Entrevista con Bernardo Alfonsel

Los escoceses siempre se muestran orgullosos de sus inventores y de sus descubrimientos. En 1769, James Watt patenta la máquina de vapor. Pocos años después, sir James Young Simpson descubrió las propiedades anestésicas del cloroformo y fue el primero en introducir la anestesia en la medicina general. Un siglo más tarde, Alexander Fleming descubre la penicilina. Otro Alexander, Graham Bell, inventó el primer teléfono. En 1923, John Logie Baird inventa la televisión y, más adelante, la primera televisión a color. En deportes, los escoceses presumen de ser los inventores del golf. Son también los responsables directos del deporte que protagoniza la entrevista de hoy. En 1839, el escocés Kirkpatrick Macmillan construyó la primera bicicleta de pedales. Casi cincuenta años más tarde, en 1887, un veterinario, otro escocés afincado en Belfast, John Boyd Dunlop, desarrolló el primer neumático con cámara de aire. Al parecer, Dunlop lo ideó al ver a su hijo de nueve años sobre un triciclo que no paraba de dar botes por las calles llenas de baches de Belfast.

Bernardo Alfonsel no nació en Escocia. Nació en la vecina Getafe (Escocia tiene su lago Ness y Getafe tiene al lado Leganés) y su vida lleva pegada a la villa de Valdemoro desde hace treinta y un años. Pero las bicicletas sobre las que montó Bernardo para participar en las diferentes competiciones nacionales e internacionales de ciclismo en poco se diferenciaban del modelo de Macmillan sobre los neumáticos perfeccionados por Dunlop. Un orgulloso escocés le diría a Alfonsel que el ciclismo, ese deporte de las dos ruedas que giran a golpe de pedal, el mundo se lo debe a Escocia.

La trayectoria como ciclista profesional de Bernardo Alfonsel se desarrolló entre 1977 y 1986. La década en la que la letra K aparecía en los equipos fuertes de la época. De hecho, Alfonsel corrió con tres de ellos: formó parte del equipo de Teka, más tarde del Kas y terminó en el Kelme. Nada más retirarse del ciclismo profesional, Bernardo y su hermano se enteraron por un amigo de que alguien traspasaba un bar en Valdemoro y en febrero de 1987 comenzaron su negocio en nuestra localidad. Empezaron en la calle Estrella de Elola y, una década después, se llevaron el bar Yassy a la calle Doctor Severo Ochoa. Allí me recibe Bernardo para la entrevista. Es el final de su jornada laboral. Están terminando de recoger y Bernardo me recibe con una sonrisa amable que no le abandona durante toda la entrevista.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición por el ciclismo?

Fue un poco de casualidad. La mayoría de los chicos jugábamos al fútbol y, para llegar al campo, yo iba con la bicicleta. La dejaba allí, a un lado, y me ponía a jugar al fútbol. Un día vino un señor, uno de los espectadores del partido, que era aficionado al ciclismo y se fijó en mi bicicleta. « ¿Y esa bicicleta?», preguntó. Le dije que era mía y me comentó que en Madrid podía hacerme socio de un club de ciclismo. Entonces tenía trece o catorce años. Y allí comenzó mi aventura. Me apunté con la intención de salir con la bici los domingos. Irnos de excursión y cosas así. Nada serio. Lo que pasa es que, luego, vieron que iba bien, yo también me di cuenta de mis posibilidades y me lo empecé a tomar más en serio. Empezamos a correr carreras de cadetes, infantiles, después juveniles y, así, progresivamente, hasta llegar a profesional.

Como amateur, ganaste, entre otras cosas, una etapa del Gran Premio Guillermo Tell de Suiza y un par de etapas de la Vuelta Ciclista a Chile.

Mi experiencia como amateur fue lo más bonito de mi carrera deportiva. Para mí ha sido la mejor época de mi vida. No te manda nadie. No hay tanta responsabilidad. No hay tanto dinero. Corres con la ilusión de ser algo. De llegar a ser algo. Entre los propios compañeros de equipo, si podías ganarle a un compañero en una etapa, le ganabas…en profesional, eso es impensable. En 1975, gané el Campeonato de España de ciclismo amateur. También, por entonces, en Chile, me fue muy bien. Gané dos etapas, el premio de la montaña y no sé si hice tercero o cuarto en la clasificación general…

Antes de llegar a profesional, a los 23 años, formaste parte del equipo nacional de ciclismo y participaste, así, en las Olimpiadas de Montreal.

Es una experiencia para vivirla siempre. Entonces los participantes del equipo olímpico nacional eran amateurs. No eran profesionales, como ahora. El dinero lo cambia todo y la gente quiere espectáculo. Estuvimos en Montreal unos diez días y yo participé en la prueba de fondo en carretera. Eran unos ciento noventa kilómetros. Hice el décimo puesto, pero, siempre he pensado que pude haber logrado una posición mucho mejor. Yo iba muy bien, pero las circunstancias de la carrera están ahí.

En 1977 te haces ciclista profesional y corres tu primer Tour de Francia.

Sí. Corrí siete Tours en total y ocho Vueltas a España. Empecé con mucha ilusión, como todos. Pero, desde el comienzo me encasillaron como gregario y, a pesar de que años más tarde, en 1982, por ejemplo, iba muy bien, una vez encasillado, es muy difícil reclamar otras posiciones en el equipo. Empecé como currante, como gregario, y así acabé, trabajando siempre para el equipo y, por lo tanto, trabajando para el líder del equipo. Hay gregarios que trabajan a comienzo de carrera, otros trabajan más al final, otros apoyando en las etapas de montaña… Todos son importantes. El caso es que acabé mi primer tour y, como se dice entre los compañeros, cuando se acaba un Tour de Francia, te dan el carné de ciclista. Siempre he dicho que es más difícil acabar un tour que terminar dos Vueltas a España. El Tour es lo máximo del ciclismo. Antes y ahora. Y eso que ha cambiado mucho de cuando yo iba a nuestros días

Cuéntanos algunos de los cambios más llamativos.

Recuerdo que íbamos todos juntos en el autobús del equipo. Ahora van en avión. Antes los corredores participaban en todas las carreras que les permitían las fechas. Ahora, la mayoría de los corredores se preparan para participar nada más en una de las grandes vueltas. Antes empezabas a correr en febrero y acababas en octubre. Hoy en día, la mayoría de los corredores llegan al Tour con treinta o cuarenta carreras en esa temporada. Antiguamente, llegábamos con ochenta o noventa. El doble. Y la verdad es que se llegaba en peores condiciones. Ahora exigen más a los corredores. Y está todo más controlado. Cuando yo corría, no había pinganillo. Los directores de equipo iban en el coche a unos dos kilómetros del pelotón. Y, sí, había un corredor que tenía más contacto con el director del equipo e iba dándonos instrucciones, pero era muy diferente. Había muchos momentos en los que debías tomar una decisión rápidamente y no había nadie para dirigirte. Cuando necesitabas al director del equipo para ayudarte o aconsejarte, este tardaba, como poco, diez minutos en poder acercarse a ti y hablar contigo.

Supongo que sucedían cosas en el Tour de Francia que serían más difíciles de ver hoy en día.

En una etapa del Tour de Francia, en el famoso tramo entre Paris y Roubaix, pero como etapa del Tour de Francia, a un compañero se le rompió la bici e iba el hombre de farolillo rojo. Se le rompió la bicicleta a unos veinte kilómetros de Roubaix. Y el hombre se quedó tan descolgado del pelotón principal que ya no tenía coche auxiliar ni nada parecido que le pudiera ayudar. En esto que había allí un espectador con su bicicleta de paseo y le propuso que la intercambiaran para poder llegar a la meta. Lo hicieron de aquellas maneras, con el poco francés que sabía. Mi compañero, luego nos reíamos mucho con él recordándolo, acabó la etapa con una bici de paseo. Y, cuando ya daba por perdida su bicicleta de carreras de ciclista profesional, llega al hotel y se encuentra otra vez al mismo espectador francés esperándole para devolverle la bicicleta.

Al menos a la llegada a Roubaix, teníais un hotel esperándoos.

Sí, en aquella época, las carreras eran duras y al final de muchas de las etapas de 250 kilómetros, nos alojaban a todos juntos en colegios. Nos metían allí a todos juntos, nos acomodaban en literas, con mantas de separación por equipos, sin agua caliente en las duchas y allí no se quejaba nadie.

¡Ah! Y ahora hay móviles. Cuando yo empecé, me iba de casa un mes y medio y apenas conseguía hablar con mi madre tres veces en todo ese tiempo. Desde Francia, llamabas cuando podías y la familia sabía que estabas bien por lo que leían en los periódicos.

Supongo que la forma de entrenar también ha cambiado mucho.

Entrenar en carretera era mucho más fácil que ahora porque no había tantos coches. Yo entrenaba muchas veces por la Nacional IV. Eso ahora sería muy peligroso. Hoy en día se ha desarrollado mucha tecnología y la ciencia deportiva ha avanzado mucho. Recuerdo que, cuando yo entrenaba, leía libros de atletismo y entonces empezaban a hablar de hacer series, algo que ahora es muy frecuente. Y yo me preguntaba «¿Y yo cómo hago series sobre la bicicleta?» El caso es que se me ocurrió hacer las series siguiendo los postes de la luz. Por ejemplo, hacía tres postes de la luz a tope y, luego, hacía cinco postes bajando un poco el ritmo.

Háblanos de tus victorias de etapa.

Gané una etapa en 1979, en la llegada a Santander, dentro de la Vuelta a España, pero hice varias segundas posiciones. Podía haber ganado más etapas, pienso yo. Como todos. Pero había que ayudar siempre al que mejor se colocaba. Mi tarea, no lo olvides, era trabajar para el equipo y también debo decir que siempre me reconocieron bien mi trabajo.

¿Ganaba bien un ciclista en los años que fuiste profesional?

Para aquella época, estaba bien. Si lo comparas con ahora, sin embargo, hoy en día, ganan más. Proporcionalmente. En mi época, un ciclista no se hacía millonario. Hoy, sí podría. En mi época, Ocaña, Perurena, los grandes corredores que había entonces, cuando dejaron la bicicleta tuvieron que seguir trabajando.

¿Abordaste alguna otra modalidad dentro del ciclismo?

Hice un poquito de todo. Toqué algo de bicicrós. Hice algo de pista. Hasta corrí la Burdeos-París, una clásica que ya ha desaparecido. Era una burrada. Se corría desde Burdeos hasta París, que son casi seiscientos kilómetros. Del tirón. Se hacía en grupo hasta Poitiers, por la noche. Cuando amanecía, te cambiabas de ropa y, a partir de allí, más de trescientos kilómetros, era ya tras moto. Casi toda la carrera se hacía detrás de una moto. Es decir, entrenabas con un motorista para hacer la carrera juntos. Y yo tuve la mala suerte de que a mi motorista se le estropeó la moto a mitad de carrera. Eso descabaló un poco el tema. Al final, me pusieron otro motorista, pero yo no me entendía mucho con él. No habíamos entrenado juntos y no me llevaba el ritmo adecuado. Acabé la carrera, pero la acabé el duodécimo. Estoy seguro de que podía haber conseguido mejor puesto. Me propuse mejorar la posición al año siguiente y me entrené para ello. Pero tuve una caída, me rompí el hueso de la mano y la nariz y ya no la pude correr.

