Fuente de la Villa

Alguien muy querido me dijo que “al final de nuestros días, lo que cuentan son las personas que hemos amado y las ciudades en las que hemos vivido.” Creo que la cita es del peruano Alfredo Bryce Echenique, escritor estupendo, pero no sería la primera vez que cito mal o que atribuyo una cita al autor equivocado. Pisé Valdemoro por primera vez en 1997 y, desde entonces, con mis idas y con mis venidas, he trabajado y he vivido en Valdemoro. Eso hace que, al final de mis días, Valdemoro cuente. Contará Valdemoro y contarán los múltiples valdemoreños a los que he amado.

Es normal que estando tan cerca de Madrid, una de las ciudades del mundo que nunca duerme, Valdemoro sea considerada una ciudad dormitorio. Los reyes de España, en su camino hacia Aranjuez para huir del verano de Madrid, hacían el viaje en dos días y ya dormían en la casa de la Marquesa de Villa Antonia, en la actual avenida de Andalucía. Pero Valdemoro ha estado siempre muy despierto a lo largo de la historia. Miguel de Cervantes se casó en Esquivias, a 23 kilómetros de aquí y es fácil que pasara por la villa como pasó San Juan de la Cruz o Miguel Hernández. En la iglesia de Valdemoro tenemos un Goya, obras de los hermanos Bayeu, unos frescos estupendos de Antonio de Van de Pere y una placa en uno de sus muros exteriores en la que se reconoce el trabajo de Diego de Pantoja, natural de Valdemoro, que elaboró el primer acercamiento a un diccionario y gramática chinos en el siglo XVI. En el siglo XX, es posible que el maestro Fernando García Morcillo, nacido en esta villa, se inspirara en algún momento de su infancia para escribir Mi vaca lechera, tolón, tolón, tolón, tolón.

El Valdemoro de comienzos del siglo XXI tiene, pues, un pasado del que sentirse orgulloso y mira hacia el futuro con una pluralidad y una multiculturalidad apasionantes. Valdemoro tiene más de 72.000 habitantes (sólo un hijo predilecto concedido en democracia – enhorabuena a David Santisteban – pero ojalá que pronto haya más). El tejido demográfico del Valdemoro de siempre, al que ya se le habían unido multitud de castellano-manchegos, andaluces y extremeños durante la postguerra, se ha visto enriquecido en los últimos años con la llegada de ciudadanos de todos los rincones del mundo. Conozco en Valdemoro a rumanos, polacos, ukranianos, italianos, suecos, ingleses, dominicanos, estadounidenses, ecuatorianos, colombianos, peruanos, cubanos, venezolanos, argentinos, uruguayos, chilenos, persas, turcos, marroquíes, argelinos, senegaleses, chinos, nepalíes y tibetanos. Conozco en Valdemoro a católicos, ortodoxos, cristianos de otras denominaciones, musulmanes, budistas y ateos. Todos demostrando una convivencia y un respeto democráticos.

Además de los restaurantes con comida tradicional española, tenemos un restaurante con estrella Michelín, podemos encontrar restaurantes italianos, americanos, chinos, restaurantes de fusión asiática, kebabs turcos, un restaurante indio, restaurantes de comida rápida y restaurantes de digestión lenta. El club de fútbol Atlético Valdemoro fue fundado en 1966 y ahora juega en el grupo 9 de Tercera División de Aficionados. Tenemos un corredor medalla de oro internacional en pruebas de fondo y medio fondo de atletismo. Un campeón mundial de peso medio de boxeo vivía por aquí hasta hace poco. Y un campeón mundial de patinaje sobre hielo entrena en las pistas de la localidad.

A mí me encanta caminar y Valdemoro todavía se puede caminar de un extremo a otro en un tiempo relativamente corto. Valdemoro tiene escuelas nuevas de todos los niveles, una escuela de música, una escuela de idiomas, una escuela de fútbol y una seguridad ciudadana envidiables. Valdemoro tiene más de trescientos y pico días de sol al año. Y durante casi todo el año, si cuando está a punto de caer el sol, tenemos unos minutos para mirar hacia el oeste en algún lugar de la villa en la que no se nos interponga un edificio alto, podemos disfrutar de unos atardeceres de los que salían en las películas de vaqueros de John Ford.

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Valdemoro en el cine – Cine independiente

Valdemoro ha sido escenario de cerca de treinta largometrajes. Pudimos ver la plaza de la Constitución, llena de extras valdemoreños, en Orgullo y pasión (1957), mientras Sophia Loren bailaba flamenco bajo los atentos ojos de Frank Sinatra y Cary Grant; pudimos ver Valdemoro convertido en un pueblo uzbeko de la antigua Unión Soviética en una producción internacional, Más allá de las montañas (1967), una película dirigida por el polaco Alexander Ramati, autor también de la novela homónima; y pudimos ver el Salón de Sesiones del antiguo consistorio de Valdemoro en algunas de las escenas más importantes de la película española El turismo es un gran invento (1968), dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Paco Martínez Sonia y José Luis López Vázquez.

Pero en Valdemoro han puesto los ojos, también, producciones cinematográficas y cineastas de carácter más alternativo e independiente. En nuestra localidad se filmó una película con guion de Jesús Franco, el cineasta independiente por antonomasia en España; vino a filmar a Valdemoro nada menos que Orson Welles, el enfant terrible (y luego más talludito y no tan enfant) de Hollywood; y, en el año 2000, nos visitó Karra Elejalde, actor de algunas de las producciones españolas más gamberras de los últimos veinte años, para dirigir su primer largometraje, Año Mariano.

La venganza del Zorro

Alrededor de la década de 1960, cuando las grandes productoras de Hollywood aún no se habían hecho con el control mundial de la distribución y de los derechos de proyección, los cineastas independientes podían estrenar en los centros de las mejores ciudades y competir con las grandes superproducciones de Hollywood. Para poder seguir su funcionamiento, los cines de barrio, por ejemplo, elegían entre grandes películas que se habían estrenado hacía meses (a veces, hasta años) o entre pequeñas producciones independientes con títulos rimbombantes que recordaban a grandes éxitos del pasado con los que atraían a los espectadores necesarios para poder sufragar la siguiente producción.

No tenemos que irnos tan lejos en el tiempo. En ciudades como Madrid o Zaragoza, hace veinte años, había una oferta cinematográfica un treinta por ciento más alta que en la actualidad. Es decir, puede que hubiera menos pantallas de cine disponibles que hoy en día, pero el espectador podía elegir entre muchas más películas. En la actualidad, los cines ofrecen más pantallas, pero, al repetirse las mismas películas en todas las multisalas, la oferta cinematográfica es menor. Una producción cinematográfica independiente o una película de bajo presupuesto tienen muy pocas posibilidades de ser proyectadas en los cines convencionales y, con suerte, sus opciones pasan por las filmotecas o los festivales de cine.

En muchos sentidos, es una pena. Porque, a pesar de algunos problemas de factura debido a su bajo presupuesto, cuando uno ve La venganza del zorro (1962), la película dirigida por Joaquín L. Romero Marchent que arranca en la plaza de la Constitución de Valdemoro (esta vez convertida en el centro de una población de California), se da cuenta de que puede competir, sin rubor, con muchas grandes superproducciones de Hollywood. La cinta contiene unas cuantas persecuciones a caballo, el número de disparos necesarios, las piruetas y la agilidad de un Zorro que trepa por los árboles y los edificios y el duelo a espada reglamentario con el malo en la última escena de la película. Todo ello salpicado con sabrosos diálogos escritos por un Jesús Franco en buena forma.

Para aquellos que no conozcan el nombre de Jesús Franco, aquí va mi pequeño homenaje a este cineasta independiente español. Estamos hablando del director de más de doscientas películas y del escritor de otros tantos guiones. Franco se formó como ayudante de dirección de Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o del propio Joaquín L. Romero Marchent, director de La venganza del Zorro. Gracias a su experiencia y su conocimiento del inglés, trabajó con Orson Welles en Campanadas a medianoche. Los géneros favoritos de Jesús Franco eran el cine fantástico, la ciencia ficción y el cine de terror. Trabajaron en sus películas actores de la altura de Christopher Lee o Klaus Kinski. En 2009, recibió un Goya honorífico por toda su trayectoria profesional en el cine, como director, guionista, productor y compositor musical.

Jesús Franco no llegó a filmar oficialmente en Valdemoro como director. Sin embargo, llegó a tener una relación muy especial con un valdemoreño de nacimiento, Fernando García Morcillo. La carrera musical de García Morcillo fue larga. Nació en 1916. Miembro de una familia de músicos, fue director de la casa de discos RCA y dirigió numerosos programas musicales en directo para Radio Nacional de España y Radio Madrid. Fernando García Morcillo fue el compositor de numerosos temas del cancionero español contemporáneo, entre los que destacan La tuna compostelana y Mi vaca lechera. Sus canciones fueron interpretadas por María Dolores Pradera, Sara Montiel, Frank Sinatra y Carmen Sevilla (estos dos últimos habían estado en Valdemoro durante la filmación de Orgullo y pasión, pues Sinatra era uno de los protagonistas de la cinta y la tonadillera había ayudado a Sophia Loren a preparar la escena que tiene lugar en la plaza de la Constitución). En la década de 1940, el maestro Morcillo se dedicó a hacer música para la comedia musical y la revista. A partir de la década de 1950, comenzó a componer para el cine. Sus colaboraciones con Jesús Franco empezaron con la película El secreto del Dr. Orloff (1964) y Morcillo puso la banda sonora de, al menos, tres películas más de Franco. Su relación con el cine independiente no se limitó a la música que compuso para Jesús Franco. También trabajó en numerosas ocasiones con el director madrileño Paul Naschy (nombre artístico de Jacinto Molina Álvarez), más conocido por ser uno de los actores más elogiados internacionalmente por su interpretación del hombre lobo. Fernando García Morcillo fue también el compositor de la música de la mayoría de las películas del director José María Elorrieta. Casualmente, dos de ellas fueron filmadas parcialmente en Valdemoro: El milagro del sacristán (1954) y Torero por alegrías (1957).

En La venganza del zorro, de Joaquín L. Romero Marchent, la plaza de la Constitución de Valdemoro se reconoce fácilmente y se utiliza en varias ocasiones como espacio multiusos de la película. También cobra gran protagonismo la ermita del Cristo de la Salud (tanto por fuera como por dentro), pues es el lugar donde tiene lugar el asesinato que dispara toda la intriga de la película.

Una historia inmortal

Jesús Franco llegó a decir que no le gustaba ninguna de sus películas. Que a él le habría gustado dirigir Ciudadano Kane, la obra maestra de Orson Welles. Tuvo la suerte de trabajar con Welles en Campanadas a medianoche, filmada en España en 1965. Curiosamente, tres años más tarde, Orson Welles vino a Valdemoro para rodar el telefilm Una historia inmortal.

