escuela, cuando los niños crecieron. Serafín ama Valdemoro porque es la ciudad donde se formó como persona y ama Sevilla y su provincia, porque pasó buenas partes de su infancia en la tierra de su madre y sus abuelos. Estudió en el colegio público Vicente Aleixandre y en el instituto Villa de Valdemoro.

Hace veinticinco años, esta localidad era muy diferente. Háblame de tus primeros recuerdos de Valdemoro.

Tengo recuerdos de cuando era bien pequeño. Yo he visto pasar las ovejas por la calle Grande. Recuerdo el recinto ferial que hoy es el parque de las Eras. Recuerdo el depósito de agua que había en el parque del Cristo. Recuerdo que, en mi barrio, había una granja, en lo que hoy es la calle Dalí. La granja de Colás. Y ahí había un descampado donde jugábamos al fútbol. Recuerdo ir a la granja de Colás a por leche, a por huevos… En la calle del Cristo de la Salud terminaba el pueblo. Allí ya no había nada más. Donde hoy está la pista de hielo, allí estaba el campo de fútbol de Valdemoro. Un campo de tierra, con unas porterías oxidadas. De Valdemoro a Pinto, era todo campos sembrados. Íbamos caminando de un lado para otro y, cuando la cebada estaba alta, recuerdo jugar a escondernos en el campo de cebada. Y, luego, nos caía una buena regañina cuando llegábamos a casa con los chándales todo verdes, de habernos restregado entre la cebada. Recuerdo cuando el mercadillo de los viernes se ponía en la plaza. Recuerdo un Valdemoro muy desperdigado: los del puente eran unos, los de Brezo eran otros, los de la Villa eran otros. Te estoy hablando de Valdemoro como un pueblo. En esa época no tendría ni diez mil habitantes. Recuerdo que, donde ahora hay una óptica, estaba el Banco Central. Tengo recuerdos muy bonitos de ese Valdemoro. Y creo que yo crecí, y me desarrollé personalmente, a la par que la ciudad de Valdemoro.

Hay cierta nostalgia por el Valdemoro de entonces. Se hace palpable entre la gente mayor e, incluso, entre la gente de tu generación.

Las ciudades tienen que prosperar. Tienen que crecer. Que ahora seamos muchos conlleva más servicios y más responsabilidades que, desgraciadamente, en gobiernos anteriores no han ido a la par. Es decir, el crecimiento poblacional no ha venido acompasado con el crecimiento de servicios. Pero cada momento tiene su afán. El Valdemoro de mi infancia era un lugar diferente. Y sufrió una transformación tremenda. Se abrió el teatro, la Casa de la Juventud, el centro comercial El Restón, el parque Tierno Galván…, pero Valdemoro sigue conservando parte de ese encanto de mi infancia. Hace unos días, hubo un reencuentro para celebrar el disco bar La Villa. Allí nos encontramos gente que hacía quince años que prácticamente no nos veíamos. La mayoría sigue viviendo por aquí, pero con estas cosas de que la gente trabaja, tiene su vida, no te encuentras tan fácilmente. Sin embargo, a mí me ha gustado seguir saliendo por los sitios típicos de Valdemoro.

Ahora los jóvenes no salen tanto por Valdemoro.

Había más sitios para salir antes que ahora. Tenemos que entender que ir a Madrid antes era más complicado que ahora. Si vivías en Valdemoro, dependías del coche. Ahora el transporte urbano es más frecuente, los fines de semana por la noche hay muchos búhos y puedes volver a Valdemoro durante toda la noche. Ahora con dieciocho años, hay más gente con carné y con coche… pero, es verdad, yo recuerdo con dieciséis y diecisiete años saliendo por Súper 8, La Luna, el Kaos, el Q, del Quinito, La Villa… esos eran los sitios por los que salíamos. A esa edad, también, íbamos a los recreativos Paraíso, que estaban en la calle Alarcón, los recreativos de la Villa…

Todo eso ha cambiado. Ahora los chavales, para muchas cosas, tienen una etapa de maduración más anticipada, se hacen adolescentes antes que nosotros. No hay oferta de ocio para ellos. No hay una oferta de ocio saludable para ellos. Eso puede ser un problema que hay que resolver. A los chavales hay que proporcionarles espacios. Tienen que recuperar los espacios públicos. Si el Ayuntamiento está saneado económicamente, no hay problema. Los Ayuntamientos que no estamos saneados económicamente lo tenemos más difícil. Yo estaría encantado de abrir espacios públicos los fines de semana para potenciar fiestas light, sin alcohol. Creo que no invertir en actividades culturales públicas para los jóvenes, porque no son rentables, puede salirnos más caro a la larga. Yo, si pudiera, -pero no puedo por problemas de personal, por problemas económicos- si pudiera, abriríamos el polideportivo para organizar actividades de todo tipo (música, cultura…). Si a esos chavales de trece a diecisiete años no les proporcionas espacios públicos, ellos se los buscan. Buscan donde hay. Y eso puede generar problemas de convivencia ciudadana, con deterioros de los lugares públicos por el mal uso de los mismos.

Los jóvenes deben sentir que los espacios públicos son suyos. Si las instituciones públicas siguen cerradas a los jóvenes, estos nunca las considerarán suyas. Esto tiene mucho que ver con la democratización de la vida política porque, si no consideran que esas instituciones públicas son suyas, difícilmente vamos a conseguir que participen como ciudadanos, que se involucren, que se impliquen en la vida pública. Desde los trece años, les has enseñado que esto es un castillo cerrado para ellos. Luego no les pidas que voten, que participen, que tengan un pensamiento crítico.

Tú, sin embargo, enseguida te sentiste atraído a participar políticamente en la sociedad.

Tanto por parte de padre como de madre, vengo de una familia con profundas convicciones políticas y sociales. Mayoritariamente socialistas. También es verdad que mis padres nunca fueron activistas. Pero mi abuela paterna fue hija de alcalde socialista en una pedanía de El Burgo de Osma, en Soria -ahora, además de hija, es abuela de alcalde-. Mis abuelos maternos se conocieron en la cárcel. En la familia, hasta cinco tíos abuelos fueron desaparecidos por la Guerra Civil. Eso en la familia materna ha marcado siempre mucho. Sin rencor, pero con mucho dolor. Afortunadamente, no me han inculcado ningún odio a nada ni a nadie. Cada época tiene su momento, y el momento de esa época fue otro, pero en la familia ha estado ese dolor. Así que vengo de una familia con unas convicciones, yo siempre digo, socialistas que no pesoístas. Más de la ideología que del partidismo. Yo siempre diré que soy un socialista dentro del PSOE. Quiero mucho al Partido Socialista y creo que tanto la etapa de Felipe González como la de Zapatero fueron un alarde de avances sociales, que serán recordados durante muchos años.

A los dieciséis años comencé mi carrera política. Participé en las manifestaciones contra la Guerra de Irak, me movilicé con el tema del Prestige, participé en las movilizaciones contra la LOMCE, contra la LOU… todo eso curte. Luchas y trabajas por una serie de causas justas sin ningún aliciente económico. Lo haces porque crees que es justo, porque crees que es tu deber como ciudadano.

Estudiaste Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

Sí, y cometí el error de abandonar la carrera en mi cuarto año. Error que ahora estoy subsanando y espero terminar las tres asignaturas que me faltan del grado en junio de 2018. Leí mi trabajo de fin de grado ocho días antes de mi investidura como alcalde. Creo que es importante tener una carrera. Afortunadamente, mucha gente puede tener una carrera en España. Creo que hacer vida política es tan importante como tener una carrera. Hay mucha gente que tiene una carrera y, luego, no tiene ni idea de lo que es hacer política y de lo que es la administración pública. Veo que a muchas personas que se han apuntado a los nuevos partidos, tanto de derechas como de izquierdas, les falta activismo político. Han entrado en la administración pública, fruto de un enfado comprensible con mi partido y con el PP, pero no vienen del activismo. Desconocen el concepto de servidor público, de atender a la gente.

Antes de ser alcalde, yo he trabajado de cincuenta mil cosas. A mis treinta y cinco años tengo casi quince años de vida laboral. No he dejado de trabajar. En mi casa éramos varios hermanos y mis padres me han enseñado que, si quería tener el carné de conducir o un coche, me lo tenía que conseguir yo. He trabajado de guarda de seguridad en el Bernabéu, en atención telefónica, en la gerencia del hospital de Fuenlabrada, en la función pública. Y todo eso lo he ido acompasando con los estudios. Es verdad que me hubiera gustado acabarlos antes, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Creo que, ahora que soy alcalde, me ayudan mucho mis conocimientos de derecho, mi conocimiento de la administración como vecino y mi conocimiento de la administración como líder de la oposición. Es prácticamente imposible gobernar un pueblo que uno no conoce. Un alcalde que no sufre con el pueblo para el que gobierna anda cojo. Según mi concepto, claro.

¿Se ven las cosas de forma diferente desde el sillón del alcalde?

Se ven las cosas igual. Veo las cosas igual porque soy vecino de Valdemoro. Como líder de la oposición veía muchos problemas sin resolver y como alcalde veo incluso más problemas sin resolver. La perspectiva, eso sí, es diferente. Cuando estaba en la oposición, mi deber era denunciar esos problemas. Ahora, siendo alcalde, mi deber es resolverlos. ¿Que hay problemas difíciles de solucionar? Totalmente de acuerdo. Pero es importante que el gobierno de la ciudad conozca y se interese por esos problemas. Porque un gobierno que se encierra en el castillo y no sale a comprobar los problemas de la localidad más allá de la plaza del ayuntamiento tendrá muy complicado solucionarlos. Ese es mi mayor miedo: incurrir en la teoría de la negación desde el ayuntamiento. Vivir en un mundo feliz. La autocomplacencia. Siempre va a haber problemas. Negarlos no es una solución. El pueblo tiene un problema de tráfico. Lo tiene. Somos casi ochenta mil vecinos y tenemos 43.000 coches censados. ¿Cómo no va a haber un problema de tráfico? Es verdad que la gente debe demandarnos soluciones y nosotros lo que tenemos que hacer es, dentro de los pocos medios que tenemos, buscar las soluciones. Hay un problema de limpieza. Bueno, entre que se privatizaron los servicios y hay cierta cuestión de civismo a la que habría que darle una vuelta, entre que somos muchos viviendo en el municipio… pues claro que hay que solucionar el tema de la limpieza en el municipio.

