Entrevista con Irene Laguna y Sandra Romero

Cada entrevista va marcando sus hitos correspondientes. La de hoy no es una excepción. Por un lado, estoy sentado enfrente, no de una, sino de dos personas. Por otro lado, se trata de dos de las más jóvenes a las que hemos entrevistado. Sandra Romero e Irene Laguna tienen ambas diecisiete años y fueron campeonas de España de gimnasia rítmica cuando apenas tenían once. Las dos me reciben con una sonrisa. Estas dos valdemoreñas, tan distintas en tantos aspectos, han labrado una bonita amistad de más de diez años gracias a la gimnasia rítmica.

Irene ha terminado la ESO y está haciendo un grado medio. Sandra está estudiando segundo de bachillerato.

¿Cómo y cuándo decidisteis hacer gimnasia rítmica?

Sandra – Yo lo veía en la tele y quería hacer lo que hacían esas niñas. Me ponía a imitarlas. Siempre estaba por ahí dando volteretas. Mi madre me apuntó a ballet, pero a mí no me gustaba. Un día, me puse a llorar y le dije que, hasta que no me apuntara, no dejaría de llorar. No conocía a nadie en Valdemoro que hiciera gimnasia rítmica y ya con cinco años sabía que quería realizar este deporte. Mi madre, al final, me apuntó.

Irene – Yo fui un día al médico y me dijeron que tenía mucha flexibilidad. Me dijeron que valía para la gimnasia. Un día, mi madre me llevó para que lo probara. A mí no me gustaba. Lloraba y le decía a mi madre que no me gustaba. Ella insistió para que, al menos, viera cómo era. Me dijeron que iba a jugar con el aro y con las cintas y así comenzó todo. Tenía seis años.

Enseguida os pusisteis a competir y a ganar competiciones hasta que en 2010 ganasteis nada menos que el Campeonato de España.

Sandra – Irene iba por individual con cuatro aparatos. Yo hacía, además, equipo con ella. Ella quedó primera en individual con la suma de sus cuatro ejercicios. Y, en la suma de mi ejercicio y el suyo, también quedamos primeras por parejas.

Irene – Fue muy bonito. Nuestra entrenadora nos llevó aparte de todas las demás gimnastas y nos dijo que habíamos ganado. Cuando me dijo que era campeona de España, yo no era consciente de lo que eso significaba. A esa edad, yo aún no había cumplido los once años, a mí me daba igual haber quedado campeona o haber quedado la última. No entendía nada.

Sandra – Cuando nos apartó para darnos las buenas noticias, yo pensé que nos iba a regañar porque habíamos hecho algo malo. Antes de que nos dijera nada, Irene y yo nos mirábamos como diciendo: «¡Pero si no hemos hecho nada malo!» Cuando nos dijo que éramos campeonas de España, no entendíamos las dimensiones de esa victoria. Nosotras íbamos a entrenar porque nos gustaba y porque nos lo pasábamos bien entrenando juntas. No era un hobby porque nos lo tomábamos en serio, entrenábamos muchas horas, pero a nosotras lo que nos gustaba era pasarlo bien juntas.

            Ahora, después de unos años es cuando hemos sabido valorar esa victoria en el Campeonato de España. Con once años, no lo sabes valorar.

Irene – Ahora miramos atrás, y decimos: «Jolín, he quedado campeona de España nada menos.» El año anterior, en el campeonato de España de 2009, yo ya había conseguido una medalla de bronce en la final por aparatos de cuerda. En 2011, conseguimos la medalla de bronce por conjuntos. La medalla de oro es algo superdifícil y nosotras lo conseguimos. Ojalá pudiéramos volver a hacerlo.

¿Cómo conciliáis los entrenamientos con vuestra vida escolar y personal?

Irene – Cuando estaba en sexto de primaria, teníamos el viaje de fin de curso y recuerdo que no pude ir porque teníamos el Campeonato de España. En su momento, me habría gustado ir a ese viaje de fin de curso. Ahora no me arrepiento de no haber podido ir. Fue el año que gané el campeonato.

            Conforme te vas haciendo mayor, es más difícil compaginar los entrenamientos con los estudios, pero, si de verdad te gusta, lo llevas bien.

Sandra – Yo ahora entreno en Torrejón de Ardoz y es muy duro porque tardo mucho en ir. Voy en el tren y luego me va a buscar mi padre. En el instituto no hacen excepciones conmigo. Los exámenes son los días que son y hay que aprender a encontrar el tiempo para poder estudiar. Muchas veces me dicen que no es motivo para faltar a clase el que tengas el Campeonato de España. ¡Cuando yo he estado entrenando cuatro horas diarias para estar allí…! Es muy difícil y, a veces, no lo valoran nada.

            Los entrenamientos son unas cuatro horas, cuatro días a la semana. Casi todos los fines de semana hay, además, campeonatos. En Torrejón, en la actualidad, entreno tres horas y media los lunes, martes, miércoles y viernes.

La gimnasia os ha llevado a viajar por toda España.

Irene – La primera vez que monté en avión no lo hice con mis padres. Lo hice con mi entrenadora. Hemos viajado por todo el país y los campeonatos nos han permitido conocer a muchísimas chicas que hacen lo mismo que nosotras y con las que, todavía hoy, mantenemos buenas amistades.

Sandra – Participamos en nuestro primer Campeonato de España en 2007. Teníamos ocho años.  Éramos unas niñas e íbamos solas con nuestra entrenadora. Desde el primer momento, Irene y yo estábamos juntas en la misma clase de gimnasia y, en los viajes, siempre nos ponían juntas. Veía a Irene más que a mi hermano. En el instituto, en los entrenamientos. Irene es, para mí, como una hermana. Llevo con ella toda la vida. Ha estado conmigo en los peores momentos. Se crean unos lazos muy bonitos.

El trabajo y el sacrificio que habéis realizado es extraordinario. ¿Sois conscientes de que sin el apoyo de vuestros padres no habría sido posible?

Irene – Yo he querido borrarme en muchas ocasiones. Volvía a casa cansada de los entrenamientos. A veces, era muy duro. A veces, era frustrante. Mis padres me decían que eso era normal y yo a veces me enfadaba. Ahora lo entiendo. Ellos sabían que el esfuerzo era necesario. Ahora miro atrás y lo entiendo. Mis padres siempre han estado ahí, apoyándome.

Sandra – Mis padres también. Eso sí, nuestros padres no son los típicos padres superprotectores. Ellos entendían que quien algo quiere algo le cuesta. Que, si algo queríamos, teníamos que trabajar duro. Que nadie nos iba a regalar nada. Y menos, en este deporte. Mis padres siempre me han apoyado hasta en los días de bajón.

¿De qué popularidad goza la gimnasia rítmica en España?

Sandra – En los medios de comunicación, no nos hacen mucho caso. El equipo nacional ha sido subcampeón del mundo, bicampeón anteriormente, y nadie nos ha hecho mucho caso. Nadie sabe nada porque solo vende el fútbol. Pero es un deporte muy popular. Este año, en Guadalajara, se ha celebrado la Copa del Mundo y, a las dos horas de abrir las taquillas, se agotaron todas las entradas. No mueve más porque a los medios no les interesa que mueva. Como solo les gusta a las chicas… Pero también hay chicos y tampoco se les reconoce.

            Además, hay otro campeonato, que se llama Euskalgym, que se celebra en el País Vasco, pero que se celebra a nivel internacional. Vienen las campeonas olímpicas a modo de gala. También hay competición. En ese campeonato, lo mismo: la gente se pega por conseguir entradas. Normalmente tiene lugar en pabellones de quince mil, hasta veinte mil espectadores. Las entradas se agotan siempre. Viene gente de todo el mundo para ver a las mejores del planeta. Esos días son una fiesta para la gimnasia rítmica española. Increíble. Verlo es una gozada. Formar parte de ello, inolvidable.

¿Qué lecciones habéis aprendido para la vida gracias a la gimnasia rítmica?

Irene – A tener tiempo para todo. Para entrenar, para estudiar, para dormir, para disfrutar de la familia y los amigos. Aunque, la vida social se hace con las otras gimnastas que conoces en el equipo y en las competiciones.

Sandra – La gimnasia me ha cambiado para todo. Desde muy pequeña, he aprendido a ser independiente. Yo me hacía las maletas para ir de viaje. Aprendemos compañerismo, deportividad… Es importantísimo acercarte a las ganadoras de una competición y darles la mano y la enhorabuena. Si una compañera del equipo falla, fallamos todas, con lo que hay que animar a tus compañeras constantemente.

            En un Campeonato de España, somos de Valdemoro, pero animamos a todos los equipos de Madrid. Luego, cuando hacemos amigas de otras comunidades autónomas, animamos a otros equipos. No las vemos como nuestras rivales. Las vemos como nuestras compañeras. No puedes desear mal a nadie porque sabes que hacen los mismos esfuerzos que tú.

¿Os ha enseñado la gimnasia rítmica a llevar una dieta equilibrada, a tener el deporte como parte de vuestras vidas, a llevar una vida saludable?

Irene – Nuestra entrenadora nunca nos ha exigido una dieta. Sabe que somos responsables y que no vamos a pasarnos.

Sandra – Aprendes a comer sano. Si no comes bien, es más fácil tener una lesión. Hay que saber comer un poco de todo. Nunca nos han prohibido comer bollos. Durante los campeonatos, nuestra entrenadora nos traía bollos para todas. Hay que saber comer. Nunca hemos tenido problemas con el peso.

Tenéis diecisiete años. ¿Cuándo se acaba vuestra vida en la gimnasia rítmica?

Irene – Yo me retiré tras el Campeonato de España individual de 2015, en Pontevedra. Mi entrenadora pensaba que aún podía seguir, pero yo preferí dejarlo ahí. En 2016, me animaron para que me preparara un ejercicio y lo hice a modo de exhibición. Me acuerdo de que todas mis compañeras, en especial Sandra, me apoyaron muchísimo.

Sandra – Yo me estaba planteando el retirarme este año 2016, tras el Campeonato de España en diciembre. Pero, estoy en muy buena forma para mi edad, y he decidido continuar mientras pueda.

