Entrevistas

Entrevista con Judit Ruiz Lázaro

La palabra latina examen (examen, -inis) significaba ‘enjambre’. También significaba ‘fiel de la balanza’ y, a partir de esta segunda acepción, pasó a significar ‘pesar, medir el peso de algo’ y, por extensión, ‘medir’. Las matemáticas y la física nos permiten medir casi todo lo que nos rodea. Y, no me confundan, algo muy dentro de mí hace que me sienta extremadamente atraído por la constelación formada por todas esas mediciones y las gráficas comparativas que nacen de ellas. Me siento atraído por esas mediciones casi casi tanto como por todas aquellas cosas de la vida que, de momento, no podemos medir: la imaginación, el cariño, la responsabilidad.

Desde que nacemos, no dejamos de adquirir habilidades y no paramos de acumular conocimientos. Todas esas habilidades y todos esos conocimientos nos ayudan a sobrevivir como individuos y a convivir como especie. Entre las habilidades que aprendemos la mayoría de los seres humanos, algunas de las más interesantes son sonreír y hablar; algunas de las más emocionantes son andar, nadar, ir en bici, conducir, mentir…

En mi opinión, sería ideal que hubiera un exquisito equilibrio entre la enseñanza de habilidades y conocimientos. Sin embargo, los sistemas educativos que nos rodean se empecinan en concentrar casi todos sus esfuerzos en la enseñanza de conocimientos. Creo que una de las razones es el hecho de que, aparentemente, es más cómodo evaluar los conocimientos que las habilidades. Un ser humano sabe ir en bici o no sabe ir en bici. Evaluar los matices sería complicado. Sin embargo, cuando evaluamos el conocimiento de las capitales de Europa, todo parece más sencillo: en una clase, tendremos unos seres humanos que saben cuatro capitales correctamente, otros seres humanos saben diez y otros, veinte. Y todo eso podremos saberlo a través de un sencillo examen.

Sin embargo, todos aquellos que tradicionalmente han pensado que poner un examen sobre los conocimientos de sus alumnos era una tarea sencilla, desde hace unos cuantos años se han topado con los grandes avances que ha experimentado la pedagogía. La pedagogía, que, como todos sabemos, estudia la educación, se ocupa, entre otras cosas, de la evaluación de los alumnos. Una de sus tareas es estudiar los exámenes. Para que un examen sea válido, debe tener una serie de características: por ejemplo, un examen de tercero de primaria deberá tener preguntas y esperar respuestas propias de tercero y no de sexto de primaria; un examen deberá tener una duración adecuada para que los estudiantes tengan tiempo de acabarlo; un examen deberá ser lo suficientemente objetivo y justo para todos los estudiantes…

En un momento de su vida, a la protagonista de esta entrevista le llamó la atención el enjambre (sí, enjambre; lo siento, no he podido evitarlo) de estudiantes que, cada año, cuando acaba el bachillerato, se enfrenta al examen de ingreso a la universidad. La nota que saquen en ese examen (en la actualidad se llama EvAU) determinará gran parte del resto de sus vidas. A la protagonista de esta historia, Judit Ruiz Lázaro, le llamó tanto la atención este examen que decidió que estas pruebas selectivas fueran el centro de estudio de su tesis doctoral. Publicó en un artículo parte de sus investigaciones científicas y, el año pasado, ese artículo permitió que Judit fuera galardonada con el VIII premio internacional José Manuel Esteve (Universidad de Málaga), que promueve el reconocimiento de la labor docente e investigadora en el campo de la pedagogía.

Pinteña de nacimiento, se mudó a Valdemoro cuando tenía cuatro años. Estudió primaria en la escuela Pedro López de Lerena de la localidad y, más tarde, secundaria y bachillerato, en el IES Avalón. A punto de defender su tesis doctoral, Judit Ruiz Lázaro propone que, ya que tenemos una prueba de acceso a la universidad, debemos esforzarnos para que esa prueba sea objetiva y, puesto que la nota final servirá para estudiar en cualquier universidad española, las pruebas de todas las comunidades autónomas deberían ser lo suficientemente homogéneas para permitir que todos los estudiantes que se presentan compitieran en igualdad de condiciones.