Cuando un vecino viene a quejarse al Ayuntamiento, me está ayudando a hacer mi trabajo. Tiene todo el derecho a quejarse. Yo nunca me lo tomaré a mal. Al contrario, lo agradezco mucho. Es verdad que puede haber demandas que rocen el esperpento. Pero también merecen ser escuchadas. 

Eres muy joven. Supongo que tu intención es seguir trabajando como alcalde para ser reelegido en las próximas elecciones municipales. ¿Te ves trabajando en la política más allá del nivel local, dentro de una política regional o nacional?

No. Lógicamente, cuando uno se presenta para alcalde, su ciclo político, su programa de gobierno debería proyectarse para ocho, diez años. Si quieres desarrollar tu proyecto de concepto de ciudad, necesitas, al menos, dos legislaturas, dos mandatos para llevar a cabo tus planes. Eso, al menos. Tampoco soy partidario de que un alcalde esté durante más tiempo en su puesto. Para empezar, porque la gente no lo tolera. Pero, además, creo que llega un momento en el que ya no estás al nivel de lo que la gente necesita. La sociedad cambia, también. Tras diez, quince años, la gente va demandando cosas nuevas. ¿Hay excepciones? Claro que las hay, pero también hay que ser honesto. Si te dedicas a la alcaldía full time, a tope, intensamente, no hay cuerpo que lo resista. Además, el ser humano tiende a acomodarse. Por eso, si quieres ofrecer lo mejor, dos legislaturas completas son suficientes.

En cuanto a trabajar en otro cargo político, a mí, en principio, no me atrae. Creo que, en política, estamos los municipalistas, los del pueblo, los de la ciudad, a los que nos gusta la gestión de lo cotidiano, lo cercano, los asuntos que podemos solucionar del vecino. Luego hay otros que, lógicamente, están en los gobiernos regionales o nacionales. A día de hoy, no es mi aspiración. Y tengo mi experiencia. He estado cinco años, casi seis, trabajando en las Cortes Generales. Es otra faceta. Cuando acabe esta etapa de alcalde, cuando los vecinos decidan que lo haga, posiblemente me dedicaré a otra cosa, pero siempre en el ámbito local. Me gusta más ese espacio. Eso sí, nunca se puede decir de este agua no beberás.

Nos has contado que te dedicas a la alcaldía a tiempo completo. ¿Cómo concilias tu trabajo con tu vida personal? ¿Estás casado? ¿Tienes familia?

No hay conciliación. No estoy casado. No tengo hijos a los que atender. Y, sin embargo, no hay conciliación. Hay mucha gente que dice que los alcaldes están muy bien pagados. Pues, según cómo lo mires. Si comparas sus sueldos con los de muchas personas de este país que están bien preparadas y que están encadenando un contrato basura con el siguiente, pues hay que decir que sí. Pero no es que la política esté bien pagada. Es que esas personas bien preparadas están mal pagadas. Y habría que equiparar sueldos. Yo me he bajado el sueldo por ejemplaridad. Nada más entrar, me bajé el sueldo un veinticinco por ciento. Creo que hay gente pasándolo mal y no quería que se pensara que la motivación de la moción de censura fuera por el sueldo. Creo firmemente que hay que dar ejemplo.

Sin embargo, si quieres hacer tu trabajo como alcalde a tiempo completo, faltándote horas para atender a todas las cuestiones a las que quieres llegar, pues no creas que está tan bien pagado. A partir del 14 de julio, he renunciado a mi vida personal, trabajo quince, dieciséis horas al día. Pierdes todo tipo de privacidad y de anonimato. Renuncias a todo eso. Pero, como yo digo, en este caso, esa es la cuchara con la que yo he elegido comer. Y reconozco que lo vivo con mucha pasión. Todo depende de la personalidad de cada uno, pero yo sí soy de los que se lleva los problemas a casa. Esa es mi forma de ser y no la voy a cambiar. Salgo del trabajo y sigo dándole vueltas a las cosas. No soy de los que se conforman con la primera solución que se nos ocurre.

¿Has renunciado, entonces, a tus hobbies?

Ahora tengo pocos, sí. Sigo escuchando música. Me gusta trabajar con música. Necesito la música. Escucho mucha música cuando voy en el coche. Me gusta, en general, la música española. Y me encanta el flamenco. Todas las variantes del flamenco. Y el poquito tiempo que me queda, lo guardo para los amigos. Los amigos del barrio de toda la vida. Somos de tomar cañas por el pueblo. Tal vez, ir de cena. Pero todo en Valdemoro. Ya en plan tranquilo. Antes de ser alcalde, me gustaba leer muchísimo. Soy de novela histórica. Ensayo y novela histórica. He leído mucho a Javier Cercas. En su momento, también algo de Almudena Grandes. En una etapa más joven, me gustaba mucho la saga del capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte. Hoy en día me llevo a casa los informes del Ayuntamiento. En cuanto al cine, me gusta mucho el cine español de los últimos años. En su momento, me gustaba mucho Fernando Trueba. Ahora me encanta Álex de la Iglesia. Me gusta mucho, también, el trabajo de Alberto Rodríguez… No soy mucho del cine americano.

¿Te da tiempo a leer prensa? ¿Atender a las redes sociales?

Eso a primera hora del día. Y, a veces, por la noche. Me gusta leer mucha prensa digital. Me ocupo también de las redes sociales, son una herramienta más para comunicarme con los vecinos, pero procuro que ninguna de las dos cosas condicione mi vida.

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Agradezco a Serafín su tiempo y su amabilidad mientras sigo reflexionando sobre las características que deberían definir a un buen alcalde. Supongo que, una vez más, la respuesta está en cada individuo, en cada habitante de una localidad. ¿Qué características definen a un buen ciudadano? El civismo, el respeto al resto de ciudadanos, el respeto y, si es posible, el amor a la ciudad que nos rodea, la participación solidaria en nuestra comunidad, la búsqueda de soluciones con las que todos salgamos ganando un mucho, a veces, y un poco, otras. Cuando todos, como ciudadanos, pongamos nuestro granito de arena, podremos mirar a nuestro alrededor y, con certeza, hallaremos a las personas que más voluntades aúnan en nuestra comunidad.

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Entrevista con Juan Carlos Rodríguez Búrdalo

Muchas búsquedas de la vida se originan y comienzan con un encuentro. En el año 2012, después de haber estado viviendo cinco años en Nuevo México y a punto de volverme para España, conocí al profesor universitario Alfredo Rodríguez. Ya jubilado, me recibió en su casa de Albuquerque junto a su esposa, Lita Rodríguez. El motivo de mi visita era entrevistarlo para un artículo sobre el poeta Ángel González. Alfredo y Ángel habían sido grandísimos amigos. Fue un encuentro delicioso. Me enteré de que Alfredo había publicado también varias novelas. Supe que había nacido en Brooklyn, de padres españoles. Me contó que, a lo largo de su vida, había conocido a tres grandes poetas: trabajó junto al poeta aragonés Ildefonso Manuel Gil en la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, y llegaron a ser vecinos, comprándose, a la vez, una casa al lado de la otra; fue compañero de departamento del poeta asturiano Ángel González, en la Universidad de Nuevo México, y fueron grandes amigos durante muchísimos años; y, por último, cuando le pregunté por sus propias novelas (una inédita, sobre Ramón J. Sender), Alfredo me dijo que el verdadero escritor en la familia Rodríguez era su primo hermano Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, poeta y guardia civil, residente en Valdemoro. «A ese Rodríguez tienes que entrevistar y no a mí», me soltó Alfredo mientras me despedía de su esposa antes de salir de la casa.

Por eso, hoy, mientras Juan Carlos Rodríguez Búrdalo me regala su tiempo generosamente, mientras disfruto de su articulada conversación, yo me recreo en el final de mi búsqueda, en la búsqueda que comenzó el día que me encontré a Alfredo Rodríguez y me hizo saber de la existencia de su primo hermano. Frente a un café, hablamos de la obra poética y de la carrera profesional de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo.

Durante toda tu vida laboral has compaginado la poesía con tu trabajo como general de la Guardia Civil. ¿Dónde han confluido las dos actividades? ¿Se han enriquecido ambas al encontrarse dentro de la misma persona?

Antes de intentar una respuesta, creo necesaria una precisión. La poesía ha sido, es, siempre compañera de vida, no solo en los últimos años como general de la Guardia Civil; por lo que he procurado, desde muy joven, compaginar lo mejor posible la profesión militar con la pasión por la poesía, tanto a nivel de lector como de escritor -guardo mis primeros versos de adolescente, y mi último libro es de hace dos años-. Así es que, conmigo, profesión y poesía han sido compañeras de piso. He procurado que se lleven bien, aunque la exigencia de dedicación extraordinaria propias del ejercicio de la profesión de guardia civil no le ha permitido a la poesía el tiempo que demandaba. Pese a que cada una de ellas, profesión y poesía, han tenido su propio discurrir, es cierto que ha existido un enriquecimiento mutuo. Y la confluencia más visible me parece que se produce en el libro De un oficio infinito, publicado en 1986, al obtener el Premio Adalid de Literatura Militar.

No es el único premio que ha recibido tu poesía. Muchos de tus libros han sido publicados gracias a ganar prestigiosos galardones en Madrid, en Jaén, en Salamanca, en Castellón, en Dos Hermanas (Sevilla), en Torrevieja (Alicante) y en Alcalá de Henares. Se te ha publicado en italiano y has sido traducido al holandés. Todos estos reconocimientos sitúan tu obra, sin lugar a duda, en un buen lugar dentro de la poesía contemporánea. ¿Qué intentas transmitir con tus poemas? ¿Cuáles son tus temas más recurrentes? ¿A quién van dirigidos?

¿Qué intento transmitir con mis versos? Pues verás, permíteme que preceda a mi respuesta un pensamiento de alto vuelo, escrito por el poeta Adolfo Alonso, al publicar, hace unos años, su libro Poemas del claustro. Dice Alonso: «El Hombre no concibe el universo, pues cuando mira el cielo de las noches, cuando las ve quebradas por luz incontenible en el espejo opaco de los dedos, no sabe qué decir, solo suspira y camina despacio; después cuenta sus cosas, reconoce la tierra que lo labra». La escritura de Adolfo Alonso, que tanto me impresionó, me viene al pelo para decir que entiendo mi poesía como búsqueda para explicar lo inexplicable de este ser transitivo que es el hombre, criatura para pasar, ser temporal que busca en la belleza redención de ese destino inexorable. En el camino, heridos por la luz que deslumbró momentos memorables, el equipaje que nos acompaña durante el viaje: los olvidos perdonados y rescatados en el poema.

