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Entrevista con Jaime García

Fotogramas – En 1994, vino al mundo Forrest Gump, un personaje que, a pesar de sus limitaciones intelectuales, se las ingeniaba para estar en el centro de algunos de los acontecimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Condecorado por varios presidentes estadounidenses, consiguió salir de Vietnam como héroe, obtuvo una medalla con el equipo olímpico de ping-pong, avisó a la policía cuando vio desde la ventana de su hotel en Washington que alguien estaba robando en el edificio Watergate y se hizo millonario al apostar por una empresa incipiente que tenía una manzana mordida como logo. En 2013, el protagonista de otra película (esta vez sueca y basada en una novela deliciosa de la misma nacionalidad publicada el año anterior), El abuelo que saltó por la ventana y se largó, superaba a Forrest Gump. Alian Karlsson, así se llamaba el mencionado abuelo, decidía escaparse de su asilo el día de su centésimo cumpleaños y recordaba sus aventuras vitales en la guerra civil española, en la Revolución china, en el desarrollo de la bomba atómica que se lanzó sobre Hiroshima, en la escalada armamentística de la Guerra Fría…

Retrato – Jaime García se sienta enfrente de mí, en una mesa en la Taberna de Sole. Yo tomo un café con leche y él un refresco de cola. La entrevista sale fácil. Pasamos casi dos horas juntos, pero podrían haber sido más. Jaime responde a todo con generosidad. Tiene sonrisa de pícaro. Esa sonrisa que uno se aprende en la calle. Jaime llegó a vivir a Valdemoro hace unos trece años. Jaime García lleva más de veinticinco años trabajando como fotógrafo para el diario ABC. Ha fotografiado a Leopoldo Calvo Sotelo, como expresidente, y a Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez como presidentes de este país. Ha fotografiado a toda la familia real. Ha asistido a muchas de sus bodas reales. Ha cubierto las noticias de política nacional de las últimas décadas, recorriendo los pasillos del Congreso y haciendo guardia en los alrededores de las Cortes. Ha pasado allí tantas horas que los leones de la entrada le sonríen cuando se acerca. Jaime García fotografió las playas del chapapote, el funeral de Miguel Ángel Blanco y los atentados terroristas de la estación de Atocha y sus alrededores; el año pasado, acompañó a la policía en el dispositivo del 1 de octubre en Barcelona… Jaime García lleva más de veinticinco años estando en el centro de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de España.

Blanco y negro – Jaime García nació en Asturias. La familia se trasladó a Murcia y Jaime vivió allí parte de su adolescencia hasta que se fue a Ibiza para hacer la mili. Tras el servicio militar, se quedó en Ibiza trabajando en la hostelería. De allí se trasladó a Málaga… Jaime comenzó a dedicarse al periodismo fotográfico cuando ya había cumplido los veintiocho años, cuando se vino a vivir a Madrid. Empezó como fotógrafo independiente que cobraba cada vez que conseguía publicar una foto en el periódico. Pasaba gran parte de su tiempo en el aeropuerto, esperando la llegada o la partida de las celebridades del momento. Sin embargo, nunca acosó a famosos. Solo recuerda una vez en la que, formando parte de un grupo de fotógrafos esperando en la calle tras la muerte de Antonio Flores, Lolita les increpó que se marcharan, que respetaran la privacidad de su familia.

Panorámica – Cuando Jaime empezó a trabajar para ABC, a comienzos de la última década del segundo milenio, los periódicos todavía eran a blanco y negro. Eran buenos tiempos para la prensa escrita. Los periódicos deportivos podían vender dos millones de ejemplares diarios y los rotativos nacionales punteros podían llegar al millón. Las redacciones podían tener cientos de trabajadores fijos y otros tantos colaboradores externos. Jaime vivió esos últimos años en los que la venta de periódicos y los ingresos por publicidad reportaban grandes beneficios. Desde entonces, los periódicos nacionales tuvieron que enfrentarse a numerosas dificultades. Comenzó la competencia de la prensa gratuita que recibíamos a la entrada de las estaciones y de algunos supermercados. Luego llegó internet y la población mundial se acostumbró a disfrutar de las noticias sin pagar. Por último, llegaron las fake news y la era de la desinformación. Cerraron muchos periódicos. Las redacciones de los rotativos supervivientes se vieron mermadas progresivamente y los colaboradores externos cada vez debían hacer más por menos dinero. Cada reestructuración suponía pérdidas de empleos y de derechos adquiridos a lo largo de los años.

     Tecnológicamente, la fotografía de los diarios también ha cambiado mucho. Alrededor de 1998, la mayoría de los periódicos nacionales incorporaron las fotografías en color. Luego llegó la fotografía digital y, gracias a ella, todo el mundo se creía capaz de hacer fotos. Cuando el ciento uno por ciento de los españoles acabamos agregando a nuestro cuerpo durante las veinticuatro horas del día ese apéndice conocido como teléfono móvil con cámara de fotos y vídeo incorporada, todo pasaba a ser susceptible de ser fotografiado en cualquier momento del día y de la noche. Han sido tiempos difíciles para los fotógrafos de prensa, que han sido sustituidos en muchas ocasiones por transeúntes anónimos.

Fotos movidas – Aunque la mayor parte de su trabajo en los últimos años ha girado en torno a la escena política nacional, que es donde los periódicos como ABC pueden defender su identidad y su existencia, Jaime García ha viajado con el periódico por diversos lugares de la península ibérica y del globo terráqueo. Recientemente se trasladó a Marruecos para ilustrar un reportaje sobre el país norteafricano. Jaime vino conmovido. Fue testigo del sinnúmero de personas sin trabajo que se hacinan para cruzar a Europa. Observó a numerosos grupos de jóvenes, sin futuro, inhalando trapos empapados en disolvente…

     Jaime se trasladó a Galicia durante la crisis del Prestige. Bajó a las playas cada mañana, de madrugada, y respiró la negritud de un petróleo que se extendía por todas las partes. Recuerda la hilera de voluntarios que desfilaba hacia las playas a punto de mañana, todos de blanco y cómo esas hileras volvían desordenadas y sucias al final de la tarde. Jaime recuerda también su viaje a Afganistán, posiblemente el lugar más alejado de España que ha conocido. Alejado en la distancia, pero, sobre todo, alejado en el tiempo. Afganistán sigue en la Edad Media en tantos sentidos. Recuerda cómo acompañaron a la misión de soldados española y recuerda cómo se comportaban los lugareños con los que se iban topando. Recuerda el poco valor que tenían allí las niñas y las mujeres.

Carretes velados – Posiblemente, uno de los días más duros de la vida de Jaime García fue cuando tuvo que cubrir los atentados terroristas de la estación de Atocha. Cuando se dirigía a la estación, vio que en la línea férrea paralela a la Calle de Téllez había habido más explosiones. Llegó allí antes que la policía. Vio cómo los servicios de emergencias prepararon un hospital de campaña en las instalaciones del Polideportivo Daoíz y Velarde, a unos cincuenta metros del lugar de la explosión. Hubo compañeros que dejaron las cámaras y se pusieron a ayudar. Él siguió tomando fotografías. Él siguió haciendo lo que sabe hacer. Alguien debía documentar ese momento y él se puso a hacerlo sin pensar. Sin sopesar las consecuencias de todo lo que estaba ocurriendo. Guardó la compostura mientras estuvo trabajando. Logró sacar adelante el reportaje. Fue al día siguiente, durante los días y semanas siguientes cuando a Jaime le dio el bajón como consecuencia de todo lo que había presenciado. Fue entonces cuando se planteó si debería haber aparcado la cámara a un lado para consolar a las víctimas que habían sido trasladadas temporalmente al polideportivo. Está seguro de que, hubiera hecho lo que hubiera hecho, le habría quedado la misma desazón.

Instantánea – El 6 de mayo de 1998, Jaime García recibió el premio Mingote de fotografía. A su lado, el escritor Fernando Arrabal recibía el premio Mariano de Cavia y el periodista José Antonio Zarzalejos, el premio Luca de Tena. Había tomado la fotografía por la que ganó el premio en la última manifestación previa al asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Selfie – Jaime recuerda los años cuando viajaba para hacer un reportaje y, cada noche, convertía el baño de su habitación de hotel en un cuarto oscuro de revelado. Recuerda que los carretes de las cámaras analógicas tenían un número limitado de fotos y que cada foto llevaba su proceso antes de tomarla. Hoy en día, con las cámaras digitales, se pueden tomar seis fotos por segundo. Como periodista fotográfico, se autodefine como un francotirador. Apostados en los rincones adecuados, los periodistas del Congreso esperan el momento preciso para hacer la foto adecuada. Esa foto que consiga distinguir a su periódico del resto de rotativos.

