Amigos·Entrevistas

Entrevista con Teresa Humanes Hernández

El XXXV Festival de Teatro Villa de Valdemoro se desarrollará durante las tres últimas semanas de mayo, comenzando el día 8 y terminando el 30 de este mes.  Se trata del certamen de teatro aficionado más antiguo de la Comunidad de Madrid y, en esta edición, se pondrán en escena un total de 23 obras.

Cuando reflexiono sobre la supuesta crisis del teatro profesional en los inicios del siglo XXI, me viene a la mente un diálogo de Yo, Claudio, la novela Robert Graves que narraba las aventuras del célebre emperador romano. Uno de los protagonistas dice: «El teatro ya no es lo que era». A lo que su interlocutor responde: «El teatro nunca fue lo que era». En realidad, el teatro, con una naturaleza mestiza que integra varias disciplinas, siempre tuvo que competir para reivindicarse como arte. De hecho, las seis bellas artes clásicas eran la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la declamación y la danza. La declamación incluía la poesía y la música incluía el teatro.

Es posible que los teatros no muevan los presupuestos que se mueven en el cine, que, muy pronto, se convirtió en el séptimo arte. Pero también es cierto que el teatro es inherente a la condición humana, que está dentro de nosotros, que es una de las primeras técnicas pedagógicas (casi siempre inconsciente) que utilizan los padres para enseñar a vivir a sus hijos. Sí. El ser humano aprende gracias a las actuaciones de sus padres. El ser humano aprende, también desde sus primeros días de vida, a actuar. A fingir. A interpretar. A participar en cada una de las ceremonias e interacciones sociales que se nos presentan en nuestro día a día.

Tengo delante a Teresa Humanes Hernández. Como se suele decir en estas situaciones, valdemoreña de toda la vida. Si ahora tuviera 20 años, podría haber sido clasificada como activista social. Incluso como agitadora cultural. Pero ella pertenece, más bien, a la generación de «lo importante es participar». Lleva toda la vida participando de la vida social y cultural de Valdemoro. Veinte años participando con la Casa de Andalucía: adornando casetas en la feria, adornando la sede, participando en romerías. Dice que seguirá haciéndolo mientras pueda. Llegó a pertenecer al grupo de teatro Al-Mudena, de la propia Casa de Andalucía. Fue una de las fundadoras del grupo de teatro aficionado valdemoreño Tuccitania. En la actualidad, dirige el grupo de teatro Dulcinea, de la Casa de Castilla-La Mancha

¿Cuándo nació tu vocación por el teatro?

Desde muy pequeña. Recuerdo que, viviendo en la calle Pozo Chico, las amigas nos juntábamos en las casas, lo que no pasa ahora, cuatro o cinco chicas en un patio, y jugábamos a representar nuestras propias obras de teatro. Yo tendría ocho o nueve años. Una de mis amigas, Fidela, todo el mundo la conoce en Valdemoro, era frutera. Se nos ocurría alguna idea y luego poníamos cajas de fruta en el patio, acomodándolo todo como si fuera un teatro de verdad. Luego recuerdo, ya en el colegio, a mi profesor de inglés, Antonio Pérez. Un día intentó montar un grupo de teatro y me llamó para decirme que contaba conmigo para el grupo. Para mí fue el mayor orgullo posible. Creo que la primera obra que representamos fue de García Lorca. Antonio, por su trabajo, tuvo que dejarlo, pero yo ya no podía parar. Así que formamos nuestro propio grupo, Tuccitania. Recuerdo el día que fuimos a Aranjuez a registrar el grupo con ese nombre. Yo entonces tendría veintiocho años y ya era madre. Íbamos a ensayar al colegio Cristo de la Salud y mi hija se aprendía las obras de memoria porque se venía conmigo a los ensayos. Creo que se llegó a saber de memoria La casa de Bernarda Alba.

Luego hicisteis una obra basada en Calígula, de Albert Camus.

Fue una adaptación del propio Antonio Pérez, con un ambiente de gánsteres en la época de la Ley Seca. Se titulaba Joe Stampanato y la dirigió Mariano Serrano. Con él, aprendí también muchísimo. Yo me iba fijando y aprendiendo con cada obra que llevábamos a escena. Con nuestro propio grupo, nos dedicamos, además, a hacer animaciones para fiestas infantiles. En la Casa de Andalucía nos llamaban muchas veces para hacer fiestas y actividades con los niños. Hemos hecho tantas cosas y con tanta ilusión. El grupo Tuccitania sigue estando ahí, aparcado, guardado en el baúl, esperando que aparezca un proyecto y podamos llevarlo a cabo.

Fuiste Margarita de Austria, la reina consorte de Felipe III, en una de las celebraciones anuales de la Feria Barroca en Valdemoro.

Uno de los años hice de reina. Otro año, de duquesa. Otro año, participé con un papel de monja. Cuando comenzaron a celebrar la Feria Barroca, traían a grupos de actores de fuera. Pronto se dieron cuenta de que tenía sentido que fuéramos los grupos de teatro locales los que lleváramos a cabo las representaciones teatrales de la feria. Desde ese momento, participé varios años. Recuerdo que fue Isabel Mesa la que nos congregó a varios grupos de teatro de Valdemoro para proponernos la participación. Ellos mismos preparaban el guion y repartían los papeles entre todos nosotros. Y nos tirábamos ensayando desde mayo hasta octubre. Me acuerdo de que llegábamos a ensayar en la calle y en la plaza. Disfrutábamos mucho. Recuerdo cuando llegaban y nos daban los trajes que teníamos que ponernos un par de días antes de la feria. Y el primer año que participamos nos pusieron los micrófonos inalámbricos en el balcón del Ayuntamiento. Mientras formaba parte de todo el montaje yo me sentía muy orgullosa de colaborar con la Feria Barroca de mi pueblo. Y eso que fue un momento muy difícil de mi vida. Acababan de morir mis padres y, por un lado, sentía alegría y, por otro, los echaba de menos y deseaba que me hubieran visto allí. Más tarde, como el Ayuntamiento tiene su grupo de teatro con la UPV, es lógico que sean ellos los que se encarguen de la representación. Pero disfruté mucho los tres años en que participé. Me acuerdo cuando nos sentaron en los tronos dentro de la iglesia… Era todo tan emocionante.

Habéis colaborado con el Ayuntamiento cuando estaba dirigido por alcaldes de diversos partidos políticos.

Para nosotros nunca ha sido un problema. Siempre hemos trabajado con Isabel Mesa y nos ha tratado muy bien. El domingo, cuando terminaba la Feria Barroca, nos invitaban a comer y nos juntábamos todos. Era una experiencia muy bonita porque, durante la comida, nos poníamos a recordar todo lo que habíamos hecho durante toda la feria. Por el Ayuntamiento, solo siento agradecimiento. Nunca he tenido ningún problema. Además de la Feria Barroca, nos llamaron para organizar el encierro infantil, con los toros hinchables. Fuimos todo el grupo Tuccitania con los niños, en la plaza. Hicimos juegos en el albero. Es muy bonito hacer actividades con los niños. Es importante hacerles ver que en los juegos nadie gana y nadie pierde. La Asociación Valdemoro Solidario (AVALSO) también nos invitó un par de veces para trabajar con niños. En una de ellas, organizamos diversas actividades en el centro comercial durante todo el día. Hicimos juegos para los chicos, hubo pintacaras… Otra la hicimos en el parque Duque de Ahumada. Me gusta mucho participar con ellos porque es una acción social para un comedor solidario.

También has sido paje real en la cabalgata de los Reyes Magos.

Hemos salido en las cabalgatas de los Reyes Magos de Valdemoro un par de años y, sí, he sido paje real (y, a veces, rey) durante muchos años en la Casa de Andalucía.

¿Cuál es el papel que más te ha gustado interpretar como actriz?

Estoy muy orgullosa de haber interpretado papeles en las obras de Lorca. La casa de Bernarda Alba. Hice de Bernarda Alba. Me encantó. Me metí tanto en el papel. También disfruté mucho con Bodas de sangre. Las obras de Lorca son muy intensas y hay que tomárselas muy en serio.

¿Qué papel te gustaría representar?

Me gusta mucho el drama. Pero mi mayor reto sería hacer reír a la gente. Me encantaría poder interpretar un papel que hiciera que la gente se partiera de risa. Es más difícil hacer reír. Aunque fuera un papel pequeño, me haría muy feliz…

¿Vas al teatro con frecuencia?

No voy todo lo que me gustaría. Vamos a Madrid, y aquí en Valdemoro, siempre que podemos. También me gusta ir a ver las obras de los otros grupos de aficionados de Valdemoro. Cuando voy a ver las obras amateur, sufro con ellos. Desde mi butaca, les mando todas mis energías para que les salga bien la obra y para que, si se equivocan, sepan salir al paso. También me planteo cómo lo habría hecho yo. Mi cabeza no para cuando estoy en el teatro.

¿Cómo te ayuda el teatro para la vida?

Me da muchísimas fuerzas. Ha sido así siempre, pero especialmente en estos momentos de mi vida. Disfruto cada día, pero llega el miércoles, que es el día que tenemos los ensayos, y se me enciende todo el cuerpo. Desde por la mañana me pongo a preparar lo que vamos a hacer, lo que les voy a decir. Me da mucha vitalidad. Es mi diversión. Mi trabajo. Un buen complemento a mi vida. El teatro crea amistades muy sólidas. Te ríes. Disfrutas. Alimenta tus inquietudes culturales. Te hace sentirte orgullosa de lo que haces. El teatro nos mantiene activos. El teatro nos mantiene jóvenes. En el grupo que dirijo actualmente tengo a Julián, con 80 años, y a Petri, con 78. Me hace tan feliz ver cómo disfrutan. No faltan un solo día.

Ahora estás con el grupo de teatro Dulcinea, que pertenece a la Casa de Castilla-La Mancha.

Hay que recordar que somos un grupo de aficionados. Por eso, cada uno de nuestros esfuerzos y de nuestros trabajos son grandes logros para nosotros. Somos unas quince personas y, además de haber hecho representaciones en Valdemoro, hemos estado en Ávila, en Madrid, en Cuenca…

Entiendo que eres autodidacta.