Y ¿a través de qué temas? No me parece descubrir nada nuevo si digo que en la obra de todos los poetas suelen aparecer la infancia y juventud o su recuerdo; el amor y el desamor; la soledad; el paso del tiempo; en fin la muerte. Lo que diferencia a los poetas en su escritura es la personalidad de cada uno en la manera de abordar estos temas, en la forma de acercarse a ellos y expresarlos. Por lo que a mí respecta, desde la conciencia del misterio que el hecho poético encierra, solo se me alcanza que determinados estados de ánimo, sensaciones, situaciones, recuerdos… me provocan la necesidad de la escritura poética. En 1999, ya publicados mis primeros siete libros de versos, aparece en la editorial Calambur, de Madrid, En el dócil fulgor de las palabras, una antología de mi obra hasta ese momento. El profesor y crítico literario Lama Hernández, escribe para encabezarla un extenso estudio con este título: «La poesía de Juan Carlos Rodríguez Búrdalo: Razón de vida», texto con el que no puedo estar más de acuerdo.

Y, si mi poesía es razón de vida, la contemplación sobre el mundo y sus elementos, la infancia y juventud rememoradas, el amor y el desamor y la reflexión sobre el tiempo y la muerte son algunos de los lugares sobre los que mi poesía vuelve una y otra vez en las diferentes muestras poéticas. Hoy, al cabo de veinte libros de versos, quienes tienen la amabilidad de ocuparse y escribir sobre ellos, coinciden en señalarme poeta elegíaco, metido en soledad y con piso de alquiler en la memoria. El profesor Lama Hernández finalizaba el estudio sobre mi poesía con estas palabras: «Pero cualquier recuento de los temas frecuentados por el poeta a lo largo de sus libros acabará en la constatación de la insistencia en uno de ellos, bajo cuyo prisma se observan todos los demás: el tiempo. Poéticamente, podríamos añadir, el tiempo machadiano».

Y ¿a quién van dirigidos mis poemas? Creo poder afirmar que hago poesía a través de mi experiencia, de la memoria de mi experiencia y de la imaginación de lo que pudo ser experiencia. Las razones son casi siempre oscuras respuestas al hermoso accidente que es vivir. Obviamente material y herramienta es la palabra. Con otros coincido en estimar la escritura poética como ejercicio de salvación personal, con uno mismo como destinatario primero, y creación de tránsito y comunicación a los demás.

En poesía, todo lo que no es autobiografía es plagio, nos dejó advertido el clásico. La Editora Regional Extremeña publicó hace pocos años una antología del poeta portugués Fernando Pinto do Amaral con el título Exactamente mi vida; nuestro José Hierro tituló uno de sus libros más importantes Cuanto sé de mí; con el poeta mallorquín José Carlos Llop, debo abundar en el asunto advirtiendo que no entiendo la poesía sin biografía, de manera que mis poemas no son sino fragmentos de vida y mis libros sucesivas entregas autobiográficas. Como él, pretendo con mis poemas decir mi vida y que sea verdad.

La poesía como íntima bitácora del viaje que es la vida. La poesía como última tabla de salvación. Pero, además del obvio intimismo, muchos poetas deciden también compartir y difundir la poesía contemporánea con el resto de la comunidad. Así, a finales del siglo pasado, durante ocho años dirigiste las aulas de poesía «José Luis Sampedro», del Ayuntamiento de Aranjuez, y «Pedro Antonio de Alarcón», del Ayuntamiento de Valdemoro. Me consta que invitaste a poetas de primera línea, que se acercaron a la localidad y los valdemoreños pudieron conocerlos en persona. Háblanos un poco de esa experiencia y cuéntanos tus impresiones al respecto.

Ciertamente, el 16 de noviembre de 1999, ante los entonces alcalde y concejala de Cultura de Valdemoro, echaba a andar el Aula Pedro Antonio de Alarcón, acto y proyecto del que alguna prensa nacional se hizo eco. De las diferentes modalidades para difundir la poesía elegí la de aula porque me pareció la más completa. Precedida de suficiente información sobre la bibliografía del poeta invitado – los colegios de Enseñanza Secundaria entre los destinatarios- cada sesión se desarrollaba a través de tres espacios o secuencias: en el primero, el director del aula presentaba a los asistentes las claves de la obra del poeta visitante, siempre con más de cinco libros publicados y personalidad reconocida en el mundo de las letras. A continuación, el poeta visitante leía una selección de su obra y, finalmente, se abría un coloquio entre poeta y asistentes.

Bajo esta fórmula, leyeron sus versos en Valdemoro, entre otros, poetas como Luis López Anglada, Ángel García López, Rafael Morales, Rafael Guillén… todos ellos galardonados con el Premio Nacional de Poesía. Cito aparte a Leopoldo de Luis, que además de Premio Nacional había sido reconocido con el Premio de Las Letras Españolas. Si miramos cuántas ciudades con la población de Valdemoro contaban / cuentan con un aula de poesía de ámbito nacional, creo que se cuentan con los dedos de una mano; si repasamos la calidad de la nómina de poetas que intervinieron en ella, tal vez nos sorprenda comprobar que Valdemoro es caso singular.

Pero el tiempo no perdona y hoy, de aquellos grandes poetas de la segunda mitad del siglo XX, solo vive Ángel García López. También falleció nuestro gran pintor Juan Prado, asistente incondicional y activo participante en los coloquios de las sesiones del Aula.

Fue aquella una experiencia hermosa dirigida a todos los valdemoreños, muy especialmente a los que aman la literatura; a quienes un rato de lectura supone un regalo para el espíritu; a los jóvenes estudiantes que empiezan a sentir pasión por la escritura, la turbación del verso; a esos maestros y profesores que saben encender en sus alumnos el fuego del arte, la siembra más provechosa para el crecimiento enriquecido de su personalidad.

Escribió el poeta Wordsworth: «Aunque pase la época de gloria y el esplendor en la hierba se marchite, no te aflijas, porque la belleza subsiste en el recuerdo».

¿Crees que la poesía tiene la suficiente presencia en nuestra sociedad? ¿Crees que debería estar más presente? ¿Crees que la poesía puede mejorar la vida de la mayoría de las personas? ¿Crees que la poesía podría mejorar el mundo en el que vivimos?

Se ha dicho y escrito muchas veces que la poesía es un género minoritario, pese a estar muy ligado al sentimiento (de hecho, una corriente de la célebre «poesía de la experiencia» es conocida como «la otra sentimentalidad»), muy valorado en cuanto género literario por excelencia, sublimación de la palabra, etc. etc. pero con pocos lectores si la comparamos con la novela, el ensayo, la narrativa en general, ¿por qué? Quizás por un exceso de hermetismo en la poesía de casi todo el siglo XX (dadaísmo, surrealismo…) Pero a mi juicio, ciertamente hoy su presencia e influencia es escasa en la sociedad lectora. Y sí, pienso que debiera estar más presente. Son muchas las personas que, tras asistir a una lectura de buena poesía, se confiesan complacidas, incluso hablan de descubrimiento y deseos de leer o escuchar poesía. En otro tiempo se escribió que la voz de los poetas movía el mundo, es claro que hoy no. Ojalá se cumpla el pronóstico de Gabriel Celaya acerca de la poesía como arma cargada de futuro. Tal vez hoy, en nuestros modos de vida, Celaya lo diría de otra forma: «La poesía es un magnífico vehículo para llegar al futuro».

Siento curiosidad sobre tu método de trabajo. ¿Cómo escribe sus poemas el poeta Juan Carlos Rodríguez Búrdalo? ¿Cómo nacen las ideas para tus poemas? ¿Con qué frecuencia trabajas sobre ellos? ¿Cuándo decides que un poema está listo para ser publicado?

Como testigo interesado en cuanto me rodea, trato de llevar al poema lo que sucede en mi cercanía y me pide expresión poética, ya sea en el momento ya sea más tarde, recuperado a través de la memoria. Determinados estados de ánimo, una palabra escuchada en el metro que me aviva sensaciones, un recuerdo de infancia o juventud, una lluvia inesperada… Creo poder afirmar que hago poesía a través de mi experiencia, de la memoria de mi experiencia y de la imaginación de lo que pudo ser experiencia.

En ocasiones he pretendido indagar nuevas formas expresivas y estróficas, moverme entre la filosofía y la poesía mediante textos de intensa concentración conceptual: poemas breves en el decir y largos en el meditar. En otras, mi poesía se ha manifestado de manera más hímnica, expresión gozosa o jubilar de algo, gozo de sentir, de experimentar sensaciones de la belleza o el arte.

No soy escritor metódico, más bien intuitivo. No acostumbro a dedicar un tiempo diario a la escritura, aunque debiera. Solo cuando escribo para un libro de unidad temática (De un oficio infinito, por ejemplo) he sido disciplinado en este sentido. En cambio, sí que soy muy exigente con el visto bueno final del poema, mucho más de un libro; leo, releo, corrijo, tacho, rompo… antes de guardar el poema en la carpeta de definitivos. Y, a pesar de ello, cuando he retomado algunos textos luego de unos años, para una antología por ejemplo, vuelvo a corregir puntuaciones sobre todo y, en ocasiones, pocas, algún adjetivo o adverbio. Sí me reconozco perfeccionista.

¿Consideras que estás en un buen momento poético? Háblanos de tus próximos proyectos.

Desde el punto de vista creativo, no es el mejor momento; hace algún tiempo que repaso mis dos libros inéditos, corrijo, pulo versos que me parece que lo requieren, etc. Eso no quita que, si aparece un motivo inspirador, escriba algunos versos que guardo para poemas futuros. Según lo anterior, el proyecto a corto plazo sería la publicación de mis dos libros inéditos, Nieve cautiva (Poemas en Nueva York) y Señales en la luz. Mientras llega, leo bastante; ahora estoy con la Poesía Completa de Antonio Colinas y repaso nuevamente a Claudio Rodríguez.

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Juan Carlos me cuenta que, el año pasado, estuvo una semana en Albuquerque, Nuevo México, visitando a su primo hermano. Debido a su delicada salud, Alfredo lleva cuatro años sin venir a España en el verano. A él y a Lita, su esposa, les gustaba venir a Tabernas, en Almería, todos los años. Esta entrevista, que cierra el círculo, va para ellos.

