Entrevista con Juan Diego Miguel

A lo largo de mi periplo vital, tres cosas me han salvado la vida en repetidas ocasiones: el desierto, el café y el arte. Supongo que algún día tendré que responder por las dos primeras pero hoy hablaré de la tercera. Durante toda mi vida me he sentido atraído por el arte (pintura, escultura, arquitectura, literatura, teatro, música, cine…). Y, durante toda mi vida, he sentido una gran admiración por el artista, por la persona que, de continuo o esporádicamente, produce una obra de arte. Y no estoy hablando solamente del arte al que se refería recientemente el humorista gráfico El Roto: «El dinero mueve el arte que mueve dinero». Estoy hablando de todos los tipos de arte posibles. Y, a bote pronto, definiré arte como todo aquello que hace que mi feo mundo sea más bello. Y definiré belleza el mismo día que explique cómo el desierto y el café me han salvado la vida en repetidas ocasiones.

Es lunes, pronto por la mañana, y me dirijo al taller de trabajo que Juan Diego Miguel tiene en Valdemoro. Juan Diego Miguel es escultor. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los escultores vivían en la cima del olimpo de las artes. Hoy viven en la periferia. El mismo Juan Diego me confesará durante la entrevista que le voy a hacer dentro de unos minutos que acabó en Valdemoro porque en Madrid no podría haberse permitido tener una vivienda y un estudio como los que tiene en Valdemoro. Hubo un tiempo, no hará siquiera cien años, en que los escultores gozaban de la misma fama que los pintores. Yo mismo me crié en una sección de un barrio de Zaragoza que eligió bautizar sus calles con nombres de escultores. Yo vivía en la calle Escultor Salas. Perpendicular cruzaba la calle Escultor Ramírez. Un poquito más allá estaban las calles Escultor Lobato y Escultor Moreto. Y, sí, estudié cuatro años en el Instituto de Bachillerato Pablo Gargallo, uno de los escultores españoles más importantes del siglo XX. Hoy, cualquier valdemoreño, cualquier madrileño, cualquier español tendría problemas para citar a dos escultores españoles contemporáneos. Mi deseo es que, tras esta entrevista, muchos puedan citar a Juan Diego Miguel.

Es lunes, pronto por la mañana, y me dirijo al taller de trabajo que Juan Diego Miguel tiene en Valdemoro. Me dirijo al taller de un escultor. De un artista. Y ese artista me va a dedicar parte de su mañana para mostrarme su taller, algunas de sus obras y para hablarme de él. Del hombre y del artista. Se me ocurren pocas formas para comenzar mejor una semana. Juan Diego me ha advertido que me abrigue. Que en su taller hace mucho frío. Él mismo sale a recibirme bien abrigado, como si saliera al exterior de una base científica en la Antártida. Es cierto que es uno de los días más fríos de este invierno pero la percepción de la temperatura y la percepción del arte son muy personales. Una vez entramos en el taller, yo me dejo abrigar por la calidez de muchas de las obras que Juan Diego comienza a mostrarme.

Junto a las obras, se apilan grandes cantidades de materiales de desecho esperando a convertirse en obras de arte. Imagino que Juan Diego ha ido recogiendo todos esos materiales para utilizarlos en sus esculturas. Imagino el cuento de La bella y la bestia. Todos esos materiales han sido embrujados, tienen prisionero a Juan Diego en su taller y el artista baila con ellos todas las noches hasta romper el hechizo. Cuando Juan Diego me ve absorto en todos esos pensamientos, me propone tomar un café, que, una vez más, me salva la vida.

 ¿Cómo y cuándo llegaste a Valdemoro?

Nací en 1955. Mi padre era secretario de administración local. Nací en un pueblo que se llama Débanos, en la provincia de Soria, muy cerquita del Moncayo. Allí debí vivir unos dos años. De allí nos mudamos, dentro de la misma provincia, a Yanguas, un pueblo medieval, sobre una colina entre tres valles. Es una belleza de sitio. Poco conocido. Apartado de las carreteras principales. Allí pasé toda mi niñez. Cuando yo estaba allí, tendría doscientos o trescientos habitantes. Es un pueblo medieval, como digo, con sus trazas de muralla, su río, el Cidacos, con sus dos o tres puertas de entrada. Es decir, es un pueblo con mucha historia y unos monumentos antiquísimos.

Dicen que la patria de un hombre es su niñez. Creo que es verdad. Aunque no he vuelto, tengo imágenes que me remiten a esos años. Allí crecí y, después, imagínate el shock, entré interno en Los Escolapios, ya en Soria capital. Estuve allí dos años y yo no me supe adaptar. Pegué un bajón tremendo en estudios y en todo. Luego acabé el bachiller aquí en Madrid. Más tarde, empecé Arquitectura. Realmente no sabía lo que quería hacer. Empecé Arquitectura y, allí, descubrí el dibujo. Creo que muchas veces no sabemos lo que queremos pero, cuando lo encontramos, lo reconocemos. En cuanto me puse a dibujar, supe que eso era lo que quería hacer. Abandoné Arquitectura, tuve que hacer la mili, estuve dieciocho meses en Figueirido, en Pontevedra.

A mi vuelta, me licencié en Bellas Artes en Madrid. La verdad es que no se aprende gran cosa. Una vez que te metes en el oficio, te das cuenta de que tienes que ser tú el que desarrolle tu carrera. Pasas unos años haciendo apuntes del desnudo, del movimiento, te enseñan tres o cuatro técnicas que no te sirven hasta que no las haces tuyas… Acabé, pues, Bellas Artes y comencé con mi carrera artística… Mucha miseria… y hasta ahora (a Juan Diego se le escapa una risa). Llevo en Valdemoro veintiocho o veintinueve años. Expulsado de Madrid por los precios. Yo necesitaba un lugar para trabajar y Valdemoro me ofrecía unas alternativas económicas mucho mejores. Tengo tres hijos. Mi hijo mayor tiene veintiocho años y llegamos a Valdemoro poco antes de que él naciera.

Poco después de llegar a Valdemoro tuviste el privilegio de trabajar con la galería Maeght de Barcelona.

Trabajar con la galería Maeght fue todo un lujo en mi vida. Creo que Aimé Maeght la fundó en la posguerra. Empezaron apostando por Pierre Bonnard pero apostaron por muchos y grandísimos artistas. Eran los marchantes de la obra de Miró y de Giacometti, presentaron obras de Chagall, Braque, Léger… El edificio de la fundación se encuentra cerca de Niza. Crearon un museo, diseñado por Josep Lluís Sert, para sus artistas. Invitaban a los artistas a pasar el verano en el sur de Francia a cambio de sus obras. El hijo de Chillida me contó que él recordaba haber pasado algunos veranos allí con su padre. Le dejaban una casa y él pagaba con obra gráfica. Llegó a ser un emporio impresionante. Gracias a Miró, instalaron una sucursal en Barcelona. Pensaron originalmente en la Pedrera pero, al final, eligieron un palacio gótico que se encuentra puerta con puerta con el Museo Picasso.

¿Cómo conseguiste realizar exposiciones en esta galería?

La primera vez que conseguí exponer en Madrid fue en la galería Egam, en 1990. Allí me compraron una obra para que formara parte de la Colección Testimoni, de la Colección de Arte Contemporáneo de la Caixa. Me invitaron a ir a Barcelona para ver la exposición de las obras compradas por la colección aquel año. Eran tiempos difíciles para que un artista de Madrid colocara obra en Barcelona pero, ya que íbamos, decidí llevar un cartapacio — entonces aún no había páginas web —  y mostrarlo por algunas galerías. «El no ya lo tengo», me dije. Fui con Inmaculada, mi mujer, y llegamos a una galería y nos recibieron muy bien. No se comprometieron a nada pero dijeron que sí estaban interesados. Luego fuimos a otra galería y nos dijeron lo mismo. ¡Qué inocentes que éramos! Eran muy amables pero, en realidad, se nos querían quitar de encima.

Decidimos ir al Museo Picasso de Barcelona y nos encontramos que, al lado, estaba la galería Maeght, con la que habíamos hablado por teléfono. Nos metimos en ese palacio gótico hermosísimo y nos encontramos con que estaban preparando un cóctel. A mí me dio hasta miedo. Le dije a mi mujer que yo me iba al Museo Picasso pero ella se quedó con mi cartapacio para mostrárselo a quien fuera. Preguntó por la directora de exposiciones, pero esta le dijo que estaba ocupada con la preparación del evento. Inmaculada le dijo que nos volvíamos a Madrid esa misma tarde. Que ya habíamos hablado con ella por teléfono. Que siendo quien era, con que hiciera así con el cartapacio, con que lo abriera y le echara un vistazo rápido, ella ya sabría si era interesante o no. Tanto debió insistir mi mujer que la directora abrió el cartapacio y le dijo: «¿Sabes qué? ¿Por qué no retrasáis un poco vuestra vuelta a Madrid y yo puedo mostrar esto a la persona responsable?». Así lo hicimos. Inmaculada fue por la tarde y le dijeron que estaban interesados. Que nos veríamos en Madrid, en ARCO, para concretar las posibilidades.

Cuando llegó ARCO, quedamos con el director de la galería, José Muñoz, que era un francés de familia de inmigrantes españoles. Fuimos a recogerlo al Hotel Plaza para que viniera con nosotros a mi estudio en Valdemoro. Desde que nos conocimos y, durante todo el trayecto desde Madrid, José Muñoz, con su acento francés, me recordaba que visitaba muchos estudios todos los días y que, en la mayor parte de los casos, no sucedía nada. Yo le insistía que, para mí, ya era un honor el que viniera a ver mi estudio. Vino y le gustó.

A los pocos meses participé en una exposición colectiva en la galería Maeght de Barcelona y, a lo largo de los años, llegué a hacer tres individuales. Pero desafortunadamente, trabajé con la Fundación Maeght en sus últimos años. El imperio Maeght se vino abajo. Estamos hablando de un verdadero imperio artístico. A finales del milenio pasado, el Museo Reina Sofía hizo una exposición retrospectiva de Giacometti y el ochenta o el noventa por ciento de las obras debían pertenecer a los Maeght. Estamos hablando de una colección de arte de más de seis mil piezas originales y de una obra gráfica que superaba los dos millones de ejemplares.

Pero Maeght se agotó y entonces llegó Werner.