Una vez retirado del ciclismo, portaste la antorcha olímpica en 1992, para las Olimpiadas de Barcelona.

La culpa la tuvo el padre de Jesús España. Su padre trabajaba entonces en Getafe y dijo: « ¿Cómo es posible que un tío de Getafe que ha sido olímpico no vaya a llevar la antorcha?» Y él fue el que lo lio todo. Fue algo también muy bonito. Nos reunieron por autobuses y por zonas y había que correr unos quinientos metros y pasar el relevo al siguiente. A mí me tocó en un tramo de Villaverde hacia Getafe. Por la carretera de Andalucía.

¡Qué opinas de la afición por el ciclismo de hoy en día?

La afición por la Vuelta a España ha aumentado muchísimo y eso siempre es bueno. Sin embargo, se ha perdido afición dentro del mundo amateur. Antes había carreras de cadetes y de infantiles en todos los pueblos. Había carreras en Valdemoro, en Getafe. Había clubs y empezabas allí. Eso ha desaparecido. Ahora apenas quedan escuelas. Empiezas y eres casi profesional o no hay otra opción. Y casi todas las carreras son para gente mayor. Y eso no es bueno para el futuro del ciclismo. La cobertura en los medios es también importante. Ahora toda la cobertura va para el fútbol o para las grandes vueltas. Antes en los periódicos había crónica de gran cantidad de carreras locales. Llegó a haber cromos y naipes de los ciclistas y de los equipos ciclistas más importantes. Todavía guardo por ahí, una cajetilla de cerillas que hicieron con mi foto. Ahora, casi todo va para el fútbol…

El dopaje también ha hecho mucho daño al ciclismo. Cuando yo comencé como profesional, no había médicos en los equipos. Aparecieron luego. Más tarde. Si te resfriabas, te tomabas lo que te daban en la farmacia. Recibías una lista de productos que no se podían tomar porque eran considerados ilegales y tenías que mirar tú mismo si la medicina que te habían dado en la farmacia tenía alguno de esos productos. Ahora cualquier equipo tiene varios médicos. Hay mucha más información.

¿Y qué hay de tu afición por el ciclismo?

Hemos tenido ciclistas muy buenos en España. Induráin y Contador han sido de mis favoritos. Coincidí con Induráin dos o tres años. Cuando él comenzaba y nadie pensaba que podía ganar cinco Tours. Pero, luego, le cambió el cuerpo. Su talento estaba en cómo controlaba los paquetes, cómo iba siempre delante. Daba mucha seguridad a su equipo y hacía ver a sus rivales las pocas posibilidades que tenían de vencerle. Mi favorito de todos los tiempos, sin embargo, fue Eddy Merckx. Corrí con él cuando él ya estaba en la etapa final de su carrera. Era un señor con mucho carácter, con muchas agallas. Era muy ambicioso y un gran deportista. Lo ganaba todo y lo quería ganar todo. Esprintaba por cada meta volante, por cada línea de meta, por cada paso de montaña. Cuenta la leyenda ciclista que, durante una Vuelta a España en la época de la Transición, en un pueblo por el que pasaba ese día la etapa, habían colgado una pancarta del partido comunista. Merckx no se lo pensó dos veces y, en cuanto vio la pancarta, aceleró para llevarse los puntos de bonificación hasta que se dio cuenta de que nadie competía por ella…

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Bernardo Alfonsel, como hizo su hermano el año pasado, se jubila al año que viene. El bar Yassy, después de treinta y dos años en Valdemoro, cerrará o cambiará de dueños. Como el ciclismo, para Bernardo, también el negocio de la hostelería ha cambiado mucho en los últimos años. Antes, todos los bares y restaurantes estaban en el centro, en la calle Grande y en los alrededores. Ahora, en Valdemoro, ya hay otras zonas donde poder salir. La gente tiene más oferta y, por lo tanto, puede exigir mejores precios, mejor calidad. Todo cambia, todo evoluciona, dice Alfonsel, y debemos amoldarnos a esos cambios porque también traen muchas cosas buenas.

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Entrevista con Nauzet Hernández

Cuando Nauzet Hernández tenía diez años, se encerraba en la habitación de sus padres a oscuras, encendía el equipo de música, colocaba en el giradiscos el vinilo de Beethoven que le había traído su padre de uno de sus viajes, lo ponía a todo volumen, se acostaba en la cama de matrimonio y se ponía a disfrutar. A gozar. Escuchaba la música y sentía cómo se estremecía cada una de las partes de su cuerpo. A tan temprana edad, se consideraba un privilegiado porque era consciente de que no todo el mundo podía obtener ese placer cuando escuchaba música. Ahí tumbado, soñaba con que algún día compondría música que en el futuro pudiera estremecer a un niño, o a muchos niños, de la forma que Beethoven lo había estremecido a él.

Unos cuantos años más tarde, Nauzet Hernández dirige una empresa, eFectrix, que crea música para la televisión (Hora punta, El programa de Ana Rosa, Supervivientes…). Se siente afortunado. Es posible que no haya cumplido el sueño del Nauzet de diez años, pero es consciente de que ese sueño era importante entonces, pues le ayudó a ser quien es hoy en día. Ese sueño le permitió mantener una relación de por vida con la música, con todos los placeres y con todos los sinsabores que nos puede aportar una relación, y ese sueño le condujo al momento en el que se encuentra, viviendo de la música que compone, concibiendo, diariamente, nuevos retos artísticos y comerciales.

Nacido en Tenerife, Nauzet llegó a Valdemoro hace diez años. Aquí vive con su esposa desde entonces. Aquí nació su hijo. Aquí ha encontrado un buen lugar donde vivir.

¿Cómo y cuándo comenzó tu afición/gusto/pasión por la música?

Hay que tener en cuenta que el folklore canario sigue muy vivo y hay mucha gente joven interesada en mantenerlo vivo. Recuerdo que, desde niño, mi familia materna y mi familia paterna se juntaban con frecuencia para hacer fiestas y allí nunca faltaba alguien que tocara una guitarra o una bandurria y siempre había música tradicional canaria tocada y cantada en vivo. Supongo que este hecho contribuyó a mi afición temprana por la música. Según cuentan mis padres, desde muy pequeño, cantaba entonando muy bien las canciones de anuncios y demás canciones que veía en la tele. La verdad es que no hay un punto de partida del que yo fuera consciente, pero recuerdo que, a eso de los seis años, ya iba a clases de órgano.

¿Estudiaste órgano durante muchos años? ¿En qué consistió tu formación?

Estudié órgano durante unos años, la verdad es que no recuerdo cuántos. Sé que antes de cumplir los diez ya estaba estudiando en el conservatorio y terminé haciendo saxofón, canto y piano. Cuando cumplí los diecisiete, me entró la curiosidad por la armonía moderna. He pasado por géneros tan conocidos como el pop o el rock y, hoy en día, sigo indagando acerca de la composición de música más enfocada al cine y a la televisión.

La música te ha dado muchas satisfacciones.

Ahora, en algunas ocasiones, maldigo la música. Me da rabia conocer tantos aspectos del mundo de la música. Me fastidia haber escuchado tanta música. Echo de menos el placer que sentía cuando escuchaba música en mi infancia. Entonces… todo era nuevo. Yo estaba aprendiendo y no entendía los procesos, los recursos, las razones de los músicos para componer como componían. En mi aprendizaje, tenía muchísimas preguntas. Ahora tengo demasiadas respuestas, entiendo cómo se hace y por qué se hace así y me divierto menos. Ahora entiendo las razones de Beethoven. Ahora entiendo muchas de las razones de Miles Davis, otro músico que, en su momento, me fascinó también. En cierto sentido, hacerse mayor no es bueno para un músico. Ya no disfrutas las cosas como la primera vez. Ya no tienes las emociones tan nuevas. Le pongo música a mi hijo de cuatro años y cada cosa que le pongo es nueva para él. Pero yo ya no siento igual. Fíjate, no me gustaría que mi hijo se dedicara a la música. He tenido fases de mi vida en las que la música me ha atormentado. Para mí, la música es cultura. Y, sin embargo, la música acaba prostituyéndose. Acaba convirtiéndose en puro entretenimiento y abandona a la cultura. Para mí, eso es triste porque yo me dedico a la música.

Háblanos de algunos de los grupos a los que has pertenecido o con los que has colaborado.

Nombrar colaboraciones, producciones o actuaciones en directo con cada uno de los grupos o proyectos que han pasado por mi carrera sería casi imposible. Incluso sería incapaz de acordarme de todo. Atrás quedan proyectos tan distantes como Lacara, mi primer proyecto de rock cuando llegue a Madrid; o mi colaboración con grupos folklóricos como la agrupación de música popular canaria Los Sabandeños; o mi trabajo con Mad Division, un grupo madrileño que fusionaba rap y reggae.

Ahora trabajas en televisión. ¿En qué consiste tu trabajo?

Nos dedicamos a cubrir todas las necesidades musicales de productoras que hacen programas de televisión. Hacemos sintonías para cabeceras, fondos musicales para ambientar cualquier tipo de situación, ráfagas de sonidos, entrada y salida de invitados, posproducción de audio, reparación de audios de grabaciones en exteriores… un sinfín de cosas de las que, muchas veces, el telespectador no se percata, pero que siempre están ahí y, a la vez, son imprescindibles para la producción de los programas.

¿Te consideras un músico original?

Creo que en España tenemos una asignatura pendiente con el tema del sonido de la música que grabamos. No es una cuestión de que lo hagamos bien o mal, sino que tenemos nuestra propia escuela y nos resulta difícil salir de ahí. A veces pienso que todos los discos que se hacen en España suenan igual. A Italia le pasa algo parecido. Escuchas discos grabados en otros lugares y todos tienen conceptos novedosos de cierto interés. Pero, en España y en Italia, estamos un poco estancados. Y a la gente como yo, que intentamos hacer algo diferente, nos cuesta mucho porque acabamos trabajando con gente de aquí que está acostumbrada a ese tipo de sonido. Aunque aquí usemos los mismos compresores que se utilizan en Estados Unidos, aunque se use el mismo tipo de mesa de mezclas, los mismos micrófonos, el mismo cableado, por mucho que queramos imitar el equipo técnico, al final, el ingeniero español tiende a dejar las cosas muy limpias. Y, sin embargo, el ingeniero de sonido estadounidense, que representa el estándar de la industria, busca mayor sencillez, utiliza técnicas menos rígidas, suena todo más suelto, más natural… y eso es muy difícil de encontrar en una grabación española. Apenas experimentamos. Hay incluso grupos españoles que se van a grabar al extranjero y luego se vienen a mezclar aquí con su ingeniero de toda la vida y todo acaba sonando igual. Esto puede verse también en el tipo de música que yo hago, en la música para televisión: las cabeceras, las entradas de invitados, las salidas… suena todo muy similar. Sin embargo, si ves, por ejemplo, el programa de MasterChef, que debe seguir el formato que viene de Estados Unidos a rajatabla, te das cuenta de las diferencias. En MasterChef, las cámaras deben obedecer a la secuenciación de los planos establecidos por el programa. Aunque el equipo técnico sea español, debe seguir unas pautas. No pueden inventar nada. Gran parte de la música viene de una biblioteca de sonidos preconcebida y creada para el programa. Escuchas esos sonidos de MasterChef y te das cuenta de que están a otro nivel. Yo lo siento diferente. Mi objetivo, cuando hago música, es no parecerme a otro. Quiero conseguir ese efecto, quiero alcanzar esa diferencia. Me gustaría que el director de ese programa se percatara de que está trabajando con un producto diferente. Para mí, es una búsqueda constante de ideas.