¿Qué se puede decir de un artista como Orson Welles? Con veintitrés años, aterrorizó Estados Unidos con una dramatización radiofónica de La guerra de los mundos, el famoso libro de H. G. Wells; con veinticinco años, dirigió su primera película y muchos críticos y cinéfilos siguen considerándola uno de los mejores largometrajes de la historia del cine. Estamos hablando de Ciudadano Kane, que ganó el Óscar al mejor guion original y tuvo nominaciones a mejor película y mejor director.

Una historia inmortal fue concebida como una película para la televisión francesa, pero acabó estrenada en el cine. Estuvo filmada en varios lugares de España, incluidos Chinchón y Valdemoro. En este caso, la plaza de la Constitución de Valdemoro formaría parte del entramado urbano de una imaginaria Macao, la colonia portuguesa en China. Efectivamente, podemos ver carteles en chino por todas partes (aquellos que saben leer chino criticaron el hecho de que algunos de esos carteles estaban boca abajo). Orson Welles, uno de los cuatro protagonistas de la película, entra en la plaza conducido en una calesa tirada por caballos y puede distinguirse claramente. Orson Welles estuvo en Valdemoro. Coprotagoniza la cinta del director norteamericano Jeanne Moreau, la actriz francesa que falleció recientemente (31 de julio de 2017).

La película es una adaptación exquisita de una novela deliciosa, obra de la escritora danesa Karen Blixen. Tal vez Una historia inmortal no sea su libro más famoso, pero algunas otras de sus novelas han sido llevadas al cine y son ampliamente conocidas: Memorias de África y El festín de Babette.

La adaptación cinematográfica es muy teatral y podría haberse llevado a cabo con tan solo los cuatro protagonistas europeos. Cuando el espectador piensa que Orson Welles quiso ahorrarse en extras o que, sencillamente, en aquellos años, no pudo encontrar actores chinos en España, el director nos sorprende con dos o tres escenas en las que los extras asiáticos enriquecen la cinta extraordinariamente, gracias, también, a una fotografía impecable.

Año Mariano

Gran parte de Año Mariano, la película dirigida por Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo en el año 2000, fue filmada en los cerros del Espartal (en la finca El Espartal, según aparece en los créditos). Utilizaron un buen número de extras, que llegaron de varias poblaciones. En los créditos finales, aparecen agradecimientos a los excelentísimos Ayuntamientos de Madrid, Almería, Níjar, Valdemoro, Ciempozuelos y Titulcia (aunque es «todo el pueblo de CIEMPOZUELOS POR SU CARIÑO Y COLABORACIÓN» el que se lleva los agradecimientos especiales de la película). 

Año Mariano es una película sinvergüenza. Es una película marginal repleta de personajes marginales. Y sus orígenes son también marginales. Todo comenzó cuando Juanma Bajo Ulloa hipotecó su piso para producir su primera película, Alas de mariposa en 1991. Parecía una historia de cineasta independiente americano. Una película producida con muy poco dinero que consigue el premio del Festival de Cine de San Sebastián. Con los ingresos de esta película, Juanma Bajo Ulloa pudo producir su segunda película, La madre muerta (1993). Algunos de los adjetivos que se podrían usar para ambas películas son preciosismo, detallismo y barroquismo. Ninguna de las dos películas estaba dirigida al gran público. Ninguna de las dos podía clasificarse como comercial.

En Alas de mariposa, uno de los personajes terciarios estaba interpretado por Karra Elejalde. En La madre muerta, Elejalde pasó a ser el protagonista. Estoy seguro de que la relación personal que fue forjándose durante esos dos años entre Ulloa y Elejalde fue fundamental para que el director decidiera convertir una historia de Karra Elejalde en su tercer largometraje. La película, Airbag (1997), se convirtió en la más taquillera del cine español, honor que mantuvo hasta que, al año siguiente, se estrenó la primera película de la saga de Torrente. Es, sin lugar a duda, la película más comercial de Ulloa, que, desde entonces solo ha estrenado Frágil (2004), minoritaria de nuevo, y Rey gitano (2015), que intentó resucitar el fenómeno comercial de Airbag, sin conseguir el mismo éxito.

 Sin embargo, Karra Elejalde supo explotar al máximo el efecto de Airbag. Tres años más tarde, escribió, dirigió e interpretó junto con Fernando Guillén Cuervo la película Año Mariano. Guillén Cuervo ya había co-protagonizado Airbag e, incluso, había firmado su nombre, junto al de Elejalde y Ulloa, bajo el guion de la película. Año Mariano no tiene la factura ni la frescura de Airbag, pero fue una vuelta de tuerca más (o una ida de olla superior) y comercialmente tuvo incluso más beneficios. Airbag tuvo un presupuesto de tres millones de euros y una recaudación de siete. Año Mariano contó con un presupuesto de unos 180.000 euros y obtuvo una recaudación de más de cinco millones de euros.

No cabe duda de que Karra Elejalde ha conseguido evolucionar por un camino lleno de más éxitos comerciales y ha sabido mantenerse en el candelero (él diría «en el candelabro» si estuviera interpretando a uno de sus personajes), pues lo hemos podido ver en la primera línea de las películas y series de moda (Ocho apellidos vascos y sus secuelas, por ejemplo) y, a la vez, no abandona a los personajes marginales que ha interpretado desde sus inicios interpretativos.

Valdemoro ha sido escenario de todo tipo de películas y series televisivas. En nuestro artículo anterior dedicado al cine en Valdemoro, pudimos ver paisajes urbanos de nuestra localidad en grandes producciones internacionales, en producciones populares españolas y, como hemos visto en este artículo, Valdemoro ha sido utilizado como escenario de películas independientes, marginales o de bajos presupuestos.

 

Entrevista con Los Pantoja

Los Pantoja son una nueva, –y fresca-, banda de rock que acaban de presentarse en sociedad con un disco epónimo y dos conciertos, uno en La Sala y otro en las fiestas de mayo de nuestra localidad. Cuatro de sus cinco miembros, Víctor D. Pantoja, Javier Mayor, Daniel Gómez y Agustín Pérez Varo, son valdemoreños de toda la vida. Pronto vieron la necesidad de encontrar otro guitarrista, para liberar un poquito a Víctor, el cantante, y para dar brillo a los ritmos de la guitarra de Agustín, y así se incorporó al grupo Jorge Biurrun. De las canciones del disco, han decidido colgar en YouTube Amor de calavera, a modo de primer sencillo y están sonando en Onda Madrid.

A la entrevista, acuden Agustín y Víctor. Me encanta, parece que no hayan venido a hablar de su disco. Hemos comenzado a hablar de música y se sienten cómodos hablando de algunos de los grandes de la historia del rock español. Salen en la conversación Miguel Ríos, Héroes del Silencio y Bunbury, Platero y Tú y Fito y los Fitipaldis. También apuntan hacia bandas más recientes como Los Zigarros…

Hablar de nuestros grupos favoritos es algo que muchos de nosotros hacemos durante nuestra juventud, pero solo los verdaderos amantes de la música continúan hablando de solistas y bandas, con la misma pasión, toda su vida. Todo esto me lleva a imaginar que, fácilmente, de la fuente de la eterna juventud no saliera agua, sino música.

Entonces, ¿no habéis venido aquí a hablar de vuestro disco?

Víctor: Cuando hablamos de otros músicos, de otros discos, de la música que nos interesa y que nos gusta, en esos momentos, en muchos sentidos, estamos hablando también de nuestro disco.

¿Cuándo nacen Los Pantoja?

Víctor: Los Pantoja nacen con otro nombre aun siendo el mismo proyecto. Agustín y yo estábamos tocando en una banda anteriormente, con Pepe Fernández, un compositor de Pinto muy bueno. La Hormiga Afónica se llamaba la banda. Yo me dedicaba a poner las voces, empecé a componer alguna canción. De hecho, Amor de calavera, la canción que se puede escuchar en YouTube, está compuesta por los dos, por Pepe y por mí, y así está registrada. Yo tenía la necesidad de hacer otras cosas, llevar a cabo un proyecto diferente. Compuse tres o cuatro canciones y pronto vi que esas canciones eran diferentes. Se las enseñé a Agustín primero. Luego me puse en contacto con Javi Mayor, que ya había tocado la batería con Agustín en la época del Sindicato del Crimen. Empecé a buscar músicos. Conocía bandas en Valdemoro y sabía a quién quería tener en la nueva banda.

Agustín: A la hora de formar la banda, Víctor tuvo la suerte de disponer de una cantera de amigos importante; la mayoría de nosotros hacemos música. Para otra gente, puede ser difícil conseguir músicos para tu banda en tan poco tiempo. Todos somos de Valdemoro. Todos tenemos ya un bagaje, todos hemos hecho algo. La banda funcionó desde el primer día.

Víctor: Contacté con los músicos con los que me apetecía tocar, les enseñé un poco el proyecto y se sintieron interesados. Y de ahí salió el grupo Toma 13. Tal vez porque ocurrió en 2013. Empezamos a trabajar, nos pusimos a componer más canciones, pero el nombre no nos llegaba a convencer. Pasó a llamarse Señor Naranja. Como uno de los protagonistas de la película Reservoir Dogs, el señor Naranja. Queríamos llevar una estética Tarantino, muy de negro, y, en ese momento, nos metimos a grabar.

Agustín: El nombre Señor Naranja tampoco nos convencía. Además, nos daba problemas porque había varias bandas con el mismo nombre, una de ellas, Sr. Naranja, en Madrid y, encima, acababan de sacar un disco. Nos encontrábamos con el problema de que íbamos a un evento y nos confundían con la otra banda. Se dio la anécdota de que nos llamaron de una emisora de radio de Uruguay y, cuando nos hicieron la entrevista, pincharon la música del otro Sr. Naranja. Habíamos decidido grabar un disco y era el momento de definir el nombre del grupo.

Y lo decidisteis antes de grabar el disco.

Agustín y Víctor (a la vez): Lo decidió el productor.

Víctor: Lo decidió Candy Caramelo. Además, me acuerdo, fue antes de empezar la preproducción del disco, estábamos empezando a escuchar los temas, y Candy apunta en un papel «Señor Naranja» y dice: « ¿Estáis abiertos a cambiar el nombre? Porque si estáis dispuestos, yo le doy un par de vueltas…» El primer día del trabajo de producción, viene y dice: «Escucha, ¿os gusta Los Pantoja?» Y dijimos todos: «Los Pantoja, tío, ¡vamos a parecer folclóricos!». «Pues a mí me parece muy punki que un grupo de rock se llame Los Pantoja», dijo Candy para acabar de convencernos.

Agustín: Déjame recordarte que, además, el apellido de Víctor es Pantoja. En ese momento, cambiamos el nombre a Los Pantoja, pero el proyecto seguía siendo el mismo. Los cuatro mismos músicos. El cambio de nombre tenía también motivos comerciales, de mercadotecnia.