Sé que Werner fue una persona muy importante para ti.

Werner Arnhold. Gracias a él y a su mujer Svetlana, yo he conocido a gente increíble. He expuesto en Bruselas, Berlín, París, Mónaco… y tengo obra en colecciones de todo el mundo, todo gracias a él. Debió nacer en 1925, en Alemania. Era judío, con lo que, en un momento dado, su familia pudo escapar a Brasil, que es donde se crió Werner. Tenía negocios por todo el mundo. Era un hombre de grandes negocios. Aparte de dominar el alemán, el inglés, el francés, el portugués, el italiano, conmigo hablaba en «portuñol», pues mezclaba el portugués con el español con mucha frecuencia. Tenía todas sus casas llenas de obras de arte. Tenía grandes firmas y también artistas desconocidos. Recuerdo que tenía un Matisse y algunas piezas renacentistas estupendas.

¿Cómo y cuándo lo conociste?

La primera vez que salí al extranjero fue en 1988. Fuimos a una feria en Niza que era un camelo. Era en verano y el lugar era un verdadero horno. Allí estábamos los artistas y los galeristas cociéndonos a fuego lento. Allí no venía nadie más. Uno de esos días, a última hora de la tarde, aparecieron dos tipos alemanes. Era Werner con un amigo suyo. Vino directo a por mí. Le gustó lo que hacía. Vine para España y se puso en contacto conmigo. El amigo de Werner me compró unas quince piezas y él me propuso hacer una exposición en su galería de Munich. La galería Svetlana. Hicimos la exposición, pero no hubo continuidad. Pasaron unos años y, en ARCO, en Madrid, me encuentro de nuevo a Werner. Yo ya tenía el taller en un piso de Valdemoro. Vienen a verme. Entre él, Svetlana y su sobrino, que vive en España, se llevaron unas veintitantas piezas. Parece que ahora, sí, iba a haber continuidad. Y, de repente, me llegan noticias de que Werner ha muerto.

Fue entonces cuando comenzaste con Maeght.

Sí, aproximadamente. Y, cuando estábamos a punto de terminar el milenio, me llegan noticias de que un señor alemán se había pasado por la galería Maeght en Barcelona, donde tenía mis obras, y que se había llevado unas piezas mías bastante grandes. Era Werner y seguía vivo. Justo después, se pone en contacto conmigo y me explica que habían sido unos años difíciles para el arte pero parecía que comenzaban a surgir nuevas oportunidades y él conocía a gente en el banco ABN-AMRO en Monte Carlo. Esto fue en torno al año 2000. Cargo material en una furgoneta y nos vamos a Mónaco. Hicimos la exposición en un banco que no estaba preparado para ese tipo de historias. Pusimos las obras por pasillos y oficinas. Las condiciones no eran las idóneas. Pero Werner era un fenómeno. Cada día llamaba a un amigo y le vendía dos o tres piezas importantes. Me hospedé en su casa de Grasse, en Francia. Werner tenía casas por todo el mundo. Por la tarde, cenábamos en su casa y me contaba cómo había ido el día o me llevaba a casas de familiares y amigos. Gente con una cantidad de dinero increíble. Cuando estábamos a punto de terminar la exposición, me invitó a ver el jardín japonés, que está detrás del casino. Me llevó al jardín solamente para proponerme seguir con el negocio. Me vino a decir que él en Alemania y en Francia no tenía muchos amigos. Que donde él tenía muchos amigos era en Brasil. Si en Mónaco había ido tan bien, en Brasil podía ir incluso mejor.

¿Y os fuisteis a Brasil?

La primera vez que fuimos éramos novatos los dos. La exposición iba a tener lugar en el Museo Brasileiro da Scultura, en el MuBE. Luego han ido más europeos a exponer allí, pero, en su momento, fui un pionero. Contraté un contenedor, lo llené de obras, unas setenta y siete obras creo recordar, y lo mandé para Brasil, con dos meses de antelación. Pero el contenedor llegó a Santos, allí había huelgas, no conseguimos los permisos adecuados y no podíamos recoger las piezas. Yo había llegado a Brasil un mes antes de la inauguración. Monté un pequeño taller. Era de un amigo de Werner, que me dejó una casa con un jardín de miles de metros… con un montón de plantas exóticas. Allí empecé mi taller. Fui recogiendo chatarra, materiales, ferro velho que dicen ellos, y empecé a hacer obra allí. En portugués tienen dos palabras que se parecen mucho: lixo, que significa basura, y luxo, que significa lujo. Allí me decían que los artistas trabajábamos entre el lixo y el luxo.

Se acercaba la fecha de la exposición y el contendor seguía en Santos. Y nosotros sin poder rescatar la obra del contenedor. Habíamos hecho los folletos, habíamos hecho un pequeño librito de todo aquello, un catálogo. Para entonces, yo había hecho entre treinta y cuarenta piezas nuevas. No había más y no era suficiente. Y, a las diez de la noche del día anterior, nos llaman del puerto y nos dicen que liberan el contenedor. A la una de la madrugada, teníamos el contenedor en el MuBE. Contratamos a un grupo de cinco personas de allí, empezamos a descargar, empezamos a moverlo todo a unas salas inmensas. Imagínate el espacio necesario para las cien piezas totales de la exposición. Había que colocarlo todo y a la tarde siguiente era la inauguración.

Empezamos a trabajar y, de repente, se me quedan todos de brazos caídos. «Que tenemos hambre», me dicen. Hay un sitio en Sao Paulo, que se llama Casa Dos Pães, la casa de los panes, que abre toda la noche. Los monté a todos en un Fiat Palio, que es el coche que alquilé durante mi estancia allí, y los llevé a comer a Casa Dos Pães. No sé cómo me lancé porque Sao Paulo es una ciudad grande. Se pusieron las botas y, una vez comidos, nos fuimos a montar la exposición. Terminamos apenas cinco minutos antes de la hora de la inauguración. Ya estaban allí las televisiones, la empresa patrocinadora… Yo me tuve que ir a duchar, a descansar un poco y se inauguró, un poco, sin mí (Juan Diego ríe).

Todo iba viento en popa.

Volvimos a hacer otras dos exposiciones en Brasil en los dos años siguientes, pero Werner ya no era el mismo. En verano de 2007, Werner me llamó desde Pekín. Estaban preparándose para las olimpiadas del año siguiente. Me dijo: «Esto es una maravilla. Aquí se necesita talento. Los chinos son muy buenos haciendo copias pero hace falta gente como tú. Acabo de hacer sociedad con un amigo mío, un importador de acero, aquí en China. He pensado que vas a venir aquí, vas a hacer diseños y crearemos un taller donde haremos equis copias controladas por nosotros». Era el verano de 2007, el comienzo de la crisis y el trabajo en China me iba a venir bien.

Me fui a la embajada china a pedir permisos, a arreglar papeles… Werner mandó un cajón de obras mías a Pekín. Pero las noticias de Werner no llegaban. Empecé a preocuparme. Pasaron varios meses sin saber de él. Y, al final de ese verano, me llegan noticias de Sao Paulo. Me cuentan que a Werner se le ha declarado alzhéimer y que la aventura china había terminado. Ahora había que rastrear las obras enviadas y tardaron seis meses en serme devueltas.

Tengo un gran recuerdo de Svetlana y Werner Arnhold. Me trataron como a un príncipe. Mi negocio para ellos era una minucia. Pero ellos lo vivían. Tenían pasión por el arte.

También tienes obra repartida por España. Encargos y concursos públicos

Sí. En Valdemoro tengo la Sopa de letras en la biblioteca Ana María Matute. En Pamplona tengo un guerrero, el Homenaje a Iñigo Arista, de casi catorce metros de alto. En Leganés, el Caminante, otra estatua de once metros. En Tudela, Navarra, una cabeza de siete metros en otra rotonda. Tengo obra por toda España. No solo en lugares públicos, también en hoteles y lugares privados. Se puede visitar mi obra en mi página web: http://juandiegomiguel.com/

Sé que no es fácil hablar de la obra de uno mismo.

Está ya todo inventado. Sentimos, comemos, amamos, lloramos, odiamos igual que los griegos del siglo de Pericles. Dos mil quinientos años. Estamos en ese mismo punto. Ha habido alguna evolución pero tenemos esas mismas raíces animales. A nivel corporal tenemos restos del animal que hemos sido. También seguimos teniendo instintos animales. Forma parte de nosotros. Está instalado en nuestro sistema de funcionamiento. A nivel humano, no hay nada nuevo bajo el sol. Lo único nuevo que hay somos cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros es una combinación única. Irrepetible. Aunque nos hicieran clónicos seríamos desiguales por nuestras experiencias. Y eso es lo único que podemos aportar. Esa irrepetibilidad. Es lo que podemos aportar como algo nuevo. Y eso es lo que ha sido mi búsqueda durante toda la vida. Eso que solamente yo puedo aportar como novedad.

Siempre cuento una historia. Una vez, visitando el Museo Arqueológico de Madrid, había una vitrina con pequeños vasos perfumeros griegos de, aproximadamente, un palmo de altura. Muchos de ellos tenían unos dibujos artesanales sin ninguna trascendencia. Pero había uno, representando a una mujer de cuerpo entero vistiendo una túnica, de una sensibilidad, de una belleza… ¿Qué había puesto el tipo aquel que había decorado ese vaso perfumero? ¿Qué había puesto para que dos mil años después aquello siga tan vivo, tan vibrante, te llegue tanto? Eso es el arte. ¿Qué estoy haciendo yo? Yo estoy haciendo objetos dentro de los cuales intento encerrar un espíritu que, cuando comienzo, desconozco. Ese espíritu casi elige el cuadro. Y mi misión es tener la vista para saber que está. De pronto, estás trabajando y te das cuenta de que ha llegado. Se ha instalado en ese objeto. Y cuando se ha instalado, ya está. Esa es la obra. Has encerrado un espíritu en un objeto que va a estar siempre ahí. Dentro de doscientos años, llegará alguien y podrá verlo. El artista tiene una intuición. Va ubicando las cosas. Ha estudiado, tiene la técnica y, en un momento, ve el camino. Y la pieza acepta unas cosas y no otras.