     David Simon, experiodista y creador de la serie televisiva Bajo escucha (The Wire) vaticinaba recientemente que la crisis del periodismo y el cierre de tantos periódicos locales iba a suponer un menor control periodístico de las políticas municipales y nacionales y, con ello, mayores posibilidades para la corrupción. Es necesario que los periódicos y la prensa en general sigan teniendo profesionales con un bagaje como Jaime García, personas que conocen la profesión y no se dejan engañar fácilmente. Jaime lo explica con un ejemplo tan gráfico como el de las manifestaciones ciudadanas. El fotógrafo experimentado sabe dónde colocarse. El fotógrafo con experiencia sabe que no debe ponerse a correr detrás del primer escarceo entre la policía y los manifestantes. El fotógrafo profesional sabe que debe esperar para captar la mejor fotografía de ese momento.

    Su experiencia le permite también seleccionar las fotografías que manda de inmediato a redacción. Dice que, si mandas la mejor foto a redacción, allí, la cuelgan enseguida en internet y el resto de los diarios pueden conseguir la misma o una foto similar. Jaime dice que, cuando le piden que mande fotos, él sabe seleccionar unas imágenes para la ocasión. Pero le gusta guardar una serie de fotografías para la tarde, para que, ya en la redacción, puedan seleccionar imágenes frescas, que no hayan sido agotadas por los medios de comunicación durante el día.

GoPro – Jaime se confiesa un viajero incansable. En vacaciones, disfruta yendo a bucear con su mujer a diferentes lugares del mundo y, en su tiempo libre, aprovechan para hacer senderismo, subir a la montaña y caminar en la naturaleza. Ambas aficiones podrían permitirle seguir con su pasión por la fotografía, pero Jaime confiesa que, cuando va a bucear o cuando sale a la montaña, prefiere disfrutar cada fotograma que le brindan sus ojos, cada panorámica que le permite su campo de visión. Es el momento de dejar la cámara en casa.

Polaroid – Me confieso una especie en extinción. Busco siempre las cafeterías que tienen periódico para poder repasar la prensa diaria. La semana pasada, bajé a por comida china al Merry City y, esperando mi pedido sentado en el sofá del establecimiento, me encontré con el ABC del día. Lo habían comprado para leer la noticia sobre la visita de Xi Jinping, presidente de la República Popular de China, a nuestro país. Repaso el periódico de arriba abajo en busca de una foto cuyo autor sea Jaime García. La encuentro en la página 2. Xi Jinping saluda a Pedro Sánchez en la Moncloa. Se chocan las manos mientras la cabeza del intérprete chino aparece, como una marioneta risueña, en el hueco de la foto que queda entre los dos mandatarios. Jaime García me arranca una sonrisa.

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Going the Extra Mile

Max and I used to run together. It was nice. In the evening. Right before our late dinners, Max and I used to run together. When I was done, Max would keep on running for a little longer. I always thought it was because there was only a shower at home and he wanted me to go first. The thing is Max would always run for a little longer. I headed back home and he wanted to go the extra mile. Max taught me to go the extra mile. To do a little bit more than you are expected to. Everything else, we do because we have to. We go the extra mile because we like to. Those extra miles are the little things I enjoy most, what gives me pleasure.

Entrevistas

Entrevista con Carlos Suárez Puerta

En un mundo en el que todo parece desechable, en el que la linealidad narrativa impone una obsolescencia programada para cada uno de los seres y objetos que lo habitan, en el que todo y todos parecen tener una fecha de caducidad tatuada en un rincón discreto de su envase, de su piel, yo, que lo rompo todo con una facilidad asombrosa, admiro a los que se dedican a arreglar, restaurar, enmendar, reparar, sanar, sanear y poner a punto la maquinaria física que nos rodea. Son ellos los que ponen a la linealidad, a la línea, en su sitio, en un círculo, para hacernos ver que no hay comienzo ni final, sino ciclos. Ciclos estacionales. Ciclos económicos. Ciclos vitales.

Carlos Suárez Puerta, valdemoreño de toda la vida, es una de esas personas. Mecánico de motos de carreras en los circuitos nacionales e internacionales, dice que siempre tiene algo entre manos que hay que reparar. Las motos, en su oficio. El otro día, en su casa, una ventana que no cerraba bien. Carlos es un hombre de familia, agradecido con sus padres por todo lo que hicieron por él cuando, de joven, él no tenía las cosas tan claras. Está convencido de que todos podemos y debemos encontrar nuestro sitio en la vida. Un lugar donde podamos hacer lo que nos gusta, lo que nos apasiona. Sabe que no es fácil. Que requiere esfuerzo. Trabajo. Sacrificio. Pero sabe, también, que no debemos rendirnos y hemos de aprovechar las oportunidades que se nos brindan.

¿Cómo y cuándo te nace la afición por las motos?

Desde siempre. Mi padre era carpintero y en la nave siempre tenía motos. Él iba en moto a todos los lados. Cuando yo era niño, me compró una motito pequeña y, con mi hermano, siempre montábamos con él por la nave. Desde muy pequeños, siempre nos ha estado enseñando sobre motos, cómo desmontarlas… En nuestras conversaciones siempre aparecían los cilindros y los carburadores. No solo con las motos. Desde muy pequeños, mi padre nos enseñó a taladrar, a poner tornillos, a ir haciendo pequeñas tareas manuales que, llegado el momento, resultan muy útiles. Con catorce años me compré una moto para ir por Valdemoro y, para ir al trabajo, siempre nos hemos desplazado en moto. Lo divertido es que, a partir de ponerme a trabajar en la alta competición de las carreras de motos, me saqué todos los carnés de conducir: el de coche, el de tráiler… Todos menos el de moto. Yo creo que lo hice por mi seguridad. A mí me gusta ir rápido y, con una moto de alta cilindrada, la carretera es complicada. Preferí no sacarme el carné de moto. Ahora que estoy más tranquilo, sí que me gustaría sacármelo porque tengo algunas motos restauradas de alta cilindrada que me gustaría usar.

¿Restauras motos?

Sí. Ya ves. Mi trabajo son las motos y uno de mis hobbies más importantes es restaurar motos con mi padre. Compramos motos y, poco a poco, con mucho tiempo, vamos restaurándolas. Estamos hablando, por ejemplo, de motos de trial del año 70, de Vespas… De todas las motos que hemos restaurado, mi favorita es una Ossa Mick Andrews del 73, que fue de mi padre cuando él era joven. Me la regaló cuando yo tenía unos catorce años y la hemos terminado hace relativamente poco. Pasó la ITV el día del cumpleaños de mi padre este año.

¿Dónde estudiaste formalmente para llegar a trabajar como mecánico de alta competición?