Víctor: Candy me lo puso muy claro un día: «Mira, si voy a un concierto y me gusta una canción, el título de la canción no lo voy a recordar. El nombre del grupo, si es Señor Naranja, es ambiguo y, si, encima, hay más grupos con ese nombre, va a ser difícil que la encuentre. Ahora, si tú vas a ver un grupo que se llama Los Pantoja, ese es un nombre que no se te va a olvidar fácilmente». Eso sí, por si acaso, cuando firmamos con la promotora del disco, les pedimos que se aseguraran de que la estética no tuviera nada que ver con la familia Pantoja. Y, para ese trabajo, nos hemos juntado con Paco Martín, don Paco Martín, que lo es todo en la promoción de rock en España desde los años ochenta. Y creo que el diseño del disco ha quedado estéticamente contundente, elegante, serio…

Agustín: Incluso a mí me parece atemporal. Es una portada que podría haber salido hace veinte años, pero no se ve antigua. Podría ser también de nuestros tiempos.

¿Qué contáis en vuestro disco?

Víctor: En las letras hablo básicamente de dos cosas. En muchas canciones hablo de un amor romántico canalla, hablo de un amor vivido desde la estética rock.

Agustín: Son letras basadas en experiencias personales.

Víctor: Por ejemplo, en Habitación número 3, en el hotel más cutre, tras pintar un escenario muy tétrico, hay una ruptura y el protagonista no consigue lo que esperaba.

Agustín: Pero es también un disco optimista.

Víctor: Sí, además, además de ese amor canalla, hay canciones de aliento. Hablamos de la fuerza interior, de la posibilidad de sobreponerse ante la dificultad. Así es Trece, la segunda canción del disco. Cómete el mundo va en la misma línea. La canción dice: «Son las huellas de tus pies las que marcan tu destino…» No debemos tener miedo al error. Y, si lo hay, que la equivocación sea nuestra. Porque, cuando tienes un sueño, no te da miedo equivocarte.

Me habéis contado que cada miembro del grupo tiene influencias diferentes.

Agustín: Yo vengo del rock de los ochenta. El rock americano de esa época, Guns N’ Roses, ese rock es lo que más me gusta. Pero es verdad que cuando tocas un instrumento, acaban gustándote muchos tipos de música. Javi tiene influencias más pop, como puede ser The Police,- Sus baterías favoritos son Vinnie Colaiuta y Stewart Copeland.

Víctor: Es un batería muy técnico, contundente, pero muy técnico. Le gusta mucho esa batería estilo americano muy trabajada.

Agustín: Dani es más del rock urbano, el lado más punki de la banda. El más underground.

Víctor: Le gustan mucho los Ramones.

Agustín: Jorge es el que tiene una carrera artística más dilatada, porque ha trabajado con artistas de primer nivel, y toca muy bien el blues y el jazz.

Víctor: En mi caso, la influencia más importante que tengo ahora puede ser Leiva. Es muy completo a nivel musical, por cómo escribe, por cómo cuida su sonido. Claro, si te pones a indagar, descubres que Leiva ha estudiado todo lo que se ha hecho antes, conoce bien la historia del rock. Cuando escuchas a Leiva, escuchas treinta o cuarenta años de música en sus discos. Ha tocado y ha cantado con todo el mundo. Es muy bueno.

Agustín: Cuando Leiva quiere decir algo, lo dice muy bien.

Víctor: Me gusta mucho el rock que pone en el escenario Carlos Tarque con MClan. Yo no escucho mucha música de habla anglosajona porque a mí me gusta entender la letra. Con el inglés te puedes defender, pero entender la profundidad de algunas letras es más complicado. Me gusta mucho la música con base americana: Ray Charles, Chuck Berry, Elvis. Tiendo más a eso que hacia los Beatles, por ejemplo. El grupo español de los noventa que me gusta mucho son Los Ronaldos. Me gusta mucho ese rollo pícaro, juguetón, ese rollo un poco canalla encima del escenario. Tuvimos la suerte de compartir cartel con Coque Malla en las fiestas del Cristo a comienzos de este mayo.

Vuestro disco es puro rock.

Agustín: Desde el primer momento, Candy insistió en que las canciones debían ser dinámicas, contundentes. Todos los tiempos son rápidos, excepto en la canción Hoy. Candy quería que el disco rodara.

Víctor: Si comparamos el tiempo de los primeros temas cuando los llevamos al estudio, la velocidad de las canciones fue aumentando en cada toma. Íbamos subiendo cada vez más. «Porque, si no», decía Candy, «me entran ganas de ir a pedirme una copa».

Agustín: Y yo creo que fue un acierto. Porque, en el momento que estamos, es lo ideal. Y nos ayuda mucho ahora en los directos. Vamos a tocar los temas y eso se nota en la respuesta del público. Las canciones generan mucha energía.

Víctor: Sin hacer ruido, que es lo más importante. Subir los decibelios, aumentar la velocidad y que no se haga ruido. Que se pueda escuchar la voz y se pueda escuchar la letra de la canción, que se pueda escuchar el arpegio de la guitarra, que la música no vaya atropellada. Todo eso es muy importante para mí.

Me consta que habéis disfrutado trabajando con Candy Caramelo en Candyland-Rock Studios

Agustín: Yo lo tenía idealizado. Candy ha trabajado con todos los grandes. Ha contribuido en la creación de muchos de los grandes. Luego ves su profesionalidad, su calidad humana, su humildad y te quedas encantado. Nos ha tratado como si fuéramos estrellas del rock.

Víctor: Nuestras expectativas a la hora de trabajar con Candy eran buenas, pero la realidad superó, con creces, esas expectativas. También sabíamos que estábamos apostando sobre seguro porque, si echas un vistazo a la trayectoria de Candy, ha estado trabajando con Tino Casal, Miguel Ríos, Los Rodríguez, con Ariel Roth, Andrés Calamaro, Fito y Fitipaldis… Al final, el sonido que él aporta, la idea del rock que él tiene, su amor por el rockabilly, todo eso es lo que nosotros necesitábamos para que algunas de las canciones que llevábamos, que tenían un toque de pop más comercial, adquirieran ese sabor rock que les queríamos dar.

Agustín: Candy hizo algo más. Cuando llegamos al estudio de grabación con las canciones que pensábamos incluir en el disco, cada una era de un estilo diferente. En cada una de las canciones se podían ver las influencias musicales de los miembros de la banda. Candy supo encauzar todas nuestras mareas creativas para que las canciones del disco tuvieran un sonido homogéneo que nos pudiera representar. Todos los temas parecen pertenecer al mismo álbum y no a otro álbum diferente. Y eso es muy difícil. Y creo que solo lo puede hacer alguien desde fuera. Con un punto de vista objetivo.

Víctor: Los artistas que producen sus propios discos lo dicen. Es muy complicado.

Víctor: No hemos querido hacer un disco que se pareciera a nada. Queríamos un disco que suene a nosotros. Candy nos ha ayudado a adquirir una esencia como banda.

Agustín: Una identidad.

Víctor: Y yo creo que se ha conseguido.

Agustín: Todas nuestras influencias están ahí porque inventar es difícil. Pero hemos hecho algo nuestro.

Víctor: Y no podemos olvidar que, en el resultado final del disco, han contribuido Jackpot producciones, Borja como diseñador del disco y Ricardo Rubio con las fotos. Ricardo mostró una generosidad con su tiempo digna de agradecer.

¿Hay espacio para el rock en nuestros días?

Agustín: Yo me alimento de la música en vivo. Es mi hobby. Me encanta escuchar música en directo. Ir a festivales. Y, en los últimos años, esas bandas de rock que me gusta escuchar tienen espacio en esos festivales.

Víctor: El rock funciona. No ha dejado de sonar nunca. Metallica vino a tocar a España, llenazo. Hay público para el rock.

¿Es Valdemoro un lugar para el rock?

Víctor: Aquí lo difícil es tener una oportunidad. Que te den la oportunidad en Valdemoro. Si vas a tocar a un garito con una guitarra acústica y a los quince minutos te dicen que lo tienes que dejar porque ha llegado la policía ante las quejas por el ruido… En Pinto, el Ayuntamiento está poniendo locales para que la gente pueda ir a ensayar.

Agustín: Hay que potenciar la cultura, no perseguirla. Los grupos valdemoreños tienen que irse a tocar a otros lados. Yo comencé a tocar en 1985-86, teníamos un grupo, Doble Sentido, junto a David Santisteban. Apenas teníamos catorce, quince años. En aquella época, recibimos un poquito más de ayuda institucional, pero ahora…. Hay una cantidad de medios que no se están aprovechando. Vas a ver un concierto en las fiestas de Ciempozuelos, por ejemplo, y la norma es que los teloneros sean de la localidad. Aunque, a lo mejor, hablas con músicos de otros pueblos y te cuentan lo mismo que te estamos contando nosotros sobre sus localidades.

¿Hasta dónde queréis llegar?

Agustín: Nunca te juntas para hacer música con el objetivo de vivir de ello, pero siempre te gustaría optar a disfrutarla de forma profesional.

Víctor: Esto de la música son inquietudes. Llegar lo más lejos posible. Centrarse en lo que tienes y poner un ojo en lo siguiente. La inercia debería ser siempre querer dar un paso más todos los días.

Agustín: Ahora tenemos un disco. Querríamos poder tocarlo en directo, mostrar nuestro proyecto. Disfrutamos tocando en directo. Eso nos alimenta. El ritual de prepararnos para el concierto. Un aspecto clave de la banda. En cuanto terminas un concierto, ya comienzas a plantearte qué debes y qué no debes hacer la próxima vez. Es un valor que a mí me llega muchísimo. La respuesta del público está siendo muy bueno. En La Sala, para la presentación del disco, tuvimos unas 180 personas.  180 personas pagando para vernos. Una banda nueva. En Pinto, también hubo muy buenas sensaciones. Recibimos comentarios muy positivos. Eso nos anima a seguir.

Víctor: La venta de discos tiene ahora muchas limitaciones. La mejor plataforma es un escenario. Y queremos saber hasta dónde podemos llegar. ¿Qué nos falta? ¿Deberíamos hacer algo más acústico para otro tipo de salas? La experiencia de tocar es lo que te permite crecer. Además de los directos, la cabeza ya la tienes en el siguiente disco. Nos encantaría preparar un EP con seis temas. Un anticipo del segundo disco. Y, después de navidades, otros seis temas, que unidos a los primeros, podrían configurar un segundo disco para el verano de 2019.

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Tanto Agustín como Víctor hablan llenos de energía. De pasión por la música. Terminamos la entrevista y volvemos a hablar de discografías, de puestas en escena, de bandas favoritas. Víctor se despide de mí con una pequeña reflexión: «Una vez grabas un disco y tocas en directo, eres consciente de que nunca volverás a disfrutar un concierto como espectador. Ni estando arriba, ni estando abajo. Es la maldición del músico. No son ganas de criticar. Es el músico que llevas dentro, que te hace ser consciente de todo lo que sucede durante la actuación y que observa fallos hasta en un concierto de Metallica».

Carmelo Rebullida: Fósiles, sílice y piel

Carmelo Rebullida lleva más de cuarenta años pintando. Su obra, extensa, un buen número de cuadros, habla por él. La ciudad de Zaragoza le brinda homenaje con una exposición espléndida en La Lonja, uno de los mejores lugares para exponer en nuestra ciudad. Por eso, las palabras sobran. Las líneas escritas a continuación sobran. Basta con atravesar las puertas del edificio renacentista zaragozano y disfrutar de la obra de Rebullida.