Intento que mis obras no necesiten una explicación. Ni ahora ni dentro de doscientos años. Se tienen que defender ellas solas. Hoy en día, parece que la mayoría de las piezas de arte necesiten ser explicadas, necesiten un papel al lado defendiéndolas con una teoría artística u otra. Eso lleva a la especulación. ¿Qué va a quedar de todo ese vendaval? Eso lo veremos. Con el tiempo, quedará lo que tenga que quedar.

He visto que utilizas todo tipo de materiales.

A veces, parezco, más bien, un chamarilero. En mi taller hay de todo. Utilizo, sobre todo, materiales de desecho y aquí, en el polígono, se deshacen de muchos materiales. Yo no voy hurgando por ahí. Tengo un rádar que he ido desarrollando con los años y, cuando veo algo, imagino que me va a venir bien para mi obra. Utilizo muchos materiales: caña, platos, maderas, plásticos, ceras, marcos, esmalte sintético, pinturas.

Cualquier material que no sea perecedero es candidato a formar parte de mi obra.

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Trainspotting 2

La última vez que estuve en Edimburgo (2014), me alojé en unos apartamentos que estaban al lado del bar donde filmaron la escena del billar en la película Trainspotting. Me costó recordar la escena. La tuve que ver otra vez y me costó reconocer el pub en la película, que parecía desfigurado en miles de formas. Recuerdo que Trainspotting, la película, no me convenció, a pesar de que me encanta todo (casi) que hace Boyle, McGregor y Carlyle. Luego está la conexión con Federico. Federico estudió conmigo la carrera en Zaragoza. Era un pelín mayor que nosotros y sabía cien veces más inglés. A Federico le encantaban los Jam y tocaba la guitarra. También le gustaba compartir cervezas con nosotros en la Gruta y siempre tenía una sonrisa para nuestros disparatados comentarios. Cuando acabamos la carrera, Federico se fue a Glasgow o a Edimburgo. Al volver a España, parecía la persona idónea para traducir Trainspotting al español y así lo entendió Anagrama. Un día, años más tarde, me lo encontré por la calle y le dije, «deberían haberte encargado a ti la traducción de Trainspotting», a lo que él me respondió, «así fue. Me lo encargaron a mí y la traducción es mía». Hoy he visto Trainspotting 2. He ido con pereza pero se ha ofrecido la oportunidad de verla en inglés en los multicines cercanos a casa. Cuando he comprado la entrada me han dicho que íbamos a estar siete personas en la sala. Ha comenzado la película y la han proyectado en español. Me he tenido que levantar y pedirles que la pusieran en inglés, como habían anunciado. Había salido de casa para poder escuchar a los actores con el acento o dialecto denominado Broad Scots, que es, posiblemente, la variedad del inglés que menos se parece al inglés. Trainspotting 2 es un ejercicio de nostalgia. El protagonista tiene 46 años, le da un no sé qué al corazón pero, en el hospital, le meten algo, lo arreglan y le dicen que, con eso, puede vivir otros 30 años más sin problemas. Al tío le hacen polvo porque no tenía previsto vivir tanto y no sabe qué hacer con el resto de su vida. Tengo la sensación de que, antes, cuando alguien llegaba a los 46 años, ya tenía la vida encarrilada y tan solo debía dejarse caer. Muchos de nosotros, con 46 años, no sabemos qué vamos a hacer y nos angustia pensar que aún quedan 30 años más. Supongo que, como no me he pinchado nunca, no entendí la conexión generacional con Trainspotting. Sin embargo, sí que he conectado generacionalmente con la segunda parte, la parte en la que, a los cuarenta y muchos, te dicen que te quedan unos treinta más y a ti se te han acabado las ideas para el guión de tu vida. Pero enseguida me sale la vena optimista. Tal vez, sin guión y sin ideas, lo mejor está por llegar. Sigo esperando a que los productores de los Simpson me contacten a través de mi blog y me digan que quieren que colabore con ellos en la escritura de uno de los episodios de la próxima temporada.

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Oscars 2017

Acabo de ver Moonlight, la última película nominada que me faltaba. Mi voto sigue siendo para Comanchería, de David Mackenzie. También me encantó Captain Fantastic. Como no está nominada a mejor película pero  Viggo Mortensen sí que lo esta como mejor actor, mi voto va para él.Viola Davis debería ganar el óscar a la mejor actriz secundaria, aunque no entiendo por qué no está nominada al oscar a la mejor actriz principal.

I have just watched Moonlight, the only nominated film I hadn’t watched yet. My vote still goes to Hell or High Water, by David Mackenzie. I also loved Captain Fantastic. Since it is not nominated for Best Film but Viggo Mortensen is for Best actor, my vote goes to Viggo. Viola Davis should get the oscar too. I don’t understand why she has not been nominated for Best Actress in leading role.

 

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Entrevista con Reyes Martínez Hernández

Conocí a Reyes Martínez en la presentación de su último libro juvenil, Diseña a tu familia. Pincha AQUÍ, en la biblioteca Ana María Matute de Valdemoro el pasado diciembre. La sala estaba repleta de gente. Todos con ganas de arropar a la escritora. Había muchos niños acompañados de sus padres. Se notaba que Reyes era querida en la sala. Isabel Mesa, la representante de la Concejalía de Cultura en el evento, presentó a Reyes como a alguien de la casa. Comenzó mostrando una diapositiva en la que Reyes, para su sonrojo, tenía la misma edad que los niños allí presentes. Podía verse el cariño que Isabel tenía por la autora. Y es que Reyes Martínez, a pesar de los años que lleva viviendo en Gijón por motivos laborales, sigue siendo una mujer, una escritora de la casa, resultado del último tercio del siglo XX de la villa de Valdemoro y fruto, en gran medida, del trabajo y la acción cultural valdemoreña de los últimos años del milenio anterior. No obstante, Reyes fue, durante muchos años, la hija de la bibliotecaria de Valdemoro y tengo la sensación de que vivió de cerca muchas de las iniciativas culturales de su madre.

En la actualidad, concilia como un superhéroe de cómic sus labores de madre de tres hijos, su trabajo como técnico de rayos X (eso también da superpoderes, seguro) y su gran afición por la escritura. Reyes Martínez ha publicado, hasta la fecha, cuatro libros infantiles, dos libros juveniles y tres novelas policíacas para adultos.

Normalmente, la carrera literaria de un escritor no comienza con la publicación de su primer libro. Tú publicaste tu primer cuento infantil en 2011. Háblanos de la escritora Reyes Martínez desde sus comienzos hasta diciembre de 2011, cuando ve la luz tu Candela y el misterio de la puerta entreabierta.

Desde niña me gustó escribir. Cuando en séptimo de E.G.B. se lo dije a Carmen, mi profesora de Lengua, ella me animó muchísimo. Los lunes por la mañana recuerdo que teníamos que entregar una redacción, con una extensión determinada. Y a mí me costaba ajustarme a aquella extensión.

Después me pareció que la de escritora no era una profesión muy segura y me decanté por otras cosas, pero siempre tenía entre manos cartas o cualquier cosa que me permitiese escribir.

Fue en verano de 2010 cuando mi hijo mayor, que entones tenía siete años, me pidió que escribiera un cuento para un amigo suyo que se marchaba a vivir a Vigo. A partir de ahí, era como si hubiera abierto un grifo. Me surgieron tantas ideas que tenía que sacarlas de algún modo y entonces surgió Candela.

Y Candela ha sido la protagonista de cuatro de tus libros infantiles. Háblanos de este personaje.

Candela es una niña curiosa, atrevida, soñadora, fuerte y con gran corazón. El problema es que siempre está metida en líos, tanto si los busca como si no. Le ocurren cosas « extrañas ». Sus amigos ya la conocen y le permiten prácticamente todo.

No siempre se le ocurre la solución a sus problemas y mucho menos a la primera, así que tiene que tirar de su pandilla para conseguirlo. Valora la amistad, casi por encima de todo, y ellos lo saben. Es intrépida, alocada, valiente… Tiene un pequeño punto de rebeldía que provoca la mayor parte de sus problemas. Según mi madre, es igualita que yo de pequeña; no estoy de acuerdo… del todo.

Entiendo que primero te publicaste el primer libro tú misma pero que, luego, una editorial se sintió atraída por los libros de Candela. ¿Cuál ha sido tu experiencia con estas dos modalidades de publicación?

Al principio fue como una aventura. La sensación de tener en tus manos un libro que lleva tu nombre… en fin, es indescriptible. Me decidí por la autoedición porque en aquel momento las editoriales con las que me puse en contacto no querían ningún escritor novel. Lo podía haber intentado con alguna más o esperar un poco, pero me pudo la impaciencia y me decidí por Círculo Rojo, que es una editorial que trabaja con autoediciones y me gustó la seriedad, el trato, el precio y el resultado final.

La editorial Bambú, de Casals editorial, decidió apostar por Candela y el misterio de la puerta entreabierta cuando llevaba agotadas cuatro ediciones y, posteriormente, se interesaron por Candela y el rey de papel – por cierto, fue gracias a uno de sus comerciales de la zona norte de España, José Manuel, al que le llamó la atención el libro y quiso ponerse en contacto conmigo; a veces, la suerte está donde menos te lo esperas…-

En mi opinión, cualquiera de las dos modalidades, siempre que compense, es buena. Con la autoedición tienes la limitación de tener que hacer también de distribuidor, pero la cantidad que se gana por libro es mayor. Si una editorial apuesta por ti, tienes la ventaja de que llega a muchos más rincones, pero la cantidad que se gana es menor. Las dos maneras tienen ventajas e inconvenientes. Depende de la meta que cada uno se proponga. 

Por lo visto, no solo tienes cosas que contar a los más pequeños. En 2014, publicas tu primera novela para adultos. Una novela policíaca titulada El arcano número 13. Y la protagonista es otra mujer, Sara Benítez.

Sí, la novela negra es un «capricho». Yo empecé a escribir por mi hijo mayor, que es un lector insaciable y, después, intenté dar forma a algunas ideas que me surgían sobre el género que a mí me gusta, que es la novela policíaca. Así surgió El arcano número 13. Como bien dices, la protagonista es la inspectora Sara Benítez, que está totalmente complementada por el inspector Leandro Gómez. Ella se muestra escéptica ante cualquier tema que no pueda demostrar y, sin embargo, él es más abierto a lo intangible. Ella es la razón y él, por así decirlo, la fe. Entre los dos forman un equilibrio perfecto. Son dos personajes que dan mucho juego. De hecho, la novela que acabo de publicar es una secuela y tiene a los dos inspectores como protagonistas de nuevo.