¿Has trabajado para el cine? ¿Te gustaría componer bandas sonoras?

He trabajado en algunos cortos. Posiblemente, en estos momentos, lo que más me gustaría es componer música para el cine. Pero es muy complicado. Los directores de cine trabajan siempre con la misma gente. Los entiendo. Si yo fuera director de cine, también jugaría sobre seguro, pediría consejo a colegas del oficio para que me recomendaran a los compositores en los que se puede confiar. Los directores de cine arriesgan con otros aspectos de la película, pero con la música no se la juegan. No sé si es porque no le dan a la música toda la importancia que le deberían dar o porque se la dan y no quieren jugársela. Por eso es muy difícil. Trabajar como compositor de bandas sonoras sería posible si comenzara a componer con alguien que empieza como director. Y, si esa película funcionara, ya podrías continuar como compositor para otros realizadores.

¿Hay algún compositor de bandas sonoras que te guste en especial?

John Williams. Por ejemplo, el tema de ET, la banda sonora es brutal. Ya no queda gente así. Sobre todo, porque no estamos preparados como él. Ese tipo de compositor que se sienta al piano junto al director, este le explica una escena y Williams se pone a tocar para él. Y, luego, me encanta cómo pasa las melodías y las ideas del piano a la orquesta sinfónica. Hoy en día, ya no se sienta el compositor con el director para componer una banda sonora. He visto hace poco la película Del revés, de Pixar, me gustó mucho la película y la banda sonora me pareció especial.

Háblanos de Pianet.

Pianet es un proyecto muy personal. Sé que nunca va a pasar nada, pero lo hago para que quede ahí. Para que mi hijo pueda guardarla y pueda enseñársela a mis nietos. Al principio, no tenía ni nombre. Yo estaba componiendo algo para la tele y, de repente, había una idea, un riff de piano, algo que me pareciera interesante y lo guardaba. Creé una carpeta con todas esas ideas que guardaba en el escritorio del ordenador. Y, el día que estaba más inspirado, me ponía un micrófono delante y comenzaba a cantar melodías sobre lo que tenía grabado. Y, lo típico, llegaba algún colega músico al estudio, se fijaba en la pantalla de mi ordenador y me preguntaba qué tenía en esa carpeta del escritorio. «Nada, chorradas», le decía yo. Lo escuchaban y me decían que les gustaban, que les parecían muy interesantes. Me fueron animando y acabé grabando un disco, un EP, con cinco, seis canciones, en mi estudio y lo colgué en las plataformas digitales. Esto fue en 2015. Luego, un amigo que tiene una productora de vídeo me viene y me dice que grabemos unos vídeos con las canciones. Ensayamos las canciones, fuimos al estudio de un colega que tiene un espacio más grande y grabamos el disco en imágenes. Y esos vídeos se los mandé a mis colegas para que los vieran. A partir de ahí, me llegaron varias propuestas de agencias de management. Una de ellas llegaba de Miguel Corral, de December Management, que son lo que llevaban a los Sunday Drivers. Miguel movió el material y, al final, grabamos un disco con Warner e hicimos una gira por toda España, que incluyó varios festivales. Fue una gira de año y medio. El último concierto lo dimos en diciembre de 2017 en Bilbao. El disco lo publicamos en junio de 2016 y se titula Watercolor. Tiene diez canciones y dos movimientos de piano. Nos grabaron un concierto en Radio 3 que emitieron por televisión. Ahí dejamos el proyecto aparcado por el momento. Sé que seguiré componiendo música como Pianet, pero no tengo tan claro si me gustaría ir de gira.

¿Cómo concibes tus conciertos?

Hace unos años, fuimos a un concierto de Ben Howard en el circo Price. Pagamos unos cuantos euros por cada entrada y nos imaginábamos que la sala iba a estar vacía. En ese momento, Ben Howard no era un músico popular y hacía música muy personal. Me llevé una grata sorpresa cuando nos encontramos con el circo Price de Madrid lleno de gente que había pagado un buen dinero para ver a un músico que a mí me gustaba. Fue un gran concierto y deseé que Pianet fuera algo similar. Que tuviera un público sin tener que hacer concesiones al mismo. Pero, hoy en día, es muy difícil. La industria acaba arrastrándote hacia lo comercial. Además, los festivales han reventado la industria del directo. Hay muchos grupos en España que lo hacen bien, pero no pueden hacer una gira. No pueden vivir de su música. Un festival cuesta el doble de lo que cuesta la entrada para ver un grupo en una sala, pero en el festival puedes ver ese grupo y treinta más. Sin embargo, en un festival, el público no va a verte a ti. Van a ver a todos los grupos. Y esto desvirtúa la música.

¿Cuáles son tus próximas metas?

No tengo una meta. Yo todos los días me coloco en la casilla de salida. Tengo un trabajo que me da muchas satisfacciones. Tiene una parte comercial que no me gusta, pero que es imprescindible para poder llevar a cabo la parte creativa. Entre la familia y ese trabajo se me va la vida. Pianet es un buen ejemplo. No sé cuándo lo voy a continuar. No sé siquiera si lo voy a continuar… Intento ser feliz en cada momento. Eso es lo que me ha importado siempre. La felicidad me ha llevado por donde voy ahora. No por donde iban mis sueños. Antes sacrificaba mucho tiempo de mi vida social, de pasar tiempo con los amigos, por la música. Porque creía que la música me podía dar más que un amigo y, ahora, pienso todo lo contrario. Creo que mi hijo, que mis padres, que hay gente que me aporta mucha más felicidad que la música. Me siento afortunado por poder dedicarme a lo que me gusta, pero, ahora mismo, mis prioridades son otras. Si ahora pudiera elegir una vida perfecta, tal vez decidiera volverme a Tenerife, cerca de los míos, viviendo al lado del monte para que mi hijo creciera cerca de la naturaleza y de su familia. Allí compondría en mi estudio y mandaría mis composiciones a Madrid por internet. Así tendría una vida más tranquila. Pero, luego, lo pienso y aquí estoy bien. Llevo ya siete años con la empresa, me va bien, mi hijo crece a gusto en Valdemoro, tiene aquí a sus amigos… Tenemos la vida aquí y quién sabe si mi vida perfecta en Tenerife sería tan perfecta como la imagino…

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Merece la pena escuchar las canciones de Pianet y pueden encontrarse fácilmente en internet. Pertenecen a ese tipo de producciones artísticas que tienden a recomendarse más con el boca a boca y menos frecuentemente a través de una radio-fórmula. Son melodías que no pasan inadvertidas. Nauzet y yo salimos de la cafetería donde nos hemos entrevistado y partimos en direcciones opuestas. Durante nuestro desayuno, hemos reflexionado sobre el artista y su creación, sobre la caducidad del artista, sobre la relación, de placer y dolor, entre el creador y su disciplina artística, sobre el derecho, y la obligación, que todo ser humano tiene a buscar su propia felicidad.

Fuente de la Villa

Alguien muy querido me dijo que “al final de nuestros días, lo que cuentan son las personas que hemos amado y las ciudades en las que hemos vivido.” Creo que la cita es del peruano Alfredo Bryce Echenique, escritor estupendo, pero no sería la primera vez que cito mal o que atribuyo una cita al autor equivocado. Pisé Valdemoro por primera vez en 1997 y, desde entonces, con mis idas y con mis venidas, he trabajado y he vivido en Valdemoro. Eso hace que, al final de mis días, Valdemoro cuente. Contará Valdemoro y contarán los múltiples valdemoreños a los que he amado.

Es normal que estando tan cerca de Madrid, una de las ciudades del mundo que nunca duerme, Valdemoro sea considerada una ciudad dormitorio. Los reyes de España, en su camino hacia Aranjuez para huir del verano de Madrid, hacían el viaje en dos días y ya dormían en la casa de la Marquesa de Villa Antonia, en la actual avenida de Andalucía. Pero Valdemoro ha estado siempre muy despierto a lo largo de la historia. Miguel de Cervantes se casó en Esquivias, a 23 kilómetros de aquí y es fácil que pasara por la villa como pasó San Juan de la Cruz o Miguel Hernández. En la iglesia de Valdemoro tenemos un Goya, obras de los hermanos Bayeu, unos frescos estupendos de Antonio de Van de Pere y una placa en uno de sus muros exteriores en la que se reconoce el trabajo de Diego de Pantoja, natural de Valdemoro, que elaboró el primer acercamiento a un diccionario y gramática chinos en el siglo XVI. En el siglo XX, es posible que el maestro Fernando García Morcillo, nacido en esta villa, se inspirara en algún momento de su infancia para escribir Mi vaca lechera, tolón, tolón, tolón, tolón.

El Valdemoro de comienzos del siglo XXI tiene, pues, un pasado del que sentirse orgulloso y mira hacia el futuro con una pluralidad y una multiculturalidad apasionantes. Valdemoro tiene más de 72.000 habitantes (sólo un hijo predilecto concedido en democracia – enhorabuena a David Santisteban – pero ojalá que pronto haya más). El tejido demográfico del Valdemoro de siempre, al que ya se le habían unido multitud de castellano-manchegos, andaluces y extremeños durante la postguerra, se ha visto enriquecido en los últimos años con la llegada de ciudadanos de todos los rincones del mundo. Conozco en Valdemoro a rumanos, polacos, ukranianos, italianos, suecos, ingleses, dominicanos, estadounidenses, ecuatorianos, colombianos, peruanos, cubanos, venezolanos, argentinos, uruguayos, chilenos, persas, turcos, marroquíes, argelinos, senegaleses, chinos, nepalíes y tibetanos. Conozco en Valdemoro a católicos, ortodoxos, cristianos de otras denominaciones, musulmanes, budistas y ateos. Todos demostrando una convivencia y un respeto democráticos.

Además de los restaurantes con comida tradicional española, tenemos un restaurante con estrella Michelín, podemos encontrar restaurantes italianos, americanos, chinos, restaurantes de fusión asiática, kebabs turcos, un restaurante indio, restaurantes de comida rápida y restaurantes de digestión lenta. El club de fútbol Atlético Valdemoro fue fundado en 1966 y ahora juega en el grupo 9 de Tercera División de Aficionados. Tenemos un corredor medalla de oro internacional en pruebas de fondo y medio fondo de atletismo. Un campeón mundial de peso medio de boxeo vivía por aquí hasta hace poco. Y un campeón mundial de patinaje sobre hielo entrena en las pistas de la localidad.