Creo en la existencia de una conciencia colectiva. Una conciencia colectiva que nos conecta a todos. Para empezar, a todos los seres humanos. A los vivos. A nuestros antepasados. A nuestros descendientes. Creo que esa conciencia colectiva ha sido plasmada a lo largo de la historia a través del arte, del pensamiento, de nuestros comportamientos, hasta de nuestras muecas. Hoy en día hemos llegado a externalizar gran parte de esa conciencia colectiva a través de las nuevas tecnologías y del Big data. Ha salido a la superficie y está al acceso de todos. Sin embargo, la expresión de una parte de esa conciencia colectiva corre todavía a cargo de especialistas: pensadores, escritores, historiadores y periodistas, por medio de la palabra; bailarines, artistas, atletas y artesanos, a través de otros lenguajes. Porque esa conciencia colectiva puede ser expresada en todos los idiomas del mundo. En todo tipo de lenguajes y a través de los cinco sentidos. La conciencia colectiva es, tal vez, nuestro sexto sentido.

En busca del fuego

John Anthony Burgess Wilson, Anthony Burgess, nació en Manchester en 1917. Después de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como oficial de educación en Brunéi y Malasia. En 1959, sufrió un desmayo mientras daba una clase en Malasia. Le fue diagnosticado un tumor cerebral y los médicos más optimistas no le dieron más de dos años de vida. Dejó la educación y se convirtió en escritor a tiempo completo. Escribió cinco novelas y media en un año. Pasaron los dos años que los médicos le habían otorgado y Burgess no acababa de morirse. De hecho, no moriría hasta 1993, después de publicar más de cincuenta libros, entre novelas y ensayos. También escribió dos sinfonías y varias sonatas.

Su libro más famoso, La naranja mecánica (1962), fue llevado al cine por el mismísimo Stanley Kubrick en 1971. El amor de Burgess por las lenguas (hablaba malayo, ruso, francés, alemán, español, italiano y japonés, además del inglés, su idioma nativo, y un poco de hebreo, chino, sueco y persa),  le llevó a crear un argot barriobajero extraño, que era el que utilizaban los gamberros protagonistas de La naranja mecánica cuando se comunicaban entre ellos. Al final de la novela, Burgess añadió un glosario con las palabras de ese lenguaje inventado y su traducción al inglés.

Jean-Jacques Annaud utilizó la imaginación y conocimientos lingüísticos de Anthony Burgess para crear el Ulam, un lenguaje gutural prehistórico ficticio, para la película En busca del fuego (1981), que venía acompañado de un lenguaje corporal diseñado y supervisado por Desmond Morris, otro grande de la antropología física y social. Así imaginaron los tres cómo se habrían comunicado los primeros hombres sobre la faz de la tierra.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Anthony Burgess, creando nuevos lenguajes de expresión a través de su pintura, escuchando las voces de nuestros antepasados dentro de la conciencia colectiva humana para reconstruir, tal vez, lenguajes ancestrales. Sus cuadros de fósiles son un claro reflejo de esa simbología primitivista. La pintura de Rebullida va siempre en busca del fuego.

La llegada

Louise Banks (interpretada por Amy Adams) es una lingüista, catedrática de universidad, que va a dar clase a la facultad al día siguiente de una invasión extraterrestre. Para su sorpresa, al aula no acude nadie más. Esa misma noche, el ejército estadounidense se le presenta en la puerta de su casa pidiéndole ayuda. Necesitan que alguien descifre el lenguaje de los extraterrestres recién llegados. Curiosamente, los alienígenas son unos heptápodos que escupen tinta contra un cristal para escribir sus mensajes, unos pictogramas que se conforman alrededor de la figura del círculo.

Si el reto al que se enfrentaba la protagonista era de alto nivel, no era menor el que se encontraba el diseñador de producción de la película La llegada (2016), del director Denis Villeneuve. Había que crear un lenguaje gráfico nuevo, un lenguaje que venía del espacio y que, en palabras del equipo de producción, «debía ser estéticamente agradable a la vez que, a primera vista, no debía ser evidente el hecho de que fuera un lenguaje».

Para este trabajo, acudieron a la artista canadiense Martine Bertrand, que diseñó una serie de símbolos estupendos, que luego fueron refinados tras consultar con lingüistas y arqueólogos de reputación. Cada uno de esos símbolos podría ser un cuadro en sí mismo. La caligrafía extraterrestre como expresión artística.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Louise Banks y como Martine Bertrand, dispuesto a imaginar e interpretar el idioma de un recién llegado. El lenguaje del otro. Rebullida se ha estado entrenando toda una vida para escuchar las voces de nuestros descendientes futuros dentro de la conciencia colectiva humana, para construir un retrato robot de nuestra posteridad. En sus cuadros dedicados a paisajes imaginarios, Rebullida ha comenzado a compilar un atlas de planetas imaginarios, imprescindible para futuros viajeros interplanetarios. Carmelo Rebullida conecta, así, pasado, presente y futuro.

Quizás él nunca lo admitiría, pero tengo la impresión de que Rebullida iría a trabajar a su estudio-taller al día siguiente de una invasión extraterrestre. Como si nada.

Encuentros en la tercera fase

En La llegada se respira un ambiente muy similar al conseguido por Steven Spielberg en su largometraje Encuentros en la tercera fase (1977). Richard Dreyfuss, que ya había trabajado con Spielberg anteriormente en la película Tiburón, interpretaba, en este caso, al ingeniero eléctrico Roy Neary. Louise Banks, la lingüista de La llegada, tiene muchas cosas en común con el personaje de Roy Neary. Los extraterrestres se intentan comunicar con la humanidad a través de ambos. Encuentros en la tercera fase tiene una escena que nunca olvidaré. En su estado de desazón, Neary siente la necesidad de ponerse a pintar un paisaje que no ha visto nunca. El salón de su casa se convierte en un estudio de artista improvisado. Febril, Roy Neary pinta, una y otra vez, en diferentes tamaños y con diversos estilos, ese paisaje extraño, propio de otro planeta. No contento con todos los cuadros que pinta del mismo lugar, se ve empujado a moldearlo con arcilla en el mismo suelo del salón de su casa.

Acaba resultando que el paisaje imaginado no es imaginario. Se trata de la Torre del Diablo, en Wyoming, un cerro espectacular en medio de la árida estepa norteamericana, donde los gobiernos estadounidense y francés han construido un centro de encuentro con los alienígenas. Podríamos hablar, una vez más, de cómo un artista escucha esa voz de la conciencia colectiva para plasmarla en su obra. Pero, en este caso, nos gustaría explorar una idea diferente. Esa escena de la película es una posible metáfora sobre la libertad del artista, sobre la voz individual del artista, que decide, en última instancia qué va a pintar Rebullida, cómo va a pintarlo y cuándo determinará que la obra está terminada. Finita. Acabada. Porque nada es arbitrario. Porque, aunque la voz de la conciencia colectiva ruge fuerte dentro de nosotros, lo que define al artista, lo que lo hace único y hace única a su obra es su voz individual.

Un jovencísimo Félix Romeo hablaba, en dos folios generosos escritos a máquina, sobre esa voz individual de Carmelo Rebullida en 1987: «…y la culebra muerde el edredón de aliagas y cristales y espejos y acaricia y desnuda y reniega y escupe y láminas cubiertas de nieve y un dios de rebullida surgía de su lanza y ardía y crucificaba esferas y latigaba paredes y bono encendido de alambre…».

Entrevista con María Curros Ferro y Rodolfo Gutiérrez Simón

Necesitamos doctoras y enfermeros. Pilotas y asistentes de vuelo. Arquitectas e ingenieros. Zapateras y carpinteros. Necesitamos transportistas, maestros y profesoras. Necesitamos albañiles, jueces y abogadas. Necesitamos mecánicas, técnicos informáticos e investigadoras científicas. No necesitamos ni delincuentes ni criminales, ni políticos corruptos, pero sí necesitamos policías. Necesitamos bomberas y guardabosques. Necesitamos señores de la limpieza y amos de casa. Necesitamos electricistas, fontaneras y agricultores. A partir de aquí, ya no sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero, en mi opinión, necesitamos también artistas, músicos y humoristas. El mundo vertiginoso del siglo xxi necesita de todas estas profesiones y reclama que nos movamos todos a gran velocidad por nuestras vidas. Arriba, en la montaña, queda el Coyote, sentado, pensando, esperando, junto a su último artilugio ACME, a que pase el Correcaminos. Lejos queda el tiempo en el que se paseaba, en túnica blanca, junto a sus alumnos, alrededor de un estanque en Atenas, y todos se dirigían a él como maestro.

Junto a mí tengo a Rodolfo Gutiérrez y a María Curros, valdemoreños – él de toda la vida, ella de reciente adquisición-. Ambos han elegido dedicar sus vidas a la filosofía, a ser coyotes, a pararse a pensar en medio de nuestras ajetreadas vidas. ¿Necesitamos filósofos en los albores del siglo xxi? Yo estoy convencido de que sí.

¿Por qué decidisteis estudiar la carrera de Filosofía?

Rodolfo: Como en muchas cosas importantes de la vida, la casualidad fue un motivo principal. Empecé la carrera de Filología Inglesa en la Complutense (UCM), pero no me motivaba demasiado – con una excepción, la asignatura «Literatura inglesa del siglo xx», que era impresionante-. La casualidad entra en juego porque, en la UCM, la Facultad de Filología comparte edificio con la de Filosofía y, oyendo conversaciones en los pasillos, la cafetería, etc., pensé que quizá mi sitio estaba más en ese lado de la Facultad.

Aunque la literatura me interesaba – y me interesa, porque es prima hermana de la Filosofía-, empecé a verme como alguien más preocupado por comprender cómo funciona el mundo a todos los niveles (político, social, físico, estético), incluso qué puede hacerse para cambiarlo, y no tanto como un investigador de historia de la lengua ni como un profesor de inglés. Y en ello sigo.

María: En realidad yo no soy filósofa. Llegué a la Facultad de Filosofía por casualidad. Estudié Filología Hispánica y Filología Gallega en la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad en la que nací. Después de haber trabajado en diferentes empresas, siempre precariamente – estuve en una editorial haciendo labores de traducción y corrección de libros de texto, di clases particulares en academias privadas…-, me empezó a rondar la idea de venirme a Madrid –esto fue a finales de 2012–.

Una amiga mía vivía en Madrid y me animó diciendo que, en esta comunidad, había más trabajo que en Galicia. Hice las maletas y llegué a Madrid a comienzos de 2013 con la idea de buscar un trabajo y, aprovechando que aquí hay universidades tan punteras, barajé la posibilidad de continuar formándome. Lo hablé con mis padres y en febrero de aquel año me preinscribí en varios másteres. Finalmente, en septiembre de 2013, me decidí a cursar el Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano en la Universidad Complutense de Madrid. Me animó el hecho de que se trataba de un máster interdisciplinar que combinaba asignaturas sobre literatura (española e hispanoamericana), filosofía e historia. Así llegué a la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en donde, tras finalizar este máster, comencé estudios de Doctorado en Filosofía, que estoy realizando en la actualidad.