            Empecé en Valdemoro a los cinco años. Éramos un equipo fantástico, pero, poco a poco, de mi edad, he quedado yo nada más. Es por eso que tuve que ir a Torrejón, para formar parte de un equipo. Allí, todo el mundo me ha tratado muy bien. Me han apoyado mucho. He aprendido otra forma de hacer gimnasia. Me lo pensé, porque sabía que los desplazamientos iban a ser largos, pero ha sido la mejor decisión que podía haber tomado. Ahora, me sigo sintiendo muy respaldada por mis entrenadoras y, por eso, quiero seguir otro año e intentar volver al Campeonato de España.

Además, las dos tenéis intención de continuar en la gimnasia rítmica como entrenadoras.

Sandra – De momento, me gustaría seguir participando en los campeonatos como gimnasta. Me gustaría, además, sacarme el título de entrenadora y formar a unas niñas como me han formado a mí. Quiero que otras niñas aprendan todo lo que yo he aprendido. Me encantaría llevar el nombre del club de Valdemoro hasta lo más alto.

Irene – Hemos tenido unas entrenadoras buenísimas, aquí en Valdemoro (Charo Ross, Verónica Faraldos, Beatriz Romero y la profesora de ballet, Marieta Álvarez). Una entrenadora es como una segunda madre. Llevan un montón de tiempo diciéndome que me saque el curso de entrenadora. El verano que viene espero sacarme el curso. Son tres niveles. El primer nivel es el más básico y te vale para dar clases en la escuela. Con ese primer curso, veré cómo se me da antes de seguir con el siguiente porque son cursos muy caros. Si me dejan, sería entrenadora del club de Valdemoro. Si no es posible, intentaría dar clases extraescolares en un colegio. Me encantaría entrenar a niñas junto a Sandra.

Sandra –El primer curso cuesta más de mil euros. Son muy caros. Los cursos los organiza la federación madrileña, pero hay veces que debes hacer los cursos en otros lugares de España. Una gimnasta de aquí de Valdemoro tuvo que hacerlo en Valencia. Intentaremos hacer el primer nivel este verano que viene.

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Irene y Sandra terminan recordando esas noches de hotel en las que participantes de varios equipos se juntaban en la misma habitación y forjaban amistades que llegan hasta hoy en día. Podían meterse hasta veinte niñas en la habitación y jugaban al Party o, cómo no, al Twister…

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Entrevista con Roberto García

 

En 1899 el escritor Joseph Conrad publicó El corazón de las tinieblas (Heart of Darkness), uno de mis libros favoritos. Cuenta la historia de un marinero que debe embarcarse en una travesía a través de un río tropical africano en busca de un enigmático Kurtz, jefe de una explotación de marfil. Conforme se va acercando a su objetivo, el marinero va descubriendo diversos aspectos de Kurtz, algunos que le hacen grande, otros que señalan las sombras del personaje. Un siglo más tarde, en 1979, Francis Ford Coppola llevaba al cine la historia en su película Apocalypse Now, con un Martin Sheen extraordinario y un Marlon Brando en una de sus mejores intervenciones. Coppola cambió el río de lado. Lo puso en Vietnam, en plena guerra con Estados Unidos. De alguna forma, Orson Wells llevó al cine la misma historia en más de la mitad de sus películas. Deslumbraba siempre ese personaje enigmático del que se iban desgajando las múltiples verdades que conformaban su realidad.

Cada mes me siento delante de mi entrevistado durante poco más de una hora. Cada mes es un viaje a lo desconocido. Cambiamos el río tropical por un café con leche y me decido a descubrir la parte soleada del corazón del personaje del mes. En este número, se trata de Roberto García, culturista y entrenador personal, campeón de culturismo (categoría pesada) en el campeonato IFBB de la Comunidad de Madrid en 2005, segundo clasificado de culturismo (categoría semipesada – hasta 100 kilos) en el campeonato de España IFBB de 2008, segundo clasificado en culturismo Men Body 2 en el campeonato nacional de España AEFF en 2013, séptimo clasificado en Men Body 2 en el campeonato mundial Mister Universo, celebrado en Hamburgo en 2013, segundo clasificado en la categoría de mayores de 40 años en el campeonato nacional de España AEFF en noviembre de 2016 y tercer clasificado en el campeonato mundial Mister Universo (categoría de mayores de 40 años), celebrado en Hamburgo el 27 de noviembre de este año. Gracias a todo esto, Roberto García es el culpable de que mi hijo no piense que su padre es el hombre más fuerte del mundo.

Conozco bien a Roberto y me resulta muy fácil llegar a las partes más soleadas de su corazón. Más allá del culturismo y de su faceta como actor, Roberto tiene como objetivo ser una buena persona y me cuenta que se levanta cada mañana con ese único objetivo. A lo largo de la entrevista nos contará que para llegar donde ha llegado ya le tocó atravesar su particular río en tinieblas.

Roberto nació en Cantabria y llegó a Valdemoro en 1998. Entonces era guardia civil. Ahora trabaja en su gimnasio, Máximo esfuerzo, prepara físicamente a opositores, competidores y todo aquel que quiera un entrenamiento personalizado y hace sus pinitos en el mundo de la interpretación y la publicidad.

¿Cómo decidiste dedicarte al culturismo?

Supongo que muchos empezamos de la misma forma. De pequeño, me llamaban la atención los cuerpos musculados. Recuerdo disfrutar viendo películas como Conan el Bárbaro o la saga de Rocky Balboa. Allí se veían cuerpos que no se ven normalmente por la calle. Conforme vas creciendo, te das cuenta de que esos actores han dedicado muchas horas a cultivar su cuerpo haciendo pesas. Te vas informando más sobre ese mundillo, compras revistas, te apuntas a un gimnasio. Yo empecé tarde. No pude apuntarme a un gimnasio hasta que empecé a trabajar. Y, una vez allí, conocí a gente que lucía físicos muy similares a los de las películas. Ves que esos cuerpos se pueden conseguir. A partir de ahí, comienzas a documentarte, empiezas a entrenar un poco más en serio. Conoces a gente que te da consejos, te sacas las titulaciones de entrenador, de alimentación, y vas viendo que es una carrera de larga distancia. Necesita mucha dedicación, pero te reporta, también, grandes resultados. Los cambios no vienen en un día, ni en unas semanas. Se necesitan años. Pero van llegando poco a poco.

En cuanto te entra el gusanillo, es difícil de parar. Vas viendo esos cambios y te propones otras metas. Una vez que estás metido, es muy difícil estar totalmente contento. Siempre se busca una superación diaria. Siempre quieres un poquito más. La experiencia te ayuda a entrenar y a alimentarte mejor. Antes te apetecía comerte un bocadillo y ahora ya no te apetece porque tienes un tipo de alimentación que te funciona bien y estás cómodo con ella. Es un compendio de entrenamientos, alimentación y buen asesoramiento en el gimnasio.

¿En qué situación se encuentra el mundo del culturismo en España?

A partir de los años ochenta, hubo en España muy buenos competidores que ayudaron a que se popularizara el mundo del culturismo en nuestro país. Muchos de ellos siguen en activo. Tenían sus gimnasios. Eran gimnasios normalmente pequeños. Para mí, eran como cuevas llenas de hierros por todos los lados donde podías iniciarte en este mundo. Toda esta gente, que ya había competido, que incluso había conseguido títulos europeos, enseñó a sus alumnos lo que sabían y así se ha ido extendiendo el culturismo por toda España. Todo empezó en las grandes ciudades pero ahora está por todas partes. Creo que el culturismo es, ahora, un deporte de moda. Cada año hay más competidores en cada uno de los campeonatos de España.

Todo el mundo quiere un cuerpo bonito. Una forma de conseguirlo es haciendo pesas. No estoy hablando solamente del culturismo. Se trata de crear un cuerpo a la carta a través de endurecer y tonificar, de hacer fitness. Y el culturismo está pasando por un buen momento en España. Hay grandes competidores, tanto hombres como mujeres. La mujer se ha incorporado muy fuerte en este deporte. Hay varias categorías para ellas y ocupan una porción muy importante de estos campeonatos, llegando a ser mayoría en algunas ocasiones.

Imagino que la situación en Estados Unidos será diferente.

En España tenemos culturistas profesionales. Pero no viven del culturismo. En Estados Unidos, hay culturistas profesionales que viven muy bien de este deporte. Son personas que tienen un poder económico muy alto gracias a que sus seminarios, sus charlas sobre nutrición y sus sesiones de fotos están muy bien pagados. No hay que olvidar que están transmitiendo unos conocimientos adquiridos tras muchos años de aprendizaje.

En España, un culturista puede dar un seminario y sacarse el mismo dinero que ganaría si trabajara un fin de semana de vigilante en una discoteca. Son precios ridículos. No valoramos a los culturistas profesionales como lo hacen en otros países. Es cierto que el nivel de los estadounidenses es muy alto y un culturista español no podría competir con ellos por motivos económicos. Pero sí que es verdad que en España estos deportistas son los mejores y deberían poder vivir del culturismo. Tener una posición económica cómoda para seguir mejorando. Debería haber algún tipo de beca deportiva para ellos.

Háblanos un poco más de los campeonatos.

Para que todos nos entiendan, vamos a diferenciar entre culturismo, que se ocupa fundamentalmente de buscar la máxima musculatura, el máximo desarrollo y la máxima definición, y el fitness, que busca marcar el cuerpo sin buscar tanta musculatura. Prepararse para un campeonato de culturismo o de fitness requiere una inversión económica muy alta. Hace falta mucho dinero para participar en un campeonato. Necesitas todo un año de preparación, hay que comer muy bien y mucha cantidad, tienes que suplementarte bien y los suplementos no son baratos, tienes que pagarte los viajes y el hotel… Estás todo el año trabajando. Y, si ganas, obtienes un trofeo. No hay ninguna compensación económica. Sobre todo, es una satisfacción personal. Te miras al espejo y te dices: «He estado un año sufriendo e invirtiendo dinero pero esto es lo que quería». No te llevas ninguna decepción. Si de verdad te gusta, cada penique está bien invertido. Eso sí, es una pena que hay muchos buenos competidores que dejan los campeonatos porque no se lo pueden seguir permitiendo.