Yo no quería estudiar. A mí solo me gustaba la mecánica. Me saqué el graduado escolar en el Colegio del Cristo de la Salud y me metí en FP porque mis padres no querían que yo dejara de estudiar. Acepté pero yo no quería estudiar matemáticas, ni lengua, ni nada que no fuera mecánica. Me saqué la FP1 a los dieciséis años y, a pesar de que mis padres intentaron que yo me enganchara a más estudios, yo no quería más. Entonces me puse a trabajar aquí y allá, haciendo algo de taller, algo de cerrajería…y, de allí, me fui a Parla a un taller. Me dijeron que ellos no tenían para arreglar motos, pero que, al lado, había un espacio vacío que era suyo y que, si lo limpiaba y me encargaba de él, podía ponerme a arreglar motos e íbamos a medias. Estuve año y medio o dos años. Hasta los diecinueve o veinte años. Al ser como un taller paralelo, era complicado. Así que me fui a trabajar a una empresa de desguaces. La mecánica allí consistía en desmontar coches y motos. Estuve un año y me hice daño en la espalda. Me dieron de baja y me avisaron de que iba a ser una baja de larga duración. Como a mí nunca me han gustado las bajas, fui a hablar con el jefe y le pedí que me cambiara de puesto de trabajo hasta que se me curara el tema de la espalda. Yo estaba en la zona de desmontaje. Desguazábamos unos ciento veinte motores diarios y, con mi espalda, no podía llevar ese ritmo. El jefe me dijo que no me cambiaba el puesto. Así que seguí con mi baja. Entonces me compraba todas las revistas de motociclismo. Un día leí un artículo de una escuela de mecánica de competición. Se lo comenté a mis padres y, sin meterme presión, me preguntaron si quería que fuéramos a ver la escuela. Les respondí que sí y nos fuimos a Barcelona. La escuela estaba bien, pero eran solamente tres horas diarias, eran dos años y vi que era un coste muy elevado para mi familia. Hablé con la escuela y les propuse hacer nueve horas diarias en vez de tres y, en vez de dos años, acabar la formación en nueve meses. Les hice ver que tenía que buscar casa y era muy costoso. No aceptaron, yo no lo vi claro y me fui un poco desilusionado. Pero mis padres se quedaron con la idea. Estamos hablando del año 2002, internet empezaba a coger fuerza aunque no todo el mundo lo tenía en casa. Así que mi madre habló con unos amigos que tenían internet y se pusieron a buscar otra escuela.

Así descubristeis Monlau Competición.

Sí. Creo que llamó mi madre y le dijeron que había un examen de acceso. Vimos que era una cosa más seria. Me apunté a una prueba de acceso que había en junio y me fui a hacerla con mi hermano. Nos dijeron que nos comunicarían los resultados en unos diez días, pero cuando llegamos a Valdemoro ya habían llamado para decirme que me habían admitido. Era un edificio completo, nuevo, los profesores eran profesionales del medio, todos eran exmecánicos del Mundial, había asignatura de inglés para poder participar en los eventos internacionales y todas las materias giraban en torno a la mecánica. Había matemáticas, pero para la mecánica. Allí estudié del 2002 al 2004. Comencé en septiembre y, a los tres meses, hablé con ellos y les dije que quería prepararme al máximo y que podían contar conmigo en cualquier momento fuera del horario de las clases. Me ofrecí a ir todas las tardes a ayudar al equipo que tenían para el Campeonato de España. Me daba igual barrer, limpiar piezas, lo que fuera. No solo eso. A mediados del 2003, un profesor se acercó a mí y me dijo: «Carlos, si te sacas el carné de camión, te ofrecemos un trabajo para que lo compagines con la escuela durante toda esta temporada». El trabajo era con ellos. Con el equipo que tenía la misma escuela. Lo hablé con mis padres por el tema del dinero. Mis padres me dijeron que todo lo que fuera aprender, que adelante. En un mes y medio me saqué el carné de camión rígido y el de tráiler. Y empecé a trabajar con ellos. Era todo sin ganar dinero. Todo eran prácticas. Pero yo me consideraba un privilegiado. Lo normal era hacer las prácticas los tres últimos meses del segundo año. Sentía que finalmente estaba triunfando en los estudios. Venía de un pasado en el que todos los veranos me tocaba estudiar para los exámenes de septiembre y ahora era un alumno privilegiado, haciendo prácticas antes de acabar el primer año. Yo me lo tomé como una última oportunidad para demostrar que podía triunfar en los estudios que a mí me gustaban. Me lo tomé muy en serio y en el diploma final saqué matrícula de honor. No solo eso. Estaba tan motivado que, para el segundo año de mis estudios, conseguí una de las dos becas que concedía Repsol para los alumnos de la escuela. Así que, ya no necesité que mis padres pagaran el curso.

Aunque en prácticas, ya trabajaste para el Campeonato de España.

Sí. Y, en mi segundo año, en 2004, seguí colaborando con el Campeonato de España y la escuela comenzó a preparar un equipo para participar en el Mundial. Yo en la escuela era diferente. Los profesores ya me decían que no hacía falta que levantara la mano para presentarme voluntario a todas las prácticas. Que ya lo sabían. La mayoría de mis compañeros, sin embargo, cuando les ofrecían colaborar en algún evento como prácticas, ya tenían planes personales para viajar, irse a la playa o a la montaña y no podían colaborar. Al final, yo acababa yendo a todo. Así que, cuando acabé el curso, conseguí las prácticas en el Mundial. Fui con el camión por toda Europa. Un camión de dieciséis metros, difícil de maniobrar y, durante las prácticas tuve un gran maestro, Valeriano, que era el camionero y mecánico del equipo, y que me ayudó un montón.

¿Qué ocurrió cuando acabaste las prácticas?

Las prácticas finales eran como una despedida. Una vez terminadas, me volvía a Valdemoro y se acababa mi aventura. Los profesores de la escuela se despidieron de nosotros y, en un momento dado, uno de ellos insinuó que yo no me iba, que seguía en el Mundial. Fue un mes raro. Lleno de incertidumbres. Sin embargo, al terminar el mes, me llamaron y me dijeron que seguían contando conmigo para el Campeonato de España y para el Mundial. A finales del 2004, el dueño de la escuela, que también era el dueño del equipo, se sentó conmigo para ofrecerme trabajo remunerado. Empecé con un sueldo bastante bajo, pero yo seguía aprendiendo y el contrato era para hacer, de nuevo, los dos campeonatos con el mismo equipo. Era el equipo Fortuna. En 2004, corrían el italiano Roberto Rolfo y Tony Elías. En 2005, estuvimos con Héctor Barberá y Jorge Lorenzo. En 2006 y 2007, repetimos con ellos y fue cuando Jorge Lorenzo se convirtió en bicampeón en ambas competiciones. En 2008, continuamos con Alex Debón y Aleix Espargaró.

Es aquí cuando cambias de equipo.

El dueño del equipo, Daniel Amatriain, tuvo que cerrar por problemas de salud. Dani, Daniel, fue como un padre para mí. Era una persona que tenía muchos frentes y estaba presente en todos. A lo mejor iba yo solo con el camión a las tres de la mañana y me llamaba para ver qué tal iba, si estaba cansado y cosas así. Una excelente persona, un gran emprendedor. Superfamiliar. En su equipo nunca me faltó de nada. Pero en 2009 el equipo iba a cerrar. Nos ofrecieron alternativas, pero yo no me quise ir hasta el final. Hasta el último momento, yo tenía la esperanza de que el equipo saliera adelante. Tuve mis ofertas, pero no me veía con las fuerzas para dejar a Amatriain. Claro, el problema fue que, cuando finalmente cerró, todos los equipos tenían todos los contratos hechos. Así que corrí el riesgo de quedarme, al menos un año, sin hacer nada. Y, en el último minuto, Alex Debón, que había corrido en nuestro equipo el año anterior, montó su propio equipo y nos contrató a todos los que habíamos esperado hasta el final. Estuve con él un par de años, hasta que dejó de tener patrocinadores y tuvo que cerrar también. Fue cuando me vine a trabajar con un equipo de Madrid, al Team Laglisse. Con ellos, estuve hasta el año 2015. En el 2013, ganamos un Mundial con este equipo con Maverick Viñales. En 2015, Laglisse también cerró y me puse a trabajar con el equipo que estoy ahora, Leopard Racing, un equipo de Luxemburgo. En 2016, estuvimos con Joan Mir, que se convirtió en el mejor principiante del año (rookie del año) y en 2017, ganamos el Mundial con él. Así que somos los vigentes campeones hasta que veamos qué ocurre. Este año tenemos a un piloto muy fuerte, Enea Bastianini. Es un piloto muy rápido, pero nos falta redondear las carreras. Es su cuarta temporada en Moto3. Tiene mucho talento. El Mundial acaba el 14 de noviembre. Se acaba en Cheste, en Valencia.

Llevas unos trece años en los circuitos de motociclismo. ¿Qué ha cambiado en todos estos años?