¿Os gustaría dedicar vuestra carrera profesional a la filosofía? ¿Cómo? ¿Qué posibilidades laborales tiene un licenciado o un doctorado en estos estudios?

María: Me encanta la enseñanza, pero no me veo dando clase de Filosofía, fundamentalmente porque me falta formación sobre el tema. Me apasionan las humanidades; creo que sin una buena base de historia y de filosofía no podemos comprender el mundo. Además, ambas disciplinas nos hacen pensar, ayudándonos a ser más críticos con los acontecimientos sociales que estamos viviendo en la actualidad. Pero, a pesar de lo necesarias que son las letras, en España ni se valora esta rama de estudios ni se invierte lo necesario en su investigación –a diferencia de países como Estados Unidos –. Si has cursado Filosofía, las salidas profesionales más habituales son la docencia, tanto en centros de enseñanza secundaria y bachillerato, como en la universidad.

Rodolfo: Mi intención es seguir trabajando en este ámbito. Actualmente tengo un contrato predoctoral en la universidad – imparto algunas asignaturas y pertenezco a un grupo de investigación mientras realizo mi tesis doctoral-, y mi intención es seguir luego la carrera docente universitaria. Esto supone unos cuantos pasos, pero muy resumidamente consiste en acreditarse y lograr una plaza. «Acreditarse» significa que, una vez obtenido el doctorado, un organismo llamado ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) examina tu currículum y determina a qué categoría puedes presentarte: catedrático, titular, contratado doctor, ayudante contratado doctor… Es un proceso burocrático muy farragoso, pero por el que hay que pasar. En esa evaluación, se tiene en cuenta si has tenido o no un contrato predoctoral, si has logrado becas posdoctorales, si has hecho estancias en otras universidades nacionales o extranjeras, si has publicado artículos en revistas de investigación o libros, las conferencias que has dado, la docencia que has impartido… Cuando consigues acreditarte en cualquier categoría, puedes presentarte ante la convocatoria de una plaza y competir con los demás candidatos. Aunque la docencia universitaria es lo que a mí me gusta y en lo que intentaré quedarme, hay muchas otras salidas laborales para los que estudian o se doctoran en Filosofía – en contra de lo que se suele decir-. Además de la docencia en Educación Secundaria o la investigación -el CSIC tiene un potente centro de estudios históricos y filosóficos-, hay filósofos encargados de trabajar en comités de bioética – por ejemplo, cuando hay que decidir a quién se da prioridad en una lista de trasplantes- , en recursos humanos por la formación crítica que se nos da, en el mundo de la política organizando ideológicamente partidos o trabajando sobre cuestiones de Filosofía del Derecho o, en los últimos tiempos, en cuestiones relacionadas con la informática y la programación. Aquellas tablas lógicas que nos enseñaban en el instituto muy a nuestro pesar («si p implica q, y p es verdadera, q es verdadera» y cosas así) no dejan de ser la manera en que los ordenadores «hablan» y el medio empleado para desarrollar la inteligencia artificial que hay tras cualquier videojuego o cualquier herramienta de cálculo de un laboratorio. Incluso hay filósofos que se han dedicado a la crítica de arte o a la literatura, aunque para eso hace falta talento además de formación.

Habladme brevemente de la tesis doctoral en la que estáis trabajando.

Rodolfo: Mi tesis consiste en investigar hasta qué punto la filosofía de Ortega y Gasset se puede relacionar con la de autores ingleses y norteamericanos de los siglos xix y xx (J. S. Mill, W. James, J. Dewey, R. Rorty…). Lo interesante es que los temas en los que unos y otros se parecen nos afectan a nosotros en el siglo xxi. De lo que me encargo es de ver hasta qué punto nuestro pensamiento individual está afectado por el colectivo (la sociedad) y por la época a la que pertenecemos. La mejor manera de verlo es pensar en tres ejemplos. El primero tiene que ver con la belleza: ¿hasta qué punto los rasgos que nos parecen atractivos en un hombre o en una mujer vienen condicionados por el medio? El segundo ejemplo, el del arte, va en la misma línea: para una persona corriente del siglo xix el arte consistía en representar la realidad tan bien como fuera posible e, incluso, un poco perfeccionada; frente a eso, las vanguardias de comienzos del siglo xx suponen una ruptura difícil de explicar, pero que hoy consideramos arte – aunque sea un arte «diferente» porque nos hace pensar más que sentir; piensa, por ejemplo, en el cubismo-. El tercer ejemplo es el más complicado: la verdad, la ciencia y la política funcionan exactamente igual que los ejemplos anteriores. Hace mil años era verdad que los objetos caían hacia abajo porque estaba en su «esencia» hacerlo mientras buscaban su lugar natural (por debajo del aire, más ligero), y no porque hubiera unas «fuerzas de atracción», invisibles y difíciles de comprender, que es como hoy nos explicamos las cosas. Y subrayo lo de que era verdad, y no que lo pareciera, porque la gente vivía como si fuese así… y fueron capaces de crear barcos que llegaron a América y tantas otras cosas increíbles. La ciencia y la verdad, por lo tanto, modifican aquello que consideran parte de su ámbito de aplicación dependiendo de lo que la época considera «científico». El primer médico que se lavó las manos antes de operar lo hizo quizá por casualidad, y pasó mucho tiempo hasta que alguien reparó en la importancia «científica» de eso para evitar muertes y se consideró la higiene como parte crucial de los cuidados médicos.

En el caso político es quizá en el que más nos centramos hoy. Hace trescientos años, las mujeres y los hombres eran físicamente igual que ahora, tenían las mismas capacidades intelectuales, etc.; sin embargo, era «indiscutible» que el lugar de las mujeres estaba por debajo del de los hombres. Al igual que ocurre con las leyes de gravitación, los derechos – no solo los de las mujeres, sino los de todos- son algo invisible que se descubre solo si cambiamos la forma de mirar al mundo y hacemos importante lo que no lo era: pasamos a incorporar a personas que eran «otros» al grupo al que denominamos «nosotros», que siempre es al que consideramos con más derechos. Cómo se producen esos cambios es lo que yo estudio, pero centrándome en los autores que he dicho antes.

María: Yo estoy realizando una biografía intelectual sobre la educadora y pensadora vasca María de Maeztu Whitney. Esta mujer, una desconocida en la actualidad, luchó y defendió los intereses de la mujer a principios del siglo xx, involucrándose en la mejora de la educación femenina. Recordemos que, en el año 1900, la tasa de analfabetismo femenino era de un 71%. Aunque María de Maeztu perteneció a una familia con posibles, cosmopolita y moderna – sus padres nunca llegaron a casarse-, siempre fue consciente de la lamentable situación de sus congéneres. Su padre, Manuel de Maeztu, era un indiano de origen navarro que murió en 1894 arruinado, muy joven por tanto, en la isla de Cuba; con lo cual María experimentó la pérdida de poder adquisitivo en la familia siendo una adolescente. Su madre, Jane Whitney, era francesa, pero de familia inglesa por lo que era políglota; hablaba inglés y francés además de español. Gracias a esta situación, pudo crear una escuela anglo-francesa en Bilbao, que le permitió sacar adelante a sus cinco hijos. En su escuela estudiaron, entre otros, el poeta Blas de Otero, el pintor Ángel Larroque o los hijos del político socialista Indalecio Prieto. María de Maeztu Whitney había nacido en la localidad vasca de Vitoria en 1881, en donde estudió Magisterio; mientras ejercía de maestra en un colegio de Bilbao, comenzó, a distancia, estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, titulación que finalizó en 1915 en la Universidad Central de Madrid (entonces se denominaba así a la actual Universidad Complutense). A la capital del estado se había trasladado en 1909, pues quería cursar estudios en la recién inaugurada Escuela Superior del Magisterio, lo que hoy sería el grado en Pedagogía. Se la considera la primera pedagoga española. Siempre interesada en mejorar la educación de las mujeres y de los niños, salió al extranjero – a diversas ciudades y países-, a veces incluso representando al gobierno español, en busca de nuevas teorías educativas y modernos métodos de enseñanza para actualizar y renovar las escuelas españolas. Estuvo al frente de la Residencia de Señoritas – el equivalente femenino de la Residencia de Estudiantes- y de la sección primaria del Instituto-Escuela, donde puso en práctica buena parte de los conocimientos adquiridos en sus viajes. Hasta 1936, cuando empezó la Guerra Civil, vivió en Madrid; luego se exilió a Argentina, donde murió en enero de 1948. Hoy nadie recuerda su inmensa labor social y educativa de la que podríamos hablar durante horas.

Habéis elegido a dos personajes coetáneos. Prácticamente nacieron y murieron en las mismas fechas. Me da la sensación de que pertenecen a la última generación de pensadores que intentaron ofrecer una orientación de pensamiento y de comportamiento. Tras la Segunda Guerra Mundial vino el nihilismo y, tras esto, la economía de mercado. Europa está llena de ciudadanos descreídos, de escépticos. ¿Creéis que la filosofía, que los filósofos de comienzos del siglo xxi, tienen soluciones que ofrecernos? ¿Creéis que hay mentes lúcidas ahí fuera que nos puedan ayudar a entender el mundo en el que vivimos? ¿Hay algo más allá de los libros de autoayuda?

María: Sí, tal como indicas tanto María de Maeztu Whitney como José Ortega y Gasset pertenecieron a la misma época, a la llamada generación del 14, la de los intelectuales que lucharon por europeizar España. Ella, de hecho, fue su amiga y también su alumna – a pesar de que era dos años mayor que él- en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio. Ya en el año 1938 María de Maeztu abordó en uno de sus libros, El problema de la ética. La enseñanza de la moral, la crisis del mundo y la crisis espiritual del hombre, y eso que todavía no había empezado la Segunda Guerra Mundial. Sinceramente, buena parte de las dificultades que atraviesa el mundo son cuestiones que vienen del pasado y que nunca se llegaron a resolver por falta de firmeza; además, la mayoría se podrían solucionar con una mejora en la educación. Esta es también la opinión de María de Maeztu y de buena parte de los pensadores y educadores de su época como María Sánchez Arbós o de Luis de Zulueta, entre otros muchos. Estas son, para mí, las mentes lúcidas que me ayudan a entender el mundo.

 Creo verdaderamente que habría que volver a ellos, a su pensamiento y a su obra porque, conscientes de la situación de crisis que atravesaba su tiempo, explicaron cuál era la solución; pero, por causa de la guerra civil española, no pudieron terminar el proyecto que habían comenzado. Abordaron la pérdida de valores, la inmadurez y la falta de disciplina del ciudadano; cuestiones todas ellas que han empeorado. Fijémonos en que cada vez hay más fracaso escolar, hay más padres hastiados de sus hijos y, por consiguiente, más niños maleducados, perezosos y rebeldes. El ser humano se encuentra más perdido que nunca, y, como consecuencia, lee libros de autoayuda buscando así sanar su alma.