Estás hablando de tu tercera novela para adultos, El primer pecado, un libro que está a la venta desde hace tan solo unas semanas. ¿Qué nuevos alicientes nos ofrece este libro?

Sí, es la tercera novela para adultos y que podría considerarse secuela de El arcano número 13. Se trata de un nuevo caso para la inspectora Benítez y el inspector Gómez, aunque en esta ocasión me los traigo a Gijón. En esta novela, quería un ambiente menos agresivo que el que puede ofrecer Madrid, debido a la diferencia de población, entre otras cosas, y quería también homenajear, de alguna manera, a una ciudad que me ha acogido con los brazos abiertos. Me hacía mucha ilusión hablar de la zona donde vivo y donde me muevo: incluso hablo de gente a la que conozco y a la que tengo especial cariño. Además, voy a continuar con estos dos personajes porque, aparte de que dan mucho juego, digamos «que me caen bien» ja, ja, ja.

Supongo que vas siguiendo el crecimiento de tu hijo mayor y es, por eso, por lo que los dos libros anteriores a esta última novela policíaca están clasificados dentro de la literatura juvenil. ¿Qué retos se te presentaron a la hora de escribir Siete formas de perder el pelo (2015) y Diseña a tu familia. Pincha AQUÍ (2016)?

Desde luego, las novelas juveniles fueron las más difíciles de escribir para mí, porque enfrentarse a adolescentes, aunque sea en el papel, es todo un reto. En Siete formas de perder el pelo me encontré con que la editorial con la que publico los libros infantiles me proponía aumentar la edad a algún libro destinado a los alumnos de la ESO. Tras muchos intentos, me di cuenta de que la mejor manera de llegar a ellos era a través de la fantasía o a través del enfrentamiento a los problemas sin que se note que se están enfrentando a ellos. Los dos libros juveniles tratan sobre temas que pueden preocupar a los adolescentes en algún momento, pero trato de llevarlos con mucho humor, dinamismo y, eso sí, con «moraleja». Para mí, un libro que no aporte nada a un niño o a un adolescente es un libro desaprovechado. Creo que cualquier momento es bueno para inculcar en los jóvenes unos valores que puedan poner en práctica en el futuro.

Para terminar el repaso a toda tu bibliografía, nos queda hablar de tu segunda novela para adultos, Me llamo Roberto. ¿Qué proponías a los lectores en este libro?

Tengo que confesarte una cosa. Me llamo Roberto fue la primera novela que escribí tras Candela y el misterio de la puerta entreabierta, pero, cuando se la di a leer a mi familia, mi hermana me dijo literalmente: «Muy bien, pero no tiene ni una sola descripción». Y tenía toda la razón. Me había centrado en la trama, en que no chirriara, en los nombres y fechas y, en mi cabeza, sabía perfectamente cómo eran los personajes y los escenarios, pero al lector no se los proporcionaba en ningún momento. Así que, mientras me ponía a trabajar en ella, escribí El Arcano número 13 fijándome mucho más en esos detalles.

En Me llamo Roberto intento exteriorizar mi repulsa ante la violencia de género, pero siempre dando un poco de esperanza. Los niños sufren tanto como el que recibe el maltrato y, además, se les está dando una lección equivocada sobre lo que es una familia, esté compuesta de la manera que sea. Hay personas que se encargan de que los niños superen este tipo de situaciones y esa será, en la novela, la labor de Clara, una asistente social que, de pronto, se ve metida en varios casos similares al mismo tiempo.

Tu capacidad de trabajo es extraordinaria. ¿Cómo consigues conciliar tu trabajo, tu familia y la literatura?

Conciliar, lo que se dice conciliar… A veces tengo la sensación de dejar todo a medias, de que no llego a ninguna de las cosas que hago. Luego, cuando las termino, la satisfacción es mayor. Siempre digo lo mismo, cuando se quiere hacer algo, se hace. Simplemente se da prioridad a una u otra cosa. Por ejemplo, yo tengo la suerte de dormir poco y eso me deja algunas horas más que ocupar.

Hay dos frases que me molestan y que intento no decir, aunque a veces se me escapan. Una es «no tengo tiempo» porque soy de la opinión de que, cuando dices «no tengo tiempo», en realidad estas diciendo «no tengo tiempo para esto en concreto». Y la otra es «no puedo», porque creo que, de entrada, no debemos limitarnos con la palabra. Hay que mirar siempre hacia delante.  

Estoy totalmente de acuerdo contigo: hay una serie de frases hechas y usadas con bastante frecuencia que nos limitan, en muchísimos sentidos, por el mero hecho de decirlas. Muchas personas son conscientes del poder de las palabras de los otros y olvidan la gran influencia que tienen sobre nosotros mismos las palabras que salen de nuestras bocas de forma casi automática. Me gustaría que mi última pregunta fuera todo lo contrario, que supusiera una declaración de intenciones sobre tus metas a corto y largo plazo. Háblanos de cuáles son tus proyectos literarios más inmediatos y de dónde te gustaría estar literariamente (que no virtualmente) dentro de diez o veinte años.

Proyectos literarios tengo varios. Como escribo para niños, adolescentes y adultos, suelo tener varias ideas que van tomando forma según mi estado de ánimo. Ahora mismo, tengo una novela policíaca que sería continuación -o al menos con los mismos personajes- de El primer pecado, y tengo casi terminada la quinta entrega de la saga de Candela. También ando documentándome sobre el acoso escolar para una novela juvenil. Me parece muy interesante que los chavales sepan a lo que se enfrentan y cómo hacerlo.

Me preguntas dónde me gustaría estar literariamente dentro de unos cuantos años. La verdad, me encantaría estar en todas las librerías del mundo (Reyes se ríe, con ganas, de su propio comentario). Al menos, soñar es gratis y me lo puedo permitir. Simplemente, me gustaría poder vivir de lo que escribo. Sobre todo, por poder dedicarle mucho más tiempo. Ahora mismo, el resto de mis obligaciones no me lo permiten.

Como mínimo, me veo (con toda seguridad) con el boli en la mano y escribiendo y escribiendo…

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Entrevista con Irene Laguna y Sandra Romero

Cada entrevista va marcando sus hitos correspondientes. La de hoy no es una excepción. Por un lado, estoy sentado enfrente, no de una, sino de dos personas. Por otro lado, se trata de dos de las más jóvenes a las que hemos entrevistado. Sandra Romero e Irene Laguna tienen ambas diecisiete años y fueron campeonas de España de gimnasia rítmica cuando apenas tenían once. Las dos me reciben con una sonrisa. Estas dos valdemoreñas, tan distintas en tantos aspectos, han labrado una bonita amistad de más de diez años gracias a la gimnasia rítmica.

Irene ha terminado la ESO y está haciendo un grado medio. Sandra está estudiando segundo de bachillerato.

¿Cómo y cuándo decidisteis hacer gimnasia rítmica?

Sandra – Yo lo veía en la tele y quería hacer lo que hacían esas niñas. Me ponía a imitarlas. Siempre estaba por ahí dando volteretas. Mi madre me apuntó a ballet, pero a mí no me gustaba. Un día, me puse a llorar y le dije que, hasta que no me apuntara, no dejaría de llorar. No conocía a nadie en Valdemoro que hiciera gimnasia rítmica y ya con cinco años sabía que quería realizar este deporte. Mi madre, al final, me apuntó.

Irene – Yo fui un día al médico y me dijeron que tenía mucha flexibilidad. Me dijeron que valía para la gimnasia. Un día, mi madre me llevó para que lo probara. A mí no me gustaba. Lloraba y le decía a mi madre que no me gustaba. Ella insistió para que, al menos, viera cómo era. Me dijeron que iba a jugar con el aro y con las cintas y así comenzó todo. Tenía seis años.

Enseguida os pusisteis a competir y a ganar competiciones hasta que en 2010 ganasteis nada menos que el Campeonato de España.

Sandra – Irene iba por individual con cuatro aparatos. Yo hacía, además, equipo con ella. Ella quedó primera en individual con la suma de sus cuatro ejercicios. Y, en la suma de mi ejercicio y el suyo, también quedamos primeras por parejas.

Irene – Fue muy bonito. Nuestra entrenadora nos llevó aparte de todas las demás gimnastas y nos dijo que habíamos ganado. Cuando me dijo que era campeona de España, yo no era consciente de lo que eso significaba. A esa edad, yo aún no había cumplido los once años, a mí me daba igual haber quedado campeona o haber quedado la última. No entendía nada.

Sandra – Cuando nos apartó para darnos las buenas noticias, yo pensé que nos iba a regañar porque habíamos hecho algo malo. Antes de que nos dijera nada, Irene y yo nos mirábamos como diciendo: «¡Pero si no hemos hecho nada malo!» Cuando nos dijo que éramos campeonas de España, no entendíamos las dimensiones de esa victoria. Nosotras íbamos a entrenar porque nos gustaba y porque nos lo pasábamos bien entrenando juntas. No era un hobby porque nos lo tomábamos en serio, entrenábamos muchas horas, pero a nosotras lo que nos gustaba era pasarlo bien juntas.

            Ahora, después de unos años es cuando hemos sabido valorar esa victoria en el Campeonato de España. Con once años, no lo sabes valorar.

Irene – Ahora miramos atrás, y decimos: «Jolín, he quedado campeona de España nada menos.» El año anterior, en el campeonato de España de 2009, yo ya había conseguido una medalla de bronce en la final por aparatos de cuerda. En 2011, conseguimos la medalla de bronce por conjuntos. La medalla de oro es algo superdifícil y nosotras lo conseguimos. Ojalá pudiéramos volver a hacerlo.

¿Cómo conciliáis los entrenamientos con vuestra vida escolar y personal?

Irene – Cuando estaba en sexto de primaria, teníamos el viaje de fin de curso y recuerdo que no pude ir porque teníamos el Campeonato de España. En su momento, me habría gustado ir a ese viaje de fin de curso. Ahora no me arrepiento de no haber podido ir. Fue el año que gané el campeonato.

            Conforme te vas haciendo mayor, es más difícil compaginar los entrenamientos con los estudios, pero, si de verdad te gusta, lo llevas bien.