¿Eras buena estudiante en el colegio?

Era buena estudiante y sacaba buenas notas. Pero en bachillerato me relajé. No saqué tan buenas notas. Nadie nunca me dijo la importancia que tenía sacar buenas notas en primero y segundo de bachillerato. Todos lo sabemos, pero creo que a todos nos vendría bien que alguien hiciera hincapié, que alguien nos dijera que no nos relajemos, que debemos estudiar más que nunca en bachillerato. Yo siempre he querido ser maestra y, como me relajé durante bachillerato, mi nota no me daba para poder estudiar Magisterio en la Comunidad de Madrid. Tenía dos opciones: estudiar otra carrera o irme a otro sitio a estudiarla. Eso significaba salir de la Comunidad de Madrid y alejarme de mi gente y de mi familia. Estuve valorando las diferentes universidades cercanas a la Comunidad de Madrid donde sí me diera la nota y elegí la Universidad de Castilla-La Mancha, en Ciudad Real. Allí estudié durante cuatro años Educación Primaria, con la especialidad de Pedagogía Terapéutica. Tuve la suerte de poder hacer las prácticas de la carrera en Valdemoro, en la escuela primaria en la que yo había estudiado. Tengo una hermana pequeña que acaba de entrar en la universidad y, cuando estaba en cuarto de la ESO, fui yo la que me encargué de repetirle, una y otra vez, lo importante que es no relajarse durante los dos años de bachillerato. Si no, no podrás estudiar lo que quieres. Y ahí estuve, repitiéndoselo un día tras otro. Afortunadamente, me escuchó y mi hermana Rebecca está estudiando lo que quería en la Comunidad de Madrid.

Durante la carrera, te fuiste de Erasmus a Finlandia.

Cuando vi la posibilidad de cursar un Erasmus, me pareció una idea estupenda. Me puse a valorar los sitios donde podíamos ir. Cuando vi Finlandia, pensé que podría matar dos pájaros de un tiro: por un lado, el sistema educativo finlandés tiene la reputación de ser el mejor del mundo; por otro lado, allí podría mejorar el inglés. Me pareció el destino perfecto. Estuve cuatro meses en la University of Eastern Finland, en su sede de Joensuu, en el este del país. Mi trabajo de fin de grado hacía una comparación entre el sistema educativo español y el finlandés, pero no puedo decir que fuera a Finlandia propiamente a investigar. Allí fui a la universidad y cursé algunas asignaturas. La asignatura que más me aportó fue una que consistía en ir a un centro educativo. Una vez entrabas en la escuela de primaria, todo era diferente. Los niños se quitaban los zapatos. En cada clase había un piano. Siempre había dos profesores: el oficial y el ayudante. Los profesores daban cuarenta y cinco minutos de clase y, acto seguido, había siempre diez-quince minutos de descanso. Los niños se ponían los zapatos y la ropa de abrigo y salían a jugar a la nieve. No había que llamarlos. Volvían a su hora y, en cuanto terminaba el descanso, estaban listos y en silencio para la siguiente clase. Creo que todo esto se debe a la cultura. No te puedes llegar a imaginar el respeto que tienen hacia el profesor. En el aula, se fomenta un interés increíble. No es casualidad el que siempre trabajen por proyectos. Si en Ciencias, están viendo los animales vertebrados, en Plástica, tienen que hacer un animal vertebrado con plastilina o con cartulinas. Todo está conectado. Se van a clase de Música y, ese día, aprenden a cantar una canción sobre los animales vertebrados. Las clases de Música merecen mención aparte. Van al aula de Música y no tiene cada uno su flauta, como aquí en España. No. El aula está llena de diferentes instrumentos musicales y cada uno coge el instrumento que le llama la atención. La música allí es fundamental. Desde los siete años, elaboran con herramientas sus propios joyeros, tienen clase de costura y se hacen sus gorros y sus bufandas. Hay una conexión tremenda entre el currículo y el mundo real.