A mí me encanta caminar y Valdemoro todavía se puede caminar de un extremo a otro en un tiempo relativamente corto. Valdemoro tiene escuelas nuevas de todos los niveles, una escuela de música, una escuela de idiomas, una escuela de fútbol y una seguridad ciudadana envidiables. Valdemoro tiene más de trescientos y pico días de sol al año. Y durante casi todo el año, si cuando está a punto de caer el sol, tenemos unos minutos para mirar hacia el oeste en algún lugar de la villa en la que no se nos interponga un edificio alto, podemos disfrutar de unos atardeceres de los que salían en las películas de vaqueros de John Ford.

Valdemoro en el cine – Cine independiente

Valdemoro ha sido escenario de cerca de treinta largometrajes. Pudimos ver la plaza de la Constitución, llena de extras valdemoreños, en Orgullo y pasión (1957), mientras Sophia Loren bailaba flamenco bajo los atentos ojos de Frank Sinatra y Cary Grant; pudimos ver Valdemoro convertido en un pueblo uzbeko de la antigua Unión Soviética en una producción internacional, Más allá de las montañas (1967), una película dirigida por el polaco Alexander Ramati, autor también de la novela homónima; y pudimos ver el Salón de Sesiones del antiguo consistorio de Valdemoro en algunas de las escenas más importantes de la película española El turismo es un gran invento (1968), dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Paco Martínez Sonia y José Luis López Vázquez.

Pero en Valdemoro han puesto los ojos, también, producciones cinematográficas y cineastas de carácter más alternativo e independiente. En nuestra localidad se filmó una película con guion de Jesús Franco, el cineasta independiente por antonomasia en España; vino a filmar a Valdemoro nada menos que Orson Welles, el enfant terrible (y luego más talludito y no tan enfant) de Hollywood; y, en el año 2000, nos visitó Karra Elejalde, actor de algunas de las producciones españolas más gamberras de los últimos veinte años, para dirigir su primer largometraje, Año Mariano.

La venganza del Zorro

Alrededor de la década de 1960, cuando las grandes productoras de Hollywood aún no se habían hecho con el control mundial de la distribución y de los derechos de proyección, los cineastas independientes podían estrenar en los centros de las mejores ciudades y competir con las grandes superproducciones de Hollywood. Para poder seguir su funcionamiento, los cines de barrio, por ejemplo, elegían entre grandes películas que se habían estrenado hacía meses (a veces, hasta años) o entre pequeñas producciones independientes con títulos rimbombantes que recordaban a grandes éxitos del pasado con los que atraían a los espectadores necesarios para poder sufragar la siguiente producción.

No tenemos que irnos tan lejos en el tiempo. En ciudades como Madrid o Zaragoza, hace veinte años, había una oferta cinematográfica un treinta por ciento más alta que en la actualidad. Es decir, puede que hubiera menos pantallas de cine disponibles que hoy en día, pero el espectador podía elegir entre muchas más películas. En la actualidad, los cines ofrecen más pantallas, pero, al repetirse las mismas películas en todas las multisalas, la oferta cinematográfica es menor. Una producción cinematográfica independiente o una película de bajo presupuesto tienen muy pocas posibilidades de ser proyectadas en los cines convencionales y, con suerte, sus opciones pasan por las filmotecas o los festivales de cine.

En muchos sentidos, es una pena. Porque, a pesar de algunos problemas de factura debido a su bajo presupuesto, cuando uno ve La venganza del zorro (1962), la película dirigida por Joaquín L. Romero Marchent que arranca en la plaza de la Constitución de Valdemoro (esta vez convertida en el centro de una población de California), se da cuenta de que puede competir, sin rubor, con muchas grandes superproducciones de Hollywood. La cinta contiene unas cuantas persecuciones a caballo, el número de disparos necesarios, las piruetas y la agilidad de un Zorro que trepa por los árboles y los edificios y el duelo a espada reglamentario con el malo en la última escena de la película. Todo ello salpicado con sabrosos diálogos escritos por un Jesús Franco en buena forma.

Para aquellos que no conozcan el nombre de Jesús Franco, aquí va mi pequeño homenaje a este cineasta independiente español. Estamos hablando del director de más de doscientas películas y del escritor de otros tantos guiones. Franco se formó como ayudante de dirección de Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga o del propio Joaquín L. Romero Marchent, director de La venganza del Zorro. Gracias a su experiencia y su conocimiento del inglés, trabajó con Orson Welles en Campanadas a medianoche. Los géneros favoritos de Jesús Franco eran el cine fantástico, la ciencia ficción y el cine de terror. Trabajaron en sus películas actores de la altura de Christopher Lee o Klaus Kinski. En 2009, recibió un Goya honorífico por toda su trayectoria profesional en el cine, como director, guionista, productor y compositor musical.

Jesús Franco no llegó a filmar oficialmente en Valdemoro como director. Sin embargo, llegó a tener una relación muy especial con un valdemoreño de nacimiento, Fernando García Morcillo. La carrera musical de García Morcillo fue larga. Nació en 1916. Miembro de una familia de músicos, fue director de la casa de discos RCA y dirigió numerosos programas musicales en directo para Radio Nacional de España y Radio Madrid. Fernando García Morcillo fue el compositor de numerosos temas del cancionero español contemporáneo, entre los que destacan La tuna compostelana y Mi vaca lechera. Sus canciones fueron interpretadas por María Dolores Pradera, Sara Montiel, Frank Sinatra y Carmen Sevilla (estos dos últimos habían estado en Valdemoro durante la filmación de Orgullo y pasión, pues Sinatra era uno de los protagonistas de la cinta y la tonadillera había ayudado a Sophia Loren a preparar la escena que tiene lugar en la plaza de la Constitución). En la década de 1940, el maestro Morcillo se dedicó a hacer música para la comedia musical y la revista. A partir de la década de 1950, comenzó a componer para el cine. Sus colaboraciones con Jesús Franco empezaron con la película El secreto del Dr. Orloff (1964) y Morcillo puso la banda sonora de, al menos, tres películas más de Franco. Su relación con el cine independiente no se limitó a la música que compuso para Jesús Franco. También trabajó en numerosas ocasiones con el director madrileño Paul Naschy (nombre artístico de Jacinto Molina Álvarez), más conocido por ser uno de los actores más elogiados internacionalmente por su interpretación del hombre lobo. Fernando García Morcillo fue también el compositor de la música de la mayoría de las películas del director José María Elorrieta. Casualmente, dos de ellas fueron filmadas parcialmente en Valdemoro: El milagro del sacristán (1954) y Torero por alegrías (1957).

En La venganza del zorro, de Joaquín L. Romero Marchent, la plaza de la Constitución de Valdemoro se reconoce fácilmente y se utiliza en varias ocasiones como espacio multiusos de la película. También cobra gran protagonismo la ermita del Cristo de la Salud (tanto por fuera como por dentro), pues es el lugar donde tiene lugar el asesinato que dispara toda la intriga de la película.

Una historia inmortal

Jesús Franco llegó a decir que no le gustaba ninguna de sus películas. Que a él le habría gustado dirigir Ciudadano Kane, la obra maestra de Orson Welles. Tuvo la suerte de trabajar con Welles en Campanadas a medianoche, filmada en España en 1965. Curiosamente, tres años más tarde, Orson Welles vino a Valdemoro para rodar el telefilm Una historia inmortal.

¿Qué se puede decir de un artista como Orson Welles? Con veintitrés años, aterrorizó Estados Unidos con una dramatización radiofónica de La guerra de los mundos, el famoso libro de H. G. Wells; con veinticinco años, dirigió su primera película y muchos críticos y cinéfilos siguen considerándola uno de los mejores largometrajes de la historia del cine. Estamos hablando de Ciudadano Kane, que ganó el Óscar al mejor guion original y tuvo nominaciones a mejor película y mejor director.

Una historia inmortal fue concebida como una película para la televisión francesa, pero acabó estrenada en el cine. Estuvo filmada en varios lugares de España, incluidos Chinchón y Valdemoro. En este caso, la plaza de la Constitución de Valdemoro formaría parte del entramado urbano de una imaginaria Macao, la colonia portuguesa en China. Efectivamente, podemos ver carteles en chino por todas partes (aquellos que saben leer chino criticaron el hecho de que algunos de esos carteles estaban boca abajo). Orson Welles, uno de los cuatro protagonistas de la película, entra en la plaza conducido en una calesa tirada por caballos y puede distinguirse claramente. Orson Welles estuvo en Valdemoro. Coprotagoniza la cinta del director norteamericano Jeanne Moreau, la actriz francesa que falleció recientemente (31 de julio de 2017).

La película es una adaptación exquisita de una novela deliciosa, obra de la escritora danesa Karen Blixen. Tal vez Una historia inmortal no sea su libro más famoso, pero algunas otras de sus novelas han sido llevadas al cine y son ampliamente conocidas: Memorias de África y El festín de Babette.

La adaptación cinematográfica es muy teatral y podría haberse llevado a cabo con tan solo los cuatro protagonistas europeos. Cuando el espectador piensa que Orson Welles quiso ahorrarse en extras o que, sencillamente, en aquellos años, no pudo encontrar actores chinos en España, el director nos sorprende con dos o tres escenas en las que los extras asiáticos enriquecen la cinta extraordinariamente, gracias, también, a una fotografía impecable.

Año Mariano

Gran parte de Año Mariano, la película dirigida por Karra Elejalde y Fernando Guillén Cuervo en el año 2000, fue filmada en los cerros del Espartal (en la finca El Espartal, según aparece en los créditos). Utilizaron un buen número de extras, que llegaron de varias poblaciones. En los créditos finales, aparecen agradecimientos a los excelentísimos Ayuntamientos de Madrid, Almería, Níjar, Valdemoro, Ciempozuelos y Titulcia (aunque es «todo el pueblo de CIEMPOZUELOS POR SU CARIÑO Y COLABORACIÓN» el que se lleva los agradecimientos especiales de la película). 

Año Mariano es una película sinvergüenza. Es una película marginal repleta de personajes marginales. Y sus orígenes son también marginales. Todo comenzó cuando Juanma Bajo Ulloa hipotecó su piso para producir su primera película, Alas de mariposa en 1991. Parecía una historia de cineasta independiente americano. Una película producida con muy poco dinero que consigue el premio del Festival de Cine de San Sebastián. Con los ingresos de esta película, Juanma Bajo Ulloa pudo producir su segunda película, La madre muerta (1993). Algunos de los adjetivos que se podrían usar para ambas películas son preciosismo, detallismo y barroquismo. Ninguna de las dos películas estaba dirigida al gran público. Ninguna de las dos podía clasificarse como comercial.

En Alas de mariposa, uno de los personajes terciarios estaba interpretado por Karra Elejalde. En La madre muerta, Elejalde pasó a ser el protagonista. Estoy seguro de que la relación personal que fue forjándose durante esos dos años entre Ulloa y Elejalde fue fundamental para que el director decidiera convertir una historia de Karra Elejalde en su tercer largometraje. La película, Airbag (1997), se convirtió en la más taquillera del cine español, honor que mantuvo hasta que, al año siguiente, se estrenó la primera película de la saga de Torrente. Es, sin lugar a duda, la película más comercial de Ulloa, que, desde entonces solo ha estrenado Frágil (2004), minoritaria de nuevo, y Rey gitano (2015), que intentó resucitar el fenómeno comercial de Airbag, sin conseguir el mismo éxito.