Ha habido cambios dentro del mundo de la mecánica, pero, sobre todo, los grandes cambios han tenido lugar en la parte electrónica. En mecánica, cuando empecé, nosotros estábamos con el motor de dos tiempos y ahora todos los motores son de cuatro tiempos. Yo creo que la mecánica de antes era más bonita. Ahora es todo un poco más frío. Antes los equipos eran más familiares. Ahora entra gente que no tiene pasión por la moto. Son expertos informáticos, imprescindibles hoy en día, pero que podrían estar trabajando en cualquier otro campo. Su pasión es la informática. No las motos. De alguna forma, les da igual hacer una moto, un coche, una avión o un videojuego. Antes era todo más manual, trabajar todos a una, para resolver un tema mecánico, cambiando, adaptando o mejorando una pieza, por ejemplo. El piloto también contaba más. Debía conocer mejor la condición de esa moto y el mecánico debía tenerlo todo bajo control. Ahora cuenta más lo que está detrás. Esas mesas con los ordenadores que van tomando datos y estadísticas para optimizar el trabajo de la moto en cada momento. Nuestro trabajo sigue siendo importante. Debemos hacer el mantenimiento de la moto de forma impecable, pero no es como antes. Ahora conseguir que tu moto sea la más rápida es mucho más complicado que antes. Si el informático es bueno, puedes conseguir que la moto sea más rápida. Muchos temas de la carburación y de cómo se comporta la moto dependen del informático. Tal vez, una de las razones por las que estoy tan a gusto con mi actual equipo, Leopard Racing, es porque nos hemos juntado un grupo de profesionales que llevamos mucho tiempo en el gremio y que, capitaneados por Christian Lundberg, mantenemos ese espíritu familiar que encontré en los equipos cuando comencé a trabajar en los campeonatos.

Este es el primer año que no haces ambos campeonatos, Mundial y el Campeonato de España.

Sí. He estado en ambos campeonatos desde que comencé en la escuela. Pero las cosas cambian. Me casé hace dos años, tengo una niña de diez meses y quiero disfrutar de mi familia. He estado muy concentrado en el trabajo durante muchos años. Yo disfruté mucho con mis padres cuando era niño y quiero que mi hija disfrute de nosotros también. Este año solo estoy haciendo el Campeonato del Mundo. Y, cuando tenemos un rato, nos acercamos a alguna de las carreras del Campeonato de España. Nos vamos los tres y, si mi hermano necesita algo en el catering, le echamos una mano.

Háblanos de tu empresa de catering.

Mi hermano mayor, Alejandro, es cocinero. Decidimos montar una empresa de catering para las competiciones de motociclismo. Empezamos cuatro personas. Yo continuaba como mecánico dentro de los campeonatos y, a la vez, me ocupaba de las relaciones comerciales con los equipos. Es difícil montar una cosa así desde fuera. Al principio, eran todo inversiones, pero ahora ya es una empresa que se va consolidando. Es una empresa de catering para dar servicio a los circuitos durante las competiciones. Damos de comer a los equipos. Nuestra empresa, You Kocina Hospitality, está afincada en Valdemoro. Todo el negocio funciona con camiones. En el camión se montan unas carpas. Tenemos dos carpas de 60 metros cuadrados y una de 100 metros cuadrados. Servimos comidas para el personal de la empresa y sus posibles invitados. Cubrimos el Campeonato de España y vamos también a Portugal y Francia. Podemos llegar a dar hasta mil doscientas comidas en un fin de semana de competición.

¿Cuáles son tus objetivos para el futuro más inmediato?

Aunque parezca una ironía, creo que ahora sería ideal que me pusiera con lo que nunca me ha gustado: los estudios. Es el momento de ponerme al día. No solo con temas de mecánica, sino también culturalmente. La cultura general es necesaria para estar más en el mundo. Controlo más o menos el inglés, pero siempre es importante mejorarlo también.  Ahora es cuando te das cuenta de que lo que te decían tus padres era cierto.

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Tras nuestra entrevista, Carlos Suárez debe encarar el tramo final del Campeonato del Mundo de Moto3 de este año. Su corredor Enea Bastianini es cuarto en estos momentos. En septiembre, Carlos tuvo que ir a Alcañiz, en Teruel; en octubre, fue a Tailandia, Japón y Australia. El 4 de noviembre, tuvo que viajar al Circuito Internacional de Sepang, en Malasia y terminará la temporada el 14 de noviembre en Valencia, pocos días antes o pocos días después de que esta entrevista sea publicada en la revista que tienen en sus manos. Suerte en el Mundial, Carlos.

Editoriales

Valdemoro – El nombre

El nombre de Valdemoro es transversal. Atraviesa el tiempo y el espacio. Está Valdemoro de la Sierra en la provincia de Cuenca. En la comarca de la Alcarria conquense, está Valdemoro del Rey, pedanía de la localidad de Huete. Tenemos, además, Valdemoro de San Pedro Manrique, un pueblo deshabitado de la provincia de Soria; Valdemora, en la provincia de León, tenía 79 habitantes en el año 2015 y Valdemorillo, en la provincia de Madrid, tenía más de 12.000 en 2016. Para los amantes de la banda irlandesa U2, muy cerca del Parque Nacional Joshua Tree, en California, está Indio, una ciudad de 75.000 habitantes, con una calle en una zona residencial que se llama Corte Valdemoro. En la ciudad de Cali, en Colombia, hay un complejo de apartamentos de lujo que se llama Valdemoro Club Residencial.

A lo largo de la historia, encontramos algunas personas con el apellido Valdemoro que alcanzaron cierta notabilidad: en 1577, Santa Teresa de Jesús fue elegida priora del Convento de la Encarnación, en Ávila, a pesar de las censuras del padre Valdemoro. En el siglo XIX, encontramos a Juan García Valdemoro, pintor paisajista nacido en la provincia de Burgos que cosechó varios premios y alcanzó cierta fama. También pintor del siglo XIX, pero esta vez ecuatoriano, tenemos a Joaquín Pinto Ortiz, cuyo padre, nacido en Portugal, se llamaba (casualidades de la vida) Joaquín Pinto Valdemoros. Ya en el siglo XX, tenemos a Carlos Fernández y López-Valdemoro. Utilizaba el nombre artístico de Pepe Alameda y fue cronista, escritor, comentarista taurino, productor de televisión y poeta. Nació en Madrid y llegó a México después de la Guerra Civil Española en 1939. A él se le atribuye la frase: “El toreo no es graciosa huida, sino apasionada entrega”. Murió en 1990.

En la actualidad, en España, hay 204 personas cuyo primer apellido es Valdemoro y 215 personas con Valdemoro como segundo apellido. No hay nadie en España, sin embargo, cuyo primer y segundo apellido sean, a la vez, Valdemoro. Las mayores concentraciones de personas con el apellido Valdemoro en España se encuentran en la provincia de Burgos, en Vizcaya y en Madrid. Pero donde encontramos más personas con el apellido Valdemoro es en Filipinas. De entre ellos, destacaremos a Ami Valdemoro, bloguera filántropa y periodista, y a Wilma M. Valdemoro Cua, abogada de un prestigioso bufete en Manila. Al otro lado de la ley, mencionaremos a Efrén Valdemoro, filipino residente en Los Ángeles, que, a sus 38 años, fue abatido por la policía californiana tras una larga y aparatosa persecución automovilística el 31 de agosto de 2010. A Efrén Valdemoro se le atribuían los asesinatos de los filipino-americanos Frederick Sales, Ricardo Sales, Segundina Allen, Macaria Smart y Cindy Tran.

El número 38 de La revista de Valdemoro va para los valdemoreños y los Valdemoros del mundo a través de todos los tiempos. A través de todas las fronteras.

Entrevistas

Entrevista con Bernardo Alfonsel

Los escoceses siempre se muestran orgullosos de sus inventores y de sus descubrimientos. En 1769, James Watt patenta la máquina de vapor. Pocos años después, sir James Young Simpson descubrió las propiedades anestésicas del cloroformo y fue el primero en introducir la anestesia en la medicina general. Un siglo más tarde, Alexander Fleming descubre la penicilina. Otro Alexander, Graham Bell, inventó el primer teléfono. En 1923, John Logie Baird inventa la televisión y, más adelante, la primera televisión a color. En deportes, los escoceses presumen de ser los inventores del golf. Son también los responsables directos del deporte que protagoniza la entrevista de hoy. En 1839, el escocés Kirkpatrick Macmillan construyó la primera bicicleta de pedales. Casi cincuenta años más tarde, en 1887, un veterinario, otro escocés afincado en Belfast, John Boyd Dunlop, desarrolló el primer neumático con cámara de aire. Al parecer, Dunlop lo ideó al ver a su hijo de nueve años sobre un triciclo que no paraba de dar botes por las calles llenas de baches de Belfast.