El barrio de las Hormigas

         A la guerra[1] le sigue la posguerra, y a la posguerra, la post-posguerra. Luego viene el olvido y, tradicionalmente de su mano, la preguerra. En España, mi generación pertenece al periodo de la post-posguerra que, por fortuna, es lo que más se parece a una época de paz. Gracias a la generación que nos precede, la de mis padres, pude conocer, de segunda mano, partes de la posguerra. Una serie de situaciones que, en mayor o menor medida, compartía con los amigos con los que crecí. Nuestros padres y madres venían de pueblos pequeños. Ellos habían venido a Zaragoza a hacer la mili y allí encontraron trabajo en cuanto la terminaron. Ellas habían llegado con sus familias y, con su saber hacer, lideraron un revolución que llevó a cabo la mayor conversión de familias de clase obrera a la burguesía de toda la historia.

       El barrio de las Hormigas (Yagruma Ediciones, 2017), de Antonio Pérez Martín-Tereso, es un libro delicioso, un retrato detallado de un barrio a las afueras de Madrid, cerca del pueblo de Hortaleza, en la época de la posguerra española. Dividido en pequeños cuentos cortos, el autor nos va contando sus recuerdos: cuenta cómo su padres y sus tíos compraron dos lotes vecinos  en unos terrenos que resultaron no tener permisos de edificación; cuenta cómo su padre encontró agua cavando un pozo en su parcela; relata el día en el que los vecinos decidieron cocer los ladrillos con los que cada uno construiría su propia casa…

       En un barrio tan humilde no faltaban los personajes pintorescos y a algunos de esos personajes van dedicados gran parte de los cuentos de la segunda mitad del libro. Para todos ellos, tiene el autor palabras de cariño, haciéndonos ver que cada uno de ellos forma parte del bestiario de su infancia y su adolescencia.

        La arquitectura de cada uno de los relatos es sencilla. De hecho, uno de los mayores atractivos del libro es su sencillez. Porque, cuando una historia es buena, cuando una historia es verdaderamente buena, no necesita ni fuegos de artificio ni traca final.

        De alguna manera, el barrio de las Hormigas no está tan lejos de los poblados del valle del Río Puerco a los que me referí en mi entrada de blog anterior (El oeste americano del valle del Río Puerco). Tampoco se aleja mucho de los pueblos españoles que fueron abandonados en la posguerra. Porque, aunque el barrio de las Hormigas todavía siga en pie, no es el mismo barrio del que habla el libro. El libro habla de un lugar del pasado, un lugar que ya no existe porque corresponde al estado en el que se encontraba cuando el autor era niño. Este hecho llena cada una de las páginas de un lirismo subterráneo al que se llega cavando hasta cierta profundidad, como cuando el padre del autor cavaba el pozo para obtener agua. Pero, en el último cuento, ese lirismo brota a borbotones y, es ahí, donde el autor destapa todos sus sentimientos.

        El barrio de las Hormigas es un libro sobre un lugar en un momento determinado de nuestra historia reciente. Pero, sobre todo, es un libro sobre las personas que hicieron de ese lugar una referencia vital para Antonio Pérez Martín-Tereso.

[1] No hay nada de «bello» en una guerra. Por eso, la mayoría de las lenguas romance prefirieron adoptar la palabra procedente del germánico werra, más agresiva, más onomatopéyica, más violenta que la palabra latina bellum, tan cercana formalmente de bellus que evolucionó en «bello».

El oeste americano del valle del Río Puerco

      Muchos de nosotros tuvimos la suerte de crecer con las películas del Oeste americano, un territorio mitológico que, de niños, muy pocos habrían sabido señalar con precisión en los mapas y que, de más creciditos, tendríamos que encontrar siguiendo las referencias geográficas que vinieran a nuestra memoria. Las dos razones por las que no es tan fácil situar ese Oeste americano con facilidad están ciertamente conectadas: por un lado, el Oeste americano estuvo ligado con frecuencia al concepto de frontera y, por lo tanto, fue o es un territorio portátil muy amplio que empezó estando a unas millas al oeste de Jamestowne, en el estado de Virginia, y que fue trasladándose hacia el noroeste, hacia el oeste y hacia el suroeste de forma progresiva; por otro lado, el Oeste americano, más que un territorio, sería un concepto, un mundo mitológico, como hemos mencionado, que dio paso a la creación del imperio mundial que, de alguna forma, gobierna el mundo en el que hoy vivimos. Una teoría plausible señalaría la costa de California como el final de ese Oeste americano; otra, no menos acertada, extendería ese oeste hacia Alaska, Hawaii, la Polinesia entera, Tierra de Fuego, Japón, casi toda Asia, para llegar a Europa y alcanzar, de nuevo a nuestro entrañable pueblecito de Jamestowne por el Atlántico. Todo para dar la vuelta al mundo en ochenta transacciones bursátiles.

     Todos esos oestes americanos mencionados serían igual de válidos pero, si queremos encontrar la cumbre del Olimpo, necesitamos no sólo unos actores/personajes tipo/dioses a los que podamos identificar en todo momento, sino también unos paisajes a los que nuestra memoria pueda invocar con facilidad y unas circunstancias en las que podamos justificar como hazañas cada uno de nuestros tiroteos. Entonces, sólo entonces, el dedo de un viajero curtido se dirigirá sin dilación al territorio comprendido entre el río Grande y el río Pecos, en el estado de Nuevo México, para señalar su ubicación. Ahí es donde la literatura se ha recreado más a la hora de contarnos el Oeste americano. Muy posiblemente, como rezaba el cartel de introducción de la exposición histórica The Frontier Experience: New Mexico 1598-1900 (La experiencia de la Frontera: Nuevo México 1598-1900),  porque ese territorio haya sido el que durante más tiempo fue (o ha sido) parte de la frontera:

     La ‘frontera’ ha sido considerada durante mucho tiempo como un factor importante para la creación de los ideales y actitudes estadounidenses. Nuevo México es único entre el resto de los estados porque tiene una herencia de la frontera que duró más de 300 años. De hecho, ningún lugar en Norte América experimentó este proceso durante tanto tiempo. La mayoría de los territorios fueron frontera durante sólo los primeros años de sus existencias y entonces la frontera se trasladó más al oeste o más al norte.[1]

    Muy posiblemente, también, porque fue ese territorio sobre el que más artículos escribieron los periódicos de Nueva York a finales del siglo XIX para mantener el creciente interés de unos lectores que tal vez añorasen, desde la comodidad de sus ciudades, un pasado reciente en el que sus territorios habían sido Oeste americano; muy posiblemente, porque, desde muy temprano, Hollywood se encariñó de esos paisajes del suroeste de los Estados Unidos para filmar sus películas.

     En España, en todas esas películas del Oeste americano, todos los personajes hablaban en español. Luego descubrimos que no, que en realidad nosotros los oíamos en español gracias a la magia del doblaje de las películas pero que, en realidad, todos los personajes hablaban en inglés. El Oeste americano que supone el mito del nacimiento de los Estados Unidos se escribió primero en inglés y se filmó, pocos años después, en inglés. Sin embargo, si echamos un vistazo al Censo de Estados Unidos de 1890, observamos: “En Nuevo México casi dos tercios, el 65,11%, y en Arizona casi tres décimas partes, el 28,23%, de la población mayor de 9 años no sabía hablar inglés[2]”. Desafortunadamente, el censo no ofrece datos exactos de las personas de estos dos estados cuya lengua madre era el español pero, teniendo en cuenta la cifra del 65,11%, podemos imaginar que el número de niños menores de 10 años que no hablaban inglés o el número de habitantes mayores de 9 años que hablaba inglés pero cuya primera lengua era el español eran bastante elevados. Así pues, tenemos que pensar que el Oeste americano se escribió en inglés desde la costa este de los Estados Unidos y se filmó en inglés desde la costa oeste. Sin embargo, es más fácil que el Oeste americano se hubiera hablado en español y que los propios habitantes de ese Oeste americano hubieran escrito los sucesos de la zona en sus periódicos en español. No obstante, en 1889, posiblemente el momento más álgido para la prensa en español en Nuevo México, había 65 periódicos publicados en español.[3]

      En España, por lo tanto, estas películas eran dobladas del inglés al español gracias a la deliciosa ironía que suponía el hecho de que los Estados Unidos hubieran elegido como cuna del mito de su nacimiento a un territorio en el que, durante el periodo en el que ese mito se llevaba a cabo, la aplastante mayoría de la población hablaba español. El fenómeno no era nuevo: El griego Eneas, protagonista indiscutible del mito de creación de Roma, habla en latín durante toda la Eneida. Podríamos alargar la ironía un poquito más: cuando Sergio Leone filmaba sus estupendos Spagetthi Westerns en España se llevaba consigo a dos o tres actores angloparlantes a los desiertos de Almería. Leone se hizo popular con unas películas llenas de silencios porque en ellas sólo hablaban tres o cuatro actores. El resto, actores extras españoles, aparecían silenciosos porque no hablaban bien el inglés y se dedicaban a rellenar los ataúdes que luego pagaba el personaje que interpretaba el bueno de Clint Eastwood.

     Tal vez fue mejor así. Tal vez Leone hizo bien en no dejar hablar en español en sus películas. Después de todo, el español que se hablaba entre el mítico río Grande y el río Pecos no era el mismo que se hablaba en Andalucía. El español que se hablaba en Nuevo México se había configurado como una variedad más del español, con su personalidad propia, con sus giros regionales y con unas soluciones adecuadas para defenderse en esos territorios lejanos. El español de Nuevo México (especialmente aquel hablado en los dos tercios norte de Nuevo México y en el valle de San Luis, al sur del estado de Colorado) pronto llamó la atención de lingüistas prestigiosos (Aurelio Macedonio Espinosa, Amado Alonso, Rubén Cobos, Manuel Alvar, Garland Bills, Neddy Vigil, entre otros). Pronto aparecieron también reputados folkloristas como Enrique Lamadrid, John Donald Robb o Jack Loeffler y Kathrine Loeffler.