 Sin embargo, Karra Elejalde supo explotar al máximo el efecto de Airbag. Tres años más tarde, escribió, dirigió e interpretó junto con Fernando Guillén Cuervo la película Año Mariano. Guillén Cuervo ya había co-protagonizado Airbag e, incluso, había firmado su nombre, junto al de Elejalde y Ulloa, bajo el guion de la película. Año Mariano no tiene la factura ni la frescura de Airbag, pero fue una vuelta de tuerca más (o una ida de olla superior) y comercialmente tuvo incluso más beneficios. Airbag tuvo un presupuesto de tres millones de euros y una recaudación de siete. Año Mariano contó con un presupuesto de unos 180.000 euros y obtuvo una recaudación de más de cinco millones de euros.

No cabe duda de que Karra Elejalde ha conseguido evolucionar por un camino lleno de más éxitos comerciales y ha sabido mantenerse en el candelero (él diría «en el candelabro» si estuviera interpretando a uno de sus personajes), pues lo hemos podido ver en la primera línea de las películas y series de moda (Ocho apellidos vascos y sus secuelas, por ejemplo) y, a la vez, no abandona a los personajes marginales que ha interpretado desde sus inicios interpretativos.

Valdemoro ha sido escenario de todo tipo de películas y series televisivas. En nuestro artículo anterior dedicado al cine en Valdemoro, pudimos ver paisajes urbanos de nuestra localidad en grandes producciones internacionales, en producciones populares españolas y, como hemos visto en este artículo, Valdemoro ha sido utilizado como escenario de películas independientes, marginales o de bajos presupuestos.

 

Entrevista con Los Pantoja

Los Pantoja son una nueva, –y fresca-, banda de rock que acaban de presentarse en sociedad con un disco epónimo y dos conciertos, uno en La Sala y otro en las fiestas de mayo de nuestra localidad. Cuatro de sus cinco miembros, Víctor D. Pantoja, Javier Mayor, Daniel Gómez y Agustín Pérez Varo, son valdemoreños de toda la vida. Pronto vieron la necesidad de encontrar otro guitarrista, para liberar un poquito a Víctor, el cantante, y para dar brillo a los ritmos de la guitarra de Agustín, y así se incorporó al grupo Jorge Biurrun. De las canciones del disco, han decidido colgar en YouTube Amor de calavera, a modo de primer sencillo y están sonando en Onda Madrid.

A la entrevista, acuden Agustín y Víctor. Me encanta, parece que no hayan venido a hablar de su disco. Hemos comenzado a hablar de música y se sienten cómodos hablando de algunos de los grandes de la historia del rock español. Salen en la conversación Miguel Ríos, Héroes del Silencio y Bunbury, Platero y Tú y Fito y los Fitipaldis. También apuntan hacia bandas más recientes como Los Zigarros…

Hablar de nuestros grupos favoritos es algo que muchos de nosotros hacemos durante nuestra juventud, pero solo los verdaderos amantes de la música continúan hablando de solistas y bandas, con la misma pasión, toda su vida. Todo esto me lleva a imaginar que, fácilmente, de la fuente de la eterna juventud no saliera agua, sino música.

Entonces, ¿no habéis venido aquí a hablar de vuestro disco?

Víctor: Cuando hablamos de otros músicos, de otros discos, de la música que nos interesa y que nos gusta, en esos momentos, en muchos sentidos, estamos hablando también de nuestro disco.

¿Cuándo nacen Los Pantoja?

Víctor: Los Pantoja nacen con otro nombre aun siendo el mismo proyecto. Agustín y yo estábamos tocando en una banda anteriormente, con Pepe Fernández, un compositor de Pinto muy bueno. La Hormiga Afónica se llamaba la banda. Yo me dedicaba a poner las voces, empecé a componer alguna canción. De hecho, Amor de calavera, la canción que se puede escuchar en YouTube, está compuesta por los dos, por Pepe y por mí, y así está registrada. Yo tenía la necesidad de hacer otras cosas, llevar a cabo un proyecto diferente. Compuse tres o cuatro canciones y pronto vi que esas canciones eran diferentes. Se las enseñé a Agustín primero. Luego me puse en contacto con Javi Mayor, que ya había tocado la batería con Agustín en la época del Sindicato del Crimen. Empecé a buscar músicos. Conocía bandas en Valdemoro y sabía a quién quería tener en la nueva banda.

Agustín: A la hora de formar la banda, Víctor tuvo la suerte de disponer de una cantera de amigos importante; la mayoría de nosotros hacemos música. Para otra gente, puede ser difícil conseguir músicos para tu banda en tan poco tiempo. Todos somos de Valdemoro. Todos tenemos ya un bagaje, todos hemos hecho algo. La banda funcionó desde el primer día.

Víctor: Contacté con los músicos con los que me apetecía tocar, les enseñé un poco el proyecto y se sintieron interesados. Y de ahí salió el grupo Toma 13. Tal vez porque ocurrió en 2013. Empezamos a trabajar, nos pusimos a componer más canciones, pero el nombre no nos llegaba a convencer. Pasó a llamarse Señor Naranja. Como uno de los protagonistas de la película Reservoir Dogs, el señor Naranja. Queríamos llevar una estética Tarantino, muy de negro, y, en ese momento, nos metimos a grabar.

Agustín: El nombre Señor Naranja tampoco nos convencía. Además, nos daba problemas porque había varias bandas con el mismo nombre, una de ellas, Sr. Naranja, en Madrid y, encima, acababan de sacar un disco. Nos encontrábamos con el problema de que íbamos a un evento y nos confundían con la otra banda. Se dio la anécdota de que nos llamaron de una emisora de radio de Uruguay y, cuando nos hicieron la entrevista, pincharon la música del otro Sr. Naranja. Habíamos decidido grabar un disco y era el momento de definir el nombre del grupo.

Y lo decidisteis antes de grabar el disco.

Agustín y Víctor (a la vez): Lo decidió el productor.

Víctor: Lo decidió Candy Caramelo. Además, me acuerdo, fue antes de empezar la preproducción del disco, estábamos empezando a escuchar los temas, y Candy apunta en un papel «Señor Naranja» y dice: « ¿Estáis abiertos a cambiar el nombre? Porque si estáis dispuestos, yo le doy un par de vueltas…» El primer día del trabajo de producción, viene y dice: «Escucha, ¿os gusta Los Pantoja?» Y dijimos todos: «Los Pantoja, tío, ¡vamos a parecer folclóricos!». «Pues a mí me parece muy punki que un grupo de rock se llame Los Pantoja», dijo Candy para acabar de convencernos.

Agustín: Déjame recordarte que, además, el apellido de Víctor es Pantoja. En ese momento, cambiamos el nombre a Los Pantoja, pero el proyecto seguía siendo el mismo. Los cuatro mismos músicos. El cambio de nombre tenía también motivos comerciales, de mercadotecnia.

Víctor: Candy me lo puso muy claro un día: «Mira, si voy a un concierto y me gusta una canción, el título de la canción no lo voy a recordar. El nombre del grupo, si es Señor Naranja, es ambiguo y, si, encima, hay más grupos con ese nombre, va a ser difícil que la encuentre. Ahora, si tú vas a ver un grupo que se llama Los Pantoja, ese es un nombre que no se te va a olvidar fácilmente». Eso sí, por si acaso, cuando firmamos con la promotora del disco, les pedimos que se aseguraran de que la estética no tuviera nada que ver con la familia Pantoja. Y, para ese trabajo, nos hemos juntado con Paco Martín, don Paco Martín, que lo es todo en la promoción de rock en España desde los años ochenta. Y creo que el diseño del disco ha quedado estéticamente contundente, elegante, serio…

Agustín: Incluso a mí me parece atemporal. Es una portada que podría haber salido hace veinte años, pero no se ve antigua. Podría ser también de nuestros tiempos.

¿Qué contáis en vuestro disco?

Víctor: En las letras hablo básicamente de dos cosas. En muchas canciones hablo de un amor romántico canalla, hablo de un amor vivido desde la estética rock.

Agustín: Son letras basadas en experiencias personales.

Víctor: Por ejemplo, en Habitación número 3, en el hotel más cutre, tras pintar un escenario muy tétrico, hay una ruptura y el protagonista no consigue lo que esperaba.

Agustín: Pero es también un disco optimista.

Víctor: Sí, además, además de ese amor canalla, hay canciones de aliento. Hablamos de la fuerza interior, de la posibilidad de sobreponerse ante la dificultad. Así es Trece, la segunda canción del disco. Cómete el mundo va en la misma línea. La canción dice: «Son las huellas de tus pies las que marcan tu destino…» No debemos tener miedo al error. Y, si lo hay, que la equivocación sea nuestra. Porque, cuando tienes un sueño, no te da miedo equivocarte.

Me habéis contado que cada miembro del grupo tiene influencias diferentes.

Agustín: Yo vengo del rock de los ochenta. El rock americano de esa época, Guns N’ Roses, ese rock es lo que más me gusta. Pero es verdad que cuando tocas un instrumento, acaban gustándote muchos tipos de música. Javi tiene influencias más pop, como puede ser The Police,- Sus baterías favoritos son Vinnie Colaiuta y Stewart Copeland.

Víctor: Es un batería muy técnico, contundente, pero muy técnico. Le gusta mucho esa batería estilo americano muy trabajada.

Agustín: Dani es más del rock urbano, el lado más punki de la banda. El más underground.

Víctor: Le gustan mucho los Ramones.

Agustín: Jorge es el que tiene una carrera artística más dilatada, porque ha trabajado con artistas de primer nivel, y toca muy bien el blues y el jazz.

Víctor: En mi caso, la influencia más importante que tengo ahora puede ser Leiva. Es muy completo a nivel musical, por cómo escribe, por cómo cuida su sonido. Claro, si te pones a indagar, descubres que Leiva ha estudiado todo lo que se ha hecho antes, conoce bien la historia del rock. Cuando escuchas a Leiva, escuchas treinta o cuarenta años de música en sus discos. Ha tocado y ha cantado con todo el mundo. Es muy bueno.

Agustín: Cuando Leiva quiere decir algo, lo dice muy bien.

Víctor: Me gusta mucho el rock que pone en el escenario Carlos Tarque con MClan. Yo no escucho mucha música de habla anglosajona porque a mí me gusta entender la letra. Con el inglés te puedes defender, pero entender la profundidad de algunas letras es más complicado. Me gusta mucho la música con base americana: Ray Charles, Chuck Berry, Elvis. Tiendo más a eso que hacia los Beatles, por ejemplo. El grupo español de los noventa que me gusta mucho son Los Ronaldos. Me gusta mucho ese rollo pícaro, juguetón, ese rollo un poco canalla encima del escenario. Tuvimos la suerte de compartir cartel con Coque Malla en las fiestas del Cristo a comienzos de este mayo.