Háblanos de los gimnasios.

Ahora vemos que está de moda abrir macrogimnasios, gimnasios low cost, superficies de hasta siete mil metros cuadrados, que te ofrecen una piscina, que te ofrecen veinte actividades diferentes con clases grupales, te ofrecen una sala de pesas y el precio es la mitad o, incluso, menos que un gimnasio pequeñito de doscientos o trescientos metros enfocado al tema del desarrollo muscular. La diferencia está clara. En una gran superficie, uno busca estar en forma, pasar un rato agradable, charlar… Cuando uno se apunta a un gimnasio, uno busca desarrollar su cuerpo, quiere ver cambios, quiere utilizar bien el tiempo que pasa en el gimnasio y quiere una atención más personalizada. En una gran superficie, con esos precios, no puedes esperar tener un monitor pendiente de ti. Tienen muchos socios y un número limitado de monitores. Con suerte, te dan una hoja con un circuito y tú tienes que buscarte un poco la vida. En mi gimnasio, yo atiendo personalmente a todos los clientes, les pongo dietas personalizadas. No le puedes dar la misma dieta a todos los clientes. Cada uno tiene unas necesidades, unos objetivos. El entrenamiento es diferente para cada persona. Uno debe desarrollar más la pierna, otro debe perder más abdomen. Preferimos tener menos gente y atenderlos bien que tener más gente y dejarlos desatendidos. Obviamente, el negocio nos tiene que dar para vivir, pero, a partir de esa premisa, nos concentramos en la calidad y no en la cantidad. Nosotros nunca nos vamos a hacer ricos. Las grandes superficies se hacen ricas, pero sus clientes se dan cuenta de que no reciben la atención que esperaban.

¿Qué imagen crees que transmiten los culturistas a la sociedad?

Para muchos, la primera imagen del culturista es de una persona bruta, agresiva. Nada más lejos de la realidad. El culturista practica un deporte donde busca un desarrollo físico. Los culturistas son gente sensible. Aunque nos parezca lo contrario. Son gente a los que les gusta ayudar a los demás. Han vivido un compañerismo en el gimnasio que luego sacan al resto de su vida. En el gimnasio hay que estar pendientes del compañero, se dan consejos, se intenta ayudar…

Como el físico del culturista no se ve normalmente en las calles, se puede explotar en la publicidad, da mucho juego en sesiones fotográficas y es un recurso muy socorrido para cierto tipo de películas o series de televisión. Actores guapos de ochenta kilos hay muchos. Actores musculados, sin un gramo de grasa no hay tantos y esto puede abrirte las puertas a ese mundo.

Ya has trabajado para varios anuncios e, incluso, para alguna serie de televisión.

El primer anuncio que hice fue para una marca de coches. Luego hice otro para un gran supermercado. Aparecí en otro de una cerveza que aprovechaba el anuncio para denunciar la violencia machista. Me gustó. Recientemente, volé a Sudáfrica para rodar un anuncio para otra marca de cerveza. Estuvo muy bien: me pagaron el vuelo, una suite en un hotel de cinco estrellas, chófer, intérprete… Este anuncio aún está en producción. Además, tuve la suerte de participar en el último episodio de la primera temporada de Olmos y Robles.

Hemos hablado del Roberto que cultiva su cuerpo. También de tu faceta artística. Sin embargo, nos dejaríamos una parte muy importante si no habláramos de que también cultivas tu espíritu.

Trabajé muy duro para ser guardia civil. Estuve dos años trabajando en una cárcel, dos años en un puesto de patrulla en Valencia y dos años formando parte de un grupo antiterrorista en el País Vasco. Vine a Valdemoro cuando conseguí ingresar en un cuerpo de élite de la Guardia Civil. Me había preparado a fondo para pertenecer a esa unidad especial. A partir de los años 2000-2002 comencé a tener serios problemas con la vista. Eso se fue agravando y en 2007 tuve que dejar de trabajar porque mi vista era de un 20-25%. Así no podía trabajar. La baja médica por la vista me llevó a una baja médica psicológica. Caí en una terrible depresión. Tuve que acudir al psiquiatra, a tomar medicaciones y llegué a ser ingresado en varias ocasiones en centros psiquiátricos.

Cuando estás ingresado, estás altamente medicado y no te puedes centrar pero, en cuanto salía del hospital, comencé a preguntarme muchas cosas. ¿Por qué me estaba pasando todo esto? ¿Por qué, después de lo que he luchado, no puedo conseguir lo que quiero? Buscaba respuestas. ¿Cuál era el sentido de la vida? No podía ser que todo se acabe y que sea tan malo. Cuando comienzas a hacer preguntas, aparecen las respuestas. En el momento en el que peor me encontraba, ingresado y medicado, llegó a mis manos un libro que cambió mi vida. Comencé a aplicar lo que decía ese libro, empecé a reducir la medicación y todo dio un giro de ciento ochenta grados. Ya no le daba tanta importancia al trabajo, o a las cosas materiales. Entendí que todo pasa por algo y lo que me estaba sucediendo estaba ahí para que yo aprendiera de ello. Eso me ayudó a superar todos los problemas laborales y psicológicos que había tenido. Llevo un montón de años sin tomar medicación, soy el tío más feliz del mundo, me conformo con lo mínimo. Agradezco cada día en el que me levanto, intento ayudar a otras personas a darse cuenta de que el mundo no se acaba ante un problema.

A partir de ese libro, he seguido leyendo sobre todo este tema y he hecho grandes amigos dentro de este mundo. Luego decidí comenzar a realizar charlas y reuniones para hablar de todo lo que a mí me ayudó a salir de la depresión y creo que he ayudado a bastante gente. Así, hemos formado un grupo de personas que nos vamos reuniendo periódicamente y va apareciendo gente nueva. Otras veces, la gente viene a hablar conmigo y, simplemente, nos tomamos un café y les ayudó a comenzar a cambiar su vida.

No somos solamente cuerpo. Somos un espíritu inmortal que estamos albergando una apariencia física temporal. Ese espíritu se va reencarnando en otros cuerpos. Para mí el que todo acabe no tiene sentido. Con todo esto, no quiero convencer a nadie. Cada uno puede pensar y creer lo que quiera. Yo solo cuento lo que me ha ayudado a mí. Cada vida que vivimos nos enseña algo. Si en una de esas vidas tengo un reto y no lo supero, en la siguiente vida, ese reto aparecerá de forma muy similar. Hasta que pueda superarlo. Y, entonces, en la siguiente vida, aparecerá otra lección diferente. Se te van poniendo pruebas dependiendo de la fase espiritual en la que te encuentres. Así, hasta que llegamos a la máxima perfección, que yo considero que es el amor incondicional.

En la actualidad, hay más egoísmo que amor. Hay guerras, hay hambre, desigualdades, injusticias, es una especie de infierno. Conforme nos vayamos acercando al amor, el mundo será mejor y, cuando logremos alcanzar ese amor, estaremos en el paraíso. Puede que necesitemos más de diez mil vidas, pero estoy convencido de que todos llegaremos a ese punto de perfección. Por eso, cada día que me levanto, intento dar un paso para adelante en este camino. Intento ayudar a la gente, intento ponerme en la piel del otro.

Estoy convencido de que para ponerte a buscar respuestas, te tiene que pasar algo gordo. El que lo tiene todo, no se plantea estas preguntas. Me tuvo que pasar todo lo que me pasó para que yo ahora pueda ser tan feliz. La gente tiene todo el derecho a pensar que se me ha ido la pinza. Dentro de una, dos o veinte vidas estarán como estoy yo ahora.

Después de todo lo que ha cambiado tu vida, tienes que decirnos cómo se titula ese libro que llegó a tus manos.

Se titula “Las leyes espirituales”, de Vicent Guillem. Es un libro que el propio autor ha colgado en archivo PDF gratuito en Internet. Si la gente lo quiere comprar en papel, puede hacerlo, pero el autor no pretende sacar beneficio por su venta. Tiene un segundo libro que se titula “La ley del amor”.

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Cuando le pregunto a Roberto si quiere añadir algo más, me recuerda que las charlas son los domingos en su gimnasio, aproximadamente una vez al mes. Son totalmente gratuitas. Si alguien está interesado, puede pasarse por el gimnasio para recibir más información o para hablar con él. Me recuerda, además, que el gimnasio lleva varios años siendo un centro solidario. Allí recogen ropa, comida, juguetes… y los redistribuyen  a la gente necesitada.

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Entrevista con Laura Lavilla

 

Creo que he demostrado siempre y explícitamente mi admiración por cada uno de los personajes que he entrevistado para esta sección de La revista de Valdemoro. Espero que todos ellos sean conscientes de que mi admiración es sincera. De todos ellos he aprendido. Con todos ellos he disfrutado durante la entrevista. Todos ellos me han hecho reflexionar sobre una serie de temas vitales importantes para mí. Nos sentamos delante de un café y comienzan a desplegar sus vidas, que yo comienzo inmediatamente a convertir en películas dentro de mi cabeza.

Laura Lavilla, la mujer que hoy tengo delante de mí no es una excepción. Su recorrido vital, su visión del mundo, su pensamiento libre, su amor por la música y su esfuerzo para que la música sea parte de la vida del mayor número de personas despertaron mi admiración desde el día que la conocí. Nacida en Madrid, se crió en Zaragoza, estudió dos años de primaria en París y desarrolló una buena parte de su carrera musical en Valencia, hasta que volvió, de nuevo, a Madrid. De ahí, se trasladó a Valdemoro y, desde 2010, ha trabajado en la Escuela Municipal de Música.

Laura ha interpretado como soprano el papel de Lucrezia Contarini (personaje protagonista de Los dos Foscari, de Verdi) en la Scala de Milán; ha interpretado el personaje de Desdémona (en la ópera de Otelo) junto a José Cura y Lucio Gallo; ha interpretado al personaje de Alice (en la ópera de Falstaff) junto a Renato Bruson; Laura Lavilla ha sido cover (cantante sustituta) de Daniela Dessi en Don Carlo y en Aída; fue becada para trabajar con Mirella Freni en Módena, ha ganado el primer premio de zarzuela en Alcoy y Sanmilírico, el primer premio de voces femeninas en el concurso Aprile Millo en Estados Unidos, fue la ganadora de la ópera estudio en el papel de Suor Angélica en Cataluña…

Conviene, casi siempre, comenzar por el principio.