    Muy cerquita de esa Mesopotamia del suroeste de los Estados Unidos, a unos pocos kilómetros al oeste nos encontramos con otro río, tal vez más discreto pero, no por ello, menos importante para nuestro texto. Estamos hablando del río Puerco, que nace al noroeste del estado, en los picos de San Pedro, en las montañas Nacimiento y, pasa cerca de Cuba (en Nuevo México, claro), deja al este el conspicuo pico de Cabezón y el cerro del Cochino, se le une el Arroyo Chico entre la mesa San Luis y la mesa Chiuato; pasa al oeste de la mesa Prieta para atravesar más tarde la reserva india de Laguna, donde se le une el río San José, y desembocar en el río Grande a unos 32 kilómetros al sur de Belén. Estamos hablando de 370 kilómetros de una cicatriz seca durante una buena parte del año por la que, cuando le toca, se desbocan las aguas de las lluvias y el deshielo.

      Poco después de crearse la reserva para los indios navajos, entre los años 1860 y 1870, se fundaron una serie de plazas a las orillas del río Puerco, todas al sur de Cuba, muy cerca del pico de Cabezón. Gente, en su mayoría procedente del valle del río Grande (Albuquerque, Bernalillo, Algodones), pero también de lugares más lejanos, como Antón Chico, Puerto de Luna o Pecos, buscaron mejorar su vida en esa pequeña comarca. Casi todos, con muy pocas excepciones, eran hispanos e hispanohablantes y llevaron consigo toda una riqueza folklórica que se había conservado y desarrollado en Nuevo México durante más de dos siglos. Poblaciones como San Luis, Cabezón, Guadalupe y Casa Salazar conformaron una pequeña comarca de poco más de 700 habitantes que desarrollaron sus vidas a lo largo de casi un siglo hasta que la zona fue abandonada para 1950. Las dos Guerras Mundiales, que reclutaron a los jóvenes de la zona, y la falta de apoyo gubernamental hacia los pequeños rancheros del valle del río Puerco hizo que la comarca fuera perdiendo población progresivamente a partir de 1910 y para 1950 todos su habitantes habían abandonado la zona.

     El valle del río Puerco es el Oeste americano que le tocó vivir a Nasario García y el Oeste americano que él decidió contar al mundo. El recóndito y maravilloso Oeste americano de Nasario García. Los personajes que nos cuentan ese Oeste a través de Nasario habrían vivido durante los mismos años y prácticamente en el mismo territorio que aparecían en los periódicos del este y, sin embargo, los relatos que nos ofrece Nasario están muy lejos de los duelos al sol. Son historias sencillas de familias que trabajaban duro en la tierra y criando animales para salir adelante, para aumentar progresivamente sus lotes de tierra. Son historias de accidentes laborales, de supersticiones, de anécdotas en el campo o en el baile, de fe y de dudas ante lo incierto.

    Nasario García no nació en esta comarca del valle del río Puerco. A su madre la convencieron para que fuera a Bernalillo a casa de su madre, la abuela materna de Nasario, para que naciera en un lugar más “civilizado”[4]. Sin embargo, Nasario se crió en Guadalupe (Ojo del Padre) y, como autor, académico y folklorista, se ha dedicado a recuperar la memoria de la comarca en gran parte de su obra. Si es verdad que el ser humano pasa su vida buscando e intentando recuperar su infancia, Nasario es, no cabe duda, un ser humano ejemplar.

     En 1987, publicó Recuerdos de los viejitos, su primer volumen dedicado al folklore del valle del Río Puerco y, desde entonces, le siguió Abuelitos, Tata, Comadres y Más Antes. Todos estos libros contienen la frase “Valle del río Puerco” en su título y todos  recopilan historias o anécdotas relatadas por los propios protagonistas. Nasario se dedicó a grabar y, después, transcribir casi literalmente todas esas historias contadas por habitantes del valle del río Puerco nacidos entre el 1872 y el 1927. Los dos primeros tienen más similitudes; el tercero se distingue porque son todas historias que le contó su padre; para el cuarto, sólo utilizó las historias que le contaron las mujeres; el quinto recopila dichos, adivinanzas, cuentos, corridos, cartas, entriegas (versos cantados o recitados para los novios en una boda), canciones y alabados.

     Con estos cinco volúmenes, Nasario demuestra que su mayor interés es escuchar antes de ser escuchado. Aún publica dos libros más con carácter recopilatorio, Brujas, Bultos, y Brasas y ¡Chistes! antes de destapar completamente su lado poético con Tiempos lejanos. En el primero de esta lista, Nasario cambió de valle para entrevistar a pobladores del valle del río Pecos y transcribir sus cuentos sobre brujas y magia. Tocará el mismo tema en un libro posterior, Brujerías, en el que amplia, una vez más su ámbito e incluye a todo el suroeste de los Estados Unidos. En el segundo recopiló chistes en español por el norte de Nuevo México y el sur de Colorado (aquí todavía encontramos alguno recogido en el valle del río Puerco). En el 2004 publica su primer poemario con Tiempos lejanos.

   Aún publica dos libros más relacionados con el folklore y la tradición nuevomexicanos: Old Las Vegas, en 2005, y Fe y tragedias, en el 2010. En el primero, la legendaria ciudad de Las Vegas (la ciudad de Nuevo México, no la famosa de Nevada) y el segundo trata el tema de la fe en el mundo rural nuevomexicano.

    En 2009 Nasario publica dos libros de ficción llenos de cuentos para niños y para adultos: El Arco Iris y otros cuentos y Ruido de Cadenas. En estos dos libros, el autor puede encontrar cuentos que Nasario escuchó en su infancia y cuentos inspirados en sus propias experiencias.

     Su último libro (de momento) fue publicado en 2010. Bolitas de Oro es un poemario exquisito, otro maravilloso homenaje a su infancia en Guadalupe, en el valle del río Puerco, un homenaje a las canicas, a las bolitas de oro, como ellos las llamaban. Y es con este libro, y con su vuelta al valle del río Puerco, con el que Nasario se universaliza. La amplitud del territorio cubierto y la progresión venían reflejadas en los títulos de sus libros: valle del río Puerco, Norte de Nuevo México y sur de Colorado, suroeste de los Estados Unidos…cualquier muchacho del mundo que haya jugado a las canicas, que haya llevado pantalones cortos y las rodillas llenas de costras encontrará poemas en este libro con los que sentirse identificado.

      Tres aspectos llaman la atención en los libros de Nasario: el primero es el hecho de que Nasario no renuncie al español en ninguna de sus obras puesto que la mayoría de los textos aparecen en español y en inglés; el segundo es el respeto y la admiración del autor por los mayores, por los viejitos, de su cultura; el tercero es su afán de no idealizar en exceso el mundo que intenta describirnos. En Abuelitos, hace una clara declaración de intenciones al respecto:

      Mientras reflexiono sobre mi infancia en Guadalupe y en el valle del Río Puerco, se mantienen en mi mente numerosos y placenteros recuerdos imborrables, pero, al mismo tiempo, sería injusto regocijarnos en ellos sin admitir que, en muchas ocasiones, la tristeza, la tragedia y la pobreza también convivían con los habitantes de la zona.  Si dejamos de lado a esa realidad corremos el riesgo de dar un toque excesivamente romántico y distorsionar una forma de vida muy real. Desafortunadamente, esta tendencia asoma de vez en cuando por los relatos sobre las comunidades rurales hispanas de Nuevo México, especialmente cuando los autores son forasteros que se quedan cautivados y, tal vez, perplejos ante Nuevo México, la Tierra Encantada. [5]

      Es refrescante descubrir que tras el Oeste americano de celuloide con el que muchos de nosotros nos criamos hubo otros oestes americanos. El oeste americano forjado en español y con folklore hispano tuvo la suerte de ser encontrado, escuchado, recopilado y transcrito por el nuevomexicano Nasario García. Hubo otros oestes americanos que, desde aquí, invitamos al lector a descubrir: aquellos oestes americanos que se vivieron en navajo, en apache, en keres, en tigua, en tehua, en towa y en zuñi.

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[1] La traducción es nuestra y la cita aparece recogida por Thomas Chávez en su libro An Illustrated History of New Mexico. Albuquerque: University of New Mexico Press, 2002 [1992], p. 238, y cuyo texto original es: “The frontier experience has long been considered a major contributor to the development of American ideals and attitudes. New Mexico is unique among states in having a frontier heritage that lasted over 300 years. In fact, no place in North America experienced the process longer. Most areas were frontiers for only the first years of their existence and then the frontier moved further west or north.”

[2] La referencia proviene del informe “Progress of the Nation. Part II,” p. lxiii del Censo de 1890. XI Censo de los Estados Unidos. Su título original fue: Department of the Interior, Census Office. Report on the Population of the United States At the Eleventh Census: 1890, Washington D.C.: Government Printing Office, 1895. El texto original es: “In New Mexico very nearly two-thirds, or 65.11 per cent, and in Arizona very nearly three tenths, or 28.23 per cent, of the population 10 years of age and over could not speak English.”

[3] Para ampliar y contextualizar véase Habermann-López, Mary Jean. “Multilingualism in New Mexico”. Nuevo México. Ed. Roberto Mondragón. Nuevo México: New Mexico Highlands University, 2009, p. 122.

[4] Es el propio Nasario García quien utiliza esta expresión, “so that I would be born in more ‘civilized’ surroundings,” en su obra Abuelitos. Stories of the Río Puerco Valley. (Albuquerque: University of New Mexico Press, 1992, p.1. Published in cooperation with the Historical Society of New Mexico).

[5] El texto original es: “As I reflect in my childhood in Guadalupe and the Río Puerco Valley, countless pleasant memories remain indelible in my mind, but, at the same time, it would be unfair to dwell on this aspect without acknowledging that sadness, tragedy, and poverty often plagued the inhabitants as well. To ignore this reality is to invite the risk of romanticizing and to distort a very real way of life. This tendency, regrettably, has appeared from time to time in writings about rural Hispano communities in New Mexico, particularly by outsiders who become enthralled and perhaps bemused by the Land of Enchantment.”

Entrevista con Chema Rodrigo

«El arte figurativo comienza a penetrar en amplios sectores de la sociedad actual, generando un cambio de perspectiva en muchos profesionales del arte que, por fin, empiezan a entender que el arte de nuestro siglo necesita de nuevos planteamientos y nuevas metas, muy desvinculados de cánones y tópicos heredados del siglo anterior.