Vuestro disco es puro rock.

Agustín: Desde el primer momento, Candy insistió en que las canciones debían ser dinámicas, contundentes. Todos los tiempos son rápidos, excepto en la canción Hoy. Candy quería que el disco rodara.

Víctor: Si comparamos el tiempo de los primeros temas cuando los llevamos al estudio, la velocidad de las canciones fue aumentando en cada toma. Íbamos subiendo cada vez más. «Porque, si no», decía Candy, «me entran ganas de ir a pedirme una copa».

Agustín: Y yo creo que fue un acierto. Porque, en el momento que estamos, es lo ideal. Y nos ayuda mucho ahora en los directos. Vamos a tocar los temas y eso se nota en la respuesta del público. Las canciones generan mucha energía.

Víctor: Sin hacer ruido, que es lo más importante. Subir los decibelios, aumentar la velocidad y que no se haga ruido. Que se pueda escuchar la voz y se pueda escuchar la letra de la canción, que se pueda escuchar el arpegio de la guitarra, que la música no vaya atropellada. Todo eso es muy importante para mí.

Me consta que habéis disfrutado trabajando con Candy Caramelo en Candyland-Rock Studios

Agustín: Yo lo tenía idealizado. Candy ha trabajado con todos los grandes. Ha contribuido en la creación de muchos de los grandes. Luego ves su profesionalidad, su calidad humana, su humildad y te quedas encantado. Nos ha tratado como si fuéramos estrellas del rock.

Víctor: Nuestras expectativas a la hora de trabajar con Candy eran buenas, pero la realidad superó, con creces, esas expectativas. También sabíamos que estábamos apostando sobre seguro porque, si echas un vistazo a la trayectoria de Candy, ha estado trabajando con Tino Casal, Miguel Ríos, Los Rodríguez, con Ariel Roth, Andrés Calamaro, Fito y Fitipaldis… Al final, el sonido que él aporta, la idea del rock que él tiene, su amor por el rockabilly, todo eso es lo que nosotros necesitábamos para que algunas de las canciones que llevábamos, que tenían un toque de pop más comercial, adquirieran ese sabor rock que les queríamos dar.

Agustín: Candy hizo algo más. Cuando llegamos al estudio de grabación con las canciones que pensábamos incluir en el disco, cada una era de un estilo diferente. En cada una de las canciones se podían ver las influencias musicales de los miembros de la banda. Candy supo encauzar todas nuestras mareas creativas para que las canciones del disco tuvieran un sonido homogéneo que nos pudiera representar. Todos los temas parecen pertenecer al mismo álbum y no a otro álbum diferente. Y eso es muy difícil. Y creo que solo lo puede hacer alguien desde fuera. Con un punto de vista objetivo.

Víctor: Los artistas que producen sus propios discos lo dicen. Es muy complicado.

Víctor: No hemos querido hacer un disco que se pareciera a nada. Queríamos un disco que suene a nosotros. Candy nos ha ayudado a adquirir una esencia como banda.

Agustín: Una identidad.

Víctor: Y yo creo que se ha conseguido.

Agustín: Todas nuestras influencias están ahí porque inventar es difícil. Pero hemos hecho algo nuestro.

Víctor: Y no podemos olvidar que, en el resultado final del disco, han contribuido Jackpot producciones, Borja como diseñador del disco y Ricardo Rubio con las fotos. Ricardo mostró una generosidad con su tiempo digna de agradecer.

¿Hay espacio para el rock en nuestros días?

Agustín: Yo me alimento de la música en vivo. Es mi hobby. Me encanta escuchar música en directo. Ir a festivales. Y, en los últimos años, esas bandas de rock que me gusta escuchar tienen espacio en esos festivales.

Víctor: El rock funciona. No ha dejado de sonar nunca. Metallica vino a tocar a España, llenazo. Hay público para el rock.

¿Es Valdemoro un lugar para el rock?

Víctor: Aquí lo difícil es tener una oportunidad. Que te den la oportunidad en Valdemoro. Si vas a tocar a un garito con una guitarra acústica y a los quince minutos te dicen que lo tienes que dejar porque ha llegado la policía ante las quejas por el ruido… En Pinto, el Ayuntamiento está poniendo locales para que la gente pueda ir a ensayar.

Agustín: Hay que potenciar la cultura, no perseguirla. Los grupos valdemoreños tienen que irse a tocar a otros lados. Yo comencé a tocar en 1985-86, teníamos un grupo, Doble Sentido, junto a David Santisteban. Apenas teníamos catorce, quince años. En aquella época, recibimos un poquito más de ayuda institucional, pero ahora…. Hay una cantidad de medios que no se están aprovechando. Vas a ver un concierto en las fiestas de Ciempozuelos, por ejemplo, y la norma es que los teloneros sean de la localidad. Aunque, a lo mejor, hablas con músicos de otros pueblos y te cuentan lo mismo que te estamos contando nosotros sobre sus localidades.

¿Hasta dónde queréis llegar?

Agustín: Nunca te juntas para hacer música con el objetivo de vivir de ello, pero siempre te gustaría optar a disfrutarla de forma profesional.

Víctor: Esto de la música son inquietudes. Llegar lo más lejos posible. Centrarse en lo que tienes y poner un ojo en lo siguiente. La inercia debería ser siempre querer dar un paso más todos los días.

Agustín: Ahora tenemos un disco. Querríamos poder tocarlo en directo, mostrar nuestro proyecto. Disfrutamos tocando en directo. Eso nos alimenta. El ritual de prepararnos para el concierto. Un aspecto clave de la banda. En cuanto terminas un concierto, ya comienzas a plantearte qué debes y qué no debes hacer la próxima vez. Es un valor que a mí me llega muchísimo. La respuesta del público está siendo muy bueno. En La Sala, para la presentación del disco, tuvimos unas 180 personas.  180 personas pagando para vernos. Una banda nueva. En Pinto, también hubo muy buenas sensaciones. Recibimos comentarios muy positivos. Eso nos anima a seguir.

Víctor: La venta de discos tiene ahora muchas limitaciones. La mejor plataforma es un escenario. Y queremos saber hasta dónde podemos llegar. ¿Qué nos falta? ¿Deberíamos hacer algo más acústico para otro tipo de salas? La experiencia de tocar es lo que te permite crecer. Además de los directos, la cabeza ya la tienes en el siguiente disco. Nos encantaría preparar un EP con seis temas. Un anticipo del segundo disco. Y, después de navidades, otros seis temas, que unidos a los primeros, podrían configurar un segundo disco para el verano de 2019.

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Tanto Agustín como Víctor hablan llenos de energía. De pasión por la música. Terminamos la entrevista y volvemos a hablar de discografías, de puestas en escena, de bandas favoritas. Víctor se despide de mí con una pequeña reflexión: «Una vez grabas un disco y tocas en directo, eres consciente de que nunca volverás a disfrutar un concierto como espectador. Ni estando arriba, ni estando abajo. Es la maldición del músico. No son ganas de criticar. Es el músico que llevas dentro, que te hace ser consciente de todo lo que sucede durante la actuación y que observa fallos hasta en un concierto de Metallica».

Carmelo Rebullida: Fósiles, sílice y piel

Carmelo Rebullida lleva más de cuarenta años pintando. Su obra, extensa, un buen número de cuadros, habla por él. La ciudad de Zaragoza le brinda homenaje con una exposición espléndida en La Lonja, uno de los mejores lugares para exponer en nuestra ciudad. Por eso, las palabras sobran. Las líneas escritas a continuación sobran. Basta con atravesar las puertas del edificio renacentista zaragozano y disfrutar de la obra de Rebullida.

Creo en la existencia de una conciencia colectiva. Una conciencia colectiva que nos conecta a todos. Para empezar, a todos los seres humanos. A los vivos. A nuestros antepasados. A nuestros descendientes. Creo que esa conciencia colectiva ha sido plasmada a lo largo de la historia a través del arte, del pensamiento, de nuestros comportamientos, hasta de nuestras muecas. Hoy en día hemos llegado a externalizar gran parte de esa conciencia colectiva a través de las nuevas tecnologías y del Big data. Ha salido a la superficie y está al acceso de todos. Sin embargo, la expresión de una parte de esa conciencia colectiva corre todavía a cargo de especialistas: pensadores, escritores, historiadores y periodistas, por medio de la palabra; bailarines, artistas, atletas y artesanos, a través de otros lenguajes. Porque esa conciencia colectiva puede ser expresada en todos los idiomas del mundo. En todo tipo de lenguajes y a través de los cinco sentidos. La conciencia colectiva es, tal vez, nuestro sexto sentido.

En busca del fuego

John Anthony Burgess Wilson, Anthony Burgess, nació en Manchester en 1917. Después de la Segunda Guerra Mundial, trabajó como oficial de educación en Brunéi y Malasia. En 1959, sufrió un desmayo mientras daba una clase en Malasia. Le fue diagnosticado un tumor cerebral y los médicos más optimistas no le dieron más de dos años de vida. Dejó la educación y se convirtió en escritor a tiempo completo. Escribió cinco novelas y media en un año. Pasaron los dos años que los médicos le habían otorgado y Burgess no acababa de morirse. De hecho, no moriría hasta 1993, después de publicar más de cincuenta libros, entre novelas y ensayos. También escribió dos sinfonías y varias sonatas.

Su libro más famoso, La naranja mecánica (1962), fue llevado al cine por el mismísimo Stanley Kubrick en 1971. El amor de Burgess por las lenguas (hablaba malayo, ruso, francés, alemán, español, italiano y japonés, además del inglés, su idioma nativo, y un poco de hebreo, chino, sueco y persa),  le llevó a crear un argot barriobajero extraño, que era el que utilizaban los gamberros protagonistas de La naranja mecánica cuando se comunicaban entre ellos. Al final de la novela, Burgess añadió un glosario con las palabras de ese lenguaje inventado y su traducción al inglés.

Jean-Jacques Annaud utilizó la imaginación y conocimientos lingüísticos de Anthony Burgess para crear el Ulam, un lenguaje gutural prehistórico ficticio, para la película En busca del fuego (1981), que venía acompañado de un lenguaje corporal diseñado y supervisado por Desmond Morris, otro grande de la antropología física y social. Así imaginaron los tres cómo se habrían comunicado los primeros hombres sobre la faz de la tierra.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Anthony Burgess, creando nuevos lenguajes de expresión a través de su pintura, escuchando las voces de nuestros antepasados dentro de la conciencia colectiva humana para reconstruir, tal vez, lenguajes ancestrales. Sus cuadros de fósiles son un claro reflejo de esa simbología primitivista. La pintura de Rebullida va siempre en busca del fuego.

La llegada

Louise Banks (interpretada por Amy Adams) es una lingüista, catedrática de universidad, que va a dar clase a la facultad al día siguiente de una invasión extraterrestre. Para su sorpresa, al aula no acude nadie más. Esa misma noche, el ejército estadounidense se le presenta en la puerta de su casa pidiéndole ayuda. Necesitan que alguien descifre el lenguaje de los extraterrestres recién llegados. Curiosamente, los alienígenas son unos heptápodos que escupen tinta contra un cristal para escribir sus mensajes, unos pictogramas que se conforman alrededor de la figura del círculo.