¿Cómo decide alguien dedicarse a la investigación en el campo de la pedagogía?

Terminé el trabajo de fin de grado y tenía un año para prepararme las oposiciones de maestra. Lo primero que hice fue mirar el baremo de puntuaciones para las oposiciones. Allí vi que, si tenía un máster, obtenía un punto extra. Así que decidí cursar un máster a la vez que estudiaba para las oposiciones. Analicé todas las posibilidades y me llamó la atención un máster sobre investigación educativa que ofrecían en la Complutense. La idea era no dedicarle mucho tiempo al máster y concentrarme, sobre todo, en las oposiciones. Empecé a ir a un preparador de oposiciones y duré poco más de un mes. Por alguna razón, así soy yo, no podía conformarme con sacar un 5 en el máster. Así que me empleé a fondo en el máster y, para cuando lo acabé, me quedaba un mes para estudiar para las oposiciones. El examen no me salió mal del todo. No obtuve plaza, pero conseguí entrar en la lista de interinos. Además, había disfrutado tanto mientras realizaba el trabajo de fin de máster que me animé a continuar esa vía comenzando los estudios de doctorado. Durante el primer año, no me llamaron de la bolsa de interinos, así que pude dedicarme de pleno al doctorado.

¿Cómo surgió la idea de trabajar sobre las pruebas de acceso a la universidad?

Yo estaba metida dentro de un grupo de investigación sobre la evaluación. Dio la casualidad de que mi mejor profesor en la Universidad de Ciudad Real era de Lengua. Siempre he tenido contacto con él y, en una de nuestras conversaciones, me propuso la idea de estudiar la parte de Lengua de las pruebas de acceso a la universidad. Él fue el culpable.

El trabajo de fin de máster te sirvió para ganar el premio internacional de pedagogía que organiza la Universidad de Málaga.

Mi directora de tesis, Coral González Barberá, y yo decidimos publicar un artículo con el fruto de nuestras investigaciones en la revista de pedagogía Bordón. Cuando estaba en México, me enteré del premio internacional José Manuel Esteve y el artículo que habíamos publicado cumplía los requisitos para poder participar en la convocatoria. Le pedí a mi padre que imprimiera cinco copias y las enviara a la dirección que ponía en las bases del concurso. En noviembre de 2018, estaba sustituyendo a una compañera en la universidad cuando recibí un correo electrónico que me daba la enhorabuena por el premio. No me lo podía creer. El título del artículo es Análisis de la prueba de Lengua castellana y Literatura que da acceso a la universidad: Comparación entre las comunidades autónomas y puede descargarse libremente en internet. El premio me dio esa motivación extra para seguir investigando y, en verdad, creo que es necesario para que la sociedad tome decisiones importantes sobre este tema. Cada año, cuando llega el momento de la EvAU, se reanima el debate. Dentro de ese pacto que se debería hacer, ya, por la educación, el tema de las pruebas de acceso a la universidad lo tienen que contemplar. Normalmente, todos esos artículos que se van publicando en estas revistas especializadas quedan siempre muy lejos de los centros escolares. Nosotros, durante la carrera, ni siquiera conocíamos la existencia de este tipo de publicaciones. Y hay muchos artículos que informan sobre estudios científicos de pedagogía sobre distintas metodologías de la enseñanza que funcionan mejor que otras y, sin embargo, esa información rara vez llega a los maestros de las escuelas. No debería ser así. A mí me gustaría que mis trabajos, mis investigaciones sirvan para algo. Que lleguen a alguien. Ojalá mi artículo llegara a las personas adecuadas para que se creara un proceso de acceso a la universidad más objetivo y más equilibrado a nivel nacional, para que no genere agravios comparativos entre estudiantes de diferentes comunidades autónomas.