Un arte que ya no se conforma con la experimentación convertida en un fin en sí misma, ni con el permanente ensayo de formas y colores sin lograr producto definitivo alguno; ni tampoco con el culto al ruido por el ruido, ni con la fabricación de montajes cinematográficos condenados al aburrimiento. Y esa nueva expresión requiere, de nuevo, un arte directo, expreso, rotundo, absoluto, real, inteligible y genial, capaz de generar ilusiones y de despertar admiraciones en amplios sectores de la población que, de esta forma, volverán a hacer las paces con el arte de su tiempo y a soñar con ilusiones hoy por hoy totalmente olvidadas.

El arte ha de ir dirigido al hombre de la calle, no al erudito ni al especialista. El arte ha de hablar el lenguaje del pueblo, no el de los académicos.»

Aquellos que tuvimos la suerte de visitar la exposición Humano de Chema Rodrigo en Valdemoro, del 19 de septiembre al 4 de octubre, recibimos un pequeño y cuidado folleto en el que aparecía este texto, procedente del manifiesto del Museo Europeo de Arte Moderno. Recomendamos leer el manifiesto completo en https://www.meam.es/es/about/.

Alrededor de 1994, Richard Wiseman, un profesor de universidad estadounidense,  decidió comenzar a estudiar la suerte de forma científica. Puso un anuncio en su universidad en el que buscaba a mil personas que consideraran que tenían buena suerte y a mil personas que consideraran que la suerte no les acompañaba. Una vez aparecieron los voluntarios, Wiseman comenzó a aplicar sus métodos de estudio científicos. Llevó a cabo entrevistas, realizó encuestas, analizó los resultados y publicó sus conclusiones en un libro titulado The Luck Factor (2004). El libro llamó mi atención desde el primer momento. Los conceptos de «buena suerte» y «mala suerte» habían formado parte de mis obsesiones desde mi juventud. ¿Podían estudiarse estos fenómenos vitales y encontrar fórmulas para acercarse o alejarse de ellos?

Confieso que, aunque me considero una persona muy afortunada, mi obsesión con la suerte ha menguado en los últimos años. Sin embargo, en cuanto conozco a alguien que se retrata como afortunado, esa persona consigue toda mi atención, analizo su comportamiento e indago sus razones para considerarse con buena suerte. Así me sucede con Chema Rodrigo. Nos acabamos de conocer, nos acercamos a la barra para pedir y, mientras esperamos a que nos sirvan, me espeta eso de “yo es que tengo mucha suerte.” En ese momento, mi cabeza se alza de un brinco y miro a Chema a los ojos. No hay en ellos altanería. Lo que encuentro es humildad y agradecimiento hacia esa buena suerte. Soy todo oídos.

Chema Rodrigo es de Valdemoro de toda la vida. De hecho, las últimas cuatro generaciones de su familia nacieron en Valdemoro. Como su padre trabajaba en Madrid, se crió en el barrio de Legazpi, pero pasaban todos los fines de semana y las vacaciones en Valdemoro. Cuando se jubiló su padre, se vinieron a vivir definitivamente a nuestra localidad. Chema, que había comenzado en Madrid, continuó sus estudios de  Delineación en la escuela comarcal (ECAM) de Valdemoro.

Tendrás que empezar contándome por qué crees que tienes buena suerte.

Es una afirmación que puede sonar graciosa, saliendo de una persona que ha tenido varios accidentes de aviación, otros de espeleología… (sonríe), pero sí, me considero afortunado porque sé adaptarme a las circunstancias e intento sacar partido de cualquier situación vital en la que me encuentro. Siempre he tenido buena suerte. A lo mejor es que la he buscado inconscientemente.

Decir que basta que desee algo para que ocurra podría parecer un tanto presuntuoso, pero es verdad que, cuando deseo algo de verdad, siempre aparecen ciertos factores externos que me lo facilitan.

Hace cinco años dejé mi empresa, dejé el trabajo, vendí la casa, el coche y un avión ultraligero (soy piloto e instructor de vuelo), reduje a un mínimo mis posesiones y abandoné todas las redes sociales. Ahora no tengo ni cuenta bancaria. Mi madre tiene noventa y dos años y necesitaba de mi atención y cuidados constantes. Mi novia vive en el País Vasco, así que mi situación no era ideal, pero yo decidí aprovechar al máximo mi momento vital. Muchas personas no habrían sabido qué hacer. Yo comencé a pintar todos los días. Estos cinco años he pintado todos los días. Mi situación personal, que podía considerarse compleja, se ha convertido en mis cinco años de universidad.

¿Cuándo comenzó tu afición por el arte?

Desde pequeño, me ha gustado dibujar. Recuerdo que el bloque principal de los regalos que me traían los reyes magos eran materiales de dibujo: papel, rotuladores, pinturas de colores… Mi padre era aficionado a la pintura y hacía cuadros para casa, pero a mí, sobre todo, me gustaba dibujar. La afición de mi padre le llevaba a comprar libros de arte. En casa teníamos una enciclopedia, en siete tomos, de Historia del Arte. A mí me gustaba mucho esa enciclopedia, mirar sus cuadros y reconocer a los autores. A los diez años, recuerdo que ya podía identificar a muchos pintores. Recuerdo que, ya de pequeño, gané un par de concursos de pintura y, en la Escuela Comarcal Arzobispo Morcillo, siempre me llevaba un premio u otro en los certámenes de arte. A veces acuarela, pero dibujo principalmente.

A mis estudios de Delineación entré con la inconsciencia del adolescente. Yo quería dibujar. A mí, me gustaba dibujar. Mi padre, muy hábil, ni siquiera mencionó Bellas Artes. Me sugirió Delineación, pensando que sería una profesión donde tendría más seguridad laboral. En el primer año, ya me di cuenta de que no era lo que yo había imaginado, pero había que terminar los estudios…

Y, cuando terminaste tus estudios, te dedicaste a otras cosas.

Sí. Yo tenía muchas inquietudes culturales. Estuve involucrado en la creación de la primera estación de radio en la localidad, Onda Valdemoro. Estuve cuatro años dirigiéndola. «Crearla» significa «crearla». Me tocó hasta clavar clavos. Estábamos en un local del Ayuntamiento, en la Torre del Reloj. Todavía está la antena. También me hice monitor de tiempo libre y director de actividades infantiles y juveniles. He estado de campamentos con chavales durante veintiséis años. También trabajé en la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento. Colaboré en la creación del Centro Cultural. Hicimos muchas cosas que no había habido nunca en Valdemoro. Hicimos fanzines, organizamos formalmente los carnavales, organizábamos las fiestas de Valdemoro (entonces, te quedabas hasta el final del concierto para pagar a los músicos)…

Mientras trabajaba para el Ayuntamiento, un interiorista me ofreció trabajar con él, como socios. Él tenía muchos contactos en el sector de la hostelería y me propuso crear una empresa de publicidad. A mí me gustaba también mucho el tema del diseño gráfico. Fueron años muy buenos. Teníamos una oficina cerca de la Plaza Mayor, en Madrid. Luego fuimos moviéndonos por la Comunidad de Madrid. En un momento dado, creé mi propia empresa… llegamos a tener una imprenta, aquí en Valdemoro… luego nos fuimos a Vallecas… Fueron unos años muy buenos. Muy divertidos. Hasta que llegó la crisis y, con ésta, yo ya con otro socio, vimos que había muchos gastos y nos costaba mucho ganar algo de dinero.

¿Es en ese momento cuando te planteaste tu futuro?

Yo decidí hacer un parón. Decidí tomarme dos o tres meses para ver cuáles debían ser mis siguientes pasos. Yo no había estado sin hacer nada durante dos o tres meses seguidos en toda mi vida. No es fácil, cuando uno es tan activo como yo. De esto hará como unos cinco años. Un día, estando con un amigo de la Asociación de pintores de Valdearte, le pregunté qué debía hacer para formar parte de la asociación. «Vente y ponte a pintar con nosotros», me dijo, «es un ambiente muy agradable». Fui, me uní a ellos, y, desde hace cuatro años, decidieron que fuera el presidente de la asociación.

Yo no había pintado nunca hasta ese momento. Llevo cuatro, cuatro años y medio pintando. Mi afición estaba ahí y yo no lo sabía. Había muchos conceptos con los que ya había trabajado por mis anteriores trabajos y por mi afición a la fotografía: color, mezcla de color, iluminación, pose, anatomía, encuadres, composición, armonía…

Mi habilidad manual, como siempre he estado dibujando, mi muñeca funciona bien para hacer lo que mi cerebro quiere. Así que, tengo la suerte de trabajar con cierta rapidez.

Y, tras un tiempo, decides presentarte a algunos concursos.

Un amigo perteneciente a la asociación de artistas, ya desaparecida, Francisco Bayeu me propuso que me presentara al 50 Premio Reina Sofía en 2015, organizado por la Asociación Española de Pintores y Escultores (AEPE). El tema era libre, pero yo decidí presentar un retrato de la Reina Sofía. Estaba basado en una fotografía que le habían tomado casi al final de su reinado y aparecía cabizbaja, pensativa, reflejando el estado de ánimo, tal vez, de ese momento de su vida. Algunos criticaron que a un miembro de la realeza no se le debe retratar con ese tipo de poses, menos pomposas que las habituales, con la sonrisa forzada, cortándole la corona y sin joyas. El cuadro no es un contrapicado, pero lo parece. Y la reina tiene arrugas. A mí me daba igual. Yo el cuadro lo veía bien y, tal vez, porque era nuevo en todo esto, lo presenté.

El caso es que la obra fue una de las seleccionadas entre las ochocientas cincuenta presentadas y, obviamente, llamó la atención de la reina cuando acudió a la exposición y pronto reclamó mi presencia pues estaba interesada en conocer al autor. Estuvimos hablando, me presentó al embajador de los Estados Unidos… Me preguntó sobre la técnica que había empleado y también quiso saber el tiempo que había tardado en hacer el retrato. A mí me daba vergüenza decirle la verdad porque, como he dicho, soy un pintor rápido. Había tardado unos dieciocho días en total, incluyendo la construcción del tablero, del bastidor y el marco, que también hice yo. Me daba apuro y le dije que había tardado unos cinco meses, que es lo que calculaba yo que se tenía que tardar en pintar un cuadro de la reina.

Me pareció fascinante la forma en la que la reina mostró interés en el retrato que yo le había hecho. Cuando estaba hablando conmigo, me dijo: «A mí me hacen muchos retratos, pero muy pocos me gustan».

¿Quieres hablar de tu estilo pictórico?