Si el reto al que se enfrentaba la protagonista era de alto nivel, no era menor el que se encontraba el diseñador de producción de la película La llegada (2016), del director Denis Villeneuve. Había que crear un lenguaje gráfico nuevo, un lenguaje que venía del espacio y que, en palabras del equipo de producción, «debía ser estéticamente agradable a la vez que, a primera vista, no debía ser evidente el hecho de que fuera un lenguaje».

Para este trabajo, acudieron a la artista canadiense Martine Bertrand, que diseñó una serie de símbolos estupendos, que luego fueron refinados tras consultar con lingüistas y arqueólogos de reputación. Cada uno de esos símbolos podría ser un cuadro en sí mismo. La caligrafía extraterrestre como expresión artística.

Para mí, Carmelo Rebullida es como Louise Banks y como Martine Bertrand, dispuesto a imaginar e interpretar el idioma de un recién llegado. El lenguaje del otro. Rebullida se ha estado entrenando toda una vida para escuchar las voces de nuestros descendientes futuros dentro de la conciencia colectiva humana, para construir un retrato robot de nuestra posteridad. En sus cuadros dedicados a paisajes imaginarios, Rebullida ha comenzado a compilar un atlas de planetas imaginarios, imprescindible para futuros viajeros interplanetarios. Carmelo Rebullida conecta, así, pasado, presente y futuro.

Quizás él nunca lo admitiría, pero tengo la impresión de que Rebullida iría a trabajar a su estudio-taller al día siguiente de una invasión extraterrestre. Como si nada.

Encuentros en la tercera fase

En La llegada se respira un ambiente muy similar al conseguido por Steven Spielberg en su largometraje Encuentros en la tercera fase (1977). Richard Dreyfuss, que ya había trabajado con Spielberg anteriormente en la película Tiburón, interpretaba, en este caso, al ingeniero eléctrico Roy Neary. Louise Banks, la lingüista de La llegada, tiene muchas cosas en común con el personaje de Roy Neary. Los extraterrestres se intentan comunicar con la humanidad a través de ambos. Encuentros en la tercera fase tiene una escena que nunca olvidaré. En su estado de desazón, Neary siente la necesidad de ponerse a pintar un paisaje que no ha visto nunca. El salón de su casa se convierte en un estudio de artista improvisado. Febril, Roy Neary pinta, una y otra vez, en diferentes tamaños y con diversos estilos, ese paisaje extraño, propio de otro planeta. No contento con todos los cuadros que pinta del mismo lugar, se ve empujado a moldearlo con arcilla en el mismo suelo del salón de su casa.

Acaba resultando que el paisaje imaginado no es imaginario. Se trata de la Torre del Diablo, en Wyoming, un cerro espectacular en medio de la árida estepa norteamericana, donde los gobiernos estadounidense y francés han construido un centro de encuentro con los alienígenas. Podríamos hablar, una vez más, de cómo un artista escucha esa voz de la conciencia colectiva para plasmarla en su obra. Pero, en este caso, nos gustaría explorar una idea diferente. Esa escena de la película es una posible metáfora sobre la libertad del artista, sobre la voz individual del artista, que decide, en última instancia qué va a pintar Rebullida, cómo va a pintarlo y cuándo determinará que la obra está terminada. Finita. Acabada. Porque nada es arbitrario. Porque, aunque la voz de la conciencia colectiva ruge fuerte dentro de nosotros, lo que define al artista, lo que lo hace único y hace única a su obra es su voz individual.

Un jovencísimo Félix Romeo hablaba, en dos folios generosos escritos a máquina, sobre esa voz individual de Carmelo Rebullida en 1987: «…y la culebra muerde el edredón de aliagas y cristales y espejos y acaricia y desnuda y reniega y escupe y láminas cubiertas de nieve y un dios de rebullida surgía de su lanza y ardía y crucificaba esferas y latigaba paredes y bono encendido de alambre…».

Entrevista con María Curros Ferro y Rodolfo Gutiérrez Simón

Necesitamos doctoras y enfermeros. Pilotas y asistentes de vuelo. Arquitectas e ingenieros. Zapateras y carpinteros. Necesitamos transportistas, maestros y profesoras. Necesitamos albañiles, jueces y abogadas. Necesitamos mecánicas, técnicos informáticos e investigadoras científicas. No necesitamos ni delincuentes ni criminales, ni políticos corruptos, pero sí necesitamos policías. Necesitamos bomberas y guardabosques. Necesitamos señores de la limpieza y amos de casa. Necesitamos electricistas, fontaneras y agricultores. A partir de aquí, ya no sé si todo el mundo estará de acuerdo conmigo, pero, en mi opinión, necesitamos también artistas, músicos y humoristas. El mundo vertiginoso del siglo xxi necesita de todas estas profesiones y reclama que nos movamos todos a gran velocidad por nuestras vidas. Arriba, en la montaña, queda el Coyote, sentado, pensando, esperando, junto a su último artilugio ACME, a que pase el Correcaminos. Lejos queda el tiempo en el que se paseaba, en túnica blanca, junto a sus alumnos, alrededor de un estanque en Atenas, y todos se dirigían a él como maestro.

Junto a mí tengo a Rodolfo Gutiérrez y a María Curros, valdemoreños – él de toda la vida, ella de reciente adquisición-. Ambos han elegido dedicar sus vidas a la filosofía, a ser coyotes, a pararse a pensar en medio de nuestras ajetreadas vidas. ¿Necesitamos filósofos en los albores del siglo xxi? Yo estoy convencido de que sí.

¿Por qué decidisteis estudiar la carrera de Filosofía?

Rodolfo: Como en muchas cosas importantes de la vida, la casualidad fue un motivo principal. Empecé la carrera de Filología Inglesa en la Complutense (UCM), pero no me motivaba demasiado – con una excepción, la asignatura «Literatura inglesa del siglo xx», que era impresionante-. La casualidad entra en juego porque, en la UCM, la Facultad de Filología comparte edificio con la de Filosofía y, oyendo conversaciones en los pasillos, la cafetería, etc., pensé que quizá mi sitio estaba más en ese lado de la Facultad.

Aunque la literatura me interesaba – y me interesa, porque es prima hermana de la Filosofía-, empecé a verme como alguien más preocupado por comprender cómo funciona el mundo a todos los niveles (político, social, físico, estético), incluso qué puede hacerse para cambiarlo, y no tanto como un investigador de historia de la lengua ni como un profesor de inglés. Y en ello sigo.

María: En realidad yo no soy filósofa. Llegué a la Facultad de Filosofía por casualidad. Estudié Filología Hispánica y Filología Gallega en la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad en la que nací. Después de haber trabajado en diferentes empresas, siempre precariamente – estuve en una editorial haciendo labores de traducción y corrección de libros de texto, di clases particulares en academias privadas…-, me empezó a rondar la idea de venirme a Madrid –esto fue a finales de 2012–.

Una amiga mía vivía en Madrid y me animó diciendo que, en esta comunidad, había más trabajo que en Galicia. Hice las maletas y llegué a Madrid a comienzos de 2013 con la idea de buscar un trabajo y, aprovechando que aquí hay universidades tan punteras, barajé la posibilidad de continuar formándome. Lo hablé con mis padres y en febrero de aquel año me preinscribí en varios másteres. Finalmente, en septiembre de 2013, me decidí a cursar el Máster en Pensamiento Español e Iberoamericano en la Universidad Complutense de Madrid. Me animó el hecho de que se trataba de un máster interdisciplinar que combinaba asignaturas sobre literatura (española e hispanoamericana), filosofía e historia. Así llegué a la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en donde, tras finalizar este máster, comencé estudios de Doctorado en Filosofía, que estoy realizando en la actualidad.

¿Os gustaría dedicar vuestra carrera profesional a la filosofía? ¿Cómo? ¿Qué posibilidades laborales tiene un licenciado o un doctorado en estos estudios?

María: Me encanta la enseñanza, pero no me veo dando clase de Filosofía, fundamentalmente porque me falta formación sobre el tema. Me apasionan las humanidades; creo que sin una buena base de historia y de filosofía no podemos comprender el mundo. Además, ambas disciplinas nos hacen pensar, ayudándonos a ser más críticos con los acontecimientos sociales que estamos viviendo en la actualidad. Pero, a pesar de lo necesarias que son las letras, en España ni se valora esta rama de estudios ni se invierte lo necesario en su investigación –a diferencia de países como Estados Unidos –. Si has cursado Filosofía, las salidas profesionales más habituales son la docencia, tanto en centros de enseñanza secundaria y bachillerato, como en la universidad.

Rodolfo: Mi intención es seguir trabajando en este ámbito. Actualmente tengo un contrato predoctoral en la universidad – imparto algunas asignaturas y pertenezco a un grupo de investigación mientras realizo mi tesis doctoral-, y mi intención es seguir luego la carrera docente universitaria. Esto supone unos cuantos pasos, pero muy resumidamente consiste en acreditarse y lograr una plaza. «Acreditarse» significa que, una vez obtenido el doctorado, un organismo llamado ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) examina tu currículum y determina a qué categoría puedes presentarte: catedrático, titular, contratado doctor, ayudante contratado doctor… Es un proceso burocrático muy farragoso, pero por el que hay que pasar. En esa evaluación, se tiene en cuenta si has tenido o no un contrato predoctoral, si has logrado becas posdoctorales, si has hecho estancias en otras universidades nacionales o extranjeras, si has publicado artículos en revistas de investigación o libros, las conferencias que has dado, la docencia que has impartido… Cuando consigues acreditarte en cualquier categoría, puedes presentarte ante la convocatoria de una plaza y competir con los demás candidatos. Aunque la docencia universitaria es lo que a mí me gusta y en lo que intentaré quedarme, hay muchas otras salidas laborales para los que estudian o se doctoran en Filosofía – en contra de lo que se suele decir-. Además de la docencia en Educación Secundaria o la investigación -el CSIC tiene un potente centro de estudios históricos y filosóficos-, hay filósofos encargados de trabajar en comités de bioética – por ejemplo, cuando hay que decidir a quién se da prioridad en una lista de trasplantes- , en recursos humanos por la formación crítica que se nos da, en el mundo de la política organizando ideológicamente partidos o trabajando sobre cuestiones de Filosofía del Derecho o, en los últimos tiempos, en cuestiones relacionadas con la informática y la programación. Aquellas tablas lógicas que nos enseñaban en el instituto muy a nuestro pesar («si p implica q, y p es verdadera, q es verdadera» y cosas así) no dejan de ser la manera en que los ordenadores «hablan» y el medio empleado para desarrollar la inteligencia artificial que hay tras cualquier videojuego o cualquier herramienta de cálculo de un laboratorio. Incluso hay filósofos que se han dedicado a la crítica de arte o a la literatura, aunque para eso hace falta talento además de formación.

Habladme brevemente de la tesis doctoral en la que estáis trabajando.