Bernardo Alfonsel no nació en Escocia. Nació en la vecina Getafe (Escocia tiene su lago Ness y Getafe tiene al lado Leganés) y su vida lleva pegada a la villa de Valdemoro desde hace treinta y un años. Pero las bicicletas sobre las que montó Bernardo para participar en las diferentes competiciones nacionales e internacionales de ciclismo en poco se diferenciaban del modelo de Macmillan sobre los neumáticos perfeccionados por Dunlop. Un orgulloso escocés le diría a Alfonsel que el ciclismo, ese deporte de las dos ruedas que giran a golpe de pedal, el mundo se lo debe a Escocia.

La trayectoria como ciclista profesional de Bernardo Alfonsel se desarrolló entre 1977 y 1986. La década en la que la letra K aparecía en los equipos fuertes de la época. De hecho, Alfonsel corrió con tres de ellos: formó parte del equipo de Teka, más tarde del Kas y terminó en el Kelme. Nada más retirarse del ciclismo profesional, Bernardo y su hermano se enteraron por un amigo de que alguien traspasaba un bar en Valdemoro y en febrero de 1987 comenzaron su negocio en nuestra localidad. Empezaron en la calle Estrella de Elola y, una década después, se llevaron el bar Yassy a la calle Doctor Severo Ochoa. Allí me recibe Bernardo para la entrevista. Es el final de su jornada laboral. Están terminando de recoger y Bernardo me recibe con una sonrisa amable que no le abandona durante toda la entrevista.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición por el ciclismo?

Fue un poco de casualidad. La mayoría de los chicos jugábamos al fútbol y, para llegar al campo, yo iba con la bicicleta. La dejaba allí, a un lado, y me ponía a jugar al fútbol. Un día vino un señor, uno de los espectadores del partido, que era aficionado al ciclismo y se fijó en mi bicicleta. « ¿Y esa bicicleta?», preguntó. Le dije que era mía y me comentó que en Madrid podía hacerme socio de un club de ciclismo. Entonces tenía trece o catorce años. Y allí comenzó mi aventura. Me apunté con la intención de salir con la bici los domingos. Irnos de excursión y cosas así. Nada serio. Lo que pasa es que, luego, vieron que iba bien, yo también me di cuenta de mis posibilidades y me lo empecé a tomar más en serio. Empezamos a correr carreras de cadetes, infantiles, después juveniles y, así, progresivamente, hasta llegar a profesional.

Como amateur, ganaste, entre otras cosas, una etapa del Gran Premio Guillermo Tell de Suiza y un par de etapas de la Vuelta Ciclista a Chile.

Mi experiencia como amateur fue lo más bonito de mi carrera deportiva. Para mí ha sido la mejor época de mi vida. No te manda nadie. No hay tanta responsabilidad. No hay tanto dinero. Corres con la ilusión de ser algo. De llegar a ser algo. Entre los propios compañeros de equipo, si podías ganarle a un compañero en una etapa, le ganabas…en profesional, eso es impensable. En 1975, gané el Campeonato de España de ciclismo amateur. También, por entonces, en Chile, me fue muy bien. Gané dos etapas, el premio de la montaña y no sé si hice tercero o cuarto en la clasificación general…

Antes de llegar a profesional, a los 23 años, formaste parte del equipo nacional de ciclismo y participaste, así, en las Olimpiadas de Montreal.

Es una experiencia para vivirla siempre. Entonces los participantes del equipo olímpico nacional eran amateurs. No eran profesionales, como ahora. El dinero lo cambia todo y la gente quiere espectáculo. Estuvimos en Montreal unos diez días y yo participé en la prueba de fondo en carretera. Eran unos ciento noventa kilómetros. Hice el décimo puesto, pero, siempre he pensado que pude haber logrado una posición mucho mejor. Yo iba muy bien, pero las circunstancias de la carrera están ahí.

En 1977 te haces ciclista profesional y corres tu primer Tour de Francia.

Sí. Corrí siete Tours en total y ocho Vueltas a España. Empecé con mucha ilusión, como todos. Pero, desde el comienzo me encasillaron como gregario y, a pesar de que años más tarde, en 1982, por ejemplo, iba muy bien, una vez encasillado, es muy difícil reclamar otras posiciones en el equipo. Empecé como currante, como gregario, y así acabé, trabajando siempre para el equipo y, por lo tanto, trabajando para el líder del equipo. Hay gregarios que trabajan a comienzo de carrera, otros trabajan más al final, otros apoyando en las etapas de montaña… Todos son importantes. El caso es que acabé mi primer tour y, como se dice entre los compañeros, cuando se acaba un Tour de Francia, te dan el carné de ciclista. Siempre he dicho que es más difícil acabar un tour que terminar dos Vueltas a España. El Tour es lo máximo del ciclismo. Antes y ahora. Y eso que ha cambiado mucho de cuando yo iba a nuestros días

Cuéntanos algunos de los cambios más llamativos.

Recuerdo que íbamos todos juntos en el autobús del equipo. Ahora van en avión. Antes los corredores participaban en todas las carreras que les permitían las fechas. Ahora, la mayoría de los corredores se preparan para participar nada más en una de las grandes vueltas. Antes empezabas a correr en febrero y acababas en octubre. Hoy en día, la mayoría de los corredores llegan al Tour con treinta o cuarenta carreras en esa temporada. Antiguamente, llegábamos con ochenta o noventa. El doble. Y la verdad es que se llegaba en peores condiciones. Ahora exigen más a los corredores. Y está todo más controlado. Cuando yo corría, no había pinganillo. Los directores de equipo iban en el coche a unos dos kilómetros del pelotón. Y, sí, había un corredor que tenía más contacto con el director del equipo e iba dándonos instrucciones, pero era muy diferente. Había muchos momentos en los que debías tomar una decisión rápidamente y no había nadie para dirigirte. Cuando necesitabas al director del equipo para ayudarte o aconsejarte, este tardaba, como poco, diez minutos en poder acercarse a ti y hablar contigo.

Supongo que sucedían cosas en el Tour de Francia que serían más difíciles de ver hoy en día.

En una etapa del Tour de Francia, en el famoso tramo entre Paris y Roubaix, pero como etapa del Tour de Francia, a un compañero se le rompió la bici e iba el hombre de farolillo rojo. Se le rompió la bicicleta a unos veinte kilómetros de Roubaix. Y el hombre se quedó tan descolgado del pelotón principal que ya no tenía coche auxiliar ni nada parecido que le pudiera ayudar. En esto que había allí un espectador con su bicicleta de paseo y le propuso que la intercambiaran para poder llegar a la meta. Lo hicieron de aquellas maneras, con el poco francés que sabía. Mi compañero, luego nos reíamos mucho con él recordándolo, acabó la etapa con una bici de paseo. Y, cuando ya daba por perdida su bicicleta de carreras de ciclista profesional, llega al hotel y se encuentra otra vez al mismo espectador francés esperándole para devolverle la bicicleta.

Al menos a la llegada a Roubaix, teníais un hotel esperándoos.

Sí, en aquella época, las carreras eran duras y al final de muchas de las etapas de 250 kilómetros, nos alojaban a todos juntos en colegios. Nos metían allí a todos juntos, nos acomodaban en literas, con mantas de separación por equipos, sin agua caliente en las duchas y allí no se quejaba nadie.

¡Ah! Y ahora hay móviles. Cuando yo empecé, me iba de casa un mes y medio y apenas conseguía hablar con mi madre tres veces en todo ese tiempo. Desde Francia, llamabas cuando podías y la familia sabía que estabas bien por lo que leían en los periódicos.

Supongo que la forma de entrenar también ha cambiado mucho.

Entrenar en carretera era mucho más fácil que ahora porque no había tantos coches. Yo entrenaba muchas veces por la Nacional IV. Eso ahora sería muy peligroso. Hoy en día se ha desarrollado mucha tecnología y la ciencia deportiva ha avanzado mucho. Recuerdo que, cuando yo entrenaba, leía libros de atletismo y entonces empezaban a hablar de hacer series, algo que ahora es muy frecuente. Y yo me preguntaba «¿Y yo cómo hago series sobre la bicicleta?» El caso es que se me ocurrió hacer las series siguiendo los postes de la luz. Por ejemplo, hacía tres postes de la luz a tope y, luego, hacía cinco postes bajando un poco el ritmo.