Me ha gustado siempre tanto. Me gusta pensar en el lugar en el que vamos a interpretar la obra y para qué público. Eso determinará si podemos elegir una comedia o un drama. También me gusta adaptar el papel a la persona a la que se lo doy. Al ser teatro aficionado, es más interesante llevar el papel elegido hacia la personalidad del actor que lo va a interpretar. Para que esa persona disfrute más del papel y con la intención de que sea más creíble para el público. Siempre reparto los papeles del guion de acuerdo a la personalidad de los actores de los que dispongo. También analizo mucho los guiones. Tal y como están ahora las cosas, es importante intentar no herir las sensibilidades del público y no causar polémica. Intento siempre adaptar el guion a lo que yo creo que no va a dañar los sentimientos de la gente.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de trabajar con aficionados?

Las ventajas son muchas. Disfruto un montón enseñándoles lo poco que yo sé, animándoles a participar. A veces, llevar un grupo de quince personas es muy difícil. Cada uno tiene su personalidad. En el teatro hay que tener muy buen rollo. Si yo estoy enfadada contigo y tengo que salir a escena a interpretar un papel de cordialidad, no lo voy a conseguir. La gente que lo está viendo lo no va a creer. Intento que el grupo se lleve muy bien. Gran parte de mi trabajo es crear un grupo cordial, en el que todos saquen provecho de la experiencia que estamos viviendo. El día del estreno es para todos los miembros del grupo uno de los acontecimientos más importantes de ese año. Les encanta. Se entregan al máximo. Una persona, por el mero hecho de subirse al escenario, merece un respeto. Además, todos están felices con el papel que les corresponde. En teatro, es tan importante la persona que tiene dos frases como la que tiene veinte. Terminamos una obra y ya están preguntando por la siguiente.

Háblanos de tu encuentro con Yolanda Iscar.

Nos conocimos a través de Isabel Mesa, directora del área de cultura. Como escritora local, Yolanda tenía un proyecto teatral y acudió primero al Ayuntamiento para llevarlo a cabo. Quería ponerse en contacto con algún grupo de teatro aficionado. Nos presentó Isabel Mesa y cuando me contó su proyecto, coincidió que yo no tenía nada entre manos, con lo que me pareció interesante. Preparamos el evento. Era algo similar a lo que se hacía en la Feria Barroca. Trabajamos las dos con mucha ilusión y creo que lo estrenamos en Fuenlabrada. Le encantó el resultado. Más tarde lo presentamos en el teatro de Valdemoro. Trabajamos mucho juntas. Ella tenía un buen guion, pero me dio permiso para adaptarlo a la realidad del teatro y a nuestras posibilidades. A partir de ahí, Yolanda nos propuso escribir una obra de teatro para nosotros. La experiencia fue muy gratificante porque ella ya conocía a la gente que iba a participar y escribió una obra en la que adaptó los papeles a cada uno de los actores. Por eso, la obra, Secretos del destino, tuvo tanto éxito. Dio un papel hasta a su hijo, que entonces era un niño. Nos llamaron para actuar en un teatro en Madrid. Luego estuvimos representando la obra en el auditorio de Ávila, que es precioso. Fue muy especial porque, cuando llegamos, nos dijeron que allí había cantado Plácido Domingo. Para mí era un sueño. No me lo creía. Uno de los días más felices de mi vida.

Como directora, te ocupas de todo.

Como puedes imaginar, el presupuesto con el que trabajamos es muy pequeño. Intento buscar soluciones a lo que se nos va presentando, adaptándome a ese presupuesto. Buscamos decorados económicos, pero que, a la vez, puedan transportarse fácilmente y puedan adaptarse a cada uno de nuestros posibles escenarios. Hemos sido capaces de organizarnos en el auditorio de Ávila y en escenarios minúsculos en los que hemos tenido que poner unas sábanas para crear un vestuario improvisado.

¿Qué proyecto tenéis entre manos?

Ahora estamos preparando una obra que me habría gustado representar en el Día de la Mujer. También me habría gustado poderla representar durante el festival de teatro de este año. Se trata de Hay motín, compañeras. La obra se desarrolla en una cárcel. Es un motín de mujeres y cada una de las protagonistas explica las razones de su encarcelamiento. Desafortunadamente, uno de los protagonistas principales ha sido destinado tres meses fuera y tendremos que esperar a que vuelva. Supongo que esas son las desventajas de trabajar con un grupo aficionado. Pero tenemos la obra preparada (solo quedan los últimos retoques) y la retomaremos en cuanto sea posible. Estuve ojeando varias obras y, en el momento que la leí, supe que era la adecuada. Creí que la mujer merece un reconocimiento. Eso sí, tuve que hacer muchos cambios. Hay partes y diálogos que veía muy crueles. Pero, conforme iba leyendo la obra, iba viendo que los papeles les iban bien a mis chicas. Estaba leyendo y me decía: «Este le pegaría a fulanita; este a menganita…». Hay que recordar que es más difícil encontrar hombres para los grupos de teatro aficionado. La mayoría somos mujeres. A los hombres que tenemos en el grupo los cuidamos como oro en paño para que no se vayan.

¿Cómo ves el panorama de teatro aficionado actual en Valdemoro?

Hay rachas. Creo que goza de buena salud. Puede verse este mayo, en el Festival de la Villa de Valdemoro. En la última reunión que tuvimos para los preparativos, me alegró mucho ver que ahora participan muchos colegios de la localidad. Es muy bonito que los niños vayan a desarrollar la cultura en el teatro. Dice muchas cosas buenas de sus maestros.

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Pedro Calderón de la Barca publicó en 1665 El gran teatro del mundo. En este auto sacramental, posiblemente el más famoso del autor, Calderón muestra la vida humana como un gran teatro en el que a cada uno de nosotros nos toca representar un papel. Teresa Humanes Hernández nos demuestra, con su ejemplo, que la vida puede ser un teatro, sí, pero que cada uno de nosotros tenemos no uno, sino múltiples papeles: algunos principales, otros secundarios. Todos importantes. Teresa es feliz como esposa. Como madre. Como abuela. El teatro, además, despierta sus sentidos, la ayuda a desarrollar una creatividad desbordante y le permite enriquecer el tejido social de Valdemoro.

El 20 de mayo, en el teatro Juan Prado, podremos ver una pequeña adaptación-resumen de La casa de Bernarda Alba, interpretada por el grupo de teatro Dulcinea, de la Casa de Castilla-La Mancha y dirigida por Teresa Humanes Hernández.

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Entrevistas·Presentación

Entrevista con Montse Damas

Ante las quejas sobre la larga duración de la ceremonia de entrega de los Óscar, alguien en la cadena televisiva estadounidense ABC tuvo la feliz idea de hacer entrega de cuatro de las estatuillas (mejor fotografía, mejor montaje, mejor corto de ficción y mejor maquillaje y peluquería) durante los anuncios. En menos de veinticuatro horas, 650 personalidades de Hollywood (entre ellos, tres de mis directores favoritos: Quentin Tarantino, Spike Lee y Spike Jonze) firmaron un escrito de protesta que obligó a los organizadores a echar marcha atrás. La industria cinematográfica demostró así que se preocupa por los suyos. El mensaje era claro: entienden que el glamur y la brevedad venden, pero entienden, también, que el cine es mucho más que unas caras bonitas. Una buena película necesita una buena interpretación, una buena dirección, un buen guion, una buena fotografía, un buen montaje y un buen equipo de maquillaje y peluquería entre otras cosas.

También es cierto, sin embargo, que una maquilladora que haya ganado tres Goyas (el primero en 2001, por Juana la loca; el segundo en 2012, por Blancanieves; y el tercero, en 2019, por El hombre que mató a don Quijote), una maquilladora que lleve en la profesión casi treinta años y que haya trabajado en películas como El reino de los cielosAlatriste, Camino, Un día perfecto o Palmeras en la nieve pueda pasearse por Valdemoro, donde nació y ha vivido toda su vida, con la tranquilidad de saber que solo sus amigos y los que la vieron crecer podrán reconocerla. Es el caso de Montse Damas, la valdemoreña que tengo enfrente y que ha tenido la amabilidad de concederme esta entrevista.

Pere Vall, redactor jefe de la revista Fotogramas e importante crítico de cine español, escribió esto cuando puso su cara en manos de Montse Damas para hacer de figurante en la película Blancanieves:

«…Para tener esta larga y cuidada barba de caballero acomodado no se optó por la barba postiza pegada a la cara, entera, ni por la barbota enganchada a una goma elástica. ¡Pelo a pelo!

Y de esto se encargó una maga de la caracterización, Montse Damas, en cuyo currículum hay títulos como Lope, También la lluvia, Las 13 Rosas… Una mujer enamorada de su trabajo, una artista a la que no le van las prisas. La llaman La del rigor histórico, porque le gusta documentarse al máximo para cada film, y no cagarla en detalles que quizá el público (o el director) no nota, pero ella sí. Y le duele. La del rigor histórico no está para errores, si puede evitarlos, y pasé con ella un buen y agradable rato, entre anécdotas y mientras me pegaba la barba mechón a mechón: una mezcla de pelos castaños (naturales, comprados a un mayorista) y canosos».

¿Cómo acabaste dedicando tu vida al maquillaje en el cine?

Siempre me ha gustado el mundo del espectáculo. Desde muy joven tuve inquietudes por ser actriz y me metí en un grupo de teatro de Parla. Pero, desde muy pronto, también, me di cuenta de que me daba mucho miedo salir a escena. Tenía una vergüenza terrible. Así que, enseguida, decidí que mi trabajo debía estar detrás de las cámaras y no delante. A esto se añadió el hecho de que tenía un familiar, la hermana de una tía mía, que era peluquera para cine y series de televisión. Un día fui a un rodaje con ella y me encantó. Estaba decidido. Hice un curso de maquillaje y, acto seguido, empecé a hacer meritoriaje. Es decir, empecé desde el nivel más bajo del escalafón, de meritorio, luego pasé a ser auxiliar y, finalmente, ayudante de maquillaje. Así empecé y, desde entonces, no he parado. Llevo ya  veintiocho años en el oficio.

Tienes una extensa filmografía. Has participado en varias series de televisión y en muchas películas.