¿Qué tal fue tu estancia en México?

Yo ya estaba haciendo el doctorado. En 2018, estuve tres meses en el Instituto de Investigación y Desarrollo Educativo de la Universidad Autónoma de Baja California, en la ciudad de Ensenada. En México no hay una prueba nacional de acceso a la universidad. Hay instituciones, más o menos subvencionadas, que se encargan de elaborar pruebas para acceder a la universidad. Estos centros establecen vínculos con algunas universidades y, si alguien en México quiere ir a una universidad, debe hacer el examen de acceso con la institución vinculada a la universidad deseada. Fui un poco a enterarme cómo funcionaba su sistema. En el instituto en el que estuve en Ensenada elaboran una de estas pruebas y el año pasado presentaron la patente de la misma. Colaboré en la aplicación de esa prueba con estudiantes de Mexicali, Tijuana y Ensenada. Son exámenes bastante serios, con respuestas cerradas de elección múltiple, siguiendo las pautas que marca la psicometría. Los psicómetras, que son los especialistas en el diseño de las pruebas, forman a los profesores de una materia para que elaboren las preguntas bajo la supervisión de los primeros. La estancia se me hizo muy corta.

Y acabas de volver de Los Ángeles.

Sí. También he estado tres meses. He ido a ver cómo funcionaba allí la prueba de acceso. Me ha sorprendido que allí no se plantean una prueba a nivel estatal o nacional como tenemos en España. Normalmente, los candidatos deben hacer una prueba, SAT (Scholastic Aptitude Test), con frecuencia online. Cada universidad elige a sus candidatos a partir de la solicitud que reciben de los mismos. Analizan los resultados del examen,  su expediente académico y le dan muchísima importancia a otros méritos del currículum del estudiante. No realizan un listado de todos los solicitantes ordenado por notas, como podemos hacer aquí. Allí depende de cada administrativo. Es tan diferente en unos países y en otros. Y como, al final, la cultura también es diferente, no es fácil importar esas ideas.

Hablemos de un futuro cercano. ¿Cómo mejorarías la educación en nuestras escuelas públicas para los niños de la próxima década?

Me interesa mucho todo el tema de la inclusión. El problema del bullying. Creo que cuando eres pequeño no eres consciente de todo el daño que le puedes estar causando a otra persona. Y todo eso se está trabajando mucho en las escuelas. A mí me gustaría que mis hijos ni lo sufrieran ni lo ejercieran. Me gustaría que todos los maestros estuvieran capacitados para abordar todos esos temas. Los maestros de hoy en día no han sido preparados en la universidad para estarlo. En la universidad no nos enseñan a afrontarlo. Nos enseñan los conceptos, pero no a combatir ese tipo de situaciones. Los profesores de universidad, a no ser que sean asociados, generalmente nunca han estado en un centro escolar. No están muy cerca de la realidad. Para mí, eso es un problema. Y tengo la sensación de que nadie me escucha cuando lo digo. Hoy en día, está la figura del profesor universitario asociado. Son maestros que trabajan en un centro de primaria o secundaria y, por las tardes, dan alguna clase en la universidad a lo largo de la semana y traen su experiencia educativa a las aulas. Me gustaría que los maestros y profesores que enseñen a mis hijos tengan una formación cercana a la realidad del aula y de las necesidades de la sociedad. Me gustaría que esos maestros tuvieran imaginación y supieran despertar la imaginación de mis hijos.

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Ah, la imaginación. Todavía no hay un examen válido para medirla. Pero me da la sensación de que, si alguien es capaz de crear una prueba objetiva, válida y universal para medir la imaginación de los aspirantes a maestros, ese alguien será Judit Ruiz Lázaro, la protagonista de esta entrevista.

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