Sandra – Yo ahora entreno en Torrejón de Ardoz y es muy duro porque tardo mucho en ir. Voy en el tren y luego me va a buscar mi padre. En el instituto no hacen excepciones conmigo. Los exámenes son los días que son y hay que aprender a encontrar el tiempo para poder estudiar. Muchas veces me dicen que no es motivo para faltar a clase el que tengas el Campeonato de España. ¡Cuando yo he estado entrenando cuatro horas diarias para estar allí…! Es muy difícil y, a veces, no lo valoran nada.

            Los entrenamientos son unas cuatro horas, cuatro días a la semana. Casi todos los fines de semana hay, además, campeonatos. En Torrejón, en la actualidad, entreno tres horas y media los lunes, martes, miércoles y viernes.

La gimnasia os ha llevado a viajar por toda España.

Irene – La primera vez que monté en avión no lo hice con mis padres. Lo hice con mi entrenadora. Hemos viajado por todo el país y los campeonatos nos han permitido conocer a muchísimas chicas que hacen lo mismo que nosotras y con las que, todavía hoy, mantenemos buenas amistades.

Sandra – Participamos en nuestro primer Campeonato de España en 2007. Teníamos ocho años.  Éramos unas niñas e íbamos solas con nuestra entrenadora. Desde el primer momento, Irene y yo estábamos juntas en la misma clase de gimnasia y, en los viajes, siempre nos ponían juntas. Veía a Irene más que a mi hermano. En el instituto, en los entrenamientos. Irene es, para mí, como una hermana. Llevo con ella toda la vida. Ha estado conmigo en los peores momentos. Se crean unos lazos muy bonitos.

El trabajo y el sacrificio que habéis realizado es extraordinario. ¿Sois conscientes de que sin el apoyo de vuestros padres no habría sido posible?

Irene – Yo he querido borrarme en muchas ocasiones. Volvía a casa cansada de los entrenamientos. A veces, era muy duro. A veces, era frustrante. Mis padres me decían que eso era normal y yo a veces me enfadaba. Ahora lo entiendo. Ellos sabían que el esfuerzo era necesario. Ahora miro atrás y lo entiendo. Mis padres siempre han estado ahí, apoyándome.

Sandra – Mis padres también. Eso sí, nuestros padres no son los típicos padres superprotectores. Ellos entendían que quien algo quiere algo le cuesta. Que, si algo queríamos, teníamos que trabajar duro. Que nadie nos iba a regalar nada. Y menos, en este deporte. Mis padres siempre me han apoyado hasta en los días de bajón.

¿De qué popularidad goza la gimnasia rítmica en España?

Sandra – En los medios de comunicación, no nos hacen mucho caso. El equipo nacional ha sido subcampeón del mundo, bicampeón anteriormente, y nadie nos ha hecho mucho caso. Nadie sabe nada porque solo vende el fútbol. Pero es un deporte muy popular. Este año, en Guadalajara, se ha celebrado la Copa del Mundo y, a las dos horas de abrir las taquillas, se agotaron todas las entradas. No mueve más porque a los medios no les interesa que mueva. Como solo les gusta a las chicas… Pero también hay chicos y tampoco se les reconoce.

            Además, hay otro campeonato, que se llama Euskalgym, que se celebra en el País Vasco, pero que se celebra a nivel internacional. Vienen las campeonas olímpicas a modo de gala. También hay competición. En ese campeonato, lo mismo: la gente se pega por conseguir entradas. Normalmente tiene lugar en pabellones de quince mil, hasta veinte mil espectadores. Las entradas se agotan siempre. Viene gente de todo el mundo para ver a las mejores del planeta. Esos días son una fiesta para la gimnasia rítmica española. Increíble. Verlo es una gozada. Formar parte de ello, inolvidable.

¿Qué lecciones habéis aprendido para la vida gracias a la gimnasia rítmica?

Irene – A tener tiempo para todo. Para entrenar, para estudiar, para dormir, para disfrutar de la familia y los amigos. Aunque, la vida social se hace con las otras gimnastas que conoces en el equipo y en las competiciones.

Sandra – La gimnasia me ha cambiado para todo. Desde muy pequeña, he aprendido a ser independiente. Yo me hacía las maletas para ir de viaje. Aprendemos compañerismo, deportividad… Es importantísimo acercarte a las ganadoras de una competición y darles la mano y la enhorabuena. Si una compañera del equipo falla, fallamos todas, con lo que hay que animar a tus compañeras constantemente.

            En un Campeonato de España, somos de Valdemoro, pero animamos a todos los equipos de Madrid. Luego, cuando hacemos amigas de otras comunidades autónomas, animamos a otros equipos. No las vemos como nuestras rivales. Las vemos como nuestras compañeras. No puedes desear mal a nadie porque sabes que hacen los mismos esfuerzos que tú.

¿Os ha enseñado la gimnasia rítmica a llevar una dieta equilibrada, a tener el deporte como parte de vuestras vidas, a llevar una vida saludable?

Irene – Nuestra entrenadora nunca nos ha exigido una dieta. Sabe que somos responsables y que no vamos a pasarnos.

Sandra – Aprendes a comer sano. Si no comes bien, es más fácil tener una lesión. Hay que saber comer un poco de todo. Nunca nos han prohibido comer bollos. Durante los campeonatos, nuestra entrenadora nos traía bollos para todas. Hay que saber comer. Nunca hemos tenido problemas con el peso.

Tenéis diecisiete años. ¿Cuándo se acaba vuestra vida en la gimnasia rítmica?

Irene – Yo me retiré tras el Campeonato de España individual de 2015, en Pontevedra. Mi entrenadora pensaba que aún podía seguir, pero yo preferí dejarlo ahí. En 2016, me animaron para que me preparara un ejercicio y lo hice a modo de exhibición. Me acuerdo de que todas mis compañeras, en especial Sandra, me apoyaron muchísimo.

Sandra – Yo me estaba planteando el retirarme este año 2016, tras el Campeonato de España en diciembre. Pero, estoy en muy buena forma para mi edad, y he decidido continuar mientras pueda.

            Empecé en Valdemoro a los cinco años. Éramos un equipo fantástico, pero, poco a poco, de mi edad, he quedado yo nada más. Es por eso que tuve que ir a Torrejón, para formar parte de un equipo. Allí, todo el mundo me ha tratado muy bien. Me han apoyado mucho. He aprendido otra forma de hacer gimnasia. Me lo pensé, porque sabía que los desplazamientos iban a ser largos, pero ha sido la mejor decisión que podía haber tomado. Ahora, me sigo sintiendo muy respaldada por mis entrenadoras y, por eso, quiero seguir otro año e intentar volver al Campeonato de España.

Además, las dos tenéis intención de continuar en la gimnasia rítmica como entrenadoras.

Sandra – De momento, me gustaría seguir participando en los campeonatos como gimnasta. Me gustaría, además, sacarme el título de entrenadora y formar a unas niñas como me han formado a mí. Quiero que otras niñas aprendan todo lo que yo he aprendido. Me encantaría llevar el nombre del club de Valdemoro hasta lo más alto.

Irene – Hemos tenido unas entrenadoras buenísimas, aquí en Valdemoro (Charo Ross, Verónica Faraldos, Beatriz Romero y la profesora de ballet, Marieta Álvarez). Una entrenadora es como una segunda madre. Llevan un montón de tiempo diciéndome que me saque el curso de entrenadora. El verano que viene espero sacarme el curso. Son tres niveles. El primer nivel es el más básico y te vale para dar clases en la escuela. Con ese primer curso, veré cómo se me da antes de seguir con el siguiente porque son cursos muy caros. Si me dejan, sería entrenadora del club de Valdemoro. Si no es posible, intentaría dar clases extraescolares en un colegio. Me encantaría entrenar a niñas junto a Sandra.

Sandra –El primer curso cuesta más de mil euros. Son muy caros. Los cursos los organiza la federación madrileña, pero hay veces que debes hacer los cursos en otros lugares de España. Una gimnasta de aquí de Valdemoro tuvo que hacerlo en Valencia. Intentaremos hacer el primer nivel este verano que viene.

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Irene y Sandra terminan recordando esas noches de hotel en las que participantes de varios equipos se juntaban en la misma habitación y forjaban amistades que llegan hasta hoy en día. Podían meterse hasta veinte niñas en la habitación y jugaban al Party o, cómo no, al Twister…

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Entrevista con Roberto García

 

En 1899 el escritor Joseph Conrad publicó El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness), uno de mis libros favoritos. Cuenta la historia de un marinero que debe embarcarse en una travesía a través de un río tropical africano en busca de un enigmático Kurtz, jefe de una explotación de marfil. Conforme se va acercando a su objetivo, el marinero va descubriendo diversos aspectos de Kurtz, algunos que le hacen grande, otros que señalan las sombras del personaje. Un siglo más tarde, en 1979, Francis Ford Coppola llevaba al cine la historia en su película Apocalypse Now, con un Martin Sheen extraordinario y un Marlon Brando en una de sus mejores intervenciones. Coppola cambió el río de lado. Lo puso en Vietnam, en plena guerra con Estados Unidos. De alguna forma, Orson Wells llevó al cine la misma historia en más de la mitad de sus películas. Deslumbraba siempre ese personaje enigmático del que se iban desgajando las múltiples verdades que conformaban su realidad.

Cada mes me siento delante de mi entrevistado durante poco más de una hora. Cada mes es un viaje a lo desconocido. Cambiamos el río tropical por un café con leche y me decido a descubrir la parte soleada del corazón del personaje del mes. En este número, se trata de Roberto García, culturista y entrenador personal, campeón de culturismo (categoría pesada) en el campeonato IFBB de la Comunidad de Madrid en 2005, segundo clasificado de culturismo (categoría semipesada – hasta 100 kilos) en el campeonato de España IFBB de 2008, segundo clasificado en culturismo Men Body 2 en el campeonato nacional de España AEFF en 2013, séptimo clasificado en Men Body 2 en el campeonato mundial Mister Universo, celebrado en Hamburgo en 2013, segundo clasificado en la categoría de mayores de 40 años en el campeonato nacional de España AEFF en noviembre de 2016 y tercer clasificado en el campeonato mundial Mister Universo (categoría de mayores de 40 años), celebrado en Hamburgo el 27 de noviembre de este año. Gracias a todo esto, Roberto García es el culpable de que mi hijo no piense que su padre es el hombre más fuerte del mundo.