Empecé con series. Empecé trabajando en una serie que se llamaba Qué loca peluquería y, luego, pasé al cine. A partir de ahí, he trabajado más en el cine y he participado en unas poquitas series. Trabajo mucho para producciones extranjeras que vienen a filmar a España. El verano pasado estuve trabajando para la última entrega de Terminator (Terminator: Dark Fate); en abril estaré todo el mes en Tarifa, trabajando para una serie de Sky TV, una plataforma digital británica, que se llama Little Birds. Y, de mayo a octubre, voy a trabajar para una serie de Netflix que se va a filmar entre Madrid y Mallorca y que se titula White Line.

¿En qué consiste tu trabajo? Me consta que eres la responsable de la mayoría de las heridas que se producen durante el rodaje…

Sí. El maquillaje incluye los efectos de las heridas entre otras cosas – [Sonríe]. Hay que entender que el maquillaje en el cine es muy diferente del maquillaje en el mundo de la moda. En una serie o en una película lo que buscas es crear un personaje. No todo el mundo tiene que salir guapo. En cuanto nos leemos el guion, comenzamos a crear al personaje. Hay personajes que no tienen por qué ir maquillados, ni arreglados. En el mundo de la moda, se emplea lo último en maquillaje.

¿Trabajáis en equipo?

Normalmente está la jefa de maquillaje, el ayudante de maquillaje, que es el trabajo que yo suelo desempeñar, y una peluquera. Dependiendo de las proporciones del proyecto, podemos llegar a estar tres de maquillaje, tres de peluquería… En un proyecto como Exodus (Ridley Scott, 2014), la productora americana traía al equipo de maquillaje para los actores principales (Christian Bale vino con su propio equipo) y nosotros teníamos otro equipo para ocuparnos de todos los figurantes. Imagínate tener a quinientos extras esperando a ser maquillados. Para esa película, podíamos estar cincuenta personas trabajando en el equipo de maquillaje. Pero hay veces que la productora viene con los actores extranjeros y el equipo de maquillaje es todo español. Ese va a ser el caso con la serie White Line, que vamos a empezar en mayo. Nuestro equipo de maquillaje se ocupará de toda la primera temporada. Yo evito ser jefa. Para empezar, tengo muchísimo más trabajo como ayudante de maquillaje. Además, para mí, tiene muchos más alicientes trabajar con diferentes maquilladores que ser jefa. Con mi experiencia, me suelen dejar mucha libertad a la hora de trabajar y de crear a los personajes que me corresponden.

¿Guardas algún buen recuerdo de alguna de las celebridades que has conocido durante el rodaje?

Los directores hablan con las jefas de maquillaje y yo los veo durante el rodaje, pero no trabajo directamente con ellos. Hace años, hice una película que se tituló El puente de San Luis Rey, una producción extranjera que incluía a Robert de Niro, a Geraldine Chaplin, a Gabriel Byrne y a Harvey Keitel en el reparto. De todos ellos, me llamó mucha la atención Kathy Bates. Me pareció una persona tan cercana. Este tipo de actores y actrices van siempre rodeados de un séquito y esto hace que sea muy difícil acercarse a ellos. Sin embargo, Kathy Bates mostró mucha simpatía. Mucha cercanía. Otra celebridad que me llamó la atención fue Liam Neeson durante el rodaje de El reino de los cielos. Justo antes de filmar una escena, se le acercó un figurante y le pidió hacerse una foto juntos. Muy amablemente, Neeson le dijo: «Este no es el momento». Así que Liam Neeson se fue a rodar la escena en cuestión. Cuando terminó, se puso a buscar al extra por toda la zona de rodaje. Y no paró hasta encontrarlo para hacerse la foto con él. Una vez juntos, le dijo: «Ahora es el momento».

¿Cómo viviste cada uno de los tres Goyas que has ganado?

El Goya, evidentemente, lo gana el equipo de maquillaje liderado por la jefa de maquillaje que lo coordina. Los tres han sido muy especiales. El primero fue con Juana la loca. Me pilló un poco como por sorpresa. Disfruté especialmente el Goya que ganamos con Blancanieves. Esa película me encantó. Fue una película muy especial. En esta película tuvimos a uno de los personajes más interesantes que he creado. Se trata de Rintintón, que es un niño perro y que está creado todo con posticería facial, que es una de mis especialidades. Rintintón tiene toda la cara llena de pelo. Ahora, cada vez más, se ponen las barbas pelo a pelo. Aguantan mucho más que si pones toda una barba o un bigote postizos. Facilitan mucho más la gesticulación de los actores. Y, por último, ganar un Goya con El hombre que mató a don Quijote tuvo su mérito. Hay que recordar que es una película que parecía que tuviera una maldición. Se ha intentado rodar dos o tres veces y no ha sido posible nunca. La última vez se hizo un documental, Perdidos en la Mancha, que describía los efectos de esa maldición. Cuando llevábamos dos semanas de filmación de El hombre que mató a don Quijote, salieron con el champán a celebrarlo porque nunca se había llegado tan lejos con la grabación. Además, fue fantástico trabajar con el director Terry Gilliam, que es un señor que tiene una imaginación y una cabeza que está continuamente creando. En el caso de esta película, en el equipo de maquillaje, además de maquillaje y peluquería, estaba también Pablo Perona, responsable de la nariz postiza que lleva el protagonista. Esta nariz forma parte de los efectos especiales de maquillaje.

Y los galardones que has ganado no se quedan en tres Goyas.

Desde el año 2010, la Academia de Cine (Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España) valora, en unos homenajes anuales que han pasado a llamarse Homenaje a los Profesionales, a todos los profesionales que no tienen tanta visibilidad pero sí una larga trayectoria cinematográfica; gente como los ayudantes de dirección, los de script o los ayudantes de maquillaje. Los homenajeados pasan automáticamente a formar parte de la Academia como miembros asociados. En septiembre de 2016, yo fui una de las afortunadas en recibir este homenaje y lo valoro como uno de los premios más importantes de mi carrera.

¿Cómo llevas estar viajando de un lado para otro?

Lo llevo fenomenal. Obviamente, cuando pasas mucho tiempo fuera de casa, echas de menos estar en ella. Acabo de volver de Panamá. Supongo que no es un destino al que yo iría si no fuera por trabajo. He ido y vuelvo encantada. Cuando rodamos The Promise, estuvimos en Malta. También me gustó mucho. Tienes una oportunidad de conocer bien los sitios. Tengo muy buen recuerdo de cuando fuimos a filmar a Bolivia con Icíar Bollaín. Allí dirigió Y también la lluvia. Es una película que me gustó mucho. Icíar es también bastante cercana y muy maja. Fue interesante crear a los indígenas que salen en la película. Había días que empezábamos a maquillarlos a las tres y media de la mañana porque eran muchísimos. Nuestro trabajo es de madrugones. Somos de los primeros que debemos ponernos a trabajar. Este verano pasado, con Terminator, debía levantarme a las tres menos diez de la mañana. Hay días que empezamos prontísimo y podemos estar trabajando hasta doce horas seguidas. Una vez terminas de maquillar, tienes que estar pendiente por si hay que retocar algo durante el rodaje, controlar que todo haya quedado bien… Los actores sudan, los bigotes, las barbas o las pelucas se mueven y hay que estar pendientes para que, en cada toma, todo esté impecable.

Supongo que el maquillaje en el teatro es diferente. ¿Has trabajado maquillando en el teatro?

La verdad es que no. El maquillaje en el teatro no es tan sutil como en el cine. En teatro, si, por ejemplo, tienes que hacer un envejecimiento, puedes hacerlo de forma un poquito menos detallada y más exagerada porque no hay primeros planos. Cuando filmas, ahora con el HD que lo ve todo, se necesita mucho más detalle.

¿Hay algún proyecto cinematográfico en el que te gustaría embarcarte?

Creo que tengo mucha suerte. Últimamente, no paro y son todos proyectos muy interesantes. Me fastidia porque tengo que rechazar algunos trabajos, ya que no me da para más. En todos los trabajos, encuentro retos interesantes. Claro, para nosotros, es siempre más gratificante hacer cosas de época. Lo que voy a hacer ahora en Tarifa se desarrolla, por ejemplo, en los años cincuenta.

Con todo el trabajo que tienes, y estando fuera de casa, ¿cómo puedes planear unas vacaciones?

No puedes. En estos momentos, por ejemplo, como pronto, tendrán que ser a partir de octubre. Y cuando consigo unos cuantos días libres, lo que me apetece es quedarme en casa. Como he dicho, me gusta viajar y llevo muy bien los viajes. Vivir en un hotel, sin embargo, tiene también sus inconvenientes. Por eso, últimamente, si el proyecto es largo, solicitamos que nos alquilen una casa o un apartamento en vez de hospedarnos en un hotel. Tener una cocina se agradece.

La vida en un hotel y el trabajo en una caravana.

Sí. Las productoras americanas y británicas suelen traer una caravana y ahí maquillamos a los actores. Si no hay una caravana de maquillaje, producción siempre encuentra un sitio donde nos ponen unas mesas y unos espejos para que trabajemos. Todo esto ha mejorado mucho desde que empecé. Recuerdo, hace tiempo, filmamos en una granja y colocaron las mesas de maquillaje en los establos. Allí el olor era interesante. Pero siempre intentan encontrar un buen sitio para nosotros porque, de lo contrario, los actores se quejan. Antes los actores se quejaban menos.

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Ha trabajado en dos ocasiones para Ridley Scott. El año pasado trabajó con Terry Gilliam en El hombre que mató a don Quijote y eso le ayudó a conseguir su tercer Goya. El verano pasado colaboró en la creación de la última entrega de Terminator. Acaba de trabajar en una serie de Movistar, En el corredor de la muerte, inspirada en Pablo Ibar, el preso español condenado a muerte en Estados Unidos. Montse Damas se ha ido ganando una gran reputación dentro del cine. Sin embargo, ella se sigue considerando una  chica de pueblo. Recuerda cómo los valdemoreños de toda la vida se referían a ella y a sus hermanas como «las chicas del bar Jaén», pues era el establecimiento que regentaban sus padres. Antes de terminar esta entrevista, me confiesa que disfruta muchísimo los días que puede dormir en Valdemoro. Para ella, bajar a comprar el pan en la panificadora González, quedar con los amigos en el Quinito o comer un buen arroz en La Bodega son algunos de esos pequeños placeres que nos otorga la vida.

Gramática frívola

Subconcienzurdas

Son dudas del subconsciente del lóbulo izquierdo. Son subconcienzurdas.