Regresé de París a Zaragoza cuando tenía once años. A mi padre, que le encantaba que su hija tuviera una educación global, llena de estímulos, se le ocurrió comprar un piano. Mi padre es una de esas personas vitales, a las que les gusta invitar a sus amigos para que vengan a casa todos los fines de semana, organizar fiestas a puerta abierta. Y, cuando compró el piano, me dijo: «Cuando vengan los amigos de papá, tú podrás tocar el piano para ellos». Así que yo, desde pequeña, me veo inmersa en un ambiente donde tengo que tocar el piano para entretener a los amigos de mi padre y donde tengo que hacer pequeñas representaciones de películas que me hace ver mi padre (recuerdo ver Memorias de África con doce años) vestida siempre con atuendos y sombreros hollywoodienses porque a mi madre le encantan los disfraces. Mi madre y yo nos aprendíamos pequeños diálogos de esas películas y los interpretábamos sentadas en el sillón de mimbre que teníamos en la entrada y que daba al salón a través de una puerta que se convertía en nuestro telón particular. Los amigos de mi padre tenían que ver esas representaciones y yo no lo he entendido nunca. No sé lo que pensarían al respecto (Laura ríe). Y así empieza un poco el tema del teatro, del personaje, a la vez que comienzo a estudiar piano.

Un día, me dicen que no viene mi profesor de solfeo y lo sustituye la profesora de canto. Hacemos una actividad de solfeo y se da cuenta de que subo hasta una nota muy alta, algo que no era normal en una niña. A partir de ahí, me dice que tengo que estudiar canto.

Recuerdo que, un par de años antes, cuando estaba en París y vinieron a visitarme mis padres, yo estaba en la habitación haciendo un puzle de un montón de piezas con mi padre, mientras escuchábamos el disco Tutto Pavarotti, que se había puesto de moda para entonces. Debo explicar que mi padre escuchaba muchísima música en casa. Pero, sobre todo, jazz. Tenía una gran colección de música de jazz del bueno. De música clásica, tenía nada más la Sinfonía del Nuevo Mundo y la Petite musique de nuit de Mozart. Yo crecí con la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák, con Tina Turner y con Miles Davis. El caso es que recuerdo ese día en París, haciendo el puzle y escuchando a Pavarotti. Recuerdo que, como bromea Woody Allen con Wagner, a mí, escuchando ese disco de Pavarotti, me entraron ganas de invadir Polonia. Me di cuenta de que me gustaba la ópera, de que ser cantante de ópera significaba viajar por el mundo, libre, sin horarios. Recuerdo que ese día decidí ser cantante de ópera. Tal vez, influyó también el hecho de que el sistema educativo francés se acerca al arte mucho más que el español. Me acuerdo, por ejemplo, que un día vino el padre de un niño de la escuela a cantar un aria de ópera durante las clases y me quedé fascinada. 

Claro que, tuve que esperar hasta los quince años porque, a los once, el aparato laríngeo no está duro. Así que, comencé a estudiar canto a los quince años y, a los diecisiete, di mi primer concierto en el Auditorio de Zaragoza. Y fue impresionante. Tienes que entender que, para una chica, puede ser más impactante que para un hombre. Tienes que entender que a nosotras nos visten de princesas… Canté con motivo del 25 aniversario de la escuela de música J. R. Santa María. A partir de ahí, me tomaron un poquito más en serio y fue todo rodado.

Una proyección meteórica.

Sí. Sin embargo, hubo un impasse porque me puse a estudiar Medicina y la cosa se complicó bastante. Tenía toda la carga lectiva de la carrera, la carga lectiva de piano y la carga lectiva de canto. Puede decirse que ahí hubo un bache, de los dieciocho a los veinticinco, y aparqué un poco el canto. Hay que entender que a mi padre le encantaba darme una formación musical mientras esta se quedara en un hobby. Cuando la música parecía desplazarse a un primer plano, ya no le gustaba tanto. Yo, ahora, echando la vista atrás, lo entiendo. Vivir de la música es muy difícil. Eran momentos muy complicados a la hora de tomar decisiones. Pero tuve claro que en Medicina no se me había perdido nada y dejé la carrera a falta de terminar dos asignaturas para finalizar.

Todo coincidió con la ruptura con mi primer amor. Se casó con otra mujer sin siquiera avisarme y yo decidí romper con todo y me marché a Valencia. Ya tenía el grado medio profesional de canto y, por lo tanto, se había abierto una vía más dentro de la música: el mundo de la docencia. Ya podía impartir clases. En Valencia, continué estudiando en el Conservatorio Superior y comencé a enseñar música para ganarme la vida. Fue un año interesante. Gané el tercer puesto del premio Manuel Ausensi y fui contratada por un semiagente. Salvador Sendra era un señor muy variopinto lleno de energía. Lo vendía todo. Igual hacía contrataciones de pequeños eventos informales para fiestas privadas, que hacía contrataciones musicales o vendía música para grandes eventos. Era capaz de manejar distintos niveles de público y de espectáculo.

Conseguí ganarme la vida bastante bien. Tuve unos años de muchísimo trabajo con él. Me contrató como primera solista y actué para todas las grandes celebraciones: las Fallas, fiestas de las Koplowitz, eventos organizados por Carlos Fabra, fiestas privadas… Fui haciendo unas tablas que no eran habituales en una persona que empieza en un teatro cantando ópera.

A las personas ajenas al mundo de la ópera nos cuesta mucho entender cómo se puede llegar a ser una soprano de fama internacional. Además de tener las cualidades físicas adecuadas, las habilidades musicales, los conocimientos necesarios y trabajar con tu cuerpo toda la vida, supongo que, además, existirá la tensión generacional entre la juventud y la veteranía, presente en las artes escénicas.

En las artes escénicas prima muchas veces la juventud. Cuando los agentes intentan conseguir trabajo para sus representados, los cantantes nos convertimos en productos. Para un agente, no es lo mismo vender un producto de treinta y cinco años o de veinticinco. Pero claro, en el mundo de la ópera, es muy difícil vender un producto de veinticinco años para un primer papel porque, por lo general, una chica de esa edad no aguanta un primer papel. Un primer papel implica un gran esfuerzo físico. Tu voz debe sobrepasar a una orquesta entera. Cada inspiración, cada contracción de abdominales aguantando la anchura de voz adecuada suponen una energía considerable. Hace falta tener una musculatura interior que necesita un tiempo para formarse. Una musculatura interior laríngea y abdominal que, según las publicaciones, no se alcanza normalmente hasta los treinta o treinta y cinco años. Cada cinco años, sueles tener un cambio muscular. Si no estás bien preparado, si no haces bien tus ejercicios diarios, la musculatura se resiente, pierde elasticidad y flexibilidad. Pero, si tú vas haciendo todos tus trabajos y ejercicios puedes mantenerte.

Entonces existe una doble farsa. Se buscan productos jóvenes pero si pones a una chavala de veinticinco años en la Scala de Milán a cantar una Tosca, le harás un flaco favor porque, probablemente, tardará un mes en recuperarse vocalmente. Además, debes estar preparado psicológicamente para saber gestionar la adrenalina que se genera. Pero el dominio corporal necesita un tiempo de maduración. Cuando tú naces con una voz así, de lírica ancha apta para los primeros papeles escritos en el Romanticismo, encontrar el sitio es muy difícil. Dicen que falta gente con talento. El problema es que la industria está confeccionada de tal manera que no llegas arriba a no ser que te lleven de la mano. Y el hecho de que te lleven de la mano, en algunos momentos, implica cosas diferentes al talento.

Por eso, trabajar con Salvador Sendra, tu «semiagente» te permitió crecer profesionalmente sin necesidad de preocuparte por otros temas adyacentes.

En ese momento de mi vida, un personaje como el de Salvador me daba mucha risa. Posteriormente, con el tiempo, se lo he agradecido mucho. Me dio unas tablas desde muy joven que yo no hubiera podido tener de otra manera. Me dio la oportunidad de cantar óperas, al piano al principio y, luego, con orquesta de cámara, donde tú no tienes que hacer tantísimo esfuerzo como cuando tienes que superar a toda una orquesta de cien músicos.

Además, no tenía dirección de escena. La tenía que preparar yo misma. Tenía que hablar con el técnico de luces. Yo tendría unos veintiocho años. Cantábamos con un atrezo casi construido por nosotros. Era tan divertido. Porque, aunque no estábamos en los grandes circuitos, no se trataba de una función del colegio. Desde el comienzo, fuimos un equipo de grandes músicos pero todos los espectáculos tenían las connotaciones de algo muy nuestro. Ante cada problema que aparecía, debíamos acudir a la improvisación y esto te prepara muchísimo.

Y, en un momento dado, das el gran salto.

Cuando terminé mis estudios en Valencia, yo tenía treinta años, ya canté con la Camerata Fiorentina, un grupo de Barroco muy importante que hacía conciertos en Francia; canté repertorio de cámara, también. Eso ya era más serio. José Sempere, que, en su momento, había sido cover de Alfredo Kraus y había desarrollado gran parte de su carrera artística en Francia y en Italia, pasó a ser mi nuevo agente. Comencé a conseguir contratos interesantes. Con La Bohème, que interpreté en numerosas ocasiones, inauguramos, por ejemplo, el Auditorio de Torrevieja. Trabajé en el Palau de la Música. Parecía que llegaba mi momento para despuntar pero, con José Sempere, no encontraba el camino y me vine a Madrid. Fue en la capital donde me dieron mi gran oportunidad.

Comencé a trabajar con Lírica Artists, una productora donde Jorge Rubio, director del Teatro de la Zarzuela durante muchos años, y su mujer eran los managers. Te formabas con él, ensayabas los papeles con él y ellos te introducían en las producciones que iban haciendo. Era una manera de ir de la mano de la productora. Con ellos hice cosas muy importantes porque hice un máster en Escena Lírica con Giancarlo del Monaco, y esta persona fue crucial en mi carrera. Él me conoció, escuchó una escena y me becó el curso completo. Y me llevó a los grandes teatros de Europa, donde tuve la oportunidad de ser cover de las grandes figuras.