Conozco bien a Roberto y me resulta muy fácil llegar a las partes más soleadas de su corazón. Más allá del culturismo y de su faceta como actor, Roberto tiene como objetivo ser una buena persona y me cuenta que se levanta cada mañana con ese único objetivo. A lo largo de la entrevista nos contará que para llegar donde ha llegado ya le tocó atravesar su particular río en tinieblas.

Roberto nació en Cantabria y llegó a Valdemoro en 1998. Entonces era guardia civil. Ahora trabaja en su gimnasio, Máximo esfuerzo, prepara físicamente a opositores, competidores y todo aquel que quiera un entrenamiento personalizado y hace sus pinitos en el mundo de la interpretación y la publicidad.

¿Cómo decidiste dedicarte al culturismo?

Supongo que muchos empezamos de la misma forma. De pequeño, me llamaban la atención los cuerpos musculados. Recuerdo disfrutar viendo películas como Conan el Bárbaro o la saga de Rocky Balboa. Allí se veían cuerpos que no se ven normalmente por la calle. Conforme vas creciendo, te das cuenta de que esos actores han dedicado muchas horas a cultivar su cuerpo haciendo pesas. Te vas informando más sobre ese mundillo, compras revistas, te apuntas a un gimnasio. Yo empecé tarde. No pude apuntarme a un gimnasio hasta que empecé a trabajar. Y, una vez allí, conocí a gente que lucía físicos muy similares a los de las películas. Ves que esos cuerpos se pueden conseguir. A partir de ahí, comienzas a documentarte, empiezas a entrenar un poco más en serio. Conoces a gente que te da consejos, te sacas las titulaciones de entrenador, de alimentación, y vas viendo que es una carrera de larga distancia. Necesita mucha dedicación, pero te reporta, también, grandes resultados. Los cambios no vienen en un día, ni en unas semanas. Se necesitan años. Pero van llegando poco a poco.

En cuanto te entra el gusanillo, es difícil de parar. Vas viendo esos cambios y te propones otras metas. Una vez que estás metido, es muy difícil estar totalmente contento. Siempre se busca una superación diaria. Siempre quieres un poquito más. La experiencia te ayuda a entrenar y a alimentarte mejor. Antes te apetecía comerte un bocadillo y ahora ya no te apetece porque tienes un tipo de alimentación que te funciona bien y estás cómodo con ella. Es un compendio de entrenamientos, alimentación y buen asesoramiento en el gimnasio.

¿En qué situación se encuentra el mundo del culturismo en España?

A partir de los años ochenta, hubo en España muy buenos competidores que ayudaron a que se popularizara el mundo del culturismo en nuestro país. Muchos de ellos siguen en activo. Tenían sus gimnasios. Eran gimnasios normalmente pequeños. Para mí, eran como cuevas llenas de hierros por todos los lados donde podías iniciarte en este mundo. Toda esta gente, que ya había competido, que incluso había conseguido títulos europeos, enseñó a sus alumnos lo que sabían y así se ha ido extendiendo el culturismo por toda España. Todo empezó en las grandes ciudades pero ahora está por todas partes. Creo que el culturismo es, ahora, un deporte de moda. Cada año hay más competidores en cada uno de los campeonatos de España.

Todo el mundo quiere un cuerpo bonito. Una forma de conseguirlo es haciendo pesas. No estoy hablando solamente del culturismo. Se trata de crear un cuerpo a la carta a través de endurecer y tonificar, de hacer fitness. Y el culturismo está pasando por un buen momento en España. Hay grandes competidores, tanto hombres como mujeres. La mujer se ha incorporado muy fuerte en este deporte. Hay varias categorías para ellas y ocupan una porción muy importante de estos campeonatos, llegando a ser mayoría en algunas ocasiones.

Imagino que la situación en Estados Unidos será diferente.

En España tenemos culturistas profesionales. Pero no viven del culturismo. En Estados Unidos, hay culturistas profesionales que viven muy bien de este deporte. Son personas que tienen un poder económico muy alto gracias a que sus seminarios, sus charlas sobre nutrición y sus sesiones de fotos están muy bien pagados. No hay que olvidar que están transmitiendo unos conocimientos adquiridos tras muchos años de aprendizaje.

En España, un culturista puede dar un seminario y sacarse el mismo dinero que ganaría si trabajara un fin de semana de vigilante en una discoteca. Son precios ridículos. No valoramos a los culturistas profesionales como lo hacen en otros países. Es cierto que el nivel de los estadounidenses es muy alto y un culturista español no podría competir con ellos por motivos económicos. Pero sí que es verdad que en España estos deportistas son los mejores y deberían poder vivir del culturismo. Tener una posición económica cómoda para seguir mejorando. Debería haber algún tipo de beca deportiva para ellos.

Háblanos un poco más de los campeonatos.

Para que todos nos entiendan, vamos a diferenciar entre culturismo, que se ocupa fundamentalmente de buscar la máxima musculatura, el máximo desarrollo y la máxima definición, y el fitness, que busca marcar el cuerpo sin buscar tanta musculatura. Prepararse para un campeonato de culturismo o de fitness requiere una inversión económica muy alta. Hace falta mucho dinero para participar en un campeonato. Necesitas todo un año de preparación, hay que comer muy bien y mucha cantidad, tienes que suplementarte bien y los suplementos no son baratos, tienes que pagarte los viajes y el hotel… Estás todo el año trabajando. Y, si ganas, obtienes un trofeo. No hay ninguna compensación económica. Sobre todo, es una satisfacción personal. Te miras al espejo y te dices: «He estado un año sufriendo e invirtiendo dinero pero esto es lo que quería». No te llevas ninguna decepción. Si de verdad te gusta, cada penique está bien invertido. Eso sí, es una pena que hay muchos buenos competidores que dejan los campeonatos porque no se lo pueden seguir permitiendo.

Háblanos de los gimnasios.

Ahora vemos que está de moda abrir macrogimnasios, gimnasios low cost, superficies de hasta siete mil metros cuadrados, que te ofrecen una piscina, que te ofrecen veinte actividades diferentes con clases grupales, te ofrecen una sala de pesas y el precio es la mitad o, incluso, menos que un gimnasio pequeñito de doscientos o trescientos metros enfocado al tema del desarrollo muscular. La diferencia está clara. En una gran superficie, uno busca estar en forma, pasar un rato agradable, charlar… Cuando uno se apunta a un gimnasio, uno busca desarrollar su cuerpo, quiere ver cambios, quiere utilizar bien el tiempo que pasa en el gimnasio y quiere una atención más personalizada. En una gran superficie, con esos precios, no puedes esperar tener un monitor pendiente de ti. Tienen muchos socios y un número limitado de monitores. Con suerte, te dan una hoja con un circuito y tú tienes que buscarte un poco la vida. En mi gimnasio, yo atiendo personalmente a todos los clientes, les pongo dietas personalizadas. No le puedes dar la misma dieta a todos los clientes. Cada uno tiene unas necesidades, unos objetivos. El entrenamiento es diferente para cada persona. Uno debe desarrollar más la pierna, otro debe perder más abdomen. Preferimos tener menos gente y atenderlos bien que tener más gente y dejarlos desatendidos. Obviamente, el negocio nos tiene que dar para vivir, pero, a partir de esa premisa, nos concentramos en la calidad y no en la cantidad. Nosotros nunca nos vamos a hacer ricos. Las grandes superficies se hacen ricas, pero sus clientes se dan cuenta de que no reciben la atención que esperaban.

¿Qué imagen crees que transmiten los culturistas a la sociedad?

Para muchos, la primera imagen del culturista es de una persona bruta, agresiva. Nada más lejos de la realidad. El culturista practica un deporte donde busca un desarrollo físico. Los culturistas son gente sensible. Aunque nos parezca lo contrario. Son gente a los que les gusta ayudar a los demás. Han vivido un compañerismo en el gimnasio que luego sacan al resto de su vida. En el gimnasio hay que estar pendientes del compañero, se dan consejos, se intenta ayudar…

Como el físico del culturista no se ve normalmente en las calles, se puede explotar en la publicidad, da mucho juego en sesiones fotográficas y es un recurso muy socorrido para cierto tipo de películas o series de televisión. Actores guapos de ochenta kilos hay muchos. Actores musculados, sin un gramo de grasa no hay tantos y esto puede abrirte las puertas a ese mundo.

Ya has trabajado para varios anuncios e, incluso, para alguna serie de televisión.

El primer anuncio que hice fue para una marca de coches. Luego hice otro para un gran supermercado. Aparecí en otro de una cerveza que aprovechaba el anuncio para denunciar la violencia machista. Me gustó. Recientemente, volé a Sudáfrica para rodar un anuncio para otra marca de cerveza. Estuvo muy bien: me pagaron el vuelo, una suite en un hotel de cinco estrellas, chófer, intérprete… Este anuncio aún está en producción. Además, tuve la suerte de participar en el último episodio de la primera temporada de Olmos y Robles.

Hemos hablado del Roberto que cultiva su cuerpo. También de tu faceta artística. Sin embargo, nos dejaríamos una parte muy importante si no habláramos de que también cultivas tu espíritu.

Trabajé muy duro para ser guardia civil. Estuve dos años trabajando en una cárcel, dos años en un puesto de patrulla en Valencia y dos años formando parte de un grupo antiterrorista en el País Vasco. Vine a Valdemoro cuando conseguí ingresar en un cuerpo de élite de la Guardia Civil. Me había preparado a fondo para pertenecer a esa unidad especial. A partir de los años 2000-2002 comencé a tener serios problemas con la vista. Eso se fue agravando y en 2007 tuve que dejar de trabajar porque mi vista era de un 20-25%. Así no podía trabajar. La baja médica por la vista me llevó a una baja médica psicológica. Caí en una terrible depresión. Tuve que acudir al psiquiatra, a tomar medicaciones y llegué a ser ingresado en varias ocasiones en centros psiquiátricos.