Rodolfo: Mi tesis consiste en investigar hasta qué punto la filosofía de Ortega y Gasset se puede relacionar con la de autores ingleses y norteamericanos de los siglos xix y xx (J. S. Mill, W. James, J. Dewey, R. Rorty…). Lo interesante es que los temas en los que unos y otros se parecen nos afectan a nosotros en el siglo xxi. De lo que me encargo es de ver hasta qué punto nuestro pensamiento individual está afectado por el colectivo (la sociedad) y por la época a la que pertenecemos. La mejor manera de verlo es pensar en tres ejemplos. El primero tiene que ver con la belleza: ¿hasta qué punto los rasgos que nos parecen atractivos en un hombre o en una mujer vienen condicionados por el medio? El segundo ejemplo, el del arte, va en la misma línea: para una persona corriente del siglo xix el arte consistía en representar la realidad tan bien como fuera posible e, incluso, un poco perfeccionada; frente a eso, las vanguardias de comienzos del siglo xx suponen una ruptura difícil de explicar, pero que hoy consideramos arte – aunque sea un arte «diferente» porque nos hace pensar más que sentir; piensa, por ejemplo, en el cubismo-. El tercer ejemplo es el más complicado: la verdad, la ciencia y la política funcionan exactamente igual que los ejemplos anteriores. Hace mil años era verdad que los objetos caían hacia abajo porque estaba en su «esencia» hacerlo mientras buscaban su lugar natural (por debajo del aire, más ligero), y no porque hubiera unas «fuerzas de atracción», invisibles y difíciles de comprender, que es como hoy nos explicamos las cosas. Y subrayo lo de que era verdad, y no que lo pareciera, porque la gente vivía como si fuese así… y fueron capaces de crear barcos que llegaron a América y tantas otras cosas increíbles. La ciencia y la verdad, por lo tanto, modifican aquello que consideran parte de su ámbito de aplicación dependiendo de lo que la época considera «científico». El primer médico que se lavó las manos antes de operar lo hizo quizá por casualidad, y pasó mucho tiempo hasta que alguien reparó en la importancia «científica» de eso para evitar muertes y se consideró la higiene como parte crucial de los cuidados médicos.

En el caso político es quizá en el que más nos centramos hoy. Hace trescientos años, las mujeres y los hombres eran físicamente igual que ahora, tenían las mismas capacidades intelectuales, etc.; sin embargo, era «indiscutible» que el lugar de las mujeres estaba por debajo del de los hombres. Al igual que ocurre con las leyes de gravitación, los derechos – no solo los de las mujeres, sino los de todos- son algo invisible que se descubre solo si cambiamos la forma de mirar al mundo y hacemos importante lo que no lo era: pasamos a incorporar a personas que eran «otros» al grupo al que denominamos «nosotros», que siempre es al que consideramos con más derechos. Cómo se producen esos cambios es lo que yo estudio, pero centrándome en los autores que he dicho antes.

María: Yo estoy realizando una biografía intelectual sobre la educadora y pensadora vasca María de Maeztu Whitney. Esta mujer, una desconocida en la actualidad, luchó y defendió los intereses de la mujer a principios del siglo xx, involucrándose en la mejora de la educación femenina. Recordemos que, en el año 1900, la tasa de analfabetismo femenino era de un 71%. Aunque María de Maeztu perteneció a una familia con posibles, cosmopolita y moderna – sus padres nunca llegaron a casarse-, siempre fue consciente de la lamentable situación de sus congéneres. Su padre, Manuel de Maeztu, era un indiano de origen navarro que murió en 1894 arruinado, muy joven por tanto, en la isla de Cuba; con lo cual María experimentó la pérdida de poder adquisitivo en la familia siendo una adolescente. Su madre, Jane Whitney, era francesa, pero de familia inglesa por lo que era políglota; hablaba inglés y francés además de español. Gracias a esta situación, pudo crear una escuela anglo-francesa en Bilbao, que le permitió sacar adelante a sus cinco hijos. En su escuela estudiaron, entre otros, el poeta Blas de Otero, el pintor Ángel Larroque o los hijos del político socialista Indalecio Prieto. María de Maeztu Whitney había nacido en la localidad vasca de Vitoria en 1881, en donde estudió Magisterio; mientras ejercía de maestra en un colegio de Bilbao, comenzó, a distancia, estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, titulación que finalizó en 1915 en la Universidad Central de Madrid (entonces se denominaba así a la actual Universidad Complutense). A la capital del estado se había trasladado en 1909, pues quería cursar estudios en la recién inaugurada Escuela Superior del Magisterio, lo que hoy sería el grado en Pedagogía. Se la considera la primera pedagoga española. Siempre interesada en mejorar la educación de las mujeres y de los niños, salió al extranjero – a diversas ciudades y países-, a veces incluso representando al gobierno español, en busca de nuevas teorías educativas y modernos métodos de enseñanza para actualizar y renovar las escuelas españolas. Estuvo al frente de la Residencia de Señoritas – el equivalente femenino de la Residencia de Estudiantes- y de la sección primaria del Instituto-Escuela, donde puso en práctica buena parte de los conocimientos adquiridos en sus viajes. Hasta 1936, cuando empezó la Guerra Civil, vivió en Madrid; luego se exilió a Argentina, donde murió en enero de 1948. Hoy nadie recuerda su inmensa labor social y educativa de la que podríamos hablar durante horas.

Habéis elegido a dos personajes coetáneos. Prácticamente nacieron y murieron en las mismas fechas. Me da la sensación de que pertenecen a la última generación de pensadores que intentaron ofrecer una orientación de pensamiento y de comportamiento. Tras la Segunda Guerra Mundial vino el nihilismo y, tras esto, la economía de mercado. Europa está llena de ciudadanos descreídos, de escépticos. ¿Creéis que la filosofía, que los filósofos de comienzos del siglo xxi, tienen soluciones que ofrecernos? ¿Creéis que hay mentes lúcidas ahí fuera que nos puedan ayudar a entender el mundo en el que vivimos? ¿Hay algo más allá de los libros de autoayuda?

María: Sí, tal como indicas tanto María de Maeztu Whitney como José Ortega y Gasset pertenecieron a la misma época, a la llamada generación del 14, la de los intelectuales que lucharon por europeizar España. Ella, de hecho, fue su amiga y también su alumna – a pesar de que era dos años mayor que él- en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio. Ya en el año 1938 María de Maeztu abordó en uno de sus libros, El problema de la ética. La enseñanza de la moral, la crisis del mundo y la crisis espiritual del hombre, y eso que todavía no había empezado la Segunda Guerra Mundial. Sinceramente, buena parte de las dificultades que atraviesa el mundo son cuestiones que vienen del pasado y que nunca se llegaron a resolver por falta de firmeza; además, la mayoría se podrían solucionar con una mejora en la educación. Esta es también la opinión de María de Maeztu y de buena parte de los pensadores y educadores de su época como María Sánchez Arbós o de Luis de Zulueta, entre otros muchos. Estas son, para mí, las mentes lúcidas que me ayudan a entender el mundo.

 Creo verdaderamente que habría que volver a ellos, a su pensamiento y a su obra porque, conscientes de la situación de crisis que atravesaba su tiempo, explicaron cuál era la solución; pero, por causa de la guerra civil española, no pudieron terminar el proyecto que habían comenzado. Abordaron la pérdida de valores, la inmadurez y la falta de disciplina del ciudadano; cuestiones todas ellas que han empeorado. Fijémonos en que cada vez hay más fracaso escolar, hay más padres hastiados de sus hijos y, por consiguiente, más niños maleducados, perezosos y rebeldes. El ser humano se encuentra más perdido que nunca, y, como consecuencia, lee libros de autoayuda buscando así sanar su alma.

Rodolfo: Mentes lúcidas hoy en día, desde luego, las hay; el problema es que puedan acceder al altavoz oportuno para tratar de orientar la acción pública, identificando problemas y ofreciendo soluciones que habrá que probar. Sin embargo, la tarea del filósofo o la filósofa del siglo xxi se enfrenta a los problemas de siempre y a algunos nuevos: por primera vez estamos en un mundo claramente secularizado – al margen de que algunos o muchos individuos tengan creencias religiosas-, en el que se ha perdido todo apoyo trascendente: nos hemos quedado solos en el mundo y nos las tenemos que arreglar sin que valga apelar a Dios, etc. Asimismo, el pensamiento crítico se ha ido disolviendo –para empezar, con la minimización en los institutos de disciplinas críticas: filosofía, pero también relacionadas con la cultura clásica, con el arte, la música…‒, y ahora se hace pasar por pensamiento riguroso lo que antiguamente hubiera quedado claramente separado de la filosofía. La alusión a los libros de autoayuda, por su parte, merece un comentario. En general, parece que desde la universidad se ven como un hermano pequeño y engañado, y no me parece justo: hay gente a la que le viene bien para superar sus problemas. Lo importante, sin embargo, es no confundir la autoayuda con la filosofía, porque son cosas muy diferentes. La autoayuda pretende ofrecer consuelo y soluciones individuales para salir de una situación complicada; la filosofía, en cambio, supone una reflexión sobre la realidad, la verdad o la belleza, de la que pueden extraerse enseñanzas individuales y colectivas para la vida cotidiana, como que, a veces, las cosas salen mal. Y creo que ese es uno de los aspectos más reivindicables de lo que nosotros hacemos: el reconocimiento de que la realidad no responde siempre a nuestros deseos – y querer que cambie no basta, mal que pese a Paulo Coelho: al universo le da igual lo que yo quiera; lo que hay que hacer es desarrollar herramientas transformadoras que aumenten la justicia, la igualdad, etc.-. Esto nos humaniza al enfrentarnos con situaciones tan auténticamente humanas como la frustración, el dolor, la pena; pero también con el valor, el esfuerzo, la perseverancia. Permíteme otro ejemplo: según el planteamiento de cierta autoayuda, si verdaderamente deseo formar parte de la selección nacional de gimnasia rítmica, el universo entero conspirará para que así sea; pero tengo la sensación de que si levanto mi pierna hasta la altura de mi cabeza puede ser lo último que haga. Sin embargo, si me empeño en pensar cómo mejorar el mundo, es posible que acabe teniendo una buena idea al respecto y logre arreglar algo. La autoayuda colabora para que la vida de algunas personas mejore; la filosofía intenta explicar la realidad y transformarla, lo que no va en beneficio de algunos, sino de todos. Por ejemplo, un libro de autoayuda no puede hablar de problemas colectivos como la discriminación de la mujer, la adecuada manera de elegir a los gobernantes, la ordenación de la educación, el funcionamiento de la ciencia…

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En septiembre de este año, Rodolfo y María se irán a estudiar a la Universidad de Padua, en Italia, como parte de su programa de estudios para conseguir el doctorado internacional. Mientras tanto, compaginando sus estudios, María hace sus pinitos como actriz en un grupo de teatro local y planea cómo publicar su tesis para poder divulgar la vida y obra de María de Maeztu. Rodolfo da clases en la facultad, es miembro del Consejo de Redacción de la Revista de Hispanismo Filosófico y procura mantenerse activo tanto en la comunidad académica como en nuestra localidad de Valdemoro.