Giancarlo era un director acostumbrado a mandar y, tal vez porque yo no le hacía la pelota como hacía la gran mayoría, le caía simpática. Recuerdo que estábamos ensayando Falstaff, una ópera bufa cuyo protagonista es un seductor ya mayor que cree que aún puede seducir, a la vez, a dos mujeres jóvenes casadas. Mi personaje, Alice, una de las dos mujeres, debía servir el té y nos encontramos en el teatro con que no había un juego de té para ensayar la escena. Giancarlo movilizó a todo el mundo para que alguien consiguiera un juego de té. Tardamos un buen rato hasta que conseguimos comenzar. En un momento dado, yo, en vez de pasar por un lado, pasé por el otro. Él se puso a gritar: «¡Esto no puede ser! ¡Esto no puede ser! Porque si pasas por aquí…» En un movimiento brusco tiró todo el juego de té y rompió casi todas las piezas. Todos se quedaron paralizados. Y yo le dije: «Muy bonito. Muy bonito lo que has hecho. Ahora compramos otro juego de té y lo volvemos a romper. Mira esta taza no se ha roto». Y la tiré al suelo con todas mis fuerzas (Laura ríe). Él no estaba acostumbrado a que alguien hiciera algo así y ya pasé a ser su Alice. «A pesarte, Alice», me decía, con afán de revancha. Porque me tenía frita con el tema del peso. Así intentaba hacerme bufa delante de la gente. A mí todo esto me dio mucha vida. Era como una película. Yo era consciente de que estaba con uno de los grandes. Son gente que tiene muchas manías, están muy mal criados porque se les da todo lo que piden. Yo para él era un reto. Gracias a esto pude ser cover de Daniela Dessi, la voz más brillante del siglo XXI.

Descubrí el mundo de los grandes, que es un mundo totalmente diferente. Aprendí mucho. Hasta que llegó un momento en el que tuve que elegir entre marcharme o continuar. Si seguía en esa productora, debía hacer una serie de concesiones personales que no quería hacer. Y me marché. No quería perder lo mejor de mí misma. Y al dejar la productora, todo fue mucho más difícil. Hacía audiciones de las que salía muy contenta y no me cogían en ninguna. Fue la época, también, en que empecé a hacer audiciones en el extranjero.  Estuve a punto de entrar en el Teatro Estatal de Hamburgo como primera solista, pero la plaza vacante no se desocupó finalmente. Hice varias producciones en Stuttgart y en Frankfurt, pero no conseguía un buen agente.

Una amiga mía, flautista, cantante, que también se había quedado sin trabajo, coincidió con Rosa Kraus en el aeropuerto y, al oírla hablar por teléfono, escuchó que necesitaban cantantes y músicos para una producción. Decidió abordarla y se ofreció para uno de los papeles y le dijo que conocía a una soprano, esa era yo, que también buscaba trabajo. Rosa es muy accesible y escuchó a mi amiga. Rosa Kraus me hizo una audición y se convirtió en mi nueva agente. En estos momentos, tengo unos veinticinco papeles en voz, pero nadie me contrata para cantar. Yo sigo haciendo mis pequeñas cosas y, al mismo tiempo, me gusta, cada vez más, compaginar mi trabajo como docente, donde me siento muy a gusto.

Disfrutas trabajando en Valdemoro.

Valdemoro ocupa un lugar muy especial en mi corazón. He pasado por diversos conservatorios y tengo muchos recuerdos de lucha constante. Muchos profesores de música tienen la espinita de no haber podido dedicarse profesionalmente a la interpretación musical. Hay cierto grado de frustración que se convierte en mediocridad. Sin embargo, cuando llegué a Valdemoro, me encontré con un equipo de trabajo fantástico. Es un grupo de trabajo en el que me sentí aceptada desde el primer momento. Y esto me permite hacer mejor mi trabajo. Además, la Escuela de Música de Valdemoro me permite hacer una enseñanza individual. Las escuelas municipales están pecando últimamente de ser excesivamente grupales y de llenar los grupos demasiado. Esto dificulta muchísimo el trabajo de calidad. Para mis compañeros, es importante la enseñanza individual.

Da la casualidad de que la gran mayoría de los profesores tienen un trabajo interpretativo fuera de la escuela y, aparte de la riqueza que eso aporta al centro, ninguno tiene tiempo para criticar a sus compañeros o para meterse en entramados que acaban en malos rollos entre el profesorado. Es la ventaja de tener tu vida llena. Además, esto les permite no solo enseñar música, sino enseñar a los chavales a enfrentarse al público. Nuestros estudiantes salen a tocar fuera de la escuela al menos dos veces al año. Y los profesores también organizamos conciertos para la escuela y para la localidad. Con frecuencia nos inventamos números musicales cómicos.

Y yo vuelvo a mi niñez.

Me traslado al sofá de mimbre donde interpretaba pequeños papeles con mi madre.

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Naufragios

La gran desventaja de un náufrago es que puede decir en voz alta lo primero que se le viene a la cabeza. Se le viene a la cabeza y se le va la cabeza. Mientras tanto, en el otro extremo de la isla, el barco, encallado cerca de la orilla, continúa su particular y minucioso hundimiento y las provisiones suben a flote desperdigándose por el océano. Pacíficas por el océano Pacífico. Intento seguir la línea argumental de la tragedia que nos traemos entre manos mientras mi cabeza no deja de sacar chistes malos de, cómo no, una chistera de mago viejo.

Todo va de lo mismo, por decirlo de algún modo.

La poesía sublima al lenguaje en un acto en el que el gas se vuelve sólido a base de seguir creyendo. Creyendo en que las hadas navegarán a nuestro lado hasta el momento de su desaparición. Creyendo en una vieja suma de dos más dos. Creyendo en la gravedad de las cosas.

Todo cae.

Todo cae.

Todo cae.

Corremos descalzos por el filo de esa cuchilla de afeitar hasta que nos damos cuenta de que no es más que la carretera que todos llevamos dentro.

Vayamos, pues, un lunes a la noche, a la próxima reunión de náufragos anónimos y digamos, delante de todos y en voz alta, me llamo fulanito de tal y soy un náufrago.

Soy un náufrago.

Soy un náufrago.

Soy un náufrago.

Y el último mensaje metido en una botella partió hacia su destino horas antes de mi llegada a la isla.

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Change – Hope – Uniqueness

If you assume that there is no hope, you guarantee that there will be no hope. If you assume that there is an instinct for freedom, that there are opportunities to change things, then there is a possibility that you can contribute to making a better world.

Si asumes que no hay esperanza, garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que hay un instinto de libertad, que hay oportunidades para cambiar las cosas, entonces hay una posibilidad de que contribuyas a hacer un mundo mejor.

Noam Chomsky

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Entrevista con Ronnie Romero

Imagínense el mundo como un enorme puzle de innumerables piezas dispuesto sobre una superficie casi infinita. En ese mundo que yo concibo, hay un sitio para cada uno de nosotros. Un sitio en el que cada uno de nosotros se siente bien, encuentra su lugar, encuentra su razón de ser y hasta de existir. Un sitio en el que brillamos más que en cualquier otro lugar. Un sitio en el que encajamos a la perfección con las otras piezas del puzle que se colocan a nuestro alrededor. Un hermoso emplazamiento dentro de ese enorme rompecabezas donde nuestra única misión es insertarnos sin fricción y sin fisuras. Algunos pensarán que nos estamos adentrando en el mundo de la magia.

A la aldea global conectada a través de las nuevas tecnologías debemos agradecerle muchas ventajas. Gracias al campo virtual que proyecta sobre una pantalla, nos puede ayudar a encontrar, más fácilmente, las coordenadas de nuestro lugar en el puzzle. Este fue el caso de Ronnie Romero al que Facebook, Youtube y Twitter le han ayudado a encontrar su lugar en el mundo. Viviendo en su Chile natal, conoció a Emilia, una chica de Madrid, gracias a Facebook. Conectaron. Emi viajó a Santiago de Chile y, tras un tiempo, decidieron venir a España y vivir en Valdemoro. Ronnie Romero recuerda la fecha exacta de su llegada a nuestra localidad: 2 de mayo de 2009.

¿Qué te pareció Valdemoro a tu llegada?

Vivir en el centro de Madrid tiene sus ventajas, teniendo todo tan cerca, pero a mí me gustan las localidades tranquilas, como Valdemoro. Me recuerda a mi ciudad natal, Talagante, también al sur de la capital de Chile, a unos 35 kilómetros, y con una población similar a la de Valdemoro, unos 65000 habitantes. Son dos ciudades, Valdemoro y Talagante, bien conectadas con la capital. Desde que llegué aquí me encontré supercómodo porque, físicamente, las dos ciudades se parecen mucho y porque la forma de comportarse de los españoles y de los chilenos es muy similar. En Valdemoro, me han tratado siempre muy bien desde mi llegada.

¿Cuándo empiezas a cantar?

Yo empecé muy pequeñito, vengo de una familia con tradición musical. Mi abuelo tenía una big band, que ya no se ven mucho. Él era saxofonista. Bueno, más bien, era multiinstrumentista pero en la orquesta tocaba el saxofón. Mi padre era el cantante. Por otro lado, mi madre cantaba y tocaba la guitarra también… Mi hermano mayor tocaba la batería. Crecí, pues, rodeado de todos esos instrumentos por casa, en mi habitación… Mis padres eran cristianos evangélicos y la música es importante en las ceremonias religiosas. Yo empecé a cantar en la iglesia, con 6 o 7 años.

¿Aprendiste a tocar alguno de esos instrumentos?

Los tocaba todos un poquito. A la hora de componer, siempre viene bien saber para apoyarte en un instrumento, pero nunca me especialicé en ninguno porque, desde el primer momento, me concentré en cantar. Recuerdo con cariño la flauta travesera que me regaló mi abuelo. Fue, tal vez, el instrumento que más trabajé.