Háblanos de tus victorias de etapa.

Gané una etapa en 1979, en la llegada a Santander, dentro de la Vuelta a España, pero hice varias segundas posiciones. Podía haber ganado más etapas, pienso yo. Como todos. Pero había que ayudar siempre al que mejor se colocaba. Mi tarea, no lo olvides, era trabajar para el equipo y también debo decir que siempre me reconocieron bien mi trabajo.

¿Ganaba bien un ciclista en los años que fuiste profesional?

Para aquella época, estaba bien. Si lo comparas con ahora, sin embargo, hoy en día, ganan más. Proporcionalmente. En mi época, un ciclista no se hacía millonario. Hoy, sí podría. En mi época, Ocaña, Perurena, los grandes corredores que había entonces, cuando dejaron la bicicleta tuvieron que seguir trabajando.

¿Abordaste alguna otra modalidad dentro del ciclismo?

Hice un poquito de todo. Toqué algo de bicicrós. Hice algo de pista. Hasta corrí la Burdeos-París, una clásica que ya ha desaparecido. Era una burrada. Se corría desde Burdeos hasta París, que son casi seiscientos kilómetros. Del tirón. Se hacía en grupo hasta Poitiers, por la noche. Cuando amanecía, te cambiabas de ropa y, a partir de allí, más de trescientos kilómetros, era ya tras moto. Casi toda la carrera se hacía detrás de una moto. Es decir, entrenabas con un motorista para hacer la carrera juntos. Y yo tuve la mala suerte de que a mi motorista se le estropeó la moto a mitad de carrera. Eso descabaló un poco el tema. Al final, me pusieron otro motorista, pero yo no me entendía mucho con él. No habíamos entrenado juntos y no me llevaba el ritmo adecuado. Acabé la carrera, pero la acabé el duodécimo. Estoy seguro de que podía haber conseguido mejor puesto. Me propuse mejorar la posición al año siguiente y me entrené para ello. Pero tuve una caída, me rompí el hueso de la mano y la nariz y ya no la pude correr.

Una vez retirado del ciclismo, portaste la antorcha olímpica en 1992, para las Olimpiadas de Barcelona.

La culpa la tuvo el padre de Jesús España. Su padre trabajaba entonces en Getafe y dijo: « ¿Cómo es posible que un tío de Getafe que ha sido olímpico no vaya a llevar la antorcha?» Y él fue el que lo lio todo. Fue algo también muy bonito. Nos reunieron por autobuses y por zonas y había que correr unos quinientos metros y pasar el relevo al siguiente. A mí me tocó en un tramo de Villaverde hacia Getafe. Por la carretera de Andalucía.

¡Qué opinas de la afición por el ciclismo de hoy en día?

La afición por la Vuelta a España ha aumentado muchísimo y eso siempre es bueno. Sin embargo, se ha perdido afición dentro del mundo amateur. Antes había carreras de cadetes y de infantiles en todos los pueblos. Había carreras en Valdemoro, en Getafe. Había clubs y empezabas allí. Eso ha desaparecido. Ahora apenas quedan escuelas. Empiezas y eres casi profesional o no hay otra opción. Y casi todas las carreras son para gente mayor. Y eso no es bueno para el futuro del ciclismo. La cobertura en los medios es también importante. Ahora toda la cobertura va para el fútbol o para las grandes vueltas. Antes en los periódicos había crónica de gran cantidad de carreras locales. Llegó a haber cromos y naipes de los ciclistas y de los equipos ciclistas más importantes. Todavía guardo por ahí, una cajetilla de cerillas que hicieron con mi foto. Ahora, casi todo va para el fútbol…

El dopaje también ha hecho mucho daño al ciclismo. Cuando yo comencé como profesional, no había médicos en los equipos. Aparecieron luego. Más tarde. Si te resfriabas, te tomabas lo que te daban en la farmacia. Recibías una lista de productos que no se podían tomar porque eran considerados ilegales y tenías que mirar tú mismo si la medicina que te habían dado en la farmacia tenía alguno de esos productos. Ahora cualquier equipo tiene varios médicos. Hay mucha más información.

¿Y qué hay de tu afición por el ciclismo?

Hemos tenido ciclistas muy buenos en España. Induráin y Contador han sido de mis favoritos. Coincidí con Induráin dos o tres años. Cuando él comenzaba y nadie pensaba que podía ganar cinco Tours. Pero, luego, le cambió el cuerpo. Su talento estaba en cómo controlaba los paquetes, cómo iba siempre delante. Daba mucha seguridad a su equipo y hacía ver a sus rivales las pocas posibilidades que tenían de vencerle. Mi favorito de todos los tiempos, sin embargo, fue Eddy Merckx. Corrí con él cuando él ya estaba en la etapa final de su carrera. Era un señor con mucho carácter, con muchas agallas. Era muy ambicioso y un gran deportista. Lo ganaba todo y lo quería ganar todo. Esprintaba por cada meta volante, por cada línea de meta, por cada paso de montaña. Cuenta la leyenda ciclista que, durante una Vuelta a España en la época de la Transición, en un pueblo por el que pasaba ese día la etapa, habían colgado una pancarta del partido comunista. Merckx no se lo pensó dos veces y, en cuanto vio la pancarta, aceleró para llevarse los puntos de bonificación hasta que se dio cuenta de que nadie competía por ella…

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Bernardo Alfonsel, como hizo su hermano el año pasado, se jubila al año que viene. El bar Yassy, después de treinta y dos años en Valdemoro, cerrará o cambiará de dueños. Como el ciclismo, para Bernardo, también el negocio de la hostelería ha cambiado mucho en los últimos años. Antes, todos los bares y restaurantes estaban en el centro, en la calle Grande y en los alrededores. Ahora, en Valdemoro, ya hay otras zonas donde poder salir. La gente tiene más oferta y, por lo tanto, puede exigir mejores precios, mejor calidad. Todo cambia, todo evoluciona, dice Alfonsel, y debemos amoldarnos a esos cambios porque también traen muchas cosas buenas.

Amigos·Entrevistas·Presentación

Entrevista con Nauzet Hernández

Cuando Nauzet Hernández tenía diez años, se encerraba en la habitación de sus padres a oscuras, encendía el equipo de música, colocaba en el giradiscos el vinilo de Beethoven que le había traído su padre de uno de sus viajes, lo ponía a todo volumen, se acostaba en la cama de matrimonio y se ponía a disfrutar. A gozar. Escuchaba la música y sentía cómo se estremecía cada una de las partes de su cuerpo. A tan temprana edad, se consideraba un privilegiado porque era consciente de que no todo el mundo podía obtener ese placer cuando escuchaba música. Ahí tumbado, soñaba con que algún día compondría música que en el futuro pudiera estremecer a un niño, o a muchos niños, de la forma que Beethoven lo había estremecido a él.

Unos cuantos años más tarde, Nauzet Hernández dirige una empresa, eFectrix, que crea música para la televisión (Hora punta, El programa de Ana Rosa, Supervivientes…). Se siente afortunado. Es posible que no haya cumplido el sueño del Nauzet de diez años, pero es consciente de que ese sueño era importante entonces, pues le ayudó a ser quien es hoy en día. Ese sueño le permitió mantener una relación de por vida con la música, con todos los placeres y con todos los sinsabores que nos puede aportar una relación, y ese sueño le condujo al momento en el que se encuentra, viviendo de la música que compone, concibiendo, diariamente, nuevos retos artísticos y comerciales.

Nacido en Tenerife, Nauzet llegó a Valdemoro hace diez años. Aquí vive con su esposa desde entonces. Aquí nació su hijo. Aquí ha encontrado un buen lugar donde vivir.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición/gusto/pasión por la música?

Hay que tener en cuenta que el folklore canario sigue muy vivo y hay mucha gente joven interesada en mantenerlo vivo. Recuerdo que, desde niño, mi familia materna y mi familia paterna se juntaban con frecuencia para hacer fiestas y allí nunca faltaba alguien que tocara una guitarra o una bandurria y siempre había música tradicional canaria tocada y cantada en vivo. Supongo que este hecho contribuyó a mi afición temprana por la música. Según cuentan mis padres, desde muy pequeño, cantaba entonando muy bien las canciones de anuncios y demás canciones que veía en la tele. La verdad es que no hay un punto de partida del que yo fuera consciente, pero recuerdo que, a eso de los seis años, ya iba a clases de órgano.