Cuando estás ingresado, estás altamente medicado y no te puedes centrar pero, en cuanto salía del hospital, comencé a preguntarme muchas cosas. ¿Por qué me estaba pasando todo esto? ¿Por qué, después de lo que he luchado, no puedo conseguir lo que quiero? Buscaba respuestas. ¿Cuál era el sentido de la vida? No podía ser que todo se acabe y que sea tan malo. Cuando comienzas a hacer preguntas, aparecen las respuestas. En el momento en el que peor me encontraba, ingresado y medicado, llegó a mis manos un libro que cambió mi vida. Comencé a aplicar lo que decía ese libro, empecé a reducir la medicación y todo dio un giro de ciento ochenta grados. Ya no le daba tanta importancia al trabajo, o a las cosas materiales. Entendí que todo pasa por algo y lo que me estaba sucediendo estaba ahí para que yo aprendiera de ello. Eso me ayudó a superar todos los problemas laborales y psicológicos que había tenido. Llevo un montón de años sin tomar medicación, soy el tío más feliz del mundo, me conformo con lo mínimo. Agradezco cada día en el que me levanto, intento ayudar a otras personas a darse cuenta de que el mundo no se acaba ante un problema.

A partir de ese libro, he seguido leyendo sobre todo este tema y he hecho grandes amigos dentro de este mundo. Luego decidí comenzar a realizar charlas y reuniones para hablar de todo lo que a mí me ayudó a salir de la depresión y creo que he ayudado a bastante gente. Así, hemos formado un grupo de personas que nos vamos reuniendo periódicamente y va apareciendo gente nueva. Otras veces, la gente viene a hablar conmigo y, simplemente, nos tomamos un café y les ayudó a comenzar a cambiar su vida.

No somos solamente cuerpo. Somos un espíritu inmortal que estamos albergando una apariencia física temporal. Ese espíritu se va reencarnando en otros cuerpos. Para mí el que todo acabe no tiene sentido. Con todo esto, no quiero convencer a nadie. Cada uno puede pensar y creer lo que quiera. Yo solo cuento lo que me ha ayudado a mí. Cada vida que vivimos nos enseña algo. Si en una de esas vidas tengo un reto y no lo supero, en la siguiente vida, ese reto aparecerá de forma muy similar. Hasta que pueda superarlo. Y, entonces, en la siguiente vida, aparecerá otra lección diferente. Se te van poniendo pruebas dependiendo de la fase espiritual en la que te encuentres. Así, hasta que llegamos a la máxima perfección, que yo considero que es el amor incondicional.

En la actualidad, hay más egoísmo que amor. Hay guerras, hay hambre, desigualdades, injusticias, es una especie de infierno. Conforme nos vayamos acercando al amor, el mundo será mejor y, cuando logremos alcanzar ese amor, estaremos en el paraíso. Puede que necesitemos más de diez mil vidas, pero estoy convencido de que todos llegaremos a ese punto de perfección. Por eso, cada día que me levanto, intento dar un paso para adelante en este camino. Intento ayudar a la gente, intento ponerme en la piel del otro.

Estoy convencido de que para ponerte a buscar respuestas, te tiene que pasar algo gordo. El que lo tiene todo, no se plantea estas preguntas. Me tuvo que pasar todo lo que me pasó para que yo ahora pueda ser tan feliz. La gente tiene todo el derecho a pensar que se me ha ido la pinza. Dentro de una, dos o veinte vidas estarán como estoy yo ahora.

Después de todo lo que ha cambiado tu vida, tienes que decirnos cómo se titula ese libro que llegó a tus manos.

Se titula “Las leyes espirituales”, de Vicent Guillem. Es un libro que el propio autor ha colgado en archivo PDF gratuito en Internet. Si la gente lo quiere comprar en papel, puede hacerlo, pero el autor no pretende sacar beneficio por su venta. Tiene un segundo libro que se titula “La ley del amor”.

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Cuando le pregunto a Roberto si quiere añadir algo más, me recuerda que las charlas son los domingos en su gimnasio, aproximadamente una vez al mes. Son totalmente gratuitas. Si alguien está interesado, puede pasarse por el gimnasio para recibir más información o para hablar con él. Me recuerda, además, que el gimnasio lleva varios años siendo un centro solidario. Allí recogen ropa, comida, juguetes… y los redistribuyen  a la gente necesitada.

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Entrevista con Laura Lavilla

 

Creo que he demostrado siempre y explícitamente mi admiración por cada uno de los personajes que he entrevistado para esta sección de La revista de Valdemoro. Espero que todos ellos sean conscientes de que mi admiración es sincera. De todos ellos he aprendido. Con todos ellos he disfrutado durante la entrevista. Todos ellos me han hecho reflexionar sobre una serie de temas vitales importantes para mí. Nos sentamos delante de un café y comienzan a desplegar sus vidas, que yo comienzo inmediatamente a convertir en películas dentro de mi cabeza.

Laura Lavilla, la mujer que hoy tengo delante de mí no es una excepción. Su recorrido vital, su visión del mundo, su pensamiento libre, su amor por la música y su esfuerzo para que la música sea parte de la vida del mayor número de personas despertaron mi admiración desde el día que la conocí. Nacida en Madrid, se crió en Zaragoza, estudió dos años de primaria en París y desarrolló una buena parte de su carrera musical en Valencia, hasta que volvió, de nuevo, a Madrid. De ahí, se trasladó a Valdemoro y, desde 2010, ha trabajado en la Escuela Municipal de Música.

Laura ha interpretado como soprano el papel de Lucrezia Contarini (personaje protagonista de Los dos Foscari, de Verdi) en la Scala de Milán; ha interpretado el personaje de Desdémona (en la ópera de Otelo) junto a José Cura y Lucio Gallo; ha interpretado al personaje de Alice (en la ópera de Falstaff) junto a Renato Bruson; Laura Lavilla ha sido cover (cantante sustituta) de Daniela Dessi en Don Carlo y en Aída; fue becada para trabajar con Mirella Freni en Módena, ha ganado el primer premio de zarzuela en Alcoy y Sanmilírico, el primer premio de voces femeninas en el concurso Aprile Millo en Estados Unidos, fue la ganadora de la ópera estudio en el papel de Suor Angélica en Cataluña…

Conviene, casi siempre, comenzar por el principio.

Regresé de París a Zaragoza cuando tenía once años. A mi padre, que le encantaba que su hija tuviera una educación global, llena de estímulos, se le ocurrió comprar un piano. Mi padre es una de esas personas vitales, a las que les gusta invitar a sus amigos para que vengan a casa todos los fines de semana, organizar fiestas a puerta abierta. Y, cuando compró el piano, me dijo: «Cuando vengan los amigos de papá, tú podrás tocar el piano para ellos». Así que yo, desde pequeña, me veo inmersa en un ambiente donde tengo que tocar el piano para entretener a los amigos de mi padre y donde tengo que hacer pequeñas representaciones de películas que me hace ver mi padre (recuerdo ver Memorias de África con doce años) vestida siempre con atuendos y sombreros hollywoodienses porque a mi madre le encantan los disfraces. Mi madre y yo nos aprendíamos pequeños diálogos de esas películas y los interpretábamos sentadas en el sillón de mimbre que teníamos en la entrada y que daba al salón a través de una puerta que se convertía en nuestro telón particular. Los amigos de mi padre tenían que ver esas representaciones y yo no lo he entendido nunca. No sé lo que pensarían al respecto (Laura ríe). Y así empieza un poco el tema del teatro, del personaje, a la vez que comienzo a estudiar piano.

Un día, me dicen que no viene mi profesor de solfeo y lo sustituye la profesora de canto. Hacemos una actividad de solfeo y se da cuenta de que subo hasta una nota muy alta, algo que no era normal en una niña. A partir de ahí, me dice que tengo que estudiar canto.

Recuerdo que, un par de años antes, cuando estaba en París y vinieron a visitarme mis padres, yo estaba en la habitación haciendo un puzle de un montón de piezas con mi padre, mientras escuchábamos el disco Tutto Pavarotti, que se había puesto de moda para entonces. Debo explicar que mi padre escuchaba muchísima música en casa. Pero, sobre todo, jazz. Tenía una gran colección de música de jazz del bueno. De música clásica, tenía nada más la Sinfonía del Nuevo Mundo y la Petite musique de nuit de Mozart. Yo crecí con la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák, con Tina Turner y con Miles Davis. El caso es que recuerdo ese día en París, haciendo el puzle y escuchando a Pavarotti. Recuerdo que, como bromea Woody Allen con Wagner, a mí, escuchando ese disco de Pavarotti, me entraron ganas de invadir Polonia. Me di cuenta de que me gustaba la ópera, de que ser cantante de ópera significaba viajar por el mundo, libre, sin horarios. Recuerdo que ese día decidí ser cantante de ópera. Tal vez, influyó también el hecho de que el sistema educativo francés se acerca al arte mucho más que el español. Me acuerdo, por ejemplo, que un día vino el padre de un niño de la escuela a cantar un aria de ópera durante las clases y me quedé fascinada. 

Claro que, tuve que esperar hasta los quince años porque, a los once, el aparato laríngeo no está duro. Así que, comencé a estudiar canto a los quince años y, a los diecisiete, di mi primer concierto en el Auditorio de Zaragoza. Y fue impresionante. Tienes que entender que, para una chica, puede ser más impactante que para un hombre. Tienes que entender que a nosotras nos visten de princesas… Canté con motivo del 25 aniversario de la escuela de música J. R. Santa María. A partir de ahí, me tomaron un poquito más en serio y fue todo rodado.

Una proyección meteórica.

Sí. Sin embargo, hubo un impasse porque me puse a estudiar Medicina y la cosa se complicó bastante. Tenía toda la carga lectiva de la carrera, la carga lectiva de piano y la carga lectiva de canto. Puede decirse que ahí hubo un bache, de los dieciocho a los veinticinco, y aparqué un poco el canto. Hay que entender que a mi padre le encantaba darme una formación musical mientras esta se quedara en un hobby. Cuando la música parecía desplazarse a un primer plano, ya no le gustaba tanto. Yo, ahora, echando la vista atrás, lo entiendo. Vivir de la música es muy difícil. Eran momentos muy complicados a la hora de tomar decisiones. Pero tuve claro que en Medicina no se me había perdido nada y dejé la carrera a falta de terminar dos asignaturas para finalizar.

Todo coincidió con la ruptura con mi primer amor. Se casó con otra mujer sin siquiera avisarme y yo decidí romper con todo y me marché a Valencia. Ya tenía el grado medio profesional de canto y, por lo tanto, se había abierto una vía más dentro de la música: el mundo de la docencia. Ya podía impartir clases. En Valencia, continué estudiando en el Conservatorio Superior y comencé a enseñar música para ganarme la vida. Fue un año interesante. Gané el tercer puesto del premio Manuel Ausensi y fui contratada por un semiagente. Salvador Sendra era un señor muy variopinto lleno de energía. Lo vendía todo. Igual hacía contrataciones de pequeños eventos informales para fiestas privadas, que hacía contrataciones musicales o vendía música para grandes eventos. Era capaz de manejar distintos niveles de público y de espectáculo.