  1. En los campeonatos de disertación, ¿el primer premio siempre se queda disierto?
  2. En los concursos de Samba, al final, ¿Sam llega a ir?
  3. En un baile organizado para el Círculo de lectores, ¿llevan todos el compás?
  4. Si, a los seres humanos, la vida les da palos, ¿a los cangrejos les da palitos?
  5. Si son hidrantes, ¿por qué los bomberos se empeñan en usarlos después de iniciarse el incendio?
  6. Si, siendo niños, tifón y huracán sufren acoso escolar, ¿se lo cuentan a tsumami?
  7. En un año de acuciante sequía, ¿irte a vivir con tu novia tres días después de conocerla contribuye a aumentar los índices de precipitaciones en esa zona del país?
  8. Si estuviera situada en pleno centro de la ciudad, ¿seguiría llamándase la albufuera de Valencia?
  9. ¿A qué panal pertenecían las abejas ajedrecistas que lograron el famoso empate en las Tablas de Daimiel?
  10. En una dictadura militar, si reúnen a la plana mayor del ejército para ver una peli porno juntos, ¿podría considerarse como una convocatoria de Erecciones Generales?
  11. Cuando viene visita, si en casa saco algo de comer, ¿en la tienda de campaña saco de dormir?
  12. Si una fila de vehículos militares lleva a un niño dentro, ¿podemos considerar que es un conboy?
  13. ¿El único mamífero que se queda afónico cuando pone los huevos encima de la mesa es el ornitorronco?
  14. Si uno se levanta muy preocupado porque quiere “hacer más” en la vida, ¿se puede decir que se ha despertado en un estado hagónico?
  15. ¿Se puede decir que la más primaveral de nuestras fuerzas de seguridad es la Policía Floral de Navarra?
  16. Cuando un saco de centeno cumple un siglo, ¿celebra su centenario? Cuando un melenas llega a mil años, ¿cumple un melenio? Cuando dos anos cumplen un año juntos, ¿celebran su añiversario? Es difícil que Vicente llegue a los doscientos años. De lo contrario…
  17. En el jardín de tu casa, las posibilidades son muchas: piscina, un buen proyecto; si estanque, ¿un buen proyectil?
  18. ¿Durante cuánto tiempo tienen que estar sin trabajo los caballos para que sean equiparados?
  19. ¿A James Bond lo mandan a las misiones peligrosas porque es buen agente o lo mandan a ayudar a los más necesitados porque es buena gente?
  20. Tras correr 42 kilómetros, si un miembro de la alta jerarquía eclesiástica se cae de forma aparatosa, ¿le saldrán cardenales o maratones?
  21. Cuando un caracol y una babosa se asocian para dedicarse a la vida criminal, ¿pasan a ser maluscos gangsterópodos?
  22. Si una persona que se comunica con los muertos cocina unos macarrones, ¿prepara la pasta al dente, dente? Y si los cocina Neptuno, ¿los prepara al dente, dente, dente?
  23. Cuando Zanahoria cubrió a su novio Calabacín de tatuajes no permanentes, ¿era porque lo quería ver en henna?
  24. Cuando sabemos que una ternera francesa está a punto de cometer un error estrepitoso, ¿informalmente podríamos decir “vaca gala”?
  25. Si, en Aragón, los parásitos de tu perro le dan calambre, ¿podríamos pensar que tiene garrampatas?
  26. ¿La obsolescencia programada tiene los días contados?
  27. Si con el precio de la entrada, te regalan un cubata, ¿ves la película en cine más copa?
  28. ¿El festival de Eurovisión puede producir intoxicanción?
  29. ¿Sentarte con tu novia en el asiento trasero de un coche que tiene un motor de gasolina y otro eléctrico te sube la líbrido?
  30. Acostumbrados como estaban a los insultos del sargento de hierro, la tropa se quedó allí, parada, mientras su superior les pedía un trago de ron y cambiaba el tradicional “nenazas” por el de “pánfilas”. “Rooooon, pánfilaaaaaaaas”, volvió a gritar. A la tercera, los soldados lo pillaron y comenzaron a disolver la formación hasta que el patio de instrucción se quedó completamente vacío.

Entrevistas

Entrevista con Raúl Ortiz

En 1941, en medio de la ocupación nazi, se abrió en la rue de la Huchette, en  París, La discothèque, un lugar donde la gente se reunía para escuchar y bailar música grabada. El mismo público elegía y ponía los temas. Hasta entonces, la gente que iba a los clubs había bailado al ritmo de las orquestas contratadas con este propósito y eso seguiría siendo la normalidad durante varias décadas. Sin embargo, el nombre del nuevo garito parisino gustó y acuñó el término con el que conocemos a las actuales discotecas.

No obstante, habría que esperar hasta 1959, cuando el dueño del Scotch Club, en Aquisgrán, Alemania, buscando cómo recortar gastos, decidió sustituir a la orquesta de su restaurante y poner, en su lugar, discos de acetato. Cambió el nombre del lugar y lo llamó Jockey Tanz Bar. Para animar el ambiente, fue contratado un jovencito locutor de radio Klaus Quirini, que ocultó su nombre bajo el pseudónimo de Dj Heinrich. Antes de pinchar los discos, Klaus Quirini se dedicaba a presentar las canciones como si de un programa de radio se tratara.

A comienzos de la década de 1960, empezaron a abrirse más lugares como el Jockey Tanz Bar por todos los Estados Unidos y Europa. Estos clubes nuevos que entretenían a la gente con música grabada comenzaron a tener éxito no con la música techno, ni la electrónica, ni el bakalao, ni el reguetón… No. En esos años, la música que pegaba en los clubs era el twist.

En 1981, cuando mis tíos más jóvenes lucían unos pantalones de campana idénticos a los que llevaba John Travolta en Fiebre del sábado noche (1977), Televisión Española comenzó a emitir un programa, Sabadabada, donde uno de sus presentadores era una marioneta que respondía al nombre de Horacio Pinchadiscos. Es ahí donde uno se da cuenta de que la figura del disc jockey está asentada definitivamente en la sociedad.

Hoy tengo delante de mí a Raúl Ortiz, valdemoreño, uno de los disc jockeys más populares y reconocidos de España. Ha pinchado discos por toda Europa (Viena, Londres, Italia, Portugal, Francia), gran parte de América (Venezuela, República Dominicana, México, Estados Unidos) y confiesa que le encantaría hacerlo hasta en Japón. Raúl Ortiz dice que no baila. Que baila muy mal. Y bromea diciendo que se hizo disc jockey para no tener que bailar. Raúl Ortiz dice que ser un disc jockey no es pinchar un disco detrás de otro. La del disc jockey es una expresión artística como muchas otras.

¿Cómo te convertiste en un disc jockey?

Siempre he sido aficionado a la música. Lo que ahora es la cervecería INO’S era 1992-1993 un pub al que mis padres iban a menudo. Allí me empecé a interesar por los discos. Allí me enseñaron cómo iba la mesa de mezclas y me dejaron ensayar poniendo discos. Ya en 1994 empecé a trabajar en el Q, aquí en Valdemoro. Desde ese año no he dejado de trabajar como DJ. Me presenté a concursos de disc jockeys, fui progresando y, paulatinamente, he ido subiendo escaloncito a escaloncito para llegar donde estoy hoy en día. Llevo veinticinco años pinchando música.

¿Había entonces concursos de disc jockeys?

Sí. Ahora es raro, pero entonces había unos cuantos. Te presentabas, pinchaba uno, pinchaba otro y, luego, un jurado decidía quién lo había hecho mejor. Pinchar antes era mucho más artesanal: tenías que coger un vinilo, ponerlo… lo tenías todo como en el tacto. Ahora es todo mucho más digital. La música. La imagen. La música ha evolucionado muchísimo y la tecnología musical con ella. Gané algunos de esos concursos y allá para 1999 entré a trabajar en la discoteca Groove de Pinto, que, cuando yo empecé, se llamaba La Corte. En la Groove, que aún sigue abierta, estuve unos años muy buenos. En el año 2003 fiché con Fabrik y ahí trabajo desde entonces. Estoy muy contento porque es una empresa muy grande. Tienen muchas discotecas y yo me siento como en casa.

¿Qué virtudes y cualidades debe tener un DJ, en tu opinión, para triunfar en el mundo de la música?

Creo que el DJ debe tener mucha psicología de pista. Debes saber qué quiere ese público solo con verlos. Creo que eso siempre se me ha dado bien. He llegado a los sitios y he intuido lo que debía poner en cada momento. Es importante, también, dedicarle muchas horas, tener una buena selección musical. Como a todos los trabajos, hay que dedicarle tiempo y pasión. Destacas cuando eres un auténtico psicópata de lo que haces [sonríe]. Cuando algo te gusta tanto que no te importa dedicarle todo tu tiempo. Hay que estar muy pendiente de cuáles son las modas musicales y hay que estar al día de los cambios y tendencias. Debes intentar anticiparte a lo que viene y ser, de alguna forma, uno de los pioneros.

¿Con qué dificultades se encuentra un DJ en su trabajo?

El mundo de la noche suele tener personajes muy variopintos. Es fácil tener problemas con algún promotor. Siempre hay gente que intenta aprovecharse al máximo. Creo que en todos los trabajos te encuentras con gente complicada. Luego, es como si a un cirujano le das un martillo y unas tenazas para operar a un paciente. Ha habido ocasiones en las que he llegado a un lugar donde el equipo no estaba en buenas condiciones y el lugar de trabajo no cumplía con unos mínimos.

¿Cuáles son las tendencias del momento?

Aquí en España, la gente está tirando bastante por lo latino, por el trap, el rap… Y, por otro lado, estamos volviendo a la España de los años ochenta. Están de moda las fiestas remember, donde pinchamos música de esos años y, curiosamente, se llenan de gente de veinte a veinticinco años. Están cambiando las cosas. En los últimos veinte años, la gente ha ido a las discotecas para escuchar y bailar la música que elegía un disc jockey. Ahora, se está volviendo a lo que se hacía antes. La gente vuelve a las discotecas para salir, para pasarlo bien, para divertirse. La música que escuchan es importante, pero pasa a un plano diferente. Se está perdiendo un poco la cultura de ir una sala para ver a un artista. Sigue habiendo esa cultura, pero ha bajado bastante. Una de las razones, también, es cómo han emergido de la noche a la mañana una serie de artistas españoles nuevos, dentro de la cultura del trap. Todo esto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, pero yo respeto todo lo que funcione, sea del estilo que sea.