Rodolfo: Mentes lúcidas hoy en día, desde luego, las hay; el problema es que puedan acceder al altavoz oportuno para tratar de orientar la acción pública, identificando problemas y ofreciendo soluciones que habrá que probar. Sin embargo, la tarea del filósofo o la filósofa del siglo xxi se enfrenta a los problemas de siempre y a algunos nuevos: por primera vez estamos en un mundo claramente secularizado – al margen de que algunos o muchos individuos tengan creencias religiosas-, en el que se ha perdido todo apoyo trascendente: nos hemos quedado solos en el mundo y nos las tenemos que arreglar sin que valga apelar a Dios, etc. Asimismo, el pensamiento crítico se ha ido disolviendo –para empezar, con la minimización en los institutos de disciplinas críticas: filosofía, pero también relacionadas con la cultura clásica, con el arte, la música…‒, y ahora se hace pasar por pensamiento riguroso lo que antiguamente hubiera quedado claramente separado de la filosofía. La alusión a los libros de autoayuda, por su parte, merece un comentario. En general, parece que desde la universidad se ven como un hermano pequeño y engañado, y no me parece justo: hay gente a la que le viene bien para superar sus problemas. Lo importante, sin embargo, es no confundir la autoayuda con la filosofía, porque son cosas muy diferentes. La autoayuda pretende ofrecer consuelo y soluciones individuales para salir de una situación complicada; la filosofía, en cambio, supone una reflexión sobre la realidad, la verdad o la belleza, de la que pueden extraerse enseñanzas individuales y colectivas para la vida cotidiana, como que, a veces, las cosas salen mal. Y creo que ese es uno de los aspectos más reivindicables de lo que nosotros hacemos: el reconocimiento de que la realidad no responde siempre a nuestros deseos – y querer que cambie no basta, mal que pese a Paulo Coelho: al universo le da igual lo que yo quiera; lo que hay que hacer es desarrollar herramientas transformadoras que aumenten la justicia, la igualdad, etc.-. Esto nos humaniza al enfrentarnos con situaciones tan auténticamente humanas como la frustración, el dolor, la pena; pero también con el valor, el esfuerzo, la perseverancia. Permíteme otro ejemplo: según el planteamiento de cierta autoayuda, si verdaderamente deseo formar parte de la selección nacional de gimnasia rítmica, el universo entero conspirará para que así sea; pero tengo la sensación de que si levanto mi pierna hasta la altura de mi cabeza puede ser lo último que haga. Sin embargo, si me empeño en pensar cómo mejorar el mundo, es posible que acabe teniendo una buena idea al respecto y logre arreglar algo. La autoayuda colabora para que la vida de algunas personas mejore; la filosofía intenta explicar la realidad y transformarla, lo que no va en beneficio de algunos, sino de todos. Por ejemplo, un libro de autoayuda no puede hablar de problemas colectivos como la discriminación de la mujer, la adecuada manera de elegir a los gobernantes, la ordenación de la educación, el funcionamiento de la ciencia…

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En septiembre de este año, Rodolfo y María se irán a estudiar a la Universidad de Padua, en Italia, como parte de su programa de estudios para conseguir el doctorado internacional. Mientras tanto, compaginando sus estudios, María hace sus pinitos como actriz en un grupo de teatro local y planea cómo publicar su tesis para poder divulgar la vida y obra de María de Maeztu. Rodolfo da clases en la facultad, es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Hispanismo Filosófico y procura mantenerse activo tanto en la comunidad académica como en nuestra localidad de Valdemoro.

Entrevista con Carmelo Rebullida

Carmelo Ramos Rebullida tiene uno de los nombres más sonoros que conozco. Tres erres que rugen bien distribuidas. Dos emes dispuestas estratégicamente. Y una ele y una elle que llevan a la lengua a acariciar nuestra zona alveolar. Para aterrizar de lleno en el planeta Carmelo Rebullida, en Montañana (Zaragoza), hay que atravesar su casa, entrando por la puerta principal y saliendo por la que da a su huerto/jardín. Hay que dejar a la izquierda las higueras y las tomateras, para encontrarnos, al fondo y a la izquierda también, con el pequeño edificio que conforma su estudio. Ya dentro, en un espacio mucho más amplio de lo que uno podía imaginar, Rebullida te muestra, generoso, sus últimas obras. Cuadros bastante grandes que levanta ligeramente para sacarlos a la luz y mostrártelos en mejores condiciones. Evita hacer comentarios. Es consciente del derroche visual y deja que su espectador hable. Su obra es toda su vida y, sin embargo, no habla mucho de sus cuadros. Prefiere mostrarlos. Dejar que el color y las formas fluyan hacia nosotros.

Carmelo habla con modestia. Con mucha prudencia. Tiene interiorizado el respeto que muestra hacia los gustos estéticos de los demás. Escucha atento nuestros comentarios sobre sus cuadros. Es el momento de empezar nuestra entrevista.

¿En qué momento supiste que ibas a dedicar tu vida a las artes plásticas?

Comencé a pintar por puro azar. Mi tío Manolo era perito mercantil y, cuando tenía tiempo, se relajaba haciendo copias de pinturas muy sencillas. Le recuerdo pintando, sobre todo, gatos. Al hombre le faltaba un brazo y, cuando tenía que abrir lo tubos, sufría lo indecible con algunos de ellos, sobre todo con los que no usaba de manera usual. De manera que tenía que llamar a mi tía para que se los abriese. Imagino que así, día tras día, resultaba la cosa muy tediosa y un día, viendo que yo sentía mucho interés, me regaló su maravillosa caja de pinturas americanas. Y así fue como comencé a pintar.

Mi primer cuadro fue una copia de un paisaje de una revista. Me resultó sencillo y fue un éxito. A todo el mundo le gustó, de manera que seguí pintando. Me producía una enorme satisfacción y encima se me daba bastante bien. Más tarde quise estudiar Bellas Artes pero no pude porque, entonces, los que habíamos estudiado Formación Profesional no teníamos acceso a la Universidad. De manera que tuve que aprender a base de ver muchas exposiciones, de visitar muchos museos y gracias a mi enorme curiosidad.

Al principio no pensé que un día pudiera dedicarme a esto, pero, cuando llevaba como doce años pintando, empecé a presentarme a concursos y gané dos muy importantes: el primer premio del concurso Ciudad de Ponferrada y el primer premio del concurso Ciudad de Ejea de los Caballeros. Estos premios me permitieron dejar mi trabajo en la oficina técnica donde trabajaba después de terminar Ingeniería Técnica Industrial.

Es justamente en ese momento cuando me planteo seriamente dedicarme todo el tiempo a pintar. Eran tiempos muy difíciles, pero nuestra fe y nuestras ganas eran inquebrantables. Eran los ochenta, había una bohemia maravillosa y un grupo bastante numeroso de artistas de todo pelaje acudía por la plaza Santa Cruz a enseñar sus cuadros: Laborda, Cásedas, Aransay, Iris Lázaro, Burges, Mariano Viejo, Pacheco Ruiz Monserrat, Cesar Sánchez, el Grupo Forma y muchos más. Toda esta aventura está recogida en el libro Zaragoza. La ciudad sumergida, de Eduardo Laborda.

En el 1978 realicé mi primera exposición en la Galería Traza, ya desaparecida, y recibí muy buenas críticas. Años más tarde me quedaría finalista del Premio Blanco y Negro, el premio más importante de pintura joven de aquellos tiempos en España.

En un momento de tu vida aparece la enfermedad. Un linfoma intestinal que, como me has contado alguna vez, marca un antes y un después en tu biografía.

En 1992 estuve en la Exposición Universal de Sevilla. Me gustó muchísimo, pero mi mayor recuerdo de la visita fue la de un cansancio enorme que, naturalmente, achaqué al calor. Era verano y había unas temperaturas altísimas, lo cual parecía estar justificado. Pero, tras regresar a casa, y viendo que el cansancio iba en aumento, me hicieron unos análisis y salió que tenía una anemia ferropénica galopante. Me hicieron varias pruebas, ya que tenía dolores fortísimos en mi vientre y no veían nada. Así que, en Enero de 1993, fui ingresado de urgencias y descubrieron que un tumor había perforado mi intestino. Tras su análisis, se descubrió que era un linfoma no Hodgking.

Fue una experiencia muy dura, tanto a nivel físico como emocional. Me dieron de alta en el hospital dos meses después con un peso inferior a cincuenta kilogramos. Mi imagen me recordaba a la de los prisioneros en los campos de exterminio nazi y, más aún, cuando me ponía mi pijama de rayas. Recuerdo que quise hacerme unas fotos en blanco y negro con la cámara de fotos y mi madre no me lo permitió bajo ningún concepto.

Tardé dos años en recuperarme, para lo cual me marché a vivir a Sevilla. El diagnóstico era muy severo y mi futuro muy incierto. Yo me encontraba muy incomodo en Zaragoza y sabía que Sevilla, con un clima más benigno en invierno y sus gentes siempre tan extrovertidas, me iría bien. Y para allá partí.

Me instalé en Sevilla en un apartamento en la calle San Vicente, muy cerca del Museo de Bellas Artes, en pleno casco viejo y, enseguida, pasé a formar parte del paisaje. Me dediqué a pintar, a conocer la ciudad y a integrarme con la gente. Enseguida hice amigos (incluso me enamoré), así que tuvo un efecto terapéutico extraordinario. La gente en el sur tiene una filosofía de la vida extraordinaria. Saben disfrutar con cualquier cosa, saben reírse de sí mismos y eso es muy difícil (al menos en el norte). A cualquier cosa le ponen una buena dosis de humor y así la vida se hace más liviana y los problemas son más llevaderos.

Mi experiencia sevillana duró dos años y he regresado muchas veces para ver de nuevo la ciudad y ver exposiciones de amigos o algún acontecimiento importante. Durante mi estancia hice una exposición con los cuadros que había pintado allí. Regresé renovado, simplifiqué mi vida y di más importancia a las pequeñas cosas de la vida. El hecho de vivir solo me dio una enorme confianza en mí mismo y me abrí más a la gente, dejando que mi vida fluyera sin más.

Llevas unos cuantos años pintando y, en tu búsqueda artística y de expresión, te has acercado a muchos estilos pictóricos. Háblanos de algunas de tus etapas artísticas más importantes, por qué te aventuraste en su exploración, qué aprendiste de cada una de ellas.

Mis comienzos no distan mucho de los de cualquier pintor. Mis primeras obras son paisajes figurativos de corte impresionista que me sirvieron para adquirir una técnica que luego desarrollaría. Pronto siento la necesidad de crear algo más personal, teniendo como referencias a Ortega Muñoz y Vaquero Palacios, que me interesan por la síntesis que hacen del paisaje.

Más tarde, e influido por Enrique Gran y por pintores como Martínez Tendero y Eduardo Laborda, comienzo a pintar cuadros entre la abstracción y la figuración. Estas obras de tipo organicista están llenas de sugerencias, donde planos y bultos se mezclan en originales composiciones. El cuadro Espacial 2, de esa época, fue finalista del Premio Blanco y Negro en 1978. Este premio era el más importante de la época para pintores jóvenes.