¿Estudiaste órgano durante muchos años? ¿En qué consistió tu formación?

Estudié órgano durante unos años, la verdad es que no recuerdo cuántos. Sé que antes de cumplir los diez ya estaba estudiando en el conservatorio y terminé haciendo saxofón, canto y piano. Cuando cumplí los diecisiete, me entró la curiosidad por la armonía moderna. He pasado por géneros tan conocidos como el pop o el rock y, hoy en día, sigo indagando acerca de la composición de música más enfocada al cine y a la televisión.

La música te ha dado muchas satisfacciones.

Ahora, en algunas ocasiones, maldigo la música. Me da rabia conocer tantos aspectos del mundo de la música. Me fastidia haber escuchado tanta música. Echo de menos el placer que sentía cuando escuchaba música en mi infancia. Entonces… todo era nuevo. Yo estaba aprendiendo y no entendía los procesos, los recursos, las razones de los músicos para componer como componían. En mi aprendizaje, tenía muchísimas preguntas. Ahora tengo demasiadas respuestas, entiendo cómo se hace y por qué se hace así y me divierto menos. Ahora entiendo las razones de Beethoven. Ahora entiendo muchas de las razones de Miles Davis, otro músico que, en su momento, me fascinó también. En cierto sentido, hacerse mayor no es bueno para un músico. Ya no disfrutas las cosas como la primera vez. Ya no tienes las emociones tan nuevas. Le pongo música a mi hijo de cuatro años y cada cosa que le pongo es nueva para él. Pero yo ya no siento igual. Fíjate, no me gustaría que mi hijo se dedicara a la música. He tenido fases de mi vida en las que la música me ha atormentado. Para mí, la música es cultura. Y, sin embargo, la música acaba prostituyéndose. Acaba convirtiéndose en puro entretenimiento y abandona a la cultura. Para mí, eso es triste porque yo me dedico a la música.

Háblanos de algunos de los grupos a los que has pertenecido o con los que has colaborado.

Nombrar colaboraciones, producciones o actuaciones en directo con cada uno de los grupos o proyectos que han pasado por mi carrera sería casi imposible. Incluso sería incapaz de acordarme de todo. Atrás quedan proyectos tan distantes como Lacara, mi primer proyecto de rock cuando llegue a Madrid; o mi colaboración con grupos folklóricos como la agrupación de música popular canaria Los Sabandeños; o mi trabajo con Mad Division, un grupo madrileño que fusionaba rap y reggae.

Ahora trabajas en televisión. ¿En qué consiste tu trabajo?

Nos dedicamos a cubrir todas las necesidades musicales de productoras que hacen programas de televisión. Hacemos sintonías para cabeceras, fondos musicales para ambientar cualquier tipo de situación, ráfagas de sonidos, entrada y salida de invitados, posproducción de audio, reparación de audios de grabaciones en exteriores… un sinfín de cosas de las que, muchas veces, el telespectador no se percata, pero que siempre están ahí y, a la vez, son imprescindibles para la producción de los programas.

¿Te consideras un músico original?

Creo que en España tenemos una asignatura pendiente con el tema del sonido de la música que grabamos. No es una cuestión de que lo hagamos bien o mal, sino que tenemos nuestra propia escuela y nos resulta difícil salir de ahí. A veces pienso que todos los discos que se hacen en España suenan igual. A Italia le pasa algo parecido. Escuchas discos grabados en otros lugares y todos tienen conceptos novedosos de cierto interés. Pero, en España y en Italia, estamos un poco estancados. Y a la gente como yo, que intentamos hacer algo diferente, nos cuesta mucho porque acabamos trabajando con gente de aquí que está acostumbrada a ese tipo de sonido. Aunque aquí usemos los mismos compresores que se utilizan en Estados Unidos, aunque se use el mismo tipo de mesa de mezclas, los mismos micrófonos, el mismo cableado, por mucho que queramos imitar el equipo técnico, al final, el ingeniero español tiende a dejar las cosas muy limpias. Y, sin embargo, el ingeniero de sonido estadounidense, que representa el estándar de la industria, busca mayor sencillez, utiliza técnicas menos rígidas, suena todo más suelto, más natural… y eso es muy difícil de encontrar en una grabación española. Apenas experimentamos. Hay incluso grupos españoles que se van a grabar al extranjero y luego se vienen a mezclar aquí con su ingeniero de toda la vida y todo acaba sonando igual. Esto puede verse también en el tipo de música que yo hago, en la música para televisión: las cabeceras, las entradas de invitados, las salidas… suena todo muy similar. Sin embargo, si ves, por ejemplo, el programa de MasterChef, que debe seguir el formato que viene de Estados Unidos a rajatabla, te das cuenta de las diferencias. En MasterChef, las cámaras deben obedecer a la secuenciación de los planos establecidos por el programa. Aunque el equipo técnico sea español, debe seguir unas pautas. No pueden inventar nada. Gran parte de la música viene de una biblioteca de sonidos preconcebida y creada para el programa. Escuchas esos sonidos de MasterChef y te das cuenta de que están a otro nivel. Yo lo siento diferente. Mi objetivo, cuando hago música, es no parecerme a otro. Quiero conseguir ese efecto, quiero alcanzar esa diferencia. Me gustaría que el director de ese programa se percatara de que está trabajando con un producto diferente. Para mí, es una búsqueda constante de ideas.

¿Has trabajado para el cine? ¿Te gustaría componer bandas sonoras?

He trabajado en algunos cortos. Posiblemente, en estos momentos, lo que más me gustaría es componer música para el cine. Pero es muy complicado. Los directores de cine trabajan siempre con la misma gente. Los entiendo. Si yo fuera director de cine, también jugaría sobre seguro, pediría consejo a colegas del oficio para que me recomendaran a los compositores en los que se puede confiar. Los directores de cine arriesgan con otros aspectos de la película, pero con la música no se la juegan. No sé si es porque no le dan a la música toda la importancia que le deberían dar o porque se la dan y no quieren jugársela. Por eso es muy difícil. Trabajar como compositor de bandas sonoras sería posible si comenzara a componer con alguien que empieza como director. Y, si esa película funcionara, ya podrías continuar como compositor para otros realizadores.

¿Hay algún compositor de bandas sonoras que te guste en especial?

John Williams. Por ejemplo, el tema de ET, la banda sonora es brutal. Ya no queda gente así. Sobre todo, porque no estamos preparados como él. Ese tipo de compositor que se sienta al piano junto al director, este le explica una escena y Williams se pone a tocar para él. Y, luego, me encanta cómo pasa las melodías y las ideas del piano a la orquesta sinfónica. Hoy en día, ya no se sienta el compositor con el director para componer una banda sonora. He visto hace poco la película Del revés, de Pixar, me gustó mucho la película y la banda sonora me pareció especial.

Háblanos de Pianet.

Pianet es un proyecto muy personal. Sé que nunca va a pasar nada, pero lo hago para que quede ahí. Para que mi hijo pueda guardarla y pueda enseñársela a mis nietos. Al principio, no tenía ni nombre. Yo estaba componiendo algo para la tele y, de repente, había una idea, un riff de piano, algo que me pareciera interesante y lo guardaba. Creé una carpeta con todas esas ideas que guardaba en el escritorio del ordenador. Y, el día que estaba más inspirado, me ponía un micrófono delante y comenzaba a cantar melodías sobre lo que tenía grabado. Y, lo típico, llegaba algún colega músico al estudio, se fijaba en la pantalla de mi ordenador y me preguntaba qué tenía en esa carpeta del escritorio. «Nada, chorradas», le decía yo. Lo escuchaban y me decían que les gustaban, que les parecían muy interesantes. Me fueron animando y acabé grabando un disco, un EP, con cinco, seis canciones, en mi estudio y lo colgué en las plataformas digitales. Esto fue en 2015. Luego, un amigo que tiene una productora de vídeo me viene y me dice que grabemos unos vídeos con las canciones. Ensayamos las canciones, fuimos al estudio de un colega que tiene un espacio más grande y grabamos el disco en imágenes. Y esos vídeos se los mandé a mis colegas para que los vieran. A partir de ahí, me llegaron varias propuestas de agencias de management. Una de ellas llegaba de Miguel Corral, de December Management, que son lo que llevaban a los Sunday Drivers. Miguel movió el material y, al final, grabamos un disco con Warner e hicimos una gira por toda España, que incluyó varios festivales. Fue una gira de año y medio. El último concierto lo dimos en diciembre de 2017 en Bilbao. El disco lo publicamos en junio de 2016 y se titula Watercolor. Tiene diez canciones y dos movimientos de piano. Nos grabaron un concierto en Radio 3 que emitieron por televisión. Ahí dejamos el proyecto aparcado por el momento. Sé que seguiré componiendo música como Pianet, pero no tengo tan claro si me gustaría ir de gira.