Sitios más chulos en los que has trabajado.

He estado en prácticamente todas las discotecas grandes de España. Hay algunas muy curiosas. En Santander, hay una discoteca muy curiosa que se llama ZUL. Es impresionante. Está en un acantilado y es un antiguo restaurante que han remodelado como discoteca. Si estás allí toda la noche bailando y sales por la mañana, te encuentras con un amanecer brutal, con un hermoso acantilado y el mar. Fabrik, aquí en Madrid, es inmensa, y da mucho respeto. He visto cómo a muchos disc jockeys les temblaban las manos al observar lo grande que es la sala. Estamos hablando de miles de personas mirándote y esperando que pinches el tema adecuado. En Ibiza, hay salas que tienen mucha magia, como la discoteca Privilege Ibiza [según el libro Guinness de los récords, la más grande del mundo, con capacidad para 10.000 personas]. Luego, he pinchado en parajes espectaculares, en Playa del Carmen, por ejemplo, en México; he estado también en Venezuela, en Miami, en Nueva York… Cada sitio tiene su encanto. Si el que dirige la discoteca es alguien con una buena visión y no escatima en gastos, ahí vas a encontrar un sitio bonito, cuando el dueño de una sala está haciendo algo que le gusta y no se limita a ser un empresario que solo quiere hacer dinero.

¿Crees que, en una discoteca, son diferentes el público español y el público de otros países del mundo?

He hecho muchos bolos en Punta Cana, que es un lugar donde muchos estudiantes estadounidenses y canadienses van a pasar su Spring Break, sus vacaciones de primavera, y ahí te das cuenta. Nosotros hacíamos cuatro fiestas seguidas, de jueves a domingo. El jueves solía ser para colombianos, el viernes era para puertorriqueños, el sábado para estadounidenses y el domingo para canadienses. Ahí te das cuenta de lo diferentes que podemos llegar a ser gente de la misma edad, habiéndote criado en un país distinto. Lo que te puedo garantizar es que el público español, en el mundo de la noche, es de los más enérgicos. Somos los que más disfrutamos del tema de la música, somos los más pasionales cuando nos gusta un disc jockey. Aquí hay mucho fervor. Cuando vienen disc jockeys de fuera nos lo dicen: España es de los mejores lugares para pinchar música. En Italia también se lo montan bien.

¿Cómo ha evolucionado la noche durante los últimos veinticinco años?

Como te he dicho, creo que hemos vuelto otra vez a los ochenta. Apareció el botellón y parecía que la gente se lo pasaba mejor en el aparcamiento de una discoteca que dentro de ella. Eso empezó a crear otro tipo de cultura. Entre el 1999 y el 2007 aproximadamente, era cultura de club total. La gente iba a los sitios por el disc jockey, por la música. Ahora la gente sale a divertirse, a beber, a bailar, a conocer a gente.

Háblame de algunos de tus disc jockeys favoritos.

Recientemente me ha sorprendido mucho una chica que se llama Chelina Manuhutu. Imprime una energía brutal. Es una chica muy guapa, que tiene una imagen bestial y pone muy buena música. Se pasa toda la sesión bailando. Hay muchas chicas disc jockeys que lo hacen muy bien, pero ella tiene mucha energía. Y, luego, me inclinaré por un clásico: Richie Hawtin. Para mí, el número uno. Es un loco. Una barbaridad. Es el pionero en prácticamente todo el techno, la electrónica, lleva muchísimos años y, para mí, sigue siendo el número uno.

¿Puedes jubilarte siendo DJ a los sesenta y cinco años?

Si se te da bien y te gusta, es como todo. La pasión va dentro. Cuando algo te gusta, es muy complicado pensar en dejarlo. Ahí tienes a Sven Väth, nacido en 1964, que sigue pinchando discos; también sigue Carl Cox, nacido en 1962. Claro que, estamos hablando de gente que juega en las grandes ligas. Es muy posible que artistas como ellos cobren cincuenta mil euros por sesión. Así yo también sigo hasta los años que haga falta. Me gusta dedicarme al tema de la noche en todas sus vertientes. Tal vez pueda seguir en esa línea.

Este febrero fuiste a pinchar a una discoteca de Estambul. ¿Cuáles son tus proyectos más inmediatos?

En estos momentos, en lo que más centrado estoy es en un proyecto muy personal que llevo haciendo dos veces al año desde 2011. Normalmente tiene lugar en marzo y en septiembre. Es una fiesta muy bonita, con mucho sentimiento, y se llama La Resistencia. La próxima es el 16 de marzo. La gente va a ver a los disc jockeys, como antes. Contrato a artistas nacionales e internacionales, son más de doce horas de fiesta, con miles y miles de personas bailando en cuatro áreas distintas. Gestionar todos los preparativos me lleva muchísimo trabajo. Del 11 al 18 de julio, estaré pinchando en un festival llamado Fun Beach Party en Cabo Verde, junto a la playa. Forma parte de un paquete de vacaciones con todo incluido: tu billete de avión, tu habitación de hotel, la playa, y fiesta día y noche.

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Raúl Ortiz es un tipo observador. Ha escuchado cuidadosamente mis preguntas y todos mis comentarios. A veces, hasta se ha atrevido a actuar como entrevistador para conocerme mejor a través de mis gustos musicales. La mesa donde descansan nuestros cafés y el móvil que utilizo como grabadora ha sido, esta mañana, la pista de baile y cada respuesta de Raúl Ortiz ha sido elegida, como un disco, a propósito para la entrevista. Aquellos que estén interesados en saber un poco más sobre Raúl Ortiz, pueden acudir a YouTube, a Facebook o a Instagram, porque, aunque no se considera un fanático de las redes sociales, como bien dice él, hay que estar ahí.

Amigos·Entrevistas

Entrevista con Fernando Gracia Gracia

Es fácil adivinar cómo se crearon las distintas disciplinas deportivas que conforman el atletismo olímpico. Como, probablemente, habría ocurrido con anterioridad en China, Mesopotamia, Egipto o Persia, un grupo de jóvenes soldados griegos decidió averiguar quién era el más rápido corriendo, en cortas y largas distancias, quién arrojaba la lanza más lejos y con mayor precisión, quién era más certero con el arco y las flechas. Era cuestión de ver los límites de la excelencia física y psicológica del cuerpo humano. Intentar descubrir quién podía levantar más peso, lo que se convertiría más tarde en la halterofilia, formaría parte de los primeros retos que se les ocurrieron a esos soldados.

Para dar mayor legitimidad a esos deportes, los griegos pronto los trasladaron al mundo mitológico y los relacionaron con los dioses. Dos fueron los personajes mitológicos que pudieron ponerse el mayor peso conocido sobre los hombros. El primero fue por castigo. Se trata del joven titán Atlas, que encabezó la guerra de los titanes contra los dioses del Olimpo. Tras la derrota, Zeus lo condenó a cargar con el universo de por vida. Las estatuas de Atlas que han llegado a nuestros días no hacen justicia a lo que el titán estaba condenado a levantar y sostener. Se trataba no solo de la Tierra, que entonces acababa en el océano Atlántico (allí estaría Atlas levantado y, por eso, da nombre a ese océano), sino de todo el universo. Atlas debía sostener también los cielos y todas las estrellas del firmamento. El segundo personaje que pudo levantar el universo sobre sus hombros demostró ser más astuto que Atlas. Se trata de Hércules. En una de las pruebas que debió superar para erigirse como dios, se vio obligado a robar unas cuantas manzanas de oro del jardín de Hera, algo que nadie había logrado hasta entonces. El jardín estaba cuidado y vigilado por las Hespérides, que, casualmente, eran las hijas de Atlas. Hércules se dirigió a Atlas y le propuso sostener el universo para que fuera él a coger esas manzanas. Siendo sus hijas las Hespérides, le sería más fácil. Así salió todo como se había planeado. Cuando Atlas volvía hacia Hércules con las manzanas, se dio cuenta, por vez primera, de lo ligero que se sentía y, ya delante del héroe griego, decidió no volver a cargar con el universo. Le dijo a Hércules que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo. Hércules se percató enseguida de las intenciones de Atlas y, con astucia, aceptó agradecido. «Pero, antes de irte», le dijo Hércules, «¿podrías, por favor, sujetar el universo un segundo para que me acomode la capa?». Atlas, inocente, se cargó el universo a los hombros y Hércules cogió las manzanas de oro y desapareció del plano que enfocaba a un Atlas desconcertado.

En Valdemoro, tenemos a nuestro propio Hércules, Fernando Gracia, medalla de oro en el Campeonato Mundial de Halterofilia que tuvo lugar en Barcelona en agosto de 2018. Fernando Gracia nació en Zaragoza en 1964 y vino a vivir a Valdemoro en 1994.

¿Cómo comenzó tu afición por la halterofilia?

En muchos casos, no elegimos a qué deporte nos vamos a dedicar, sino que ese deporte nos elige a nosotros. Si te apuntas a un equipo de baloncesto o de fútbol y no encuentras tu lugar en el equipo, si te apuntas a atletismo y no obtienes los resultados deseados, cambias deporte y sigues buscando hasta que encuentras uno que se te da bien. En mi caso, estamos hablando de 1979. En Zaragoza, no había muchas piscinas cubiertas y nosotros teníamos una relativamente cerca. Los chavales del barrio de la Química, en Zaragoza, un barrio obrero, teníamos la ilusión de ir a bañarnos a la piscina en invierno. Así, unos cuantos amigos decidimos apuntarnos a una de las actividades del Centro Natación Helios para poder disfrutar de su piscina cubierta. Y, como estábamos creciendo y queríamos ponernos cachas, nos apuntamos a halterofilia, siguiendo un poco a los líderes de la manada. Hala, todos los amigos a halterofilia. Y, tras un tiempo, de todos los que nos apuntamos, el único que se quedó fui yo. Las razones, ya las he dicho. Se me dio bien. En el primer torneo interprovincial en el que participé, gané un pequeño trofeo. Casi al año de empezar, con catorce, quince años, ya logré levantar cien kilos. En 1981, fui a mi primer campeonato nacional, a Madrid, y quedé tercero. Eso es lo que te va enganchando en el deporte. De lo contrario, como todo en la vida, te desanimas y lo vas dejando.

¿Tenías algún referente?