Me gusta incluirme dentro del Neorrealismo contemporáneo, en contraste con el mercado actual del arte que se basa en la propia destrucción del arte, en una corriente que ya tiene cien años y que no tiene objetivo ni horizonte claro. Y existe un gran público con otras demandas que ya no sabe si ir a los museos y a las exposiciones porque se ha vetado todo realismo, sobre todo si es figurativo. Y hay una corriente muy poderosa por toda Europa que defiende un nuevo realismo, un arte que se pueda defender a sí mismo, sin necesidad de ser explicado por los expertos y críticos de arte. Claro, hay mucho dinero en juego porque, si alguien se ha gastado unos cuantos millones en arte abstracto, no le interesa que ahora se devalúe.

Ese Neorrealismo no debe confundirse con el Hiperrealismo. El Hiperrealismo, incluido también dentro de este Neorrealismo, supera a la foto. Aporta unos detalles que la foto no capta. Yo no me considero hiperrealista. Creo que en un momento dado, en el realismo, la abstracción es necesaria para sacar de tus tripas lo que sientes de una forma rápida. Creo que mi realismo viene impregnado de un impresionismo y de un expresionismo. Para mí, eso es más difícil de sacar de dentro, con todos mis respetos hacia los hiperrealistas.

Creo que el público de la calle puede entender este tipo de arte. El público de la calle está cansado del tipo de arte al que se ha llegado en los últimos años. No lo entiende y cree que es una tomadura de pelo. Y, encima, como está «prohibido» convivir, parece que si hay un movimiento abstracto dominante, no se puede desarrollar ni convivir con ningún otro estilo.

Me gustaría que nos contaras un poco de qué va la exposición Humano, que se inauguró en Valdemoro a finales del mes pasado.

Yo quería hacer una exposición pero no sabía muy bien cómo quería hacerla. Reservé la sala, porque hay que hacerlo con un año de antelación, y, como he tenido la suerte de poder trabajar mucho durante este año, he podido ir encontrando una temática para la exposición. Pronto la encontré. Me encanta el arte figurativo y me encanta la gente. Mis pasiones han sido siempre el arte y las personas. Todos mis trabajos y mis aficiones han girado alrededor de la gente. Por eso, creí que una exposición de retratos y figuras podría cerrar el círculo. Con Humano, terminaban mis cinco años de universidad. Mis cinco años de aprendizaje y experimentación. A partir de ahora, quiero dar paso a una nueva etapa, a una nueva figuración neorrealista.

Todo esto coincide con el hecho de que he conocido un grupo inversor que ha apostado por mí y ha decidido apoyarme durante tres años para que pinte mi obra, nos metamos en el circuito del mercado de arte e intentemos promocionarlo. Parte de su compromiso consiste en proporcionarme un local donde pueda trabajar y conseguir que mi obra adquiera un valor determinado. Mi compromiso es crear una obra seria. Aunque ya les he dicho (ríe) que ganarían más con una empresa de pladur que conmigo. El arte no deja de ser una lotería.

Trabajar en un local solo me vendrá bien para la escritura de mi obra pictórica. Antes de pintar un cuadro, el artista debe escribir el cuadro, su mensaje, su composición y armonía, debe concebirlo en su mente para luego elaborarlo. Esta escritura mental que va cobrando significado en mi mente es el setenta y cinco por ciento del trabajo para mí.  El cuadro final es un resumen corto, una sinopsis de una página de todo el libro que ha sido escrito en mi cabeza.

La exposición me ha desbordado. Ha tenido una gran aceptación popular. El día de la inauguración vino muchísima gente, han contabilizado miles de visitas y nos han contactado para llevar la exposición a otros lugares.

¿Dónde conoce un artista un grupo inversor de estas características?

El grupo se llama #Versosdarte. Los conocí cuando dos de ellos me compraron varios cuadros de una exposición. Estaban apadrinando vinos de autor, combinándolos con el mundo de la poesía y el arte. Desde que los conocí, se interesaron en mi pintura y creyeron en mi obra. Pronto diseñaron un proyecto que incluía la promoción de mi pintura y, más tarde, la creación de una escuela de arte, posiblemente aquí en Valdemoro. Yo me he comprometido a coordinarla. Me gustaría que fuera una escuela multidisciplinar, con pintura, escultura, fotografía… Me encantaría que se convirtiera en un referente de la zona sur de Madrid.

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La suerte no está echada. En todo caso, en muchas ocasiones, la suerte no está echada sino hecha. Es el caso de Chema Rodrigo, que va haciendo su suerte. La va construyendo, poco a poco, con su deseo y su trabajo; la va modelando, aceptando sus rugosidades, sus curvas y sus pliegues; la va convirtiendo en un retrato más de su obra. Por eso, sabemos que, pase lo que pase, siempre que nos crucemos con Chema, lo encontraremos despierto, con la mente activa, aceptando la dirección del viento y con mil proyectos entre las manos.

Valdemoro en el cine – Grandes producciones

Orgullo y pasión

«Llegaron en numerosos coches negros. Parecían formar parte de una comitiva oficial como la que había atravesado Villar del Río, cuatro años antes, en Bienvenido, Mister Marshall. Pero estos coches no pasaron de largo. Tampoco se trataba de una comitiva oficial. Eran los protagonistas principales y algunos miembros del equipo de producción de Orgullo y pasión, la película de guerra que aspiraba a ser el exitazo de Hollywood en 1957. Llegaron sobre la una de la tarde y los coches fueron parando brevemente al lado de la puerta del Quinito para que los pasajeros descendieran de los vehículos y entraran en el restaurante, donde habían preparado una mesa larga en el piso de arriba.

Valdemoro estaba de fiesta. Muchos de sus habitantes iban a participar en la película como extras. La escena principal iba a filmarse por la noche, en la plaza del Ayuntamiento. Era una de las escenas más importantes de la película: los miembros de la guerrilla española, interpretados por numerosos valdemoreños, reposaban en la noche tras un largo día de caminata escondiéndose de las tropas francesas. Un guitarrista flamenco anima la velada cuando la novia de Miguel, interpretado por Frank Sinatra, decide tomar el centro de la acción y marcarse unos pasos de baile español. Se trata de una bellísima Sophia Loren, que, con 23 años, protagonizaba su primera superproducción fuera de la industria cinematográfica italiana. La escena es importante para la película porque es la primera vez que se insinúa el triángulo amoroso que se desarrolla a lo largo del largometraje. La actriz italiana baila bajo los atentos ojos de Miguel y de Anthony, el capitán inglés interpretado por Cary Grant que ayuda a la guerrilla española, mientras ambos cruzan miradas.

Pero la escena se rodaría en la noche. Ahora tocaba llegar a Valdemoro en numerosos coches negros, crear expectación en el pueblo, bajarse junto a la puerta del Quinito, subir al segundo piso y sentarse a la larga mesa que en el restaurante habían preparado para las estrellas de cine. Stanley Kramer era el director de la cinta y, sin saberlo, comenzaba la segunda mitad de su segundo matrimonio. Orgullo y pasión era también su segunda película como director. Segundo piso. Segunda mitad de su segundo matrimonio. Segunda película como director. El que más problemas le puso para el rodaje de la película fue Frank Sinatra. El italo-americano había aceptado protagonizar la cinta para estar cerca de Ava Gardner, que estaba filmando también en Europa, e intentar reconquistarla. Cuando se dio cuenta de que la reconciliación era imposible, pidió a Kramer que grabaran cuanto antes las escenas en las que él aparecía para poder irse cuanto antes. El divorcio entre Gardner y Sinatra se hizo efectivo ese mismo año. Kramer tuvo que complacer al actor, adelantando la filmación de algunas escenas pero, como venganza, eligió el peor corte de pelo posible para el personaje de Miguel.

La historia de desamor entre Sinatra y Ava Gardner despejaba las dudas sobre el romance que debía surgir durante la filmación de Orgullo y pasión. Tanto Sophia Loren como Cary Grant dejaron correr los rumores porque, fueran absurdos o no, les convenían a los dos. El caso es que Sophia Loren se casó en septiembre de ese año con Carlo Ponti y Grant estuvo feliz en España. A sus 53 años, se alejaba de su mujer durante una temporada y se atrevía a mostrar su torso desnudo, algo inusual en él, en una de las escenas de acción en Orgullo y pasión.

En el segundo piso del Quinito, las estrellas del largometraje eran los únicos clientes. Tuvieron a un camarero y a una camarera, dos valdemoreños de toda la vida, atendiéndoles de forma exclusiva. Grant estuvo especialmente atento con ambos, a pesar de las diferencias lingüísticas, haciendo preguntas al camarero sobre los manjares y los vinos y coqueteando constantemente con la camarera, cuya belleza llegó a comparar con la de Sophia Loren, quién sabe si para ponerla celosa. Llegó a preguntarle, a través del intérprete que les acompañaba, si sabía bailar flamenco y, mientras tomaban café, sugirió al director que la incluyera como extra en la escena que iban a filmar aquella noche. El vino que habían bebido durante la comida hizo que pronto todos se olvidaran de la sugerencia de Grant y el tema de conversación se fuera por otros derroteros. Ayudó la necesidad de Grant de ir al baño.

Cary Grant se levantó y se dirigió al fondo del comedor. Entró en el servicio y se encontró con unos urinarios un tanto sencillos para lo que el artista estaba acostumbrado en Beverly Hills. Cuando hubo acabado, se lavó las manos y se vio sorprendido por el camarero, que abrió la puerta del servicio y se acercó al actor. Grant le sonrió amablemente hasta que el camarero le acercó una navaja abierta al cuello. Era casi tan grande como la navaja que llevaba consigo a todas partes el personaje que interpretaba Frank Sinatra en el largometraje. El camarero no dijo una palabra. Ya le había hecho saber que no sabía inglés. Con la mano que tenía libre, sacó del bolsillo una fotografía y se la mostró al actor. Era una foto de la camarera que servía con él. Grant comprendió y movió la cabeza ligeramente, haciéndole ver que había entendido el mensaje…».

Han pasado exactamente sesenta años desde que Stanley Kramer, Sophia Loren, Frank Sinatra y Cary Grant vinieran a Valdemoro para rodar algunas de las escenas de Orgullo y pasión, la mayor producción cinematográfica filmada en nuestra localidad, y es tentador escribir una historia de ficción sobre lo que pudo suceder durante la comida que tuvo lugar en el Quinito o durante los días que estuvieron rodando, con camerinos improvisados en la plaza de la Constitución y vigilados por la Guardia Civil. Yo tan solo he querido darles un aperitivo para que ustedes le den el final que deseen.