¿Cuándo formas tu primera banda?

Creo que tenía unos 14 años. A mi mejor amigo del colegio le dio por aprender a tocar la guitarra. Y resulta que su padre era un gran aficionado del rock clásico. Cada vez que íbamos a casa de mi amigo, su padre nos venía con una canción, con un álbum o con un grupo para que los escucháramos. «Escuchad esto», nos decía. Así conocimos Kansas, Pink Floyd, Toto, Journey… Deep Purple, por su puesto, Rainbow, las bandas clásicas de los setenta y de los ochenta. Recuerdo que escuchábamos mucho a Barón Rojo.

Cuando mi amigo comenzó a tocar la guitarra, nos pusimos a tocar canciones de esos grupos para probar. Comenzamos a hacer versiones de los Whitesnake, por ejemplo. Dio la casualidad de que su hermano tocaba la batería y su primo, el bajo. Así que nos pusimos a ensayar y tocar canciones de Jimi Hendrix, Led Zeppelin… Poco después, se unió otro compañero del cole, que también tocaba la guitarra y recuerdo que llegamos a tocar en un auditorio delante de más de quinientas personas. Creo que nos llamábamos Barracuda. Luego nos llegamos a llamar Bucéfalo. Nombres sonoros para una banda, pero que, con el tiempo y gracias a Internet, descubrimos que otros grupos habían elegido antes que nosotros.

Veo que la música siempre ha formado parte de tu vida.

Sí, pero, hasta que llegué a España, la música era algo secundario para mí, una buena excusa para juntarme con los amigos los fines de semana. A lo mejor conseguíamos un bolo para tocar toda la noche en un sitio y nos pagaban 20 o 30 euros, o nos pagaban las cervezas… Con 17, 18 y 19 años, nos creíamos verdaderas estrellas del rock: tocábamos en garitos de mala muerte y nos pagaban las cervezas por tocar. La gente aplaudía y estaba bien.

Pero la familia no te deja continuar. La familia no te dice: «Sí, sí, tú dedícate a la música rock y sigue haciendo conciertos como los que haces». No, la familia sabe que no vas a poder vivir de eso. Así que me puse a estudiar Ingeniería Forestal y luego me puse a trabajar. Hice de todo menos trabajos relacionados con mi ingeniería… Trabajé cortando el césped, trabajé en una carnicería, acarreando carretillas de arena en una obra, en lo que fuera… Tenía 22 años, tenía un hijo y había que buscarse la vida. Empiezas a abandonar el mundo de la música porque vas dejando de tener tiempo para ese hobby. Nos conformábamos con poder juntarnos en el local un fin de semana y ensayar un par de temas.

Cuando llegas a España, ¿tenías la intención de dedicarte a la música?

Para nada. Llegué aquí para buscarme la vida. En Chile, tenía un buen trabajo pero me vine aquí para estar con Emi. Me traje unos ahorros pero vine a trabajar de lo que saliera. Trabajé de comercial, pintando pisos y de un montón de cosas más.

Yo seguía haciendo algo de música los fines de semana pero nada serio. Gracias a los vídeos que colgaba en Youtube, empezaron a ponerse en contacto conmigo para cantar de forma más profesional. Aunque estuve poco tiempo trabajando con él, uno de los primeros que me llamó para trabajar fue Jero Ramiro, que ha tocado con Saratoga, Ñu y Santa.

Y, de repente, te encuentras trabajando con Armando de Castro, el mítico guitarrista de Barón Rojo.

Se nos ocurrió formar una banda tributo al grupo Rainbow, hacer conciertos con sus canciones y ganarnos un dinero. Yo llamé al baterista de mi grupo, Lords of Black, y un día nos dicen: «ya tenemos un guitarra». Recuerdo ese día perfectamente. Quedamos en el local de ensayo y cuando llegué me encontré allí con Armando de Castro. Cuando era niño yo solo escuchaba dos bandas en español: Barón Rojo, de España y Rata Blanca, un grupo de Argentina. A nosotros, de jóvenes, escuchar rock en español se nos hacía siempre muy raro pero Barón Rojo era especial. Recuerdo que el primer disco que me compré con mi dinero fue el Volumen Brutal de Barón Rojo.

Así que llego al local de ensayo y me encuentro con uno de mis ídolos. Y tuve la suerte de trabajar con él en esta banda tributo a Rainbow durante dos años. Armando lo hacía genial porque tiene un sonido muy Ritchie Blackmore. Iniciamos este proyecto tributo, que se llamaba Rising, y tocamos en festivales importantes, en diversas salas en Madrid. A la gente le gustaba mucho. Decían que mi voz se parecía mucho a la de Ronnie James Dio. Creo que teníamos un sonido bastante fiel a los Rainbow de los primeros años. Hasta que me llamó Ritchie…

Tuve que decirles que ya no podía cantar con ellos en los próximos conciertos previstos con la banda, pero no podía decirles el porqué.

Cuéntanos cómo se puso en contacto contigo el mismísimo Ritchie Blackmore, legendario guitarrista de Deep Purple y el creador de la banda Rainbow.

Eran las ocho y media de la mañana y estaba haciendo unas prácticas en la Concejalía de Juventud, aquí en Valdemoro. Tenía mi teléfono móvil a un lado. De repente, me llega una notificación de Twitter. Dice: «Candice Knight te sigue en Twitter». A mí ya me sonaba el nombre. Miré su perfil y vi que, efectivamente, era la mujer de Ritchie Blackmore. Pensé que sería otra persona con una cuenta falsa o algo así. Y, a los cinco minutos, me llega un mensaje privado de ella. «Hola, soy Candice Knight, la mujer de Ritchie Blackmore. ¿Sabes quién es? Hemos estado viendo vídeos tuyos en YouTube interpretando canciones de Rainbow y estamos bastante impresionados. Ritchie se pondrá en contacto en un ratito. Le gustaría hablar contigo».

Recuerdo que lo primero que hice fue llamar a Emilia y miré a mi alrededor. Yo creía que todo era una broma y que me estaban filmando para un programa de televisión o algo así. Me puse a buscar para ver si veía alguna cámara escondida.

Esto fue en mayo de 2015.

Sí. Al rato, me escribió un mensaje Ritchie Blackmore. Candice me ha venido a contar que Ritchie ya casi había abandonado la idea de continuar el proyecto Rainbow pues no encontraban el cantante idóneo. Pero ella siguió buscando por ahí hasta que dio con los vídeos que yo tenía colgados en YouTube. Era un proyecto muy especial tanto para Ritchie como para Candice. Así que Ritchie se puso en contacto conmigo en mayo y me invitaron a cenar juntos en junio.

¿Dónde queda a cenar Ritchie Blackmore para una situación como esta?

Fue gracioso. Me dijo que nos debíamos conocer en Munich, en Alemania. Yo no había estado nunca allí, con lo que miré en Internet lugares que visitar, ya que iba a estar allí unos días. Llegué al aeropuerto y me vinieron a recoger en una furgoneta. Nos alejamos de Munich, una hora y media o así. Todo esto con desconocidos, sin ningún rastro de Ritchie. Me llevaron a un sitio perdido entre las montañas hasta que llegamos a un castillo del siglo XV, reconvertido ahora en un hotel.

Yo me bajé de la furgoneta como un niño que va por primera vez al cole. Ilusionado. Nervioso. Hasta ese momento, todo podía ser todavía una broma. Y justo en ese momento, escucho un silbido. Miro arriba y, en la ventana de una de las torres, veo a Ritchie Blackmore. «Vale, es él», me dije, «de momento, vamos bien». Me llevaron a mi habitación y, enseguida, él tocó en la puerta y se presentó. Golpeó la puerta, yo la abrí y recuerdo que lo primero que me dijo fue «lo conseguiste». Me presentó a la mujer, a la suegra, a los hijos, a toda la familia que andaba por allí. A la media hora, quedamos abajo para cenar. Durante la cena me contó sus planes con respecto a Rainbow.

Nada más cenar, subimos a la habitación para tocar algunos temas. Eso fue bastante estresante para mí. Iba a cantar unas canciones compuestas por Ritchie Blackmore y tocadas a la guitarra por él mismo. No podía permitirme el lujo de equivocarme o de inventarme la letra. No podía equivocarme en la estructura de la canción porque él conoce sus canciones mejor que nadie. Y, de repente, comienza tocando el Perfect Strangers de Deep Purple. Y yo me quedo un poco confundido. Y, educadamente, le digo: «Creo que ese no es el tono de esa canción. En el disco está grabado en otra tonalidad». Y él se quedó también extrañado. Me miró y me dijo: « ¿En qué tonalidad está grabada?» La comencé a cantar como yo creía y él enseguida se enganchó y ya quedó estupenda. Al final me dice: «Es que llevo mucho tiempo sin tocar esta canción…»

Tal vez te estaba probando…

Puede ser. Tocamos unas cinco canciones juntos. Hicimos The Man on the Silver Mountain, I Surrender y alguna más. Y luego hicimos un par de temas de Queen. Me dijo que le gustaba mucho Queen y que mi voz le recordaba mucho a Freddie Mercury. Recuerdo que tocamos Who Wants to Live Forever.

Hicimos las canciones sentados al lado de una mesa, él con la guitarra y yo cantando. Candice, su mujer, estaba sentada junto a la ventana, mirando al exterior pero escuchando nuestras canciones. Ritchie me dio el OK. Se volvió hacia Candice y le preguntó su opinión. Ella sonrió y levantó el dedo pulgar. Ritchie se volvió hacia mí de nuevo y dijo: «Si ella sonríe, todo está correcto». Me dijo que su suegra, que es también su manager, se pondría en contacto conmigo y me mandaría el contrato para que lo firmara. Desde entonces, la comunicación con ellos ha sido fantástica. Son gente muy cariñosa, muy atenta y me han ido informando de todo constantemente.

Aún así, fueron unos meses difíciles. Desde junio hasta noviembre de 2015, tuve que aguantar sin decir nada hasta que se publicó oficialmente la noticia.

¿Cómo ensayasteis para los conciertos?