Sí. Un referente muy cercano. Otro chaval del mismo club, José Daniel Tejero, que con esa edad, había conseguido venir a la residencia Joaquín Blume (perteneciente al Consejo Superior de Deportes del Ministerio de Cultura y Deporte de España, está situada en la Ciudad Universitaria de Madrid). Cada vez que Daniel volvía por Zaragoza, traía el chándal de la selección y nos contaba que había estado compitiendo en un lugar u otro de Europa. Yo veía que mis marcas estaban muy cercanas a las suyas y mi entrenador de aquella época, Ignacio Almau, me animaba a alcanzar los éxitos de Daniel. Y lo conseguí, pero un poco tarde. Tarde, porque el equipo nacional se nutría de chavales jóvenes (17-18 años) y, cuando yo llegué al equipo nacional en 1990, estaba a punto de cumplir los 24.

Tu entrada en el equipo nacional fue, sin embargo, fulgurante.

Para conseguir formar parte del equipo nacional, tuve que ganar dos campeonatos de España absolutos (1988 y 1989) compitiendo con los levantadores que formaban parte de ese mismo equipo nacional. Cuando llegué, me metieron en el plan ADO (de la institución española Asociación de Deportes Olímpicos), un programa que se creó para las Olimpiadas de Barcelona de 1992, cuando España jugaba en la primera división económica del deporte internacional, antes de que vinieran las distintas crisis económicas. Recibí una beca y estuve internado dos años en la Residencia Joaquín Blume. Pude competir en una docena de torneos internacionales: dos campeonatos de Europa, dos campeonatos del mundo, unos Juegos del Mediterráneo, tres torneos de la Comunidad Económica Europea (gané uno de ellos, el del año 1991). También obtuve el récord de España en la modalidad de dos tiempos, levantando 170 kilos. También en el total olímpico (302 y 305 kilos), que es la suma de las dos modalidades de la halterofilia: arrancada y dos tiempos. Las cosas marchaban bien.

Pero no conseguiste participar en las Olimpiadas de Barcelona.

Poco antes de las Olimpiadas tuve una desgraciada lesión en un abductor y no hubo forma de recuperarme a tiempo. De haber podido participar, habría llegado a las Olimpiadas con 28 años y habría sido la guinda a una buena carrera deportiva. Pero no pudo ser. Volví a Zaragoza. Volví a mi gimnasio de referencia. Allí, amablemente, me habían guardado mi puesto después de más de tres años ausente. Sin embargo, ya no me motivaba como antes. Y, como al gimnasio venía mucha gente que se estaba preparando unas oposiciones, comencé a informarme de las distintas posibilidades. Así conseguí mi plaza en la Guardia Civil. Mi mayor esperanza era obtener un puesto en Madrid, donde había dejado a mi novia, Montse, a la que había conocido cuando estaba en la residencia Blume.

Interesante la metamorfosis de atleta olímpico a guardia civil.

Tuve suerte. Cuando ingresé en la Guardia Civil, gracias al Consejo Superior de Deportes, se me ofreció la posibilidad de ir destinado a un centro de enseñanza donde yo pudiera desarrollar una actividad laboral acorde a mi formación. Estuve veintidós años en el Colegio de Guardias Jóvenes de Valdemoro como instructor y monitor deportivo. En el año 2000, tuve que completar un curso de monitor de Educación Física, para el cual tuve que reciclarme completamente. Gran parte de este curso es correr, correr y correr. Y yo, para correr, nunca he sido muy allá. Pero me puse las pilas, conseguí hacer el curso a los 36 años, ya talludito, y eso me permitió continuar con mi carrera profesional dentro de la Guardia Civil.

Entiendo que dejaste aparcada la halterofilia.

En el año 2010, mi amigo Daniel Tejero me llamó y me contó que iban a comenzar con las competiciones de halterofilia para veteranos. Yo había dejado la halterofilia en 1996. Hacía catorce años. Yo ya estaba en otras historias. Pero Daniel me dijo que la primera competición para veteranos se iba a celebrar en Zaragoza y que yo no podía faltar. Me preparé, fui, competí… gané. Y volví a mis orígenes. Volví a entrenar y he ido participando en varios campeonatos de España de veteranos. Se ha ido apuntando más gente, porque, al principio, éramos unos quince. En el último campeonato de España hemos sido más de cien. Como puedes imaginar, con esto nadie gana dinero. Te tienes que pagar tú todo. Así que, ir a campeonatos del mundo, o acaso de Europa, es difícil. Pagar el avión, los hoteles… ya que vas, te llevas a la familia… El mundial de 2017 fue en Nueva Zelanda. Allí pudo ir muy poca gente. Creo que no fue ningún español.

Pero en 2018, el campeonato mundial se celebró en Barcelona.

Para ir a Barcelona ya no había excusas. Fui a Barcelona y tuve la suerte de ganar el campeonato del mundo. También hay que decir que el año 2018 ha sido un año de transición para la halterofilia mundial. Han sido muy rigurosos con el tema del doping. Hay una serie de países en los que el doping en la halterofilia está organizado a nivel estatal. Esos países han llegado a darnos muy mala fama como deporte. La mayoría son países del este: China, Rusia, Kazajistán, Bielorrusia… Todo eso amenazaba con excluir a la halterofilia del ciclo olímpico. Para evitar que nos excluyan, hemos tenido que hacer ver que vamos a luchar contra el doping de verdad. Lo primero que ha hecho la Federación Internacional es sancionar a nueve países. Coincide que esos nueve países son de los más fuertes en halterofilia. Por eso, debo admitir que yo me he beneficiado de esa sanción para ganar el campeonato del mundo. Para el año 2019, ya están todos los países rehabilitados y, por lo tanto, será algo diferente.

¿Dirías que los halterófilos españoles no acuden al doping?

La Federación Internacional ha intensificado los controles. Normalmente se coge a los tres del pódium y, por sorteo, a unos pocos más. Yo creo que en España y en muchos otros países, en la halterofilia, hay una cultura en la que nadie utiliza las técnicas de dopaje. El Consejo Superior de Deportes, por encima de la federación nacional de halterofilia, es muy estricto y recuerdo que, cuando pasé por el equipo nacional, los controles por sorpresa eran muy frecuentes. Sin embargo, hay países, Corea del Norte es un buen ejemplo, en los que los logros de sus atletas se han vendido como éxito de su modelo de estado y la cultura del dopaje se fomenta desde todas las instituciones de gobierno. De hecho, nuestra referente actual, Lidia Valentín, acaba de recibir medallas de Pekín 2008 porque muestras, que estaban congeladas, se han vuelto a analizar con unos sistemas de detección más eficaces que los que había en esos años. Si antes detectaban la ingesta de doping hasta un mes antes, ahora pueden detectarla hasta tres o cuatro meses antes de la competición. En Londres 2012, Lidia Valentín quedó cuarta. Todo el pódium ha dado positivo tras pasar los nuevos análisis. El próximo 28 de febrero, está previsto que le den el oro de Londres 2012. Pero ya no es lo mismo. Ni los beneficios económicos, ni la gloria de subirte al podio con tu bandera, ni los incentivos estatales… A España no le interesa. Si nos sacan del ciclo olímpico, la halterofilia, que ya de por sí es minoritaria, dejaría de recibir subvenciones del Estado. En España, en los últimos veinte años, ha habido dos casos de doping. Uno dio positivo, pero el otro se desestimó porque se demostró que era un error. En este deporte cantan mucho las marcas.

¿A qué categoría perteneces? ¿En cuál has ganado el oro en 2018?

La halterofilia se organiza por los pesos de los atletas y, para los veteranos, además, por edades. En el último mundial, yo participé en la categoría de menos de 77 kilos, para lo cual tuve que hacer una dieta importante porque mi naturaleza me lleva a pesar normalmente 80-81 kilos. Sin embargo, ahora han cambiado las categorías y ya no existe la de menos de 77 kilos, que ha pasado a ser de menos de 73 kilos. La siguiente categoría sería de menos de 81 kilos, la cual parece que la han diseñado a medida para mí, pues es mi peso natural. También este año cambio de categoría de edad. El año pasado competí en la categoría M4, que era para atletas entre 50 y 54 años, y este año competiré en la categoría M5, que es para atletas de 55 a 59 años. El año pasado jugaba con cierta desventaja, porque era el más viejo de la categoría. Este año, seré de los más jóvenes.

¿Hasta qué edades compiten los halterófilos veteranos?

No hay límite de edad. Yo he visto competir a gente de hasta 82-83 años. Obviamente, conforme va avanzando la edad, hay menos atletas en esa categoría.

¿Dónde es el mundial en 2019?

Este año es en Montreal. Yo me he animado gracias a mi éxito en Barcelona, pero hay que echar cuentas para ver por cuánto sale. Busco patrocinadores [sonríe]. Mi mayor problema, además, son mis rodillas. Llevo haciendo deporte desde los catorce años y mis rodillas no han descansado. Fui operado ya de menisco, con 15 años. Y la halterofilia es un deporte muy exigente. Como cualquier deporte de élite a nivel de alta competición. Exige mucho y, si no estás bien armado… Todo lo que sea hacer un poco el bruto pasa factura. Yo ahora entreno bien un día y debo pasar los dos siguientes entre algodones. Con hielo, con antiinflamatorios… y mi mujer me pregunta que hasta cuándo. Y no solo es cuestión de edad, porque hay atletas de mi edad que no tienen los mismos problemas. Cuando yo salgo a competir, me pongo unas rodilleras y, encima de las rodilleras, me pongo una venda elástica. Debajo de la rodillera, tengo que ponerme un linimento. Tengo que hacer un calentamiento exhaustivo… y luego ves a gente de mi edad que puede salir a competir sin ningún tipo de protección y no les duele nada. No están tan castigados como yo. Claro, cuando estuve en el equipo nacional, eran nueve sesiones de entrenamiento a la semana, tres días con sesión doble. Con intensidades muy altas. Con cargas muy altas. El desarrollo de la fuerza es mover kilos, no es hacer series de cien repeticiones. No. En halterofilia, las series van de una a cuatro repeticiones con cargas que van del ochenta al cien por cien de tu máximo. Eso es muy traumático para nuestros cuerpos.

El deporte es saludable hasta que deja de serlo.