¿Cómo concibes tus conciertos?

Hace unos años, fuimos a un concierto de Ben Howard en el circo Price. Pagamos unos cuantos euros por cada entrada y nos imaginábamos que la sala iba a estar vacía. En ese momento, Ben Howard no era un músico popular y hacía música muy personal. Me llevé una grata sorpresa cuando nos encontramos con el circo Price de Madrid lleno de gente que había pagado un buen dinero para ver a un músico que a mí me gustaba. Fue un gran concierto y deseé que Pianet fuera algo similar. Que tuviera un público sin tener que hacer concesiones al mismo. Pero, hoy en día, es muy difícil. La industria acaba arrastrándote hacia lo comercial. Además, los festivales han reventado la industria del directo. Hay muchos grupos en España que lo hacen bien, pero no pueden hacer una gira. No pueden vivir de su música. Un festival cuesta el doble de lo que cuesta la entrada para ver un grupo en una sala, pero en el festival puedes ver ese grupo y treinta más. Sin embargo, en un festival, el público no va a verte a ti. Van a ver a todos los grupos. Y esto desvirtúa la música.

¿Cuáles son tus próximas metas?

No tengo una meta. Yo todos los días me coloco en la casilla de salida. Tengo un trabajo que me da muchas satisfacciones. Tiene una parte comercial que no me gusta, pero que es imprescindible para poder llevar a cabo la parte creativa. Entre la familia y ese trabajo se me va la vida. Pianet es un buen ejemplo. No sé cuándo lo voy a continuar. No sé siquiera si lo voy a continuar… Intento ser feliz en cada momento. Eso es lo que me ha importado siempre. La felicidad me ha llevado por donde voy ahora. No por donde iban mis sueños. Antes sacrificaba mucho tiempo de mi vida social, de pasar tiempo con los amigos, por la música. Porque creía que la música me podía dar más que un amigo y, ahora, pienso todo lo contrario. Creo que mi hijo, que mis padres, que hay gente que me aporta mucha más felicidad que la música. Me siento afortunado por poder dedicarme a lo que me gusta, pero, ahora mismo, mis prioridades son otras. Si ahora pudiera elegir una vida perfecta, tal vez decidiera volverme a Tenerife, cerca de los míos, viviendo al lado del monte para que mi hijo creciera cerca de la naturaleza y de su familia. Allí compondría en mi estudio y mandaría mis composiciones a Madrid por internet. Así tendría una vida más tranquila. Pero, luego, lo pienso y aquí estoy bien. Llevo ya siete años con la empresa, me va bien, mi hijo crece a gusto en Valdemoro, tiene aquí a sus amigos… Tenemos la vida aquí y quién sabe si mi vida perfecta en Tenerife sería tan perfecta como la imagino…

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Merece la pena escuchar las canciones de Pianet y pueden encontrarse fácilmente en internet. Pertenecen a ese tipo de producciones artísticas que tienden a recomendarse más con el boca a boca y menos frecuentemente a través de una radio-fórmula. Son melodías que no pasan inadvertidas. Nauzet y yo salimos de la cafetería donde nos hemos entrevistado y partimos en direcciones opuestas. Durante nuestro desayuno, hemos reflexionado sobre el artista y su creación, sobre la caducidad del artista, sobre la relación, de placer y dolor, entre el creador y su disciplina artística, sobre el derecho, y la obligación, que todo ser humano tiene a buscar su propia felicidad.

Editoriales

Fuente de la Villa

Alguien muy querido me dijo que “al final de nuestros días, lo que cuentan son las personas que hemos amado y las ciudades en las que hemos vivido.” Creo que la cita es del peruano Alfredo Bryce Echenique, escritor estupendo, pero no sería la primera vez que cito mal o que atribuyo una cita al autor equivocado. Pisé Valdemoro por primera vez en 1997 y, desde entonces, con mis idas y con mis venidas, he trabajado y he vivido en Valdemoro. Eso hace que, al final de mis días, Valdemoro cuente. Contará Valdemoro y contarán los múltiples valdemoreños a los que he amado.

Es normal que estando tan cerca de Madrid, una de las ciudades del mundo que nunca duerme, Valdemoro sea considerada una ciudad dormitorio. Los reyes de España, en su camino hacia Aranjuez para huir del verano de Madrid, hacían el viaje en dos días y ya dormían en la casa de la Marquesa de Villa Antonia, en la actual avenida de Andalucía. Pero Valdemoro ha estado siempre muy despierto a lo largo de la historia. Miguel de Cervantes se casó en Esquivias, a 23 kilómetros de aquí y es fácil que pasara por la villa como pasó San Juan de la Cruz o Miguel Hernández. En la iglesia de Valdemoro tenemos un Goya, obras de los hermanos Bayeu, unos frescos estupendos de Antonio de Van de Pere y una placa en uno de sus muros exteriores en la que se reconoce el trabajo de Diego de Pantoja, natural de Valdemoro, que elaboró el primer acercamiento a un diccionario y gramática chinos en el siglo XVI. En el siglo XX, es posible que el maestro Fernando García Morcillo, nacido en esta villa, se inspirara en algún momento de su infancia para escribir Mi vaca lechera, tolón, tolón, tolón, tolón.

El Valdemoro de comienzos del siglo XXI tiene, pues, un pasado del que sentirse orgulloso y mira hacia el futuro con una pluralidad y una multiculturalidad apasionantes. Valdemoro tiene más de 72.000 habitantes (sólo un hijo predilecto concedido en democracia – enhorabuena a David Santisteban – pero ojalá que pronto haya más). El tejido demográfico del Valdemoro de siempre, al que ya se le habían unido multitud de castellano-manchegos, andaluces y extremeños durante la postguerra, se ha visto enriquecido en los últimos años con la llegada de ciudadanos de todos los rincones del mundo. Conozco en Valdemoro a rumanos, polacos, ukranianos, italianos, suecos, ingleses, dominicanos, estadounidenses, ecuatorianos, colombianos, peruanos, cubanos, venezolanos, argentinos, uruguayos, chilenos, persas, turcos, marroquíes, argelinos, senegaleses, chinos, nepalíes y tibetanos. Conozco en Valdemoro a católicos, ortodoxos, cristianos de otras denominaciones, musulmanes, budistas y ateos. Todos demostrando una convivencia y un respeto democráticos.

Además de los restaurantes con comida tradicional española, tenemos un restaurante con estrella Michelín, podemos encontrar restaurantes italianos, americanos, chinos, restaurantes de fusión asiática, kebabs turcos, un restaurante indio, restaurantes de comida rápida y restaurantes de digestión lenta. El club de fútbol Atlético Valdemoro fue fundado en 1966 y ahora juega en el grupo 9 de Tercera División de Aficionados. Tenemos un corredor medalla de oro internacional en pruebas de fondo y medio fondo de atletismo. Un campeón mundial de peso medio de boxeo vivía por aquí hasta hace poco. Y un campeón mundial de patinaje sobre hielo entrena en las pistas de la localidad.

A mí me encanta caminar y Valdemoro todavía se puede caminar de un extremo a otro en un tiempo relativamente corto. Valdemoro tiene escuelas nuevas de todos los niveles, una escuela de música, una escuela de idiomas, una escuela de fútbol y una seguridad ciudadana envidiables. Valdemoro tiene más de trescientos y pico días de sol al año. Y durante casi todo el año, si cuando está a punto de caer el sol, tenemos unos minutos para mirar hacia el oeste en algún lugar de la villa en la que no se nos interponga un edificio alto, podemos disfrutar de unos atardeceres de los que salían en las películas de vaqueros de John Ford.