Hicimos dos rondas de ensayos en Nueva York, que es donde vive él. Una ronda en noviembre y otra en abril. No hizo falta ensayar mucho porque todos los músicos estaban muy bien preparados. Él iba pensando cambios y nosotros intentábamos seguirle. Incluso, durante los conciertos, proponía cambios en canciones.

Habrás aprendido mucho

Muchísimo. He aprendido del mejor, para mí. No solamente en el apartado musical. También he aprendido cómo se lleva el negocio, cómo se puede trabajar a un alto nivel profesional. Yo he ido apuntando todo.

Háblanos de los conciertos en los que has participado como nuevo cantante de Rainbow.

Han sido tres conciertos. Han sido dos en Alemania, como parte de dos festivales de rock en ese país. El tercer concierto ha sido en Birmingham, en Inglaterra. Este último éramos solo nosotros. Para este concierto, se agotaron las entradas a las dos o tres horas de haberse puesto a la venta. Habría unos 18000 espectadores. Rainbow no tocaba en su tierra desde hacía veinticinco años. En los bises, Ritchie se puso a tocar un tema, Burn, de los Deep Purple, que no habíamos ensayado, que formaba del repertorio previsto pero que, por una razón o por otra, no habíamos ensayado. Salió todo muy bien.

Estoy seguro de que haber formado parte del grupo Rainbow ha sido un verdadero regalo, recompensa a todos tus años de trabajo. Sin embargo, tu actual carrera profesional está centrada en tu grupo Lords of Black.

Formamos el grupo en 2013. Me llamó Tony Hernando, que había salido de Saratoga y tenía un proyecto para una banda nueva. Conectamos muy bien desde el comienzo. Grabamos un disco y fue muy bien recibido. Por gente de fuera, sobre todo, porque hacemos heavy, power metal en inglés. Nos sigue mucha gente en Alemania, Rusia, Gran Bretaña. Y, desde ese momento, creí que nos podíamos dedicar a esto.

Además, cuando sale la noticia de que voy a cantar con Rainbow, todas las miradas se centran en mí y en la banda Lords of Black, de la que soy cantante. Eso nos ha dado mucha popularidad. El sello discográfico italiano Frontiers Records se puso en contacto con nosotros y nos ofreció grabar un disco. Nos empezaron a llamar para tocar en todos los sitios. Tocamos en varios festivales por Europa. En octubre nos vamos a Japón.

Ha sido todo tan rápido.

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       La minigira con Rainbow por Europa fue muy bien y podría haber más conciertos en un futuro no muy lejano. Lords of Black y su cantante Ronnie Romero leerán esta entrevista desde Japón. Emilia, Ronnie y yo nos hemos conocido alrededor de una comida india cocinada en Valdemoro. Me da la sensación de que esta nueva aldea global va a permitir que muchos valdemoreños encuentren su lugar en el mundo en distintos rincones del planeta y me da la sensación, también, de que valdemoreños nacidos en otros lugares de esta pelota que gira alrededor del sol van a llegar a nuestra localidad buscando encajar en esta particular sección del puzle humano.

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Entrevista con Riki Rivera

Ten deseos y provocarás casualidades. No te preocupes que, si veo que me pierdo, me guiaré por la curva de tu espalda. Hay personas que se arreglan demasiado para salir y usan maquillaje hasta en las promesas. No se unieron bien y acabaron echándole la culpa a la distancia. Se cortó las venas y lo manchó todo de cafés a escondidas, hoteles sin nombre y sexo sentido (microsuceso). ¡Necesito las gafas de verte venir! El jardinero le dijo al poeta: “No pongas dos flores distintas en una misma maceta.” Cocino mis pensamientos a fuego lento para que la casa huela a locura con fundamento.

Estas son algunos de los mensajes publicados por Riki Rivera en su página de Facebook. Leyéndolas, uno se da cuenta de que las canciones de este guitarrista, compositor y productor musical no se van a quedar solo en la forma. Uno se da cuenta de que sus melodías, de las más sencillas a las más complejas, van a tener cierta carga de profundidad vital. Uno se da cuenta de que cada uno de sus temas ha sido, como él bien explica, cocinado a fuego lento. La Academia del Cine ya se dio cuenta de su talento cuando, en 2015, le concedió una estatuilla de los Goya gracias a Niño sin miedo, la canción original de la película El niño, premio que recibió en compañía de sus compañeros de creación India Martínez y David Santisteban.

Riki Rivera nació en Cádiz y vive en Valdemoro desde 2012. Le gusta vivir aquí. Valdemoro tiene, para él, mucha luz, es una ciudad abierta, con el carácter, la sencillez y la tranquilidad de los pueblos antiguos y, a la vez, la cercanía a Madrid.

¿Cómo empieza tu afición por la música? ¿Es clave el lugar donde naces para que tú te dediques a la música?

En mi caso es fundamental. El lugar donde nací y la familia en la que crecí se convirtieron en un círculo musical que es como la banda sonora de mi infancia. Hay música en las calles, hay música en los vecindarios, hay música en la familia. Me acuerdo de algo muy curioso que me gusta contar. Mis abuelos eran muy aficionados a la música. No sabían ni tocar las palmas y, sin embargo, les encantaba la música. Podíamos estar comiendo y estaba la tele puesta. Era una familia muy televisiva. Cuando llegaban los anuncios, recuerdo que había un anuncio de electrodomésticos, por ejemplo, que tenía el Bolero de Ravel. Y entonces mi abuela decía “¡Chissst, callad!” y nos obligaba a escuchar esos 30 segundos de música. Y movía la mano, como llevando el compás, como ilustrándonos. Y mi abuelo hacía lo mismo. Era un aficionado a las canciones de la época. Las cantaba. Y era un gran aficionado de las letras. Se aprendía las letras de memoria. Les daba mucha importancia. Nos cantaba canciones de Nino Bravo, de Raphael… y eso se te queda. Eso se imprime en tu memoria.

La segunda etapa de mi formación musical como niño empieza con 6 o 7 años. Mi hermana cantaba copla. Mi hermana tiene 4 años más que yo y empezó cantando copla. Cantaba muy bien y mi madre la llevaba a los concursos. Y así empieza en mi casa la época copla. Tú estás jugando pero, sin darte cuenta, está Madrina, está Cinco farolas, está Capote de grana y oro… En bucle. Una y otra vez. Cantábamos esas canciones en casa como si fuera una cosa normal (Riki sonríe). Y yo me di cuenta de que también se me quedaban los arreglos de esas canciones. A mí me gustaba oír los arreglos. Me apasionaba. En casa dábamos tanta importancia a los textos como a la música. Y la copla para eso es muy grande. Inmensa. La copla es un universo poético, profundo, de amor, de traición, de puñalada, de campo, de la España de esa época.  Triste. También jovial, también de fiesta. Yo recuerdo una copla, Madrina, todavía la pongo de vez en cuando, cuya letra dice (recita de memoria): “Andaba por mi dehesa y un día me hablaste llegando a tu altura. Su buen corazón, condesa, hará que en el toro yo sea figura. Y ordené a mis mayorales, conmovida por tu voz, apartarle dos erales, que a este lo apadrino yo. Subiste a los carteles en un momento (Juanita Reina decía subite, apunta Riki), los brillos de tus caireles son mi tormento. Madrina, por fuera jardín de rosas, por dentro zarza de espina. Madrina, mi pena es de dolorosa que nadie me lo adivina. No sabes de mi amargura pues tu locura solo es el toro, y a solas me bebo mi llanto de tanto y tanto como te adoro. Madrina, sin un lucero, madrina, sin un te quiero. La gente no se imagina que el hombre de mi corazón me llame solo madrina.” La historia de una mujer que tiene dinero, que apadrina a un torero joven, que se enamora de él pero él solo la ve como su madrina. Qué historión. Qué dramón traído a una gran melodía con unos arreglos fantásticos. Y, como esa, mil. Las coplas de Antonio Molina. La hija de Juan Simón. Es una historia espectacular. Es la historia de un enterrador que tiene que ser quien entierre a su propia hija. Esto ya es un extremo ultramegadramático. Yo valoro mucho a la persona que se ha sentado a escribir esa historia.

Me habría gustado nacer un poco antes para disfrutar más de la época de la copla, pero, gracias a mi familia, pude vivirla al completo. Me empapé de la copla.

Pero, en un momento dado, llega el flamenco a tu vida.

Yo entro en el flamenco con 11 o 12 años. Y encuentro en el flamenco una música más dura. Más tosca. Yo estaba acostumbrado a la copla, donde todo me parecía un jardín. Un jardín conocido. Pero claro, pronto me doy cuenta de que el flamenco tiene unos caminos y unos matices con más carácter. Todo más tallado. Más labrado. Eso a mí me atrapa automáticamente. Y luego la guitarra flamenca moderna. La que se hace en los discos de los ochenta y los noventa. Paco de Lucía. Gerardo Núñez. Manolo Sanlúcar. Tauromagia, de repente, es un zapatazo en la cabeza (ríe). Yo descubro a Paco de Lucía en Siroco, que es del 88, creo, aunque yo lo escuché por primera vez en el 91. En ese momento, yo ya estoy perdío. Mi vida ya no tiene marcha atrás. Si mi madre hubiera querido que yo fuera arquitecto, en ese momento, después de descubrir a Paco de Lucía, ya era imposible.

Yo, con 12 años, ya sabía que quería ser guitarrista y todo lo demás pasó a un segundo plano. La escuela se me daba bien pero ya ni me enteraba de lo que hacíamos en la escuela. Aprobaba por contentar a mi madre. Pero, conforme van llegando los compromisos, voy dejándolo todo y me dedico solo a la música. Comienzo a trabajar a los 14-15 años y ya no puedo sacar todo para adelante. Comienzo el instituto pero pronto lo dejo. Ya mi madre no quiere luchar. Porque es una lucha. Es una lucha tierna, no es una lucha encarnizada, pero mi madre ya no podía más. Así que, un día, se sentó conmigo y me dijo: “Mira, si no quieres ir al instituto, no vayas más. Pero tienes que tener claro que debes ser alguien en la música. Porque, si no, sin estudios, vas a acabar trabajando en un tipo de trabajo que no te va a reconfortar. Que no te va a hacer feliz.” A mí eso me marcó. Hizo un trabajo psicológico, llevó a cabo una estrategia psicológica que a mí me caló… que ni un correccional, vamos. Consiguió que me comprometiera con ella y hasta el día de hoy. Creo que todo lo que he hecho ha sido para contentar a mi madre. Ese primer año no fui ni a la playa. Vivíamos en Cádiz y me pasé todo el tiempo tocando la guitarra. Tomaba clases de guitarra todo el verano. El profesor me decía que como yo quisiera, pero que íbamos a estar solos. Que en verano nadie más quería tomar clases de guitarra. Ese tipo era un crack. Andrés Martínez, que ahora es guitarrista de la compañía de Sara Baras, pero que entonces tendría él poco más de 20 años. Ahí aprendí mucho porque fueron unos años de tenerlo claro y formarme.