El concepto que tiene la población sobre la salud que aporta el deporte es perfectamente válido mientras se haga con una intensidad moderada. Dependiendo del deporte, podemos irnos hasta una intensidad media. Pero, en cuanto nos vamos a la alta competición, el deporte deja de ser saludable. Salir a caminar, a trotar, hacer unas cuantas abdominales, apuntarte a un gimnasio para ir tres días a la semana y hacer spinning… todo eso es saludable. Subir cien kilos por encima de la cabeza es hacer un poco el bruto.

¿Crees que la práctica de la halterofilia goza de buena salud?

Creo que sí. Por un lado, ya la hemos mencionado antes, los éxitos de Lidia Valentín han dado una visibilidad a la halterofilia española que no teníamos. Ayuda el hecho de que sea mujer, de que sea guapa, de que sea simpática, de que sea muy expresiva (cuando termina un levantamiento, hace un gesto con las manos muy característico en forma de corazón). Por otro lado, gracias al crossfit, la halterofilia ha ganado adeptos. Traído de los Estados Unidos, dicen que el crossfit es la base absoluta del entrenamiento de sus marines. Llegó a España hace unos diez años y está en pleno apogeo. Un tercio del crossfit lo componen ejercicios gimnásticos, en un tercio se utilizan máquinas, remos, unas bicicletas especiales adaptadas y un último tercio lo componen ejercicios de halterofilia, además de carrera y natación. Hasta que llegó el crossfit, había unas mil licencias de halterofilia. El crossfit ha conseguido triplicar ese número de licencias. Y, como la halterofilia es un tercio del mismo, nos ha dado mucha visibilidad. Ellos hacen muchas competiciones. Atletas que empiezan con el crossfit luego pasan a la halterofilia o compaginan las dos actividades. Por ejemplo, en Valdemoro, no hay ningún gimnasio de halterofilia, pero hay, al menos, dos de crossfit. Muchos gimnasios de crossfit están montando un club adicional de halterofilia. Así ocurrió en el gimnasio de crossfit de Rivas-Vaciamadrid (Madrid-Gymnastic) en el que yo entreno. Sin embargo, debemos olvidar que las personas que practican crossfit suelen tener una edad de inicio que no les permite alcanzar la alta competición. La federación lleva unos años mejorando sus números gracias a esos deportistas, pero no hay que olvidar que, si queremos campeones olímpicos hay que empezar con chavales que comiencen a practicar a edades más tempranas y que se acerquen a la halterofilia a partir de los doce años.

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Fernando Gracia Gracia se siente agradecido con su mujer y con su hijo, su familia más cercana. Es consciente de que sus éxitos son posibles gracias a los sacrificios que hace no solo él, sino la unidad familiar. Ellos son los que soportan su mal humor, sobre todo cuando se lesiona o cuando siente esos dolores que no le permiten rendir como a él le gustaría. Son ellos los que, también, acaban adaptándose a sus comidas, a su alimentación. Eso es una batalla diaria que la familia lucha junto al atleta. También se siente agradecido con la unidad de la Guardia Civil en la que está destinado (Escuela de Especialización – Área de Idiomas), porque siempre se lo ha puesto fácil para que pueda acudir a los campeonatos.

Tras la entrevista, me voy caminando a casa con una pequeña reflexión. Fernando Gracia, los halterófilos en general, los hércules de nuestros días, tienen una gran lección para nosotros. En una época en la que todos nos vamos cargando con responsabilidades y obligaciones, a veces innecesarias; en unos tiempos en los que siempre parecemos ocupados en las más nimias actividades, la halterofilia nos enseña que ser capaces de levantar un gran peso es tan importante como saber dejarlo caer al suelo tras conseguir la marca. La halterofilia nos enseña a sacudirnos el universo de los hombros. A quitarnos cualquier peso de encima.

Editoriales

Rayo de líder

Lleva dieciséis años viviendo en Valdemoro, donde disfruta de su jubilación. Se llama “Rayo del líder” y fue un regalo personal del dictador libio Muamar el Gadafi al presidente José María Aznar. Llegó a Barajas, en avión desde Libia junto a una misión diplomática de ese país. Se trata de un caballo del desierto, raza equina de pequeña envergadura, descendiente de las mejores yeguadas del presidente libio. Tiene diecinueve años y se aloja en un box de doce metros cuadrados de los establos del Escuadrón de Caballería de la Guardia Civil. Tristemente para su ilustre linaje, no se le ha conocido yegua.

Entrevistas

Entrevista con Alberto Carvajal

Alberto Carvajal: Siempre he sido un poco escapista. He dado muchas vueltas alrededor de lo que me gustaba. Un viaje en círculos concéntricos que se alejan, pero en el que siempre acabo volviendo al centro. Tal vez, por eso, siempre he tenido, de una forma u otra, un taller de trabajo.

El arte del escapismo, bien lo sabía Harry Houdini, no es largarse sin más, sino aparecer justo al lado de la jaula, pecera o bidón del que nos hemos escapado, con las cadenas, esposas y cuerdas que nos ataban sueltas y rendidas a nuestros pies. Es ahí cuando el escapista recibe la mayor ovación mientras se inclina, en reverencia amable, hacia el público. Alberto Carvajal, ciempozueleño, me recibe en el centro de actividades artísticas, de ocio y bienestar Drym Escuela, en pleno corazón de Ciempozuelos. Es también el lugar donde tiene su taller de trabajo. Es también el lugar donde creció. Es por eso que, cuando nos sentamos en una de las aulas tras haberme enseñado todas las instalaciones, percibo la especial relación de todo el edificio con el escultor Alberto Carvajal. Drym Escuela abrió al público en medio de la crisis y a su mujer y a él les ha costado mucho sacarla adelante. Ahora imparten enseñanzas artísticas integradas para niños, facilitan clases de yoga y Alberto da clases de escultura y diseño de mobiliario a adultos en su taller de trabajo.

Alberto Carvajal me cuenta que no es el único creativo de los siete hermanos. Mientras me habla, hace un recuento mental de los hermanos que lo son y, al final, concluye que, todos, de una forma u otra, son creativos. Su abuela materna solía decir que esa vena creativa venía de su madre, la bisabuela de Alberto, que había sido profesora de arte.

Alberto Carvajal: De pequeño, era un niño que dibujaba bien. Pero creo que todos los niños dibujan bien. Todos somos pequeños genios. Siempre me estaban alabando mis dibujos. Tenía cualidades. Me resultaba fácil dibujar. Pero terminé COU y dejé de estudiar. Trabajé en cualquier cosa. Hice la mili. Montamos un bar entre varios amigos en plena movida madrileña. Fue un bar bastante rompedor en muchos aspectos y se puso de moda. Se juntaba mucha gente. La decoración del garito era muy potente, espectacular. No fui el único responsable de la decoración, pero tuve bastante culpa de toda la estética. Bar LA CALLE, se llamaba, todo con mayúsculas. No duré mucho. Di clases de pintura en la escuela municipal. Me ocupé de la decoración de otros locales. Fabriqué juguetes de madera. Me dediqué a la decoración de escaparates. De escenarios. De escenarios para conciertos, también. Abrí otro bar. En realidad nunca he durado mucho en ningún sitio. He ido saltando de un lugar a otro. Siempre he sido un poco escapista. He dado muchas vueltas alrededor de lo que me gustaba. Un viaje en círculos concéntricos que se alejan, pero en el que siempre acabo volviendo al centro. Tal vez, por eso, siempre he tenido, de una forma u otra, un taller de trabajo.

El cuarto de las herramientas de su padre acabó convirtiéndose en su taller de trabajo. Alberto se ocupó de echar abajo aquel chamizo, de ampliarlo, de ir añadiendo las herramientas necesarias para llevar a cabo los encargos que le iban saliendo. Poco a poco, pudo ir dedicándose a lo que le gustaba. A lo que le gusta. Pero a Alberto no le interesa hablar de su trabajo hasta 1996. De alguna forma, él cree que nació como escultor en Barcelona, en 1996.

Alberto Carvajal: Tras responder a una convocatoria publicada en El País, en 1996 fui seleccionado para participar en la I Maratón de Creación y Reciclaje de Barcelona, organizada por Drap-art. Aquello fue una maravilla. Viajar allí y encontrarme con que había un montón de gente en el mundo, porque era una convocatoria internacional, que se dedicaban a hacer cosas similares a las que yo hacía. Los cien artistas seleccionados de entre todos los candidatos debíamos transformar la montaña de desechos que allí habían apilado en lo que cada uno quisiera. Era una maratón de veiniticuatro horas de improvisación y de creación dentro de una carpa que habían habilitado. Los desechos los habían recogido de miles de sitios. Había muebles, había metal, había plástico, había papel, todo perfectamente clasificado. Fui allí con mi soldador, con mi yunque… Fue una experiencia bestial. Se oían los ruidos de las radiales, de las máquinas. La asistencia de público fue estupenda. Participar en esta convocatoria me hizo ver que no estaba tan loco. O, tal vez, me hizo ver que yo no era el único loco. Por lo menos, había cien como yo.

Alberto se ríe de su reflexión. Estamos hablando de 1996. Ya había internet, pero no tal y como lo conocemos ahora. Una experiencia como esa solo podía vivirse en directo. Alberto pudo acudir a la segunda maratón al año siguiente. Pudo conocer a gente involucrada en el mundo del arte. Pudo forjar amistades. Le salió trabajo gracias a su participación en el evento. Su vida empezó a tomar un sentido artístico menos disperso de lo que había sido hasta entonces. Pudo dedicarse más de lleno a lo que le gustaba, centrándose en trabajos más creativos.

Alberto Carvajal: En la escultura no era fácil y yo andaba todavía buscándome. Todavía me resultaba más fácil dedicarme al diseño y a la decoración. Diseñé bastante mobiliario para locales en Barcelona. Salió también un encargo en Almería. He hecho unas cuantas barras de bar. Con esta misma organización, Drap-art, me invitaron a participar en una experiencia similar en la antigua Yugoslavia. Luego fuimos a Israel. También fui invitado al Festival Internacional de Ecología y Solidaridad en Italia. Una de las últimas a las que acudí fue, hace un par de años, en Pittsburgh, en Estados Unidos. En fin, se abrieron puertas y posibilidades. Y, en todo este tiempo, he podido ir encontrando mi camino en la escultura. Sobre todo, a la hora de manejar materiales.