No era la primera vez que se rodaba en Valdemoro. Ya en 1949, Antonio Román eligió Valdemoro para filmar El amor brujo, una adaptación cinematográfica de la obra de Manuel de Falla; en 1954, José María Elorrieta grabó en Valdemoro escenas de El milagro del sacristán; el mismo director volvió a la localidad al año siguiente para filmar El bandido generoso; el mismo año, 1954, Antonio del Amo vino para dirigir escenas de Sierra maldita; y en 1957, José María Elorrieta volvía para llevar al cine Torero por alegrías, un guion que había escrito junto a José Manuel Iglesias.

Pero Orgullo y pasión marcó un antes y un después. Estamos hablando de una de las veinte películas más taquilleras de 1957 en todo el mundo, una película comercial que buscaba agradar al gran público a la vez que quería hacer historia dentro del género bélico. Por desgracia, se convirtió en una película maldita. A pesar de los altos ingresos en taquilla, tuvo pérdidas por los grandes costes de producción. Stanley Kramer aspiraba a conseguir una obra maestra, con grandes actores y más de diez mil extras (al final de la película, agradece la generosidad de todos los extras españoles, entre los que se encontraba Adolfo Suárez), con avanzados efectos especiales para la época (en las escenas finales, destrozan a cañonazos una parte de la muralla de Ávila) y con un guion simpático, lleno de guiños a las imágenes preconcebidas que los extranjeros de la época tenían sobre España. Pero Kramer tuvo la mala suerte de que, ese mismo año, David Lean dirigiera Un puente sobre el río Kwai, que se llevaría las estatuillas más importantes en la ceremonia de los Óscar, y que, ese mismo año también, Stanley Kubrick dirigiera una de mis películas bélicas favoritas de todos los tiempos, Senderos de gloria.

Más allá de las montañas

En los siguientes diez años, varios directores continuaron eligiendo Valdemoro para filmar parte de sus películas: en 1958, Manuel Mur Oti dirigió una comedia hispano-cubana titulada Una chica de Chicago; el mismo año, Antonio del Amo volvía a la localidad para llevar otra comedia a la gran pantalla, Nada menos que un arkángel; en 1959, Ignacio F. Iquino filmó escenas de una coproducción hispano-mexicana titulada El niño de las monjas; en 1962, Joaquín L. Romero Marchent dirigió La venganza del zorro, con guion de Jesús Franco; en 1963, Javier Setó adaptó al cine El escándalo. Valdemoro parecía el lugar propicio, pues la historia estaba basada en el libro homónimo de Pedro Antonio de Alarcón, autor que había vivido en la localidad a finales del siglo XIX. En 1964, Antonio Merino dirigió Un puente sobre el tiempo/Alféreces provisionales; en 1966, Manuel Torres eligió Valdemoro para filmar parte de Huida en la frontera; en 1967, Pedro Mario Herrero dirigió Club de solteros; el mismo año, el director polaco Alexander Ramati eligió Valdemoro para filmar gran parte de su película Más allá de las montañas, una producción hispano-estadounidense, con un grupo de actores internacionales: protagonizaban la cinta el actor vienés Maximilian Schell, la actriz griega Irene Papas, el calabrés Raf Vallone y la despampanante actriz austriaca Maria Perschy. Y no podemos olvidar a un magnífico Fernando Rey luciendo un bigote que cualquiera diría que inspiró a Sacha Baron Cohen en la creación de su personaje Borat.

La película Más allá de las montañas comienza con el siguiente texto:

«En 1939, mientras Alemania invadía Polonia, Rusia entró procedente del este y miles de soldados polacos fueron internados en Siberia.

En 1941, la misma Rusia fue invadida por Alemania. Esta es la historia de dos hermanos polacos, quienes en la confusión de los tiempos de guerra, escaparon de un campo de concentración de Siberia, dirigiéndose hacia el sur, a Kermine, en la República Soviética de Uzbekistán»

Tras el texto, un tren de época llega a la estación de ferrocarril de Valdemoro. Solo que no podemos leer Valdemoro. Podemos ver un cartel escrito en alfabeto cirílico en el que pone Kermine. La película está rodada en los estudios Sevilla de Madrid, pero gran parte del largometraje tiene lugar en los exteriores filmados en Valdemoro (para algunas escenas, también se desplazaron a Beasáin, Aranjuez, Parla y Boca del Asno, en Segovia).

Convertir Valdemoro en una localidad de Uzbekistán, cerca de la frontera con Afganistán, fue un alarde de maestría cinematográfica que iba (como indicaba el título de la película) «más allá de las montañas». La mayoría de las personas del siglo XXI que se acerquen a la película como espectadores se aburrirán bastante. Pero cualquier valdemoreño que se precie de conocer bien su localidad se divertirá descubriendo los rincones de la villa que fueron transformados en parte del paisaje uzbeko. Yo disfruto imaginando las bromas que harían los extras valdemoreños cuando les hicieran llevar esos abultados gorros de cosacos o les pegaran esos bigotes gruesos que, se supone, lucen los varones de la zona.

Al comienzo de la película, podemos ver a unos niños lavando en un riachuelo inventado al lado de la estación de tren, algo que maravilló a los lugareños de la época. Pero el mayor logro audiovisual lo consiguió Alexander Ramati con la larga escena de tormenta de arena del desierto uzbeko que desencadena, además una ambigua escena amorosa tras la cual los dos protagonistas hacen planes para escaparse juntos una vez crucen la frontera.

El turismo es un gran invento

Un año después del estreno de Más allá de las montañas, en 1968, una producción española daba una vuelta de tuerca más y conseguía que Valdemoro se convirtiera en una población mucho más exótica y lejana que una localidad de Uzbekistán. En este caso, Valdemoro se transformaría en un pueblo aragonés de la «España vacía» que, a su vez, y dentro del largometraje, aspiraba a convertirse en un centro de atracción turística para las suecas. Estamos hablando de la disparatada cinta dirigida por Pedro Lazaga, El turismo es un gran invento. En un guiño al nombre de nuestra localidad, el pueblo se llamaba Valdemorillo del Moncayo.

La película comienza con un fascinante riff de jazz, con batería y trompeta, que desemboca en el tema musical principal de la película, compuesto por Antón García Abril. La letra de la canción no tiene desperdicio: «Me gusta hacer turismo, es algo estimulante, es una emocionante manera de aprender. Olvide sus problemas, no piense en los negocios y déjeles a sus socios el deber y el hacer. Relájese en la arena, consígase un flirteo y sienta el cosquilleo del sol sobre su piel. Y luego, por la noche, con un whisky delante, descanse en el sedante sillón de un buen hotel».

Las escenas de playa se filmaron en Marbella y los exteriores de Valdemorillo del Moncayo corresponden a la población madrileña de Torrelaguna. Sin embargo, las escenas más largas y los diálogos más interesantes de la película se desarrollan en el salón de juntas del Ayuntamiento del pueblo. Para estas conversaciones, Pedro Lazaga eligió el Salón de Sesiones del antiguo consistorio de Valdemoro. Allí Paco Martínez Soria convence a sus vecinos de que necesita dinero para ir a Marbella con el objetivo de obtener ideas para el desarrollo turístico del pueblo; allí, sus convecinos y amigos protestan cuando reciben misivas pidiendo más dinero; allí, Paco Martínez Soria renuncia a todo lo que tiene para pagar los gastos ocasionados por sus ideas de desarrollo…

Detrás del tono humorístico de la película, descubrimos la realidad de los pueblos del interior de España. Unos pueblos que se fueron vaciando desde el final de la Guerra Civil y que mandaron a toda su juventud a las grandes ciudades. Para aquellos que quieran profundizar en este tema, nos gustaría recomendar el libro La España vacía, de Sergio del Molino, publicado en 2016. Nuestra localidad sería un lugar interesante para el estudio de este tema porque, debido a su cercanía a Madrid y a la mejora de las comunicaciones en los últimos cincuenta años, Valdemoro ha dejado de ser parte de la «España vacía» para convertirse en parte de la metrópolis capitalina, creando una personalidad propia, gracias a su combinación de pasado rural con su presente urbano.

Paco Martínez Soria había sido alcalde de Valdemoro. Cuando parecía que nada mejor podía pasarle a nuestra localidad, el mismo año, en 1968, Orson Welles filmó partes de Una historia inmortal en Valdemoro; en 1969, Rafael Gil dirigió Sangre en el ruedo; en1970, Pedro Lazaga volvió para grabar Las siete vidas del gato; en 1972, Valdemoro fue escenario de nada menos que tres películas: Marianela, dirigida por Angelino Fons,  La duda, de Rafael Gil, y La cera virgen, de José María Forqué; en 1975, Joaquín Coll Espona dirigió Mi adúltero esposo (“In situ”); en 1993, Josefina Molina vino a rodar La Lola se va a los puertos; y, por último, en 2000, Álvaro Fernández Armero dirigió El arte de morir y Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo vinieron para rodar parte de su Año Mariano.

No tenemos noticias de que se hayan filmado más películas en Valdemoro. Sin embargo, a partir del año 2000, se han grabado varias series de televisión: en 2008, Antena 3 filmó partes de su Cazadores de hombres, la serie protagonizada por Emma Suárez, y El síndrome de Ulises, protagonizado por Miguel Ángel Muñoz; en el 2008 también, Cuatro eligió Valdemoro para algunas partes de Cuenta atrás, la serie protagonizada por Dani Martín; en el mismo año, Telecinco grabó partes de Hermanos y detectives y el último episodio de Yo soy Bea; y también en 2008, TVE filmó escenas de UCO; en 2010, Telecinco grabó partes de su serie La que se avecina; en 2015, Antena 3 escogió Valdemoro para algunas escenas de la serie Apaches y en 2016, partes de la serie Mar de plástico; por último, en 2017, José Mota vino a grabar escenas de El acabose, de TVE.

A lo largo de sus siglos de historia, Valdemoro ha sido visitado por reyes y nobles, por célebres artistas y grandes autores, desde Cervantes a Miguel Hernández. A partir de mediados del siglo XX, y hasta nuestros días, Valdemoro ha recibido también personalidades del mundo de la música, del teatro y, como hemos podido ver en este artículo, de la industria cinematográfica.