¿Empezaste pronto a componer canciones?

Formamos un grupo que se llamaba Levantito. Hacíamos pop. Nos gustaba Ketama. En casa tenía discos de Camarón y Paco, de Manolo Sanlúcar, de Ketama, de Mecano… Yo era un fan de Mecano porque tenía también un punto español, con aire de flamenco. Nacho Cano siempre metía guitarras españolas en las canciones. También descubro a Pedro Guerra, que es mi cantautor. Fue el autor que, en aquella época, dispara mi mente. Yo tengo una mezcla ahí y vivo enamorado de esa mezcla. A toda esa mezcla, se le añaden algunos discos de jazz, a través de Chano Domínguez, a través de Jorge Pardo. Hay veces que, hablando de flamenco, cuando hablas de fusión, a la gente no le gusta. A mí sí.

A lo que iba, formamos este grupo, Levantito, comenzamos a hacer canciones, hacemos arreglos y empezamos a tocar. Y empiezan a pasar cosas. Tocamos en garitos. Empiezan a pasar cosas hasta tal punto que un señor un día nos ve tocar y nos firma un contrato discográfico. A la semana vienen de Madrid dos productores, un manager de una discográfica. Miguel Bosé era el director de esa discográfica. Fue una locura porque teníamos 17 años. Nos aconsejan grabar unas buenas maquetas. Nos vamos a un estudio. Arreglamos bien las canciones. Las maquetas funcionan de maravilla y nos graban un disco. Esto era el año 1998. Se venden 10.000 copias. Nos ayudó mucho el que Miguel Bosé, que entonces tenía el programa de televisión El séptimo de caballería, nos sacara en su programa, nos sentara en unos sillones allí y nos entrevistara como si fuéramos Coldplay. Porque él creía muchísimo en nuestro proyecto. Tocamos en el programa en directo. Salió bien. Era en la Primera, en una época en la que había pocos canales y eso fue un boom. Nos fichan en Canal Sur… En ese momento, pasamos de ver la música como una ilusión, como un juego, para verla como una profesión. Pasa a ser algo real. Ahí cambia todo. Duró solo un par de años pero ahí ves dónde puede llegar todo. Dónde pueden llegar tus ideas, tu música, tu visión. Eso te pega otro zapatazo.

Desafortunadamente, la discográfica desaparece y nosotros nos separamos. Se queda David Palomar, que es un cantaor de Cádiz, mi hermana, que también cantaba, y nos vamos los tres a Sevilla. Y ahí empezamos a trabajar pero ya dentro del mundo del flamenco. Queríamos formarnos en el mundo del flamenco.

Enseguida encuentras trabajo en Sevilla.

Tuve suerte. Nada más llegar, consigo un trabajo en la Compañía Andaluza de Danza. Allí estaba José Antonio Ruiz como director. Toda una eminencia. Y había coreógrafos invitados que venían a montar coreografías de los distintos espectáculos. Vino, por ejemplo, Eva Hierbabuena, Antonio Canales, Isabel Bayón, Alejandro Granados, Javier Latorre… Imagínate. Yo me veo rodeado de un nivel musical y de danza altísimo. A pesar del nivel, encajé bien. Sabía que tenía mucho que aprender pero iba respondiendo a las funciones que me iban asignando. Estuve de gira con la Compañía Andaluza de Danza un año. Entonces Javier Latorre me llama para que trabaje con él. Javier Latorre es un coreógrafo de Córdoba, premio nacional de danza, reconocido en España y en el extranjero. Me recluta para un espectáculo de flamenco que va a montar en 2001. La música era de Juan Carlos Romero. La dirección escénica era de Pepe Quero. A mí me contrató de guitarrista. Fui tomando más responsabilidades en y, así, en el próximo espectáculo que monta Javier Latorre, ya me da la dirección musical y la composición de la música. Eso fue una maravilla. Una oportunidad a mis 23 años y con una confianza plena. Fue también duro porque yo no había ido a una escuela a formarme. No sabía muchas cosas. Sin embargo, yo tenía desparpajo y acepté el reto. Hoy en día, sé más cosas y soy un poco menos atrevido. Ahora pienso “¡qué poca vergüenza tenía!” Pero esa poca vergüenza te lleva a lugares a los que, con miedo, no llegarías.

¿Cuál es el siguiente paso en tu carrera artística?

Con el tema de la danza, la cosa funcionó de maravilla hasta el 2004-05. Muchas giras. En una de ellas di la vuelta al mundo un par de veces. Me marcó mucho. Japón. San Francisco… Pero yo conozco a Montoya, que es manager y tiene una oficina de flamenco, Montoya Musical. Un día viene a mi casa. Me dice que tiene un cantaor, Julián Estrada, que es una figura del cante. Le gustaría que le haga un disco. Eso a mí me encantó. Después de un tiempo, vuelvo a componer. Y vuelvo a componer flamenco. Hago unos fandangos, unas alegrías. El disco queda muy bien y me encarga otro. Y luego otro, con más presupuesto, y yo entro más en la composición y queda muy bien, también. Premio al disco revelación. Poquito antes aparece India Martínez. Su manager me habla que tiene una niña que canta muy bien. India tenía 17 años. Yo le di una cinta con dos canciones. A las dos o tres semanas, me llamó por teléfono y me cantó las dos canciones por teléfono. Perfecto. Se había aprendido todo como yo lo había diseñado. Con todos los giros. Perfecto. Esta niña es un talento, pensé. Maquetamos unos 16 temas y, para la producción posterior, contamos con José María Cortina, que es un teclista y un arreglista maravilloso. Había trabajado con Ketama, el grupo de mi infancia y, de repente, yo estaba colaborando con él. Fue el productor del disco y yo estuve un poco como coproductor asistente.

Así fue cómo empecé a trabajar con India y también con Arcángel, que, a día de hoy, es uno de los cantaores más importantes del flamenco. Voy de gira con Arcángel, comienzo a trabajar con otros artistas y la explosión de canciones empieza ahí. Ahí comienzo a componer de verdad. Sacamos varios discos con India Martínez e India ficha con Sony.

¿Es entonces cuando conoces a David Santisteban?

Esta anécdota es divertida. Cuando David era cantante, giraba con Cadena Dial y coincidí con él en un concierto cuando estaba con Levantito en 1998. En una de las promos en Granada, recuerdo que, al final, estuve charlando con él. Él era muy famoso entonces y tengo muy buen recuerdo de ese encuentro. Pasaron los años y yo le seguía la pista porque yo soy de esos que leen los créditos de los discos. Lo seguía con admiración.

India entonces estaba con Warner pero no sabía cómo iba a continuar el contrato. Yo le compuse 4 canciones, las grabé en una maqueta, hice los arreglos. Lo tenía todo listo. Al mismo tiempo, David DeMaría, pieza fundamental en esta historia, invita a India a colaborar en una de sus canciones, Guía de mi luz, que fue toda una sorpresa. A raíz de ahí, ambos quedan con David Santisteban para grabar una canción. Y nace Luna nueva. Y, cuando esa canción llega a mí, cambia por completo el concepto de canciones que yo tenía para India, porque es más maduro, más directo y más real.

Lo mejor de todo es que, a los dos días, yo ya estaba en casa de David Santisteban y nos pusimos a componer juntos. Ese mismo día hicimos una canción. Al día siguiente otra. Así hicimos tres canciones. Y conectamos genial. Eso fue en el 2010. Y, a día de hoy, seguimos trabajando juntos con las mismas ganas y la misma ilusión. Sigo aprendiendo mucho de él y le tengo gran admiración.

Y, con India Martínez y con David Santisteban, llegó el Goya.

Estábamos en las oficinas de Sony y nos dijeron que Daniel Monzón tenía intención de rodar una película, que necesitaban una canción y que India daba el perfil. David y yo nos fuimos al estudio a componerla. Luego se sumó India. Pero pasaron 6 meses y no nos dijeron nada. A los 6 meses, retoman el proyecto de El niño. Nos piden un retoque aquí. Un arreglo allá. Lo mejor de todo es que era una producción de Tele 5 y utilizaron la canción para promocionar la película. Recuerdo que estaba viendo la final del Mundial de fútbol en Brasil. Alemania – Argentina. Termina la primera parte y el primer anuncio del descanso fue la promoción de la película con nuestra canción. Se me ponen los pelos de punta recordándolo. Ahí me di cuenta de que podía funcionar para los Goya. En enero de 2015 fue nominada y el 7 de febrero de ese año nos dieron la estatuilla. 

Ahora ya sois un equipo de prestigio. Me consta que no paráis de trabajar. ¿Qué tal si terminamos la entrevista con los proyectos que tienes entre manos?

Este septiembre sale el séptimo disco de India Martínez, el quinto que producimos David y yo. Hemos querido darle una nueva vuelta de tuerca al sonido de India. Además, quiero hacer mi disco en solitario. Instrumental. Aunque puede que tenga un poco de todo. Tal vez, con textos recitados. Lo estoy pensando. El disco es un viaje y tiene paradas. Me gustaría, así, abrir otro canal, otra parcela, otra vertiente. Quiero hacer de todo. Dominic Miller, guitarrista de Sting y responsable en gran parte del sonido del artista, es uno de mis puntos de referencia. Trabaja para otros artistas pero luego él tiene sus proyectos en solitario. Me encantaría, también, hacer radio. No paro de tener ideas. Proyectos. Ilusiones.

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