Alberto se levanta para mostrarme con el dedo una pila de chatarra que se asoma al otro lado del patio que se ve desde uno de los amplios ventanales del aula en la que estamos. Confiesa su síndrome de Diógenes. Me dice que él no guarda porquería. Que todo lo que guarda sirve para algo. Sin embargo, admite que acumula más de lo que acaba utilizando.

Alberto Carvajal: Fue un verdadero salto cualitativo. La mayoría de los encargos giraban en torno a la remodelación de locales, a la creación de mobiliario, al diseño de lámparas. Mis propuestas eran siempre muy personales. No me llamaban para que reprodujera un proyecto, sino para diseñar y crear. Claro, a veces había ciertas limitaciones: si querían una mesa, la pieza debía poder usarse como mesa; si querían una silla, la gente debería poder sentarse en ella. Sin embargo, era muy libre a la hora de utilizar materiales y diseños. Así fui creando mis primeras esculturas. Y he trabajado mucho con materiales reciclados. Llevo toda la vida utilizando materiales reciclados. Ahora está tan de moda. Hay que salvar el planeta… Este nunca ha sido mi discurso, sin embargo. Yo creo que el planeta se salva de otra manera. No creo que, porque unos cuantos artistas se pongan a crear arte con basura, podamos salvar el planeta. De hecho, creo que la solución está en que produzcamos mucha menos basura. Mi intención nunca ha sido ecologista. A mí me gustan esos materiales por lo que me transmiten. Y los materiales ya utilizados tienen una historia escrita en sí mismos. Una historia que no tiene el material nuevo. Me encanta un hierro oxidado porque la picada de viruela que le ha proporcionado el tiempo y la erosión no la tiene un trozo de hierro nuevo. Pero soy muy heterodoxo. Trabajo con todo tipo de materiales. Nuevos y viejos. Prefiero los materiales utilizados porque sugieren. Y porque me encanta subvertir el uso primigenio para el que fueron creados.

Alberto sopesa su creación actual. Diría que el cincuenta por ciento de su trabajo creativo sigue siendo el mobiliario y el otro cincuenta por ciento es su escultura. Vende sus esculturas, la venta de su mobiliario es frecuente y su apuesta por la docencia es importante. Le encantaría ampliar su número de alumnos adultos. Es interesante cómo Alberto, un confeso autodidacta, defiende el aprendizaje con un maestro.

Alberto Carvajal: La experiencia es algo que se adquiere solamente con el paso del tiempo y con la vivencia personal. La experiencia no se puede transmitir. Solamente se puede transmitir el conocimiento. Cualquier tipo de conocimiento. Y el conocimiento acorta el camino. La precisión que yo tengo a la hora de utilizar mis herramientas es el fruto de muchos días de trabajo. Se trata de repetir una acción miles de veces. Yo puedo enseñar los parámetros de actuación, la forma en la que se deben posicionar las herramientas, pero el aprendiz debe ejecutarlas un montón de veces para perfeccionarlas. Pero, qué bien que podemos transmitir el conocimiento. Yo he echado en falta en muchas ocasiones que alguien no me lo transmitiera. Porque me habría ahorrado mucho trabajo. Habría aprendido muchos atajos y me habría ahorrado muchos rodeos a la hora de llegar donde quería llegar. A veces, aprendes mal. Porque das con una solución para salir del paso, pero no es la mejor solución. Por eso, aunque he sido autodidacta, siempre que he tenido la oportunidad de aprender de alguien, lo he hecho. Y lo cierto es que también, a veces, he tenido la suerte de dar con buenos maestros. El camino del autodidacta no se lo recomiendo a nadie. Lo mejor es que alguien te enseñe a acortar el camino.

Mi formación ha sido, casi siempre, académica y me he encontrado con profesores que, podían tener muchos conocimientos, pero no sabían transmitirlos. Supongo que, en el arte, es igual. Puede haber grandes artistas, grandes maestros, que no saben transmitir sus cualidades, sus conocimientos y sus percepciones.

Alberto Carvajal: Disfruto mucho enseñando. Cuando me planteé la posibilidad de dar clases de escultura, al principio, tenía mis dudas: ¿Tendré el conocimiento necesario? ¿Soy yo un maestro? Nadie me había enseñado a mí, con lo que no tenía referentes. ¿Me iba a gustar? ¿Me iba a sentir cómodo impartiendo clases? Y, por último, ¿lo iba a hacer bien? ¿Iba a ser capaz de transmitir? A veces, es más importante la capacidad de transmisión de conocimientos que la cantidad de conocimientos que posees. Empecé a probar y todo encajó. Me di cuenta de que sabía más de lo que creía. Comunicaba bien. Me encontraba cómodo. La gente se encontraba cómoda. Y todo esto se transmitía a través de productos, en objetos de cierta calidad. La gente aprendía. Después de un tiempo, he mejorado y me produce muchas satisfacciones. Algunos alumnos han encontrado trabajos gracias a mi formación y, ahora, a veces, me consiguen encargos en los que colaboramos.

El taller está muy bien equipado para el trabajo en hierro. Hay una fragua y tres o cuatro yunques. Aún le gustaría tener más cosas. Le encantaría tener, por ejemplo, una plegadora, aunque fuera manual. 

Alberto Carvajal: Tengo suficiente pudor como para no anunciarme como herrero forjador. Soy atrevido y, si hay que calentar un hierro, lo hago. Pero siempre informo a mis alumnos de que no soy un experto en este tema. Una de las cosas que les enseño son mis limitaciones. Cuando mis alumnos vienen con sus proyectos, es raro que impliquen algo que yo no he hecho nunca. Pero puede darse. Todo trabajo presenta alguna novedad. Para mí, es un ejercicio mental estupendo que me mantiene fresco. Y, a partir de mis conocimientos y de mi experiencia, siempre puedo aportar ideas y soluciones técnicas. Cada uno de los proyectos que traen mis alumnos me los planteo como si fueran míos. También, y esto es algo muy subjetivo, aporto ideas y soluciones estéticas a esos proyectos. Y ese tema, como puedes imaginar, es muy delicado. Hay una formación estética del alumno, que se apoya en la historia del arte. Y el alumno aprende. Con el tiempo, va descartando soluciones más simples y chabacanas y acuden a ideas estéticas más sofisticadas.

Una vez mencionada la estética, es interesante conocer algunas de las claves de la obra de Alberto Carvajal.

Alberto Carvajal: Mi obra gira en torno a dos conceptos aparentemente antagónicos: el caos y el orden. La mayoría de mis esculturas intentan conciliar la geometría euclidiana y la geometría fractal. En cada pieza intento utilizar el mínimo número de materiales distintos. Muchas veces, utilizo un solo material; otras muchas, un máximo de dos materiales diversos. Si la escultura está hecha con teja, utilizo solo teja. Si está hecha de aluminio, procuro utilizar solamente aluminio. En muchas ocasiones, me gusta utilizar un montón de elementos iguales, lo cual ofrece un aspecto caótico pero ordenado.

Es más fácil analizar el papel que tienen en nuestra sociedad los artistas que se dedican a la música pop y que se mueven dentro del mundo del cine. Sin embargo, no es tan fácil de definir el papel del artista, digamos tradicional, del escultor, por ejemplo, en nuestro tiempo.

Alberto Carvajal: Me resulta complicadísimo evaluar el momento en el que está el artista del siglo XXI. Tal vez porque estoy inmerso en el momento. No tengo perspectiva. Tal vez sea más fácil estudiar tiempos pasados que el momento en el que vives. Y, sobre todo, en un mundo tan cambiante como en el que nos encontramos. Tal vez todas las épocas han sido cambiantes, pero me da la sensación de que esto es una olla cociendo, con un montón de cambios en ebullición. Da la sensación, no solo de estar cambiando, sino de que va a cambiar mucho más en un futuro muy cercano. Si sobrevivimos con este potencial tecnológico, las posibilidades son infinitas. El arte, hoy en día, responde a tantas preguntas. Se plantea de tantas formas. El arte puede ser altamente social o todo lo contrario. A partir de aquí, ¿cuál es el papel de la escultura? No lo sé muy bien. Creo que el arte en general está bastante denostado. Yo no sé si, en otro tiempo, habrá sido así. Es cierto que el arte se ha vuelto tan conceptual, se ha alejado tanto de los cánones tradicionales que la gente no lo entiende. Hay gente que, por esto, piensa que el arte es una estafa. Y, por lo tanto, aquel que se dedica al arte es un estafador. El papel del escultor, si es que tiene algún papel, es difícil. Y yo me niego a pensar que el único papel de los escultores es poblar rotondas. Creo que el arte es muy importante, pero no hay una vara de medir cuán importante. Creo que es imprescindible. Y creo que, sin arte, se hace una sociedad peor. Pero esto no significa que esa sociedad sin arte sea imposible.

Es hermoso escuchar al artista cuando habla de sus proyectos más inmediatos.

Alberto Carvajal: Últimamente estoy trabajando sobre una idea y me gustaría que quedara plasmada en varias pequeñas exposiciones que incluyeran mi faceta escultórica, de mobiliario, de iluminación y que, todas juntas, pudieran convertirse, en un futuro, en una macroexposición. La idea gira en torno a «la carga». La mayoría de los seres humanos nos imponemos una serie de cargas, en muchas ocasiones, innecesarias. Casi como Sísifo, nos empeñamos en empujar esas cargas, cuesta arriba, hacia la cima de la montaña. Y esas cargas, como hace la bola de nieve cuando se precipita hacia abajo, también van engordando en la subida. En mi caso, esa carga puede visualizarse en ese patio que tengo lleno de materiales. Algunos de esos materiales pueden llevar ahí treinta años y nunca los he utilizado. Y creo que es el momento de deshacerme de esa carga que he ido acumulando de forma voluntaria. Hay tantas cosas que he ido guardando. Al final, visto desde fuera, es un ambiente asfixiante el que he ido creando a mi alrededor. De alguna forma, estoy oprimido por mi propia carga. Está todo lleno y no ves nada. No solamente no ves, sino que estás atrapado y a nivel creativo es lo peor que puede ocurrir.

Y es así como Alberto Carvajal tiene planeada su próxima fuga. No será sino volviendo al inicio. A lo que le gusta. A su taller de trabajo. A su escultura. Valdemoro tiene la suerte de tener una de sus obras, una pieza de pared en la biblioteca Ana María Matute.