Poco después, y como consecuencia de un viaje a Basilea y Zúrich, conozco la obra al natural de Paul Klee, que me emociona y atrapa, como ningún otro, por sus cuadros de texturas y su magia. Comienzo a incorporar texturas muy sutiles y llenas de sugerencias a mis cuadros y A. F. Molina escribe: «Rebullida goza de un componente poético inestimable, es la pintura del pálpito, fe de vida del hombre simbólico resumen de sus angustias y desvalimientos; también de sus instantes de exaltación y de gozo. El artista está soplado por la inspiración, el buen espíritu le susurra a la oreja y sus lúdicas invenciones siempre nos atraen, como las ilustraciones de un libro infantil que nos fascinara».

En 1987 realizo una exposición en el Museo Municipal de Bellas Artes en Santander, con una marcada inspiración étnica influida por el arte primitivo africano. Empiezo también a trabajar el papel artesanal, que me fabrico yo mismo, donde realizo obras muy libres, de carácter abstracto algunas y otras con una figuración muy próxima a la abstracción, muy en la línea del expresionismo alemán del grupo Cobra. Algunos de ellos se vieron en la muestra colectiva realizada en la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja (actual IberCaja) en la exposición Cuatro presencias del arte, con Vicente Badenes, Pepe Cerdá, Margarita M y Carmelo Rebullida. Ana Rioja, hablando de mis pinturas sobre papel, dice: «Su pintura atrapa con fuerza y vigor al espectador. Sus colores son singulares y refinados, y su proceso creador empieza en el comienzo de fabricación del propio soporte».

 Catherine Coleman habla de mi siguiente etapa artística: «A comienzos de los 90 empieza a realizar cuadros muy texturados realizados con pasta de papel, polvos de mármol y arenas diversas que crean ricos matices, lo que el teórico Allan Sekula ha denominado Indexicality o la huella real de la mano: La presencia física del artista. Son cuadros hermosos que huyen de la estética de lo feo. Rebullida es heredero del Informalismo Abstracto Español de los años 50 aunque el empleo de la materia y textura, no participa del Angst informalista. La estructura de sus cuadros es una malla de rectángulos con divisiones claras y contornos precisos y participa de la carga emotiva y el caos informalista. El artista ha elegido el fósil como el único motivo recurrente y nos remite al concepto de tiempo, la prehistoria y nuestros antepasados, en fin a nuestros orígenes de la vida».

A finales de los 90 abandono los fósiles y sigo pintando con materia cuadros abstractos con la idea del paisaje como pretexto. En el 2008 empiezo a meter en la superficie del cuadro pequeños espacios reticulados que crean como un mosaico abstracto que culminan en 2010 en una exposición en la Galería Pilar Ginés. Abandono pronto ese camino, en parte porque ya estaba explorado por el Grupo Pórtico (primer grupo abstracto español, incluso antes que El Paso y Dau al Set, nacido en Zaragoza).

A partir de 2010, hasta hoy, pinto con la máxima libertad, no atendiendo demasiado al concepto de estilo porque pienso que ya es algo superado. A veces retomo técnicas del pasado como las texturas y, otras veces, trabajo con pintura muy diluida, dando como resultado abstracciones y, otras, no tanto, en cuadros de gran formato. Me interesa siempre que el resultado sea fresco, placentero y sensitivo. Y siempre cambiante porque la repetición me aburre y con ella no se aprende. Además, ¿qué es la vida, sino un continuo fluir?

Me gustaría que nos hablaras un poco más de la diversidad de materiales que, además de la pintura, utilizas en tu obra. Fabricas tu propio papel y te sientes muy atraído por la textura de los cuadros. Por la piel de tus cuadros.

Siempre me interesé más por el cómo lo pinto que lo que pinto en sí. Es la piel del cuadro lo que verdaderamente me interesa, las sugerencias, atmósferas, el misterio que emana de ellas. Siempre busco la emoción pensando que, si yo me reconozco y me emociono con el cuadro, probablemente habrá espectadores que lo harán también, ya que, en el fondo, no somos tan distintos unos de otros.

Y ahora viene una gran exposición tuya en La Lonja de Zaragoza. Pocos artistas aragoneses vivos pueden contar una experiencia así. ¿En qué va a consistir la exposición? ¿Qué obra has seleccionado para la misma? ¿Qué te gustaría contar a todos los que vayan a verla?

Efectivamente, desde hace dos años estoy trabajando para esta gran exposición en La Lonja, el mejor lugar para hacer una exposición en Zaragoza. Un edificio singular situado en Plaza del Pilar y que es muy visitado por varios miles de personas en cada exposición. Normalmente, se suele hacer una retrospectiva de toda una vida desde los comienzos, pero, en mi caso, he decidido enseñar obra de mis últimos dos años, que ocuparán un 80% del espacio expositivo. Son grandes formatos, generalmente de 150×150 cm y de 200×200 cm, y el otro 20%, que corresponde a obras desde el año 1992,  muy texturadas con apariencias fósiles.

La verdad es que es  todo un reto, pero creo que el resultado será bueno. Son lienzos que envuelven al espectador y creo que en las paredes de la Lonja quedaran muy bien. Tuve que hacer una maqueta a escala, porque el espacio expositivo es complejo, ya que hay como siete espacios diferentes, que hacen muy complicado saber muy bien el número de cuadros que caben y  ha sido bastante laborioso elaborarla ya que también tenía que hacer miniaturas a escala de los propios cuadros, pero, al final, me da una idea muy clara de cómo va a quedar, aunque haga pequeñas variaciones en el montaje final.

Ciertamente es un orgullo exponer en este lugar tan imponente donde he visto artistas de tanto renombre y  que tanto me han enseñado. La lista sería interminable pero citaré a Rodín, Pablo Gargallo, Tapies, Marín Bagües, Santiago Lagunas, por citar a algunos.

Realmente, cuando me llamó Rafaél Ordóñez, Jefe de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, para ofrecerme la posibilidad de exponer en La Lonja, no me lo creía porque era algo que veía muy lejano. Entre otras cosas, porque sinceramente pensaba que no estaba a la altura. Yo generalmente tengo tendencia a valorar más lo ajeno que lo propio y, a pesar de que he obtenido algunos premios importantes, creía que lo disperso de mi obra, por mis continuos cambios, no me iba a hacer merecedor. Pero, mira, me equivoqué. Y ahora ya solo pienso en verla colgada y que la gente disfrute. Sé que algunos lo harán mucho y otros menos porque mi pintura, tan cercana a la abstracción, no es de mayorías, pero eso es algo que tengo asimilado desde hace tiempo. Lo importante es que he puesto toda mi cabeza, mi corazón y un gran esfuerzo físico en esta exposición. Tanto es así que hasta tuve una trombosis en la pierna debido a las muchas horas que permanecí de pie preparando la exposición.

La exposición será en mayo de 2018 y es como un premio a los más de cuarenta años que llevo pintando.

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El tiempo vuela en el estudio de Carmelo Rebullida. Uno sale lleno de imágenes irrepetibles. Fósiles. Paisajes imaginados. Texturas. Con las puertas abiertas a los cinco sentidos. Imposible marcharse con el cerebro vacío.

Entrevista con Wojciech Siudmak

Ponerle fecha y hora precisa al comienzo de la Segunda Guerra Mundial podría originar un acalorado debate entre historiadores. Si nos limitamos a la mera acción militar, un buen número de libros de historia indican que la guerra empezó el 1 de septiembre de 1939. Con puntualidad germana, aunque sin declaración de guerra hecha pública, a las ocho de la mañana, las tropas alemanas cruzaron la frontera de Polonia y comenzaron la invasión. Sin embargo, durante la noche del 1 de septiembre, tuvieron lugar, al menos, dos acontecimientos que debemos destacar. A las 4:45 de la mañana, un viejo acorazado escuela alemán que había partido de Danzig abrió fuego contra la pequeña guarnición polaca que defendía la península de Westerplatte. Parecía una misión sencilla, pero los 210 soldados polacos defendieron la plaza durante una semana y no se rindieron hasta el día 7 de septiembre, cuando su comandante fue informado de que no les quedaba munición.

La hora de comienzo de la batalla de Westerplatte ha sido considerada por muchos, incluso por los libros polacos de historia, como la hora de inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pero, desafortunadamente, cinco minutos antes, a las 4:40 de la mañana, las fuerzas aéreas alemanas, la Luftwaffe, lanzaron un terrible ataque sobre la pequeña ciudad de Wieluń, en el centro de Polonia; un bombardeo que destrozó el 75% de la ciudad y acabó con la vida de cerca de 1200 personas, en su mayoría civiles. Los bombarderos eran versiones mejoradas de los Junkers Ju 52 que atacaron Guernica el 26 de abril de 1937. Se trataba de los famosos Stuka, los Junkers Ju 87, que, según los supervivientes polacos del bombardeo, traían consigo unas sirenas ensordecedoras de las que tardaron en recuperarse.

Wojciech Siudmak nació en la ciudad de Wieluń tres años después del bombardeo, en plena Segunda Guerra Mundial. Uno de sus hermanos mayores, muerto hace unos años, fue uno de los supervivientes a ese bombardeo. No fue el único que, tras el bombardeo y durante toda su vida, sufrió desórdenes nerviosos, además de desarrollar numerosas pústulas por todo su cuerpo. Aunque nada ha sido probado, esto hizo pensar a muchos polacos que los alemanes utilizaron algún prototipo de armamento químico durante el bombardeo.

Ante el sufrimiento de su hermano, Wojciech Siudmak ha pasado toda una vida pensando qué podía hacer para ayudarlo. Finalmente, pensó que la mejor manera sería convertirse en emisario de la paz. De esta forma, se involucró de lleno en el Universal Peace Project (Proyecto de Paz Universal), una iniciativa que se desarrolla en varios frentes: por un lado, Siudmak elaboró una escultura de unos cuatro metros y medio de altura, titulada Eternal Love, que se ha convertido en uno de los monumentos de la ciudad de Wieluń; por otro, esta escultura ha sido convertida en una pequeña estatuilla a la manera de los óscar de Hollywood, que se entrega como un premio internacional de la paz. El galardón se ha entregado durante los últimos cinco años. La iniciativa trabaja, también, para crear un museo que pueda convertirse en un centro memorial y en una institución para educar en la paz.

Del 29 de enero al 24 de febrero de este año, Wojciech Siudmak ha realizado la exposición de litografías «Don Quijote. Caballero del futuro» en el centro Juan Prado de Valdemoro. El artista se acercó a nuestra localidad para la inauguración y aprovechó, así, para conocer una parte de la Mancha, los paisajes de uno de sus héroes, don Quijote de la Mancha. La versión polaca del Quijote, con dibujos de Siudmak, publicada en 2014 ha sido considerada como una de las más bellas y originales. Wojciech Siudmak tuvo la generosidad de compartir conmigo buena parte de una de las tardes que pasó en Valdemoro. La entrevista fue posible gracias a la intérprete Lucyna López Sáez, que es, además, la presidenta de la Asociación Polaca Ámbar, con sede en Valdemoro, auspiciadora de la exposición del señor Siudmak en nuestra localidad. La exposición llegó a España gracias a la iniciativa de la presidenta de la asociación polaca Àguila Blanca de Alcalá de Henares, doña Małgorzata Kierzkowska.