Conseguí ganarme la vida bastante bien. Tuve unos años de muchísimo trabajo con él. Me contrató como primera solista y actué para todas las grandes celebraciones: las Fallas, fiestas de las Koplowitz, eventos organizados por Carlos Fabra, fiestas privadas… Fui haciendo unas tablas que no eran habituales en una persona que empieza en un teatro cantando ópera.

A las personas ajenas al mundo de la ópera nos cuesta mucho entender cómo se puede llegar a ser una soprano de fama internacional. Además de tener las cualidades físicas adecuadas, las habilidades musicales, los conocimientos necesarios y trabajar con tu cuerpo toda la vida, supongo que, además, existirá la tensión generacional entre la juventud y la veteranía, presente en las artes escénicas.

En las artes escénicas prima muchas veces la juventud. Cuando los agentes intentan conseguir trabajo para sus representados, los cantantes nos convertimos en productos. Para un agente, no es lo mismo vender un producto de treinta y cinco años o de veinticinco. Pero claro, en el mundo de la ópera, es muy difícil vender un producto de veinticinco años para un primer papel porque, por lo general, una chica de esa edad no aguanta un primer papel. Un primer papel implica un gran esfuerzo físico. Tu voz debe sobrepasar a una orquesta entera. Cada inspiración, cada contracción de abdominales aguantando la anchura de voz adecuada suponen una energía considerable. Hace falta tener una musculatura interior que necesita un tiempo para formarse. Una musculatura interior laríngea y abdominal que, según las publicaciones, no se alcanza normalmente hasta los treinta o treinta y cinco años. Cada cinco años, sueles tener un cambio muscular. Si no estás bien preparado, si no haces bien tus ejercicios diarios, la musculatura se resiente, pierde elasticidad y flexibilidad. Pero, si tú vas haciendo todos tus trabajos y ejercicios puedes mantenerte.

Entonces existe una doble farsa. Se buscan productos jóvenes pero si pones a una chavala de veinticinco años en la Scala de Milán a cantar una Tosca, le harás un flaco favor porque, probablemente, tardará un mes en recuperarse vocalmente. Además, debes estar preparado psicológicamente para saber gestionar la adrenalina que se genera. Pero el dominio corporal necesita un tiempo de maduración. Cuando tú naces con una voz así, de lírica ancha apta para los primeros papeles escritos en el Romanticismo, encontrar el sitio es muy difícil. Dicen que falta gente con talento. El problema es que la industria está confeccionada de tal manera que no llegas arriba a no ser que te lleven de la mano. Y el hecho de que te lleven de la mano, en algunos momentos, implica cosas diferentes al talento.

Por eso, trabajar con Salvador Sendra, tu «semiagente» te permitió crecer profesionalmente sin necesidad de preocuparte por otros temas adyacentes.

En ese momento de mi vida, un personaje como el de Salvador me daba mucha risa. Posteriormente, con el tiempo, se lo he agradecido mucho. Me dio unas tablas desde muy joven que yo no hubiera podido tener de otra manera. Me dio la oportunidad de cantar óperas, al piano al principio y, luego, con orquesta de cámara, donde tú no tienes que hacer tantísimo esfuerzo como cuando tienes que superar a toda una orquesta de cien músicos.

Además, no tenía dirección de escena. La tenía que preparar yo misma. Tenía que hablar con el técnico de luces. Yo tendría unos veintiocho años. Cantábamos con un atrezo casi construido por nosotros. Era tan divertido. Porque, aunque no estábamos en los grandes circuitos, no se trataba de una función del colegio. Desde el comienzo, fuimos un equipo de grandes músicos pero todos los espectáculos tenían las connotaciones de algo muy nuestro. Ante cada problema que aparecía, debíamos acudir a la improvisación y esto te prepara muchísimo.

Y, en un momento dado, das el gran salto.

Cuando terminé mis estudios en Valencia, yo tenía treinta años, ya canté con la Camerata Fiorentina, un grupo de Barroco muy importante que hacía conciertos en Francia; canté repertorio de cámara, también. Eso ya era más serio. José Sempere, que, en su momento, había sido cover de Alfredo Kraus y había desarrollado gran parte de su carrera artística en Francia y en Italia, pasó a ser mi nuevo agente. Comencé a conseguir contratos interesantes. Con La Bohème, que interpreté en numerosas ocasiones, inauguramos, por ejemplo, el Auditorio de Torrevieja. Trabajé en el Palau de la Música. Parecía que llegaba mi momento para despuntar pero, con José Sempere, no encontraba el camino y me vine a Madrid. Fue en la capital donde me dieron mi gran oportunidad.

Comencé a trabajar con Lírica Artists, una productora donde Jorge Rubio, director del Teatro de la Zarzuela durante muchos años, y su mujer eran los managers. Te formabas con él, ensayabas los papeles con él y ellos te introducían en las producciones que iban haciendo. Era una manera de ir de la mano de la productora. Con ellos hice cosas muy importantes porque hice un máster en Escena Lírica con Giancarlo del Monaco, y esta persona fue crucial en mi carrera. Él me conoció, escuchó una escena y me becó el curso completo. Y me llevó a los grandes teatros de Europa, donde tuve la oportunidad de ser cover de las grandes figuras.

Giancarlo era un director acostumbrado a mandar y, tal vez porque yo no le hacía la pelota como hacía la gran mayoría, le caía simpática. Recuerdo que estábamos ensayando Falstaff, una ópera bufa cuyo protagonista es un seductor ya mayor que cree que aún puede seducir, a la vez, a dos mujeres jóvenes casadas. Mi personaje, Alice, una de las dos mujeres, debía servir el té y nos encontramos en el teatro con que no había un juego de té para ensayar la escena. Giancarlo movilizó a todo el mundo para que alguien consiguiera un juego de té. Tardamos un buen rato hasta que conseguimos comenzar. En un momento dado, yo, en vez de pasar por un lado, pasé por el otro. Él se puso a gritar: «¡Esto no puede ser! ¡Esto no puede ser! Porque si pasas por aquí…» En un movimiento brusco tiró todo el juego de té y rompió casi todas las piezas. Todos se quedaron paralizados. Y yo le dije: «Muy bonito. Muy bonito lo que has hecho. Ahora compramos otro juego de té y lo volvemos a romper. Mira esta taza no se ha roto». Y la tiré al suelo con todas mis fuerzas (Laura ríe). Él no estaba acostumbrado a que alguien hiciera algo así y ya pasé a ser su Alice. «A pesarte, Alice», me decía, con afán de revancha. Porque me tenía frita con el tema del peso. Así intentaba hacerme bufa delante de la gente. A mí todo esto me dio mucha vida. Era como una película. Yo era consciente de que estaba con uno de los grandes. Son gente que tiene muchas manías, están muy mal criados porque se les da todo lo que piden. Yo para él era un reto. Gracias a esto pude ser cover de Daniela Dessi, la voz más brillante del siglo XXI.

Descubrí el mundo de los grandes, que es un mundo totalmente diferente. Aprendí mucho. Hasta que llegó un momento en el que tuve que elegir entre marcharme o continuar. Si seguía en esa productora, debía hacer una serie de concesiones personales que no quería hacer. Y me marché. No quería perder lo mejor de mí misma. Y al dejar la productora, todo fue mucho más difícil. Hacía audiciones de las que salía muy contenta y no me cogían en ninguna. Fue la época, también, en que empecé a hacer audiciones en el extranjero.  Estuve a punto de entrar en el Teatro Estatal de Hamburgo como primera solista, pero la plaza vacante no se desocupó finalmente. Hice varias producciones en Stuttgart y en Frankfurt, pero no conseguía un buen agente.

Una amiga mía, flautista, cantante, que también se había quedado sin trabajo, coincidió con Rosa Kraus en el aeropuerto y, al oírla hablar por teléfono, escuchó que necesitaban cantantes y músicos para una producción. Decidió abordarla y se ofreció para uno de los papeles y le dijo que conocía a una soprano, esa era yo, que también buscaba trabajo. Rosa es muy accesible y escuchó a mi amiga. Rosa Kraus me hizo una audición y se convirtió en mi nueva agente. En estos momentos, tengo unos veinticinco papeles en voz, pero nadie me contrata para cantar. Yo sigo haciendo mis pequeñas cosas y, al mismo tiempo, me gusta, cada vez más, compaginar mi trabajo como docente, donde me siento muy a gusto.

Disfrutas trabajando en Valdemoro.

Valdemoro ocupa un lugar muy especial en mi corazón. He pasado por diversos conservatorios y tengo muchos recuerdos de lucha constante. Muchos profesores de música tienen la espinita de no haber podido dedicarse profesionalmente a la interpretación musical. Hay cierto grado de frustración que se convierte en mediocridad. Sin embargo, cuando llegué a Valdemoro, me encontré con un equipo de trabajo fantástico. Es un grupo de trabajo en el que me sentí aceptada desde el primer momento. Y esto me permite hacer mejor mi trabajo. Además, la Escuela de Música de Valdemoro me permite hacer una enseñanza individual. Las escuelas municipales están pecando últimamente de ser excesivamente grupales y de llenar los grupos demasiado. Esto dificulta muchísimo el trabajo de calidad. Para mis compañeros, es importante la enseñanza individual.

Da la casualidad de que la gran mayoría de los profesores tienen un trabajo interpretativo fuera de la escuela y, aparte de la riqueza que eso aporta al centro, ninguno tiene tiempo para criticar a sus compañeros o para meterse en entramados que acaban en malos rollos entre el profesorado. Es la ventaja de tener tu vida llena. Además, esto les permite no solo enseñar música, sino enseñar a los chavales a enfrentarse al público. Nuestros estudiantes salen a tocar fuera de la escuela al menos dos veces al año. Y los profesores también organizamos conciertos para la escuela y para la localidad. Con frecuencia nos inventamos números musicales cómicos.

Y yo vuelvo a mi niñez.

Me traslado al sofá de mimbre donde interpretaba pequeños papeles con mi madre.

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