Naciste en plena Segunda Guerra Mundial, en medio de un genocidio terrible. Y te criaste en una época casi tan terrible, que fue la posguerra europea. ¿Cuándo comenzaste a sentirte interesado por el arte? ¿A qué edad comienzas a dibujar?

Sí. Y no olvides que nos tuvimos que enfrentar a la posguerra dentro de un régimen político comunista. Me recuerdo dibujando desde que era bien pequeño. Nos criamos entre las ruinas de la ciudad. Todo era feo y desolador. Encontrabas restos de armamento y casquillos por toda la ciudad. Era fácil encontrarse partes de uniforme de soldado, cuerdas atadas a vigas donde se había ahorcado a gente. Las calles estaban llenas de inválidos, de gente mutilada por la guerra.

Yo era muy sensible y me dolía ver a tanta gente así. Fuimos una generación de niños que pasamos hambre. El único dulce con el que nos criamos era pan untado en azúcar. Los que sabían hacerlo, caramelizaban el azúcar en el pan. Eso era todo. Los niños mal alimentados siempre van a ser propensos a enfermedades, problemas de huesos, polio, reumatismos tempranos…

Una generación de niños así tuvo que aprender a abstraerse de ese mundo. Tuvo que aprender a buscar la belleza. Recuerdo que me concentraba en el brote de las flores en primavera, en el vuelo de las libélulas cerca del estanque… Veías a una persona con cara bonita y presentías que la belleza existía, a pesar de todo lo que nos rodeaba en nuestro día a día. Tal vez, por eso yo empecé siendo abstraccionista. Me dedicaba a buscar la belleza. Pero no la belleza superficial, sino la que emana de la profundidad de las cosas bellas. Cuando te concentras en estas cosas, te das cuenta de que el mundo, la galaxia, el universo están regidos por una serie de cánones equilibrados. Estoy hablando del número de oro o la divina proporción, que ya Da Vinci decía que podía encontrarse en las medidas del ser humano.

¿Cursaste los estudios de Bellas Artes?

Siempre dibujaba bien y mis padres se preocupaban porque no sabían qué hacer conmigo. Si iba a la secundaria artística y luego a Bellas Artes, ¿cuál iba a ser mi futuro? Luego, después de muchos años, comprendí la preocupación de mis padres. Al final, mi padre entendió que no solo se me daba bien. Comprendió que el arte era también mi pasión. Estudié un bachillerato artístico y, más tarde, estudié la carrera de Bellas Artes en Polonia. En aquellos años, gran parte de los estudios se concentraban en el abstraccionismo. En mi opinión, perdí diez años para estudiar algo que era pasajero, que, cuando yo comencé a trabajar, ya había perdido vigencia. Además, el abstraccionismo es una expresión artística que no es la mía.

Y en 1966 te fuiste a París a seguir estudiando. Te encontraste en medio del Mayo del 68 francés.

Me fui a París porque, en esos momentos, era el centro mundial del arte. Había que estar allí para imbuirte de las nuevas tendencias. Para aprender lo que no había podido aprender en la facultad en Polonia. Comencé a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de París. Pero había tal libertad que no aprendíamos nada. No hay que olvidar que yo venía de un sistema más disciplinado. Mis compañeros de facultad, en vez de dibujar y pintar, pasaban la mayor parte de su tiempo aprendiendo a tocar instrumentos para hacer un desfile de fin de curso. Yo no tenía dinero y tenía que empezar a trabajar. Aguanté dos años en esa escuela pero pronto comencé a visitar galerías y editoriales.

En las galerías, nadie mostraba interés. Les enseñaba ejemplos de mi trabajo, pero pronto me di cuenta de que llegaba tarde. Me di cuenta de que mi obra abstracta no ofrecía nada nuevo. Sin embargo, en las redacciones y en las editoriales, tuve mejor suerte. En esos momentos, estaba cobrando auge un nuevo realismo artístico. Eran también los comienzos de la literatura de ciencia ficción. Francia era el país europeo donde más se desarrolló este género. Gran parte de este género literario venía de Estados Unidos, pero fue en Francia donde se canalizó y distribuyó para toda Europa. Y encontré mi camino. Yo siempre había sido surrealista. Empecé a dibujar con el estilo que hoy en día me caracteriza sin conocer a Salvador Dalí ni a Magritte. Por supuesto, les tengo gran aprecio. Pero no considero que los haya imitado. Creo que llegué por mi cuenta a muchos de los lugares a los que ellos habían llegado antes.

¿Entonces comenzaste a trabajar como ilustrador para libros de ciencia ficción?

Nunca me consideré un ilustrador. Yo hacía dibujos que servían de portada para muchos de esos libros. Algunos de esos dibujos eran utilizados también en el interior de los libros, pero yo no los dibujaba como ilustraciones. Durante treinta años estuve trabajando para una gran editorial, Press Pocket, que publicaba libros de ciencia ficción.

En esa época, te propusieron hacer dibujos para la edición polaca de Dune, del autor Frank Herbert.

Sí, fue un trabajo muy laborioso. En polaco, decidieron hacer una edición de lujo, de varios volúmenes que contenían 120 de mis dibujos originales. Dentro de la ciencia ficción, sin embargo, mi autor favorito era Philip K. Dick. Era genial. Representaba a la ciencia ficción surrealista.

Uno de los aspectos que más llaman la atención en tus dibujos es la arquitectura de los edificios que, en muchas ocasiones, sirven de fondo al dibujo.

Disfrutaba mucho creando arquitecturas surrealistas. En mis dibujos hay muchos edificios en los que me dejé llevar por la imaginación. Muchos estudiantes de arquitectura se acercan a mí con admiración. Algunos se atreven a apuntar que las arquitecturas de mis dibujos deberían ser de estudio obligatorio en la carrera. Las encuentran muy inspiradoras. Hoy en día, todo está creado por los ordenadores. Gran parte del trabajo se limita a la función de copia-pega. Cuando hay estudiantes de arquitectura que se acercan a mí es una gran satisfacción. No solo me halaga. Me permite pensar que no es una generación perdida. Que hay esperanza. La creación artística es inesperada. Me gusta pensar que es imposible crear un programa informático capaz de crear artísticamente.

Has venido a Valdemoro para presentar tu exposición «Don Quijote. Caballero del futuro». Gran parte de las litografías que expones fueron incluidas en la versión del Quijote en polaco que fue publicada en 2014. Háblanos de la exposición.

Valdemoro es el cuarto lugar donde presentamos esta exposición. Antes de venir aquí, ha estado en el Ateneo de Madrid, en Alcalá de Henares y en Murcia. Se trata de treinta y seis litografías y una escultura de bronce. Es una figura de don Quijote inusual. Es la visión del Quijote de un hombre del tercer milenio. Surrealista. El surrealismo es poesía. Hemos titulado la exposición así porque los valores que defendía don Quijote son los valores del futuro. Cervantes nunca envejecerá. Es universal.

¿Qué te llevó a formar parte de la edición polaca del Quijote?

En primer lugar, siempre me he sentido muy atraído por la figura de don Quijote. El libro es un tratado filosófico sobre la condición humana. Parece increíble, pero el libro es tan bueno que Cervantes se puede permitir el lujo de hacer morir al protagonista. Es un libro lleno de sutilezas. Un libro que se permite criticar el vicio del poder. El vicio del dinero.

Una de las escenas que más me llaman la atención del libro es la de la quema de los libros. Refleja el miedo del poder al saber. Es una advertencia. En los libros hay algo peligroso. El que lee puede volverse loco. Saber demasiado es peligroso. En uno de mis dibujos, el cura protege la pureza del alma mientras la cocinera quema los libros. En otro, aparece la imagen del diablo jugando al tenis con los libros. Si lees vas al infierno.

Quise hacer unos dibujos que resultaran atractivos para las nuevas generaciones. Pensé que los niños querrían leer el Quijote si les atraían los dibujos. Después de todo, están más acostumbrados a la estética de la ciencia ficción porque se han criado con ella. Forman parte, también, de una generación muy visual.

Querría terminar la entrevista hablando del Proyecto de Paz Universal.

No deja de ser una contradicción que los Premios Nobel de la Paz se financien con el dinero que se consiguió vendiendo explosivos y armas. Nuestro proyecto no tiene su origen en el comercio de armas. Nuestro proyecto nace en una ciudad, Wieluń, en Polonia, que fue destruida por la guerra. Adquiere así más legitimidad. Nuestro proyecto intenta parar esta locura de la guerra que nos rodea en el día a día. Se debe hablar de la paz. Se debe trabajar por la paz. Poco a poco. Siguiendo nuestra intuición. Debemos hablar de la paz en voz alta. Si no hablamos de la paz, la gente hablará de la guerra. Debemos acaparar la atención de la gente a través del arte para hablar de la paz. Es una fuerza que la gente seguirá.

Debemos, también, identificar a las personas más destacadas que trabajan por la paz para que sirvan de ejemplo a los demás. Debemos reconocerles sus esfuerzos. El mensaje es claro. En la búsqueda de la paz está la propia búsqueda de la belleza. La belleza es más profunda. Desafortunadamente, los líderes mundiales no son ni artistas, ni poetas, ni filósofos. Los líderes mundiales son todo lo que no tiene que ver con la paz. Por eso, buscamos personalidades internacionales que trabajan por la paz. Hasta ahora, los galardonados vienen de diferentes entornos: escritores, filósofos, músicos. Son personas que, tal vez, pueden hacer más por la paz que un político. Por ejemplo, para futuros galardones, a mí me gusta el trabajo cinematográfico que han hecho tanto Angelina Jolie como Charlize Theron. Ambas han invertido su propio dinero y muchas horas de trabajo en proyectos cinematográficos a favor de la paz y en contra de la guerra. Las dos serían grandes candidatas al premio anual que otorgamos.

Hasta ahora, hemos otorgado cuatro galardones, en una ceremonia anual. En estos momentos, estamos preparando la quinta gala. Nos gustaría involucrar a diferentes ciudades en este proyecto, y Madrid sería un lugar ideal para una de las galas anuales. Sé que nuestros planes son muy ambiciosos. Pero creo que el proyecto merece la pena.

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Dejaremos que dos genios del cine terminen esta entrevista con las palabras que eligieron para hablar del trabajo de Wojciech Siudmak. George Lucas, creador de La guerra de las galaxias, dijo: «Su maravillosa destreza al dibujar y sus fantásticos juegos de luces y sombras dan a sus visiones una gran profundidad y una amplia gama de colores y texturas. En sus creaciones, hay una fuerza en calma y un espacio infinito donde poder explorar e inventar». El director Federico Fellini no se quedó atrás: «Qué ilimitada fantasía y qué prodigiosa habilidad para hacerla real. Un talento casi increíble, más diestro e infinito que aquel que nos guía, se expresa e inventa nuestros sueños más ricos».